¿Qué es el tribunal de Cristo?

Director de educación en español y profesor de Antiguo Testamento en The Master’s Seminary

Tiene una licenciatura summa cum laude en idiomas bíblicos (B.A.) por The Master’s University, dos maestrías summa cum laude (M.Div. y Th.M.) y un doctorado (Ph.D.) por The Master’s Seminary. Actualmente sirve no solo como director ejecutivo de la Sociedad Teológica Cristiana sino también como director de los ministerios en español de The Master’s Fellowship. Es anciano en la Iglesia Bíblica Berea en North Hollywood, California, y el editor general y uno de los autores de La hermenéutica de Cristo así como uno de los contribuidores de la serie En ti confiaré y El orgullo. Nacido en Buenos Aires, Argentina, Lucas emigró a los Estados Unidos en el 2008, donde conoció a su esposa Clara de origen brasileño. Juntos tienen tres hijos, Elias Agustín, Enoc Emanuel y Emet Gabriel.

Una teología de la familia

Motivos para la adoración familiar
J. Merle D’Aubigne (1794-1872)
“Pero yo y mi casa serviremos a Jehová”. —Josué 24:15
“Muera yo la muerte de los rectos, y mi postrimería sea la suya”. —Números 23:10


Hemos dicho, hermanos míos, en una ocasión anterior, que si queremos morir su Muerte, debemos vivir su Vida. Es cierto que hay casos en los que el Señor muestra su misericordia y su gloria a los hombres que ya se encuentran en el lecho de muerte y les dice como al ladrón en la cruz: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc. 23:43). El Señor sigue dándole a la Iglesia ejemplos similares de vez en cuando. Y lo hace con el propósito de exhibir su poder soberano por el cual, cuando le agrada hacerlo así, puede quebrantar el más duro de los corazones y convertir a las almas más apartadas de Dios para mostrar que todo depende de su gracia y que tiene misericordia de quien tiene misericordia. Con todo, estas no son sino raras excep- ciones de las que no pueden depender en absoluto y, mis queridos oyentes, si desean morir la muerte del cristiano, deben vivir la vida del cristiano. Sus corazones deben estar verdade- ramente convertidos al Señor; verdaderamente preparados para el reino y confiar sólo en la misericordia de Cristo deseando ir a morar con Él. Ahora, amigos míos, existen varios me- dios por los cuales pueden prepararse en vida para obtener, un día futuro, un bendito final. Y es en uno de estos medios más eficaces en el que queremos reflexionar ahora. Este medio es la adoración familiar; es decir, la edificación diaria que los miembros de una familia cristiana pueden disfrutar mutuamente. “Pero yo y mi casa [le dijo Josué a Israel] serviremos a Jehová” (Jos. 24:15). Deseamos hermanos, darles los motivos que deberían inducirnos a resolver lo mismo que Josué y las directrices necesarias para cumplirlo.

¿Por qué la adoración familiar?

  1. Para darle gloria a Dios
    Sin embargo, hermanos míos, si el amor de Dios está en sus corazones y si sienten que por haber sido comprados por precio, deberían glorificar a Dios en sus cuerpos y sus espíritus, que son de Él, ¿hay otro lugar aparte de la familia y el hogar en el que prefieren glorificarle? A ustedes les gusta unirse con los hermanos para adorarle públicamente en la iglesia; les agrada derramar su alma delante de Él en el lugar privado de oración. ¿Será que en la presencia de ese ser con el que hay una unión para toda la vida, hecha por Dios, y delante de los hijos es el único lugar donde no se puede pensar en Dios? ¿Será tan solo que no tienen bendiciones que atribuirle? ¿Será tan solo que no tienen que implorar por misericordia y protección? Se sienten libres para hablar de todo cuando están con la familia; sus conversaciones tocan mil asuntos diferentes; ¡pero no cabe lugar en sus lenguas y en sus corazones para una sola pa- labra sobre Dios! ¿No alzarán la mirada a Él como familia, a Él que es el verdadero Padre de sus familias? ¿No conversará cada uno de ustedes con su esposa y sus hijos sobre ese Ser que un día tal vez sea el único Esposo de su mujer y el único Padre de sus hijos? El evangelio es el que ha formado la sociedad doméstica. No existía antes de él; no existe sin él. Por tanto, pa- recería que el deber de esa sociedad, llena de gratitud hacia el Dios del evangelio, fuera estar particularmente consagrada a él. A pesar de ello, hermanos míos, ¡cuántas parejas, cuántas familias hay que son cristianas nominales28 y que incluso sienten algún respeto por la religión y no nombran nunca a Dios! ¡Cuántos ejemplos hay en los que las almas inmortales que han sido unidas nunca se han preguntado quién las unió y cuáles serán su destino futuro y sus objetivos! ¡Con cuánta frecuencia ocurre que, aunque se esfuerzan por ayudarse el uno al otro en todo lo demás, ni siquiera piensan en echarse una mano en la búsqueda de lo único que es necesario, en conversar, en leer, en orar con respecto a sus intereses eternos! ¡Esposos cristianos! ¿Acaso sólo deben estar unidos en la carne y por algún tiempo? ¿No es también en el espíritu y para la eternidad? ¿Son ustedes seres que se han encontrado por accidente y a quienes otro accidente, la muerte, pronto separará? ¿No desean ser unidos por Dios, en Dios y para Dios? ¡La fe cristiana29 uniría sus almas mediante lazos inmortales! Pero no los rechacen; más bien al contrario, estréchenlos cada día más, adorando juntos bajo el techo doméstico. Los viajantes en el mismo vehículo conversan sobre el lugar al que se dirigen. ¿Y no conversarán ustedes, compañeros de viaje al mundo eterno, sobre ese mundo, del cami- no que conduce a él, de sus temores y de sus esperanzas? Porque muchos andan —dice San Pablo— como os he dicho muchas veces, y ahora os lo digo aun llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo (Fil. 3:18) porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo (Fil. 3:20).
  1. Para proteger a los hijos del pecado
    Si tienen el deber de estar comprometidos con respecto a Dios en sus hogares y esto para su propio bien, ¿no deberían también estar comprometidos por amor a los que forman su familia, cuyas almas han sido encomendadas a su cuidado y, en especial, por sus hijos? Les preocupa en gran extremo la prosperidad de ellos, su felicidad temporal; ¿pero no hace esta preocupación que el descuido de ustedes por su prosperidad eterna y su felicidad sea aún más palpable? Sus hijos son jóvenes árboles que les han sido confiados; el hogar es el vivero donde deberían de crecer y ustedes son los jardineros. ¡Pero oh! ¿Plantarán esos jóvenes árboles tier- nos y preciosos en una tierra estéril y arenosa? Y sin embargo es lo que están haciendo, si no hay nada en el hogar que los haga crecer en el conocimiento y el amor de su Dios y Salvador. ¿No están ustedes preparando para ellos una tierra favorable de la que puedan derivar savia y vida? ¿Qué será de sus hijos en medio de todas las tentaciones que los rodearán y los arras- trarán al pecado? ¿Qué les ocurrirá en esos momentos turbulentos en los que es tan necesario fortalecer el alma del joven con el temor de Dios y, así, proporcionarle a esa frágil barca el lastre necesario para botarla sobre el inmenso océano?
    ¡Padres! Si sus hijos no se encuentran con un espíritu de piedad en el hogar, si por el con- trario, el orgullo de ustedes consiste en rodearlos de regalos externos, introduciéndolos en la sociedad mundana, permitiendo todos sus caprichos, dejándoles seguir su propio curso, ¡los verán crecer como personas superficiales, orgullosas, ociosas, desobedientes, insolentes y extravagantes! Ellos los tratarán con desprecio y cuanto más se preocupen ustedes por ellos, menos pensarán ellos en ustedes. Este caso se ve con mucha frecuencia; pero pregúntense a ustedes mismos si no son responsables de sus malos hábitos y prácticas. Y sus conciencias responderán que sí, que están comiendo ahora el pan de amargura que ustedes mismos han preparado. ¡Ojalá que la consciencia les haga entender lo grande que ha sido su pecado con- tra Dios al descuidar los medios que estaban en su poder para influir en los corazones de sus hijos y pueda ser que otros queden advertidos por la desgracia de ustedes! No hay nada más eficaz que el ejemplo de la piedad doméstica. La adoración pública es, a menudo, demasiadovaga y general para los niños, y no les interesa suficientemente. En cuanto a la adoración en secreto, todavía no la entienden. Si una lección que se aprende de memoria no va acompa- ñada por nada más, puede llevarlos a considerar la fe cristiana como un estudio, como los de lenguas extranjeras o historia. Aquí como en cualquier otra parte e incluso más que en otro lugar, el ejemplo es más eficaz que el precepto. No se les debe enseñar que deben de amar a Dios a partir de un mero libro elemental, sino que deben demostrarle amor por Dios. Si observan que no se brinda adoración alguna a ese Dios de quien ellos oyen hablar, la mejor instrucción resultará ser inútil. Sin embargo, por medio de la adoración familiar, estas jóve- nes plantas crecerán “como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae” (Sal. 1:3). Los hijos pueden abandonar el techo parental, pero recordarán en tierras extrañas las oraciones que se elevaban en el hogar y esas plegarias los protegerán. “Si alguna… tiene hijos, o nietos, aprendan éstos primero a ser piadosos para con su propia familia” (1 Ti. 5:4).
  1. Para producir verdadero gozo en el hogar
    ¡Y qué delicia, qué paz, qué felicidad verdadera hallará una familia cristiana al erigir un altar familiar en medio de ellos y al unirse para ofrecer sacrificio al Señor! Tal es la ocupación de los ángeles en el cielo ¡y benditos los que anticipan estos gozos puros e inmortales! “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus vestiduras; como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sion; porque allí envía Jehová bendición, y vida eterna” (Sal. 133). ¡Oh qué nueva gracia y vida le propor- ciona la piedad a una familia! En una casa donde se olvida a Dios, hay falta de educación, mal humor e irritación de espíritu. Sin el conocimiento y el amor de Dios, una familia no es más que una colección de individuos que pueden sentir más o menos afecto natural unos por otros; pero falta el verdadero vínculo, el amor de Dios nuestro Padre en Jesucristo nuestro Señor. Los poetas están llenos de hermosas descripciones de la vida doméstica; ¡pero, desa- fortunadamente, qué distintas suelen ser las imágenes de la realidad! A veces existe falta de confianza en la providencia de Dios; otras veces hay amor a la riqueza; otras, una diferencia de carácter; otras, una oposición de principios. ¡Cuántas aflicciones, cuantas preocupaciones hay en el seno de las familias!
    La piedad doméstica impedirá todos estos males; proporcionará una confianza perfecta en ese Dios que da alimento a las aves del cielo; proveerá amor verdadero hacia aquellos con quienes tenemos que vivir; no será un amor exigente y susceptible, sino un amor misericor- dioso que excusa y perdona, como el de Dios mismo; no un amor orgulloso, sino humilde, acompañado por un sentido de las propias faltas y debilidades; no un amor ficticio, sino un amor inmutable, tan eterno como la caridad. “Voz de júbilo y de salvación hay en las tiendas de los justos” (Sal. 118:15).
  1. Para consolar durante momentos de prueba
    Cuando llegue la hora de la prueba, esa hora que tarde o temprano debe llegar y que, en ocasiones, visita el hogar de los hombres más de una vez, ¡qué consuelo proporcionará la pie- dad! ¿Dónde tienen lugar las pruebas si no en el seno de las familias? ¿Dónde debería adminis- trarse, pues, el remedio para las pruebas si no en el seno de las familias? ¡Cuánta lástima debe dar una familia donde hay lamento, si no hay esa consolación! Los diversos miembros de los que se compone incrementan los unos la tristeza de los otros. Sin embargo, cuando ocurre lo contrario y la familia ama a Dios, si tiene la costumbre de reunirse para invocar el santo nom- bre de Dios de quien viene toda prueba y también toda buena dádiva, ¡cómo se levantarán las almas desanimadas! Los miembros de la familia que siguen quedando alrededor de la mesa sobre la que está el Libro de Dios, ese libro donde encuentran las palabras de resurrección, vida e inmortalidad, donde hallan promesas seguras de la felicidad del ser que ya no está en medio de ellos, así como la justificación de sus propias esperanzas. Al Señor le complace enviarles al Consolador; el Espíritu de gloria y de Dios viene sobre ellos; se derrama un bálsamo inefable30 sobre sus heridas y se les da mucho consuelo; se trans- mite la paz de un corazón a otro. Disfrutan momentos de felicidad celestial: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento” (Sal. 23:4). “Oh Jehová, hiciste subir mi alma del Seol… Porque un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida. Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría” (Sal. 30:3, 5).
  1. Para influir en la sociedad
    ¿Y quién puede decir, hermanos míos, la influencia que la piedad doméstica podría ejercer sobre la sociedad misma? ¡Qué estímulos tendrían todos los hombres al cumplir con su deber, desde el hombre de estado hasta el más pobre de los mecánicos! ¡Cómo se acostumbrarían todos a actuar con respeto, no sólo a las opiniones de los hombres, sino también al juicio de Dios! ¡Cómo aprendería cada uno de ellos a estar satisfecho con la posición en la que ha sido colocado! Se adoptarían buenos hábitos; la voz poderosa de la conciencia se reforzaría: La prudencia, el decoro, el talento, las virtudes sociales se desarrollarían con renovado vigor. Esto es lo que podríamos esperar, tanto para nosotros mismos como para la sociedad. La piedad tiene promesa en la vida que transcurre ahora y la que está por venir.

Tomado de “Family Worship” (Adoración familiar), disponible en Chapel Library.

J. H. Merle D’Aubigne (1794-1872): Pastor, catedrático de historia de la Iglesia, presidente y ca- tedrático de teología histórica en la Escuela de teología de Ginebra; autor de varias obras sobre la historia de la Reforma, incluido su famoso History of the Reformation of the Sixteenth Century (Historia de la Reforma del siglo XVI) y The Reformation in England (La Reforma en Inglaterra).

¿Deberías quedarte o irte?

Mark Dever

Para cumplir la Gran Comisión, los primeros discípulos fueron. Pero no estaban continuamente yendo y viniendo.

Algunas veces, los jóvenes cristianos escuchan el mandato de «ir» y lo tratan como el mandato básico de la vida cristiana. Esa es una forma bastante miope de pensar. Una vez que vas, tienes que quedarte. Si estas yendo siempre, nada se hará excepto la acumulación de más millas de viajero frecuente. Para que el viaje tenga algún significado, debes quedarte durante una cantidad significativa de tiempo: algunas semanas, algunos años, tal vez el resto de tu vida.

La pregunta que todo cristiano enfrenta es, ¿debería mudarme a un lugar donde ahora no se sabe que el evangelio es parte de un equipo de plantación de iglesias allí? ¿O debo unirme a un equipo que plante una nueva iglesia o ayude a recuperar una iglesia cercana? ¿O debo quedarme en mi iglesia actual, adorando, discipulando y evangelizando mientras apoyo a otros que salen?

Las tres opciones pueden ser buenas. Dependen de quién eres y de lo que el Señor te está llamando a hacer.

12 FACTORES A CONSIDERAR
Quiero sugerirte 12 factores a considerar al decidir si vas a permanecer en tu iglesia actual o te vas a mover a otra congregación local o internacional. Deberías considerar:

  1. El propósito de tu mudanza

Si está pensando en irte, ¿sería tu propósito mayormente negativo: irte por algo que no te gusta en tu iglesia actual? ¿O tu propósito sería mayormente positivo: edificar una obra evangélica en otro lugar? Si vas, tiene que ser por razones positivas. Además, no debes irte basado en un sentimiento de culpa o falsos ideales sobre lo que haría un cristiano «maduro». Los propósitos negativos, la culpa fuera de lugar y los falsos ideales no te sostendrán a través de los desafíos de apoyar un trabajo nuevo o revitalizante.

  1. La teología y filosofía del ministerio

¿La iglesia o el equipo de plantación que estás considerando cree y enseña correctamente la Palabra de Dios? ¿Tienen un entendimiento bíblico tanto del evangelio como de lo que es una iglesia?

  1. Evangelismo

¿Es la iglesia a la que te diriges una a la que puedes llevar a tus amigos no cristianos porque sabes que escucharán el evangelio y verán el evangelio fielmente vivido? (Obviamente, este puede no ser el caso en un proyecto revitalizante, al menos al principio).

  1. Edificación

Está bien que quieras crecer como cristiano. Por tanto, deberías trabajar para estar en una iglesia que te ayude a crecer espiritualmente. ¿Estás prosperando en tu iglesia actual? ¿Crees que prosperarías en la otra? ¿Irte sería espiritualmente dañino para ti o para otra persona? Piensa en cómo las asistentes de vuelo de un avión te dicen que te pongas la máscara sobre tu cara antes de colocarla sobre la cara de la persona que viaja contigo. De la misma manera, está bien que te ocupes primero de tu propia salud espiritual. Necesitas poder respirar y crecer espiritualmente si quieres ayudar a los demás.

Hay tres categorías diferentes de personas en la iglesia: las personas infelices, las personas que están bien y las personas que están creciendo azarosamente. Las personas infelices generalmente no deberían unirse a un equipo de plantación o revitalización de iglesias. ¡Ahora, en plena confesión, mi tentación como pastor es enviar precisamente a estas personas! Pero eso no es sabio. Si no estás satisfecho con tu iglesia actual, probablemente sea mejor para ti permanecer entre las personas que te conocen bien y pueden ayudarte a trabajar en los orígenes de esa infelicidad. Además, podrías llevarte la infelicidad contigo a la nueva iglesia que necesita tu ayuda.

Si perteneces al tercer grupo de personas, — actualmente estás creciendo vertiginosamente—es posible que desees también permanecer en tu iglesia actual por un tiempo. ¡Estás creciendo! ¡No dejes de hacer lo que estás haciendo! Ahora, si este crecimiento ha perdurado por algún tiempo, tal vez hables con un anciano y analicen el asunto juntos.

Las mejores personas para unirse a una plantación o un proyecto de revitalización suelen ser personas del grupo intermedio. Esta es la mayoría de la gente en una iglesia, después de todo. Si ese eres tú, lo estás haciendo bien. Estás creciendo, pero lentamente, nada excepcional. Eres estable y puedes ser de gran ayuda para una nueva obra. ¡Incluso podría darte una pequeña sacudida!

  1. La naturaleza estratégica del trabajo de la iglesia

¿Es este un trabajo que te parece particularmente importante, al que te gustaría contribuir y sientes que puedes hacerlo? ¿Existe una oportunidad vocacional estratégica dada por Dios que brindaría oportunidades para apoyar a una iglesia en particular, particularmente en el extranjero? ¿Hay algún grupo de personas al que quieras alcanzar con el evangelio?

  1. El ministerio que tienes actualmente en tu iglesia

Considera el ministerio que ya Dios te dio, y ten mucho cuidado de no irte si un ministerio en particular depende de ti. Quizá tus habilidades de enseñanza o discipulado ya se están utilizando bien, o tal vez podrías darles un mejor uso en un nuevo proyecto. Tal vez formes relaciones rápidamente y eso se trasplantaría bien a una nueva ubicación. O tal vez te lleve mucho tiempo formar relaciones de tal manera que desees pensar un poco más antes de mudarte. Si tú no eres un «exportador neto» del ministerio en su iglesia actual—evangelizar, discipular, animar—hay pocas razones para pensar que podrías estar en otra iglesia.

  1. Los pastores en particular que estarías apoyando

Puede tener una relación personal con un hombre o su familia. O tal vez te has encontrado creciendo de manera marcada bajo su enseñanza. Esas son buenas razones para ir y apoyar el trabajo, ¡y qué maravilloso estímulo podrías ser para los líderes y otros!

  1. Geografía

¿A qué distancia vives actualmente de donde se reúne tu iglesia y vive la mayoría de sus miembros? ¿Su proximidad se presta a la asistencia regular, el voluntariado fácil y la integración de tu vida con la vida de otros miembros? ¿Cómo impacta el lugar donde vives el ministerio evangelístico que tienes en la vida de tus vecinos, o en la vida de tus compañeros de trabajo? Si vives más lejos, ¿podrías ser usado para establecer o fomentar un buen trabajo más cerca de dónde vives? Si vives cerca, te podría disuadir de unirte a un nuevo proyecto a menos que estés dispuesto a mudarte a donde sea que el nuevo proyecto se realice.

  1. Etapa de vida

La etapa de tu vida es algo legítimo en lo que pensar. ¿Eres soltero? ¿Quieres encontrar un cónyuge que esté de acuerdo contigo en forma práctica y teológica en tu comprensión de la vida cristiana? Si eres padre, ¿será la futura iglesia un buen lugar para discipular a tu esposa e hijos?

  1. El estado de tus finanzas

Otra vez, es completamente legítimo que consideres si no puedes pagar tu status actual o cualquier situación futura posible. ¿Podrás pagar el alquiler? ¿La educación para tus hijos? ¿Otros gastos de manutención? Pablo observa que «si alguno no provee para…su propia casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo» (1 Timoteo 5:8). Por otro parte, ¿has considerado si realmente necesitas todo lo que se supuso que necesitabas? Ten cuidado sobre tus suposiciones.

  1. El estado de tus relaciones con los otros

Deberías dejar un lugar cuando tus relaciones estén en buena forma, no en mala forma. No deberías irte para evitar lidiar con problemas relacionales difíciles.

  1. Oración

¿Piensas que Dios quiere que vayas a otra iglesia o que te quedes en tu iglesia actual? Tenemos libertad en Cristo. Frecuentemente hay más de una buena opción frente a nosotros. Alabado sea Dios por la libertad que tenemos.

ALGUNOS DEBERÍAN IRSE, ALGUNOS DEBERÍAN QUEDARSE
El hecho de que una mudanza pueda ser costosa no significa que no deberías irte. Ha sido costoso para la mayoría de los santos que obedecieron el mandato de Jesús de ir. Y a menos que vivas en Jerusalén, ¡alabado sea Dios porque alguien pagó ese costo y llevó el evangelio a tu nación y tu ciudad y tu casa para que creas!

¿El punto de todo esto es decir que algunos de ustedes deberían dejar sus iglesias? Más o menos. Algunos deberían ir a ayudar a las iglesias que luchan. Algunos deberían plantar otras. Algunos deberían irse al extranjero. Y algunos deberían quedarse.

Por supuesto, la gente tiene que quedarse para que una congregación determinada siga siendo una congregación. Toda iglesia necesita coherencia en el liderazgo, el discipulado y las amistades a largo plazo. De hecho, permanecer en nuestra cultura es a menudo algo contracultural, especialmente entre la generación más joven. Con todas las transiciones profesionales o educativas que caracterizan la vida urbana moderna, lo radical para algunos será permanecer en un mismo lugar durante décadas.

Cualquier cosa que hagas, no tomes esas decisiones en forma acelerada. Y no tomes tales decisiones de forma aislada, sino tómalas en oración y en conversación con tus amigos que te conocen bien, y con al menos un anciano que te conozca.

Traducido por Renso Bello


Nota del editor: El siguiente es un extracto de la próxima publicación de Mark Dever Entendiendo la Gran Comisión , en la serie Church Basics (B&H, abril de 2016). Reimpreso con permiso de B&H.

El Peligro de la Idolatría

Por Robert A. Morey

En la teología cristiana, Dios es una “Dádiva” teológica que se ha revelado en las Escrituras. Por lo tanto no estamos libres de «escoger» entre los atributos de Dios, como si estuviéramos en una heladería. Lo que es Dios en Su naturaleza y atributos no se deja a nuestros gustos personales.

Los pensadores humanistas asumen que son “libres” para rechazar cualquier atributo de Dios que no puedan entender completamente y completamente explicar, racionalmente conciliar, y sentirse feliz con ello. Si no les gusta un determinado atributo de Dios, no tienen ningún reparo en desecharlo. Pero Dios nos exige que lo aceptemos como Él se ha revelado en las Escrituras. Cualquier cosa menos que esto es un rechazo de Dios.

El Dios que ha elegido revelarse a sí mismo en las Escrituras es un Dios muy celoso. Él condena como idolatría cualquier intento de añadir o restar de Su naturaleza revelada. Esto es tan importante que Dios dedicó los dos primeros mandamientos del Decálogo a condenar todos los intentos de moldear a Dios en una imagen hecha por el hombre. No importa si la imagen es mental o de metal, de madera o de lana, todas las ideas hechas por el hombre de Dios son la idolatría.

El Primer Mandamiento

En el primer mandamiento Dios nos dice: «No tendrás dioses ajenos delante de mí» (Éxodo 20:3).

En este mandamiento nos encontramos con que:

  1. Hay un solo Dios.
  2. El Dios que se ha revelado en la Escritura es este Dios.
  3. Sólo él debe ser adorado, temido, amado y obedecido.
  4. No somos libres para compensar cualquier idea por nuestra cuenta de cómo es Dios. No importa si nuestras ideas parecen “razonables” o “práctica” a nosotros. No podemos tener alguna idea de Dios, sino las reveladas en las Escrituras.
  5. El hombre no es un dios-creador o un dios-en-potencia. Cualquier concepto de la “divinidad del hombre” es idólatra.
  6. Dios es Su propio intérprete. Él se ha revelado e interpretado esta auto-revelación en la Escritura.
  7. El racionalismo, el empirismo, el misticismo, y todas las demás formas de humanismo quedan condenadas como idolatría ya que ellos exaltan la opinión del hombre sobre la auto-revelación de Dios como se da en la Escritura.

El Segundo Mandamiento

En el Segundo Mandamiento Dios nos advierte:

No te harás ídolo, ni semejanza alguna de lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No los adorarás ni los servirás; porque yo, el Señor tu Dios, soy Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y muestro misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos. (Éxodo 20:4-6).

El texto enseña claramente que la mayor evidencia del odio hacia Dios es la negativa a aceptarlo como Él se ha revelado en las Escrituras. Lo contrario también es cierto. La mayor evidencia del amor hacia Dios es la aceptación de Dios como Él se ha revelado en las Escrituras.

Así como el grado en que aceptamos la revelación es la medida de nuestro amor a Dios, así también el grado en el que seguimos la “razón,” la “intuición” o los “sentimientos” en lugar de la revelación es la medida de nuestro odio de Dios.

Cualquier intento de construir una deidad sobre la base de lo que es aceptable para nuestros gustos racionales o estéticos es idolatría pura sin paliativos. Aquí no hay término medio, no hay vuelta de hoja, sin renunciar a este punto. O aceptamos a Dios como Él se ha revelado en la Escritura o somos idólatras.

Esta posición es bastante humillante para el hombre caído. No nos gusta la idea de que Dios nos está diciendo cómo es él. Nos gustaría mucho hacer nuestras propias ideas de lo que Dios es. Tampoco nos gusta la idea de que Dios nos manda a obedecerle de acuerdo con lo que El dice es correcto o incorrecto. Nos gustaría mucho hacer nuestras propias ideas de lo que está bien y qué está mal.

Los Enemigos de Dios

Nuestro odio natural de Dios viene en nuestra rebelión en contra de Su Palabra y Ley. No es de extrañar que nos encontremos con el apóstol Pablo describiendo a los hombres caídos como “enemigos de Dios” (Romanos 1:30). Este odio de Dios se centra en el rechazo de la revelación de Dios en las Escrituras (Romanos 8:7).

El deseo de ser “libre” de la revelación de Dios y la ley de Dios es el alma y la esencia de todas las formas de humanismo, religioso o seculares. Para un corazón lleno de odio hacia Dios, el hombre no es “tan” o “realmente” libre a menos que él pueda pensar y hacer lo que quiera, como si no existiera Dios o porque no hay Dios. Toda la charla humanista sobre el “libre albedrío” no es nada más ni menos que un truco barato usado para engañar a los cristianos.

Las Escrituras declaran que cuando el hombre trata de “ir por sí solo” en la verdad, la justicia, la moral y la belleza, convierte la libertad en esclavitud, la libertad en libertinaje, el bien en mal, la justicia en la injusticia, la verdad en error, y la belleza en la fealdad. Todas estas cosas se pueden ver claramente en la filosofía moderna, la teología y las artes.

Pero el cristiano toma un camino hacia el conocimiento de Dios que es diferente y más difícil porque se necesita valor para aventurarse más allá de la razón y la experiencia en las verdades de la revelación. Sólo un espíritu audaz y atrevido será capaz de entregarse totalmente a Dios. Sólo una fe poderosa puede lanzarse y nadar en las profundidades insondables, mientras que los que confían en su razón sólo puede caminar en las aguas poco profundas.

La Pérdida de Misterio

Uno de los mayores problemas que enfrentamos en la teología de hoy es la falta de un sentido de misterio. Nadie quiere creer en algo que va más allá de la capacidad del hombre para comprender. De esta manera, el asombro y la maravilla de los misterios de Dios están totalmente ausentes en la teología moderna. Todo debe ser explicado, cose, atado, y guardado en pequeños paquetes ordenados.

Con la desaparición del respeto y admiración del misterio en la teología moderna, la fe no es deseable. los filósofos humanistas tales como los procesionales demandan “comprensión” no misterio; “coherencia,” no fe; “razón” no revelación. La ausencia de un verdadero misterio siempre ha sido el caldo de cultivo de la herejía.

No es extraño que la teología moderna es bastante árida y estéril. Es insufriblemente aburrida. Su mundo es monótono y gris. Es totalmente carente de los colores brillantes de admiración, asombro y misterio. Simplemente imita las modas de la filosofía secular. Por lo tanto, es una tierra extensa sembrada con los huesos de aquellos lo suficientemente tontos como para entrar en él.

Pero la Biblia comienza y termina con el misterio. Así el cristiano bíblicamente informado puede regocijarse en su Dios. No está deprimido porque no puede explicar todo y contestar todas las preguntas. Él francamente admite que no tiene todo atado en pequeños paquetes ordenados. Por fe puede aventurarse más allá de las aguas poco profundas de la razón en las profundidades inexploradas e insondables de los misterios de Dios. Él no tiene miedo de aceptar por la fe solamente esos misterios revelados en las Escrituras.

La palabra misterio se encuentra veintisiete veces en el Nuevo Testamento. En los Evangelios, Jesús habló a menudo de los “misterios del reino” (Mateo 13:11). En las epístolas, Pablo usa la palabra no menos de veinte veces. Habló de Dios, Su Palabra, Su Voluntad, el Evangelio, la fe, y la Iglesia como “misterios” (1 Corintios 4:1; Efesios 1:9; Colosenses 1:26; 1 Timoteo 3:9, Efesios 5:32).

El concepto bíblico de “misterio” no tenía ninguna relación con la idea gnóstica de un secreto esotérico contada sólo a unos pocos iniciados, como en las antiguas religiones mistéricas y las sectas de hoy en día y las logias que tienen palabras, símbolos y ritos secretos. El concepto bíblico significa simplemente que Dios le había revelado una idea que ninguna mente humana jamás había concebido.

Por ejemplo, en 1 Corintios 2:7, Pablo habla del “misterio” de la sabiduría de Dios tal como aparece en el Evangelio. En este pasaje, Pablo nos dice que esta sabiduría era un “misterio” debido a que:

  1. Estaba “oculto” de la vista y de la percepción del hombre (v. 7).
  2. Fue “predestinada antes de los siglos para nuestra gloria,” es decir, se trataba de una idea concebida en la mente de Dios en la eternidad antes de los siglos (v. 7).

3 Era algo que “ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria” (v. 8). Si entendieran que Cristo había venido a morir de acuerdo a un plan predeterminado eterno, se habrían rebelado y se negarían matar al Hijo de Dios.

  1. Este misterio era algo “que ni ojo vio, ni oído oyó,” es decir, algo más allá de la experiencia humana.
  2. Contenía ideas que “no han entrado en el corazón del hombre,” es decir, cosas más allá de la razón humana y la comprensión. Este “misterio” era algo que el hombre nunca podría descubrir sobre la base de su propia experiencia o la razón. La única manera de que el hombre conociera de ello fue a través de la revelación divina. Así, Pablo continúa diciendo que esto era un misterio que “Pero Dios nos las reveló por medio del Espíritu, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las enseñadas por el Espíritu, combinando pensamientos espirituales con palabras espirituales” (vv. 10-13).

No sólo es un misterio algo que el hombre nunca habría concebido por sí mismo, sino que también es algo que va más allá de su capacidad de comprensión. Por ejemplo, en Efesios 1:4-11, cuando Pablo toca la voluntad soberana de Dios y sus decretos de elección y la predestinación, que se llevó a cabo “antes de la fundación del mundo,” habla de todas estas cosas en términos de “el misterio de su voluntad”(v. 9).

Pablo habla de la voluntad electiva de Dios como un “misterio.” ¿Quién puede explicar cómo “aquel que obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad,”» y, al mismo tiempo, no es el autor del mal? ¿Cómo es que se nos dice en Santiago 1:13-14:

Que nadie diga cuando es tentado: Soy tentado por Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal y El mismo no tienta a nadie. Sino que cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión.

Sin embargo, al mismo tiempo, se nos dice que pidamos a Dios que no nos deje caer en la tentación (Mateo 6:13)? O bien, que Dios nos ofrece una vía de escape de la tentación que Él también proporcionó (1 Corintios 10:13)?

¿Quién puede explicar completamente cómo “Dios está obrando todas las cosas para nuestro bien” (Romanos 8:28)? ¿O cómo era Judas el culpable de traicionar al Señor cuando Jesús dijo que “se había determinado” por Dios que lo hiciera (Lucas 22:22)?

Lo que es importante para nosotros entender es que las cuestiones relativas a la voluntad de Dios y el destino humano se colocan en la categoría de «misterio» por los autores de las Escrituras. Así como la doctrina de la Trinidad es un “misterio” y nadie va a explicar cómo Dios puede ser Tres, pero Uno y Uno, pero Tres, tampoco nadie cortará el “nudo gordiano” de la soberanía divina y la responsabilidad del hombre. Nuestra responsabilidad no es emitir un juicio sobre la verdad revelada, sino someternos a ella en temor.

Pero ¿Qué pasa si decidimos que vamos a aceptar sólo aquellas doctrinas de la Biblia que “están de acuerdo con la razón”? Los que tienen un trasfondo evangélico rechazarán normalmente la soberanía de Dios, la elección divina, la presciencia de Dios, el pecado original, y la naturaleza vicaria de la expiación.

Pero una vez que el principio se establece sólo lo que es “razonable” puede ser aceptado, doctrinas tales como la deidad de Cristo tendrán que ser rechazadas, porque ¿quién puede explicar completamente cómo Jesús puede ser Dios y hombre? ¿Cómo puede una persona tener dos naturalezas? ¿Quién puede hacer “coherente” a la encarnación?

Libremente admitimos que es un completo misterio para nosotros cómo Jesús es Dios y hombre. Pero es un misterio revelado que aceptamos con agrado por la fe en la autoridad de la Escritura. ¿Por qué deberíamos renunciar a la autoridad de la Palabra de Dios por la autoridad de la palabra de Sus enemigos? Pero los racionalistas no pueden vivir en el mismo universo de misterio.

Conclusión

A través de los años hemos observado un proceso de apostasía que comienza con el rechazo del misterio de la soberanía de Dios y luego procede al rechazo del misterio de la infalibilidad de la Escritura, la autoridad de la Escritura, la incomprensibilidad de Dios, la naturaleza infinita de Dios, la Trinidad, la deidad de Cristo, la personalidad y la deidad del Espíritu Santo, la naturaleza pecaminosa del hombre, la historicidad de los milagros bíblicos, la exactitud de los relatos evangélicos, y el castigo eterno de los malvados.

La fuerza motriz que empuja a la gente por este camino de la apostasía es su negativa a inclinarse humildemente ante la Palabra de Dios. Ellos no van a aceptar las muchas declaraciones aparentemente contradictorias de las Escrituras. Ellos no pueden soportar el misterio en cualquier forma. Lo que no se puede explicar racionalmente, con el tiempo lo desecharán. Ellos siempre asumen la dicotomía griega “o” en cada edición y se niegan a reconocer la solución “ambos-y” de la Escritura porque sería arrojar el tema de nuevo dentro del misterio.

Nos cansamos de oír que hay que elegir entre la soberanía de Dios o la responsabilidad del hombre. ¿Por qué siempre se asume que no podemos aceptar las dos cosas? ¿Por qué los procesionales suponen que si el hombre es libre, Dios debe estar atado? ¿Por qué se asume que la elección y el evangelismo divino no pueden ser ambas verdaderas? ¿Y qué si no podemos resolver todas las preguntas que los filósofos humanistas plantean? ¿No deberíamos agradar a Dios antes que al hombre?

Deseamos no juzgar a la Palabra de Dios, sino para ser juzgados por la misma. Nos esforzamos por no cumplir la Palabra a nuestras opiniones, sino también nuestras opiniones a la Palabra. Nosotros no exigimos que la revelación sea conforme a la razón, sino que a razón esté de acuerdo con la revelación. Buscamos no dominar la Biblia, sino que hay ser dominados por ella.

Este es un extracto de Exploring the Attributes of God por Robert Morey

Lo que Dios es para las familias

Serie:Una teología de la familia

Lo que Dios es para las familias
Thomas Doolittle (1632 – c. 1707)

Propuesta 1
Dios es el Fundador de todas las familias; por tanto, estas deberían orar a Él. La sociedad familiar suele estar formada por estas tres combinaciones: Marido y mujer, padres e hijos, amos y siervos, aunque puede haber una familia donde esto no sea así, aun estando dentro de estos parámetros, todas estas combinaciones son de Dios. La institución de marido y mujer viene de Dios (Gn. 2:21-24) y también la de padres e hijos, y amos y siervos. La autoridad de uno sobre otro y la sujeción del otro al uno están instituidas por Dios y fundadas en la ley de la naturaleza, que es la ley de Dios. Él no sólo creó a las personas consideradas por separado, sino también a esta sociedad. Y, así como la persona individual está sujeta a dedicarse al servi- cio de Dios y orar a Él, así también la sociedad familiar está sujeta conjuntamente a lo mismo, porque la sociedad es de Dios. ¿Acaso ha designado Dios a esta sociedad sólo para el consuelo mutuo de sus miembros o del conjunto de la familia, o también para que el grupo mismo le brinde su propia gloria? ¿Y puede darle gloria a Dios esta sociedad familiar si no le sirve y ora a Él? ¿Le ha dado Dios autoridad a aquel que manda y gobierna, y al otro el encargo de obedecer, sólo en referencia a las cosas mundanas y no en las espirituales? ¿Puede ser el con- suelo de la criatura el fin supremo de Dios? No; el fin es su propia gloria. ¿Acaso alguien, por la autoridad de Dios y el orden de la naturaleza, es el paterfamilias25, “el amo de la familia”, así llamado en referencia a sus sirvientes y también a sus hijos, por el cuidado que debería tener de las almas de los siervos y de que adoren a Dios con él, como también lo hacen sus hijos? ¿No debería mejorar el poder que ha recibido de Dios sobre todos ellos, para Él y para el bienestar de las almas de ellos, llamándolos conjuntamente a adorar a Dios y a orarle? Que juzguen la razón y la fe.


Propuesta 2
Dios es el Dueño de nuestras familias; por tanto, deberíamos orarle a Él, que es nuestro Dueño y Propietario absoluto; no sólo por la supereminencia27 de su naturaleza, sino tam- bién por medio del derecho de creación al habernos dado el ser y todo lo que tenemos. No- sotros mismos y todo lo que es nuestro (siendo nosotros y lo nuestro más suyo que nuestro), estamos incuestionablemente sujetos a entregarnos a Dios en lo que pudiéramos ser más útil para el interés y la gloria de nuestro Dueño. ¿De quién son, pues, sus familias, sino de Dios? ¿Desmentirán ustedes a Dios como Dueño suyo? Aunque lo hicieran, en cierto modo siguen siendo suyos, a pesar de que no sería mediante la resignación ni consagrándose por completo a Él. ¿De quién prefieren que sean sus familias, de Dios o del diablo? ¿Tiene el diablo algún derecho a sus familias? ¿Servirán estas al diablo que no tiene derecho alguno sobre ustedes ni sobre la creación, la preservación o la redención? ¿Y no servirán ustedes a Dios que, por medio de todo esto, tiene derecho sobre ustedes y una propiedad absoluta y completa en us- tedes? Si dicen que sus familias son del diablo, sírvanle a él. Pero si afirman que son de Dios, entonces sírvanle a Él. ¿O acaso dirán: “Somos de Dios, pero serviremos al diablo”? Si no lo dicen, pero lo hacen, ¿no es igual de malo? ¿Por qué no se avergüenzan de proceder así y sí se abochornan de hablar y decirle al mundo lo que hacen? Hablen, pues, en el temor de Dios. Si sus familias como tales son de Dios, ¿no sería razonable que le sirvieran y le oraran a Él?


Propuesta 3
Dios es el Amo y Gobernador de sus familias; por tanto, como tales, ellas deberían servirle y orar a Él. Si Él es su Dueño, también es su Soberano y, ¿acaso no le da leyes por las que cami- nar y obedecer, no sólo como personas particulares, sino también como sociedad combinada? (Ef. 5:25-33; 6:1-10; Col. 3:19-25; 4:1). ¿Es, pues, Dios el Amo de su familia, y no debería ésta servirle? ¿Acaso no le deben obediencia los súbditos a sus gobernantes? “El hijo honra al pa- dre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? y si soy señor, ¿dónde está mi temor?” (Mal. 1:6). Sí, ¿dónde? Desde luego no en las familias impías que no oran.


Propuesta 4
Dios es el Benefactor de sus familias, por tanto, deberían servir a Dios en oración y ala- banza a Él. Dios no los hace buenos y les da misericordias como personas individuales sola- mente, sino también como una sociedad conjunta. ¿No es la continuidad del padre de familia una merced hacia toda la familia y no sólo hacia él? ¿No es la continuidad de la madre, los hijos y los siervos en vida, salud y existencia, una clemencia para toda la familia? Que tengan ustedes una casa donde vivir juntos y comida para compartir en familia ¿no son para ustedes misericordias familiares? ¿No clama esto a gritos en sus oídos y su consciencia para que den gracias, juntos, a su espléndido Benefactor, y para orar todos por la continuidad de estos así como para que se concedan más cosas según las vayan necesitando? No tendría fin declarar de cuántas formas Dios es el Benefactor de sus familias de manera conjunta y serán ustedes unos desvergonzados si no le alaban juntamente por su generosidad. Una casa así es más una pocilga de cerdos que una morada de criaturas racionales.
¿No llamará Dios a dar cuentas a estas familias que no oran como lo hizo en Jeremías 2:31? “¡Oh generación! atended vosotros a la palabra de Jehová. ¿He sido yo un desierto para Israel, o tierra de tinieblas? ¿Por qué ha dicho mi pueblo: Somos libres; nunca más vendremos a ti?”. ¿Se ha olvidado Dios de ustedes? Hablen familias impías que no oran. ¿Se ha olvidado Dios de ustedes? ¡No! Cada bocado de pan [que] comen les dice que Dios no se olvida de ustedes. Cada vez [que] ven su mesa puesta y la comida sobre ella, comprueban que Dios no se olvida de ustedes. “Entonces, ¿por qué —dice Dios— no vendrá esta familia a mí? Cuando tienen con qué alimentar a sus hijos y estos no lloran pidiendo pan, [de manera que] el padre no se ve obligado a decir: “¡Te daría pan, hijo mío, pero no lo tengo!”. ¿Por qué no vienen a mí? Viven juntos y comen juntos a mis expensas, cuidado y custodia y, a pesar de ello, pasan los meses y nunca vienen a mí. Y que sus hijos estén en su sano juicio, tengan ropa, miembros, no hayan nacido ciegos ni tenido un nacimiento monstruoso, y les haya hecho bien de mil maneras, puede decir Dios, ¿por qué, pues, viven años enteros juntos y, sin embargo, no vie- nen a mí juntos? ¿Han encontrado a alguien más capaz o más dispuesto a hacerles el bien? Jamás lo hallarán. ¿Por qué son, pues, tan ingratos que no vienen a mí?”.
Saben cuando Dios es el Benefactor de las personas (y existe la misma razón para las fami- lias) y no le sirven, ¡qué monstruosa perversidad! Dios los ha mantenido a salvo en la noche y, sin embargo, por la mañana no dicen: “¿Dónde está el Señor que nos ha preservado? ¡Vengan, vengan, alabémosle juntos!”. Dios les ha hecho bien a ustedes y a sus familias durante tantos años; pero no dicen: “¿Dónde está el Señor que ha hecho tan grandes cosas por nosotros? ¡Vengan! Reconozcamos juntos su misericordia”. Dios los ha acompañado en la aflicción y en la enfermedad de la familia: La plaga ha estado en la casa y, a pesar de ello, están vivos —la viruela y las ardientes fiebres han estado en sus casas y, con todo, ustedes siguen vivos—, su compañero/a conyugal ha estado enfermo/a y se ha recuperado; los niños casi han muerto y se han curado. Pero ustedes no dicen: “¿Dónde está el Señor que nos ha salvado de la tumba y nos ha rescatado del abismo para que no nos pudramos entre los muertos?”. Pero no oran a él ni alaban juntos a su maravilloso Benefactor. ¡Que se asombren de esto los muros mismos entre los cuales viven estos ingratos desgraciados! ¡Que tiemblen las vigas y las columnas de sus casas! ¡Que los travesaños mismos del suelo que pisan y sobre el que caminan se asusten horriblemente! ¡Porque aquellos que viven juntos en semejante casa se van a la cama antes de orar conjuntamente! ¡Que la tierra se sorprenda porque las familias que el Señor alimenta y mantiene son rebeldes y desagradecidas, y son peores que el buey mismo que conoce a su dueño y tienen menos entendimiento que el asno (Is. 1:2-3)!
De lo que se ha dicho razono de esta manera: Si Dios es el Fundador, Dueño, Gobernador y Benefactor de las familias, que estas le adoren conjuntamente y oren a Él.

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?” (¿Cómo puede el deber de la oración familiar ser mejor administrado para el bene- ficio espiritual de cada uno en la familia?), Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate (Sermones puritanos 1659-1689. Estando en los ejercicios matutinos en Cripplegate), Vol. 2, Richard Owen Roberts, Editor.

Thomas Doolittle (1632 – c. 1707): Fue convertido siendo joven, tras leer el libro de Richard Baxter, The Saints’ Rest (El descanso de los santos); escritor de talento y predicador, y uno de los puritanos más conocidos de su tiempo. Nació en Kidderminster, Worcestershire, Inglaterra.

Expiación y propiciación

Por L. Michael Morales

Serie: Jesucristo, y este crucificado

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Jesucristo, y este crucificado

En el mundo del primer siglo, la crucifixión romana no solo era una forma horrenda de tortura, reservada para las escorias más bajas de la clase criminal, sino que también estaba asociada con una verguenza extrema. No solo se eximía a los ciudadanos romanos de esta muerte humillante, sino que incluso se evitaba la palabra crucifixión en las reuniones sociales. En la mentalidad judía, la crucifixión se veía a través del lente de Deuteronomio 21:23, donde se declara que cualquiera que cuelgue de un árbol es maldecido por Dios (ver también Gal 3:13). Dada tal realidad, ¿cómo es que el apóstol Pablo, junto al resto de los autores del Nuevo Testamento, determinaron no saber nada más sino «a Jesucristo, y este crucificado» (1 Co 2:2), incluso hasta exhibir públicamente a Jesús como crucificado en la predicación (Gal 3:1) y, verdaderamente, gloriarse en nada más excepto «en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (6:14)?

La respuesta se encuentra, en parte, en el sistema de sacrificios del templo del antiguo pacto. Dios, para alabanza de Su inescrutable sabiduría, le dio los sacrificios al antiguo Israel para que sirvieran como herramientas teológicas, instruyendo a Su pueblo sobre el remedio para el pecado y la necesidad de reconciliación con Dios. Después de la resurrección de Jesús y el derramamiento de Su Espíritu Santo, los apóstoles fueron habilitados para discernir en las páginas del Antiguo Testamento cómo el sistema de adoración sacrificial había sido divinamente ordenado con el fin de revelar las maravillas de Cristo y Su obra cumplida en la cruz (p. ej.: Rom 3:21-26; Heb 9:16 – 10:18). Las categorías del sacrificio habilitaron el cambio de paradigma para ver la cruz de Cristo no como una fuente de profunda vergüenza, sino más bien, y maravillosamente, como el mayor regalo de Dios a la humanidad y Su más alta demostración de amor por pecadores (Rom 5:8).

Hay dos conceptos teológicos del sacrificio que son esenciales para el entendimiento de la muerte de Jesús en la cruz como el único sacrificio capaz de asegurar el perdón de nuestros pecados y una reconciliación definitiva con Dios: expiación y propiciación. El primero, expiación, significa que el sacrificio de Jesús nos limpia de la contaminación del pecado y nos quita la culpa del pecado. La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios mediante el sacrificio de Jesús, lo cual satisface la justicia de Dios y da como resultado Su disposición favorable hacia nosotros. Ahora consideraremos estos conceptos más profundamente al ver sus raíces en los sacrificios del Antiguo Testamento.

EXPIACIÓN
La expiación se refiere a la limpieza del pecado y la eliminación de la culpa del pecado. En el sistema de sacrificios de Israel se sacaba la sangre de las arterias cortadas de un animal y esta luego se manipulaba de diversas maneras. La sangre era untada, rociada, lanzada y derramada. En Levítico 17:11, el Señor declaró que puesto que «la vida de la carne está en la sangre», le había dado a Israel la sangre sobre el altar «para hacer expiación por vuestras almas; porque es la sangre, por razón de la vida, la que hace expiación», subrayando la idea de la sustitución: la sangre derramada de un sustituto intachable representaba una vida por una vida, un alma por un alma. La importancia de la sangre fue resaltada más notablemente a través de la ofrenda por el pecado. Mediante el derramamiento y la manipulación de la sangre de la ofrenda por el pecado, Dios le enseñó a Israel su necesidad de limpiarse del pecado y de eliminar la contaminación y la culpa del pecado, haciendo posible el perdón divino (ver Lv 4:20, 26, 31, 35). Por un lado, la sangre significaba muerte: exhibir la sangre ante Dios demostraba que una vida, aunque fuera la vida de un sustituto animal intachable, había sufrido la muerte, la paga del pecado. Por otro lado, la sangre representaba la vida de la carne: conforme al principio de que la vida conquista la muerte, la sangre se utilizaba ritualmente para borrar, por así decirlo, la contaminación del pecado y la muerte.

En esencia, el día de la expiación era una elaborada ofrenda por el pecado (Lv 16). En este día de otoño, el sumo sacerdote llevaba la sangre del sacrificio al lugar santo, y la rociaba ante el propiciatorio del arca de expiación, el estrado terrenal de Dios. La sangre también se rociaba en el lugar santo y se aplicaba en el altar exterior, purificando a los israelitas y la casa de Dios, el tabernáculo, para que Él pudiera continuar habitando en medio de Su pueblo.

La ofrenda única por el pecado del día de la expiación implicaba dos machos cabríos. Después de que el primero era sacrificado por causa de su sangre, el otro macho cabrío era cargado simbólicamente con la culpa de los pecados de Israel cuando el sumo sacerdote presionaba ambas manos sobre la cabeza del animal y confesaba esos pecados sobre él. Llevando sobre sí la culpa de Israel, la cual era digna de juicio, el macho cabrío era entonces conducido hacia el oriente, lejos de la faz de Dios hacia el desierto, una demostración de que «como está de lejos el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones» (Sal 103:12). La ofrenda por el pecado, entonces, ofrecía a los apóstoles una profunda comprensión de la muerte de Cristo. Mientras que la sangre de los toros y los machos cabríos nunca pudo quitar los pecados (Heb 10:4), la sangre de Jesús, el Dios-hombre, derramada en la cruz y aplicada por el Espíritu a aquellos que confían en Él, limpia a pecadores de sus pecados. Las espinas presionadas en Su frente, una imagen de la condición maldita de la humanidad (Gn 3:18), no eran más que una muestra de cómo Él llevó el peso de la culpa de Su pueblo sobre Su cabeza, lo que demuestra aún más que Él soportó nuestro juicio abrasador para proveernos una verdadera expiación.

PROPICIACIÓN
La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios y la obtención de Su favor. En la doctrina de la propiciación encontramos un retrato vivo de la ira de Dios al reflexionar en el holocausto. La adoración de Israel se basaba en el holocausto, tanto así que el altar, el foco central de la adoración, incluso fue apodado «el altar del holocausto» (Ex 30:28).

El primer episodio en la Escritura en el que aparece el holocausto se encuentra en la historia del diluvio en Génesis 6 – 9. Al principio se nos dice que el Señor Dios, el personaje principal de la narración, se entristeció «en su corazón» por la corrupción de la humanidad (6:6), y que decidió castigar a los impíos mientras salvaba a Noé y a su familia. Así que la crisis de la historia es el corazón agraviado de Dios. Las aguas del juicio divino se calmaron, pero la situación no cambió. Dios no había sido apaciguado. Su ira justa no se aplacó hasta que Noé, al amanecer de una nueva creación, construyó un altar y ofreció holocaustos. Usando el lenguaje instructivo que atribuye características humanas a Dios, la narración describe al Señor oliendo «el aroma agradable» de los holocaustos de modo que Su corazón fue consolado (8:21). Como resultado del aroma agradable, Dios habló a Su propio corazón, prometiendo que nunca volvería a destruir a toda la humanidad de esa manera, y bendijo a Noé. Como incienso aromático, el humo del holocausto ascendió al cielo, la morada de Dios, y Él, oliendo Su aroma tranquilizante, fue apaciguado. El corazón de Dios fue consolado, es decir, Su ira justa fue satisfecha. Más tarde, a través de Moisés, Dios ordenó que el sacerdocio ofreciera corderos diariamente como holocaustos (Ex 29:38-46). Estas ofrendas matutinas y vespertinas servían para abrir y cerrar cada día, de modo que todos los demás sacrificios, junto con la vida diaria de Israel, quedaban encerrados en el humo ascendente de su agradable aroma.

El impacto divinamente ordenado que el holocausto tuvo en Dios lleva a uno a preguntarse su significado teológico. La característica que es única de esta ofrenda es que todo el animal, excepto su piel, era ofrecido a Dios en el altar; nada era retenido. De esta manera, el holocausto significaba una vida de total consagración a Dios, refiriéndose a una vida de obediencia abnegada a Su ley. En las palabras de Deuteronomio, esta ofrenda representaba y solicitaba que uno ame al Señor Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas (6:5). La ofrenda de una vida así, vivida solo por Jesús, asciende al cielo como un aroma agradable y satisface a Dios.

Jesús cumplió el sistema de sacrificio levítico solo porque se ofreció a Sí mismo a Dios en la cruz como Aquel que había cumplido la ley. En Su noche atormentada de oración en Getsemaní, Él había orado: «Padre mío… no sea como yo quiero, sino como tú quieras» (Mt 26:39), y luego bebió la copa del juicio divino como el sustituto intachable. La vida de Jesús, Su completa y amorosa devoción a Dios, ofrecida al Padre por el Espíritu y a través de la cruz, satisfizo la ira de Dios.

Debido a que el sufrimiento de Jesús fue un sustituto penal vicario, los pecadores pueden encontrar descanso para sus almas. La inminente tormenta de juicio divino que siempre nos amenaza, eclipsando nuestros intentos vanos de alcanzar la felicidad, no puede disiparse con pensamientos optimistas ni con afirmaciones infundadas. Un cristiano descansa tranquilo bajo los cálidos rayos del favor del Padre únicamente porque esa tormenta de juicio ya ha estallado con toda su furia sobre el Hijo crucificado de Dios. Su sangre derramada nos limpia de nuestros pecados, quitando nuestra culpa ante los ojos de Dios. Su vida obediente y comprometida, ofrecida a Dios a través de la cruz al recibir nuestro castigo, se eleva hasta el cielo como un aroma agradable. Aquí, por fin, el mayor de los pecadores se jacta exclusivamente en Aquel que nos «amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma» (Ef 5:2).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
L. Michael Morales
El Dr. L. Michael Morales es profesor de estudios bíblicos en el Greenville Presbyterian Theological Seminary y un anciano docente PCA. Él es el autor de Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?

La doble obediencia de Cristo

Por Gregory K. Beale

Serie: Jesucristo, y este crucificado

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Jesucristo, y este crucificado

Los teólogos hablan con frecuencia de la obediencia activa y pasiva de Cristo. Su obediencia activa consistió en guardar la ley de Dios perfectamente a lo largo de Su vida. Su obediencia pasiva consistió en Su recepción voluntaria del castigo que merecían los pecadores por quebrantar la ley. Ambas les son imputadas a los pecadores que confían en Cristo, de modo que ellos son considerados perfectamente justos en Él, sin condena alguna por quebrantar la ley (ver Confesión de Fe de Westminster, cap. 11). El término «obediencia pasiva» es algo inexacto, ya que cuando Cristo soportó la pena del pecado lo hizo activamente.

El pasaje que afirma con más ímpetu la imputación positiva de la justicia de Cristo es 1 Corintios 1:30: «Mas por obra suya estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual se hizo para nosotros sabiduría de Dios, y justificación, y santificación, y redención». La unión de los creyentes con Cristo significa que «en Cristo Jesús» se considera que tenemos la misma «sabiduría… justificación… santificación, y redención» (perfectas) que Cristo posee. Eso no significa que tengamos tales atributos en nuestra existencia personal en esta tierra, sino que Cristo es nuestro representante y que todo eso nos es atribuido gracias a nuestra unión con Él (es decir, a que «estamos en Cristo»). La frase «para nosotros» se refiere a nuestra posición «en Cristo Jesús» y al hecho de que compartimos Sus atributos.

Algunos objetan esta conclusión porque parece difícil entender cómo es que Cristo fue «redimido» de la misma manera en que somos «redimidos» los creyentes. De igual modo, algunos argumentan que las referencias a la «sabiduría», «justificación» y «santificación» tampoco deben interpretarse de forma representativa. Según ellos, el versículo solo se refiere al hecho de que los creyentes se vuelven sabios, santos, justos y redimidos a través de Cristo, y las primeras tres características son cualidades piadosas que deberían caracterizar cada vez más las vidas de los cristianos.

Este problema se mitiga cuando llevamos a cabo un estudio sencillo de las palabras. La palabra que se traduce como «redención» se utiliza a veces en el Antiguo Testamento griego para aludir a la liberación del pecado, pero se usa con mayor frecuencia para hacer referencia a la liberación de la opresión severa. A la luz de esto, parecería normal utilizar la palabra «redención» en 1 Corintios 1:30 para indicar una liberación de la opresión, en particular con respecto a Cristo. Si ese es el caso, hace referencia a Su liberación de la muerte y de la esclavitud a los poderes de Satanás en la resurrección.

La primera parte del versículo refuerza la idea de que los cristianos son representados por estos atributos de Cristo: es por «obra suya» (de Dios) que estamos «en Cristo Jesús», y debido a que estamos «en» Él, compartimos posicionalmente Sus características perfectas. Por lo tanto, no debemos gloriarnos en nuestras propias capacidades (vv. 29, 31), sino en los beneficios resultantes de la representación de Cristo.

En consecuencia, 1 Corintios 1:30 respalda la idea de que los creyentes somos representados por la justicia perfecta de Cristo y, en un sentido posicional, somos tan plenamente justos como Él (ver Rom 5:15-19; Flp 3:9). En 2 Corintios 5:21, Pablo escribe: «Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él». Pablo asegura que Cristo asumió una culpa ajena y sufrió un castigo que Él mismo no merecía para que los pecadores por quienes Jesús sufrió el castigo fueran «hechos justicia de Dios en Él [Cristo]». Esto significa que Dios nos ve como «inocentes» que no merecen condena aunque hayamos cometido pecado. Sin embargo, que seamos hechos «justicia de Dios» también significa que estamos identificados con la «justicia de Dios», no solo en la ofrenda de la muerte de Cristo, sino también explícitamente en el Cristo resucitado, de modo que nos es imputado un aspecto positivo de la justicia de Cristo.

Génesis 1:28 y sus reiteraciones a lo largo del Antiguo Testamento nos brindan un trasfondo importante para entender la obra justificadora de Cristo con respecto a Su obediencia activa. La comisión de Génesis 1:26-28 involucraba los siguientes aspectos: (1) «los bendijo Dios»; (2) «sed fecundos y multiplicaos»; (3) «llenad la tierra»; (4) «sojuzgad» la «tierra»; (5) «ejerced dominio sobre… [toda] la tierra». El hecho de que Dios creara a Adán a Su «imagen» y «semejanza» es lo que le permitiría a este último ejecutar los diversos aspectos de la comisión. Como portador de la imagen de Dios, Adán debía reflejar Su carácter, lo que incluía reflejar la gloria divina. Además de la prohibición de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2:16-17), la esencia de la comisión consistía en sojuzgar y ejercer dominio sobre la tierra, llenándola de la gloria de Dios, en especial al procrear una descendencia gloriosa de portadores de la imagen divina. Si Adán hubiera obedecido su comisión, habría recibido las bendiciones del fin de los tiempos en magnitud ampliada; en esencia, estas habrían consistido en una incorrupción irreversible y eterna de la vida física y espiritual, que habría tenido lugar en un universo incorruptible, libre de todo mal y toda amenaza pecaminosa.

Sin embargo, Adán desobedeció la comisión al desobedecer la palabra de Dios y no ejercer dominio sobre la creación como debería haberlo hecho, permitiendo que la serpiente irrumpiera y lo corrompiera a él y a su esposa (Gn 3; ver 2:16-17). Pero la comisión de Adán no fue revocada. Hay muchos pasajes bíblicos que indican que la comisión de Adán fue legada a otras figuras semejantes a él, como Noé, los patriarcas y el Israel del Antiguo Testamento. No obstante, todos fallaron al momento de cumplir la comisión. A partir de los tiempos de los patriarcas, las repeticiones de la comisión adánica fueron combinadas con la promesa de una «descendencia» que «bendeciría» a las naciones. Eso indica que, a la postre, la comisión sería cumplida por la «descendencia».

Desde los tiempos de Abraham, las reiteraciones de la comisión de Génesis 1 se presentan como una promesa de un acto positivo que tendría lugar en el futuro o como un mandamiento que resultaría en una obediencia positiva. Tanto las reiteraciones promisorias como las imperativas de la comisión guardan relación con los aspectos positivos de la conquista, la posesión (o herencia), la multiplicación, el incremento y la expansión de la «descendencia». En vista de ello, sería extraño que el Nuevo Testamento nunca se refiriera a Jesús como el último Adán de esa misma manera positiva. En efecto, el Nuevo Testamento ve la sumisión de Cristo a la muerte en la cruz como parte de Su obediencia a la comisión de Adán (ver Rom 5:12-17; Flp 2:5-11; Heb 2:6-10). Jesús no solo hizo lo que el primer Adán debió hacer, sino que también fue obediente hasta la muerte, lo que lo llevó a la victoria de la resurrección y la exaltación.

Pablo habla más de lo que se denomina la obediencia pasiva de Cristo en Su muerte que de Su obediencia activa al salvar a Su pueblo. Sin embargo, hay pasajes que presentan a Jesús como el último Adán sin aludir a Su muerte, sino al hecho de que hizo lo que Adán debió haber hecho. Un ejemplo es Su tentación en el desierto (Mt 4; Lc 4). Allí, Cristo funcionó como el último Adán y también como el verdadero Israel (es decir, como el Adán colectivo) que obedeció en las mismas áreas en que desobedecieron el primer Adán y el primer Israel.

De la misma manera, Pablo presenta a Cristo como el último Adán que recibió la posición triunfante y la recompensa del señorío incorruptible y glorioso como resultado de Su cumplimiento de todas las condiciones de la obediencia que se requerían del primer Adán, en especial, las de posesión y conquista. En 1 Corintios 15:27 y Efesios 1:22, Pablo afirma que Cristo cumplió el ideal del Salmo 8:6 que el primer Adán debió haber cumplido: «Dios ha puesto todo en sujeción bajo sus pies», lo que significa que Cristo mismo, como el último Adán, también ha ejercido el «poder… para sujetar todas las cosas a sí mismo» (Flp 3:21). 1 Corintios 15:45 se refiere claramente a Cristo como el «último Adán» que obtuvo la bendición exacerbada de la incorruptibilidad que el primer Adán no consiguió. Además, 1 Corintios y Efesios identifican a los creyentes ya sea con el hecho de que Cristo tiene todas las cosas en sujeción a Él (Ef 2:5-6) o de que posee bendiciones incorruptibles (1 Co 15:49-57; ver también Heb 2:6-17).

Pablo entiende que Cristo cumplió la comisión adánica del Salmo 8. Esto significa que Cristo ejerció dominio, sojuzgó, multiplicó Su descendencia espiritual (aunque ese elemento está ausente en el Sal 8) y llenó la tierra con la gloria de Dios de forma perfecta, tanto como le es posible a una persona a lo largo de su vida. Esta idea tiene que ver con la inauguración del fin de los tiempos, pues la obediencia fiel de Cristo como el último Adán se tradujo en la recompensa eterna de transformarse en la nueva creación incorruptible y en el Rey de esa creación. En otras palabras, el cuerpo resucitado de Cristo fue el comienzo de la nueva creación del fin de los tiempos y de Su señorío obediente en esa nueva creación. Así como los cristianos estamos identificados con la posición de Cristo en Su resurrección y exaltación real en el cielo, también lo estamos con Su recompensa, que es el señorío exaltado y la obediencia fiel que sigue caracterizando ese señorío. El señorío de Cristo resucitado y exaltado y Su estatus como el Adán obediente constituyen una irrupción de la nueva creación futura en la era presente. No es una nueva creación perfeccionada, pues los cristianos del siglo presente aún no son reyes perfectamente obedientes ni han experimentado la recompensa consumada de la resurrección plena. No obstante, estamos unidos a Cristo, el último Adán que fue perfectamente obediente.

La doctrina que enseña que Cristo fue el sustituto penal de los pecadores que han quebrantado la ley, a fin de que estos puedan ser considerados inocentes, es la doctrina de la obediencia pasiva de Cristo. 2 Corintios 5:21 también alude a esta noción: el hecho de que Cristo se haya transformado en una ofrenda por el pecado para pagar la pena del pecado de los creyentes se traduce en que nosotros somos declarados inocentes; sin embargo, como vimos antes, los creyentes también recibimos la justicia del Cristo resucitado.

Romanos 3:23-26 también se refiere a la obediencia pasiva de Cristo; la palabra «propiciación», en el versículo 25, hace referencia al «propiciatorio», la cubierta del arca del pacto donde se derramaba la sangre de los sacrificios para representar la sustitución de la pena del pecado de Israel. Ahora, Cristo se ha transformado en el «propiciatorio» donde Él vierte Su propia sangre para pagar la pena del pecado a fin de que los pecadores sean declarados «inocentes» o «justos».

De esta manera, la vida y muerte vicaria de Cristo le atribuyen justicia a Su pueblo y nos declaran inocentes de nuestros pecados. Estaríamos perdidos sin nuestro Salvador.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Gregory K. Beale
El Dr. Gregory K. Beale es profesor de Nuevo Testamento y teología bíblica y ocupa la cátedra J. Gresham Machen de Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Westminster de Filadelfia. Es autor de numerosos libros, entre ellos God Dwells among Us [Dios habita entre nosotros].