La historia de la Iglesia es importante

The Master’s Seminary

La historia de la Iglesia es importante

Josué Pineda Dale 

«¿Para qué me va a servir esto?», dijo en algún momento de su vida todo estudiante, refiriéndose a una materia o algún tema en particular. Tanto el creyente como el estudiante de teología no están exentos de este sentimiento. No todos los temas son igual de atractivos para todos y no todos disfrutan memorizar fechas, eventos importantes y personajes principales. Sin embargo, estudiar la historia de la Iglesia  es importante para el creyente en general y el estudiante de teología en particular.

¿Por qué estudiar la historia de la Iglesia?[1]

  1. Muchas veces se desconoce la historia de la Iglesia. Conocerla hará que se entienda mejor muchas cosas de práxis y doctrina, entre otras.
  2. Dios ha estado obrando a través de la historia. La historia es un testimonio de la providencia soberana de Dios. Sin embargo, hay que tener claro que la autoridad no la tiene la historia ni la tradición. La autoridad suprema es la palabra de Dios. La historia es un testimonio latente de lo que Él ha hecho a través de ella.
  3. Cristo dijo que Él edificaría su Iglesia (Mt. 16:18). Estudiar la historia es ver cómo la promesa se desarrolla.
  4. La historia de la Iglesia es la historia del creyente como miembro de su cuerpo. Cada creyente es parte. Por eso se debe estudiar.
  5. La verdad se ha conservado y transmitido a través de la historia (Jn. 15:26). Jesucristo encargó a los apóstoles de ese testimonio, ellos a sus discípulos, y ellos a todos los que no fueron testigos oculares (1 P. 1:8).
  6. Así como el creyente es alentado por la historia de la verdad, es también advertido por la historia del error. En el primer concilio (Hch. 10) se hizo defensa en contra del legalismo. A pesar de esto, hay grupos que siguen manteniendo esto (por ejemplo, los Adventistas). Siguen la ley a pesar que eso ya había sido descartado y condenado. La nueva era, los mormones o el gnosticismo fueron confrontados en su momento. Si no se estudia estas cosas, se corre el riesgo de volver a caer en el mismo error.
  7. Hay mucho que aprender de aquellos que caminaron con Dios (cf. He. 11).
  8. Hay mucho que aprender de aquellos que fallaron en varios puntos (2 Co. 10:6). Incluso Calvino en su momento defendió tanto el bautismo de infantes que estuvo de acuerdo en que alguien muriera por practicar lo contrario.
  9. Ser un apologista fiel incluye a menudo ser un buen historiador. Es importante poder defender las enseñanzas bíblicas del error.
  10. La historia ayuda a los pastores de este siglo a tener una perspectiva correcta sobre su lugar en estos tiempos de la Iglesia.

Una breve advertencia

La historia de la Iglesia son eventos que sucedieron en un momento específico. Por eso se cuenta con documentos de donde se obtiene la información de esos sucesos. Es importante que se investigue a profundidad y no apresurarse a hacer conclusiones apuradas y sin suficiente fundamento. Se debe tener cuidado porque puede haber algún tipo de sesgo en el autor al describir el evento histórico. Por eso es importante darle peso a los documentos que se consultan. Eso es hacer historia. Se debe hacer un estudio cuidadoso de los documentos disponibles e interpretarlos objetivamente. A diferencia de la Escritura, no podemos confiar plenamente en libros meramente históricos y tomar como dogma todo lo que se detalla. Hay que leer cada uno de ellos con sobriedad y tratar de entender lo que pasó porque cada autor relata según su perspectiva, su fuente o sus presuposiciones. También, hay un elemento filosófico a menudo, ya que algunos son pesimistas y otros optimistas. Finalmente, en ocasiones hay enfoques o elementos artísticos ya que se trata de presentar la historia de manera que no sea aburrida. Es vital tener presente todo esto a la hora de recopilar datos históricos.

Algunos usos prácticos

Las ilustraciones de personajes, temas o situaciones de la historia pueden ser de gran ayuda para el predicador. Son una herramienta valiosa porque no pasan de moda. Probablemente tendrán más utilidad y relación con el tema expuesto que otro tipo de ilustración. Los comentarios hechos por hombres históricos también son útiles a la hora de predicar por la misma razón que las ilustraciones. Se puede usar alguna cita en el sermón que servirá para ampliar o aclarar el punto que se está haciendo. La historia de la doctrina, por su parte, es útil para verificar que lo que se dice es verdad —entendiendo que la historia no tiene autoridad en sí misma sino sólo la palabra de Dios—. Esto salvaguardará al predicador de que sus descubrimientos exegéticos se mantienen dentro de la ortodoxia.

La apologética por su lado, se sirve también de la historia porque brinda herramientas para defender fácilmente en contra de ataques, cultos y demás que ya han surgido con anterioridad muy probablemente. Sin embargo, no se debe olvidar que la única fuente inerrante, infalible, suficiente y poderosa de verdad es la palabra de Dios. No hay otra fuente o norma suprema por encima de ella. Su palabra debe ser nuestro estándar de medición.

Reflexiones finales

Al estudiar la historia de la Iglesia el creyente aprenderá de lo que los padres de la Iglesia hicieron y podrá valorarlos más. Son hombres que lucharon y evitaron muchas veces que el nombre del Señor fuera vituperado. Es sorprendente constatar cómo defendían la verdad a costa de sus propias vidas. Muchas veces el creyente se encuentra muy cómodo y no está dispuesto a dar la milla extra, mucho menos sacrificar su vida.

Es invaluable leer los escritos de estos hombres y aprender acerca de sus vidas por medio de biografías y distintos relatos. Es reconfortante saber que el creyente no está solo y que antes vivieron cientos de hombres valientes. Poco a poco los errores entraban en la iglesia, fracturando el cuerpo de Cristo; sin embargo, Dios siempre se guarda un remanente fiel y cumple sus propósitos. Es de mucho ánimo contemplar la providencia de Dios en la vida y hechos de cada uno de estos personajes.

El reto es seguir aprendiendo y disfrutarlo en el proceso. Es importante «tomar nota» a fin de no cometer los errores que otros cometieron. Si el creyente hace esto, aprenderá a ser más sabio.


[1] Este listado está adaptado del material de clase de Teología Histórica I de The Master’s Seminary.


Josué Pineda Dale

Josué Pineda Dale

Josué Pineda Dale (M.Div., Th.M. Candidate) es coordinador administrativo de educación en español e instructor de sección en The Master’s Seminary, así como administrador de la Sociedad Teológica Cristiana. También es editor del blog de TMS en español y del ministerio «A tiempo y fuera de tiempo». Además, sirve en la enseñanza y como coordinador del ministerio de matrimonios en Grace en Español en Los Angeles, California. Está casado con Mabe y tienen dos hijos: Daniel y Valentina. Josué es el editor general y contribuidor de «En ti confiaré» (2 volúmenes), editor de contenido de «La hermenéutica de Cristo», autor en «Estudios bíblicos para la vida» de LifeWay y contribuidor en los siguientes libros: «Declaring His Glory among the Nations» y «Siervo Fiel».

Viviendo santamente como siervo

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Viviendo santamente como siervo

Benjamin Veurink 

Servir a Dios es un privilegio indescriptible tanto como una responsabilidad seria. Es un privilegio porque Dios jamás necesita del hombre. Él «habita en luz inaccesible» (1 Ti. 6:16), «sostiene todas las cosas por la palabra de su poder» (He. 1:3), es servido por miríadas de miríadas de ángeles (He. 1:7, 14; Ap. 5:11) y es «bendito por los siglos de los siglos» (Dn. 2:20; cp. Gá. 1:5). Él es dueño de todo el universo (Sal. 24:1). Todo cuanto existe fue hecho por Él (Sal. 146:6). A Él no le falta nada y es perfectamente capaz de suplir sus propias necesidades, si las tuviera. Al mismo tiempo, nadie merece servir a Dios (1 Co. 1:26-31). Pero, aun así, el Todopoderoso, en amor, ha permitido a los hombres servirle. Servir a Dios es un don celestial otorgado a pecadores que no merecen nada. Solo un corazón perdonado, que sabe que fue traído de muerte a vida (Ef. 2:1), podrá servir a Dios con la motivación correcta. Él «no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mt. 20:28). Además, después de haber lavado los pies de sus discípulos les dijo así: «vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis» (Jn. 13:14-15). Un corazón agradecido, buscará agradar y glorificar a su Señor a través de su servicio, sabiendo que «[será feliz] si lo [practican]» (Jn. 13:17).

Por tanto, dado que Dios ha extendido su misericordia hacia los hombres permitiéndoles servirle, se requiere de la mayor seriedad, porque el servicio al Señor es infinitamente mayor que cualquier otro servicio que se pueda ejercer. Aun siendo una gracia divina, es un asunto sublime y espantoso al mismo tiempo. Así que, vale la pena averiguar qué es lo que Dios requiere de sus siervos. Tal como el título de este artículo enfatiza, la prioridad para servir a Dios es la santidad. Todo cristiano, independientemente de su rol en el cuerpo de Cristo, sirve a Dios y a su prójimo. Por lo tanto, es importante saber que Dios desea que sus siervos sean santos, que vivan vidas santas: «Por tanto, si alguno se limpia de estas cosas, será un vaso para honra, santificado, útil para el Señor, preparado para toda buena obra» (2 Ti. 2:21). Porque Dios exige santidad para servirle, hay tres aspectos que 2 Timoteo 2:21 resalta que nos ayudarán a servir a Dios como Él quiere ser servido: Primero, la santidad complace al Señor; segundo, la santidad conviene al siervo; y tercero, la santidad coincide con el servicio.

La santidad complace al Señor

Primero, la santidad complace al Señor. Hay aquellos que desprecian la importancia de la santidad, pensando que es inconsecuente e irrelevante. Sin embargo, Dios ha decido en su eterna e inmutable voluntad, «[darse] a sí mismo por nosotros, para redimirnos de toda iniquidad y purificar para si un pueblo para posesión suya, celoso de buenas obras» (Tit. 2:14). Dios escogió a su Iglesia para salvación y para santificación. No existe ningún hijo de Dios que ha sido justificado que no ha sido santificado (1 Co. 6:11). Por un lado, hemos sido apartados para Él y, por el otro, hemos sido hechos nuevas criaturas (2 Co. 5:17), aunque todavía aguardamos la redención futura «de este cuerpo de muerte» (Ro. 7:24). Calvino afirma: «Cristo no justifica a nadie sin que a la vez lo santifique. Porque estas gracias van siempre unidas, y no se pueden separar ni dividir»[1]. Los que quieren divorciar la justificación y la santificación intentan dividir la obra de Jesucristo. Es una imposibilidad, una necedad. Por eso tenemos certeza de salvación en Cristo. Siempre que Dios salva a un pecador lo santifica a través de su Espíritu, capacitándolo para enlistarlo en su servicio. Los hombres que Dios justifica fueron predestinados para ser «hechos conforme a la imagen de su Hijo» (Ro. 8:29). Al mismo tiempo, la santificación es también un mandato (1 P. 1:16). Es nuestra responsabilidad obedecer, buscando agradarle en todo y vivir para Él. Por lo tanto, el siervo debe ser santo porque la santidad es la meta celestial, el requisito divino y es lo que complace al Señor.

Así que, sirviendo a Dios en santidad es la respuesta apropiada de su redención. Por eso Pablo nos manda, como resultado de las misericordias de Dios, a que «[presentemos nuestros] cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios […]» (Ro. 12:1). Es cierto que no somos salvos por nuestro servicio, pero somos salvos para servir. Cualquier otra respuesta es inferior y menosprecia categóricamente la redención de Dios; además, desprecia el poder santificador del Espíritu Santo. Las Escrituras son claras en afirmar que la santidad en los hijos de Dios complace a Dios:

  • «Y el Dios de paz […] os haga aptos en toda obra buena para hacer su voluntad, obrando Él en nosotros lo que es agradable delante de Él mediante Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (He. 13:20-21)
  • «¡De ningún modo! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?» (Ro. 6:2).
  • «No estéis unidos en yugo desigual con los incrédulos, pues ¿qué asociación tienen la justicia y la iniquidad? ¿O qué comunión la luz con las tinieblas?» (2 Co. 6:14).
  • «¿O no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? […]» (1 Co. 6:9).
  • «Porque así como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin las obras está muerta» (Stg. 2:26)?
  • «Dios no nos ha llamado a impureza, sino a santificación» (1 Tes. 4:7).

El Señor nos ha redimido para vivir para su gloria (Ef. 1:12). La única manera de vivir dignamente la salvación otorgada es en santidad, lejos de impiedad, libre del pecado y listo para la justicia. Nada gratifica a Dios más que ver a sus hijos caminando como Jesús caminó.

Es cierto que Dios usa «lo vil y despreciado» (1 Co. 1:28), «lo necio de mundo, para avergonzar a los sabios» (1 Co. 1:27) y poderosos de este siglo. Sin embargo, al ser escogidos por Dios, somos transformados en herramienta sagradas y útiles en sus manos. Somos santos, apartados para Él. Dios mismo ha dicho que: «el que anda en camino de integridad me servirá» (Sal. 101:6b). El siervo santo es aquel a quien el Señor emplea en su obra, mientras que los que impíos son echados fuera. Que sea dicho de nosotros como fue dicho de los servidores de Salomón: «Bienaventurados tus hombres, bienaventurados estos tus siervos que están delante de ti continuamente y oyen tu sabiduría» (1 R. 10:8). Dichosos son los siervos del Señor quienes son revestidos por su santidad y que disfrutan de su santidad.

La santidad conviene al siervo

En segundo lugar, la santidad conviene al siervo. Para que un siervo pueda ser útil en su servicio al Señor hay un requisito: la santidad. Al hablar de requisito es importante afirmar que Dios puede usar a quien Él desee usar. No hay duda de eso. Pero nadie argumentaría que Dios usó a Faraón, Saúl y Nabucodonosor de la misma manera que a Moisés, David y Daniel. Hay vasos de honra y deshonra en la casa de Dios, pero es una vergüenza anhelar ser un vaso de deshonra (2 Ti. 2:20). De ser necesario, las piedras clamarían las alabanzas de Dios (véase Lc. 19:40), pero el Señor prefiere usar a los hombres. Dios pudo escoger a los ángeles para proclamar su evangelio, pero decidió que los labios humanos serían más apropiados. ¡Qué privilegio! Dios puede usar a cualquiera, pero los de mayor utilidad entre sus siervos son los que son santos: «en gran medida, según la pureza y perfección del instrumento, será el éxito […] Un ministro santo es un arma terrible en la mano de Dios»[2]. Dios mismo ha deseado que sus siervos sean vasos de honra, que sean utilizados con excelencia y efectividad, y que sean preparados para toda buena obra.

Es imposible exagerar la importancia de la santidad en el siervo del Señor. La santidad no es opcional, sino esencial para servir al Señor. Es tan esencial que tan pronto como el siervo pierde su santidad, tan pronto como su vida en piedad es comprometida, su servicio es convertido en una desgracia ante el Señor. Es erróneo pensar que la santidad puede faltar sin que le importe a Dios. Vivir en santidad es sumamente importante para Dios, ya que sin «santidad […] nadie verá al Señor» (He. 12:14). Al mismo tiempo, sin santidad nadie servirá al Señor. El puritano Thomas Brooks habló de la importancia de la santidad para los hijos de Dios: «La santidad es el vínculo que une a Dios y el alma. Dios se unirá a los que en santidad se unen a él»[3]. Sin santidad no puedes ser su hijo, no porque ganes su aceptación por medio de tus obras, sino porque tu vida en santidad es resultado directo de ser su hijo. Si eres su hijo, darás fruto y querrás servirle. Por eso es completamente ilógico pensar que se puede servir a Dios sin santidad. El mandato es claro y convincente: «sed santos, porque yo soy santo» (Lv. 11:44). No hay lugar para debate ni cláusulas condicionales que permitan que alguien pueda servir a Dios sin ser santo. Cuanto más santo es el siervo cuanto más útil será en el servicio del Señor, y esto es bueno: ¡le conviene!

La santidad caracteriza el siervo

Tercero, la santidad caracteriza al siervo y su servicio. El Señor dijo lo siguiente: «Como santo seré tratado por los que se acercan a mí» (Lv. 10:3a). El único tipo de servicio que es genuino y aceptado por el Señor es aquel que es santo, así como Él es santo. Lo que más caracteriza —y debe caracterizar—el servicio al Señor es la santidad porque estamos sirviendo al «santo de Israel» (Jer. 51:5). Nada puede reemplazar la santidad en el servicio a Dios. No nos engañemos. No se trata de habilidades ni dones, sino de santidad. Dios puede enlistar el menos preparado. No se trata tanto de recursos y posesiones, sino de la santidad. Dios puede encomendar al más pobre, al menos preparado, al menos estimado, al menos esperado, al menos capacitado. No es tanto una cuestión de posición ni prestigio, sino que de santidad. Lo que debe caracterizar al siervo y su servicio hacia nuestro amado Señor es la santidad. Brooks nuevamente da en el clavo al afirmar que «la santidad pone un sabor divino en todos los servicios del hombre»[4]. La naturaleza del servicio requiere que los que lo ejercen sean puros, sin mancha y santos.

Los verdaderos siervos del Señor convierten toda oportunidad en un servicio rendido ante Dios. Esto los caracteriza. Los falsos siervos, por el contrario, pervierten todo servicio al Señor. Los verdaderos siervos buscan cómo pueden servir al Señor en cada situación, mientras que los falsos siervos aprovechan cada oportunidad para servirse a sí mismos. Aquel que sirve a Dios para ser reconocido convierte su servicio en hipocresía y su reconocimiento en desgracia. Nadie puede servir a Dios para su propio beneficio y esperar salirse con la suya. Dios no compartirá su gloria con nadie. Pretender que es posible es una verdadera necedad. De la misma manera como «las moscas muertas hacen que el ungüento del perfumista dé mal olor» (Ec. 10:1), así la impiedad pervierte el servicio al Señor. Dios rechaza toda forma de servicio y adoración que esté salpicada con pecado (Is. 1:11–15; Am. 5:21–23; Mal. 1:10); simplemente, «no son aceptables, y […] no [le] agradan» (Jer. 6:20). Es un peligro mortal ser hallado como el humo que indigna la nariz de Dios (Is. 65:5). Lo que está en juego es de vital importancia.

Además, el servicio no es más aceptable por su nivel de importancia ante los ojos de los hombres, sino por el corazón con el cual es realizado delante del Señor. Por eso, la clase de servicio no dignifica al siervo. Eso remueve la falacia de que hay ciertos servicios en la obra de Dios que son más dignos que los demás. Pero en realidad, es el amo a quien se sirve el que dignifica todo servicio que se puede realizar. Porque cuando Dios es servido, el servicio siempre es digno. Dios es el objeto, el medio y el fin de todo nuestro servicio. Ningún servicio por «inferior» que parezca ser, es realmente inferior, porque Dios jamás es inferior (cp. 1 Co. 12:22–23). Por eso debemos caracterizarnos por vivir vidas santas y servir de una manera que Dios sea agradado a través de todo lo que hagamos (Col. 3:17). Dado que es Dios a quien servimos, debemos apartarnos totalmente de todo lo que Él odia para ser puros para servirle.

Conclusión

En conclusión: ¡gloria a Dios por permitirnos servirle! Como hemos visto, es un enorme privilegio y responsabilidad. Al mismo tiempo, es motivo de gozo saber que nuestro servicio jamás es aceptado por nuestra propia santidad, sino únicamente por medio de Jesucristo. Esto es debido a que «la santidad procede de Cristo. Es el resultado de la unión vital con Él»[5]. Además, solo por medio de Jesucristo podemos «ofrecer sacrificios espirituales» gratos y «aceptables a Dios» (1 P. 2:5). Por eso damos gracias a Dios por el privilegio de servirle y porque nos capacita para vivir vidas santas, apartados para Él como nuevas criaturas que fuimos traídas de muerte a vida. Servimos no porque Dios tiene falta, sino porque nosotros hemos recibido en abundancia. Damos porque se nos ha dado. Es el exuberante favor de Dios hacia nosotros lo que provoca nuestro servicio. No es por obligación, sino por amor. No es por coerción, sino por voluntad. Siempre el servicio genuino brota del agradecimiento.

Sin embargo, el hecho que es Dios quien nos capacita a vivir en santidad no quita la responsabilidad que tenemos de vivir vidas santas que agraden al Señor. Debemos ser constantes, fieles y diligentes, tal como David reflexiona: «Quién subirá al monte del Señor? ¿Y quién podrá estar en su lugar santo? El de manos limpias y corazón puro» (Sal. 24:3–4a). Es una lucha constante, puesto que, aunque hemos sido santificados —apartados para Él— y Él nos ha dado una nueva naturaleza para seguirle y obedecer su voluntad cuando antes nos era imposible hacerlo, lo cierto es que seguimos en un camino progresivo de santificación. Tenemos que constantemente «[limpiarnos] de toda inmundicia […] perfeccionando la santidad en el temor de Dios» (2 Co. 7:1). No olvidemos que «esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Ts. 4:3). Es vital, fundamental y primordial, porque sin «santidad […] nadie verá al Señor» (He. 12:14), ni podrá servirle adecuadamente. Que el siguiente proverbio nos sirva de advertencia adicional: «El favor del rey es para el siervo que obra sabiamente, mas su enojo es contra el que obra vergonzosamente» (Pr. 14:35). La santidad complace al Señor, la santidad conviene al siervo y la santidad caracteriza al siervo y su servicio. Que al final de nuestros días el Señor diga de nosotros las siguientes palabras: «Bien, siervo bueno y fiel; […] entra en el gozo de tu señor» (Mt. 25:23).

[1] Juan Calvino, Institución de la religión cristiana (Barcelona: Fundación Editorial de Literatura Reformada, 1994), 1:619.

[2] Andrew A. Bonar, Memoirs of McCheyne (Chicago, IL: Moody, 1978), 95.

[3] Thomas Brooks, The Complete Works of Thomas Brooks (Edinburgh: Banner of Truth, 2001), 4:54.

[4] Brooks, The Complete Works of Thomas Brooks, 4:357.

[5] J. C. Ryle, Santidad (Pensacola, FL: Chapel Library, 2015), 69.

Benjamin Veurink

Benjamin Veurink

Benjamin M. Veurink (MMB, MDiv Candidate) es estadounidense, sirviendo como misionero en Cali, Colombia, junto con su amada esposa, Diana. Ellos tienen tres hijos: Abigail, Eleanor y Josiah (quien está con el Señor). Benjamin es licenciado en Estudios Bíblicos; además tiene una Maestría en Ministerio Bíblico y actualmente está cursando una Maestría en Divinidad en The Master’s Seminary.

Viviendo santamente como hijo

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Viviendo santamente como hijo

Rodrigo Ávila

Hoy en día existe una tendencia mundial en favor de los derechos de los niños. Este es un esfuerzo admirable. Cada sociedad debe procurar que, en lo posible, se garantice la protección y el bienestar de los niños en cada área de sus vidas. Lamentablemente, algunas de las medidas que buscan un avance en estos derechos han llegado a extremos perjudiciales. Un ejemplo de estas medidas es aquella que permite a menores de edad «cambiarse de sexo» sin la aprobación de sus padres.

Afortunadamente, Dios provee en su Palabra un método inmensamente superior al que la sociedad ofrece. La sociedad solo puede ofrecer seguridad y bienestar pasajeros. Y muchas veces lo que logra es lo opuesto: vulnerabilidad y malestar duraderos. Dios, por otro lado, promete una bendición integral, tanto en esta vida como en la venidera, a todos aquellos niños, y no tan niños, que obedecen y honran a sus padres. Como se examinará a continuación, esta promesa se extiende también a aquellos que ya no viven bajo el mismo techo de sus padres.

En Efesios 6, el apóstol Pablo continúa su enseñanza sobre los diversos roles y responsabilidades de los respectivos miembros de una familia. En el contexto previo del capítulo 5, Pablo habló sobre los roles de las esposas y los esposos. Ahora es el turno del papel de los hijos con respecto a sus padres.

Los hijos deben obedecer a sus padres 

Efesios 6:1 habla claramente acerca del rol de los hijos: «Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor». El verbo obedecer tiene que ver con hacer lo que es indicado o con cumplir las órdenes de alguien. El presente imperativo de este verbo señala que la obediencia de los hijos es una acción continua. Todo cristiano sabe que obedecer cualquier mandamiento divino requiere de mucho esfuerzo y dedicación. No sucede espontáneamente, sino que demanda un trabajo arduo en dependencia de Dios. De hecho, obedecer sin la ayuda y el poder del Espíritu de Dios es simplemente imposible. En esta misma línea de pensamiento, el Dr. Andreas Köstenberger comenta acertadamente lo siguiente:

En el pasaje más extenso de Efesios, Pablo indica que la sumisión de los hijos a sus padres es el resultado de la llenura del Espíritu (Efesios 6:1; cf. Efesios 5:18: «sed llenos del Espíritu»), lo que sugiere que solo los hijos que han sido regenerados pueden vivir consistentemente este patrón de relación en el poder del Espíritu Santo[1].

Es debido a la asistencia y a la llenura del Espíritu que los hijos creyentes son capaces de obedecer y honrar a sus padres de una manera que agrada a Dios.

Debe notarse también que esta obediencia se debe hacer «en el Señor» (Ef. 6:1a). Esta expresión indica que últimamente la obediencia de los hijos es a Cristo. En Colosenses 3:20, el pasaje paralelo de Efesios 6:1–3, se le ordena a los hijos a obedecer a sus padres en todo «porque esto es agradable al Señor». Además, Pablo continúa esta sección diciendo que se debe obedecer a los padres «porque esto es justo» (Ef. 6:1b). En otras palabras, «esta es la motivación para que los hijos obedezcan a sus padres»[2]. Eso no puede hacerse de otra manera que no sea dependiendo de Él.

Los hijos deben honrar a sus padres

En el versículo 2, Pablo exhorta a los hijos a honrar a ambos padres. ¿Qué implica poner en práctica este mandamiento? En palabras de Calvino: «el precepto, honra a tu padre y a tu madre, comprende todos los deberes mediante los cuales se puede expresar el afecto sincero y el respeto de los hijos hacia sus padres»[3].

Pablo continua diciendo que este «es el primer mandamiento con promesa» (Ef. 6:2b). Este mandato y las promesas adjuntas en el verso 3 hacen referencia al quinto de los Diez Mandamientos (Éx. 20:12). El aparente problema es que el segundo mandamiento del Decálogo incluye promesas, es decir, castigo para los que odian a Dios, pero misericordia o amor inquebrantable para los que aman a Dios (Éx. 20:4-6). ¿Cómo, entonces, puede ser el quinto mandamiento el primero con promesa? La solución consiste en notar que el quinto mandamiento es el primer mandamiento con una promesa específica, mientras que las promesas del segundo mandamiento son generales y, por lo tanto, deben aplicarse a todos los mandamientos.

El versículo 3, entonces, provee dos motivaciones extra, expresadas en dos promesas, para obedecer a los padres: «para que te vaya bien, y para que tengas larga vida sobre la tierra». Köstenberger, una vez más, ofrece una excelente observación sobre este texto: 

La promesa de que le iría bien a los hijos que honran a sus padres se refería en el contexto original a una larga vida en la tierra (prometida) de Israel (Éxodo 20:12: «para que tus días sean prolongados en la tierra que el Señor tu Dios te da»). Pablo universaliza la promesa y así indica su continua relevancia y aplicabilidad. La promesa ya no está limitada geográficamente; a los hijos obedientes se les promete una larga vida en la tierra dondequiera que vivan[4].

Esto no significa que no haya excepciones a esta regla general. La Escritura habla de impíos que prosperan (Job 21:7; Sal. 10:5; 73:3–9, 12; Jer. 12:1–3). El punto es, como dice Calvino, que «la promesa es una larga vida; de la cual somos guiados a comprender que la vida presente no debe pasarse por alto entre los dones de Dios»[5].

¿Qué hay de los hijos que ya no están en casa? 

Una importante pregunta que surje en este punto es: ¿están los hijos que ya no viven bajo el mismo techo de sus padres exentos de obedecerles y honrarles? Sobre esto, Hoehner observa correctamente lo siguiente:

Cuando los hijos se van de casa y/o se casan, serán responsables de sus propias decisiones y, si están casados, dejarán a su padre y a su madre y se unirán a su cónyuge (cf. Génesis 2:24; Efesios 5:32). Incluso entonces, aunque la obediencia ya no sea necesaria, el honor a los padres debe continuar (Éxodo 20:12; Deut. 5:16; Mateo 15:4; Marcos 7:10; Mateo 19:19; Marcos 10:19; Lucas 18:20)[6].

En una ocasión Cristo confrontó a ciertos escribas y fariseos (Mt. 15:1-20). La razón fue porque ellos quebrantaban el mandamiento sobre honrar a los padres con una excusa aparentemente piadosa. Ellos decían a sus progenitores que no podían proveer para sus necesidades debido a que el dinero que poseían lo ofrendaban a Dios. Cristo rechazó esas excusas tajantemente. Él los acusó de invalidar el mandamiento de Dios por su tradición y de enseñar como doctrinas, mandamientos de hombres. Las acciones de estos líderes religiosos estaban llenas de hipocresía y maldad al punto de que merecían ser castigados severamente. El maldecir a los padres era condenado en el Antiguo Testamento por medio de la pena capital (Éx. 21:15, 17; 20:9; Dt. 21:18-21, 27:16). Martyn Lloyd-Jones dice lo siguiente sobre esta actitud: 

Ese fue un peligro muy sutil, y es un peligro que todavía está presente con nosotros. Hay jóvenes que hoy están haciendo un gran daño a la causa cristiana al ser engañados por Satanás en este mismo punto. Están siendo groseros con sus padres, y lo que es más grave, son groseros con sus padres en cuanto a sus ideas cristianas y su servicio cristiano. Por lo tanto, son un obstáculo para sus propios padres no convertidos. Tales cristianos no pueden ver que no dejamos de lado estos grandes mandamientos cuando nos convertimos en cristianos, sino que, más bien, debemos vivirlos y ejemplificarlos más de lo que lo hemos hecho antes[7].

La necesidad de brillar en medio de la oscuridad

En la que se cree fue su última epístola, Pablo le dice a Timoteo que en los postreros días vendrían tiempos peligrosos (2 Ti. 3:1). En los versículos siguientes el apóstol pasa a dar una lista del carácter impío de los hombres de esa época. Lo que llama la atención en esta terrible lista es la inclusión de aquellos que son desobedientes a los padres. Esta es una clara indicación de que para Dios la obediencia a los padres no es un pecado menor sino un pecado grave y que por ende tiene consecuencias devastadoras.

No cabe duda de que actualmente estamos viviendo en tiempos en que la depravación de la sociedad ya casi no conoce límites. Es entonces crítico que la Iglesia brille en medio de las tinieblas. No será fácil. Nunca lo ha sido. Sin embargo, la Iglesia brillará si sus miembros continuamente están siendo llenados del Espíritu Santo. De esta manera, tendrán el poder para asumir sus roles dentro de la familia y de paso disfrutar las maravillosas bendiciones que Dios les ha prometido.

[1] Andreas Köstenberger, God, Marriage, and Family: Rebuilding the Biblical Foundation, 2nd. ed. (Wheaton, IL: Crossway, 2010), 105–106.

[2] Harold W. Hoehner, Ephesians: An Exegetical Commentary, (Grand Rapids: Baker Publishing Group, 2002), 787.

[3] John Calvin and William Pringle, Commentaries on the Epistles of Paul to the Galatians and Ephesians (Bellingham, WA: Logos Bible Software, 2010), 327.

[4] Köstenberger, God, Marriage, and Family, 106.

[5] Calvin and Pringle, Commentaries on the Epistles of Paul to the Galatians and Ephesians, 328.

[6] Hoehner, Ephesians, 789.

[7] D. Martyn Lloyd-Jones, Life in the Spirit: In Marriage, Home, and Work – An Exposition of Ephesians 5:1–6:9 (Grand Rapids: Baker Book House Company, 1975), 240–241.

Rodrigo Ávila

Rodrigo Avila es graduado de The Master’s Seminary (B.Th.). Durante su tiempo en esta institución trabajó como editor y coordinador de internet en Gracia a Vosotros. También fue miembro de Grace Community Church en Los Ángeles, California, donde sirvió como diácono y maestro de estudios bíblicos. Él escribe en su blog llamado «Teología en Llamas». Actualmente se encuentra terminando un interinato en Kerrville Bible Church en Kerrville, Texas. Él y su familia tienen planes de moverse pronto a Chile con el fin de plantar una iglesia en la ciudad de Valparaíso. Rodrigo está casado con Sheila y tienen tres hijos: Ian, Evan y Susana.

Viviendo santamente como padre

The Master’s Seminary

Viviendo santamente como padre

Mario Solís 

Dios está preocupado por la santidad de los suyos (Lv. 19:2; 1 P. 1:16). Él escogió a Israel «para ser pueblo suyo» (Dt. 7:6), apartándolos como «pueblo santo para [Él]» (7:6), de tal manera que vivieran vidas santas: «Guarda, por tanto, el mandamiento y los estatutos y los decretos que yo te mando hoy, para cumplirlos» (7:11). En el Nuevo Testamento se encuentra el mismo concepto: «Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 P. 2:9).

La necesidad de vivir vidas santas es para todo cristiano. No importa si alguien es contador, mecánico o maestro, Dios quiere que viva una vida santa. Esto aplica también dentro del núcleo familiar, ya sea con primos, hermanos o abuelos. Días atrás se escribió de la necesidad que los hijos tienen de vivir vidas santas y la semana pasada se habló de los hermanos y otras relaciones dentro de la familia. Los padres, al igual que el resto de los miembros de la familia, necesitan caracterizarse por vivir vidas que agraden al Señor. R. C. Sproul afirmó que «la enseñanza bíblica de la santidad de Dios es una de las ideas más importantes con las cuales un cristiano debe lidiar. Es básica para nuestro entendimiento de Dios y del cristianismo»[1]. Esto envuelve toda la esfera de creyentes en general, y de los padres de familia en particular, puesto que «Dios es padre y ha ordenado que los padres terrenales reflejen su fiel paternidad»[2]. Esto significa que la paternidad es un llamado abierto a cada varón a reflejar el carácter de Dios Padre, imitando sus atributos comunicables y exaltando sus atributos incomunicables. Y de todos ellos, la santidad es el atributo comunicable de Dios al que los hombres son llamados a buscar con más esmero y reflejar con más ahínco entre quienes les rodean, comenzando en su hogar.

El problema

Si un padre es cristiano, sabe que Dios quiere que viva santamente y quiere vivir en santidad, ¿por qué le cuesta tanto cumplir el rol que es llamado a cumplir? Aunque se podría mencionar el papel de la sociedad atacando fuertemente al hombre y su rol en el hogar y en la familia, además de las constantes oleadas de movimientos «feministas» que hacen sentir culpables a los hombres por el solo hecho de serlo, el verdadero problema es que los padres se han apartado del patrón bíblico: no están viviendo para Dios y no están «[criando a sus hijos] en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef. 6:4b). El pecado deja su huella y, apartarse de la verdad de Dios, tiene consecuencias. No basta solo con querer vivir en santidad, cada padre cristiano debe buscar vivir en santidad, en completa dependencia del Señor. De otra manera, no podrá cumplir con su llamado y responsabilidad.

La falta de dependencia del Señor hace que el caminar cristiano sea hecho en sus propias fuerzas, por lo que cada padre en esta situación descuidará también su rol con sus hijos. El Señor, a través de Moisés, habla claramente acerca del rol que los padres tienen de enseñarles a sus hijos:

Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Y las atarás como una señal a tu mano, y serán por insignias entre tus ojos. Y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas (Dt. 6:4–9).

Esto no tiene que ver únicamente con una transferencia de conocimiento, sino que en todo momento debían enseñarles y recordarles quién era el Señor, quiénes eran ellos delante de él y lo que requería de ellos. Era algo de toda la vida, algo que debían hacer de manera cotidiana. Después del mandato a amar al Señor con todo en su vida (Dt. 6:5) y a guardar su palabra «sobre [su] corazón» (Dt. 6:6), a los padres se les da el mandato de enseñar esa verdad a sus hijos (Dt. 6:7). Debían pasarlo a la siguiente generación.

A menudo —sin la intención de quitar responsabilidad a cada uno—, la desobediencia de los hijos y la infracción del mandamiento que los compromete a obedecer a sus padres (Ef. 6:1) tiene su mayor responsabilidad en sus progenitores[3]. Esto es así debido a que los padres han abandonado su papel fundamental en el desarrollo espiritual de sus familias. Lo anterior no es simplemente cuestión de percepción u opinión personal. En una encuesta desarrollada por Barna Group, un setenta por ciento de los cristianos adultos comentaron que la mayor influencia de su fe fue transmitida por sus madres, mientras que menos de la mitad apuntó a sus padres[4]. Esto es lamentable. Parece que el padre cristiano está dejando de lado una labor que es primordial: vivir santamente, enseñar la verdad a su familia y guiarlos a vivir en santidad.

La solución

Si apartarse del patrón bíblico representa el problema, acercarse a él representa la solución. Cada hombre debe ser diligente en cuidar su vida para que honre a Dios. Ninguna persona vive de una espiritualidad prestada. El hombre no puede esperar que la piedad de su esposa, de su pastor, de su amigo o de sus hijos sean lo suficientemente influyente en su vida como para que él descuide sus deberes espirituales. No hay atajos. La meta de todo padre cristiano es ser fiel a la Palabra de Dios, por su gracia y para su gloria[5]. El hombre piadoso debe revitalizar el papel moribundo en que la sociedad le ha sumergido y debe, en cambio, volver a dar prioridad a cuidar de su propia alma, así como la de su esposa e hijos. Si el padre de familia vive de esta manera, sus hijos lo seguirán porque habrá consistencia en sus palabras y acciones.

El hombre que busca la santidad debe comenzar con el uso diligente de las Escrituras. Acerca de esto, J. C. Ryle afirma que tiene que ver con «leer la Biblia, orar en privado, asistir regularmente al culto público, escuchar regularmente la Palabra de Dios y participar regularmente de la Cena del Señor. El hecho simplemente es que nadie que descuida tales cosas puede pretender progresar significativamente en santificación»[6]. En otras palabras, el deber del padre que desea vivir santamente inicia con un esfuerzo habitual por hacer la voluntad de Cristo y vivir bajo sus preceptos. Esta no es una tarea para pusilánimes. Se necesitan hombres valientes que estén dispuestos a luchar fuertemente para vivir para Dios.

No es sino hasta que el hombre se encuentra encarrilado en su rol primario como hijo de Dios que podrá dedicarse a vivir santamente como padre. Solo si es un fiel hijo de Dios podrá anhelar que sus hijos lleguen a conocer al Señor como salvador. Solo viviendo una vida santa él mismo hará que anhele que sus hijos vivan una vida para glorificarle y gozar para siempre de Él. El puritano William Gurnall señala que el padre de familia puede lograr esto con sus hijos si ejerce de manera correcta los tres oficios que le han sido delegados: el de profeta, rey y sacerdote[7].

El padre de familia es un profeta porque su deber es transmitir la Palabra a sus hijos. Esto siempre ha sido así (Sal. 78:5–6). El pastor Spurgeon decía que «las Sagradas Escrituras deben ser aprendidas desde que el niño tiene la capacidad de entender cualquier cosa»[8]. Además, es un rey porque su deber es vivir de tal manera que demuestra el gobierno de Cristo en su vida e instruya a su familia a ser gobernada por Dios. Debe luchar por que su familia tenga un anhelo genuino por servir al Señor y, al mismo tiempo, no debe serles de detrimento, estorbo o mal testimonio. Por último, es sacerdote porque debe presentarse Él y los suyos «como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios» (Ro. 12:1–2).

Estas funciones del padre de familia se sostienen sobre la santidad en la vida personal del padre. Esto es esencial porque, en su posición paternal, representa el ejemplo primario que sus hijos verán acerca del carácter de Dios y la forma en que este se relaciona con sus hijos. Para ello, deberá ser fiel en reproducir los atributos comunicables de Dios. Un padre debe esforzarse por vivir santamente en amor, en misericordia, en benignidad, en perdón, en paz, en gozo, en paciencia, en bondad y en fe. Su fidelidad a Dios le permitirá poder sacar adelante esta tarea de criar a sus hijos «en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef. 6:4b).

Su vida santa deberá proporcionar los insumos necesarios para que sus hijos lleguen al conocimiento de la verdad y para que, si el Señor tienen a bien guiarles en arrepentimiento y fe a la salvación, su corazón esté preparado para reconocer el señorío de Cristo. Si el Señor permite en su gracia que esto suceda, el padre deberá recordar que su vida ya cobrará un doble rol en su hijo: la del ejemplo paternal, pero también la del ejemplo filial, como su hermano en la fe. Ya el padre no «[dará] buenas dádivas a [sus] hijos» solo por el hecho de ser su padre (Lc. 11:13), sino que ahora también obrará bien a su hijo porque es «de la familia de la fe» (Gá. 6:10).¡Es una gloriosa bendición para el padre que ha vivido una vida en el temor del Señor que sus hijos lleguen a la verdad! Al mismo tiempo es un reto enorme para todo aquel que no está viviendo de esta manera.

Una palabra de aliento

No todos han podido experimentar la gracia de conocer al Señor desde el inicio de su paternidad. O tal vez lo han hecho sin una instrucción adecuada. Por ello es necesario recordar constantemente que el deber de vivir vidas santas es primeramente con el Señor. Si en tu vida has fallado en esto, el Señor te manda a arrepentirte verdaderamente para «[hallar] misericordia» (Pr. 28:13) de parte de Él. Él es un Dios justo «[que perdona] los pecados y [que limpia] de toda maldad» a todo aquel que confiesa sus transgresiones (1 Jn. 1:9). Tu responsabilidad de ahora en adelante es ser fiel a Dios y su Palabra, porque «una persona que se esfuerza en honrar al Señor mientras cría a sus hijos, arrepintiéndose y cambiando lo que haya que cambiar, es un padre fiel»[9]. Hay gracia suficiente (2 Co. 12:9–10).

Una vez que tu enfoque sea vivir santamente como padre, el Señor se encargará de los resultados conforme a su soberanía. Mientras tanto, la lucha de todo hombre que ejerce la paternidad es ser fiel y permitir que el Señor obre en su familia «una descendencia para Dios» (Mal. 2:15, RVR-60). Cumplir su rol bíblico en cuanto a su disciplina personal con el Señor y a que sus hijos sean ejercitados en la piedad a través de su instrucción hará que duerma tranquilo, sabiendo que «la salvación es del Señor» (Sal. 3:8a).

[1] R. C. Sproul, La santidad de Dios (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 1998), 18.

[2] Jeff Pollard y Scott Brow, Una teología de la familia (Pensacola, FL: Publicaciones Aquila, 2018), 243.

[3] Ibid., 245

[4] Véase investigación de Barna Group, «How Faith Heritage Relates to Faith Practice», 9 de julio de 2019, visitado el 1 de febrero de 2020, https://www.barna.com/research/faith-heritage-faith-practice/.

[5] Martha Peace y Stuart W. Scott, Padres fieles: Una guía bíblica para la crianza de los hijos (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 2014), 14.

[6] J. C. Ryle, Santidad (Pensacola, FL: Chapel Library, 2015), 39.

[7] Pollard y Brow, Una teología de la familia, 245.

[8] Charles H. Spurgeon, Come Ye Children: A Book for Parents and Teachers on the Christian Training of Children (1897), 66.

[9] Peace y Scott, Padres fieles, 16.


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Mario Solís

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Mario Solís (MMB, MDiv Candidate) es pastor en la Iglesia Bíblica Bautista San Rafael en Heredia, Costa Rica. Además, es profesor de Doctrina I y II en el Seminario Bíblico Bautista en San José, Costa Rica. Mario es esposo de Stephanie y tienen dos hijos: Lucas y Mario Saúl. Puedes escucharlo en su podcast, «Su propósito en mí».

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Josías Grauman es decano de educación en español y profesor de exposición bíblica en The Master’s Seminary. El Dr. Grauman comenzó su ministerio a tiempo completo como capellán de hospital, sirviendo durante 5 años en el Hospital del Condado de Los Ángeles. Más tarde, él y su esposa sirvieron en la Ciudad de México como misioneros, donde Josías ayudó al Seminario Palabra de Gracia a lanzar su programa de idiomas bíblicos. Josías fue ordenado en Grace Community Church, donde actualmente sirve como anciano en el ministerio en español, junto con su esposa y tres hijos. Josías estudió un B.A. en idiomas bíblicos en The Master’s University, un M.Div. y un D.Min. en The Master’s Seminary. Entre sus obras se encuentran las siguientes: Griego para pastores y Hebreo para pastores.

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Lucas Alemán es director de educación en español y profesor de Antiguo Testamento en The Master’s Seminary, y director ejecutivo de la Sociedad Teológica Cristiana. Además, es pastor en la Iglesia Bíblica Berea en North Hollywood, California. En 2016, Lucas comenzó a enseñar en The Master’s Seminary como miembro adjunto de la facultad. Si bien sus cursos de especialización son panorama del Antiguo Testamento, gramática de hebreo y exégesis de hebreo, él también da clases de exégesis de griego y teología. En 2018, se unió a la facultad de tiempo completo. Lucas y su esposa, Clara, tienen dos hijos, Elías Agustín y Enoc Emanuel.

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Sam Horn se desempeña como presidente de la Universidad y el Seminario de Maestría. Tiene décadas de experiencia en administración de educación superior y una pasión por capacitar a hombres y mujeres para el ministerio del evangelio. El Dr. Horn y su esposa, Beth, tienen un hijo, Robert, y una hija, Ashton.