El monje solitario

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VII

El monje solitario

Nicholas Needham

El siglo VII es una época olvidada para la mayoría de los protestantes. Sin embargo, vale la pena conocerla. El corazón creativo de su teología estaba en el Este: el Imperio bizantino, con su centro en Constantinopla. Aquí las controversias cristológicas del siglo V todavía estaban presentes. Como resultado de los concilios de Calcedonia (451) y el Segundo de Constantinopla (553), la iglesia del Este y el Imperio se dividieron amargamente entre dos grandes partidos. En un lado de la controversia estaban los calcedonios, leales al credo ortodoxo de Calcedonia, de que Cristo es una persona con dos naturalezas; y al otro lado estaban los monofisitas, numerosos en Egipto y Siria, que sostenían que el Cristo encarnado tiene una sola naturaleza (una especie de naturaleza divina-humana sintetizada).

El Imperio bizantino haría un último intento para eliminar la brecha entre los calcedonios y los monofisitas. La iniciativa vino del emperador Heraclio (610–641). Él tomó su postura teológica del patriarca Sergio I de Constantinopla, quien sugirió que los calcedonios y los monofisitas podrían unirse en torno a la fórmula de una «energía única» en Cristo. Cuando los teólogos hablaban de «energía» (en griego, energeia), se referían a la acción, actividad, trabajo u operación que revela la naturaleza distintiva de una cosa. 

¿Qué tenía esto que ver con la disputa entre calcedonios y monofisitas? La controversia se desarrolló en torno a cómo Cristo puede ser una persona si tiene dos naturalezas. Los calcedonios hacían distinción entre la naturaleza y la persona, argumentando que las dos naturalezas de Cristo habitan una en la otra sin confundirse entre ellas, unidas por la única persona divina de Cristo. Los monofisitas respondieron que si Cristo es una sola persona, esto requiere que Sus dos naturalezas se conviertan en una. Pero la energía fue un tercer factor en la ecuación, algo diferente a las ideas de naturaleza y persona. Si los calcedonios y los monofisitas pudieran estar de acuerdo en que Cristo tiene una sola energía, tal vez ambas partes podrían aceptar esto como la explicación de Su unidad.

Sergio I de Constantinopla argumentó que la energía pertenece a la persona y no a la naturaleza. Ya que los calcedonios y los monofisitas estaban de acuerdo en que Cristo era una persona, ellos (sugirió Sergio) podrían ver que Sus dos naturalezas estaban unidas en la única energía de Su persona. El emperador Heraclio defendió la fórmula de «energía única» de Sergio y tuvo cierto éxito. Sin embargo, la reunión se encontró con serios problemas en Palestina. Los monjes calcedonios, dirigidos por el brillante patriarca Sofronio I de Jerusalén, se opusieron fuertemente a la fórmula de energía única. Sofronio argumentó que la energía no pertenece a la persona (como dijo Sergio), sino a la naturaleza (como en el entendimiento tradicional). Por lo tanto, en Cristo hay dos energías distintas, humana y divina, que revelan las dos naturalezas distintas del Salvador.

La oposición de Sofronio a la fórmula de energía única incitó a Heraclio a buscar el apoyo del papa Honorio I. Esto fue lo peor que pudo haber hecho. Honorio llevó el conflicto a aguas aún más tormentosas. Profesando estar descontento con toda la charla sobre energías, propuso la sugerencia explosiva de que Cristo tiene una sola voluntad en lugar de una sola energía. Honorio pensó que los calcedonios y los monofisitas podían encontrar puntos en común al confesar que las dos naturalezas del Salvador están unidas por su única voluntad divina, lo cual, por supuesto, significaba negar que Cristo tiene una voluntad humana. El emperador Heraclio aprovechó esta idea y, en el 638, emitió una declaración teológica oficial, la Ekthesis. Esta declaración prohibió toda mención adicional de energías, y decretó que Cristo tenía una sola voluntad divina. Esta iba a ser la nueva ortodoxia. Aquellos que apoyaron la Ekthesis fueron conocidos como mono theletes, término griego que significa «voluntad única».

La posición monotelista levantó poderosos enemigos entre los calcedonios ortodoxos. El más poderoso fue el monje griego Máximo el Confesor (580–662), quien sostuvo vehementemente que Cristo tiene dos voluntades, una humana junto a una divina. ¿Por qué le dio tanta importancia a este asunto? La respuesta reside en su preocupación por la doctrina de la salvación. La voluntad humana, señaló Máximo, es la fuente del pecado, la sede misma de nuestra corrupción que necesita ser rescatada y santificada. Por lo tanto, si ha de haber salvación para nuestras voluntades caídas, el Hijo de Dios debe tomar una voluntad humana para Él mismo en la encarnación. La única forma en que nuestras voluntades pueden llegar a ser santas es siendo conformadas a la voluntad humana perfectamente santa de Cristo, el Dios-hombre. Pero los monotelitas estaban diciendo que Cristo no tiene voluntad humana. ¿De dónde entonces, preguntó Máximo, proviene la santificación de nuestras voluntades pecaminosas? Es esencial para nuestra salvación que Dios el Hijo haya tomado una voluntad humana.

No era una buena señal para los monotelitas el haberse hecho un enemigo como Máximo. Él era un teólogo de gran eminencia, al nivel de Atanasio, los padres de Capadocia, Cirilo de Alejandría y Juan de Damasco como una de las mentes más destacadas de la Iglesia oriental.

Cuando murió Heraclio, su sucesor fue su nieto Constante II (641–68), un dictador cruel. El emperador Constante intentó apagar la controversia silenciando a todas las partes; su edicto de 648, Typos, prohibió a todos los ciudadanos bizantinos volver a mencionar voluntades y energías en Cristo, bajo pena de severo castigo. Para los ortodoxos, esta orden imperial significaba tolerar la herejía en la Iglesia, y algunos de ellos no estaban dispuestos a obedecerla.

Uno de ellos fue el nuevo papa, Martín I, quien ascendió al trono papal en julio del 649. Martín era un aliado cercano de Máximo e impresionó a todos con su radiante santidad y su profundo conocimiento. En octubre de ese año, Martín convocó un concilio romano que condenó el monotelismo y afirmó que Cristo tiene dos voluntades, una humana y una divina. Máximo estuvo presente y jugó un papel principal en este concilio. Luego, Martín envió copias de las decisiones del concilio a lo largo de Oriente y Occidente, junto con una carta circular advirtiendo a todos los cristianos fieles contra la peligrosa herejía de los monotelitas.

Ese desafío tan osado al emperador Constante selló el destino de Máximo y Martín. Las tropas bizantinas los capturaron en el 653, los llevaron a Constantinopla y los encarcelaron durante un largo período en condiciones horrendas que destrozaron la ya mala salud de Martín. Finalmente fueron juzgados por traición en el 655. Martín fue declarado culpable y condenado a muerte; sus ropas papales les fueron arrancadas; fue azotado y arrastrado a los calabozos. En un inesperado toque de misericordia, Constante suavizó la sentencia de Martín condenándolo al destierro. Agotado por su terrible encarcelamiento, el papa murió seis meses después: un mártir por su fe en la humanidad plena de Cristo.

Entonces se llevó a cabo un juicio contra Máximo. Él había encabezado la oposición al monotelismo. Constante estaba decidido a hacer un espectáculo público de él. Día tras día, los jueces lanzaron acusaciones de traición y herejía contra el anciano monje, que ahora tenía 74 años. Sin embargo, Máximo no se inmutaba, rechazando todos los cargos de traición y negando firmemente que un emperador tuviera derecho a interferir en asuntos teológicos. Tal conducta era el Estado imponiendo sus manos impías en la independencia de la Iglesia. Constante no estaba impresionado; Máximo fue golpeado y desterrado a la pequeña ciudad de Bizia en Tracia.

Desde Bizia, Máximo continuó hablando y escribiendo contra el monotelismo; así que en el 662, un enfurecido Constante lo sometió a un nuevo juicio. Los jueces presionaron a Máximo con el argumento de que todos los demás miembros de la Iglesia oriental se habían sometido al Typos. ¿Cómo se atrevía él, un monje solitario, a desafiar la voz de la Iglesia? ¿Solo Máximo tenía la razón y todos los demás estaban equivocados? ¿Creía que solo él era salvo? La respuesta de Máximo resuena a través de los siglos: «Dios conceda que yo no condene a nadie, ni diga que solo yo soy salvo. Pero prefiero morir antes que violar mi conciencia abandonando lo que creo acerca de Dios».

Esta vez, el castigo de Máximo fue más severo: le arrancaron la lengua y le cortaron la mano derecha para que no pudiera hablar ni escribir. Luego fue desterrado a la costa sureste del Mar Negro, donde murió unos meses después. Fue por su firme confesión de fe en medio de estas crueldades que la Iglesia más tarde llamó a Máximo «el Confesor».

Constante fue asesinado en el 668. Su hijo Constantino IV (668–85) resultó ser un tipo de emperador muy diferente a su padre. Actuando en armonía con el papa de su tiempo, Agatón, quien fue un fiel discípulo de Martín y Máximo, Constantino convocó al sexto de los concilios ecuménicos en noviembre del 680, el Tercer Concilio de Constantinopla. El concilio fue un triunfo total para los enemigos del monotelismo, vindicando la creencia en la humanidad plena de Cristo por la cual Máximo y Martín habían sufrido. El concilio también nombró y condenó a quienes habían enseñado la doctrina de la energía única y la voluntad única, especialmente al patriarca Sergio de Constantinopla y al papa Honorio, llamándolos instrumentos de Satanás, herejes y blasfemos. Esta condena de un papa herético por parte de un concilio ecuménico fue más adelante una de las armas favoritas de los protestantes en su conflicto con el papado y sus afirmaciones de infalibilidad.

El Tercer Concilio de Constantinopla puso fin a los siglos de controversia sobre la relación entre la humanidad y la divinidad en Cristo. También fue el último de los concilios ecuménicos en recibir el reconocimiento de las tres ramas de la Iglesia profesante: católica romana, ortodoxa oriental y protestante.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Nicholas R. Needham
Nicholas R. Needham

El Dr. Nicholas Needham es pastor de la Iglesia Inverness Reformed Baptist Church de Inverness, Escocia, y profesor de historia eclesiástica en el Highland Theological College de Dingwall, Escocia. Es autor de la obra 2,000 Years of Christ’s Power [2000 años del poder de Cristo], compuesta de varios tomos.

Oportunidad y oposición

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VII

Oportunidad y oposición

Por Abdul Saleeb

Qué está pasando con la Iglesia en el mundo musulmán en los primeros años del siglo XXI? En el pasado, era muy común que los misioneros dedicaran una vida de servicio fiel al evangelio y vieran muy poco o ningún resultado tangible en términos de musulmanes viniendo a la fe en Cristo. Sin embargo, hoy sabemos de un número significativo de musulmanes —a veces en los miles y a veces en las decenas de miles— que han venido a la fe en los últimos quince años.

Los estudiantes de misiones detectan un número de factores que Dios está usando para el avance del Reino de Cristo entre varios de los pueblos musulmanes. La inestabilidad política y el surgimiento de un islam radical y militante han hecho que muchos musulmanes empiecen a cuestionar la legitimidad del islam y que estén más receptivos al evangelio de Cristo, el Príncipe de Paz. Las tendencias actuales del mundo moderno como la globalización, la urbanización y las migraciones masivas, han abierto oportunidades nuevas y sin precedentes para compartir el evangelio con el pueblo islámico. El uso de tecnologías modernas como los satélites e Internet, junto con la distribución masiva de Biblias, también están teniendo un impacto significativo en países musulmanes que antes estaban bien cerrados. El número de misioneros que Dios está levantando para llevar el evangelio al mundo musulmán también está aumentando, no solo de iglesias en América del Norte, sino también de América del Sur y Corea del Sur, y más recientemente de iglesias clandestinas que crecen a un ritmo acelerado en China. Algunos de los temas recurrentes en los testimonios de conversión de musulmanes a Cristo incluyen cosas tales como el ministerio y estilo de vida de los creyentes cristianos, la oración contestada y la liberación de una situación difícil, el hallar la paz y la seguridad de perdón en la Biblia, encontrar el amor de Dios en las Escrituras y experimentarlo en la comunión cristiana y en los actos de servicio humilde.

Aunque tenemos muchas razones para regocijarnos por la incomparable propagación del evangelio entre los musulmanes en nuestros días, también necesitamos reconocer la intensidad de la oposición al evangelio. Nuestros hermanos y hermanas que viven y ministran en la mayoría de los países musulmanes enfrentan muchos momentos difíciles y oscuros. Algunas veces la oposición puede tomar la forma de persecución directa. Muchos siervos de Cristo han sido asesinados, encarcelados y torturados por evangelizar a musulmanes. Las esposas de muchos pastores me han dicho que cada vez que sus esposos salen de la casa, luchan con el temor de no volver a verlos jamás. La ley islámica prohíbe cualquier forma de evangelismo cristiano, y convertirse del islam al cristianismo es considerado un delito castigado oficialmente con la pena de muerte. Muchas iglesias viven con el temor constante de ser bombardeadas, atacadas por una turba enfurecida o clausuradas por órdenes del gobierno. Las personas que activamente muestran un testimonio cristiano pueden recibir amenazas de muerte contra ellas y sus familias. Muchos pastores luchan con el hecho de que frecuentemente están bajo el escrutinio del gobierno. Con mucha frecuencia, los cristianos y los convertidos al cristianismo sufren el acoso, el ridículo, el rechazo por parte de la familia y la comunidad, y la discriminación en los ámbitos educativos y laborales debido a su fe. Los gobiernos islámicos y las mezquitas utilizan todas las herramientas de los medios de comunicación y del sistema educativo a su disposición para propagar el islam y atacar la fe cristiana, pero en la mayoría de los casos, nunca permitirían que los cristianos tengan el mismo acceso para dar una respuesta o simplemente presentar el evangelio.

También hay muchos desafíos internos que la Iglesia enfrenta. Hay divisiones denominacionales y una mentalidad competitiva entre cristianos. Muchos observadores pueden señalar la falta de educación teológica y madurez espiritual incluso dentro del liderazgo de la Iglesia. Una gran tentación para muchos musulmanes convertidos al cristianismo es casarse con otro musulmán, ya que es posible que no puedan encontrar una pareja adecuada. A veces, debido a las presiones familiares o a los muchos peligros de vivir como cristiano en una sociedad musulmana, un creyente declarado se convierte de nuevo al islam. Muchos cristianos en el mundo musulmán también se ven tentados a dejar su país de origen y mudarse a Occidente, donde pueden vivir sus vidas y expresar su fe cristiana con seguridad y paz.

Necesitamos comprometernos a orar e identificarnos con la Iglesia sufriente y perseguida en el mundo musulmán. Pero también debemos regocijarnos por el crecimiento y la expansión de la Iglesia en el mundo musulmán. Debemos recordarnos una vez más, especialmente en medio del creciente radicalismo y la violencia en todo el mundo islámico de hoy, que todos los tronos, dominios, principados y poderes visibles e invisibles, todas las cosas fueron creadas por medio de Él y para Él, y Él es «la cabeza del cuerpo que es la iglesia» (ver Col 1:1618).

No hay necesidad de desesperarse. Podemos estar seguros de que el Rey Jesús está sentado en Su trono y, de hecho, está cumpliendo Su gran propósito de edificar Su Iglesia en todo el mundo (y especialmente en el mundo islámico) ­¡ante nuestros ojos!

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Abdul Saleeb

El reverendo Abdul Saleeb es coautor de El lado oscuro del Islam con el Dr. R.C. Sproul. Pastorea una confraternidad de conversos musulmanes en los Estados Unidos y está íntimamente involucrado con iglesias en el Medio Oriente.

Cuando el cristianismo moldeó las artes

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VII

Cuando el cristianismo moldeó las artes

Por Gene Edward Veith

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VII

os cristianos de hoy frecuentemente hablan de influenciar la cultura a través de las artes. Esto a menudo significa, en términos prácticos, que los cristianos se dejan influenciar por la cultura a través de las artes. En el siglo VII, sin embargo, vemos al cristianismo como una poderosa fuerza imaginativa y estética que inspiraba nuevas y duraderas formas de arte, estilos y creaciones artísticas.

Atanasio murió en el año 373 d. C., y el epitafio que apareció en su lápida es famoso hoy en día, ya que captura la esencia de su vida y mLos evangélicos con frecuencia olvidan los logros artísticos de aquellos días premedievales, ya sea por la aceptación acrítica de las generalizaciones excesivas de la «Era de las Tinieblas» o por el supuesto de que la Iglesia de esos tiempos estaba haciendo concesiones a los paganos que había evangelizado. En realidad, hubo problemas teológicos en el siglo VII, como la atención excesiva a los santos, pero las peores corrupciones de la Iglesia, como el papado infalible, las indulgencias, el reemplazo de la Biblia por el racionalismo escolástico aristotélico y el reemplazo del evangelio por la justicia de las obras, todo eso vino después.

El siglo VII no era un tiempo para ceder ante el paganismo, sino para combatirlo. Las tribus de los bárbaros saqueaban las comunidades cristianas. El norte de Europa todavía era en gran parte pagano y una corriente constante de misioneros enfrentó el martirio. En el Oriente y en África, los cristianos sufrían las invasiones de musulmanes yihadistas militantes.

Pero en medio de las guerras, el caos y la agitación social, el interés por la actividad cultural e intelectual, y el deleite en la imaginación creativa no solo se mantuvieron vivos, sino que fueron fomentados e inspirados dentro de la Iglesia, y de tal manera que eventualmente conquistaría y civilizaría a los bárbaros que estaban fuera de las puertas. Por lo tanto, los cristianos de hoy haríamos bien en emular a nuestros hermanos del siglo VII mientras nos adentramos en nuestro propio tiempo de crisis educativa, barbarie cultural y ataques musulmanes: nuestra propia era de las tinieblas.

Los cristianos cultivaron las artes en dos contextos diferentes, aunque de maneras muy similares. La Europa occidental aún vivía en las ruinas del Imperio romano, que había caído dos siglos antes. Pequeños reinos tribales, algunos cristianos y otros no, proporcionaron cierta medida de orden social, aunque Carlomagno no crearía su Imperio unificado e instituiría la Europa medieval sino hasta el siguiente siglo. La Iglesia estaba en un modo de supervivencia y misionero.

Pero en el Este, el Imperio romano no había caído. La capital de Roma en el Este, Constantinopla, se había transformado en la rica y poderosa civilización bizantina. Aquí la Iglesia, bajo la protección del emperador bizantino, también era rica y poderosa.

Los bizantinos fueron conocidos por su magnífica pero intrincada arquitectura. De Grecia y Roma, tomaron las columnas y las cúpulas. De Asia, tomaron la ornamentación ostentosa y los espacios circulares. Pero fue el cristianismo lo que unió estos elementos en un todo.

Las iglesias bizantinas comenzaron a construirse en forma de cruz. En el centro habría una cúpula sobre el altar, con transeptos que se extendían en ángulos rectos en cuatro direcciones. Tal diseño unía la arquitectura lineal occidental con la arquitectura circular de Oriente. Pero en su esencia está el profundo simbolismo del evangelio, que la gente que viene a adorar a Dios en la iglesia solo puede hacerlo en la cruz de Jesucristo.

Además de este plano de planta cruciforme, que más tarde sería adaptado en Occidente tanto en el estilo románico como en el gótico, las iglesias bizantinas también estaban llenas de esplendor visual. El interior de las cúpulas abovedadas pudiera estar adornado con oro puro. Los pisos pudieran ser mosaicos con miles de piezas colocadas en diseños increíblemente complejos y en las paredes, en el altar y casi en todas partes donde uno pudiera mirar habrían íconos.

Los íconos son estilizados, casi abstractos, con líneas gruesas que dibujan las figuras, rellenas de colores brillantes o de oro. Los ojos, no obstante, son inquietantemente profundos, como si te estuvieran mirando directamente a los ojos.

Sin embargo, algunos de los mayores logros artísticos del siglo VII no se produjeron entre los bizantinos, sino entre el asediado Occidente. Mientras los monjes copiaban las Escrituras a mano, adornaban la Palabra de Dios con ilustraciones de asombrosa belleza. El mayor ejemplo de manuscritos ilustrados del siglo VII es probablemente los Evangelios de Lindisfarne, hecho en un monasterio inglés.

Aun los iconoclastas pueden apreciar el arte de las biblias ilustradas, muchas de las cuales no son representativas: líneas intrincadas entrelazadas y formas laberínticas, orquestaciones de colores y diseños, figuras fantásticas y gárgolas caprichosas, representaciones de figuras que no existen ni en el cielo ni en la tierra. Pero sobre todo, el verdadero arte de los manuscritos ilustrados es la caligrafía misma, un riff sobre la interpretación visual de sonidos y letras que es el lenguaje escrito, un reconocimiento de que el ícono mayor es la Palabra de Dios escrita, que consiste en imágenes visuales de letras en todas sus jotas y tildes.

El siglo VII también fue importante en la historia de la música. Los cantos gregorianos se le atribuyen al papa Gregorio, quien vivió en el siglo VI, aunque esta atribución probablemente sea incorrecta, ya que los cantos gregorianos que tenemos datan del siglo IX. Pero esta forma de canto ciertamente se desarrolló durante el siglo VII.

El canto gregoriano es simplemente una forma de cantar prosa. Su sencilla línea melódica está libre de los estrictos requisitos del ritmo y la métrica y, por lo tanto, puede acompañar cualquier texto. En el siglo VII, esta forma de arte, nuevamente, surgió en la Iglesia, cuya adoración, tanto en Occidente como en Oriente, incluía cantar pasajes de la Biblia.

Personalmente aprecio a las congregaciones reformadas que solo cantan los Salmos en sus cultos. Sin embargo, esos salmos han sido parafraseados en una forma métrica, con una rima y un ritmo regulados, para adaptarse a las estructuras estrictas de nuestra música más moderna. Si usaran formas de canto gregoriano, podrían cantar los Salmos directamente de la Biblia. No hay nada intrínsecamente «católico» en este canto. Tanto los luteranos como los anglicanos han estado cantando los Salmos y otros textos bíblicos de esta manera desde los tiempos de la Reforma.

El siglo VII también marca el comienzo de la literatura inglesa. En el año 672, un monje llamado Caedmon compuso y escribió el primer poema jamás registrado en el lenguaje de los anglos; es decir, anglosajón. De nuevo, fue un poema cristiano, un himno a la creación. Es de esta manera, en una traducción al inglés moderno, como comienza la literatura inglesa:

Now shall we praise the heavenly
kingdom’s Guardian,
The Creator’s ability and His wisdom,
Work of the glorious Father.

[Traducción al español:
Ahora alabemos al Guardián
del reino celestial,
La habilidad del Creador y Su sabiduría,
Obra del Padre glorioso.]

La literatura inglesa daría muchas vueltas, pero comenzó como las otras formas de arte del siglo VII: glorificando a Dios.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Gene Edward Veith
Gene Edward Veith

El Dr. Gene Edward Veith es director del Instituto Cranach en el Concordia Theological Seminary en Fort Wayne, Indiana. Es autor de varios libros, entre ellos God at Work y Reading between the Lines.

El Credo de Atanasio

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VII

El Credo de Atanasio

Atanasio

Por R.C. Sproul

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VII

Desde que las epístolas del Nuevo Testamento fueron escritas, los cristianos han recibido consejo sobre cómo deben vivir la vida cristiana. ¿Cuánto debemos orar? ¿Cuán lejos podemos llegar en el logro de la santidad bíblica en esta vida? ¿Es la perfección un Quicumque vult: esta frase es el título atribuido a lo que se conoce popularmente como el Credo de Atanasio. A menudo se le llamaba Credo de Atanasio porque durante siglos la gente atribuyó su autoría a Atanasio, el gran campeón de la ortodoxia trinitaria durante la crisis de la herejía del arrianismo que estalló en el siglo IV. Esa crisis teológica se centró en la naturaleza de Cristo y culminó en el Credo Niceno en el 325. En el Concilio de Nicea de ese año, el término homoousios fue la palabra polémica que finalmente se vinculó a la confesión de la Iglesia sobre la persona de Cristo. Con esta palabra, la Iglesia declaró que la segunda persona de la Trinidad tiene la misma sustancia o esencia que el Padre, afirmando así que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son iguales en ser y en eternidad. Aunque Atanasio no escribió el Credo Niceno, él fue su principal campeón contra los herejes que siguieron a Arrio, quienes argumentaron que Cristo era una criatura exaltada pero menos que Dios.

Atanasio murió en el año 373 d. C., y el epitafio que apareció en su lápida es famoso hoy en día, ya que captura la esencia de su vida y ministerio. Decía simplemente: «Atanasius contra mundum», es decir, «Atanasio contra el mundo». Este gran líder cristiano sufrió varios exilios durante la amarga controversia arriana debido a la firme profesión de fe que mantuvo en la ortodoxia trinitaria.

Aunque el nombre de «Atanasio» se le dio al credo a lo largo de los siglos, los estudiosos modernos están convencidos de que el Credo de Atanasio fue escrito después de la muerte de Atanasio. Ciertamente, la influencia teológica de Atanasio está incrustada en el credo, pero con toda probabilidad él no fue su autor. El título que presenta, Quicumque Vult, sigue la tradición que la Iglesia católica romana utiliza para las encíclicas y los credos. Estas afirmaciones eclesiásticas obtienen su nombre de la primera palabra o palabras del texto latino. El Credo de Atanasio comienza con las palabras quicumque vult, que significa «todo el que quiera o, quienquiera que desee», debido a que esta frase introduce la primera afirmación del Credo Atanasiano. La afirmación es esta: «Todo el que quiera salvarse debe, ante todo, guardar la fe católica». El Credo Atanasiano busca presentar de manera resumida aquellas doctrinas esenciales para la salvación que la Iglesia afirma con referencia específica a la Trinidad.

Con respecto a la historia de los orígenes del Credo Atanasiano, en la actualidad generalmente se considera que el credo se escribió por primera vez en el siglo V, aunque también es posible que haya sido en el siglo VII, ya que el credo no aparece en los anales de historia sino hasta el año 633, en el cuarto Concilio de Toledo. Fue escrito en latín y no en griego. Si fue escrito en el siglo V, varios posibles autores han sido mencionados debido a la influencia de su pensamiento, incluyendo a Ambrosio de Milán y Agustín de Hipona, pero más probablemente fue escrito por el santo francés Vicente de Lerins.

El contenido del Credo Atanasiano enfatiza la afirmación sobre la Trinidad de que todos los miembros de la Deidad son considerados increados y coeternos y de la misma sustancia. En la afirmación de la Trinidad, la naturaleza dual de Cristo recibe una importancia central. Así como el Credo Atanasiano en un sentido reafirma las doctrinas de la Trinidad expuestas en el siglo IV en Nicea, así también recapitula las fuertes afirmaciones del Concilio de Calcedonia en el siglo V (451). Luego de que la Iglesia luchó contra la herejía arriana en el siglo IV, el siglo V produjo las herejías del monofisismo, que redujeron a la persona de Cristo a una sola naturaleza, mono fisis, una sola naturaleza teantrópica (Dios-hombre) que no era puramente divina ni puramente humana. En la herejía monofisita de Eutiques, la persona de Cristo era vista como una persona con una sola naturaleza, la cual no era ni verdaderamente divina ni verdaderamente humana. Desde este punto de vista, las dos naturalezas de Cristo se confundieron o se mezclaron. Al mismo tiempo que la Iglesia luchaba contra la herejía monofisita, también luchaba contra la visión opuesta, el nestorianismo, la cual buscaba no tanto confundir y mezclar las dos naturalezas sino separarlas, llegando a la conclusión de que Jesús tenía dos naturalezas y era por lo tanto dos personas, una humana y una divina. Tanto la herejía monofisita como la herejía nestoriana fueron claramente condenadas en el Concilio de Calcedonia en el 451, donde la Iglesia, reafirmando su ortodoxia trinitaria, declaró su creencia de que Cristo, o la segunda persona de la Trinidad, era vere homo y vere Deus, verdadero hombre y verdadero Dios. Además, declaró que las dos naturalezas en su perfecta unidad coexistían sin mezcla, confusión, separación o división, cada naturaleza conservando sus propios atributos. Así que con una afirmación de credo se condenó tanto la herejía del nestorianismo como la herejía del monofisismo.

El Credo Atanasiano reafirma las distinciones establecidas en Calcedonia, en donde la declaración atanasiana llama a Cristo «perfecto Dios y perfecto hombre». A los tres miembros de la Trinidad se les considera increados y, por lo tanto, coeternos. También, luego de las afirmaciones anteriores, se declara que el Espíritu Santo procede del Padre «y del Hijo», afirmando el concepto llamado filioque que fue tan controversial con la ortodoxia oriental. La ortodoxia oriental hasta el día de hoy no acepta la idea filioque.

Finalmente, los estándares atanasianos examinaron la encarnación de Jesús y afirmaron que en el misterio de la encarnación la naturaleza divina no mutó o cambió a una naturaleza humana, sino que la naturaleza divina inmutable tomó sobre sí misma una naturaleza humana. Es decir, en la encarnación la naturaleza divina asumió una naturaleza humana y no hubo mutación de la naturaleza divina en una naturaleza humana.

El Credo Atanasiano es considerado uno de los cuatro credos autoritativos de la Iglesia católica romana y, de nuevo, declara en términos concisos lo que es necesario creer para ser salvo. Aunque el Credo Atanasiano no recibe tanta publicidad en las iglesias protestantes, prácticamente todas las iglesias protestantes históricas afirman las doctrinas ortodoxas de la Trinidad y la encarnación.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.