Primero, nuevo nacimiento; luego, fe

Palabra de Vida Almería

Will Graham

Primero, nuevo nacimiento; luego, fe

Algunos dicen que la fe precede la regeneración. Otros afirman exactamente lo contrario. ¿Primero fe, luego regeneración? ¿O primero regeneración, luego fe?

Antes que nada, sería importante definir los dos términos teológicos a los que aludimos. Emplearemos las definiciones del teólogo Wayne Grudem. Por un lado, la fe se trata de una “confianza o dependencia en Dios basada en el hecho de que le tomamos a su palabra y creemos lo que Él ha dicho”. Por el otro, la regeneración es un “acto secreto de Dios en el que nos imparte nueva vida espiritual; a veces se le llama ‘nacer de nuevo’”.1

Así qué, ¿qué sucede primero: el creer la palabra de Dios (fe), o la nueva vida que Dios nos concede (regeneración)?

Para contestar cualquier pregunta, hace falta recurrir a la autoridad de la Palabra de Dios. El gran peligro para nosotros como seres humanos es el de basar nuestro entendimiento teológico en nuestro raciocinio. Tendemos a acercarnos a cualquier asunto doctrinal con convicciones fundamentadas en nuestra experiencia; pero la doctrina protestante de la Sola Scriptura nos enseña que todas las voces y opiniones humanas (incluso las nuestras) se tienen que someter a las declaraciones de la Sagrada Escritura.

Por lo tanto, ¿qué vemos en la Biblia al respecto?

¿Qué dice el Antiguo Testamento?

A pesar de que algunos creen que la doctrina del nuevo nacimiento solamente se da a conocer en el Nuevo Testamento, la verdad es que Dios ya enseñó a su pueblo acerca de la regeneración en los días del Antiguo Testamento. Por eso Jesús, cuando quería explicar la doctrina del nuevo nacimiento a Nicodemo, le preguntó: “Tú eres maestro de Israel, ¿y no entiendes estas cosas?” (Jn. 3:10).

Algunos ejemplos sacados del Antiguo Testamento son los siguientes:

“Les daré un nuevo corazón para que me conozcan, porque yo soy el Señor; y ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, pues volverán a mí de todo corazón”, Jeremías 24:7.

“Porque éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, declara el Señor. Pondré mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré. Entonces yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”, Jeremías 31:33.

“Y les daré un solo corazón y un solo camino, para que me teman siempre, para bien de ellos y de sus hijos después de ellos”, Jeremías 32:39.

“Yo les daré un solo corazón y pondré espíritu nuevo dentro de ellos. Y quitaré de su corazón el corazón de piedra y les daré corazón de carne”, Ezequiel 11:19.

“Entonces les rociaré con agua limpia y quedaréis limpios; de todas sus inmundicias y de todos sus ídolos les limpiaré. Además, les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes; quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré corazón de carne. Pondré dentro de ustedes mi espíritu y haré que anden en mis estatutos, y que cumplan cuidadosamente mis ordenanzas”, Ezequiel 36:26-27.

¿Qué es lo que tienen los cinco pasajes citados en común? En cada instante, Dios es el agente activo. Es Dios quien concede el nuevo nacimiento, el nuevo corazón, el nuevo espíritu. Es la soberanía del Señor la que efectúa este cambio glorioso en el seno de los hijos de Adán. Dios lo hace porque el ser humano caído es incapaz de cambiar su depravado y esclavizado corazón. El hombre natural no desea a Dios. No quiere creer en el Señor de gloria. “No hay quien busque a Dios” (Ro. 3:11). El pecador no es capaz de obrar fe salvadora en su propio corazón.

¿Qué dice el Nuevo Testamento?

Las tres metáforas utilizadas por el Nuevo Testamento para desarrollar el concepto de la salvación sirven para resaltar la naturaleza pasiva del pecador ante Dios. Las metáforas son: una resurrección (Ef. 2:1), una creación (2 Co. 5:17) y un nuevo nacimiento (Jn. 3:3).

  • En primer lugar, la persona que resucita lo hace por el poder de una fuente externa a ella. La hija de Jairo no pudo levantarse a sí misma de la muerte.
  • En segundo lugar, una persona creada depende de un poder externo a ella para ser creada. Adán y Eva no podrían haberse creado a sí mismos.
  • Y en tercer lugar, una persona que nace (como tú o yo) no puede producir su propio nacimiento. En cada caso, la persona es pasiva. De esta manera nadie se puede gloriar en la presencia de Dios ya que la salvación es cien por cien del Señor.

Por lo tanto, para que el hombre crea de veras y busque a Dios, hace falta un cambio radical de naturaleza, un auténtico milagro de lo alto. Es por esta razón que Jesús, en su charla con Nicodemo, le dice al fariseo que: “En verdad, en verdad te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (Jn. 3:5). Es muy probable que al hacer esta aseveración, nuestro Señor tiene en mente el pasaje de Ezequiel 36:25-27.

¿Cómo entramos, pues, en el reino de Dios? Mediante la fe en el evangelio (Mr. 1:15). Pero Jesús aquí revela que antes de poder entrar en el Reino, resulta necesario el nuevo nacimiento. Primero nacemos de nuevo, luego entramos en el reino de Dios. Para citar a Grudem de nuevo: “Entramos en el reino de Dios cuando nos convertimos en creyentes, en la conversión. Pero Jesús dice que tenemos que ‘nacer de nuevo’ antes de que podamos hacer eso’”.

Dios nos concede nueva vida, y la primera evidencia de esta vitalidad espiritual es nuestra conversión, a saber, fe y arrepentimiento. Antes de que haya vida, la fe y el arrepentimiento son imposibilidades.

Algunos ejemplos

Lázaro estaba muerto en la tumba. No podía salir porque estaba difunto. Pero luego le llegó la palabra creadora de Cristo: “¡Lázaro, ven fuera!” (Jn. 11:43). Humanamente hablando, es imposible que Lázaro responda al mandamiento de Cristo. No puede hacer nada porque está clínicamente muerto. No obstante, la palabra de Jesús creó nueva vida en Lázaro, y al instante el difunto se levanta y se pone a andar. En la salvación del pecador sucede exactamente lo mismo. La nueva vida es la regeneración. Dios regala nueva vida. E inmediatamente, las primeras obras del nacido de nuevo son fe y arrepentimiento. Se pone a andar porque Cristo ya le ha concedido vida espiritual.

No es por nada que el Nuevo Testamento describe la regeneración como una resurrección de entre los muertos. Aquí hay algunos ejemplos.

“Y Él os dio vida a ustedes, que estaban muertos en vuestros delitos y pecados”, Efesios 2:1.

“Aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia habéis sido salvados)”, Efesios 2:5.

“Y cuando estaban muertos en vuestros delitos y en la incircuncisión de vuestra carne, les dio vida juntamente con Él, habiéndonos perdonado todos los delitos”, Colosenses 2:13.

Todos los que somos del Señor estábamos tan muertos como Lázaro. Pero Cristo envió su palabra de salvación por medio del evangelio, llamándonos a salir fuera. En nosotros no había tal poder. Sin embargo, el hermoso Espíritu de Dios hizo una obra portentosa, venciendo nuestra enemistad y llevándonos a los pies de Cristo. Como lo expresó Arthur Pink, el Espíritu Santo “es quien aplica el evangelio al alma con poder salvador: vivificando a los elegidos, cuando aún están muertos, conquistando sus voluntades rebeldes, ablandando sus corazones duros, abriendo sus ojos enceguecidos”.2

Sin esta obra regeneradora del Espíritu Santo —el cual sopla de donde quiere— no podemos ejercer ninguna clase de fe en el Señor Jesús. Si volvemos a leer la promesa de Ezequiel 36:27, vemos este orden claramente: “Pondré dentro de ustedes mi espíritu y haré que anden en mis estatutos, y que cumplan cuidadosamente mis ordenanzas”. En primer lugar, Dios envía su Espíritu a nuestras vidas (regeneración), y luego podemos cumplir con sus estatutos y ordenanzas (el llamamiento a la fe y al arrepentimiento).

Dios se lleva la gloria

En respuesta a nuestra pregunta inicial, ¿primero fe, luego regeneración? Con el peso de los textos bíblicos del Antiguo y el Nuevo Testamento, además de la enseñanza clara de nuestro amado Salvador, es indudable que la regeneración precede a la fe. Es decir, no creemos para nacer de nuevo, sino que creemos porque hemos nacido de nuevo. Y puesto que tanto la regeneración como la fe son dones de Dios, decimos juntamente con los reformadores protestantes: ¡Soli Deo gloria! (a Dios únicamente sea toda la gloria).

Pastor Will Graham

Casado con Ágota y padre de dos hijas, Will Graham (1985) sirve como pastor evangélico, profesor y blogger en la cuidad española de Almería (ubicada en el extremo sureste de la península).

Escribe semanalmente en sus blogs en Protestante Digital Evangelical Focus y colabora con Unión BíblicaCoalición por el Evangelio Pasión por el Evangelio.

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Soli Deo gloria.

La blasfemia contra el Espíritu Santo

Palabra de Vida Almería

Martyn Lloyd-Jones: La blasfemia contra el Espíritu Santo

Will Graham

¿Cuál es esta blasfemia o pecado contra el Espíritu Santo? Los cristianos suelen estar preocupados por esta cuestión y se sienten culpables por ello. La respuesta es esta: si esto nos preocupa, podemos estar completamente seguros de que no somos culpables de ello.

Podemos ver este pecado en Hebreos 6:4-6; 10:26 y en 1 Juan 5:16 donde el apóstol dice, «Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida».

Estos pasajes significan que un hombre (o una mujer) puede rechazar a Cristo y su gloria deliberadamente, quizá hasta atribuyendo al diablo los poderes de Cristo, tal cual como hicieron los fariseos cuando dijeron, «Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios» (Mateo 12:24).

Así pues, las personas que son culpables de pecar contra el Espíritu Santo no solo no creen en Cristo, no quieren creer en Él, lo ridiculizan, se mofan de Él, le dan la espalda y le desprecian.

Si nos preocupa haber pecado contra el Espíritu Santo y queremos estar reconciliados con Dios y con Cristo y sentimos que hemos pecado rompiendo así la relación, si gemimos por estar fuera de la relación en lugar de dentro de ella, entonces no solamente no somos culpables de haber pecado contra el Espíritu Santo, sino que estamos lo más lejos de ello que una persona pueda estar.

Estas otras personas están contentas, se regocijan en ello; se glorían en ello, están orgullosas de sí mismas y de su rechazo.

Somos exactamente lo opuesto. Nos provoca angustia y nos preocupa y daríamos cualquier cosa por conocerle y estar reconciliados con Él.

No escuchemos la mentira del diablo que está intentando deprimirnos y robarnos nuestro gozo. Plantémosle cara y digamos: Mi máximo deseo es conocerle, y estar reconciliado con Él es la prueba de que no he cometido una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Y si lo hacemos, puedo asegurar que encontraremos la liberación definitiva. Encontraremos la paz, y el gozo del Señor y de la salvación se nos restaurará. Y luego nos podremos dirigir a Dios, dándole las gracias por la misericordiosa obra del Espíritu Santo

Pastor Will Graham

Casado con Ágota y padre de dos hijas, Will Graham (1985) sirve como pastor evangélico, profesor y blogger en la cuidad española de Almería (ubicada en el extremo sureste de la península).

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Los cesacionistas y continuistas somos hermanos

Palabra de Vida Almería

Will Graham

Andrés Birch: Los cesacionistas y continuistas somos hermanos

Decimos que no nos gustan las etiquetas, pero acabamos usándolas, aunque sea solo con ciertas personas de confianza, porque ¡¿quién va a usar veinte palabras si con una sola vale?!

El término «continuista» sí está en el Diccionario de la lengua española, pero con otro significado; pero el término «cesacionista» no está, con ningún significado. Pero para un número creciente de cristianos «teológicamente despiertos», los dos términos sirven para dividir a los cristianos protestantes, evangélicos e incluso reformados entre los que creen que todos los dones del Espíritu Santo mencionados en el Nuevo Testamento son para todo el período entre Pentecostés y la (segunda) venida del Señor y los que creen que algunos de esos dones, sobre todo los que en el primer siglo estuvieron especialmente relacionados con los apóstoles, «cesaron» – o sea, fueron retirados por el Señor – cuando ya no había apóstoles, a partir de la muerte del apóstol Juan. Y así tenemos hoy creyentes e iglesias que son «continuistas» y otros que son «cesacionistas».

Sin entrar en detalles, se trata de dos posturas muy distintas, y con implicaciones prácticas bastante importantes. Pero el propósito del presente artículo es, en vez de resaltar las innegables diferencias que hay entre «continuistas» y «cesacionistas», subrayar el sorprendente grado de consenso que existe entre «continuistas» y «cesacionistas» centrados en el evangelio.

1. Todos creemos en la autoridad de la Biblia

Para todos los verdaderos creyentes y para todas las verdaderas iglesias, la Biblia es la autoridad suprema; ella siempre tiene la última palabra. «¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido» (Is. 8:20). Los bereanos «eran más nobles…, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hch. 17:11). ¡Hasta las palabras de un apóstol (Pablo) fueron sometidas a la prueba de las Escrituras!

Aunque, en la práctica, es posible ser o «continuista» o «cesacionista» y no someterse a la autoridad de la Biblia, ninguna de las dos posturas es incompatible con un sometimiento a esa autoridad, y, en mi experiencia, todos los buenos «continuistas» y «cesacionistas» afirman y demuestran su compromiso con la autoridad de la Biblia.

2. Todos creemos en la suficiencia de la Biblia

La suficiencia de la Biblia significa que la Biblia sola es suficiente para revelar la verdad acerca de Dios y acerca del ser humano, para revelar todo lo que el ser humano necesita saber para poder ser salvado, y para revelar todo lo necesario para que las personas salvas puedan vivir sus vidas para la gloria de Dios. Para todo eso no hace falta ninguna otra fuente de revelación; la Biblia sola es (más que) suficiente.

Aunque algunos (tal vez muchos) «continuistas» demuestren, tanto por sus declaraciones como por sus hechos, no creer en la suficiencia de la Biblia, la culpa no la tiene la postura «continuista» en sí – es una postura compatible con un total compromiso con la suficiencia de la Biblia. Es posible creer que Dios puede hablar por medio de diferentes «palabras» hoy, sin considerar esas «palabras» necesarias en un sentido que socave la suficiencia de la Biblia.

3. Todos creemos en la soberanía de Dios

La soberanía de Dios significa que Dios, como Rey sobre todas las cosas, como el que está sobre el trono del universo, reina y gobierna sobre todos los seres, sobre todas las cosas y sobre todo lo que pasa, y que no hay nada que esté fuera de su control absoluto.

Me imagino que hay tanto «continuistas» como «cesacionistas» que no creen en la soberanía de Dios en ese sentido, pero, si es así, no creo que se deba a ninguna de las dos posturas como tales, sino a otro tipo de razones, como un excesivo énfasis en el libre albedrío del ser humano, etc.

A veces los «cesacionistas» acusan a los «continuistas» de no creer en la soberanía de Dios por insistir en que Dios siempre tiene que actuar de la misma manera. Y a veces los «continuistas» acusan a los «cesacionistas» de no creer en la soberanía de Dios por descartar la posibilidad de «palabras de Dios directas» hoy. Puede haber algo de verdad en ambas acusaciones, pero, insisto, no hay ninguna incompatibilidad necesaria entre ninguna de las dos posturas y la soberanía de Dios.

4. Todos creemos en un Dios que hace milagros

Existe una especie de «leyenda negra» por ahí de que los «cesacionistas» son los que no creen en milagros. Pero, curiosamente, ¡aún no he conocido a ningún «cesacionista» que crea en un Dios que no puede hacer milagros!

Claro, depende cómo se define el término «milagro». La concepción de un bebé parece un milagro, ¿verdad? Y hablamos de haber sido salvados de un accidente «por milagro». Y, como creyentes, sabemos que el mayor milagro de todos es el milagro de la salvación de un pecador. Pero, técnicamente, un milagro es un acontecimiento sobrenatural. En ese sentido, la concepción de un bebé (normal) no es un milagro, pero la de nuestro Señor Jesucristo sí que lo fue.

Ahora, en cuanto al tema que nos ocupa, no creo que nadie esté cuestionando el poder de Dios para hacer milagros hoy, sino más bien si los quiere hacer o no, hasta qué punto los hace y hasta qué punto son milagros todos los que se dice que lo son. Pero es un error diferenciar entre «continuistas» y «cesacionistas» como los que creen en milagros y los que no.

5. Todos creemos en un Dios que sana

Es probable que haya más «continuistas» que «cesacionistas» que creen en la continuación hoy de «dones de sanidades» (1 Co. 12:9), pero, creo que aquí también hay un importante consenso entre los hermanos de ambas posturas:

(1) Quien sana es Dios.

(2) Él puede sanar con o sin medios naturales.

(3) Dios puede sanar con o sin la imposición de manos, la unción con aceite, etc.

(4) Dios contesta nuestras oraciones por las personas enfermas – a veces sanándolas, otras veces de otra manera.

(5) La sanidad más importante es la sanidad espiritual – o sea, ¡la salvación!

6. Todos creemos en el Espíritu Santo

Otra «leyenda negra» es que durante muchos siglos el Espíritu Santo fue la persona olvidada de la Santa Trinidad; que el Espíritu Santo fue «recuperado» a principios del siglo 20; y que, hablando en general, los «continuistas» le dan más importancia al Espíritu Santo que los «cesacionistas».

Sobre este punto diré lo siguiente:

(1) Es muy probable que a lo largo de los veinte siglos del cristianismo muchos creyentes y muchas iglesias no le hayan dado al Espíritu Santo la atención y la importancia que se merece.

(2) Por otra parte, ha habido grandes teólogos y pensadores «cesacionistas» que han hablado y escrito muchísimo sobre el Espíritu Santo – para dar solo dos ejemplos: el reformador Juan Calvino era conocido como «el teólogo del Espíritu Santo»; y «el príncipe de los puritanos», John Owen, escribió más de mil páginas sobre el Espíritu Santo.

(3) La teología del Espíritu Santo es mucho más amplia que solamente el bautismo en el Espíritu Santo y los dones del Espíritu Santo, y muchos creyentes e iglesias parecen tener una idea bastante pobre del maravilloso Espíritu Santo.

A pesar de las diferencias de interpretación de la Biblia entre «continuistas» y cesacionistas» – y sin pretender quitarle importancia a esas diferencias – tanto los unos como los otros creen en el Espíritu Santo.

7. Todos creemos en la necesidad del Espíritu Santo

El Espíritu Santo es Creador, junto con el Padre y el Hijo. El Espíritu Santo es el que regenera a los espiritualmente muertos. El Espíritu Santo es el que santifica, guía, capacita y llena a los creyentes. El Espíritu Santo es el que vivifica los huesos secos. ¡Nadie puede ser salvo sin el Espíritu Santo! ¡Ningún creyente puede crecer espiritualmente sin el Espíritu Santo! ¡Ninguna iglesia puede funcionar – o existir – sin el Espíritu Santo! Y una de las mayores necesidades hoy, tanto dentro como fuera de la Iglesia, es precisamente un gran derramamiento del Espíritu Santo. Y creo que todo esto lo firmarían por igual tanto «continuistas» como «cesacionistas» – por lo menos los que yo conozco.

8. Todos creemos en los dones del Espíritu Santo

Es evidente que existen diferencias entre «continuistas» y «cesacionistas» sobre el tema de los dones del Espíritu Santo. Creo que la principal diferencia tiene que ver con el propósito de Dios para algunos de los dones del Espíritu Santo – si Él los dio solo para la era apostólica o para todo el tiempo hasta la venida del Señor. Y no tiene que ver tanto con el carácter sobrenatural de algunos de los dones, sino más bien con los dones de revelación, como la profecía, el don de lenguas con interpretación y otras «palabras del Señor» más o menos directas.

Pero aun los «continuistas» no están diciendo que todo lo que se presenta como «palabra del Señor» lo sea; hay que ejercer el don del discernimiento, juzgar cada manifestación a la luz de la Biblia y separar lo bueno de lo malo.

No pretendo minimizar las diferencias entre las dos posturas, pero quizás en la práctica el abismo entre las dos no sea tan grande como a veces parece.

9. Todos creemos en el orden en la iglesia

Creo que todos los que amamos la Palabra de Dios y el evangelio lamentamos todas las manifestaciones que se están dando de una casi total falta de orden en según qué iglesias y lugares. Creemos en el dicho de Pablo de hacer todo «decentemente y con orden» (1 Co. 14:40). El caos no honra al Dios de orden. Pero no sería justo – sería una caricatura – equiparar la postura «continuista» con el desorden – no tiene por qué ser así. Había una serie de desórdenes en Corinto, pero el remedio que propuso el apóstol Pablo no era el desuso de ninguno de los dones, sino el uso correcto de todos ellos.

En esto también hay un consenso entre «continuistas» y «cesacionistas»: creemos en el orden; creemos que no es suficiente tener la postura correcta; la práctica también tiene que ser bíblica y correcta.

Conclusión

Nos ha tocado vivir un tiempo emocionante. Sí, están pasando cosas preocupantes, poco bíblicas y que no honran al Señor. Pero, por otra parte, el Señor está obrando, la Iglesia se está reformando, el evangelio de Cristo se está predicando y se está extendiendo una preciosa comunión y colaboración entre iglesias y creyentes igualmente comprometidos con el Señor, con su Palabra y con el evangelio.

Sin duda, Satanás intentará dividirnos. ¿Cómo? Pues, aprovechándose de nuestras diferencias secundarias para sembrar malentendidos, caricaturas, ofensas y divisiones. ¡No será la primera vez! ¿Qué debemos hacer?

(1) Ser humildes.

(2) Considerar a nuestros hermanos mejores que nosotros mismos.

(3) Comprometernos a orar más los unos por los otros.

(4) Ayudarnos los unos a los otros a crecer en nuestro conocimiento de la Palabra y exhortarnos los unos a los otros a traducir ese conocimiento en un carácter verdaderamente cristiano.

(5) Saber mantener lo principal como lo principal y lo secundario como lo secundario.

(6) Aprovechar las percepciones de otros hermanos para corregir nuestros propios desequilibrios (¡que todos los tenemos!).

(7) Hacer un pacto entre nosotros, sobre la base del verdadero evangelio de Cristo, para seguir luchando juntos por el evangelio.

Artículo publicado con el permiso del autor.

Andrés Birch sirve como pastor en la Iglesia Reformada Bautista (Palma de Mallorca).

Pastor Will Graham

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¿Cómo es un HOMBRE de DIOS? 

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¿Cómo es un HOMBRE de DIOS? 

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Entrega a Cristo tu asno

Palabra de Vida Almería

Will Graham

Entrega a Cristo tu asno

‘Cuando desataban el pollino, sus dueños les dijeron: ¿Por qué desatáis el pollino? Ellos dijeron: Porque el Señor lo necesita’ (Lucas 19:33-34).

¿Por qué el Señor necesitaba un pollino? Para que se cumpliera mesiánica en Zacarías 9:9-10. El mesías tenía que entrar en la santa ciudad montado en un asno (no en un caballo de guerra).

Interesantemente, para que la Escritura se cumpliera, ciertos seguidores de Cristo le dejaron su asno. Estamos ante el misterio de siempre: la soberanía de Dios y la responsabilidad del ser humano. ¿Por qué orar si Dios siempre cumple su voluntad? Porque Él nos manda orar. ¿Por qué evangelizar si los predestinados van a ser alcanzados? Porque Él nos manda evangelizar. ¿Por qué entregar al Señor nuestro asno si Zacarías 9:9-10 se va a cumplir sí o sí? Porque Él nos manda entregarle el asno.

Todo esto me habla también sobre la generosidad. El corazón regenerado es dadivoso y generoso. El verdadero creyente se niega a sí mismo por amor al Señor. Está dispuesto a entregar su asno al Señor. ¿Quién sabe? A lo mejor los dueños del asno querían usar el animal aquel día en alguna tarea. Pero se sometieron a la voluntad del Señor.

El falso creyente, sin embargo, no es así. El hipócrita usa a Dios para sus propios fines. La cabra no sabe lo que es negarse a sí mismo. No huele a cruz. Solamente ‘sirve’ al Señor cuando no hay nada en juego. Por lo tanto, cuando surge una situación en la cual la cabra tiene que escoger entre la voluntad de Dios y la voluntad de otra persona (su jefe, algún ser querido, la sociedad, su propio ego, etc.), crucifica a Cristo haciendo caso omiso a sus mandamientos y se agrada a sí misma.

¿Cómo tienes el corazón, hermano? ¿Te da gusto obedecer los mandamientos del Señor? ¿Harás lo que sea para estar expuesto a la Palabra, a la oración y la comunión con los hermanos? ¿O andas en pos de otras voluntades que no sean aquélla de nuestro Señor?

¿Estás dando señales de oveja o de cabra?

Hoy, ¿entregarás tu asno al Señor diciéndole: “Señor, no importan mis planes. Lo que cuenta es tu Palabra. Me someto a ti en cuerpo y en alma”.

No te olvides de la Palabra.

No te olvides de la oración.

No te olvides de congregarte.

Busca primeramente la voluntad del Señor. Lo demás puede tener su importancia pero lo más importante es la voluntad del Señor.

Entrega a Cristo tu asno ¿Acaso no lo merece el Salvador?

Amén y amén.

Pastor Will Graham

Casado con Ágota y padre de dos hijas, Will Graham (1985) sirve como pastor evangélico, profesor y blogger en la cuidad española de Almería (ubicada en el extremo sureste de la península).

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¿Es el movimiento evangélico realmente evangélico?

Palabra de Vida Almería

Will Graham

John MacArthur: ¿Es el movimiento evangélico realmente evangélico?

¿Qué etiqueta denominacional describiría mejor las creencias religiosas de la siguiente persona?

Dice ser un cristiano comprometido, nacido de nuevo, pero no está seguro de que Jesús sea verdaderamente Dios encarnado. No está convencido de que Dios tenga conocimiento infalible del futuro (y mucho menos control soberano sobre él). No cree que la Biblia es verdad sin ninguna mezcla de error. No cree lo que la Biblia dice sobre cómo fue creado el universo. No cree que la gente deba reconocer a Cristo como Señor y Salvador –o incluso saber algo sobre Él– para tener el favor de Dios. No cree que Satanás es literalmente real. No cree que Dios está lleno de ira contra el pecado. Y, por supuesto, no cree en el castigo eterno. De hecho, no se preocupa particularmente por palabras como “pecado, sustitución, arrepentimiento, expiación, o propiciación”. Desestima ese tipo de terminología como jerga religiosa que falla en comunicar algo a la gente normal. Pero en realidad, lo que más desprecia acerca de esas palabras es la subyacente doctrina de sustitución vicaria, la cual tampoco cree. Está convencido de que Dios perdonará sin demandar ningún pago por la culpabilidad.

Además, mientras no tiene claro que Jesús sea “perfecto”, esta persona cree que la naturaleza humana es básicamente buena. Cree que Dios acepta la adoración de todas las religiones. Cree que los actos benévolos pueden reparar nuestros fallos morales. Cree que la ciencia ha refutado partes de la Biblia. Al mismo tiempo, sin embargo, cree que la biología no determina el género de una persona; que es determinado solamente por cómo la persona se siente.

También cree que está mal considerar que la orientación sexual de alguien sea pecaminosa. De hecho, aunque no está dispuesto a llamar “pecado” o “malo” a ningún acto personal inmoral, cree –con todo su corazón– que la gente de ascendencia europea ha heredado culpa colectiva porque sus ancestros esclavizaron u oprimieron a otros grupos étnicos. No considera a Adán como una persona histórica o al diluvio del Génesis como verdadero, así que ve a la humanidad como un surtido de razas rivales. También cree que cada raza es o bien privilegiada u oprimida, y el color de la piel es lo que determina la diferencia. Continuará contándote que muchos otros factores, incluyendo género, orientación sexual, discapacidad, peso corporal, y cosmovisión pueden marginalizar más a un individuo ya oprimido (o al revés, amplificar el empoderamiento de una persona ya privilegiada). Cree que la justicia demanda nivelar toda diferencia socio-económica, y que el fin supremo de la religión es perseguir esa meta.

En otras palabras, cree totalmente en la Teoría de Crítica Racial e Interseccionalidad. Es, por tanto, activista progresista (“woke”), culturalmente entendido, políticamente liberal y, en su propia valoración, profundamente espiritual.

¿Cómo clasificarías una cosmovisión así?

LA EROSIÓN DEL EVANGÉLICO

Se llama a sí mismo “evangélico”. Y las voces líderes del actual movimiento evangélico están contentos de darle la bienvenida a sus filas sin objeción alguna a su sistema de creencias, incluso a pesar de que cada una de sus fuertes opiniones sostenidas es una negación directa de uno de los más vitales puntos de la convicción evangélica histórica.

El perfil que acabo de describir no es, de ninguna manera, inusual. Recientes estudios revelan que un amplio porcentaje de gente que se identifica a sí misma como “evangélica” ni siquiera entiende los principios más básicos de la verdad del evangelio. En una reciente estadística de autollamados evangélicos, un 52% dijo que rechazaba el concepto de verdad absoluta; un 61% no lee la Biblia a diario; un 75% cree que la gente es esencialmente buena; un 48% cree que la salvación puede ganarse mediante buenas obras; un 44% cree que la Biblia no condena el aborto; un 43% cree que Jesús pudo haber pecado; un 78% cree que Jesús es el primer ser creado por Dios; un 46% cree que el Espíritu Santo es una fuerza en lugar de una Persona; un 40% cree que mentir es moralmente aceptable en determinadas circunstancias; un 34% acepta el matrimonio del mismo sexo como consistente con la enseñanza bíblica; un 26% rechaza la Escritura como Palabra de Dios; y un 50% dice que asistir a la iglesia no es necesario.

La mayoría de esas perspectivas son categóricamente incompatibles con la fe salvífica. En otras palabras, muchos que se identifican a sí mismos como evangélicos no son creyentes en absoluto.

No importa. Los medios los consideran evangélicos. Iglesias evangélicas les conceden la membresía. En algunos casos, publicaciones evangélicas promueven sus escritos, y las conferencias evangélicas los presentan como conferencistas principales.

En consecuencia, “evangélico” ha venido a significar de todo y cualquier cosa. Y esto es por lo que, como es acostumbrado hoy en día, la Palabra raramente es importante.

La raíz de la expresión es el término griego para “evangelio” –euangelion. Esa palabra y otras relativas se usan unas 130 veces en el Nuevo Testamento, reflejando el compromiso apostólico a la centralidad del mensaje del evangelio y la importancia de comprenderlo y predicarlo correctamente. Los “Evangélicos” son la gente del evangelio. El término está cargado con profundo significado bíblico y teológico, y el pueblo de Dios no debe esperar pasivamente mientras éste es vaciado de todo su significado implícito. Tristemente, sin embargo, lo que la mayoría de la gente piensa hoy del “evangelicalismo” sostiene poco parecido a la rica herencia del evangelicalismo histórico.

¿Cómo ha podido pasar esto? Sólo mediante un catastrófico fracaso de liderazgo.

Las instrucciones bíblicas para líderes de iglesia no pueden ser más claras: “Predica la palabra … a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta” (2 Tim. 4:2). Esa es la tarea, incluso cuando gente con comezón de oír demanda ser afirmada, distraída, apaciguada, o entretenida en varias maneras. Pablo dice a Timoteo que predique la Palabra de Dios “con toda paciencia y doctrina” –es decir, que él debía continuar fielmente enseñando doctrina sana, bíblica, incluso cuando la gente pareciera incapaz de soportarla porque sus oídos tuvieran ganas de algo diferente. El apóstol dice a otro pupilo, Tito, “esto habla, y exhorta y reprende con toda autoridad. Nadie te menosprecie” (Tito 2:15).

El estilo de liderazgo favorito en el movimiento evangélico de hoy es precisamente lo opuesto. La mayoría de predicadores se esfuerzan para no usar un tono de autoridad, y se esmeran por ser tan disimulados y poco definidos como sea posible cuando se refieren a la Escritura. Ellos anhelan la popularidad, y saben que a la audiencia posmoderna no le gustan las declaraciones rotundas de verdad, doctrina precisa, o convicciones decididas. La gente sin iglesia hoy no quiere oír, especialmente, a un predicador que seriamente sostiene la exclusividad de Cristo. Ellos quieren que su religión sea tan carente de ataduras como el aire libre, tan relajante como una canción de cuna, y tan variable como la incesante corriente de encuestas de opinión pública. También quieren que sea superflua, no desafiante, y de moda. Los líderes evangélicos están voluntariamente obligados.

Demasiados de los que no están cualificados para servir como diáconos o ancianos en la iglesia por cualquier estándar bíblico, a pesar de ello, mantienen posiciones de liderazgo e influencia en el movimiento evangélico. Eso es evidente desde cada oleada tras oleada de escándalos morales que han sacudido al movimiento por los últimos cuarenta años. También se refleja en la llamativa superficialidad que es sello distintivo de la mayoría de la religión televisada. El testimonio de la verdadera iglesia está siendo ahogado por las voces de gente aparentemente evangélica, que se predica a sí misma en lugar de a Cristo Jesús como Señor.

Mientras tanto, el evangelio está siendo desatendido y, en algunos casos, radicalmente modificado, incluso por hombres y movimientos que no hace tanto tiempo decían creer que el evangelio era la única base posible para la unidad cristiana. Estos son líderes que describen sus ministerios como “centrados en el evangelio”. La palabra “Evangelio” es integrada en los nombres de sus organizaciones. Pero ellos están dejando a un lado la ofensa del evangelio en favor de un tema que es tendencia en el mundo secular: “activismo progresista” (“wokeness”). De acuerdo a ellos, una de las amenazas más serias de hoy para el bienestar espiritual de alguien es la injusticia sistémica –no solo en la sociedad secular, sino también en la iglesia. Los remedios ofrecidos para este percibido mal consisten en saturar con palabras alborotadoras de moda y dogmas de lo políticamente correcto– incluyendo doctrinas seculares con descaradas alusiones Neo-Marxistas.

No creo que sea exageración decir que el verdadero evangelio está en peligro de ser arrollado con el aluvión de grandilocuencia de algunos de los más conocidos pensadores e influyentes líderes en el movimiento evangélico.

Esta degradación no sucedió repentinamente. Por décadas, líderes clave en el movimiento evangélico, obsesionados con ganar el aplauso y la aprobación del mundo, han mostrado una preocupante disposición a ajustar sus posturas políticas y doctrinales a lo que fuera que prevaleciese en las opiniones del mundo académico, cultura popular, y (más recientemente) en las redes sociales. El pragmatismo orientado a que el no cristiano se sienta aceptado (“seeker sensitive”) ha dominado desde hace tiempo al movimiento evangélico y ha marginado la enseñanza bíblica en nombre de la relevancia cultural. Como resultado, el significado del término “evangélico” ha llegado a ser tan meticulosamente nublado que demanda una urgente necesidad de reclamación y redefinición.

La actual generación de evangélicos son los hijos malformados de tales influencias utilitarias. El movimiento está lleno de predicadores que usan la Escritura solo para abusar de ella. Manipulan a la gente con fábulas, homilías sentimentales, lecciones de auto-ayuda, y visiones moralistas. Tales métodos han seducido a multitudes analfabetas doctrinal y bíblicamente para pensar que son cristianos. No hay peor marca de pecado para matar almas.

¿DEBERÍAMOS ABANDONAR EL TÉRMINO “EVANGÉLICO”?

Antes de que fuera a la gloria, R.C. Sproul y yo tuvimos varias conversaciones sobre cómo la acomodación y corrupción en la iglesia visible habían arruinado términos teológicos vitales a través de nublar sus definiciones. Por ejemplo, la palabra “fundamentalista” una vez significó alguien que estaba comprometido con la defensa de las doctrinas cardinales del Cristianismo. Pero demasiados en el Movimiento Fundamentalista perdieron de vista las doctrinas esenciales y, en su lugar, llegaron a obsesionarse con preferencias insignificantes. Como resultado, el Movimiento Fundamentalista se corrompió por legalismo y nominalismo. Hoy, “fundamentalista” es un término de burla.

Similarmente, el noble término “Reformado” ha sido elegido desde generaciones por incontables iglesias y denominaciones que trazan su linaje denominacional desde el comienzo del protestantismo, pero que hace tiempo han abandonado cualquier compromiso a los principios bíblicos que impulsaron la Reforma. El hecho de que una iglesia tenga la palabra “Reformada” en su nombre, no es garantía de que el mensaje que predica tendrá algo en común con aquello por lo que los Reformadores magisteriales estaban dispuestos a morir.

El término “evangélico” está sufriendo un destino similar. El movimiento que viste esa etiqueta ha llegado a ser tan teológicamente diverso que contradice su propio nombre. Hoy, el barrizal evangélico está repleto de charlatanes, herejes, socialistas, marxistas, y estafadores. No hay nada verdadera y bíblicamente “evangélico” en ello.

¿Pero cual es la respuesta? ¿Deberíamos abandonar el término evangélico en favor de un nombre más preciso? Aquellos que desde hace tiempo han lamentado la degeneración del Movimiento Evangélico han tenido dificultades para proponer un mejor nombre. R.C. Sproul una vez sugirió el término “imputacionistas”, en honor a uno de los artículos principales de la verdad del evangelio: que el pecado de todos los creyentes fue imputado a Cristo y su rectitud es imputada a ellos. Pero eso es probablemente un término demasiado oscuro para reemplazar “evangélico” –sin mencionar el hecho de que la gente que desconoce la terminología doctrinal pudiera pensar que tiene algo que ver con “amputación”.

¿Entonces cuál es mi etiqueta preferida? ¿Con qué grupo me identifico? Yo deseo que pudiéramos simplemente reclamar la palabra “cristiano”. No sé si puedes identificarte con Cristo más cercanamente que usando ese término. Los discípulos fueron llamados “cristianos” por primera vez en Antioquía en Hechos 11. Se nos llama a regocijarnos de llevar el nombre “cristiano” (1 Pe. 4:16). Pero esa palabra, igualmente, ha sido tan contaminada que apenas tiene un significado genérico. Podría ser resuelto con “cristiano bíblico”, pero eso parece redundante.

Acepto completamente el compromiso clásico al evangelio del evangelicalismo, pero el movimiento que también ha elegido el nombre “evangélico” claramente no. Todo ataque a la Escritura –tanto abierto como encubierto, descarado o sutil– ha producido un tipo de tibieza “evangélica” laodicea, evocando el lenguaje de Apocalipsis 3:15-22, donde nuestro Señor amenaza con vomitar esa iglesia de su boca.

No puedo apoyar la jerga popular o las causas favoritas con las que los evangélicos de moda hoy están tan embelesados: racismo sistémico, privilegio blanco, culpa blanca, teoría racial crítica, interseccionalidad, socialismo, neo-marxismo, reparaciones, atracción del mismo sexo, aborto, homosexualidad, trasgenerismo, y evolución. No tengo aprecio por la red de organizaciones evangélicas populares (“Big Eva”), o la cultura de celebridad que honra la moda más que la fidelidad, y estima a las grandes multitudes por encima de la enseñanza bíblica.

MI CONFESIÓN DE FE

¿Entonces cuál es mi confesión de fe?

Estoy obligado por la Escritura y la razón a declarar que Jesús es Señor, en el sentido pleno del término, y soy su esclavo, también en el sentido pleno del término. Le amo. Me arrodillo ante Él como Dios el Hijo en toda la plenitud de su deidad y con fe en toda la plenitud de su obra. Mi esclavitud a él brota de un corazón de amor que me conduce a obedecer su Palabra con satisfacción. Esto es un reflejo perfecto de su mente infinita y santa naturaleza. ¿Qué Cristo amo? ¿Qué Cristo predico? Predicamos a Cristo, quien es el eterno Hijo, uno en naturaleza con el eterno Padre, y uno con el eterno Espíritu –el Dios trino. Él es el Creador y Dador de vida, así como quien sostiene el universo, y todo lo que vive en él. Él es el Hijo de Dios e Hijo del Hombre, nacido de una virgen –completamente divino y completamente humano. Él es Aquel cuya vida en la tierra satisfizo perfectamente a Dios, y cuya rectitud es dada a todo los que por gracia a través de la fe llegan a ser uno con Él. Él es el único sacrificio aceptable por el pecado que satisface a Dios, y cuya muerte bajo el juicio divino pagó completamente el castigo por los pecados de su pueblo, proveyendo para ellos perdón y vida eterna. Él vive, habiendo sido resucitado de los muertos por el Padre, validando su obra de sustitución expiatoria, declarándole justo públicamente, y proveyendo resurrección para la santificación y glorificación de los elegidos, para llevarlos seguros a su presencia celestial. Él está ante el trono del Padre intercediendo por todos los creyentes. Yo me acerco a su perfecta, pura, inspirada, inerrante, y verdadera Palabra con objetiva, racional, veraz, autoritaria, incompatible, íntegra, e incondicional fe.

Por tanto, cuando busco un término para describir esta confesión de fe, me doy cuenta de que esto es históricamente lo que fue el significado del término “evangelicalismo”. Esta es la fe que ha sido una vez dada a los santos mediante la inerrante Escritura –el verdadero evangelio de la soberana gracia de Dios derramada sobre pecadores a través de la fe sólo en Cristo. Esto es doctrina evangélica. Aquellos que se han vuelto de estas verdades hacia sustitutos baratos de inmoralidad mundana, políticas socialistas, o diseñadores de doctrinas personalizadas que rehacen una versión de Dios a la imagen del hombre son los que han abandonado el evangelio. Como quiera que se llamen a sí mismos, ellos no son evangélicos. Aquellos de nosotros que nos aferramos a la genuina doctrina evangélica –a los fundamentos de fe en el único evangelio que salva– debemos reclamar nuestro derecho sobre este fundamento doctrinal, y debemos resistir a aquellos que, mientras comprometen y corrompen el evangelio, reclamen el nombre “evangélico”.

El registro bíblico e histórico revela que la apostasía es común, pero el Señor siempre preserva su verdad a través del testimonio de un remanente fiel. Mi deseo es ser parte solamente de ese remanente firme, “estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Co. 15:58).

WILL GRAHAM

Casado con Ágota y padre de dos hijas, Will Graham (1985) sirve como pastor evangélico, profesor y blogger en la cuidad española de Almería (ubicada en el extremo sureste de la península).

Escribe semanalmente en sus blogs en Protestante Digital Evangelical Focus y colabora con Unión BíblicaCoalición por el Evangelio Pasión por el Evangelio.

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Soli Deo gloria.

Parece estar fracasando las Naciones Unidas

Palabra de Vida Almería

Will Graham

Martyn Lloyd-Jones: «Parece estar fracasando las Naciones Unidas»

¿Por qué hay tantos problemas y dificultades en mantener la paz en el mundo? Pensemos en todas las interminables reuniones internacionales que se han celebrado en este siglo para tratar de conseguir la paz. ¿Por qué han fracasado todas ellas y por qué estamos llegando a un punto en que muy pocos tienen confianza en reuniones que los hombres celebren? ¿Cómo se explica esto? ¿Por qué fracasó la Liga de Naciones? ¿Por qué parece estar fracasando las Naciones Unidas? ¿Qué pasa?

Me parece que hay una sola respuesta adecuada para estas preguntas; y no es ni política ni económica ni social. La respuesta una vez más es esencial y primordialmente teológica y doctrinal. Y porque el mundo en su necedad y ceguera no lo reconoce, pierde tanto tiempo. El problema, según la Escritura, está en el corazón del hombre, y hasta que el corazón del hombre no cambie, nunca se resolverá su problema tratando de manipular la superficie. Si la raíz del problema se halla en el manantial del que procede la corriente, ¿no es evidente que es perder el tiempo, el dinero y la energía echar sustancias químicas en la corriente a fin de corregir el mal estado de las aguas? Hay que ir a la raíz.

Ahí está el problema básico; nada que produce efecto mientras el hombre siga siendo lo que es. La necedad trágica de este siglo nuestro es el no acertar a ver esto. Y, por desgracia, este fallo se encuentra no sólo en el mundo sino en la iglesia misma.

Cuán a menudo ha venido la iglesia predicando sólo acerca de los esfuerzos humanos, predicado la Liga de Naciones y las Naciones Unidas. Esto contradice la doctrina bíblica. No me entiendan mal. No digo que no haya que hacer todos esos esfuerzos en el terreno internacional; lo que digo es que el hombre que pone la fe en estas cosas no contempla a la vida y el mundo desde el punto de vista de la Biblia. Según ella, el problema está en el corazón del hombre y sólo un corazón nuevo, sólo un hombre nuevo puede resolver ese problema.

Es ‘del corazón’ que proceden los malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, celos, envidias, malicia y todo lo demás; y mientras los hombres sean así no podrá haber paz. Lo que hay dentro saldrá a la superficie.

Martyn Lloyd-Jones – Bienaventurados los pacificadores

Casado con Ágota y padre de dos hijas, Will Graham (1985) sirve como pastor evangélico, profesor y blogger en la cuidad española de Almería (ubicada en el extremo sureste de la península).

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Soli Deo gloria.

¿Hay pastoras en la Biblia?

Sirviendo al Dios del evangelio en Almería

¿Hay pastoras en la Biblia?

Will Graham
Sirviendo al Dios del evangelio en Almería

No, no hay pastoras de iglesia en la Biblia.

En el contexto de la congregación local, Dios ha asignado roles diferentes a los hombres y mujeres.

El Espíritu Santo dice:

“La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio” (1 Timoteo 2:11-12).

¿Por qué?

“Porque Adán fue formado primero, después Eva” (v. 13).

Lo que tenemos aquí no es un consejo pastoral para no herir la sensibilidad cultural de los efesios (como creen muchas feministas evangélicas actuales) sino un argumento a partir de la mismísima creación.

En el Edén, antes de la caída, Dios quiso que el hombre gobernara y que su esposa fuera su ayuda idónea. El diseño divino exige que el hombre sea la cabeza del hogar y de la iglesia (la cabeza de cabezas y el pastor de pastores es el varón Jesucristo), no la mujer.

La autoridad fue dada al hombre antes de la caída, en el estado de perfección. Y el Señor quiere ver este orden reflejado en la comunidad de la re-creación.

Si es así, ¿qué hacemos con Débora?

Bueno, Débora era una líder socio política, no eclesial. No exponía las Escrituras al pueblo ni ofrendaba por los pecados.

¿Y qué hacemos con Gálatas 3:28 que declara que en Cristo no hay varón ni mujer?

Pues, interpretamos aquel pasaje en su contexto. Allí el apóstol Pablo (el cual redactó el pasaje antes citado en 1 Timoteo 2:11-13) está desarrollando la doctrina de la justificación y explica que nadie será justificado por ser hombre ni mujer sino por tener fe en el Salvador, Jesucristo.

Así que, no, no hay pastoras de iglesia en la Biblia.

Casado con Ágota y padre de dos hijas, Will Graham (1985) sirve como pastor evangélico, profesor y blogger en la cuidad española de Almería (ubicada en el extremo sureste de la península).

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Soli Deo gloria.

La amenaza de la teología liberal

Protestante Digital

La amenaza de la teología liberal

10 características del liberalismo teológico.

WILL GRAHAM

En los últimos dos siglos, la amenaza más grande contra el cristianismo bíblico no ha surgido desde las otras religiones mundiales más destacadas tales como el islam, el budismo, sino dentro de la misma Iglesia.

Es el peligro de la teología liberal, la cual, haciéndose pasar por cristiana, niega prácticamente todo lo que enseña la Palabra de Dios.

La teología liberal vació una gran parte de las iglesias protestantes de Europa a lo largo de los siglos XIX y XX y ahora está haciendo exactamente lo mismo en países como los Estados Unidos.

Si los pastores no estamos preparados ni arraigados en las grandes verdades de las Escrituras, estamos en peligro de permitir que esta teología pervierta y desvíe lo que el Señor está haciendo en nuestra generación, sobre todo en el mundo hispano.

Entonces, aquí hay 10 características de la teología liberal y de los teólogos liberales para que podamos entender mejor este peligro y cómo protegernos de él.

  1. La teología liberal no cree en la infalibilidad bíblica

El punto de partida para la teología liberal no es la voz del Señor tal cual se revela en las Escrituras, sino la razón humana. Por esta razón, los liberales sacrifican cualquier enseñanza que no cuadre con su forma de razonar.

Esta observación explica la razón por la que el alemán Rudolf Bultmann (1884-1976) propuso su método de ‘desmitologización’, mediante el cual negó todos los milagros registrados en la Biblia en el nombre de la racionalidad moderna.

En palabras de Bultmann, “No se puede utilizar la luz eléctrica y la radio, usar medicamentos y medios clínicos modernos en casos de enfermedad, y al mismo tiempo creer en el mundo de espíritus y de los milagros del Nuevo Testamento”.

Para el liberal, en primer lugar está la razón y luego la revelación de Dios. El evangélico, sin embargo, invierte este orden, es decir, primero la revelación, luego la razón.

  1. La teología liberal no hace hincapié en la doctrina

La teología liberal critica el uso de credos, confesiones de fe y catecismos, ya que dichos documentos dan por sentado la importancia de la doctrina. La meta del liberal es tener “una mente abierta” y por lo tanto ataca cualquier sistema que atenta contra su libertad intelectual.

Puesto que la verdad no se puede transmitir mediante palabras, el liberal razona que puede creer lo que bien le da la gana. La doctrina, dicen, es para los “fundamentalistas” o “los que pertenecen a la Edad de Piedra”.

A los liberales no les gustan para nada las declaraciones doctrinales empleadas en las Escrituras (1 Co. 15:3-5; 1 Tim. 3:16, etc.)

  1. La teología liberal se enfoca en la experiencia

Ya que la doctrina no importa, los liberales priorizan la “experiencia” de Dios. El padre de la teología liberal, Friedrich Schleiermacher (1768-1834), definió la teología como el sentimiento de nuestra “absoluta dependencia de Dios”.

A nivel práctico, quiere decir que en vez de empezar con la revelación de Dios según las Escrituras, Schleiermacher arrancó con la subjetividad de la experiencia humana.

Lo más importante en la teología entonces no es hablar sobre Dios sino más bien nuestra experiencia de Él (o de Ella).

El teólogo liberal alemán, Federico Schleiermacher.

Las consecuencias de tal sistema liberal fueron desastrosas. Schleiermacher negó prácticamente todas las doctrinas cardinales del cristianismo (la Trinidad, la doble naturaleza de Cristo, la obra expiatoria del Hijo de Dios, la condenación eterna para los impíos, etc.) y al fin y al cabo, convirtió la teología en antropología.

En vez de someter sus experiencias a las Escrituras, sujetó las Escrituras a su experiencia. Con razón algunos han llamado a Schleiermacher el ‘Judas Iscariote’ de los siglos XVIII y XIX.

  1. La teología liberal solo cree en un Dios de amor

El único atributo de Dios que los liberales mencionan desde el púlpito y en sus círculos académicos es el amor de Dios. No se habla sobre Su santidad, Su justicia y Su ira contra los impíos.

Han creado a otro dios conforme a su imagen y semejanza. Por esta razón los liberales nunca predican sobre el pecado ni el peligro de la condenación eterna.

Dicen que todos somos buenos. Todos somos hijos de Dios. Todos vamos al Cielo. ¿Por qué? Porque Dios es amor, amor, amor.

  1. La teología liberal no predica el evangelio apostólico

Si Dios es amor y todos vamos al Cielo, entonces ¿qué necesidad hay de predicar el evangelio? Según el liberal, el evangelio no tiene nada que ver con la vida eterna ni con el perdón de los pecados sino más bien con la liberación socio-política o el progreso económico.

Dios no está airado contra los pecadores; por lo tanto, el evangelio apostólico que se centra en la sangre del Cordero de Dios derramada para redimir y hacer propiciación por el pueblo de Dios es abiertamente negado (Ro. 3:24-26).

Este mensaje, según el liberalismo, es “arcaico” y ya pasado de moda. Dado el hecho de que no se predica el evangelio bíblico desde los púlpitos liberales, sus ministros se limitan a hablar sobre la ética y la moralidad.

“Hay que ser una buena persona”, “Hay que ayudar a los necesitados”, “Hay que ser amigo de todos”, “Hay que tolerarlo todo”. Es una teología humanista no fundamentada en la gracia salvadora del Dios trino.

  1. La teología liberal convierte a Jesús en un mero hombre

Los liberales no creen en la divinidad de Jesús. Argumentan que era un hombre inspirado e iluminado por Dios; pero de ninguna forma era Dios manifestado en carne (Jn. 1:14).

Consiguientemente, los liberales por un lado niegan que la crucifixión del Hijo de Dios fue una obra expiatoria en el sentido de que Cristo dio Su vida por nuestros pecados; y por el otro, niegan que Jesús resucitó literalmente al tercer día.

Según los teólogos liberales, Jesús resucitó en los corazones de los discípulos; pero no resucitó corporal ni históricamente.

Esto contradice expresamente la declaración apostólica: “Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1 Co. 15:14).

En cuanto al tema de la expiación, el liberalismo estipula que Jesús murió para darnos un ejemplo ético a seguir. No estaba efectuando la salvación de los escogidos del Padre en la cruz.

¿Por qué no? Porque era un mero hombre: nada más, nada menos.

El liberalismo niega que Cristo diese su vida en la cruz con el fin de hacer expiación por el pecado.

  1. La teología liberal promueve el movimiento ecuménico

En nuestros días muchos liberales están atacando a los evangélicos conservadores porque no se juntan con el movimiento ecuménico. El ecumenismo está centrado en la unidad eclesiástica a todo costo.

Para formar parte de la corriente, todo lo que hace falta es confesar algún tipo de “experiencia religiosa”.

No obstante, la fe evangélica —como explicó el amado príncipe de los predicadores Charles Spurgeon (1834-92)— cree en la unidad basada en la doctrina del Evangelio de Cristo.

Una unidad no fundamentada en la Palabra de Dios es falsa. “Unidad en el error…”, dijo el predicador inglés, “…es unidad en la perdición”.

El momento que alguien se adhiere al movimiento ecuménico, lo primero que tiene que hacer es olvidarse de todas sus convicciones bíblicas y prostituirse por amor a una unidad falsificada, anti-escritural, y no evangélica.

  1. La teología liberal elogia las demás religiones

Puesto que la base de la teología liberal es el ser humano juntamente con su razón, su experiencia y su afán por el ecumenismo, en las últimas décadas el liberalismo se ha abierto al diálogo interreligioso, alabando las virtudes de las religiones mundiales. ¡Incluso han llegado a participar en la adoración interreligiosa!

A principios del 2016 el cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, y los líderes de las religiones musulmana, judía y budista, junto con representantes de diferentes confesiones cristianas, oraron por la paz en el mundo y la convivencia en un acto interreligioso en la Facultad de Teología de Valencia.

Dijo el cardenal, “Las religiones no dividen sino que unen y esta tarde lo hemos podido no solamente experimentar, sino gozar”. En cierto sentido, el cardenal lleva la razón.

Las religiones liberales centradas en la autonomía del hombre sí unen. Pero el evangelio de Jesucristo no trae paz, sino separación.

Proclama el Salvador: “No piensen que vine a traer paz a la tierra; no vine a traer paz, sino espada. Porque vine a poner al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su misma casa” (Mt. 10:34-36).

No puede haber paz verdadera entre la fe evangélica y la teología liberal.

  1. La teología liberal no cree en la exclusividad de salvación en Jesucristo

La razón teológica por la que los liberales se abren al movimiento ecuménico y a la adoración interreligiosa es porque ya no creen en la exclusividad de salvación en Jesucristo.

De acuerdo a su sistema filosófico, el apóstol Pedro se equivocó cuando predicó: “En ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en el cual podamos ser salvos” (Hch. 4:12).

Si Dios es únicamente un Dios de amor, entonces la doctrina del castigo eterno necesariamente tiene que ser falsa.

Por consiguiente, los liberales —al no estar satisfechos con la impecable obra de Jesucristo realizada según el evangelio— van buscando cosas loables en las demás religiones que, en última instancia, esclavizan al ser humano.

Al no creer que solo Cristo salva, los teólogos liberales inventan su propia religión. En palabras de Pablo, “Pues desconociendo la justicia de Dios y procurando establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios” (Ro. 10:3).

La teología liberal cree que todas las religiones tienen acceso a lo divino.

Imagen de Helena Cuerva.

  1. La teología liberal no cree en nada ofensivo para el hombre natural

En sus exposiciones sobre el Sermón del monte, Martyn Lloyd-Jones (1899-1981) tomó tiempo para instruir a su congregación en Londres sobre el peligro de los falsos profetas.

Basándose en Mateo 7:15 – “Cuídense de los falsos profetas, que vienen a ustedes con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces”— el predicador destacó que la primera característica del falso ministro es que no tiene “puerta estrecha” en él.

Con esto quiso decir que en el teólogo liberal, no hay nada que ofenda al hombre natural. Es el tipo de mensajero que agrada a todos por ende todos hablan bien de él.

No tiene enemigos. Nadie le persigue por sus sermones. Sabe comportarse en cualquier contexto y “se hace todo a todos”. Es carismático, dinámico, popular, agradable a la vista y al oído.

En suma, “Muy consolador, muy tranquilizante; siempre es así el falso profeta, en su vestido de oveja; siempre inofensivo y agradable, siempre invariablemente atractivo”.

Casado con Ágota y padre de dos hijas, Will Graham (1985) sirve como pastor evangélico, profesor y blogger en la cuidad española de Almería (ubicada en el extremo sureste de la península).

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¿Me puedo casar con un incrédulo?

Protestante Digital

¿Me puedo casar con un incrédulo?

WILL GRAHAM

Pregunta: ¿Puede un cristiano casarse con un no cristiano?

Respuesta: ¡No, no, no, no, no, no, no, no!

Aquí van ocho razones…

Razón 1: No glorifica a Dios.

¿Cuál es la gran meta de la vida cristiana sino glorificar a Dios y disfrutar de Él para siempre? 1 Corintios 10:31 se lee, “Si, pues, coméis o bebéis o hacéis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”. Podríamos añadir a la lista paulina: “Si, pues, os casáis, hacedlo todo para la gloria de Dios”. Dios ha estipulado muy claramente en su bendita Palabra que sus hijos se casen con hijas del Señor y viceversa. Casarse con un incrédulo no glorifica a Dios.

Razón 2: No honra a Cristo.

¿Por qué murió Cristo? ¿Por qué se entregó por nosotros? Explica Tito 2:14 que lo hizo todo con el fin de “redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras”. Morimos con Cristo. Ahora andamos en el poder de una nueva vida. Agradecidos por su preciosa obra de salvación, seguimos al Señor gozosa y libremente. Por lo tanto no nos hagamos esclavos de los hombres (1 Corintios 7:23).

Cristo es nuestro Señor. Sólo Él es digno de nuestra obediencia. No pequemos contra el Salvador que nos rescató y nos redimió para sí. ¿Cómo podemos casarnos con alguien cuya vida no se centra en nuestra joya más preciosa, el Señor Jesús? Casarse con un incrédulo no honra a Cristo.

Razón 3: Ofende al Espíritu Santo.

El Espíritu de Dios es santo, santo, santo. Su labor en la economía del Nuevo Pacto es la de santificarnos y hacernos semejantes a Cristo en todo. El Espíritu no quiere que nos casemos con incrédulos. Razona 2 Corintios 6:16 de la siguiente forma: “¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente”. Al casarnos, nos hacemos una sola carne con nuestro cónyuge así que es necesario que nos casemos con alguien en el Señor. ¡No frustremos el propósito del Espíritu en nuestras vidas! Casarse con un incrédulo ofende al Espíritu divino.

Razón 4: Es una violación de la Palabra de Dios.

La Escritura dice textualmente que un cristiano no se puede casar con un incrédulo. 1 Corintios 7:39 revela que un cristiano puede casarse con quién él o ella quiera bajo una sola condición: “con tal de que sea en el Señor”. Los creyentes solteros son libres para casarse solo con un seguidor de Jesús. La Biblia no está en contra del matrimonio; pero sí se opone a los matrimonios mixtos entre creyentes e incrédulos. Casarse con un incrédulo es una violación de la Palabra.

Razón 5: Es un yugo desigual.

Pablo ofrece la analogía de un yugo desigual para defender la idea de que un cristiano no debe tener compañerismo con la injusticia. Aludiendo a Deuteronomio 22:10, manda 2 Corintios 6:14, “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas?” Explica John MacArthur: “Con esta analogía, Pablo enseñó que no es correcto unirse en iniciativas espirituales comunes con aquellos que no son de la misma naturaleza (incrédulos).

Es imposible que todas las cosas se hagan para la gloria de Dios en una situación así”. El matrimonio es la forma más íntima de compañerismo espiritual que hay. Por esta razón los cristianos, si no tienen el don de continencia, se tienen que casar con otros creyentes. Casarse con un incrédulo es un yugo desigual.

Razón 6: Es egoísmo.

Si algún creyente insiste en casarse con su novio o novia no cristiano/a, hay que hacerle la siguiente pregunta: “¿Por qué quieres casarte con él o ella si sabes que esta forma de actuar no glorifica a Dios, no honra a Cristo, ofende al Espíritu, viola la Palabra y constituye un yugo desigual?” Invariablemente la respuesta que te da será algo como: “Es que no entiendes. Sé que no es del Señor todavía pero es una persona realmente maravillosa. Es casi cristiano/a. A veces viene conmigo al culto y me hace sentir tan especial. Me dice cosas bonitas. Me ama tal como soy. Me entiende. Nos llevamos tan bien”.

Se trata de puro egoísmo. En vez de colocar al Señor en primer lugar, tal creyente opta más bien por rendir culto a sus sentimientos personales y subjetivos. Por un lado está la voluntad inmutable de Dios. Por otro lado, la voluntad sentimentalista del creyente. Y se escoge conforme a las emociones. ¡Qué tragedia! De nuevo digo, ¡qué tragedia! Casarse con un incrédulo es egoísmo sentimentalista.

Razón 7: Estorbará la vida espiritual de tus hijos e hijas.

Después de la boda vienen los niños. ¿Qué clase de ejemplo piadoso va a ejercer un padre o una madre no creyente? ¿Cómo puede un incrédulo enseñar grandes verdades espirituales a sus niños y niñas? No puede. ¿Acaso los peques aprenderán de él o ella acerca de la belleza la lectura y meditación bíblica, de la comunión con el Señor a través de Cristo en oración o de la necesidad de congregarse semanalmente con otros hermanos en la fe? ¡Qué va! ¿No prefieres que tus hijos vean a sus padres cantando las maravillas del Señor en el hogar? Casarse con un incrédulo estorbará la vida espiritual de tus hijos e hijas.

Razón 8: Lleva a la depresión espiritual.

No me gusta emplear razones egoístas para obedecer a Dios. Pero coloco este octavo argumento porque es algo que he visto suceder decenas de veces a lo largo de los años. Quiero guardar a mis lectores de caer en la misma trampa. Ves a una jovencita cristiana toda emocionada porque se va a casar con su novio incrédulo. ¿Y qué pasa?

Pasa un año, pasan dos años y ve que el tipo no tiene ningún interés en las cosas del Señor (aunque debería de haberse dado cuenta de esto mucho antes de pensar en salir con él).

Y luego siempre acontece una de dos cosas: o después de un tiempo de enfriamiento espiritual la mujer se va definitivamente de la iglesia o simplemente sigue congregándose de forma deprimida en las reuniones pidiendo oración por la conversión de su marido. Anda amargada, triste, abatida, echándole la culpa a Dios, “¿Por qué no obras en mi marido, Señor?” Por algo será que Dios nos dijo que no nos casaremos con incrédulos. Casarse con un incrédulo lleva a la depresión espiritual.

Conclusión

Pregunta: ¿Puede un cristiano casarse con un no cristiano?

Respuesta: ¡No, no, no, no, no, no, no, no!

Casado con Ágota y padre de dos hijas, Will Graham (1985) sirve como pastor evangélico, profesor y blogger en la cuidad española de Almería (ubicada en el extremo sureste de la península).

Escribe semanalmente en sus blogs en Protestante Digital Evangelical Focus y colabora con Unión BíblicaCoalición por el Evangelio Pasión por el Evangelio.

http://www.pastorwillgraham.com