La pregunta fundamental

Ministerios Ligonier

La pregunta fundamental

Serie:  La doctrina de la justificación

Por W. Robert Godfrey

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La doctrina de la justificación.

Y así como está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio (Heb 9:27).

Estas impactantes palabras de la carta a los hebreos son casi incidentales a su enseñanza sobre la obra de Cristo, pero deberían alentar al hombre moderno a una reflexión minuciosa. Hoy en día se cuestiona cada parte de esa declaración, aunque los cristianos y la mayoría de los paganos del mundo antiguo la veían como algo evidente. Hoy muchos dudan que algo suceda después de la muerte y más aún de un juicio venidero. Algunos incluso dudan de la realidad de la muerte, llamándola una ilusión. Algunos ciertamente rechazan la existencia del Dios que establece un tiempo para morir, juzga a los muertos o que tiene un estándar moral por el cual juzgarlos.

Sin embargo, para los cristianos, la realidad de Dios, de la muerte y del juicio es una convicción firme. Así que, debemos preguntarnos a nosotros mismos y a los demás: ¿cómo seremos juzgados? Sabemos que el estándar moral por el cual el Dios santo nos evaluará es Su propia ley perfecta. También sabemos por nuestras propias conciencias y por la ley de Dios que como pecadores no podemos permanecer a la luz de la santidad de Dios. La respuesta adecuada a esta situación es decir con Isaías: «¡Ay de mí! Porque perdido estoy, porque soy hombre de labios inmundos… porque han visto mis ojos al Rey, el SEÑOR de los ejércitos» (Is 6:5).

Como pecadores, no podremos sostenernos en el juicio por nuestra propia justicia así como un leproso no puede sanar su propia lepra. ¿Quién limpiará, quién salvará, quién tomará nuestro lugar en el juicio? La respuesta a esta pregunta se encuentra en la doctrina cristiana de la justificación, la doctrina de la reconciliación con Dios. Pablo explica esta doctrina de manera más completa en su carta a los romanos, pero se enseña de varias maneras a lo largo de la Biblia. Así como Pablo usa imágenes de la sala de un tribunal para explicar la justificación, Hebreos usa imágenes del templo. Al tratar el sacerdocio de Jesús, Hebreos muestra cómo los pecadores se podrán sostener en el juicio: «Una sola vez en la consumación de los siglos, [Jesús] se ha manifestado para destruir el pecado por el sacrificio de sí mismo» (9:26).

¿Los pecados de quién destruyó Cristo? Obviamente no fueron los Suyos. Hebreos declara repetidamente que Él no tuvo pecado. Él «ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado» (4:15).

Porque convenía que tuviéramos tal Sumo Sacerdote: santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores y exaltado más allá de los cielos, que no necesita, como aquellos sumos sacerdotes, ofrecer sacrificios diariamente, primero por sus propios pecados… ¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios? (7:26-27; 9:14).

John Murray resume de manera deslumbrante la pureza perfecta de Cristo: Cristo tiene «una justicia en la cual la omnisciencia no puede hallar mancha, ni la santidad perfecta halla falta».

Entonces, ¿murió Cristo por todos los pecados de todas las personas? Nuevamente, la respuesta es no. Hebreos 9:28 declara claramente: «Cristo, habiendo sido ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos, aparecerá por segunda vez». Aquí hay claramente un eco de la gran profecía mesiánica: «llevando Él el pecado de muchos» (Is 53:12). Jesús no murió por los pecados de todos, Él murió por los pecados de Su pueblo: «Por tanto, tenía que ser hecho semejante a sus hermanos en todo, a fin de que llegara a ser un misericordioso y fiel sumo sacerdote en las cosas que a Dios atañen, para hacer propiciación por los pecados del pueblo» (Heb 2:17). Su sacrificio erradicó la ira de Dios hacia los pecados de Su pueblo.

La perfección de este sacrificio de Cristo se vuelve perfectamente nuestra: «Porque por una ofrenda Él ha hecho perfectos para siempre a los que son santificados» (Heb 10:14; ver también 7:11, 28). Aunque Hebreos no examina explícitamente la doctrina de la imputación plena de la justicia de Cristo como lo hace Pablo, su enseñanza sobre nuestra perfección en Cristo la enseña implícitamente. ¿Qué perfección poseemos ahora? No la perfección de la santificación completa ni la glorificación completa, sino la perfección de la justicia perfecta acreditada a nosotros por la misericordia de Cristo. Es en este sentido que Hebreos también describe a los cristianos como purificados: «¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, purificará vuestra conciencia de obras muertas para servir al Dios vivo?» (9:14) y «Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, teniendo nuestro corazón purificado de mala conciencia» (10:22). Esta pureza se presenta como completa y definitiva: «Y según la ley, casi todo es purificado con sangre, y sin derramamiento de sangre no hay perdón» (9:22). La sangre de Jesús, que trae el perdón total de los pecados, ha purificado a Su pueblo. Nuevamente, por implicación vemos aquí la imputación de la justicia pura de Cristo.

El pueblo de Dios recibe los beneficios de la obra perfecta de Cristo como un regalo de Dios, es decir, por gracia. Una forma en que podemos ver esto aquí en Hebreos es en la cita de Jeremías 31 sobre el nuevo pacto que aparece como un paréntesis en la discusión de la obra de Jesús como Sumo Sacerdote. Si bien Jeremías 31 se enfoca mayormente en el cumplimiento de la redención a través del sacrificio de Cristo, el verso 33 —también citado en Hebreos 8:10 y 10:16— declara que la aplicación de la redención es obra de la gracia de Dios: «Pondré mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré». Las promesas de que Dios obrará para aplicarnos la redención son las mejores promesas, las que están más llenas de gracia y sobre las cuales se basa el nuevo pacto en Cristo (Heb 8:6).

Este don se recibe por medio de la fe. Una vez más, Hebreos no expresa la verdad de «la fe sola» en términos paulinos, sino que la explica en sus propias palabras. Aquellos que han recibido la bendición de tener sus pecados perdonados, en fe «ansiosamente le esperan» a que regrese (9:28). Su «confianza» es fruto de la fe (10:19), como también lo es su «plena certidumbre de fe» (v. 22). Viven su fe, por la que recibieron la misericordia de Cristo.

El efecto de las verdades de Cristo solo, la gracia sola y la fe sola es que llenan de confianza a los cristianos. El llamado a la confianza en Hebreos es recurrente y fuerte (p. ej., 4:16; 10:19; 11:1; 12:1-3, 22-24). Sin embargo, bien podríamos preguntarnos si el mismo Hebreos no fomenta cierta incertidumbre. A veces, Hebreos parece promover la ansiedad y la incertidumbre en la vida cristiana. Por ejemplo: «Porque si continuamos pecando deliberadamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio alguno por los pecados» (10:26). Pero esta es una advertencia contra cualquier descuido o indiferencia al vivir la vida cristiana. Esta advertencia es realmente una exhortación hacia el cuidado y la consideración y, de hecho, una reiteración de la certeza:

Por tanto, no desechéis vuestra confianza, la cual tiene gran recompensa. Porque tenéis necesidad de paciencia, para que cuando hayáis hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa… Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para la preservación del alma (vv. 35-36, 39).

Podemos estar seguros de que Aquel que comenzó en nosotros la buena obra la perfeccionará porque Jesús es «el autor y consumador de la fe» (12:2).

El efecto de la doctrina de la justificación, tal como se presenta en Hebreos y en toda la Biblia, también ocasiona un efecto profundo en nuestra comprensión sobre la iglesia y refuerza fuertemente la doctrina de la Reforma sobre la iglesia. Tras la obra de nuestro Gran Sumo Sacerdote en Su sacrificio, la iglesia no tiene necesidad de otros sacerdotes ni de otros sacrificios. El sacrificio de Jesús en la cruz fue el sacrificio definitivo hecho de una vez para siempre (9:26, 28; 10:10, 12, 14, 18), poniendo fin a los sacrificios por el pecado y al sacerdocio. La Iglesia católica romana en su doctrina de la justificación y de la misa, así como en su ministerio y liturgia, es condenada por Hebreos 9 y 10. Roma trata de exculparse diciendo que sus sacerdotes ofrecen el mismo sacrificio único de Cristo, pero dado que cada misa es propiciatoria (que satisface la ira de Dios), Roma no puede dar cuentas de la clara enseñanza sobre la completa y definitiva obra de Cristo en la cruz que encontramos aquí en Hebreos.

El gran ministerio de la iglesia no es ofrecer sacrificios propiciatorios sino enseñar la Palabra de Dios. El Nuevo Testamento en general y Hebreos en particular enfatizan la centralidad de la Palabra de Dios para la vida del cristiano y para el ministerio de la iglesia (p. ej., 1:1-2; 2:1-3; 3:7-4:12), resumido en Hebreos 13:7, que dice: «Acordaos de vuestros guías que os hablaron la palabra de Dios».

Ciertamente está establecido que el hombre muera una vez y después el juicio. La buena noticia del evangelio es que antes de morir y enfrentar el juicio, podemos saber que Jesús murió para destruir nuestros pecados y para purificarnos y perfeccionarnos en Su justicia, y que podemos vivir en paz y en la confianza (pero no con presunción) de que nuestra salvación está resuelta y consumada solo en Jesucristo. Nos habremos de sostener en el juicio porque Jesús ha hecho por nosotros todo lo necesario para cumplir y aplicarnos la salvación.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
W. Robert Godfrey
El Dr. W. Robert Godfrey es presidente de la junta directiva de Ligonier Ministries, maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries, y presidente emérito y profesor emérito de historia de la iglesia en el Westminster Seminary California. Es el maestro destacado de la serie de seis partes de Ligonier: A Survey of Church History y autor de varios libros, entre ellos An Unexpected Journey y Learning to Love the Psalms.

Fuera de este mundo

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo III

Fuera de este mundo

Por W. Robert Godfrey 

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo III

Toma y lee». Agustín escribió en sus Confesiones (400 d. C.) que había escuchado tales palabras detrás de la pared de su jardín mientras estaba sentado allí leyendo. Tomó una copia de la carta de Pablo a los Romanos que tenía a la mano y sus ojos se fijaron en este texto: «Andemos decentemente, como de día, no en orgías y borracheras, no en promiscuidad sexual y lujurias, no en pleitos y envidias; antes bien, vestíos del Señor Jesucristo, y no penséis en proveer para las lujurias de la carne» (Rom 13:13-14).

Agustín estaba convencido intelectualmente de la verdad del cristianismo antes de este famoso incidente en su vida. Pero se dio cuenta que no tenía dominio propio sobre sus deseos sexuales. Sabía el tipo de cristiano que quería ser, pero sentía que su voluntad no cooperaba. Dijo que al leer las palabras de Pablo en Romanos, se convirtió moralmente y fue capacitado para vivir como cristiano a partir de ese momento.

Esta parte de la conversión de Agustín es bien conocida. Lo que no es tan conocido es el título del libro que estaba leyendo cuando escuchó la voz. Él leía la Vida de San Antonio (c. 360) de Atanasio. Este libro ilustra el concepto de la santidad que Agustín persiguió y que en gran medida llegó a influir en el cristianismo.

Demasiado enfoque en la santificación puede llevar al legalismo.

Antonio Abad (c. 251-356) fue uno de los primeros defensores y ejemplo de la vida ascética1 en Egipto, uno de los primeros centros de ascetismo. Antonio Abad abrazó la visión ascética del cristianismo alrededor del año 269. Lo practicó rigurosamente, viviendo como un ermitaño por cerca de 20 años (285-305) y luego formando una comunidad monástica poco organizada.

Antonio Abad creía que su vida ascética era la vida que Cristo y sus apóstoles vivieron. Su autonegación era una nueva forma de martirio por Cristo. Atanasio resume de esta manera el consejo que Antonio Abad le dio a otros ascetas: «Para todos los monjes que vinieron a él, él siempre tuvo el mismo mensaje: tener fe en el Señor y amarlo; para protegerse de los pensamientos lascivos y los placeres de la carne, y, como está escrito en Proverbios, no ser engañados por «la alimentación del vientre», huir de la vanidad y orar constantemente, cantar canciones santas antes y después de dormir, y tomar en serio los preceptos de las Escrituras; tener en cuenta las obras de los santos, para que el alma, siempre consciente de los mandamientos, pueda ser educada por su ardor».

¿Cuál fue la visión ascética del cristianismo que surgió en Egipto e influiría en la mayoría de los cristianos serios, no solo a finales de la Antigüedad sino también a través de la Edad Media y en los tiempos modernos? El cristianismo ascético deriva su nombre de la palabra griega askeo, que significa «entrenar» o «ejercitar». Su significado original se refiere al entrenamiento de los atletas. La visión ascética del cristianismo que encontramos en Antonio Abad, Atanasio y Agustín representa un compromiso radical con la santidad. Querían más que la vida cristiana ordinaria. Querían la vida disciplinada de un atleta espiritual. Querían perseguir la perfección.

Los ascetas hablaron de ir más allá de los mandamientos de Dios que se aplicaban a todos los cristianos. Trataron de cumplir lo que llamaban «los consejos de la perfección» o «los consejos evangélicos». En otras palabras, creían que Jesús había dado consejos que no eran vinculantes para todos los cristianos, pero que ayudarían a aquellos que querían ser especialmente serios en su búsqueda de la santidad. Llegaron a resumir esos consejos en tres puntos: pobreza, castidad y obediencia a los superiores eclesiásticos. Se negaron a sí mismos la propiedad y la familia para vivir una vida siguiendo las prácticas ascéticas de sus comunidades.

El apasionado deseo por la santidad llevó a muchos de los primeros ascetas a buscar la vida solitaria del ermitaño. Vivían solos la mayor parte del tiempo, a menudo en lugares remotos donde creían que luchaban contra demonios. A veces, su abnegación era tan extrema que arruinaban su salud o se volvían locos. Estos extremos de la vida eremita llevaron a muchos a creer que los ascetas estarían mejor en algún tipo de comunidad. Antonio Abad estableció un tipo de visión de comunidad: una comunidad con mucho espacio para las devociones y la disciplina individuales. Pero pronto empezó a surgir otra forma de comunidad mucho más organizada.

Nuevamente, Egipto fue pionero en la forma de vida monástica llamada cenobítica (de una palabra griega que significa «vivir juntos»). El egipcio más influyente en el establecimiento de esta forma de vida ascética fue un hombre llamado Pacomio (c. 290-346). Pacomio fue un soldado antes de adoptar la vida ascética, por lo que llevó al monasticismo la cuidadosa y detallada organización de un campamento militar. A partir de alrededor del año 320 comenzó a establecer monasterios con este modelo y este tipo de monasticismo se volvió dominante tanto en las iglesias de Oriente como en las de Occidente. Estas comunidades estrictamente estructuradas dejaron poco espacio para la individualidad. El día a menudo se dividía en momentos para la oración y el culto comunitarios, para trabajar en apoyo de la comunidad y para dormir. Tomaban las comidas juntos y con frecuencia un monje leía la Biblia mientras los demás comían en silencio.

La Reforma del siglo XVI rechazó la visión ascética del cristianismo de manera tan decisiva que a muchos protestantes de hoy les resulta difícil entender qué pudo haber tenido de atractiva. Tendemos a descartarla como legalista, farisaica, negadora de la creación y antibíblica. Creo que esas críticas son precisas. Sin embargo, aquellos que adoptaron el ascetismo, lo vieron como la vida cristiana más devota y disciplinada en la búsqueda de Dios y la santidad. A veces pienso que lo que hace que la vida ascética sea tan incomprensible es nuestra actual indiferencia a la santidad.

Los cristianos han seguido la vida cristiana entendiendo que buscan vivir para Cristo en un mundo en el que los efectos del pecado se manifiestan de tres maneras distintas. Primero, el pecado nos hace culpables ante Dios y nos exige una vida en la que el veredicto de culpabilidad pueda revertirse. Segundo, el pecado nos deja corruptos en nosotros mismos y nos exige una vida renovada para la búsqueda de la santidad. Tercero, el pecado nos deja en un mundo de miseria y nos exige que busquemos aliviar a los demás de esa carga de miseria. El pecado nos lleva a buscar la justificación en respuesta a nuestra culpa, la santificación en respuesta a nuestra corrupción y la transformación en respuesta a la miseria del mundo.

La dificultad que los cristianos han enfrentado ha sido el hallar un equilibrio adecuado para estos asuntos. El peligro está en que uno tienda a dominar a los demás de una manera poco sana. Demasiado enfoque en la justificación puede llevar al antinomianismo. Demasiado enfoque en la transformación puede llevar al liberalismo. Demasiado enfoque en la santificación puede llevar al legalismo. El tipo de ascetismo que surgió en Egipto constituyó una seria preocupación por la santificación que fue demasiado lejos y que utilizó métodos no bíblicos. Pero el deseo de los ascetas por la santidad debería inspirarnos.

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1 El ascetismo es la enseñanza de que la espiritualidad se alcanza mediante la renuncia a los placeres físicos y los deseos personales mientras se concentra en asuntos «espirituales». (Stanley Grenz, David Guretzki, and Cherith Fee Nordling, Pocket Dictionary of Theological Terms (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1999), 16.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
W. Robert Godfrey
W. Robert Godfrey

El Dr. W. Robert Godfrey es presidente de la junta directiva de Ligonier Ministries, maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries, y presidente emérito y profesor emérito de historia de la iglesia en el Westminster Seminary California. Es el maestro destacado de la serie de seis partes de Ligonier: A Survey of Church History y autor de varios libros, entre ellos An Unexpected Journey y Learning to Love the Psalms.

Comprendiendo el concepto “ser humano”

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Comprendiendo el concepto “ser humano”

W. Robert Godfrey

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie «Definiendo el ser humano«, publicada por la Tabletalk Magazine.

Vivimos en un mundo donde hay mucha crueldad y violencia. Ya sea que estemos viendo las noticias locales o internacionales en la televisión, escuchamos de instancias incontables de intimidación, injusticia, asaltos, golpizas, asesinatos y guerras. En algunos lugares parece que la violencia es un estilo de vida; en otros parece que erupciona inesperadamente en lugares pacíficos. ¿Cómo explicamos esta violencia?

Hoy muchos reclaman que la violencia realmente no surge del corazón humano, sino que es el resultado de condiciones sociales externas. Si podemos mejorar el ambiente social, según ellos, la bondad esencial del hombre se manifestará por sí misma. Muchos otros aducen que la violencia es el resultado del desarrollo evolutivo del hombre y que era necesaria en su afán por sobrevivir como animal. Ninguna de estas posturas son bíblicas o en última instancia, útiles para comprender la violencia que observamos en nuestro mundo.

Como cristianos debemos tener cuidado de no justificarnos en nuestra reacción contra aquellos que deshumanizan a la gente.
Los cristianos entendemos que los seres humanos fueron creados buenos, pero que cayeron en pecado y rebelión contra Dios y separación entre sí. Fuera de la gracia redentora y renovadora de Dios, el hombre caído solo halla violencia en su corazón. David expresa esta verdad elocuentemente cuando escribe sobre la actitud de Dios hacia el malvado: “Los que se ensalzan no estarán delante de tus ojos; aborreces a todos los que hacen iniquidad. Destruyes a los que hablan falsedad; el Señor abomina al hombre sanguinario y engañador” (Sal. 5:5-6).

En este pasaje, David resalta tres características claves de los inicuos. Primero, son arrogantes y orgullosos. Se atribuyen mucho más valor e importancia que lo que merecen, no reconociendo la superioridad de Dios sobre ellos. Segundo, están llenos de mentira y engaño. Viven según las falsedades que inventan en vez de vivir según la verdad de Dios. Tercero, son sanguinarios y violentos. En su orgullo y auto-engaño, están dispuestos a usar de la crueldad para su propio progreso en vez de procurar el amor y la paz.

Al principio en Génesis, vemos un cuadro de esta iniquidad en acción. Caín mata a su hermano Abel por causa de su egoísmo (Gn. 4:8). El tataranieto de Caín, Lamec, también muestra este egoísmo: “Y Lamec dijo a sus mujeres: Ada y Zila, oíd mi voz; mujeres de Lamec, prestad oído a mis palabras, pues he dado muerte a un hombre por haberme herido, y a un muchacho por haberme pegado” (vv 23).

El sentido egoísta de superioridad que vemos en Caín y Lamec, puede ser visto de muchas maneras a través de la historia. Considere este juicio sobre la actitud que fue fundamental en el imperio británico:

El imperio británico no fue liberal en el sentido de ser una sociedad democrática plural. El imperio repudiaba abiertamente las filosofías de igualdad entre los hombres y puso el poder y la responsabilidad en las manos de una élite selecta extraída de una ínfima proporción de la población británica. El imperio británico no solo fue meramente no democrático; fue antidemocrático…. Mi argumento es que en términos de administración, mientras que hubo claramente una gran dosis de arrogancia entre la clase administrativa como un todo, por igual las nociones de clase y jerarquía fueron de igual importancia, si no mucho mayor (Kawasi Kwarteng, Fantasmas del Imperio, p. 2).

Así como parecía que Caín y Lamec mostraban su poder basado en egoísmo, otros individuos malvados procuran justificar su violencia. De algún modo u otro, aducen que las víctimas de su violencia en algún modo son inferiores o menos humanas que lo que son. Puedo justificar la violencia contra aquellos que no son como yo: no son parte de mi familia, de mi vecindario, mi tribu, mi nación, mi raza o de mi religión.

La justificación malvada de la violencia pudiera bien caer en su punto más bajo cuando apela a la ciencia. Notamos esto en una manera particularmente clara en el movimiento nazi de la Alemania del siglo XX. El carácter y la fachada histórica del nazismo es complicado, pero un elemento importante de su ideología fue su uso de la ciencia. En particular, se valía de la teoría de la evolución. Si la evolución enseña la sobrevivencia del más fuerte a expensas del más débil, tienesentido que las razas más fuertes dominen las razas inferiores. Los científicos nazis juraban contar con los medios científicos para distinguir entre razas y para probar la superioridad de la raza ariana sobre otras, particularmente sobre la judía y la eslava. Hoy sabemos que la ciencia nazi fue falsa, pero en su momento convenció a muchos, incluyendo a algunos de los científicos más educados. Parece ser que la ideología nazi es una extensión lógica de la evolución.

Un distinguido historiador escribió sobre el ámbito intelectual que allanó el camino para el nazismo: “El nacionalismo integral, el socialismo ‘nacional’ antimarxista, el darwinismo social, el racismo, el antisemitismo biológico, la eugenesia y el elitismo se entremezclan con varias fortalezas para proveer un embriagador brebaje de irracionalismo atractivo a algunos pesimistas de la cultura entre la élite intelectual y burguesía de sociedades europeas que atravesaban un súbito cambio social, económico y político al final del siglo XIX” (Ian Kershaw, Hitler, p. 134). Pero ¿fueron realmente irracionales el darwinismo social y la eugenesia para los evolucionistas?

Los líderes nazis aplicaron dicho darwinismo a la política. Adolfo Hitler declaró: “La política no es más que el afán de un pueblo por su existencia…. Es un principio de hierro [—] el más débil cae de modo que el más fuerte gana vida” (Kershaw, p. 289). Heinrich Himmler llegó a prever una “batalla al punto de la aniquilación de aquellos enemigos subhumanos que mencioné a través del mundo contra Alemania como la nación central de la raza nórdica…. contra Alemania como la portadora de la cultura por la humanidad” (Peter Longerich, Heinrich Himmler, 814).

Los nazis querían apoderarse de las propiedades judías y expulsarlos de Alemania. Querían sacar a los eslavos fuera de la Europa Oriental y expropiar su tierra. Basado en una sed de poder egoísta, incitaron una espantosa violencia contra los judíos y eslavos, usando una justificación científica que deshumanizó a estos pueblos. Millones de judíos y eslavos perecieron.

La justificación “científica” de la esclavitud también descansaba en nociones de superioridad racial. La esclavización de africanos de color en siglos recientes fue justificada por el alegato de que eran racialmente inferiores a los europeos y americanos blancos. Algunos aún alegaban que la esclavitud era una institución civilizadora y cristiana. En realidad, fue una institución violenta promovida a favor de los intereses de la mano de obra barata. Nuevamente aquí observamos las justificaciones tanto científica como moral a favor de una práctica violenta y deshumanizante.

En nuestros días, la justificación del aborto yace de manera similar en argumentos “científicos” que proclaman que el bebé nonato es meramente tejido subhumano. Los proponentes del aborto insisten en que ellos están simplemente ejercitando su libertad legítimamente. Sin embargo, realmente han deshumanizado al nonato para justificar su eliminación de los embarazos no deseados.

En estas tres instancias, vemos que hombres malvados usan la mala ciencia para proferir juicios morales y religiosos como si fueran conclusiones científicas objetivas. El problema real no es la ciencia, sino el abuso de la ciencia. El horrendo efecto de estas justificaciones pseudocientíficas es violencia deshumanizante que nace del egoísmo.

Estas justificaciones científicas de violencia se apoyan en la reducción de algunos o de todos los humanos al estatus de animales. El salmista anticipó esta trágica situación de una manera notable. El Salmo 49 es dirigido a todos los pueblos del mundo a fin de enseñarles sabiduría y entendimiento. Aquí la enseñanza de sabiduría comienza con meditar en la realidad universal de la muerte. Si la muerte es la misma tanto para el necio como para el sabio, para el pobre como para el rico, para el débil como para el poderoso, ¿qué significado realmente tiene la vida? “Mas el hombre, en su vanagloria, no permanecerá; es como las bestias que perecen” (Sal. 49:20). A la postre, sólo la sabiduría real o el entendimiento diferencia al hombre de las bestias. La verdad es que solo Dios puede salvar a Su pueblo de la muerte y darle vida sempiterna: “Pero Dios redimirá mi alma del poder del Seol” (vs 15).

Como cristianos debemos tener cuidado de no justificarnos en nuestra reacción contra aquellos que deshumanizan a la gente. Hay cristianos que fueron influenciados por Hitler y otros que defendían la esclavitud. No debemos deshumanizar a aquellos con los cuales no estamos de acuerdo. Especialmente queremos poner en claro a los que han defendido los abortos o que han tenido abortos, que todo aquel que viene a Cristo en arrepentimiento y fe, encuentra perdón.

Así como David describió al malvado de manera tan perspicaz en el Salmos 5, también mostró el carácter del justo que todos debemos procurar: “Mas yo, por la abundancia de tu misericordia entraré en tu casa; me postraré en tu santo templo con reverencia” (Sal. 5:7). Como cristianos, desviamos nuestra atención de nosotros mismos, esperanzados solo en el amor inquebrantable salvífico de Dios en Jesús. Luego, en vez de ufanarnos en nuestro orgullo y egoísmo, nos inclinamos humildemente ante nuestro Dios. Este es el antídoto para la deshumanización y violencia de nuestro mundo.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

W. Robert Godfrey

El Dr. W. Robert Godfrey es presidente de la junta directiva de Ligonier Ministries, maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries, y presidente emérito y profesor emérito de historia de la iglesia en el Westminster Seminary California. Es el maestro destacado de la serie de seis partes de Ligonier: A Survey of Church History y autor de varios libros, entre ellos An Unexpected Journey y Learning to Love the Psalms.