La gratitud en la oración

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Serie: Gratitud

La gratitud en la oración

John Blanchard

Nota del editor: Este es el último de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

nante e incurable, pero, por la sangre de Cristo, el perdón de los pecados es la cura de esta enfermedad”. 

Ninguno de nosotros experimentará circunstancias en las que no haya bendiciones por las cuales Dios merezca nuestra gratitud.

Después, David medita con gratitud en que Dios “rescata de la fosa [su] vida”; es decir, de los dolores indescriptibles del infierno. Esta redención eterna les asegura a los creyentes que “no hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús” (Rom 8:1), certeza gloriosa por la que debemos estar eternamente agradecidos.

El rey suma a todo esto su gratitud porque Dios le asegura que Él lo “corona de bondad y compasión” y “colma de bienes [sus] años”, lo que confirma el testimonio previo de David de que “el bien y la misericordia [lo] seguirán todos los días de [su] vida” (Sal 23:6).

La acción de gracias de David en el Salmo 103 ahora traspasa los límites de su experiencia personal e incorpora el cuidado pactual de Dios de todos los creyentes. Él “hace justicia, y juicios a favor de todos los oprimidos”; Él es “compasivo y clemente… lento para la ira y grande en misericordia”, que es así de grande “como están de altos los cielos sobre la tierra”; Él se compadece “como un padre se compadece de sus hijos”. Todos estos beneficios están asegurados porque Dios “ha establecido Su trono en los cielos, y Su Reino domina sobre todo”. En el siglo XVII, el teólogo David Dickson identificó diecisiete de estos beneficios en este salmo.

El culto de oración semanal de mi iglesia local comienza con una lectura bíblica, que es seguida inmediatamente por un momento de alabanza y acción de gracias al Señor, patrón que refleja la exhortación del salmista: “Entrad por Sus puertas con acción de gracias, y a Sus atrios con alabanza. Dadle gracias, bendecid Su nombre” (Sal 100:4). Una y otra vez, el Apóstol Pablo nos insta a mezclar nuestras peticiones con alabanzas: debemos estar “dando siempre gracias por todo, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a Dios, el Padre” (Ef 5:20); no debemos estar afanosos, “antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios” (Flp 4:6); debemos perseverar “en la oración, velando en ella con acción de gracias” (Col 4:2); debemos dar “gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para vosotros en Cristo Jesús” (1 Tes 5:18).

En pocas palabras, debemos aprender a tener una actitud agradecida, incluso en los días más oscuros, sabiendo que aun estos están en las manos de Dios. Ninguno de nosotros experimentará circunstancias en las que no haya bendiciones por las cuales Dios merezca nuestra gratitud. Azotado por un tsunami personal en el que perdió a todos sus hijos y todo su ganado, Job “postrándose en tierra, adoró, y dijo: … bendito sea el nombre del Señor” (Job 1:20-21).

La escritora de himnos Frances Ridley Havergal, quien vivió en el siglo XIX, testificó en una ocasión: “Si pudiera escribir como quisiera sobre la bondad de Dios hacia mí, la tinta herviría en mi pluma”. En esta era digital, podría haber escrito: “¡Mi computadora colapsaría!”. Asumamos ese riesgo.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John Blanchard
John Blanchard

El Dr. John Blanchard es un predicador, profesor y apologista que vive en Banstead, Inglaterra. Es autor de varios libros, entre ellos Últimas preguntas y ¿Qué ha pasado con el infierno?

Gratitud y ambición

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Serie: Gratitud

Gratitud y ambición

Paul Levy

Nota del editor: Este es el duodécimo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

¿Acaso la gratitud y la ambición van de la mano? Tal combinación parece incongruente. Si realmente estás agradecido por algo, sin duda la ambición te parecerá un poco peligrosa ya que por lo general está más asociada al descontento o incluso a la codicia. Pero ¿podríamos decir que la gratitud real, genuina y sincera es incompatible con la ambición?

Consideremos la ambición por un momento. Nuestras mentes piensan automáticamente en el mal uso y el abuso de la ambición, ya que hay numerosos ejemplos de esto en la Escritura. Los más obvios son el de la torre de Babel en Génesis 11 y el del rico insensato en Lucas 12. En ambos casos vemos una ambición que es autosuficiente; para ellos, Dios no era un factor a considerar. En Babel, la motivación de los constructores era hacerse un nombre famoso para sí mismos, mientras que en Lucas 12, el rico insensato hace planes para acumular riquezas materiales y construir graneros más grandes sin tomar en cuenta a Dios. Claramente, la ambición puede ser peligrosa.

Nuestros corazones son engañosos, y a veces la línea que divide el celo piadoso y la ambición egoísta es muy fina.

Sin embargo, eso no niega el hecho de que la ambición es parte de nuestro diseño divino como seres humanos. La ambición no es perversa en sí misma, sino algo que Dios nos ha dado con el fin de que la usemos para nuestro bien y el de los demás. La ambición piadosa conlleva un fuerte deseo y una gran disciplina para lograr fines justos.

Adán y Eva recibieron una orden clara de parte de Dios de llenar la tierra y sojuzgarla (Gn 1:28). A Noé se le reafirmó ese llamado después del diluvio (9:1). Este mandato dado durante la Creación debía ser su ambición. El salmista ordena: “Pon tu delicia en el Señor, y Él te dará las peticiones de tu corazón” (Sal 37:4). El apóstol Pablo era ambicioso en cuanto al Evangelio, y prosiguió hacia la meta por el premio de ese supremo llamamiento (Flp 3:14). Él nos dice explícitamente que su ambición era predicar el Evangelio donde Cristo no había sido anunciado (Rom 15:19-20). El mismo Señor Jesús mostraba celo por la gloria de Su Padre y era obediente a Su voluntad. Él nos enseña que Sus discípulos deben ser personas que tienen hambre y sed de justicia, y que Su pueblo debe buscar primero el Reino de Dios (Mt 5:66:33). En 1 Corintios 10:31 se nos dice que ya sea que comamos o que bebamos o que hagamos cualquier otra cosa, debemos hacerlo todo para la gloria de Dios.

La gratitud y la ambición divina deben ir de la mano. Es la gratitud por todas las buenas dádivas de Dios —Su creación, redención, preservación y segura esperanza futura— lo que debe alimentar nuestra ambición, de modo que podamos vivir vidas para Su gloria y para el bien de los demás. La gratitud nunca debe conducir a una existencia autosatisfecha y pasiva. El conocimiento de Dios y de Su obra en Cristo debe conducir a un deseo de vivir y de trabajar para Él. Como dice el Catecismo Menor de Westminster, existimos para glorificar a Dios y disfrutarlo para siempre. La ambición por hacer eso está en el ADN de cada hijo de Dios.

Fuimos hechos para planear, y los planes sabios que hacemos para la gloria de Dios, ya sea con respecto a nuestra familia, nuestro hogar, nuestras finanzas o incluso nuestro estado físico, son buenos y son parte de lo que significa ser humano. Por supuesto, tenemos que evaluar nuestras ambiciones. Sabemos que nuestros corazones son engañosos, y a veces la línea que divide el celo piadoso y la ambición egoísta es muy fina. Sin embargo, estamos llamados a vivir a la luz de todo lo que Dios ha hecho y está haciendo por nosotros, a usar el tiempo y los recursos que Él nos ha dado por Su gran generosidad, y a vivir de una manera que sea ambiciosa para la gloria de Dios.

¿Qué pasa cuando no logramos nuestras ambiciones? Vivimos en un mundo donde nuestras esperanzas y planes no siempre se hacen realidad, y muchos cristianos han experimentado  grandes decepciones. Hebreos 11 es un capítulo que presenta a muchos de nuestros héroes de la fe y, sin embargo, al final del capítulo hay campeones anónimos que sufrieron burlas y flagelaciones, incluso cadenas y encarcelamientos. Fueron apedreados; fueron aserrados por la mitad; fueron asesinados a filo de espada. Dudo mucho que esa fuera la ambición de estos hombres y mujeres cuando salieron a servir al Señor. Cada miembro del salón de la fe en Hebreos 11 murió en fe, sin haber recibido lo que se les había prometido.

Eso nos regresa a la verdad de que Dios es Dios. Sus caminos no son nuestros caminos, y Sus pensamientos no son nuestros pensamientos (Is 55:8-9). En Su gracia, Dios tiende a redirigirnos según Su voluntad soberana. Tomamos las palabras de Proverbios 3:5-7, reconociendo al Señor en todos nuestros caminos, confiando en que Él actuará. Incluso la decepción de una ambición frustrada puede ser una fuente de gratitud. Como dice el escritor del himno: “Lo que mi Dios ordena es correcto; Su santa voluntad permanecerá”. Dios sabe lo que es mejor, así que sé agradecido y sé ambicioso para Su gloria y para tu gozo.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Paul Levy
Paul Levy

El Rev. Paul Levy es ministro de la International Presbyterian Church Ealing en Londres.

Codicia y gratitud

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Serie: Gratitud

Codicia y gratitud

Robert M. Godfrey

Nota del editor: Este es el undécimo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Si la gratitud debe ser nuestra respuesta automática a la gracia que experimentamos en la vida cristiana, entonces ¿por qué a menudo somos ingratos? ¿Cuál es la raíz de la ingratitud? En parte, la respuesta a esa pregunta se encuentra en el último de los Diez Mandamientos, donde Dios dice: “No codiciarás”. Si nos detenemos a pensar en este mandamiento, podríamos preguntarnos si sería exagerado decir que la codicia es la raíz de la ingratitud. Inicialmente podríamos ser tentados a pensar que este mandamiento es solo una décima parte de la ley, o que es el más insignificante porque está de último. Sin embargo, es lo contrario, deberíamos reconocer que es el decreto sumativo y concluyente de la ley de Dios. Al hacer esto, notamos el carácter integral del mandamiento.

El carácter integral de la codicia

El carácter integral de este mandamiento muestra la manera en que la codicia suele estar involucrada cuando se quebranta cualquiera de los Diez Mandamientos. Esto se evidencia claramente en algunos pasajes de la Escritura. Cuando Pablo reflexiona sobre toda la ley, él utiliza la codicia para resumirla (Rom 7:7). Cuando advierte a los gálatas que deben guardarse del pecado, él se refiere al pecado como la codicia de la carne en contra del Espíritu (Gál 5:17). Y cuando Santiago está advirtiendo en contra del homicidio, de las peleas y de las guerras, él muestra cómo la codicia es la raíz de todos estos pecados (Stg 4:2).

El Catecismo de Heidelberg también expone el carácter integral de la codicia (Pregunta y Respuesta 113). Nos dice que el décimo mandamiento ordena: “Que nunca surja en nuestros corazones ni la más mínima inclinación o idea contraria a alguno de los mandamientos de Dios”. Esta respuesta apunta al hecho de que cuando nuestra ingratitud nos lleva a desafiar cualquiera de los Diez Mandamientos, la raíz es la codicia, nuestro deseo de posicionarnos por encima de Dios.

El contentamiento produce piedad y gratitud en la vida del creyente.

Cuando adoramos a otros dioses, cuando no descansamos ni adoramos en el día de reposo, cuando no honramos a las autoridades, o cuando luchamos con alguna forma de adulterio, es porque estamos codiciando. Estamos codiciando cuando adoramos la manera de vivir del mundo, cuando deseamos un día de reposo enfocado en nuestros intereses, cuando reclamamos autoridad sobre nuestra vida, o cuando deseamos al cónyuge de nuestro prójimo. El carácter integral del pecado revela cómo la codicia es la raíz de todo acto de ingratitud hacia Dios.

El Conquistador absoluto de la codicia

Las raíces de la codicia están profundamente arraigadas en nuestras vidas cristianas. Reconocer esto nos conduce a nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien luchó perfectamente contra la codicia y siempre mostró contentamiento al obedecer la voluntad de Dios. Durante la tentación de Cristo en el desierto, ¿qué buscaba Satanás si no tentarle a codiciar en contra de la Palabra de Dios? Satanás estaba tentando al Salvador con la esperanza de que Él codiciara comida, fama y el cumplimiento de metas egoístas (Lc 4:1-13). Sin embargo, Cristo resistió el pecado de la codicia, en el cual el primer Adán cayó como presa (Gn 3:6). Él estaba completamente satisfecho con las promesas de Su Padre; la Palabra Viva no tenía necesidad de lo que el diablo le ofrecía. Y al desarraigar el pecado de la codicia, el Señor nos muestra al principio de los Evangelios cómo Él cumplió la ley en su totalidad por nosotros.

El contentamiento en la vida cristiana

Entender la codicia y cómo Cristo conquistó el pecado nos ayuda a enfrentar y desarraigar la codicia de nuestras vidas como cristianos. Primero debemos despojarnos del viejo hombre y destruir la codicia que proviene de nuestra naturaleza caída. Asimismo, como aquellos que ahora estamos vivos en Cristo, debemos vestirnos del nuevo hombre, cuya motivación para todas las cosas es el contentamiento, no la codicia. Los que pertenecemos a Cristo debemos cultivar contentamiento y satisfacción en Él, confiando en que se aproxima una cosecha fructífera.

Este verdadero contentamiento significa que no estamos deseando vivir como el mundo ni disfrutar de sus placeres. Más bien, debemos estar satisfechos con las promesas del Evangelio. Esta es la exhortación de Pablo a Timoteo (1 Tim 6:3-11): sigue la sana doctrina de la Escritura “que es conforme a la piedad”. Pablo le recuerda a su discípulo: “Pero la piedad, en efecto, es un medio de gran ganancia cuando va acompañada de contentamiento” (v. 6). Pablo exhorta a los cristianos a evitar los “deseos necios y dañosos, y toda clase de mal” y a estar contentos con lo que tienen (vv. 8-9). Luego de mencionar las cosas de las que Timoteo debe huir, Pablo le exhorta a “seguir la justicia, la piedad, la fe, el amor, la perseverancia y la amabilidad”. El contentamiento produce piedad y gratitud en la vida del creyente. Además, el cristiano que vive con contentamiento se mantiene expectante, aguardando el regreso del Rey, quien lo recibirá en Su reino por siempre (Ap 21-22).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert M. Godfrey
Robert M. Godfrey

El Dr. Robert M. Godfrey es pastor de Zeltenreich Reformed Church en New Holland, PA.

¿Por cuánto tiempo debo orar?

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Serie: Gratitud

¿Por cuánto tiempo debo orar?

C.N. Willborn

Nota del editor: Este es el capítulo 12 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

La duración de las oraciones es un tema interesante, pero es más interesante que relevante. Me imagino que muchas personas han luchado con la duración de sus oraciones y han llegado a pensar: “¿Oré lo suficiente?” y “¿Estuvo Dios complacido con la cantidad de tiempo que pasé orando esta mañana?”. Estas preguntas son el producto de un enfoque metodológico pietista u orientado a las obras de la vida cristiana. Combina el pietismo con nuestro celo por la idea de que “mientras más grande, mejor”, y los cristianos terminan pensando cuantitativamente en vez de pensar cualitativamente acerca de la oración. Comenzamos a pensar más en nosotros mismos que en el Dios trino a quien oramos.

En la Biblia abundan los ejemplos de oraciones cortas.

¿Nos ofrece la Biblia ayuda para la disciplina de la oración? Claro que sí. Pero en ninguna parte la Biblia dice: “Orarás en intervalos de ______”. Encontramos a diversos personajes bíblicos orando a todas horas del día, pero poco se especifica sobre la duración. David oró en la noche (Sal 42:8), como también lo hizo nuestro Salvador (Mr 14:32). Nuestro Señor Jesús también oró temprano en la mañana (Mr 1:35). Las oraciones de Pablo parecen ser esporádicas, elevadas cuando era impulsado a alabar y cuando las necesidades se hacían evidentes.

No obstante, es instructivo notar la longitud de las oraciones registradas en las Escrituras. Comencemos con la oración modelo de nuestro Señor (Mt 6:8-13); ahí encontramos brevedad. Aun si fuera un “esquema de oración” para ser rellenado, yo te recordaría que nuestro Señor introdujo estos pocos versículos con las siguientes palabras: “Y al orar, no uséis repeticiones sin sentido” (Mt 6:7). Aquí Él enfatiza la calidad por encima de la cantidad (repetición). En la Biblia abundan los ejemplos de oraciones cortas. Moisés clamó al Señor por misericordia en un momento crucial, y su oración ocupa cuatro versículos (Dt 9:26-29). Elías oró para defender el honor de Dios en dos versículos (1 Re 18:36-37). La oración más crítica de Nehemías tomó siete versículos enormes (Neh 1:5-11). Todas las oraciones registradas de Pablo son cortas (por ejemplo, Flp 1:9-11Col 1:9-12). Incluso la oración de nuestro Señor como Sumo Sacerdote registrada en Juan 17 es corta. Léela en voz alta en algún momento y cronométralo, probablemente toma unos tres minutos.

Sí, a veces nos encontramos pasando un tiempo extendido en oración, pero la duración no es lo más importante. La clave está en orar la Biblia. Una guía útil para esto se encuentra en el Catecismo Menor de Westminster 98-107. Usemos las palabras de Dios y “[oremos] sin cesar” (1 Tes 5:17). Es decir, siempre que veamos algo digno de alabanza en la vida cotidiana, alabemos a Dios. Siempre que recordemos algo digno de agradecimiento durante el día, démosle gracias. Tan pronto veamos a un pecador, pidamos a Dios por éste. Siempre que seamos tentados, clamemos a Él. Esas oraciones serán cortas pero eficaces si oramos con fe (Mt 21:22). Aquí va una mejor respuesta a la pregunta “¿Por cuánto tiempo debo orar?”: hasta que mueras.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
C.N. Willborn
C.N. Willborn

El Dr. C.N. Willborn es pastor principal de Covenant Presbyterian Church en Oak Ridge, Tenn., Y profesor adjunto de teología histórica en Greenville Presbyterian Theological Seminary en Greenville, S.C.

Gratitud y queja

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Serie: Gratitud

Gratitud y queja

Marissa Henley

Nota del editor: Este es el décimo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Durante unos pocos meses gloriosos al final del 2011, casi nunca me quejé. Había tenido que pasar por varios meses de tratamiento por un cáncer poco común y me acababan de declarar libre de cáncer. No sabía cuántos días saludables tendría con mi familia joven antes de que el cáncer regresara, y estaba determinada a sacarle la mayor cantidad de gozo posible a cada día.

Para ponerlo de forma llana, dejé de quejarme al darme cuenta de que, estadísticamente hablando, debí haber estado muerta. Se me había concedido el don de la vida, y mi gratitud se desbordaba.

Pero no me tomó mucho tiempo olvidar lo que se me había concedido. Caí nuevamente en mis viejos hábitos de murmuración, tal como los israelitas que se maravillaron del poder de Dios en el mar Rojo pero no confiaron en que Él les proveería agua potable (Éx 14-15). Aunque yo había experimentado la fidelidad del Señor a través de las aguas profundas del sufrimiento, olvidaba Su bondad en los charcos más pequeños de mi día, tales como un clima sombrío o una fila lenta en la cafetería.

La gracia de Dios nos constriñe a responder con gratitud, no con murmuración.

Al enfrentarnos a las frustraciones y los inconvenientes menores de la vida diaria, tenemos que tomar una decisión: agradecer o murmurar. A medida que nos esforzamos por agradecer, necesitamos reconocer la pecaminosidad de nuestra murmuración, examinar las actitudes del corazón que yacen detrás de ella y descubrir su remedio en el Evangelio.

El pecado de la murmuración

Podríamos irritarnos ante la idea de que nuestra queja es pecaminosa. Pero en Filipenses 2:14, Pablo nos amonesta: “Haced todas las cosas sin murmuraciones ni discusiones”. En contraste, nos exhorta a “[dar] gracias en todo” (1 Tes 5:18). En Números 14, Dios describe a los israelitas quejosos como una “congregación malvada” y les niega la entrada a la tierra prometida (vv. 26-30). La Escritura muestra claramente que Dios ve nuestra murmuración respecto a nuestras circunstancias como quejas pecaminosas contra Él.

La murmuración y la gratitud no pueden coexistir. Cuando decidimos murmurar, pecamos contra Dios. Cuando decidimos ser agradecidos, obedecemos a Dios y le glorificamos a medida que brillamos como luces ante el mundo que nos rodea (Flp 2:15).

La raíz de la murmuración

Algunas veces nuestras quejas surgen de un deseo de justicia o de un compromiso con el bienestar de otros. En Hechos 6, la Iglesia trajo de manera apropiada una queja a favor de las viudas que no estaban siendo atendidas. Cuando experimentamos o somos testigos de actos de injusticia o de abuso, necesitamos llevar esas quejas a las autoridades apropiadas.

Pero la mayoría de nuestras quejas están enraizadas en nuestro propio pecado más que en nuestra propia preocupación por otros. Nuestras murmuraciones centradas en nosotros mismos provienen de la ingratitud, el orgullo y la incredulidad. En nuestra ingratitud, fallamos en darle gracias a Dios por todas Sus buenas dádivas. Nos enfocamos en lo que nos hace falta en vez de regocijarnos en lo que Dios ha provisto. En nuestro orgullo, pensamos que sabemos lo que es mejor para nosotros. En vez de confiar en los planes de Dios, queremos las cosas a nuestra manera. En nuestra incredulidad, no confiamos en que Dios nos dará lo que necesitamos. Le decimos a Dios: “Lo que has hecho no está bien. Lo que nos has dado no es suficiente”. Necesitamos la ayuda del Espíritu Santo para arrancar esta maleza de nuestros corazones murmuradores, y en cambio crecer en gratitud, humildad y dependencia del Señor.

El remedio para la murmuración

El remedio para nuestras quejas es recordar el Evangelio. En esos días sin quejas del 2011, era profundamente consciente de que había sido librada de la enfermedad y de la muerte, y de cómo se me había concedido la salud y la vida. Ver la bondad y la fidelidad de Dios era fácil.

Pero algunas veces, nuestras desafiantes circunstancias opacan las buenas dádivas de Dios. Nos cuesta dar gracias cuando abundan las razones para la murmuración. En esos días, necesitamos cultivar la gratitud del Evangelio. Cuando consideramos lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo, tenemos razones interminables para intercambiar nuestras protestas por alabanza.

Hermanos y hermanas en Cristo, ustedes han sido rescatados de la muerte y se les ha dado una vida nueva. Cristo “nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales” (Ef 1:3). Todas las circunstancias de sus vidas son ordenadas por nuestro Padre bueno, fiel y sabio. Cuando enfrenten luchas terrenales, pueden regocijarse en sus riquezas eternas en Cristo.

Ya sea que estemos frustrados a causa de un compañero de trabajo que no coopera o por niños que no obedecen; ya sea que nuestro día sea interrumpido por un pequeño inconveniente o por una gran decepción, esta verdad permanece: la gracia de Dios nos constriñe a responder con gratitud, no con murmuración. Cuando hacemos todas las cosas sin quejarnos, le damos gloria a Aquel que nos da un sinfín de razones para alabarle.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Marissa Henley
Marissa Henley

Marissa Henley es autora de Loving Your Friend through Cancer: Moving beyond “I’m Sorry” to Meaningful Support [Amando a tu amigo en medio de su cáncer: Yendo más allá de “Lo Siento” para dar un apoyo significativo].

La gratitud en medio de la pérdida

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Serie: Gratitud

La gratitud en medio de la pérdida

Michael S. Beates

Nota del editor: Este es el noveno de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Ser agradecido es valorar los beneficios recibidos, sentir gratitud. Pero ¿cómo puede alguien ser agradecido cuando los sueños se esfuman? ¿O cuando somos golpeados por la enfermedad, la discapacidad, la traición de los amigos más cercanos o cualquier otra pérdida irrecuperable? ¿De dónde viene la gratitud cuando las providencias difíciles parecen robarle el gozo al futuro? Este era el dilema de Job. Luego de haber perdido prácticamente todo menos el aliento, Job deseó no haber nacido nunca.

Yo he estado allí. Recuerdo momentos en los que mi amada esposa y yo nos hemos dicho el uno al otro (¡en voz alta!): “¿Acaso no sería mucho más fácil morir y estar con Cristo que continuar en esta tristeza y desazón?”.

Debido a que somos seres humanos, tenemos tanto recuerdos del pasado como anhelos para el futuro. Sin embargo, cuando los recuerdos del pasado nos causan dolor y los anhelos para el futuro son imposibles de cumplir (en esta vida), la gratitud es una cosa difícil pero preciosa de cultivar. Aun así, debemos cultivarla. Debemos protegerla, nutrirla, regarla y cuidarla con todas nuestras fuerzas, como si fuera una planta frágil con un pequeño tallo que brota. Alguien ha dicho: “Dios no desprecia los comienzos pequeños”. Y la Escritura nos recuerda que Él “no quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo mortecino; con fidelidad traerá justicia” (Is 42:3). Esto es alentador.

Al escribir esto, me doy cuenta de que hace casi exactamente treinta y ocho años murieron muchos sueños para mi esposa y para mí. A nuestra primogénita, Jessica, le diagnosticaron discapacidades severas ocasionadas por una anomalía cromosómica. Ella necesitaría cuidado total durante el resto de su vida. Nunca iba a caminar, hablar, ni tener una vida significativa (al menos ante los ojos del mundo). Se esfumó el sueño de verla desarrollarse y convertirse en jovencita, de dar su mano en matrimonio, de jugar con sus hijos en mi regazo cuando fuera anciano. De inmediato, ya no pensábamos en lo que podríamos hacer, sino a lo que nunca más podríamos hacer debido al cuidado que requería su vida.

Las pérdidas más profundas producen en nosotros la esperanza del gozo y el contentamiento más profundos.

Poco después de eso, en nuestra búsqueda de información, me encontré con una frase fascinante que describía nuestra vida en ese momento: tristeza crónica. Piensa en esas palabras por un momento. Cada vez que veíamos a otros padres cumplir metas con sus hijos, experimentábamos la tristeza de no verlas en nuestra amada hija.

J.R.R. Tolkien nos ayuda a comprender esta realidad. En su ensayo “Sobre los cuentos de hadas”, dice que la esperanza de un final feliz (en los cuentos)

no niega la existencia de la discatástrofe, de la tristeza y del fracaso: la posibilidad de éstos se hace necesaria para el gozo de la liberación; niega (ante muchas evidencias, por así decirlo) la completa derrota final, y en este sentido es evangelium [“buenas noticias” en griego], ya que ofrece un fugaz resplandor de Gozo, Gozo que trasciende las murallas de este mundo, tan conmovedor como la tristeza misma.

Luego, expandiendo esta idea en una carta a su hijo Christopher en 1944, Tolkien dijo:

La Resurrección fue la mayor “eucatástrofe” posible en el Cuento de Hadas más grandioso, y produce esa emoción esencial: el gozo cristiano que produce lágrimas porque tiene cualidades muy similares a la tristeza, ya que viene de esos lugares donde el Gozo y la Tristeza se reconcilian en armonía, cuando el egoísmo y el altruismo se ven perdidos en el Amor.

¿Lo viste? El gozo y la tristeza están tan íntimamente relacionados que ambos producen lágrimas. En la gran historia de Dios, las pérdidas más profundas producen en nosotros la esperanza del gozo y el contentamiento más profundos. Esto no tiene sentido ante los ojos del mundo, pero es la naturaleza del Evangelio.

Hay un poema magnífico escrito por Emily Kingsley que se titula “Bienvenido a Holanda”. Como madre de un niño discapacitado, Kingsley dice que la pérdida es como planificar un viaje a Italia para ver las maravillas de la arquitectura, el arte y el Renacimiento del sur de Europa, pero cuando te bajas del avión, te das cuenta de que llegaste a Holanda. Los vientos del Mar del Norte son brutales; los colores están apagados; el arte, la cultura y el idioma no son lo que esperabas. Pero aun así, si estás dispuesto, puedes encontrar belleza en los tulipanes y los molinos de viento. Ella concluye: “Si pasas el resto de tu vida lamentándote por no haber podido llegar a Italia, nunca serás libre para disfrutar de las cosas tan especiales y tan maravillosas… que tiene Holanda”. Sé agradecido por las pequeñas bendiciones. Cultívalas para que produzcan gozo.

Joni Eareckson Tada nos recuerda que “a veces Dios permite lo que Él odia para producir cosas que Él ama”, aun nuestra santificación y nuestra salvación. Hay una verdad profunda en esta afirmación, que informa nuestra comprensión de la gratitud incluso en los tiempos de pérdida.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Michael S. Beates
Michael S. Beates

El Dr. Michael S. Beates, ex Director Adjunto de Tabletalk Magazine, ha impartido clases en el Reformed Theological Seminary, en Florida Southern College y en Belhaven College.

La gratitud y la bondad soberana de Dios

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Serie: Gratitud

La gratitud y la bondad soberana de Dios

Eric J. Alexander

Nota del editor: Este es el octavo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Cuando pienso en mi infancia, aún recuerdo vívidamente la manera en que mis padres trabajaron duro para enseñar a sus hijos la importancia de la gratitud.

Cuando llegaba alguna visita con regalos para nosotros, siempre se nos preguntaba: “¿Qué se dice?”. Inmediatamente respondíamos: “Muchísimas gracias”, enfatizando la palabra muchísimas si estábamos muy agradecidos. Cuando los invitados se marchaban, mi madre nos recalcaba cuán amables y generosos habían sido con nosotros.

Cuando la salvación en Cristo llegó a nuestro hogar, no fue sorprendente para nosotros aprender que la Escritura nos instaba a “[dar] gracias en todo” (1 Tes 5:18). Por supuesto, la causa básica para la gratitud era que Dios el Padre no escatimó a Su propio Hijo, sino que lo entregó para morir en la cruz y así lograr nuestra salvación. Pero más que eso, la naturaleza y la práctica de Dios era derramar Su bondad sobre Sus criaturas, por lo que Su pueblo cantaba: “Ciertamente Dios es bueno para con Israel”, e instaba a otros: “Probad y ved cuán bueno es el Señor”.

Esto me impresionó tanto que hasta recuerdo la primera vez que me explicaron el capítulo ocho de Romanos cuando era adolescente. Romanos 8:28 dice que “para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien”. Pablo no está diciendo meramente que Dios le da buenas dádivas a Su pueblo. En realidad, él está asegurándole a cada creyente que hay un Dios soberano obrando en toda circunstancia (incluyendo los padecimientos del versículo 17 y los gemidos del versículo 23) para el bien eterno de Su pueblo. John Stott comenta: “Nada sobrepasa el alcance supremo de Su providencia”.

No hay área de la vida en la que Dios no esté misericordiosamente comprometido a suplir constantemente nuestras necesidades.

J.I. Packer señala que la palabra bíblica para esto es “gracia”, tanto la gracia común como la especial. La gracia común se refiere a las bendiciones de nuestra vida diaria, mientras que la gracia especial se refiere a la bendición de la salvación de Dios. Sobre la primera, Packer dice: “Cada alimento, cada placer, cada posesión, cada destello de luz del sol, cada sueño nocturno, cada momento de salud y seguridad, y todo lo demás que sostiene y enriquece la vida es un don divino”. Es significativo que la raíz anglosajona de donde proviene la palabra God [Dios] significa “good” [bueno]. A. W. Pink añade: “Su bondad no se deriva de nada: es la esencia de Su naturaleza eterna”.

Ahora, a la luz de todo esto, no es sorprendente que la Biblia suela asociar la bondad de Dios con nuestra gratitud, sobre todo en los Salmos: “Dad gracias al Señor, porque Él es bueno” (Sal 107:1). 

Para el cristiano, la ingratitud no solo evidencia una ausencia de buenos modales. Es un pecado contra el Dios que no escatimó a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros. A medida que crecemos en experiencia cristiana y en nuestro conocimiento de la Escritura, descubrimos que la naturaleza y la práctica diaria de Dios es derramar Su bondad sobre Su pueblo, cubriendo cada área de la vida. Su gracia y poder son más que suficientes para suplir lo que es bueno para nosotros, tanto espiritualmente como materialmente. Con razón podemos cantar alegremente: “Loemos a Dios por Su bondad, el amigo inmutable, fuerte y fiel; Su poder a Su amor es igual, sin medida ni fin por siempre. Amén”.

Por supuesto, es importante clarificar, tanto para nosotros mismos como para nuestros hijos, que “toda buena dádiva y todo don perfecto” no es una referencia a la prosperidad material. Podría o no incluir eso, pero en Romanos 8:28 Pablo nos dice: “Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito”. Y allí mismo dice claramente cuál es ese propósito: que sean “hechos conforme a la imagen de Su Hijo”. Por lo tanto, lo que más le importa a Dios es nuestro bienestar espiritual, que desarrollemos una verdadera similitud a Cristo. Ahora, eso no debería cegarnos a la verdad que Pablo detalla en el mismo capítulo de que “el que no eximió ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos concederá también con Él todas las cosas?” (v. 32). “Todas las cosas” debe incluir tanto los dones materiales como los espirituales. No hay área de la vida en la que Dios no esté misericordiosamente comprometido a suplir constantemente nuestras necesidades (nota, no necesariamente lo que queremos o deseamos) y en la que no esté demostrando Su absoluta suficiencia para cada uno de Sus hijos. A la luz de esto, el salmista nos insta a decir: “Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de Sus beneficios” (Sal 103:2). Y Pablo hubiera añadido felizmente: “Y hazme más como Jesús”.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Eric J. Alexander
Eric J. Alexander

El Rev. Eric J. Alexander es un ministro retirado de la Iglesia de Escocia. Estuvo sirviendo recientemente como ministro principal de St. George’s-Tron Church en Glasgow hasta su retiro. Es el autor de Our Great God and Saviour [Nuestro gran Dios y Salvador].

Cuando no siento gratitud

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Serie: Gratitud

Cuando no siento gratitud

Eric Kamoga

Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Dios ha provisto la manera para que los cristianos enfrenten el pecado: el Evangelio de la gracia, que presupone el odio de Dios hacia el pecado. Dios perdona porque otro ha tomado el castigo por nuestro pecado. El remedio para la ingratitud es la gloriosa gracia de Dios en Cristo, sucintamente capturada en Romanos 8:32: “El que no eximió ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos concederá también con Él todas las cosas?”. Contemplar la gracia no solo conduce al arrepentimiento, pues resalta lo abominable de la ingratitud, sino que también produce agradecimiento, porque muestra la generosidad de Dios.

El descontento con la provisión de Dios produce codicia e ingratitud. Adán y Eva no consideraron que la generosa provisión de Dios en Su creación y Su presencia fueran suficientes. En incredulidad y codicia, se aferraron a lo que veían como una necesidad que Dios, obrando sin amor, había fallado en satisfacer. Dios no sólo juzgó su pecado sino que también misericordiosamente prometió y proveyó redención en Cristo (Gn 3). La persona ingrata arremete contra el amor y la generosidad del Padre, rehusando honrar a Dios como el Dador verdadero de todas las cosas buenas, buscando en las dádivas lo que se encuentra solo en el Dador (Ro 1:21-23Stg 1:17). La ingratitud surge cuando no valoramos correctamente el tesoro que ya tenemos.

El contentamiento es la base de la gratitud.

Para curar la ingratitud, uno debe apreciar los dones otorgados dentro del contexto de las bendiciones perdurables dadas en Cristo (Ef 1:3). Sentir gratitud por las bendiciones temporales de Dios, aunque bueno y necesario, es insuficiente. La gratitud por los alimentos diarios no se limita a la comida física sino que se extiende y apunta al alimento espiritual diario y a la fiesta del Cordero que se aproxima (Ap 19:7-10). Israel se quejó por la ausencia de los manjares egipcios, no solo porque había olvidado lo que Dios había hecho, sino porque una dieta variada parecía ser un tesoro más deseable que Dios mismo, quien estaba en medio de ellos, y lo que Él estaba haciendo, a saber, mostrándoles la necesidad que tenían del Pan celestial y Su poder de provisión (Nm 11:4-6Dt 8:2-5Jn 6:25-35). Ellos no recibieron la ausencia de una dieta variada como un regalo. Cuando Israel prosperó, seguían siendo ingratos porque se enfocaban en las dádivas en lugar del Dador. 

En contraste, Pablo tenía contentamiento en cada situación, tanto en la abundancia como en la escasez, porque él estaba satisfecho en el Dador de todas las circunstancias (Fil 4:12). Él tenía contentamiento y, por lo tanto, sentía gratitud porque sabía que tenía el mejor regalo posible, Cristo en nosotros, y porque recibió todas las circunstancias, incluyendo las pruebas, como regalos de un Padre amoroso (Ro 5:1-5Heb 12:3-1113:5-6). Contentos por nuestro perdurable tesoro, podemos recibir gratamente todas las circunstancias como de la mano amorosa de nuestro Padre (Mt 13:44-46Ro 8:2833-39). El contentamiento es la base de la gratitud.

Si y cuando uno cae en la ingratitud, apreciar la generosidad de Dios en Cristo es una parte necesaria del arrepentimiento. El arrepentimiento nunca es solamente acerca del pecado y del odio hacia este (2 Co 7:10). Judas Iscariote lamentó su pecado pero se ahorcó (Mt 27:3-5). El verdadero arrepentimiento también pondera y recibe la gracia de Dios otorgada en Cristo. Una vez que consideramos la generosa provisión de Dios, podemos ver la ingratitud correctamente en el contexto de la gracia y clamar: “Estoy agradecido; ayuda mi ingratitud”. Debido a que la respuesta de Dios a la ingratitud es una provisión adicional de Su gracia inagotable y una entrega continua de todas las cosas en Cristo, podemos descansar en esta gracia a pesar de la tensión con la que vivimos mientras esperamos nuestra perfección como hijos de Dios, quienes, como Cristo, seremos perfectamente agradecidos.

El enfocarnos en la provisión de Dios en Cristo, nos ayuda a recibir la gracia para nuestro inexcusable pecado de la ingratitud, dar gracias y recordar el regalo más grande que ya tenemos y tendremos para siempre: Cristo, Dios con nosotros. Este es el antídoto para la tentación de creer que somos indignos del amor de Dios por nuestra ingratitud o que Dios nos está privando de algo bueno. Nuestros primeros padres sucumbieron ante esta última tentación aun cuando Dios ya había provisto lo que ellos buscaban al crearlos en Su propia imagen y semejanza. Su fe, demostrada por medio a la obediencia, habría resultado en la consumación del estatus de ser como Dios. Dios ha garantizado nuestra perfección en Su semejanza al sellarnos con Su Espíritu (Ef 1:134:24Col 3:4101 Jn 3:2). Tener contentamiento en esta provisión eterna, entendida por medio de la fe, produce que el arrepentimiento y la acción de gracias surjan espontáneamente de corazones perdonados.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Eric Kamoga
Eric Kamoga

Eric Kamoga es profesor en el Africa Reformation Theological Seminary en Kampala, Uganda, y estudiante de doctorado en el Westminster Theological Seminary en Filadelfia.

¿Es necesario terminar cada oración con “en el nombre de Jesús”?

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Serie: Gratitud

¿Es necesario terminar cada oración con “en el nombre de Jesús”?

Mantle A. Nance

Nota del editor: Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Jesús enseñó repetidamente a Sus discípulos a orar en Su nombre (Jn 14:13-1415:1616:23-24). Orar en el nombre de Jesús es reconocer que nuestro acceso a Dios en oración es solo a través de Jesús. Como pecadores, estamos separados de Dios y hemos perdido la comunión con Él. A través de la fe en Cristo solo, nuestra comunión con Dios es restaurada. Por gracia, el Espíritu Santo nos une a Cristo y nos concede entrada a la comunión —la vida de oración— que Jesús tiene con Su Padre celestial, de tal manera que, como hijos adoptivos de Dios, podemos llamar al Padre de Jesús nuestro Padre y experimentar una comunión íntima y vivificante con Él (Mt 6:9Rom 8:15).

Cuando consideramos nuestra pecaminosidad y la santidad de Dios, podemos perder la motivación para orar. Puede que creamos que Dios no quiere saber de nosotros debido a nuestros fracasos o que Él está cansado de escucharnos confesar los mismos pecados o hacer las mismas peticiones una y otra vez. La buena noticia es que cuando los creyentes invocan al Padre en oración, lo hacemos en el precioso nombre de Jesús y cubiertos en Su justicia. El Padre se deleita en responder a cualquiera que lo invoque en el nombre de Su Hijo. Nuestras oraciones son «aceptas en el Amado» y son escuchadas tan claramente como las oraciones del Cristo intercesor (Ef 1:6Heb 7:25).

Es correcto y sabio decir las palabras «en el nombre de Jesús» cuando oramos.

Estas maravillosas verdades a veces llevan a los cristianos a preguntarse: ¿es necesario terminar cada oración con «en el nombre de Jesús»? O dicho de otra manera, ¿necesitamos decir las palabras «en el nombre de Jesús» cada vez que oramos? No creo que estemos obligados a decir «en el nombre de Jesús» cada vez que oramos. Lo importante es que reconozcamos en nuestro corazón que nuestro acceso a Dios en oración es solo a través del «[único] mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre» (1 Tim 2:5).

Habiendo dicho esto, es correcto y sabio decir las palabras «en el nombre de Jesús» cuando oramos. Hacer esto honra la exclusiva obra mediadora de Jesús y por lo tanto glorifica al Padre que lo escogió para ser el Sumo Sacerdote de Su pueblo (Heb 5:5). También honra y expresa la obra del Espíritu que, como dijo Benjamin Morgan Palmer, crea una «empatía viva» entre los santos que oran en la tierra y el Cristo que intercede en el cielo, conduciéndonos a orar con Cristo «Abba, Padre» (Gál 4:6). Además, decir «en el nombre de Jesús» cultiva la confianza en nosotros y en aquellos con quienes oramos para acercarnos al trono de la gracia con confianza, sabiendo que nuestro Padre se deleita en escuchar y responder a todos los que oran en el nombre de Su Hijo (Heb 4:16).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Mantle A. Nance
Mantle A. Nance

El Dr. Mantle A. Nance es pastor de la iglesia presbiteriana Ballantyne en Charlotte, N.C.

Cómo la gratitud moldea nuestro servicio

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Serie: Gratitud

Cómo la gratitud moldea nuestro servicio

Steffen Mueller

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Todo cristiano debería ser profundamente agradecido por múltiples razones. Encontramos algunas de ellas en Colosenses 3:12-17, donde se enumeran las características de las que debemos revestirnos “como escogidos de Dios, santos y amados” (v. 12). 

Dios no nos escogió porque somos más inteligentes, más fuertes o mejor preparados teológicamente que otros, sino por el simple hecho de que Él nos ama. Esto debería humillarnos y a la vez regocijarnos. En Cristo somos santos y somos hijos de Dios, amados por toda la eternidad. Con esta realidad en mente, tú y yo, como creyentes, deberíamos ser humildes cuando interactuamos con otras personas. No somos mejores que ellas; es solo por la gracia de Dios que hemos recibido el perdón de Dios (v. 13) y el amor de Dios. Por lo tanto, debemos amar y servir a Dios en primer lugar, y luego a otras personas. Marcos 10:45 dice: “Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir, y para dar Su vida en rescate por muchos”.

Un corazón agradecido

No obstante, cuando interactuamos más de cerca con las personas, no nos toma mucho tiempo notar que la gente puede ser complicada y que es pecaminosa. Así que la pregunta es: ¿Cómo reaccionamos? ¿Tendríamos que alejarnos de las personas, por lo menos hasta cierto punto, y mostrarles menos amor y menos servicio centrado en Cristo?

Al pasar mucho tiempo en la Palabra de Dios y al cantar con corazones agradecidos a nuestro gran Dios, somos fortalecidos en nuestro hombre interior para amar y servir.

El mensaje del Evangelio es precisamente lo contrario: ya que tú y yo somos complicados y pecaminosos, Jesucristo vino a salvarnos de nuestros pecados y a hacernos cada vez más como Él. Mientras más crezcamos en semejanza a Cristo, menor será nuestra tendencia a alejarnos de las personas y a negarles nuestras vidas y nuestro servicio. En Colosenses 3:14, Dios dice: “Y sobre todas estas cosas, vestíos de amor, que es el vínculo de la unidad”. Un corazón agradecido se manifiesta en el servicio amoroso a Dios y a otras personas. Mientras más agradecidos seamos por la gracia y el amor de Dios en nuestras vidas, mayor será nuestra disposición, compromiso y determinación a amar y servir a otros, aun cuando sean difíciles y pecaminosos.

Libertad para servir

Como pastor, a veces me canso de la gente complicada y pecaminosa. En esos momentos, tengo que recordarme a mí mismo que Jesús nunca se da por vencido conmigo y que nunca deja de amarme y servirme. En Colosenses 3:15, Dios nos dice: “Y que la paz de Cristo reine en vuestros corazones, a la cual en verdad fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos”. Es la paz de Cristo, el hecho de que Jesús me ha perdonado por completo y me ama perfectamente, la que me ayuda a amar y servir a otros. No necesito que otras personas me den algo de amor o de respeto para yo servirles (aunque todos queremos que ser amados y respetados). Solo en Cristo encuentro paz perfecta, aceptación perfecta, amor perfecto y fidelidad perfecta. Nadie me ama más que Jesucristo, y nadie está más comprometido conmigo que Jesucristo. Eso me da una paz que sobrepasa el entendimiento y me libera para amar y servir a otras personas incondicionalmente.

Fortaleza mediante la adoración

Una manera práctica en la que podemos ser fortalecidos para vivir en conformidad a estas grandes verdades se presenta en Colosenses 3:16, donde Pablo dice: “Que la palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros, con toda sabiduría enseñándoos y amonestándoos unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en vuestros corazones”. Al pasar mucho tiempo en la Palabra de Dios y al cantar con corazones agradecidos a nuestro gran Dios, somos fortalecidos en nuestro hombre interior para amar y servir. El versículo 17 es un cierre maravilloso para este precioso pasaje bíblico: “Y todo lo que hacéis, de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de Él a Dios el Padre”.

Hay un sinfín de razones por las que debemos estar agradecidos de Dios. Mencionaré una más. En Hebreos 12:28-29, Dios nos dice: “Por lo cual, puesto que recibimos un Reino que es inconmovible, demostremos gratitud, mediante la cual ofrezcamos a Dios un servicio aceptable con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor”. El hecho de que el Reino de Dios sea inconmovible nos da seguridad y paz, y es un gran estímulo para servir a nuestro Dios santo, adorándolo con temor y reverencia. Que solo a Dios sea la gloria.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Steffen Mueller
Steffen Mueller

El Rev. Steffen Mueller está plantando la iglesia Gospel Church München en Múnich, Alemania.