¿Son las oraciones de algunas personas más eficaces?

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El Blog de Ligonier

Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Son las oraciones de algunas personas más eficaces?

Kevin D. Gardner

Nota del editor: Este es el capítulo 15 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Cuando preguntamos sobre la eficacia de las oraciones de las personas, estamos preguntando si acaso Dios está más inclinado a responderlas,, en el sentido de responder positivamente. Es decir, queremos saber si Dios es más propenso a dar a ciertas personas, como nuestros pastores o ancianos, lo que piden en oración.

En cierto sentido, la respuesta a esta pregunta es obvia. Sí, Dios es más propenso a darle a ciertas personas lo que ellos piden en oración. Santiago nos lo dice así: “La oración eficaz del justo puede lograr mucho” (Stg 5:16).

La pregunta entonces viene siendo: “¿Quién es justo?”. Ahí es donde se torna un poco más complicado, aunque en cierto sentido la respuesta nuevamente es obvia: aquellos que están unidos a Cristo por medio de la fe son contados como justos (2 Co 5:21). Aquellos que son justos en Cristo pueden estar seguros de que Dios estará más inclinado a concederles sus peticiones. Santiago 5:16 parece confirmar esto: “Por tanto, confesaos vuestros pecados unos a otros, y orad unos por otros para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede lograr mucho”. Lo que esto implica es que aquellos que están orando los unos por los otros en la primera parte del versículo —esto es, los lectores cristianos de Santiago— son esos mismos “justos” que menciona la segunda parte del versículo.

Debemos pedirle a nuestros pastores y ancianos que oren por nosotros.

La justicia en Cristo que poseen los creyentes es una justicia posicional. Es la que nos concede acceso a la presencia de Dios por la nueva posición que tenemos en Cristo. Pero la referencia a Elías que vemos más adelante indica que hay más a la vista. Elías fue un profeta enviado por Dios, pero Santiago no enfatiza su oficio; lo llama “un hombre de pasiones semejantes a las nuestras” (v. 17). En lugar de esto, Santiago enfatiza cómo Elías obedeció al orar “fervientemente” por las cosas que Dios le llamó a orar, esto es, por juicio sobre Israel (vv. 17-18; ver 1 Re 17:1-4).

Esto indica que la justicia personal, el fruto de una vida de obediencia progresiva a Dios mediante el poder santificador del Espíritu Santo, también forma parte de la oración eficaz. Mientras progresamos en la santificación, nuestras oraciones se alinean cada vez más con la voluntad y el corazón de Dios. Dios entonces está cada vez más inclinado a concedernos lo que deseamos porque lo que deseamos será lo que Él desea.

Así que, sí, debemos pedirle a nuestros pastores y ancianos que oren por nosotros. Pero tenemos que saber que no necesitamos que ellos oren por nosotros para que nuestras peticiones sean escuchadas. Podemos orar los unos por los otros, incluso somos animados a hacerlo. Y podemos acercarnos nosotros mismos al trono de Dios, confiados de que Dios se complace en conceder acceso a aquellos que están revestidos de la justicia de Su Hijo y que están siendo santificados por Su Espíritu Santo. El Señor se deleita en responder las oraciones de fe de Sus hijos (Stg 5:15).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Kevin D. Gardner
Kevin D. Gardner

Kevin D. Gardner es editor asociado de la Tabletalk Magazine y graduado del Westminster Theological Seminary en Filadelfia. Él es un anciano docente ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América.

¿Es de ayuda compartir mis peticiones con otros?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración

¿Es de ayuda compartir mis peticiones con otros?

Thomas Brewer

Nota del editor: Este es el capítulo 14 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

A la mayoría de nosotros nos han pedido que oremos por algo. Recientemente, le dije a una amiga que oraría por su esposo, quien está sirviendo en el ejército en el extranjero, para que Dios le permita volver a casa a salvo. Al hacerlo, seguramente estaría repitiendo la misma oración de mi amiga. ¿Por qué molestarse? ¿No escuchó Dios las oraciones de mi amiga? ¿Por qué necesitaría Dios escuchar lo mismo de mi parte?

Quizás lo hacemos porque pensamos que si Dios escucha la misma oración de parte de dos personas, será más probable que la responda. Según ese razonamiento, sería tremendo si pudiéramos encontrar aún más personas para que oren. Pero sabemos que algo en este razonamiento suena mal, y es que insinúa que podemos conformar la voluntad de Dios a la nuestra, solo tenemos que conseguir suficientes personas para que oren. Sin embargo, sabemos que Dios no obra de esta manera. Su voluntad no cambia porque haya muchas personas orando. Dios hace lo que a Él le agrada, y nuestro llamado es conformarnos a Su voluntad, no viceversa (Sal 135:6Mt 6:10).

Orar con otros agrada a Dios, le glorifica y es parte de lo que nos transforma a la imagen de Cristo.

Entonces, ¿por qué orar? Bueno, paradójicamente, la voluntad de Dios es que oremos los unos por los otros y en todo momento (Ef 6:181 Tes 5:16-18Stg 5:16). Vemos ejemplos de este tipo de oración en la vida de Jesús y en las vidas de los apóstoles (Jn 17; Col 1:9). Los mandatos son sencillos: ora, continúa orando y ora por los demás.

Debemos orar no solo porque es la voluntad de Dios, por supuesto, sino también porque Dios quiere dar a conocer Su nombre en nuestras vidas (Sal 46:10). Una de las maneras en que Él logra esto es a través de la oración. Por ejemplo, cuando la Iglesia en Hechos oró para que Pedro fuese liberado de la cárcel, él fue milagrosamente liberado por un ángel (Hch 12:1-17). ¿Había Dios determinado liberar a Pedro desde antes que orara Su pueblo? Sí. ¿Respondió Dios sus oraciones? Sí. ¿Fue su fe fortalecida, sus vidas bendecidas, y el nombre de Dios glorificado? Si. Nuestro Dios es soberano sobre todo y conoce nuestras peticiones incluso antes de que haya palabra en nuestra boca (Sal 139; Mt 6:8). Aun así, Dios decide responder las oraciones de Su pueblo. Es la manera en que Dios ha establecido el universo. Cuando Su pueblo ora, Él escucha. Dios responde a Su tiempo y a Su manera. Pedro ciertamente no esperaba a un ángel. Independientemente de lo que Dios decida hacer, confiamos en Él y le damos gloria.

Así que ¿es de ayuda compartir mis peticiones con otros? No, eso no ayuda a alterar la voluntad de Dios, pero sí, sí ayuda. Ayuda porque Dios decide escuchar y actuar según las oraciones de Su pueblo cuando ellos oran juntos según Su voluntad y en Su Espíritu. El Espíritu, claro está, intercede por nosotros, conociendo la voluntad de Dios a la perfección (Rom 8:27). Orar con otros agrada a Dios, le glorifica y es parte de lo que nos transforma a la imagen de Cristo. Después de todo, Jesús oró por Sí mismo y por otros. Nosotros debemos ir y hacer lo mismo.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Thomas Brewer
Thomas Brewer

Thomas Brewer es editor en jefe de Tabletalk Magazine y un anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en América.

¿Cuál debe ser mi postura al orar?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración

¿Cuál debe ser mi postura al orar?

Kevin Struyk

Nota del editor: Este es el capítulo 13 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

La postura no es algo que comentamos muy a menudo. De hecho, hablar sobre la postura —cómo posicionar el cuerpo cuando estamos en ciertos lugares para lograr ciertos propósitos— puede sonar absurdo hoy en día. En una sociedad que valora la libertad de expresión y el deshacerse de las ataduras de los modales antiguos, incluyendo las tradiciones, las prácticas y los valores bíblicos, ser intencional con nuestra postura no es una gran prioridad. Sin embargo, los discípulos de Jesucristo comprenden la importancia y el gran privilegio de venir ante nuestro santo y justo Dios en oración. Por lo tanto, al comunicarnos con nuestro Señor, debemos considerar cómo nuestra postura afecta nuestras oraciones.

Por Su gracia y misericordia, Dios inclina nuestros corazones para que crezcamos en amor, devoción e intimidad con Él mientras somos santificados por Su Palabra y por Su Espíritu.

En Occidente, el hombre típicamente se arrodilla al proponerle matrimonio a su futura esposa. Esta postura, por lo general, muestra la devoción, el amor y el deseo del hombre de servir a su futura esposa, la cual merece honor y respeto. Estar de rodillas también demuestra sumisión y vulnerabilidad. La capacidad de uno ver y moverse es muy limitada en esa posición. Este ejemplo nos ayuda a entender el significado de nuestra postura al orar.

Estar de rodillas es común para los que oran. Al igual que un hombre que está proponiendo matrimonio, el que está arrodillado en oración asume una posición baja y humilde, mostrando dependencia, devoción y honor al Señor. Vemos a nuestro Señor y Salvador Jesucristo demostrando Su dependencia al arrodillarse para orar en el jardín de Getsemaní (Lc 22:40-41). Pablo, luego de contarle a sus amigos sobre su partida, se arrodilló con los ancianos para orar (Hch 20:36). Pedro, antes de ordenarle a Tabita que se levantase de los muertos, se arrodilló y oró (9:40). Tanto al arrodillarse como al doblegarse, el cuerpo se encorva, limitando las distracciones, mostrando honor y trayendo a la memoria nuestra total dependencia del Señor.

Sentarse, ponerse de pie y levantar las manos en oración son otras posturas que encontramos en la Biblia. David se sienta ante el Señor en oración (2 Sam 7:18), Salomón se pone de pie y extiende sus manos en oración (1 Re 8:22), y Pablo exhorta a Timoteo y a otros a orar levantando manos santas (1 Tim 2:8). Durante el transcurso de un día normal, lo más común es que nos encontremos sentados o de pie. Tal vez estás sentado en una mesa, en un carro o en un escritorio. Quizás te gusta caminar, correr o hacer ejercicios. Cualquiera que sea el caso, es bueno, correcto y apropiado orar al Señor en estas distintas posturas. Las instrucciones de Pablo a orar en todo tiempo y sin cesar probablemente incluían el estar sentado y de pie, así como otras posiciones (Ef 6:181 Tes 5:16-18).

De todos modos, lo más importante no es la postura externa del cuerpo, sino la postura interna del corazón; nuestros corazones deben expresar quebrantamiento, contrición, humildad y dependencia. Por Su gracia y misericordia, Dios inclina nuestros corazones para que crezcamos en amor, devoción e intimidad con Él mientras somos santificados por Su Palabra y por Su Espíritu. Comunicarse con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo es un privilegio indescriptible. Que nuestra postura, tanto la interna como la externa, demuestre nuestra sincera devoción y gratitud al Señor.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Kevin Struyk
Kevin Struyk

El Rev. Kevin Struyk es un pastor asociado en Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, FL y un graduado del Reformed Theological Seminary en Orlando, Fla.

La gratitud en la oración

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Serie: Preguntas claves sobre la oración

La gratitud en la oración

Kevin Struyk

Nota del editor: Este es el capítulo 13 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

La postura no es algo que comentamos muy a menudo. De hecho, hablar sobre la postura —cómo posicionar el cuerpo cuando estamos en ciertos lugares para lograr ciertos propósitos— puede sonar absurdo hoy en día. En una sociedad que valora la libertad de expresión y el deshacerse de las ataduras de los modales antiguos, incluyendo las tradiciones, las prácticas y los valores bíblicos, ser intencional con nuestra postura no es una gran prioridad. Sin embargo, los discípulos de Jesucristo comprenden la importancia y el gran privilegio de venir ante nuestro santo y justo Dios en oración. Por lo tanto, al comunicarnos con nuestro Señor, debemos considerar cómo nuestra postura afecta nuestras oraciones.

Por Su gracia y misericordia, Dios inclina nuestros corazones para que crezcamos en amor, devoción e intimidad con Él mientras somos santificados por Su Palabra y por Su Espíritu.

En Occidente, el hombre típicamente se arrodilla al proponerle matrimonio a su futura esposa. Esta postura, por lo general, muestra la devoción, el amor y el deseo del hombre de servir a su futura esposa, la cual merece honor y respeto. Estar de rodillas también demuestra sumisión y vulnerabilidad. La capacidad de uno ver y moverse es muy limitada en esa posición. Este ejemplo nos ayuda a entender el significado de nuestra postura al orar.

Estar de rodillas es común para los que oran. Al igual que un hombre que está proponiendo matrimonio, el que está arrodillado en oración asume una posición baja y humilde, mostrando dependencia, devoción y honor al Señor. Vemos a nuestro Señor y Salvador Jesucristo demostrando Su dependencia al arrodillarse para orar en el jardín de Getsemaní (Lc 22:40-41). Pablo, luego de contarle a sus amigos sobre su partida, se arrodilló con los ancianos para orar (Hch 20:36). Pedro, antes de ordenarle a Tabita que se levantase de los muertos, se arrodilló y oró (9:40). Tanto al arrodillarse como al doblegarse, el cuerpo se encorva, limitando las distracciones, mostrando honor y trayendo a la memoria nuestra total dependencia del Señor.

Sentarse, ponerse de pie y levantar las manos en oración son otras posturas que encontramos en la Biblia. David se sienta ante el Señor en oración (2 Sam 7:18), Salomón se pone de pie y extiende sus manos en oración (1 Re 8:22), y Pablo exhorta a Timoteo y a otros a orar levantando manos santas (1 Tim 2:8). Durante el transcurso de un día normal, lo más común es que nos encontremos sentados o de pie. Tal vez estás sentado en una mesa, en un carro o en un escritorio. Quizás te gusta caminar, correr o hacer ejercicios. Cualquiera que sea el caso, es bueno, correcto y apropiado orar al Señor en estas distintas posturas. Las instrucciones de Pablo a orar en todo tiempo y sin cesar probablemente incluían el estar sentado y de pie, así como otras posiciones (Ef 6:181 Tes 5:16-18).

De todos modos, lo más importante no es la postura externa del cuerpo, sino la postura interna del corazón; nuestros corazones deben expresar quebrantamiento, contrición, humildad y dependencia. Por Su gracia y misericordia, Dios inclina nuestros corazones para que crezcamos en amor, devoción e intimidad con Él mientras somos santificados por Su Palabra y por Su Espíritu. Comunicarse con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo es un privilegio indescriptible. Que nuestra postura, tanto la interna como la externa, demuestre nuestra sincera devoción y gratitud al Señor.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Kevin Struyk
Kevin Struyk

El Rev. Kevin Struyk es un pastor asociado en Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, FL y un graduado del Reformed Theological Seminary en Orlando, Fla.

¿Dónde y cuándo debo orar?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración

¿Dónde y cuándo debo orar?

Nathan W. Bingham

Nota del editor: Este es el undécimo de 25 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Un amigo mío está a solo unas semanas de casarse. Una cosa que le he enfatizado este año es que la buena comunicación es una de las claves para un matrimonio fructífero. Como seres relacionales creados a imagen de Dios, todos reconocemos este aspecto vital de las relaciones cercanas. Por eso es útil recordar que la oración es, como Juan Calvino decía a menudo, una «conversación con Dios».

¿Cuándo debemos orar? Al igual que la conversación dentro de un matrimonio saludable, la oración es, de manera ideal, frecuente y orgánica. Si solo hablara con mi esposa durante períodos de tiempo programados al principio o al final del día, o peor aún, solo los domingos, podría haber un problema. A la vez, programar momentos intencionales para tener una conversación más profunda e ininterrumpida, quizás mientras los niños están en la cama o mientras salimos a cenar, es extremadamente saludable. Notamos esta tensión en las Escrituras cuando se nos manda a «[orar] sin cesar» de una manera muy orgánica (1 Tes 5:17) y a la misma vez vemos a cristianos orando en momentos determinados y no de manera accidental.

No priorizar la oración es priorizar otra cosa.

Como cristiano, no me llevó mucho tiempo aprender que si no reservaba un tiempo diario para orar, las ocupaciones de la vida se me interpondrían muy fácilmente. No priorizar la oración es priorizar otra cosa. Al mismo tiempo, también aprendí que cuando doy prioridad a establecer un tiempo para orar, tiendo a tratarlo como un elemento más en mi lista de tareas pendientes. Puedo caer en la trampa tachar a Dios y luego olvidarme de Él. Enfocar la oración como algo que tengo que hacer puede llevarme a descuidar al Señor durante todo el día. No te desalientes. Al igual que la comunicación en un matrimonio saludable, por la gracia de Dios, una vida de oración saludable se desarrolla con el tiempo.

Otra pregunta es dónde debemos orar. Muchas mañanas he orado en la cama. También he pasado muchas mañanas volviéndome a dormir. Creo que la respuesta sobre dónde debemos orar es liberadora y simple: debemos orar donde necesitemos orar. Si estás a punto de entrar en una reunión de negocios o en una habitación con un niño malcriado e impenitente, ora en tu mente o en voz baja por sabiduría o paciencia. Si necesitas confesar un pecado u orar por un ser querido que atraviesa una prueba y no deseas ser interrumpido o distraído, busca un lugar alejado de interrupciones y distracciones. Las Escrituras no limitan la oración solo dentro del edificio de una iglesia. Debemos orar donde necesitemos orar. Pero si una determinada ubicación nos estimula a quedarnos dormidos, tal vez deberíamos buscar otro lugar.

Si bien Dios no prescribe un momento o un lugar específico para la oración, sería sabio reservar momentos específicos para orar y utilizar lugares apropiados para la oración. La manera de hacer esto será diferente para cada persona según las diferentes estaciones y situaciones de la vida.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Nathan W. Bingham
Nathan W. Bingham

Nathan es el Director General de Comunicaciones para Ligonier Ministries y un graduado del Presbyterian Theological College en Melbourne, Australia. Escribe en NWBingham.com. Lo puedes seguir en Twitter @NWBingham.

¿Qué significa «Amén»?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Qué significa «Amén»?

Jared Oliphint

Nota del editor: Este es el décimo de 25 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

«Como era al principio, es hoy y habrá de ser eternamente. Amén, amén». Desde los inicios del cristianismo, los creyentes han cantado alguna versión de este himno, el Gloria Patri. Esa palabra repetida al final del himno — «amén»— marca el final de himnos, oraciones e incluso credos como el Credo Apostólico, de una manera familiar, tal vez demasiado familiar. Es posible que te hayas sorprendido a ti mismo en algún momento repitiendo mecánicamente esta palabra. Sin embargo, esta pequeña palabra debe ser dicha con convicción e intencionalidad, porque conecta al pueblo de Dios hoy con Su pueblo pactual del pasado.

La palabra amén se remonta al Antiguo Testamento cuando Dios formó a un pueblo pactual para Sí mismo. Puede que hayas escuchado la expresión: «Y todo el pueblo de Dios dijo» seguido por un resonante, «¡Amén!». Tanto la palabra misma como su función en el lenguaje están estrechamente relacionadas con la idea de verdad. Actúa como señal de que hay un acuerdo, y al igual que en el Gloria Patri, con frecuencia se repetía: «Amén y amén» (Neh 8:6Sal 72:1989:52).

Abstenerse de decir «amén» puede ser apropiado a veces.

En el Nuevo Testamento, la palabra continúa siendo usada. En Romanos 1:25 y en otros lugares, Pablo lo usa para enfatizar la adoración a nuestro Creador. En 1 Corintios 14:16 él dice: «Si bendices solo en el espíritu, ¿cómo dirá el Amén a tu acción de gracias el que ocupa el lugar del que no tiene ese don, puesto que no sabe lo que dices?». Decir «amén» da por sentado que entiendes y que estás consciente de lo que estás afirmando en adoración.

Al mismo tiempo, Dios no espera que demos ciegamente amenes a cada una de las oraciones que oímos. Si la palabra amén está atada a la verdad, parte de ser responsable con lo que afirmamos es discernir lo que podemos y lo que no podemos afirmar. Aunque Pablo esperaba que una congregación caída como la de Corinto continuara la tradición de alabar a Dios mediante el uso del amén, él sabía que no toda oración sería infalible. Si una oración incluye algo descaradamente falso que va en contra de la Escritura, estaríamos en nuestro derecho de no decir «amén» al final. La teología y la práctica falsas nunca glorifican a Dios, y si estamos en una iglesia donde esto es un problema perpetuo, puede ser el momento de buscar otras opciones donde congregarnos. Por lo tanto, abstenerse de decir «amén» puede ser apropiado a veces.

Pero la abstención debe ser la excepción. Dios nos ha dado los medios para conectarnos con Su pueblo pactual del pasado, siendo tan pecaminosos como somos, y la práctica y tradición de decir la antigua palabra amén contribuye a esa conexión. Cuando recordamos que participar en esta tradición no se trata de nosotros mismos sino de dar gloria al Dios de la verdad, nos damos cuenta de que nuestros amenes nos ayudan a dirigir nuestro enfoque lejos de nosotros mismos y más apropiadamente hacia Dios.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jared Oliphint
Jared Oliphint

Jared S. Oliphint es estudiante de doctorado en filosofía en la A&M University de Texas y estudiante de maestría en el Westminster Theological Seminary de Filadelfia.

¿Necesito seguir un patrón al orar?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Necesito seguir un patrón al orar?

Robert Rothwell

Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Orar es difícil para mí. No es que no quiera orar, sino que considero que la oración es una práctica difícil. Mi mente tiende a divagar mientras oro. A veces mis oraciones se convierten en una lista variada de cosas que quisiera que Dios me dé a mí o a mis amigos y a mi familia. Por esto, he hecho casi todo lo posible por convertir la oración en una práctica más sencilla. He practicado la oración, he leído libros sobre la oración y he asistido a clases sobre la oración.

Orar a través de los Salmos, sustituyendo mis intereses por las peticiones específicas del salmista según su contexto, me ha ayudado a orar no solo por mis propias necesidades, sino también por los asuntos más amplios del Reino de Dios.

Pero ¿sabes qué es lo que más me ha ayudado? El seguir un patrón de oración.

Mi objetivo es responder la pregunta: “¿Necesito seguir un patrón al orar?”. Después de buscar qué Dios enseña en las Escrituras sobre la oración, debo responder: “No, pero…”.

Considera esto: en la Biblia encontramos muchas oraciones, pero no encontramos ningún texto que diga: “Tienes que orar según este patrón”. Lo más cercano que tenemos a esto es el Padre nuestro. Enseñando a Sus discípulos a orar, nuestro Señor introdujo la oración, diciendo: “Cuando oréis, decid…” (Lc 11:1-4), y: “… orad de esta manera…” (Mt 6:9-13). Durante siglos los cristianos han considerado que esto significa que Jesús dio el Padre nuestro como un patrón, como un ejemplo del tipo de cosas por las que debemos orar. Pero los apóstoles no siempre siguieron este modelo con exactitud. Varias oraciones apostólicas no siguen este patrón, sino que incluyen solo algunos elementos de este (por ejemplo, Ef 3:14-21Jud 24-25). Y cuando vamos al Antiguo Testamento, encontramos diversos tipos de oraciones. Por ejemplo, el libro de los Salmos presenta muchas oraciones distintas, aunque estas pueden agruparse en varias categorías.

Si tuviéramos que seguir un patrón establecido al orar, de seguro en la Palabra de Dios no se hubieran registrado tantos tipos de oraciones. Sin embargo, el hecho de que la Escritura sí contiene muchas oraciones y patrones de oraciones indica que, aunque ninguna de ellas es obligatoria para nosotros, seguir la estructura y los temas de las oraciones bíblicas es una buena práctica.

Personalmente, he comprobado que esto es cierto. Orar a través de los Salmos, sustituyendo mis intereses por las peticiones específicas del salmista según su contexto, me ha ayudado a orar no solo por mis propias necesidades, sino también por los asuntos más amplios del Reino de Dios. Asimismo, me he beneficiado de patrones de oración que son extrabíblicos pero que están basados en la Escritura. El Dr. R.C. Sproul frecuentemente recomendaba el patrón CASA (ACTS en inglés) para que incluyéramos confesión de pecados (C), adoración (A), súplicas (S) y agradecimiento (A) en nuestras oraciones. A Simple Way to Pray [Una manera sencilla de orar] por Martín Lutero nos ayuda a producir oraciones integrales y, al mismo tiempo, nos enseña el Padre nuestro, el Credo Apostólico y los Diez Mandamientos. Podría nombrar muchos ejemplos más.

La cantidad de patrones de oración que podemos seguir es casi innumerable. No estamos obligados a seguir ninguno de ellos, pero sabio es el creyente que utiliza los recursos que Dios ha provisto a Su Iglesia para ayudarnos a orar.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert Rothwell
Robert Rothwell

Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.

¿Es mejor orar en voz alta o en silencio?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Es mejor orar en voz alta o en silencio?

Bruce P. Baugus

Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

La oración es el impulso natural de la fe y la devoción vigilante de la esperanza. Cuando oramos, derramamos los deseos de nuestros corazones ante Dios en adoración, confesión, petición, intercesión y agradecimiento, sometiéndonos a Su voluntad. La oración es una acción apasionada que involucra todo lo que somos y aspiramos ser ante Dios.

Jesús enseñó a los discípulos a orar por medio de Su instrucción y de Su ejemplo.

No es sorprendente, entonces, que todo el alcance y la fuerza de la pasión de nuestra vida forme parte de la oración. Aquellos que andan según el Espíritu demuestran paciencia y dominio propio en todas las cosas, pero los discípulos fieles también depositan su ira, frustración, angustia, confusión e incluso su incredulidad y desesperación ante Dios en oración. Mientras hacemos esto, podríamos encontrarnos clamando al Señor en voz alta o podríamos notar que nuestras palabras nos fallan.

Afortunadamente, no existe ninguna razón bíblica para creer que orar en voz alta sea más o menos eficaz que orar en silencio. Podemos hacer cualquiera de las dos. La Escritura está llena de ejemplos de oraciones públicas expresadas en todo tipo de ocasiones, desde la oración larga de Salomón en la dedicación del templo (1 Re 8) hasta el clamor de agonía (y de esperanza inquebrantable) en las cuatro palabras que Cristo exclamó en la cruz (Mt 27:46). Con todo, Jesús también le enseñó a Sus discípulos que nuestro Padre escucha las oraciones expresadas en silencio o en secreto, y Pablo nos dice que el Espíritu, quien fortalece nuestra fe y esperanza por medio de la oración, también intercede por nosotros con gemidos tan profundos que resultan indecibles (Mt 6:5-6Rom 8:26).

No obstante, hay buenas razones por las cuales nos convendría orar en silencio en algunas ocasiones y en voz alta en otras. Jesús, por ejemplo, advierte a Sus discípulos sobre los hipócritas que aman orar en lugares públicos para ser vistos por los demás. Él afirma que esa apariencia de santidad será la única recompensa que ellos recibirán (Mt 6:5). Los hipócritas no oran en secreto; sin embargo, el que ama a Dios ora continuamente en secreto y está listo para orar en voz alta cuando se presenta una ocasión apropiada.

Y la ocasión se presentará. La oración, como parte esencial de la devoción de la Iglesia (Hch 2:42), no solo es un acto privado de los creyentes individuales, sino una actividad compartida. Una manera de compartir en oración es orando en voz alta con otros por ánimo y edificación mutua. La oración también debe ser enseñada. Jesús enseñó a los discípulos a orar por medio de Su instrucción y de Su ejemplo. De la misma manera, los ministros enseñan a aquellos a quienes sirven, los padres enseñan a sus hijos, y todos nosotros nos enseñamos los unos a los otros al orar juntos. En otras palabras, el amor por los demás nos impulsará no solo a orar por ellos en secreto, sino a veces a orar con ellos en voz alta.

Cualquiera que sea la manera en la que oremos, estamos seguros de que nuestro Dios tiene cuidado de nosotros y siempre escucha las oraciones de Su pueblo.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Bruce P. Baugus
Bruce P. Baugus

El Dr. Bruce P. Baugus es profesor asociado de filosofía y teología en el Reformed Theological Seminary en Jackson, Mississippi, y es un anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en Estados Unidos. Es autor de Reformed Moral Theology.

¿Cómo me ayuda el Espíritu Santo cuando oro?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Cómo me ayuda el Espíritu Santo cuando oro?

Ken Jones

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

En Romanos 8:26, el apóstol Pablo dice: “Y de la misma manera, también el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; porque no sabemos orar como debiéramos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”.

Antes de abordar el cómo el Espíritu nos ayuda en la oración, establezcamos dos verdades fundamentales. Primero, cada creyente es habitado por el Espíritu Santo. En Romanos 8:9, el Apóstol dice: “Sin embargo, vosotros no estáis en la carne sino en el Espíritu, si en verdad el Espíritu de Dios habita en vosotros. Pero si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de Él” (ver también Ef 1:13-14).

El Espíritu que habita en nosotros ilumina nuestras mentes para comprender la gracia de Dios en Cristo a través de los medios ordinarios de la Palabra y los sacramentos.

Segundo, los instrumentos usados por el Espíritu que mora en nuestro interior para ayudar y fortalecer a los creyentes son los medios de gracia designados por Dios. Las declaraciones a este efecto están contenidas tanto en los estándares luteranos como en los reformados. La explicación de Lutero en su Catecismo Menor sobre el tercer artículo del Credo Apostólico es un buen ejemplo: “Creo que ni por mi propia razón, ni por mis propias fuerzas soy capaz de creer en Jesucristo, mi Señor, o venir a Él; sino que el Espíritu Santo me ha llamado mediante el Evangelio, me ha iluminado con sus dones.”. En resumen, el Espíritu que habita en nosotros ilumina nuestras mentes para comprender la gracia de Dios en Cristo a través de los medios ordinarios de la Palabra y los sacramentos. Y, como nos indican pasajes tales como Efesios 4:15-16 y Hebreos 10:24-25, el Espíritu Santo también nos ministra a través de una comunión vital y vibrante dentro del cuerpo de Cristo.

 Volviendo al tema de la oración, Pablo, comenzando en Romanos 7:7, analiza la realidad, las implicaciones y lucha contra el pecado remanente, llevándolo a gritar: “¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?” (Rom 7:24). La respuesta que él da, por supuesto, es Cristo. Así que, a través de Romanos 7 y 8, Pablo hace referencia a modo de contraste entre la debilidad de nuestra carne y la ayuda del Espíritu. No siempre nos sentimos o actuamos como hijos de Dios, pero el Espíritu nos da testimonio de que lo somos (Rom 8:15-17).

La razón por la que Pablo no sabe orar como debiera es porque se siente indigno de pedirle a Dios por causa de su pecado remanente. Pero el Espíritu ayuda a los pecadores creyentes a venir confiadamente al trono de la gracia, recordándonos, a través de los medios designados por Dios, que a través de nuestra unión con Cristo somos verdaderamente hijos de Dios y coherederos con Cristo. Por lo tanto, cuando clamamos: “Abba, Padre”, somos escuchados por un Padre amoroso y lleno de gracia. El Espíritu Santo, entonces, nos ayuda en la oración recordándonos quiénes somos y haciéndonos comprender la gracia del Señor a quien le oramos.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Ken Jones
Ken Jones

El reverendo Ken Jones es pastor de la Glendale Missionary Baptist Church en Miami, FL.

¿Por qué debo orar?

Ministerios Ligonier

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Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Por qué debo orar?

Douglas F. Kelly

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Nuestro Dios triuno es una comunión de amor santo entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Juan 1:1, hablando de la relación entre el Hijo y el Padre, llama al Hijo «la Palabra» y dice que «la Palabra era Dios». Esto muestra la comunión personal que comparten las personas de la Trinidad y este tipo de intercambio implica  hablar. Las oraciones de los creyentes a su Padre celestial a través de Cristo y en el Espíritu reflejan el eterno hablar en la Deidad, en cuya imagen fueron primero creados y luego recreados en la regeneración. Oramos porque fuimos hechos para tener comunión con Dios. 

Desde el principio, el pueblo de Dios ha sido llamado a la oración. En el Edén, el Señor caminó y habló con los portadores de Su imagen. Pero después de seguir las mentiras de Satanás y rebelarse contra Dios, cuando apareció el Señor, ellos se escondieron. La oración fue, de la manera más radical, obstaculizada. 

Pero Dios hizo una promesa de gracia después de anunciar el juicio sobre el diablo, Adán y Eva. En Génesis 3:15, el Señor prometió que la simiente de Eva heriría la cabeza de la serpiente. Definitivamente, el Señor Jesucristo, «el Verbo hecho carne» (Jn 1:14), es esa simiente (Gál 3:16). Todo el Antiguo Testamento preparó Su venida victoriosa para restaurar a los hijos de Adán a la comunión cara a cara con su Señor, que era el propósito de Su creación y que solo podía cumplirse en su recreación en y por medio de Cristo. Después de la caída, el Señor no dejó de hablarnos. 

Oramos porque Dios nos llama a hablar con Él, y los corazones creyentes no pueden hacer otra cosa que responder.

Por lo tanto, Su pueblo debía seguir hablando con Él. Y así, en todo el Antiguo Testamento encontramos a Dios hablando a creyentes y creyentes hablándole a Él en todo tipo de situaciones. Enoc caminó con Dios, por lo que habría hablado con frecuencia con Él. Lo mismo fue con Noé y luego a través de Abraham, Isaac, Jacob, los doce patriarcas de Israel, David y los profetas. 

David, en particular, proveyó en el libro de los Salmos un registro muy honesto de las oraciones de los santos en sus fortalezas y en sus pecados, en sus alegrías y en sus penas. Las oraciones y alabanzas, las confesiones de pecado y las alegres declaraciones de fe de los Salmos han informado a todas las ramas de la Iglesia. 

El Salmo 27:8 resume ambos lados de la oración: “Cuando dijiste: Buscad mi rostro, mi corazón te respondió: Tu rostro, Señor, buscaré”. Oramos porque Dios nos llama a hablar con Él, y los corazones creyentes no pueden hacer otra cosa que responder, incluso cuando no estamos seguros de qué decir. Nuestras oraciones son dirigidas por el Espíritu Santo de modo que, incluso cuando no sabemos cómo orar, el Espíritu hace eco en nosotros de las intercesiones de Cristo en el cielo (Rom 8:26-27). Esas oraciones en el nombre de Jesús son las precursoras de toda bendición. Porque, hablando en general, con mucha oración hay mucha bendición; con poca oración hay poca bendición.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Douglas F. Kelly
Douglas F. Kelly

El Dr. Douglas F. Kelly es profesor emérito de teología en el Reformed Theological Seminary. Es autor de varios libros, entre ellos If God Already Knows, Why Pray? [Si Dios ya sabe ¿por qué orar?]