Viviendo santamente en la vida cotidiana

The Master’s Seminary

Viviendo santamente en la vida cotidiana

Luis Contreras

A lo largo de las Escrituras encontramos ciertos pasajes y capítulos que sobresalen porque enfatizan o explican alguna verdad de manera concentrada o detallada. Levítico 19 sobresale porque Dios le explicó a Israel un principio muy importante: la santidad en la vida se manifiesta en obedecer las Escrituras en la vida cotidiana. Aunque Levítico 19 fue escrito a la nación de Israel bajo el antiguo pacto, 1 Pedro 1:14–16 aplica el principio de la santidad a nuestras vidas, como cristianos. En otras palabras, al igual que los israelitas de la época de Levítico, tu santidad debe manifestarse en toda área de tu vida diaria. Por eso, es vital estudiar los primeros versículos de Levítico 19, ya que es un texto que presenta principios que te ayudan a entender cómo vivir en santidad como miembro de tu iglesia. En este pasaje, Dios les dio a los israelitas mandatos específicos, para que supieran cómo reflejar la relación de pacto que tenían con el Señor. Estos mandatos servirán de guía para entender el mandato a vivir vidas santas y cómo se debe ver la santidad en la vida cotidiana.

La santidad mandada

El Señor es quien demanda santidad porque Él es santo. En el capítulo 19 de Levítico es Él quien «habló a Moisés» (Lv. 19:1). La iniciativa viene de Él. No era algo que Moisés pedía del pueblo. El propósito de Dios es que su mensajero «[hablara] a toda la congregación de los hijos de Israel», diciendo: «seréis santos porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo» (Lv. 19:2). Dios es santo en el sentido que «es inherentemente grande […] es distinto a todas sus criaturas en majestad infinita, de un modo trascendental»[1], pero también «está apartado del pecado, y es moral y éticamente perfecto, aborrece el pecado y exige pureza en sus criaturas morales»[2]. La demanda de Dios es categórica, ya que «está basada en el principio que Dios es santo»[3]. Israel no tenía que ser santo en el primer sentido ya que, naturalmente, Dios es distinto. Su demanda no tiene que ver con que Israel fuese grande y trascendente como Él, sino que tenían que apartarse del pecado y vivir para Él.

El llamado a ser santos en Levítico 19:2 resume el contenido y la razón de todos los mandatos en el resto del capítulo. Los israelitas debían apartarse del pecado, porque su Dios estaba apartado del pecado. Debían «vivir el carácter piadoso del Señor en cada esfera de la vida […] En pocas palabras, la santidad no está restringida a asuntos religiosos: toda la vida es un escenario sobre el cual se debe vivir la santidad»[4]. En términos teológicos, a esto se le llama el principio de la imitación de Dios o, en latín: imitatio Dei[5].

Al final del versículo 2, Dios firmó —por así decirlo— de esta manera: «yo, el Señor vuestro Dios». Esta frase y dos variantes —«yo soy el Señor vuestro Dios» y «yo soy el Señor»— se repiten dieciséis veces a lo largo del capítulo (19:2–4, 10, 12, 14, 16, 18, 25, 28, 30–32, 34, 36–37). ¿Por qué repitió Dios estas frases tantas veces? Él quería que los israelitas estuvieran conscientes de que el Dios santo con el que profesaban tener una relación de pacto, era el que les mandaba a vivir en santidad. En el resto de Levítico 19, Dios les explicó cómo debía verse esa santidad en su vida diaria bajo la ley, el antiguo pacto.

Nosotros como cristianos, como creyentes bajo el nuevo pacto, no tenemos la obligación de mostrar santidad de una manera exactamente igual a la que Dios le mandó a los israelitas bajo el antiguo pacto en Levítico 19. Sin embargo, Dios sí nos manda a vivir vidas santas; es decir, vidas que no satisfacen deseos pecaminosos, como cuando no éramos salvos. 1 Pedro 1:14 nos exhorta a que, «como hijos obedientes, no [nos conformemos] a los deseos que antes [teníamos] en [nuestra] ignorancia». La idea aquí es que como hijos que hacen lo que sus padres les mandan, obedezcamos su voluntad. No debemos vivir como antes. No conformarse tiene que ver con no formarse conforme al patrón de algo o no adquirir la forma de algo más; en otras palabras, «no [adaptarse] a este mundo» (Ro. 12:2). Debemos, por lo tanto, vivir santamente, «así como aquel que [nos] llamó es santo» (1 P. 1:15).

No hay área alguna en nuestra vida que no deba ser santa. No hay área que no deba ser sometida al señorío de Cristo. No puede haber un área de obediencia y otra de desobediencia. No puede haber una santidad selectiva: «aquí sí me aparto del pecado, pero acá no». No debe ser así. El Señor nos manda a ser «santos en toda [nuestra] manera de vivir» (1 P. 1:15). La buena noticia es que, porque Él nos salvó, tenemos la capacidad de hacer lo que nos manda (1 P. 2:9).

Dios no quiere que vivamos vidas a medias. No quiere nuestro corazón dividido. Cuando Pedro dice: «sed vosotros santos […]», es un imperativo. Dios da un mandato que debe ser cumplido, y 1 Pedro 1:14 nos explica cómo ser santos: somos santos al no «[conformarnos] a los deseos que antes [tuvimos]». ¿Qué deseos eran estos? Todo aquello que hacíamos «en otro tiempo [viviendo] en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente» (Ef. 2:3). En pocas palabras, éramos «hijos de ira» (Ef. 2:3; cp. 1 P. 4:3–4). Ahora hemos sido «[llamados] de las tinieblas a su luz admirable» (1 P. 2:9); por eso, al alejarnos activa y constantemente de la vida que vivíamos cuando «[estábamos] muertos en [nuestros] delitos y pecados», estaremos viviendo para Dios, en santidad.

La motivación para vivir vidas santas, además de ser un mandato como se vio antes, es «porque escrito está: Sed santos, porque Yo soy santo» (1 P. 1:16). Debido a que tenemos una relación con el Dios que está separado del pecado, debemos vivir separados del pecado. No hay otra opción. No hay otra manera de vivir la vida cristiana. Todo esto es un ejemplo claro de que es imposible separar la teología de la vida práctica. Piénsalo: Dios es santo —la santidad es una cualidad de Dios, eso es teología—, y debido a que Dios es santo, debemos vivir vidas de santidad —eso es vida práctica—. Él quiere un pueblo santo para sí mismo, porque Él es santo:

Porque convenía que tuviéramos tal Sumo Sacerdote: santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores y exaltado más allá de los cielos, que no necesita, como aquellos sumos sacerdotes, ofrecer sacrificios diariamente, primero por sus propios pecados y después por los pecados del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, cuando se ofreció a sí mismo (He. 7:26–27).

La santidad explicada

En Levítico 19:2, Dios le dijo a Israel que debían vivir alejados del pecado, así como Él está alejado del pecado. Y en el resto del capítulo, en los versículos 3 al 37, Dios les explicó cómo se debía mostrar el vivir alejados del pecado en su vida diaria. Por motivos de espacio no podemos ahondar en todos los aspectos mencionados en Levítico 19. Sin embargo, un ejemplo de esto, el primero que Dios brinda, servirá de ilustración para comenzar a entender lo que Dios demandaba de ellos y cómo esto debe impactar nuestras vidas hoy: «cada uno de vosotros ha de reverenciar a su madre y a su padre» (Lv. 19:3). Esto habla del respeto que debían tener hacia sus progenitores. Dios repite aquí el quinto mandamiento del decálogo, con una palabra un poco diferente de la que se usa en Éxodo 20:12. Ahí, Dios dice: «Honra a tu padre y a tu madre» (Éx. 20:12); sin embargo, el punto es el mismo: los israelitas debían respetar a sus padres. Parte de ese respeto tenía que ver no solo con el trato sino incluso con ayudarles económicamente cuando tuviera necesidad (véase Mt. 15:4–6). Además, este mandato de honrar a los padres se repite para nosotros como cristianos en Efesios 6:2–3: «Honra a tu padre y a tu madre (que es el primer mandamiento con promesa), para que te vaya bien, y para que tengas larga vida sobre la tierra». Al igual que con los israelitas, esto significa dos cosas: debemos respetarlos y remunerarlos. Esto es parte también de vivir en santidad, y es solo uno de los aspectos —el primero que el Señor mencionó en Levítico 19.

Pero ¿qué comprendía este aspecto práctico de la santidad? En primer lugar, tenemos que respetar a nuestros padres. Es nuestra obligación hacerlo de por vida. Sin embargo, esto no significa que tenemos que obedecerlos y hacer todo lo que nos pidan como cuando teníamos cinco años y estábamos en casa y dependíamos de ellos. Una vez que una persona deja de depender de sus padres, ya sea porque deja de vivir con ellos y vive de manera independiente de ellos en todo sentido, o porque se casa, ya no tiene la obligación de obedecerlos de la misma manera que antes (Ef. 6:1). En segundo lugar, tenemos que remunerarlos. Esto tiene que ver con ayudarles con sus necesidades materiales. Esto puede verse, por ejemplo, con una viuda que no tiene lo necesario para vivir en 1 Timoteo 5:3–16. En otras palabras, una vez que hayamos cubierto las necesidades de nuestra esposa e hijos, debemos atender las necesidades materiales de nuestros padres. Aunque sea contrario a la práctica común, aunque vaya en contra de lo que se cree actualmente, todo esto es santidad en la práctica.

Una vez que ha quedado clara la necesidad de vivir en santidad y cómo se ve un aspecto de la santidad que se nos requiere como hijos de Dios, puede que te preguntes por qué el Señor habrá comenzado a explicar a los israelitas cómo se veía la santidad en su vida diaria con este mandamiento a temer a sus padres. La respuesta es muy sencilla: la santidad comienza en el hogar. Ya sea que fueses un israelita que escuchó las instrucciones de Levítico 19 o un cristiano hoy en día, lo cierto es que la obediencia a Dios debe comenzar en tu hogar. No podrás vivir una vida santa en la iglesia, en la vía pública, en el trabajo o en la universidad, si no vives santamente primero en tu hogar. Esto lo vemos ilustrado también por uno de los requisitos para los hombres que quieren servir como pastores: se pide de ellos «que [gobiernen] bien su casa, teniendo a sus hijos sujetos con toda dignidad (pues si un hombre no sabe cómo gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios?)» (1 Ti. 3:4–5). Al mismo tiempo, somos mandados a imitar a nuestros pastores: «Acordaos de vuestros guías que os hablaron la palabra de Dios, y considerando el resultado de su conducta, imitad su fe» (He. 13:7). Si Dios manda a los pastores a ser un ejemplo de obediencia a Dios en su casa y si Dios nos manda a imitar la obediencia de nuestros pastores, la santidad entonces comienza por nuestra casa. Esto ilustra y confirma lo que enseña el resto de Levítico 19: los israelitas debían ser santos en toda área de su vida diaria, empezando por cómo vivían en su familia. Lo mismo se requiere para ti, como cristiano, el día de hoy. Vives en santidad al vivir en obediencia a la Palabra de Dios. No hay cómo escaparse de ello, no hay atajos, no hay claves secretas, no hay posibilidad de alterar el requisito: si vives en obediencia al Señor y su Palabra, esa santidad se reflejará en tu casa, en tu trabajo, en tu iglesia y en toda área de tu vida.

[1] John MacArthur y Richard Mayhue, Teología sistemática: Un estudio profundo de la doctrina bíblica (Grand Rapids: Portavoz, 2018), 188.

[2] Ibíd., 188–189.

[3] Paul R. House, Old Testament Theology (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1998), 144.

[4] Jay Sklar, Leviticus: An Introduction and Commentary, ed. por David G. Firth, vol. 3, TOTC (Nottingham, England: InterVarsity Press, 2013), 243.

[5] Stephen G. Dempster, «Work», en Evangelical Dictionary of Biblical Theology, Baker Reference Library (Grand Rapids: Baker, 1996), 831. Para más información acerca del concepto de imitatio Dei para los judíos y la importancia que Levítico 19:2 tiene para ellos, véase Harold M. Wiener, «Pentateuch», ed. por James Orr et al., The International Standard Bible Encyclopaedia (Chicago, IL: The Howard-Severance Company, 1915), 2312.


Luis Contreras

Luis Contreras

Luis Contreras (M.Div., Th.M., D.Min, The Master’s Seminary) sirvió 17 años como pastor-maestro de la Iglesia Cristiana de la Gracia y tiene más de 20 años trabajando como profesor del Seminario Bíblico Palabra de Gracia. Luis contribuyó al proyecto de La Biblia de Estudio MacArthur, como parte del equipo de traducción y como corrector final. Actualmente, Luis traduce los sermones del Dr. John MacArthur en Gracia a Vosotros y es parte de Grace en Español en Sun Valley, California. Está casado con Robin y tienen 3 hijos: Olivia, Rodrigo y Ana Gabriela.

Viviendo santamente como siervo

The Master’s Seminary

Viviendo santamente como siervo

Benjamin Veurink 

Servir a Dios es un privilegio indescriptible tanto como una responsabilidad seria. Es un privilegio porque Dios jamás necesita del hombre. Él «habita en luz inaccesible» (1 Ti. 6:16), «sostiene todas las cosas por la palabra de su poder» (He. 1:3), es servido por miríadas de miríadas de ángeles (He. 1:7, 14; Ap. 5:11) y es «bendito por los siglos de los siglos» (Dn. 2:20; cp. Gá. 1:5). Él es dueño de todo el universo (Sal. 24:1). Todo cuanto existe fue hecho por Él (Sal. 146:6). A Él no le falta nada y es perfectamente capaz de suplir sus propias necesidades, si las tuviera. Al mismo tiempo, nadie merece servir a Dios (1 Co. 1:26-31). Pero, aun así, el Todopoderoso, en amor, ha permitido a los hombres servirle. Servir a Dios es un don celestial otorgado a pecadores que no merecen nada. Solo un corazón perdonado, que sabe que fue traído de muerte a vida (Ef. 2:1), podrá servir a Dios con la motivación correcta. Él «no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mt. 20:28). Además, después de haber lavado los pies de sus discípulos les dijo así: «vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis» (Jn. 13:14-15). Un corazón agradecido, buscará agradar y glorificar a su Señor a través de su servicio, sabiendo que «[será feliz] si lo [practican]» (Jn. 13:17).

Por tanto, dado que Dios ha extendido su misericordia hacia los hombres permitiéndoles servirle, se requiere de la mayor seriedad, porque el servicio al Señor es infinitamente mayor que cualquier otro servicio que se pueda ejercer. Aun siendo una gracia divina, es un asunto sublime y espantoso al mismo tiempo. Así que, vale la pena averiguar qué es lo que Dios requiere de sus siervos. Tal como el título de este artículo enfatiza, la prioridad para servir a Dios es la santidad. Todo cristiano, independientemente de su rol en el cuerpo de Cristo, sirve a Dios y a su prójimo. Por lo tanto, es importante saber que Dios desea que sus siervos sean santos, que vivan vidas santas: «Por tanto, si alguno se limpia de estas cosas, será un vaso para honra, santificado, útil para el Señor, preparado para toda buena obra» (2 Ti. 2:21). Porque Dios exige santidad para servirle, hay tres aspectos que 2 Timoteo 2:21 resalta que nos ayudarán a servir a Dios como Él quiere ser servido: Primero, la santidad complace al Señor; segundo, la santidad conviene al siervo; y tercero, la santidad coincide con el servicio.

La santidad complace al Señor

Primero, la santidad complace al Señor. Hay aquellos que desprecian la importancia de la santidad, pensando que es inconsecuente e irrelevante. Sin embargo, Dios ha decido en su eterna e inmutable voluntad, «[darse] a sí mismo por nosotros, para redimirnos de toda iniquidad y purificar para si un pueblo para posesión suya, celoso de buenas obras» (Tit. 2:14). Dios escogió a su Iglesia para salvación y para santificación. No existe ningún hijo de Dios que ha sido justificado que no ha sido santificado (1 Co. 6:11). Por un lado, hemos sido apartados para Él y, por el otro, hemos sido hechos nuevas criaturas (2 Co. 5:17), aunque todavía aguardamos la redención futura «de este cuerpo de muerte» (Ro. 7:24). Calvino afirma: «Cristo no justifica a nadie sin que a la vez lo santifique. Porque estas gracias van siempre unidas, y no se pueden separar ni dividir»[1]. Los que quieren divorciar la justificación y la santificación intentan dividir la obra de Jesucristo. Es una imposibilidad, una necedad. Por eso tenemos certeza de salvación en Cristo. Siempre que Dios salva a un pecador lo santifica a través de su Espíritu, capacitándolo para enlistarlo en su servicio. Los hombres que Dios justifica fueron predestinados para ser «hechos conforme a la imagen de su Hijo» (Ro. 8:29). Al mismo tiempo, la santificación es también un mandato (1 P. 1:16). Es nuestra responsabilidad obedecer, buscando agradarle en todo y vivir para Él. Por lo tanto, el siervo debe ser santo porque la santidad es la meta celestial, el requisito divino y es lo que complace al Señor.

Así que, sirviendo a Dios en santidad es la respuesta apropiada de su redención. Por eso Pablo nos manda, como resultado de las misericordias de Dios, a que «[presentemos nuestros] cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios […]» (Ro. 12:1). Es cierto que no somos salvos por nuestro servicio, pero somos salvos para servir. Cualquier otra respuesta es inferior y menosprecia categóricamente la redención de Dios; además, desprecia el poder santificador del Espíritu Santo. Las Escrituras son claras en afirmar que la santidad en los hijos de Dios complace a Dios:

  • «Y el Dios de paz […] os haga aptos en toda obra buena para hacer su voluntad, obrando Él en nosotros lo que es agradable delante de Él mediante Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (He. 13:20-21)
  • «¡De ningún modo! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?» (Ro. 6:2).
  • «No estéis unidos en yugo desigual con los incrédulos, pues ¿qué asociación tienen la justicia y la iniquidad? ¿O qué comunión la luz con las tinieblas?» (2 Co. 6:14).
  • «¿O no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? […]» (1 Co. 6:9).
  • «Porque así como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin las obras está muerta» (Stg. 2:26)?
  • «Dios no nos ha llamado a impureza, sino a santificación» (1 Tes. 4:7).

El Señor nos ha redimido para vivir para su gloria (Ef. 1:12). La única manera de vivir dignamente la salvación otorgada es en santidad, lejos de impiedad, libre del pecado y listo para la justicia. Nada gratifica a Dios más que ver a sus hijos caminando como Jesús caminó.

Es cierto que Dios usa «lo vil y despreciado» (1 Co. 1:28), «lo necio de mundo, para avergonzar a los sabios» (1 Co. 1:27) y poderosos de este siglo. Sin embargo, al ser escogidos por Dios, somos transformados en herramienta sagradas y útiles en sus manos. Somos santos, apartados para Él. Dios mismo ha dicho que: «el que anda en camino de integridad me servirá» (Sal. 101:6b). El siervo santo es aquel a quien el Señor emplea en su obra, mientras que los que impíos son echados fuera. Que sea dicho de nosotros como fue dicho de los servidores de Salomón: «Bienaventurados tus hombres, bienaventurados estos tus siervos que están delante de ti continuamente y oyen tu sabiduría» (1 R. 10:8). Dichosos son los siervos del Señor quienes son revestidos por su santidad y que disfrutan de su santidad.

La santidad conviene al siervo

En segundo lugar, la santidad conviene al siervo. Para que un siervo pueda ser útil en su servicio al Señor hay un requisito: la santidad. Al hablar de requisito es importante afirmar que Dios puede usar a quien Él desee usar. No hay duda de eso. Pero nadie argumentaría que Dios usó a Faraón, Saúl y Nabucodonosor de la misma manera que a Moisés, David y Daniel. Hay vasos de honra y deshonra en la casa de Dios, pero es una vergüenza anhelar ser un vaso de deshonra (2 Ti. 2:20). De ser necesario, las piedras clamarían las alabanzas de Dios (véase Lc. 19:40), pero el Señor prefiere usar a los hombres. Dios pudo escoger a los ángeles para proclamar su evangelio, pero decidió que los labios humanos serían más apropiados. ¡Qué privilegio! Dios puede usar a cualquiera, pero los de mayor utilidad entre sus siervos son los que son santos: «en gran medida, según la pureza y perfección del instrumento, será el éxito […] Un ministro santo es un arma terrible en la mano de Dios»[2]. Dios mismo ha deseado que sus siervos sean vasos de honra, que sean utilizados con excelencia y efectividad, y que sean preparados para toda buena obra.

Es imposible exagerar la importancia de la santidad en el siervo del Señor. La santidad no es opcional, sino esencial para servir al Señor. Es tan esencial que tan pronto como el siervo pierde su santidad, tan pronto como su vida en piedad es comprometida, su servicio es convertido en una desgracia ante el Señor. Es erróneo pensar que la santidad puede faltar sin que le importe a Dios. Vivir en santidad es sumamente importante para Dios, ya que sin «santidad […] nadie verá al Señor» (He. 12:14). Al mismo tiempo, sin santidad nadie servirá al Señor. El puritano Thomas Brooks habló de la importancia de la santidad para los hijos de Dios: «La santidad es el vínculo que une a Dios y el alma. Dios se unirá a los que en santidad se unen a él»[3]. Sin santidad no puedes ser su hijo, no porque ganes su aceptación por medio de tus obras, sino porque tu vida en santidad es resultado directo de ser su hijo. Si eres su hijo, darás fruto y querrás servirle. Por eso es completamente ilógico pensar que se puede servir a Dios sin santidad. El mandato es claro y convincente: «sed santos, porque yo soy santo» (Lv. 11:44). No hay lugar para debate ni cláusulas condicionales que permitan que alguien pueda servir a Dios sin ser santo. Cuanto más santo es el siervo cuanto más útil será en el servicio del Señor, y esto es bueno: ¡le conviene!

La santidad caracteriza el siervo

Tercero, la santidad caracteriza al siervo y su servicio. El Señor dijo lo siguiente: «Como santo seré tratado por los que se acercan a mí» (Lv. 10:3a). El único tipo de servicio que es genuino y aceptado por el Señor es aquel que es santo, así como Él es santo. Lo que más caracteriza —y debe caracterizar—el servicio al Señor es la santidad porque estamos sirviendo al «santo de Israel» (Jer. 51:5). Nada puede reemplazar la santidad en el servicio a Dios. No nos engañemos. No se trata de habilidades ni dones, sino de santidad. Dios puede enlistar el menos preparado. No se trata tanto de recursos y posesiones, sino de la santidad. Dios puede encomendar al más pobre, al menos preparado, al menos estimado, al menos esperado, al menos capacitado. No es tanto una cuestión de posición ni prestigio, sino que de santidad. Lo que debe caracterizar al siervo y su servicio hacia nuestro amado Señor es la santidad. Brooks nuevamente da en el clavo al afirmar que «la santidad pone un sabor divino en todos los servicios del hombre»[4]. La naturaleza del servicio requiere que los que lo ejercen sean puros, sin mancha y santos.

Los verdaderos siervos del Señor convierten toda oportunidad en un servicio rendido ante Dios. Esto los caracteriza. Los falsos siervos, por el contrario, pervierten todo servicio al Señor. Los verdaderos siervos buscan cómo pueden servir al Señor en cada situación, mientras que los falsos siervos aprovechan cada oportunidad para servirse a sí mismos. Aquel que sirve a Dios para ser reconocido convierte su servicio en hipocresía y su reconocimiento en desgracia. Nadie puede servir a Dios para su propio beneficio y esperar salirse con la suya. Dios no compartirá su gloria con nadie. Pretender que es posible es una verdadera necedad. De la misma manera como «las moscas muertas hacen que el ungüento del perfumista dé mal olor» (Ec. 10:1), así la impiedad pervierte el servicio al Señor. Dios rechaza toda forma de servicio y adoración que esté salpicada con pecado (Is. 1:11–15; Am. 5:21–23; Mal. 1:10); simplemente, «no son aceptables, y […] no [le] agradan» (Jer. 6:20). Es un peligro mortal ser hallado como el humo que indigna la nariz de Dios (Is. 65:5). Lo que está en juego es de vital importancia.

Además, el servicio no es más aceptable por su nivel de importancia ante los ojos de los hombres, sino por el corazón con el cual es realizado delante del Señor. Por eso, la clase de servicio no dignifica al siervo. Eso remueve la falacia de que hay ciertos servicios en la obra de Dios que son más dignos que los demás. Pero en realidad, es el amo a quien se sirve el que dignifica todo servicio que se puede realizar. Porque cuando Dios es servido, el servicio siempre es digno. Dios es el objeto, el medio y el fin de todo nuestro servicio. Ningún servicio por «inferior» que parezca ser, es realmente inferior, porque Dios jamás es inferior (cp. 1 Co. 12:22–23). Por eso debemos caracterizarnos por vivir vidas santas y servir de una manera que Dios sea agradado a través de todo lo que hagamos (Col. 3:17). Dado que es Dios a quien servimos, debemos apartarnos totalmente de todo lo que Él odia para ser puros para servirle.

Conclusión

En conclusión: ¡gloria a Dios por permitirnos servirle! Como hemos visto, es un enorme privilegio y responsabilidad. Al mismo tiempo, es motivo de gozo saber que nuestro servicio jamás es aceptado por nuestra propia santidad, sino únicamente por medio de Jesucristo. Esto es debido a que «la santidad procede de Cristo. Es el resultado de la unión vital con Él»[5]. Además, solo por medio de Jesucristo podemos «ofrecer sacrificios espirituales» gratos y «aceptables a Dios» (1 P. 2:5). Por eso damos gracias a Dios por el privilegio de servirle y porque nos capacita para vivir vidas santas, apartados para Él como nuevas criaturas que fuimos traídas de muerte a vida. Servimos no porque Dios tiene falta, sino porque nosotros hemos recibido en abundancia. Damos porque se nos ha dado. Es el exuberante favor de Dios hacia nosotros lo que provoca nuestro servicio. No es por obligación, sino por amor. No es por coerción, sino por voluntad. Siempre el servicio genuino brota del agradecimiento.

Sin embargo, el hecho que es Dios quien nos capacita a vivir en santidad no quita la responsabilidad que tenemos de vivir vidas santas que agraden al Señor. Debemos ser constantes, fieles y diligentes, tal como David reflexiona: «Quién subirá al monte del Señor? ¿Y quién podrá estar en su lugar santo? El de manos limpias y corazón puro» (Sal. 24:3–4a). Es una lucha constante, puesto que, aunque hemos sido santificados —apartados para Él— y Él nos ha dado una nueva naturaleza para seguirle y obedecer su voluntad cuando antes nos era imposible hacerlo, lo cierto es que seguimos en un camino progresivo de santificación. Tenemos que constantemente «[limpiarnos] de toda inmundicia […] perfeccionando la santidad en el temor de Dios» (2 Co. 7:1). No olvidemos que «esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Ts. 4:3). Es vital, fundamental y primordial, porque sin «santidad […] nadie verá al Señor» (He. 12:14), ni podrá servirle adecuadamente. Que el siguiente proverbio nos sirva de advertencia adicional: «El favor del rey es para el siervo que obra sabiamente, mas su enojo es contra el que obra vergonzosamente» (Pr. 14:35). La santidad complace al Señor, la santidad conviene al siervo y la santidad caracteriza al siervo y su servicio. Que al final de nuestros días el Señor diga de nosotros las siguientes palabras: «Bien, siervo bueno y fiel; […] entra en el gozo de tu señor» (Mt. 25:23).

[1] Juan Calvino, Institución de la religión cristiana (Barcelona: Fundación Editorial de Literatura Reformada, 1994), 1:619.

[2] Andrew A. Bonar, Memoirs of McCheyne (Chicago, IL: Moody, 1978), 95.

[3] Thomas Brooks, The Complete Works of Thomas Brooks (Edinburgh: Banner of Truth, 2001), 4:54.

[4] Brooks, The Complete Works of Thomas Brooks, 4:357.

[5] J. C. Ryle, Santidad (Pensacola, FL: Chapel Library, 2015), 69.

Benjamin Veurink

Benjamin Veurink

Benjamin M. Veurink (MMB, MDiv Candidate) es estadounidense, sirviendo como misionero en Cali, Colombia, junto con su amada esposa, Diana. Ellos tienen tres hijos: Abigail, Eleanor y Josiah (quien está con el Señor). Benjamin es licenciado en Estudios Bíblicos; además tiene una Maestría en Ministerio Bíblico y actualmente está cursando una Maestría en Divinidad en The Master’s Seminary.

Viviendo santamente como padre

The Master’s Seminary

Viviendo santamente como padre

Mario Solís 

Dios está preocupado por la santidad de los suyos (Lv. 19:2; 1 P. 1:16). Él escogió a Israel «para ser pueblo suyo» (Dt. 7:6), apartándolos como «pueblo santo para [Él]» (7:6), de tal manera que vivieran vidas santas: «Guarda, por tanto, el mandamiento y los estatutos y los decretos que yo te mando hoy, para cumplirlos» (7:11). En el Nuevo Testamento se encuentra el mismo concepto: «Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 P. 2:9).

La necesidad de vivir vidas santas es para todo cristiano. No importa si alguien es contador, mecánico o maestro, Dios quiere que viva una vida santa. Esto aplica también dentro del núcleo familiar, ya sea con primos, hermanos o abuelos. Días atrás se escribió de la necesidad que los hijos tienen de vivir vidas santas y la semana pasada se habló de los hermanos y otras relaciones dentro de la familia. Los padres, al igual que el resto de los miembros de la familia, necesitan caracterizarse por vivir vidas que agraden al Señor. R. C. Sproul afirmó que «la enseñanza bíblica de la santidad de Dios es una de las ideas más importantes con las cuales un cristiano debe lidiar. Es básica para nuestro entendimiento de Dios y del cristianismo»[1]. Esto envuelve toda la esfera de creyentes en general, y de los padres de familia en particular, puesto que «Dios es padre y ha ordenado que los padres terrenales reflejen su fiel paternidad»[2]. Esto significa que la paternidad es un llamado abierto a cada varón a reflejar el carácter de Dios Padre, imitando sus atributos comunicables y exaltando sus atributos incomunicables. Y de todos ellos, la santidad es el atributo comunicable de Dios al que los hombres son llamados a buscar con más esmero y reflejar con más ahínco entre quienes les rodean, comenzando en su hogar.

El problema

Si un padre es cristiano, sabe que Dios quiere que viva santamente y quiere vivir en santidad, ¿por qué le cuesta tanto cumplir el rol que es llamado a cumplir? Aunque se podría mencionar el papel de la sociedad atacando fuertemente al hombre y su rol en el hogar y en la familia, además de las constantes oleadas de movimientos «feministas» que hacen sentir culpables a los hombres por el solo hecho de serlo, el verdadero problema es que los padres se han apartado del patrón bíblico: no están viviendo para Dios y no están «[criando a sus hijos] en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef. 6:4b). El pecado deja su huella y, apartarse de la verdad de Dios, tiene consecuencias. No basta solo con querer vivir en santidad, cada padre cristiano debe buscar vivir en santidad, en completa dependencia del Señor. De otra manera, no podrá cumplir con su llamado y responsabilidad.

La falta de dependencia del Señor hace que el caminar cristiano sea hecho en sus propias fuerzas, por lo que cada padre en esta situación descuidará también su rol con sus hijos. El Señor, a través de Moisés, habla claramente acerca del rol que los padres tienen de enseñarles a sus hijos:

Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Y las atarás como una señal a tu mano, y serán por insignias entre tus ojos. Y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas (Dt. 6:4–9).

Esto no tiene que ver únicamente con una transferencia de conocimiento, sino que en todo momento debían enseñarles y recordarles quién era el Señor, quiénes eran ellos delante de él y lo que requería de ellos. Era algo de toda la vida, algo que debían hacer de manera cotidiana. Después del mandato a amar al Señor con todo en su vida (Dt. 6:5) y a guardar su palabra «sobre [su] corazón» (Dt. 6:6), a los padres se les da el mandato de enseñar esa verdad a sus hijos (Dt. 6:7). Debían pasarlo a la siguiente generación.

A menudo —sin la intención de quitar responsabilidad a cada uno—, la desobediencia de los hijos y la infracción del mandamiento que los compromete a obedecer a sus padres (Ef. 6:1) tiene su mayor responsabilidad en sus progenitores[3]. Esto es así debido a que los padres han abandonado su papel fundamental en el desarrollo espiritual de sus familias. Lo anterior no es simplemente cuestión de percepción u opinión personal. En una encuesta desarrollada por Barna Group, un setenta por ciento de los cristianos adultos comentaron que la mayor influencia de su fe fue transmitida por sus madres, mientras que menos de la mitad apuntó a sus padres[4]. Esto es lamentable. Parece que el padre cristiano está dejando de lado una labor que es primordial: vivir santamente, enseñar la verdad a su familia y guiarlos a vivir en santidad.

La solución

Si apartarse del patrón bíblico representa el problema, acercarse a él representa la solución. Cada hombre debe ser diligente en cuidar su vida para que honre a Dios. Ninguna persona vive de una espiritualidad prestada. El hombre no puede esperar que la piedad de su esposa, de su pastor, de su amigo o de sus hijos sean lo suficientemente influyente en su vida como para que él descuide sus deberes espirituales. No hay atajos. La meta de todo padre cristiano es ser fiel a la Palabra de Dios, por su gracia y para su gloria[5]. El hombre piadoso debe revitalizar el papel moribundo en que la sociedad le ha sumergido y debe, en cambio, volver a dar prioridad a cuidar de su propia alma, así como la de su esposa e hijos. Si el padre de familia vive de esta manera, sus hijos lo seguirán porque habrá consistencia en sus palabras y acciones.

El hombre que busca la santidad debe comenzar con el uso diligente de las Escrituras. Acerca de esto, J. C. Ryle afirma que tiene que ver con «leer la Biblia, orar en privado, asistir regularmente al culto público, escuchar regularmente la Palabra de Dios y participar regularmente de la Cena del Señor. El hecho simplemente es que nadie que descuida tales cosas puede pretender progresar significativamente en santificación»[6]. En otras palabras, el deber del padre que desea vivir santamente inicia con un esfuerzo habitual por hacer la voluntad de Cristo y vivir bajo sus preceptos. Esta no es una tarea para pusilánimes. Se necesitan hombres valientes que estén dispuestos a luchar fuertemente para vivir para Dios.

No es sino hasta que el hombre se encuentra encarrilado en su rol primario como hijo de Dios que podrá dedicarse a vivir santamente como padre. Solo si es un fiel hijo de Dios podrá anhelar que sus hijos lleguen a conocer al Señor como salvador. Solo viviendo una vida santa él mismo hará que anhele que sus hijos vivan una vida para glorificarle y gozar para siempre de Él. El puritano William Gurnall señala que el padre de familia puede lograr esto con sus hijos si ejerce de manera correcta los tres oficios que le han sido delegados: el de profeta, rey y sacerdote[7].

El padre de familia es un profeta porque su deber es transmitir la Palabra a sus hijos. Esto siempre ha sido así (Sal. 78:5–6). El pastor Spurgeon decía que «las Sagradas Escrituras deben ser aprendidas desde que el niño tiene la capacidad de entender cualquier cosa»[8]. Además, es un rey porque su deber es vivir de tal manera que demuestra el gobierno de Cristo en su vida e instruya a su familia a ser gobernada por Dios. Debe luchar por que su familia tenga un anhelo genuino por servir al Señor y, al mismo tiempo, no debe serles de detrimento, estorbo o mal testimonio. Por último, es sacerdote porque debe presentarse Él y los suyos «como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios» (Ro. 12:1–2).

Estas funciones del padre de familia se sostienen sobre la santidad en la vida personal del padre. Esto es esencial porque, en su posición paternal, representa el ejemplo primario que sus hijos verán acerca del carácter de Dios y la forma en que este se relaciona con sus hijos. Para ello, deberá ser fiel en reproducir los atributos comunicables de Dios. Un padre debe esforzarse por vivir santamente en amor, en misericordia, en benignidad, en perdón, en paz, en gozo, en paciencia, en bondad y en fe. Su fidelidad a Dios le permitirá poder sacar adelante esta tarea de criar a sus hijos «en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef. 6:4b).

Su vida santa deberá proporcionar los insumos necesarios para que sus hijos lleguen al conocimiento de la verdad y para que, si el Señor tienen a bien guiarles en arrepentimiento y fe a la salvación, su corazón esté preparado para reconocer el señorío de Cristo. Si el Señor permite en su gracia que esto suceda, el padre deberá recordar que su vida ya cobrará un doble rol en su hijo: la del ejemplo paternal, pero también la del ejemplo filial, como su hermano en la fe. Ya el padre no «[dará] buenas dádivas a [sus] hijos» solo por el hecho de ser su padre (Lc. 11:13), sino que ahora también obrará bien a su hijo porque es «de la familia de la fe» (Gá. 6:10).¡Es una gloriosa bendición para el padre que ha vivido una vida en el temor del Señor que sus hijos lleguen a la verdad! Al mismo tiempo es un reto enorme para todo aquel que no está viviendo de esta manera.

Una palabra de aliento

No todos han podido experimentar la gracia de conocer al Señor desde el inicio de su paternidad. O tal vez lo han hecho sin una instrucción adecuada. Por ello es necesario recordar constantemente que el deber de vivir vidas santas es primeramente con el Señor. Si en tu vida has fallado en esto, el Señor te manda a arrepentirte verdaderamente para «[hallar] misericordia» (Pr. 28:13) de parte de Él. Él es un Dios justo «[que perdona] los pecados y [que limpia] de toda maldad» a todo aquel que confiesa sus transgresiones (1 Jn. 1:9). Tu responsabilidad de ahora en adelante es ser fiel a Dios y su Palabra, porque «una persona que se esfuerza en honrar al Señor mientras cría a sus hijos, arrepintiéndose y cambiando lo que haya que cambiar, es un padre fiel»[9]. Hay gracia suficiente (2 Co. 12:9–10).

Una vez que tu enfoque sea vivir santamente como padre, el Señor se encargará de los resultados conforme a su soberanía. Mientras tanto, la lucha de todo hombre que ejerce la paternidad es ser fiel y permitir que el Señor obre en su familia «una descendencia para Dios» (Mal. 2:15, RVR-60). Cumplir su rol bíblico en cuanto a su disciplina personal con el Señor y a que sus hijos sean ejercitados en la piedad a través de su instrucción hará que duerma tranquilo, sabiendo que «la salvación es del Señor» (Sal. 3:8a).

[1] R. C. Sproul, La santidad de Dios (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 1998), 18.

[2] Jeff Pollard y Scott Brow, Una teología de la familia (Pensacola, FL: Publicaciones Aquila, 2018), 243.

[3] Ibid., 245

[4] Véase investigación de Barna Group, «How Faith Heritage Relates to Faith Practice», 9 de julio de 2019, visitado el 1 de febrero de 2020, https://www.barna.com/research/faith-heritage-faith-practice/.

[5] Martha Peace y Stuart W. Scott, Padres fieles: Una guía bíblica para la crianza de los hijos (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 2014), 14.

[6] J. C. Ryle, Santidad (Pensacola, FL: Chapel Library, 2015), 39.

[7] Pollard y Brow, Una teología de la familia, 245.

[8] Charles H. Spurgeon, Come Ye Children: A Book for Parents and Teachers on the Christian Training of Children (1897), 66.

[9] Peace y Scott, Padres fieles, 16.


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Mario Solís

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Mario Solís (MMB, MDiv Candidate) es pastor en la Iglesia Bíblica Bautista San Rafael en Heredia, Costa Rica. Además, es profesor de Doctrina I y II en el Seminario Bíblico Bautista en San José, Costa Rica. Mario es esposo de Stephanie y tienen dos hijos: Lucas y Mario Saúl. Puedes escucharlo en su podcast, «Su propósito en mí».

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Josías Grauman

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Josías Grauman es decano de educación en español y profesor de exposición bíblica en The Master’s Seminary. El Dr. Grauman comenzó su ministerio a tiempo completo como capellán de hospital, sirviendo durante 5 años en el Hospital del Condado de Los Ángeles. Más tarde, él y su esposa sirvieron en la Ciudad de México como misioneros, donde Josías ayudó al Seminario Palabra de Gracia a lanzar su programa de idiomas bíblicos. Josías fue ordenado en Grace Community Church, donde actualmente sirve como anciano en el ministerio en español, junto con su esposa y tres hijos. Josías estudió un B.A. en idiomas bíblicos en The Master’s University, un M.Div. y un D.Min. en The Master’s Seminary. Entre sus obras se encuentran las siguientes: Griego para pastores y Hebreo para pastores.

¿Está el hombre compuesto de dos o tres partes?

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¿Está el hombre compuesto de dos o tres partes? 

Lucas Alemán

Lucas Alemán es director de educación en español y profesor de Antiguo Testamento en The Master’s Seminary, y director ejecutivo de la Sociedad Teológica Cristiana. Además, es pastor en la Iglesia Bíblica Berea en North Hollywood, California. En 2016, Lucas comenzó a enseñar en The Master’s Seminary como miembro adjunto de la facultad. Si bien sus cursos de especialización son panorama del Antiguo Testamento, gramática de hebreo y exégesis de hebreo, él también da clases de exégesis de griego y teología. En 2018, se unió a la facultad de tiempo completo. Lucas y su esposa, Clara, tienen dos hijos, Elías Agustín y Enoc Emanuel.

¿Qué es la Iglesia?

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¿Qué es la Iglesia?

Lucas Alemán

Lucas Alemán es director de educación en español y profesor de Antiguo Testamento en The Master’s Seminary, y director ejecutivo de la Sociedad Teológica Cristiana. Además, es pastor en la Iglesia Bíblica Berea en North Hollywood, California. En 2016, Lucas comenzó a enseñar en The Master’s Seminary como miembro adjunto de la facultad. Si bien sus cursos de especialización son panorama del Antiguo Testamento, gramática de hebreo y exégesis de hebreo, él también da clases de exégesis de griego y teología. En 2018, se unió a la facultad de tiempo completo. Lucas y su esposa, Clara, tienen dos hijos, Elías Agustín y Enoc Emanuel.

¿Quién escribió la epístola a los Hebreos?

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¿Quién escribió la epístola a los Hebreos?

Josías Grauman

La autoría de la epístola a los Hebreos se ha discutido y debatido por años. Hay diferencia de opiniones y a menudo es objeto de discusiones acaloradas, especialmente en el mundo académico. En este artículo explicaré de manera breve por qué pienso que la autoría de esta preciosa carta debe dejarse en el anonimato.

Nadie la firmó.

Pablo comienza sus trece cartas con la misma palabra cada vez. No hay excepción. ¿Piensas que Hebreos es la única excepción? Esto es posible, pero me parece aún más notable que ninguna evidencia sólida de la autoría paulina proviene de la iglesia primitiva, lo cual es bastante extraño a la luz del hecho de que Pablo declara explícitamente que escribió todas sus cartas de la misma manera, con la intención de eliminar a los impostores (2 Tes 3:17). Si Pablo escribió Hebreos, parece probable que la evidencia hubiera sido tan abrumadora como sus otras cartas.

Hebreos 2:3–4 es inconsistente con la argumentación apostólica de Pablo.

El autor de Hebreos se distancia de aquellos que recibieron el evangelio directamente de Jesús y no se incluye en el grupo de hombres que Dios autenticó mediante milagros. Esta es ciertamente una afirmación extraña si proviene de Pablo. Pablo declara que sus credenciales apostólicas incluían recibir su evangelio de Cristo mismo, no de ningún hombre, (Gál 1:12) y realizar señales, prodigios y milagros. (2 Cor 12:12)

Por otro lado, otros argumentan que los apóstoles sí confirmaron el evangelio de Pablo y sí experimentó sus milagros, así que esto es consistente con su experiencia. Si bien eso puede ser cierto, mi punto es que no es consistente con su argumentación. Veamos un ejemplo. ¿Por qué el apóstol Juan habla del hecho de que el evangelio le fue confirmado por Pedro que hizo milagros? Si bien esto es cierto, sería ilógico argumentar en ese sentido, ya que disminuiría la propia autoridad apostólica de Juan con respecto a las cosas que él mismo tocó con sus manos. (cf. 1 Jn 1:1)

La gramática de Hebreos es diferente a los otros escritos de Pablo.

Esto es imposible de probar en español, y si no lees griego, me temo que tendrás que aprender. La buena noticia es que solo tendrás que tomar un año de griego para abrir una carta paulina y comenzar a leer (con ayudas de vocabulario). La mala noticia es que cuando abres la carta a los Hebreos te perderás irremediablemente, porque el griego de los Hebreos es, bueno, bastante más complicado que las cartas de Pablo. El griego de Hebreos es más parecido al griego clásico, como Lucas, y menos parecido al griego de los escritores judíos en el Nuevo Testamento. Además, como nota al margen, la epístola a los Hebreos suele citar el Antiguo Testamento mucho más cercano a la Septuaginta griega de lo que Pablo lo hace, quien generalmente traduce directamente del hebreo.[1]

La teología es consistente, pero tiene su propio énfasis.

Permíteme ser claro: Cada libro de la Biblia tiene a Dios como Su autor y es absolutamente consistente con la realidad, consigo mismo y con el resto de la Escritura. Sin embargo, la naturaleza divina de la Escritura no erradica su elemento humano. Los autores humanos escribieron con su propio vocabulario y énfasis.

Por ejemplo, en los escritos de Pablo, él a menudo habla de la salvación como un evento pasado: Él nos salvó (Tit 3:5). Sin embargo, el autor de Hebreos generalmente habla de la salvación como un evento futuro, afirmado que seremos salvos si perseveramos hasta el final (cf. Heb 1:14; 9:28; 2:3–5, donde el autor equipara el mundo venidero con la salvación). Ahora, por supuesto, ambos autores entendieron ambas realidades, y ambos autores nos instan a tener la seguridad de una salvación pasada y de perseverar hasta el final, pero los autores las enfatizan de manera diferente.

De hecho, creo que las personas a menudo malinterpretan el libro de Hebreos cuando esperan que sea paulino. Por ejemplo, ¿qué pasaría si pensáramos que Pablo escribió el libro de Santiago? Santiago 2:24 sería bastante confuso, porque Pablo usa constantemente la palabra “justificar” para querer decir “declarar justo” (Ro 3:28). La clave para entender Santiago 2:24 es entender que Jesús (Lc 7:35) y Su medio hermano Jacobo usan la palabra “justificar” más como la palabra en español para querer decir “vindicar.” Por lo tanto, Santiago 2:23 declara que Abraham fue contado como justo en Génesis 15:6 cuando creyó, pero no fue sino hasta 7 capítulos después que fue vindicado como creyente, cuando sacrificó a su hijo Isaac en el altar.

En otras palabras, creer que Pablo escribió Hebreos a menudo puede conducir a un estudio comparativo con otras frases paulinas que creo que pueden malinterpretar fácilmente el empuje y la severidad de las exhortaciones de la epístola a los Hebreos

Respondiendo a argumentos comunes a favor de la autoría paulina

Primero, algunos argumentan que el idioma de Hebreos es diferente al de Pablo porque Pablo generalmente escribía a los griegos y esta vez estaba escribiendo a los hebreos. Esto ciertamente podría explicar por qué se utiliza la Septuaginta. Sin embargo, ¡cuán increíblemente extraño sería para Pablo escribir normalmente a los gentiles con un griego muy judío, pero luego, en su epístola a los Hebreos donde está hablando con los judíos sobre cosas judías, él elige escribir en un griego más clásico!

Segundo, algunos argumentan que Hebreos es diferente porque Pablo usó un secretario que influyó considerablemente en la gramática. Si bien esto no explica por qué Pablo no incluyó su nombre en la carta, se puede encontrar un paralelo en 1 y 2 Pedro,
donde Silas ciertamente jugó un papel en refinar el griego de 1 Pedro (1 Pe 5:12).

Tercero, algunos argumentan que Hebreos fue un sermón que Pablo habló y que luego se escribió una pequeña exhortación al final (cf. Heb 13:22). Esto es posible y explicaría las muchas conexiones paulinas a lo largo del libro (Heb 13:23), así como las variaciones de estilo en la escritura. Sin embargo, es imposible de probar.

Entonces, ¿quién escribió el libro de Hebreos? Dios lo hizo. De hecho, creo que el autor de Hebreos no firmó la carta deliberadamente enfatizar únicamente el mensaje que quería comunicar. Me encanta que incluso dentro del libro de Hebreos, el autor a menudo elimina intencionalmente referencias a otros autores humanos. Él cita el Antiguo Testamento con frases como: “uno ha testificado en cierto lugar” (2:6) o “como Él ha dicho” (4:3) o “como dice el Espíritu Santo” (3:7).

Esto es a propósito. Él no quería que sus lectores vieran un pasaje como davídico, sino como divino. No es solo algo que un humano frágil escribió hace años; es algo que el Dios Todopoderoso está diciendo en este momento. (Heb 12:25) Y si esto era cierto para los Salmos, bueno, también es cierto para nosotros cuando leemos el libro de Hebreos.

[1] Paul Ellingworth tiene más información en su introducción a Hebreos en el NIGTC si deseas listas actuales de términos diferentes y diferencias gramaticales.

Josías Grauman

Josías es licenciado en idiomas bíblicos por The Master’s University y con Maestría en Divinidad por The Master’s Seminary. Sirvió durante cinco años como capellán del Hospital General de Los Angeles (California), y sirvió como misionero por dos años en la Ciudad de México. En la actualidad , está encomendado como anciano de la iglesia Grace Community Church donde sirviendo en el ministerio hispano. Josías y su esposa Cristal tienen tres hijos.

Una roca inamovible

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Una roca inamovible

Heber Torres 

El cambio forma parte de la realidad del ser humano. Solo tienes que mirarte en el espejo. Las personas cambian de aspecto, cambian de dieta, cambian de rutina, cambian de amistades, cambian de casa y cambian de trabajo. Aquello que en un momento de tu vida fue parte esencial, con el tiempo, apenas lo recordarás vagamente.

Pero el que los seres humanos cambien no es algo necesariamente malo. De hecho, la palabra de Dios enseña que es precisamente un enorme cambio el que tiene lugar en la vida de todos aquellos que son alcanzados por el evangelio. El creyente genuino está siendo progresivamente transformado. Día a día deja de ser lo que un día fue para llegar a ser lo que nunca ha sido. Y eso inevitablemente va a producir cambios en su forma de pensar, en su forma de actuar y en su forma de vivir.

La condición del cristiano es otra: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas» (2 Co. 5:17). El deseo del cristiano es otro: «Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia» (Fil. 1:21). La prioridad del cristiano es otra: «si habéis, pues, resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios» (Col. 3:1).

Sin embargo, hay uno que no está sujeto a cambios de ningún tipo. Y es que «Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos» (He. 13:8). Esto lo sitúa en una categoría en la que solamente Dios tiene cabida, de la que se desprenden al menos tres implicaciones importantes:

1) Sus atributos no cambian

Los atributos son aquellas cualidades que hacen de algo lo que realmente es y no otra cosa. Para que llegues a ser lo que eres necesitas aprender. Necesitas experimentar. Necesitas fracasar o tener éxito. Necesitas tiempo. En definitiva, necesitas cambiar. Sin embargo, Él no es una criatura más. No pertenece a la larga lista de seres creados. La Biblia afirma que Cristo es eterno. Él no tiene principio ni final. Toda existencia comienza con Él y todo final depende de Él. Y siendo Dios, la Escritura enseña que también es inmutable. De la misma forma que Santiago dice que en Dios no existe cambio ni sombra de variación (Stg. 1:17), Hebreos 13:8 confirma que en Cristo tampoco.

Cristo nunca ha sido menos de lo que debería ser y no puede ser más de lo que siempre ha sido. No ha necesitado retocar nada de su persona. No ha tenido que corregir nada de su carácter. No ha mejorado, ni ha empeorado con los años. Él «es el mismo ayer y hoy y por los siglos». No hay un día en el que Cristo sea más fiel que otro. No hay una tarde en la que Cristo es más misericordioso que otra. Él es siempre igual, perfecto, inmejorable e insuperable. Cristo es supremo.

2) Su autoridad no cambia

Jesús mismo dijo a sus discípulos «Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y tenéis razón, porque lo soy» (Jn. 13:13). La Biblia nos enseña que Él es el siervo sufriente, pero también el monarca y Señor de la historia. Conforme a su naturaleza, Cristo tiene el derecho de demandar el servicio y la devoción de todas sus criaturas. Y, de acuerdo con sus atributos, cuenta con la capacidad de lograr sus planes y llevar a cabo sus propósitos. Colosenses 1:15–17 afirma que «Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en Él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de Él y para Él. Y Él es antes de todas las cosas, y en Él todas las cosas permanecen».

Aun en medio de la confusión y de la oposición, su dominio es total y global. Su hegemonía es imparable e invencible, porque nada está fuera de su control soberano. ¡Nunca lo ha estado! Ni la vida ni la muerte, ni los poderosos ni la humanidad al completo pueden desviarse de lo que Él permite, de lo que Él desea, de lo que Él ha establecido. Por eso, el cristiano no solamente contempla la grandeza de Cristo, sino que obedece y se somete ante la autoridad de aquel que lo es todo en todo. Y lo hace con gratitud y contentamiento (Sal. 119:72, 127).

3) Su actualidad no cambia

Muchas personas hoy viven preocupadas por lo que deparará un mañana que parece más incierto que nunca. En estas últimas semanas, un virus microscópico ha vuelto a poner de manifiesto una realidad que la palabra de Dios revela desde sus primeras páginas: el sistema de este mundo es frágil. Tu vida no es más que un soplo. Todo lo que tienes se desvanece fácilmente. En cuestión de minutos, los gobiernos más fuertes pueden verse comprometidos, las grandes compañías pierden todo su valor y tus proyectos y planes se desbaratan. Sin embargo, la Biblia enseña que hay uno en quién puedes poner toda tu confianza sin temor a ser defraudado, uno cuya sangre no deja de ser efectiva para purificar a todo el que se acerca a Él. Mientras tanto, Cristo no cesa, ni por un segundo, de interceder a favor de los que son suyos (1 Jn. 1:9; 2:1).

Él es la roca inamovible. Ni viento ni tormenta alguna lograrán desplazarlo un milímetro del lugar en el que siempre ha estado. Sus atributos no cambian. Su autoridad no varía. Su actividad no cesa. Y, por tanto, su actualidad no pasa. Siempre es pertinente. Siempre es apropiado. Siempre es oportuno. Puedes descansar seguro, porque aquel que es el mismo ayer, hoy y por los siglos lo ha prometido: «yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt. 28:20b).

Heber Torres
Haber Torres

Es profesor de teología en el Seminario Berea (León, España) y pastor en la Iglesia Evangélica de Marín (España). Dirige el sitio «Las cosas de Arriba», que incluye podcast y blog. Está casado con Olga y juntos tienen tres hijos: Alejandra, Lucía y Benjamín.

Martín Lutero y la seguridad de la salvación

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Martín Lutero y la seguridad de la salvación

Angel Cardoza

El tema de la seguridad de la salvación es uno que ha causado gran duda y preocupación en la iglesia. Muchos cristianos suelen buscar certeza en sí mismos y en sus acciones, mas al ver sus faltas llegan a experimentar incertidumbre y preguntarse si Dios los ha dejado, si han perdido la salvación o si realmente nunca lo fueron. Si somos honestos, el sentir esta inseguridad no nos permite experimentar un gozo pleno en Cristo.

Su pecado le causaba culpa, a tal punto que vivía en una constante depresión

Ideas erróneas 

Martin Lutero, quien fue el propulsor principal de la reforma protestante, durante mucho tiempo estuvo perturbado por dudas y preocupaciones. Su pecado le causaba culpa, a tal punto que vivía en una constante depresión. Ahora, en gran parte su tormento se debía a las enseñanzas antibíblicas que aprendió desde muy temprana edad y que fueron afianzadas a lo largo de su carrera como fraile de la iglesia católica. Una de estas falsas enseñanzas, aún predominante en la Iglesia Católica hoy, fue enseñada inicialmente por Tomás de Aquino y luego confirmada en el concilio de Trento:

“Si alguno dijere, que tiene una certeza absoluta e infalible de seguridad de tener el don de perseverancia hasta el final, a menos que haya aprendido esto por revelación especial; sea anatema”.

En los primeros escritos de Lutero se pueden ver reflejos de esta doctrina. En sus comentarios sobre el libro de Romanos (1515-1516), en 3:22, un versículo que claramente habla de la justicia de Dios a través de Jesús, Lutero comentó: “…ya que no somos capaces de saber si contamos con toda palabra de Dios o negar alguna… Tampoco somos capaces de saber si realmente somos justificados o salvos”. Este tipo de comentarios nos hace ver que Lutero no había llegado a una convicción plena del significado real del evangelio, ya que estaba opacado por la falsa interpretación bíblica de la Iglesia Católica.

“Mas el justo por la fe vivirá”

Sin embargo, un día mientras meditaba en la Escritura en su oficina en Wittenberg, al leer Romanos 1:17 –“Mas el justo por la fe vivirá”– inició un cambio en su interior. Esa noche Lutero no pudo dejar de pensar en ese pasaje. El Espíritu Santo obró en él de tal manera que no podía contenerse ante tal verdad. Lutero entendió que lo que aprendió en el catolicismo, y que por tantos años había enseñado, era contrario a la Palabra. Y es que Dios establece que la salvación es algo que viene solo por su gracia, y por ende los hombres no podemos ganarla. Esa gracia de Dios solo puede ser obtenida a través de la fe en Cristo Jesús.

Luego de revelarse contra las herejías del catolicismo, Lutero hizo un énfasis especial en enseñar que la verdad del evangelio trae certeza al creyente. Esto es apreciado en su énfasis en la doctrina de la justificación solo por fe o “Sola Fide”. De acuerdo a Lutero, la justificación solo por fe y no por obras es el punto en el cual está sostenida la iglesia de Cristo. Es por medio de esta que el creyente puede recibir el perdón de Dios por sus pecados y ser justificado delante de Él (Jn. 3:165:246:28-29Ro. 3:284:55:114:23Gá. 2:16Ef. 2:8-10…).

¿Qué nos enseña la experiencia de Lutero?

Si quieres tener seguridad de salvación, el lugar donde empezar no es en tus sentimientos sino en tu entendimiento; luego los sentimientos seguirán

A lo largo de la historia de la iglesia, algo que podemos notar de aquellos que tuvieron batallas personales similares a la de Lutero, en cuanto a la seguridad de su salvación, es que encontraron respuesta en la Palabra de Dios. Como dijo Martyn Lloyd-Jones, “Si quieres tener seguridad de salvación, el lugar donde empezar no es en tus sentimientos sino en tu entendimiento; luego los sentimientos seguirán. La manera de tener seguridad no es tratar de sentir algo, sino tener esa verdad absoluta”.

Luego de recibir tan gran convicción y seguridad en la Palabra de Dios, Lutero escribió:

“Los sentimientos vienen y van, los sentimientos son engañosos. Mi seguridad es la Palabra de Dios, nada más vale la pena creer. Aunque todo mi corazón se sienta condenado, queriendo alguna muestra dulce, existe algo más grande que mi corazón cuya Palabra no puede ser quebrantada. Confiaré en la inmutable Palabra de Dios hasta que el alma y cuerpo sean separados. Porque, aunque todas las cosas pasen, su Palabra permanecerá para siempre.”

No es fructífero para el creyente vivir en una incertidumbre constante en cuanto a su salvación. A pesar de que llegue la duda, el creyente genuino no puede dejar que permanezca en él, ya que esta puede ser una muestra de falta de su confianza en que Dios permanece fiel a su Palabra (Juan 5:24Ro. 8:1Fil. 1:6). Y es ahí donde radica el asunto: es Dios que permanece fiel a su promesa, quien honra el sacrificio de Cristo por nuestros pecados.  Qué gozo trae el saber que nuestra salvación no está fundamentada en nosotros, pero en Dios, quien es fiel por la eternidad.

Angel Cardoza sirvió como líder juvenil y maestro en la Iglesia Cristiana de la Comunidad en Republica Dominicana. En la actualidad cursa una Maestria en Divinidad (M.Div.) en The Master’s Seminary. Forma parte de la iglesia Grace Community Church, donde sirve enseñando en estudios bíblicos hogareños. Él y su esposa Yamel tienen dos hijas.

Qué podemos aprender de los liberales

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Qué podemos aprender de los liberales

Nathan Busenitz

Cada primavera, en mi clase de historia de la iglesia, nos toca estudiar una breve descripción de los teólogos alemanes del siglo 19 y principios del siglo 20.

Es una especie de cátedra deprimente, ya que vemos la triste historia de la intersección entre el escepticismo y la erudición, podemos ver la catástrofe que desató la duda y la incredulidad desenfrenada. Y cómo a pesar de vivir en el mismo país de la Reforma, muchos teólogos protestantes alemanes abandonaron las doctrinas históricas del cristianismo bíblico debido a la popularidad del racionalismo de la Ilustración. Al hacerlo, naufragaron sus propias almas y devastaron la fe de millones de personas.

Promotores de la alta crítica, como Johann Eichhorn y David Strauss, negaron la inspiración y la infalibilidad de la Biblia. Según ellos, Moisés no escribió el Pentateuco y los cuatro evangelios no fueron escritos por Mateo, Marcos, Lucas o Juan. Para empeorar las cosas, sugirieron que el Jesús de la Biblia no es el mismo que el Jesús real de la historia. En su “búsqueda del Jesús histórico,” los críticos crearon un “Jesús” de su propia imaginación, y en esencia trataron de reducirlo a un buen tipo que nunca pudo hacer un milagro, nunca afirmó ser Dios y fue mal interpretado en gran parte por el judaísmo del primer siglo.

Por otra parte, teólogos liberales como de Friedrich Schleiermacher a Albrecht Ritschl, trataron desmantelar las verdades de la Biblia. En gran parte buscaban una nueva base sobre sobre la cual basar su nueva versión artificial del cristianismo. Algunos encontraron tal base en la experiencia personal de la filosofía del romanticismo mientras que otros lo encontraron en la ética moral del evangelio social. Pero al negar las principales doctrinas del cristianismo (como la muerte sustitutiva de Cristo y su resurrección corporal), el liberalismo negó la esencia misma del mensaje del evangelio (cp. 1 Corintios 15:3-4). Como Richard Niebuhr lo explicó al resumir el derrumbe de la teología liberal, el liberalismo afirma que: “Dios sin ira trajo hombres sin pecado a un reino sin juicio a través de las ministraciones de un Cristo sin cruz” (The Kingdom of God in America, 193).

Como se puede imaginar, el material en esta clase es como ver un choque de trenes catastrófico…vemos cómo teólogo tras teólogo se salen y abandonan los rieles de los fundamentos más básicos del cristianismo bíblico.

Pero en medio del caos y la carnicería doctrinal, existen lecciones que podemos aprender de los teólogos liberales alemanes y promotores de la alta crítica, incluso si la mayoría de lo que podemos aprender es un ejemplo negativo.

7 lecciones que debemos aprender de los teólogos liberales alemanes:

1. La forma de evangelizar a los escépticos no es mediante el diluir el evangelio. Muchos de los teólogos liberales pensaron que podrían hacer el cristianismo más atractivo a luz de la filosofía racionalistas de la Iluminación si abandonasen la autenticidad histórica del texto y si llegasen a redefinir el evangelio como otra cosa que salvación del pecado por medio de Jesucristo (para hacerlo así menos ofensivo para las mentes modernas). Pero al hacerlo, terminaron deshicieron el mismo evangelio que pensaban que estaban ayudando a preservar.

2. La verdadera religión se puede perder en una sola generación. La mayoría de los liberales alemanes fueron los hijos de ministros protestantes ortodoxos. El hecho de que dieron la espalda a la fe de sus padres es trágico. Es por eso que yo le recuerdo a mis estudiantes en el seminario que en primer lugar necesitan asegurarse de que están pastoreando sus propias familias.

3. El liberalismo alemán no representa una forma divergente del cristianismo, sino que en realidad es una nueva religión. Si decimos que el evangelio no es histórico entonces ya no es el evangelio. El apóstol Pablo hace este punto claro en 1 Corintios 15, donde afirma que si Jesús realmente no hubiese resucitado de los muertos, entonces seríamos necios y nuestra fe vana.

4. Los liberales honraron la duda al llamarla noble y honestidad intelectual. En realidad, dudar la palabra de Dios es un pecado atroz, un pecado que Satanás mismo ha estado promoviendo desde el Jardín del Edén (Génesis 3). Dudar de la Palabra de Dios es hacer de Dios un mentiroso y es intercambiar el evangelio verdadero por un evangelio imaginario. Como Agustín dijo el hereje Fausto, “Usted debe decir claramente que no cree que el evangelio de Cristo. Pues el creer lo que le place y no creer lo que le place, es creerse a usted mismo y no en el evangelio” (Contra Fausto, 17.3).

5. El liberalismo alemán nos enseña que las ideas tienen consecuencias, y que las malas ideas tienen muy malas consecuencias. Millones de personas en los últimos siglos fueron trágicamente desviados a través de la influencia de los teólogos liberales. La advertencia de Santiago 3:1 ciertamente parece apta: “Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación.”

6. El evangelio social de los liberales todavía está vivo  en muchas iglesias protestantes. El escepticismo de los críticos sigue siendo una parte muy importante de los estudios bíblicos en el mundo académico. Futuros pastores deben estar preparados a hacer frente a este tipo de errores con la verdad bíblica (Tito 1:9).

7. La alta crítica se basa en la noción de que la sabiduría del hombre supera a la sabiduría revelada por Dios. Éste es el colmo de la arrogancia, pero no es de sorprendernos, ya que el mismo Pablo señaló que la sabiduría de Dios parece locura al mundo (1 Corintios 1:18). Debemos protegernos contra la tentación de desear la alabanza mundana y elogio académico. Al ser fieles al evangelio seremos necesariamente considerados fuera de moda a los ojos de muchos de los principales pensadores filosóficos del día de hoy. Si bien debemos evitar el anti-intelectualismo, por un lado también debemos protegernos contra el encanto de todo lo que es popular en la comunidad académica secular.

Nathan Busenitz (Ph.D.) es profesor de teología histórica en The Master’s Seminary. Después de haber servido como asistente personal de John MacArthur, Nathan llegó a formar parte del profesorado de TMS en el 2009. Él y su familia viven en Los Ángeles, California.

Publicado originalmente en ingles aquí.

Nathan Busenitz

Nathan Busenitz

Nathan Busenitz is the Dean of Faculty and Associate Professor of Theology at The Master’s Seminary. He is also one of the pastors of Cornerstone, a fellowship group at Grace Community Church.