Tradición y recuerdo

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El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo III

Tradición y recuerdo

Por Robert Drake

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo III

a vida y el ministerio de Nicolás de Bari ocuparon el final del siglo III y los inicios del siglo IV. Él inspiró la amada tradición de Papá Noel (o Santa Claus), y aunque no vivió en el Polo Norte ni viajó en un trineo tirado por renos, ciertamente fue un paradigma de gracia, generosidad y caridad cristianas. Su gran amor y preocupación por los niños lo llevaron a una cruzada que finalmente resultó en estatutos imperiales de protección que se mantuvieron en Bizancio durante más de mil años.

Aunque poco se sabe de la infancia de Nicolás, probablemente nació de padres adinerados en Patara, Licia, una provincia romana de Asia Menor. Siendo un hombre muy joven, se le conoció por su piedad, buen juicio y caridad, y por eso fue elegido obispo de la destruida diócesis de Mira. Allí se hizo famoso por su santidad personal, su celo evangelístico y su compasión.

Las primeras historias bizantinas reportan que sufrió la cárcel e hizo una famosa profesión de fe durante la persecución de Diocleciano. Según se dice, estuvo presente en el Concilio de Nicea donde condenó explícitamente la herejía del arrianismo. Una historia cuenta que abofeteó al hereje Arrio por pronunciar sus infames abominaciones.

Pero fue su amor por los niños lo que le ganó su mayor renombre. Aunque mucho de lo que sabemos sobre su trabajo en favor de los pobres, los despreciados y los rechazados probablemente ha sido distorsionado por las leyendas y las tradiciones, es evidente que fue un defensor de los oprimidos, otorgándoles regalos como muestras de la gracia y la misericordia del evangelio.

Una leyenda cuenta cómo un ciudadano de Patara perdió su fortuna y no pudiendo levantar dotes para sus tres jóvenes hijas, decidió entregarlas a la prostitución. Al enterarse de esto, Nicolás tomó una pequeña bolsa de sus propias monedas de oro y la arrojó por la ventana de la casa del hombre en la víspera de la fiesta de la Natividad de Cristo. La hija mayor se casó con estas monedas como su dote. Él hizo el mismo servicio de gracia para las otras dos chicas en las dos noches siguientes. Las tres bolsas, representadas en un arte con el santo, se presume que fueron el origen del símbolo de las casas de empeño que tiene tres bolas o monedas de oro. Pero también fueron la inspiración para que los cristianos iniciaran la costumbre de dar regalos en cada uno de los doce días de Navidad.

En otra leyenda, Nicolás salvó a varios jóvenes de una muerte segura cuando los sacó de una tina profunda de salmuera de vinagre, otra vez, en la fiesta de la Natividad. Desde entonces, los cristianos recuerdan el día regalándose grandes pepinillos crujientes.

A través de los siglos, las tradiciones asociadas con Nicolás han mostrado ser un incentivo para alejarse de la trampa y la afrenta doble del materialismo y el ascetismo. En medio del cambio vertiginoso del mundo moderno, necesitamos esas tradiciones más que nunca. Las conexiones con el pasado son las únicas pistas seguras para el futuro. Por tanto, el ámbito de la tradición no es un asunto solo de los historiadores y los científicos sociales.

Una y otra vez esta tensión es evidente en las Escrituras. Dios llama a Su pueblo a recordar: Él los llama a recordar la esclavitud, la opresión y la liberación de Egipto; Él los llama a recordar el esplendor, la fuerza y ​​la devoción del reino davídico; Él los llama a recordar el valor, la rectitud y la santidad de los profetas; Él los llama a recordar las glorias de la creación, la devastación del diluvio, el juicio a las grandes apostasías, los eventos milagrosos del Éxodo, la angustia de la peregrinación en el desierto, el dolor del exilio babilónico, la responsabilidad de la restauración, la santidad del Día del Señor, la gracia de los mandamientos y la victoria definitiva de la cruz; Él los llama a recordar las vidas y el testimonio de todos aquellos que han ido antes en la fe —los antepasados, padres, patriarcas, profetas, apóstoles, predicadores, evangelistas, mártires y confesores— cada espíritu justo purificado en Cristo.

Estamos enamorados del progreso. Vivimos en un tiempo en el que las cosas brillantes y nuevas se aprecian mucho más que las viejas y anticuadas. Pero muchos de los hombres y mujeres más sabios de todos los tiempos han reconocido que la tradición es un fundamento sobre el cual debe construirse todo verdadero avance, que es, de hecho, el requisito previo para todo progreso genuino. Nunca debemos permitir que las conveniencias temporales superen las exigencias permanentes.

Los mercadólogos modernos y los intereses comerciales pueden muy bien abusar de tradiciones como las que giran en torno al personaje de Nicolás de Bari. Pero también pueden ser poderosos incentivos para recordar las cosas que más importan. Pueden ser los medios por los cuales la belleza, la bondad y la verdad prevalezcan en nuestros hogares, nuestras comunidades y nuestro país, tanto en el mes de agosto como en diciembre.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
George Grant
George Grant

George Grant es el pastor de Parish Presbyterian Church (PCA), el fundador de Franklin Classical School, Chalmers Fund, y King’s Meadow Study Center, y el autor de más de 70 libros.

El largo camino a casa

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo III

El largo camino a casa

Por Robert Drake

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo III

Del 249 al 260 d. C., muchos cristianos negaron la fe para escapar de la persecución. Pero cuando las persecuciones cesaron, algunos de los infieles quisieron ser readmitidos en la Iglesia. Novaciano de Roma dijo que a nadie se le debería permitir regresar. Novato de Cartago dijo que a todos se les debería permitir volver. Cipriano de  Cartago dijo que solo aquellos que mostraban señales de verdadero arrepentimiento debían ser readmitidos.

Cuando nos preguntamos cómo deberíamos responder a los que han sido excomulgados por varias razones pero que quieren volver, podríamos usar el planteamiento «cipriano» de la restauración de la fe, luego de preguntarles qué piensan ellos que es la fe. Para Jesús, el paradigma de la fe era el mártir. Él dijo, «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mat 16:24). Este era el único entendimiento de la fe que podía preparar a los primeros cristianos para enfrentar la muerte. Pero esa fe no estaba reservada solo para aquellos que perderían sus vidas sino que tenía la intención de caracterizar a cada creyente. Seguir a Jesús al tomar la cruz, o como escribió Pablo, para estimar «como pérdida todas las cosas» (Fil 3:8), era convertirse en un mártir en entrenamiento.

Podríamos usar la fe de los mártires que siguieron a Jesús como una guía para definir cuatro categorías comunes de personas de hoy en día que han sido excomulgados de la iglesia pero que quieren regresar.

1. Algunos negaron a Cristo y estaban involucrados en la inmoralidad. 

Esta es la peor situación pero la más fácil de manejar para la iglesia. La confesión debe reemplazar la negación; la moralidad debe reemplazar la inmoralidad. Una confesión renovada de fe puede ser instantánea, porque la persona ya ha confesado previamente a Cristo y sabe lo que ha de ser afirmado. Sin embargo, ya que la persona abandonó la fe, es necesario algún período de instrucción para discernir si la persona ahora asimila (o si en algún momento asimiló) que el paradigma de la fe es el mártir. 

Por supuesto, en la misericordiosa providencia de Dios, es probable que una persona que vuelve no tenga que morir físicamente por la causa de Cristo. Sin embargo tendrá que abandonar su inmoralidad, y el motivo del corazón para dicha auto-negación fluye de la auto-negación básica que toma la cruz. Se necesita tiempo para ver si el viejo patrón de conducta ha sido abandonado y para mantener en observación el nuevo patrón de seguir a Jesús.

2. Algunos negaron a Cristo pero no estaban involucrados en la inmoralidad.

Ya que no hay patrón inmoral a vencer, el período de restauración puede ser más rápido. 

3. Algunos estaban involucrados en la inmoralidad pero alegaban que nunca negaron a Cristo. 

En esta categoría encontraremos probablemente a algunos que insisten en que su pecado fue simplemente un asunto de debilidad. Se ven a sí mismos como el hermano-creyente en Lucas 17:4, quien peca repetidamente pero cuyo estatus como hermano arrepentido debería traer restauración inmediata. Si la iglesia se resiste y requiere tiempo, por lo general la persona considera la iglesia como inmisericorde.

No obstante, tal persona no comprende bien la diferencia entre lo que es relacionado a individuos y lo que es relacionado al tribunal de la iglesia. El arrepentimiento del ofensor en Lucas 17 es lo que evita que su pecado no llegue al tribunal de la iglesia. La situación es paralela al primer paso en Mateo 18, donde el arrepentimiento concluye el asunto. Si un pecado es traído ante el tribunal de la iglesia para un veredicto, el alegato del ofensor de ser un hermano viene a ser irrelevante. En ninguna parte en el proceso de Mateo 18 la fe profesada de la parte culpable se toma en consideración. Del mismo modo, en 1 Corintios 5, cuando Pablo pide la expulsión del hombre que vivía con su madrastra, el hombre estaba en la iglesia en ese momento y supuestamente todavía profesaba fe.

En nuestros días, la insistencia misma del pecador de que nunca abandonó la fe, viene a ser la razón por la cual el proceso de restauración tiene que tomarse tiempo. Tanto el tribunal de la iglesia como el ofensor necesitan saber cuál es esa fe que clama la negación del yo y el estimar todas las cosas como pérdida a fin de enfrentar la fosa de los leones del martirio, y aún así gratifica el yo con inmoralidad. 

4. Algunos alegaban que ni negaron a Cristo ni se involucraron en la inmoralidad. 

Estos alegan que el tribunal de la iglesia les malentendió y que la sanción contra ellos es una injusticia que debería ser revocada. Si esto significa que la iglesia no ha seguido Mateo 18, entonces es una situación terrible y los líderes responsables de la iglesia deben arrepentirse y reincorporar a la persona. Sin embargo, lo que a menudo sucede es que la persona acusada de negar a Cristo o de involucrarse en inmoralidad rehúsa participar en el proceso de Mateo 18. Un tiempo después, la persona podría decir que no entendió la importancia del proceso, que estaba demasiado enferma para comparecer, que estaba demasiado ocupada, que no era de fácil palabra, que quería poner la otra mejilla, que quería proteger a su acusador quien era realmente la parte culpable, o que estaba convencida de que su acusador había logrado prejuiciar a los líderes de la iglesia contra ella. Cada una de estas excusas suena razonable. Pero el verdadero asunto es que la persona falló en someterse al proceso que el Señor dio a Su Iglesia para procurar justicia. El Señor apoyó este proceso cuando dijo, «y si también [el acusado] rehúsa escuchar a la iglesia, sea para ti como el gentil y el recaudador de impuestos» (Mat 18:17). La razón de la expulsión no es solo la acusación original sino también la resistencia a escuchar la iglesia. Entonces, el asunto de la restauración viene a ser si hay evidencia de que la persona escuchará a la iglesia. En el lenguaje de los mártires, podríamos preguntar por qué una persona que dice haberse negado a sí misma y haber tomado su cruz no acató lo que Jesús ordenó.

Los líderes de la Iglesia antigua quizá se preguntaron cómo podían estar seguros de una persona hasta que vieran su reacción bajo la próxima persecución. La respuesta podría ser, en aquel entonces y ahora: «¿La ves negándose a sí misma por la causa de Cristo? Si es así, esa es la fe de los mártires. Démosle la bienvenida a casa».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert Drake
Robert Drake

El reverendo Robert Drake es el pastor principal de la Friendship Presbyterian Church en Black Mountain, N.C.

La voz de los mártires

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo III

La voz de los mártires

Por Chris Schlect

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo III

Entre los tomos que encontrarás en mi biblioteca hay un juego de 38 volúmenes. Cada volumen se parece a los que le quedan a ambos lados. Son libros decorativos, de esos que se ven impresionantes en la estantería y, por lo tanto, permanecen allí. Cuando mis invitados recorren mi biblioteca, no suelen seleccionar estos volúmenes, hay otros libros que son mucho más atractivos. Si alguna vez un lector minucioso serio ve más allá de su aspecto distante y toma uno de estos volúmenes, se encontrará cara a cara con dos columnas por página de tipografía densa y anticuada. A pesar de que no verá mapas, diagramas o imágenes, sí detectará algunos caracteres griegos y latinos en un tipo de letra de 6 puntos. Ante esto, todos, excepto los exploradores más valientes, cerrarán el libro suavemente, lo devolverán a su lugar de descanso y pasarán al siguiente estante.

Sin embargo, al seguir su camino, se pierden pasajes como este: 

Primero se apoderaron de un anciano llamado Metras y le mandaron que blasfemase. Cuando rehusó, le golpearon con mazos, le acuchillaron la cara y los ojos con cañas aguzadas, lo sacaron a los suburbios, y lo apedrearon.

¿Quién era este anciano llamado Metras? La cita anterior, que se encuentra en la Historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea, es el único registro que tenemos de él. Este anciano pudo haber sido un obrero o un comerciante. ¿Tuvo nietos? Quizás lo más notable de él es lo poco notable, de hecho, lo ordinario que realmente fue. Sin embargo, fue uno de los innumerables hermanos y hermanas nuestros que perecieron durante las horribles persecuciones del siglo III. Haríamos bien en quitar el polvo de nuestros libros y recordar no solo la violencia de sus muertes, sino también la fidelidad de sus vidas, que los preparó para la muerte.

Metras murió por la persecución de una turba enardecida en la gran ciudad norafricana de Alejandría. Esta persecución comenzó en 249 d. C. y empeoró después de que Decio se pusiera la púrpura imperial y dictara sus crueles edictos a principios del año siguiente. Durante más de un siglo previo a este tiempo, los cristianos habían enfrentado períodos de persecución en varias localidades dentro de los vastos dominios romanos. Pero Decio fue el primer emperador en pretender un exterminio sistemático de todos los cristianos a lo largo de todo el Imperio. En un esfuerzo por erradicar a estos cristianos, decretó que se establecieran comisiones en cada comunidad de todo el Imperio. Estas comisiones se encargaron de administrar juramentos de lealtad al culto del estado y de certificar por escrito la lealtad religiosa de cada persona dentro de las fronteras de Roma. Tales juramentos eran requeridos incluso a los sacerdotes y sacerdotisas paganos.

Más de 50 de estos certificados todavía sobreviven. Un ejemplo típico es el siguiente: 

Hemos perseverado siempre en sacrificar a los dioses, y también ahora en vuestra presencia, según las órdenes publicadas hemos hecho libación y gustado las carnes del sacrificio. Os rogamos poner vuestra firma para nuestra seguridad. [Firmas] Nosotros, Aurelio Sereno y Aurelio Hermas, los vimos sacrificando. Firmado por mí, Hermas.

Sin embargo, Metras, y miles de otros con él, se negaron a participar en los cultos públicos de Roma. Él no derramaría vino como ofrenda ritual al genio de César, ni sacrificaría animales o cereal a ninguno de los dioses de Roma. Derramar vino es algo sencillo, pero Metras prefirió tener su rostro desgarrado, dejar que su cuerpo fuera golpeado y arrastrado, y ser apedreado hasta la muerte por las turbas. 

El autor de esta persecución fue, según los estándares de su época, un administrador y líder militar capaz. Decio fue un romano de Roma en una época en que el imperio se estaba desmoronando. Él lanzó esta vasta persecución en un intento desesperado por traer orden a su caótico reino. ¿Qué tan caótico fue? Entre el 235 y el 285, veintiséis emperadores, o Augustos, fueron reconocidos oficialmente por el Senado romano. Veinticinco de estos perecieron violentamente en disputas por la sucesión, y Decio estuvo entre ellos. Durante el mismo período, al menos otros 30 reclamantes fueron declarados Augustos no por el Senado, sino por sus ejércitos. Un emperador, Galieno, tuvo que destruir no menos de 18 rivales que aspiraron a la púrpura durante su reinado de 15 años (o tal vez reinó seis años; depende de si durante algunos años lo consideramos a él o a uno de sus rivales como el verdadero emperador).

Para Decio, tal turbulencia significaba que los dioses estaban enojados con Roma. Decio vio que sus predecesores habían tolerado a los cristianos, a quienes él consideraba (correctamente) como subversivos que no respetaban la religiosidad romana. Así que cuando se estableció como emperador, Decio creía sinceramente que su campaña anticristiana era una causa sagrada, necesaria para la preservación del orden romano tradicional.

Cuando leemos que al anciano Metras «le mandaron que blasfemase», vemos, probablemente, una referencia al juramento de lealtad de Decio. Esto nos recuerda que los romanos persiguieron a los cristianos no porque adoraban a Jesucristo, sino porque se negaban a adorar a otros dioses. De hecho, a lo largo de su historia, los romanos toleraron y en ocasiones incluso adoptaron a los dioses de otras culturas. Su multiculturalismo religioso permitió que diferentes culturas coexistieran dentro del mismo imperio, siempre que se respetara la ley de Roma y se pagaran impuestos a la persona que encarnaba esta ley: el emperador. Para los politeístas paganos, incluso los de diferentes culturas, no representaba un gran problema agregar al César a su lista de deidades. Pero los cristianos eran leales a un solo Dios y solo a uno. Por lo tanto, no se inclinarían ante ningún otro y por esto fueron castigados. Fueron castigados por su ateísmo.

Volviendo al libro antiguo, seguimos leyendo: 

Luego llevaron a una mujer creyente llamada Quinta al templo de los ídolos, e intentaron obligarla a adorar. Cuando ella se apartó horrorizada, la ataron de los pies y la arrastraron por la ciudad sobre el áspero pavimento, azotándola a la vez que estaba siendo golpeada por los grandes adoquines, y en aquel lugar la apedrearon hasta morir.

Como el de Metras, el relato de Quinta es decepcionantemente breve. No tenemos información sobre las obras de caridad que ella había realizado, sobre cómo su negativa a claudicar pudo haber brillado en otras ocasiones, sobre los seres queridos que le sobrevivieron, ni aun sobre sus últimas palabras cuando se enfrentaba a una muerte horrible.

Así es para otra mártir de las persecuciones decianas, una anciana soltera llamada Apolonia. Después de golpear su mandíbula hasta que le rompieron todos los dientes, los romanos encendieron un fuego y amenazaron con arrojarla en este si se negaba a blasfemar. Cuando aflojaron un poco su agarre, ella se arrojó libremente al fuego. También leemos de dos madres, Mercuria y Donisia, cada una de las cuales «no amaba a sus propios hijos por encima del Señor». De sus fracasos anteriores, el mandatario había aprendido que las mujeres cristianas maduras no se rendían ante la tortura; Lo habían hecho quedar mal. Por lo tanto, «al ser derrotado siempre por mujeres», el juez simplemente ordenó que Mercuria y Donisia fueran atravesadas por espadas, sin molestarse en sus acostumbrados intentos de obligarlas a jurar lealtad mediante la tortura. Tales eran los mártires, miles de ellos, de los cuales el mundo no era digno.

Durante el breve reinado de Decio, los cristianos lloraron a sus muertos en todo el mundo mediterráneo. Los miles que fueron martirizados eran vecinos y parientes estimados, personas con quienes los sobrevivientes habían cantado, orado y partido el pan. Las persecuciones sin duda trajeron dolor e incertidumbre.

Sin embargo, y peor aún, trajeron controversia. ¿Cómo iba la Iglesia a considerar a los que eran débiles, aquellos que participaban en los ritos paganos para salvar sus propias vidas? Cuando la persecución pasara y estos claudicantes buscaran ser readmitidos a la comunión, ¿debían ser admitidos? Un teólogo muy capaz llamado Novaciano, anciano en Roma, creía que no. Cuando más tarde se pidió a algunos líderes de la Iglesia que habían claudicado frente a la persecución que regresaran al liderazgo, Novaciano no quería tener nada que ver con ellos. Incluso ayudó a establecer oficiales opuestos para impugnarlos.

La controversia provocó tal conmoción entre los fieles que se convocó un concilio para abordar el asunto. Al menos 60 obispos descendieron a Roma, junto con muchos otros presbíteros y diáconos. (El día en que tales preguntas simplemente se harían al obispo de Roma —el papa— para su respuesta autoritaria no sería sino hasta mil años más tarde). El sínodo determinó, correctamente, que «las medicinas del arrepentimiento» deberían cubrir su pecado y que en verdad en la Iglesia había lugar para los hermanos más débiles. La restauración, luego de la concesión, probó más tarde ser poderosa: muchos de los hermanos que habían sido débiles en las persecuciones decianas se mantuvieron firmes, incluso hasta la muerte, cuando las persecuciones regresaron.

La Iglesia de hoy necesita levantar una nueva generación de lectores que amen abrir libros viejos y polvorientos y ser instruidos por ellos. En estos libros descubrimos una gran nube de testigos que nos dan testimonio y nos encargan que peleemos la buena batalla de la fe. Estos son los santos con quienes nos reuniremos en el cielo en el día del Señor. Los lectores que conocen a estos santos, que mantienen viva su memoria, pueden ser usados ​​para fortalecer a aquellos que son perseguidos en nuestros días. Y si, en la providencia de Dios, las persecuciones vienen a nosotros, el testimonio de nuestros antepasados ​​sufrientes puede ser usado por Dios para ayudarnos a permanecer firmes.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Chris Schlect
Chris Schlect

El Dr. Chris Schlect es profesor de historia en New Saint Andrews College y anciano en Christ Church en Moscow, Idaho.

Fuera de este mundo

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo III

Fuera de este mundo

Por W. Robert Godfrey 

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo III

Toma y lee». Agustín escribió en sus Confesiones (400 d. C.) que había escuchado tales palabras detrás de la pared de su jardín mientras estaba sentado allí leyendo. Tomó una copia de la carta de Pablo a los Romanos que tenía a la mano y sus ojos se fijaron en este texto: «Andemos decentemente, como de día, no en orgías y borracheras, no en promiscuidad sexual y lujurias, no en pleitos y envidias; antes bien, vestíos del Señor Jesucristo, y no penséis en proveer para las lujurias de la carne» (Rom 13:13-14).

Agustín estaba convencido intelectualmente de la verdad del cristianismo antes de este famoso incidente en su vida. Pero se dio cuenta que no tenía dominio propio sobre sus deseos sexuales. Sabía el tipo de cristiano que quería ser, pero sentía que su voluntad no cooperaba. Dijo que al leer las palabras de Pablo en Romanos, se convirtió moralmente y fue capacitado para vivir como cristiano a partir de ese momento.

Esta parte de la conversión de Agustín es bien conocida. Lo que no es tan conocido es el título del libro que estaba leyendo cuando escuchó la voz. Él leía la Vida de San Antonio (c. 360) de Atanasio. Este libro ilustra el concepto de la santidad que Agustín persiguió y que en gran medida llegó a influir en el cristianismo.

Demasiado enfoque en la santificación puede llevar al legalismo.

Antonio Abad (c. 251-356) fue uno de los primeros defensores y ejemplo de la vida ascética1 en Egipto, uno de los primeros centros de ascetismo. Antonio Abad abrazó la visión ascética del cristianismo alrededor del año 269. Lo practicó rigurosamente, viviendo como un ermitaño por cerca de 20 años (285-305) y luego formando una comunidad monástica poco organizada.

Antonio Abad creía que su vida ascética era la vida que Cristo y sus apóstoles vivieron. Su autonegación era una nueva forma de martirio por Cristo. Atanasio resume de esta manera el consejo que Antonio Abad le dio a otros ascetas: «Para todos los monjes que vinieron a él, él siempre tuvo el mismo mensaje: tener fe en el Señor y amarlo; para protegerse de los pensamientos lascivos y los placeres de la carne, y, como está escrito en Proverbios, no ser engañados por «la alimentación del vientre», huir de la vanidad y orar constantemente, cantar canciones santas antes y después de dormir, y tomar en serio los preceptos de las Escrituras; tener en cuenta las obras de los santos, para que el alma, siempre consciente de los mandamientos, pueda ser educada por su ardor».

¿Cuál fue la visión ascética del cristianismo que surgió en Egipto e influiría en la mayoría de los cristianos serios, no solo a finales de la Antigüedad sino también a través de la Edad Media y en los tiempos modernos? El cristianismo ascético deriva su nombre de la palabra griega askeo, que significa «entrenar» o «ejercitar». Su significado original se refiere al entrenamiento de los atletas. La visión ascética del cristianismo que encontramos en Antonio Abad, Atanasio y Agustín representa un compromiso radical con la santidad. Querían más que la vida cristiana ordinaria. Querían la vida disciplinada de un atleta espiritual. Querían perseguir la perfección.

Los ascetas hablaron de ir más allá de los mandamientos de Dios que se aplicaban a todos los cristianos. Trataron de cumplir lo que llamaban «los consejos de la perfección» o «los consejos evangélicos». En otras palabras, creían que Jesús había dado consejos que no eran vinculantes para todos los cristianos, pero que ayudarían a aquellos que querían ser especialmente serios en su búsqueda de la santidad. Llegaron a resumir esos consejos en tres puntos: pobreza, castidad y obediencia a los superiores eclesiásticos. Se negaron a sí mismos la propiedad y la familia para vivir una vida siguiendo las prácticas ascéticas de sus comunidades.

El apasionado deseo por la santidad llevó a muchos de los primeros ascetas a buscar la vida solitaria del ermitaño. Vivían solos la mayor parte del tiempo, a menudo en lugares remotos donde creían que luchaban contra demonios. A veces, su abnegación era tan extrema que arruinaban su salud o se volvían locos. Estos extremos de la vida eremita llevaron a muchos a creer que los ascetas estarían mejor en algún tipo de comunidad. Antonio Abad estableció un tipo de visión de comunidad: una comunidad con mucho espacio para las devociones y la disciplina individuales. Pero pronto empezó a surgir otra forma de comunidad mucho más organizada.

Nuevamente, Egipto fue pionero en la forma de vida monástica llamada cenobítica (de una palabra griega que significa «vivir juntos»). El egipcio más influyente en el establecimiento de esta forma de vida ascética fue un hombre llamado Pacomio (c. 290-346). Pacomio fue un soldado antes de adoptar la vida ascética, por lo que llevó al monasticismo la cuidadosa y detallada organización de un campamento militar. A partir de alrededor del año 320 comenzó a establecer monasterios con este modelo y este tipo de monasticismo se volvió dominante tanto en las iglesias de Oriente como en las de Occidente. Estas comunidades estrictamente estructuradas dejaron poco espacio para la individualidad. El día a menudo se dividía en momentos para la oración y el culto comunitarios, para trabajar en apoyo de la comunidad y para dormir. Tomaban las comidas juntos y con frecuencia un monje leía la Biblia mientras los demás comían en silencio.

La Reforma del siglo XVI rechazó la visión ascética del cristianismo de manera tan decisiva que a muchos protestantes de hoy les resulta difícil entender qué pudo haber tenido de atractiva. Tendemos a descartarla como legalista, farisaica, negadora de la creación y antibíblica. Creo que esas críticas son precisas. Sin embargo, aquellos que adoptaron el ascetismo, lo vieron como la vida cristiana más devota y disciplinada en la búsqueda de Dios y la santidad. A veces pienso que lo que hace que la vida ascética sea tan incomprensible es nuestra actual indiferencia a la santidad.

Los cristianos han seguido la vida cristiana entendiendo que buscan vivir para Cristo en un mundo en el que los efectos del pecado se manifiestan de tres maneras distintas. Primero, el pecado nos hace culpables ante Dios y nos exige una vida en la que el veredicto de culpabilidad pueda revertirse. Segundo, el pecado nos deja corruptos en nosotros mismos y nos exige una vida renovada para la búsqueda de la santidad. Tercero, el pecado nos deja en un mundo de miseria y nos exige que busquemos aliviar a los demás de esa carga de miseria. El pecado nos lleva a buscar la justificación en respuesta a nuestra culpa, la santificación en respuesta a nuestra corrupción y la transformación en respuesta a la miseria del mundo.

La dificultad que los cristianos han enfrentado ha sido el hallar un equilibrio adecuado para estos asuntos. El peligro está en que uno tienda a dominar a los demás de una manera poco sana. Demasiado enfoque en la justificación puede llevar al antinomianismo. Demasiado enfoque en la transformación puede llevar al liberalismo. Demasiado enfoque en la santificación puede llevar al legalismo. El tipo de ascetismo que surgió en Egipto constituyó una seria preocupación por la santificación que fue demasiado lejos y que utilizó métodos no bíblicos. Pero el deseo de los ascetas por la santidad debería inspirarnos.

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1 El ascetismo es la enseñanza de que la espiritualidad se alcanza mediante la renuncia a los placeres físicos y los deseos personales mientras se concentra en asuntos «espirituales». (Stanley Grenz, David Guretzki, and Cherith Fee Nordling, Pocket Dictionary of Theological Terms (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1999), 16.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
W. Robert Godfrey
W. Robert Godfrey

El Dr. W. Robert Godfrey es presidente de la junta directiva de Ligonier Ministries, maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries, y presidente emérito y profesor emérito de historia de la iglesia en el Westminster Seminary California. Es el maestro destacado de la serie de seis partes de Ligonier: A Survey of Church History y autor de varios libros, entre ellos An Unexpected Journey y Learning to Love the Psalms.

Desenmascarando la herejía

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo III

Desenmascarando la herejía

Por John D. Hannah

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo III

Nuestros predecesores se habrían ahorrado mucho tiempo, esfuerzo y dolor si Dios nos hubiera dado un glosario de términos cuando se reveló a nosotros a través de las Escrituras. La Biblia no es una teología sistemática, con todas las preguntas difíciles, que nosotros podríamos exigirle, claramente respondidas en oraciones completas formando un bosquejo perfecto. En ciertas maneras, no es un libro fácil de entender.

Hay varias razones para esto. Primero, en el libro que nos dio, Dios se describe como incomprensible, más allá de nuestro entendimiento. Si bien Dios verdaderamente se ha revelado a Su pueblo, Él no ha querido revelarse completamente. Segundo, y estrechamente relacionado con la idea anterior, si bien Dios en Su gracia ha condescendido a hablarnos en símbolos lingüísticos que podemos entender, el lenguaje finito no es capaz de captar con precisión la realidad infinita. En tercer lugar, las mentes de los redimidos están deterioradas por el pecado remanente que se adhiere a todas nuestras facultades y lo continuará haciendo hasta que recibamos nuestros cuerpos nuevos en la resurrección final. Cuarto, el diablo y su séquito batallan contra la verdad, aprovechando cada instancia posible para pervertir nuestras mentes, distorsionar nuestros afectos y desviar nuestras voluntades.

Aceptamos muchas cosas porque Dios se ha revelado a nosotros por Su Espíritu, dando testimonio de la viva Palabra de Dios, Cristo, a través de las páginas de la Biblia. Si bien es difícil para la mente humana comprender estas cosas, afirmamos que es irracional creer lo contrario. Entre las verdades que son difíciles para los que no han conocido al Salvador es la naturaleza trinitaria de la Deidad, la Trinidad. Sin embargo, esta visión es la base sobre la cual se levanta el cristianismo. Si Dios no es trino, Él no es el Redentor, ya que la Biblia es clara en que uno solo es salvo a través de la obra trina de Dios (el Padre redimiendo, el Hijo comprando y el Espíritu aplicando por medio de Su morada; Ef 1:3-14). La verdad de que Jesucristo es Dios (Jn 1:1) es parte integral del mensaje del evangelio.

Pero ¿cómo puede alguien con coherencia racional creer la verdad de Deuteronomio 6:4 («El SEÑOR uno es») y la verdad de que Dios es tres (Mt 28:192 Co 13:14)? ¿Cómo expresar la singularidad de Dios y al mismo tiempo afirmar la pluralidad de Dios, Su unidad y Su trinidad? O, para exponer el problema con el que luchó la Iglesia primitiva, ¿cómo puede alguien confesar que Dios es uno y, sin embargo, confesar que Jesucristo es Dios? No es una pregunta fácil. Y aun así, los padres de la Iglesia primitiva entendieron que era esencial el encontrar una respuesta. Ignacio de Antioquía, un discípulo de Juan el apóstol, se refirió a Cristo con palabras tales como «Dios encarnado», «nuestro Dios» y «Dios manifestado como hombre» (Ignacio de Antioquía, «Carta a los efesios», caps. 7:2 y 19:3). Y Tertuliano (c. 160-225) acuñó el término trinidad al hablar de la Deidad de esta manera: «Si bien yo siempre mantengo una única sustancia en tres (personas) coherentes e inseparables, sin embargo estoy  obligado a reconocer… que Aquel que ordena es diferente de Aquel que ejecuta» (Contra Práxeas, 12).

Tomó tres siglos de discusión, avivada por críticos fuera de la Iglesia (que usaron el aparente dilema para atacar su credibilidad) y por maestros dentro (que enseñaron el error mientras pretendían defender la verdad) hasta llevar a la Iglesia a los concilios de Nicea (325) y de Constantinopla (381). En esas reuniones, nuestros antepasados resolvieron el problema al eliminar formas erróneas de definir la relación entre el Padre y el Hijo y al declarar la verdad en un credo.

La aparición de dos intentos erróneos de explicar la diversidad y la unidad en la Deidad condujo las cosas a una resolución. Una de ellas fue la enseñanza llamada adopcionismo o monarquianismo dinámico (este último término, acuñado por Tertuliano, se refiere a la singularidad de Dios, que Dios es uno). Esta visión planteaba la solución subordinando el Hijo al Padre. Los defensores del modalismo, como Pablo de Samósata y, más tarde, los arrianos, los socinianos y figuras del actual movimiento liberal dentro de la cristiandad, argumentaron que Jesucristo no posee una igualdad absoluta con el Padre. Más bien, debido a las habilidades, la moral y las ideas únicas de Jesús, Dios escogió honrarlo con el título «Hijo de Dios» (una designación no ontológica).

La influencia del modalismo presentó un peligro igual o incluso mayor para la salud de las iglesias porque varios obispos de Roma (papas) lo adoptaron en el siglo III. En un intento por preservar la verdad de la unidad de Dios, varios eclesiásticos enseñaron que los nombres de Dios expresan múltiples manifestaciones de Dios. Dios es uno y se revela a Sí mismo, no en varias personas, sino que se metamorfosea en la apariencia de uno o de otro, ya sea como Padre, como Hijo o como el Espíritu Santo. Tertuliano resumió la visión de Práxeas, declarando: «Es imposible creer en un solo Dios a menos que se diga que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son la mismísima persona» (Contra Práxeas, 2).

La persona cuyo nombre en la práctica se identificó con el modalismo fue Sabelio de Pentápolis. Gregorio Nazianceno, el obispo de Constantinopla del siglo IV, criticó a Sabelio diciendo: «Porque tampoco el Hijo es el Padre, porque el Padre es Uno, pero el Hijo es lo que el Padre es; tampoco el Espíritu es el Hijo porque Él es de Dios, porque solo hay un Hijo: el Unigénito; pero el Espíritu es lo que el Hijo es. Los tres son Uno con respecto a la Divinidad, y el Uno es tres respecto a Sus características» (Los cinco discursos teológicos, 5.9).

Mientras la posición adopcionista, que fue condenada en el Sínodo de Antioquía en el año 269 d. C., parecía preservar la unidad de la Divinidad denigrando la deidad de Cristo, la visión modalista exageró la unidad de la Divinidad, destruyendo el carácter distintivo de las personas en Ella.

La persecución romana del cristianismo terminó a principios del siglo IV. La defensa del cristianismo y la tranquilidad en el imperio se volvieron tan importantes que el emperador Constantino convocó al primer gran consejo en la historia de la Iglesia para resolver la controversia sobre la relación entre el Padre y el Hijo. De los obispos que se reunieron en Nicea, cerca de Constantinopla, tres partes se hicieron evidentes: los que temían el adopcionismo, los que temían el modalismo y una mayoría que no parecía haber comprendido la gravedad de los problemas.

El Credo Niceno del 325 no acabó con el acalorado conflicto. Atanasio sintió que era un golpe mortal para cualquier intento de subordinar el Hijo al Padre pero otros pensaron que permitía el error del modalismo. En consecuencia, la controversia continuó en la Iglesia durante décadas, hasta el Concilio de Constantinopla (381 d. C.). Allí, con las definiciones cuidadosamente elaboradas por los eclesiásticos, la relación de las tres personas divinas fue finalmente aclarada. Se estableció que la Divinidad era una en esencia, una comunidad compartida de características a las que llamamos los atributos de Dios. Además, tres personas distintas comparten este fondo de atributos comunes y lo comparten por igual. Por lo tanto, es apropiado hablar de la Deidad como compuesta por Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo.

Aun así, la explicación modalista de Jesucristo no se extinguió con el rechazo por parte de la Iglesia en el siglo IV. El «padre del liberalismo moderno», Friedrich Schleiermacher (1768-1834), explicó la Trinidad como una manifestación múltiple de la conciencia de Dios; él rechazó la noción de distintas personas en la Deidad. Incluso hoy en día, la Iglesia Pentecostal Unida niega la existencia de las tres personas en la Deidad.

En última instancia, los enfoques modalistas de la Trinidad de Dios convierten la Biblia en un caos. El uso de frases tales como «Hagamos» en la narrativa de la creación indica la pluralidad de número en la Divinidad. Además, en el bautismo de Cristo, Dios habla desde el cielo y dice: «Este es mi Hijo amado». No dijo: «Me estoy hablando a Mí mismo». El modalismo hace a Dios un esquizofrénico furioso. Sin embargo, una lectura cuidadosa de tales pasajes de la Biblia nos lleva a creer que hay distintas personas en la Deidad. Este entendimiento de las Escrituras es un precioso legado de nuestros padres de la Iglesia primitiva.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John D. Hannah
John D. Hannah

El Dr. John D. Hannah es profesor y presidente del departamento de teología histórica del Seminario Teológico de Dallas, Texas.

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo III

TENIÉNDOLO POR SUMO GOZO: LOS HECHOS DE CRISTO EN EL TERCER SIGLO

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Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo III

R.C. Sproul

Si existe un padre de la Iglesia cuyas ideas hayan sido rigurosamente distorsionadas y tergiversadas para que se ajusten a las agendas modernas y al revisionismo histórico, ese es Tertuliano, el apologista del siglo III.

Tertuliano, cuyo nombre completo era Quinto Septimio Florente Tertuliano, se ganó el título de «padre de la teología latina». Vivió principalmente en Cartago, en el norte de África, entre los años 160 y 200 d. C. Luego de convertirse durante su adultez, usó sus habilidades como abogado profesional para la defensa intelectual de la fe cristiana.

Hay dos frases que con frecuencia se le atribuyen a Tertuliano. La primera seguramente es genuina; con respecto a la segunda, hay muchas sospechas.

La primera frase es esta: «¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén? ¿Qué relación hay entre la academia y la Iglesia?». Estas preguntas son retóricas y se asume que la respuesta a cada una de ellas es una enfática negación. Tertuliano sostenía enérgicamente la superioridad de la revelación apostólica frente a la filosofía especulativa. Era un fuerte crítico de los filósofos de Atenas —Platón, Aristóteles, y otros— pero no tan crítico hasta el punto de nunca apelar a ellos cuando podían servir a la causa de la defensa del cristianismo. Tertuliano estaba inmerso en un combate intelectual con los herejes de su tiempo, especialmente con los gnósticos, que a ratos intentaban suplantar la revelación bíblica con sus propias teorías místicas y especulativas, y en ocasiones intentaban atribuirles respaldo apostólico a sus posturas.

Tertuliano defendió tanto la autoridad de la Escritura como la autoridad de la Iglesia, parándose sobre los hombros de Ireneo.

El segundo enunciado es probablemente espurio, pero con frecuencia se le atribuye a Tertuliano. Es la frase: «Credo ad absurdum», que literalmente significa «creo porque es absurdo». La idea de que hay alguna clase de virtud en creer algo porque es absurdo es un credo bien recibido en una cultura posmoderna fuertemente influenciada por el irracionalismo existencial. Toda una escuela de teólogos «dialécticos» del siglo XX se glorió en lo irracional, siendo Karl Barth quien afirmó que uno no alcanza la madurez como cristiano hasta que está dispuesto a afirmar los dos polos de una contradicción. Su compatriota Emil Brunner insistió en que la contradicción es el distintivo de la verdad. Estos teólogos tenían tal aversión al racionalismo que terminaron sacrificando la racionalidad.

Este enfoque hacia la teología da luz al fideísmo, que no sólo distingue a la fe de la razón, sino que la separa de ella como la sola base de la verdad cristiana. Los fideístas tienden a ser escépticos con respecto al uso de la razón o la evidencia para defender las pretensiones de verdad del cristianismo. Según su postura, ser «racional» es hundirse en un modo de pensamiento greco-pagano subcristiano o anticristiano.

Incluso en la teología reformada moderna, vemos una tendencia hacia el irracionalismo, aun al punto de que algunos académicos «reformados» de hecho sostengan que el principio de no contradicción no tiene aplicación para la mente de Dios. Esta postura podría destruir toda la confianza en la Escritura porque todo lo que la Biblia enseña podría significar su antítesis en la mente de Dios. En Su mente, Jesús podría ser tanto el Cristo como el anticristo al mismo tiempo y en la misma relación.

Para pensadores como estos, que detestan la lógica, Tertuliano se erige como un héroe. Sin embargo, cuando examinamos los escritos de Tertuliano, especialmente sus Prescripciones contra todas las herejías [De Praescriptionibus Haereticorum], vemos que no estaba opuesto a la razón. La frase que se le atribuye fue, de hecho, una alusión a la idea bíblica de que lo que es verdadero puede ser considerado necio por los que tienen la mente oscurecida por el pecado. Tertuliano también apeló a la revelación natural como la base de ciertas verdades que fueron entendidas y defendidas por los filósofos paganos. Su crítica hacia el pensamiento gnóstico nos entrega ricas reflexiones que son de extrema necesidad en nuestro tiempo en que presenciamos el resurgimiento del neognosticismo, no solo en la cultura, sino también en la Iglesia.

Al igual que Tertuliano, Orígenes (186-255 d.C.) fue un apologista del siglo III. Su ministerio se desarrolló, en su mayoría, en Alejandría, que había sido un centro del judaísmo helenístico. El mayor centro intelectual de Egipto vio nacer a líderes como Clemente, que también trabajó como apologista.

Orígenes no fue muy diferente a la famosa niña de la leyenda que tenía un pequeño rizo justo en el medio de la frente. Al igual que esta damisela, Orígenes, cuando era bueno, era muy, muy bueno, pero cuando era malo, era horrendo. En Orígenes vemos la unión de fortalezas y debilidades que tendía a caracterizar a los primeros padres de la Iglesia. En la era subapostólica, la Iglesia carecía del poder titánico de los apóstoles originales. Tampoco gozaba del cúmulo de entendimiento que demoró siglos en desarrollarse y requirió de genios como Agustín para ser expresado.

Dentro de los logros de Orígenes estuvo su respuesta apologética al filósofo Celso (Contra Celso) y su defensa de la inspiración divina de la Biblia. Tristemente, en su defensa de la Biblia, Orígenes manifestó un entendimiento débil de la confiabilidad histórica de la Escritura. Para defender la Biblia, se precipitó a utilizar un método de interpretación alegórico, método que fue perjudicial para el entendimiento de la Escritura por parte de la Iglesia en los siglos subsiguientes.

Lo irónico del enfoque alegórico a la Escritura por parte de Orígenes queda en evidencia en su impulsivo acto de autocastración. Ya que tanto hombres como mujeres estaban asistiendo a sus clases, procuró guardarse de la tentación sexual. Interpretó las palabras de Jesús, «hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos» (Mt 19:12b), con una literalidad radical sin refugiarse en la alegorización de este texto. Esta acción le creó un problema de credibilidad, y pronto Orígenes fue atacado por el obispo Demetrio, que le hizo la vida miserable durante los años posteriores.

En cuanto a su doctrina, Orígenes adoptó una postura griega sobre la preexistencia del alma, enseñó el universalismo, planteó interrogantes con respecto a la naturaleza física del cuerpo con el que Cristo resucitó y sostuvo una posición deficiente sobre la Trinidad (debemos recordar que la Iglesia aún estaba en una profunda reflexión con respecto al tema de la Trinidad y todavía no había llegado a una postura firme sobre este asunto). Sin embargo, su obra sobre la oración ha llegado hasta nosotros como un tratado muy valorado, al igual que su enseñanza sobre el martirio. Orígenes expresó la esperanza de que su vida terminaría de la forma más virtuosa posible, sufriendo el martirio por causa de Cristo. Eso no ocurrió, ya que murió por causas naturales en el año 255 d. C. No obstante, el historiador eclesiástico Eusebio testifica que Orígenes padeció una profunda agonía durante la persecución de Decio, sufriendo el estiramiento de sus extremidades y siendo torturado y encerrado en un calabozo, donde fue encadenado.

El amor personal y la devoción de Orígenes por Cristo nos dan un destello de la piedad cristiana del siglo III.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.