Preguntas y Respuestas: El Espíritu Santo

The Master’s Seminary

Preguntas y Respuestas: El Espíritu Santo

TMS Staff

El artículo del día de hoy es una adaptación de uno de los puntos de nuestra Declaración doctrinalAquí puede leer el resto de nuestra declaración doctrinal, la cual cubre cada uno de nuestras creencias doctrinales de manera sistemática.

¿Cómo entender el Espíritu Santo como parte de la Trinidad?

El Espíritu Santo es una Persona divina, eterna, no derivada, que posee todos los atributos de personalidad y deidad incluyendo intelecto (1a Corintios 2:10-13), emociones (Efesios 4:30), voluntad (1a Corintios 12:11, eternidad (Hebreos 9:14), omnipresencia (Salmo 139:7-10), omnisciencia (Isaías 40:13-14), omnipotencia (Romanos 15:13) y veracidad (Juan 16:13). En todos los atributos divinos y en sustancia él es igual al Padre y al Hijo (Mateo 28:19; Hechos 5:3-4; 28:25, 26; 1a Corintios 12:4-6; 2a Corintios 13:14; y Jeremías 31:31-34 con Hebreos 10:15-17).

¿Qué función tiene el Espíritu Santo?

El Espíritu Santo ejecuta la voluntad divina en relación a toda la humanidad. Reconocemos su actividad soberana en la creación (Génesis 1:2), la encarnación (Mateo 1:18), la revelación escrita (2a Pedro 1:20, 21) y la obra de salvación (Juan 3:5-7).

La obra del Espíritu Santo en esta época comenzó en Pentecostés cuando él descendió del Padre como fue prometido por Cristo (Juan 14:16, 17; 15:26) para iniciar y completar la edificación del Cuerpo de Cristo, el cual es su iglesia (1a Corintios 12:13). El amplio espectro de su actividad divina incluye convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio; glorificando al Señor Jesucristo y transformando a los creyentes a la imagen de Cristo (Juan 16:7-9; Hechos 1:5; 2:4; Romanos 8:29; 2a Corintios 3:18; Efesios 2:22).

El Espíritu Santo es el agente sobrenatural y soberano en la regeneración, bautizando a todos los creyentes dentro del cuerpo de Cristo (1a Corintios 12:13). El Espíritu Santo también mora, santifica, instruye y los capacita para el servicio y los sella hasta el día de la redención (Romanos 8:9-11; 2a Corintios 3:6; Efesios 1:13).

El Espíritu Santo es el Maestro divino, quien guió a los apóstoles y profetas en toda la verdad conforme ellos se entregaban a escribir la revelación de Dios, la Biblia. Todo creyente posee la presencia del Espíritu Santo quien mora en él, desde el momento de la salvación, y el deber de todos aquéllos que han nacido del Espíritu, consiste en ser llenos del (controlados por el) Espíritu (Juan 16:13; Romanos 8:9; Efesios 5:18; 2a Pedro 1:19-21; 1a Juan 2:20, 27).

¿Cómo entender los dones del Espíritu Santo?

El Espíritu Santo administra dones espirituales a la iglesia. El Espíritu Santo no se glorifica a sí mismo ni a sus dones por medio de muestras ostentosas, sino que glorifica a Cristo al implementar su obra de redención de los perdidos y edificación de los creyentes en la santísima fe (Juan 16:13, 14; Hechos 1:8; 1a Corintios 12:4-11; 2a Corintios 3:18).

Con respecto a esto, Dios el Espíritu Santo es soberano en otorgar todos sus dones para el perfeccionamiento de los santos en el día de hoy y que hablar en lenguas y la operación de los milagros de señales en los primeros días de la iglesia, fueron con el propósito de apuntar hacia y certificar a los apóstoles como reveladores de verdad divina, y su propósito nunca fue el de ser característicos de las vidas de creyentes (1a Corintios 12:4- 11; 13:8-10; 2a Corintios 12:12; Efesios 4:7-12; Hebreos 2:1-4).

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La Iglesia en el plan de Dios

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La Iglesia en el plan de Dios

John MacArthur

La Iglesia es la manifestación externa de un plan eterno

En Tito 1: 2, el apóstol Pablo escribe de la “vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes de los siglos.” En este contexto, el apóstol Pablo describe su ministerio, un ministerio de evangelización y de salvación “por la fe de los elegidos de Dios” –a saber, la iglesia (v. 1).

Pablo, al describir su ministerio, describe el propósito redentor de Dios de: la elección (“los elegidos de Dios”, v. 1), la salvación (“el conocimiento de la verdad”, v. 1), la santificación (“que es según a la piedad “, 1) y la gloria final (” con la esperanza de la vida eterna “, v. 2). Todo esto es la obra de Dios (cf. Romanos 8:29-30), algo que Él “prometió antes de los tiempos.”

En otras palabras, en la eternidad pasada, antes de que cualquier cosa fuese creada – antes de los siglos – Dios determinó comenzar y terminar su plan de redención. Las personas fueron elegidas. Sus nombres fueron escritos para que sean llevados a la fe, a la piedad y a la gloria. Dios “prometió” estos del tiempo.

¿A quién hizo Dios la promesa? Esto fue antes de tiempo, y por lo tanto antes de la creación. Así que no había personas u otras criaturas alrededor. ¿A quién, entonces, hizo Dios esta promesa?

La respuesta la encontramos en 2 Timoteo 1: 9. Allí leemos que Dios “nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos.” Ese versículo termina con la misma frase nos encontramos en Tito 1: 2: “antes de los siglos” Y aquí el apóstol dice el propósito eterno de Dios – esta misma promesa que se hizo antes del principio de los tiempos “nos fue dada en Cristo Jesús.” La promesa eterna de nuestra salvación, el pacto divino de redención, implicó una promesa hecha por el Padre al Hijo antes de los siglos.

Esta es una realidad asombrosa. En el misterio de la Trinidad, vemos que hay un amor inefable y eterno entre los miembros de la Trinidad. Jesús se refiere a él en su oración sacerdotal: “Padre, quiero que ellos también, a quien me has dado, estén conmigo donde yo estoy, para que vean mi gloria que me has dado, porque me has amado desde antes la fundación del mundo “(Juan 17:24, énfasis añadido).

Ese amor debe encontrar una expresión. El amor verdadero siempre busca maneras de dar. Y en una demostración de su amor perfecto para su Hijo, el Padre hizo una promesa al Hijo. ¿Y cuál fue esa promesa? Prometió el Hijo un pueblo redimido – justificado, santificado y glorificado. Él prometió llevar a los redimidos a la gloria, para que habite en el mismo lugar donde el Padre y el Hijo han habitado desde tiempo comenzó antes – el reino de Dios. Y este cuerpo colectivo de los llamados de fuera – un pueblo para su nombre (Hechos 15:14) de toda raza, pueblo, lengua y nación (Apocalipsis 13: 7) – formaría un templo vivo por el Espíritu Santo (Efesios 2: 21-22), convirtiéndose en la misma morada de Dios.

Esa es la promesa eterna del Padre hecha al Hijo. ¿Por qué? Como una expresión de su amor. Los redimidos de la humanidad, entonces, son un don del Padre al Hijo.

Con eso en mente, considere las palabras de Jesús en Juan 6:37: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que viene a mí, de ningún modo lo echaré fuera.” Eso, de nuevo, afirma la invencibilidad absoluta de la iglesia. Cada individuo redimido – todo s los que alguna vez se les dio el don de la fe, perdonado y justificado ante Dios por la gracia – es un don de amor del Padre al Hijo. Y ninguno de ellos se perderá o será echado fuera. ¿Podría Cristo rechazar un regalo de amor de Su propio padre?

Por otra parte, la importancia de la doctrina de la elección surge de todo esto. Los redimidos son escogidos y dados al Hijo por el Padre como un regalo. Si usted es un creyente, no es porque es más listo que sus vecinos incrédulos. No ha venido a la fe a través de su propio ingenio. Usted fue atraído a Cristo por Dios el Padre (Juan 6:44, 65). Y cada persona que llega a la fe es atraído por Dios y dado como un regalo de amor del Padre al Hijo, como parte de un pueblo redimido – la iglesia – prometida al Hijo antes de los siglos.

El significado completo del propósito eterno de Dios se hace evidente a medida que se desarrolla en el libro de Apocalipsis. Hay que echar un vistazo al cielo, y ¿qué creen que la iglesia triunfante está haciendo allí? ¿Qué es lo que hacen los santos glorificados por toda la eternidad? Ellos adoran y glorifican el Cordero, alabándole y sirviéndole – e incluso reinan con él (Apocalipsis 22: 3-5). El cuerpo colectivo es descrito como su novia, pura y sin mancha y vestida de lino fino (19:7-8). Viven con él eternamente donde no hay noche, ni lágrimas, ni tristeza, ni dolor (21:4). Ellos glorifican y sirven al Cordero para siempre. Esa es la plenitud del propósito de Dios; esa es la razón por la que la iglesia es Su regalo para su Hijo.

Ahora bien, esta eterna promesa incluía la promesa recíproca del Hijo al Padre. La redención no era de ninguna manera la obra del Padre solamente. Para llevar a cabo el plan divino, el Hijo tendría que ir al mundo como un miembro de la raza humana y pagar el castigo por el pecado. Y el Hijo se sometió completamente a la voluntad del Padre. Eso es lo que Jesús quiso decir en Juan 6: 38-39: “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Esta es la voluntad del que me envió: Que de todo lo que El me ha dado yo no pierda nada, sino que lo resucite en el último día.”

La redención del pecado no podía ser adquirida por los sacrificios de animales o cualquier otro medio. Así que el Hijo vino a la tierra con el propósito expreso de morir por el pecado. Su sacrificio en la cruz fue un acto de sumisión a la voluntad del Padre. Hebreos 10:4-9 hace que este mismo punto:

4 Porque es imposible que la sangre de toros y de machos cabríos quite los pecados. 5 Por lo cual, al entrar El en el mundo, dice: Sacrificio y ofrenda no has querido, pero un cuerpo has preparado para mi; 6 en holocaustos y sacrificios por el pecado no te has complacido. 7 Entonces dije: “He aqui, yo he venido (en el rollo del libro esta escrito de mi) para hacer, oh Dios, tu voluntad.” 8 Habiendo dicho arriba: Sacrificios y ofrendas y holocaustos, y sacrificios por el pecado no has querido, ni en ellos te has complacido (los cuales se ofrecen según la ley), 9 entonces dijo: He aqui, yo he venido para hacer tu voluntad. El quita lo primero para establecer lo segundo.

Así que el Hijo se sometió a la voluntad del Padre, lo que demuestra su amor por el Padre. Y el edificio de la iglesia, por lo tanto no sólo es expresión de amor del Padre al Hijo, sino también la expresión del Hijo del amor al Padre.

Todo esto significa que la iglesia es algo tan monumental, tan vasta, tan trascendente, que nuestras mentes pobres apenas pueden comenzar a apreciar su importancia en el plan eterno de Dios. El verdadero objetivo del plan de Dios no es simplemente llevarnos al cielo. Sino que el drama de nuestra salvación tiene un propósito aún más grandioso: es una expresión de amor eterno dentro de la Trinidad. Nosotros sólo somos el regalo.

Hay una cosa más pena destacar sobre el plan eterno del Padre con respecto a la iglesia. Romanos 8:29 dice que aquellos a quienes el Padre eligió dar al Hijo Él también los predestinó para ser hechos conforme a la imagen del Hijo. No sólo Él los justifica, santifica, glorifica, y los lleva al cielo para que por los siglos de los siglos de los siglos podrían decir: “¡Digno es el Cordero”, sino que Él también determinó que se harían como el Hijo. Esto es “para que Él sea el primogénito [prototokos] entre muchos hermanos.” (Romanos 8:29). Prototokos no se refiere a alguien que nació por primera vez en una cronología, sino el primero de una clase. En otras palabras, Cristo es el supremo sobre toda una hermandad de personas que son como él.

Nuestra glorificación instantáneamente nos transforma en Cristo. Juan escribió: “Cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2). Pablo dijo a los Gálatas: “por quienes de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros” (Gal. 4:19). Estamos siendo conformados a la imagen de Cristo. Y la buena noticia es que se logrará este objetivo. La iglesia surgirá de todas sus pruebas triunfantes, gloriosas, impecablemente vestida para encontrarse con su novio.

¿Cómo no regocijarnos en la perspectiva de eso? ¿Cómo pueden los cristianos posiblemente ser apáticos acerca de la iglesia? La iglesia es en última instancia, invencible. Los propósitos de Dios no pueden ser frustrados.

Hay una conclusión fascinante para todo esto. Pablo lo describe en 1 Corintios 15: 24-28:

24 entonces vendrá el fin, cuando El entregue el reino al Dios y Padre, después que haya abolido[a] todo dominio y toda autoridad y poder. 25 Pues Cristo debe reinar hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. 26 Y el último enemigo que será abolido es la muerte. 27 Porque Dios ha puesto todo en sujecion bajo sus pies. Pero cuando dice que todas las cosas le están sujetas, es evidente que se exceptúa a aquel que ha sometido a El todas las cosas. 28 Y cuando todo haya sido sometido a El, entonces también el Hijo mismo se sujetará a aquel que sujetó a El todas las cosas, para que Dios sea todo en todos..

Imagíne la escena. Todos los enemigos de Cristo son destruidos y derrotados. Todas las cosas se colocan bajo sujeción al Hijo. El Padre le ha dado el gran don del amor, de la iglesia, para ser su novia y estar sujeta a Él. Cristo está en el trono. Todas las cosas están ahora sujetas a El – excepto el Padre, quien puso todas las cosas en sujeción a Su Hijo. “Entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó todas las cosas a Él, para que Dios sea todo en todos” (v. 28).

En otras palabras, cuando el Hijo lleva a la iglesia a la gloria y el Padre la entregue al Hijo como Su regalo de amor eterno, entonces también el Hijo se dará la vuelta y dará todo, incluso a sí mismo, de regreso al Padre.

Este es un aspecto alucinante en nuestro futuro. Este es el plan de Dios para la iglesia. Somos un pueblo llamado por Su nombre, redimido, conformados a la imagen de su Hijo, hecho para ser una expresión inmensa, incomprensible y suprema de amor entre las Personas de la Trinidad. La iglesia es el regalo que se intercambia. Este es el plan eterno de Dios para la iglesia. Debemos estar profundamente agradecidos, y ansiosos y emocionados de ser parte de la misma.

John MacArthur es el presidente de The Master’s Seminary y pastor de la iglesia Grace Community Church. Sus predicaciones en el programa de radio Gracia A Vosotros son escuchados alrededor del mundo. Él y su esposa Patricia tienen cuatro hijos y quince nietos.


John MacArthur is the Chancellor Emeritus and professor of pastoral ministry at The Master’s University and Seminary. He is also the pastor-teacher of Grace Community Church, author, conference speaker, and featured teacher with Grace to You.

Combatir el desánimo mediante la adoración

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Michael Staton

Me alegré cuando me dijeron: ‘¡Vayamos a la casa del SEÑOR!’ – Salmo 122: 1

El Salmo 73 describe el increíble viaje espiritual de un hombre llamado Asaf. El salmista declara lo que es innegablemente cierto: “Dios es bueno con Israel, con los limpios de corazón” (Salmo 73: 1). ¡Amén! Ciertamente lo es. Con esa firme declaración de fe, el sermón podría llegar a su fin. Pero hay más.

La frustración de la desigualdad espiritual

El predicador continúa: “Pero en cuanto a mí, mis pies casi tropezaron, mis pasos casi resbalaron” (Salmo 73: 2). Ahora lo hace personal. El salmista está esencialmente diciendo: Dios es bueno con su pueblo, pero yo siento que soy la excepción.

De los versículos 3 al quince, Asaf detalla las cosas que consumen su alma. Él lamenta a los malvados que parecen disfrutar de toda la prosperidad que pueden soportar. Le parece que aquellos que viven en contra de la ley de Dios experimentan una vida de lujo y comodidad. Señala que quienes tratan a las personas con violencia y odio permanecen impunes mientras se enfurecen en su pecaminosidad. Está indignado de que quienes no creen en Dios ni lo adoran se burlen de quienes lo creen. Haciendo alarde de sus estilos de vida inmorales, se jactan burlonamente en el Salmo 73:11, “¿Cómo puede Dios saberlo?”

Mientras Asaf procesa esta injusticia espiritual, el salmista presume que sus intentos de seguir al Señor son en vano. ¿De qué sirve esforzarse por ser piadoso y santo si no lo lleva a ninguna parte? Asaf se siente afligido y reprendido día tras día mientras los malvados disfrutan de toda la riqueza, la popularidad y el entretenimiento que podrían desear.

Después de todo esto, Asaph agrega una capa más desalentadora.

Se lamenta de no poder soportar hablar estas cosas en voz alta. Lucha con el sentimiento de que Dios bendice a otras personas, pero no a él. Asaph se siente solo y abandonado. Lo que es peor, aunque Dios bendice a su pueblo, Asaf siente que es la excepción a la regla. No expresa sus sentimientos porque si lo hiciera, siente que traicionaría la confianza de la gente en su ministerio (Salmo 73:15). Mantiene sus pensamientos para sí mismo y permite que lo perturben profundamente.

Qué miserable estar celoso de los malvados y frustrado por el éxito del mundo. Qué doloroso sentirse como el único sin protección y tener esos sentimientos dentro.

La diferencia que hace la adoración

Entonces algo cambia. Ocurre algo tremendo. Alcanza un lugar de consuelo mientras viaja “al santuario de Dios; [y discierne] su fin” (Salmo 73:17). 

La perspectiva de Asaf cambia ante la presencia del Dios todopoderoso. Ahí es donde ve la verdad. Los elementos de la adoración levantaron sus ojos del mundo y pusieron su enfoque en Dios. Cuando entendió, todo cambió. Su situación no cambió. Pero su perspectiva lo hizo por completo.

Asaf se da cuenta de que aquellos que se burlan de Dios pueden disfrutar de bendiciones temporales, pero un día serán consumidos en el juicio. Aunque a veces Asaf sentía que estaba tropezando, se dio cuenta de la mano que sostenía de Dios. Luego, después de la adoración, su envidia se convierte en alabanza. Él concluye: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y no hay nada en la tierra que desee fuera de ti. Mi carne y mi corazón pueden desfallecer, pero Dios es la fuerza de mi corazón y mi porción para siempre” (Salmo 73:25). -26).

¡Qué transformación! ¿Qué marcó la diferencia? Los malvados de la época de Asaf todavía vivían en rebelión. Otros creyentes continuaron disfrutando de bendiciones que Asaf no disfrutó. Pero esto es lo que sí cambió: el enfoque de Asaph. Ya no miraba a todos ni a todo lo que le rodeaba, sino que miraba a Dios a través de la adoración, fijando su mirada en el Señor.

Solo después de que se encontró con el Dios Viviente en la adoración se pusieron las cosas en la perspectiva adecuada. Solo después de su encuentro con Dios escribió su historia. Solo después de su encuentro con Dios confesó sus sentimientos. La historia no termina en desesperación. Él anima al lector con su nueva dirección: “He puesto al Señor Dios por refugio, para contar todas tus obras” (Salmo 73:28). Habiendo recordado la bondad y la fidelidad de Dios, tiene una historia que vale la pena contar.

Corrie ten Boom, una sobreviviente de un campo de prisioneros nazi, resumiría más tarde cómo se sentía Asaph hace tantos años y, de hecho, cuántos cristianos de hoy se han sentido en un momento u otro: “Si miras el mundo, te angustiarás . Si miras hacia adentro, estarás deprimido. Si miras a Dios, estarás en reposo “.

Solo la adoración puede apartar los ojos del mundo y ponerlos en Cristo. Lea el Salmo 73 y compruebe usted mismo la diferencia que puede hacer la adoración. Entonces recuerde, como hizo el salmista en el Salmo 122, lo bueno que es entrar en la casa del Señor.


Michael Staton

Michael Staton

Michael Staton (D. Min., The Masters Seminary) es el pastor principal de la Primera Iglesia Bautista en Mustang, Oklahoma, donde ha servido desde el año 2000. Ha estado casado con su esposa Marcy durante 24 años y tienen dos hijos. Para sermones y otros escritos, visite el sitio web de su ministerio en everywordpreached.com.

De muerte a vida

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De muerte a vida

Henry Tolopilo

Cuando hablamos de salvación con base en lo que la Biblia enseña, debemos comenzar adecuadamente: La salvación comienza con Dios. La salvación no comienza por, ni depende del hombre. Quiero ser enfático en esto. La salvación no es de nosotros, es un don de Dios. Es un regalo preciosísimo porque la recibimos por gracia por medio de la fe. Esto no lo digo yo. Lo dijo el Espíritu Santo por medio de Pablo: “Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef 2:8–9). Por esa sencilla razón, nadie puede gloriarse en ser salvo. La gloria es sólo de Dios ya que Él es el autor de la fe de inicio a final. (Heb 12:2)

La Escritura presenta la salvación como obra soberana de Dios sin ninguna participación humana. Si somos salvos es porque Dios nos salvó. Él nos escogió, nos llamó, nos regeneró y nos justificó por Su gracia y poder. Si dependiese de nosotros mismos, no hubiésemos sido salvados porque no somos capaces de salvarnos por nuestros medios. Estábamos, en nuestro estado natural, muertos en delitos y pecados. Es por eso que el hombre está perdido sin esperanza, necesitado de un Salvador.

Un muerto no puede volver a la vida por sí mismo

La desesperanza del hombre sin Cristo es tal que la Biblia lo compara con un hombre que está muerto. Sabemos que es imposible que un muerto vuelva a la vida por sí mismo. Solo Dios da la vida y la quita. Nadie puede perder su vida y volverla a tomar. Juan 11 provee una excelente analogía que nos ayudará a entender este tema un poco más. Este pasaje relata la resurrección de Lázaro, uno de los amigos de Jesús. Lázaro estaba enfermo y sus hermanas mandan a llamar al Señor. (11:3) Jesús, les mandó el mensaje siguiente: “Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” (11:4). Jesús intencionalmente retrasó Su llegada y Lázaro murió. Habían pasado ya cuatro días cuando se hizo presente. Sus hermanas le reclamaron, pensando que era imposible que Jesús le levantara de entre los muertos. ¡Era algo imposible a ojos humanos! Incluso cuando Jesús le dijo que resucitaría, Marta solo piensa en la resurrección futura. Tan imposible era a ojos del hombre lo que estaba por suceder. El relato sigue, casi llegando a su clímax:

Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro. Era una cueva, y tenía una piedra puesta encima. Dijo Jesús: Quitad
la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, porque es de cuatro días. Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? (11:38–40).

Finalmente, llegó el momento tan esperado: “Habiendo dicho esto, gritó con fuerte voz: ¡Lázaro, ven fuera!” (11:43) Esto seguramente es algo que no se ve todos los días. ¡El Señor le dijo a Lázaro que se levantara de entre los muertos! He dirigido
varios servicios fúnebres, he visto muchos cadáveres, pero ¡nunca le pedí a un muerto que se levantara! Nunca dije: “señor Fulano, ¡levántate y anda!” Sería una pérdida de tiempo, además de ser una tontería. Un muerto no oye, no piensa y definitivamente no responde a ningún estímulo. Carece de voluntad y no tiene poder alguno. ¡Un muerto no hace nada! Pero, ¿qué pasó con Lázaro? Juan nos dice lo siguiente: “Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.
Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir” (11:44). Lázaro hizo exactamente lo que el Señor le mandó hacer. ¿Están leyendo lo mismo que yo? Un muerto no puede responder a un mandamiento. Es totalmente incapaz de hacerlo. Carece de la capacidad de responder porque no tiene vida. No está enfermo. Está muerto. Lázaro no podía responder por sí mismo. El punto acá es que Lázaro obedeció: Se levantó de entre los muertos. Él hizo algo que no se puede hacer. ¡Es simplemente imposible de hacer! Tal es la condición del hombre, sin Cristo, en su estado natural.

Haciendo posible lo imposible

¿Cómo, pues, sucedió algo que Lázaro no tenía la capacidad de hacer? ¿Cómo es posible que este hombre muerto respondiera al mandamiento de Jesús? Jesús le dio la habilidad y capacidad para responder. En el versículo 25, Jesús había dicho lo siguiente: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (11:25). Esto no era un dicho popular. No era un
fuerte deseo. Era verdad, y estaría por demostrarse no solo en el caso de Lázaro, sino mucho más allá. Jesús hizo posible lo imposible.

El milagro increíble que Jesús hizo con Lázaro es análogo al milagro de la salvación. Dios hace que un hombre espiritualmente muerto, incapaz e insensible a las cosas del Espíritu responda en fe al evangelio y experimente el nuevo nacimiento. El evangelio manda a hombres muertos a creer, entender, arrepentirse y abrazar por fe a Cristo. Francamente, el evangelio manda a muertos a hacer algo que ellos no pueden hacer por sí solos. Es por eso que la salvación no es de los hombres, sino que es de Dios. Es un don, un regalo inmerecido. (Ef 2:8–9) El milagro más grande es que haya transformado nuestras vidas, haciéndonos pasar de vida a muerte. ¡A Dios sea la gloria!

Henry se desempeña como pastor asociado en Grace Church, supervisando el Ministerio español. Anteriormente sirvió como misionero en Costa Rica y México, y también trabajó como director de desarrollo curricular para LOGOI International en Miami, Florida. Henry tiene títulos de Biola University (BA), Talbot Theological Seminary (M.Div.) Y Dallas Theological Seminary (STM). Él y su esposa Barbara tienen dos hijos.

¿Cómo serán nuestros cuerpos glorificados?

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¿Cómo serán nuestros cuerpos glorificados?

Michael Riccardi

Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas – Filipenses 3:20-21

Si tratamos de resumirlo en una sola palabra, la perspectiva del ciudadano celestial es la glorificación. La glorificación es esa etapa final en el proceso de redención en la cual Cristo resucita los cuerpos de todo creyente de entre los muertos, reúne esos cuerpos con sus almas e instantáneamente cambia los cuerpos de aquellos creyentes que se encuentren vivos en cuerpos libres de pecado, perfectos, tal como el suyo cuando resucito de entre los muertos.

“El cuerpo de la humillación”

Diferentes traducciones toman estas palabras de distintas formas, por ejemplo: “el cuerpo de nuestro estado de humillación” (LBLA) o “nuestro cuerpo miserable” (NVI). Cuando comparemos estas traducciones debemos entender que Pablo no tiene la intención de degradar el cuerpo de ninguna manera, como si el cuerpo físico fuese malo en sí mismo. Tal idea no es bíblica, pues proviene de enseñanzas paganas y de filosofías erróneas (recuerde que Adán y Eva fueron creados a la perfección, a imagen y semejanza de Dios, como una entidad compuesta de un cuerpo y un alma).

Por lo tanto “el cuerpo de la humillación” no tiene nada que ver con una maldad inherente del cuerpo físico. Más bien, se refiere a nuestros cuerpos que actualmente están marcadas por la humillación causada por el pecado, caracterizados por debilidad, decadencia física, indignidad, enfermedad, sufrimiento y humillación mental. El cuerpo, aunque no intrínsecamente pecaminoso en sí mismo, a menudo es el instrumento de nuestros actos pecaminosos y el vehículo a través del cual buscamos satisfacer nuestros deseos pecaminosos.

Cuando entendemos que estamos llamados a estar apartados y nuestros cuerpos consagrados como el templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19) y al mismo tiempo vemos como presentamos nuestros cuerpos como instrumentos de iniquidad (Romanos 6:13), nos damos cuenta que en realidad estamos lidiando con un “cuerpo de la humillación.” Ciertamente en este cuerpo gemimos (2 Corintios 5:2; cp. Romanos 8:23) y nos unimos al apóstol Pablo en decir: “¿quién me librará de este cuerpo de mal?” (Romanos 7:24).

¿Cómo serán nuestros cuerpos glorificados?

En 1 Corintios 15, Pablo defiende la resurrección corporal, pues ciertas personas en Corinto lo negaban. Hacia el final del capítulo, nos da una idea de la naturaleza de nuestros cuerpos glorificados después de la resurrección al contrastarlos con nuestros cuerpos mortales.

Imperecedero

Primeramente serán imperecederos. 1 Corintios 15:42 nos dice: “Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción.”

Nuestros cuerpos resucitados no estarán sujetos a la corrupción y la decadencia que nuestros cuerpos actuales están sujetos. No envejecerán, ni se terminarán ni sufrirá enfermedades o dolencias. La Biblia nos enseña que el estado eterno de nuestros cuerpos jamas mostrará señales de envejecimiento pero, como Waynn Grudem lo dice, “va a tener características juveniles pero completa madurez masculina o femenina para siempre” (Teología Sistemática, 832).

Glorioso

En segundo lugar será un cuerpo glorioso, según nos dice 1 Corintios 15:43: “Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder.” Es difícil entender todas las implicaciones de lo que significa que un cuerpo sea glorioso. Yo me imagino que serán cuerpos atractivos y completamente libres de vergüenza.

¿Por qué? Porque 1 Corintios 12:23 habla de los miembros de nuestro cuerpo que nos parecen “menos dignos”, o, como lo dice 1 Cor 15:43, “deshonra” (ambos utilizan la misma palabra en el original). Por lo tanto, ya que nuestros cuerpos resucitados no serán caracterizados por alguna tipo de deshonra, cualquiera que sea el significado de “deshonra” no estará presente en nuestros cuerpos después de la resurrección, pues cada miembro será glorioso.

Fuerte y Poderoso

En tercer lugar, será un cuerpo fuerte y poderoso. En 1 Corintios 15:43 leemos: “se siembra en debilidad, resucitará en poder.” Nosotros estamos conscientes de las limitaciones físicas de nuestro cuerpo, ¿no es así? Sabemos lo que es ser débil. Pero no será así en nuestros cuerpos glorificados.

Ahora bien, no está diciendo que todos vamos a ser versiones cristianas de algún superhéroe, como los Increíbles, o Hulk o Ironman. Lo que está diciendo es que nuestros cuerpos glorificados tendrán toda la fuerza y ​​el poder que Dios le otorgó a los seres humanos cuando los hizo perfectos y sin pecado. Wayne Grudem comenta: “Tendremos, por lo tanto, la fuerza necesaria para hacer todo lo que deseemos hacer en conformidad con la voluntad de Dios” (Teología Sistemática, 832).

Espiritual

Finalmente nuestros cuerpos glorificados estarán completamente sujetos a y en perfecta armonía con el Espíritu Santo: “Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual” (1 Corintios 15:44).

Ahora, la palabra “espiritual” en este versículo no quiere decir algo que no es físico, pues sabemos que nuestros cuerpos glorificados serán cuerpos físicos, tal como lo dice Filipenses 3:21 cuando menciona que serán transformados en conformidad con el cuerpo de la gloria suya (de Cristo). Y sabemos también que Jesús tenía un cuerpo físico después de la resurrección. Él no pretendió haber sido resucitado, espíritus sin cuerpo no tienen estómagos o sistemas digestivos para comer pescado (Lucas 24:39-43), son sólo cuerpos físicos que pueden hacer esto. Jesús cuando resucitó de entre los muertos resucitó en su propio cuerpo, y lo mismo será con nosotros (1 Corintios 15:20-23).

El punto de Pablo al decir que nuestro cuerpo va a ser espiritual es que será un cuerpo físico sometido plenamente a, y en perfecta armonía con el Espíritu Santo. ¡Imagine! Tendremos un corazón sin distracciones y sin tentaciones de deseos engañosos y pecaminosos. Tendremos ambiciones santas y aspiraciones verdaderamente piadosas. Tendremos la habilidad de llevar acabo todas estas cosas sin distracciones o fatiga alguna, y podremos disfrutar las bondades de la creación física tal como Dios en un principio diseñó el mundo para que lo disfrutáramos!

Querido lector, si esa perspectiva de cómo serán nuestros cuerpos glorificados no le conduce a adorar y si no le hace desear aún más el regreso de nuestro gran Salvador, entonces no entiende lo que Pablo quiso enseñar en 1 Corintios 15. Indiscutiblemente, si su alma ha sido hecha viva por vida divina, guiada por el Espíritu Santo a odiar el pecado y anhelar el día en que esté completamente apartado de todo pecado y tentación, entonces el saber más acerca de nuestro glorioso futuro debería impulsar su corazón a adorar y crecer en piedad y santidad.

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Mike Riccardi, graduado de The Master’s Seminary con una Maestría en Divinidades (M.Div.) y otra en Teología (Th.M.), es el pastor de evangelismo local de la iglesia Grace Community Church. Él y su familia viven en Los Ángeles, California.

Por qué debemos predicar la palabra

The Master’s Seminary

Por qué debemos predicar la palabra

John MacArthur

Para todo expositor bíblico que busca seguir los pasos de Pablo en el deseo de proclamar fielmente la Palabra de Dios, 2 Timoteo 4: 2 es tierra sagrada y territorio precioso. En este versículo el apóstol define el mandato primordial para todo predicador, no sólo para Timoteo, sino para todos los que vendrían después de él. El ministro del evangelio está llamado a “¡predica (r) la Palabra!”

Pablo, a punto de morir e inspirado por el Espíritu, escribió este texto para que sirviese como sus últimas palabras para Timoteo y por ende para la iglesia. Las palabras de este versículo se sitúan en el inicio del último capítulo de su última carta. Sólo e incansable, en un calabozo romano, sin siquiera un manto para mantenerse caliente (v. 13), Pablo escribe una última carta en el cual encomienda a Timoteo ya todo ministro después de él, a proclamar las Escrituras con convicción y valentía.

Pablo entendía lo que estaba en juego: la batuta sagrada de mayordomía del evangelio estaba siendo entregada a la siguiente generación. Por otro lado sabía que Timoteo, su hijo en la fe, era joven y propenso a la aprehensión y la timidez. Por esta razón él escribió una exhortación final a la fidelidad pastoral con un tono fuerte:

Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos ya los muertos en su manifestación y en su reino,  que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina (2 Timoteo 4: 1-2).

El corazón de ese breve pasaje resume el ministerio bíblico de un ministro del evangelio: predicar la Palabra.

Ese mandamiento no era algo completamente nuevo, pues ya anteriormente Pablo había informado a Timoteo acerca de las calificaciones para el liderazgo espiritual. En 1 Timoteo 3: 2, Pablo le enseño que además de numerosos requisitos morales y espirituales, todo ministro y pastor debe tener la habilidad y capacidad de enseñar. Su función es ser un expositor de la Biblia, capaz de explicar claramente el texto bíblico y exhortar eficazmente a la congregación.

El llamado a predicar y enseñar la Palabra de Dios es tanto un privilegio sagrado como una responsabilidad sumamente seria la cual debe ser llevada a cabo en todo momento. El ministro llamado a predicar tiene la divina responsabilidad de pararse en el púlpito “a tiempo y fuera de tiempo” y llevar a cabo su misión sin importar si ella parezca aceptable o inaceptable, sabio o imprudente. El hombre de Dios que ha sido llamado a predicar debe de hacerlo son valentía el mensaje de Dios para el pueblo de Dios sin importar los vientos de doctrina o la opinión de las personas.

Ser fieles al llamado a proclamar la Palabra requiere predicar todo lo que en ella está escrito, no sólo aquellos aspectos positivos. Pablo manda a Timoteo a redargüir, reprender y exhortar a la iglesia, rechazando así la tentación de dejar a un lado las advertencias y correcciones de la Escritura. Sin embargo, su reprensión debería llevarse acabo con “toda paciencia y doctrina”, marcando la seriedad de su exhortación con compasión y ternura.

Mientras que su pastoreo debe ser descrito por mansedumbre y longanimidad, su predicación no debe ser marcada por la incertidumbre o ambigüedad. El ministro fiel proclama la verdad de la Palabra de Dios con la confianza y la seguridad que esta demanda, reconociendo que la autoridad en la predicación no proviene de una institución, la educación o la experiencia pastoral, sino de Dios mismo.

Siempre y cuando el sermón interprete claramente el texto bíblico, tal predicación carga con la autoridad del Autor mismo. El poder del púlpito está en la Palabra predicada correctamente, al mismo tiempo que el Espíritu usa la Biblia expuesta para perforar el corazón de las personas (Efesios 6:17; Hebreos 4:12). Consecuentemente, la tarea del pastor es alimentar fielmente el rebaño con la leche pura de la Palabra (1 Pedro 2: 1-3), confiando en que Dios aumentará el crecimiento.

En los versículos antes y después de 2 Timoteo 4: 2, Pablo proporcionó a Timoteo con la motivación necesaria para mantenerse firme y perseverar hasta el fin, dandole un mandamiento claro: predicar la Palabra, sabiendo que las almas están en juego. Pablo dio a Timoteo cinco razones de peso crucial con el fin de equiparlo para la tarea del pastoral y para perseverar en la fidelidad ministerio. Estas motivaciones, que se encuentra en 2 Timoteo 3: 1–4: 4, son tan aplicables hoy como lo eran cuando el apóstol les escribió hace casi dos milenios.

Durante la semana estaremos estudiando las cinco razones dadas por Pablo para predicar la Palabra.

John MacArthur es el presidente de The Master’s Seminary y pastor de la iglesia Grace Community Church. Sus predicaciones en el programa de radio Gracia A Vosotros son escuchados alrededor del mundo. Él y su esposa Patricia tienen cuatro hijos y quince nietos.

Por qué debemos predicar la palabra

The Master’s Seminary

Por qué debemos predicar la palabra

John MacArthur

Para todo expositor bíblico que busca seguir los pasos de Pablo en el deseo de proclamar fielmente la Palabra de Dios, 2 Timoteo 4: 2 es tierra sagrada y territorio precioso. En este versículo el apóstol define el mandato primordial para todo predicador, no sólo para Timoteo, sino para todos los que vendrían después de él. El ministro del evangelio está llamado a “¡predica (r) la Palabra!”

Pablo, a punto de morir e inspirado por el Espíritu, escribió este texto para que sirviese como sus últimas palabras para Timoteo y por ende para la iglesia. Las palabras de este versículo se sitúan en el inicio del último capítulo de su última carta. Sólo e incansable, en un calabozo romano, sin siquiera un manto para mantenerse caliente (v. 13), Pablo escribe una última carta en el cual encomienda a Timoteo ya todo ministro después de él, a proclamar las Escrituras con convicción y valentía.

Pablo entendía lo que estaba en juego: la batuta sagrada de mayordomía del evangelio estaba siendo entregada a la siguiente generación. Por otro lado sabía que Timoteo, su hijo en la fe, era joven y propenso a la aprehensión y la timidez. Por esta razón él escribió una exhortación final a la fidelidad pastoral con un tono fuerte:

Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos ya los muertos en su manifestación y en su reino,  que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina (2 Timoteo 4: 1-2).

El corazón de ese breve pasaje resume el ministerio bíblico de un ministro del evangelio: predicar la Palabra.

Ese mandamiento no era algo completamente nuevo, pues ya anteriormente Pablo había informado a Timoteo acerca de las calificaciones para el liderazgo espiritual. En 1 Timoteo 3: 2, Pablo le enseño que además de numerosos requisitos morales y espirituales, todo ministro y pastor debe tener la habilidad y capacidad de enseñar. Su función es ser un expositor de la Biblia, capaz de explicar claramente el texto bíblico y exhortar eficazmente a la congregación.

El llamado a predicar y enseñar la Palabra de Dios es tanto un privilegio sagrado como una responsabilidad sumamente seria la cual debe ser llevada a cabo en todo momento. El ministro llamado a predicar tiene la divina responsabilidad de pararse en el púlpito “a tiempo y fuera de tiempo” y llevar a cabo su misión sin importar si ella parezca aceptable o inaceptable, sabio o imprudente. El hombre de Dios que ha sido llamado a predicar debe de hacerlo son valentía el mensaje de Dios para el pueblo de Dios sin importar los vientos de doctrina o la opinión de las personas.

Ser fieles al llamado a proclamar la Palabra requiere predicar todo lo que en ella está escrito, no sólo aquellos aspectos positivos. Pablo manda a Timoteo a redargüir, reprender y exhortar a la iglesia, rechazando así la tentación de dejar a un lado las advertencias y correcciones de la Escritura. Sin embargo, su reprensión debería llevarse acabo con “toda paciencia y doctrina”, marcando la seriedad de su exhortación con compasión y ternura.

Mientras que su pastoreo debe ser descrito por mansedumbre y longanimidad, su predicación no debe ser marcada por la incertidumbre o ambigüedad. El ministro fiel proclama la verdad de la Palabra de Dios con la confianza y la seguridad que esta demanda, reconociendo que la autoridad en la predicación no proviene de una institución, la educación o la experiencia pastoral, sino de Dios mismo.

Siempre y cuando el sermón interprete claramente el texto bíblico, tal predicación carga con la autoridad del Autor mismo. El poder del púlpito está en la Palabra predicada correctamente, al mismo tiempo que el Espíritu usa la Biblia expuesta para perforar el corazón de las personas (Efesios 6:17; Hebreos 4:12). Consecuentemente, la tarea del pastor es alimentar fielmente el rebaño con la leche pura de la Palabra (1 Pedro 2: 1-3), confiando en que Dios aumentará el crecimiento.

En los versículos antes y después de 2 Timoteo 4: 2, Pablo proporcionó a Timoteo con la motivación necesaria para mantenerse firme y perseverar hasta el fin, dandole un mandamiento claro: predicar la Palabra, sabiendo que las almas están en juego. Pablo dio a Timoteo cinco razones de peso crucial con el fin de equiparlo para la tarea del pastoral y para perseverar en la fidelidad ministerio. Estas motivaciones, que se encuentra en 2 Timoteo 3: 1–4: 4, son tan aplicables hoy como lo eran cuando el apóstol les escribió hace casi dos milenios.

Durante la semana estaremos estudiando las cinco razones dadas por Pablo para predicar la Palabra.

John MacArthur es el presidente de The Master’s Seminary y pastor de la iglesia Grace Community Church. Sus predicaciones en el programa de radio Gracia A Vosotros son escuchados alrededor del mundo. Él y su esposa Patricia tienen cuatro hijos y quince nietos.

¿Acaso la homosexualidad es un pecado peor?

The Master’s Seminary

Serie: Predica la Palabra

¿Acaso la homosexualidad es un pecado peor?

Josiah Grauman

1. Cualquier pecado es capaz de condenar al infierno

Adán y Eva desobedecieron al mandamiento de Dios al comer del árbol que Dios había prohibido. Como resultado, billones de personas terminarán en el infierno, lo cual nos da una idea de la santidad de Dios y cómo es que él ve el pecado.

Uno de los pasajes más claros que demuestra la realidad que cualquier pecado nos condena es Santiago 2:10-11, en donde podemos observar cómo el pecado coloca a todos en una misma categoría: por naturaleza y por decisión, todos merecemos el infierno.

Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos. Porque el que dijo: No cometerás adulterio, también ha dicho: No matarás. Ahora bien, si no cometes adulterio, pero matas, ya te has hecho transgresor de la ley (Santiago 2:10-11).

Sin embargo, observe como el texto no afirma que todos los pecados son iguales, ni que uno ha cometido un pecado que también ha cometido todos los demás pecados. El libro de Santiago no está afirma que “si usted no comete adulterio, pero mata, entonces también ha adulterado.” Lo que sí está enseñando es que todo pecado, no importa que cual sea, automáticamente nos pone en la corte de Dios como criminales, criminales siendo enjuiciados y condenados por quebrantar la ley.

2. No todo pecado es igual de abominable delante de Dios

Muchas personas citan el Sermón del Monte para decir que delante de Dios la ira es igual al asesinato, y la codicia igual que el adulterio. Quisiera animarlo a leer Mateo 5:21-30 más detalladamente. Las palabras: “Cualquiera que se enoje contra su hermano será culpable de juicio” y “cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”, no afirman que el uno sea igual de abominable en la mente de Dios. Jesús no está afirmando que el cometer adulterio en su corazón es tan detestable y atroz a los ojos de Dios como cometerlo con su cuerpo, el cual, si eres un cristiano, es “el templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:18-20).

Estos pasajes carecen de sentido si el infierno fuese igual de terrible para toda persona que termine allí

Dios es un juez justo, el cual juzgará a toda persona sin parcialidad—y esto significa—de acuerdo con su propio pecado. Romanos 2:6 nos dice que Dios “pagará a cada uno conforme a sus obras”. Juan nos dice en Apocalipsis que los libros serán abiertos y los muertos juzgados “cada uno según sus obras” (Apocalipsis 20:13). Estos pasajes carecen de sentido si el infierno fuese igual de terrible para toda persona que termine allí.

Pasajes como estos  demuestran claramente que existen ciertos pecados los cuales son más horrendos delante de Dios. Otro ejemplo aún más claro se encuentra en Ezequiel capítulo 8. Yo le recomendaría que lea todo el capítulo si tiene dudas al respecto. Pero en sí, Dios está describiendo qué tan profundo Israel ha caído en pecado, así que va de un pecado a otro más feo, cada vez repitiendo a Ezequiel: “verás abominaciones mayores que hacen éstos”. Todo pecado es una abominación y capaz de condenar al fuego eterno, pero algunos pecados ofenden más a Dios que otros.

3. La homosexualidad es un pecado especialmente perverso

Romanos 1 demuestra que la homosexualidad es un pecado que se llega a cometer después de que uno ha tocado el fondo de su depravación. Los que lo cometan continúan tanto en su rebeldía en contra de Dios que él “los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos” (Romanos 1:24-27). Ya que va en contra del plan perfecto de Dios para el matrimonio, los cristianos hacen bien al ver la homosexualidad como un pecado especialmente vil y perverso. No sólo eso, sino que la homosexualidad jamás podrá reflejar el propósito por el cual existe el matrimonio: representar la relación de Cristo a la iglesia (Efesios 5:31).

4. Tu pecado es peor que la homosexualidad si no te arrepientas

Desafortunadamente, muchos cristianos caen en la trampa de creer que las personas que practican la homosexualidad están más allá de la gracia de Dios, sucios, y que no merecen amor ni compasión. Pero observe las palabras de Pablo en Romanos 2:1. Justo después de haber descrito la homosexualidad como un pecado completamente vil, declara: “Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo.” Usted también ha quebrantado la ley; usted no es el juez, así que cuidado.

Pero todavía más impactantes son las palabras de Cristo. Después de haber predicado las buenas nuevas y haber hecho milagros en Galilea, dijo a los religiosos: “Por tanto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma, que para ti” (Mateo 11:24).

El punto de Jesús es que algunos pecados son peores que otros, y por lo tanto, Dios los castigará de manera más severa, pero Dios no necesariamente los cataloga como nosotros lo haríamos. Cuando una persona escucha el evangelio y lo rechaza, en la mente de Dios su pecado es mucho mayor que el de la persona indocta que practica la homosexualidad.

Usted, mi querido lector, está en mayor peligro de un juicio mucho más severo que la persona que está viviendo en la homosexualidad, pues usted también peca, pero lo hace bajo más luz, es decir, ha recibido un mayor conocimiento de Dios.

Aquel siervo que conociendo la voluntad de su señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes. Mas el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco; porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá (Lucas 12:47-48).

5. ¿Cuál debería de ser nuestra respuesta?

No importa el pecado, sea chico o sea grande, la solución es siempre la misma: el evangelio, pues es el poder de Dios para salvación (Romanos 1:16-17). Asegúrese que lo entiende, que lo vive y que lo proclama.

Finalmente, recuerde que la persona que desobedece a Dios al practicar la homosexualidad necesita el evangelio tanto como usted y yo lo necesitábamos antes de conocer a Cristo. Y al convertirse más popular en nuestra generación (y aún más en la generación de nuestros hijos), debemos asegurarnos que vemos a los que practican la homosexualidad, no como personas raras que debemos temer y odiar, sino como un campo misionero.

Lo que ellos necesitan no es una retórica de cómo es que nuestra nación ha decaído tanto al abrazar la maldad, pues sabemos que ningún movimiento político puede salvar. Al contrario, lo que debemos hacer es confrontar su pecado y compartir el evangelio. Esto es amor. Porque sólo así Dios los ofrece que aunque sus pecados fuesen rojos como el carmesí, podrán ser limpios y hechos blancos como la nieve a través de la sangre del Cordero.

“No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Corintios 6:9-11).

Josías Grauman tiene una licenciatura en idiomas bíblicos por The Master’s College y una Maestría en Divinidad (M.Div.) por The Master’s Seminary. Sirvió durante cinco años como un capellán en el Hospital General de Los Angeles, California. Después de lo que fue como misionero a la Ciudad de México. Actualmente se encuentra completando sus estudios del Doctorado en Ministerio (D.Min.). Josías y su esposa Cristal tienen tres hijos


Josiah Grauman

Josiah Grauman is the Dean of Spanish Education and Professor of Bible Exposition. He is a graduate of The Master’s University and Seminary (B.A., M.Div., D.Min.). He was ordained at Grace Community Church, where he currently serves as an elder in the Spanish ministry, alongside his wife and three children.

Fidelidad o popularidad

The Master’s Seminary

Serie: Predica la Palabra

Por qué debemos predicar la palabra

John MacArthur 

Para todo expositor bíblico que busca seguir los pasos de Pablo en el deseo de proclamar fielmente la Palabra de Dios, 2 Timoteo 4: 2 es tierra sagrada y territorio precioso. En este versículo el apóstol define el mandato primordial para todo predicador, no sólo para Timoteo, sino para todos los que vendrían después de él. El ministro del evangelio está llamado a “¡predica (r) la Palabra!”

Pablo, a punto de morir e inspirado por el Espíritu, escribió este texto para que sirviese como sus últimas palabras para Timoteo y por ende para la iglesia. Las palabras de este versículo se sitúan en el inicio del último capítulo de su última carta. Sólo e incansable, en un calabozo romano, sin siquiera un manto para mantenerse caliente (v. 13), Pablo escribe una última carta en el cual encomienda a Timoteo ya todo ministro después de él, a proclamar las Escrituras con convicción y valentía.

Pablo entendía lo que estaba en juego: la batuta sagrada de mayordomía del evangelio estaba siendo entregada a la siguiente generación. Por otro lado sabía que Timoteo, su hijo en la fe, era joven y propenso a la aprehensión y la timidez. Por esta razón él escribió una exhortación final a la fidelidad pastoral con un tono fuerte:

Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos ya los muertos en su manifestación y en su reino,  que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina (2 Timoteo 4: 1-2).

El corazón de ese breve pasaje resume el ministerio bíblico de un ministro del evangelio: predicar la Palabra.

Ese mandamiento no era algo completamente nuevo, pues ya anteriormente Pablo había informado a Timoteo acerca de las calificaciones para el liderazgo espiritual. En 1 Timoteo 3: 2, Pablo le enseño que además de numerosos requisitos morales y espirituales, todo ministro y pastor debe tener la habilidad y capacidad de enseñar. Su función es ser un expositor de la Biblia, capaz de explicar claramente el texto bíblico y exhortar eficazmente a la congregación.

El llamado a predicar y enseñar la Palabra de Dios es tanto un privilegio sagrado como una responsabilidad sumamente seria la cual debe ser llevada a cabo en todo momento. El ministro llamado a predicar tiene la divina responsabilidad de pararse en el púlpito “a tiempo y fuera de tiempo” y llevar a cabo su misión sin importar si ella parezca aceptable o inaceptable, sabio o imprudente. El hombre de Dios que ha sido llamado a predicar debe de hacerlo son valentía el mensaje de Dios para el pueblo de Dios sin importar los vientos de doctrina o la opinión de las personas.

Ser fieles al llamado a proclamar la Palabra requiere predicar todo lo que en ella está escrito, no sólo aquellos aspectos positivos. Pablo manda a Timoteo a redargüir, reprender y exhortar a la iglesia, rechazando así la tentación de dejar a un lado las advertencias y correcciones de la Escritura. Sin embargo, su reprensión debería llevarse acabo con “toda paciencia y doctrina”, marcando la seriedad de su exhortación con compasión y ternura.

Mientras que su pastoreo debe ser descrito por mansedumbre y longanimidad, su predicación no debe ser marcada por la incertidumbre o ambigüedad. El ministro fiel proclama la verdad de la Palabra de Dios con la confianza y la seguridad que esta demanda, reconociendo que la autoridad en la predicación no proviene de una institución, la educación o la experiencia pastoral, sino de Dios mismo.

Siempre y cuando el sermón interprete claramente el texto bíblico, tal predicación carga con la autoridad del Autor mismo. El poder del púlpito está en la Palabra predicada correctamente, al mismo tiempo que el Espíritu usa la Biblia expuesta para perforar el corazón de las personas (Efesios 6:17; Hebreos 4:12). Consecuentemente, la tarea del pastor es alimentar fielmente el rebaño con la leche pura de la Palabra (1 Pedro 2: 1-3), confiando en que Dios aumentará el crecimiento.

En los versículos antes y después de 2 Timoteo 4: 2, Pablo proporcionó a Timoteo con la motivación necesaria para mantenerse firme y perseverar hasta el fin, dandole un mandamiento claro: predicar la Palabra, sabiendo que las almas están en juego. Pablo dio a Timoteo cinco razones de peso crucial con el fin de equiparlo para la tarea del pastoral y para perseverar en la fidelidad ministerio. Estas motivaciones, que se encuentra en 2 Timoteo 3: 1–4: 4, son tan aplicables hoy como lo eran cuando el apóstol les escribió hace casi dos milenios.

Durante la semana estaremos estudiando las cinco razones dadas por Pablo para predicar la Palabra.

John MacArthur es el presidente de The Master’s Seminary y pastor de la iglesia Grace Community Church. Sus predicaciones en el programa de radio Gracia A Vosotros son escuchados alrededor del mundo. Él y su esposa Patricia tienen cuatro hijos y quince nietos.

Cómo compartir el evangelio

The Master’s Seminary

Cómo compartir el evangelio

Alberto Solano Z.

1. Háblale de Dios

Dios como creador de todo. Dios es el creador de todo lo que existe. Mira a tu alrededor, tu persona, la naturaleza, el universo entero; todo lo que existe ha sido creado por Dios (Génesis 1:1). Antes de que existiese la tierra y todo lo que vemos estaba Dios y solamente Dios. Él creó todo detalle en la creación. En su mente infinita y perfecta él ingenió absolutamente todo. ¿Por qué? Él no lo hizo porque se sentía solo o porque necesitaba a los humanos. Más bien él diseñó y creó todo por causa de su gloria y placer.

Dios como dueño de todo. Puesto que él creó todo, es por lo tanto el dueño de toda criatura (Salmos 24:1-2). Dios, siendo el diseñador y hacedor del mundo, tiene completa autoridad y no ha dejado nada fuera de su soberanía divina. No sólo eso, sino que Dios posé atributos divinos los cuales solamente él tiene, tales como su omnipotencia (Dios es todopoderoso por encima de cualquier poder en el universo), omnisciencia (Dios conoce todo lo que ha ocurrido, está ocurriendo y ocurrirá) y omnipresencia (Dios está presente en todo lugar en todo momento).

Dios como Dios santo y perfecto. Dios es santo (1 Juan 1:5), esto quiere decir que él es completamente distinto de todo lo que vemos y experimentamos en este mundo. Él es mayor, más grande y distinto de nosotros, siendo su santidad trascendente e infinita (Mateo 5:48). En su santidad perfecta Él requiere que las personas obedezcan sus instrucciones y su ley (Santiago 2:10). En esencia es simple: Dios creó el mundo, estableció leyes que deben ser obedecidas y ahora espera que las personas las obedezcan por completo, teniendo él el derecho de demandar esto por haber sido el creador y soberano sobre el universo.

No hay un solo justo, ni siquiera uno

2. Háblale del pecado

¿Cómo comenzó? Sin embargo, la gente ha quebrantado la ley de Dios. Cuando Dios creó el mundo, él creó dos seres humanos: Adán y Eva, el primer hombre y mujer (Génesis 1:26-28). Cuando Dios los creó, los creó perfectos y buenos. Pero esto no duró, y no mucho tiempo después de su creación desobedecieron a Dios, siguieron el consejo del diablo y por lo tanto fracasaron en obedecer a la perfección la ley de Dios. Dios, al ver la desobediencia de Adán y Eva, maldijo la humanidad, permitiendo así que el pecado entrase al mundo. A partir de ese momento todo ser humano que nace es por naturaleza rebelde hacia Dios y desobediente a sus leyes. Por lo tanto no hay un solo justo, ni siquiera uno (Romanos 3:10).

¿Cuál es la consecuencia del pecado? Debido a que cada persona que jamás haya vivido ha nacido manchado de pecado, muerto en delitos y transgresiones delante de Dios (Efesios 2:1-3), todos son contados como rebeldes, desobedientes y incapaces de cumplir con las expectativas de obediencia perfecta (Romanos 3:23). La pena de tal pecado es clara: la muerte, la muerte no sólo física, sino también la muerte espiritual (Romanos 6:23). Los que han nacido en esta naturaleza pecaminosa merecen ser castigados con muerte espiritual por su desobediencia ante un Dios santo y justo. Esto significa una sola cosa: separación eterna de Dios. Dios, siendo totalmente santo, no puede permitir que el pecado y la desobediencia residan en su santidad, siendo la única solución el ser condenados a un castigo eterno por causa del pecado.

¿Cuál es la solución? ¿Qué podemos hacer para salvarnos de tal condenación? Nada. No podemos salvarnos de tal separación eterna de Dios, pues en nuestra pecaminosidad estamos incapacitados de elegir a Dios y hacer suficientemente cosas buenas para lograr la obediencia perfecta que requiere Dios (Tito 3:5). Los hombres son totalmente depravados, esto es que no son capaces de obedecer a Dios ya que están muertos espiritualmente, incapaz de alcanzar una posición redimida ante Dios (Isaías 64:6). Los hombres están muertos en pecado y totalmente ciegos a cualquier deseo de agradar a Dios (Efesios 2:8-9).

3. Háblale de Jesús

¿Quién es Jesús? Dios, teniendo pleno conocimiento de todo lo que ha sucedido y sucederá, sabía que los humanos no serían capaces de obedecerle perfectamente y que Adán y Eva pecarían, distorsionando así la naturaleza en la que cada ser humano nace. Y en su amor, compasión y misericordia, envió a su único hijo al mundo, Jesús. Nacido de una virgen y siendo Dios y hombre sin pecado a la vez (Colosenses 2:9), vino a esta tierra con el fin de restablecer la gente de vuelta a una relación correcta con Dios. Dios mismo tomó la forma de un hombre con el fin de entrar en este mundo para salvar a pecadores, pues los hombres no pueden alcanzar una posición correcta delante de Dios por sí mismos.

¿Por qué murió Jesús? Debido a que la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23), se necesitaba que alguien no contaminado por el pecado muriera para pagar el castigo de los pecados. Así fue como Jesús, un hombre sin pecado y Dios mismo, muestra el amor de Dios en su propia muerte en la cruz, pagando así la pena del pecado (Romanos 5:8). En esencia, Dios puso nuestros pecados sobre Cristo con el fin de que los que Dios amó pudieran ser hechos limpios de pecado delante de Dios (2 Corintios 5:21). En otras palabras, los que fueron hechos justos delante de Dios no lo lograron por su propio esfuerzo o deseo, sino que fueron justificados por una justicia ajena que fue imputada sobre ellos en la muerte de Cristo (1 Pedro 2:24). Cristo tuvo que vivir una vida sin pecado, sufrir y morir en la cruz para ser el redentor del pueblo de Dios, a fin de presentarlos limpios y sin mancha delante de Dios. Aunque la gente todavía no puede obedecer perfectamente la ley de Dios, la muerte de Cristo ha pagado el precio de todos nuestros defectos y nos ha hecho justicia de Dios por medio de la muerte de Cristo en la cruz.

¡Ésta es la belleza y el milagro de la cruz! Pecadores son contados como perfectamente obedientes basados en la perfecta obediencia de Cristo, siendo obediente hasta la muerte en la cruz. Dios no sólo envió a su Hijo a morir en la cruz, sino también lo levantó de entre los muertos (1 Corintios 15:4). Jesucristo está ahora vivo a la diestra de Dios en el cielo.

4. Háblale de la salvación

La salvación que Dios logró a través de la muerte de Cristo no es universal, lo que quiere decir que no todo el mundo está ahora a salvo de un castigo eterno por desobedecer la ley de Dios. Hay algo que se debe hacer para ser salvo de la pena del pecado y ser contado entre los que Dios ha restaurado por medio de la muerte y la resurrección de Cristo: creer y arrepentirse. Para ser salvo debe haber arrepentimiento de todo lo que deshonra a Dios (Isaías 55:7) y de los pecados que se han cometido. Y su vez debe haber una creciente separación de todo lo que desagrada a Dios, sabiendo que Dios persona a todo pecador que se arrepiente (Lucas 9:23).

No solo tiene que haber arrepentimiento, sino que también se debe creer en Cristo como Señor y Salvador (Romanos 10:9). Esto significa creer en Jesucristo tanto como Salvador de la pena del pecado y como amo y Señor, pues así como Dios se convirtió en el gobernante de todo lo que existe al crear el mundo, así también Cristo es la cabeza de los que, por la obra divina de salvación hecha de parte de Dios, han sido llamados a salvación y ahora experimentar una relación restaurada con Dios. Sólo aquellos que por la fe se arrepienten y creen serán hechos vivos en Cristo y su sus pecados limpios y borrados en la cruz de Cristo.

Los que no se arrepienten y creen en la verdad del evangelio de Cristo, su muerte y resurrección, les espera un castigo eterno por causa de sus pecados, pues no obedecieron perfectamente a la ley de Dios ya que su naturaleza pecaminosa les imposibilita hacerlo (Romanos 8:1-8). Pero aquellos que se arrepienten y creen, Dios promete perdón competo en Cristo, redención de todos los pecados a través de la muerte de Cristo en la cruz, comunión con Dios Padre y una futura morada eterna con él en el cielo.

Alberto Solano, graduado con una Maestría en Divinidad (M.Div.) en The Master’s Seminary, actualmente estudia una Maestría en Teología (Th.M.) con énfasis en el Nuevo Testamento. Aparte de servir en el ministerio hispano de Grace Community Church, Alberto trabaja en el departamento de admisiones del seminario.