La reforma conciliar 47

La reforma conciliar 47

Tal concilio puede abrogar los privilegios papales, y contra él no hay apelación posible. Puede además elegir, rebajar o deponer al Papa. Puede hacer nuevas leyes, y cancelar las antiguas.

Dietrich de Niem

a1Durante la “era de los gigantes”, cuando la iglesia amenazaba dividirse a causa de la controversia arriana, Constantino decidió convocar una asamblea a la que concurrirían obispos de todo el Imperio. A partir de aquel Concilio de Nicea, y por varios siglos, cada vez que la iglesia se enfrentaba a una situación semejante se apelaba al recurso de convocar un concilio universal o “ecuménico”. Pero durante la “era de los altos ideales” el auge del poder papal fue tal que los concilios quedaron supeditados a los papas. Ejemplo de esto fue, como hemos visto, el IV Concilio de Letrán, convocado por Inocencio III para aprobar una serie de medidas que él y su curia habían determinado de antemano.

Pero ahora, con las tristes experiencias de la “cautividad babilónica” y del Gran Cisma de Occidente, comenzó a cobrar fuerza la idea de convocar un concilio cuya función fuera, no sencillamente refrendar las acciones papales, sino reformar la iglesia, y resolver los problemas que los papas habían creado con sus ambiciones, sus pugnas y su corrupción.

La teoría conciliar.

Aunque los papas y cardenales parecieron prestar oídos sordos por largo tiempo, el hecho es que toda la cristiandad occidental se cansaba de los desmanes de los potentados eclesiásticos, y anhelaba una reforma moral de la iglesia. Durante el período de la “cautividad babilónica”, las voces de protesta vinieron mayormente de los países que estaban en guerra con Francia. Pero el Gran Cisma creó un clima universal de impaciencia con los manejos de los papas. Puesto que fueron los eruditos quienes dejaron constancia escrita de su inconformidad, nos vemos obligados a dirigir nuestra atención principalmente hacia esos testimonios. Pero al hacer esto no debemos olvidar que para las masas no se trataba sólo del escándalo de que hubiera dos papas, sino también y sobre todo de la explotación económica que acarreaban la ostentación y las necesidades políticas y militares de los contendientes. La simonía, el absentismo y el pluralismo, que servían la ambición de los poderosos, redundaban en impuestos cada vez más altos para las masas. Así la iglesia, que en sus primeros siglos y aún después en sus mejores momentos había sido defensora de los pobres, se convirtió en un peso más sobre las clases oprimidas.

Mientras tanto, principalmente en las universidades, el descontento iba tomando forma teológica. Los estudiosos sabían que no siempre el obispo de Roma había tenido las prerrogativas que ahora reclamaba para sí, y que los últimos siglos le habían concedido. A este conocimiento se unía el viejo espíritu del franciscanismo, que no había muerto, y para el cual la pobreza voluntaria era una de las virtudes más encomiables. Por tanto, muchos de los que se opusieron a la autoridad excesiva del papa, y abogaron por un concilio que reformara la vida y las costumbres de la iglesia, eran eruditos, franciscanos, o ambas cosas.

La teoría conciliar tenía viejas raíces históricas. Pero para nuestros efectos podemos decir que el gran maestro de los principales exponentes del conciliarismo fue Guillermo de Occam, a quien nos hemos referido al tratar acerca de la “cautividad babilónica” del papado, y quien ocupará buena parte de nuestra atención cuando, en el próximo capítulo, intentemos resumir la teología de la época.

La mayor parte de los teólogos medievales antes del siglo XIV había estado convencida de que las ideas universales eran anteriores a las cosas concretas incluidas en tales ideas. Así, por ejemplo, la idea de “caballo” es anterior a los caballos individuales, y tiene una realidad propia aun aparte de ellos. Esta posición, que se había vuelto clásica, se llamaba “realismo”, por cuanto afirmaba que las ideas universales eran reales. Occam y buena parte de su generación teológica, al contrario, creían que lo real es ante todo el individuo concreto, y que las ideas universales son nombres o conceptos que existen sólo en la mente. Por ello se les llama “nominalistas”.

Cuando esto se aplicaba a la iglesia, la conclusión a que llegaban Occam y sus seguidores era que la iglesia no era una realidad celestial o ideal, representada en la tierra por el papa y la jerarquía derivada de él, sino que era el conjunto de los fieles. Son los fieles los que constituyen la iglesia, y no viceversa. Pero si esto es cierto, se sigue que la autoridad eclesiástica no radica intrínsecamente en el papa, sino en los fieles, de quienes el pontífice deriva su potestad. En consecuencia, un concilio universal que represente a los fieles de toda la cristiandad ha de tener más autoridad que el papa.

Esto no quiere decir que el concilio sea necesariamente infalible, pues, como veremos más adelante, Occam no cree que haya institución que no pueda errar, e insiste en la libertad de Dios para revelarse según su soberana voluntad. Pero sí quiere decir que, en un caso en que la iglesia esté claramente necesitada de una reforma, y el papa se niegue a dirigirla, un concilio universal tiene la autoridad necesaria para reformar la iglesia, aun contra la voluntad del papa.

Occam desarrolló estas teorías cuando el papado estaba en Aviñón. Pero después, al producirse el Gran Cisma y verse claramente que los contendientes de ambos lados estaban más interesados en su propio poder que en el bienestar de la iglesia, las teorías conciliaristas cobraron nuevo ímpetu. Para sus principales exponentes, la idea de un concilio universal no era sólo el modo de ponerle fin al cisma, sino que era además el mejor instrumento para la reforma de la iglesia. Los graves males de la época se le atribuían entonces a la excesiva centralización del poder eclesiástico. Luego, la función del concilio no podía limitarse a escoger entre los dos papas existentes, o nombrar otro en su lugar, sino que el concilio tendría que ocuparse además de la reforma de la iglesia, y parte de esa reforma era la descentralización del poder. Según decían muchos, “sin concilio no hay reforma”.

Durante mucho tiempo, todas estas ideas se discutían en las universidades y en las principales cortes de Europa. Pero siempre existía la dificultad de que los conciliaristas no concordaban entre sí en cuanto a quién debería convocar el tan ansiado concilio. Durante los últimos siglos, habían sido los papas quienes habían convocado los concilios. Pero ahora había dos papas, y por tanto una convocatoria por parte de uno de ellos haría peligrar la imparcialidad de la asamblea. Puesto que los primeros concilios habían sido convocados por los emperadores, algunos arguían que esa función le correspondía al emperador, o al menos a los soberanos temporales. Pero todos estos soberanos se inclinaban hacia uno u otro de los pretendientes, y por tanto un concilio reunido a iniciativa suya tampoco parecía ser el mejor camino para reformar la iglesia.

En esto estaban las cosas cuando los manejos de Benito XIII y Gregorio XII llevaron a los cardenales a intervenir directamente en la cuestión, abandonando a sus respectivos papas y haciendo una convocación conjunta un gran concilio universal, que debería reunirse en Pisa el año siguiente (1409).

El Concilio de Pisa

Mientras los cardenales reunidos en Pisa acusaban a sus anteriores jefes de los más bajos crímenes, éstos corrían a refugiarse, Benito XIII en Perpiñán, que pertenecía entonces a Aragón, y Gregorio XII en Venecia, de donde era oriundo. Tan pronto como se vieron a salvo, ambos trataron de adelantarse a los cardenales, convocando cada cual un concilio universal.

El concilio de Benito XIII tuvo cierto éxito inicial, pues un número respetable de prelados acudió a él. Pero pronto surgieron discordias entre los presentes, y poco a poco todos fueron abandonando el lugar, hasta que la asamblea se disolvió. Benito se retiró entonces a la fortaleza de Peñíscola, donde vivió quince años más, insistiendo siempre en que era el legítimo sucesor de San Pedro.

En cuanto a Gregorio, su situación era aún más precaria, pues no tenía un reino que lo protegiera, como Benito tenía el de Aragón. Su pretendido concilio nunca pasó de ser un puñado de partidarios suyos a quienes nadie hizo caso. Por fin se retiró a Rimini.

Mientras tanto, había llegado la fecha del Concilio de Pisa. En la catedral de esa ciudad se reunió una multitud que incluía, además de los cardenales de ambos colegios, un gran número de arzobispos, obispos, abades y ministros generales de órdenes, así como varios centenares de doctores en derecho canónico y en teología.

Puesto que todos los presentes sabían que la legalidad del Concilio tenía que ser irreprochable, las sesiones fueron extremadamente ordenadas. Al llegar el momento de juzgar el caso de los dos papas, se siguió con todo cuidado el proceso formal. Por tres días consecutivos, desde la puerta de la catedral, se les llamó por nombre (es decir, por sus nombres antes de ser papas, Pedro de Luna y Angel Correr), pidiendo que se presentaran ellos o sus representantes. Cuando, como era de esperarse, tal llamada no obtuvo resultados, se procedió a un juicio formal. Tras largos días de testimonios contra los dos papas, se les depuso, declarando que el papado estaba vacante:

El santo concilio ecuménico, que representa a la católica iglesia de Dios, y a quien corresponde juzgar en este asunto, reunido por la gracia del Espíritu Santo en la catedral de Pisa, y tras haber escuchado a quienes abogan por la extirpación del abominable e inveterado cisma, y por la unión y restauración de nuestra santa madre iglesia, contra Pedro de Luna y Angel Correr (a quienes algunos llaman Benito XIII y Gregorio XII), declara que los crímenes y abusos de estos dos, según ha sido demostrado ante el sacro concilio, son verdaderos y notorios. Los dos pretendientes, Pedro de Luna y Angel Correr, han sido y siguen siendo cismáticos manifiestos, partidarios obstinados, que aprueban, defienden y patrocinan el cisma. Son evidentemente herejes que se han apartado de la fe. Han cometido perjurio, y sus promesas de nada valen. Su porfía manifiesta y repetida escandalizó a la iglesia. Sus enormes abusos e iniquidades los hacen indignos de todo honor o dignidad, y en particular del pontificado supremo. Y aunque los cánones de la iglesia muestran que son automáticamente rechazados por Dios y apartados de la iglesia, nosotros, mediante esta sentencia definitiva, los deponemos, rechazamos y amputamos, y les prohibimos a ambos que continúen declarándose pontífices supremos, al mismo tiempo que declaramos que el papado está vacante.

Nótese que este decreto no declara que la elección de tal o cual papa haya sido nula. De haberse planteado la cuestión de ese modo, el Concilio se hubiera dividido, pues en él se encontraban presentes cardenales que habían votado por cada uno de los dos pretendientes. Luego, en lugar de tratar de resolver la cuestión, como hasta entonces se había hecho, sobre la base de cuál de los dos pretendientes había sido legalmente elegido, se resolvió dejando a un lado esa cuestión, y deponiéndolos a ambos por razón de su conducta indigna. Aunque resultaba imposible determinar cuál de los dos era el papa legítimo, era de suponerse que uno de ellos lo fuera. Por tanto, el Concilio declaró indirectamente que un papa, aunque fuese debidamente elegido, podía ser juzgado y depuesto por una asamblea que representaba a toda la iglesia.

Si el papado estaba vacante, era necesario elegir un nuevo papa. Puesto que los cardenales de ambos partidos estaban presentes en el Concilio, tal elección podía tener lugar inmediatamente. Pero la asamblea tenía otro propósito fundamental en su agenda. No bastaba con eliminar el cisma. Era necesario dar al menos los primeros pasos hacia la reforma que tantos anhelaban. Y para muchos de los presentes una de las causas principales de los males que aquejaban a la iglesia era la excesiva centralización del poder en ella. Luego, antes de elegir un nuevo papa y disolver la reunión era necesario asegurarse de que el pontífice electo reconocería la necesidad del Concilio, y estaría dispuesto a acatar su autoridad. Por esas razones todos se juramentaron:

Todos y cada uno de nosotros, los obispos, sacerdotes y diáconos de la santa iglesia romana, reunidos en la ciudad de Pisa a fin de terminar el cisma y restaurar la unidad de la iglesia, empeñamos nuestra palabra de honor y prometemos […] que, si uno de nosotros es electo papa, el tal continuará el presente concilio, sin disolverlo ni permitir, en cuanto esté a su alcance, que sea disuelto, hasta tanto no haya tenido lugar una reforma adecuada, razonable y suficiente de la iglesia universal, tanto en su cabeza como en sus miembros.

Poco después el cónclave se reunió y eligió a Pedro Filareto, arzobispo de Milán, quien tomó el nombre de Alejandro V. Tras esa elección, el Concilio decretó varias medidas en pro de la reforma eclesiástica, y se declaró disuelto, congratulándose por haber terminado el cisma y dado los primeros pasos hacia una reforma que eliminaría males tales como la simonía y el absentismo.

Los tres papas

Empero el Concilio de Pisa, lejos de resolver el cisma, lo complicó, pues ahora había tres papas, y cada cual se consideraba a sí mismo el legítimo sucesor de San Pedro y cabeza de la iglesia. Aunque la mayoría de los estados de Europa occidental aceptaba tanto el Concilio de Pisa como el papa electo en él, Benito todavía era considerado papa legítimo por toda la Península Ibérica y por Escocia.

Gregorio, por su parte, contaba con el apoyo vacilante de Nápoles y Venecia, y con la ayuda decidida de los Malatesta, que eran dueños de la ciudad de Rímini. Luego, aunque el papa pisano era sin lugar a dudas el que gozaba de un reconocimiento más general, los otros dos eran todavía capaces de seguir sosteniendo sus cortes y sus pretensiones.

En lugar de atacar inmediatamente a sus dos rivales, Alejandro V se dedicó a consolidar su posición confirmando casi todos los cargos y honores que habían sido conferidos por los dos papas a quienes el Concilio había declarado depuestos. Pero esto quería decir que, aunque él mismo era un franciscano de vida austera y leal defensor de la reforma, ésta se vio relegada a segundo plano, puesto que las prebendas por él confirmadas eran precisamente el peor de los males que debían erradicarse. Por lo pronto, su principal intento de reforma consistió en darles más derechos e injerencia en los asuntos eclesiásticos a sus compañeros de orden. Puesto que los franciscanos habían hecho votos de pobreza, y todavía muchos de ellos tomaban esos votos con gran seriedad, Alejandro parece haber abrigado la esperanza de que su orden pudiera ser su brazo derecho cuando llegara el momento de dedicarse de lleno a la tarea de reformar la iglesia. Pero en todo caso lo cierto es que Alejandro sólo logró enemistarse con el resto del clero, para quienes los mendicantes eran un estorbo, y que nada se había hecho contra los males que aquejaban a la iglesia cuando el Papa murió, poco más de diez meses después de ser electo.

Alejandro murió en Boloña, y allí mismo se reunieron los cardenales para elegir a su sucesor, que resultó ser el menos digno de entre ellos, Baltasar Cossa, quien había comenzado su carrera como pirata y era a la sazón dueño —más que dueño, tirano— de Boloña. Aunque hay diversas versiones acerca de lo que sucedió en el cónclave, no cabe duda de que el hecho de estar reunidos en Boloña pesó sobre la decisión de los cardenales, y hasta se cuenta que Cossa rechazó altaneramente a todos los candidatos propuestos, y que por fin tomó la estola papal, se la colocó sobre sus hombros, y declaró: “Yo soy el papa”. Sea cual fuere el modo en que el nuevo papa fue electo, el hecho es que tomó el nombre de Juan XXIII, y que pronto trató de llenar sus arcas mediante una guerra contra Ladislao de Nápoles, de la que esperaba obtener rico botín. Pero las cosas no salieron como Juan esperaba, y pronto se vió solo y amenazado por los napolitanos, que estaban a punto de tomar la ciudad.

En medio de tales dificultades, Juan XXIII pensó que el mejor modo de garantizar la seguridad de Roma era convocar un concilio a reunirse en ella. Ciertamente Ladislao no se atrevería a tomar acción militar contra la sede de tan augusta asamblea. Pero el pretendido concilio resultó ser una chanza. Muy pocos prelados se atrevieron a acudir a una ciudad en estado tan precario. Cuando por fin la pequeñísima asamblea se reunió, los cronistas nos cuentan que, al celebrarse la misa pidiendo el descenso del Espíritu Santo, apareció una lechuza dando gritos. El incidente se volvió comedia cuando alguien comentó: “¡Vaya forma rara que ha tomado el Espíritu Santo!” Al día siguiente fue necesario volver a interrumpir las sesiones para sacar la lechuza del recinto a fuerza de varas y pedradas.

Mientras todo esto sucedía, los otros dos papas, Benito XIII y Gregorio XII, insistían en sus pretensiones. Y, tras una breve tregua, Ladislao volvió a amenazar a Roma. No le quedó entonces al papa Juan más remedio que huir de Italia y refugiarse bajo el ala del emperador de Alemania, Segismundo. Esto fue lo que condujo al Concilio de Constanza y al fin del cisma.

Empero antes de pasar a narrar tales acontecimientos debemos detenernos a aclarar una duda que puede haber aparecido en la mente del lector. ¿Cómo es que si el papa de quien estamos tratando se llamaba Juan XXIII, hubo en el siglo XX otro famosísimo papa con el mismo nombre y número? Lo que sucede es que la iglesia romana no reconoce como papas legítimos durante el cisma sino a Urbano VI y sus sucesores. Tanto Benito XIII y su predecesor Clemente VII como los papas pisanos, Alejandro V y Juan XXIII, son considerados antipapas. Esto es necesario para la iglesia romana, aun cuando de hecho Alejandro y Juan hayan sido reconocidos mucho más ampliamente que Gregorio XII, porque de otro modo esa iglesia tendría que declarar que el Concilio de Pisa depuso legalmente a Gregorio, y que por tanto los papas están sujetos a los concilios, y no viceversa.

El Concilio de Constanza

Segismundo, el emperador de Alemania cuya protección Juan solicitó, era en ese momento el más poderoso soberano de Europa. Durante largo tiempo, la corona alemana había estado en disputa. Pero ahora se hallaba firmemente establecida sobre la testa de Segismundo, quien tomó el título imperial con toda seriedad, y se dedicó a emular a Carlomagno. Las demás potencias europeas eran más débiles que él. Francia, la única que de otro modo pudo haberle hecho sombra, se encontraba debilitada por la guerra de los Cien Años y por la disputa entre armañacs y borgoñones. En tales circunstancias, Segismundo soñó con ser él quien le pusiera fin al cisma, y quien iniciara la tan anhelada reforma eclesiástica. Por ello, cuando Juan XXIII acudió a él, el Emperador accedió a protegerlo a condición de que convocara un concilio universal, que debía reunirse en la ciudad imperial de Constanza.

Cuando el Concilio inició sus sesiones, a fines de 1414, Juan XXIII tenía razones para estar esperanzado, pues tanto el Emperador como la inmensa mayoría de los presentes lo habían recibido con amplias muestras de respeto, dando a entender que lo tenían por papa legítimo. Pero al mismo tiempo había señales de peligro. En un sermón, el cardenal Pedro de Ailly, uno de los hombres más eruditos y respetados de la época, declaró que el Concilio tenía potestad sobre el papado, y que sólo era digno de ocupar esta alta dignidad quien llevase una vida ejemplar. Poco después se escucharon comentarios en el sentido de que Juan era un papa indigno. Muchos de los presentes tenían dudas acerca de la posibilidad de llevar a cabo las reformas necesarias mientras él fuese papa. Cuando llegaron los embajadores de Gregorio XII, declarando que éste estaba dispuesto a renunciar si los otros dos papas hacían lo mismo, la situación de Juan se volvió desesperada. Para colmo de males, el Concilio decidió que las votaciones serían por naciones. Toda la asamblea se organizó en cuatro “naciones”: los ingleses, los franceses, los italianos y los “alemanes”, entre quienes se contaban también los escandinavos, polacos y húngaros. Más tarde, cuando llegaron los delegados ibéricos, se añadió la quinta nación de los españoles. Este modo de organizar el sufragio quería decir que los italianos, en cuyo gran número Juan estaba confiado, no tenían más que un voto.

A la postre, el Concilio exigió la renuncia de Juan XXIII. Este pareció acceder. Pero tan pronto como se le presentó la oportunidad se disfrazó de lacayo y huyó de Constanza.

Durante más de dos meses, el antes poderoso papa anduvo fugitivo. Cada vez se hacía más difícil su situación, pues su principal protector entre los nobles, el Duque de Austria, fue aplastado por el Emperador, y a partir de entonces le fue casi imposible encontrar asilo. Cuando por fin fue apresado y llevado de vuelta a Constanza, estaba abatido y dispuesto a renunciar. Sin más tardanza, el Concilio aceptó su renuncia, y lo condenó a pasar el resto de sus días prisionero, por temor a que volviese a reclamar la tiara papal.

Quedaban todavía dos papas. Pero el 4 de julio, poco después de la abdicación de Juan XXIII, Gregorio XII siguió su ejemplo. En cuanto a Benito XIII, sus seguidores quedaron reducidos a un puñado cuando el emperador Segismundo, mediante una serie de negociaciones con los estados ibéricos, logró que todos le retiraran su obediencia. Aunque desde su fortaleza en Peñíscola el viejo cardenal Pedro de Luna continuó llamándose único papa legítimo, y dándose el titulo de Benito XIII, ya nadie le hizo caso.

A falta de papa, el Concilio quedó como poder supremo, y se dedicó a la reforma de la iglesia. Poco antes, según veremos en otro capítulo, había condenado a Juan Huss, y muchos de los presentes creían que esa decisión era un paso necesario en la tarea de librar la iglesia de toda mácula de herejía o currupción. Pero todavía faltaba dar pasos concretos para erradicar males tales como la simonía, el pluralismo y el absentismo. A esta tarea se dedicó entonces el Concilio, y pronto descubrió que, aparte de una serie de decretos de carácter general, era poco lo que podía hacerse de inmediato. Por tanto, la asamblea se contentó con promulgar una serie de medidas contra los abusos de la época, y se dedicó a otras dos tareas que aún quedaban pendientes. La primera era la elección de un nuevo papa. La segunda, mucho más importante desde el punto de vista de los conciliaristas, era asegurarse de que hubiera concilios periódicos que se ocuparan de que los papas llevaran a cabo las reformas necesarias.

Cansados de un concilio que había durado tres años, los miembros de la asamblea decidieron que, en lugar de insistir de inmediato en la reforma, sencillamente garantizarían que el movimiento conciliar pudiera continuar, y después elegirían un nuevo papa. De la continuación del movimiento trataron de asegurarse mediante el decreto Frequens, que ordenaba que volviera a haber asambleas conciliares en 1423, 1430, y cada diez años a partir de entonces. Hecho esto, entre los cardenales presentes y una comisión del Concilio, eligieron un nuevo papa, que tomó el nombre de Martín V. El Gran Cisma de Occidente había terminado. Pero el movimiento conciliar, que había logrado gran auge debido al cisma, pronto comenzó a decaer.

El triunfo del papado

Los próximos años fueron un período de tensión creciente entre la doctrina conciliarista y la de la monarquía papal. Martín V, que era hábil diplomático, se cuidó de no contradecir los decretos del Concilio de Constanza. Pero tampoco confirmó los que estaban dirigidos contra su poder.

En obediencia a lo ordenado en el decreto Frequens del Concilio de Constanza, el Papa convocó una nueva asamblea, que se reunió en Pavía y después se trasladó a Siena huyendo de la peste. Pero este concilio, ahora que el cisma había terminado, tuvo poca asistencia, y al año siguiente Martín lo declaró concluido, sin haber aprobado más que algunos decretos de menor importancia.

Al acercarse la fecha en que debía reunirse el próximo concilio (1430), el Papa dio muestras de querer pasar por alto lo decretado en Constanza. Pero se percató de que las ideas conciliaristas tenían todavía mucha fuerza, y a la postre convocó al concilio, que se reunió en Basilea.

Martín V murió poco después de convocado el concilio, y su sucesor, Eugenio IV, cometió el grave error de tratar de disolver la asamblea. La reacción no se hizo esperar. El cardenal Cesarini, a quien Martín V había nombrado presidente de la asamblea, se negó a obedecer el decreto de disolución. Esto inmediatamente volcó la atención de Europa hacia el concilio, que hasta entonces no había causado gran revuelo. En Basilea, el conciliarismo más extremo se adueñó de la reunión. El prestigioso erudito Nicolás de Cusa sostenía que sólo el concilio era infalible, y que por tanto los allí congregados no tenían obligación de obedecer al Papa, sino más bien de juzgarlo si no actuaba debidamente. Los cardenales Cesarini y Eneas Silvio Piccolomini (quien después sería Pío II) defendían tesis semejantes. El emperador Segismundo se negó a reconocer el decreto de disolución, y presionó al Papa para que lo retirara. Por fin, viéndose solo y desamparado, Eugenio IV se rindió, y declaró que el Concilio de Basilea estaba debidamente constituido. Esta capitulación de Eugenio IV parecía señalar hacia el triunfo final de las doctrinas conciliaristas. A partir de entonces, el Concilio de Basilea dio muestras de pretender continuar reuniéndose indefinidamente, y gobernar la iglesia directamente. Una serie de medidas fueron limitando el poder del papa, y cortando sus recursos económicos. Mientras tanto, en Italia, la situación política de Eugenio era cada vez más precaria. Empero un acontecimiento inesperado vino a fortalecer el prestigio papal. Constantinopla se encontraba fuertemente asediada por los turcos. Del viejo Imperio Bizantino no quedaba más que la sombra. Y aun esa sombra desaparecería si el Occidente no acudía en socorro de sus hermanos orientales. Mas esto no era fácil de lograr, pues las iglesias de Oriente y Occidente habían estado separadas por varios siglos, y se acusaban mutuamente de herejía. En su desesperación, el Emperador de Constantinopla y el Patriarca de esa ciudad decidieron que era necesario subsanar el cisma que había durado casi cuatro siglos. Con ese propósito acudieron al Papa, y se mostraron dispuestos a participar del Concilio, si éste se reunía en una ciudad más accesible desde Constantinopla.

El Concilio de Basilea se negó a trasladarse, y el Papa proclamó un decreto transfiriéndolo a Ferrara. La mayoría de la asamblea hizo caso omiso de la orden pontificia y permaneció en Basilea. Pero otros, viendo la oportunidad de reunir las iglesias de Occidente con las de Oriente, acudieron a Ferrara. Resultaba entonces que el movimiento conciliar, que había llegado a la cumbre de su poder como respuesta al Gran Cisma de Occidente, cuando había dos papas, caía a su vez en el cisma, pues ahora había un papa y dos concilios.

El Concilio de Ferrara, que después se trasladó a Florencia, contaba con pocos prelados, y el resto de la cristiandad le hubiera prestado poca atención de no haber sido porque en julio de 1439 se proclamó solemnemente la reunión entre las iglesias bizantina y occidental. A fin de lograr esa reunión, tanto el Emperador como el Patriarca de Constantinopla aceptaron la supremacía papal.

Mientras tanto, al Concilio de Basilea no le quedaba otra alternativa que tomar medidas cada vez más extremas contra el Papa. Eneas Silvio Piccolomini y Nicolás de Cusa abandonaron la idea conciliar y tomaron el partido del Papa. Uno a uno, los diversos reinos y señoríos de Europa le fueron retirando su apoyo a la asamblea de Basilea, cuyos miembros eran cada vez menos. Por su parte, lo que quedaba del viejo concilio inició un proceso contra Eugenio IV, a quien declaró depuesto. En su lugar fue nombrado Félix V. Luego, ahora no sólo había dos concilios, sino que el movimiento conciliar había resucitado el cisma papal. Empero ya casi nadie le hacía caso a aquel sínodo, que poco después se trasladó a Lausana y acabó por disolverse. Cuando por fin Félix V renunció en 1449, el papado romano había resultado vencedor indiscutible de las ideas conciliares.

Estas ideas continuaron circulando por largo tiempo, hasta tal punto que, según veremos en la próxima sección, Lutero llegó a pensar que un concilio universal seria el mejor medio de defender su causa reformadora. Pero a partir de la disolución del Concilio de Basilea no hubo otra asamblea semejante que no sirviera los intereses del papado, y estuviera bajo su dominio.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 495–504). Miami, FL: Editorial Unilit.

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