Metáforas religiosas para la vida cristiana

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

Metáforas religiosas para la vida cristiana

Victor Cruz

Nota del editor: Este es el noveno y último capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

Dios se revela a Sí mismo y a Su plan para el mundo y la humanidad en formas que abordan nuestras mentes y nuestros corazones con poderosas imágenes de belleza, quebrantamiento, necesidad, redención, amor y perdón, entre muchas otras. Algunas de estas imágenes de nuestra relación con Dios están contenidas en metáforas religiosas que Dios usa para hablarnos. En este artículo, reflexionaremos sobre las metáforas religiosas del sacerdocio, las ofrendas y los sacrificios.

En el libro de Éxodo encontramos por primera vez una idea que aparece a lo largo de la Biblia: Dios ha escogido a un pueblo para que sea Suyo con el propósito de manifestar al mundo Su plan redentor. Eugene Merrill dice que el éxodo de Israel es el evento histórico y teológico más significativo del Antiguo Testamento, ya que destaca el acto más poderoso de Dios a favor de Su pueblo, un acto que los llevó de la esclavitud a la libertad, de la fragmentación a la solidaridad, de ser el pueblo de la promesa (hebreos) a ser la nación del cumplimiento (Israel).

Es a través de esta metáfora religiosa del sacerdocio que Dios le da una nueva identidad a Su pueblo.

A través de Israel, Dios establecerá Su Reino al hacer de cada hombre y cada mujer sacerdotes que servirán al Rey de reyes. Ya no servirán a Faraón sino que serán consagrados al servicio del Señor.

«Ahora pues, si en verdad escucháis Mi voz y guardáis Mi pacto, seréis Mi especial tesoro entre todos los pueblos, porque Mía es toda la tierra; y vosotros seréis para Mí un Reino de sacerdotes y una nación santa». Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel (Ex 19:5-6).

Es a través de esta metáfora religiosa del sacerdocio que Dios le da una nueva identidad a Su pueblo. Ahora son un pueblo escogido para llevar a cabo los planes de Dios. Esta nueva nación representará la inevitable realidad de un mundo restaurado conforme a los propósitos del Creador. Además, en esta misma metáfora vemos que, al igual que los hebreos cuando salieron de Egipto, aquellos que hoy están en Cristo también encuentran una nueva identidad, un nuevo propósito y la libertad de la esclavitud del pecado y la culpa.

Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de Aquel que os llamó de las tinieblas a Su luz admirable; pues vosotros en otro tiempo no erais pueblo, pero ahora sois el pueblo de Dios; no habíais recibido misericordia, pero ahora habéis recibido misericordia (1 Pe 2:9-10).

El pueblo redimido por el cordero de la Pascua en Egipto y el pueblo redimido por Cristo en la cruz vivirán juntos para proclamar las maravillas y excelencias de Aquel que los salvó de la oscuridad de la separación y los trajo a la luz de la gracia y la comunión. La metáfora religiosa del sacerdocio representa su nueva posición como posesión atesorada de Dios, pero también le da a Su pueblo una misión que cumplir, un nuevo propósito de dar a conocer el nombre del Señor en toda la tierra.

Aquellos que son llamados a ser sacerdotes de Dios disfrutarán de una relación íntima con su Salvador, y Él se deleitará en ellos. Dios describe a Su pueblo escogido como fragante aroma de Cristo para Dios (2 Co 2:15). Esto significa que Dios se deleita en ellos y se regocija en la comunión con ellos que fue hecha posible a través de la obra de Cristo. La salvación ha sido alcanzada, y las vidas del pueblo de Dios —en todo cuanto hagamos— ahora son como incienso ofrecido a Dios. Ser fragante aroma de Cristo para Dios es servir a Dios en cualquier llamado que tengamos en el mundo. Para el pueblo de Dios, todo es una oportunidad para honrar Su nombre: la maternidad, los negocios, la docencia, el arte, los deportes, la ciencia o cualquier otra área de la vida. La esencia del oficio sacerdotal y de la vida cristiana es la adoración, un llamado a buscar maneras de exaltar Su nombre y de estar consagrados a Él en todo cuanto hagamos. Oswald Chambers, el reconocido ministro escocés, dijo lo siguiente respecto a la devoción misionera: «Los hombres y mujeres que Nuestro Señor envía en Sus empresas son de lo más ordinario, pero con una devoción dominante a Él mismo, forjada por el Espíritu Santo». Esta devoción dominante hacia Dios es lo que se espera del pueblo de Dios. 

En el Nuevo Testamento, por medio del apóstol Pablo, Dios también nos da las metáforas religiosas de las ofrendas y los sacrificios para describir las maneras en las que los creyentes encuentran su identidad en su relación con Dios. Pablo dice que ha sido llamado al servicio sacerdotal para que, por medio de Cristo, los gentiles puedan ser una ofrenda aceptable a Dios. Esto significa que, a través del evangelio, ahora los gentiles también son parte de este Reino de sacerdotes que fue inaugurado en el monte Sinaí.

… para ser ministro de Cristo Jesús a los gentiles, ministrando a manera de sacerdote el evangelio de Dios, a fin de que la ofrenda que hago de los gentiles sea aceptable, santificada por el Espíritu Santo. Por tanto, en Cristo Jesús he hallado razón para gloriarme en las cosas que se refieren a Dios (Rom 15:16-17).

Pablo también utiliza la metáfora del sacrificio al describir su vida y su servicio como «libación sobre el sacrificio y servicio de vuestra fe» (Flp 2:17). Su uso del lenguaje del Antiguo Testamento (Lv 1) demuestra que Pablo sabe que su vida se está consumiendo así como las ofrendas que eran dedicadas en el altar se consumían en adoración agradable y sacrificial a Dios. 

De la misma manera, Jesús habla sobre el tipo de vida que Sus seguidores deberían vivir al morir a este mundo y ofrecerse a sí mismos como sacrificios a Él: «Y decía a todos: “Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame”» (Lc 9:23).

Cuán emocionante es entender a través de estas metáforas religiosas lo que significa ser redimidos, amados y perdonados al hoy vivir para la gloria de Dios.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Victor Cruz
Victor Cruz

El Dr. Víctor Cruz es el pastor-plantador de la Iglesia El Redentor en la Ciudad de México.

Metáforas familiares para la vida cristiana

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Serie: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

Metáforas familiares para la vida cristiana

Donald S. Whitney

Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

¿Alguna vez te han dicho que eres familia de algún famoso del pasado? Durante mi infancia, escuchaba con frecuencia que era descendiente de Davy Crockett, héroe del Álamo, por parte de mi padre. Eso no lo he confirmado, pero he confirmado algo infinitamente más significativo: soy parte de la familia de Dios.

Si eres mi hermano o hermana en Cristo, entonces también eres parte de la familia de Dios. Pero tu conexión no es distante ni trivial como la mía con Davy Crockett; más bien, es más cercana que la que tienes con tus propios padres terrenales.

Nuestra primera y más alta lealtad es a la familia de Dios.

Aunque es menos importante, es gloriosamente cierto que también eres familia de personajes bíblicos como Abraham, David, Elías, María, Pedro, Juan y Pablo, así como de Agustín, Martín Lutero, Juan Calvino, Jonathan Edwards, Charles Spurgeon y un sinnúmero de otros héroes de la historia cristiana. Cuando los conozcas en el cielo, te llamarán sinceramente: «¡Hermano!» o «¡Hermana!», y experimentarás un vínculo con ellos que aún no puedes imaginar, y una intimidad que nunca has conocido en la tierra.

Todo esto, y mucho más, lo revelan las metáforas familiares usadas en la Biblia para el pueblo de Dios. Aquí hay una lista parcial de ellas, seguida de algunas breves observaciones.

RELACIONES BÍBLICAS

  • Jesús nos dice en Mateo 6:9 que nos dirijamos a Dios en oración como Padre.
    Juan 1:12-13 dice que Dios da a los creyentes en Jesús el derecho de llegar a ser «hijos de Dios», y que estos han «nacido… de Dios».
  • Efesios 1:5 enseña que Dios nos predestinó para «adopción como hijos para Sí» a través de Jesucristo.
  • Efesios 2:19 declara que somos «miembros de la familia de Dios».
  • Efesios 5:2330 enfatiza que la iglesia es «Su cuerpo» y que «somos miembros de Su cuerpo».
  • Efesios 5:25-27 nos recuerda que Jesús trata a la Iglesia como un novio amoroso trata a su novia.
  • Hebreos 2:11 proclama que Jesús no se avergüenza de llamarnos hermanos.
    Pablo nos enseña que debemos tratar a los creyentes ancianos como a padres, «a los más jóvenes como a hermanos, a las ancianas como a madres, a las jóvenes como hermanas, con toda pureza» (1 Tim 5:1-2).
  • Tanto Pablo como Juan se dirigen a los creyentes que leían sus cartas llamándoles «hijitos» (Gal 4:191 Jn 2:112-14283:7184:45:21).

OBSERVACIONES

Estos términos son familiares. Por supuesto, el Nuevo Testamento se refiere a los cristianos con muchos otros términos relacionales, incluyendo «amigos», «discípulos», «seguidores» y «siervos». Pero los términos que indican relaciones familiares superan en número al resto.

Vuelve a revisar la lista. Todas estas son relaciones amorosas, no económicas. Somos hijos de Dios, no Sus clientes. No oramos para simplemente obtener cosas de Dios; más bien, el génesis de toda oración es «¡Abba! ¡Padre!» (Rom 8:15Gal 4:6).

Somos parte de la familia de Dios, no meros súbditos de Su Reino. Ciertamente nos relacionamos con Dios como nuestro Creador, Rey, Señor, Juez y de muchas otras maneras. Estos términos enfatizan Su poder, autoridad y soberanía sobre nosotros. Son títulos y verdades preciosas en formas únicas. Pero Jesús también enfatizó y quiso que recordáramos que «el Padre mismo os ama» (Jn 16:27). Casi podríamos decir que nos ama «doblemente», ya que somos Sus hijos tanto por nuevo nacimiento (Jn 1:13) como por adopción (Ef 1:5). Incluso cuando nuestro Padre nos disciplina, lo hace porque nos ama. Como nos recuerda el escritor de Hebreos: «Porque el Señor al que ama disciplina», y cuando lo hace: «Dios os trata como a hijos» (Heb 12:6-7).

Dios es nuestro Padre ahora, y lo será para siempre cuando vivamos con Él en la «casa de nuestro Padre» (Jn 14:2). Luego de que lleguemos allí, nos regocijaremos en medio de una familia eterna. ¿Has visto alguna vez esas reuniones de hermanos que fueron separados por la guerra o alguna tragedia y que llevaban cincuenta años sin verse pensando que el otro estaba muerto? Es hermoso contemplar los abrazos amorosos y las lágrimas de alegría. Cristiano, pronto y por toda la eternidad verás los rostros sonrientes de personas que corren para abrazarte, gritando: «¡Hermano!» o «¡Hermana!».

Estos son términos de intimidad. Los que correrán para abrazarte realmente serán tus hermanos y hermanas, más cercanos que cualquier persona que hayas conocido en este mundo. Nota como todos estos términos se relacionan con el núcleo familiar. La Biblia no habla de tías, tíos ni primos en nuestras relaciones con Dios ni con Su pueblo. Puede que algunos de tus parientes te saluden en el cielo, pero allí te saludarán como «¡Hermano!» o «¡Hermana!» (incluyendo tu padre, madre o cónyuge terrenal, si están allí).

¿Te has dado cuenta de que ninguna otra relación de las que disfrutes en la tierra, por más larga o íntima que haya sido, se comparará con el vínculo que sentirás con cada persona en el cielo? Esto ocurrirá debido a la obra del Espíritu Santo y a los cambios inimaginables que experimentará cada parte de nuestro ser. De hecho, incluso ahora el Espíritu nos ha unido con otros creyentes, y esa unión es más profunda que la que tenemos con nuestra familia terrenal. Debido a esto, y de una manera coherente con todos los mandamientos bíblicos sobre cómo debemos relacionarnos con nuestra familia terrenal, nuestra primera y más alta lealtad es a la familia de Dios.

Estos son términos ideales. Con esto quiero decir que estos términos se refieren a lo que deberían ser nuestras relaciones, sin ninguna de las asociaciones negativas que pudieran tener en este mundo. En esta tierra quizás tengamos que soportar a un padre cruel, una rivalidad entre hermanos o a un cónyuge infiel. Y por causa de estas experiencias, a algunos les cuesta pensar bíblicamente acerca de Dios como Padre, o de sus compañeros cristianos como hermanos y hermanas en Cristo, y de Cristo como Esposo. Las Escrituras reconocen que el pecado mancha toda relación de este lado del cielo, incluso las relaciones cristianas más amorosas. Sin embargo, somos llamados a buscar la pureza y la santidad (el ideal) en todas ellas (ver 1 Tim 5:1-2).

La realidad en este momento es que Dios es un Padre perfecto y que Jesús es un Hermano perfecto. Un día, junto con todos los creyentes, seremos una novia perfecta para Cristo, «santa y sin mancha» (Ef 5:27). En aquel día, en el cielo que Jonathan Edwards llamó «un mundo de amor», toda relación con cualquier otra persona será verdaderamente perfecta.

Cristiano, todos estos términos son tu patrimonio espiritual. Úsalos, y regocíjate en ellos.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Donald S. Whitney
Donald S. Whitney

El Dr. Donald S. Whitney es profesor de Espiritualidad Bíblica en el Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Ky. Es autor de varios libros, incluyendo Disciplinas espirituales para la vida cristiana y Orando la Biblia.

Metáforas del Reino para la vida cristiana

Ministerios Ligonier

Serie: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

Metáforas del Reino para la vida cristiana

John P. Sartelle Sr.

Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

Jesús acababa de ser bautizado, y había sido un bautismo glorioso. «El cielo se abrió, y el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma corporal, como una paloma, y vino una voz del cielo, que decía: “Tú eres Mi Hijo amado, en Ti me he complacido”» (Lc 3:21-22). Inmediatamente, este segundo Adán fue llevado al desierto para ayunar y contender con el mismo Satanás. El primer Adán había fracasado en el huerto, y este nuevo Adán, el Mesías y Rey de la gloria, retomaría la batalla en el desierto.

Allí en el desierto estaba Satanás, en todo su esplendor y poder, listo para probar al Hijo encarnado que descendió del cielo.

Llevándole a una altura, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo. Y el diablo le dijo: «Todo este dominio y su gloria te daré; pues a mí me ha sido entregado, y a quien quiero se lo doy. Por tanto, si te postras delante de mí, todo será Tuyo» (Lc 4:5-7).

En un instante panorámico, Satanás le mostró a Jesús todos los reinos del mundo. «Jesús, Tú quieres gobernar estos imperios. Yo te los daré. Hazlo a mi manera, Jesús; es más fácil. No hay necesidad de conflicto. Solo inclínate ante mí».

Satanás no es omnisciente. Él no conocía los detalles del plan de Dios. El Hijo de Dios y el Hijo del Hombre del linaje de David establecería un Reino sobre el cual Él reinaría para siempre. No nos equivoquemos: este Mesías a quien Satanás ofreció los reinos de este mundo ciertamente estaba enfocado en un reino: Su Reino. Después de rechazar la oferta de Satanás, ¿cómo comenzó Su predicación? «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio» (Mr 1:15).

Ahora, adelantémonos unos treinta años y ubiquémonos en Roma, que en ese tiempo era el epicentro del mundo. Sin duda, este fue uno de los imperios que Satanás le ofreció a Jesús. El apóstol Pedro está escribiendo desde esta nueva Babilonia a las iglesias que él amaba. Les recuerda que son una «nación santa» (1 Pe 2:9). Pedro está pensando en iglesias individuales en provincias, ciudades y pueblos específicos. Pero también ve a estos seguidores de Jesús como una sola nación, como un solo Reino. ¿De dónde sacó esa idea? Jesús se la enseñó. Pedro había escuchado a Jesús decirlo una y otra vez. Lo vemos en cada página de los evangelios. Entre los reinos del mundo, había un nuevo Reino. Era un Reino que no había comenzado en este mundo. El Rey de este Reino es el Hijo de Dios encarnado. Este Reino se estableció en la gloria de la eternidad.

¿De dónde provenían los ciudadanos de esta «nación santa»? «Pero vosotros sois… nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de Aquel que os llamó de las tinieblas a Su luz admirable» (1 Pe 2:9). Todos los ciudadanos de esta nación santa provenían de los mismos reinos de tinieblas que Satanás le había mostrado a Jesús. 

Cada nación en el mundo tiene ciudadanos de otra nación, una nación santa, que vive en medio de ellos.

¿Cómo podía llamarlos nación santa si venían de reinos que estaban bajo el dominio oscuro de Satanás, donde los ciudadanos eran todo menos santos? Pedro les recuerda que habían sido redimidos «con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin mancha, la sangre de Cristo» (1 Pe 1:19). Ya eran justos y santos, pues habían sido lavados de la culpa de su pecado mediante el sacrificio del cordero de Dios. No solo eran santos (rectos) en cuanto a su posición ante la justicia de Dios, sino que también eran santos en su conducta. Al haber nacido de nuevo, tenían una relación íntima con Dios: «… así como Aquel que os llamó es santo, así también sed vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: “Sed santos, porque Yo soy santo”» (1 Pe 1:15-16).

Para gran consternación de Satanás, Jesús estaba sacando a personas de sus reinos tenebrosos para edificar Su Reino de luz y de justicia. Jesús estaba destruyendo las tinieblas que habían invadido Su creación, usando a las mismas personas que una vez habían sido parte de esa oscuridad. Ahora eran ciudadanos del Reino de Dios que vivían como extranjeros en medio de los reinos de este mundo y llevaban Su luz a estos lugares oscuros.

Amados, os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de las pasiones carnales que combaten contra el alma. Mantened entre los gentiles una conducta irreprochable, a fin de que en aquello que os calumnian como malhechores, ellos, por razón de vuestras buenas obras, al considerarlas, glorifiquen a Dios en el día de la visitación (1 Pe 2:11-12).

Piénsalo. Cada nación en el mundo tiene ciudadanos de otra nación, una nación santa, que vive en medio de ellos.

El apóstol y compañero de Pedro, Pablo, llamó a estos ciudadanos santos «embajadores de Cristo». Son emisarios de su Rey en las naciones terrenales que Satanás le había ofrecido a Jesús. «Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros» (2 Co 5:20). Aquellos que habían nacido en rebelión contra Dios para gran alegría de Satanás ahora estaban hablando felizmente en nombre de la misericordia y la gracia de Dios, rogando a los perdidos y quebrantados: «Reconciliaos con Dios».

En 1972, mi difunta esposa, Janet, y yo pasamos dos semanas conduciendo por México con dos amigos. Era mi primera visita a un país extranjero. Todos los días sentía cierta incomodidad porque estaba constantemente consciente de que era un extranjero. Así es como nos sentimos a veces los cristianos, incluso en nuestro propio país, por más que lo amemos. Nos encanta nuestra historia y nuestra constitución, pero no nos sentimos como en casa en nuestra cultura secular. Las costumbres sociales de nuestra sociedad, ancladas en el materialismo, la inmoralidad sexual, el elitismo intelectual, el orgullo egocéntrico, el cinismo posmoderno, la idolatría y el ateísmo, nos recuerdan que en realidad somos extranjeros cuya ciudadanía está en el Reino de Jesucristo. Nos humilla recordar que alguna vez fuimos partícipes voluntarios de esa cultura impía, pero hemos sido rescatados solo por la gracia de Dios. Esa gracia nos impulsa a ser embajadores que llevan la luz del evangelio a las tinieblas. Sin embargo, vivimos como extraterrestres con gozo, sabiendo que somos peregrinos de camino a nuestro hogar.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John P. Sartelle Sr.
John P. Sartelle Sr.

El Rev. John P. Sartelle Sr. es el ministro principal de Christ Presbyterian Church (PCA) en Oakland, Tennessee. Es el autor de What Christian Parents Should Know about Infant Baptism [Lo que los padres cristianos deben saber sobre el bautismo infantil].

Metáforas corporales para la vida cristiana

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Serie: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

Metáforas corporales para la vida cristiana

Greg Lanier 

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

Aislamiento. División. Es evidente que nuestro momento cultural está dominado por estas dos características. Los estudios demuestran que las personas se sienten cada vez más hambrientas de relaciones reales y están divididas en casi todos los temas. En un mundo hostil, muchos se quedan luchando con sentimientos de inutilidad.

¿Dónde hay esperanza? La Escritura nos invita a ver la Iglesia como el bálsamo para aquellos quebrantados por el aislamiento y la división, particularmente a través de las fascinantes metáforas corporales que encontramos al recorrer todas las cartas de Pablo. En más de una docena de pasajes, Pablo pinta un retrato de la Iglesia como siendo el «cuerpo de Cristo»: todos los cristianos son partes unidas en un solo cuerpo integrado que encarna a Cristo en la tierra, con Cristo mismo como la cabeza del cuerpo. Analicemos cuatro implicaciones de esta rica metáfora. En el camino, será útil comparar las metáforas corporales con las metáforas arquitectónicas (que vimos en otro artículo de esta serie), ya que Pablo a veces las combina (Ef 4:1216). 

Unidos a Cristo

Las metáforas corporales expresan cómo cada cristiano individual está espiritualmente unido a Cristo en la salvación como un «miembro» (una extremidad o un órgano) de Su cuerpo (1 Co 6:15Ef 5:30). Mientras que las metáforas de edificios presentan a la Iglesia como llena por el Espíritu (1 Co 3:16), las metáforas corporales enfatizan cómo estamos espiritualmente conectados con Cristo mismo (10:16). La vida de cada cristiano es presionada dentro un molde de Cristo de una manera más profunda de lo que podemos imaginar. 

Estamos unidos no solo a Cristo, sino también los unos a los otros de una manera que ninguna otra organización terrenal, club o equipo puede ofrecer.

Cristo como Cabeza

Pablo extiende las metáforas corporales para describir a Jesús como «cabeza» de la Iglesia / «cuerpo» (Ef 1:22-23Col 1:18). Para un cuerpo literal, el razonamiento y la voluntad de la cabeza deben ser obedecidos por las partes del cuerpo, y sus funciones neurológicas coordinan los sistemas del cuerpo para producir crecimiento. Pablo aplica esto a Cristo: como Cabeza, Él es la máxima autoridad sobre la Iglesia (Ef 5:23-24), y una iglesia crece más saludable no por medio de trucos, sino al someterse a Cristo, quien es el que da el crecimiento (Col 2:19). Pero Pablo complementa esta imagen de autoridad con el amor de Cristo: así como las personas aman y cuidan de sus propios cuerpos, así también, pero en mucho mayor grado, Cristo ama a Su Iglesia / «cuerpo» y cuida de cada miembro de este (Ef 5:29-30). En resumen, mientras que la metáfora de un edificio presenta a Jesús como la piedra angular de la Iglesia una vez y para siempre (2:20), la metáfora de un cuerpo proporciona el consuelo de que tenemos una autoridad benevolente que diariamente nos cuida con amor. Aunque la noche del alma puede ser larga en ocasiones, un cristiano nunca puede ser separado de la Cabeza, Jesucristo. 

Diversidad en el cuerpo

De forma similar a la metáfora del edificio (1 Pe 2:4-5), las metáforas corporales capturan en gran medida cómo los cristianos individuales constituyen una entidad (Col 3:15). Sin embargo, hay una diferencia importante. En un edificio, todos somos piedras idénticas, pero un cuerpo por definición está compuesto de diversas partes. Pablo enfatiza dos dimensiones de esta diversidad esencial dentro del cuerpo. La primera se refiere a los dones espirituales dados a cada miembro del cuerpo (1 Co 12:4-11). Las diferencias en los dones no pretenden causar una competencia divisiva, sino todo lo contrario. Así como un cuerpo humano debe tener diferentes partes para funcionar, así también la Iglesia debe tener diferentes partes para funcionar (Rom 12:4). Un cuerpo con solo hígados moriría rápidamente. Del mismo modo, la mano no puede pelear con el ojo o el oído, o de lo contrario el cuerpo no podría ver ni oír (1 Co 12:12-19). El uso de las metáforas corporales por parte de Pablo es increíblemente valioso para ayudarnos a vislumbrar la belleza de cómo nuestros dones diversos —nuestras «muchas partes»— son necesarias (y no un obstáculo) para hacernos «un cuerpo» que funcione de manera saludable (v. 20). 

La segunda dimensión de la diversidad dentro del cuerpo trata acerca de la diversidad de grupos de personas. Pablo esboza cómo la obra salvadora de Cristo ha acabado con toda hostilidad a lo largo de las líneas socioétnicas y ha unido a los grupos antiguamente separados en un solo cuerpo de una vez para siempre (Ef 2:14-163:6). Ya sea que estemos hablando de la división judío-gentil de los días de Pablo o de las divisiones raciales/étnicas de hoy (en los Estados Unidos, Malasia, China, Europa Oriental o en cualquier otro lugar), la gloria del evangelio es esta: dado que la salvación es solo por la fe (no por ADN ni nada externo), la Iglesia trae unidad entre grupos de personas al mismo tiempo que celebra las ricas bendiciones que cada uno, de manera particular, aporta al cuerpo. El cuerpo unificado prospera, no a pesar de su diversidad, sino por causa de esta. 

Unidos el uno al otro

Hay una última diferencia iluminadora entre las metáforas arquitectónicas y corporales: la primera nos coloca uno al lado del otro como ladrillos en una pared, mientras que la segunda transmite la forma viva en que somos «miembros los unos de los otros» (Rom 12:4Ef 4:25). Estamos unidos no solo a Cristo, sino también los unos a los otros de una manera que ninguna otra organización terrenal, club o equipo puede ofrecer. Al igual que las partes del cuerpo que comparten la misma sangre, las vías neuronales, etc., los cristianos nos pertenecemos unos a otros, de hecho, nos necesitamos unos a otros de una manera que apenas comprendemos. Por esta razón, Pablo nos exhorta a cuidar con ternura a los miembros más débiles entre nosotros, no ignorarlos ni despreciarlos, extrayendo una analogía de los cuerpos físicos en los que se ofrece más cuidado a las partes vulnerables del cuerpo, no menos (1 Co 12:21-25). Si somos miembros los unos de los otros en el cuerpo de Cristo, la salud de uno nos afecta a todos (v. 26). 

Si todo esto es cierto, la metáfora del «cuerpo de Cristo» arroja una visión impresionante de lo que la iglesia puede ser. Ninguna iglesia es perfecta, pero en sus mejores días, una iglesia debe ser un lugar donde no haya aislamiento, porque somos llamados a vivir en relación con otros miembros del cuerpo y con Cristo nuestra Cabeza. Ningún verdadero creyente es amputado del cuerpo de Cristo. La iglesia también debe ser un lugar donde las diferencias en los dones o grupos de personas no conduzcan a un tribalismo divisivo, sino a una unidad forjada a partir de la diversidad, la cual el mundo nunca podrá lograr. Y en medio de todo esto, la iglesia debe ser un lugar donde las personas lastimadas, agobiadas por el sufrimiento y el pecado, puedan ser cuidadas hasta recuperar la salud y tratadas con la máxima dignidad y valía, no abandonadas. Que las metáforas corporales de la vida de la iglesia nos llamen continuamente a tal visión.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Greg Lanier
Greg Lanier

El Dr. Greg Lanier es profesor asistente de Nuevo Testamento en el Reformed Theological Seminary de Orlando, Florida, y pastor asistente en River Oaks Church (PCA) en Lake Mary, Florida. Es autor de varios libros, incluyendo How We Got the Bible [Cómo nos llegó la Biblia] y Old Testament Conceptual Metaphors and the Christology of Luke’s Gospel [Metáforas conceptuales del Antiguo Testamento y la cristología del Evangelio de Lucas].

Metáforas atléticas para la vida cristiana

Ministerios Ligonier

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Serie: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

Metáforas atléticas para la vida cristiana

Steven Lawson

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

El deporte es un lenguaje que la gente habla en todo el mundo. Ciertamente era un tema con el que estaban familiarizados los ciudadanos romanos del primer siglo. Los atletas eran los íconos del mundo antiguo, los héroes de los muchachos y la moda de la cultura. Basándose en esta popularidad, los escritores del Nuevo Testamento decidieron comunicar muchos aspectos importantes de la vida cristiana por medio a metáforas atléticas. Se valieron de eventos deportivos para ilustrar verdades importantes relacionadas a nuestra santificación. He aquí algunos aspectos específicos que nos enseñan sobre nuestra búsqueda de la santidad.

Primero, entrenamiento estricto. Se requiere que un atleta se someta a un entrenamiento riguroso a fin de competir al más alto nivel. Él se ejercita vigorosamente para desarrollar sus músculos, agrandar sus pulmones y aumentar su resistencia. Un atleta flojo y fuera de forma nunca logrará el premio. Solo aquellos que estén físicamente en forma ganarán. Del mismo modo, Pablo escribe que los creyentes deben hacer lo mismo: «Más bien disciplínate [Lit., ejercítate; o entrénate, NTV] a ti mismo para la piedad» (1 Tim 4:7). «Disciplínate» (griego gymnazō) literalmente significa «hacer ejercicios desnudo» y se introduce al idioma español como gimnasio. El gimnasio antiguo era un lugar donde los atletas se quitaban la ropa para que nada restringiera sus movimientos físicos durante el entrenamiento. Del mismo modo, cada cristiano debe remover todo obstáculo que impida su crecimiento espiritual. Luego debe ejercitarse diligentemente en las Escrituras. Debe disciplinarse en la oración. Debe fortalecer su corazón para Dios en adoración personal y colectiva.

Segundo, obediencia comprometida. Un atleta tiene que competir de acuerdo a las reglas. Ningún participante puede inventar su propio conjunto de regulaciones. Las reglas ya están establecidas y son aplicadas por el árbitro, y romperlas resultará en una penalidad o descalificación. De manera similar, todo creyente debe vivir en obediencia a las Escrituras. Pablo escribe: «Y también el que compite como atleta, no gana el premio si no compite de acuerdo con las reglas» (2 Tim 2:5). Se requiere obediencia a los mandamientos de la Biblia para todo aquel que corre la carrera de la fe. La obediencia agrada a Dios y se apoya en Su voluntad. La obediencia es una evidencia de verdadera fe salvífica, trae seguridad de salvación y es necesaria para ser como Cristo.

Se requiere obediencia a los mandamientos de la Biblia para todo aquel que corre la carrera de la fe.

Tercero, dominio propio. Se requiere que un atleta ejercite dominio sobre su cuerpo durante su entrenamiento. Si quiere ganar, le corresponde a él limitar sus libertades. Es necesario que se abstenga de comidas poco saludables para controlar su peso. Necesita monitorear cuánto duerme para preservar su fuerza. Del mismo modo, se requiere este mismo dominio propio en la vida cristiana. Pablo escribe: «Y todo el que compite en los juegos se abstiene de todo» (1 Co 9:25). «Se abstiene» significa «autorrestricción, autogobierno». Como creyentes, debemos velar por lo que permitimos que entre a nuestras mentes y corazones. Debemos rehusar consumir la comida chatarra tóxica de este mundo que está envenenada con sus ideologías seculares. En cambio, debemos decidir ser «nutrido[s] con las palabras de la fe y de la buena doctrina» (1 Tim 4:6). Esto requiere de un banquete diario de cada palabra que procede de la boca de Dios (Mt 4:4).

Cuarto, arduo esfuerzo. Un atleta tiene que ejercer un esfuerzo máximo a fin de ganar su evento. Esfuerzos a medias nunca lograrán la corona. Los corredores relajados que apenas mueven los pies perderán la carrera. La corona le pertenece al que gasta cada onza de energía en su competencia. De la misma manera, Pablo dice que debemos «trabaja[r]» (1 Tim 4:10) si hemos de ganar el premio. «Nos esforzamos» (griego kopiaō) significa «esforzarse hasta el punto de agotamiento». En la búsqueda de santidad, debemos entregarnos hasta que no podamos dar más. Otra vez usando la metáfora atlética, Pablo escribe: «Sigo adelante» (Flp 3:12), empleando una palabra (griego diokō) que significa «moverse rápido y decisivamente tras un objeto». Pablo declara que él estaba corriendo tras el conocimiento de Cristo tan rápido como sus piernas espirituales lo impulsaban. La Biblia dice: «Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante» (Heb 12:1). Esta «carrera» (griego agōn) era el terrible evento a larga distancia que involucraba agonía y era agonizante. Debemos gastarnos en correr la carrera de toda la vida que tenemos por delante.

Quinto, puntería estratégica. En el mundo antiguo, un boxeador entraba al cuadrilátero para pelear contra su oponente. Su objetivo era asestarle golpes directos y demoledores a su contrincante hasta que estuviera ensangrentado y acabado. Un boxeador de aquellos tiempos no podía darse el lujo de desgastarse tirando puños salvajes al aire. No tenía mucha fuerza para gastar. Cada golpe tenía que dar en el blanco. De la misma manera, el apóstol Pablo se veía como un boxeador: «Peleo, no como dando golpes al aire» (1 Co 9:26). En su vida espiritual, él no estaba haciendo boxeo de sombra y lanzando jabs al aire. El apóstol aclara: «Golpeo [O, hiero] mi cuerpo y lo hago mi esclavo, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo sea descalificado» (v. 27). «Golpeo» (griego hupopiazō) literalmente significa «herir, hacer moretones». El apóstol dice que debe golpear a su formidable enemigo hasta que sangre. Irónicamente, este oponente es su propia carne pecaminosa.

Sexto, enfoque singular. Todo atleta tiene que permanecer concentrado en la meta. Debe mantener una concentración intensa en el premio. Es este enfoque miope lo que lo impulsa con estallidos de energía renovada. Mirar hacia otros corredores o hacia el estadio hará que corra más lento y lo llevará a su derrota. De manera similar, los cristianos deben tener «puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe» (Heb 12:2). Nuestro enfoque singular debe mantenerse en Cristo, quien genera la fuerza que necesitamos para correr con resistencia. Mantener nuestra mirada fija en Cristo produce la energía que se requiere para ganar la corona incorruptible. Mientras corría su carrera de vida, Pablo escribió que él estaba «olvidando lo que queda atrás» (Flp 3:13). Él no podía ganar la corona si estaba mirando atrás a sus victorias o fracasos pasados. Él tenía que mantenerse mirando a Jesucristo.

Si has correr «de tal modo que gan[es]» el premio (1 Co 9:24), debes competir como un atleta totalmente comprometido en la vida cristiana. Se requiere sudor santificado. Pero valdrá la pena recibir la corona incorruptible del mismo Señor Jesucristo.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Steven Lawson
Steven Lawson

El Dr. Steven J. Lawson es fundador y presidente de OnePassion Ministries. Es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries, director del programa de doctorado en The Master’s Seminary y anfitrión del Instituto de Predicación Expositiva. Ha escrito más de dos docenas de libros.

Metáforas arquitectónicas para la vida cristiana

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

Metáforas arquitectónicas para la vida cristiana

Thomas Myrick 

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

Los edificios hablan. Cuando nos paramos al pie de un rascacielos mirando hacia su cumbre, el gigante grita su imponente majestad. Las acogedoras casas de montaña susurran encantadoras invitaciones. Las entrañables casas de familia hacen eco de los recuerdos más preciados. Pero cuando Dios edifica una casa, Él declara Su fidelidad pactual a Su pueblo.

David quiso edificarle una casa a Dios, un lugar de descanso, como símbolo de su gratitud. Pero Dios declaró diciendo: «Te edificar[é] una casa», anunciando Su promesa (2 Sam 7:11). Ese es el evangelio que Dios ha incrustado en metáforas arquitectónicas a lo largo de la historia redentora, desplegando el plan para que Cristo edifique Su Iglesia (Mt 16:18).

Fundamentos sólidos

Cualquier arquitecto te dirá que la parte más importante de una estructura no es la fachada. Es el fundamento, ignominiosamente oculto a la vista, que asegura la estructura como un punto de apoyo dentro de la tierra. En el mundo antiguo, la pieza fundamental era la piedra angular, que sujetaba las paredes y unía todas las partes en una.

A través del profeta Isaías, Dios habló a Su pueblo espiritualmente inestable e inseguro: 

He aquí, pongo por fundamento en Sión una piedra, una
piedra probada,
angular, preciosa, fundamental, bien colocada.
Él que crea en ella no será perturbado (Is 28:16).

El Señor de los Ejércitos no los ha rechazado. Él se preocupa por la casa de Judá. Él mismo enviará la piedra angular, que es el Rey Pastor, para redimir y reunir Su casa (Zac 10:3-8).

Sin embargo, los edificadores rechazaron la piedra angular (Sal 118:22). Jesús advirtió a los principales sacerdotes que cuestionaban Su autoridad que si no creían y se ofendían ante la piedra, tropezarían con Él y serían aplastados por Él (Is 8:14Mt 21:42-44). Cuando Jesús viene a establecer nuestras vidas sobre el único fundamento seguro, seríamos insensatos si edificáramos en cualquier otro lugar (Mt 7:26).

Cristo llama a cada cristiano a edificarse en la santísima fe y también a edificarse unos a otros en las buenas obras (Jud 20).

Maestría  artesanal

La Palabra de Dios tiene un poder transformador. Nos trae a Cristo, nos une a Él y nos convierte en material en las manos del carpintero de Galilea. Y de repente, encontramos que nosotros mismos somos los bloques de Su gran proyecto de construcción.

Cuando Simón confesó al Cristo, Jesús le cambió el nombre por Pedro y comisionó esa roca como el edificador de la Iglesia (Mt 16:13-20). El discípulo transformado comenzó a predicar por toda Asia Menor, llamando a hombres y mujeres a creer en la piedra viva y a experimentar que sus vidas furan edificadas por Él en una casa espiritual (1 Pe 2:4-10).

El apóstol Pablo sin duda tenía en mente su propia conversión cuando escribió a la iglesia de Éfeso, describiendo la piedra viva como un maestro artesano que derribaba y edificaba al mismo tiempo. Cristo Jesús demolió la vieja pared intermedia de separación entre el judío y el gentil mientras edifica Su nueva casa a través de la predicación del evangelio (Ef 2:11-22).

Materiales sostenibles

Cuando surgieron divisiones en la iglesia de Corinto entre los que preferían el ministerio de la predicación de Cefas en lugar del de Apolos, Pablo les recordó que cada uno de ellos no eran más que siervos asignados por el Señor para edificar Su Iglesia (1 Co 3:1-13). Eran «colaboradores» edificando sobre el fundamento de Jesucristo.

Lo que importa es que cada constructor tenga cuidado de cómo edifica. ¿Su predicación y su enseñanza es como oro, plata y piedras preciosas espirituales, o no es más que madera, heno y paja?

Pablo no está tratando de decir que el ministerio deba lucir impresionante. No importa cuán finos sean los materiales de un ministerio, la pregunta importante es, ¿durará? La durabilidad es la clave. La prueba de sostenibilidad de Pablo fue en realidad una evaluación del trabajador mismo. ¿Confía en los medios del Maestro, o es sabio a sus propios ojos? El ministerio edificado por colaboradores fieles comprometidos con una Palabra duradera permanecerá para siempre.

Proyecto de colaboración

Los ministros no trabajan solos. Cristo llama a cada cristiano a edificarse en la santísima fe y también a edificarse unos a otros en las buenas obras (Jud 20). Una palabra de aliento dada a un hermano creyente fortalece la fe y adorna la Iglesia de Cristo (1 Tes 5:11). El fuerte sobrelleva al débil (Ro 15:1-2).

Los creyentes también deben ser conscientes de cómo su comportamiento puede destruir la Iglesia de Cristo. «No todo edifica» (1 Co 10:23-33). Cuando algunos se deleitan indiscriminadamente en libertades sin tener en cuenta a los demás, no viven como un solo pueblo en una casa. Incluso el buscar conocimiento espiritual sin procurar usarlo para el beneficio de otros envanece en lugar de edificar.

Al apóstol Juan le fue dado un destello del proyecto de construcción de Jesús ya terminado. Los detalles de su visión están registrados en Apocalipsis 21. Juan vio «la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, preparada como una novia ataviada para su esposo» (v. 2). La gloria está en todas partes. «La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que la iluminen, porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera» (v. 23). La morada de Dios está con el hombre, y la Iglesia proclama Su alabanza.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Thomas Myrick
Thomas Myrick

El Rev. Thomas Myrick es pastor de vida cristiana en Fourth Presbyterian Church en Bethesda, Md.

Metáforas animales para la vida cristiana

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

Metáforas animales para la vida cristiana

 Robert VanDoodewaard

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

De principio a fin, la Biblia está llena de historias y ejemplos de corderos, ovejas y pastores. Ya en Génesis 4, con la ocupación y la adoración de Abel, las Escrituras centran nuestra atención en el sacrificio justo de un cordero y el asesinato de un pastor. Es una triste introducción a las realidades del pecado, pero también alude indirectamente a las dificultades que enfrentarían las ovejas y los pastores. La identidad de los patriarcas como pastores los convirtió en una abominación para los egipcios (Gn 46:24). Los más grandes líderes nacionales del Antiguo Testamento, Moisés y David, atravesaron dificultades como pastores de ovejas antes de servir como profeta y rey de Israel, respectivamente. Para ellos, su pueblo, e incluso ellos mismos, eran como ovejas necesitadas de un pastor (Nm 27:17; Sal 23). Desde el momento del éxodo en adelante, la fiesta de la Pascua dirigió la atención de los creyentes aún más claramente a la necesidad de que el cordero tomara el lugar de ellos frente al juicio. A lo largo de su historia, los israelitas sobrevivieron cuidando, comiendo y sacrificando ovejas, y a través de esto aprendieron a verse a sí mismos como ovejas.

Lo cierto es que las metáforas que se basan en esta experiencia son muy útiles para producir humildad en el creyente. Si tuviéramos más experiencia con ovejas, como muchos israelitas, creo que tendríamos una comprensión mucho más rica y realista de las comparaciones. Mi propia experiencia se limitó a unas pocas horas tratando de ayudar a un agricultor en el día de la esquila. Aprendí que las ovejas realmente se pierden, se meten en todo tipo de problemas, se ensucian mucho e incluso pueden ser agresivas. Hermosos corderitos fueron pisoteados a muerte por otras ovejas. Escuché sobre amenazas de lobos, coyotes e incluso cuervos. La realidad es que el uso bíblico de las ovejas como metáfora no es tan sentimental como podríamos pensar. Muchas de las metáforas y comparaciones asumen las debilidades de las ovejas, su tendencia a la autodestrucción y la dificultad de pastorearlas.

La marca principal de las ovejas verdaderas es que oyen la voz de Cristo y responden a Su voz acudiendo a Él y siguiéndole (Jn 10:27).
Cuando buscamos las metáforas sobre las ovejas en los salmos, los profetas y los evangelios, encontramos muchos textos que nos humillan como creyentes al compararnos con las ovejas. Aprendemos que los creyentes son relativamente indefensos y que necesitan protección. Las ovejas necesitan que se les muestren los pastos que son mejores para ellas. Necesitamos desesperadamente la guía de la Palabra de Dios (Sal 119:176). Cuando nos desviamos por nuestra pecaminosidad, necesitamos que nos rescaten (Is 53:6; Mt 18:12-14). La terquedad del pueblo de Dios los llevó a ser abandonados como un cordero en el desierto (Os 4:16). En tiempos de prueba, las ovejas tropiezan y se dispersan (Mt 26:31). Existe el peligro de que pastores malvados abusen de las ovejas, las espanten y no las cuiden debidamente (Ez 34). Los falsos profetas se disfrazan de ovejas, pero resultan ser lobos voraces (Mt 7:15). El Señor miró con ira a estos líderes malvados y prometió visitar personalmente a Su rebaño (Zac 10:3).

Varias de las metáforas en el Nuevo Testamento nos llevan a pensar seriamente en la necesidad de discernimiento y sabiduría. El Señor Jesús advirtió a Sus discípulos en Mateo 10:16: «Mirad, Yo os envío como ovejas en medio de lobos; por tanto, sed astutos como las serpientes e inocentes como las palomas». Los cristianos que viven en medio de los incrédulos deben darse cuenta de que están rodeados de personas que son espiritualmente, y a veces incluso físicamente, peligrosas para ellos. Lamentablemente, el peligro no es solo por los lobos que están fuera de la Iglesia; incluso otros miembros de la Iglesia pueden «morderse y devorarse» unos a otros (Gal 5:15). Al responder a las personas difíciles o peligrosas, como cristianos no somos llamados a volvernos como lobos, sino a ser sabios e inofensivos. Para esto debemos conocer bien las Escrituras, estar listos para dar una razón de la esperanza que tenemos, e incluso saber cuándo guardar silencio. También se nos recuerda, con la imagen de las ovejas y las cabras en Mateo 25:32, que en última instancia el Señor Jesús es el Pastor que discernirá entre Su verdadero rebaño y los impostores en el día final. Él es el Pastor que conoce perfectamente cada motivación y cada pecado secreto, y sabe cuándo falta amor. Aunque Su rebaño parezca estar mezclado en el presente, un día será puesto en orden. Es mucho mejor que uno discierna su corazón hoy mismo y se arrepienta de ser una «cabra» o un «lobo» antes de que sea demasiado tarde. La marca principal de las ovejas verdaderas es que oyen la voz de Cristo y responden a Su voz acudiendo a Él y siguiéndole (Jn 10:27).

Al final, la belleza y el poder de la metáfora de las ovejas en las Escrituras no se encuentra principalmente en una comparación sentimental con un cordero, sino en reconocer nuestra tendencia hacia el pecado y la necedad. Lo más importante es que el Señor ha prometido cuidar a pecadores pobres y necesitados. «Como pastor apacentará Su rebaño, en Su brazo recogerá los corderos, y en Su seno los llevará» (Is 40:11). Él fue y es el Buen Pastor que da Su vida por las ovejas y que reúne a Su rebaño (Jn 10:11-16). Pero aún más profundamente, Él es el Salvador que se rebajó hasta el punto de convertirse en «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (1:29). Aunque Él es el Verbo mismo de Dios, «Como oveja fue llevado al matadero; y como cordero, mudo delante del que lo trasquila, no abre Él Su boca» (Hch 8:32). La belleza de la metáfora es que nos enseña cuánto dio el Señor por los pecadores y cuán profundo es Su amor al convertirse en el Cordero de la Pascua. Sin embargo, la metáfora no termina ahí. Al final de la Escritura, la obra de Cristo hace que el símbolo pequeño, humilde y débil del Cordero se convierta en el símbolo más grande y glorioso de poder sobre el mal. Cristo el Cordero es Señor de señores y Rey de reyes (Ap 17:14). El Cordero es el esposo de la Iglesia, y Él es el objeto central de nuestra adoración eterna (caps.19-22).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert VanDoodewaard
Robert VanDoodewaard

El reverendo Roberto VanDoodewaard es pastor de la Iglesia Reformada Esperanza en Powassan, Ontario, Canadá.

Metáforas agrícolas para la vida cristiana

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

Metáforas agrícolas para la vida cristiana

Matthew Barrett 

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

En el centro de la fe cristiana hay una creencia fundamental: no hay nadie como Dios. Él no es criatura, sino el Creador, Aquel que Isaías dice que es alto y sublime (Is 6:1). Qué increíble es, entonces, que este Dios se inclinara y se diera a conocer a criaturas finitas y pecaminosas como nosotros.

A Juan Calvino le encantaba decir que Dios es como un enfermero que se inclina para balbucearle cariñosamente a un recién nacido. Cuando leemos la Biblia, vemos esta adaptación cada vez que Dios usa metáforas para transmitirnos Su mensaje de salvación de una manera que podamos entender. Estas metáforas nos ayudan a conocer a Dios y a vivir la vida cristiana coram Deo, ante el rostro de Dios.

Por ejemplo, de entre las muchas maneras en que Dios podría haberse comunicado con Israel, Él eligió las metáforas agrícolas. Israel era un pueblo cuya existencia dependía de la tierra. Israel fue liberado de Egipto para entrar en la tierra que Dios le había prometido a su padre Abraham. Sin embargo, observa cómo se describe esta tierra: una tierra que mana leche y miel (Ex 3:8). La agricultura no era solo una forma de vida para Israel; era una señal de la bendición del pacto de Dios. Disfrutar del fruto de la tierra era una indicación segura de que Dios había cumplido las promesas que le había hecho a Abraham.

El cristiano que permanece en Cristo es como un árbol plantado cerca de corrientes de agua.

Cuando Israel peca y quebranta el pacto, su castigo es el exilio de la tierra y del fruto que da. Es apropiado que los profetas describan a Israel como un árbol que ha sido cortado. Sin embargo, Dios permanece fiel a Su pacto, prometiendo levantar «un retoño del tronco de Isaí» de modo que «un vástago de sus raíces dará fruto» (Is 11:1). Sabemos por el Nuevo Testamento que este Vástago justo no es otro que Jesús, el Hijo supremo de David, el tan esperado Salvador de Israel.

También Jesús utiliza la metáfora agrícola. Para explicar la salvación que ofrece, Jesús dice que Él es el «pan de vida» (Jn 6:35), una imagen que sin duda resonó con aquellos oyentes que recordaban cómo sus padres habían recibido el maná del cielo en el desierto. «Porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da vida al mundo» (6:33).

Jesús recurre nuevamente a las metáforas agrícolas cuando describe lo que significa no solo creer en Él inicialmente, sino permanecer en Él perpetuamente. En el Antiguo Testamento, Israel es llamado una vid (Sal 80:8-16Jer 2:21) y un viñedo (Is 5:1-727:2-6), pero Israel es una vid que no dio fruto. Esta metáfora agrícola es de las que apuntaban hacia el futuro, a la venida de la vid verdadera. Eso explica por qué Jesús dice: «Yo soy la vid verdadera, y Mi Padre es el viñador… Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15:1-5). El viñador arranca y lanza al fuego los sarmientos que no dan fruto, y a los que sí dan fruto los poda para que den más fruto (vv. 2, 5-7). Por un lado, las palabras de Jesús sirven como una advertencia para que no pensemos que podemos confesar el nombre de Cristo sin vivir en obediencia a Él. Aquellos que no le conocen ni le obedecen realmente experimentarán el juicio venidero. Por otro lado, el sarmiento que da fruto representa al creyente que está unido a Cristo. Esa unión con Cristo es solo por medio de la fe, pero tal unión siempre resulta en el fruto de las buenas obras y la obediencia.

Los autores del Nuevo Testamento usan esta misma metáfora agrícola para describir la vida cristiana. Por ejemplo, Pablo les dice a los gálatas que el Espíritu Santo está obrando para santificarlos cada vez más a imagen de Cristo. Pero todo cristiano sabe que este proceso no es fácil, pues de este lado del cielo seguimos luchando contra la tentación. Así que Pablo advierte al cristiano contra las «obras de la carne» y, al igual que la de Jesús, la advertencia de Pablo es seria: «Los que practican tales cosas no heredarán el Reino de Dios» (Gal 5:21). Por el contrario, el cristiano debe caracterizarse por el «fruto del Espíritu» (5:22-23). Dar ese fruto puede ser un proceso doloroso: Jesús dice que los sarmientos que permanecen en la vid deben ser podados para dar fruto (Jn 15:2), y Pablo dice que «los que pertenecen a Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos» (Gal 5:24). Sin embargo, tenemos plena confianza en que podemos dar fruto porque el Espíritu Santo, que primero nos unió a Cristo, también nos ayuda a vivir y a caminar por el Espíritu (v. 25).

A medida que luchamos contra el pecado y tratamos de dar fruto, puede que nos cueste mantenernos enfocados en la meta final. Quizás el Salmo 1 nos pueda ayudar. Allí, el hombre justo es descrito como un «árbol firmemente plantado junto a corrientes de agua» (1:3). En nuestro patio trasero hay un árbol que toda nuestra familia ama; se extiende sobre la casa y nos proporciona sombra. Sin embargo, el año pasado, la mitad de sus ramas murieron porque sus raíces no pudieron encontrar suficiente agua. Por el contrario, el cristiano que permanece en Cristo es como un árbol plantado cerca de corrientes de agua. Como resultado, ese árbol «da su fruto a su tiempo, y su hoja no se marchita» (v. 3). El resultado final es maravilloso: mientras que el malvado «perecerá» (v. 6), el justo «en todo lo que hace, prospera» (v. 3).

Con todo, el cristiano no solo debe ser ese árbol que da fruto; también —cambiando a otro tipo de metáfora— es llamado a ser un pescador que lanza su cuerda o echa su red para traer a otros peces. Mientras Jesús andaba por los caminos de Israel, no solo veía olivos (Jn 8:1) e higueras (Mt 21:19), sino también la orilla del mar. Fue en el mar donde llamó a algunos de Sus primeros discípulos. Estaban sentados en sus botes de pesca, pero Jesús los llamó más bien a pescar hombres (Mt 4:19). Si eres cristiano, deseas ser como ese árbol plantado junto a corrientes de agua. Pero no olvides que el cristiano que da fruto se mantiene mirando hacia afuera; no trata de ocultar su fruto, sino de compartirlo con los demás. Después de haber probado cuán dulce es el fruto de ese árbol, el cristiano es aquel que entusiasmado sale de pesca para contar a otros acerca de la vid verdadera que da vida eterna. Hacerlo puede parecer aterrador, pero quizá una última metáfora agrícola nos pueda dar el incentivo que necesitamos: aunque Adán comió del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 3:6) y sumió a la humanidad en el pecado, los que confían en el último Adán, Jesucristo, comerán del árbol de la vida para siempre (Gn 2:9Ap 22:14).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Matthew Barrett
Matthew Barrett

El Dr. Matthew Barrett es profesor asociado de Teología Cristiana en el Midwestern Baptist Theological Seminary en Kansas City, Mo., y editor ejecutivo de Credo Magazine. Es autor de numerosos libros, incluyendo None Greater: The Undomesticated Attributes of God [Nadie mayor: Los atributos indómitos de Dios].

La belleza de la Escritura

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

La belleza de la Escritura

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

El Dr. Steven J. Lawson una vez comparó la Biblia con un diamante cuya belleza, cuando se coloca contra la luz, se refracta de muchas maneras diferentes: «Ningún símbolo de la Biblia puede comunicar el todo. Por lo tanto, se requieren muchas metáforas diferentes, muchas analogías diferentes, para siquiera comenzar a tratar de [comprender] la totalidad del poder invencible de la Palabra inerrante». La Biblia está llena de ilustraciones, símbolos y metáforas que Dios usa para ayudarnos a conocerle y a relacionarnos con Él, y para ayudarnos a conocernos a nosotros mismos. Él usa metáforas para ayudarnos a entender las verdades sobre esta vida presente, la vida eterna y la condenación eterna.

Dios se llama a Sí mismo nuestro Padre y nos consuela llamándonos Sus hijos.

Si bien es probable que recordemos algunas de las metáforas mejor conocidas en la Escritura, como las del pastor y las ovejas, la vid y los sarmientos y otras, debemos reconocer que la Biblia utiliza muchas metáforas, símiles, símbolos e ilustraciones diferentes, algunas de las cuales pueden sonar extrañas a nuestros oídos, particularmente si somos del Occidente. Recuerda que la Biblia está impregnada de la cultura del Levante Mediterráneo. Dependiendo de dónde seamos y de las experiencias que hayamos tenido, muchas de estas metáforas pueden resultarnos difíciles de entender. Sin embargo, en Su sabiduría, Dios las usa para ayudar a Su pueblo de todo el mundo, de muchos contextos diferentes, a conocerlo más. Las metáforas de la Escritura nos revelan la belleza integral que ella misma posee, pero más que eso, revelan la belleza de nuestro Dios misericordioso que se relaciona con nosotros, nos condesciende y nos habla con palabras que podemos entender.

Por supuesto, si se presionan más allá de sus límites, las metáforas pierden su calidad didáctica. Debemos tener cuidado de no leer de más en las metáforas, de no abusar de ellas o de limitar innecesariamente conceptos doctrinales enteros a metáforas. Sin embargo, las metáforas, símbolos e ilustraciones de la Escritura, nos ayudan a asociar nuestras experiencias en la vida con conceptos espirituales y doctrinales para que podamos conocer más a Dios y servirle más plenamente. Estudiarlas nos puede ayudar a ver más y más destellos de la belleza que proceden del hermoso diamante que es la Escritura. Mucha de esa belleza es un gran consuelo para nuestras almas. Dios se llama a Sí mismo nuestro Padre y nos consuela llamándonos Sus hijos. Se ha revelado a nosotros de maneras que nos ayudan a relacionarnos con Él como nuestro Padre amoroso, misericordioso y santo, y de maneras que nos ayudan a tener una fe humilde, dependiente y como la de un niño. A medida que crecemos en madurez como Sus hijos, Su Espíritu Santo nos ayuda a conocerlo más y más profundamente como nuestro Pastor, nuestra Roca y nuestra Fortaleza mientras seguimos a Cristo Jesús que es el camino, la verdad y la vida.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.