Viviendo santamente como hijo

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Viviendo santamente como hijo

Rodrigo Ávila

Hoy en día existe una tendencia mundial en favor de los derechos de los niños. Este es un esfuerzo admirable. Cada sociedad debe procurar que, en lo posible, se garantice la protección y el bienestar de los niños en cada área de sus vidas. Lamentablemente, algunas de las medidas que buscan un avance en estos derechos han llegado a extremos perjudiciales. Un ejemplo de estas medidas es aquella que permite a menores de edad «cambiarse de sexo» sin la aprobación de sus padres.

Afortunadamente, Dios provee en su Palabra un método inmensamente superior al que la sociedad ofrece. La sociedad solo puede ofrecer seguridad y bienestar pasajeros. Y muchas veces lo que logra es lo opuesto: vulnerabilidad y malestar duraderos. Dios, por otro lado, promete una bendición integral, tanto en esta vida como en la venidera, a todos aquellos niños, y no tan niños, que obedecen y honran a sus padres. Como se examinará a continuación, esta promesa se extiende también a aquellos que ya no viven bajo el mismo techo de sus padres.

En Efesios 6, el apóstol Pablo continúa su enseñanza sobre los diversos roles y responsabilidades de los respectivos miembros de una familia. En el contexto previo del capítulo 5, Pablo habló sobre los roles de las esposas y los esposos. Ahora es el turno del papel de los hijos con respecto a sus padres.

Los hijos deben obedecer a sus padres 

Efesios 6:1 habla claramente acerca del rol de los hijos: «Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor». El verbo obedecer tiene que ver con hacer lo que es indicado o con cumplir las órdenes de alguien. El presente imperativo de este verbo señala que la obediencia de los hijos es una acción continua. Todo cristiano sabe que obedecer cualquier mandamiento divino requiere de mucho esfuerzo y dedicación. No sucede espontáneamente, sino que demanda un trabajo arduo en dependencia de Dios. De hecho, obedecer sin la ayuda y el poder del Espíritu de Dios es simplemente imposible. En esta misma línea de pensamiento, el Dr. Andreas Köstenberger comenta acertadamente lo siguiente:

En el pasaje más extenso de Efesios, Pablo indica que la sumisión de los hijos a sus padres es el resultado de la llenura del Espíritu (Efesios 6:1; cf. Efesios 5:18: «sed llenos del Espíritu»), lo que sugiere que solo los hijos que han sido regenerados pueden vivir consistentemente este patrón de relación en el poder del Espíritu Santo[1].

Es debido a la asistencia y a la llenura del Espíritu que los hijos creyentes son capaces de obedecer y honrar a sus padres de una manera que agrada a Dios.

Debe notarse también que esta obediencia se debe hacer «en el Señor» (Ef. 6:1a). Esta expresión indica que últimamente la obediencia de los hijos es a Cristo. En Colosenses 3:20, el pasaje paralelo de Efesios 6:1–3, se le ordena a los hijos a obedecer a sus padres en todo «porque esto es agradable al Señor». Además, Pablo continúa esta sección diciendo que se debe obedecer a los padres «porque esto es justo» (Ef. 6:1b). En otras palabras, «esta es la motivación para que los hijos obedezcan a sus padres»[2]. Eso no puede hacerse de otra manera que no sea dependiendo de Él.

Los hijos deben honrar a sus padres

En el versículo 2, Pablo exhorta a los hijos a honrar a ambos padres. ¿Qué implica poner en práctica este mandamiento? En palabras de Calvino: «el precepto, honra a tu padre y a tu madre, comprende todos los deberes mediante los cuales se puede expresar el afecto sincero y el respeto de los hijos hacia sus padres»[3].

Pablo continua diciendo que este «es el primer mandamiento con promesa» (Ef. 6:2b). Este mandato y las promesas adjuntas en el verso 3 hacen referencia al quinto de los Diez Mandamientos (Éx. 20:12). El aparente problema es que el segundo mandamiento del Decálogo incluye promesas, es decir, castigo para los que odian a Dios, pero misericordia o amor inquebrantable para los que aman a Dios (Éx. 20:4-6). ¿Cómo, entonces, puede ser el quinto mandamiento el primero con promesa? La solución consiste en notar que el quinto mandamiento es el primer mandamiento con una promesa específica, mientras que las promesas del segundo mandamiento son generales y, por lo tanto, deben aplicarse a todos los mandamientos.

El versículo 3, entonces, provee dos motivaciones extra, expresadas en dos promesas, para obedecer a los padres: «para que te vaya bien, y para que tengas larga vida sobre la tierra». Köstenberger, una vez más, ofrece una excelente observación sobre este texto: 

La promesa de que le iría bien a los hijos que honran a sus padres se refería en el contexto original a una larga vida en la tierra (prometida) de Israel (Éxodo 20:12: «para que tus días sean prolongados en la tierra que el Señor tu Dios te da»). Pablo universaliza la promesa y así indica su continua relevancia y aplicabilidad. La promesa ya no está limitada geográficamente; a los hijos obedientes se les promete una larga vida en la tierra dondequiera que vivan[4].

Esto no significa que no haya excepciones a esta regla general. La Escritura habla de impíos que prosperan (Job 21:7; Sal. 10:5; 73:3–9, 12; Jer. 12:1–3). El punto es, como dice Calvino, que «la promesa es una larga vida; de la cual somos guiados a comprender que la vida presente no debe pasarse por alto entre los dones de Dios»[5].

¿Qué hay de los hijos que ya no están en casa? 

Una importante pregunta que surje en este punto es: ¿están los hijos que ya no viven bajo el mismo techo de sus padres exentos de obedecerles y honrarles? Sobre esto, Hoehner observa correctamente lo siguiente:

Cuando los hijos se van de casa y/o se casan, serán responsables de sus propias decisiones y, si están casados, dejarán a su padre y a su madre y se unirán a su cónyuge (cf. Génesis 2:24; Efesios 5:32). Incluso entonces, aunque la obediencia ya no sea necesaria, el honor a los padres debe continuar (Éxodo 20:12; Deut. 5:16; Mateo 15:4; Marcos 7:10; Mateo 19:19; Marcos 10:19; Lucas 18:20)[6].

En una ocasión Cristo confrontó a ciertos escribas y fariseos (Mt. 15:1-20). La razón fue porque ellos quebrantaban el mandamiento sobre honrar a los padres con una excusa aparentemente piadosa. Ellos decían a sus progenitores que no podían proveer para sus necesidades debido a que el dinero que poseían lo ofrendaban a Dios. Cristo rechazó esas excusas tajantemente. Él los acusó de invalidar el mandamiento de Dios por su tradición y de enseñar como doctrinas, mandamientos de hombres. Las acciones de estos líderes religiosos estaban llenas de hipocresía y maldad al punto de que merecían ser castigados severamente. El maldecir a los padres era condenado en el Antiguo Testamento por medio de la pena capital (Éx. 21:15, 17; 20:9; Dt. 21:18-21, 27:16). Martyn Lloyd-Jones dice lo siguiente sobre esta actitud: 

Ese fue un peligro muy sutil, y es un peligro que todavía está presente con nosotros. Hay jóvenes que hoy están haciendo un gran daño a la causa cristiana al ser engañados por Satanás en este mismo punto. Están siendo groseros con sus padres, y lo que es más grave, son groseros con sus padres en cuanto a sus ideas cristianas y su servicio cristiano. Por lo tanto, son un obstáculo para sus propios padres no convertidos. Tales cristianos no pueden ver que no dejamos de lado estos grandes mandamientos cuando nos convertimos en cristianos, sino que, más bien, debemos vivirlos y ejemplificarlos más de lo que lo hemos hecho antes[7].

La necesidad de brillar en medio de la oscuridad

En la que se cree fue su última epístola, Pablo le dice a Timoteo que en los postreros días vendrían tiempos peligrosos (2 Ti. 3:1). En los versículos siguientes el apóstol pasa a dar una lista del carácter impío de los hombres de esa época. Lo que llama la atención en esta terrible lista es la inclusión de aquellos que son desobedientes a los padres. Esta es una clara indicación de que para Dios la obediencia a los padres no es un pecado menor sino un pecado grave y que por ende tiene consecuencias devastadoras.

No cabe duda de que actualmente estamos viviendo en tiempos en que la depravación de la sociedad ya casi no conoce límites. Es entonces crítico que la Iglesia brille en medio de las tinieblas. No será fácil. Nunca lo ha sido. Sin embargo, la Iglesia brillará si sus miembros continuamente están siendo llenados del Espíritu Santo. De esta manera, tendrán el poder para asumir sus roles dentro de la familia y de paso disfrutar las maravillosas bendiciones que Dios les ha prometido.

[1] Andreas Köstenberger, God, Marriage, and Family: Rebuilding the Biblical Foundation, 2nd. ed. (Wheaton, IL: Crossway, 2010), 105–106.

[2] Harold W. Hoehner, Ephesians: An Exegetical Commentary, (Grand Rapids: Baker Publishing Group, 2002), 787.

[3] John Calvin and William Pringle, Commentaries on the Epistles of Paul to the Galatians and Ephesians (Bellingham, WA: Logos Bible Software, 2010), 327.

[4] Köstenberger, God, Marriage, and Family, 106.

[5] Calvin and Pringle, Commentaries on the Epistles of Paul to the Galatians and Ephesians, 328.

[6] Hoehner, Ephesians, 789.

[7] D. Martyn Lloyd-Jones, Life in the Spirit: In Marriage, Home, and Work – An Exposition of Ephesians 5:1–6:9 (Grand Rapids: Baker Book House Company, 1975), 240–241.

Rodrigo Ávila

Rodrigo Avila es graduado de The Master’s Seminary (B.Th.). Durante su tiempo en esta institución trabajó como editor y coordinador de internet en Gracia a Vosotros. También fue miembro de Grace Community Church en Los Ángeles, California, donde sirvió como diácono y maestro de estudios bíblicos. Él escribe en su blog llamado «Teología en Llamas». Actualmente se encuentra terminando un interinato en Kerrville Bible Church en Kerrville, Texas. Él y su familia tienen planes de moverse pronto a Chile con el fin de plantar una iglesia en la ciudad de Valparaíso. Rodrigo está casado con Sheila y tienen tres hijos: Ian, Evan y Susana.

Viviendo santamente como padre

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Viviendo santamente como padre

Mario Solís 

Dios está preocupado por la santidad de los suyos (Lv. 19:2; 1 P. 1:16). Él escogió a Israel «para ser pueblo suyo» (Dt. 7:6), apartándolos como «pueblo santo para [Él]» (7:6), de tal manera que vivieran vidas santas: «Guarda, por tanto, el mandamiento y los estatutos y los decretos que yo te mando hoy, para cumplirlos» (7:11). En el Nuevo Testamento se encuentra el mismo concepto: «Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 P. 2:9).

La necesidad de vivir vidas santas es para todo cristiano. No importa si alguien es contador, mecánico o maestro, Dios quiere que viva una vida santa. Esto aplica también dentro del núcleo familiar, ya sea con primos, hermanos o abuelos. Días atrás se escribió de la necesidad que los hijos tienen de vivir vidas santas y la semana pasada se habló de los hermanos y otras relaciones dentro de la familia. Los padres, al igual que el resto de los miembros de la familia, necesitan caracterizarse por vivir vidas que agraden al Señor. R. C. Sproul afirmó que «la enseñanza bíblica de la santidad de Dios es una de las ideas más importantes con las cuales un cristiano debe lidiar. Es básica para nuestro entendimiento de Dios y del cristianismo»[1]. Esto envuelve toda la esfera de creyentes en general, y de los padres de familia en particular, puesto que «Dios es padre y ha ordenado que los padres terrenales reflejen su fiel paternidad»[2]. Esto significa que la paternidad es un llamado abierto a cada varón a reflejar el carácter de Dios Padre, imitando sus atributos comunicables y exaltando sus atributos incomunicables. Y de todos ellos, la santidad es el atributo comunicable de Dios al que los hombres son llamados a buscar con más esmero y reflejar con más ahínco entre quienes les rodean, comenzando en su hogar.

El problema

Si un padre es cristiano, sabe que Dios quiere que viva santamente y quiere vivir en santidad, ¿por qué le cuesta tanto cumplir el rol que es llamado a cumplir? Aunque se podría mencionar el papel de la sociedad atacando fuertemente al hombre y su rol en el hogar y en la familia, además de las constantes oleadas de movimientos «feministas» que hacen sentir culpables a los hombres por el solo hecho de serlo, el verdadero problema es que los padres se han apartado del patrón bíblico: no están viviendo para Dios y no están «[criando a sus hijos] en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef. 6:4b). El pecado deja su huella y, apartarse de la verdad de Dios, tiene consecuencias. No basta solo con querer vivir en santidad, cada padre cristiano debe buscar vivir en santidad, en completa dependencia del Señor. De otra manera, no podrá cumplir con su llamado y responsabilidad.

La falta de dependencia del Señor hace que el caminar cristiano sea hecho en sus propias fuerzas, por lo que cada padre en esta situación descuidará también su rol con sus hijos. El Señor, a través de Moisés, habla claramente acerca del rol que los padres tienen de enseñarles a sus hijos:

Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Y las atarás como una señal a tu mano, y serán por insignias entre tus ojos. Y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas (Dt. 6:4–9).

Esto no tiene que ver únicamente con una transferencia de conocimiento, sino que en todo momento debían enseñarles y recordarles quién era el Señor, quiénes eran ellos delante de él y lo que requería de ellos. Era algo de toda la vida, algo que debían hacer de manera cotidiana. Después del mandato a amar al Señor con todo en su vida (Dt. 6:5) y a guardar su palabra «sobre [su] corazón» (Dt. 6:6), a los padres se les da el mandato de enseñar esa verdad a sus hijos (Dt. 6:7). Debían pasarlo a la siguiente generación.

A menudo —sin la intención de quitar responsabilidad a cada uno—, la desobediencia de los hijos y la infracción del mandamiento que los compromete a obedecer a sus padres (Ef. 6:1) tiene su mayor responsabilidad en sus progenitores[3]. Esto es así debido a que los padres han abandonado su papel fundamental en el desarrollo espiritual de sus familias. Lo anterior no es simplemente cuestión de percepción u opinión personal. En una encuesta desarrollada por Barna Group, un setenta por ciento de los cristianos adultos comentaron que la mayor influencia de su fe fue transmitida por sus madres, mientras que menos de la mitad apuntó a sus padres[4]. Esto es lamentable. Parece que el padre cristiano está dejando de lado una labor que es primordial: vivir santamente, enseñar la verdad a su familia y guiarlos a vivir en santidad.

La solución

Si apartarse del patrón bíblico representa el problema, acercarse a él representa la solución. Cada hombre debe ser diligente en cuidar su vida para que honre a Dios. Ninguna persona vive de una espiritualidad prestada. El hombre no puede esperar que la piedad de su esposa, de su pastor, de su amigo o de sus hijos sean lo suficientemente influyente en su vida como para que él descuide sus deberes espirituales. No hay atajos. La meta de todo padre cristiano es ser fiel a la Palabra de Dios, por su gracia y para su gloria[5]. El hombre piadoso debe revitalizar el papel moribundo en que la sociedad le ha sumergido y debe, en cambio, volver a dar prioridad a cuidar de su propia alma, así como la de su esposa e hijos. Si el padre de familia vive de esta manera, sus hijos lo seguirán porque habrá consistencia en sus palabras y acciones.

El hombre que busca la santidad debe comenzar con el uso diligente de las Escrituras. Acerca de esto, J. C. Ryle afirma que tiene que ver con «leer la Biblia, orar en privado, asistir regularmente al culto público, escuchar regularmente la Palabra de Dios y participar regularmente de la Cena del Señor. El hecho simplemente es que nadie que descuida tales cosas puede pretender progresar significativamente en santificación»[6]. En otras palabras, el deber del padre que desea vivir santamente inicia con un esfuerzo habitual por hacer la voluntad de Cristo y vivir bajo sus preceptos. Esta no es una tarea para pusilánimes. Se necesitan hombres valientes que estén dispuestos a luchar fuertemente para vivir para Dios.

No es sino hasta que el hombre se encuentra encarrilado en su rol primario como hijo de Dios que podrá dedicarse a vivir santamente como padre. Solo si es un fiel hijo de Dios podrá anhelar que sus hijos lleguen a conocer al Señor como salvador. Solo viviendo una vida santa él mismo hará que anhele que sus hijos vivan una vida para glorificarle y gozar para siempre de Él. El puritano William Gurnall señala que el padre de familia puede lograr esto con sus hijos si ejerce de manera correcta los tres oficios que le han sido delegados: el de profeta, rey y sacerdote[7].

El padre de familia es un profeta porque su deber es transmitir la Palabra a sus hijos. Esto siempre ha sido así (Sal. 78:5–6). El pastor Spurgeon decía que «las Sagradas Escrituras deben ser aprendidas desde que el niño tiene la capacidad de entender cualquier cosa»[8]. Además, es un rey porque su deber es vivir de tal manera que demuestra el gobierno de Cristo en su vida e instruya a su familia a ser gobernada por Dios. Debe luchar por que su familia tenga un anhelo genuino por servir al Señor y, al mismo tiempo, no debe serles de detrimento, estorbo o mal testimonio. Por último, es sacerdote porque debe presentarse Él y los suyos «como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios» (Ro. 12:1–2).

Estas funciones del padre de familia se sostienen sobre la santidad en la vida personal del padre. Esto es esencial porque, en su posición paternal, representa el ejemplo primario que sus hijos verán acerca del carácter de Dios y la forma en que este se relaciona con sus hijos. Para ello, deberá ser fiel en reproducir los atributos comunicables de Dios. Un padre debe esforzarse por vivir santamente en amor, en misericordia, en benignidad, en perdón, en paz, en gozo, en paciencia, en bondad y en fe. Su fidelidad a Dios le permitirá poder sacar adelante esta tarea de criar a sus hijos «en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef. 6:4b).

Su vida santa deberá proporcionar los insumos necesarios para que sus hijos lleguen al conocimiento de la verdad y para que, si el Señor tienen a bien guiarles en arrepentimiento y fe a la salvación, su corazón esté preparado para reconocer el señorío de Cristo. Si el Señor permite en su gracia que esto suceda, el padre deberá recordar que su vida ya cobrará un doble rol en su hijo: la del ejemplo paternal, pero también la del ejemplo filial, como su hermano en la fe. Ya el padre no «[dará] buenas dádivas a [sus] hijos» solo por el hecho de ser su padre (Lc. 11:13), sino que ahora también obrará bien a su hijo porque es «de la familia de la fe» (Gá. 6:10).¡Es una gloriosa bendición para el padre que ha vivido una vida en el temor del Señor que sus hijos lleguen a la verdad! Al mismo tiempo es un reto enorme para todo aquel que no está viviendo de esta manera.

Una palabra de aliento

No todos han podido experimentar la gracia de conocer al Señor desde el inicio de su paternidad. O tal vez lo han hecho sin una instrucción adecuada. Por ello es necesario recordar constantemente que el deber de vivir vidas santas es primeramente con el Señor. Si en tu vida has fallado en esto, el Señor te manda a arrepentirte verdaderamente para «[hallar] misericordia» (Pr. 28:13) de parte de Él. Él es un Dios justo «[que perdona] los pecados y [que limpia] de toda maldad» a todo aquel que confiesa sus transgresiones (1 Jn. 1:9). Tu responsabilidad de ahora en adelante es ser fiel a Dios y su Palabra, porque «una persona que se esfuerza en honrar al Señor mientras cría a sus hijos, arrepintiéndose y cambiando lo que haya que cambiar, es un padre fiel»[9]. Hay gracia suficiente (2 Co. 12:9–10).

Una vez que tu enfoque sea vivir santamente como padre, el Señor se encargará de los resultados conforme a su soberanía. Mientras tanto, la lucha de todo hombre que ejerce la paternidad es ser fiel y permitir que el Señor obre en su familia «una descendencia para Dios» (Mal. 2:15, RVR-60). Cumplir su rol bíblico en cuanto a su disciplina personal con el Señor y a que sus hijos sean ejercitados en la piedad a través de su instrucción hará que duerma tranquilo, sabiendo que «la salvación es del Señor» (Sal. 3:8a).

[1] R. C. Sproul, La santidad de Dios (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 1998), 18.

[2] Jeff Pollard y Scott Brow, Una teología de la familia (Pensacola, FL: Publicaciones Aquila, 2018), 243.

[3] Ibid., 245

[4] Véase investigación de Barna Group, «How Faith Heritage Relates to Faith Practice», 9 de julio de 2019, visitado el 1 de febrero de 2020, https://www.barna.com/research/faith-heritage-faith-practice/.

[5] Martha Peace y Stuart W. Scott, Padres fieles: Una guía bíblica para la crianza de los hijos (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 2014), 14.

[6] J. C. Ryle, Santidad (Pensacola, FL: Chapel Library, 2015), 39.

[7] Pollard y Brow, Una teología de la familia, 245.

[8] Charles H. Spurgeon, Come Ye Children: A Book for Parents and Teachers on the Christian Training of Children (1897), 66.

[9] Peace y Scott, Padres fieles, 16.


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Mario Solís (MMB, MDiv Candidate) es pastor en la Iglesia Bíblica Bautista San Rafael en Heredia, Costa Rica. Además, es profesor de Doctrina I y II en el Seminario Bíblico Bautista en San José, Costa Rica. Mario es esposo de Stephanie y tienen dos hijos: Lucas y Mario Saúl. Puedes escucharlo en su podcast, «Su propósito en mí».

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Josías Grauman es decano de educación en español y profesor de exposición bíblica en The Master’s Seminary. El Dr. Grauman comenzó su ministerio a tiempo completo como capellán de hospital, sirviendo durante 5 años en el Hospital del Condado de Los Ángeles. Más tarde, él y su esposa sirvieron en la Ciudad de México como misioneros, donde Josías ayudó al Seminario Palabra de Gracia a lanzar su programa de idiomas bíblicos. Josías fue ordenado en Grace Community Church, donde actualmente sirve como anciano en el ministerio en español, junto con su esposa y tres hijos. Josías estudió un B.A. en idiomas bíblicos en The Master’s University, un M.Div. y un D.Min. en The Master’s Seminary. Entre sus obras se encuentran las siguientes: Griego para pastores y Hebreo para pastores.

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Lucas Alemán es director de educación en español y profesor de Antiguo Testamento en The Master’s Seminary, y director ejecutivo de la Sociedad Teológica Cristiana. Además, es pastor en la Iglesia Bíblica Berea en North Hollywood, California. En 2016, Lucas comenzó a enseñar en The Master’s Seminary como miembro adjunto de la facultad. Si bien sus cursos de especialización son panorama del Antiguo Testamento, gramática de hebreo y exégesis de hebreo, él también da clases de exégesis de griego y teología. En 2018, se unió a la facultad de tiempo completo. Lucas y su esposa, Clara, tienen dos hijos, Elías Agustín y Enoc Emanuel.

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Dios es santo

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Dios es santo

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Hoy da inicio una nueva serie en el blog de TMS: «Viviendo vidas santas». Es importante meditar en esta verdad y ponerla en práctica. Dios demanda que sus hijos vivan vidas santas porque Él es santo (1 P. 1:16). Vivir una vida santa no pasa de moda. Es tan relevante hoy como lo fue cientos o miles de años atrás. Parece oportuno, pues, que al terminar un año más y estar en vísperas de un nuevo, se dedique este espacio para reflexionar en la necesidad de que el creyente viva una vida santa cada día y en cada situación. Por eso, por espacio de veintiún semanas, hablaremos de diferentes aspectos o facetas en la vida del creyente que deben reflejar la santidad que Dios demanda de sus hijos.

Antes de hablar de vivir vidas santas, es necesario hablar de la santidad de Dios. La santidad de Dios un atributo de vital importancia. Entender primero su santidad es fundamental para todo aquel que es su hijo y que desea obedecer el mandato de vivir vidas santas.

Aunque los teólogos discuten la santidad de Dios bajo la categoría de estudio de los atributos de Dios, también se debe considerar como parte de la misma esencia de Dios. Es cierto que, más adelante en la Escritura —en particular en el Nuevo Testamento— la santidad de Dios se trata de la separación de Dios del mal y de que Dios es moralmente puro. Sin embargo, la idea original de la palabra santidad solamente se trata de algo que está apartado o separado en términos ontológicos, es decir, separado en su esencia.

La santidad ontológica de Dios se ve claramente en el Antiguo Testamento, por ejemplo, cuando los Israelitas están edificando el tabernáculo. En un momento hay un tenedor que es común y no hay nada especial con ese tenedor en particular. Sin embargo, tan pronto como se dedica ese utensilio y se aparta para el uso del tabernáculo —es decir, para el servicio a Jehová—, ese tenedor es santo. Ha sido santificado. Un ejemplo de esto se encuentra en la rebelión de Coré. Dios juzgó a Coré y a sus seguidores. Por eso la tierra los «devoró». Pero los incensarios se quedaron, así que exige que los Israelitas los preservaron.

Por eso, la idea de que Dios es santo en su sentido original significa que Dios es un ser distinto al hombre. Es ontológicamente santo. Es un ser totalmente distinto al ser humano. Simplemente no tiene comparación.

La santidad ontológica de Dios es una verdad fundamental en la Biblia. De hecho, en el Salmo 50:21, Dios dice: «pensaste que yo era tal como tú; pero te reprenderé». De lo anterior se entiende que es pecado pensar que Dios es un ser semejante al hombre. Dios no es como el ser humano. Es el alto y sublime, el que habita la eternidad. Es un ser totalmente distinto, totalmente diferente, apartado y separado del hombre.

En su sentido original, la palabra «santidad» solamente se trata de esa separación o diferencia radical con respecto del hombre. De hecho, Davidson argumenta lo siguiente: «Su significado original expresaba la idea de estar separado, o elevado… [la santidad], en un principio no constituyó una idea moral, sino que fue una idea física… los dioses fenicios no eran seres morales, sin embargo, se les llamaba dioses santos (La inscripción de Eshmunazar)»[1]. Es importante evidenciar que, en su sentido original, santo solamente significa diferente, separado o apartado. El punto es que Dios es un ser diferente al hombre.

La gran pregunta que resulta de la discusión anterior es esta: si la palabra santo significa separado —es decir, que Dios es un ser diferente al ser humano—, ¿por qué a lo largo de la Escritura la palabra santidad llega a comunicar la idea de pureza moral? La respuesta es que Dios, cuando quiere hacer ver que es un ser diferente al ser humano, decide resaltar que está apartado del mal. Que Dios piense que su pureza moral es lo que más le distingue del ser humano es increíble, porque si alguien fuera un dios, con todos los atributos de Dios, enfatizaría algo diferente.

Si alguien fuera omnipotente, omnipresente, eterno y omnisciente, un dios que se goza de la aseidad y que no depende de nada ni nadie sino que da vida a todos, seguramente saldría a la palestra algo más que la pureza moral. Un hombre en su lugar enfatizaría alguna de las diferencias incomunicables que se mencionaron antes para hacer notar la diferencia: «yo soy un dios omnipresente y tú eres un humano limitado a un espacio en particular; soy omnisciente y tú ni sabes cómo gobierno la tierra; soy omnipotente y a ti te cuesta levantarse de la cama en la mañana». A menudo parece que estos atributos incomunicables en particular son más significativos y que distinguen más a Dios de nosotros.

Sin embargo, cuando Dios quiere mostrar que es un ser diferente, la característica que Él resalta es: «Yo Jehová soy un ser diferente porque no peco, porque amo la justicia, porque estoy apartado del mal, y tú estás habituado al mal». Esta realidad ayuda a entender un poco más de por qué es tan importante para Dios que sus hijos anden en santidad. Para Dios, lo más importante en la vida de los suyos no tiene nada que ver con lo físico, ya sean talentos, apariencia o posesiones materiales. Lo que Dios desea es que sus hijos vivan apartados del mal. Él busca adoradores que anden en justicia y que obedezcan su palabra.

El imperativo «sed santos porque yo soy santo» (1 P. 1:16) se convierte en el mandato más destacado de la Biblia porque Dios quiere mostrar que esa es la cualidad más importante. Dios aborrece el pecado. Por eso, la necesidad más urgente de todo ser humano es recibir el perdón de sus pecados. El hombre no es santo, y no hay nada que pueda hacer para convertirse en santo. Pareciera que no hay esperanza.

La buena noticia es que sí hay esperanza. Dios, en su infinita gracia, mandó a su Hijo Jesucristo a este mundo para que pudiera cargar con el pecado del ser humano y así recibir la ira que el hombre merece por su pecado. Ya que Cristo pagó la deuda del pecado de sus hijos, Dios perdona sus pecados y promete hacerlos partícipes de su santidad (2 P. 1:4). Qué bendición saber que un día sus hijos se gozarán de un estado de ser totalmente separados del pecado, tan separados del pecado como Dios mismo.

[1] A. B. Davidson, The Theology of the Old Testament (New York: Wentworth Press, 2019), 145.

Josías Grauman

Josías Grauman

Josías Grauman es decano de educación en español y profesor de exposición bíblica en The Master’s Seminary. El Dr. Grauman comenzó su ministerio a tiempo completo como capellán de hospital, sirviendo durante 5 años en el Hospital del Condado de Los Ángeles. Más tarde, él y su esposa sirvieron en la Ciudad de México como misioneros, donde Josías ayudó al Seminario Palabra de Gracia a lanzar su programa de idiomas bíblicos. Josías fue ordenado en Grace Community Church, donde actualmente sirve como anciano en el ministerio en español, junto con su esposa y tres hijos. Josías estudió un B.A. en idiomas bíblicos en The Master’s University, un M.Div. y un D.Min. en The Master’s Seminary. Entre sus obras se encuentran las siguientes: Griego para pastores y Hebreo para pastores.

La santidad, ¿una cuestión pública o privada?

The Master’s Seminary

La santidad, ¿una cuestión pública o privada?

Heber Torres

En 1966 el escritor japonés Shusaku Endo publicaba una novela de ficción titulada «Silencio» que pronto alcanzaría un éxito notable al punto de convertirse en todo un referente literario[1]. En ella se relata la historia de unos misioneros jesuitas que en el siglo XVII viajan a Japón para divulgar su credo. Su aventura termina rápido. Pronto experimentan la oposición de las autoridades locales siendo obligados a apostatar de su fe, enfrentando el dilema de ocultar su profesión o renegar de la misma para sobrevivir. En las últimas décadas, aun en el mundo occidental, se ha podido identificar un creciente interés por parte de gobiernos y agentes sociales en promover un modelo de fe silenciosa en el que aparentemente el individuo tiene el derecho de mantener cualquier creencia siempre y cuando no la traslade a la esfera pública, y mucho menos pretenda hacer prosélitos de ella.

Sin embargo, el cristianismo bíblico tiene por naturaleza una vocación pública. ¡Resulta imposible concebirlo de otra manera! Cuando el cristiano se acerca a las páginas de las Escrituras observará que no existe un espacio privado en el que pueda acomodar cierta «faceta espiritual» (Dn. 3:17–18). Al contrario, hay razones de peso que confirman la necesidad de cultivar una vida de santidad en nuestra relación con las personas que nos rodean.

La conexión

Estar en Cristo es formar parte del cuerpo de Cristo. Él se dio a sí mismo para santificar a cada uno de sus redimidos para que, sin mancha ni arruga, puedan experimentar una comunión santa e inmaculada con Él (Ef. 5:25–27). Pero este camino de santificación no se transita en solitario. Como resultado de lo que Cristo ha hecho el cristiano está unido con aquel que es la cabeza, pero también con todos los que han sido salvos por su sangre.

Es posible que algunas personas interpreten erróneamente el concepto de «apartados» o «separados» para Dios implícito en el término santidad. Pero la santidad de cada hijo de Dios no es una cuestión exclusivamente personal, sino que afecta estrechamente la realidad de los que son sus hermanos en Cristo, con los que está íntimamente conectado. Los creyentes son miembros los unos de los otros, de manera que, «si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se regocijan con él» (1 Co. 12:26). La santidad y la obediencia de un cristiano afecta directamente a todo el conjunto de la Iglesia, porque lo que finalmente está en juego es el testimonio de Cristo y de su cuerpo. El que un individuo se aleje de la comunión de sus hermanos trae un mal nombre al evangelio. Ya sea que el cristiano lo piense o no, sus acciones (y aun sus omisiones) tienen ramificaciones en la vida de otros, y esto es recíproco: sin el aporte de ellos en su vida, su desarrollo espiritual resultaría inviable.

En estos meses de pandemia el consumo de teléfonos, tabletas u ordenadores personales se ha disparado. Muchos profesionales trabajan telemáticamente y un buen número de estudiantes cursa sus clases sin salir de casa. Los seres humanos viven en la era de lo individual. La cultura aspira y disfruta de un estilo de vida personalizado al más mínimo detalle. Y lo que ya era tendencia en cuanto al tiempo de ocio, se ha convertido casi en normativo con respecto a otras áreas de la vida. Sin embargo, el plan de Dios para con los suyos ha sido diseñado para ser vivido en comunión y colaboración con otros (Ro. 12:4–16). Francisco Lacueva lo explica así: «El nuevo Testamento desconoce un cristiano individualista. Tan pronto como alguien nace de nuevo y cree en el Señor, Dios lo añade en la [Iglesia]. Estar en Cristo y estar en la iglesia son fórmulas que se implican mutuamente»[2].

La realidad del cristiano como hijo de Dios no puede ser restringida a sí mismo como sujeto autónomo. Necesita de la presencia de otros, así como debe de estar presente y colaborar en el crecimiento de otros. Por eso no existe un contexto más apropiado para progresar en su andar con Cristo que la comunión de los santos. Siendo parte de la Iglesia el cristiano es exhortado y exhorta también a otros. Es animado y anima también a otros. Es orientado y orienta también a otros. Sirve y es servido por otros. Rinde cuentas, es guiado, instruido y corregido, y todo ello redunda directamente en nuestro avanzar espiritual (Gá. 6:1–2). La Biblia enumera hasta 26 obligaciones que cada creyente tiene para con sus hermanos en Cristo[3]. El cristiano que alimenta su fe en el entorno de la iglesia local se beneficia del ministerio de otros y tiene la oportunidad de desarrollar los dones que Dios le ha dado. ¡Pensar en vivir una vida santa en solitario es tan descabellado como pretender que un órgano cumpla con su función alejado del resto del organismo!

La confirmación

Cristo mismo rechazó con determinación la hipocresía de algunos religiosos que pretendían deslumbrar a sus contemporáneos por medio de una actuación santurrona y carente de vida. Sin duda algunos judíos habían terminado por imitar el mismo «despliegue» ritualista que caracterizaba a los paganos de su época (Mt. 6:1). Sin embargo, también insistió en la necesidad de que sus discípulos produzcan un fruto visible que confirme la legitimidad de su fe y, de esa forma, el Padre sea glorificado (Jn. 15:8).

Del mismo modo que «una ciudad situada sobre un monte no se puede ocultar; ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa [—dice el Hijo de Dios—]. Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt. 5:14–16). En estos versículos, Jesús no limita la actuación visible de sus seguidores a la proclamación verbal del evangelio, sino que específicamente enfatiza la importancia de sus buenas acciones. El hijo de Dios no tiene libertad para escoger cómo quiere vivir su vida cristiana. Jesús demanda una vida santa, no solo en lo secreto del corazón, sino también en la manera en la que se comporta cada uno de sus seguidores. En palabras de J.C. Ryle: «El hombre santo procurará practicar un espíritu de misericordia y benevolencia hacia los demás. No permanecerá inactivo todo el día. No se contentará con no hacer daño. Tratará de hacer el bien. Se esforzará todo lo posible por ser útil en su época y generación, y de aliviar las necesidades espirituales y los sufrimientos a su alrededor»[4].

En su primera epístola a Timoteo, el apóstol Pablo exhorta a su pupilo a tener un especial cuidado de su vida espiritual, pero le recuerda que su devoción ha de trascender al ámbito de lo privado. No solamente en lo relativo a su enseñanza, sino también en lo concerniente a su comportamiento. Timoteo debía ser un ejemplo en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza, de modo que su aprovechamiento llegase a ser evidente a todos. Solamente de esa forma aseguraría la salvación tanto para sí mismo como para los que eran receptores de su ministerio (1 Ti. 4:11–16). Porque, finalmente, la manera en la que uno se conduce públicamente con su prójimo confirma que experimenta una comunión genuina con Dios (1 Jn. 4:12, 20–21).

Conclusión

El activismo eclesial en el que muchos viven atrapados hace necesario invitarlos a escapar de la espiral de programas e iniciativas en los que se ven envueltos con el fin de dedicar tiempo a solas con Dios. Sin embargo, nunca al precio de descuidar su testimonio para con los que están más cerca. William Gurnall percibía el peligro de una comunión privada que no tiene repercusiones en nuestra interacción con otros: «¿Escuchas y oras, pero sin encontrar ya la fuerza para cumplir con una promesa o vencer la tentación? ¡Deshonras a Dios cuando bajas del monte de la comunión y rompes las ta­blas de su ley en cuanto te alejas! No encontrar la fe y la fuer­za renovadas en la comunión con Él es señal segura del declive espiritual»[5].

Eso que eres en lo secreto ha de impactar tu manera de relacionarte con los demás. De modo que tus familiares, amistades, compañeros de trabajo o cualquiera que se cruce en tu camino debe poder reconocer que eres de los que verdaderamente pasa tiempo con Jesús y está siendo conformado a su misma imagen (Hch. 4:13; 2 Co. 3:18). Vive para la gloria de Dios en todo lo que hagas.

[1] Shusaku Endo, Silencio (Barcelona: Edhasa, 2009).

[2] Francisco Lacueva, La Iglesia cuerpo de Cristo (Barcelona: Clie, 1997).

[3] Véase Romanos 12:10; 12:16; 14:13; 14:19; 15:14; 1 Corintios 6:7; 7:5; 12:25; Gálatas 5:26; Efesios 4:25; 5:21; Filipenses 2:3; Colosenses 3:9; 3:13; 3:16; 1 Tesalonicenses 4:18; 5:11; 5:13; 5:15; 1 Timoteo 2:1; Hebreos 10:24; Santiago 4:11; 1 Pedro 4:10; 5:5; 5:14; 1 Juan 1:7.

[4] J.C. Ryle, La santidad (Moral de Calatrava: Editorial Peregrino).

[5] William Gurnall, El Cristiano con toda la armadura de Dios (Moral de Calatrava: Editorial Peregrino), 237.

Heber Torres

Heber Torres

Heber Torres (M.Div.) es profesor de teología en el Seminario Berea (León, España) y pastor en la Iglesia Evangélica de Marín (España). Dirige el sitio «Las cosas de Arriba», que incluye podcast y blog. Está casado con Olga y juntos tienen tres hijos: Alejandra, Lucía y Benjamín.