Gregorio «el Grande»

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VI

Gregorio «el Grande»

Por Tom Nettles

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VI

Una revisión sincera de los logros de Gregorio I, conocido también como «Magno» o «el Grande», debe mover al protestante evangélico a reflexionar detenidamente sobre esta designación tan elevada. No se puede negar que fue un conservador de la ortodoxia, un misiólogo eficaz y un eclesiástico celoso e inteligente; pero mientras corregía y disciplinaba a los herejes en ciertos aspectos doctrinales, con esa misma seguridad bautizaba en un evangelio que no era evangelio. 

Nacido alrededor del 540 en Roma, Gregorio fue criado como un «santo entre santos». Su padre fue un cristiano devoto mientras que su madre Silvia (en su viudez) y dos tías paternas vivieron la austera vida monástica. Gregorio ejerció una ocupación secular por nombramiento del emperador Justino II y como tal vistió de seda, gemas brillantes y una trábea con rayas moradas. Aún en ese tiempo, buscó vivir para Dios, pero se dio cuenta de que era difícil. A la muerte de su padre, decidió dedicarse a la vida religiosa. Utilizó la riqueza que heredó para ayudar a los pobres y establecer varios claustros. Se dedicó a la oración y a la contemplación, al estudio de la Escritura en latín y a estudiar detenidamente los escritos de Agustín, Jerónimo y Ambrosio. Su austeridad lo debilitó y le provocó sufrimientos de gota, indigestión y malestar general que lo acompañaron de por vida.

El entrenamiento legal de Gregorio y sus comprobados talentos administrativos frustraron sus planes de aislamiento personal. Benedicto I lo obligó a ser uno de los siete diáconos de Roma. Pelagio II, necesitando de la confirmación imperial de su elección como obispo y de la ayuda militar contra los lombardos, lo envió a Constantinopla. Gregorio logró lo primero pero, en lo segundo, no pudo conseguir ayuda contra los lombardos. Mientras estuvo allá, se dedicó junto a sus amanuenses en escribir Moralia, un «comentario» sobre Job, una sucesión de meditaciones morales y espirituales elaborada como una ingeniosa alegoría.

Cuando regresó a Roma en el 585, Gregorio se retiró a su monasterio, San Andrés, donde pasó los cinco años más tranquilos y felices de su vida. A la muerte de Pelagio II en el 590, Gregorio fue elegido obispo. Su sincera preferencia por la vida contemplativa y su creencia de que la reticencia, nacida del temor piadoso, mostraba una verdadera humildad, llevaron a Gregorio a desistir de la posición hasta que el populacho de Roma lo obligó a asumirla. Las dificultades que enfrentaba la Iglesia y toda la cultura occidental podrían haber ahogado a un hombre de menos talento con una serie de trágicos fracasos; Gregorio convirtió la situación en un triunfo para la iglesia de Roma.

Gregorio sentó las bases para la expansión del romanismo de varias maneras. En primer lugar, su visión misionera y su metodología práctica virtualmente garantizaron la sumisión de Europa a Roma. Stephen Neill comenta: «Su proceder fue fresco y notable, ya que, en contraste con la manera desorganizada en que por lo general las iglesias habían crecido, este fue casi el primer ejemplo, desde los días de Pablo, de una misión cuidadosamente planificada y calculada». En el 596, Gregorio envió a Inglaterra un monje benedictino, Agustín, junto con otras treinta personas, para convertir a los anglos. Se desalentaron y Agustín regresó a Roma buscando alivio de tal misión. Gregorio, impertérrito, lo envió de vuelta con una amonestación: «Puesto que hubiera sido mejor no comenzar lo que es bueno que abandonarlo una vez comenzado, deben, hijos muy amados, completar la buena obra que, con la ayuda del Señor, han comenzado». Asimismo, lo abasteció de cartas que le garantizaban la ayuda estratégica que necesitaba. Habiendo enviado a Agustín «para ganar almas», Gregorio asumió con decisión el proveer la ayuda y el socorro que necesitaran los misioneros con tal de asegurar el éxito. Cualquiera que los ayudara, sin duda compartiría su gloria espiritual. Las cartas subsiguientes a Agustín se constituyeron en una misiología para las incursiones futuras. Finalmente Inglaterra, en el Sínodo de Whitby en el 662, entró en la órbita de la autoridad eclesiástica de Roma (hasta la década de 1530).

En segundo lugar, Gregorio contribuyó a que la Regla benedictina (o Regla de Benito) dominara la vida monástica. Siendo el primer monje en convertirse en papa, Gregorio alimentó y fomentó la vida contemplativa al considerar que la postura de Benito era la más práctica y enérgica. Incluso los Diálogos de Gregorio preservan la hagiografía benedictina. Fueron monjes que huyeron de Montecassino los que trajeron la Regla y la tradición a Roma, y Gregorio comenzó a usarla en San Andrés. La misión de Agustín la extendió a Canterbury y los esfuerzos misioneros benedictinos posteriores, en particular los de Bonifacio, garantizaron la difusión de la Regla benedictina y la sumisión de los convertidos a Roma.

En tercer lugar, la habilidad y el celo de Gregorio en el trabajo administrativo, político y caritativo sentaron las bases para los Estados Pontificios. A medida que el trabajo de los agentes imperiales disminuía, el trabajo de la Iglesia, en particular el del obispo de Roma, aumentaba. Mientras el Imperio en Occidente se desmoronaba, las rocas que cayeron fueron usadas por Roma para edificar la cristiandad. El obispo reparó los acueductos, garantizó el suministro de maíz, libró la guerra, firmó tratados y acuerdos, rescató a los cautivos, alimentó a los pobres y negoció el pago de un tributo anual para aliviar a la ciudad devastada de las atrocidades de los rapaces lombardos. Los fondos de la Iglesia, procedentes de las crecientes posesiones de la Iglesia romana, financiaron todos estos proyectos. Gregorio no tuvo más remedio que hacerse cargo.

En cuarto lugar, del mismo modo, afirmó su autoridad sobre las iglesias. La oposición no impidió que asumiera la autoridad. A pesar de que despreciaba el ostentoso título reclamado por el obispo de Constantinopla, de Sacerdote Universal, y trabajó fervientemente para que el emperador lo denunciara, el rechazo de Gregorio hacia el título no encontró el correspondiente rechazo hacia el poder que este representaba. La adscripción era la de un «título orgulloso y profano», un «título tonto», un «nombre frívolo», el «precursor del anticristo»; que aquel que lo reclamara, aunque fuera doctrinalmente ortodoxo, cometía el «pecado de la soberbia». Pero así, con la misma seguridad, procuró llevar a todos los que se resistían a su autoridad, por cualquier medio a su alcance, a un punto de arrepentimiento por su orgullo y rebelión. A través de más de 850 cartas que aún se conservan, Gregorio instruyó en temas morales, eclesiásticos, pastorales, monásticos, administrativos y doctrinales a príncipes, obispos, diáconos, monjes y abades. El arzobispo de Dalmacia, después de una prolongada controversia, se arrepintió acostado boca abajo sobre los adoquines de Ravenna llorando durante tres horas: «He pecado contra Dios y contra el bienaventurado papa Gregorio».

Para su crédito y para felicidad de los cristianos en todas partes, Gregorio Magno mantuvo una ortodoxia estricta. Afirmó de la manera más clara y agresiva la teología de los primeros cuatro concilios ecuménicos y condenó rotundamente todos los errores que estos condenaron.

En adición, Gregorio amaba la Escritura. Había memorizado grandes porciones de ella e instaba a otros, incluso a los laicos a leer, sí, a saturarse con sus palabras. Le advirtió a un médico, Teodoro, que no se dejara dominar por las actividades seculares hasta el punto de que no le permitieran «leer diariamente las palabras de su Redentor». Sobre estas, debería meditar diariamente para conocer el corazón de su Creador y «suspirar más fervientemente por las cosas eternas, para que tu alma pueda ser encendida con mayores anhelos de gozos celestiales». Él rechazó la ordenación de un obispo porque era «un ignorante de los Salmos».

Gregorio también mostró gran sabiduría en asuntos de teología pastoral y mostró un discernimiento notable en su comprensión del carácter y la motivación humana. Su libro Regula pastoralis contiene mucha buena información sobre las calificaciones pastorales y el ministerio, basada en un conocimiento profundo de los cuatro Evangelios, las cartas de Pablo, los profetas y muchas interpretaciones alegóricas extrañas del material histórico. Sus recomendaciones sobre cómo amonestar a los diferentes tipos de personas en la Iglesia no tienen precio y deben ser estudiadas por todo ministro. Un ministro debe enseñar de manera que se «adapte a todas y cada una de las diversas necesidades y, sin embargo, nunca desviarse del arte de la edificación común». El maestro debe «edificar a todos en la sola virtud de la caridad» y debe «tocar el corazón de sus oyentes con una sola doctrina, pero no siempre con la misma exhortación».

Sin embargo, mucho en Gregorio manchó su ortodoxia y la dulzura de su instrucción. Como se ha indicado, su alegoría por momentos supera los límites de lo escandaloso. La interpretación medieval sufrió; la formalización de su método cerró la Escritura a los laicos. Su crédula aceptación de las historias de milagros hechas por medio de las reliquias de los santos, a veces de proporciones cómicas y en ocasiones como los trucos de una película de horror, ayudó a crear la pesada carga del sistema medieval de penitencias. Añade a esto su aceptación de la intercesión de los santos difuntos, su creencia en la eficacia de las misas para los muertos, su exposición anecdótica sobre el estado del purgatorio y su creencia en los méritos de las obras piadosas, y lo que resulta es un brebaje completamente ajeno al evangelio bíblico. Si durante siglos Agustín de Hipona fue leído a través de los ojos de Gregorio Magno, no es de extrañar que el redescubrimiento del Agustín evangélico creara tal consternación en el siglo XVI.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Tom Nettles
Tom Nettles

Tom sirvió por muchos años como profesor de teología histórica en el Southern Baptist Theological Seminary.

Agustín, doctor en la gracia

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo V

Agustín, doctor en la gracia

Por Tom Nettles

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo V

En cuanto a combinar doctrina y piedad, Agustín (354-430) tiene pocos iguales en la historia del cristianismo. Sus escritos nos orientan en todas las áreas de discusión: en filosofía cristiana, teología sistemática, filosofía de la historia, polémicas, retórica y devoción. Aunque algunos de sus puntos de vista apoyan las doctrinas de la oración intercesora y los sacrificios por los muertos, el purgatorio y la justificación transformadora, las poderosas doctrinas de Agustín sobre la gracia y sobre la encarnación y el sacrificio de Cristo son desarrolladas precisa y sustancialmente en las confesiones de la teología reformada. Tras la caída de Roma, el proyecto milenario de reconstruir la civilización occidental sobre el pensamiento cristiano, en lugar del pagano, se dio sobre los conceptos agustinianos. La Reforma del siglo XVI redescubrió y se basó en elementos que habían sido descuidados de la doctrina de Agustín sobre el pecado y la salvación.

Agustín nació en 354 en Tagaste, en la provincia romana de Numidia, en el norte de África. Observaciones posteriores sobre la infancia y la caída lo llevaron a señalar: «La inocencia de los niños está en la impotencia de sus cuerpos más que en cualquier cualidad de sus mentes» (Confesiones, 1.7. Las siguientes referencias a las Confesiones se identificarán solo por número de libro y capítulo).

Su padre, Patricio, era pagano. Agustín lo recordaba como un hombre grosero, lujurioso, iracundo e infiel a su cama matrimonial. Trabajó duro, pero le resultó difícil crecer como africano en el sistema romano de economía y política. Al parecer, Agustín sintió poco afecto por él, a pesar de su sacrificio para darle una educación. Patricio murió antes de que Agustín cumpliera diecisiete años.

Su madre, Mónica, era una cristiana celosa. Extraordinariamente apegada a Agustín y a su bienestar, buscó la salvación de su hijo con energía incesante y oración constante. Literalmente saltó de alegría al escuchar de su conversión y su sumisión al cristianismo ortodoxo. Poco después, segura de que sus dones y devoción habían ardido intensamente para la gloria de Dios, supo que no viviría más. Murió a los cincuenta y seis años, cuando Agustín tenía treinta y tres.

Sus dos padres, en opinión de Agustín, hicieron hincapié en el éxito de sus estudios. Su padre no tenía motivación espiritual, sino solo una vana ambición por el avance de su hijo. Su madre creía que su estudio no obstaculizaría su conversión, sino que más bien la ayudaría. Ella estaba en lo correcto.

Luego de estudios elementales en Tagaste, del 365 al 369, estudió literatura clásica en Madaura. Así inició un amor por el lenguaje que duró toda la vida, con el que procuró la expresión adecuada de la verdad. Sus estudios previos le mostraron cuán perversamente los hombres podían usar algo tan maravilloso e intrínsecamente bueno como el lenguaje. Las palabras y la elocuencia, tan necesarias para la persuasión y la exposición, habían sufrido el abuso de representar e inculcar errores y vilezas. Más tarde, en sus Confesiones, Agustín observaría el cuidado con que los hombres cuidan las reglas de las letras y las sílabas mientras descuidan las reglas eternas de la salvación sempiterna.

Con la ayuda de un rico benefactor llamado Romanianus, Agustín se fue a Cartago en el 370 para recibir estudios avanzados de retórica. Aquí comenzó un concubinato con una mujer que duró unos trece años. Un niño, Adeodato («dado por Dios»), resultó de su unión. Al pensar en el deseo que lo condujo a esta unión, Agustín recordó: «Desde la fangosa concupiscencia de la carne y la ardiente imaginación de la pubertad, las nieblas subieron y se empañaron para oscurecer mi corazón de modo que no pude distinguir la luz blanca del amor de la niebla de la lujuria» (2.2).

Durante nueve años buscó la verdad en la secta del maniqueísmo, fascinado por su materialismo y dualismo. Ellos abordaban el problema del mal combinando el pensamiento de Cristo, Buda y Zoroastro (un sabio persa). Agustín recibió lo que le parecía un enfoque sofisticado y científico de la existencia del mal, mientras que este aparentemente respaldaba la instrucción que recibió en la infancia con respecto a la enseñanza de Cristo sobre el Reino. Finalmente descubrió que este seductor sistema sincretista no tenía nada en común con su búsqueda personal de la unidad entre la palabra y la sustancia. En cambio, los maniqueos eran «hombres que deliraban soberbiamente, carnales y habladores en demasía». Su hablar atrapaba las almas con «un arreglo con las sílabas de los nombres de Dios el Padre y del Señor Jesucristo y del Paráclito, el Espíritu Santo, nuestro Consolador. Estos nombres siempre estuvieron en sus labios, pero solo como sonidos y ruidos de lengua» (3.6).

Sus reflexiones sobre el dualismo maniqueo lo condujeron a uno de sus puntos teológicos más profundos sobre el mal. En sus Soliloquios, escritos poco después de su conversión, se dirigió a Dios como alguien que «a los pocos que huyen para refugiarse en lo que es verdadero, muestra que el mal no es nada». Ya que Dios lo creó todo, el mal no tiene una existencia independiente del bien. El mal es una privación del bien. Cuando todo el bien se va, nada existe. El mal es solo una ausencia del bien. No es una sustancia independiente que invade y contamina, sino que debe tomar algo del bien de Dios y disminuir su gloria. Las sustancias en las que reside el mal son buenas en sí mismas. El mal se elimina, no mediante la erradicación de una naturaleza contraria, como lo conciben los maniqueos, sino mediante la purificación de la cosa misma que fue corrompida. La verdad y la falsedad habitan en la misma tensión, según Agustín, porque nada es falso excepto por alguna imitación de lo verdadero.

Después de completar sus estudios, enseñó retórica en Cartago. Allí encontró una atmósfera pedagógica intolerable. Un grupo de estudiantes conocidos como los «derrocadores» interrumpían todo orden y actuaban como locos cometiendo actos escandalosos y estúpidos. Si no hubieran sido protegidos por lo que era «la costumbre», habrían sido castigados por la ley.

Para escapar de esta atmósfera destructiva, se fue a Roma en el 383. Antes del año se enteró de un puesto de enseñanza de retórica en Milán. Los términos eran atractivos; solicitó y se fue en el 384. Allí se encontró con Ambrosio, el gran predicador de la Iglesia en Milán. No encontró la retórica de Ambrosio tan brillante como la de Fausto, su maestro maniqueo, pero pronto aprendió que el verdadero poder de su discurso residía en la correspondencia de su lenguaje con la realidad verdadera y sustancial. Se convenció de que el cristianismo era defendible contra los maniqueos y se inscribió como catecúmeno, nuevamente, en la Iglesia. El neoplatonismo limpió aún más su mente del dualismo de los maniqueos, luego de un breve coqueteo con el escepticismo. Su renovado compromiso con la Escritura comenzó a llenar los espacios en blanco en su desarrollo intelectual. Las doctrinas cristianas de la creación ex nihilo, la providencia y la redención por el Dios trino satisficieron con creces los anhelos de su mente y de su corazón.

Ahora sabía que el hombre hecho a la imagen de Dios no podía encontrar un lugar de descanso para el alma fuera de la alabanza, el amor y el conocimiento de Dios. Solo Dios es quien es «amado, consciente o inconscientemente, por todo lo que es capaz de amar». Descubrió que «Tú mismo nos mueves a ello, haciendo que nos deleitemos en alabarte, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (1.1).

A los treinta y un años, se convirtió al leer Romanos 13:13-14. Escuchó a unos niños en un jardín cantando: «Toma y lee». Cuando tomó una Biblia que tenía cerca, sus ojos se centraron en las palabras del texto, lo que puso fin al ciclo de insatisfacción, convicción y búsqueda que lo había acosado por más de quince años. Fue bautizado por Ambrosio el 25 de abril del 387.

Agustín deseaba vivir en reclusión, sin poseer nada, habiendo abandonado su antigua búsqueda de placer, belleza y honor, entregándose a la contemplación de Dios por medio de las Escrituras. Intencionalmente evitó estar en una posición en la que alguna Iglesia sin obispo pusiera sus ojos en él. Fue a Hipona en el 391 con el propósito de establecer un monasterio porque en esa ciudad ya había un obispo, llamado Valerio. Sin embargo, Valerio dispuso el ordenar a Agustín como sacerdote y eventualmente como obispo en el 395.

Pasó el resto de su vida sirviendo a la gente de su parroquia como pastor y sirviendo a todo el mundo cristiano como un guía profundo hacia la verdad cristiana y la adoración pura. Sus Confesiones, una autobiografía espiritual, estableció la agenda teológica a la que dedicó sus enormes habilidades de reflexión filosófica y teológica. Sus puntos de vista sobre Cristo, la Trinidad, el pecado humano, el carácter del mal, la libre pero innata depravación de la voluntad caída, el poder y la necesidad de la gracia divina, la naturaleza de los sacramentos y la dirección de la historia humana bajo la divina providencia en un mundo caído, todo encuentra un punto de partida en las Confesiones.

Su declaración, «Dame lo que ordenas, y ordena lo que quieras» (10.29), escandalizó a Pelagio. La defensa, durante toda la vida de Agustín, de la necesidad de la gracia lo llevó a algunas de sus posiciones teológicas más profundas y controvertidas. Este aspecto del pensamiento de Agustín inspiró a la vida buena y a la teología poderosa en Anselmo, Lutero, Calvino, Jonathan Edwards y muchos otros. Articuló su punto de vista de la persona de Cristo de manera tan clara y convincente que anticipó la fórmula de los puntos de vista cristológicos ortodoxos de Calcedonia. Su notable teodicea desarrollada en la Ciudad de Dios revolucionó no solo los puntos de vista occidentales de la historia, sino que creó una dinámica para la discusión de las relaciones entre la Iglesia y el Estado que todavía hoy da frutos y suscita controversia. Si bien su defensa de la persecución de los donatistas dio muchos malos frutos, sus poderosos puntos de vista sobre la unidad de la Iglesia han dado sustancia a muchos esfuerzos evangélicos para lograr varios tipos de unidad a través de la discusión y afirmación doctrinal.

El monje Godescalco declaró hace 1200 años lo que todavía es cierto hoy: Agustín es, después de los apóstoles, el maestro de toda la Iglesia.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Tom Nettles
Tom Nettles

Tom sirvió por muchos años como profesor de teología histórica en el Southern Baptist Theological Seminary.

Testigos de la persecución

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo II

Testigos de la persecución

Por Tom Nettles 

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo II

Rústico, el prefecto de Roma, estaba tan decidido a obligar a los cristianos a obedecer los dioses romanos que les prometió una muerte extremadamente dolorosa si se rehusaban. Pero Justino Mártir, un maestro de la fe cristiana que residía en Roma en ese tiempo, resistió su acoso con una presentación calmada y firme de la verdad cristiana. Finalmente, el prefecto confrontó a Justino con una pregunta fundamental: «¿Supones entonces que ascenderás al cielo a recibir alguna recompensa?». Justino le respondió: «No lo supongo, sino que lo sé y estoy totalmente persuadido de ello».

Tan seguro estaba Justino de las verdades de la fe cristiana que podía decir con confianza: «Ninguna persona que piense correctamente se aleja de la piedad a la impiedad». Pero no siempre había estado tan seguro.

Aprendemos de su diálogo con Trifón, un inquisidor judío, que Justino nació de padres paganos en Flavia Neapolis, una ciudad de Samaria en Palestina. Estudió filosofía intensamente bajo varios maestros: un estoico, un peripatético, un pitagórico y un platonista. Aunque el platonismo le dio a Justino más satisfacción que los otros sistemas filosóficos, no le proveyó la certeza de la verdad que estaba buscando.

La conversión de Justino en el año 130 d. C. vino después de una vigorosa discusión con un cristiano experimentado. Tal conversación expuso la superficialidad de la comprensión de Justino de la verdad y lo llevó a considerar seriamente a Cristo. Consumido por un celo por conocer a los profetas y a los «amigos de Cristo», comenzó a estudiar las palabras de Jesús. Concluyó, como lo dice en sus palabras a Trifón, que la enseñanza de Cristo «era la única filosofía verdadera».

Después de su conversión, Justino estableció una «escuela» en Roma para enseñar la fe cristiana y debatir con los paganos. Procuró también hacer evangelismo entre los judíos. Sus enseñanzas le dieron una amplia notoriedad entre los intelectuales de la ciudad y le llevaron a un debate con un influyente filósofo cínico llamado Crescente. El derrotar a Crescente en este debate fue probablemente lo que condujo a su arresto y a su eventual decapitación en el año 165 d. C., inmediatamente tras el juicio de Rústico. 

La mayoría de los escritos de Justino no están disponibles para nosotros hoy. Nuestro conocimiento de su pensamiento, por lo tanto, viene de dos obras conservadas: Apología (I y II) y Diálogo con Trifón. Estas obras nos facilitan una deleitante entrada a la mente de Justino y nos muestran cómo presentó el evangelio a su cultura, dándole forma y definición a la fe de paganos y judíos.

Tres Temas Comunes 

Hay tres características que son comunes al testimonio de Justino tanto a los paganos como a los judíos. Lo fundamental de todo es la regla de la fe, es decir, los aspectos históricos de la misión redentora de Jesús.. En segundo lugar, el cumplimiento de Jesús de la profecía del Antiguo Testamento encuentra aplicación apropiada e ingeniosa para las muy diferentes audiencias de Justino. En tercer lugar, Justino presenta claramente a Jesús como el eterno Hijo de Dios, digno de adoración, y desde Su encarnación, un verdadero hombre. En todas sus presentaciones, Justino sostiene la Escritura como la más alta y única inerrante autoridad, incapaz de contradicción. Su apego profundo a las doctrinas del cristianismo, por las cuales está dispuesto a morir, le da poder a su enérgica defensa.  

Por ejemplo, Justino presenta repetidamente los eventos de la vida de Cristo ante Trifón como virtualmente auto-evidentes de Su mesianismo. «Pero si Juan llegó como precursor —señala Justino— exhortando a los hombres a que se arrepientan, y luego llegó Cristo …y predicó el evangelio en persona, afirmando que el Reino de los cielos es inminente, y que tenía que sufrir mucho en manos de los escribas y fariseos, y ser crucificado, y levantarse otra vez al tercer día, y aparecer nuevamente en Jerusalén para comer y beber con Sus discípulos», estos hechos en sí mismos muestran que Él cumple todas las profecías y tipos del Antiguo Testamento. Justino cita y ofrece exposición de grandes porciones de la profecía para demostrar que en la aparición de Cristo en el mundo, Sus enseñanzas, Sus sanaciones, Sus sufrimientos y muerte, Su resurrección y ascensión, y Su promesa de venir otra vez, solo Él podía cumplir las profecías del Antiguo Testamento. 

Estos mismos hechos del evangelio sirvieron a Justino para argumentar tanto la claridad y la antigüedad de la verdad en el cristianismo como la vaguedad del paganismo y la filosofía griega.  Aunque Justino concede demasiado al decir que «los que han vivido por la razón son cristianos», incluyendo a varios de los antiguos filósofos griegos, su punto es que cualquier verdad real que hayan descubierto se hace más clara en la persona, enseñanzas y obra de Cristo. «Por  todo lo que se ha dicho —argumentó Justino insistentemente— un hombre inteligente puede entender por qué, a través del poder de la Palabra, de acuerdo con la voluntad de Dios, el Padre y Señor de todo, Él nació como hombre de una virgen, se le puso por nombre Jesús, fue crucificado, murió, resucitó y ascendió a los cielos» (Apología, 46). La aparición de Cristo en la tierra para hablar las palabras que el Padre le dio y para llevar a cabo la tarea redentora que el Padre le asignó, así como Su cumplimiento de todo lo que los profetas dijeron sobre Él, le da credibilidad superior a todas las enseñanzas del cristianismo.

Argumentos para los paganos 

Justino usó algunos argumentos especialmente diseñados para confrontar el paganismo. Uno era su insistencia en la superioridad moral del cristianismo. Él usa muchos ejemplos de la crudeza de la cultura pagana, de cómo excusan injustamente sus abominaciones y cómo hipócritamente acusan a los cristianos de crímenes morales de los cuales ellos mismos son los verdaderos perpetradores.  Escribe: «Nosotros los que antes nos deleitabamos en las impurezas, ahora nos aferramos a la pureza» porque «nos consagramos al buen e inconcebido Dios» (Apología, 14).  Los dotados artesanos que hacían dioses paganos son «hombres licenciosos… experimentados en todo vicio conocido», quienes «hasta deshonran a las doncellas que trabajan con ellos». ¡Qué estupidez! Las enseñanzas de Cristo, citadas abundantemente por Justino, muestran la clara superioridad moral del cristianismo y también lo absurdo de las acusaciones falsas presentadas contra los cristianos.

La determinación de los cristianos de escapar de la contaminación mundana y revertir los estándares aceptados de crueldad e irrespeto por la vida, aunque provocan la ira del mundo en el proceso, muestra que su entendimiento moral está fundamentado en la verdad eterna.

Justino también argumentó que el cristianismo se destingue en la claridad de la verdad. Ridiculizó la ingenuidad y criticó la inconsistencia de los griegos que recibían, sin prueba, las enseñanzas de que, cuando se trataba sobre Cristo con mayor amplitud y con demostración histórica, lo condenaban como un absurdo. Justino se aprestó a demostrar que el absurdo pertenecía a los paganos porque la verdad estaba en Jesús.

En el argumento de Justino, la prueba consiste de tres elementos: realidad histórica, cumplimiento de la profecía y argumentos superiores. Primero, el cristianismo se deleita en la irreducible realidad de sus eventos históricos. No existe evidencia histórica o documentación para las fábulas que se cuentan de Zeus, Júpiter, Minerva y demás. Aun si existiera evidencia histórica, sería inservible ya que esas deidades no inspiran o redimen la humanidad sino que la brutalizan y la degradan. No obstante, la certeza de las acciones y las palabras de Jesús va mucho más allá de todo cuestionamiento, como materia de documentación y como tema recordado en las comunidades cristianas.   

Segundo, el cumplimiento de la profecía de Jesús, como ya se mencionó, fue dominante, preciso e imposible de inventar. El mundo estaba cuidadosamente preparado para Su venida a través de las Escrituras del Antiguo Testamento. Juan el Bautista la anunció inmediatamente antes de Su aparición, y Jesús reclamó ser el cumplimiento de todas las profecías. Estos hechos muestran que Él nos da verdadero conocimiento de Aquel que creó el mundo, lo sostiene, conoce todas las cosas y da tanto recompensas como castigos eternos de acuerdo con los principios de justicia inefable. 

Tercero, por causa de que Jesús es la manifestación histórica de la verdad, y no hay verdad que Él no haya originado, todo lo que es verdadero tiene su fundamento en Cristo. Justino argumentaba que todo lo que fue correctamente planteado por los filósofos vino como resultado de la contemplación seria y dificultosa de «alguna parte del Logos». Por causa de que no podían contemplar la «Palabra completa», aun cuando hablaban bien, algunas veces se contradecían a sí mismos y siempre sabían que hablar de Dios era un asunto difícil. Cristo, sin embargo, habló con amplitud, precisión absoluta y confianza total. Sus palabras provenían de Su propio poder, que surgiendo del entendimiento intrínseco y divino. Nadie está dispuesto a morir por Sócrates o Heráclito. Pero por la causa de Cristo, no solo el educado y filosófico, sino también el obrero, los esclavos y el inculto, no solo menosprecian toda gloria, sino que tampoco le temen a la muerte. 

Justino argumentó de forma convincente contra los principios dominantes de varios sistemas filosóficos, mostrando la absurdidad a la que conducían. Tales fueron sus interacciones con el cinismo y el estoicismo, así como sus claras opiniones sobre los epicúreos y de gran número de poetas obscenos.  A pesar de su gran respeto por el platonismo, lo veía como inadecuado, porque la «simiente de algo y su imitación …es una cosa, pero la cosa misma, que es compartida e imitada de acuerdo a Su gracia, es totalmente otra».  

El propósito de Justino no era puramente defensivo ante el paganismo, sino que «de modo que si fuera posible, llegaran a convertirse». Concluyó su segunda apología con la plegaria de que «los hombres de toda nación consideren conveniente el recibir la verdad». 

Argumentos para los judíos 

La presentación de Justino a los judíos tenía mucho del mismo contenido teológico pero el contexto y empuje de sus argumentos eran diferentes. No obstante, su celo por la evidencia permaneció intacto. Él le dice a Trifón: «Te probaré, aquí y ahora, que no creemos en mitos infundados ni en enseñanzas que no estén basadas en la razón, sino en doctrinas que son inspiradas por el Espíritu Divino, abundantes de poder y llenas de gracia».  

Justino compartió con su audiencia judía la creencia en la revelación divina, en la inspiración del Antiguo Testamento, en la unidad de Dios y en la promesa de un Mesías. Sin embargo, de varias maneras infinitamente importantes, vió el cristianismo como superior. Los cristianos tienen un entendimiento preciso del significado del Antiguo Testamento porque perciben su tipología (tales como el Éxodo, la serpiente en el desierto, el sistema de sacrificios, la redención de Rahab y así sucesivamente) como cumplida en Cristo. Saben que la circuncisión es cumplida en la circuncisión del corazón. La profecía es clara para ellos porque la ven en el contexto de los eventos de la vida de Cristo. Su conocimiento del pacto es más completo porque son los recipientes del nuevo pacto prometido en el antiguo. Y mantienen un conocimiento más maduro de Dios porque conocen al Ungido, el verdadero Hijo de Dios, cuyo engendramiento asegura que Él es de una naturaleza con el Padre y por lo tanto es digno de adoración. 

Después de laborar con profundo denuedo e intensidad para convencer a Trifón y a sus amigos de la verdad de la obra de Cristo para la redención de los pecadores, Justino cerró su diálogo con estas palabras: «Les ruego que pongan todo su esfuerzo en esta gran lucha por su propia salvación, y que abracen al Cristo del Dios Todopoderoso en lugar de a sus maestros». 

De la misma manera, nuestra pasión por la verdad también debe incluir una preocupación por las almas.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Tom Nettles
Tom Nettles

Tom sirvió por muchos años como profesor de teología histórica en el Southern Baptist Theological Seminary.