2/11 – El Señor es mi pastor, nada me faltará

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Serie: El Salmo 23

2/11 – El Señor es mi pastor, nada me faltará

Sinclair B. Ferguson

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie «El Salmo 23», publicada por la Tabletalk Magazine.

Pasaron muchos años antes de que pudiera decir: «Amo el Salmo 23». Todavía puedo ver la portada de la versión del libro de cuentos de mi hijo. Allí está David, con mejillas color rubí y cabello rizado, con el cayado de pastor a su lado, ovejas inmaculadas a su alrededor. Él era el niño modelo, todo lo que yo no era. Este chico perfecto me condenó.

Me tomó más de veinte años y algunas penas mayores antes de que se pudiera abrir esa puerta que tenía cerrada. Ese niño no escribió este salmo. El David del Salmo 23 necesitaba la restauración del alma (v. 3): había visitado «el valle de la sombra de la muerte»; se enfrentó al «mal» (v. 4); él tenía enemigos (v. 5). Este fue un creyente bien probado hablando de una larga experiencia con Dios. Su confianza en el futuro se basó en experiencias del pasado.

Lo que Jacob y David vieron solo vagamente, Jesús lo vio claramente. El Pastor debe sufrir por Sus ovejas.
Pero David no estaba replanteando todo simplemente por su propia experiencia. Él no es la primera persona en la Biblia que dice: «El Señor es mi pastor». Simplemente se estaba aplicando a sí mismo algo que había aprendido de Jacob.

Génesis 48:15-16 registra la escena al final de la vida de Jacob cuando bendice a José y a sus dos hijos:

El Dios delante de quien anduvieron mis padres Abraham e Isaac, el Dios que ha sido mi pastor toda mi vida hasta este día, el ángel que me ha rescatado de todo mal, bendiga a estos muchachos.

Jacob no había sido la oveja más fácil. Incluso después de su encuentro con el ángel en el vado de Jaboc, necesitaba ser desenredado. Su triste repetición de la locura de sus padres de tener hijos favoritos llevó a la disfunción familiar, los celos, el pecado y la tristeza. Pero ahora miró hacia atrás con una visión clara y se maravilló de la forma en que el Pastor lo había perseguido y lo había preservado, lo había herido solo para protegerlo y le había producido tanto bien. Su hijo José ya había visto eso (45:5-8), y más tarde lo confirmaría: lo que otros pensaban para el mal, Dios lo usó para bien (50:20); la versión del Antiguo Testamento de Romanos 8:28.

David había aprendido que lo que fue cierto para Jacob también era cierto para él. Y sin mencionar situaciones específicas en su propia vida, describe el pastoreo del Señor de una manera que muestra cuán aplicable es para cada situación en nuestras vidas también.

Cuando sabes que el Señor es tu Pastor, puedes estar seguro de que no te faltará nada. En otra parte, David registra que incluso en la vejez nunca había «visto al justo desamparado, ni a su descendencia mendigando pan» (Sal. 37:25).

El verbo que David usa («nada me faltará»/»nada querré») aparece en otra parte. Durante las peregrinaciones en el desierto, a la gente no le faltó nada (Éx. 16:18). Moisés pudo decir: «Por cuarenta años el Señor tu Dios ha estado contigo; nada te ha faltado» (Dt. 2:7). Dios prometió que lo mismo sería cierto en la tierra que les estaba dando (8:9). Él había hecho provisión para esto en la ley concerniente a la espiga (Lv. 19:9-10).

Por lo tanto, David probablemente también estaba pensando en cómo Jehová había guiado a la multitud por el desierto (Sal. 77:20; 78:32) y había demostrado ser el «Pastor de Israel» (80:1). Si Jehová pudiera proveer para ese enorme rebaño, concluyó David, entonces seguramente podría hacerlo para una sola oveja. Y ahora el Señor había vindicado su fe satisfaciendo todas sus necesidades.

Lo que al principio parece una lección de pastoreo del Pastor resulta ser la confianza de un creyente basada en la verdad de la Palabra de Dios y la revelación de Su carácter. Quizás esto es menos del David pastor pensando en cuidar ovejas y más del David expositor que se aplica la Palabra de Dios a sí mismo. Así, vino a compartir la fe de Jacob y experimentar la provisión soberana del Dios del éxodo.

Jesús vio un significado profundo en estas palabras; debe haberlas cantado con alegría. Miró hacia atrás a Sus padres Jacob y David y, al igual que ellos, confió en Su Padre para satisfacer todas Sus necesidades. De hecho, como Él explicó a Sus desconcertados discípulos, Su Padre le proporcionó Su alimento: «Yo tengo para comer una comida que vosotros no sabéis… Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo Su obra» (Jn. 4:32, 34).

Pero Jesús también debe haber leído el Salmo 23 con un profundo sentimiento de carga. Porque Él sabía que, en última instancia, Él mismo era «el Buen Pastor» que «da Su vida por las ovejas» (10:11, 14). Lo que Jacob y David vieron solo vagamente, Jesús lo vio claramente. El Pastor debe sufrir por Sus ovejas.

Como el Buen Pastor, Jesús tomaría el lugar de Sus ovejas y sería llevado al matadero (Is. 53:7). Para ellos, Él sería herido (Za. 13:7; ver Mt. 26:31). Él daría todo de Sí mismo para proporcionarnos todo. ¿La implicación? Como Él no fue eximido sino que fue entregado por todos nosotros, podemos estar seguros de que Él nos dará todo lo que necesitamos (Ro. 8:32).

Esto es lo que quiere dejar dicho un cristiano al decir: «El Señor es mi pastor, nada me faltará».

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

 

Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson
El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

Regocijarse en Dios es un mandamiento

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Regocijarse en Dios es un mandamiento

Sinclair B. Ferguson

Mientras nos estrechan la mano en la puerta de la iglesia, a veces a los ministros se nos saluda espontáneamente: “¡Realmente lo disfruté!”, seguido inmediatamente por: “¡Oh! Realmente no debería decir eso, ¿verdad?”. Por lo general, aprieto más fuerte su mano, y extiendo el saludo por un poco más de tiempo, y digo con una sonrisa: “¿No nos anima la primera pregunta del catecismo a hacer eso? Si vamos a regocijarnos en Él para siempre, ¿por qué no comenzar ahora?”.

Por supuesto, no podemos regocijarnos en Dios aparte de glorificarlo. El Catecismo de Westminster pregunta sabiamente: “¿Qué regla nos ha dado Dios para indicarnos cómo podemos glorificarlo y regocijarnos en Él?”. Ella señala que la Escritura contiene la “regla” para regocijarnos en Dios y glorificarlo. Y sabemos que abunda en instrucciones para glorificarlo, pero ¿cómo nos instruye a “regocijarnos”?

Hay gozo en el Señor para ser saboreado en la adoración que disfrutamos en la comunión de la Iglesia.

Regocijarnos en Dios es una orden, no algo opcional: “Regocíjense en el Señor siempre. Otra vez lo diré: ¡Regocíjense!” (Fil. 4: 4). ¿Pero cómo? No podemos “regocijarnos a la orden”, ¿cierto?

Es verdad. Sin embargo, las Escrituras muestran que los creyentes bien instruidos desarrollan la determinación de regocijarse. Ellos se regocijan en el Señor. Habacuc ejemplificó esto en días difíciles (ver Hab. 3:17-18). Él ejerció lo que nuestros antepasados ​​llamaron “fe activa”, una determinación vigorosa de experimentar todo lo que el Señor ordene, incluso el regocijo, y utilizar los medios dados por Dios para hacerlo. 

Aquí hay cuatro de estos medios en los que podemos regocijarnos y en los cuales también glorificamos a Dios.

Regocijo en la salvación

Regocijarnos en Dios significa saborear la salvación que Él nos da en Jesucristo. “Me regocijaré en el Dios de mi salvación” (Hab. 3:18). Dios se regocija de nuestra salvación (Lc. 15:6-79-1032). Entonces deberíamos hacerlo igualmente. En Efesios 1:3-14 se proporciona una descripción magistral de esta salvación en Cristo. Es un baño evangélico en el cual a menudo deberíamos deleitarnos, peldaños en una escalera que con frecuencia deberíamos subir. Todo esto para experimentar el gozo del Señor como nuestra fortaleza (Neh. 8:10).

Si bien se nos ordena que tengamos gozo, los recursos para hacerlo están fuera de nosotros mismos, y solo son conocidos mediante la unión con Cristo.

Regocijo en la revelación

El regocijo emana de devorar la revelación inscrita. El salmo 119 es testigo reiterado de esto. El salmista “se deleita” en los testimonios de Dios “tanto como en todas las riquezas” (Sal. 119:14); véanse también los versículos 35, 47, 70, 77, 103, 162, 174. Piensa en las palabras de Jesús: “Estas cosas les he hablado, para que mi gozo esté en ustedes, y su gozo sea perfecto” (Jn. 15:11). ¿Quiere acaso Él decir que encontrará su gozo en nosotros, para que nuestro gozo sea pleno, o que su gozo está en nosotros para que nuestro gozo sea pleno? Ambas explicaciones, seguramente, son verdad. Encontramos pleno regocijo en el Señor solo cuando sabemos que Él encuentra su gozo en nosotros. El camino hacia el regocijo, entonces, es darnos una exposición máxima a su Palabra y dejarla habitar en nosotros abundantemente (Col. 3:16). El gozo es comida para el alma hambrienta de gozo.

Regocijo en la comunión

Hay gozo en el Señor para ser saboreado en la adoración que disfrutamos en la comunión de la Iglesia. Ella es la Nueva Jerusalén, la ciudad que no se puede esconder, el gozo de toda la tierra (Sal. 48: 2). Encontramos gozo en abundancia en la comunión de alabanza y petición dirigida por el Espíritu; en el pastoreo del alma; la predicación de la Palabra; salmos, himnos y cantos espirituales; en el agua, el pan, y el vino. El Señor se regocija en nosotros con cantos de júbilo (Sof. 3:17). Y nuestros corazones, en respuesta, cantan con gozo.

Regocijo en la tribulación

Esto, de hecho, es una paradoja divina. Hay regocijo para ser conocido en medio y a través de la aflicción. Visto bíblicamente, la tribulación es la mano castigadora del Padre, quien usa el dolor y la oscuridad de la vida para moldearnos a la imagen de Aquel quien, por el gozo puesto delante de Él, soportó la cruz (He. 12:1-25-11; ver Ro. 8:29). Nos gloriamos y regocijamos en nuestras tribulaciones, dice Pablo, porque “el sufrimiento produce… esperanza” en nosotros (Ro. 5:3-4). Pedro y Santiago hacen eco del mismo principio (1 Pe. 1:3-8Stg. 1:2-4). El conocimiento de la mano segura de Dios en la providencia no solo trae estabilidad. También es un generador de gozo.

Todo esto se suma al júbilo en Dios mismo. En Romanos 5:1-11, Pablo nos lleva de regocijarnos en la esperanza de la gloria de Dios (v. 2), a gozarnos en tribulación (v. 3) y gloriarnos en Dios mismo (v. 11; ver Sal. 43:4). El incrédulo encuentra esto increíble, porque ha sido cegado por la mentira de Satanás de que glorificar a Dios es el camino más elevado para la ausencia de gozo. Afortunadamente, Cristo revela que lo contrario tiene lugar en Él, por nuestra salvación, por su revelación, en la bendita comunión de adoración, y por medio de la tribulación.

¡Regocíjate! Sí, con gozo eterno sobre tu cabeza (Is. 51:11).

Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson
El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

Cómo distinguir al Espíritu Santo de la serpiente

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Cómo distinguir al Espíritu Santo de la serpiente

Sinclair B. Ferguson

¿Cómo podemos distinguir las incitaciones del Espíritu hacia la gracia en su guía y gobierno de nuestras vidas, de los engaños del espíritu del mundo y de nuestro propio corazón pecaminoso? Esta es una cuestión muy importante si es que vamos a estar tranquilos y seguros de que el espíritu con el que estamos comulgando realmente es el Espíritu Santo.

 El Espíritu viene a nosotros como una fianza, una promesa, un anticipo de la redención final.

John Owen sugiere cuatro formas en las que el Espíritu y la serpiente se deben distinguir:

1. La dirección del Espíritu es regular, es decir, de acuerdo con la regla de las Escrituras. El Espíritu no trabaja en nuestras vidas para darnos una nueva regla de vida, sino para ayudarnos a entender y aplicar la norma contenida en las Escrituras. Por lo tanto, la cuestión fundamental acerca de cualquier orientación sería: ¿Es esta línea de acción coherente con la Palabra de Dios?

2. Los mandatos del Espíritu no son gravosos. Están en armonía con la Palabra, y la Palabra está en armonía con el creyente como nueva creación. El creyente Cristiano que está conscientemente sometido a la Palabra encontrará placer en la obediencia a la Palabra, incluso cuando el camino del Señor para nosotros está marcado con lucha, dolor, y tristeza. El yugo de Cristo nos queda muy bien; su carga nunca oprime el espíritu (Mateo 11:28-30).

3. Los “movimientos” del Espíritu son ordenados. Del mismo modo que el pacto de Dios está ordenado en todas las cosas y seguro, (2 Samuel 23:5) así el don prometido de ese pacto, el Espíritu que mora en nosotros, es ordenado en la forma en la que Él se ocupa de nosotros. La inquietud no es un signo de comunión con el Espíritu, sino de la actividad del diablo. Quizás Owen tenía algunos miembros de sus congregaciones en mente cuando escribió lo siguiente:

Vemos unas pobres almas que se encuentran en ese cautiverio de andar apresuradas en los deberes y las órdenes de Satanás. Sienten el deber de andar en una y otra cosa, y por lo general descuidan lo que en realidad deben hacer. Cuando están en la oración, entonces deben estar en la obra de su vocación; y cuando están en su vocación, están tentados por no dejar todo a un lado y correr a la oración. Los creyentes saben que esto no es del Espíritu de Dios, quien hace “todo hermoso en su tiempo”. 

4. Los “movimientos” o las incitaciones del Espíritu siempre tienden glorificar a Dios de acuerdo a su Palabra. Él evoca la enseñanza de Jesús en nuestra memoria; Él glorifica al Salvador; Él derrama en nuestros corazones un profundo sentido del amor de Dios por nosotros.

Entonces, ¿cómo actúa el Espíritu en el creyente? El Espíritu viene a nosotros como una fianza, una promesa, un anticipo de la redención final. Él es aquí y ahora el anticipo de la gloria que está por venir. Pero su presencia es también una indicación del estado incompleto de nuestra experiencia espiritual actual.

Owen escribe aquí en fuerte contraste con los que hablaron de la liberación de la influencia del pecado que mora en nosotros y su lucha a través de la libertad del Espíritu. Precisamente porque Él es la primicia y no aún la cosecha final, hay una sentido en el que la vida en el Espíritu es la causa de los gemidos del creyente: “Nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, aun nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando ansiosamente la adopción como hijos, la redención de nuestro cuerpo” (Romanos 8:23).

La presencia del Espíritu ya nos trae un anticipo de la gloria futura, y también, al mismo tiempo, crea en nosotros un presentimiento de lo incompleta que es nuestra experiencia espiritual actual. Esta es la manera, para Owen, en la que la comunión con el Espíritu —entendiendolo bíblicamente— trae alegría a la vida del creyente, al igual que una profunda sensación de que la plenitud de nuestra alegría aún está por venir.

Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson
El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

¿Qué significa “permanecer en Cristo”?

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¿Qué significa “permanecer en Cristo”?

Sinclair B. Ferguson

La exhortación a “permanecer” ha sido frecuentemente mal entendida, como si se tratara de una experiencia especial, mística, e imposible de definir.

Pero Jesús deja en claro que más bien implica una serie de realidades concretas.

Permanecer en Cristo significa permitir que su Palabra llene nuestras mentes, dirija nuestra voluntad, y transforme nuestros afectos.

En primer lugar, la unión con nuestro Señor depende de su gracia. Por supuesto que estamos activamente y personalmente unidos a Cristo por la fe (Juan 14:12). Pero la fe en sí misma tiene sus raíces en la actividad de Dios. Es el Padre quien, como el jardinero divino, nos ha injertado en Cristo. Es Cristo, por su Palabra, quien nos limpia y nos da forma, para unirnos a Él (Juan 15:3). Todo es en su soberanía, todo es por gracia.

En segundo lugar, la unión con Cristo significa ser obediente a Él. Permanecer implica nuestra respuesta a la enseñanza de Jesús: “Si permanecen en Mí, y Mis palabras permanecen en ustedes…” (Juan 15:7a). Pablo hace eco a esta idea en Colosenses 3:16, donde escribe: “Que la palabra de Cristo habite en abundancia en ustedes”, una declaración muy relacionada con la exhortación paralela en Efesios 5:18: “Sean llenos del Espíritu”.

En pocas palabras, permanecer en Cristo significa permitir que su Palabra llene nuestras mentes, dirija nuestra voluntad, y transforme nuestros afectos. En otras palabras, ¡nuestra relación con Cristo está íntimamente conectada a lo que hacemos con nuestras Biblias! Luego, por supuesto, mientras que la Palabra de Cristo more en nosotros y el Espíritu nos llene, oraremos de una manera consistente con la voluntad de Dios y descubriremos la verdad de la frecuentemente mal aplicada promesa de nuestro Señor: “Pidan lo que quieran y les será hecho” (Juan 15:7b).

Tercero, Cristo subraya otro principio, “Permanezcan en Mi amor” (Juan 15:9), y dice muy claramente lo que esto implica: el creyente descansa su vida en el amor de Cristo (el amor de Aquel quien da su vida por sus amigos, v. 13).

Este amor para nosotros se ha demostrado en la cruz de Cristo. Nunca nos desviemos de la contemplación diaria de la cruz como la demostración irrefutable de amor, o de la dependencia del Espíritu que derrama ese amor en nuestros corazones (Romanos 5:5). Además, permanecer en el amor de Cristo se ve de una manera muy concreta: la simple obediencia rendida a Él es el fruto y la evidencia del amor por Él (Juan 15:10-14).

Finalmente, somos llamados, como parte del proceso de permanecer, a someternos a las “tijeras” de Dios, quien en su providencia poda toda deslealtad, y a veces todo lo que no es importante, con el fin de que podamos permanecer en Cristo de todo corazón.

Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio. Este es un extracto del libro «Solo en Cristo» por Sinclair Ferguson.

Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson
El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

Cuatro implicaciones de la teología de Martín Lutero

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Cuatro implicaciones de la teología de Martín Lutero

Sinclair B. Ferguson

¿Qué significan la soberanía de Dios, la salvación por la gracia, la justificación por la fe, y la nueva vida en unión con Cristo para la vida cristiana? Para Martín Lutero, llevan cuatro implicaciones:

La primera implicación es el conocimiento de que el creyente cristiano es simul iustus et peccator, al mismo tiempo justificado y pecador. Este principio, a el cual Lutero fue estimulado posiblemente por Theologia Germanica de John Tauler, fue un principio altamente estabilizador: en y de mí mismo, solo veo un pecador; pero cuando me veo en Cristo, veo a un hombre que es considerado justificado con Su perfecta rectitud. Tal hombre puede estar en la presencia de Dios tan justo como Jesucristo, porque él es justo solo en la justicia que pertenece a Cristo. Aquí estamos seguros.

La segunda implicación es el descubrimiento de que Dios se ha vuelto nuestro Padre en Cristo. Somos aceptados. Uno de los recuentos más bellos que encontramos en Table Talkde Lutero, fue documentado de manera significativa por el melancólico, pero muy querido, John Schlaginhaufen:

Dios tiene que ser más amable conmigo y hablarme de una manera más amable de la que mi Katy habla al pequeño Martín. Ni Katy ni yo podríamos sacar los ojos o arrancar la cabeza de nuestro hijo. Dios tampoco. Dios debe tener paciencia con nosotros. Él nos ha dado evidencia de ello, y por eso Él envió a su Hijo a nuestra carne para que podamos verle a Él para lo mejor.

Tercero, Lutero enfatiza que la vida en Cristo es necesariamente una vida debajo de la cruz. Si estamos unidos a Cristo, nuestras vidas se verán como la suya. El camino para la iglesia verdadera y el cristiano verdadero no es a través de la teología de gloria (theologia gloriae), sino a través de la teología de la cruz (theologia crucis). Esto nos impacta interiormente mientras morimos a nosotros mismos y externamente mientras compartimos en el sufrimiento de la iglesia. La teología medieval de gloria debe ser derrotada por la teología de la cruz. A pesar de todas sus diferencias en sus entendimientos de la naturaleza precisa de los sacramentos, Lutero y Calvino están de acuerdo aquí. Si estamos unidos a Cristo en su muerte y resurrección, y marcados por nuestro bautismo (como enseña Pablo en Rom. 6:1-14), la totalidad de la vida cristiana será llevar la cruz:

La Cruz de Cristo no significa aquel pedazo de madera que Cristo soportó sobre sus hombros, y al cual fue clavado después, sino que de manera general significa todas las aflicciones de los fieles, cuyos sufrimientos son los de Cristo, 2 Cor. 1.5: “Los sufrimientos de Cristo abundan en nosotros”; otra vez: “Ahora me alegro en medio de mis sufrimientos por ustedes, y yo voy completando en mí mismo lo que falta de las aflicciones de Cristo, a favor de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col. 1:24). Por eso, generalmente la Cruz de Cristo significa todas las aflicciones de la Iglesia, las cuales sufre por Cristo.

Entonces, la unión del creyente con Cristo en su muerte y resurrección, y su manifestación en la vida diaria se volvió, para Lutero, los lentes por los cuales el cristiano aprende a ver toda experiencia en la vida. Esto —la theologia crucis— es lo que trae todo a un enfoque más agudo y nos permite entender los altos y bajos de la vida cristiana:

Es productivo saber estas cosas, para que no seamos tragados por completo por la pena o caigamos en desesperación cuando vemos que nuestros adversarios nos persiguen con crueldad, nos excomulgan, y nos matan. Pero pensemos, por el ejemplo de Pablo, que necesitamos gloriarnos en la cruz que soportamos, no por nuestros pecados, sino por el nombre de Cristo. Si consideramos solo en nosotros mismos los sufrimientos que aguantamos, no solo son dolorosos sino insoportables; pero cuando podemos decir: “Tus sufrimientos (oh, Cristo) abundan en nosotros”; o, como se dice en Salmo xlvi: “Por tu causa, siempre nos llevan a la muerte”, así estos sufrimientos no solo son fáciles, sino también dulces, según este dicho: “Mi yugo es suave y mi carga es liviana” (Mat. xi.30).

Cuarto, la vida cristiana es marcada por la seguridad y la alegría. Eso fue uno de los distintivos de la Reforma, y con justa razón. El redescubrimiento de la Reforma en relación con la justificación —que, en lugar de trabajar esperando llegar hacia ella, la vida cristiana en realidad comienza con ella— trajo una liberación imponente, que llena la mente, la voluntad, y los afectos con alegría. Significaba que ahora uno podía empezar a vivir en la luz de un futuro seguro en gloria. Inevitablemente, esa luz se reflejaba a la vida presente, trayendo alivio intenso y liberación.

Para Lutero, la vida cristiana es una vida que está basada en el evangelio, construida por el evangelio, que magnifica al evangelio, que muestra la gracia gratuita y soberana de Dios, y se vive en gratitud al Salvador que murió por nosotros, unida a Él llevando la cruz hasta que la muerte sea tragada por completo en victoria y la fe se convierta en vista.

Tal vez, en 1522, mientras escuchaban la predicación de Lutero algún domingo en la iglesia de Borna, algunas personas de su congregación se preguntaron qué estaba en el corazón de este evangelio que había emocionado, o más bien transformado, al Hermano Martín. ¿Podría ser posible para ellos también? Lutero había leído sus mentes. Había entrado al púlpito listo para responder a su pregunta:

¿Pero qué es el evangelio? Es esto, que Dios ha enviado a su Hijo al mundo para salvar a los pecadores, (Jn. 3:16), y para aplastar al infierno, derrotar la muerte, quitar el pecado, y satisfacer la ley. ¿Pero qué tienes que hacer? Nada, excepto aceptarlo y levantar la vista a tu Redentor y creer firmemente que ha hecho todo esto por tu bien y te da todo libremente, para que en medio del terror de la muerte, el pecado y el infierno, tú puedas decir con confianza y depender de ello con audacia, y decir: “Aunque no cumplo la ley, aunque el pecado está presente todavía y tengo miedo de la muerte y del infierno, aun así por el evangelio yo sé que Cristo me ha otorgado todas sus obras. Estoy seguro de que no mentirá, su promesa cumplirá. Y como símbolo de esto he recibido bautismo. 

En esto anclo mi confianza. Yo sé que mi Señor Cristo ha derrotado la muerte, el pecado, el infierno, y al diablo por mi bien. Era inocente, como dice Pedro: “Él cometió ningún pecado, ni hubo engaño en su boca” (1 Ped. 2:22). Por eso el pecado y la muerte no podían matarle a él, el infierno no le podía contener, y Él se ha hecho su Señor, y ha concedido esto a todos que lo aceptan y lo creen. Todo esto es efectuado no por mis obras o méritos; sino por pura gracia, bondad, y misericordia.

Una vez Lutero dijo, “si pudiera creer que Dios no estaba enojado conmigo, me pararía de cabeza con alegría”. Tal vez ese mismo día algunos de los que le escucharon predicar respondieron y experimentaron aquella “confianza” de la que hablaba. ¿Quién sabe si algunos de los oyentes más jóvenes escribieron a sus amigos después, y les dijeron que habían regresado a casa y se pararon de cabeza con alegría?

Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson
El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

El campeón de la Iglesia de Escocia: Juan Knox

El campeón de la Iglesia de Escocia: Juan Knox

MARTÍN LUTERO NO ESTUVO SOLO HACE 500 AÑOS. Y NO ESTÁ SOLO HOY. PARA MARCAR LOS 500 AÑOS DE LA REFORMA, DESIRING GOD PREPARÓ UNA SERIE CON UN ARTÍCULO NUEVO CADA DÍA POR EL MES DE OCTUBRE A TRAVÉS DE PERSONAJES CLAVES DE ESTE EVENTO.

A principios de los años 1500, Escocia tenía algo en común con el resto de Europa: una iglesia profundamente corrupta y espiritualmente empobrecida, con un liderazgo moralmente moribundo. Para citar un ejemplo notorio, David Beaton, cardenal y arzobispo, engendró ilegítimamente al menos catorce hijos. Demasiado para el celibato en acción. La ignorancia espiritual era tal, que George Buchanan podía afirmar que algunos sacerdotes pensaban que el Nuevo Testamento era un libro publicado recientemente por Martín Lutero.

Entra Juan Knox, y la Reforma estaba en marcha.

Nacido en Haddington, East Lothian, en un tiempo entre 1513 y 1515, Knox recibió su educación localmente y luego en la Universidad de St. Andrews. Se convirtió en sacerdote y regresó a su región natal como notario y tutor. Sabemos tan poco acerca de su conversión como sabemos sobre la de Calvino.

CAPTURA Y LIBERACIÓN

Después del martirio del protestante George Wishart en St. Andrews, Knox llegó a la ciudad con algunos de sus estudiantes jóvenes y, en 1547, se unió al grupo de reformadores que vivían en el castillo allí. Cuando Knox fue nombrado para predicar, se negó, pero fue prácticamente obligado a aceptar un llamado de la congregación del castillo para convertirse en su ministro. En cuestión de meses, sin embargo, el castillo fue asediado por barcos franceses en la Bahía de St. Andrews. Knox y otros fueron capturados, y se convirtió en un esclavo de galeras durante el próximo año y medio.

En 1549, Knox fue liberado y se dirigió a Inglaterra. Pastoreó una congregación en Berwick, pero pronto se trasladó a Newcastle. Luego se convirtió en capellán real durante los días del joven Eduardo VI, el Rey. La muerte de Eduardo en 1553 fue un duro golpe para el partido reformista en Inglaterra, lo que llevó a la entronización de María Tudor (“esa idólatra Jezabel”, fueron las palabras cuidadosamente elegidas por Knox para describirla). Knox buscó refugio en el continente.

LA VIDA EN EL CONTINENTE

Entre 1553 y 1559, Knox vivió una existencia algo nómada. Pasó algún tiempo con Calvino en Ginebra, llamándolo “la escuela más perfecta de Cristo… desde los días de los apóstoles”. A partir de entonces, aceptó un llamado para pastorear la congregación de habla inglesa en Frankfurt am Main.

Knox se casó con la inglesa Marjorie Bowes y, en 1556, regresó a Ginebra, donde pastoreó una congregación de unos doscientos refugiados. Al año siguiente, recibió una invitación urgente para regresar a Escocia: 1558 era el tiempo programado para el matrimonio de la joven María, Reina de Escocia, con el hijo mayor del Rey de Francia, un evento que parecía destinar a Escocia a un gobierno católico permanente.

Una muestra del vigor de Knox puede ser percibida en una carta que escribió ese mismo año al pueblo de Escocia, instándoles a no comprometer el evangelio. Les recordó que debían responder por sus acciones ante el tribunal de Dios:

“[Algunos dan excusas:] ‘No éramos más que simples súbditos, no repararíamos las faltas y los crímenes de nuestros gobernantes, obispos, y clérigos; pedimos la reforma, y ​​deseamos lo mismo, pero… nos vimos obligados a dar obediencia a todo lo que exigían’. Estas vanas excusas, digo, nada te servirán en la presencia de Dios”.

REGRESO A ESCOCIA

En 1559, Knox finalmente volvió a casa para comenzar su fase más importante del ministerio público como el campeón de Kirk (el término escocés para la Iglesia). A pesar de sus largas ausencias de su tierra natal, varias cosas equiparon a Knox para dirigir la Reforma allí: su nombre se asociaba con los héroes de los últimos tiempos, sus sufrimientos autenticaban su compromiso, su amplia experiencia lo había preparado para el liderazgo, y su sentido del llamado le hizo “no temer a ningún hombre”. Así, durante los siguientes trece años, Knox se entregó a la reforma de Escocia.

En el verano de 1572, Knox era una sombra de su antiguo yo, y en noviembre, estaba claro que no estaría mucho tiempo en este mundo. En la mañana del 24 de noviembre, le pidió a su segunda esposa, Margaret, que le leyera 1 Corintios 15, y alrededor de las cinco de la tarde llegó su última petición: “Lee dónde arrojé mi primera ancla” (presumiblemente en fe). Ella leyó Juan 17. Al final de la noche, Knox se había ido.

Se han dado muchas explicaciones para la influencia de Knox y la Reforma Escocesa. Sin duda había muchos factores en acción en la providencia de Dios que provocó tal renovación espiritual. Pero la convicción de Knox era ésta: “Dios dio su Espíritu Santo en gran abundancia a hombres sencillos”. En esto radica la mejor lección de su vida.


PUBLICADOR ORIGINALMENTE POR DESIRING GOD. TRADUCIDO POR LAURA CUARTAS.