Ayudando a nuestros hijos a ser agradecidos

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Gratitud

Ayudando a nuestros hijos a ser agradecidos

Melissa Kruger

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Todos salimos llorando de la heladería. Lo que debió ser una divertida salida de verano terminó siendo una crisis familiar. Tan solo cinco minutos antes, habíamos entrado a la heladería emocionados y sonrientes. Sin embargo, mientras les explicaba a mis tres hijos que solo podían ordenar una bola de helado (en lugar de algo más costoso con siropes y chispas por encima), sus rostros cambiaron y comenzaron a quejarse. Al ver sus reacciones, me di cuenta de que era hora de enseñarles una dura lección. “Nos vamos todos al auto. Hoy no compraremos helado”.

Mis hijos me miraron sorprendidos, y luego con lágrimas en sus ojos. Yo también lloraba. Hay veces que enseñar una lección duele tanto como aprenderla. Yo deseaba comer ese rico helado con mis hijos, pero mi mayor preocupación era sus corazones. Si no podían ser agradecidos con una bola de helado porque vieron algo mejor, ¿cómo aprenderían a ser agradecidos en un mundo que siempre está incitándoles a querer más?

Este mundo nunca nos dará satisfacción. Tampoco le dará satisfacción a nuestros hijos.

Cultivar el agradecimiento en nuestros hijos no es una tarea sencilla. Vivimos en un mundo caído, por lo que toda la vida será una mezcla de bendiciones y dificultades. Aun como adultos, somos tentados a enfocarnos en lo que nos falta, en lugar de regocijarnos por lo que ya hemos recibido. Tendemos a sentirnos merecedores de lo bueno y a sorprendernos de las dificultades. Sin embargo, con la ayuda del Espíritu, podemos entrenar nuestras mentes para que lleven todo pensamiento cautivo (2 Co 10:5) y ayudar a nuestros hijos para que aprendan a ser agradecidos aun cuando las circunstancias no estén a la altura de nuestras expectativas o esperanzas.

Beneficiarios agradecidos 

Una de las primeras maneras en las que modelamos una vida de agradecimiento es expresándolo a nuestros hijos. Aunque parezca contradictorio, pedir a nuestros hijos que ayuden en el hogar les da oportunidades para crecer en gratitud (aunque se quejen). A los hijos les encantan los elogios de sus padres. Cuando se esfuerzan y les decimos: «¡Buen trabajo!» o «¡Estoy muy orgulloso de ti!», ellos aprenden la importancia de mostrar aprecio a los demás.

También aprenden el esfuerzo que requieren las tareas del hogar, lo cual les ayuda a ser más agradecidos cuando otra persona les sirve. Cada noche después de la cena, mis hijos limpian todas las ollas y sartenes, recogen los platos y limpian las mesetas. Algunas noches, cuando están ocupados haciendo sus tareas escolares o practicando algún deporte, me ofrezco a limpiar la cocina por ellos. Sus rostros siempre se iluminan con profunda gratitud, una gratitud que no tendrían si fuera yo quien limpiara la cocina todas las noches. Son fieles en devolverme (con abrazos y palabras de ánimo) el agradecimiento que han recibido.

Practicando el agradecimiento

Incorporar ejercicios de agradecimiento en nuestras rutinas diarias es otra manera de ayudar a nuestros hijos a crecer en gratitud. Enseñarles a decir “gracias” por una tarde de juegos, a expresar gratitud por el almuerzo o a escribir notas de agradecimiento junto con los regalos son ejercicios sencillos que ayudan a nuestros hijos a entender la importancia de ser agradecidos.

A medida que leemos la Biblia con nuestros hijos y les enseñamos a orar, ellos aprenden a dar gracias a Dios, el Dador de toda buena dádiva y todo don perfecto (Stg 1:17). Pueden darle las gracias como Creador por los patios de recreo, las mascotas, los maestros, la familia, la iglesia y su peluche favorito. Pueden regocijarse en la sabiduría, el poder y la misericordia de Dios al aprender sobre las historias del Antiguo Testamento. Pueden dar gracias a Dios por Su amor, gracia y perdón al aprender sobre Jesús.

Nuestros hijos también aprenden a ser agradecidos por las oportunidades que tienen de dar generosamente. Ya sea compartiendo su juguete favorito con un amigo o colocando parte de su mesada en el plato de las ofrendas, a medida que ellos dan fielmente a los demás, experimentan la veracidad de las palabras de Jesús: “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hch 20:35). Los hábitos que tenemos en el hogar fomentan hábitos de agradecimiento en las vidas de nuestros hijos.

Ejemplos de agradecimiento 

La manera más poderosa (y quizá la más difícil) de enseñar a nuestros hijos a ser agradecidos es a través de nuestro propio ejemplo. Pablo nos exhorta: “Estad siempre gozosos; orad sin cesar; dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para vosotros en Cristo Jesús” (1 Tes 5:16-18). ¿Las circunstancias te roban el gozo? ¿Es la queja un hábito en tu hogar? ¿Suele haber palabras de agradecimiento en tus labios? El ejemplo que damos a nuestros hijos les enseña en maneras que nuestras palabras nunca podrían hacerlo.

Este mundo nunca nos dará satisfacción. Tampoco le dará satisfacción a nuestros hijos. A medida que pongamos nuestra esperanza en algo mejor, en algo eterno, en algo que está por venir, nuestros hijos aprenderán de nuestro ejemplo. Nuestro agradecimiento no debe depender de lo bueno que haya sido nuestro día, sino de lo bueno que es nuestro Dios.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Melissa Kruger
Melissa Kruger

Melissa Kruger es coordinadora del ministerio de mujeres en la iglesia Uptown Church de Charlotte, Carolina del Norte. Es autora de varios libros, entre ellos The Envy of Eve [La envidia de Eva]. Es la maestra destacada en la serie de Ligonier titulada Contentment [El contentamiento].

Agradecimiento y generosidad

Ministerios Ligonier

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Serie: Gratitud

Agradecimiento y generosidad

Lowell A. Ivey

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

“¡Mío! ¡Yo lo tenía primero!”. Soy padre de cuatro niños pequeños, así que estas palabras resuenan con regularidad en mi hogar. Mis hijos saben que entristecen el corazón de su padre cuando se hablan de esta manera. Saben que la Biblia les enseña a ser “amables unos con otros” (Ef 4:32). Y saben que “el amor… no es jactancioso, no es arrogante… no busca lo suyo” (1 Co 13:4-5). Así que ¿por qué les cuesta tanto vivir conforme a lo que saben? 

Las palabras son pequeñas ventanas al corazón. Con bastante frecuencia, las palabras de mis hijos me llevan a reflexionar en mis propias actitudes hacia Dios. ¿Cómo se ven mi egoísmo y mi ingratitud a los ojos de Aquel que envió a Su Hijo unigénito para pagar por mi pecado? ¿Qué dice mi renuencia a dar libremente de mis tesoros terrenales acerca de mi amor (o falta de amor) por Aquel que me amó primero? 

Hace poco, caminaba con un grupo de compañeros de ministerio en una ciudad concurrida. En la acera, recostado de un edificio, había un anciano sosteniendo un cartel que decía: “No tengo hogar, ¡ayúdenme, por favor!”. Al igual que los demás pastores en el grupo, evité hacer contacto visual y seguí caminando. Al mismo tiempo, me sentí intensamente culpable por no haberme detenido a reconocer la existencia (y la miseria) de otro ser humano creado a imagen de Dios.

La generosidad comienza en el corazón. Comienza cuando dejamos de lamentarnos por aquellas cosas a las cuales hemos renunciado y comenzamos a regocijarnos por todo lo que hemos ganado en Cristo.

“Dios ama al dador alegre” (2 Co 9:7). Al leer estas palabras de las Escrituras, ¿pensamos en lo que requieren de nosotros más que en lo que revelan acerca del corazón de Dios? 

Observa con cuidado las dos primeras palabras: “Dios ama”. Dios es un Padre misericordioso y generoso con Sus hijos, a pesar de que somos indignos y pecadores. Él no necesita nada de nosotros. Él es el Creador de los confines de la tierra. Él creó las galaxias de la nada. No hay nada que tengamos que no venga del corazón paternal de Dios. De tal manera amó Dios al mundo que dio. Él nos dio a Su Hijo en la cruz. Él nos da Su Espíritu para conformar nuestro corazón al Suyo.

“Dios ama al dador alegre”. Pero nos engañamos a nosotros mismos si asumimos que Él nos ama porque somos dadores alegres por naturaleza. Más bien, Dios ama a pecadores impíos e ingratos como tú y como yo, y nos transforma en dadores alegres. Algo que hace solo por gracia, únicamente por medio de la fe en Cristo. 

Entonces ¿qué significa ser un dador “alegre”? Significa ser un dador gozoso, un dador generoso. Significa no dar de mala gana ni por obligación (2 Co 9:7). Observa el contexto más amplio:

Que cada uno dé como propuso en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al dador alegre. Y Dios puede hacer que toda gracia abunde para vosotros, a fin de que teniendo siempre todo lo suficiente en todas las cosas, abundéis para toda buena obra… Y el que suministra semilla al sembrador y pan para su alimento, suplirá y multiplicará vuestra sementera y aumentará la siega de vuestra justicia; seréis enriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual por medio de nosotros produce acción de gracias a Dios (2 Co 9:7-810-11).

Ser un dador alegre significa reconocer que Dios “suministra semilla al sembrador y pan para su alimento”, y que Él también es capaz, por medio de nuestra generosidad alegre, de enriquecernos espiritualmente, particularmente en la gracia del agradecimiento. Un dador alegre no solo es un dador generoso, sino que también es un dador agradecido. Un dador alegre está agradecido con Dios por el don de la salvación en Cristo Jesús. Un dador alegre está agradecido por cada oportunidad que Dios le da de participar en Su obra de llamar a pecadores al arrepentimiento y a la vida eterna. Un dador alegre sabe que no hay nada que tenga que no haya venido de la mano generosa de Dios, y quiere que toda su vida sea un coro incesante de alabanza y gratitud hacia el Padre por habernos dado a Su Hijo. 

¿Eres un cristiano generoso? La generosidad comienza en el corazón. Comienza cuando dejamos de lamentarnos por aquellas cosas a las cuales hemos renunciado y comenzamos a regocijarnos por todo lo que hemos ganado en Cristo. Comienza cuando nuestro tesoro está en los cielos, y no en la tierra. Comienza cuando podemos decir, en cualquier circunstancia y con todo nuestro corazón: “¡Gracias a Dios por Su don inefable!” (2 Co 9:15).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Lowell A. Ivey
Lowell A. Ivey

El Rev. Lowell A. Ivey es el pastor organizador de Reformation Presbyterian Church en Virginia Beach, Va.

La ingratitud como raíz del pecado

Ministerios Ligonier

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Serie: Gratitud

La ingratitud como raíz del pecado

William B. Barcley

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Cuando mi sobrina tenía dos años y medio, mi hermana y mi cuñado la llevaron a visitar a unos amigos. Cuando llegaron, la hija de esos amigos, que tenía seis años, llevó a mi sobrina a otro cuarto para jugar con ella mientras los adultos conversaban. Luego de unos veinte minutos, la niña de seis años regresó a donde estaban los adultos exasperada. Había estado jugando un juego en el que tenía que pasarle decenas de fichas a mi sobrina. La pequeña se quejaba, diciendo: “Cada vez que le paso una ficha, me dice ‘gracias’ y espera que yo le diga ‘de nada’”. Ese había sido el “diálogo” constante durante veinte minutos, y la niña más grande ya estaba frustrada.

La ingratitud y el orgullo van de la mano. Donde vaya uno, allá lo acompaña el otro.

Enseñar a nuestros hijos a dar las gracias y a tener un espíritu agradecido es parte importante de la paternidad cristiana. La razón es que nuestro Padre celestial exige que Sus hijos estén llenos de acciones de gracias. La gratitud es esencial para el seguidor de Jesucristo. Por otro lado, la ingratitud es pecado y es la raíz de otros pecados.   

Dios creó al hombre —y luego recreó a Su pueblo— para que lo adorara a Él. En la obra clásica llamada El contentamiento cristiano… una joya rara, Jeremiah Burroughs escribe: “Adorar no es simplemente hacer lo que a Dios le agrada, sino también agradarse de lo que Dios hace”. La adoración incluye deleitarse en todo lo que Dios trae a nuestras vidas y dar gracias por ello, en todas las circunstancias. Un corazón agradecido es un corazón que adora. El corazón ingrato es incapaz de adorar a Dios. 

En Romanos 1:18 – 3:20, Pablo detalla exhaustivamente el pecado humano y la condenación divina. Ninguna persona queda excluida (“todos pecaron”). Ningún matiz del pecado queda en el tintero: abarca desde la codicia hasta la malicia, desde la envidia hasta el asesinato, desde el chisme hasta la difamación, desde el odio contra Dios hasta la desobediencia a los padres, desde la rebeldía hasta la justicia propia, desde el hacer lo malo hasta el inventar lo malo, y desde la comisión de pecados hasta la aprobación de los que cometen pecado. Sin embargo, la raíz de todos estos males es que la humanidad no honra a Dios como a Dios ni le da gracias (1:21).

En esencia, la ingratitud es un rechazo de Dios. Es un rechazo de Él como Creador y Gobernador de todas las cosas. Es un rechazo de Dios como el dador de la vida, el dador de toda bendición, ya sea esperada o inesperada, placentera o dolorosa. Aun cuando estuvo encarcelado, Pablo se regocijó y exhortó a los filipenses a que se regocijaran con él. Exhortó a otros a que siempre dieran gracias. Los creyentes tenemos espíritus agradecidos porque reconocemos que todo lo que tenemos, todos los lugares donde nos encontramos e incluso todo lo que somos viene de la mano de Dios, para Su gloria y para nuestro bien.

Los cristianos, al igual que mi sobrina, reconocemos que todo lo que tenemos es un regalo. Dios nos ha dado todo: la vida, la salvación y todo lo que forma parte de la vida en este mundo y en el venidero. Cada día, cada momento, debería estar lleno de acciones de gracias. Dios es bueno, y todo lo que Él hace y otorga es para nuestro bien. Todo es un regalo.

Imagina que un hijo de padres ricos que ha recibido regalos costosos, asistido a las mejores escuelas y vivido en comodidad y seguridad le dice a sus padres: “Ustedes nunca me dieron lo suficiente”. Diríamos que ese hijo es un malcriado, un malagradecido. Sin embargo, cada uno de los regalos que Dios da a Sus propios hijos es infinitamente mejor: más lujoso, moldeado a la perfección para cada circunstancia, siempre para nuestro bien y siempre inmerecido. ¡Qué hijos tan malcriados somos si no le damos gracias constantemente!

Tiene sentido, entonces, que la ingratitud sea una característica de la apostasía en “los últimos días”. Pablo escribe: “Pero debes saber esto: que en los últimos días… los hombres serán amadores de sí mismos, avaros, jactanciosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, irreverentes…” (2 Tim 3:1-2). Tiene sentido que los “amadores de sí mismos”, los “jactanciosos”, los “soberbios” y los “ingratos” estén en el mismo grupo. La persona ingrata se cree el centro del mundo. Cree que se ha ganado todo lo que tiene. Para ella, nada es un regalo.

Pablo muestra la ingratitud como la raíz de un sinfín de problemas en la iglesia de Corinto. Escribe: “¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?” (1 Co 4:7). Los miembros de la congregación no reconocían que todo lo que tenían era un regalo de Dios. En cambio, eran soberbios y presumidos. 

Aquí, entonces, vemos al pecado “original” supremo asomando su horrible cabeza: el pecado del orgullo. La ingratitud y el orgullo van de la mano. Donde vaya uno, allá lo acompaña el otro. Un corazón orgulloso es un corazón ingrato que está en enemistad contra Dios. Cristiano, todo lo que tienes es un regalo. Agradécele a Dios constantemente por ello.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
William B. Barcley
William B. Barcley

El Dr. William B. Barcley es el ministro principal de la Iglesia Presbiteriana Gracia Soberana en Charlotte, Carolina del Norte, profesor adjunto de Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Reformado y autor del libro “El secreto del contentamiento”.

Gratitud verdadera

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Serie: Gratitud

Gratitud verdadera

David P. Murray

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Ha sido un año difícil. Una amiga fue víctima de un abuso sexual serio. El padre de mi esposa, quien tiene noventa años y vive del otro lado del Atlántico, está en un hospicio mientras muere lentamente de cáncer. Hace unos meses, pensé que había matado a mi padre de ochenta años cuando accidentalmente pasé por encima de su pierna con mi carro en la entrada de mi casa. Tres hombres que conocía cometieron suicidio. Y he tenido que lidiar con una cantidad inusual de estrés y de decepciones menores. 

Después de todo esto, Tabletalk me pidió que escribiera sobre “[dar] gracias en todo” (1 Tes 5:18). El Señor sabía que necesitaba esta amonestación, y ahora debo tratar de entender qué significa eso en realidad y cómo se hace. 

Gratitud falsa

Sé que este pasaje no significa que Dios quiere que demos gracias por todas las circunstancias. Recuerdo que un predicador una vez dijo que ese era el significado de 1 Tesalonicenses 5:18, poco después de que un miembro de la congregación perdiera a un hijo debido a un cáncer. Internamente, y por poco de manera audible, grité: “¡No!”. Dios no nos obliga a agradecerle por tales males. Eso es poner una carga demasiado pesada sobre las conciencias de las personas. Suena muy espiritual, pero no es bíblico ni realista. 

Jesucristo sufrió la peor de todas las circunstancias para que yo pudiera disfrutar de las mejores circunstancias por siempre. 

También sé que Dios no nos está mandando a agradecerle por todas las cosas buenas y a simplemente ignorar todas las malas. Escuchamos a los “predicadores de la prosperidad” diciendo cosas como: “Solo enfócate en lo positivo; no pienses en lo negativo”. Pero los Salmos nos dan múltiples ejemplos de creyentes lamentándose en su adoración a Dios. Incluso Jesús se lamentó por Sus sufrimientos y lloró por las miserias de otros (Lc 19:41-4422:41-42Jn 11:35). Negar o ignorar el dolor no es bíblico ni realista. 

Tampoco significa que debemos dar gracias a pesar de nuestras circunstancias. Apretar los dientes y decir unas palabras de agradecimiento a la fuerza sin importar lo que estemos pensando o sintiendo no es nada más que un estoicismo clásico disfrazado de cristianismo. Es una espiritualidad robótica que no tiene sentido ni valor, pues carece de una base racional.

Gratitud verdadera

Así que si no se trata de dar gracias por todas las circunstancias, ni de dar gracias ignorando las circunstancias, ni de dar gracias a pesar de las circunstancias, entonces ¿qué significa 1 Tesalonicenses 5:18? La clave se encuentra en la palabra “en”. Cualquiera que sea la circunstancia en la que nos encontremos, debemos de encontrar algo por lo cual podemos dar gracias. Esto nos permite lamentarnos por el pecado y el sufrimiento, pero al mismo tiempo nos llama a buscar razones para agradecer a Dios. Permíteme darte algunos ejemplos de cómo he intentado practicar el agradecimiento basado en la verdad aun en medio de tiempos difíciles. 

Mientras me lamento por el abuso traumático que experimentó mi amiga, le doy gracias a Dios por la fuerza que Él le ha dado para procurar la justicia y a la vez usar su experiencia para ayudar a otras personas que también están sufriendo. Le doy gracias a Dios por las personas y las organizaciones que Él ha bendecido con la capacidad para ayudar a estas víctimas a recuperarse. 

Mientras me aflijo por la pierna rota de mi padre, le doy gracias a Dios porque la gravedad de ese accidente no fue mayor a pesar de lo horrible que fue la escena durante esos primeros segundos, y porque ya está caminando de nuevo sin dolor. Ahora más que nunca le doy gracias a Dios por mi papá, en especial por lo compasivo y perdonador que fue conmigo aun mientras yacía herido en el suelo. 

Lamento el cáncer terminal de mi suegro, pero le doy gracias a Dios por los cuidados de hospicio, por los analgésicos y por el fiel testimonio cristiano que ha mantenido por más de 60 años. 

Al llorar por los tres suicidios, le doy gracias a Dios por cada día de salud mental y por la esperanza del Evangelio, la cual nos sustenta en medio de las pruebas. Le doy gracias a Dios por cada vida que ha sido salvada y porque, aunque los cristianos también padecen enfermedades mentales, podemos aferrarnos a la esperanza eterna de gozo y paz en el cielo. 

Como cristiano, puedo darle gracias a Dios porque cada circunstancia puede y debería ser peor, porque cada circunstancia es para mi bien, y porque cada circunstancia mejorará cuando finalmente estemos en gloria. Por lo tanto, le doy gracias a Dios por Jesucristo, quien sufrió la peor de todas las circunstancias para que yo pudiera disfrutar de las mejores circunstancias por siempre. 

Una batalla por la gratitud

No estoy diciendo que ya soy experto en la gratitud. Sigo luchando para ser más agradecido. Pero la lucha vale la pena. La ciencia ha demostrado que la gratitud ayuda a reducir el estrés, la ira, la envidia, la avaricia y la ansiedad, a la vez que mejora nuestras relaciones, nuestra energía, nuestro sueño y nuestra salud en general. Dios nos llama a ser agradecidos no solo porque eso le da gloria, sino también porque es bueno para nosotros.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David P. Murray
David P. Murray

El Dr. David P. Murray es profesor de Antiguo Testamento y teología práctica en el Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Michigan, y pastor de Grand Rapids Reformed Church.

Gratitud y merecimiento

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie:Gratitud

Gratitud y merecimiento

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Como pastor de una iglesia local, tengo el privilegio de servir a personas de todas las edades. Llevo casi dos décadas sirviendo a estos hermanos, y muchos de ellos han sido mis amigos casi desde el principio. Aunque soy amigo cercano de hombres en sus treinta y cuarenta años, también soy amigo cercano de hombres en sus sesenta y setenta. A menudo me he preguntado por qué he disfrutado tanto mis amistades con hombres mayores, entre ellos el ya fallecido Dr. R. C. Sproul (quien habría cumplido ochenta este año). Me he dado cuenta de que gran parte de la razón por la que siempre he disfrutado la amistad de hombres mucho mayores que yo es que mi padre era mayor que la mayoría de los padres de los niños de mi edad. Mi padre nació en 1924, y fue mi mejor amigo hasta que falleció en 1992. Mi padre vivió la Gran Depresión, repartió periódicos a la edad de siete años, luchó en la Segunda Guerra Mundial y perdió a su primer hijo en un trágico accidente en 1969. Mi padre aprendió a vivir con poco, y siempre me dijo que aprendiera a vivir con un poco menos. A través de muchas dificultades, mi padre aprendió a ser agradecido. Y mi querida madre, que en muchos sentidos ha experimentado dificultades aún mayores que mi padre, aprendió a ser agradecida. Por sus ejemplos, aprendí el agradecimiento como una forma de vida.

La única forma de tener un agradecimiento permanente, en los tiempos buenos y en los difíciles, es pedirle humildemente a nuestro Padre que nos ayude a ser agradecidos y pedirle diariamente que nos haga aún más agradecidos.

Si bien es cierto que las amistades que tengo con hombres mayores se deben en parte a la amistad que tuve con mi padre, me he dado cuenta de que, independientemente de la edad de mis amigos, una de las características que todos ellos tienen en común es que están profundamente agradecidos por las dificultades que han experimentado. En la providencia de Dios, las dificultades de la vida nos entrenan para ser agradecidos. Y aunque doy gracias por la oportunidad de conocer a muchos jóvenes que están agradecidos por el ejemplo de gratitud en sus hogares y la obra de Dios en sus corazones, en términos generales, cuando veo a las generaciones más jóvenes, me preocupa lo que parece ser una falta generalizada de gratitud y un sentido de merecimiento. El merecimiento es enemigo de la gratitud, pero los amigos más cercanos de la gratitud son la humildad y el contentamiento. La única forma de tener un agradecimiento permanente, en los tiempos buenos y en los difíciles, es pedirle humildemente a nuestro Padre que nos ayude a ser agradecidos y pedirle diariamente que nos haga aún más agradecidos. Mientras hacemos esto, nos conviene recordar que el camino hacia la gratitud constante suele estar lleno de dificultades que libran a nuestros corazones de cualquier sentido de merecimiento. Por la gracia soberana de Dios, las dificultades conducen a la humildad, al contentamiento y a la gratitud, no por lo que tenemos, sino por Aquel a quien tenemos, Aquel que da y quita para que al final podamos proclamar por siempre: “Bendito sea el nombre del SEÑOR” (Job 1:21).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.