La muerte, los impuestos y las tentaciones

Febrero 27
 
La muerte, los impuestos y las tentaciones

Lectura bíblica: Santiago 4:7–10

Someteos, pues, a Dios. Resistid al diablo, y él huirá de vosotros. Santiago 4:7

a1Violeta escondió el rostro entre las manos y suspiró:
—Creía que las cosas serían distintas —le dijo a su líder de estudio bíblico—. Creía que sería más fácil llevarme bien con todos en casa en cuanto aceptara a Cristo. Pero todavía siento que estoy siempre luchando para no ser mala.
La verdad es ésta: Los únicos cristianos que no enfrentan tentaciones son los que están en el cielo. El resto enfrentamos tentaciones cada día de la vida. El que hayas aceptado a Cristo no causará que Satanás deje de molestarte. En realidad, el problema con las tentaciones casi ni empieza hasta que empiezas a responder al Espíritu Santo de Dios.
Ese no es un dato muy alentador, ¿no es cierto? La verdad es que conocer a Jesús te da mucho poder para encarar las tentaciones. Cuando te encuentras ante una tentación, así es como puedes luchar contra ella:

• Permanece en guardia. Puedes estar seguro de que serás tentado. Benjamín Franklin se equivocó cuando afirmó: “En este mundo nada es seguro más que la muerte y los impuestos”. Porque hay algo más que es seguro en la vida: las tentaciones.
• Contraataca a la tentación enseguida. El peligro más grande en las tentaciones es decirte a ti mismo qué divertido es lo malo en lugar de encararlo inmediatamente. Eso es como jugar con un cachorro de león, divertido por un tiempo, mortal cuando crece y te hace pedazos. Cuando Jesús se sintió tentado (ver Mateo 4) respondió enseguida a cada tentación: ¡lo hizo inmediatamente!
• Sométete a Dios. Los que luchan sabiamente contra la tentación se ponen de rodillas y oran acerca de su situación. No basta con alejarte de la tentación, necesitas acudir a Dios. Cuéntale tus problemas. Pídele su ayuda, la ayuda exacta que promete en Hebreos 2:18.
• Resiste al diablo. ¿Cómo? En cuanto reconoces una tentación y le pides a Dios que te ayude a superarla, ponte los zapatos deportivos que usas para correr ¡y huye de allí!

Y cuando Dios te ha ayudado a vencer la tentación, no te olvides de agradecerle por cumplir su promesa. Al fin y al cabo, él es el que afirma: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios , quien no os dejará ser tentados más de lo que podéis soportar, sino que juntamente con la tentación dará la salida, para que la podáis resistir” (1 Corintios 10:13).

PARA DIALOGAR
¿Estás contento porque Dios no te deja solo para luchar contra las tentaciones? ¿De qué manera te ayuda?

PARA ORAR
Padre, te damos gracias por tu presencia y la fuerza que nos das para resistir las tentaciones. Ayúdanos a acordarnos de orar a la primera señal de una tentación.

PARA HACER
¿Cuáles son las tentaciones más grandes que enfrentas? ¿Cómo las encaras? ¡Habla con un amigo o un familiar acerca de un plan eficaz para vencerlas!

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

Tu autorretrato interior

Febrero 26

Tu autorretrato interior

Lectura bíblica: Jeremías 31:3

Con amor eterno te he amado; por tanto, te he prolongado mi misericordia. Jeremías 31:3

a1Tema para comentar: ¿Cuál es la foto más fea, espantosa y horrible de ti? ¿Puedes describirla? ¿O ir a encontrarla? Ahora explica: ¿Por qué te disgusta tanto?
Es muy probable que la foto que más te disgusta es una foto escolar o la foto en tu cédula de identidad. Preferirías que te arrojaran en un pozo lleno de arañas a que alguien viera esa foto.

Lo que no sabías es que al fotógrafo de la escuela y al de la jefatura de policía les pagan para que obtengan la peor foto posible de ti. En serio. Bueno, quizá no. Pero aférrate a esta buena noticia: Esa foto no se parece para nada a lo que realmente eres.

Este es el porqué. ¿Sabes que llevas otra foto de identificación personal, una que es mucho más importante que cualquier foto en tu bolsillo? Es la foto de ti mismo que tienes en tu mente, tu concepto de quién eres. Al igual que tu foto de identidad, tu autorretrato interior puede o no representar exactamente a tu verdadero yo. Pero a diferencia de tu foto de identidad, es el único que tienes.

Toma a Alejandro, por ejemplo. Creció en un hogar difícil. El mensaje principal que escuchó al crecer era: “Alejandro, nunca haces nada bien”. ¿Era ese un retrato exacto de Alejandro? ¡No! Es cierto que hay algunas cosas que Alejandro no hace bien, como cualquiera de nosotros. Pero decir que no puede hacer nada bien es odioso. No obstante, ese mensaje estaba grabado en su corazón, y ese es el autorretrato que lleva dondequiera que va.

En cambio, el retrato que Teresa tiene de sí misma es digno de ponerse en un marco. Creció en un hogar donde era querida, siendo educada por padres cristianos cariñosos. Aprendió de chica que era una creación única, muy amada, de Dios. Como resultado, se está desarrollando segura —pero no orgullosa— de lo que vale para Dios y los demás.
Tu meta no es convertirte en Teresa. Es obtener el verdadero concepto que Dios tiene de ti, un concepto que capta tu verdadera identidad como hijo de Dios.

No importa cómo te ves a ti mismo en el presente, esta verdad puede empezar a dar forma a tu autorretrato para que sea un retrato más fiel de quién eres. Jeremías 31:3 dice que Dios te ama eternamente. Así es. Dios se compromete a amarte para siempre. Personaliza ese versículo: “Dios me ama eternamente, y por su amor me acerca a él”. ¿No te encanta ese retrato?

PARA DIALOGAR
¿De qué modo el concepto que Dios tiene de ti capta quién eres realmente?

PARA ORAR
Señor, ayúdanos a ver tu verdadero concepto de nosotros.

PARA HACER
Recuérdales hoy a los miembros de tu familia que pueden descubrir quiénes realmente son insertando sus respectivos nombres en Jeremías 31:3.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

La reforma conciliar 47

La reforma conciliar 47

Tal concilio puede abrogar los privilegios papales, y contra él no hay apelación posible. Puede además elegir, rebajar o deponer al Papa. Puede hacer nuevas leyes, y cancelar las antiguas.

Dietrich de Niem

a1Durante la “era de los gigantes”, cuando la iglesia amenazaba dividirse a causa de la controversia arriana, Constantino decidió convocar una asamblea a la que concurrirían obispos de todo el Imperio. A partir de aquel Concilio de Nicea, y por varios siglos, cada vez que la iglesia se enfrentaba a una situación semejante se apelaba al recurso de convocar un concilio universal o “ecuménico”. Pero durante la “era de los altos ideales” el auge del poder papal fue tal que los concilios quedaron supeditados a los papas. Ejemplo de esto fue, como hemos visto, el IV Concilio de Letrán, convocado por Inocencio III para aprobar una serie de medidas que él y su curia habían determinado de antemano.

Pero ahora, con las tristes experiencias de la “cautividad babilónica” y del Gran Cisma de Occidente, comenzó a cobrar fuerza la idea de convocar un concilio cuya función fuera, no sencillamente refrendar las acciones papales, sino reformar la iglesia, y resolver los problemas que los papas habían creado con sus ambiciones, sus pugnas y su corrupción.

La teoría conciliar.

Aunque los papas y cardenales parecieron prestar oídos sordos por largo tiempo, el hecho es que toda la cristiandad occidental se cansaba de los desmanes de los potentados eclesiásticos, y anhelaba una reforma moral de la iglesia. Durante el período de la “cautividad babilónica”, las voces de protesta vinieron mayormente de los países que estaban en guerra con Francia. Pero el Gran Cisma creó un clima universal de impaciencia con los manejos de los papas. Puesto que fueron los eruditos quienes dejaron constancia escrita de su inconformidad, nos vemos obligados a dirigir nuestra atención principalmente hacia esos testimonios. Pero al hacer esto no debemos olvidar que para las masas no se trataba sólo del escándalo de que hubiera dos papas, sino también y sobre todo de la explotación económica que acarreaban la ostentación y las necesidades políticas y militares de los contendientes. La simonía, el absentismo y el pluralismo, que servían la ambición de los poderosos, redundaban en impuestos cada vez más altos para las masas. Así la iglesia, que en sus primeros siglos y aún después en sus mejores momentos había sido defensora de los pobres, se convirtió en un peso más sobre las clases oprimidas.

Mientras tanto, principalmente en las universidades, el descontento iba tomando forma teológica. Los estudiosos sabían que no siempre el obispo de Roma había tenido las prerrogativas que ahora reclamaba para sí, y que los últimos siglos le habían concedido. A este conocimiento se unía el viejo espíritu del franciscanismo, que no había muerto, y para el cual la pobreza voluntaria era una de las virtudes más encomiables. Por tanto, muchos de los que se opusieron a la autoridad excesiva del papa, y abogaron por un concilio que reformara la vida y las costumbres de la iglesia, eran eruditos, franciscanos, o ambas cosas.

La teoría conciliar tenía viejas raíces históricas. Pero para nuestros efectos podemos decir que el gran maestro de los principales exponentes del conciliarismo fue Guillermo de Occam, a quien nos hemos referido al tratar acerca de la “cautividad babilónica” del papado, y quien ocupará buena parte de nuestra atención cuando, en el próximo capítulo, intentemos resumir la teología de la época.

La mayor parte de los teólogos medievales antes del siglo XIV había estado convencida de que las ideas universales eran anteriores a las cosas concretas incluidas en tales ideas. Así, por ejemplo, la idea de “caballo” es anterior a los caballos individuales, y tiene una realidad propia aun aparte de ellos. Esta posición, que se había vuelto clásica, se llamaba “realismo”, por cuanto afirmaba que las ideas universales eran reales. Occam y buena parte de su generación teológica, al contrario, creían que lo real es ante todo el individuo concreto, y que las ideas universales son nombres o conceptos que existen sólo en la mente. Por ello se les llama “nominalistas”.

Cuando esto se aplicaba a la iglesia, la conclusión a que llegaban Occam y sus seguidores era que la iglesia no era una realidad celestial o ideal, representada en la tierra por el papa y la jerarquía derivada de él, sino que era el conjunto de los fieles. Son los fieles los que constituyen la iglesia, y no viceversa. Pero si esto es cierto, se sigue que la autoridad eclesiástica no radica intrínsecamente en el papa, sino en los fieles, de quienes el pontífice deriva su potestad. En consecuencia, un concilio universal que represente a los fieles de toda la cristiandad ha de tener más autoridad que el papa.

Esto no quiere decir que el concilio sea necesariamente infalible, pues, como veremos más adelante, Occam no cree que haya institución que no pueda errar, e insiste en la libertad de Dios para revelarse según su soberana voluntad. Pero sí quiere decir que, en un caso en que la iglesia esté claramente necesitada de una reforma, y el papa se niegue a dirigirla, un concilio universal tiene la autoridad necesaria para reformar la iglesia, aun contra la voluntad del papa.

Occam desarrolló estas teorías cuando el papado estaba en Aviñón. Pero después, al producirse el Gran Cisma y verse claramente que los contendientes de ambos lados estaban más interesados en su propio poder que en el bienestar de la iglesia, las teorías conciliaristas cobraron nuevo ímpetu. Para sus principales exponentes, la idea de un concilio universal no era sólo el modo de ponerle fin al cisma, sino que era además el mejor instrumento para la reforma de la iglesia. Los graves males de la época se le atribuían entonces a la excesiva centralización del poder eclesiástico. Luego, la función del concilio no podía limitarse a escoger entre los dos papas existentes, o nombrar otro en su lugar, sino que el concilio tendría que ocuparse además de la reforma de la iglesia, y parte de esa reforma era la descentralización del poder. Según decían muchos, “sin concilio no hay reforma”.

Durante mucho tiempo, todas estas ideas se discutían en las universidades y en las principales cortes de Europa. Pero siempre existía la dificultad de que los conciliaristas no concordaban entre sí en cuanto a quién debería convocar el tan ansiado concilio. Durante los últimos siglos, habían sido los papas quienes habían convocado los concilios. Pero ahora había dos papas, y por tanto una convocatoria por parte de uno de ellos haría peligrar la imparcialidad de la asamblea. Puesto que los primeros concilios habían sido convocados por los emperadores, algunos arguían que esa función le correspondía al emperador, o al menos a los soberanos temporales. Pero todos estos soberanos se inclinaban hacia uno u otro de los pretendientes, y por tanto un concilio reunido a iniciativa suya tampoco parecía ser el mejor camino para reformar la iglesia.

En esto estaban las cosas cuando los manejos de Benito XIII y Gregorio XII llevaron a los cardenales a intervenir directamente en la cuestión, abandonando a sus respectivos papas y haciendo una convocación conjunta un gran concilio universal, que debería reunirse en Pisa el año siguiente (1409).

El Concilio de Pisa

Mientras los cardenales reunidos en Pisa acusaban a sus anteriores jefes de los más bajos crímenes, éstos corrían a refugiarse, Benito XIII en Perpiñán, que pertenecía entonces a Aragón, y Gregorio XII en Venecia, de donde era oriundo. Tan pronto como se vieron a salvo, ambos trataron de adelantarse a los cardenales, convocando cada cual un concilio universal.

El concilio de Benito XIII tuvo cierto éxito inicial, pues un número respetable de prelados acudió a él. Pero pronto surgieron discordias entre los presentes, y poco a poco todos fueron abandonando el lugar, hasta que la asamblea se disolvió. Benito se retiró entonces a la fortaleza de Peñíscola, donde vivió quince años más, insistiendo siempre en que era el legítimo sucesor de San Pedro.

En cuanto a Gregorio, su situación era aún más precaria, pues no tenía un reino que lo protegiera, como Benito tenía el de Aragón. Su pretendido concilio nunca pasó de ser un puñado de partidarios suyos a quienes nadie hizo caso. Por fin se retiró a Rimini.

Mientras tanto, había llegado la fecha del Concilio de Pisa. En la catedral de esa ciudad se reunió una multitud que incluía, además de los cardenales de ambos colegios, un gran número de arzobispos, obispos, abades y ministros generales de órdenes, así como varios centenares de doctores en derecho canónico y en teología.

Puesto que todos los presentes sabían que la legalidad del Concilio tenía que ser irreprochable, las sesiones fueron extremadamente ordenadas. Al llegar el momento de juzgar el caso de los dos papas, se siguió con todo cuidado el proceso formal. Por tres días consecutivos, desde la puerta de la catedral, se les llamó por nombre (es decir, por sus nombres antes de ser papas, Pedro de Luna y Angel Correr), pidiendo que se presentaran ellos o sus representantes. Cuando, como era de esperarse, tal llamada no obtuvo resultados, se procedió a un juicio formal. Tras largos días de testimonios contra los dos papas, se les depuso, declarando que el papado estaba vacante:

El santo concilio ecuménico, que representa a la católica iglesia de Dios, y a quien corresponde juzgar en este asunto, reunido por la gracia del Espíritu Santo en la catedral de Pisa, y tras haber escuchado a quienes abogan por la extirpación del abominable e inveterado cisma, y por la unión y restauración de nuestra santa madre iglesia, contra Pedro de Luna y Angel Correr (a quienes algunos llaman Benito XIII y Gregorio XII), declara que los crímenes y abusos de estos dos, según ha sido demostrado ante el sacro concilio, son verdaderos y notorios. Los dos pretendientes, Pedro de Luna y Angel Correr, han sido y siguen siendo cismáticos manifiestos, partidarios obstinados, que aprueban, defienden y patrocinan el cisma. Son evidentemente herejes que se han apartado de la fe. Han cometido perjurio, y sus promesas de nada valen. Su porfía manifiesta y repetida escandalizó a la iglesia. Sus enormes abusos e iniquidades los hacen indignos de todo honor o dignidad, y en particular del pontificado supremo. Y aunque los cánones de la iglesia muestran que son automáticamente rechazados por Dios y apartados de la iglesia, nosotros, mediante esta sentencia definitiva, los deponemos, rechazamos y amputamos, y les prohibimos a ambos que continúen declarándose pontífices supremos, al mismo tiempo que declaramos que el papado está vacante.

Nótese que este decreto no declara que la elección de tal o cual papa haya sido nula. De haberse planteado la cuestión de ese modo, el Concilio se hubiera dividido, pues en él se encontraban presentes cardenales que habían votado por cada uno de los dos pretendientes. Luego, en lugar de tratar de resolver la cuestión, como hasta entonces se había hecho, sobre la base de cuál de los dos pretendientes había sido legalmente elegido, se resolvió dejando a un lado esa cuestión, y deponiéndolos a ambos por razón de su conducta indigna. Aunque resultaba imposible determinar cuál de los dos era el papa legítimo, era de suponerse que uno de ellos lo fuera. Por tanto, el Concilio declaró indirectamente que un papa, aunque fuese debidamente elegido, podía ser juzgado y depuesto por una asamblea que representaba a toda la iglesia.

Si el papado estaba vacante, era necesario elegir un nuevo papa. Puesto que los cardenales de ambos partidos estaban presentes en el Concilio, tal elección podía tener lugar inmediatamente. Pero la asamblea tenía otro propósito fundamental en su agenda. No bastaba con eliminar el cisma. Era necesario dar al menos los primeros pasos hacia la reforma que tantos anhelaban. Y para muchos de los presentes una de las causas principales de los males que aquejaban a la iglesia era la excesiva centralización del poder en ella. Luego, antes de elegir un nuevo papa y disolver la reunión era necesario asegurarse de que el pontífice electo reconocería la necesidad del Concilio, y estaría dispuesto a acatar su autoridad. Por esas razones todos se juramentaron:

Todos y cada uno de nosotros, los obispos, sacerdotes y diáconos de la santa iglesia romana, reunidos en la ciudad de Pisa a fin de terminar el cisma y restaurar la unidad de la iglesia, empeñamos nuestra palabra de honor y prometemos […] que, si uno de nosotros es electo papa, el tal continuará el presente concilio, sin disolverlo ni permitir, en cuanto esté a su alcance, que sea disuelto, hasta tanto no haya tenido lugar una reforma adecuada, razonable y suficiente de la iglesia universal, tanto en su cabeza como en sus miembros.

Poco después el cónclave se reunió y eligió a Pedro Filareto, arzobispo de Milán, quien tomó el nombre de Alejandro V. Tras esa elección, el Concilio decretó varias medidas en pro de la reforma eclesiástica, y se declaró disuelto, congratulándose por haber terminado el cisma y dado los primeros pasos hacia una reforma que eliminaría males tales como la simonía y el absentismo.

Los tres papas

Empero el Concilio de Pisa, lejos de resolver el cisma, lo complicó, pues ahora había tres papas, y cada cual se consideraba a sí mismo el legítimo sucesor de San Pedro y cabeza de la iglesia. Aunque la mayoría de los estados de Europa occidental aceptaba tanto el Concilio de Pisa como el papa electo en él, Benito todavía era considerado papa legítimo por toda la Península Ibérica y por Escocia.

Gregorio, por su parte, contaba con el apoyo vacilante de Nápoles y Venecia, y con la ayuda decidida de los Malatesta, que eran dueños de la ciudad de Rímini. Luego, aunque el papa pisano era sin lugar a dudas el que gozaba de un reconocimiento más general, los otros dos eran todavía capaces de seguir sosteniendo sus cortes y sus pretensiones.

En lugar de atacar inmediatamente a sus dos rivales, Alejandro V se dedicó a consolidar su posición confirmando casi todos los cargos y honores que habían sido conferidos por los dos papas a quienes el Concilio había declarado depuestos. Pero esto quería decir que, aunque él mismo era un franciscano de vida austera y leal defensor de la reforma, ésta se vio relegada a segundo plano, puesto que las prebendas por él confirmadas eran precisamente el peor de los males que debían erradicarse. Por lo pronto, su principal intento de reforma consistió en darles más derechos e injerencia en los asuntos eclesiásticos a sus compañeros de orden. Puesto que los franciscanos habían hecho votos de pobreza, y todavía muchos de ellos tomaban esos votos con gran seriedad, Alejandro parece haber abrigado la esperanza de que su orden pudiera ser su brazo derecho cuando llegara el momento de dedicarse de lleno a la tarea de reformar la iglesia. Pero en todo caso lo cierto es que Alejandro sólo logró enemistarse con el resto del clero, para quienes los mendicantes eran un estorbo, y que nada se había hecho contra los males que aquejaban a la iglesia cuando el Papa murió, poco más de diez meses después de ser electo.

Alejandro murió en Boloña, y allí mismo se reunieron los cardenales para elegir a su sucesor, que resultó ser el menos digno de entre ellos, Baltasar Cossa, quien había comenzado su carrera como pirata y era a la sazón dueño —más que dueño, tirano— de Boloña. Aunque hay diversas versiones acerca de lo que sucedió en el cónclave, no cabe duda de que el hecho de estar reunidos en Boloña pesó sobre la decisión de los cardenales, y hasta se cuenta que Cossa rechazó altaneramente a todos los candidatos propuestos, y que por fin tomó la estola papal, se la colocó sobre sus hombros, y declaró: “Yo soy el papa”. Sea cual fuere el modo en que el nuevo papa fue electo, el hecho es que tomó el nombre de Juan XXIII, y que pronto trató de llenar sus arcas mediante una guerra contra Ladislao de Nápoles, de la que esperaba obtener rico botín. Pero las cosas no salieron como Juan esperaba, y pronto se vió solo y amenazado por los napolitanos, que estaban a punto de tomar la ciudad.

En medio de tales dificultades, Juan XXIII pensó que el mejor modo de garantizar la seguridad de Roma era convocar un concilio a reunirse en ella. Ciertamente Ladislao no se atrevería a tomar acción militar contra la sede de tan augusta asamblea. Pero el pretendido concilio resultó ser una chanza. Muy pocos prelados se atrevieron a acudir a una ciudad en estado tan precario. Cuando por fin la pequeñísima asamblea se reunió, los cronistas nos cuentan que, al celebrarse la misa pidiendo el descenso del Espíritu Santo, apareció una lechuza dando gritos. El incidente se volvió comedia cuando alguien comentó: “¡Vaya forma rara que ha tomado el Espíritu Santo!” Al día siguiente fue necesario volver a interrumpir las sesiones para sacar la lechuza del recinto a fuerza de varas y pedradas.

Mientras todo esto sucedía, los otros dos papas, Benito XIII y Gregorio XII, insistían en sus pretensiones. Y, tras una breve tregua, Ladislao volvió a amenazar a Roma. No le quedó entonces al papa Juan más remedio que huir de Italia y refugiarse bajo el ala del emperador de Alemania, Segismundo. Esto fue lo que condujo al Concilio de Constanza y al fin del cisma.

Empero antes de pasar a narrar tales acontecimientos debemos detenernos a aclarar una duda que puede haber aparecido en la mente del lector. ¿Cómo es que si el papa de quien estamos tratando se llamaba Juan XXIII, hubo en el siglo XX otro famosísimo papa con el mismo nombre y número? Lo que sucede es que la iglesia romana no reconoce como papas legítimos durante el cisma sino a Urbano VI y sus sucesores. Tanto Benito XIII y su predecesor Clemente VII como los papas pisanos, Alejandro V y Juan XXIII, son considerados antipapas. Esto es necesario para la iglesia romana, aun cuando de hecho Alejandro y Juan hayan sido reconocidos mucho más ampliamente que Gregorio XII, porque de otro modo esa iglesia tendría que declarar que el Concilio de Pisa depuso legalmente a Gregorio, y que por tanto los papas están sujetos a los concilios, y no viceversa.

El Concilio de Constanza

Segismundo, el emperador de Alemania cuya protección Juan solicitó, era en ese momento el más poderoso soberano de Europa. Durante largo tiempo, la corona alemana había estado en disputa. Pero ahora se hallaba firmemente establecida sobre la testa de Segismundo, quien tomó el título imperial con toda seriedad, y se dedicó a emular a Carlomagno. Las demás potencias europeas eran más débiles que él. Francia, la única que de otro modo pudo haberle hecho sombra, se encontraba debilitada por la guerra de los Cien Años y por la disputa entre armañacs y borgoñones. En tales circunstancias, Segismundo soñó con ser él quien le pusiera fin al cisma, y quien iniciara la tan anhelada reforma eclesiástica. Por ello, cuando Juan XXIII acudió a él, el Emperador accedió a protegerlo a condición de que convocara un concilio universal, que debía reunirse en la ciudad imperial de Constanza.

Cuando el Concilio inició sus sesiones, a fines de 1414, Juan XXIII tenía razones para estar esperanzado, pues tanto el Emperador como la inmensa mayoría de los presentes lo habían recibido con amplias muestras de respeto, dando a entender que lo tenían por papa legítimo. Pero al mismo tiempo había señales de peligro. En un sermón, el cardenal Pedro de Ailly, uno de los hombres más eruditos y respetados de la época, declaró que el Concilio tenía potestad sobre el papado, y que sólo era digno de ocupar esta alta dignidad quien llevase una vida ejemplar. Poco después se escucharon comentarios en el sentido de que Juan era un papa indigno. Muchos de los presentes tenían dudas acerca de la posibilidad de llevar a cabo las reformas necesarias mientras él fuese papa. Cuando llegaron los embajadores de Gregorio XII, declarando que éste estaba dispuesto a renunciar si los otros dos papas hacían lo mismo, la situación de Juan se volvió desesperada. Para colmo de males, el Concilio decidió que las votaciones serían por naciones. Toda la asamblea se organizó en cuatro “naciones”: los ingleses, los franceses, los italianos y los “alemanes”, entre quienes se contaban también los escandinavos, polacos y húngaros. Más tarde, cuando llegaron los delegados ibéricos, se añadió la quinta nación de los españoles. Este modo de organizar el sufragio quería decir que los italianos, en cuyo gran número Juan estaba confiado, no tenían más que un voto.

A la postre, el Concilio exigió la renuncia de Juan XXIII. Este pareció acceder. Pero tan pronto como se le presentó la oportunidad se disfrazó de lacayo y huyó de Constanza.

Durante más de dos meses, el antes poderoso papa anduvo fugitivo. Cada vez se hacía más difícil su situación, pues su principal protector entre los nobles, el Duque de Austria, fue aplastado por el Emperador, y a partir de entonces le fue casi imposible encontrar asilo. Cuando por fin fue apresado y llevado de vuelta a Constanza, estaba abatido y dispuesto a renunciar. Sin más tardanza, el Concilio aceptó su renuncia, y lo condenó a pasar el resto de sus días prisionero, por temor a que volviese a reclamar la tiara papal.

Quedaban todavía dos papas. Pero el 4 de julio, poco después de la abdicación de Juan XXIII, Gregorio XII siguió su ejemplo. En cuanto a Benito XIII, sus seguidores quedaron reducidos a un puñado cuando el emperador Segismundo, mediante una serie de negociaciones con los estados ibéricos, logró que todos le retiraran su obediencia. Aunque desde su fortaleza en Peñíscola el viejo cardenal Pedro de Luna continuó llamándose único papa legítimo, y dándose el titulo de Benito XIII, ya nadie le hizo caso.

A falta de papa, el Concilio quedó como poder supremo, y se dedicó a la reforma de la iglesia. Poco antes, según veremos en otro capítulo, había condenado a Juan Huss, y muchos de los presentes creían que esa decisión era un paso necesario en la tarea de librar la iglesia de toda mácula de herejía o currupción. Pero todavía faltaba dar pasos concretos para erradicar males tales como la simonía, el pluralismo y el absentismo. A esta tarea se dedicó entonces el Concilio, y pronto descubrió que, aparte de una serie de decretos de carácter general, era poco lo que podía hacerse de inmediato. Por tanto, la asamblea se contentó con promulgar una serie de medidas contra los abusos de la época, y se dedicó a otras dos tareas que aún quedaban pendientes. La primera era la elección de un nuevo papa. La segunda, mucho más importante desde el punto de vista de los conciliaristas, era asegurarse de que hubiera concilios periódicos que se ocuparan de que los papas llevaran a cabo las reformas necesarias.

Cansados de un concilio que había durado tres años, los miembros de la asamblea decidieron que, en lugar de insistir de inmediato en la reforma, sencillamente garantizarían que el movimiento conciliar pudiera continuar, y después elegirían un nuevo papa. De la continuación del movimiento trataron de asegurarse mediante el decreto Frequens, que ordenaba que volviera a haber asambleas conciliares en 1423, 1430, y cada diez años a partir de entonces. Hecho esto, entre los cardenales presentes y una comisión del Concilio, eligieron un nuevo papa, que tomó el nombre de Martín V. El Gran Cisma de Occidente había terminado. Pero el movimiento conciliar, que había logrado gran auge debido al cisma, pronto comenzó a decaer.

El triunfo del papado

Los próximos años fueron un período de tensión creciente entre la doctrina conciliarista y la de la monarquía papal. Martín V, que era hábil diplomático, se cuidó de no contradecir los decretos del Concilio de Constanza. Pero tampoco confirmó los que estaban dirigidos contra su poder.

En obediencia a lo ordenado en el decreto Frequens del Concilio de Constanza, el Papa convocó una nueva asamblea, que se reunió en Pavía y después se trasladó a Siena huyendo de la peste. Pero este concilio, ahora que el cisma había terminado, tuvo poca asistencia, y al año siguiente Martín lo declaró concluido, sin haber aprobado más que algunos decretos de menor importancia.

Al acercarse la fecha en que debía reunirse el próximo concilio (1430), el Papa dio muestras de querer pasar por alto lo decretado en Constanza. Pero se percató de que las ideas conciliaristas tenían todavía mucha fuerza, y a la postre convocó al concilio, que se reunió en Basilea.

Martín V murió poco después de convocado el concilio, y su sucesor, Eugenio IV, cometió el grave error de tratar de disolver la asamblea. La reacción no se hizo esperar. El cardenal Cesarini, a quien Martín V había nombrado presidente de la asamblea, se negó a obedecer el decreto de disolución. Esto inmediatamente volcó la atención de Europa hacia el concilio, que hasta entonces no había causado gran revuelo. En Basilea, el conciliarismo más extremo se adueñó de la reunión. El prestigioso erudito Nicolás de Cusa sostenía que sólo el concilio era infalible, y que por tanto los allí congregados no tenían obligación de obedecer al Papa, sino más bien de juzgarlo si no actuaba debidamente. Los cardenales Cesarini y Eneas Silvio Piccolomini (quien después sería Pío II) defendían tesis semejantes. El emperador Segismundo se negó a reconocer el decreto de disolución, y presionó al Papa para que lo retirara. Por fin, viéndose solo y desamparado, Eugenio IV se rindió, y declaró que el Concilio de Basilea estaba debidamente constituido. Esta capitulación de Eugenio IV parecía señalar hacia el triunfo final de las doctrinas conciliaristas. A partir de entonces, el Concilio de Basilea dio muestras de pretender continuar reuniéndose indefinidamente, y gobernar la iglesia directamente. Una serie de medidas fueron limitando el poder del papa, y cortando sus recursos económicos. Mientras tanto, en Italia, la situación política de Eugenio era cada vez más precaria. Empero un acontecimiento inesperado vino a fortalecer el prestigio papal. Constantinopla se encontraba fuertemente asediada por los turcos. Del viejo Imperio Bizantino no quedaba más que la sombra. Y aun esa sombra desaparecería si el Occidente no acudía en socorro de sus hermanos orientales. Mas esto no era fácil de lograr, pues las iglesias de Oriente y Occidente habían estado separadas por varios siglos, y se acusaban mutuamente de herejía. En su desesperación, el Emperador de Constantinopla y el Patriarca de esa ciudad decidieron que era necesario subsanar el cisma que había durado casi cuatro siglos. Con ese propósito acudieron al Papa, y se mostraron dispuestos a participar del Concilio, si éste se reunía en una ciudad más accesible desde Constantinopla.

El Concilio de Basilea se negó a trasladarse, y el Papa proclamó un decreto transfiriéndolo a Ferrara. La mayoría de la asamblea hizo caso omiso de la orden pontificia y permaneció en Basilea. Pero otros, viendo la oportunidad de reunir las iglesias de Occidente con las de Oriente, acudieron a Ferrara. Resultaba entonces que el movimiento conciliar, que había llegado a la cumbre de su poder como respuesta al Gran Cisma de Occidente, cuando había dos papas, caía a su vez en el cisma, pues ahora había un papa y dos concilios.

El Concilio de Ferrara, que después se trasladó a Florencia, contaba con pocos prelados, y el resto de la cristiandad le hubiera prestado poca atención de no haber sido porque en julio de 1439 se proclamó solemnemente la reunión entre las iglesias bizantina y occidental. A fin de lograr esa reunión, tanto el Emperador como el Patriarca de Constantinopla aceptaron la supremacía papal.

Mientras tanto, al Concilio de Basilea no le quedaba otra alternativa que tomar medidas cada vez más extremas contra el Papa. Eneas Silvio Piccolomini y Nicolás de Cusa abandonaron la idea conciliar y tomaron el partido del Papa. Uno a uno, los diversos reinos y señoríos de Europa le fueron retirando su apoyo a la asamblea de Basilea, cuyos miembros eran cada vez menos. Por su parte, lo que quedaba del viejo concilio inició un proceso contra Eugenio IV, a quien declaró depuesto. En su lugar fue nombrado Félix V. Luego, ahora no sólo había dos concilios, sino que el movimiento conciliar había resucitado el cisma papal. Empero ya casi nadie le hacía caso a aquel sínodo, que poco después se trasladó a Lausana y acabó por disolverse. Cuando por fin Félix V renunció en 1449, el papado romano había resultado vencedor indiscutible de las ideas conciliares.

Estas ideas continuaron circulando por largo tiempo, hasta tal punto que, según veremos en la próxima sección, Lutero llegó a pensar que un concilio universal seria el mejor medio de defender su causa reformadora. Pero a partir de la disolución del Concilio de Basilea no hubo otra asamblea semejante que no sirviera los intereses del papado, y estuviera bajo su dominio.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 495–504). Miami, FL: Editorial Unilit.

El Gran Cisma de Occidente 46

El Gran Cisma de Occidente 46

Debido al peligro y las amenazas del pueblo fue entronizado y coronado, y se llamó papa y apostólico. Pero según los santos padres y la ley eclesiástica debería ser llamado apóstata, anatema, anticristo y burlador y destructor de la fe.

Cónclave rebelde contra Urbano VI

a1El sueño de Catalina de Siena parecía haberse cumplido cuando Gregorio XI llevó el papado de regreso a Roma. Pero las condiciones políticas que habían dado lugar a la “cautividad babilónica de la iglesia” no habían desaparecido. Pronto las dificultades fueron tales que Gregorio llegó a considerar la posibilidad de regresar a Aviñón, y probablemente lo hubiera hecho de no haber sido porque la muerte lo sorprendió. Fue entonces que el sueño de Catalina se volvió una pesadilla aún peor que la del papado de Aviñón.

Al quedar vacante la sede pontificia, el pueblo romano temió que el nuevo papa decidiera regresar a Aviñón, o al menos que fuese un juguete en manos de los intereses franceses, como lo habían sido tantos de sus predecesores más recientes. Estos temores no eran infundados, pues los cardenales franceses eran muchos más que los italianos, y varios de ellos habían dado muestras de preferir a Aviñón por encima de Roma. Lo que el pueblo temía era que los cardenales huyeran y que, una vez a salvo, se reunieran en otro lugar, posiblemente bajo el ala del rey de Francia, y eligieran un papa francés y dispuesto a residir en Aviñón. Por esa razón, el pueblo se amotinó e impidió la huida de los cardenales. El sitio en que el cónclave debía reunirse fue invadido por turbas armadas, que sólo pudieron ser desalojadas tras permitirles registrar todo el edificio para asegurarse de que los cardenales no podían escapar. Mientras todo esto sucedía, el pueblo daba gritos, exigiendo que se nombrase un papa romano, o al menos italiano.

En tales circunstancias, las deliberaciones del cónclave se hicieron harto difíciles. Los cardenales franceses, que de otro modo hubieran podido dominar la elección, estaban divididos, pues el nepotismo de los papas anteriores había tenido por resultado el nombramiento de un buen número de cardenales procedentes de la diócesis de Limoges. Estos estaban decididos a hacer elegir uno de entre ellos, y el resto de los franceses estaba decidido a evitarlo. Entre los italianos, el más poderoso era Jacobo Orsini, quien aspiraba a ceñirse la tiara papal, y posiblemente alentaba el motín popular.

A la postre, mientras el pueblo gritaba en la planta baja del edificio, los cardenales reunidos en el piso alto decidieron elegir a Bartolomé Prignano, arzobispo de Bari. Aunque éste no era romano, al menos era italiano, y con ello el pueblo se calmó. El Domingo de Resurrección, con gran pompa y con la participación de todos los cardenales que lo habían elegido, Prignano fue coronado, y tomó el título de Urbano VI.

En medio de aquella iglesia corrompida, la elección de Prignano pareció ser un acto providencial. De origen humilde y costumbres austeras, no cabía duda de que el nuevo papa se dedicaría a la reforma de que tan necesitada se hallaba la iglesia. Por tanto, era inevitable que chocara con los cardenales, quienes estaban acostumbrados a llevar vidas ostentosas, y para muchos de los cuales su oficio era un modo de enriquecerse ellos y sus familiares. Luego, aunque Urbano hubiera sido un hombre cauto y comedido, su posición sería siempre difícil.

Pero Urbano no era ni cauto ni comedido. En su afán de erradicar el absentismo, llamó traidores y perjuros a los obispos que formaban parte de su corte, y que por tanto no estaban en sus diócesis. Desde el púlpito, tronó contra el lujo de los cardenales, y después declaró que cualquier prelado que recibiera cualquier regalo era por ello culpable de simonía, y merecía ser excomulgado. En sus esfuerzos por librar al papado de la sombra de Francia, decidió nombrar un número tan grande de cardenales italianos que los franceses perdieran su poder. Y luego, antes de hacer el nombramiento, cometió la indiscreción de anunciarles sus proyectos a los franceses.

Todo esto no era más que la tan ansiada reforma que añoraban los fieles en diversas partes de la cristiandad. Pero al ganarse la enemistad de los cardenales, Urbano lo hizo de tal modo que pronto se empezó a decir que estaba loco. Y sus acciones en respuesta a tales rumores eran tales que parecían confirmarlos. Además, al mismo tiempo que se declaraba campeón de la reforma de la iglesia, tomaba medidas para colocar a sus parientes en encumbradas posiciones, tanto eclesiásticas como laicas. Por tanto, sus contrincantes podían decir que lo que le movía no era el celo reformador, sino la sed de poder.

A la postre los cardenales lo fueron abandonando. Primero los franceses, y después los italianos, huyeron a Anagni, y allí declararon, en el manifiesto que hemos citado al principio de este capítulo, que Urbano había sido elegido cuando el cónclave no tenía libertad de acción, y que tal elección, arrancada a la fuerza, no era válida. Al hacer tal declaración se olvidaban de que casi todos ellos habían estado presentes, no sólo en la elección, sino también en la proclamación y la coronación de Urbano, y que ni uno solo había alzado la voz en protesta. Y se olvidaban también de que durante varios meses habían formado parte de la corte de Urbano, tomándole por verdadero papa y sin poner en duda la validez de la elección.

La respuesta de Urbano fue sencillamente nombrar veintiséis nuevos cardenales de entre sus adeptos. Si los demás cardenales los aceptaban como legítimos, perderían todo su poder. Por tanto, no les quedaba otra salida que declarar que, puesto que la elección de Urbano no era válida, los recién nombrados cardenales no lo eran de veras, y proceder entonces a la elección de un nuevo papa.

Reunidos en cónclave, los mismos cardenales —excepto uno— que habían elegido a Urbano, y que por algún tiempo lo habían servido, eligieron a un nuevo pontífice. Los cardenales italianos que estaban presentes se abstuvieron de votar, pero no protestaron.

Surgió así un fenómeno sin precedente en la historia del cristianismo. En varias ocasiones anteriores había habido dos personas que declaraban ser el papa legítimo. Pero ahora por primera vez había dos papas elegidos por el mismo colegio de cardenales. Uno de ellos, Urbano VI, había sido repudiado por los que lo eligieron, y por tanto había creado un nuevo colegio de cardenales. El otro, que tomó el título de Clemente VII, gozaba del apoyo de los cardenales que representaban la continuidad con el pasado. Luego, toda la cristiandad occidental se vio obligada a decidirse por uno u otro pretendiente.

La decisión no era fácil. Urbano VI había sido elegido legítimamente, a pesar de las tardías protestas de quienes lo eligieron. Su rival, en el hecho mismo de tomar el nombre de Clemente, se mostraba dispuesto a seguir la tradición del papado en Aviñón. Pero también era cierto que Urbano daba señales cada vez más marcadas de estar loco, o al menos embriagado con su poder, y que Clemente era un diplomático hábil y moderado—aunque la diplomacia no bastaba para recomendar a este pretendiente al papado, quien anteriormente se había visto envuelto en hechos sangrientos, y cuya piedad y devoción ni aun sus partidarios defendían.

Tan pronto como fue electo, Clemente trató de adueñarse de Roma, donde se hizo fuerte en el castillo de San Angel. Pero a la postre fue derrotado por las tropas de Urbano, y se vió obligado a retirarse de Italia y establecer su residencia en Aviñón. El resultado fue que a partir de entonces hubo dos papas, uno en Roma y otro en Aviñón. Y cada uno de ellos inmediatamente envió legados por toda Europa, tratando de ganar el apoyo de los soberanos.

Como era de esperarse, Francia optó por el papa de Aviñón, y en esa decisión le siguió Escocia, su vieja aliada en la guerra contra Inglaterra. Este último país siguió el curso opuesto, pues el papado de Aviñón era contrario a sus intereses nacionales.

También Escandinavia, Flandes, Hungría y Polonia se declararon a favor de Urbano. En Alemania, el Emperador hizo lo mismo, pues era aliado de Inglaterra contra Francia. Pero muchos de sus nobles y obispos independientes se opusieron a esa decisión, o vacilaron entre los dos pretendientes. En la Península Ibérica, Portugal cambió de parecer varias veces; Castilla y Aragón, que al principio se inclinaban hacia Urbano, a la postre optaron por el bando de Aviñón, gracias a la hábil política del cardenal Pedro de Luna. En Italia cada príncipe o ciudad siguió su propio curso, y el Reino de Nápoles cambió de partido repetidamente.

Catalina de Siena dedicó los pocos años que le quedaban de vida a defender la causa de Urbano. Pero era una causa difícil de defender, pues el papa de Roma se dedicó a tratar de colocar a su sobrino Butillo Prignano sobre el principado de Capua, especialmente creado para él. Ese propósito lo envolvió en guerras injustificables, que le hicieron perder parte del apoyo con que contaba en Italia. Y cuando algunos de sus propios cardenales trataron de aconsejarle que siguiera una política distinta, Urbano los hizo encarcelar y torturar. Hasta el día de hoy no se sabe cómo murieron varios de ellos.

Por su parte, Clemente VII siguió una política mucho más cauta y, si bien no logró hacer valer su autoridad en el resto de Europa, al menos se hizo respetar en los países que lo reconocían como papa, y le dio así cierto prestigio al papado aviñonés.

Puesto que el cisma no se debía sólo a la existencia de dos papas, sino también de dos partidos formados alrededor de las dos capitales, la muerte de uno de los pretendientes no sería suficiente para subsanarlo. Tan pronto como Urbano falleció, en 1389, sus cardenales nombraron a Bonifacio IX. Una vez más, el nombre que el nuevo papa tomó daba a entender que seguiría la política de Bonifacio VIII, cuyo gran enemigo había sido la corona francesa. Pero este nuevo Bonifacio se olvidó de todo intento de reforma, y su régimen se caracterizó por el auge de la simonía.

El cisma mismo estimulaba la simonía. En efecto, cada uno de los dos rivales trataba de aplastar a su contrincante, y para ello necesitaba dinero. Por tanto, aún más que en los peores tiempos de la “cautividad babilónica”, la iglesia se volvió un sistema de impuestos y explotación.

En medio de tales circunstancias, los teólogos de la universidad de París se dedicaron a buscar medios para volver a unir la cristiandad occidental. En el 1394, le presentaron al Rey tres modos de subsanar el cisma: el primero era que ambos pretendientes renunciaran, y se eligiera entonces un nuevo papa; el segundo era la negociación entre ambos partidos, sujeta a arbitraje; el tercero, un concilio universal. De estos tres modos, la universidad prefería el primero, puesto que para poder aplicar los otros dos era necesario resolver las difíciles cuestiones de quiénes serían los árbitros, o quién convocaría el concilio. El Rey siguió los consejos de la universidad, y por tanto tan pronto como supo de la muerte de Clemente VII les rogó a los cardenales de Aviñón que no eligieran otro papa, con la esperanza de poder forzar al pretendiente romano a abdicar.

Pero los cardenales temían que si quedaban sin papa su causa perdería fuerza, y por tanto se apresuraron a elegir al cardenal Pedro de Luna, quien tomó el título de Benito XIII. Si después el Rey quería insistir en la recomendación de la universidad, tendría que enfrentarse a dos partidos, cada cual con su propio papa, y no a un partido acéfalo.

Carlos VI, el rey de Francia, insistió en el camino que se había trazado. Sus embajadores trataron de persuadir a Benito a que renunciara, mientras otros trataban de lograr el apoyo de Inglaterra y del Imperio, para que esas dos potencias obligaran al papa romano a hacer lo mismo. Pero el papa aviñonés, que ahora era el español Pedro de Luna, se negó a abdicar.

Entonces la iglesia de Francia, reunida en concilio solemne, le retiró la obediencia, y poco después las tropas de Carlos VI sitiaron a Aviñón, con el propósito de obligar a Pedro de Luna a renunciar. Pero el papa aviñonés se mostró resuelto. Aunque sus cardenales lo abandonaron, se hizo fuerte en Aviñón y allí resistió el cerco francés hasta que huyó disfrazado. Su obstinación rindió frutos, pues pronto cambiaron las circunstancias políticas y Francia volvió a declararse partidaria suya.

Empero estos acontecimientos mostraban claramente que la cristiandad estaba cansada del cisma, y que si los dos papas no daban señales de estar dispuestos a resolver la cuestión, habría otros que la resolverían por ellos. Fue esto lo que movió a Benito XIII a entablar conversaciones con su rival de Roma. Su propósito no era ceder ni renunciar, sino ganar tiempo mientras se preparaba para aplastar a su contrincante, y obligar entonces a Europa a aceptar el hecho consumado. Sus embajadores se entrevistaron con Bonifacio IX, y después con el sucesor de éste, Inocencio VII.

Pero a la muerte de Inocencio el partido romano tomó la iniciativa. El nuevo papa, Gregorio XII, declaró al ser elegido que estaba dispuesto a abdicar si Benito hacía lo mismo. Esto forzó al papa aviñonés a actuar, pues de no hacerlo se le culparía a él por la continuación del cisma, y perdería el apoyo precario con que contaba en Francia y otros países. Los dos papas se dieron cita en Savona. El encuentro debía tener lugar en septiembre de 1407. Pero pronto surgieron dificultades, y Gregorio no acudió a la cita. Gracias a una larga serie de negociaciones por parte de los cardenales de ambos partidos, los dos rivales se fueron acercando hasta que llegaron a estar a unos pocos kilómetros de distancia. Pero en mayo de 1408 la entrevista todavía no había tenido lugar, y Gregorio se negó a acudir a donde Benito lo esperaba.

Ante esa negativa rotunda, los cardenales del partido romano abandonaron a su jefe, e iniciaron conversaciones por su cuenta con el partido aviñonés. Al mismo tiempo, Francia le retiró su apoyo a Benito, y por tanto ambos papas quedaron desamparados, mientras el resto de la cristiandad buscaba por sus propios medios el modo de subsanar el cisma. El movimiento conciliar, que se había venido fraguando desde largo tiempo, había llegado a su hora.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 489–493). Miami, FL: Editorial Unilit.

Preparativos para la conquista

Josué 1-3

Preparativos para la conquista

a11:1 Aconteció después de la muerte de Moisés siervo de Jehová, que Jehová habló a Josué hijo de Nun, servidor de Moisés, diciendo:

Mi siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel.

Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar que pisare la planta de vuestro pie.

Desde el desierto y el Líbano hasta el gran río Eufrates, toda la tierra de los heteos hasta el gran mar donde se pone el sol, será vuestro territorio.

Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé.

Esfuérzate y sé valiente; porque tú repartirás a este pueblo por heredad la tierra de la cual juré a sus padres que la daría a ellos.

Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas.

Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien.

Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.

10 Y Josué mandó a los oficiales del pueblo, diciendo:

11 Pasad por en medio del campamento y mandad al pueblo, diciendo: Preparaos comida, porque dentro de tres días pasaréis el Jordán para entrar a poseer la tierra que Jehová vuestro Dios os da en posesión.

12 También habló Josué a los rubenitas y gaditas y a la media tribu de Manasés, diciendo:

13 Acordaos de la palabra que Moisés, siervo de Jehová, os mandó diciendo: Jehová vuestro Dios os ha dado reposo, y os ha dado esta tierra.

14 Vuestras mujeres, vuestros niños y vuestros ganados quedarán en la tierra que Moisés os ha dado a este lado del Jordán; mas vosotros, todos los valientes y fuertes, pasaréis armados delante de vuestros hermanos, y les ayudaréis,

15 hasta tanto que Jehová haya dado reposo a vuestros hermanos como a vosotros, y que ellos también posean la tierra que Jehová vuestro Dios les da; y después volveréis vosotros a la tierra de vuestra herencia, la cual Moisés siervo de Jehová os ha dado, a este lado del Jordán hacia donde nace el sol; y entraréis en posesión de ella.

16 Entonces respondieron a Josué, diciendo: Nosotros haremos todas las cosas que nos has mandado, e iremos adondequiera que nos mandes.

17 De la manera que obedecimos a Moisés en todas las cosas, así te obedeceremos a ti; solamente que Jehová tu Dios esté contigo, como estuvo con Moisés.

18 Cualquiera que fuere rebelde a tu mandamiento, y no obedeciere a tus palabras en todas las cosas que le mandes, que muera; solamente que te esfuerces y seas valiente.

Josué envía espías a Jericó

2:1  Josué hijo de Nun envió desde Sitim dos espías secretamente, diciéndoles: Andad, reconoced la tierra, y a Jericó. Y ellos fueron, y entraron en casa de una ramera que se llamaba Rahab, y posaron allí.

Y fue dado aviso al rey de Jericó, diciendo: He aquí que hombres de los hijos de Israel han venido aquí esta noche para espiar la tierra.

Entonces el rey de Jericó envió a decir a Rahab: Saca a los hombres que han venido a ti, y han entrado a tu casa; porque han venido para espiar toda la tierra.

Pero la mujer había tomado a los dos hombres y los había escondido; y dijo: Es verdad que unos hombres vinieron a mí, pero no supe de dónde eran.

Y cuando se iba a cerrar la puerta, siendo ya oscuro, esos hombres se salieron, y no sé a dónde han ido; seguidlos aprisa, y los alcanzaréis.

Mas ella los había hecho subir al terrado, y los había escondido entre los manojos de lino que tenía puestos en el terrado.

Y los hombres fueron tras ellos por el camino del Jordán, hasta los vados; y la puerta fue cerrada después que salieron los perseguidores.

Antes que ellos se durmiesen, ella subió al terrado, y les dijo:

Sé que Jehová os ha dado esta tierra; porque el temor de vosotros ha caído sobre nosotros, y todos los moradores del país ya han desmayado por causa de vosotros.

10 Porque hemos oído que Jehová hizo secar las aguas del Mar Rojo delante de vosotros cuando salisteis de Egipto, y lo que habéis hecho a los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán, a Sehón y a Og, a los cuales habéis destruido.

11 Oyendo esto, ha desmayado nuestro corazón; ni ha quedado más aliento en hombre alguno por causa de vosotros, porque Jehová vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra.

12 Os ruego pues, ahora, que me juréis por Jehová, que como he hecho misericordia con vosotros, así la haréis vosotros con la casa de mi padre, de lo cual me daréis una señal segura;

13 y que salvaréis la vida a mi padre y a mi madre, a mis hermanos y hermanas, y a todo lo que es suyo; y que libraréis nuestras vidas de la muerte.

14 Ellos le respondieron: Nuestra vida responderá por la vuestra, si no denunciareis este asunto nuestro; y cuando Jehová nos haya dado la tierra, nosotros haremos contigo misericordia y verdad.

15 Entonces ella los hizo descender con una cuerda por la ventana; porque su casa estaba en el muro de la ciudad, y ella vivía en el muro.

16 Y les dijo: Marchaos al monte, para que los que fueron tras vosotros no os encuentren; y estad escondidos allí tres días, hasta que los que os siguen hayan vuelto; y después os iréis por vuestro camino.

17 Y ellos le dijeron: Nosotros quedaremos libres de este juramento con que nos has juramentado.

18 He aquí, cuando nosotros entremos en la tierra, tú atarás este cordón de grana a la ventana por la cual nos descolgaste; y reunirás en tu casa a tu padre y a tu madre, a tus hermanos y a toda la familia de tu padre.

19 Cualquiera que saliere fuera de las puertas de tu casa, su sangre será sobre su cabeza, y nosotros sin culpa. Mas cualquiera que se estuviere en casa contigo, su sangre será sobre nuestra cabeza, si mano le tocare.

20 Y si tú denunciares este nuestro asunto, nosotros quedaremos libres de este tu juramento con que nos has juramentado.

21 Ella respondió: Sea así como habéis dicho. Luego los despidió, y se fueron; y ella ató el cordón de grana a la ventana.

22 Y caminando ellos, llegaron al monte y estuvieron allí tres días, hasta que volvieron los que los perseguían; y los que los persiguieron buscaron por todo el camino, pero no los hallaron.

23 Entonces volvieron los dos hombres; descendieron del monte, y pasaron, y vinieron a Josué hijo de Nun, y le contaron todas las cosas que les habían acontecido.

24 Y dijeron a Josué: Jehová ha entregado toda la tierra en nuestras manos; y también todos los moradores del país desmayan delante de nosotros.

El paso del Jordán

3:1  Josué se levantó de mañana, y él y todos los hijos de Israel partieron de Sitim y vinieron hasta el Jordán, y reposaron allí antes de pasarlo.

Y después de tres días, los oficiales recorrieron el campamento,

y mandaron al pueblo, diciendo: Cuando veáis el arca del pacto de Jehová vuestro Dios, y los levitas sacerdotes que la llevan, vosotros saldréis de vuestro lugar y marcharéis en pos de ella,

a fin de que sepáis el camino por donde habéis de ir; por cuanto vosotros no habéis pasado antes de ahora por este camino. Pero entre vosotros y ella haya distancia como de dos mil codos; no os acercaréis a ella.

Y Josué dijo al pueblo: Santificaos, porque Jehová hará mañana maravillas entre vosotros.

Y habló Josué a los sacerdotes, diciendo: Tomad el arca del pacto, y pasad delante del pueblo. Y ellos tomaron el arca del pacto y fueron delante del pueblo.

Entonces Jehová dijo a Josué: Desde este día comenzaré a engrandecerte delante de los ojos de todo Israel, para que entiendan que como estuve con Moisés, así estaré contigo.

Tú, pues, mandarás a los sacerdotes que llevan el arca del pacto, diciendo: Cuando hayáis entrado hasta el borde del agua del Jordán, pararéis en el Jordán.

Y Josué dijo a los hijos de Israel: Acercaos, y escuchad las palabras de Jehová vuestro Dios.

10 Y añadió Josué: En esto conoceréis que el Dios viviente está en medio de vosotros, y que él echará de delante de vosotros al cananeo, al heteo, al heveo, al ferezeo, al gergeseo, al amorreo y al jebuseo.

11 He aquí, el arca del pacto del Señor de toda la tierra pasará delante de vosotros en medio del Jordán.

12 Tomad, pues, ahora doce hombres de las tribus de Israel, uno de cada tribu.

13 Y cuando las plantas de los pies de los sacerdotes que llevan el arca de Jehová, Señor de toda la tierra, se asienten en las aguas del Jordán, las aguas del Jordán se dividirán; porque las aguas que vienen de arriba se detendrán en un montón.

14 Y aconteció cuando partió el pueblo de sus tiendas para pasar el Jordán, con los sacerdotes delante del pueblo llevando el arca del pacto,

15 cuando los que llevaban el arca entraron en el Jordán, y los pies de los sacerdotes que llevaban el arca fueron mojados a la orilla del agua (porque el Jordán suele desbordarse por todas sus orillas todo el tiempo de la siega),

16 las aguas que venían de arriba se detuvieron como en un montón bien lejos de la ciudad de Adam, que está al lado de Saretán, y las que descendían al mar del Arabá, al Mar Salado, se acabaron, y fueron divididas; y el pueblo pasó en dirección de Jericó.

17 Mas los sacerdotes que llevaban el arca del pacto de Jehová, estuvieron en seco, firmes en medio del Jordán, hasta que todo el pueblo hubo acabado de pasar el Jordán; y todo Israel pasó en seco.

Reina-Valera 1960 (RVR1960)Copyright © 1960 by American Bible Society

Moisés bendice a las doce tribus de Israel

Deuteronomio 32-34

a132:1 Escuchad, cielos, y hablaré;
Y oiga la tierra los dichos de mi boca.

Goteará como la lluvia mi enseñanza;
Destilará como el rocío mi razonamiento;
Como la llovizna sobre la grama,
Y como las gotas sobre la hierba;

Porque el nombre de Jehová proclamaré.
Engrandeced a nuestro Dios.

El es la Roca, cuya obra es perfecta,
Porque todos sus caminos son rectitud;
Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él;
Es justo y recto.

La corrupción no es suya; de sus hijos es la mancha,
Generación torcida y perversa.

¿Así pagáis a Jehová,
Pueblo loco e ignorante?
¿No es él tu padre que te creó?
El te hizo y te estableció.

Acuérdate de los tiempos antiguos,
Considera los años de muchas generaciones;
Pregunta a tu padre, y él te declarará;
A tus ancianos, y ellos te dirán.

Cuando el Altísimo hizo heredar a las naciones,
Cuando hizo dividir a los hijos de los hombres,
Estableció los límites de los pueblos
Según el número de los hijos de Israel.

Porque la porción de Jehová es su pueblo;
Jacob la heredad que le tocó.

10 Le halló en tierra de desierto,
Y en yermo de horrible soledad;
Lo trajo alrededor, lo instruyó,
Lo guardó como a la niña de su ojo.

11 Como el águila que excita su nidada,
Revolotea sobre sus pollos,
Extiende sus alas, los toma,
Los lleva sobre sus plumas,

12 Jehová solo le guió,
Y con él no hubo dios extraño.

13 Lo hizo subir sobre las alturas de la tierra,
Y comió los frutos del campo,
E hizo que chupase miel de la peña,
Y aceite del duro pedernal;

14 Mantequilla de vacas y leche de ovejas,
Con grosura de corderos,
Y carneros de Basán; también machos cabríos,
Con lo mejor del trigo;
Y de la sangre de la uva bebiste vino.

15 Pero engordó Jesurún, y tiró coces
(Engordaste, te cubriste de grasa);
Entonces abandonó al Dios que lo hizo,
Y menospreció la Roca de su salvación.

16 Le despertaron a celos con los dioses ajenos;
Lo provocaron a ira con abominaciones.

17 Sacrificaron a los demonios, y no a Dios;
A dioses que no habían conocido,
A nuevos dioses venidos de cerca,
Que no habían temido vuestros padres.

18 De la Roca que te creó te olvidaste;
Te has olvidado de Dios tu creador.

19 Y lo vio Jehová, y se encendió en ira
Por el menosprecio de sus hijos y de sus hijas.

20 Y dijo: Esconderé de ellos mi rostro,
Veré cuál será su fin;
Porque son una generación perversa,
Hijos infieles.

21 Ellos me movieron a celos con lo que no es Dios;
Me provocaron a ira con sus ídolos;
Yo también los moveré a celos con un pueblo que no es pueblo,
Los provocaré a ira con una nación insensata.

22 Porque fuego se ha encendido en mi ira,
Y arderá hasta las profundidades del Seol;
Devorará la tierra y sus frutos,
Y abrasará los fundamentos de los montes.

23 Yo amontonaré males sobre ellos;
Emplearé en ellos mis saetas.

24 Consumidos serán de hambre, y devorados de fiebre ardiente
Y de peste amarga;
Diente de fieras enviaré también sobre ellos,
Con veneno de serpientes de la tierra.

25 Por fuera desolará la espada,
Y dentro de las cámaras el espanto;
Así al joven como a la doncella,
Al niño de pecho como al hombre cano.

26 Yo había dicho que los esparciría lejos,
Que haría cesar de entre los hombres la memoria de ellos,

27 De no haber temido la provocación del enemigo,
No sea que se envanezcan sus adversarios,
No sea que digan: Nuestra mano poderosa
Ha hecho todo esto, y no Jehová.

28 Porque son nación privada de consejos,
Y no hay en ellos entendimiento.

29 !!Ojalá fueran sabios, que comprendieran esto,
Y se dieran cuenta del fin que les espera!

30 ¿Cómo podría perseguir uno a mil,
Y dos hacer huir a diez mil,
Si su Roca no los hubiese vendido,
Y Jehová no los hubiera entregado?

31 Porque la roca de ellos no es como nuestra Roca,
Y aun nuestros enemigos son de ello jueces.

32 Porque de la vid de Sodoma es la vid de ellos,
Y de los campos de Gomorra;
Las uvas de ellos son uvas ponzoñosas,
Racimos muy amargos tienen.

33 Veneno de serpientes es su vino,
Y ponzoña cruel de áspides.

34 ¿No tengo yo esto guardado conmigo,
Sellado en mis tesoros?

35 Mía es la venganza y la retribución;
A su tiempo su pie resbalará,
Porque el día de su aflicción está cercano,
Y lo que les está preparado se apresura.

36 Porque Jehová juzgará a su pueblo,
Y por amor de sus siervos se arrepentirá,
Cuando viere que la fuerza pereció,
Y que no queda ni siervo ni libre.

37 Y dirá: ¿Dónde están sus dioses,
La roca en que se refugiaban;

38 Que comían la grosura de sus sacrificios,
Y bebían el vino de sus libaciones?
Levántense, que os ayuden
Y os defiendan.

39 Ved ahora que yo, yo soy,
Y no hay dioses conmigo;
Yo hago morir, y yo hago vivir;
Yo hiero, y yo sano;
Y no hay quien pueda librar de mi mano.

40 Porque yo alzaré a los cielos mi mano,
Y diré: Vivo yo para siempre,

41 Si afilare mi reluciente espada,
Y echare mano del juicio,
Yo tomaré venganza de mis enemigos,
Y daré la retribución a los que me aborrecen.

42 Embriagaré de sangre mis saetas,
Y mi espada devorará carne;
En la sangre de los muertos y de los cautivos,
En las cabezas de larga cabellera del enemigo.

43 Alabad, naciones, a su pueblo,
Porque él vengará la sangre de sus siervos,
Y tomará venganza de sus enemigos,
Y hará expiación por la tierra de su pueblo.

44 Vino Moisés y recitó todas las palabras de este cántico a oídos del pueblo, él y Josué hijo de Nun.

45 Y acabó Moisés de recitar todas estas palabras a todo Israel;

46 y les dijo: Aplicad vuestro corazón a todas las palabras que yo os testifico hoy, para que las mandéis a vuestros hijos, a fin de que cuiden de cumplir todas las palabras de esta ley.

47 Porque no os es cosa vana; es vuestra vida, y por medio de esta ley haréis prolongar vuestros días sobre la tierra adonde vais, pasando el Jordán, para tomar posesión de ella.

Se le permite a Moisés contemplar la tierra de Canaán

48 Y habló Jehová a Moisés aquel mismo día, diciendo:

49 Sube a este monte de Abarim, al monte Nebo, situado en la tierra de Moab que está frente a Jericó, y mira la tierra de Canaán, que yo doy por heredad a los hijos de Israel;

50 y muere en el monte al cual subes, y sé unido a tu pueblo, así como murió Aarón tu hermano en el monte Hor, y fue unido a su pueblo;

51 por cuanto pecasteis contra mí en medio de los hijos de Israel en las aguas de Meriba de Cades, en el desierto de Zin; porque no me santificasteis en medio de los hijos de Israel.

52 Verás, por tanto, delante de ti la tierra; mas no entrarás allá, a la tierra que doy a los hijos de Israel.

Moisés bendice a las doce tribus de Israel

33:1 Esta es la bendición con la cual bendijo Moisés varón de Dios a los hijos de Israel, antes que muriese.

Dijo:
    Jehová vino de Sinaí,
    Y de Seir les esclareció;
    Resplandeció desde el monte de Parán,
    Y vino de entre diez millares de santos,
    Con la ley de fuego a su mano derecha.

Aun amó a su pueblo;
Todos los consagrados a él estaban en su mano;
Por tanto, ellos siguieron en tus pasos,
Recibiendo dirección de ti,

Cuando Moisés nos ordenó una ley,
Como heredad a la congregación de Jacob.

Y fue rey en Jesurún,
Cuando se congregaron los jefes del pueblo
Con las tribus de Israel.

Viva Rubén, y no muera;
Y no sean pocos sus varones.

Y esta bendición profirió para Judá. Dijo así:
    Oye, oh Jehová, la voz de Judá,
    Y llévalo a su pueblo;
    Sus manos le basten,
    Y tú seas su ayuda contra sus enemigos.

A Leví dijo:
    Tu Tumim y tu Urim sean para tu varón piadoso,
    A quien probaste en Masah,
    Con quien contendiste en las aguas de Meriba,

Quien dijo de su padre y de su madre: Nunca los he visto;
Y no reconoció a sus hermanos,
Ni a sus hijos conoció;
Pues ellos guardaron tus palabras,
Y cumplieron tu pacto.

10 Ellos enseñarán tus juicios a Jacob,
Y tu ley a Israel;
Pondrán el incienso delante de ti,
Y el holocausto sobre tu altar.

11 Bendice, oh Jehová, lo que hicieren,
Y recibe con agrado la obra de sus manos;
Hiere los lomos de sus enemigos,
Y de los que lo aborrecieren, para que nunca se levanten.

12 A Benjamín dijo:
    El amado de Jehová habitará confiado cerca de él;
    Lo cubrirá siempre,
    Y entre sus hombros morará.

13 A José dijo:
    Bendita de Jehová sea tu tierra,
    Con lo mejor de los cielos, con el rocío,
    Y con el abismo que está abajo.

14 Con los más escogidos frutos del sol,
Con el rico producto de la luna,

15 Con el fruto más fino de los montes antiguos,
Con la abundancia de los collados eternos,

16 Y con las mejores dádivas de la tierra y su plenitud;
Y la gracia del que habitó en la zarza
Venga sobre la cabeza de José,
Y sobre la frente de aquel que es príncipe entre sus hermanos.

17 Como el primogénito de su toro es su gloria,
Y sus astas como astas de búfalo;
Con ellas acorneará a los pueblos juntos hasta los fines de la tierra;
Ellos son los diez millares de Efraín,
Y ellos son los millares de Manasés.

18 A Zabulón dijo:
    Alégrate, Zabulón, cuando salieres;
    Y tú, Isacar, en tus tiendas.

19 Llamarán a los pueblos a su monte;
Allí sacrificarán sacrificios de justicia,
Por lo cual chuparán la abundancia de los mares,
Y los tesoros escondidos de la arena.

20 A Gad dijo:
    Bendito el que hizo ensanchar a Gad;
    Como león reposa,
    Y arrebata brazo y testa.

21 Escoge lo mejor de la tierra para sí,
Porque allí le fue reservada la porción del legislador.
Y vino en la delantera del pueblo;
Con Israel ejecutó los mandatos y los justos decretos de Jehová.

22 A Dan dijo:
    Dan es cachorro de león
    Que salta desde Basán.

23 A Neftalí dijo:
    Neftalí, saciado de favores,
    Y lleno de la bendición de Jehová,
    Posee el occidente y el sur.

24 A Aser dijo:
    Bendito sobre los hijos sea Aser;
    Sea el amado de sus hermanos,
    Y moje en aceite su pie.

25 Hierro y bronce serán tus cerrojos,
Y como tus días serán tus fuerzas.

26 No hay como el Dios de Jesurún,
Quien cabalga sobre los cielos para tu ayuda,
Y sobre las nubes con su grandeza.

27 El eterno Dios es tu refugio,
Y acá abajo los brazos eternos;
El echó de delante de ti al enemigo,
Y dijo: Destruye.

28 E Israel habitará confiado, la fuente de Jacob habitará sola
En tierra de grano y de vino;
También sus cielos destilarán rocío.

29 Bienaventurado tú, oh Israel.
¿Quién como tú,
Pueblo salvo por Jehová,
Escudo de tu socorro,
Y espada de tu triunfo?
Así que tus enemigos serán humillados,
Y tú hollarás sobre sus alturas.

Muerte y sepultura de Moisés

34:1  Subió Moisés de los campos de Moab al monte Nebo, a la cumbre del Pisga, que está enfrente de Jericó; y le mostró Jehová toda la tierra de Galaad hasta Dan,

todo Neftalí, y la tierra de Efraín y de Manasés, toda la tierra de Judá hasta el mar occidental;

el Neguev, y la llanura, la vega de Jericó, ciudad de las palmeras, hasta Zoar.

Y le dijo Jehová: Esta es la tierra de que juré a Abraham, a Isaac y a Jacob,diciendo: A tu descendencia la daré. Te he permitido verla con tus ojos, mas no pasarás allá.

Y murió allí Moisés siervo de Jehová, en la tierra de Moab, conforme al dicho de Jehová.

Y lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, enfrente de Bet-peor; y ninguno conoce el lugar de su sepultura hasta hoy.

Era Moisés de edad de ciento veinte años cuando murió; sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor.

Y lloraron los hijos de Israel a Moisés en los campos de Moab treinta días; y así se cumplieron los días del lloro y del luto de Moisés.

Y Josué hijo de Nun fue lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés había puesto sus manos sobre él; y los hijos de Israel le obedecieron, e hicieron como Jehová mandó a Moisés.

10 Y nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, a quien haya conocido Jehová cara a cara;

11 nadie como él en todas las señales y prodigios que Jehová le envió a hacer en tierra de Egipto, a Faraón y a todos sus siervos y a toda su tierra,

12 y en el gran poder y en los hechos grandiosos y terribles que Moisés hizo a la vista de todo Israel.

Reina-Valera 1960 (RVR1960)Copyright © 1960 by American Bible Society

LA MISMA FRAGANCIA EN EL MISMO ENVASE

LA MISMA FRAGANCIA EN EL MISMO ENVASE

Pablo Martini
Programa No. 2016-02-27

a1

Cuando hombres y mujeres notables están a punto de morir, el mundo espera oír sus palabras finales de perspicacia y sabiduría. Luego son citadas y repetidas por todo el mundo. Esto también es aplicable cuando agoniza un ser querido. Reunida a su lado, la familia se esfuerza por oír cada sílaba balbuceada de bendición, ánimo y consejo, sabiendo que este será el mensaje final. Uno de los hombres más conocidos, influyentes y amados de la historia fue el apóstol Pablo. Y tenemos sus famosas últimas palabras. Nunca ha existido otra persona como Pablo, el apóstol misionero. Fue un hombre de profunda fe, amor constante, esperanza permanente, convicción tenaz y profunda visión. Y fue inspirado por el Espíritu Santo para darnos el mensaje de Dios. Pero Pablo está enfrentando la muerte. No está muriendo de enfermedad en una cama de hospital rodeado de sus seres queridos. Está muy vivo, pero su estado es terminal. Convicto como seguidor de Jesús de Nazaret, permanece en una fría prisión romana, separado del mundo, con solo uno o dos visitantes y sus materiales para escribir. Sabe que pronto será ejecutado por lo tanto escribe sus pensamientos finales a su «hijo» Timoteo, entregándole la antorcha del liderazgo, recordándole aquello que realmente es importante, y animándolo en la fe. Piense cómo habrá leído y releído Timoteo cada palabra. Este es el último mensaje de su querido mentor: Pablo.

Este mismo mensaje ha pasado a millones de seguidores de Cristo durante dos mil años de historia y llega hasta nuestros días tan vívido, revolucionador y puro como siempre. De creerlo y aceptarlo depende la realización de la vida misma, la concreción de tus más anhelados ideales y la perpetuación de tu vida en la vida de tus hijos y los hijos de tus hijos. Hoy llega a ti, envasado en sencillez, con olor a humildad, como antes, desde un calabozo,  a la  luz de una vela, en la pluma de un sufriente, en estas palabras, en este formato.

PENSAMIENTO DEL DÍA

La mayor tragedia de la vida es ser visitado por Dios y no darse cuenta.

LA MEJOR HISTORIA DE AMOR

LA MEJOR HISTORIA DE AMOR

Pablo Martini
Programa No. 2016-02-26

a1En culturas orientales e incluso en algunos sectores de nuestra Amazonía, el concepto de las Bodas nupciales es sensiblemente distinto al concepto occidental al que estamos acostumbrados. La noción de contraer matrimonio, para nosotros, significa un momento, un acto ceremonial. No así para la cultura oriental hebrea de los tiempos bíblicos. Comprendiendo al detalle estas singularidades es que logramos apreciar en su totalidad lo bello de la relación de Cristo con nosotros (su iglesia), a la que se la presenta en el Nuevo Testamento como su esposa o su novia desposada. En aquellos tiempos y en aquella cultura las bodas constaban de tres partes bien diferenciadas. Primero era el “Pedido de mano” o desposorio. Aquí el pretendiente, hacía una visita oficial a la familia de la joven y le proponía matrimonio. Se pactaba el pago o dote, la fecha y los detalles más importantes, bajo promesa de regresar a buscarla. La novia había sido desposada o prometida al novio y seguía en casa de sus padres esperando su regreso. Siguiendo con nuestra analogía; Cristo-Iglesia, esto se cumplió hace dos mil años cuando el Cordero pagó con su sangre nuestro rescate y prometió ir a preparar lugar para nosotros, y regresar a buscarnos cuando todo estuviese listo.

Así estamos ahora, como una novia deposada en espera que su prometido la lleve a su hogar.Luego, al tiempo señalado, el novio venía a buscarla y se realizaba lo que se llamaba “La Presentación”. Ante familiares y amigos íntimos se celebraba el matrimonio en algún lugar privado. Eso se cumplirá en el cielo, y es  lo que la Biblia llama “Bodas del Cordero”. Lo podríamos comparar con el matrimonio civil de hoy en día y el posterior almuerzo a los concurrentes. Pero lo mejor está por venir. Una vez oficializado el matrimonio se presentaba ala pareja en público en el “Banquete de las bodas” o recepción. Esto también tendrá  lugar en  la Segunda Venida de Cristo a la tierra para reinar y disfrutar de un banquete por mil años. Con semejante marco de amor, festejo y fidelidad ¿no te gustaría ser parte de esa novia?… (Todavía hay lugar).

PENSAMIENTO DEL DÍA

Amar otra cosa aparte de Jesús es infidelidad espiritual.

¿RENUNCIAR AL TRABAJO Y CUIDAR A LA HIJITA?

27 feb 2016

¿RENUNCIAR AL TRABAJO Y CUIDAR A LA HIJITA?

por Carlos Rey

a1En este mensaje tratamos el siguiente caso de una mujer que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio http://www.conciencia.net, autorizándonos a que la citáramos:

«Tuve una buena infancia, aunque con muchas limitaciones…. Ahora soy profesional, tengo un buen trabajo, un buen esposo y una bebé hermosa de apenas dos años por la cual tenemos horarios ajustados para su cuidado.

»Mi jefe, quien viaja a diario desde otra ciudad,… [ahora] quiere que viajemos hasta donde él vive para realizar el trabajo, lo cual no es justo, puesto que al hacer eso significaría retornar más tarde al hogar y no ver mucho tiempo a mi hija….

»Le he pedido a Dios que me haga entender si lo mejor es renunciar y quedarme al cuidado de mi hija, o esforzarme un poco más, ya que yo no quiero perderme su crecimiento y [sin embargo] quisiera… que mi hija no pase las necesidades que yo pasé. Me siento confundida sin saber qué hacer.»

Este es el consejo que le dio mi esposa:

«Estimada amiga:

»¡Qué bien que usted y su esposo hayan logrado ajustar sus horarios laborales para que su hija pueda siempre estar con uno de sus padres! La mayoría de las familias en que ambos cónyuges trabajan fuera de la casa considerarían eso como un sueño realizado. Sin duda ustedes se han sacrificado para que sea posible. Los felicito por darle la más alta prioridad al cuidado de su hija.

»Es lamentable que su jefe haya optado por cambiar la sede de su trabajo. Pero en términos realistas él tiene el derecho de hacerlo, así como usted tiene el derecho de negarse a viajar más lejos para ir al trabajo. No es raro que usted sienta este conflicto, habiéndose esforzado tanto para llegar a ser profesional. Y sin embargo usted sabe que jamás podría recuperar el tiempo que dejara de estar con su hija.

»Cuando hay pautas bíblicas concernientes a situaciones específicas, es fácil saber cómo se debe proceder. En cambio, cuando no hay enseñanzas claras ni ejemplos bíblicos que tengan que ver con un tema específico, lo primero que hay que hacer es orar y pedirle a Dios que nos dé sabiduría. Luego hay que hacerse unas preguntas difíciles, y confiar en que Dios ayude a responderlas.

»Estas son algunas de las preguntas que le conviene hacerse en esta situación: ¿Cuál de las opciones es más probable que lamente haber escogido de aquí a un año? ¿De cuál opción pudiera arrepentirme en cinco o diez años, o hasta en veinte años? ¿Cuál opción es más probable que sea la mejor para aquellos a quienes amo?

»Algunos padres tienen muy pocas opciones y se ven obligados a hacer todo lo que pueden para proveer para el sustento de su familia, aunque signifique dejar a sus hijos bajo el cuidado de otras personas. Es casi inevitable que eso constantemente contribuya a un juego de tira y afloja entre el trabajo y la familia, resultando en sentimientos de culpabilidad por no haber estado presente en los momentos significativos de la vida de sus hijos. La mayoría de esos padres, al rememorar aquel tiempo que pudieron haber pasado con su familia, lamentan mucho que se haya esfumado para siempre.

»Con la ayuda de Dios, usted tomará la decisión acertada. Acuérdese de pedirle que le dé sabiduría todos los días, y luego de darle las gracias por habérsela dado.»

Con eso termina lo que recomienda Linda, mi esposa. Este caso y este consejo pueden leerse e imprimirse si se pulsa la pestaña en http://www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego se busca el Caso 240.

POR LA SOBERANÍA DE SU PATRIA

26 feb 2016

POR LA SOBERANÍA DE SU PATRIA

por Carlos Rey

(Víspera de la Independencia de la República Dominicana)

a1Hija de Fernando Sánchez e Isidora Ramona, María Trinidad Sánchez formó parte del grupo de Febreristas que lucharon por la Independencia dominicana. Como fiel seguidora de Juan Pablo Duarte, confeccionó la primera bandera nacional junto con Concepción Bona, habiendo participado desde el principio en aquel movimiento independentista que culminó el 27 de febrero de 1844. Esa noche histórica, María Trinidad transportó pólvora en sus propias faldas y elaboró muchos de los cartuchos que utilizaron los trinitarios.

Lamentablemente, durante los seis meses siguientes hubo pleitos constantes entre los miembros liberales trinitarios y los miembros conservadores de la Junta Central Gubernativa que se formó. Fue tal la discordia entre los dos bandos que el 22 de agosto la Junta, presidida por el general Pedro Santana, declaró traidores e infieles a la Patria a los tres próceres Juan Pablo Duarte, Matías Ramón Mella y Francisco del Rosario Sánchez, junto con cinco de sus compañeros, y decretó su destierro a perpetuidad. Acto seguido, María Trinidad Sánchez, tía de Francisco del Rosario, se integró al movimiento que surgió para derrocar al general Santana. En el transcurso de los meses siguientes, ella alojó en su casa a los disidentes y se convirtió en la organizadora y orientadora de la conspiración que tenía el propósito de lograr el regreso de los patriotas.

Cuando se descubrió la insurrección, María Trinidad y sus cómplices fueron apresados. Conscientes de que María Trinidad era la única que conocía el escondite de su sobrino debido a que ella misma le llevaba las comunicaciones de parte de los conspiradores, la presionaron a que lo revelara. Pero, tal como lo manifiesta el dictamen del Consejo de Guerra que la condenó a muerte, ella se negó «obstinadamente a delatar a los principales». Prefirió callar y enfrentarse al pelotón de fusilamiento antes que traicionar a sus compañeros de conjura.

El 27 de febrero de 1845, María Trinidad Sánchez partió de la fortaleza Ozama hacia el cementerio donde se ejecutaría la sentencia. Al pasar por la Puerta del Conde, exclamó: «¡Dios mío, cúmplase en mí tu voluntad y sálvese la República!» Fue así como, en el primer aniversario de la Independencia nacional, aquella heroica mujer dio su vida por la causa de la soberanía de su patria.1

¡Qué bueno sería que todos nosotros, al igual que María Trinidad, siguiéramos el ejemplo de Jesucristo, el Hijo de Dios, rogándole a Dios Padre que se cumpla su voluntad en nosotros! Aquella heroína dominicana lo hizo a fin de salvar la república a la que tanto amaba, para que cada uno de sus compatriotas pudiera disfrutar de plena libertad en una patria soberana. En cambio, cuando Jesucristo, en el huerto de Getsemaní la noche en que fue arrestado, pocas horas antes de ser crucificado, le rogó al Padre celestial: «Padre mío, si no es posible evitar que yo beba este trago amargo, hágase tu voluntad»,2 Él lo hizo a fin de salvar al mundo pecador al que tanto amaba, para que cada uno de nosotros sus hermanos pudiera ser verdaderamente libre.3 Gracias a Dios, si queremos que se cumpla su voluntad en nosotros, sólo tenemos que clamar: «¡Sálvame, Señor!» para que nos libre de las cadenas del pecado.4

1 Frank Moya Pons, Manual de historia dominicana, 13a ed. (Santo Domingo: Editora Corripio, 2002), pp. 278-97; Enciclopedia Virtual Dominicana, s.v. «María Trinidad Sánchez» <http://wikidominicana.edu.do/wiki/Mar%C3%ADa_Trinidad_S%C3%A1nchez&gt; En línea 24 septiembre 2009.
2 Mt 26:42
3 Jn 3:16; 8:36
4 Sal 6:4,9; Jer 17:14; Ro 5:8; 6:6; Gá 5:1; 1Ti 2:3-4