Episodio 1 – ¿Qué es el Reino de Dios?

Soldados de Jesucristo

John Piper Responde

¿Qué es el Reino de Dios?

Episodio 1

“El reino” es un gran tema para Jesús. En la traducción ESV(English Standard Version)la palabra “reino” se menciona 126 veces en los evangelios. Pero luego,reinosolo se menciona 34 veces en el resto del Nuevo Testamento, lo que motivaa Christopher del Reino Unido a escribirnos“¡Hola, Pastor John! Muchas gracias por su excelente podcast APJ. ¡Estoy maravillado de todo el esfuerzo que usted pone en contestar preguntas complejas y difíciles a total desconocidos, como yo! Mi pregunta para usted es la siguienteEl evangelio de Mateo está lleno de 55 referenciassobre el “reino” venidero. Pero desde el libro deHechos y en las epístolas, parece que hay muy poca mención de “el reino”. Entonces, ¿qué es este “reino de Dios”? ¿Es la iglesia o algo más grande?”.

Escucho dos preguntas cruciales: (1) ¿Qué es el reino de Dios? (2) ¿Por qué el reino Dios tiene mucha prominencia o mucho más enfoque explícito en las enseñanzas de Jesús, peromucho menos prominencia o mucho menos enfoque explícito en las cartasdel Nuevo Testamento? Permítanme hablar un pocosobre cada una de esas preguntas. 

Gobierno y Reinado

Creo que lo más importante que puedo decir sobre el reino de Dios que ayudaría a las personas a entender todos los usos de esta frase es que el significado básico de la palabra reinoen la Biblia esreinado de DiosREINADO, no reino [o imperio] ogente. El reinadocrea un reino [o imperio], el reinadocreaun pueblo, pero el reinadode Dios no es sinónimo de su reino [o imperio] o su gente.

Por ejemplo, consideremos elSalmo 103:19“Jehová estableció en los cielos su trono,Y su reino domina sobre todos.(RVR60). Puede escuchar el significado básico de la palabra reino como gobernar. No significa que su reino gobiernasobre su territorio o imperio; significa que el reinado o la autoridadde Dios gobierna todas las cosas.

Él se sienta como rey en su trono del universo, y su autoridadreal –su reino y su reinado – gobierna todas las cosas. El significado básico de la palabra reino en la Biblia es “la autoridadrealde Dios” —su reinado, su acción, su señorío, su gobierno soberano.

Salvar a los pecadores

 Dado que el propósito de Dios para el mundo es salvar a un pueblo para sí mismo y renovarel mundopara dichopueblo, su gobiernorealimplica unactividadde salvación y redención en su nombre. Es por esto que la venidadel reino en el Nuevo Testamento se le llamabuenas nuevas”.

 En y a través de Jesús, Dios, el rey, viene de una manera– una nueva manera –al mundo para establecer su gobiernode salvación. Primero, en los corazones de su pueblo y en sus relaciones, triunfando sobre el pecado, Satanás y la muerte. Luego, mediante el ejercicio de su reinado, reuniendo un pueblo para sí mismo en congregaciones que viven como ciudadanos de una nueva alianzadel reino– no de este mundo. Luego, Cristo viene por segunda vez y completa el reinado estableciendo cielosnuevos y tierra nueva.

 Ya, pero aun no

 La imagen que se obtiene acerca del reino en los Evangelios según lo revelan las enseñanzas de Jesús,es que éste es ambos: presente y todavía futuro. De hecho, esto es lo que Él quiso decircuando dijo[Mr 4:11que el misterio del reinode Dios”está aquí: presencia sin consumación.

 Por ejemplo, puedes escuchar la dimensión futura del reino en el Padre Nuestro: “Venga tu reino” (Mateo 6:10). Debemos orareso todos los días. Trae el reino, Señor. No esaquí como queremos que esté. Trae tu reino. Trae tu reinadopor completo en la vida de las personas, en mi vida, en el mundo.

 En Lucas 19:11, Jesús procedió a contar una parábola porque estaba cerca de Jerusalén, pero la gente supuso que el reino de Dios debía aparecer de inmediato. Pero Jesús sabía que no iba a venir de inmediato. El reino de Dios no aparecerá de inmediato, y sin embargo, repetidamente, Jesús dice: “El reino está cerca. Arrepentíos, porque el reino de Dios está cerca.

 De hecho, él es más explícito en Lucas 11:20: “Pero si yo por el dedo de Dios echo fuera los demonios, entonces el reino de Dios ha llegado a vosotros.”. Aún más explícitoLucas 17:21 dice “He aquí, el reino de Dios entrevosotros está.”.

 ¿Cómo puede el reino de Dios todavía no estar presente y ya estar presente? Él dice: “Ora por ello. Está viniendo. Todavía no está aquí. No va a serdeinmediato y, sin embargo, ya está presente entre ustedes, sobre ustedesestá cerca.”¿Cómo puede él decir todo eso?

 La respuesta es,que el reino de Dios,es el reinado de Diossu acción soberana en el mundo para redimir y liberar a un pueblo y luego, en un futuro, terminarlo[completar la obra]y renovar completamente a su pueblo y al universo.

 Cambiando el trono por una cruz

 Si preguntamos por qué el término “reino de Dios” o “reino de los cielos” es prominente y explícito en las enseñanzas de Jesús, pero mucho menos en las epístolas (lo cual es cierto), ¿qué debemos decir?

 Mi sugerencia es esta: Por un lado, durante la vida de Jesús, él caminaba sobre una línea muy fina entre darse a conocer como el Hijo de Dios y la presencia real del rey mismo;por el otro lado, entre guardarsede ser tomadoser hecho rey terrenal(como querían hacer en Juan 6).

 Estaban listos para venir y hacerle rey. Recuerda que Jesús repetidamente le dijo a la gente que no les contara a otros lo que habían visto (Mateo 17:9Marcos 7:36). Así les decía para no suscitarun malentendido generalizado acerca de la naturaleza de su reinadoque provocaraentre la gente una revuelta política paraarrastrarlo al trono como en Juan 6.

 No, él vino a ser crucificado. Por eso vino. Él vino a morir, no para ser puesto en un trono todavía. Él solo sería rey por medio de la crucifixión y la resurrección. Los discípulos apenas podían comprender eso.

 El Resucitado es el Señor

 Después de la resurrección, se podía ver con mucha claridad lo que los discípulos no pudieron comprender durante su vidacon ÉlEsto es,queel reino de Dios se revelaría gloriosamente en un rey crucificado y resucitado. Por lo tanto, el cambio que ocurreenninguna manera disminuye la importancia de lo que se enseñó sobre el reino durante la vida de Jesús. Pero sí cambiaAhora pone unénfasis abrumador en el rey mismo como el Señor crucificado y resucitado del universo.

 Estenuevo énfasis, que es más explícito en las epístolas, declara: “Jesús es el Señor”. De hecho, si me hubieras presionado, diría que “ha llegado a vosotros el reino de Dios” es casi sinónimo de“Jesús es el Señor”. O dicho de otra manera, “Jesús es el Señor” es casi sinónimo en las epístolas con el reino – el reinado– “el reyha llegado a vosotros”.

 No es solo que él ha llegado,sino quevendrá. Creo que probablemente hacemosbien hoy en tener esto en mentecada vez que destaquemos el reino de Dios. Asegurémonos de que nuestra enseñanza en las iglesias y en el mundo tenga como distintivola aplicación apostólica del reinado de Jesús. Es el señorío de Cristo crucificado y resucitado quien debe recibir el énfasis hoy.

Vuelve a Dios y él te acercará

Vuelve a Dios y él te acercará

Catherine Scheraldi de Núñez

“Así dice el Señor de los ejércitos: ‘Volveos a mí’ —declara el Señor de los ejércitos— ‘y yo me volveré a vosotros’ —dice el Señor de los ejércitos.” (Zacarías 1:3).

Nuestro Dios no es solamente un ser santo, sino que él es tres veces santo y cohabita con nosotros. Cuando estamos en pecado es tan traumático para nosotros que, por nuestro bien, él se esconde. Él no se aleja, somos nosotros quienes nos alejamos y entonces nos es más difícil oír su voz.

Adán y Eva, antes de Génesis 3 tenían una relación cara a cara con Yahweh; sin embargo, tan pronto el pecado entró en ellos, su reacción fue esconderse. ¿Por qué? Por miedo (Gn. 3:10). La reacción de Isaías fue parecida como leemos: “¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque han visto mis ojos al Rey, el Señor de los ejércitos” (Is. 6:5).

La reacción de Pedro en Lucas 5 no fue diferente, cuando él había estado pescando toda la noche sin éxito, Jesús le mandó echar las redes de nuevo y la cantidad de peces fueron tantos que las redes estaban rompiéndose; leemos en Lucas 5:8: “Al ver esto, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús, diciendo: ¡Apártate de mí, Señor, pues soy hombre pecador!”. Esta es la razón por la cual Dios nos había dicho en Éxodo 33:20: “No puedes ver mi rostro; porque nadie puede verme, y vivir”. La analogía o comparación más cercana en que puedo pensar es esta: si nos acercáramos al sol, su brillantez quemaría nuestros ojos produciendo una ceguera, y el calor nos quemaría hasta la muerte.

En nuestra naturaleza, hay cosas que son imposibles para nosotros, y estar en la presencia del Señor sin haber recibido perdón por nuestros pecados, ¡es una de ellas!

Hay otra razón por la cual sentimos alejamiento de Dios que también es beneficiosa para nosotros, y es para que su ausencia produzca en nuestros corazones el deseo de volver donde él. En Salmos 27:5 leemos: “Porque en el día de la angustia me esconderá en su tabernáculo; en lo secreto de su tienda me ocultará; sobre una roca me pondrá en alto”.

Vivimos en un mundo caído, en medio de una guerra espiritual y las fuerzas de las tinieblas, aunque no son visibles, son palpables. Sin la protección de Dios, viviríamos sobrecogidos de miedo, con preocupaciones, ansiedad y vergüenza. El único sitio donde estamos protegidos es cuando estamos caminando con él. Es como si fuéramos caminado bajo la lluvia, mientras estamos bajo el paraguas de Dios, quedamos secos. Sin embargo, tan pronto salimos del paraguas, la lluvia nos moja. La única forma de erradicar estas emociones es a través del perdón de pecado por la obra de Jesucristo en la cruz, para que seamos adoptados en la familia de Dios. Y como hijos podemos decir: “si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Ro. 8:31). Nuestra capacidad de tener éxito depende totalmente de nuestra caminar con él (Jn. 15:5), y cuando persistimos en pecado, no solamente perdemos su protección, más aún Dios mismo es quien nos entrega a nuestros enemigos, de nuevo para nuestro bien, con el propósito de que volvamos a él (Ez. 39:23), porque sin él, la vida no solamente se vuelve de mal y peor, sino que carece de propósito.

Como cristianos tenemos muchos enemigos, ¡incluyendo nuestro propio corazón! Isaías 64:7 nos enseña: “Y no hay quien invoque tu nombre, quien se despierte para asirse de ti; porque has escondido tu rostro de nosotros y nos has entregado al poder de nuestras iniquidades”. Gálatas 5:17 nos demuestra la razón: “el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues éstos se oponen el uno al otro, de manera que no podéis hacer lo que deseáis”. Los deseos naturales de nuestro corazón son pecaminosos y la única forma de dominarlo es “Andad por el Espíritu, y no cumpliréis el deseo de la carne” (Gá. 5:16). Es importante identificar que nuestros enemigos incluyen los principados y potestades, el sistema del mundo y nuestro propio corazón. Sin el poder del Espíritu Santo iluminando nuestras vidas, nuestro corazón nos engaña (Jer. 17:9) y empeoramos cada día hasta destruir nuestras propias vidas.

Sin embargo, servimos a un Dios misericordioso, quien renueva su misericordia diariamente. Esto requiere que nos humillemos y volvamos a él.  “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Limpiad vuestras manos, pecadores; y vosotros de doble ánimo, purificad vuestros corazones” (Stg. 4:8). Sin arrepentimiento, el rostro de Dios sigue escondido, pero cuando volvemos a él, él es fiel y nos sana (Jer. 3:22). Por su misericordia, aún su disciplina tiene el propósito de sanarnos y volvernos a él (Is. 54:8).  Aunque su rostro se esconda, su oído se mantiene inclinado para oír nuestras suplicas (Sal. 22:24). Él es fiel a los suyos y “está cerca de todos los que le invocan, de todos los que le invocan en verdad” (Sal. 145:18).

Cuando nos volvemos a él, suplicamos su perdón y obedecemos de nuevo a sus estatutos, su presencia de nuevo se hace real a nosotros (Mal. 3:7). Dios es un Dios bueno, misericordioso, lleno de compasión y su anhelo es tenernos cerca para recibir su protección y para completar los planes de bienestar que él tiene para nosotros. Y aún más, cuando nos mantenemos cerca de él, tenemos la garantía que “los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a su clamor” (Sal. 34:15).

Y “como todas las cosas cooperan para bien” (Ro. 8:28), la misma misericordia de Dios es lo que produce el vacío y dolor en nuestras vidas cuando estamos en pecado para crear nuevamente el anhelo de estar cerca de él. Él no es un juez malo, sino un juez justo que está dándonos una nueva oportunidad de obtener los beneficios que Él anhela darnos. Regresa a él, para que él te limpie y te dé un corazón nuevo.

Puedes encontrar más contenido de Catherine Scheraldi de Núñez en su programa Mujer para la Gloria de Dios, dirigido a mujeres con el fin de  orientarles acerca de cómo vivir su diseño para la gloria de Dios, en Radio Eternidad.

¿Podemos estar unidos al Vaticano? Unas palabras sobre el ecumenismo

¿Podemos estar unidos al Vaticano? Unas palabras sobre el ecumenismo

Este artículo pertenece al libro De vuelta a Cristo: Celebrando los 500 años de la Reforma escrito por pastores hispano hablantes y publicado por Soldados de Jesucristo. Estaremos regalando los archivos digitales de este libro el 31 de octubre de 2018, en celebración del aniversario de la Reforma protestante.

«Como iglesias, debemos defender el evangelio bíblicoy nada más. Es nuestro llamado levantar en alto la verdad y exponer la falsedad… La Reforma no ha terminado… La causa de sola Scriptura, sola fide, sola gratia, solus Christus y soli Deo gloria continúa siendo la causa de y por la verdad bíblica» (R. C. Sproul).[1]

En el recibidor de mi casa tengo colgada una pequeña cruz de pizarra, una cruz de los hugonotes que traje un verano del sur de Francia. Escondidos entre los pinos del bosque de les Cévennes aquellos protestantes franceses celebraban sus cultos clandestinos usando púlpitos camuflados con forma de tonel. Cada día al salir de casa veo esa cruz y pienso en la persecución que muchos han sufrido por creer en la Palabra de Dios.

Ahora que celebramos el quinto centenario de la Reforma, recordamos las grandes doctrinas que muchos defendieron con sus vidas… y nos sorprende que algunos aboguen por un acercamiento a Roma. ¿Ha aceptado el catolicismo romano las 95 tesis que Lutero colgó en 1517? ¿Se acabó el debate teológico?¿Se pueden obviar las diferencias? ¿Podemos estar unidos al Vaticano?

El ecumenismo está de moda. Oímos cada dos por tres de iglesias evangélicas que tienen cultos unidos con católicos. La unidad siempre suena políticamente correcta, pero ¿qué tipo de unidad propone Roma? En círculos ecuménicos se cita constantemente Juan 17, cuando el Señor ruega al Padre «que todos sean uno» (Jn. 17:21), y en breves palabras necesitamos dar respuesta a algunas preguntas cruciales que levanta ese pasaje: ¿Por quiénes ora el Señor en Juan 17? Y ¿por qué tipo de unidad ruega al Padre?

¿Por quiénes ora Jesús?

En Juan 17 Jesús ora por los suyos. No ora por todo el mundo, sino por los que ha sacado del mundo. El Señor usa expresiones como «he manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste» (v. 6), «Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me has dado» (v. 9), o «Padre, quiero que los que me has dado, estén también conmigo» (v. 24). Cristo ora por los que el Padre le ha dado, y a éstos les da vida eterna.

Pero el pasaje de Juan 17 no solo nos dice quiénes son los cristianos, sino también cómo son. Los hijos de Dios conocen al Dios verdadero (v. 3), son los que reciben las palabras de Jesús (v. 8), los que creen que el Padre le envió (v. 8), y los que guardan la Palabra de Dios (v. 6). Jesús no habla de aquellos que se llaman a sí mismos cristianos, porque «No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos» (Mt. 7:21). Jesús ora por la Iglesia verdadera, y su Iglesia no está definida por una organización terrenal, sino por la realidad espiritual del nuevo nacimiento que se hace evidente en la obediencia a su Palabra. Cristo no solo oró por los creyentes —en general— sino por los creyentes en la Palabra de Dios. Al orar por ellos exclama «que sean uno». Entre los verdaderos creyentes hay una verdadera unidad espiritual, pero al mismo tiempo existe una tremenda separación entre el mundo y los que él ha llamado del mundo. Por los demás, por los que están en el mundo, Jesús ora diciendo «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc. 23:34).

¿Qué pide Jesús al Padre?

En referencia a los verdaderos cristianos, Jesús hace cuatro peticiones en Juan 17 (v. 11-26):

En primer lugar, Jesús ora por protección para los suyos. Le pide al Padre que los guarde del mal en su peregrinaje por la tierra. Que no los quite del mundo, pero que los proteja en un mundo hostil. Y en efecto, Dios el Padre guarda a los suyos hasta el final porque a pesar del odio, la persecución y el desprecio del mundo hacia sus discípulos «ninguno se perdió, excepto el hijo de perdición» (v. 12).

En segundo lugar, Jesús ora por santidad para los suyos. Esta es sin duda la mayor protección en un mundo de oscuridad. La santidad protege a la Iglesia del Señor frente a los dardos de fuego del maligno. Así como el bombero se viste de amianto, la iglesia se viste de santidad. Pero esa santidad no se genera espontáneamente, sino a través de la Palabra: «Santíficalos en la verdad; tu Palabra es verdad» (v. 17). La Iglesia del Señor se mantiene santa habitando en la Palabra de Dios, porque la Palabra transforma los corazones.

En tercer lugar, Jesús ora por la unidad de la iglesia. Pide que sean «perfeccionados en unidad» (v. 23) para mostrar al mundo el evangelio de forma viva. Esta unidad es una unidad sobrenatural. El Nuevo Testamento da evidencias de la respuesta a la oración del Señor. La iglesia primitiva la componían judíos y griegos, romanos y samaritanos, y después de Pentecostés entraron en ella creyentes de toda raza, lengua y nación. Gentes que humanamente hablando serían incompatibles, pero en Cristo son hermanos con una misma fe y una misma esperanza.

En cuarto lugar, Jesús le pide al Padre por la glorificación de los creyentes. Jesús le ruega al Padre que los suyos puedan ver su gloria, y que estén con él por siempre (v. 24).

¿Por qué tipo de unidad ora?

En Juan 17 Jesús ruega por cuatro cosas para aquellos que el Padre le ha dado. Ora por nuestra protección, nuestra santidad, nuestra unidad y nuestra glorificación, para que podamos estar con él y ver su gloria (v. 1-6). La oración de Jesús es una realidad. La protección de los creyentes, la santidad de su pueblo, la unidad de los cristianos y la glorificación de sus hijos es algo tan cierto, que la Palabra incluso se refiere a ello en pasado, porque a ojos de Dios él ya nos glorificó (Ro. 8:30).

Nuestra glorificación es una realidad, y así mismo nuestra unidad en Cristo. La Iglesia de Cristo está unida, porque la unidad de los cristianos no es algo institucional que debamos fabricar, sino algo espiritual que Dios crea. No es la unidad político-teatral en la que tantos se esmeran. La unidad de los verdaderos cristianos es del mismo tipo que la que hay entre el Padre y el Hijo: «Para que todos sean uno. Como tú, oh Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros» (v. 21) ¡Somos uno en Cristo! (Ef. 4:4-6). Todos los que en verdad creen en el nombre del Señor han recibido el Espíritu Santo y forman parte de un solo Rebaño, un Cuerpo, una Nación, un Pueblo adquirido por Dios que es su Iglesia Universal (1 P. 2:9).

¿Qué pretende el ecumenismo?

La unidad de los creyentes en Cristo Jesús es una realidad que todo cristiano verdadero experimenta continuamente. Es una oración del Hijo contestada por el Padre. El ecumenismo que vemos en nuestros días no tiene nada que ver con la unidad de la que habla Juan 17. El ecumenismo de moda es una unidad de plástico que atiende a los intereses políticos de Roma. Al compás del Concilio Vaticano II, el movimiento ecuménico quiere acercar a todos los «hermanos separados» a la «santa madre iglesia». Según Roma, las iglesias evangélicas son solo «comunidades» que necesitan regresar allá donde —según ellos— continúa la sucesión apostólica.

Ecumenismo es un eufemismo para describir la ambición de Roma por recuperar su poder de antaño. El término «oikoumene» o «tierra habitada» se utilizaba en los tiempos del Imperio Romano para referirse a las tierras conquistadas. Hoy día la conquista no se pretende con dura represión sino con dulce persuasión. Ecumenismo es el nombre de la casita de chocolate en la que Roma espera que los Hansel y Gretel evangélicos acaben entrando.

¿Es más lo que nos une?

¿De verdad? Eso creen algunos. Es cierto que el catolicismo no niega la Trinidad, ni la doctrina de Jesucristo, ni las Sagradas Escrituras, ni la fe, ni la gracia… Pero lo más llamativo de las Solas de la Reforma no es lo que afirman, sino que afirman que creemos solo en lo que afirman, sin añadir nada más. Roma puede decir amén a todo lo que nosotros creemos, pero nosotros no a lo que ellos creen.

  • No creemos en la autoridad del papa, y no creemos que sea el sucesor de Pedro, porque la Roca sobre la cual Cristo construye su Iglesia es el testimonio de los apóstoles y profetas (Ef. 2:20). Dios es el Santo Padre, no el papa. Jesucristo es el Sumo Pontífice, no el papa. El Espíritu Santo es el Vicario de Cristo en la tierra, no el papa (Mt. 23:9).
  • No creemos en el magisterio de la iglesia romana. Creemos en la suficiencia de la Palabra de Dios, y rechazamos los dogmas, tradiciones y catecismos que deforman la verdad (2 Ti. 3:16; Col. 2:8).
  • No creemos que la iglesia de Roma tenga el copyright de los medios de gracia, ni que haya siete sacramentos, sino solo dos, que son el bautismo y la Cena del Señor como símbolos de realidades espirituales (Hch. 1:5; 1 Co. 11:23-27).
  • No creemos que la justificación dependa del bautismo, ni que el bautismo borre el pecado original. Cada creyente es salvo por medio de la fe en los méritos de Cristo (Lc. 23:42-43). La sangre del Cordero de Dios nos limpia de todo pecado y Dios nos declara justos por sus méritos (Ro. 5:1).
  • No creemos que los sacerdotes puedan perdonar los pecados, ni creemos en su intercesión, ni la de María, ni la de los santos, sino solo en la mediación de Cristo, a través del cual tenemos acceso al Padre (1 Ti. 2:5).
  • No creemos en el «evangelio» que predica Roma, porque Roma predica otro evangelio, enseñando que la sangre de Jesús no es suficiente, sacrificándolo de nuevo en cada misa, y añadiendo a su obra los méritos humanos (Ef. 2:8-9; Gá. 1:8).

¿De verdad es más lo que nos une? El ecumenismo pretende que las diferencias sean ignoradas, que oremos juntos, que nos llamemos hermanos, que no evangelicemos a los católicos para que Roma no pierda terreno frente al avance del Reino… Cinco siglos después, esas 95 tesis de Lutero aún siguen colgadas en la puerta de la catedral de Wittenberg, y Roma es también la misma de entonces. Volver al Vaticano es negar la verdad defendida por los reformadores y burlarse de la sangre de nuestros mártires. El ecumenismo es exactamente lo contrario a la Reforma.

Todos los cristianos que creemos (solo) en la verdad de la Palabra de Dios, estamos unidos con una unidad creada por Dios mismo. En nuestro caso, como escribió nuestro querido José Grau, «nuestro problema es ver cómo cultivamos un ecumenismo evangélico entre evangélicos», para acercarnos más a los que Cristo sacó del mundo, «porque a la desaprobación de lo que creemos errado debe seguir no sólo la protesta, sino la realización de lo que creemos es bíblico».[2]

No se trata de volver al Vaticano, sino de acercarnos juntos cada vez más a Cristo Jesús y su Santa Palabra.

[1] R. C. Sproul, Are We Together? A Protestant Analyzes Roman Catholicism [¿Estamos juntos en verdad? Un protestante analiza el catolicismo romano] (Orlando, FL: Reformation Trust Publishing, 2012), pos. 1965 de 2409.

[2] José Grau, El ecumenismo y la Biblia (Barcelona, España: Ediciones Evangélicas Europeas, 1973), 77.

David Barceló

David Barceló es originario de Palma de Mallorca, licenciado en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona, Master en Teología Bíblica por el Seminario Westminster en California (MA) y Doctor en Consejería Bíblica por el Seminario Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la ACBC (Association of Certified Biblical Couselors) y graduado en Consejería Bíblica por el Instituto de Consejería y Discipulado Bíblico de La Mesa, California (IBCD). Profesor de Consejería Bíblica en el seminario IBSTE de Castelldefels (Barcelona). David sirve en la Iglesia Evangélica de la Gracia en Barcelona desde sus inicios en 2005, siendo ordenado al pastorado en Junio de 2008. David y Elisabet están casados desde 1998 y son padres de cuatro preciosos hijos: Moisés, Daniel, Elisabet y Abraham.

http://sdejesucristo.org/podemos-estar-unidos-al-vaticano-unas-palabras-sobre-el-ecumenismo/

El descubrimiento más liberador

SEPTIEMBRE, 30

El descubrimiento más liberador

Devocional por John Piper

Por lo demás, hermanos míos, regocijaos en el Señor. (Filipenses 3:1)

Nunca antes me habían enseñado que Dios es glorificado cuando nos gozamos en él. Tal gozo en Dios es precisamente lo que hace que la alabanza sea un honor a Dios y no una hipocresía.

No obstante, Jonathan Edwards lo dijo de un modo muy claro y poderoso:

Dios se glorifica a sí mismo en las criaturas también de dos maneras: 1. Al aparecerse en… su entendimiento. 2. En comunicarse a sí mismo al corazón de ellos; y en el gozo y el deleite y disfrute de ellos en las manifestaciones que Dios hace de sí mismo… Dios es glorificado no solo porque ellos ven su gloria, sino también porque se regocijan en ella.

Cuando aquellos que ven su gloria se deleitan en ella, Dios es más glorificado que si solo la vieran… El que da testimonio de su idea de la gloria de Dios [no] glorifica a Dios tanto como el que también da testimonio de su aprobación de esa gloria y de su deleite en ella.

Este fue un descubrimiento impactante para mí. Debo buscar el gozo en Dios si he de glorificarlo como a la Realidad de más alta estima del universo. El gozo no es una simple opción que acompaña a la adoración. Es un componente esencial de la adoración.

Hay un nombre que le damos a aquellos que elogian aunque no se deleiten en el objeto de su alabanza: hipócritas. Este hecho —que alabar significa tener un placer consumado, y que el propósito más sublime del hombre es beber más y más de este placer— quizás haya sido el descubrimiento más liberador de mi vida.


Devocional tomado del libro “Deseando a Dios”, páginas 22-23

Todos los derechos reservados ©2017 Soldados de Jesucristo y DesiringGod.org

Batallemos contra la incredulidad

SEPTIEMBRE, 29

Batallemos contra la incredulidad

Devocional por John Piper

Por nada estéis afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios. (Filipenses 4:6)

Cuando me pongo ansioso ante el pensamiento de envejecer, lucho contra la incredulidad con la promesa: «Aun hasta vuestra vejez, yo seré el mismo, y hasta vuestros años avanzados, yo os sostendré. Yo lo he hecho, y yo os cargaré; yo os sostendré, y yo os libraré» (Isaías 46:4).

Cuando estoy ansioso respecto de la muerte, batallo contra la incredulidad con la promesa de que «ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo; pues si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos; por tanto, ya sea que vivamos o que muramos, del Señor somos. Porque para esto Cristo murió y resucitó, para ser Señor tanto de los muertos como de los vivos» (Romanos 14:7-9).

Cuando me siento ansioso al pensar que podría naufragar en la fe y alejarme de Dios, lucho contra la incredulidad aferrándome a dos promesas: «el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús» (Filipenses 1:6) y «Él también es poderoso para salvar para siempre a los que por medio de Él se acercan a Dios, puesto que vive perpetuamente para interceder por ellos» (Hebreos 7:25).

Hagamos la guerra no contra otras personas, sino contra nuestra propia incredulidad. Esta es la raíz de la ansiedad, que, a su vez, es la raíz de tantos otros pecados. Por eso, encendamos el limpiaparabrisas y usemos el líquido limpiador, y mantengamos la mirada fija en las preciosas y grandiosas promesas de Dios.

Tomemos la Biblia, pidamos ayuda al Espíritu Santo, guardemos las promesas en nuestro corazón, y peleemos la buena batalla —para vivir por fe en la gracia venidera—.


Devocional tomado del libro “Future Grace” (Gracia Venidera), página 61

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Nuestro bien es su gloria

SEPTIEMBRE, 28

Nuestro bien es su gloria

Devocional por John Piper

Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. (Mateo 6:6)

Una objeción común que se le hace al hedonismo cristiano es que pone los intereses del hombre por encima de la gloria de Dios —pone mi felicidad por encima del honor de Dios—. Pero el hedonismo cristiano se opone categóricamente a esta postura.

Es cierto que nosotros, los hedonistas cristianos, vamos en pos de nuestros intereses y nuestra felicidad con todas nuestras fuerzas. Nos adherimos a la resolución del joven Jonathan Edwards: «Resuelvo: esforzarme para obtener para mí mismo tanta felicidad en el otro mundo como me sea posible, haciendo uso de todo el poder, la fuerza, el vigor, la vehemencia, incluso la violencia, que sea capaz de ejercer, en todas las formas imaginables».

No obstante, hemos aprendido de la Biblia (¡y de Edwards!) que Dios está interesado en magnificar la plenitud de su gloria derramándola en forma de misericordia por nosotros.

Por lo tanto, la búsqueda de nuestros intereses y nuestra felicidad nunca está por sobre los de Dios, sino en los de Dios. La verdad más preciosa de la Biblia es que el mayor deseo de Dios es glorificar las riquezas de su gracia haciendo que los pecadores sean felices en él. ¡Sí, en él!

Cuando nos humillamos como niños pequeños, sin aires de autosuficiencia, sino corriendo felices al gozo del abrazo de nuestro Padre, la gloria de su gracia es magnificada y el anhelo de nuestra alma es satisfecho. Nuestros intereses y su gloria son un mismo objetivo.

Por consiguiente, los hedonistas cristianos no ponen su felicidad por sobre la gloria de Dios al buscar la felicidad en él.


Devocional tomado del libro “Deseando a Dios”, páginas 159-160

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El poder de una promesa superior

SEPTIEMBRE, 27

El poder de una promesa superior

Devocional por John Piper

Y andaré en libertad, porque busco tus preceptos. (Salmos 119:45)

Un componente esencial del gozo es la libertad. Ninguno de nosotros estaría feliz si no estuviéramos libres de aquello que aborrecemos y libres para hacer lo que amamos.

¿Dónde encontramos la verdadera libertad? Salmos 119:45 dice: «Y andaré en libertad, porque busco tus preceptos».

La imagen que se nos presenta es una de espacios abiertos. La Palabra nos libra de tener una mente estrecha (1 Reyes 4:29) y de un confinamiento amenazante (Salmos 18:19).

Jesús dijo: «Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8:32). La libertad a la que se refiere es la libertad de la esclavitud del pecado (versículo 34); o dicho en términos positivos, es la libertad para alcanzar la santidad.

Las promesas de la gracia de Dios nos dan el poder que convierte las demandas de la santidad de Dios en una experiencia de libertad en lugar de miedo. Pedro describió el poder liberador de las promesas de Dios en su carta: «Nos ha concedido sus preciosas y maravillosas promesas, a fin de que por ellas lleguéis a ser partícipes de la naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción que hay en el mundo por causa de la concupiscencia» (2 Pedro 1:4).

En otras palabras, cuando confiamos en las promesas de Dios, cortamos la raíz de la depravación por el poder de una promesa superior.

La Palabra que quiebra el poder de los placeres banales es sumamente crucial. ¡Cuán diligentes debiéramos ser en iluminar nuestro camino y llenar nuestro corazón de la Palabra de Dios!

«Lámpara es a mis pies tu palabra, y luz para mi camino» (Salmos 119:105). «En mi corazón he atesorado tu palabra, para no pecar contra ti» (Salmos 119:11; ver el versículo 9).


Devocional tomado del libro “Deseando a Dios”, páginas 149-150

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Vivamos confiados del poder de Dios

SEPTIEMBRE, 26

Vivamos confiados del poder de Dios

Devocional por John Piper

La extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros los que creemos… (Efesios 1:19)

La omnipotencia de Dios es nuestro refugio eterno e inamovible en la gloria eterna de Dios, sin importar lo que suceda en esta tierra. Y esa confianza es el poder que permite una obediencia radical al llamado de Dios.

¿Hay algo más liberador, más emocionante, más fortalecedor que la verdad de que el Dios Todopoderoso es nuestro refugio en cada una de nuestras experiencias de vida —ordinarias y extraordinarias— todos y cada uno de los días?

Si creyéramos esto, si en verdad dejáramos que la verdad acerca de la omnipotencia de Dios se apoderara de nosotros, ¡cuán notoria sería la diferencia que produciría en nuestra vida personal y en nuestro ministerio! ¡Cuán humildes y poderosos nos volveríamos para los propósitos de salvación de Dios!

La omnipotencia de Dios es un refugio para el pueblo de Dios. Y cuando en verdad creemos que nuestro refugio es la omnipotencia del Dios Todopoderoso, hay un gozo y una libertad y un poder que se desborda en una vida de obediencia radical a Cristo Jesús.

La omnipotencia de Dios implica reverencia, recompensa y refugio para el pueblo de su pacto.

Los invito a aceptar los términos del pacto de la gracia: apártense del pecado y confíen en el Señor Jesucristo, y la omnipotencia del Dios Todopoderoso será la reverencia de su alma, la recompensa de sus adversarios, y el refugio de su vida —para siempre—.


Devocional tomado del libro “Mi nombre es Dios Todopoderoso”

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La vida depende de la Palabra de Dios

SEPTIEMBRE, 25

La vida depende de la Palabra de Dios

Devocional por John Piper

Les dijo: Fijad en vuestro corazón todas las palabras con que os advierto hoy, las cuales ordenaréis a vuestros hijos que las obedezcan cuidadosamente, todas las palabras de esta ley. Porque no es una palabra inútil para vosotros; ciertamente es vuestra vida. Por esta palabra prolongaréis vuestros días en la tierra adonde vosotros vais, cruzando el Jordán a fin de poseerla. (Deuteronomio 32:46-47)

La Palabra de Dios no es una nimiedad; es una cuestión de vida o muerte. Si tratáramos las Escrituras como palabras triviales o vacías, esto nos costaría la vida.

Incluso la vida de nuestro cuerpo físico depende de la Palabra de Dios, porque por su Palabra fuimos creados (Salmos 33:6Hebreos 11:3) y él «sostiene todas las cosas por la palabra de su poder» (Hebreos 1:3).

Nuestra vida espiritual empieza por la Palabra de Dios: «En el ejercicio de su voluntad, Él nos hizo nacer por la palabra de verdad» (Santiago 1:18); «Pues habéis nacido de nuevo… mediante la palabra de Dios que vive y permanece» (1 Pedro 1:23).

No solo empezamos a vivir por la Palabra de Dios, sino que también seguimos viviendo por la Palabra de Dios: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mateo 4:4Deuteronomio 8:3).

Nuestra vida física fue creada y sigue en pie por la Palabra de Dios, y nuestra vida espiritual surge y se sostiene por la Palabra de Dios. ¡Cuántas historias podríamos reunir que dieran testimonio del poder que la Palabra de Dios tiene para dar vida!

Sin lugar a dudas, la Biblia «no es una palabra inútil» para nosotros: ¡es nuestra vida! El fundamento de todo gozo es la vida. No hay nada más básico que la pura existencia —nuestra creación y la preservación de nuestra vida—.

Todo esto se lo debemos al poder de la Palabra de Dios. Por medio de este mismo poder, Dios habló en las Escrituras, para la creación y el sustento de nuestra vida espiritual. Por lo tanto, la Biblia no es palabra inútil, sino la vida misma: ¡la llama que enciende nuestro gozo!


Devocional tomado del libro “Deseando a Dios”, página 145

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Jesús y su búsqueda de gozo

SEPTIEMBRE, 24

Jesús y su búsqueda de gozo

Devocional por John Piper

Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios. (Hebreos 12:2)

¿Será que el ejemplo de Jesús contradice el principio del hedonismo cristiano? Ese principio consiste en que el amor es el camino al gozo y que uno debiera elegirlo por esa misma razón, no vaya a ser que nos encontremos obedeciendo al Todopoderoso de mala gana, o que nos irrite el privilegio de ser un canal de la gracia, o que estemos menospreciando la recompensa prometida.

Hebreos 12:2 demuestra de un modo bastante claro que Jesús no contradice este principio.

La mayor obra de amor de todos los tiempos fue posible porque Jesús iba en pos de un gozo mayor de lo que podamos imaginar, es decir, el gozo de ser exaltado a la diestra de Dios en medio de la asamblea de un pueblo redimido: «por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz».

Al decir esto, el escritor tiene la intención de poner a Jesús como otro ejemplo, junto con los santos mencionados en Hebreos 11: aquellos que estaban tan entusiasmados y confiados en el gozo que Dios les ofrecía, que rechazaron los «placeres temporales del pecado» (11:25) y que eligieron ser maltratados con tal de estar alineados con la voluntad de Dios.

Por lo tanto, no es contrario a la Biblia afirmar que lo que sostuvo a Cristo en las horas oscuras en Getsemaní fue la esperanza del gozo que hallaría más allá de la cruz. Esto no cambia la realidad y la grandeza de su amor por nosotros, porque el gozo en el que su esperanza estaba puesta era el gozo de llevar muchos hijos a la gloria (Hebreos 2:10).

Su gozo radica en nuestra redención, que redunda en la gloria de Dios. La posibilidad de abandonar la cruz y, por lo tanto, abandonarnos a nosotros y renunciar a cumplir la voluntad del Padre, presentaba un panorama tan horroroso a la mente de Cristo que él rechazó esta posibilidad y abrazó la muerte.


Devocional tomado del libro “Deseando a Dios”, páginas 132-134

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