¿Qué debe entender el niño para convertirse a Cristo?

La formación espiritual del niño

Betty S. de Constance

Parte 2

Reflexiones sobre la evangelización de los niños

Capítulo 7

¿Qué debe entender el niño para convertirse a Cristo?

a1Tuve el privilegio de nacer en una familia cristiana en donde mis padres, además de ser personas que servían a Dios como misioneros, tenían un compromiso profundo de criar a sus hijos en la fe. No recuerdo haber vivido ninguna etapa de mi niñez sin tener conciencia de Dios. Creo que siempre he amado a Jesús. Por supuesto, hubo diferentes crisis espirituales que marcaron el desarrollo de mi fe y de mi proceso de maduración espiritual, pero nunca viví un período de rebeldía cuando quise alejarme de la iglesia o rechazar mi fe en Dios. Considero ese hecho el resultado de su gracia en mi vida. Sin embargo, sufrí largos períodos de angustia y dudas en cuanto a la seguridad de mi salvación. Siendo niña y adolescente, tuve interrogantes sobre elementos espirituales que me daba miedo compartir con alguien. Siempre pensé que los adultos me iban a retar por mi ignorancia o que me iban a considerar una persona “perdida” por mis dudas.

Una de las preguntas de mi niñez que guardé por muchos años tenía que ver con la muerte de Cristo. En esos años yo me preguntaba: “Si fueron crucificados dos hombres más junto con Jesús, ¿por qué solamente la muerte de Jesús sirve para mi salvación?” Algo me hacía pensar que hacerles esta pregunta a mis padres me iba a dejar muy mal parada en el concepto que tenían de mí. Así que me guardé el interrogante por años. Siendo ya adolescente llegué a entender, por fin, que sólo la muerte de Cristo pudo valer ante Dios para mi salvación, porque él nunca había cometido pecado. El hecho de que Jesús nunca pecó me lo habían enseñando, pero nadie me había explicado la relación entre esa verdad y la eficacia de su muerte en la cruz para el pecado de todos, incluyendo los míos. Durante los años de mi niñez, ¿a quién iba a ir yo con mis interrogantes y dudas?

Con el pasar de los años, me doy cuenta cada vez más de que muchos niños guardan sus interrogantes por las mismas razones que tuve yo: el temor a las reacciones de los adultos. Por eso considero que en nuestro trabajo con niños es sumamente importante crear un ambiente donde el diálogo abierto es posible, y donde sus preguntas han de ser respetadas y respondidas. Por este motivo creo que es primordial que conozcamos los elementos esenciales del plan de salvación, para que cuando un niño nos haga alguna pregunta, podamos aprovechar esa oportunidad para explicar conceptos y aclarar sus dudas.

Es imposible incluir en este capítulo todos los elementos concernientes al plan de salvación. El tema es demasiado vasto. Por eso creo que lo más adecuado es pensar siempre en un “proceso de evangelización”, en donde estemos apoyando y alentando siempre la obra regeneradora del Espíritu Santo en la vida de los niños que han tomado la decisión inicial de entregar su vida a Cristo. A mi entender, las siguientes preguntas y respuestas son fundamentales.

¿Quién soy yo?

Un elemento básico para que el niño pueda entender mejor lo que significa “ser salvo” es tener un concepto más claro de su persona. El niño necesita saber que él es un ser con una vida interior y una vida exterior. Para aclarar este concepto, el maestro debe utilizar todas las formas posibles para ayudar al niño a diferenciar entre la parte visible de su persona (su cuerpo, su pelo, sus ojos, su sonrisa, etcétera), y la parte invisible (su mente, donde radican sus pensamientos y emociones). Esta parte invisible no tiene nada que ver con sus órganos, como su estómago o sus pulmones. Es la parte que no se ve ni cuando se sacan radiografías. El niño puede saber que solamente Dios y él conocen lo que sucede en su vida interior, y que esa parte de su ser es lo que la Biblia llama “el corazón”. Esto demanda que el maestro use una gran variedad de actividades que le permitirán al niño reconocer e identificar su vida interior, especialmente sus emociones. Él debe saber que todo su ser es importante, pero que su vida interior es la que Dios valora más (1 Samuel 16:7).

¿Qué es el pecado?

Cuando estamos ocupados en la enseñanza espiritual de los niños, la mayoría de las personas utilizan definiciones para el pecado que enfocan conductas. Por ejemplo, cuando queremos ilustrar lo que es el pecado, nos referimos a la mentira, el robo, la desobediencia, el uso de malas palabras, la agresividad contra otros y conductas parecidas. Casi siempre enfatizamos conductas que no le agradan a Dios. Podríamos decir que este tipo de explicación nos ayuda a identificar tipos de “pecados”, pero no aclara el problema del “pecado” en sí. Por tanto, creo que podemos ayudar al niño a tener una comprensión más adecuada del significado del pecado si le explicamos que el pecado es una actitud básica que tiene toda persona. Esta actitud empezó con el primer pecado de Adán y Eva y ha seguido por toda la historia de la raza humana. Toda persona lleva la actitud que le hace pecador (“pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” Romanos 3:23). Esta actitud es nuestra insistencia de vivir haciendo lo que nosotros queremos, sin pensar en lo que Dios quiere (1 Samuel 15:22, 23; Jeremías 7:23, 24; Romanos 7:18–20).

El niño puede entender que todos los pecados que comete comienzan en la vida interior en donde radican los pensamientos, las emociones y las actitudes que no agradan a Dios. Éstos nos llevan a las conductas equivocadas (Mateo 12:34, 35; 15:16–20; Salmo 19:14). Además, el niño debe entender que el pecado es lo que nos separa de Dios porque él es santo y no tiene pecado. El pecado es lo que impide que seamos parte de su familia (Isaías 59:2). Es lo que hace imposible que seamos las personas que él nos creó para ser. Este énfasis ayuda a que el niño empiece a pensar en su vida interior como el elemento que define y condiciona sus conductas.

¿Quién es Dios?

Definir a Dios es imposible. Cuando nosotros, los adultos, queremos saber cómo es Dios, lo único que podemos hacer es estudiar las características y atributos de Dios. Y por más empeño que pongamos, nos quedamos cortos en cuanto a la definición y comprensión de Dios. Pero para el niño, basta que él entienda algunos elementos básicos acerca de Dios: que él es el creador de todas las cosas, incluyendo su propia vida. Que Dios creó su cuerpo físico como también su capacidad de pensar y sentir, que es su vida interior (ver Salmo 139:1–4). Que Dios lo ama mucho más de lo que cualquier otra persona lo puede hacer. Que Dios lo conoce completamente, por dentro y por fuera. Que el anhelo de Dios es que todos nosotros formemos parte de su familia, y que le permitamos que nos ayude a llegar a ser las personas para lo cual nos creó. Que Dios desea que esta relación íntima con él sea algo que disfrutemos ahora y para siempre (Juan 3:16).

El niño también puede entender que Dios es absolutamente perfecto y santo. No puede hacer el mal. Debido a ese hecho, estamos separados de él a causa de nuestro pecado (Hebreos 12:14). Pero él nos amó tanto que hizo posible que llegáramos a ser sus hijos. Para que eso fuera posible, mandó a Jesús, su único Hijo, al mundo para mostrarnos cuánto nos ama (Juan 3:16; 1 Juan 3:16).

¿Quién es Jesús?

El niño debe reconocer que Jesús es el Hijo de Dios. Debe entender que él vino al mundo naciendo como un niño, al igual que toda persona. Que vivió en un pueblo en Palestina hasta llegar a ser un hombre adulto, cuando empezó a ir de pueblo en pueblo enseñando las verdades de Dios y ayudando a muchísimas personas a través de sus hechos. Sobre todo, el niño debe entender que Jesús es la única persona que ha vivido sin haber cometido pecado porque obedeció a Dios en todo. Él siempre habló lo que Dios quería que dijera, e hizo lo que Dios quería que hiciera. Nunca hizo algo para agradarse a sí mismo, sin primero pensar si lo que hacía agradaba o no a su Padre Dios (Juan 5:19). Por eso, aunque muchos creyeron en él, la mayoría de la gente llegó a odiarlo y finalmente lo mataron. Murió sobre una cruz, pero no quedó muerto. Después de tres días resucitó, es decir, volvió a vivir. Porque Jesús era el Hijo de Dios y porque nunca había cometido ningún pecado, su muerte sirvió ante Dios para pagar el castigo que merecían todas las personas por los pecados que han cometido (Tito 2:14; Isaías 53:5; 1 Pedro 2:24).

¿Cómo puedo llegar a ser un hijo de Dios?

La respuesta a esta pregunta clave empieza con una actitud básica en cuanto al pecado: el arrepentimiento. El niño tendrá que tomar conciencia de lo que significa esta actitud. Se puede hablar de esto con términos sencillos: “Arrepentirse significa sentir tristeza por querer vivir agradándonos a nosotros mismos y no a Dios.” Sentir tristeza significa que uno siente el deseo de cambiar y de vivir de una manera distinta, una vida que agrada a Dios. El niño debe entender que si se arrepiente de su pecado y le pide perdón a Dios (1 Juan 1:9), Dios lo perdona. Él nos puede perdonar porque Jesús murió por nuestros pecados y nuestro arrepentimiento hace posible que Jesús sea nuestro Salvador. A la vez, el niño debe entender que al arrepentirse, está expresando su deseo de entregar el control de su vida a Dios, para que él controle su vida interior y exterior. Al arrepentirse, está cambiando su manera de vivir.

Cuando Dios nos perdona, nos acepta como sus hijos y empezamos a vivir como miembros de su familia. Dios llega a ser nuestro Padre celestial. Podemos sentir su presencia en nuestras vidas y entender cuánto nos ama. Dios llega a ser algo así como un nuevo “patrón” o “jefe” a quien debemos rendir cuentas por nuestra vida. Vivir como su hijo significa que, con su ayuda, hemos de cuidar de que nuestros pensamientos, emociones, actitudes y acciones sean de su agrado. Esto no será fácil, pero podemos estar seguros de que aunque nos cuesta aprender otra manera de vivir, hacer lo que Dios desea es mucho mejor (1 Pedro 4:1, 2). Podemos contar con su ayuda siempre, porque él ha dicho que nunca nos va a dejar solos (Hebreos 13:5). Ser un hijo de Dios también significa que algún día, cuando muera nuestro cuerpo, como ocurre con todas las personas, nuestro espíritu (la parte interior) seguirá viviendo con él para siempre. Esto es lo que llamamos “la vida eterna” con Dios. La Biblia dice que el lugar donde viviremos para siempre con Dios es el cielo, un lugar hermoso e imposible de describir (Apocalipsis 21:1–7).

Algunas observaciones finales

A veces el niño queda confundido cuando le pedimos que lea muchos versículos tomados de diferentes partes de la Biblia. Es mejor limitarnos a uno o dos versículos, preferiblemente usando una versión sencilla de la Biblia (la Versión Popular Dios Habla Hoy o El Nuevo Testamento en la Traducción Biblia en Lenguaje Actual.) El mejor versículo para esto es Juan 3:16 que le asegura al niño que es un hijo de Dios. El maestro lo puede guiar en la lectura del versículo de la siguiente manera, insertando el nombre del niño en los espacios: “Pues Dios amó tanto a , que dio a su Hijo único, para que  al creer en él, no muera, sino que tenga vida eterna.” A la vez, se le explica que el versículo nos asegura que nuestra vida interior vivirá para siempre con Dios, aunque nuestro cuerpo muera.

Es importante que el niño exprese en oración su deseo de entregar su vida a Dios. Es cierto que muchos niños no se animan a orar en voz alta, porque no saben qué decir. El maestro puede ayudar al niño a pensar en una frase sencilla, como ésta: “Dios, te pido perdón por mi pecado, y quiero que tomes el control de mi vida.” Luego se da oportunidad a que el niño diga estas palabras en voz alta, agregando cualquier otra frase que él quiera. Otra opción sería ayudarlo a escribir su oración en un papel. Para este momento, muchos maestros utilizan el método de decir una oración sencilla, frase por frase, y piden que el niño vaya repitiendo cada frase en voz alta. Por lo general, cuando yo ayudo a algún niño a expresar lo que él quiere decirle a Dios, le digo que mientras los dos cerramos los ojos, él puede decir las palabras en su mente. Luego le pregunto: ¿quieres compartir conmigo las palabras que le dijiste al Señor? Entonces yo oro por él, pidiendo que Dios lo ayude a comprender lo importante que es la decisión que ha tomado.

Para enfatizar la trascendencia de la decisión que el niño ha tomado, el maestro puede entregarle como obsequio un Evangelio de Juan, subrayando el versículo de Juan 3:16. También el maestro debe asegurarle que Dios ha escuchado su oración y que su decisión le ha traído mucho gozo (Lucas 15:7).

Pero el hecho más importante que el maestro pueda lograr cuando el niño toma la decisión de aceptar a Cristo es iniciar una amistad espiritual con él. Si el niño percibe un verdadero interés en él de parte del maestro, sentirá que hay un lugar seguro donde podrá llevar sus interrogantes y dudas a medida que vayan surgiendo. Él sentirá que no está solo, sino que alguien lo está acompañando en su peregrinaje hacia Dios. Para el maestro de niños, no hay mayor privilegio que éste.

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 61–69). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

BIGURRILLO EL MARIHUANERO

11 abr 2016

BIGURRILLO EL MARIHUANERO

por Carlos Rey

a1El comportamiento de Bigurrillo, adicto a la marihuana, era extraño. Si tenía su ración diaria de veinte gramos, se ponía eufórico, de buen humor. Entornaba los ojos como si soñara despierto. Trataba de pararse de cabeza como si se sintiera acróbata. Y hasta intentaba pasos de baile muy graciosos.

Pero si no tenía sus veinte gramos diarios, Bigurrillo se ponía furioso. Corría por toda la casa, rompía cosas, y mascaba lo que encontraba a su paso, como si fuera una cabra salvaje. Desde luego, Bigurrillo no era una cabra salvaje, pero tampoco era un ser humano. Era un conejo que tenía Claudio Lima, de São Paulo, Brasil. Por cierto que el hombre estaba bajo proceso judicial por maltratar animales.

¡De modo que la marihuana se ha vuelto tan popular que hasta los animales la están usando! Claudio Lima indujo a su conejo a comer la hierba, y para proporcionarle su dosis diaria, llegó a cultivar la marihuana en el traspatio de su casa.

Si bien casi ninguno de nosotros cultiva plantas de marihuana en la casa, ni jamás se nos ocurriría hacer tal cosa, como padres y madres responsables que somos debemos reflexionar sobre el problema que presenta su uso, no en conejos inofensivos sino en nuestros jóvenes. El uso de marihuana y, peor todavía, de cocaína, de heroína y de otros estupefacientes, sigue en aumento. El narcotráfico a nivel mundial está organizado a tal grado de perfección que es casi imposible neutralizarlo o combatirlo. Sus agentes, que son como lobos disfrazados de ovejas, distribuyen la droga por todas partes: escuelas, colegios, clubes deportivos, calles, plazas, parques, playas, discotecas, fuentes de soda, y cuanto lugar se llena de jóvenes.

La producción, distribución y venta de marihuana y de otras drogas es algo que es casi imposible de frenar. Sin embargo, hay algo que sí podemos hacer los padres y madres que estamos conscientes del tremendo daño que causa. Podemos impedir que entre a nuestra casa; podemos evitar que atrape a nuestros hijos. Para lograrlo, necesitamos guardar una vigilancia familiar estricta. Pero además de esto, necesitamos mantener nosotros mismos un profundo sentido de moral cristiana.

Menos mal que Dios nunca dispuso que la moral cristiana fuera algo que tuviéramos que adoptar y mantener solos. Por algo se llama «cristiana»: porque procede de su Hijo Jesucristo. Cristo quiere establecer en nosotros sus principios y sus preceptos. Si le permitimos que lo haga, es probable que a los ojos de nuestros semejantes no seamos tan populares como la marihuana, pero en definitiva podremos ponerles a nuestros hijos el ejemplo que merecen y que les hace tanta falta.

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Reinado de Ezequías

2 Reyes 18-19

Reinado de Ezequías

(2 Cr. 29.1-2)

a118:1  En el tercer año de Oseas hijo de Ela, rey de Israel, comenzó a reinar Ezequías hijo de Acaz rey de Judá.

Cuando comenzó a reinar era de veinticinco años, y reinó en Jerusalén veintinueve años. El nombre de su madre fue Abi hija de Zacarías.

Hizo lo recto ante los ojos de Jehová, conforme a todas las cosas que había hecho David su padre.

El quitó los lugares altos, y quebró las imágenes, y cortó los símbolos de Asera, e hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés, porque hasta entonces le quemaban incienso los hijos de Israel; y la llamó Nehustán.[a]

En Jehová Dios de Israel puso su esperanza; ni después ni antes de él hubo otro como él entre todos los reyes de Judá.

Porque siguió a Jehová, y no se apartó de él, sino que guardó los mandamientos que Jehová prescribió a Moisés.

Y Jehová estaba con él; y adondequiera que salía, prosperaba. El se rebeló contra el rey de Asiria, y no le sirvió.

Hirió también a los filisteos hasta Gaza y sus fronteras, desde las torres de las atalayas hasta la ciudad fortificada.

Caída de Samaria

En el cuarto año del rey Ezequías, que era el año séptimo de Oseas hijo de Ela, rey de Israel, subió Salmanasar rey de los asirios contra Samaria, y la sitió,

10 y la tomaron al cabo de tres años. En el año sexto de Ezequías, el cual era el año noveno de Oseas rey de Israel, fue tomada Samaria.

11 Y el rey de Asiria llevó cautivo a Israel a Asiria, y los puso en Halah, en Habor junto al río Gozán, y en las ciudades de los medos;

12 por cuanto no habían atendido a la voz de Jehová su Dios, sino que habían quebrantado su pacto; y todas las cosas que Moisés siervo de Jehová había mandado, no las habían escuchado, ni puesto por obra.

Senaquerib invade a Judá

(2 Cr. 32.1-19; Is. 36.1-22)

13 A los catorce años del rey Ezequías, subió Senaquerib rey de Asiria contra todas las ciudades fortificadas de Judá, y las tomó.

14 Entonces Ezequías rey de Judá envió a decir al rey de Asiria que estaba en Laquis: Yo he pecado; apártate de mí, y haré todo lo que me impongas. Y el rey de Asiria impuso a Ezequías rey de Judá trescientos talentos de plata, y treinta talentos de oro.

15 Dio, por tanto, Ezequías toda la plata que fue hallada en la casa de Jehová, y en los tesoros de la casa real.

16 Entonces Ezequías quitó el oro de las puertas del templo de Jehová y de los quiciales que el mismo rey Ezequías había cubierto de oro, y lo dio al rey de Asiria.

17 Después el rey de Asiria envió contra el rey Ezequías al Tartán, al Rabsaris y al Rabsaces, con un gran ejército, desde Laquis contra Jerusalén, y subieron y vinieron a Jerusalén. Y habiendo subido, vinieron y acamparon junto al acueducto del estanque de arriba, en el camino de la heredad del Lavador.

18 Llamaron luego al rey, y salió a ellos Eliaquim hijo de Hilcías, mayordomo, y Sebna escriba, y Joa hijo de Asaf, canciller.

19 Y les dijo el Rabsaces: Decid ahora a Ezequías: Así dice el gran rey de Asiria: ¿Qué confianza es esta en que te apoyas?

20 Dices (pero son palabras vacías): Consejo tengo y fuerzas para la guerra. Mas ¿en qué confías, que te has rebelado contra mí?

21 He aquí que confías en este báculo de caña cascada, en Egipto, en el cual si alguno se apoyare, se le entrará por la mano y la traspasará. Tal es Faraón rey de Egipto para todos los que en él confían.

22 Y si me decís: Nosotros confiamos en Jehová nuestro Dios, ¿no es éste aquel cuyos lugares altos y altares ha quitado Ezequías, y ha dicho a Judá y a Jerusalén: Delante de este altar adoraréis en Jerusalén?

23 Ahora, pues, yo te ruego que des rehenes a mi señor, el rey de Asiria, y yo te daré dos mil caballos, si tú puedes dar jinetes para ellos.

24 ¿Cómo, pues, podrás resistir a un capitán, al menor de los siervos de mi señor, aunque estés confiado en Egipto con sus carros y su gente de a caballo?

25 ¿Acaso he venido yo ahora sin Jehová a este lugar, para destruirlo? Jehová me ha dicho: Sube a esta tierra, y destrúyela.

26 Entonces dijo Eliaquim hijo de Hilcías, y Sebna y Joa, al Rabsaces: Te rogamos que hables a tus siervos en arameo, porque nosotros lo entendemos, y no hables con nosotros en lengua de Judá a oídos del pueblo que está sobre el muro.

27 Y el Rabsaces les dijo: ¿Me ha enviado mi señor para decir estas palabras a ti y a tu señor, y no a los hombres que están sobre el muro, expuestos a comer su propio estiércol y beber su propia orina con vosotros?

28 Entonces el Rabsaces se puso en pie y clamó a gran voz en lengua de Judá, y habló diciendo: Oíd la palabra del gran rey, el rey de Asiria.

29 Así ha dicho el rey: No os engañe Ezequías, porque no os podrá librar de mi mano.

30 Y no os haga Ezequías confiar en Jehová, diciendo: Ciertamente nos librará Jehová, y esta ciudad no será entregada en mano del rey de Asiria.

31 No escuchéis a Ezequías, porque así dice el rey de Asiria: Haced conmigo paz, y salid a mí, y coma cada uno de su vid y de su higuera, y beba cada uno las aguas de su pozo,

32 hasta que yo venga y os lleve a una tierra como la vuestra, tierra de grano y de vino, tierra de pan y de viñas, tierra de olivas, de aceite, y de miel; y viviréis, y no moriréis. No oigáis a Ezequías, porque os engaña cuando dice: Jehová nos librará.

33 ¿Acaso alguno de los dioses de las naciones ha librado su tierra de la mano del rey de Asiria?

34 ¿Dónde está el dios de Hamat y de Arfad? ¿Dónde está el dios de Sefarvaim, de Hena, y de Iva? ¿Pudieron éstos librar a Samaria de mi mano?

35 ¿Qué dios de todos los dioses de estas tierras ha librado su tierra de mi mano, para que Jehová libre de mi mano a Jerusalén?

36 Pero el pueblo calló, y no le respondió palabra; porque había mandamiento del rey, el cual había dicho: No le respondáis.

37 Entonces Eliaquim hijo de Hilcías, mayordomo, y Sebna escriba, y Joa hijo de Asaf, canciller, vinieron a Ezequías, rasgados sus vestidos, y le contaron las palabras del Rabsaces.

Judá es librado de Senaquerib

(2 Cr. 32.20-23; Is. 37.1-38)

19:1  Cuando el rey Ezequías lo oyó, rasgó sus vestidos y se cubrió de cilicio, y entró en la casa de Jehová.

Y envió a Eliaquim mayordomo, a Sebna escriba y a los ancianos de los sacerdotes, cubiertos de cilicio, al profeta Isaías hijo de Amoz,

para que le dijesen: Así ha dicho Ezequías: Este día es día de angustia, de reprensión y de blasfemia; porque los hijos están a punto de nacer, y la que da a luz no tiene fuerzas.

Quizá oirá Jehová tu Dios todas las palabras del Rabsaces, a quien el rey de los asirios su señor ha enviado para blasfemar al Dios viviente, y para vituperar con palabras, las cuales Jehová tu Dios ha oído; por tanto, eleva oración por el remanente que aún queda.

Vinieron, pues, los siervos del rey Ezequías a Isaías.

E Isaías les respondió: Así diréis a vuestro señor: Así ha dicho Jehová: No temas por las palabras que has oído, con las cuales me han blasfemado los siervos del rey de Asiria.

He aquí pondré yo en él un espíritu, y oirá rumor, y volverá a su tierra; y haré que en su tierra caiga a espada.

Y regresando el Rabsaces, halló al rey de Asiria combatiendo contra Libna; porque oyó que se había ido de Laquis.

Y oyó decir que Tirhaca rey de Etiopía había salido para hacerle guerra. Entonces volvió él y envió embajadores a Ezequías, diciendo:

10 Así diréis a Ezequías rey de Judá: No te engañe tu Dios en quien tú confías, para decir: Jerusalén no será entregada en mano del rey de Asiria.

11 He aquí tú has oído lo que han hecho los reyes de Asiria a todas las tierras, destruyéndolas; ¿y escaparás tú?

12 ¿Acaso libraron sus dioses a las naciones que mis padres destruyeron, esto es, Gozán, Harán, Resef, y los hijos de Edén que estaban en Telasar?

13 ¿Dónde está el rey de Hamat, el rey de Arfad, y el rey de la ciudad de Sefarvaim, de Hena y de Iva?

14 Y tomó Ezequías las cartas de mano de los embajadores; y después que las hubo leído, subió a la casa de Jehová, y las extendió Ezequías delante de Jehová.

15 Y oró Ezequías delante de Jehová, diciendo: Jehová Dios de Israel, que moras entre los querubines, sólo tú eres Dios de todos los reinos de la tierra; tú hiciste el cielo y la tierra.

16 Inclina, oh Jehová, tu oído, y oye; abre, oh Jehová, tus ojos, y mira; y oye las palabras de Senaquerib, que ha enviado a blasfemar al Dios viviente.

17 Es verdad, oh Jehová, que los reyes de Asiria han destruido las naciones y sus tierras;

18 y que echaron al fuego a sus dioses, por cuanto ellos no eran dioses, sino obra de manos de hombres, madera o piedra, y por eso los destruyeron.

19 Ahora, pues, oh Jehová Dios nuestro, sálvanos, te ruego, de su mano, para que sepan todos los reinos de la tierra que sólo tú, Jehová, eres Dios.

20 Entonces Isaías hijo de Amoz envió a decir a Ezequías: Así ha dicho Jehová, Dios de Israel: Lo que me pediste acerca de Senaquerib rey de Asiria, he oído.

21 Esta es la palabra que Jehová ha pronunciado acerca de él: La virgen hija de Sion te menosprecia, te escarnece; detrás de ti mueve su cabeza la hija de Jerusalén.

22 ¿A quién has vituperado y blasfemado? ¿y contra quién has alzado la voz, y levantado en alto tus ojos? Contra el Santo de Israel.

23 Por mano de tus mensajeros has vituperado a Jehová, y has dicho: Con la multitud de mis carros he subido a las alturas de los montes, a lo más inaccesible del Líbano; cortaré sus altos cedros, sus cipreses más escogidos; me alojaré en sus más remotos lugares, en el bosque de sus feraces campos.

24 Yo he cavado y bebido las aguas extrañas, he secado con las plantas de mis pies todos los ríos de Egipto.

25 ¿Nunca has oído que desde tiempos antiguos yo lo hice, y que desde los días de la antig:uedad lo tengo ideado? Y ahora lo he hecho venir, y tú serás para hacer desolaciones, para reducir las ciudades fortificadas a montones de escombros.

26 Sus moradores fueron de corto poder; fueron acobardados y confundidos; vinieron a ser como la hierba del campo, y como hortaliza verde, como heno de los terrados, marchitado antes de su madurez.

27 He conocido tu situación, tu salida y tu entrada, y tu furor contra mí.

28 Por cuanto te has airado contra mí, por cuanto tu arrogancia ha subido a mis oídos, yo pondré mi garfio en tu nariz, y mi freno en tus labios, y te haré volver por el camino por donde viniste.

29 Y esto te daré por señal, oh Ezequías: Este año comeréis lo que nacerá de suyo, y el segundo año lo que nacerá de suyo; y el tercer año sembraréis, y segaréis, y plantaréis viñas, y comeréis el fruto de ellas.

30 Y lo que hubiere escapado, lo que hubiere quedado de la casa de Judá, volverá a echar raíces abajo, y llevará fruto arriba.

31 Porque saldrá de Jerusalén remanente, y del monte de Sion los que se salven. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto.

32 Por tanto, así dice Jehová acerca del rey de Asiria: No entrará en esta ciudad, ni echará saeta en ella; ni vendrá delante de ella con escudo, ni levantará contra ella baluarte.

33 Por el mismo camino que vino, volverá, y no entrará en esta ciudad, dice Jehová.

34 Porque yo ampararé esta ciudad para salvarla, por amor a mí mismo, y por amor a David mi siervo.

35 Y aconteció que aquella misma noche salió el ángel de Jehová, y mató en el campamento de los asirios a ciento ochenta y cinco mil; y cuando se levantaron por la mañana, he aquí que todo era cuerpos de muertos.

36 Entonces Senaquerib rey de Asiria se fue, y volvió a Nínive, donde se quedó.

37 Y aconteció que mientras él adoraba en el templo de Nisroc su dios, Adramelec y Sarezer sus hijos lo hirieron a espada, y huyeron a tierra de Ararat. Y reinó en su lugar Esar-hadón su hijo.

Footnotes:

  1. 2 Reyes 18:4 Esto es, Cosa de bronce.
Reina-Valera 1960 (RVR1960)Copyright © 1960 by American Bible Society

¿Amar a quién?

Abril 11

¿Amar a quién?

Lectura bíblica: Romanos 13:8–10

El amor no hace mal al prójimo; así que el amor es el cumplimiento de la ley. Romanos 13:10
Llegó la hora del examen: ¿A cuáles de estas personas te parece que Dios quiere que ames?

a1(a) El compañero de escuela que te rompió tu lapicero favorito.
(b) Tu prima que te pidió prestada tu muñeca más linda y le cortó todo el cabello.
(c) El travieso de la clase de pintura que metió la mano en pintura azul permanente, y después la imprimió en la espalda de tu camisa preferida.
(d) El vecino que fue a tu casa a jugar y te rompió el juego de robots que heredaste de tu papá.
(e) El amigo que compartió contigo su merienda cuando te olvidaste de llevarte la tuya en una excursión.

Es fácil querer a tus amigos. Especialmente a los de más confianza. Pero Jesús no dijo: “Ama únicamente a los que comparten contigo su merienda”. No quiere que limitemos nuestro cariño a nuestros amigos, a la gente que nos gusta o a la que es de más confianza.

¡Tenemos que amar un montón a todos!

La Biblia lo dice de este modo: “No debáis a nadie nada, salvo el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo ha cumplido la ley” (Romanos 13:8).

Y ese pasaje nos indica exactamente de qué manera se demuestra el amor: Romanos 13:9, 10 dice que demostramos amor cuando la felicidad, seguridad, el crecimiento espiritual y la salud física de los demás son tan importantes como los nuestros.

Efesios 5:29 explica más en detalle cómo podemos amarnos a nosotros mismos y cómo podemos amar a los demás: “Porque nadie aborreció jamás a su propio cuerpo; más bien, lo sustenta y lo cuida, tal como Cristo a la iglesia” (cursivas agregadas). Nutrimos nuestro cuerpo cuando cuidamos su felicidad, seguridad, crecimiento espiritual y salud física. Amamos nuestro cuerpo cuando lo guardamos de cualquier cosa perjudicial y destructiva.

Ese es el mismo tipo de amor que Dios quiere que tengas por los demás. Si realmente te amas como fue el propósito de Dios, querrás desarrollar tu cuerpo, espíritu, cerebro y tus relaciones. Te cuidarás de cualquier cosa que represente un obstáculo en este sentido. ¡Y si realmente amas a otros, te esforzarás para asegurarte de que nada interfiera con la felicidad, la seguridad, el crecimiento espiritual y la salud física de ninguna de las personas que Dios ha puesto en tu vida!

PARA DIALOGAR
¿Cómo puedes nutrir y querer a tus amigos de la manera que Dios indica?

PARA ORAR
Señor, ayúdanos a amar a todos los que nos rodean, y a nutrirlos de la misma manera como nos nutrimos a nosotros mismos.

PARA HACER
Realiza una acción para “nutrir” a un amigo, familiar o alguno que hayas tenido que perdonar en el pasado.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.