Cinco características de un esposo bondadoso

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Cinco características de un esposo bondadoso

Por Douglas Wilson

Encontramos varios maridos en la Biblia, pero no muchos destacan como algo ideal. Uno de los hombres que sí resalta es Booz. A lo largo del libro de Rut, se muestra como modelo de lo que debe ser un esposo como tal. Es un empleador piadoso y considerado (Rt. 2:4). Su bondad hacia Rut es clara y bien marcada antes de pensar en sí mismo como posible marido para ella. Su carácter de marido piadoso se manifiesta en su bondad al asumir el papel de pariente-redentor de Rut. Así que, la próxima vez que leas el libro de Rut, piensa en la bondad de este hombre.

¿Qué hacen los malos maridos? Entre otras cosas, predican la herejía en el comedor de sus propios hogares. Pablo les dice a los maridos que amen a sus esposas como Cristo amó a la Iglesia (Ef. 5:25). Esto no se da como una simple ilustración agradable. Un esposo es la cabeza de su esposa de la misma manera que Cristo es la cabeza de la Iglesia (Ef. 5:23). Esto significa que los maridos hablan todo el día, todos los días, de lo que Cristo piensa de la Iglesia. Y cómo ese mensaje que transmiten es ineludible: o dicen la verdad, o mienten. Ningún marido tiene la opción del silencio.

Las mentiras del maltrato

Y por desgracia, aunque todo maltrato es una mentira, es posible que haya más de una mentira. Por ejemplo, ¿Qué mentira dicen los maridos amargados? Pablo dice a los maridos que no se amarguen contra sus esposas (Col. 3:19). Pero algunos hombres piensan que han sido provocados lo suficiente como para que el resentimiento sea su única opción. ¿Cuál es la mentira? La mentira es que Cristo tiene una actitud pésima cada vez que es provocado, lo cual pensamos que debe ser todo el tiempo.

Otra mentira es la del marido lujurioso. Algunos hombres piensan que un ojo extraviado es algo natural. ¿Cuál es la mentira? La mentira es que Cristo es un adúltero, que es infiel a su novia.

Luego está la mentira que dicen los maridos flojos. Algunos hombres no proporcionan ningún liderazgo a sus esposas. ¿Cuál es la mentira? La mentira es que Cristo es un debilucho perdedor. Que esto sea bastante común en nuestros días no es sorprendente, dada la doctrina de Cristo que sostienen muchos.

Por último, los maridos orgullosos dicen otra mentira. Algunos hombres desprecian las capacidades de las mujeres, incluidas sus esposas e hijas. ¿Cuál es la mentira? Dicen que Cristo desprecia a Su Iglesia, burlándose de ella cada vez que tiene ocasión.

Características de un marido bondadoso

Entonces, ¿qué es un marido bondadoso? Así como vemos el ideal de bondad de un marido mostrado por Booz, también deberíamos complementar nuestra comprensión de esa bondad a partir de la enseñanza de la Biblia en otros lugares. Quizá estemos acostumbrados a la fraseología del mandato paulino de amar a nuestras esposas, por lo que esto podría ayudarnos a pensar en este deber central en términos de bondad.

En primer lugar, un marido bondadoso está incompleto. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, hombre y mujer los creó (Gén. 1:27). El hombre y su mujer se convierten en una sola carne (Gén. 2:24), lo que indica la intimidad de la unión sexual (1 Cor. 6:16). Sin la intervención de Dios con el don del celibato, no es bueno que el hombre esté solo (Gén. 2:18). La verdadera confianza masculina opera, por tanto, en el contexto de la bondad mutua. La “confianza” que de alguna manera insinúa, indica o dice a una esposa que “no te necesito” no es una verdadera confianza en absoluto, sino una mera fanfarronada arrogante. Los hombres que se edifican a sí mismos derribando a sus esposas están siguiendo la “sabiduría” del infierno. Un marido es bondadoso con aquella que le completa.

En segundo lugar, un marido bondadoso es amoroso. El ideal aquí es el amante retratado en el Cantar de los Cantares. Es ardiente, devoto, fuerte y con confianza sexual. Pero recuerde el primer punto; esta confianza no es en sí mismo, sino en su capacidad para cumplir con su papel asignado, que es sólo la mitad de lo que debe hacerse. Con demasiada frecuencia olvidamos lo que manda la Biblia (Prov. 5:15-19). Un marido es bondadoso con su amada.

Un marido bondadoso es un proveedor. Un hombre que no provee para su hogar es peor que un incrédulo (1 Tim. 5:8). Dado que su esposa es el miembro más importante de su hogar, él tiene la profunda obligación de proveer para ella. En concreto, le proporciona comida, ropa y derechos conyugales (Éx. 21:10). Un marido es bondadoso con la que depende de él.

En cuarto lugar, un marido bondadoso es alguien que nutre. Un marido cristiano está llamado a alimentar y cuidar (Ef. 5:29). En este sentido, la falta de ternura, cuando es apropiada, muestra una falta de masculinidad. Un marido es bondadoso con el objeto de su bondad.

Por último, el marido es un pariente-redentor. Un marido está cerca de su mujer; ella es su hermana, su esposa (Can. 5:1). En un sentido muy real, él modela para ella la idea de salvador y redentor (Ef. 5:25-26). ¿Qué marido es suficiente para eso? Ninguno, pero nosotros vivimos y amamos por gracia. El marido es bondadoso con su hermana, a la que trae consigo.

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Douglas Wilson

¿Cómo mi orgullo afecta a mis hijos?

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¿Cómo mi orgullo afecta a mis hijos?

Por Heber Torres

Hace algunos años, la prensa internacional se hacía eco del fallecimiento de un acaudalado joven portugués. Además de lo precoz de su partida (solamente tenía 42 años), lo que más llamó la atención de los periodistas fue la historia que este hombre escondía detrás. Una suculenta fortuna figuraba a nombre de Luis Carlos de Noronha Cabral da Camara, un enigmático individuo que nunca se casó ni tuvo hijos. Solo y sin herederos, el excéntrico millonario había escogido una fórmula verdaderamente disparatada para determinar quiénes serían los beneficiarios de su patrimonio. Ni corto ni perezoso, agarró una guía telefónica y de entre el total de los inscritos seleccionó a setenta ciudadanos “anónimos” como legítimos herederos. La sorpresa para todos y cada uno de los premiados el día en que los citaron para el reparto fue mayúscula. Pero la variedad de bienes legados no resultó menos insólita: lujosos apartamentos, coches, dinero y hasta pistolas de coleccionista.

Los que somos padres no necesitamos recurrir a la guía telefónica –¡si es que todavía existen! – para escoger a nuestros herederos. La cuestión no es tanto a quiénes, sino cuál será el legado que dejaremos a nuestros hijos. No estoy pensando en bienes materiales. Estos vienen y van, se deprecian y se devalúan, y por mucho que nos afanemos nunca podrán trasladarse más allá de la esfera de lo efímero y lo temporal. Seamos ricos o pobres, tengamos más o menos posibilidades económicas, los padres ejercemos una influencia tan poderosa como duradera en la vida de aquellos sobre los que Señor nos ha puesto. Salomón era muy consciente de que no es necesario, ni sabio, confiar y esperar al testamento para comenzar a influir en la vida de nuestros hijos (Proverbios 22:6). En ese sentido, cada día “repartimos” nuestra herencia haciéndoles receptores y consignatarios de nuestras decisiones, reacciones, instrucciones, así como de nuestras palabras. Como aprendices natos que son, ellos observan y se empapan de lo que somos, de lo que hacemos y de cómo lo hacemos. Al punto que cada interacción que tenemos con ellos impacta, moldea y configura su carácter. ¡Qué gran responsabilidad!

En 2 Timoteo 3, Pablo advierte a su pupilo Timoteo acerca del tipo de hombres que abundarán en esta era en la que nos ha tocado vivir, particularmente refiriéndose a aquellos que ocupan una posición de liderazgo e influencia. Entre otras muchas “lindezas” los describe como calumniadores, desenfrenados, salvajes, aborrecedores de lo bueno…. Pero en toda esta lista cada vez más degradante también coloca a los que manifiestan actitudes aparentemente menos “escandalosas” y que se encuentran estrechamente ligadas a lo que conocemos como “orgullo”. El apóstol comienza por los que son amadores de sí mismos, y, del mismo modo, incluye a los jactanciosos, a los soberbios o a los envanecidos. Y es que, finalmente, los que tienen tal alto concepto de sí mismos, terminan también por tener una mente depravada y ser reprobados en lo que respecta a la fe (2 Timoteo 3:7). Definitivamente no quisiéramos que esta clase de personas, ejercieran influencia alguna en la vida de nuestros hijos. Mucho menos ser nosotros los que actuaran de un modo tan orgulloso. Pero, tristemente, se trata de un comportamiento habitual en muchos hogares. Ya sea por alardear nuestros logros buscando la adulación y las lisonjas de nuestra familia, o porque somos incapaces de reconocer nuestros errores y limitaciones, los padres podemos estar actuando de manera orgullosa. Y, por ende, lanzando un mensaje a nuestros hijos que dista mucho de ser el adecuado como súbditos del Rey de reyes.

  1. El orgullo ante el éxito

La Biblia nos enseña que hemos de esforzarnos en aquello que emprendemos, como esa hormiga que es responsable aun cuando nadie la vigila ni le obliga a ello (Proverbios 6:6–8). En un mundo orientado al entretenimiento y dónde muchos viven entregados a la ley del mínimo esfuerzo, como padres debemos ser un ejemplo de dedicación y empeño en todo lo que el Señor traiga a nuestro camino. Pero lejos de jactarnos en aquello que logramos, cuando conocemos a Aquel que nos da la vida queremos vivirla según Su voluntad (Jeremías 9:23–24). El Espíritu de Dios nos recuerda que es Dios mismo el que produce en nosotros tanto el querer como el hacer (Filipenses 2:13). Por eso lo hacemos todo para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31). En palabras de Jerry Bridges:

“Desde el punto de vista humano podría parecer que hemos triunfado como resultado de nuestra gran tenacidad y trabajo arduo. Pero ¿quién nos dio ese espíritu emprendedor y buen juicio para lograrlo? Dios. A los corintios orgullosos Pablo les escribió ‘Porque ¿quién te distingue? ¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?’ (1 Corintios 4:7). Por lo tanto, ¿qué tienes que no hayas recibido? Nada. Todo lo que tienes es un regalo de Dios. Nuestro intelecto, nuestras habilidades y nuestros talentos naturales, la salud y las oportunidades para triunfar vienen del Señor.”

No importa cuán imponente llegue a ser nuestro logro. Por más atractivo que resulte a la vista, el orgullo, cual ponzoña imperceptible, lo contamina hasta convertirlo en un fruto venenoso. Aquello que podría haber despertado el respeto o la admiración de nuestros seres queridos; eso en lo que hemos invertido tiempo, esfuerzo y dedicación; lo que, en definitiva, el Señor nos permite alcanzar, queda oscurecido y mancillado en el momento en el que nos hinchamos ocupando el lugar que no nos corresponde. Nuestra altanería, en lugar de elevarnos, nos hace descender al terreno de lo mediocre, esto es, allí dónde la insolencia y la vanidad campan a sus anchas. Sin embargo, bien sea en lo extraordinario o en lo recurrente, hemos de recordar cuál es nuestra verdadera posición, sabiendo que aun el aire que respiramos es resultado de la gracia de Dios. En lo mismo que el Señor Jesucristo instruyó a sus discípulos, debemos enseñar a nuestros hijos. Una vez, eso sí, que sea una realidad para nosotros primero: “Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha ordenado, decid: Siervos inútiles somos, hemos hecho solo lo que debíamos haber hecho”. (Lucas 17:10).

Cada conquista, cada objetivo cumplido, nos proporciona una doble oportunidad de trasladar un ejemplo piadoso a nuestros hijos. Por un lado, siendo responsables ante lo que el Señor nos ha encomendado y, al mismo tiempo, dándole la gloria a Aquel que nos ha permitido llevarlo a cabo.

  1. El orgullo ante el fracaso

Pocos escritores bíblicos han expuesto el peligro del orgullo con la claridad con la que Salomón lo hace en el libro de Proverbios. Además de insistir en la importancia de mantener una actitud humilde delante de Dios (y el prójimo), repetidamente nos advierte del peligro de dejarnos seducir por el orgullo. Resulta significativo que tanto su padre como su hijo experimentaron una gran paliza como resultado de su altivez.

El rey David es, sin duda, uno de los personajes bíblicos más conocidos. A pesar de sus talentos y la admiración que despertaba en sus contemporáneos, este hombre mantuvo una conducta humilde durante gran parte de su vida. Sin embargo, ya casi al final de su trayectoria la magnitud de su dominio lo deslumbró. En 1 Crónicas 21 se nos relata como David, incitado por Satanás y desoyendo las advertencias de sus colaboradores más cercanos, quiso censar al pueblo con la idea de cuantificar su grandeza. Algunos años más tarde, su nieto Roboam, heredero de un reino todavía mayor, se creía infinitamente superior a todos sus gobernados. Al igual que lo había hecho su abuelo, desoyó el consejo de los sabios, pero fue mucho más allá, hasta oprimir al pueblo sin miramientos a fin de imponer su hegemonía (2 Crónicas 10).

Ambas decisiones fueron motivadas por un orgullo ciego y las consecuencias resultaron fatales, tanto para el pueblo como para las familias de estos hombres. Sin embargo, sus respuestas al fracaso resultaron diametralmente distintas. Roboam se afirmó en su dictamen y terminó por dividir un reino que nunca más se volvería a juntar. David, en cambio, reconoció su maldad, y concluyó aquel incidente ofreciendo holocaustos a Dios en la era de Ornán. Pero no solamente eso. Toda aquella situación lo movió a poner en marcha lo necesario para la construcción del Templo– obra que finalmente encargaría a su hijo Salomón– y a hacer esta confesión: “Él ha entregado en mi mano a los habitantes de la tierra, y la tierra está sojuzgada delante del Señor y delante de su pueblo” (1 Crónicas 22). ¡Qué actitud tan sumisa! Salomón fue testigo del fracaso de su padre, pero también de su sincera humillación. Una humillación que lo impulsó a invertir sus mejores recursos en la mayor construcción que el pueblo de Israel jamás ha conocido, haciendo a su hijo parte integral de ese proceso.

Evita la jactancia en tus triunfos y el engreimiento en tus fracasos. Y en todo lo que emprendas da a Dios la gloria debida a Su Nombre. De esa forma, además de vivir en obediencia, estarás legando a tus hijos un tesoro formidable con valor en este mundo y en el venidero.

Heber Torres

Heber Torres

Heber Torres (M.Div.) es profesor de teología en el Seminario Berea (León, España) y pastor en la Iglesia Evangélica de Marín (España). Dirige el sitio «Las cosas de Arriba», que incluye podcast y blog. Está casado con Olga y juntos tienen tres hijos: Alejandra, Lucía y Benjamín.

Reconociendo y manejando sabiamente nuestras emociones

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Reconociendo y manejando sabiamente nuestras emociones

Por Randy Alcorn

Todo ser humano es un ser emocional, pero a algunos cristianos se les ha enseñado que las emociones fuertes son categóricamente pecaminosas y, por tanto, inaceptables. En sí mismas, las emociones no son ni buenas ni malas, simplemente existen. Los asuntos sobre el bien y el mal se relacionan con la forma en que manejamos nuestras emociones.

Los sentimientos no son parte de la maldición; son parte de cómo Dios hizo a los seres humanos desde el principio. Nuestras emociones actuales están torcidas por el pecado, pero serán corregidas para siempre cuando Dios elimine la maldición.

Negar que tus emociones existen agudiza el estrés. Sentirte culpable por tus emociones magnifica el estrés. Dios nos creó como seres racionales y emocionales. Sentimos porque Él nos hizo para experimentar sentimientos. Así que date el permiso de sentir porque Él te hizo para ello.

Acepta la responsabilidad de tus sentimientos

“No puedo evitar como me siento”. No directamente, tal vez no puedes hacer que la preocupación, la ira y el miedo desaparezcan sólo deseando que lo hagan. Pero puedes centrarte en los pensamientos correctos y bloquear los incorrectos. Puedes hacer las cosas correctas y abstenerte de hacer las incorrectas. Y si lo haces, tus sentimientos acabarán cambiando, o al menos se controlarán.

Si te desentiendes de tus sentimientos y dejas que dominen tus pensamientos y acciones, estarás fuera de control. Y nadie experimenta el estrés como la persona que ha renunciado al control.

Jerry Bridges aconsejó sabiamente: “No debemos permitir que nuestras emociones dominen nuestras mentes. Más bien, debemos dejar que la verdad de Dios gobierne nuestras mentes. Nuestras emociones deben estar subordinadas a la verdad”.

Exprese sus sentimientos

¿Te has fijado alguna vez en la válvula de seguridad que hay en la parte superior de tu calentador de agua? Está ahí para liberar el exceso de presión. Si no estuviera ahí, el calentador podría explotar.

La expresión es nuestra válvula de seguridad. La incapacidad de expresar las emociones nos deja embotellados, listos para explotar y, en el proceso, listos para dañar no sólo a nosotros mismos sino a los que nos rodean.

Todo el mundo necesita unos cuantos amigos íntimos con los que hablar abiertamente. Cuando se comparten las emociones, es apropiado compartir los miedos, las heridas e incluso la ira, siempre que se tenga cuidado de no culpar o incriminar a los demás. También puede ser útil escribir un diario con tus pensamientos y sentimientos.

Los estudios confirman que el llanto puede ayudar a liberar las emociones reprimidas. A menudo es cierto el viejo dicho: “Me sentiré mejor después de un buen llanto”. Algunas mujeres y la mayoría de los hombres tienen un desafortunado estigma sobre las lágrimas. Pero recuerde que Dios, no Satanás, creó esos conductos de lágrimas. Llorar es un alivio natural del estrés. Utilízalo.

Haz lo que es correcto, y abraza la verdad de Dios, a pesar de tus sentimientos

No tenemos que sentirnos de cierta manera para hacer lo que es correcto, y para amar a Dios y a los demás.

Tal vez usted lucha con el resentimiento hacia un amigo. Envíale una nota de ánimo. Tus sentimientos acabarán por seguir el camino trazado por tu voluntad. ¿Tienes problemas con una persona en particular? Yo lo tuve, con alguien que sentía que me había perjudicado. Pero cuando oraba por ellos con regularidad, mi actitud hacia ellos cambió. Llegué a buscar realmente su felicidad y a desear su éxito.

John Piper escribe en Finally Alive (Finalmente vivo): ¿Qué sucede cuando nacemos de nuevo?

Mis sentimientos no son Dios. Dios es Dios. Mis sentimientos no definen la verdad. La palabra de Dios define la verdad. Mis sentimientos son ecos y respuestas a lo que mi mente percibe. Y a veces muchas veces mis sentimientos no están sincronizados con la verdad. Cuando eso sucede ―y sucede todos los días―, en alguna medida trato de no torcer la verdad para justificar mis sentimientos imperfectos, sino que le suplico a Dios: “Purifica mis percepciones de tu verdad y transforma mis sentimientos para que estén en sintonía con la verdad”.

Nuestros sentimientos, por muy reales que sean, deben señalar nuestra necesidad de que la verdad de la Palabra de Dios guíe nuestro pensamiento. Los caminos hacia nuestro corazón pasan por nuestra mente. La verdad importa. Cree en Cristo y medita en las Escrituras, no en cómo te sientes, y finalmente, Dios cambiará cómo te sientes.

Randy Alcorn

Randy Alcorn

Andy Alcorn es autor de más de cincuenta libros y el fundador y director de Eternal Perspective Ministries. ¡Ama a Jesús, a su esposa Nanci, y sus hijas, hijos y cinco nietos!

Nuestra misión es predicar el Evangelio de la gracia de Dios en Jesucristo por todos los medios online, a todo el mundo.Contáctanos: contacto@sdejesucristo.org

El pecado que lleva a la muerte y la blasfemia contra el Espíritu Santo

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El pecado que lleva a la muerte y la blasfemia contra el Espíritu Santo

Por Augustus Nicodemus Lopes

No son pocos los predicadores de línea pentecostal que amenazan a los críticos de las actuales “manifestaciones espirituales” de cometer el pecado sin perdón, la blasfemia contra el Espíritu Santo. Pero, ¿será? El pecado que lleva a la muerte es mencionado por Juan en su primera carta: “Hay un pecado que lleva a la muerte; yo no digo que deba pedir por ése” (1 Jn. 5:16).

La muerte a la que Juan se refiere es la muerte espiritual eterna, la condenación final e irrevocable determinada por Dios, teniendo como castigo el sufrimiento eterno en el infierno. Todos los demás pecados pueden ser perdonados, pero el “pecado de muerte” acarrea de forma inexorable la condenación eterna de quien lo comete, a tal punto que el apóstol dice: “yo no digo que deba pedir por ése”. Y el apóstol continúa: “Toda injusticia es pecado; y hay pecado que no lleva a la muerte” (1 Jn. 5:17).

Juan no está sugiriendo que la distinción entre pecado mortal y pecado no mortal implique la existencia de pecados que no sean tan graves. Todo pecado es contra el Dios justo, contra su justicia; por lo tanto, todo pecado trae la muerte, que es la pena impuesta por Dios contra el pecado. Pero, para que sus lectores no queden aterrorizados, Juan explica que hay pecado que no lleva a la muerte (5:17). No todo pecado es el pecado mortal. Hay perdón y vida para los que no pecan para muerte. El Señor mismo invita a su pueblo a buscar el perdón que él concede:

Venid ahora, y razonemos —dice el Señor— aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, como blanca lana quedarán.. (Is. 1:18).

¿Qué es, entonces, el pecado que lleva a la muerte? El apóstol Juan no declara explícitamente a qué tipo de pecado se refiere. A través de los siglos, los estudiosos cristianos han intentado responder a esta pregunta. Algunos han entendido que Juan se refiere a la muerte física, y han sugerido que se trata de pecados que eran castigados con la pena de muerte conforme está en el Antiguo Testamento (Lv. 20:1-27Nm. 18:22). No serviría orar por los que cometieron pecados castigados con la muerte, pues serían ejecutados de cualquier forma por la autoridad civil. O bien, se trataba de pecados que el propio Dios castiga con la muerte aquí en este mundo, como lo hizo con los hijos de Elí (2 S. 2:25), con Ananías y Safira (Hch. 5:1-11) y con algunos miembros de la iglesia de Corinto que profanaban la Cena (1 Co. 11:30Ro. 1:32).

La Iglesia Católica Romana hizo una clasificación de pecados veniales y pecados mortales, incluyendo en los últimos los famosos siete pecados capitales, como asesinato, adulterio, glotonería, mentira, blasfemia, idolatría, entre otros. Este tipo de clasificación es totalmente arbitraria y no tiene apoyo en las Escrituras.

La interpretación que nos parece más correcta es que Juan se refiere a la apostasía, que en el contexto de sus lectores significaría abandonar la doctrina apostólica que habían oído y recibido, y seguir la enseñanza de los falsos maestros, que negaba la encarnación y la divinidad del Señor Jesús. “Se puede inferir del contexto que este pecado no es una caída parcial o la transgresión de un determinado mandamiento, sino apostasía, por la cual las personas se separan completamente de Dios” (Calvino).

Se trata, pues, de un pecado doctrinal, cometido de forma voluntaria y consciente, similar al pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo, cometido por los fariseos, y que el Señor Jesús declaró que no habría perdón al que lo cometiera, ni en este mundo ni en el mundo venidero (cf. Mt. 12:32Mr. 3:29Lc. 12:10). En ambos casos, hay un rechazo consciente y voluntario de la verdad que ha sido claramente expuesta.

En el caso de los lectores de Juan, la apostasía sería más profunda, pues habrían participado de las iglesias cristianas, como si fueran cristianos, participado de las ordenanzas del bautismo y de la Cena, participado de los medios de gracia. Al igual que los falsos maestros que, antes, habían sido miembros de las iglesias, apostatar sería salir de ellas (2:19), y unirse a los predicadores gnósticos y abrazar su doctrina, que consistía en una negación de Cristo.

Tal pecado “lleva a la muerte” por su propia naturaleza, que es el rechazo final y decidido de aquel único que puede salvar, Jesucristo. “Este pecado lleva a quien lo comete inexorablemente a un estado de incorregible embotamiento moral y espiritual, porque pecó voluntariamente contra la propia conciencia” (John Stott).

Probablemente es sobre personas que apostataron de esta manera que el autor de Hebreos escribió, diciendo:

Porque en el caso de los que fueron una vez iluminados, que probaron del don celestial y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, que gustaron la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, pero después cayeron, es imposible renovarlos otra vez para arrepentimiento, puesto que de nuevo crucifican para sí mismos al Hijo de Dios y le exponen a la ignominia pública (He. 6:4-6).

Él describe esta situación como un vivir deliberado en el pecado después de recibir el pleno conocimiento de la verdad:

Porque si continuamos pecando deliberadamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio alguno por los pecados, sino cierta horrenda expectación de juicio, y la furia de un fuego que ha de consumir a los adversarios. (He. 10:26-27).

Este pecado es descrito como profanar la sangre de la alianza con que fue santificado el pecador y ultrajar el Espíritu de la gracia (He. 10:29), un lenguaje que claramente apunta a la blasfemia contra el Espíritu y la negación de Jesús como Señor y Cristo (ver también 2 Pedro 2:20-22, donde el apóstol Pedro se refiere a los falsos maestros). No es sin razón que el apóstol Juan desaconseja pedir por quien pecó de esa forma.

Alguien puede preguntar si Dios cierra la puerta del perdón si las personas que pecaron para muerte se arrepienten. Tales personas, sin embargo, no pueden arrepentirse. No lo desean. Y, además, el Señor determinó su condenación, hasta el punto que Juan no aconsejó que oráramos por ellas. “Tales personas fueron entregadas a un estado mental reprobable, están destituidas del Espíritu Santo, y no pueden hacer otra cosa que, con sus mentes obstinadas, volverse peores y peores, añadiendo más pecado a su pecado” (Calvino).

Notemos que en estos versículos Juan no llama “hermano” al que peca para muerte. Sólo declara que hay pecado que lleva a la muerte y que no recomienda orar por los que lo cometen. Es evidente que los nacidos de Dios jamás podrán cometer este pecado.

Por lo tanto, no se impresione con las amenazas de pastores del tipo “usted está blasfemando contra el Espíritu Santo” si lo que usted está haciendo es simplemente preguntando qué base bíblica hay para caerse en el Espíritu, reírse en el Espíritu, y otras “manifestaciones” atribuidas al Espíritu Santo.

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