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¿Podemos estar unidos al Vaticano? Unas palabras sobre el ecumenismo

¿Podemos estar unidos al Vaticano? Unas palabras sobre el ecumenismo

Este artículo pertenece al libro De vuelta a Cristo: Celebrando los 500 años de la Reforma escrito por pastores hispano hablantes y publicado por Soldados de Jesucristo. Estaremos regalando los archivos digitales de este libro el 31 de octubre de 2018, en celebración del aniversario de la Reforma protestante.

«Como iglesias, debemos defender el evangelio bíblicoy nada más. Es nuestro llamado levantar en alto la verdad y exponer la falsedad… La Reforma no ha terminado… La causa de sola Scriptura, sola fide, sola gratia, solus Christus y soli Deo gloria continúa siendo la causa de y por la verdad bíblica» (R. C. Sproul).[1]

En el recibidor de mi casa tengo colgada una pequeña cruz de pizarra, una cruz de los hugonotes que traje un verano del sur de Francia. Escondidos entre los pinos del bosque de les Cévennes aquellos protestantes franceses celebraban sus cultos clandestinos usando púlpitos camuflados con forma de tonel. Cada día al salir de casa veo esa cruz y pienso en la persecución que muchos han sufrido por creer en la Palabra de Dios.

Ahora que celebramos el quinto centenario de la Reforma, recordamos las grandes doctrinas que muchos defendieron con sus vidas… y nos sorprende que algunos aboguen por un acercamiento a Roma. ¿Ha aceptado el catolicismo romano las 95 tesis que Lutero colgó en 1517? ¿Se acabó el debate teológico?¿Se pueden obviar las diferencias? ¿Podemos estar unidos al Vaticano?

El ecumenismo está de moda. Oímos cada dos por tres de iglesias evangélicas que tienen cultos unidos con católicos. La unidad siempre suena políticamente correcta, pero ¿qué tipo de unidad propone Roma? En círculos ecuménicos se cita constantemente Juan 17, cuando el Señor ruega al Padre «que todos sean uno» (Jn. 17:21), y en breves palabras necesitamos dar respuesta a algunas preguntas cruciales que levanta ese pasaje: ¿Por quiénes ora el Señor en Juan 17? Y ¿por qué tipo de unidad ruega al Padre?

¿Por quiénes ora Jesús?

En Juan 17 Jesús ora por los suyos. No ora por todo el mundo, sino por los que ha sacado del mundo. El Señor usa expresiones como «he manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste» (v. 6), «Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me has dado» (v. 9), o «Padre, quiero que los que me has dado, estén también conmigo» (v. 24). Cristo ora por los que el Padre le ha dado, y a éstos les da vida eterna.

Pero el pasaje de Juan 17 no solo nos dice quiénes son los cristianos, sino también cómo son. Los hijos de Dios conocen al Dios verdadero (v. 3), son los que reciben las palabras de Jesús (v. 8), los que creen que el Padre le envió (v. 8), y los que guardan la Palabra de Dios (v. 6). Jesús no habla de aquellos que se llaman a sí mismos cristianos, porque «No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos» (Mt. 7:21). Jesús ora por la Iglesia verdadera, y su Iglesia no está definida por una organización terrenal, sino por la realidad espiritual del nuevo nacimiento que se hace evidente en la obediencia a su Palabra. Cristo no solo oró por los creyentes —en general— sino por los creyentes en la Palabra de Dios. Al orar por ellos exclama «que sean uno». Entre los verdaderos creyentes hay una verdadera unidad espiritual, pero al mismo tiempo existe una tremenda separación entre el mundo y los que él ha llamado del mundo. Por los demás, por los que están en el mundo, Jesús ora diciendo «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc. 23:34).

¿Qué pide Jesús al Padre?

En referencia a los verdaderos cristianos, Jesús hace cuatro peticiones en Juan 17 (v. 11-26):

En primer lugar, Jesús ora por protección para los suyos. Le pide al Padre que los guarde del mal en su peregrinaje por la tierra. Que no los quite del mundo, pero que los proteja en un mundo hostil. Y en efecto, Dios el Padre guarda a los suyos hasta el final porque a pesar del odio, la persecución y el desprecio del mundo hacia sus discípulos «ninguno se perdió, excepto el hijo de perdición» (v. 12).

En segundo lugar, Jesús ora por santidad para los suyos. Esta es sin duda la mayor protección en un mundo de oscuridad. La santidad protege a la Iglesia del Señor frente a los dardos de fuego del maligno. Así como el bombero se viste de amianto, la iglesia se viste de santidad. Pero esa santidad no se genera espontáneamente, sino a través de la Palabra: «Santíficalos en la verdad; tu Palabra es verdad» (v. 17). La Iglesia del Señor se mantiene santa habitando en la Palabra de Dios, porque la Palabra transforma los corazones.

En tercer lugar, Jesús ora por la unidad de la iglesia. Pide que sean «perfeccionados en unidad» (v. 23) para mostrar al mundo el evangelio de forma viva. Esta unidad es una unidad sobrenatural. El Nuevo Testamento da evidencias de la respuesta a la oración del Señor. La iglesia primitiva la componían judíos y griegos, romanos y samaritanos, y después de Pentecostés entraron en ella creyentes de toda raza, lengua y nación. Gentes que humanamente hablando serían incompatibles, pero en Cristo son hermanos con una misma fe y una misma esperanza.

En cuarto lugar, Jesús le pide al Padre por la glorificación de los creyentes. Jesús le ruega al Padre que los suyos puedan ver su gloria, y que estén con él por siempre (v. 24).

¿Por qué tipo de unidad ora?

En Juan 17 Jesús ruega por cuatro cosas para aquellos que el Padre le ha dado. Ora por nuestra protección, nuestra santidad, nuestra unidad y nuestra glorificación, para que podamos estar con él y ver su gloria (v. 1-6). La oración de Jesús es una realidad. La protección de los creyentes, la santidad de su pueblo, la unidad de los cristianos y la glorificación de sus hijos es algo tan cierto, que la Palabra incluso se refiere a ello en pasado, porque a ojos de Dios él ya nos glorificó (Ro. 8:30).

Nuestra glorificación es una realidad, y así mismo nuestra unidad en Cristo. La Iglesia de Cristo está unida, porque la unidad de los cristianos no es algo institucional que debamos fabricar, sino algo espiritual que Dios crea. No es la unidad político-teatral en la que tantos se esmeran. La unidad de los verdaderos cristianos es del mismo tipo que la que hay entre el Padre y el Hijo: «Para que todos sean uno. Como tú, oh Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros» (v. 21) ¡Somos uno en Cristo! (Ef. 4:4-6). Todos los que en verdad creen en el nombre del Señor han recibido el Espíritu Santo y forman parte de un solo Rebaño, un Cuerpo, una Nación, un Pueblo adquirido por Dios que es su Iglesia Universal (1 P. 2:9).

¿Qué pretende el ecumenismo?

La unidad de los creyentes en Cristo Jesús es una realidad que todo cristiano verdadero experimenta continuamente. Es una oración del Hijo contestada por el Padre. El ecumenismo que vemos en nuestros días no tiene nada que ver con la unidad de la que habla Juan 17. El ecumenismo de moda es una unidad de plástico que atiende a los intereses políticos de Roma. Al compás del Concilio Vaticano II, el movimiento ecuménico quiere acercar a todos los «hermanos separados» a la «santa madre iglesia». Según Roma, las iglesias evangélicas son solo «comunidades» que necesitan regresar allá donde —según ellos— continúa la sucesión apostólica.

Ecumenismo es un eufemismo para describir la ambición de Roma por recuperar su poder de antaño. El término «oikoumene» o «tierra habitada» se utilizaba en los tiempos del Imperio Romano para referirse a las tierras conquistadas. Hoy día la conquista no se pretende con dura represión sino con dulce persuasión. Ecumenismo es el nombre de la casita de chocolate en la que Roma espera que los Hansel y Gretel evangélicos acaben entrando.

¿Es más lo que nos une?

¿De verdad? Eso creen algunos. Es cierto que el catolicismo no niega la Trinidad, ni la doctrina de Jesucristo, ni las Sagradas Escrituras, ni la fe, ni la gracia… Pero lo más llamativo de las Solas de la Reforma no es lo que afirman, sino que afirman que creemos solo en lo que afirman, sin añadir nada más. Roma puede decir amén a todo lo que nosotros creemos, pero nosotros no a lo que ellos creen.

  • No creemos en la autoridad del papa, y no creemos que sea el sucesor de Pedro, porque la Roca sobre la cual Cristo construye su Iglesia es el testimonio de los apóstoles y profetas (Ef. 2:20). Dios es el Santo Padre, no el papa. Jesucristo es el Sumo Pontífice, no el papa. El Espíritu Santo es el Vicario de Cristo en la tierra, no el papa (Mt. 23:9).
  • No creemos en el magisterio de la iglesia romana. Creemos en la suficiencia de la Palabra de Dios, y rechazamos los dogmas, tradiciones y catecismos que deforman la verdad (2 Ti. 3:16; Col. 2:8).
  • No creemos que la iglesia de Roma tenga el copyright de los medios de gracia, ni que haya siete sacramentos, sino solo dos, que son el bautismo y la Cena del Señor como símbolos de realidades espirituales (Hch. 1:5; 1 Co. 11:23-27).
  • No creemos que la justificación dependa del bautismo, ni que el bautismo borre el pecado original. Cada creyente es salvo por medio de la fe en los méritos de Cristo (Lc. 23:42-43). La sangre del Cordero de Dios nos limpia de todo pecado y Dios nos declara justos por sus méritos (Ro. 5:1).
  • No creemos que los sacerdotes puedan perdonar los pecados, ni creemos en su intercesión, ni la de María, ni la de los santos, sino solo en la mediación de Cristo, a través del cual tenemos acceso al Padre (1 Ti. 2:5).
  • No creemos en el «evangelio» que predica Roma, porque Roma predica otro evangelio, enseñando que la sangre de Jesús no es suficiente, sacrificándolo de nuevo en cada misa, y añadiendo a su obra los méritos humanos (Ef. 2:8-9; Gá. 1:8).

¿De verdad es más lo que nos une? El ecumenismo pretende que las diferencias sean ignoradas, que oremos juntos, que nos llamemos hermanos, que no evangelicemos a los católicos para que Roma no pierda terreno frente al avance del Reino… Cinco siglos después, esas 95 tesis de Lutero aún siguen colgadas en la puerta de la catedral de Wittenberg, y Roma es también la misma de entonces. Volver al Vaticano es negar la verdad defendida por los reformadores y burlarse de la sangre de nuestros mártires. El ecumenismo es exactamente lo contrario a la Reforma.

Todos los cristianos que creemos (solo) en la verdad de la Palabra de Dios, estamos unidos con una unidad creada por Dios mismo. En nuestro caso, como escribió nuestro querido José Grau, «nuestro problema es ver cómo cultivamos un ecumenismo evangélico entre evangélicos», para acercarnos más a los que Cristo sacó del mundo, «porque a la desaprobación de lo que creemos errado debe seguir no sólo la protesta, sino la realización de lo que creemos es bíblico».[2]

No se trata de volver al Vaticano, sino de acercarnos juntos cada vez más a Cristo Jesús y su Santa Palabra.

[1] R. C. Sproul, Are We Together? A Protestant Analyzes Roman Catholicism [¿Estamos juntos en verdad? Un protestante analiza el catolicismo romano] (Orlando, FL: Reformation Trust Publishing, 2012), pos. 1965 de 2409.

[2] José Grau, El ecumenismo y la Biblia (Barcelona, España: Ediciones Evangélicas Europeas, 1973), 77.

David Barceló

David Barceló es originario de Palma de Mallorca, licenciado en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona, Master en Teología Bíblica por el Seminario Westminster en California (MA) y Doctor en Consejería Bíblica por el Seminario Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la ACBC (Association of Certified Biblical Couselors) y graduado en Consejería Bíblica por el Instituto de Consejería y Discipulado Bíblico de La Mesa, California (IBCD). Profesor de Consejería Bíblica en el seminario IBSTE de Castelldefels (Barcelona). David sirve en la Iglesia Evangélica de la Gracia en Barcelona desde sus inicios en 2005, siendo ordenado al pastorado en Junio de 2008. David y Elisabet están casados desde 1998 y son padres de cuatro preciosos hijos: Moisés, Daniel, Elisabet y Abraham.

http://sdejesucristo.org/podemos-estar-unidos-al-vaticano-unas-palabras-sobre-el-ecumenismo/

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