Éste anduvo haciendo bienes

28 de julio

«Éste anduvo haciendo bienes».

Hechos 10:38

Pocas palabras; y, sin embargo, una preciosa biografía del Señor Jesucristo. No hay muchas plumadas, pero son plumadas de maestro. Lo que dice este pasaje es cierto en el más completo, amplio y absoluto sentido del Salvador y solo del Salvador: «Éste anduvo haciendo bienes». Por esta descripción resulta evidente que él hizo el bien de una manera personal. Los Evangelistas nos dicen, a cada paso, que él tocaba a los leprosos con el dedo, que ungía los ojos de los ciegos y que, en aquellos casos cuando se le pedía que dijese solamente una palabra desde cierta distancia, por lo regular, no consentía en hacerlo, sino que iba a la cama del enfermo y allí obraba personalmente la sanidad. Aquí tenemos una lección para nosotros. Si queremos hacer el bien, hagámoslo en persona. Demos limosna con nuestra propia mano: una mirada o una palabra afectuosa aumentará el valor de la dádiva. Háblale a algún amigo tuyo acerca de su alma y tu ruego amoroso dará mejor resultado que toda una biblioteca de folletos. La manera como nuestro Señor hacía bien a la gente manifiesta su incesante actividad. Él no solo efectuó el bien que estaba al alcance de su mano, sino que «anduvo» cumpliendo con su compasiva misión: en toda la tierra de Judea apenas habría alguna villa o aldea que no hubiese alegrado con su presencia. ¡Cómo condena esto la manera lenta y desganada con que muchos creyentes sirven al Señor! Ciñamos los lomos de nuestro entendimiento y no nos cansemos de hacer bien. ¿No implica nuestro texto que él se esforzó al máximo por hacer el bien? Nunca se acobardó a causa del peligro o de las dificultades, y fue en busca de los objetos de sus misericordiosos propósitos. Así debemos actuar nosotros. Si los antiguos planes no dan resultado, tenemos que probar otros nuevos; porque los métodos nuevos a veces consiguen más que los habituales. También se indican aquí la perseverancia de Cristo y la unidad de sus propósitos. La aplicación práctica de todo esto puede resumirse en las siguientes palabras: él nos dejó «ejemplo para que [sigamos] sus pisadas» (1 P. 2:21).

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 219). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¿Quién acusará a los escogidos de Dios?

27 de julio

«¿Quién acusará a los escogidos de Dios?».

Romanos 8:33

¡Qué bendito desafío! ¡Cuán incontestable es! Todos los pecados de los elegidos se pusieron sobre nuestro gran Adalid y se eliminaron con la expiación. No hay pecado alguno consignado en el libro de Dios contra los suyos: «No ha notado iniquidad en Jacob ni ha visto perversidad en Israel» (Nm. 23:21). Ellos han sido justificados en Cristo para siempre. Al quitarse la culpa del pecado, se eliminó también el castigo del mismo. El cristiano no debe temer golpe alguno de la mano airada de Dios; más aún, no ha de tener miedo siquiera de una simple mirada ceñuda de la justicia punitiva. El creyente puede verse castigado por el Padre, pero Dios el Juez no tiene otra cosa que decirle al cristiano aparte de esta: «Yo te absuelvo; quedas libre». Para el creyente, no hay muerte penal en este mundo y, mucho menos, una muerte segunda. El cristiano está completamente libre del castigo por la culpa del pecado. El pecado puede hallarse en nuestro camino e inquietarnos con constante lucha; pero es un enemigo posible de vencer para toda alma unida a Jesús. No hay pecado que el creyente no pueda someter si solo se decide a confiar en Dios. Los que visten las ropas blancas en los cielos han vencido por la sangre del Cordero, y nosotros podemos hacer lo mismo. Ninguna concupiscencia es demasiado poderosa; ningún vicio resulta inexpugnable. Por el poder de Cristo los podemos derrotar. ¿Crees tú, cristiano, que tu pecado ya ha sido condenado? Puede cocear y forcejear, pero está condenado a morir. Dios ha escrito sobre su frente la palabra «condenado». Cristo lo ha crucificado, «clavándolo en la cruz». Ve ahora y mortifícalo, y el Señor te ayudará a vivir para su alabanza, pues el pecado con todas sus culpas, vergüenzas y temores, ha muerto.

Hay perdón por la sangre de Jesús,

hay perdón por su muerte en la cruz.

Proclamad que hay perdón,

para todos hay perdón,

los que acuden al Señor Jesús.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 218). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Para hacerlos sentar con los príncipes

26 de julio

«Para hacerlos sentar con los príncipes».

Salmo 113:8

Nuestros privilegios espirituales son de la mejor clase. «Con los príncipes» es el lugar de la compañía selecta. «Nuestra comunión verdaderamente es con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Jn. 1:3): si hablamos de compañía selecta, no hay otra como esta. «Nosotros somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa» (1 P. 2:9). Nos hemos «acercado […] a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos» (He. 12:22, 23). Los santos gozan de audiencia en la Corte. Los príncipes acceden a la majestad real cuando el grueso del pueblo tiene que quedarse fuera. El hijo de Dios disfruta de libre acceso a los consejos secretos del Cielo: «Por medio de él, los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre» (Ef. 2:18); «Acerquémonos, pues, confiadamente (dice el Apóstol) al trono de la gracia» (He. 4:16). Los príncipes poseen abundantes riquezas, ¿pero qué es su abundancia comparada con las riquezas de los creyentes? Pues «todo es vuestro; y vosotros de Cristo y Cristo de Dios» (1 Co. 3:23); «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?» (Ro. 8:32). Los príncipes tienen un poder especial: un príncipe del imperio del Cielo cuenta con mucha influencia; empuña un cetro en sus propios dominios; se sienta en el trono de Jesús, pues él nos ha hecho «reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra» (Ap. 5:10). Reinamos sobre el Reino unido del tiempo y de la eternidad. Además, los príncipes gozan de especial honor: desde la altura en la cual la gracia nos ha colocado, podemos menospreciar toda dignidad terrenal. Porque ¿qué es la grandeza humana comparada con lo que dice este versículo: «Y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús»? (Ef. 2:6). Nosotros compartiremos el honor de Cristo; comparado con esto, los esplendores terrenales no valen nada. La comunión con Jesús es la joya más valiosa que jamás haya brillado en una diadema imperial. La unión con el Señor constituye una hermosa corona capaz de eclipsar el brillo de la pompa de un imperio.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 217). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

En su angustia me buscarán

25 de julio

«En su angustia me buscarán».

Oseas 5:15

Las pérdidas y las adversidades son a menudo los medios que el gran Pastor utiliza para conducir al redil a su oveja perdida. Esas adversidades, como perros rabiosos, acosan a los extraviados, haciéndolos regresar al aprisco. No se puede domar a los leones cuando están muy bien alimentados: hay que abatir su fuerza y reducir la ración para sus estómagos; entonces se someterán a la mano del domador. Muchas veces hemos visto a los cristianos llegar a ser obedientes a la voluntad del Señor por medio de la escasez de pan y los duros trabajos. Cuando están ricos y llenos de bienes, numerosos creyentes llevan sus cabezas demasiado erguidas y hablan con mucha jactancia. Como David, se vanaglorian diciendo: «No seré conmovido». Cuando el cristiano se enriquece, tiene buena reputación, goza de buena salud y tiene una familia feliz, con demasiada frecuencia, admite también al Sr. Seguridad Carnal para que se deleite a su mesa; y, entonces, si realmente es un hijo de Dios, hay una vara preparada para él. Aguarda un momento y quizá veas como sus bienes se desvanecen como un sueño. Ahí va una parte de su posesión: ¡Qué pronto cambian los bienes de mano! Esa deuda, esa factura impagada: ¡Cuán rápidamente se suceden sus pérdidas! ¿Dónde terminarán? Es una bendita señal de la vida divina cuando, al presentársele esas dificultades, el creyente empieza a afligirse por su apostasía y acude a su Dios. ¡Benditas las olas que purifican al marinero sobre la roca de la salvación! Las pérdidas en los negocios se ven a menudo santificadas para el enriquecimiento de nuestras almas. Si el alma elegida no viene al Señor con las manos llenas, vendrá a él vacía. Si Dios en su gracia no encuentra otros medios para que lo honremos entre los hombres, nos echará en el abismo. Y si no lo honramos en la cumbre de las riquezas, nos llevará al valle de la indigencia. Sin embargo, no desmayes, tú heredero del dolor, cuando así se te reprende; reconoce más bien la mano amorosa que te castiga y di para ti: «Me levantaré e iré a mi Padre».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 216). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Muy grande es su campamento

24 de julio

«Muy grande es su campamento».

Joel 2:11

Considera, oh alma mía, el poder del Señor, que es tu gloria y tu defensa. El Señor es varón de guerra, el Señor es su nombre. Todas las fuerzas del Cielo están a sus órdenes. Legiones aguardan ante su puerta: querubines, serafines, vigilantes y santos, principados y potestades, todos están atentos a su voluntad. Si nuestros ojos no estuvieran ciegos por la oftalmía de la carne, veríamos caballos y carros de fuego rodeando al amado del Señor. Las fuerzas de la Naturaleza están todas sujetas al absoluto dominio del Creador. El viento tormentoso y la tempestad, el relámpago y la lluvia, la nieve y el granizo, el suave rocío y la alegre luz del sol, vienen y van a su mandato. Él desata las ligaduras del Orión y ata las dulces influencias de las Pléyades. La tierra, el mar, el aire y los lugares bajos de la tierra son los cuarteles de los grandes ejércitos del Señor. El llano es su campo de batalla, la luz su bandera y la llama, su espada. Cuando él sale a la guerra, el hambre destruye la tierra, la peste hiere a las naciones, el ciclón revoluciona el mar, el tornado sacude las montañas y el terremoto hace temblar la tierra. En cuanto a los seres vivientes, todos ellos reconocen su dominio; y desde aquel gran pez que tragó al profeta hasta la «toda suerte de moscas» que invadieron el campo de Zoán, todos le sirven. Tanto el gorgojo como la oruga y la langosta forman parte de su gran ejército, pues su campamento es muy numeroso. Alma mía, asegúrate de estar bajo su bandera, pues la guerra contra él es una necedad; en cambio, servirle es glorioso. Jesús, Emanuel, Dios con nosotros, está pronto a recibir reclutas para el ejército del Señor. Si aún me he alistado, debo ir a él antes de dormir y rogarle que me acepte por sus méritos; y si, como lo espero, ya soy un soldado de la cruz, estaré de buen ánimo, porque el enemigo es impotente comparado con mi Señor, cuyo campamento es muy grande.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 215). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

 

La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado

23 de julio

«La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado».

1 Juan 1:7

«Limpia», dice el texto, no «limpiará». Hay multitudes que piensan que el obtener perdón es un asunto para el día de la muerte. ¡Oh cuán infinitamente mejor es para mí tener limpieza ahora que depender de la simple posibilidad de recibir el perdón cuando me muera! Algunos piensan que un sentimiento de perdón solo se puede obtener después de muchos años de experiencia cristiana. No obstante, el perdón de pecados es algo actual, un privilegio para hoy, un gozo para esta misma hora. El pecador resulta completamente perdonado en el mismo momento en que confía en Jesús. El texto, que está escrito en Presente, indica también continuidad. Ayer decía: «Limpia»; hoy dice: «Limpia»; y mañana dirá: «Limpia». Y siempre será así contigo, querido cristiano, hasta que hayas de cruzar el río. En cada momento puedes acercarte a esta fuente, pues ella sigue limpiando. Advierte, además, la perfección de esta limpieza: «La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado»; no solo de pecado, sino de «todo pecado». Lector, no puedo describirte la dulzura de esta palabra, pero ruego a Dios que el Espíritu Santo te la haga gustar. Muchos son nuestros pecados contra Dios; pero ya sea grande o pequeña la cuenta, el mismo pago puede cancelarla completamente. La sangre de Jesús es un pago tan bendito y divino por las transgresiones del blasfemo Pedro como por los defectos del amoroso Juan. Nuestras iniquidades han desaparecido; han desaparecido todas de una vez; y han desaparecido todas ellas para siempre. ¡Bendita perfección! ¡Qué agradable tema para seguir pensando en él mientras nos entregamos al sueño!

De los pecados contra Dios,

de los pecados contra sus justas leyes,

de los pecados contra su amor y su sangre,

de los pecados contra su nombre y su causa,

de los pecados inmensos como el mar:

de todos ellos me limpia él.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar.

(S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 214). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«He aquí el hombre»

22 de julio

«He aquí el hombre».

Juan 19:5

No hubo un momento en que el Señor Jesús fuera de tanto gozo y aliento para los suyos como cuando se sumergió en lo más hondo de las simas del dolor. Ven aquí, alma bondadosa, y contempla al Hombre en el huerto de Getsemaní; mira su corazón: tan lleno de amor que se desborda, tan lleno de dolor que necesita desahogarse. Contempla su sudor como sangre mientras cae al suelo. Ve al Hombre cuando le hunden los clavos en las manos y en los pies. Mira, arrepentido pecador, y ve la doliente imagen de nuestro abnegado Señor. Obsérvalo mientras las rojas gotas aparecen sobre la corona de espinas y adornan con valiosísimas gemas la diadema del Rey del sufrimiento. Contempla al Hombre cuando todos sus huesos están descoyuntados y él se derrama como aguas y es arrastrado al polvo de la muerte. Dios lo ha desamparado y el Infierno lo cerca. Mira y ve: ¿Hubo alguna vez un dolor igual al que le ha sobrevenido? Todos los que pasan, acérquense y miren este espectáculo de dolor único, sin paralelo: un portento para los hombres y para los ángeles, un prodigio sin par. Contempla al Emperador del dolor que en su agonía no tiene quien lo iguale ni rivalice con él. Míralo, tú afligido, pues si no hay consuelo en el Cristo crucificado, no lo hay ni en la tierra ni en el Cielo. Si en el precio del rescate que pagó con su sangre no hay esperanza, entonces tampoco hay gozo en las arpas del Cielo, y la diestra de Dios no conocerá jamás el placer. Para no sentirnos tan turbados con nuestras dudas y dolores solo tenemos que sentarnos más a menudo al pie de la cruz. Solo necesitamos ver sus dolores para avergonzarnos de mencionar los nuestros; no tenemos más que mirar sus heridas para sanar de las nuestras. Si queremos vivir rectamente, debemos contemplar su muerte; si deseamos elevarnos, hemos de meditar en su humillación y sus aflicciones.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 213). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«¿Por que ando sombrío?»

21 de julio

«¿Por que ando sombrío?».

Salmo 42:9 (LBLA)

Creyente, ¿puedes tú responder a esta pregunta? ¿Cuál es la razón por que en lugar de estar gozoso te hallas frecuentemente triste? ¿Por qué te rindes a lúgubres presentimientos? ¿Quién te dijo que la noche jamás acabará en día? ¿Quién te aseguró que el mar de los recursos menguaría hasta no quedar nada sino largas leguas de fango de horrible pobreza? ¿Quién te dijo que el invierno de tu descontento avanzaría de helada en helada: de nieve, hielo y granizo a una más terrible tempestad aún de desesperación? ¿No sabes que el día sigue a la noche, que el flujo viene después del reflujo y que la primavera y el verano suceden al invierno? ¡Espera entonces! ¡Espera siempre!, porque Dios no te dejará. ¿No sabes que tu Dios te ama en medio de todo esto? Las montañas, cuando están ocultas por la oscuridad, son tan reales como cuando es de día, y el amor que Dios te profesa es tan real ahora como lo fue en tus mejores tiempos. Ningún padre castiga siempre. Tu Dios abomina el castigo tanto como tú. Él solo quiere aplicarlo por la misma razón por que tú debieras desear recibirlo; a saber, para que ese castigo produzca en ti un perpetuo bien. Tú aún subirás con los ángeles por la escala de Jacob y contemplarás al que se sienta en su cima: el Dios del pacto. Aún olvidarás, en medio de los esplendores de la eternidad, las pruebas del tiempo, o las recordarás solo para bendecir a Dios que te guió a través de ellas y efectuó por medio de ellas tu bien perpetuo. Ven, canta en medio de la tribulación. Regocíjate aun mientras pasas por el horno de fuego. Haz que el desierto florezca como la rosa, que resuene con tus alegres voces de júbilo, porque estas leves aflicciones pronto pasarán y, entonces, «para siempre con el Señor», tu felicidad jamás decaerá.

Desanimado no estoy, desanimado no estoy;

pruebas vendrán, mas pronto se irán,

fiando en Cristo, todas se van.

¡Desanimado no estoy!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 212). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Ahora, pues, ¿qué tienes tú en el camino de Egipto, para que bebas agua del Nilo?

20 de julio

«Ahora, pues, ¿qué tienes tú en el camino de Egipto, para que bebas agua del Nilo?».

Jeremías 2:18

Por medio de varios milagros, diversas gracias y sorprendentes liberaciones, el Señor había demostrado ser digno de la confianza de Israel. Sin embargo, los israelitas rompieron los cercos con que Dios los había encerrado como en un sagrado jardín. Dejaron a su Dios vivo y verdadero para ir tras los dioses falsos. El Señor los reprendió frecuentemente por este encaprichamiento idolátrico, y nuestro texto contiene un ejemplo de cómo discute Dios con ellos: ¿»Qué tienes tú en el camino de Egipto para que bebas agua del fangoso río?», pues así puede traducirse este vocablo. «¿Por qué vagas lejos y dejas tus frescos arroyos del Líbano? ¿Por qué te olvidas de Jerusalén para desviarte hacia Nof y hacia Tafnes? ¿Por qué en forma tan extraña te excitas al mal que no puedes contentarte con lo bueno y saludable, sino que quieres ir tras aquello que es malo y engañoso?». ¿No hay aquí una palabra de reconvención y de admonición para el cristiano? ¡Oh genuino creyente, llamado por gracia y lavado en la sangre preciosa de Jesús, tú has probado la amarga bebida que el fangoso río del placer del mundo puede darte; has tenido comunión con Cristo; has experimentado el gozo de ver a Jesús y de apoyar tu cabeza sobre su pecho. Después de esto, ¿te pueden satisfacer las frivolidades, los cantos y las diversiones de esta tierra? Has comido el pan de los ángeles, ¿puedes ahora vivir a base de algarrobas? El buen Rutherford dijo en cierta ocasión: «He gustado el maná de Cristo y ahora el pan negro de los goces de este mundo no tiene más sabor para mí». Pienso que así debiera ser contigo. Si estás vagando detrás de las aguas de Egipto, vuelve inmediatamente a la fuente viva. Las aguas del Nilo pueden ser agradables para los egipcios, pero te resultarán amargas a ti. ¿Qué tienes tú que ver con ellas? Esa es la pregunta que Jesús te hace en esta noche, ¿qué vas a responderle?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 211). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Ninguno estrechará a su compañero, cada uno irá por su carrera

18 de julio

«Ninguno estrechará a su compañero, cada uno irá por su carrera».

Joel 2:8

Las langostas siempre van en fila y, aunque su número sea incontable, no se amontonan unas sobre otras sembrando el caos entre sus columnas. Este hecho notable de la historia natural muestra cómo el Señor ha infundido en el universo un espíritu de orden, ya que las más pequeñas criaturas están tan dirigidas por él como las esferas celestes o los seráficos mensajeros. Sería conveniente que el creyente se dejara regir por ese mismo influjo en su vida espiritual. En sus virtudes cristianas, ninguna debe usurpar la esfera de la otra o devorar las entrañas de las demás para su propio sostén. El afecto no debe ahogar a la honradez; el coraje no debe arrastrar a la mansedumbre fuera del campo; la modestia no ha de atropellar a la energía; y la paciencia no tiene que asesinar a la resolución. Así, también, ha de pasar con nuestros deberes: uno no debe interferir con el otro. La utilidad pública no tiene que perjudicar a la piedad privada. La obra de la Iglesia no debe arrinconar al culto familiar. Es malo ofrecer a Dios un deber manchado con la sangre del otro. Cada cosa es hermosa en su tiempo, pero no de otro modo. Fue a los fariseos a quienes Jesús dijo: «Esto era necesario hacer sin dejar de hacer aquello» (Mt. 23:23). La misma regla se aplica a nuestra situación personal: debemos procurar conocer nuestro sitio, ocuparlo y conservarlo. Hemos de ministrar según el don que el Espíritu nos ha dado y no meternos en los dominios de nuestro consiervo. Nuestro Señor nos enseñó que no ambicionásemos los puestos elevados, sino que estuviéramos dispuestos a ser los más pequeños entre los hermanos. Lejos esté de nosotros ser de espíritu envidioso; sintamos la fuerza del mandato del Maestro y obremos como él nos ordena, formando fila con el resto del ejército. Veamos si esta noche estamos guardando la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz, y oremos para que en todas las iglesias del Señor Jesús prevalezcan la paz y el orden.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 209). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.