Patricio: misionero a Irlanda

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo V

Patricio: misionero a Irlanda

Por George Grant

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo V

Un pequeño grupo de cristianos ha mantenido fielmente un legado evangélico de un siglo en el corazón de la ciudad de Yakarta. La Capilla Reformada, plantada por misioneros holandeses durante la era colonial, ha mostrado con gracia el amor de Cristo a la nación musulmana más grande del mundo, tanto en palabras como en hechos. A pesar de que muchos de los miembros de la congregación habían sido recientemente oprimidos, tiranizados y forzados a huir de sus hogares en la isla de Sumatra, respondieron rápidamente al desastre del tsunami que llevó a muchos de sus antiguos perseguidores al horror de la muerte, la destrucción y la pérdida. Han recaudado fondos para auxiliar. Han enviado médicos, enfermeras, técnicos e ingenieros para ayudar. Han movilizado toda la ayuda que pudieron conseguir. Se han apresurado, en tal momento de necesidad, para cuidar a hombres y mujeres que sabían que eran sus enemigos, y enemigos de Dios.

Ese es el evangelio en acción. Es la esencia misma del impulso misionero. Siempre ha sido así y siempre lo será. Fue el tipo de cosas que Patricio de Irlanda había entendido demasiado bien. De hecho, era la historia de su vida.

Patricio era un contemporáneo más joven de Agustín de Hipona y Martín de Tours, los héroes de la fe del siglo V que sentaron las bases para la gran civilización de la cristiandad. Al parecer, nació en el seno de una familia romana patricia, en una de las pequeñas ciudades cristianas cerca de la actual Glasglow (pudo ser Bonavern o bien Belhaven). Aunque sus piadosos padres, Calpurnius y Concessa, lo criaron en la fe cristiana, posteriormente llegó a confesar que prefería más los placeres pasajeros del pecado. Un día, cuando era adolescente mientras jugaba junto al mar, unos piratas merodeadores capturaron a Patricio y lo vendieron como esclavo a un pequeño rey tribal celta llamado Milchu. Durante los siguientes seis años de cautiverio sufrió gran adversidad, hambre, desnudez, soledad y tristeza mientras atendía los rebaños de su amo en el valle de Braid y en las laderas de Slemish.

Fue en medio de esta situación tan terrible que Patricio comenzó a recordar la Palabra de Dios que su madre le había enseñado. Lamentando su vida pasada de búsqueda de placer egoísta, se volvió a Cristo como su Salvador. Más adelante, escribió acerca de su conversión: «Yo tenía dieciséis años, no conocía al Dios verdadero y era llevado en cautiverio; pero en esa tierra extraña, el Señor abrió mis ojos incrédulos, y, aunque tarde, recordé mis pecados, me convertí con todo mi corazón al Señor mi Dios, que consideró mi humilde condición, tuvo piedad de mi juventud e ignorancia, y me consoló como un padre consuela a sus hijos. Cada día cuidaba de las ovejas y oraba a menudo durante el día, el amor de Dios y un santo temor hacia Él aumentaban cada vez más y más en mí. Mi fe comenzó a crecer y mi espíritu se conmovió fervientemente. A menudo, oraba hasta cien veces en un solo día, y casi la misma cantidad de veces por la noche. Incluso cuando me quedaba en el bosque o en la montaña, me levantaba antes del amanecer para orar, en la nieve, las heladas y la lluvia. No padecí ningún tipo de enfermedad y no había debilidad en mí. Ahora me doy cuenta que fue porque el Espíritu me estaba madurando y preparando para una obra venidera».

Increíblemente, Patricio llegó a amar a las mismas personas que lo habían humillado, abusado y que se habían burlado de él. Anhelaba que conocieran la bendita paz que había encontrado en el evangelio de Cristo. Posteriormente, rescatado por medio de un notable giro de acontecimientos, Patricio regresó con su familia en Gran Bretaña. Pero su corazón estaba cada vez más con los feroces pueblos celtas que había llegado a conocer tan bien. Se sorprendió al darse cuenta de que en realidad deseaba regresar a Irlanda y compartir el evangelio con ellos.

Aunque sus padres se entristecían al verlo alejarse de casa una vez más, apoyaron de mala gana sus esfuerzos para recibir capacitación teológica en el continente. Su educación clásica había sido interrumpida por su cautiverio, así que estaba muy atrasado académicamente con respecto a sus compañeros. Pero lo que le faltaba en conocimiento, lo compensaba con celo. En poco tiempo había obtenido autorización para evangelizar a sus antiguos captores.

Así Patricio regresó a Irlanda. Predicó a las tribus paganas en la lengua irlandesa que había aprendido cuando era esclavo. Su disposición a llevar el evangelio a las personas menos probables y menos amables que se pueda imaginar, tuvo un éxito extraordinario. Y ese éxito continuaría durante casi medio siglo de evangelización, plantación de iglesias y reforma social. Más adelante escribiría que la gracia de Dios había bendecido tanto sus esfuerzos que «muchos miles nacieron de nuevo para Dios». De hecho, según el cronista de la iglesia primitiva W.D. Killen: «No hay duda razonable de que Patricio predicó el evangelio, que fue un evangelista celoso y eficiente y que tiene derecho a ser llamado el Apóstol de Irlanda» (Ecclesiastical History of Ireland, London, 1875 [Historia Eclesiástica de Irlanda, Londres, 1875]).

Sabemos que el reino de los cielos le pertenece a «aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia» (Mt 5:10) y que, al final, grandes bendiciones y recompensas le aguardan a los que son insultados, calumniados y turbados en gran manera y, con todo, perseveran en su llamado (Mt 5:12-13). Sabemos que a menudo en «aflicciones, en privaciones, en angustias, en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos» es que nuestro verdadero temple es probado (2 Co 6:4-5). Sin embargo, muchas veces olvidamos que esas cosas no son simplemente para soportarlas. Ellas, en realidad, enmarcan nuestro más grande llamado. Ellas establecen los fundamentos de nuestros ministerios más efectivos. Somos liberados para tener una gran efectividad cuando, como Patricio, llegamos a amar a los enemigos de Dios y a los nuestros.

Jesús dijo: «Bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen» (Mt 5:44, RV60); y otra vez: «Amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os aborrecen» (Lc 6:27). He ahí el impulso misionero. La vida de Patricio, como la de aquellos creyentes desinteresados en Yakarta, nos ofrece un impresionante recordatorio de esa paradoja extraordinaria del evangelio.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
George Grant
George Grant

George Grant es el pastor de Parish Presbyterian Church (PCA), el fundador de Franklin Classical School, Chalmers Fund, y King’s Meadow Study Center, y el autor de más de 70 libros.

El ascenso del papado

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo V

El ascenso del papado

Por David F Wells

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo V

Hay mil millones de católicos romanos en todo el mundo; mil millones de personas sujetas a la autoridad del papa. Uno podría preguntarse: ¿cómo sucedió todo esto? Creo que la respuesta es mucho más compleja y desordenada de como la presentan los católicos. Primero daré una breve explicación de cuál es la posición católica, y luego voy a sugerir lo que creo que sucedió en realidad.

La explicación católica

La creencia católica tradicional es que Jesús dijo que la Iglesia sería edificada sobre Pedro (Mt 16:18-19; ver también Jn 21:15 y Lc 22:32). Luego de esto, Pedro pasó un cuarto de siglo en Roma como su fundador y obispo, y su autoridad fue reconocida entre las primeras iglesias; esta autoridad fue transferida a sus sucesores. De hecho, el Concilio Vaticano II (1962-65) reafirmó esta perspectiva. La autoridad apostólica fue transferida a los sucesores de los apóstoles, así como el poder apostólico supremo de Pedro fue transferido a cada uno de sus sucesores en Roma.

Sin embargo, el problema con esta explicación es que no hay evidencia para sostenerla. La mejor explicación de Mateo 16:18-19 es que la Iglesia sería edificada, no sobre una posición eclesiástica, sino sobre la confesión de Pedro respecto a la divinidad de Cristo. Además, no hay evidencia bíblica que respalde la creencia de que Pedro pasó un largo tiempo en Roma como líder de la iglesia allí. El libro de Hechos no dice nada al respecto, no se encuentra en las cartas del mismo Pedro y Pablo no lo menciona (lo cual sería extraño, si Pedro realmente estuvo en Roma desde el principio, ya que al final de la carta de Pablo a los romanos, él saluda a muchas personas por su nombre). Y el argumento de que la autoridad de Pedro era reconocida en todas las iglesias primitivas se contradice con los hechos. Es cierto que Ireneo, en el siglo II, dijo que la Iglesia fue fundada por «los benditos apóstoles», Pedro y Pablo, tal como lo hizo Eusebio en el siglo IV; y en el siglo V, Jerónimo afirmó que había sido fundada por Pedro, a quien llama «el príncipe de los apóstoles». Sin embargo, en el otro lado de la ecuación hay algunos hechos contradictorios. Por ejemplo, Ignacio, poco antes de su martirio, escribió cartas a los obispos de las iglesias dominantes de la época, pero habló de la prominencia de Roma solamente en términos morales, no eclesiásticos. En Roma, casi al mismo tiempo, a principios del siglo II, se publicó una pequeña obra llamada El pastor de Hermas que solo menciona a sus «gobernantes» y a «los ancianos» que la presidían. Aparentemente no había un obispo dominante en ese tiempo. No solo eso, sino que en los siglos II y III hubo varias ocasiones en las que líderes eclesiásticos se resistieron a los líderes de Roma cuando estos últimos afirmaban su autoridad eclesiástica para resolver disputas.

De hecho, es más razonable pensar que el ascenso al poder del pontífice romano haya ocurrido por circunstancias naturales y no por designación divina. Esto sucedió en dos etapas. Primero, la iglesia de Roma adquirió prominencia y luego, como parte de su eminencia, su líder comenzó a destacarse. La Iglesia católica ha invertido estos hechos al sugerir que el poder y la autoridad apostólicos, es decir, el poder y la autoridad preeminentes de Pedro, establecieron al obispo romano mientras que, de hecho, el creciente prestigio eclesiástico del obispado romano no se derivó de Pedro, sino de la iglesia de Roma.

La explicación real

En el principio, la iglesia de Roma era solo una iglesia entre muchas de las que habían en el Imperio romano, pero hubo eventos naturales que conspiraron para cambiar esto. Jerusalén había sido la base original de la fe, pero en el año 70 d. C. el ejército de Tito la destruyó y dejó al cristianismo sin su centro. No era de extrañar que las personas en el Imperio comenzaran a fijarse en la iglesia de Roma, ya que esta ciudad era su capital política. Todos los caminos en ese mundo antiguo conducían a Roma y, por supuesto, muchos de ellos fueron transitados por misioneros cristianos. También se da el caso de que en los primeros siglos, la iglesia romana desarrolló una reputación de honradez moral y doctrinal, y fue respetada por ello. Por lo tanto, parece ser que su eminencia se debió en parte a que se la había ganado, y en parte a que pudo disfrutar del reflejo del esplendor de la ciudad imperial.

Las herejías habían abundado desde el principio pero, en el siglo III, las iglesias comenzaron a adoptar una nueva postura en contra de ellas. Tertuliano argumentaba que, si las iglesias fueron fundadas por los apóstoles, ¿no se supone que tengan un fundamento más firme con respecto a sus reclamos de autenticidad, en comparación con iglesias que probablemente sean heréticas? Este argumento reforzó las afirmaciones de preeminencia de la iglesia romana. Sin embargo, es interesante notar que a mediados de este siglo, Cipriano en África del Norte argumentó que las palabras «… tú eres Pedro…» no eran una carta para el papado, sino que se aplicaban a todos los obispos. Además, en el Concilio III de Cartago en 256, él afirmó que el obispo romano no debía intentar ser un «obispo de obispos» ni ejercer poderes «tiránicos».

En el período del Nuevo Testamento la persecución ya era una realidad, pero en los siglos siguientes, la Iglesia sufrió intensamente por las animosidades y aprehensiones de los emperadores sucesivos. Sin embargo, en el siglo IV sucedió lo inimaginable. El emperador Constantino, antes de una batalla fundamental, tuvo una visión y se convirtió al cristianismo. La Iglesia, que había vivido una existencia solitaria en el «exterior» hasta ese entonces, ahora disfrutaba de un inesperado recibimiento imperial. Como resultado, a partir de este momento, la distinción entre las conductas eclesiásticas apropiadas y las pretensiones mundanas de pompa y poder se fueron perdiendo cada vez más. En la Edad Media, la distinción desapareció por completo. En el siglo VI, el papa Gregorio Magno se aprovechó descaradamente de esto al afirmar que el «cuidado de toda la Iglesia» había sido entregado en manos de Pedro y sus sucesores en Roma. Sin embargo, aun en esta fecha tardía, tal afirmación no fue aceptada sin contienda. Los que estaban en el este, cuyo centro estaba en Constantinopla, no estaban de acuerdo con afirmaciones universales como esta y, de hecho, esta diferencia de opinión nunca se resolvió. El Gran Cisma entre la Iglesia en Oriente y la Iglesia en Occidente comenzó en el 1054 luego de una serie de disputas. La ortodoxia oriental comenzó a seguir su propio camino, separada de la jurisdicción romana, y esta continúa siendo una división cuyos efectos siguen sin sanar al día de hoy.

Así que el ascenso del papa a una posición de gran poder y autoridad fue un proceso lento. En la época de la Reforma, Erasmo expuso brutalmente lo mucho que los papas se habían alejado de las ideas neotestamentarias sobre la vida de iglesia. El papa Julio II acababa de morir cuando Erasmo escribió Julius Exclusus en 1517. Se imaginó a este papa llegando al cielo, ¡asombrado de que no fue reconocido por Pedro! El punto de Erasmo era simplemente que los papas se habían vuelto ricos, pretenciosos, mundanos y todo menos apostólicos. Sin embargo, debió haber hecho su punto aún más radicalmente. Pedro no solo se hubiera extrañado ante este comportamiento papal, sino también ante sus pretensiones de autoridad universal.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David F Wells
David F Wells

El Dr. David F. Wells es un profesor destacado de investigación en el Gordon-Conwell Theological Seminary en South Hamilton, Massachusetts. Es autor de God In the Whirlwind: How the Holy-Love of God Reorients the World [Dios en el torbellino: Cómo el amor santo de Dios reorienta nuestro mundo].

Verdadero Dios, verdadero hombre: el Concilio de Calcedonia

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo V

Verdadero Dios, verdadero hombre: el Concilio de Calcedonia

Por Nicholas R. Needham

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo V

Pronunciar «Calcedonia» ya es suficientemente difícil; comprender su teología puede incluso ser más intimidante. Sin embargo, el esfuerzo será recompensado en abundancia. Durante los últimos 1500 años, hasta este mismo día, prácticamente todos los teólogos cristianos ortodoxos han definido su «ortodoxia» haciendo referencia al Concilio de Calcedonia. Esto ciertamente incluye a la tradición reformada. No podemos pensar que los antiguos concilios ecuménicos fueron infalibles, pero hemos sostenido generalmente que tuvieron la razón de manera gloriosa en lo que afirmaron, y que los cristianos que toman en serio la Iglesia y su historia deben considerar estos grandes concilios como hitos providenciales en el desarrollo de la historia de vida del pueblo de Dios.

¿De qué se trató Calcedonia? Básicamente estaba tratando de zanjar las secuelas de la controversia arriana del siglo IV. Los teólogos bíblicos habían tenido éxito en su lucha contra el arrianismo para afirmar la deidad de Cristo. Sin embargo, esto ocasionó más controversias. Esta vez, el tema era la relación entre la divinidad y la humanidad en Cristo. Dos tendencias alcanzaron prominencia rápidamente. Una estaba asociada a la Iglesia de Antioquía, que deseaba proteger la realidad plena de la deidad y la humanidad de Cristo. Para hacerlo, tendió a mantenerlas tan separadas como fuera posible. Los antioqueños temían que cualquier mezcla estrecha de las dos naturalezas podría confundirlas. Las limitaciones humanas de Cristo podrían haberse aplicado a Su divinidad, en cuyo caso Él no habría sido completamente Dios. O Sus atributos divinos podrían haberse aplicado a Su humanidad, en cuyo caso Él no habría sido completamente humano. Hasta aquí, todo estaba bien. El problema fue que los antioqueños a veces separaban tanto las dos naturalezas de Cristo, que parecía que Él terminaba siendo dos personas: un hijo humano de María en quien moraba un Hijo divino de Dios. El pensador antioqueño más famoso que asumió esta postura fue Nestorio, un predicador que llegó a ser patriarca (obispo principal) de Constantinopla en el año 428. Nestorio fue condenado por el tercer Concilio Ecuménico de Éfeso en el año 431 (que también condenó al pelagianismo como herejía).

La otra tendencia estaba asociada a la iglesia de Alejandría. Su preocupación principal era proteger a la persona divina del Hijo como el único «sujeto» de la encarnación. En otras palabras, en Cristo solo hay un «yo», solo un agente personal, y ese es la segunda persona de la Trinidad, Dios el Hijo. Y de nuevo, hasta aquí todo estaba bien. El problema fue que los alejandrinos a veces fueron tan celosos por la persona divina de Cristo que podían perder de vista Su humanidad. Para los extremistas de Alejandría, cualquier tipo de énfasis en la naturaleza humana de Cristo parecía amenazar la soberanía de Su sola persona divina. ¿Acaso no sería Cristo dividido en dos personas —la aborrecible herejía nestoriana— si uno insistía demasiado en la plena realidad de Su humanidad?

Los alejandrinos fueron los más activos en difundir sus ideas en el período posterior a la condenación de Nestorio en Éfeso, en el año 431. El mayor pensador de ellos fue Cirilo de Alejandría. Sin embargo, cuando Cirilo falleció en el año 444, un personaje más extremo emergió en su lugar. Fue Eutiquio, uno de los monjes principales de Constantinopla. Eutiquio fue tan radical en su compromiso con la única persona divina de Cristo que no podía tolerar ninguna rivalidad (por así decirlo) de Su humanidad. Por tanto, en una frase infame, Eutiquio enseñó que, en la encarnación, la naturaleza humana de Cristo había sido absorbida y se había perdido en Su divinidad: «como una gota de vino en el mar». Esta postura alejandrina extrema triunfó en otro concilio ecuménico en Éfeso en el 449. No obstante, su victoria se debió no tanto a la argumentación y persuasión teológicas sino a las bandas de monjes alejandrinos rebeldes que controlaron los acontecimientos por medio del terror, apoyados por las tropas del emperador Teodosio II, quien favorecía a Eutiquio.

El concilio fue condenado en la mitad occidental del Imperio romano de habla latina. El papa León el Magno rugió contra él llamándolo el «latrocinio» (nombre que perduró). Después de la muerte del emperador Teodosio, un nuevo emperador, Marciano, convocó un nuevo concilio en Calcedonia (Asia Menor) en el año 451. Esta vez, Eutiquio y los alejandrinos extremos fueron derrotados. El concilio tejió hábilmente todo lo bueno y verdadero de los planteamientos de Antioquía y Alejandría, produciendo así una obra maestra teológica sobre la persona de Cristo:

Nosotros, entonces, siguiendo a los santos padres, todos unánimes enseñamos que se ha de confesar a uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo que es perfecto en deidad y el mismo que es perfecto en humanidad, verdadero Dios y verdadero hombre, el mismo con cuerpo y alma racional; consustancial con el Padre en cuanto a su naturaleza divina, y el mismo consustancial con nosotros en cuanto a su naturaleza humana; en todo semejante a nosotros, pero sin pecado; engendrado por el Padre en la eternidad en cuanto a su naturaleza divina, sin embargo en estos últimos días, este mismo, por nosotros y para nuestra salvación, (nacido) de María la virgen, la Theotokos, en cuanto a su naturaleza humana.

Reconocemos a uno solo y el mismo Cristo, Hijo, Señor, Unigénito, en sus dos naturalezas: dos naturalezas sin mezcla ni confusión; sin cambio ni mutabilidad; sin división y sin separación. La unión de las dos naturalezas no destruye sus diferencias, sino que más bien las propiedades de cada naturaleza se preservan y concurren en una única persona y en una única subsistencia. Estas dos naturalezas no están de ningún modo partidas o divididas entre dos personas, sino que están en uno y el mismo Hijo, Unigénito, Dios Verbo, el Señor Jesucristo, como los profetas nos instruyeron desde el principio, como el mismo Señor Jesucristo nos enseñó, y como el credo de los padres nos lo ha legado.

Tal vez podamos apreciar de mejor forma lo que logró el Concilio de Calcedonia al preguntarnos cuáles habrían sido las consecuencias si Nestorio o Eutiquio hubieran triunfado ese día. Partamos con el nestorianismo. Si la encarnación en verdad consiste en un hijo humano de María siendo  habitado por un Hijo divino de Dios, entonces en principio Cristo no es diferente de cualquier humano santo. En cada hombre santificado habita el Hijo. ¿Fue Cristo simplemente el máximo ejemplo de esta realidad? Si es así, no ha ocurrido absolutamente ninguna encarnación verdadera. No podemos decir: «Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios». Solo podemos decir: «Jesús de Nazaret tuvo una relación con el Hijo de Dios». Piensa en las implicaciones de esta afirmación para nuestra doctrina de la expiación. Tendríamos que decir que somos salvos por los sufrimientos de un Jesús meramente humano en quien resultaba que moraba Dios (como en todas las personas santas). ¿Acaso eso no nos llevaría inevitablemente a creer que el sufrimiento humano —tal vez el nuestro— puede expiar nuestros pecados? Y piensa en lo que ocurriría con nuestra adoración. No podríamos adorar a Jesús, sino solo al Hijo divino de Dios que moró en Jesús; esto destruiría por completo la adoración cristiana.

Pero ahora piensa en qué hubiera pasado si el eutiquianismo hubiera triunfado. Si la humanidad de Cristo se perdió y fue absorbida en Su deidad «como una gota de vino en el mar», entonces, de nuevo, no ha ocurrido ninguna verdadera encarnación. En lugar de que Dios se hiciera hombre, tenemos al hombre siendo aniquilado en Dios. Uno puede ver cómo esta idea se habría prestado para toda clase de misticismo que rechaza la humanidad. Después de todo, si Cristo es nuestro patrón, ¿acaso no deberíamos también nosotros buscar que nuestra propia humanidad se pierda y sea absorbida en la deidad como una gota de vino en el mar?

Los padres de Calcedonia se opusieron con firmeza a estas dos tendencias malsanas. Ellos afirmaron que Cristo es en verdad una sola persona divina, no una alianza entre una persona divina y una humana como enseña el nestorianismo. El sujeto, el «yo», el agente personal que hallamos en Jesucristo, es singular y no plural; esta persona es el «Hijo, Unigénito, Dios Verbo, el Señor», la segunda persona de la Deidad. Por eso María es llamada con razón la «madre de Dios», verdad que Nestorio rechazó con vehemencia. ¡La persona que nació de María fue precisamente Dios el Hijo! María es la madre de Dios encarnado (aunque, por supuesto, no es la madre de la naturaleza divina). Los padres de Calcedonia también afirmaron que esta sola persona existe en dos naturalezas diferentes, completa divinidad y completa humanidad, rechazando así la absorción eutiquiana de la una en la otra. Vemos en Cristo todo lo que es ser humano y todo lo que es ser divino en una sola y misma vez, sin que ninguno se vea comprometido por lo otro. Podríamos decir que en Cristo, por primera y última vez, toda la plenitud del ser humano y toda la plenitud del ser divino se han unido y existen unidas en exactamente la misma forma, como el Hijo del Padre y el Portador del Espíritu Santo. O para decirlo de una forma más simple, Cristo es completa y verdaderamente humano, completa y verdaderamente divino, al mismo tiempo, en una sola persona.

Loor al Verbo encarnado,

en humanidad velado;

gloria al Santo de Israel,

cuyo nombre es Emanuel.

Los padres de Calcedonia hicieron un buen trabajo. En asuntos cristológicos, tal vez solo podamos llegar a ser enanos parados en sus hombros de gigantes. Podríamos ver incluso más lejos si nos sentamos allí. Sin embargo, si nos bajamos, dudo que vayamos a ver algo más que lodo nestoriano y eutiquiano.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Nicholas R. Needham
Nicholas R. Needham

El Dr. Nicholas Needham es pastor de la Iglesia Inverness Reformed Baptist Church de Inverness, Escocia, y profesor de historia eclesiástica en el Highland Theological College de Dingwall, Escocia. Es autor de la obra 2,000 Years of Christ’s Power [2000 años del poder de Cristo], compuesta de varios tomos.

Agustín, doctor en la gracia

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo V

Agustín, doctor en la gracia

Por Tom Nettles

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo V

En cuanto a combinar doctrina y piedad, Agustín (354-430) tiene pocos iguales en la historia del cristianismo. Sus escritos nos orientan en todas las áreas de discusión: en filosofía cristiana, teología sistemática, filosofía de la historia, polémicas, retórica y devoción. Aunque algunos de sus puntos de vista apoyan las doctrinas de la oración intercesora y los sacrificios por los muertos, el purgatorio y la justificación transformadora, las poderosas doctrinas de Agustín sobre la gracia y sobre la encarnación y el sacrificio de Cristo son desarrolladas precisa y sustancialmente en las confesiones de la teología reformada. Tras la caída de Roma, el proyecto milenario de reconstruir la civilización occidental sobre el pensamiento cristiano, en lugar del pagano, se dio sobre los conceptos agustinianos. La Reforma del siglo XVI redescubrió y se basó en elementos que habían sido descuidados de la doctrina de Agustín sobre el pecado y la salvación.

Agustín nació en 354 en Tagaste, en la provincia romana de Numidia, en el norte de África. Observaciones posteriores sobre la infancia y la caída lo llevaron a señalar: «La inocencia de los niños está en la impotencia de sus cuerpos más que en cualquier cualidad de sus mentes» (Confesiones, 1.7. Las siguientes referencias a las Confesiones se identificarán solo por número de libro y capítulo).

Su padre, Patricio, era pagano. Agustín lo recordaba como un hombre grosero, lujurioso, iracundo e infiel a su cama matrimonial. Trabajó duro, pero le resultó difícil crecer como africano en el sistema romano de economía y política. Al parecer, Agustín sintió poco afecto por él, a pesar de su sacrificio para darle una educación. Patricio murió antes de que Agustín cumpliera diecisiete años.

Su madre, Mónica, era una cristiana celosa. Extraordinariamente apegada a Agustín y a su bienestar, buscó la salvación de su hijo con energía incesante y oración constante. Literalmente saltó de alegría al escuchar de su conversión y su sumisión al cristianismo ortodoxo. Poco después, segura de que sus dones y devoción habían ardido intensamente para la gloria de Dios, supo que no viviría más. Murió a los cincuenta y seis años, cuando Agustín tenía treinta y tres.

Sus dos padres, en opinión de Agustín, hicieron hincapié en el éxito de sus estudios. Su padre no tenía motivación espiritual, sino solo una vana ambición por el avance de su hijo. Su madre creía que su estudio no obstaculizaría su conversión, sino que más bien la ayudaría. Ella estaba en lo correcto.

Luego de estudios elementales en Tagaste, del 365 al 369, estudió literatura clásica en Madaura. Así inició un amor por el lenguaje que duró toda la vida, con el que procuró la expresión adecuada de la verdad. Sus estudios previos le mostraron cuán perversamente los hombres podían usar algo tan maravilloso e intrínsecamente bueno como el lenguaje. Las palabras y la elocuencia, tan necesarias para la persuasión y la exposición, habían sufrido el abuso de representar e inculcar errores y vilezas. Más tarde, en sus Confesiones, Agustín observaría el cuidado con que los hombres cuidan las reglas de las letras y las sílabas mientras descuidan las reglas eternas de la salvación sempiterna.

Con la ayuda de un rico benefactor llamado Romanianus, Agustín se fue a Cartago en el 370 para recibir estudios avanzados de retórica. Aquí comenzó un concubinato con una mujer que duró unos trece años. Un niño, Adeodato («dado por Dios»), resultó de su unión. Al pensar en el deseo que lo condujo a esta unión, Agustín recordó: «Desde la fangosa concupiscencia de la carne y la ardiente imaginación de la pubertad, las nieblas subieron y se empañaron para oscurecer mi corazón de modo que no pude distinguir la luz blanca del amor de la niebla de la lujuria» (2.2).

Durante nueve años buscó la verdad en la secta del maniqueísmo, fascinado por su materialismo y dualismo. Ellos abordaban el problema del mal combinando el pensamiento de Cristo, Buda y Zoroastro (un sabio persa). Agustín recibió lo que le parecía un enfoque sofisticado y científico de la existencia del mal, mientras que este aparentemente respaldaba la instrucción que recibió en la infancia con respecto a la enseñanza de Cristo sobre el Reino. Finalmente descubrió que este seductor sistema sincretista no tenía nada en común con su búsqueda personal de la unidad entre la palabra y la sustancia. En cambio, los maniqueos eran «hombres que deliraban soberbiamente, carnales y habladores en demasía». Su hablar atrapaba las almas con «un arreglo con las sílabas de los nombres de Dios el Padre y del Señor Jesucristo y del Paráclito, el Espíritu Santo, nuestro Consolador. Estos nombres siempre estuvieron en sus labios, pero solo como sonidos y ruidos de lengua» (3.6).

Sus reflexiones sobre el dualismo maniqueo lo condujeron a uno de sus puntos teológicos más profundos sobre el mal. En sus Soliloquios, escritos poco después de su conversión, se dirigió a Dios como alguien que «a los pocos que huyen para refugiarse en lo que es verdadero, muestra que el mal no es nada». Ya que Dios lo creó todo, el mal no tiene una existencia independiente del bien. El mal es una privación del bien. Cuando todo el bien se va, nada existe. El mal es solo una ausencia del bien. No es una sustancia independiente que invade y contamina, sino que debe tomar algo del bien de Dios y disminuir su gloria. Las sustancias en las que reside el mal son buenas en sí mismas. El mal se elimina, no mediante la erradicación de una naturaleza contraria, como lo conciben los maniqueos, sino mediante la purificación de la cosa misma que fue corrompida. La verdad y la falsedad habitan en la misma tensión, según Agustín, porque nada es falso excepto por alguna imitación de lo verdadero.

Después de completar sus estudios, enseñó retórica en Cartago. Allí encontró una atmósfera pedagógica intolerable. Un grupo de estudiantes conocidos como los «derrocadores» interrumpían todo orden y actuaban como locos cometiendo actos escandalosos y estúpidos. Si no hubieran sido protegidos por lo que era «la costumbre», habrían sido castigados por la ley.

Para escapar de esta atmósfera destructiva, se fue a Roma en el 383. Antes del año se enteró de un puesto de enseñanza de retórica en Milán. Los términos eran atractivos; solicitó y se fue en el 384. Allí se encontró con Ambrosio, el gran predicador de la Iglesia en Milán. No encontró la retórica de Ambrosio tan brillante como la de Fausto, su maestro maniqueo, pero pronto aprendió que el verdadero poder de su discurso residía en la correspondencia de su lenguaje con la realidad verdadera y sustancial. Se convenció de que el cristianismo era defendible contra los maniqueos y se inscribió como catecúmeno, nuevamente, en la Iglesia. El neoplatonismo limpió aún más su mente del dualismo de los maniqueos, luego de un breve coqueteo con el escepticismo. Su renovado compromiso con la Escritura comenzó a llenar los espacios en blanco en su desarrollo intelectual. Las doctrinas cristianas de la creación ex nihilo, la providencia y la redención por el Dios trino satisficieron con creces los anhelos de su mente y de su corazón.

Ahora sabía que el hombre hecho a la imagen de Dios no podía encontrar un lugar de descanso para el alma fuera de la alabanza, el amor y el conocimiento de Dios. Solo Dios es quien es «amado, consciente o inconscientemente, por todo lo que es capaz de amar». Descubrió que «Tú mismo nos mueves a ello, haciendo que nos deleitemos en alabarte, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (1.1).

A los treinta y un años, se convirtió al leer Romanos 13:13-14. Escuchó a unos niños en un jardín cantando: «Toma y lee». Cuando tomó una Biblia que tenía cerca, sus ojos se centraron en las palabras del texto, lo que puso fin al ciclo de insatisfacción, convicción y búsqueda que lo había acosado por más de quince años. Fue bautizado por Ambrosio el 25 de abril del 387.

Agustín deseaba vivir en reclusión, sin poseer nada, habiendo abandonado su antigua búsqueda de placer, belleza y honor, entregándose a la contemplación de Dios por medio de las Escrituras. Intencionalmente evitó estar en una posición en la que alguna Iglesia sin obispo pusiera sus ojos en él. Fue a Hipona en el 391 con el propósito de establecer un monasterio porque en esa ciudad ya había un obispo, llamado Valerio. Sin embargo, Valerio dispuso el ordenar a Agustín como sacerdote y eventualmente como obispo en el 395.

Pasó el resto de su vida sirviendo a la gente de su parroquia como pastor y sirviendo a todo el mundo cristiano como un guía profundo hacia la verdad cristiana y la adoración pura. Sus Confesiones, una autobiografía espiritual, estableció la agenda teológica a la que dedicó sus enormes habilidades de reflexión filosófica y teológica. Sus puntos de vista sobre Cristo, la Trinidad, el pecado humano, el carácter del mal, la libre pero innata depravación de la voluntad caída, el poder y la necesidad de la gracia divina, la naturaleza de los sacramentos y la dirección de la historia humana bajo la divina providencia en un mundo caído, todo encuentra un punto de partida en las Confesiones.

Su declaración, «Dame lo que ordenas, y ordena lo que quieras» (10.29), escandalizó a Pelagio. La defensa, durante toda la vida de Agustín, de la necesidad de la gracia lo llevó a algunas de sus posiciones teológicas más profundas y controvertidas. Este aspecto del pensamiento de Agustín inspiró a la vida buena y a la teología poderosa en Anselmo, Lutero, Calvino, Jonathan Edwards y muchos otros. Articuló su punto de vista de la persona de Cristo de manera tan clara y convincente que anticipó la fórmula de los puntos de vista cristológicos ortodoxos de Calcedonia. Su notable teodicea desarrollada en la Ciudad de Dios revolucionó no solo los puntos de vista occidentales de la historia, sino que creó una dinámica para la discusión de las relaciones entre la Iglesia y el Estado que todavía hoy da frutos y suscita controversia. Si bien su defensa de la persecución de los donatistas dio muchos malos frutos, sus poderosos puntos de vista sobre la unidad de la Iglesia han dado sustancia a muchos esfuerzos evangélicos para lograr varios tipos de unidad a través de la discusión y afirmación doctrinal.

El monje Godescalco declaró hace 1200 años lo que todavía es cierto hoy: Agustín es, después de los apóstoles, el maestro de toda la Iglesia.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Tom Nettles
Tom Nettles

Tom sirvió por muchos años como profesor de teología histórica en el Southern Baptist Theological Seminary.

La controversia pelagiana

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo V

La controversia pelagiana

Por R.C. Sproul

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo V

Dame lo que ordenas, y ordena lo que quieras». Este pasaje de la pluma de San Agustín de Hipona fue la enseñanza que provocó una de las controversias más importantes en la historia de la Iglesia, y uno que provocó ira en los primeros años del siglo V.

La provocación de esta oración estimuló a un monje británico llamado Pelagio a reaccionar vigorosamente contra su contenido. Cuando Pelagio llegó a Roma en algún momento de la primera década del siglo V, estaba horrorizado por la laxitud moral que observó entre los cristianos profesos e incluso entre el clero. Atribuyó gran parte de este malestar a las implicaciones de la enseñanza de San Agustín, a saber, que la justicia solo podía ser lograda por los cristianos con la ayuda especial de la gracia divina.

Con respecto a la oración de Agustín, «Oh Dios, dame lo que ordenas, y ordena lo que quieras», Pelagio no tuvo problemas con la segunda parte. Él creía que el atributo más alto de Dios era en verdad Su justicia y por esa justicia tenía el perfecto derecho de obligar a Sus criaturas a obedecerlo de acuerdo con Su ley. Pelagio se enfocó en la primera parte de la oración, en la cual Agustín le pedía a Dios que le concediera lo que Él ordenaba. Pelagio reaccionó diciendo que en cualquier cosa que Dios ordena está implícita la capacidad de quien recibe la orden de obedecerla. El hombre no debería tener que pedir gracia para ser obediente.

Ahora, esta discusión se amplió a nuevos debates sobre la naturaleza de la caída de Adán, sobre el alcance de la corrupción en nuestra humanidad que describimos bajo la rúbrica de «pecado original» y sobre la doctrina del bautismo.

La posición de Pelagio era que el pecado de Adán afectó a Adán y solo a Adán. Es decir, como resultado de la transgresión de Adán, no se produjo ningún cambio en la naturaleza constitutiva de la raza humana. El hombre nació en un estado de justicia y, como uno creado a imagen de Dios, fue creado de manera inmutable. Aunque le era posible pecar, no le era posible perder su naturaleza humana básica, que era capaz de ser obediente, siempre y en todo lugar. Pelagio continuó diciendo que es posible, incluso después del pecado de Adán, para todo ser humano vivir una vida de justicia perfecta y que, de hecho, algunos han alcanzado tal estatus.

Pelagio no se opuso a la gracia, sino solo a la idea de que la gracia era necesaria para la obediencia. Sostuvo que la gracia facilita la obediencia, pero que no es un prerrequisito necesario para la obediencia. No hay transferencia de culpa de Adán a su descendencia ni cambio alguno en la naturaleza humana como subsecuencia de la caída. El único impacto negativo que Adán tuvo en su progenie fue el dar un mal ejemplo y si los que siguen el camino de Adán imitan su desobediencia, compartirán su culpa, afirmó Pelagio, pero solo siendo ellos realmente culpables. No puede haber transferencia o imputación de culpa de un hombre a otro de acuerdo con las enseñanzas de Pelagio. Por otro lado, Agustín argumentó que la caída perjudicó seriamente la capacidad moral de la raza humana. De hecho, la caída de Adán hundió a toda la humanidad en el estado ruinoso del pecado original. El pecado original no se refiere al primer pecado de Adán y Eva, sino que se refiere a las consecuencias para la raza humana de ese primer pecado. Se refiere al juicio de Dios sobre toda la raza humana por el cual Él trae sobre nosotros los efectos del pecado de Adán por la corrupción continua de todos sus descendientes. Pablo desarrolla este tema en el quinto capítulo de su epístola a los romanos.

El tema clave para Agustín en esta controversia era el problema de la capacidad moral del hombre caído, o la falta de ella. Agustín argumentó que antes de la caída, Adán y Eva disfrutaban de libre albedrío y de libertad moral. La voluntad es la facultad por la cual se toman las decisiones. La libertad se refiere a la capacidad de usar esa facultad para escoger las cosas de Dios. Agustín dijo que tras la caída, la voluntad, o la facultad de elegir, permaneció intacta; es decir, los seres humanos aún son libres en el sentido de que pueden elegir lo que quieran. Sin embargo, sus elecciones están profundamente influenciadas por la esclavitud del pecado que los mantiene en un estado corrupto. Y como resultado de esa esclavitud al pecado, se perdió esa libertad original que Adán y Eva disfrutaron antes de la caída.

La única forma de restaurar la libertad moral sería a través de una obra sobrenatural de la gracia de Dios en el alma. Esta renovación de la libertad es lo que la Biblia llama una libertad «real» (Stg 2:8). Por lo tanto, el quid de la cuestión tenía que ver con el tema de la incapacidad moral como el corazón del pecado original. La controversia arrojó varios veredictos eclesiásticos, incluido el juicio de la Iglesia en un sínodo en el año 418, donde el Concilio de Cartago condenó las enseñanzas de Pelagio. El hereje fue exiliado a Constantinopla en el 429. Y una vez más, el pelagianismo fue condenado por la Iglesia en el Concilio de Éfeso en el 431. A lo largo de la historia de la Iglesia, una y otra vez, el pelagianismo ha sido repudiado sin rodeos por la ortodoxia cristiana. Incluso el Concilio de Trento, que enseña una forma de semipelagianismo, en sus primeros tres cánones (especialmente en el sexto capítulo sobre la justificación), repite la antigua condena de la Iglesia a la enseñanza pelagiana de que los hombres pueden ser justos sin la gracia. Incluso en algo tan reciente como el catecismo católico romano moderno, esa condena continúa.

En nuestros días, debemos ver el debate entre el pelagianismo y el agustinianismo como el debate entre el humanismo y el cristianismo. El humanismo es una variedad recalentada de pelagianismo. Sin embargo, la lucha dentro de la Iglesia hoy en día es entre el punto de vista agustiniano y varias formas de semipelagianismo, que buscan un punto medio entre los puntos de vista de Pelagio y Agustín. El semipelagianismo enseña que la gracia es necesaria para lograr la justicia, pero que esta gracia no se imparte al pecador de manera unilateral o soberana como afirma la teología reformada. Más bien, el semipelagiano argumenta que el individuo da el primer paso de fe antes de que se otorgue esa gracia salvadora. Por lo tanto, Dios imparte la gracia de la fe en conjunto con la obra del pecador en la búsqueda de Dios. Parece que una pequeña mezcla de gracia y de obras no le preocupa mucho a los semipelagianos. Sin embargo, nuestra tarea es ser fieles primero a las Escrituras y luego a los antiguos concilios de la Iglesia, discernir la verdad de Agustín y defenderla bien.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

Nuestra autoridad está viva

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo V

Nuestra autoridad está viva

Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo V

En el pasillo principal del seminario donde estudié tienen una copia de la obra maestra de Albrecht Dürer, The Four Apostles [Los cuatro apóstoles]. Ciertamente es una interpretación magnífica de la obra clásica que fue pintada por uno de los profesores de Nuevo Testamento del seminario, cuya fidelidad bíblica se puede ver en un pequeño detalle de la pintura. Si uno estudia la pintura de cerca, uno puede observar una diferencia mínima entre la pintura de Dürer y su réplica. La pintura de Dürer tiene al apóstol Pedro sosteniendo la llave dorada de la puerta del cielo, mientras que la réplica muestra a Pedro sin una llave. Tal omisión deliberada es apropiada para un profesor protestante de Nuevo Testamento que, al reproducir dicha obra, entendió que las palabras de Cristo hacia Pedro no tenían la intención de colocar a Pedro como el único guardián de las llaves del Reino.

El período patrístico (la era de los padres de la Iglesia) terminó en el siglo V, y luego inició la Edad Media. El papado comenzó a establecer su autoridad suprema sobre la Iglesia de Cristo, y el papa León Magno decidió ocupar el lugar de San Pedro, cuya silla tenía sus patas en los cuatro extremos de la tierra.

Sin embargo, a principios del siglo, hubo un siervo fiel de África del Norte que defendió a la Iglesia de Cristo contra las herejías de los maniqueos, los donatistas y los pelagianos. Agustín de Hipona montó cuidadosamente sus defensas doctrinales y demostró que la Iglesia de Cristo no puede ser conquistada por sus enemigos. En el centro de la vida y la doctrina de Agustín había un corazón arrepentido que descansaba completamente en Dios, cuya gracia había sido manifestada en la perspicacia bíblica e integridad doctrinal de Su siervo. De hecho, fue en gran parte debido al ministerio de Agustín que la Iglesia fue sostenida durante las tormentas de la controversia a principios del siglo V, probando la veracidad de las palabras de Cristo al constituir Su Iglesia: «… edificaré Mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mt 16:18). Agustín entendió que, aunque la Iglesia tenía gran autoridad, dicha autoridad había sido establecida por la verdad de que la Iglesia pertenece únicamente a Jesucristo.

Agustín vivió coram Deo, ante el rostro de Dios, defendiendo el evangelio de Jesucristo. Falleció en el 430, y todos los demás papas, desde el papa León I en el 461 hasta el papa Juan Pablo II en el 2005, también han fallecido. Pero Aquel que es la única autoridad suprema sobre Su Iglesia, vive y reina para siempre.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.