7. LA CULPA

SERIE GIGANTES AL ACECHO

7. LA CULPA

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David Logacho
2016-04-14

a1Saludos cordiales amable oyente. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Cuando los doce espías de Israel fueron a reconocer la tierra que Dios les había prometido, encontraron que en esa tierra había gigantes. Diez de ellos se sintieron tan amenazados por esos gigantes que llegaron a la conclusión que sería imposible tomar posesión de esa tierra prometida. Su informe fue una bofetada contra Dios y la tenemos en Números 13: 31-33. La Biblia dice: Mas los varones que subieron con él, dijeron: No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros.

Num 13:32 Y hablaron mal entre los hijos de Israel, de la tierra que habían reconocido, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores; y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de grande estatura.
Num 13:33 También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos.

Solamente dos de esos doce espías honraron a Dios con su informe. Ellos dijeron: Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos. A estos se unió Moisés quien exhortando al pueblo les dijo: No temáis, ni tengáis miedo de ellos, Jehová vuestro Dios, el cual va delante de vosotros, él peleará por vosotros, conforme a todas las cosas que hizo por vosotros en Egipto delante de vuestros ojos. Eran los mismos gigantes, pero vemos dos distintas reacciones ante ellos. Una de derrota y otra de victoria. Igual sucede en nuestra vida, amable oyente. Nosotros también encontramos gigantes en la vida cristiana que amenazan con echar a perder todo lo que Dios nos ha prometido. Nosotros también podemos manifestar dos distintas actitudes ante ellos, una actitud de derrota y una actitud de victoria. Ya hemos visto que esos gigantes pueden ser el desánimo, la crítica, el temor y el chisme. En el estudio bíblico de hoy vamos a referirnos a otro gigante más.

Otro gigante que amenaza con quitarnos el gozo de disfrutar nuestra vida cristiana se llama culpa. A menudo, a pesar de que sabemos que hemos sido perdonados, no nos sentimos perdonados y no sabemos qué hacer al respecto. El gigante llamado culpa nos tiene encadenados y caminamos por la vida cristiana arrastrando unas gruesas cadenas de culpa. Un creyente genuino vive lamentado las malas acciones que cometió antes de ser creyente. La culpa es como un fantasma que le persigue sin cesar. Intentamos de diversas maneras liberarnos del domino del gigante de la culpa, pero parece que fuera más fuerte que nosotros, porque por más que lo tratamos, no lo logramos. Todos los ancianos, pastores, consejeros, se ven forzados a tratar con este problema en las iglesias. Si el gigante llamado culpa desapareciera de la vida de los creyentes, el trabajo de los ancianos, pastores y consejeros se reduciría a menos de la mitad. La culpa es un gigante muy real, invade el corazón y cuando logra asentar allí sus dominios arruina todo lo que está a su lado. Ahora bien, la culpa tiene también su lado positivo, porque nos puede motivar a dos cosas. En primer lugar a reconocer lo pecadores condenados que éramos antes de conocer a Cristo como nuestro Salvador y en segundo lugar, a reconocer las faltas que hemos cometido aun siendo ya creyentes, siempre y cuando nuestras conciencias no se hallen cauterizadas al punto que no nos sentimos culpables cuando hacemos cosas cuestionables. En cuanto a lo primero, si un incrédulo no admite culpa, nunca podrá recibir a Cristo como Salvador. La salvación, amable oyente, es para los que genuinamente reconocen su vida de pecado y se sienten culpables por ello. El incrédulo que no se siente culpable, que piensa que no hay problema con todo lo malo que ha hecho, en realidad no necesita de un Salvador, no porque no le haga falta, sino porque no está consciente de que le hace falta un Salvador. Esta persona seguirá así su camino y terminará en condenación eterna. Es increíble como razona el incrédulo para hacer desaparecer el sentimiento de culpa en su vida. Normalmente echa la culpa a otra persona o a alguna circunstancia. Su frase preferida es: No es mi culpa, y luego se dedica a buscar un culpable, fuera de él mismo, por supuesto. Que el hogar donde me crié, que si las cosas hubieran sido diferentes, que la pobreza, que la riqueza, que mi apariencia física, que mi falta de educación, que la falta de amor de mis padres, y tantas otras cosas más. Qué diferencia haría en un incrédulo reconocer que se siente culpable a causa de su pecado. Sólo así podría acudir a quien tiene el poder y la voluntad para librarlo de la culpa por el pecado. Efesios 1:7, hablando del Señor Jesucristo dice: en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia,

La culpa, por decirlo así, muestra el camino hacia la salvación en el incrédulo. Pero al hablar de la culpa como un gigante, no nos estamos refiriendo a esta faceta de la culpa, sino más bien a ese sentimiento de culpa por cosas que sucedieron en nuestra vida antes de ser creyentes o por cosas impropias que hemos hecho siendo ya creyentes y que ya han sido confesadas al Señor e inclusive nos hemos apartado de ellas. Esta actitud es lo que podríamos llamar un complejo de culpa y ciertamente causa mucho malestar y sufrimiento al punto de anularnos en nuestra vida cristiana. Un creyente que ha sido atacado por este gigante siente que su culpa merece castigo, y en eso tiene la razón, toda culpa merece ciertamente un castigo. Pero ese castigo en el caso del creyente, ya lo recibió nuestro Salvador y por tanto nosotros no tenemos que recibir ningún castigo. Es probable que seamos disciplinados por cosas que hicimos mal, pero eso es otra cosa. Las consecuencias de nuestro pecado no deben ser consideradas como castigo por nuestros pecados sino como una manera de buscar restauración.

Sin embargo, los creyentes que son víctimas del gigante de la culpa piensa que si reciben castigo, eso será la manera como purgarán sus faltas por ellos mismos y entonces se sentirán más espirituales. Este razonamiento es contrario a las Escrituras, es como despreciar el sacrificio de Cristo, quien, según lo que dice Hebreos 10:14 con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. Para muchos parece ser más fácil aceptar el castigo por la culpa que aceptar el perdón en Cristo y vivir libres y gozosos. Romanos 5:1 dice: Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo;
El ser justificados o el ser declarados justos por Dios, que es lo mismo, no es el resultado de haber recibido el castigo por nuestra culpa, sino el resultado de haber confiado en Cristo como nuestro Salvador. Esto es un hecho, sea que los creyentes dominados por el gigante de la culpa lo reconozcan o no. Los sentimientos nada tienen que ver con este hecho. Es cuestión de creerlo y aceptarlo, sin importar como nos sentimos. El verdadero problema de los creyentes que se han dejado dominar por el gigante de la culpa es que no están seguros de que Cristo es todo suficiente para librarles del sentimiento de culpa. Tienen un Dios demasiado pequeño como dice J. B. Phillips.

Saben que Cristo murió por sus pecados y le han recibido como Salvador, pero no están seguros que Él ya fue castigado por todo el pecado cometido por el creyente. Piensan que en algo ayudaría a Dios si ellos sufren también un poquito por sus propias culpas. Esto es horrendo, amable oyente. No hay pecado demasiado grande o demasiado pequeño que el creyente haya cometido por el cual Cristo no haya pagado con su sacrificio en la cruz. No se puede luchar contra este gigante de la culpa sobre la base de los sentimientos. Si lo intentamos seremos derrotados vez tras vez. En lugar de ello debemos aferrarnos a lo que dice la Palabra de Dios y punto, sólo así podremos enfrentar a este gigante junto con el Salvador, quien puede salvarnos, guardarnos, darnos la paz y perdonarnos de todos nuestros pecados. Podemos conquistar al gigante de la culpa. La libertar verdadera está en Cristo y solamente en Él.

¿Por qué hay niños que “se convierten” reiteradas veces?

La formación espiritual del niño

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Betty S. de Constance

Parte 2

Reflexiones sobre la evangelización de los niños

Capítulo 10

¿Por qué hay niños que “se convierten” reiteradas veces?

a1En una ocasión yo estaba con un grupo de maestros en una conferencia de educación cristiana. Mientras almorzábamos, una maestra me hizo una pregunta.

—Hay algo que no entiendo —dijo ella—. En mi iglesia hay varios niños que responden cada vez que alguien hace una invitación para aceptar a Cristo como Salvador. No importa si es en un culto en la iglesia o en una clase de la escuela dominical o en un campamento, siempre responden. No sé cuántas veces se han “convertido”. ¿Por qué pasa esto con algunos?

Algunos de los otros maestros presentes en la mesa expresaron la misma inquietud y cuando comenzamos a compartir opiniones al respecto, descubrí que era una preocupación entre todos ellos. Cuando pregunté sobre sus clases, la mayoría dijeron ser maestros de niños de edad escolar. Considero que las inquietudes expresadas por ese grupo de maestros son muy válidas. Creo, entonces, que es importante que entendamos algo más sobre la manera en la cual el niño responde a esta decisión tan fundamental para su vida. Nuestra tendencia es creer que el niño responde a la invitación de entregar su vida a Cristo de la misma manera que lo hace el adulto. Pero, en realidad, lo hace en su contexto limitado de niño y diversos factores vienen a ejercer una influencia sobre su manera de responder a esta invitación.

El trasfondo religioso del niño

Un factor importante que debemos tomar en cuenta es el trasfondo religioso que haya recibido el niño.

El niño puede venir de una tradición religiosa católico romana, en donde se utilizan términos similares a los que se usan en las iglesias evangélicas en cuanto a tener fe en Cristo, pero en donde nunca escuchó hablar de la salvación en términos de una relación personal con el Señor ni tampoco de una decisión específica que inicia ese proceso. En este caso, sus primeras reacciones pueden representar un mero reconocimiento de algo que ha escuchado antes, aunque de otra forma. Es posible que su respuesta esté relacionada con lo que ha escuchado o visto en cuanto a la confesión que se hace al sacerdote, una obligación, le han dicho, que se debe hacer reiteradas veces.

Por otro lado, el niño puede venir de un trasfondo en donde no hubo ninguna mención de Dios ni ninguna expresión religiosa en el sentido de asistencia a cultos o a ceremonias religiosas. En ese caso, todo lo que escucha es nuevo. Su respuesta puede ser nada más que un interés por seguir aprendiendo de estas cosas interesantes que recibe en un ambiente acogedor por personas que se interesan en él. Sus respuestas tienen más que ver con la novedad de una experiencia nueva y por las actitudes de amor y afirmación que recibe del maestro. Entonces, responde positivamente cada vez que hay una invitación.

El niño que viene de un hogar evangélico, en cambio, puede responder a la invitación por un sentido de obligación. Él sabe que sus padres, maestros y conocidos esperan esto de él. No quiere defraudarlos y responde reiteradas veces porque cree que está ganando cierto mérito al hacerlo, dejando a la vez que la familia quede bien parada ante los demás. Más que todo, él está buscando la aprobación de los padres.

Las diferencias en la presentación del plan de salvación

Otro factor que puede estar en juego en la respuesta de los niños tiene que ver con la diferencia en las maneras en que se les presenta el plan de salvación. Como he señalado en otro capítulo, la mayoría de los conceptos relacionados con este tema son simbólicos, y la forma de presentárselos al niño también es simbólica. Por ejemplo, muchas veces se utiliza para ello el “Libro sin Palabras”, donde las páginas de diferentes colores son utilizadas para representar diferentes verdades bíblicas. Quizá esta presentación ha sido la primera y única que el niño haya escuchado hasta ahora. Pero en otra ocasión escucha otra presentación utilizando otros símbolos. Por ejemplo, se le muestra el dibujo de un corazón con una puerta que se abre y se le dice que esto simboliza la forma como Cristo entra en el corazón. En la forma tan literal de pensar que tiene el niño, es fácil entender cómo él puede creer que se le están pidiendo dos decisiones diferentes. Como no entiende muy bien el simbolismo en ninguno de estos dos casos, por las dudas, él responde a la invitación que se le hace en ambos.

Las motivaciones escondidas

El niño siempre va a reflejar, en algún aspecto, las influencias que tiene a su alrededor. Esta característica es también parte de su forma de responder a la invitación de aceptar a Cristo como Salvador.

Una de las influencias pueden ser las amistades. Quizá la primera vez que levanta su mano respondiendo a la invitación es porque casi todos los otros niños, que también lo están haciendo, son sus amigos. No quiere mostrarse diferente. Quiere solidarizarse con ellos en todo. En una ocasión estaba presente en una conferencia de mujeres donde habían sido invitadas varias predicadoras. Una de ellas concluyó su mensaje dando una invitación, y de manera muy insistente y autoritaria pidió que todas las mujeres que querían ver su sueño cumplido por Dios, pasaran adelante donde ella oraría por ellas. Muy pocas de nosotras no pasamos. Después, en conversación con unas amigas, escuché decir a una: “Yo no iba a pasar, pero cuando vi que las demás de mi grupo pasaron y que todas llevábamos el mismo color de camiseta como equipo de liderazgo, me pareció que quedaría mal no pasar, así que lo hice.” Si nosotros, como adultos, sentimos este tipo de presión, no debe sorprendernos que en circunstancias similares los niños también se sientan presionados.

Otra motivación puede estar relacionada con la amistad que el niño cree tener con el maestro. Él está condicionado a obedecer a los adultos en todo. En el caso de una clase o encuentro de niños, en donde el maestro es una persona simpática que le ha brindado una atención especial, es muy natural que el niño responda positivamente a lo que esta persona le pida. Para él es inconcebible no levantar su mano, porque quiere agradar al maestro.

También puede haber otras motivaciones. Una mujer me comentó cómo de niña ella siempre respondía a la invitación para recibir a Cristo. Me contó que en la escuela dominical a la que asistía siempre servían una merienda a los niños, y ella “no quería perderse el refresco”. Hay niños que lo han hecho para no perder el regalito que se ha prometido a quienes levantan la mano. Es importante reconocer que puede haber diversas motivaciones que impulsan a los niños en esta decisión.

Las conductas aprendidas

Algunos niños, hijos de padres evangélicos, han participado desde pequeños en los cultos de su iglesia. Han visto que la invitación de aceptar a Cristo, generalmente hecha al final del mensaje del pastor, es una entre muchas otras. Es decir, la costumbre en su iglesia es pedir que la gente responda a diversos llamados. Puede haber visto cómo la gente responde a llamados para ser sanados de dolencias físicas, para ser llenos del Espíritu Santo o para entregar la vida para servir al Señor en las misiones. Él reconoce que responder a una invitación es una conducta aprobada por los mayores y, por esa razón, también lo hace. Es posible que no tiene en claro por qué está respondiendo, pero igualmente levanta la mano o pasa adelante.

En estos casos, uno observa que los niños han levantado la mano o han pasado adelante pero en realidad no están prestando atención a lo que eso significa. Están mirando por todas partes, haciendo señas a otro niño, susurrando al compañero que tienen al lado, o riéndose quietamente con otro. Ellos han copiado las conductas de los adultos, pero no han entendido ni hecho suyo el significado de sus acciones. Tristemente, muchas veces los mayores interpretan estas conductas como expresiones sinceras de fe sin analizar el porqué de ellas. Entonces el niño va creciendo, recibiendo la aprobación de la gente de la iglesia, pero sin haber experimentado un verdadero encuentro con Cristo o haber efectuado cambios en su vida.

Una vida espiritual en desarrollo

Al considerar este tema, también es importante reconocer que el niño es un ser en desarrollo. Esto implica que él está viviendo procesos de crecimiento y maduración en todas las áreas de su vida. Su crecimiento físico es evidente casi mes por mes. Pero es más difícil medir el desarrollo de sus capacidades cognoscitivas y emocionales, especialmente cuando se trata de su formación espiritual. Por no entender adecuadamente estos procesos, a veces tratamos de acortar o impedir las características de curiosidad, exploración y descubrimiento, cualidades que son innatas y naturales en los niños. Muchas veces ignoramos su respuesta emocional frente a lo que está aprendiendo. Nos toma por sorpresa su entusiasmo y su alegría cuando ha descubierto cierta verdad y cómo ésta pueda cambiar sus relaciones con padres, hermanos o amigos. También nos sorprende su desagrado, su temor o su tristeza ante algo que está pasando en el aula o en relación con sus compañeros. Estos cambios abruptos en sus emociones nos desconciertan y a veces reaccionamos con retos, condenas o simplemente ignorándolos, dejando al niño con la sensación de abandono y rechazo. Al no darle importancia a sus cambios emocionales, estamos cancelando la posibilidad de que entienda cómo Dios puede y quiere obrar en esta parte de su vida.

El desarrollo continuo en sus habilidades produce a la vez transformaciones constantes en su comprensión de las cosas. Estas transformaciones se evidencian por su respuesta emocional a lo que está entendiendo. Por ejemplo, quizá en la época de Pascua un niño escucha una presentación muy conmovedora sobre la muerte de Cristo. Él llega a entender que la muerte de Cristo fue por él. Cuando se le hace la invitación, él responde de todo corazón impulsado por la gratitud que siente frente al sacrificio de Jesús en la cruz. En ese momento, es probable que no tenga una percepción clara del alcance del pecado ni en qué consiste el arrepentimiento. Él está respondiendo emocionalmente, pero en forma absolutamente genuina y espontánea, a lo que ha entendido sobre lo que Jesús hizo por él. Yo creo que esa decisión genuina, por más que sea hecha sobre una dimensión superficial, es mirada con agrado por el Señor y forma parte de la singular tarea de “echar las bases” para una vida en formación espiritual. Con toda probabilidad, unos meses o años después, el niño habrá de recibir una enseñanza más cabal sobre la realidad del pecado en su vida y la necesidad del arrepentimiento como parte del proceso de su desarrollo espiritual. Entonces ha de responder a una invitación con otra perspectiva, sintiendo la convicción de pecado que produce el Espíritu Santo. Podemos imaginar el daño a la vida espiritual del niño si el maestro lo reta o menosprecia por su nueva decisión, diciéndole: “Ya hiciste tu decisión y no hace falta hacerla de nuevo.” Una reacción así hace que el maestro pierda una maravillosa oportunidad para profundizar las bases espirituales del niño y lograr que afirme su vida en Dios. Cualquier actitud de desmedro que pudiera expresar el maestro ante una nueva decisión que tomara el niño corre el riesgo de “hacer tropezar a uno de estos pequeños”, una actitud que el Señor condenó severamente.

Además, la convicción de pecado puede influir mucho en la vida del niño sobre su seguridad en cuanto a la salvación. Cuando el niño fracasa haciendo algo deliberado en contra de lo que sabe es lo correcto, le invade una profunda sensación de culpa y vergüenza. Para el niño, esa sensación parece indicar que ha dejado de ser una persona adecuada, y que Dios lo rechaza por sus debilidades. En muchas ocasiones, el reproche de un adulto ante lo que hizo sólo intensifica esta sensación. En tanto, el niño no puede menos que creer que Dios también lo condena y lo repudia. Entonces, cuando se le presenta otra invitación para aceptar a Cristo, esto representa para él la esperanza de sentirse diferente. Esto ocurre aun cuando se le haya enseñado sobre la importancia de la confesión de los pecados y el perdón que hay en el Señor. La forma de pensar de niño le hace ver las cosas siempre en “blanco y negro”. Desde su punto de vista, un pecado tiende a cancelar todo lo anterior y hay que comenzar de nuevo. Por eso el maestro debe ser sumamente sensible a estas formas de pensar en los niños.

¿Qué puede hacer el maestro para impulsar la seguridad de la salvación en el niño?

Al responder a esta pregunta, debo decir que creo firmemente que la cosa más importante que puede hacer el maestro es conocer a fondo a cada uno de los niños que tiene a su cargo. Esto incluye el hecho de conocer a los miembros de su núcleo familiar, las experiencias previas que haya tenido en otras iglesias y, especialmente, la historia de la familia en cuanto a sus crisis y tragedias. No es fácil descubrir todo esto, pero son los elementos que forman parte de la historia del niño. El niño ha estado en un desarrollo espiritual desde que nació, no importa si asistía o no a una iglesia. Todas sus vivencias contribuyen al bagaje de vida que trae a su encuentro con Cristo y su comprensión del plan de salvación.

Cuando en repetidas ocasiones un niño se demuestra ansioso por aceptar a Cristo, esto demuestra que está teniendo problemas con entender lo que llamamos “la seguridad de la salvación”. Aquí puede haber varios factores en juego. Puede ser que no haya entendido que la decisión de aceptar a Cristo como Salvador se hace una sola vez. También es posible que sea un niño muy sensible o demasiado cargado con culpa. Esto puede pasar cuando en su casa le culpan por todo. También puede ser que el niño no se siente perdonado, quizá porque él cree que ha cometido un pecado tan grave que no tiene perdón. Esto puede darse en casos donde es un niño abusado sexualmente. Puede ser que haya cometido algún pecado recientemente y está sintiendo las consecuencias de lo que ha hecho sin entender que puede volver a pedir perdón a Dios por eso. Es posible que sea un niño de un hogar inconverso donde ha recibido reacciones muy negativas o de burla cuando ha compartido con sus familiares su decisión de aceptar a Cristo, haciendo que él entre en dudas sobre lo que hizo. También es posible que el niño sienta que fue obligado a tomar una decisión sin haberlo sentido de veras y después se siente avergonzado por su hipocresía. Puede ser que la invitación fue hecha por un maestro diferente y el niño cree que debe responder para complacerlo. Éstas, y otras motivaciones más, pueden llevar al niño a no sentirse seguro en cuanto a su salvación.

El maestro debe entender que la singularidad de cada vida hace que no haya un molde único en el obrar de Dios. Esto debe impulsar al maestro a estar orando constantemente por los niños a su cargo, pidiendo también que el Señor le dé la iluminación y discernimiento para poder responder a sus preguntas y dudas. Además de orar, es importante que el maestro mantenga un diálogo abierto con cada uno de sus alumnos para que, cuando surge un interrogante de índole espiritual, el maestro pueda responder con total naturalidad.

El aspecto práctico que contribuye a esto tiene que ver más que nada con las oportunidades que se le dan al niño para hacer preguntas y expresar sus dudas. Por ejemplo, en el momento de conversar con el niño después de haber respondido a una invitación para aceptar a Cristo, el maestro puede preguntar con mucho tacto:

—¿Es ésta la primera vez que tomas esta decisión?

Si el niño responde que “sí”, el maestro puede preguntarle si hay algo que no ha entendido bien y luego seguir la conversación respondiendo las preguntas que pueda tener. Si responde que “no”, el maestro puede decir:

—Para ayudarte mejor, me gustaría que me cuentes de las otras veces que hiciste esto.

O puede preguntar:

—”¿Qué le dijiste al Señor las otras veces?” o “¿Qué te gustaría decirle al Señor hoy?”

Creo que es importante no insistir en que el niño haga un análisis detallado de sus decisiones previas. Más bien, se le debe asegurar que Dios está sumamente gozoso de que haya querido acercarse a él respondiendo a la invitación. Antes de concluir la conversación, el maestro puede preguntar si el niño ha entendido algo nuevo esta vez, esperar su respuesta y luego orar con él pidiéndole al Señor que lo ayude a entender que su salvación es para siempre.

Lo más importante de todo esto es que el maestro mantenga abiertas las vías de comunicación con el niño, para que siempre sienta la libertad de preguntarle al maestro sobre sus inquietudes espirituales.

La obra del Espíritu Santo

Al final de cuentas, es el Espíritu Santo el que hace la obra de regeneración en una vida y el que da la seguridad de la salvación. Romanos 8:16 dice: “El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios” (NVI). Esta verdad nos trae gran esperanza mientras hacemos la obra de evangelización de la niñez. La obra de regeneración también depende de nuestra propia sensibilidad en cuanto a la obra del Espíritu Santo en la vida del niño. Esto hace que hagamos un esfuerzo constante de aclarar las enseñanzas de la Palabra de Dios y permitir así que el Espíritu pueda sellar la obra redentora en esa pequeña vida con una seguridad absoluta y eterna. Recordemos, sin embargo, que esta obra se ha de realizar de manera diferente en cada niño.

Todos tenemos la experiencia de ver a un niño que tuvimos en nuestra clase que, al llegar a ser adolescente, se aparta del camino del Señor. Esto se observa porque deja de asistir a la iglesia, porque empieza a expresar su disconformidad con el pastor o los hermanos, o porque empieza a demostrar conductas mundanas, casi en un espíritu de desafío a las normas que ha aprendido en la iglesia. Esto nos causa mucha tristeza y frecuentemente nos deja con dudas sobre la eficacia de nuestro trabajo. Empezamos a hacernos las preguntas: ¿Dónde me equivoqué? ¿Qué pudiera haber hecho distinto? ¿Realmente se convirtió? etcétera. De nada nos sirve tratar de entender las razones de este abandono de fe de parte de un ex-alumno. Hay muchas razones para esta lamentable realidad pero una de ellas sin duda es que no le dimos a ese niño la atención personal que él necesitaba. Era uno más entre el grupo. Suponíamos que estaba entendiendo y haciendo suyas las enseñanzas que recibía. Esa suposición es común, hecha porque nos conviene creer que con una tarea liviana y ligera hemos hecho lo necesario para encaminar una vida hacia Dios. No siempre es así. Pero en el caso de la persona que abandona la iglesia, por cualquiera razón que fuera, hay dos cosas que no debemos dejar de hacer: primero, orar constantemente por él pidiendo a Dios que tome conciencia del error de su actual alejamiento; y segundo, cuando se presenta la oportunidad, asegurarle nuestro apoyo y amistad. Muchas veces, pasada la crítica etapa de rebeldía en la adolescencia, el joven ha de volver a aquellas bases que aprendió de niño. Y por allí uno ha de recibir el premio del joven que le diga: “Nunca me pude olvidar de las cosas que usted me enseñó cuando era niño.” Y de repente el maestro siente que todo valió la pena.

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 85–93). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

Descendientes de Adán

1 Crónicas 1-3

Descendientes de Adán

(Gn. 5.1-32)

a11:1 Adán, Set, Enós,

Cainán, Mahalaleel, Jared,

Enoc, Matusalén, Lamec,

Noé, Sem, Cam y Jafet.

Descendientes de los hijos de Noé

(Gn. 10.1-32)

Los hijos de Jafet: Gomer, Magog, Madai, Javán, Tubal, Mesec y Tiras.

Los hijos de Gomer: Askenaz, Rifat y Togarma.

Los hijos de Javán: Elisa, Tarsis, Quitim y Dodanim.

Los hijos de Cam: Cus, Mizraim, Fut y Canaán.

Los hijos de Cus: Seba, Havila, Sabta, Raama y Sabteca. Y los hijos de Raama: Seba y Dedán.

10 Cus engendró a Nimrod; éste llegó a ser poderoso en la tierra.

11 Mizraim engendró a Ludim, Anamim, Lehabim, Naftuhim,

12 Patrusim y Casluhim; de éstos salieron los filisteos y los caftoreos.

13 Canaán engendró a Sidón su primogénito, y a Het,

14 al jebuseo, al amorreo, al gergeseo,

15 al heveo, al araceo, al sineo,

16 al arvadeo, al zemareo y al hamateo.

17 Los hijos de Sem: Elam, Asur, Arfaxad, Lud, Aram, Uz, Hul, Geter y Mesec.

18 Arfaxad engendró a Sela, y Sela engendró a Heber.

19 Y a Heber nacieron dos hijos; el nombre del uno fue Peleg, por cuanto en sus días fue dividida la tierra; y el nombre de su hermano fue Joctán.

20 Joctán engendró a Almodad, Selef, Hazar-mavet y Jera.

21 A Adoram también, a Uzal, Dicla,

22 Ebal, Abimael, Seba,

23 Ofir, Havila y Jobab; todos hijos de Joctán.

Descendientes de Sem

(Gn. 11.10-26)

24 Sem, Arfaxad, Sela,

25 Heber, Peleg, Reu,

26 Serug, Nacor, Taré,

27 y Abram, el cual es Abraham.

Descendientes de Ismael y de Cetura

(Gn. 25.1-6,12-18)

28 Los hijos de Abraham: Isaac e Ismael.

29 Y estas son sus descendencias: el primogénito de Ismael, Nebaiot; después Cedar, Adbeel, Mibsam,

30 Misma, Duma, Massa, Hadad, Tema,

31 Jetur, Nafis y Cedema; éstos son los hijos de Ismael.

32 Y Cetura, concubina de Abraham, dio a luz a Zimram, Jocsán, Medán, Madián, Isbac y Súa. Los hijos de Jocsán: Seba y Dedán.

33 Los hijos de Madián: Efa, Efer, Hanoc, Abida y Elda; todos éstos fueron hijos de Cetura.

Descendientes de Esaú

(Gn. 36.1-43)

34 Abraham engendró a Isaac, y los hijos de Isaac fueron Esaú e Israel.

35 Los hijos de Esaú: Elifaz, Reuel, Jeús, Jaalam y Coré.

36 Los hijos de Elifaz: Temán, Omar, Zefo, Gatam, Cenaz, Timna y Amalec.

37 Los hijos de Reuel: Nahat, Zera, Sama y Miza.

38 Los hijos de Seir: Lotán, Sobal, Zibeón, Aná, Disón, Ezer y Disán.

39 Los hijos de Lotán: Hori y Homam; y Timna fue hermana de Lotán.

40 Los hijos de Sobal: Alván, Manahat, Ebal, Sefo y Onam. Los hijos de Zibeón: Aja y Aná.

41 Disón fue hijo de Aná; y los hijos de Disón: Amram, Esbán, Itrán y Querán.

42 Los hijos de Ezer: Bilhán, Zaaván y Jaacán. Los hijos de Disán: Uz y Arán.

43 Y estos son los reyes que reinaron en la tierra de Edom, antes que reinase rey sobre los hijos de Israel: Bela hijo de Beor; y el nombre de su ciudad fue Dinaba.

44 Muerto Bela, reinó en su lugar Jobab hijo de Zera, de Bosra.

45 Y muerto Jobab, reinó en su lugar Husam, de la tierra de los temanitas.

46 Muerto Husam, reinó en su lugar Hadad hijo de Bedad, el que derrotó a Madián en el campo de Moab; y el nombre de su ciudad fue Avit.

47 Muerto Hadad, reinó en su lugar Samla de Masreca.

48 Muerto también Samla, reinó en su lugar Saúl de Rehobot, que está junto al Eufrates.

49 Y muerto Saúl, reinó en su lugar Baal-hanán hijo de Acbor.

50 Muerto Baal-hanán, reinó en su lugar Hadad, el nombre de cuya ciudad fue Pai; y el nombre de su mujer, Mehetabel hija de Matred, hija de Mezaab.

51 Muerto Hadad, sucedieron en Edom los jefes Timna, Alva, Jetet,

52 Aholibama, Ela, Pinón,

53 Cenaz, Temán, Mibzar,

54 Magdiel e Iram. Estos fueron los jefes de Edom.

Los hijos de Israel

(Gn. 35.22-26)

2:1  Estos son los hijos de Israel: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar, Zabulón,

Dan, José, Benjamín, Neftalí, Gad y Aser.

Descendientes de Judá

Los hijos de Judá: Er, Onán y Sela. Estos tres le nacieron de la hija de Súa, cananea. Y Er, primogénito de Judá, fue malo delante de Jehová, quien lo mató.

Y Tamar su nuera dio a luz a Fares y a Zera. Todos los hijos de Judá fueron cinco.

Los hijos de Fares: Hezrón y Hamul.

Y los hijos de Zera: Zimri, Etán, Hemán, Calcol y Dara; por todos cinco.

Hijo de Carmi fue Acán, el que perturbó a Israel, porque prevaricó en el anatema.

Azarías fue hijo de Etán.

Los hijos que nacieron a Hezrón: Jerameel, Ram y Quelubai.

10 Ram engendró a Aminadab, y Aminadab engendró a Naasón, príncipe de los hijos de Judá.

11 Naasón engendró a Salmón, y Salmón engendró a Booz.

12 Booz engendró a Obed, y Obed engendró a Isaí,

13 e Isaí engendró a Eliab su primogénito, el segundo Abinadab, Simea el tercero,

14 el cuarto Natanael, el quinto Radai,

15 el sexto Ozem, el séptimo David,

16 de los cuales Sarvia y Abigail fueron hermanas. Los hijos de Sarvia fueron tres: Abisai, Joab y Asael.

17 Abigail dio a luz a Amasa, cuyo padre fue Jeter ismaelita,

18 Caleb hijo de Hezrón engendró a Jeriot de su mujer Azuba. Y los hijos de ella fueron Jeser, Sobab y Ardón.

19 Muerta Azuba, tomó Caleb por mujer a Efrata, la cual dio a luz a Hur.

20 Y Hur engendró a Uri, y Uri engendró a Bezaleel.

21 Después entró Hezrón a la hija de Maquir padre de Galaad, la cual tomó siendo él de sesenta años, y ella dio a luz a Segub.

22 Y Segub engendró a Jair, el cual tuvo veintitrés ciudades en la tierra de Galaad.

23 Pero Gesur y Aram tomaron de ellos las ciudades de Jair, con Kenat y sus aldeas, sesenta lugares. Todos éstos fueron de los hijos de Maquir padre de Galaad.

24 Muerto Hezrón en Caleb de Efrata, Abías mujer de Hezrón dio a luz a Asur padre de Tecoa.

25 Los hijos de Jerameel primogénito de Hezrón fueron Ram su primogénito, Buna, Orén, Ozem y Ahías.

26 Y tuvo Jerameel otra mujer llamada Atara, que fue madre de Onam.

27 Los hijos de Ram primogénito de Jerameel fueron Maaz, Jamín y Equer.

28 Y los hijos de Onam fueron Samai y Jada. Los hijos de Samai: Nadab y Abisur.

29 Y el nombre de la mujer de Abisur fue Abihail, la cual dio a luz a Ahbán y a Molid.

30 Los hijos de Nadab: Seled y Apaim. Y Seled murió sin hijos.

31 Isi fue hijo de Apaim, y Sesán hijo de Isi, e hijo de Sesán, Ahlai.

32 Los hijos de Jada hermano de Samai: Jeter y Jonatán. Y murió Jeter sin hijos.

33 Los hijos de Jonatán: Pelet y Zaza. Estos fueron los hijos de Jerameel.

34 Y Sesán no tuvo hijos, sino hijas; pero tenía Sesán un siervo egipcio llamado Jarha.

35 A éste Sesán dio su hija por mujer, y ella dio a luz a Atai.

36 Atai engendró a Natán, y Natán engendró a Zabad;

37 Zabad engendró a Eflal, Eflal engendró a Obed;

38 Obed engendró a Jehú, Jehú engendró a Azarías;

39 Azarías engendró a Heles, Heles engendró a Elasa;

40 Elasa engendró a Sismai, Sismai engendró a Salum;

41 Salum engendró a Jecamías, y Jecamías engendró a Elisama.

42 Los hijos de Caleb hermano de Jerameel fueron: Mesa su primogénito, que fue el padre de Zif; y los hijos de Maresa padre de Hebrón.

43 Y los hijos de Hebrón: Coré, Tapúa, Requem y Sema.

44 Sema engendró a Raham padre de Jorcoam, y Requem engendró a Samai.

45 Maón fue hijo de Samai, y Maón padre de Bet-sur.

46 Y Efa concubina de Caleb dio a luz a Harán, a Mosa y a Gazez. Y Harán engendró a Gazez.

47 Los hijos de Jahdai: Regem, Jotam, Gesam, Pelet, Efa y Saaf.

48 Maaca concubina de Caleb dio a luz a Seber y a Tirhana.

49 También dio a luz a Saaf padre de Madmana, y a Seva padre de Macbena y padre de Gibea. Y Acsa fue hija de Caleb.

50 Estos fueron los hijos de Caleb. Los hijos de Hur primogénito de Efrata: Sobal padre de Quiriat-jearim,

51 Salma padre de Belén, y Haref padre de Bet-gader.

52 Y los hijos de Sobal padre de Quiriat-jearim fueron Haroe, la mitad de los manahetitas.

53 Y las familias de Quiriat-jearim fueron los itritas, los futitas, los sumatitas y los misraítas, de los cuales salieron los zoratitas y los estaolitas.

54 Los hijos de Salma: Belén, y los netofatitas, Atrot-bet-joab, y la mitad de los manahetitas, los zoraítas.

55 Y las familias de los escribas que moraban en Jabes fueron los tirateos, los simeateos y los sucateos, los cuales son los ceneos que vinieron de Hamat padre de la casa de Recab.

Los hijos de David

(2 S. 3.2-5; 5.13-16; 1 Cr. 14.3-7)

3:1  Estos son los hijos de David que le nacieron en Hebrón: Amnón el primogénito, de Ahinoam jezreelita; el segundo, Daniel, de Abigail la de Carmel;

el tercero, Absalón hijo de Maaca, hija de Talmai rey de Gesur; el cuarto, Adonías hijo de Haguit;

el quinto, Sefatías, de Abital; el sexto, Itream, de Egla su mujer.

Estos seis le nacieron en Hebrón, donde reinó siete años y seis meses; y en Jerusalén reinó treinta y tres años.

Estos cuatro le nacieron en Jerusalén: Simea, Sobab, Natán, y Salomón hijo de Bet-súa hija de Amiel.

Y otros nueve: Ibhar, Elisama, Elifelet,

Noga, Nefeg, Jafía,

Elisama, Eliada y Elifelet.

Todos éstos fueron los hijos de David, sin los hijos de las concubinas. Y Tamar fue hermana de ellos.

Descendientes de Salomón

10 Hijo de Salomón fue Roboam, cuyo hijo fue Abías, del cual fue hijo Asa, cuyo hijo fue Josafat,

11 de quien fue hijo Joram, cuyo hijo fue Ocozías, hijo del cual fue Joás,

12 del cual fue hijo Amasías, cuyo hijo fue Azarías, e hijo de éste, Jotam.

13 Hijo de éste fue Acaz, del que fue hijo Ezequías, cuyo hijo fue Manasés,

14 del cual fue hijo Amón, cuyo hijo fue Josías.

15 Y los hijos de Josías: Johanán su primogénito, el segundo Joacim, el tercero Sedequías, el cuarto Salum.

16 Los hijos de Joacim: Jeconías su hijo, hijo del cual fue Sedequías.

17 Y los hijos de Jeconías: Asir, Salatiel,

18 Malquiram, Pedaías, Senazar, Jecamías, Hosama y Nedabías.

19 Los hijos de Pedaías: Zorobabel y Simei. Y los hijos de Zorobabel: Mesulam, Hananías, y Selomit su hermana;

20 y Hasuba, Ohel, Berequías, Hasadías y Jusab-hesed; cinco por todos.

21 Los hijos de Hananías: Pelatías y Jesaías; su hijo, Refaías; su hijo, Arnán; su hijo, Abdías; su hijo, Secanías.

22 Hijo de Secanías fue Semaías; y los hijos de Semaías: Hatús, Igal, Barías, Nearías y Safat, seis.

23 Los hijos de Nearías fueron estos tres: Elioenai, Ezequías y Azricam.

24 Los hijos de Elioenai fueron estos siete: Hodavías, Eliasib, Pelaías, Acub, Johanán, Dalaías y Anani.

Reina-Valera 1960 (RVR1960)Versión Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988.

«EN UNA DISCUSIÓN, LE ENTERRÉ UN CUCHILLO»

14 abr 2016

«EN UNA DISCUSIÓN, LE ENTERRÉ UN CUCHILLO»

cr

por Carlos Rey

a1En este mensaje tratamos el siguiente caso de una mujer que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio http://www.conciencia.net, autorizándonos a que la citáramos:

«Tengo alrededor de siete años con mi esposo, y [tenemos] dos niños…. En una discusión, le enterré un cuchillo pequeño en el pecho. Gracias a Dios, no [fue nada grave]; pero ahora estamos separados por medidas [legales] y estamos en espera de un juicio para dictaminar la custodia de los niños. Necesito un consejo, por favor.»

Este es el consejo que le dio mi esposa:

«Estimada amiga:

»Usted cuenta lo ocurrido como si fuera algo sin mayor importancia que no debiera tener serias repercusiones. No menciona si está o no arrepentida por lo que hizo, ni cómo se siente al respecto. De hecho, al contarnos su caso usted no expresa ninguna emoción sobre lo que pasó ni acerca de la posibilidad de que pierda la custodia de los niños.

»Casi todas las mujeres y la mayoría de los hombres expresan sus sentimientos cuando cuentan sus problemas. Sienten tristeza, vergüenza, temor, ansiedad o una de las tantas emociones posibles. El hecho de que relate sus problemas con indiferencia y sin sentimientos pudiera ser indicio de un trastorno emocional. Combinado con el acto violento que usted cometió, hay suficiente razón para que sea evaluada cuanto antes por un psiquiatra….

»La violencia en el matrimonio perjudica a todos los miembros de la familia. Los hijos sufrirán a causa de la ruptura del matrimonio, sin que importe con quién vivan….

»Aunque no nos cuenta con lujo de detalles la discusión que tuvo con su esposo, es obvio que usted debió de haberse enojado mucho. Sin duda usted se sintió impotente en cuanto a alguna situación, y su enojo la impulsó a valerse de un cuchillo para demostrar que sí tenía poder. Lamentablemente, la violencia no es prueba de poder sino señal de debilidad. Además, su falta de dominio propio y su patente desacato de las consecuencias son indicios de que usted necesita ayuda profesional.

»Mientras tanto, si de veras está arrepentida, Dios la perdonará si tan sólo se lo pide en oración en el nombre de su Hijo Jesucristo. Pero usted debe mostrar su arrepentimiento con la determinación de que va a vivir conforme a las leyes divinas y a comunicarse con Él todos los días mediante la oración y la lectura de la Biblia. También necesita una comunidad de seguidores de Cristo que le ayuden a superar las dificultades que tiene por delante. Así que busque una iglesia en la que la vida de los miembros demuestra que aman a Dios, y asista cada vez que tenga la oportunidad.

»Sin embargo, si bien Dios la perdonará, Él no eliminará las consecuencias que ahora tiene que afrontar por lo que hizo. Así que pídale que le ayude a tener una actitud positiva y a depender de Él, pase lo que pase.»

Con eso termina lo que Linda, mi esposa, recomienda en este caso. El caso completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, puede leerse con sólo pulsar la pestaña en http://www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego buscar el Caso 384.

http://www.conciencia.net/

Conocer íntimamente a “La Fuerza”

Abril 14

Conocer íntimamente a “La Fuerza”

Lectura bíblica: Proverbios 8:17–21

Yo amo a los que me aman, y me hallan los que con diligencia me buscan. Proverbios 8:17

Tema para comentar: ¿En qué ocasión has oído a alguien describir a Dios de un modo que no concuerda con lo que la Biblia dice?

a1Este es un ejemplo que quizá hayas oído: ¿Recuerdas las tres primeras películas de La Guerra de las Galaxias? Lucas Skywalker era el gran héroe. En la primera película, Skywalker se encuentra con Obi–Wan Kenobi y se entera de que es un caballero jedi que ha luchado en unas guerras con el padre de Lucas. Obi–Wan le da a Lucas un sable de luz que había pertenecido al padre de Lucas y, en el curso de la conversación, menciona a “La Fuerza”.

—¿La Fuerza? —pregunta Lucas.

Obi–Wan responde:
—La Fuerza es lo que da al jedi su poder. Es un campo de energía creado por todos los seres vivos. Nos rodea y nos penetra. Une a la galaxia.

La idea de La Fuerza nos suena pavorosamente conocida, y no porque la escuchemos repetidamente en todas las películas de La Guerra de las Galaxias. La Fuerza es lo que muchos imaginan que Dios es. Se imaginan a Dios como una energía desconocida y sin forma.

Esa es una idea descabellada de Dios. Es un mito. Piensa seriamente en estas verdades:

• Dios creó, rodea y dirige el universo.
• Dios está presente en todas partes.
• Dios es espíritu.
• Dios no es una misteriosa e intangible fuerza energética que anda por allí.
• De más importancia, Dios no es una cosa ni un algo: es una persona.

Lee una vez más Proverbios 8:17 al comienzo de esta página. Nota los pronombres personales que se refieren a él: “Yo… me… me… me ”. ¿Suena eso como algo que una energía cósmica diría?

Dios, el verdadero Dios, está interesado personalmente en ti. Sabe tu nombre. Le dice a su pueblo: “He aquí que en las palmas de mis manos te tengo grabada” (Isaías 49:16). “Él tiene cuidado de vosotros”, dijo el apóstol Pedro (1 Pedro 5:7). Jesús dijo que “aun vuestros cabellos están todos contados” (Mateo 10:30). Y Dios prometió que “oraréis a mí, y yo os escucharé. Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis con todo vuestro corazón” (Jeremías 29:12, 13). Esas son promesas personales que sólo pueden proceder de un Dios personal y lleno de amor.

PARA DIALOGAR
La Biblia es clara en decir que Dios es mucho más que una fuerza. ¿Cómo le explicarías a un amigo que el hecho de que Dios es personal es importante?

PARA ORAR
Señor, gracias por ser un Dios personal que está interesado en nosotros.

PARA HACER
Escribe una lista de las ideas erróneas que la gente tiene de quién es Dios. Conversa con tus padres sobre cómo podrías responder a tales ideas equivocadas.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.