El Gran Cisma de Occidente 46

El Gran Cisma de Occidente 46

Debido al peligro y las amenazas del pueblo fue entronizado y coronado, y se llamó papa y apostólico. Pero según los santos padres y la ley eclesiástica debería ser llamado apóstata, anatema, anticristo y burlador y destructor de la fe.

Cónclave rebelde contra Urbano VI

a1El sueño de Catalina de Siena parecía haberse cumplido cuando Gregorio XI llevó el papado de regreso a Roma. Pero las condiciones políticas que habían dado lugar a la “cautividad babilónica de la iglesia” no habían desaparecido. Pronto las dificultades fueron tales que Gregorio llegó a considerar la posibilidad de regresar a Aviñón, y probablemente lo hubiera hecho de no haber sido porque la muerte lo sorprendió. Fue entonces que el sueño de Catalina se volvió una pesadilla aún peor que la del papado de Aviñón.

Al quedar vacante la sede pontificia, el pueblo romano temió que el nuevo papa decidiera regresar a Aviñón, o al menos que fuese un juguete en manos de los intereses franceses, como lo habían sido tantos de sus predecesores más recientes. Estos temores no eran infundados, pues los cardenales franceses eran muchos más que los italianos, y varios de ellos habían dado muestras de preferir a Aviñón por encima de Roma. Lo que el pueblo temía era que los cardenales huyeran y que, una vez a salvo, se reunieran en otro lugar, posiblemente bajo el ala del rey de Francia, y eligieran un papa francés y dispuesto a residir en Aviñón. Por esa razón, el pueblo se amotinó e impidió la huida de los cardenales. El sitio en que el cónclave debía reunirse fue invadido por turbas armadas, que sólo pudieron ser desalojadas tras permitirles registrar todo el edificio para asegurarse de que los cardenales no podían escapar. Mientras todo esto sucedía, el pueblo daba gritos, exigiendo que se nombrase un papa romano, o al menos italiano.

En tales circunstancias, las deliberaciones del cónclave se hicieron harto difíciles. Los cardenales franceses, que de otro modo hubieran podido dominar la elección, estaban divididos, pues el nepotismo de los papas anteriores había tenido por resultado el nombramiento de un buen número de cardenales procedentes de la diócesis de Limoges. Estos estaban decididos a hacer elegir uno de entre ellos, y el resto de los franceses estaba decidido a evitarlo. Entre los italianos, el más poderoso era Jacobo Orsini, quien aspiraba a ceñirse la tiara papal, y posiblemente alentaba el motín popular.

A la postre, mientras el pueblo gritaba en la planta baja del edificio, los cardenales reunidos en el piso alto decidieron elegir a Bartolomé Prignano, arzobispo de Bari. Aunque éste no era romano, al menos era italiano, y con ello el pueblo se calmó. El Domingo de Resurrección, con gran pompa y con la participación de todos los cardenales que lo habían elegido, Prignano fue coronado, y tomó el título de Urbano VI.

En medio de aquella iglesia corrompida, la elección de Prignano pareció ser un acto providencial. De origen humilde y costumbres austeras, no cabía duda de que el nuevo papa se dedicaría a la reforma de que tan necesitada se hallaba la iglesia. Por tanto, era inevitable que chocara con los cardenales, quienes estaban acostumbrados a llevar vidas ostentosas, y para muchos de los cuales su oficio era un modo de enriquecerse ellos y sus familiares. Luego, aunque Urbano hubiera sido un hombre cauto y comedido, su posición sería siempre difícil.

Pero Urbano no era ni cauto ni comedido. En su afán de erradicar el absentismo, llamó traidores y perjuros a los obispos que formaban parte de su corte, y que por tanto no estaban en sus diócesis. Desde el púlpito, tronó contra el lujo de los cardenales, y después declaró que cualquier prelado que recibiera cualquier regalo era por ello culpable de simonía, y merecía ser excomulgado. En sus esfuerzos por librar al papado de la sombra de Francia, decidió nombrar un número tan grande de cardenales italianos que los franceses perdieran su poder. Y luego, antes de hacer el nombramiento, cometió la indiscreción de anunciarles sus proyectos a los franceses.

Todo esto no era más que la tan ansiada reforma que añoraban los fieles en diversas partes de la cristiandad. Pero al ganarse la enemistad de los cardenales, Urbano lo hizo de tal modo que pronto se empezó a decir que estaba loco. Y sus acciones en respuesta a tales rumores eran tales que parecían confirmarlos. Además, al mismo tiempo que se declaraba campeón de la reforma de la iglesia, tomaba medidas para colocar a sus parientes en encumbradas posiciones, tanto eclesiásticas como laicas. Por tanto, sus contrincantes podían decir que lo que le movía no era el celo reformador, sino la sed de poder.

A la postre los cardenales lo fueron abandonando. Primero los franceses, y después los italianos, huyeron a Anagni, y allí declararon, en el manifiesto que hemos citado al principio de este capítulo, que Urbano había sido elegido cuando el cónclave no tenía libertad de acción, y que tal elección, arrancada a la fuerza, no era válida. Al hacer tal declaración se olvidaban de que casi todos ellos habían estado presentes, no sólo en la elección, sino también en la proclamación y la coronación de Urbano, y que ni uno solo había alzado la voz en protesta. Y se olvidaban también de que durante varios meses habían formado parte de la corte de Urbano, tomándole por verdadero papa y sin poner en duda la validez de la elección.

La respuesta de Urbano fue sencillamente nombrar veintiséis nuevos cardenales de entre sus adeptos. Si los demás cardenales los aceptaban como legítimos, perderían todo su poder. Por tanto, no les quedaba otra salida que declarar que, puesto que la elección de Urbano no era válida, los recién nombrados cardenales no lo eran de veras, y proceder entonces a la elección de un nuevo papa.

Reunidos en cónclave, los mismos cardenales —excepto uno— que habían elegido a Urbano, y que por algún tiempo lo habían servido, eligieron a un nuevo pontífice. Los cardenales italianos que estaban presentes se abstuvieron de votar, pero no protestaron.

Surgió así un fenómeno sin precedente en la historia del cristianismo. En varias ocasiones anteriores había habido dos personas que declaraban ser el papa legítimo. Pero ahora por primera vez había dos papas elegidos por el mismo colegio de cardenales. Uno de ellos, Urbano VI, había sido repudiado por los que lo eligieron, y por tanto había creado un nuevo colegio de cardenales. El otro, que tomó el título de Clemente VII, gozaba del apoyo de los cardenales que representaban la continuidad con el pasado. Luego, toda la cristiandad occidental se vio obligada a decidirse por uno u otro pretendiente.

La decisión no era fácil. Urbano VI había sido elegido legítimamente, a pesar de las tardías protestas de quienes lo eligieron. Su rival, en el hecho mismo de tomar el nombre de Clemente, se mostraba dispuesto a seguir la tradición del papado en Aviñón. Pero también era cierto que Urbano daba señales cada vez más marcadas de estar loco, o al menos embriagado con su poder, y que Clemente era un diplomático hábil y moderado—aunque la diplomacia no bastaba para recomendar a este pretendiente al papado, quien anteriormente se había visto envuelto en hechos sangrientos, y cuya piedad y devoción ni aun sus partidarios defendían.

Tan pronto como fue electo, Clemente trató de adueñarse de Roma, donde se hizo fuerte en el castillo de San Angel. Pero a la postre fue derrotado por las tropas de Urbano, y se vió obligado a retirarse de Italia y establecer su residencia en Aviñón. El resultado fue que a partir de entonces hubo dos papas, uno en Roma y otro en Aviñón. Y cada uno de ellos inmediatamente envió legados por toda Europa, tratando de ganar el apoyo de los soberanos.

Como era de esperarse, Francia optó por el papa de Aviñón, y en esa decisión le siguió Escocia, su vieja aliada en la guerra contra Inglaterra. Este último país siguió el curso opuesto, pues el papado de Aviñón era contrario a sus intereses nacionales.

También Escandinavia, Flandes, Hungría y Polonia se declararon a favor de Urbano. En Alemania, el Emperador hizo lo mismo, pues era aliado de Inglaterra contra Francia. Pero muchos de sus nobles y obispos independientes se opusieron a esa decisión, o vacilaron entre los dos pretendientes. En la Península Ibérica, Portugal cambió de parecer varias veces; Castilla y Aragón, que al principio se inclinaban hacia Urbano, a la postre optaron por el bando de Aviñón, gracias a la hábil política del cardenal Pedro de Luna. En Italia cada príncipe o ciudad siguió su propio curso, y el Reino de Nápoles cambió de partido repetidamente.

Catalina de Siena dedicó los pocos años que le quedaban de vida a defender la causa de Urbano. Pero era una causa difícil de defender, pues el papa de Roma se dedicó a tratar de colocar a su sobrino Butillo Prignano sobre el principado de Capua, especialmente creado para él. Ese propósito lo envolvió en guerras injustificables, que le hicieron perder parte del apoyo con que contaba en Italia. Y cuando algunos de sus propios cardenales trataron de aconsejarle que siguiera una política distinta, Urbano los hizo encarcelar y torturar. Hasta el día de hoy no se sabe cómo murieron varios de ellos.

Por su parte, Clemente VII siguió una política mucho más cauta y, si bien no logró hacer valer su autoridad en el resto de Europa, al menos se hizo respetar en los países que lo reconocían como papa, y le dio así cierto prestigio al papado aviñonés.

Puesto que el cisma no se debía sólo a la existencia de dos papas, sino también de dos partidos formados alrededor de las dos capitales, la muerte de uno de los pretendientes no sería suficiente para subsanarlo. Tan pronto como Urbano falleció, en 1389, sus cardenales nombraron a Bonifacio IX. Una vez más, el nombre que el nuevo papa tomó daba a entender que seguiría la política de Bonifacio VIII, cuyo gran enemigo había sido la corona francesa. Pero este nuevo Bonifacio se olvidó de todo intento de reforma, y su régimen se caracterizó por el auge de la simonía.

El cisma mismo estimulaba la simonía. En efecto, cada uno de los dos rivales trataba de aplastar a su contrincante, y para ello necesitaba dinero. Por tanto, aún más que en los peores tiempos de la “cautividad babilónica”, la iglesia se volvió un sistema de impuestos y explotación.

En medio de tales circunstancias, los teólogos de la universidad de París se dedicaron a buscar medios para volver a unir la cristiandad occidental. En el 1394, le presentaron al Rey tres modos de subsanar el cisma: el primero era que ambos pretendientes renunciaran, y se eligiera entonces un nuevo papa; el segundo era la negociación entre ambos partidos, sujeta a arbitraje; el tercero, un concilio universal. De estos tres modos, la universidad prefería el primero, puesto que para poder aplicar los otros dos era necesario resolver las difíciles cuestiones de quiénes serían los árbitros, o quién convocaría el concilio. El Rey siguió los consejos de la universidad, y por tanto tan pronto como supo de la muerte de Clemente VII les rogó a los cardenales de Aviñón que no eligieran otro papa, con la esperanza de poder forzar al pretendiente romano a abdicar.

Pero los cardenales temían que si quedaban sin papa su causa perdería fuerza, y por tanto se apresuraron a elegir al cardenal Pedro de Luna, quien tomó el título de Benito XIII. Si después el Rey quería insistir en la recomendación de la universidad, tendría que enfrentarse a dos partidos, cada cual con su propio papa, y no a un partido acéfalo.

Carlos VI, el rey de Francia, insistió en el camino que se había trazado. Sus embajadores trataron de persuadir a Benito a que renunciara, mientras otros trataban de lograr el apoyo de Inglaterra y del Imperio, para que esas dos potencias obligaran al papa romano a hacer lo mismo. Pero el papa aviñonés, que ahora era el español Pedro de Luna, se negó a abdicar.

Entonces la iglesia de Francia, reunida en concilio solemne, le retiró la obediencia, y poco después las tropas de Carlos VI sitiaron a Aviñón, con el propósito de obligar a Pedro de Luna a renunciar. Pero el papa aviñonés se mostró resuelto. Aunque sus cardenales lo abandonaron, se hizo fuerte en Aviñón y allí resistió el cerco francés hasta que huyó disfrazado. Su obstinación rindió frutos, pues pronto cambiaron las circunstancias políticas y Francia volvió a declararse partidaria suya.

Empero estos acontecimientos mostraban claramente que la cristiandad estaba cansada del cisma, y que si los dos papas no daban señales de estar dispuestos a resolver la cuestión, habría otros que la resolverían por ellos. Fue esto lo que movió a Benito XIII a entablar conversaciones con su rival de Roma. Su propósito no era ceder ni renunciar, sino ganar tiempo mientras se preparaba para aplastar a su contrincante, y obligar entonces a Europa a aceptar el hecho consumado. Sus embajadores se entrevistaron con Bonifacio IX, y después con el sucesor de éste, Inocencio VII.

Pero a la muerte de Inocencio el partido romano tomó la iniciativa. El nuevo papa, Gregorio XII, declaró al ser elegido que estaba dispuesto a abdicar si Benito hacía lo mismo. Esto forzó al papa aviñonés a actuar, pues de no hacerlo se le culparía a él por la continuación del cisma, y perdería el apoyo precario con que contaba en Francia y otros países. Los dos papas se dieron cita en Savona. El encuentro debía tener lugar en septiembre de 1407. Pero pronto surgieron dificultades, y Gregorio no acudió a la cita. Gracias a una larga serie de negociaciones por parte de los cardenales de ambos partidos, los dos rivales se fueron acercando hasta que llegaron a estar a unos pocos kilómetros de distancia. Pero en mayo de 1408 la entrevista todavía no había tenido lugar, y Gregorio se negó a acudir a donde Benito lo esperaba.

Ante esa negativa rotunda, los cardenales del partido romano abandonaron a su jefe, e iniciaron conversaciones por su cuenta con el partido aviñonés. Al mismo tiempo, Francia le retiró su apoyo a Benito, y por tanto ambos papas quedaron desamparados, mientras el resto de la cristiandad buscaba por sus propios medios el modo de subsanar el cisma. El movimiento conciliar, que se había venido fraguando desde largo tiempo, había llegado a su hora.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 489–493). Miami, FL: Editorial Unilit.

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