DOBLE ABANDONO

15 abr 2016

DOBLE ABANDONO

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por el Hermano Pablo

a1«Quédate aquí —dijo la mujer aparentando afecto—. Aquí vas a estar bien. Verás correr a los perritos y te vas a entretener.» Luego puso una bolsa con pañales a su lado y una nota escrita que decía: «Me llamo John King; padezco la enfermedad de Alzheimer», y desapareció, abandonando al anciano en una pista de carreras de perros.

La que abandonó al anciano era Sue Gifford, mujer de cuarenta y un años de edad. El anciano abandonado era su propio padre, de ochenta y dos años, víctima de Alzheimer. Para librarse de la carga que significa esa enfermedad, la hija lo llevó a una pista de carreras de perros y lo abandonó en su silla de ruedas. El juez la condenó a seis años de prisión.

Este caso, que apareció en uno de los periódicos de Estados Unidos, conmovió a toda la comunidad. Se sabe que la enfermedad de Alzheimer es dolorosa. Deja a la persona totalmente inhabilitada. Ya no puede valerse por sí misma. Es un caso patético del ser humano que ha perdido lo mejor que tiene: la chispa de la inteligencia. Esa es la condición de la víctima de Alzheimer. Es una muerte en vida.

No obstante, hay una ley universal que descansa sobre el ser humano: «Honra a tu padre y a tu madre, para que disfrutes de una larga vida en la tierra que te da el Señor tu Dios» (Éxodo 20:12). Es el quinto mandamiento del decálogo de Moisés. Abandonar a los padres ancianos por cualquier causa que sea, y especialmente si es sólo por quitarnos de encima el estorbo que ellos nos resultan, es el colmo de la ingratitud y el desprecio.

En muchos lugares hay establecimientos excelentes que se especializan en prestar la atención debida a los ancianos. Y muchos hijos, con sabiduría y cariño, internan allí a sus progenitores inhabilitados. Pero no los abandonan. Los visitan. Y los hijos se toman el tiempo de estar con ellos, mostrando preocupación y ternura.

Sin embargo, cuando los hijos no tienen la facilidad de internar a sus padres en lugares como esos, tienen que ponerse en juego otros recursos. En tales casos hace falta un amor muy especial y un cariño único.

El mandamiento de honrar a nuestros padres viene de Dios. También vienen de Dios, para quien los desee, la inspiración, la paciencia y la determinación de proceder conforme a los eternos y justos mandamientos divinos. Honremos a nuestro padre y a nuestra madre. Algún día seremos nosotros los que recibamos esa honra.

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Esta máquina no funciona

Abril 15

Esta máquina no funciona

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Lectura bíblica: 1 Juan 3:21–24

Amados, si nuestro corazón no nos reprende, tenemos confianza delante de Dios; y cualquier cosa que pidamos, la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos las cosas que son agradables delante de él. 1 Juan 3:21, 22

a1—Bueno, Dios, te voy a dar una oportunidad para que me des una prueba de que eres quien dices ser —dijo Marcos arrodillado junto a su cama. Sinceramente quería creer en Dios. Inclinó su rostro y oró con todo su ser.

—De veras quiero creer en ti, Señor. Así que si cuando me despierto en la mañana hay un millón de pesos debajo de mi cama, sabré que realmente existes. Y nunca volveré a dudar de ti.

¿Sabes qué? Marcos no recibió un millón de pesos.

Quizá Dios se negó a darle lo que pedía porque los quería en billetes de un peso, y un millón de pesos no cabrían debajo de su cama donde había soldaditos, ropa sucia y ositos ocupando tanto lugar.

Quizá no. Una razón más lógica por la que Marcos no recibió el dinero es porque tenía una idea equivocada de Dios. Pensaba que Dios era una máquina celestial expendedora de dulces: deposita una oración, oprime el botón correcto y allí viene tu deseo. Creía que lo único que tenía que hacer era orar intensamente y Dios le daría todo lo que quería.

No nos sorprende que algún chico piense de esta manera, porque muchos adultos también piensan que Dios es una Máquina Divina Expendedora de Dulces.

A Dios le encanta contestar las oraciones. Dijo: “Clama a mí, y te responderé; y te revelaré cosas grandes e inaccesibles que tú no conoces” (Jeremías 33:3). Hasta prometió: “Y sucederá que antes que llamen, yo responderé; y mientras estén hablando, yo les escucharé” (Isaías 65:24).

Pero la oración no es una moneda para meter en una máquina de dulces, y la fe no es un botón para apretar. Dios no contesta cada deseo u ocurrencia humana.

Dios no es una máquina celestial expendedora automática que reparte regalos y favores. Sus pensamientos son más grandes que nuestros deseos humanos pequeños y a veces egoístas. Dios es absolutamente poderoso y absolutamente amante, y anhela que sus hijos devuelvan el amor que ha apilado sobre ellos. Quiere que lo amen a él, no a las cosas que puede darnos. Quiere que lo deseemos a él, no a las respuestas de nuestras oraciones egoístas.

Esto puede parecer extraño, pero es verdad: Cuando dejamos de pensar en Dios como una máquina celestial expendedora podemos estar seguros de que recibiremos lo que pedimos de él, no porque hayamos oprimido un botón y esperamos que largue algo, sino porque obedecemos sus mandatos y hacemos lo que le agrada a él. Sabemos cómo pedir lo mejor que tiene reservado para nosotros. ¡De eso se trata la promesa de 1 Juan 3:22!

PARA DIALOGAR
Dios siempre quiere saber de tus sufrimientos, necesidades y anhelos. Entonces, ¿cómo puedes cambiar tus oraciones para no tratar a Dios como una máquina expendedora de dulces?

PARA ORAR
Señor, en este momento no queremos pedirte nada. Sólo queremos decirte que te amamos.

PARA HACER
Olvídate de tus propios deseos dedicando tiempo a orar hoy por un amigo.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

7. LA CULPA

SERIE GIGANTES AL ACECHO

7. LA CULPA

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David Logacho
2016-04-14

a1Saludos cordiales amable oyente. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Cuando los doce espías de Israel fueron a reconocer la tierra que Dios les había prometido, encontraron que en esa tierra había gigantes. Diez de ellos se sintieron tan amenazados por esos gigantes que llegaron a la conclusión que sería imposible tomar posesión de esa tierra prometida. Su informe fue una bofetada contra Dios y la tenemos en Números 13: 31-33. La Biblia dice: Mas los varones que subieron con él, dijeron: No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros.

Num 13:32 Y hablaron mal entre los hijos de Israel, de la tierra que habían reconocido, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores; y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de grande estatura.
Num 13:33 También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos.

Solamente dos de esos doce espías honraron a Dios con su informe. Ellos dijeron: Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos. A estos se unió Moisés quien exhortando al pueblo les dijo: No temáis, ni tengáis miedo de ellos, Jehová vuestro Dios, el cual va delante de vosotros, él peleará por vosotros, conforme a todas las cosas que hizo por vosotros en Egipto delante de vuestros ojos. Eran los mismos gigantes, pero vemos dos distintas reacciones ante ellos. Una de derrota y otra de victoria. Igual sucede en nuestra vida, amable oyente. Nosotros también encontramos gigantes en la vida cristiana que amenazan con echar a perder todo lo que Dios nos ha prometido. Nosotros también podemos manifestar dos distintas actitudes ante ellos, una actitud de derrota y una actitud de victoria. Ya hemos visto que esos gigantes pueden ser el desánimo, la crítica, el temor y el chisme. En el estudio bíblico de hoy vamos a referirnos a otro gigante más.

Otro gigante que amenaza con quitarnos el gozo de disfrutar nuestra vida cristiana se llama culpa. A menudo, a pesar de que sabemos que hemos sido perdonados, no nos sentimos perdonados y no sabemos qué hacer al respecto. El gigante llamado culpa nos tiene encadenados y caminamos por la vida cristiana arrastrando unas gruesas cadenas de culpa. Un creyente genuino vive lamentado las malas acciones que cometió antes de ser creyente. La culpa es como un fantasma que le persigue sin cesar. Intentamos de diversas maneras liberarnos del domino del gigante de la culpa, pero parece que fuera más fuerte que nosotros, porque por más que lo tratamos, no lo logramos. Todos los ancianos, pastores, consejeros, se ven forzados a tratar con este problema en las iglesias. Si el gigante llamado culpa desapareciera de la vida de los creyentes, el trabajo de los ancianos, pastores y consejeros se reduciría a menos de la mitad. La culpa es un gigante muy real, invade el corazón y cuando logra asentar allí sus dominios arruina todo lo que está a su lado. Ahora bien, la culpa tiene también su lado positivo, porque nos puede motivar a dos cosas. En primer lugar a reconocer lo pecadores condenados que éramos antes de conocer a Cristo como nuestro Salvador y en segundo lugar, a reconocer las faltas que hemos cometido aun siendo ya creyentes, siempre y cuando nuestras conciencias no se hallen cauterizadas al punto que no nos sentimos culpables cuando hacemos cosas cuestionables. En cuanto a lo primero, si un incrédulo no admite culpa, nunca podrá recibir a Cristo como Salvador. La salvación, amable oyente, es para los que genuinamente reconocen su vida de pecado y se sienten culpables por ello. El incrédulo que no se siente culpable, que piensa que no hay problema con todo lo malo que ha hecho, en realidad no necesita de un Salvador, no porque no le haga falta, sino porque no está consciente de que le hace falta un Salvador. Esta persona seguirá así su camino y terminará en condenación eterna. Es increíble como razona el incrédulo para hacer desaparecer el sentimiento de culpa en su vida. Normalmente echa la culpa a otra persona o a alguna circunstancia. Su frase preferida es: No es mi culpa, y luego se dedica a buscar un culpable, fuera de él mismo, por supuesto. Que el hogar donde me crié, que si las cosas hubieran sido diferentes, que la pobreza, que la riqueza, que mi apariencia física, que mi falta de educación, que la falta de amor de mis padres, y tantas otras cosas más. Qué diferencia haría en un incrédulo reconocer que se siente culpable a causa de su pecado. Sólo así podría acudir a quien tiene el poder y la voluntad para librarlo de la culpa por el pecado. Efesios 1:7, hablando del Señor Jesucristo dice: en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia,

La culpa, por decirlo así, muestra el camino hacia la salvación en el incrédulo. Pero al hablar de la culpa como un gigante, no nos estamos refiriendo a esta faceta de la culpa, sino más bien a ese sentimiento de culpa por cosas que sucedieron en nuestra vida antes de ser creyentes o por cosas impropias que hemos hecho siendo ya creyentes y que ya han sido confesadas al Señor e inclusive nos hemos apartado de ellas. Esta actitud es lo que podríamos llamar un complejo de culpa y ciertamente causa mucho malestar y sufrimiento al punto de anularnos en nuestra vida cristiana. Un creyente que ha sido atacado por este gigante siente que su culpa merece castigo, y en eso tiene la razón, toda culpa merece ciertamente un castigo. Pero ese castigo en el caso del creyente, ya lo recibió nuestro Salvador y por tanto nosotros no tenemos que recibir ningún castigo. Es probable que seamos disciplinados por cosas que hicimos mal, pero eso es otra cosa. Las consecuencias de nuestro pecado no deben ser consideradas como castigo por nuestros pecados sino como una manera de buscar restauración.

Sin embargo, los creyentes que son víctimas del gigante de la culpa piensa que si reciben castigo, eso será la manera como purgarán sus faltas por ellos mismos y entonces se sentirán más espirituales. Este razonamiento es contrario a las Escrituras, es como despreciar el sacrificio de Cristo, quien, según lo que dice Hebreos 10:14 con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. Para muchos parece ser más fácil aceptar el castigo por la culpa que aceptar el perdón en Cristo y vivir libres y gozosos. Romanos 5:1 dice: Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo;
El ser justificados o el ser declarados justos por Dios, que es lo mismo, no es el resultado de haber recibido el castigo por nuestra culpa, sino el resultado de haber confiado en Cristo como nuestro Salvador. Esto es un hecho, sea que los creyentes dominados por el gigante de la culpa lo reconozcan o no. Los sentimientos nada tienen que ver con este hecho. Es cuestión de creerlo y aceptarlo, sin importar como nos sentimos. El verdadero problema de los creyentes que se han dejado dominar por el gigante de la culpa es que no están seguros de que Cristo es todo suficiente para librarles del sentimiento de culpa. Tienen un Dios demasiado pequeño como dice J. B. Phillips.

Saben que Cristo murió por sus pecados y le han recibido como Salvador, pero no están seguros que Él ya fue castigado por todo el pecado cometido por el creyente. Piensan que en algo ayudaría a Dios si ellos sufren también un poquito por sus propias culpas. Esto es horrendo, amable oyente. No hay pecado demasiado grande o demasiado pequeño que el creyente haya cometido por el cual Cristo no haya pagado con su sacrificio en la cruz. No se puede luchar contra este gigante de la culpa sobre la base de los sentimientos. Si lo intentamos seremos derrotados vez tras vez. En lugar de ello debemos aferrarnos a lo que dice la Palabra de Dios y punto, sólo así podremos enfrentar a este gigante junto con el Salvador, quien puede salvarnos, guardarnos, darnos la paz y perdonarnos de todos nuestros pecados. Podemos conquistar al gigante de la culpa. La libertar verdadera está en Cristo y solamente en Él.

¿Por qué hay niños que “se convierten” reiteradas veces?

La formación espiritual del niño

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Betty S. de Constance

Parte 2

Reflexiones sobre la evangelización de los niños

Capítulo 10

¿Por qué hay niños que “se convierten” reiteradas veces?

a1En una ocasión yo estaba con un grupo de maestros en una conferencia de educación cristiana. Mientras almorzábamos, una maestra me hizo una pregunta.

—Hay algo que no entiendo —dijo ella—. En mi iglesia hay varios niños que responden cada vez que alguien hace una invitación para aceptar a Cristo como Salvador. No importa si es en un culto en la iglesia o en una clase de la escuela dominical o en un campamento, siempre responden. No sé cuántas veces se han “convertido”. ¿Por qué pasa esto con algunos?

Algunos de los otros maestros presentes en la mesa expresaron la misma inquietud y cuando comenzamos a compartir opiniones al respecto, descubrí que era una preocupación entre todos ellos. Cuando pregunté sobre sus clases, la mayoría dijeron ser maestros de niños de edad escolar. Considero que las inquietudes expresadas por ese grupo de maestros son muy válidas. Creo, entonces, que es importante que entendamos algo más sobre la manera en la cual el niño responde a esta decisión tan fundamental para su vida. Nuestra tendencia es creer que el niño responde a la invitación de entregar su vida a Cristo de la misma manera que lo hace el adulto. Pero, en realidad, lo hace en su contexto limitado de niño y diversos factores vienen a ejercer una influencia sobre su manera de responder a esta invitación.

El trasfondo religioso del niño

Un factor importante que debemos tomar en cuenta es el trasfondo religioso que haya recibido el niño.

El niño puede venir de una tradición religiosa católico romana, en donde se utilizan términos similares a los que se usan en las iglesias evangélicas en cuanto a tener fe en Cristo, pero en donde nunca escuchó hablar de la salvación en términos de una relación personal con el Señor ni tampoco de una decisión específica que inicia ese proceso. En este caso, sus primeras reacciones pueden representar un mero reconocimiento de algo que ha escuchado antes, aunque de otra forma. Es posible que su respuesta esté relacionada con lo que ha escuchado o visto en cuanto a la confesión que se hace al sacerdote, una obligación, le han dicho, que se debe hacer reiteradas veces.

Por otro lado, el niño puede venir de un trasfondo en donde no hubo ninguna mención de Dios ni ninguna expresión religiosa en el sentido de asistencia a cultos o a ceremonias religiosas. En ese caso, todo lo que escucha es nuevo. Su respuesta puede ser nada más que un interés por seguir aprendiendo de estas cosas interesantes que recibe en un ambiente acogedor por personas que se interesan en él. Sus respuestas tienen más que ver con la novedad de una experiencia nueva y por las actitudes de amor y afirmación que recibe del maestro. Entonces, responde positivamente cada vez que hay una invitación.

El niño que viene de un hogar evangélico, en cambio, puede responder a la invitación por un sentido de obligación. Él sabe que sus padres, maestros y conocidos esperan esto de él. No quiere defraudarlos y responde reiteradas veces porque cree que está ganando cierto mérito al hacerlo, dejando a la vez que la familia quede bien parada ante los demás. Más que todo, él está buscando la aprobación de los padres.

Las diferencias en la presentación del plan de salvación

Otro factor que puede estar en juego en la respuesta de los niños tiene que ver con la diferencia en las maneras en que se les presenta el plan de salvación. Como he señalado en otro capítulo, la mayoría de los conceptos relacionados con este tema son simbólicos, y la forma de presentárselos al niño también es simbólica. Por ejemplo, muchas veces se utiliza para ello el “Libro sin Palabras”, donde las páginas de diferentes colores son utilizadas para representar diferentes verdades bíblicas. Quizá esta presentación ha sido la primera y única que el niño haya escuchado hasta ahora. Pero en otra ocasión escucha otra presentación utilizando otros símbolos. Por ejemplo, se le muestra el dibujo de un corazón con una puerta que se abre y se le dice que esto simboliza la forma como Cristo entra en el corazón. En la forma tan literal de pensar que tiene el niño, es fácil entender cómo él puede creer que se le están pidiendo dos decisiones diferentes. Como no entiende muy bien el simbolismo en ninguno de estos dos casos, por las dudas, él responde a la invitación que se le hace en ambos.

Las motivaciones escondidas

El niño siempre va a reflejar, en algún aspecto, las influencias que tiene a su alrededor. Esta característica es también parte de su forma de responder a la invitación de aceptar a Cristo como Salvador.

Una de las influencias pueden ser las amistades. Quizá la primera vez que levanta su mano respondiendo a la invitación es porque casi todos los otros niños, que también lo están haciendo, son sus amigos. No quiere mostrarse diferente. Quiere solidarizarse con ellos en todo. En una ocasión estaba presente en una conferencia de mujeres donde habían sido invitadas varias predicadoras. Una de ellas concluyó su mensaje dando una invitación, y de manera muy insistente y autoritaria pidió que todas las mujeres que querían ver su sueño cumplido por Dios, pasaran adelante donde ella oraría por ellas. Muy pocas de nosotras no pasamos. Después, en conversación con unas amigas, escuché decir a una: “Yo no iba a pasar, pero cuando vi que las demás de mi grupo pasaron y que todas llevábamos el mismo color de camiseta como equipo de liderazgo, me pareció que quedaría mal no pasar, así que lo hice.” Si nosotros, como adultos, sentimos este tipo de presión, no debe sorprendernos que en circunstancias similares los niños también se sientan presionados.

Otra motivación puede estar relacionada con la amistad que el niño cree tener con el maestro. Él está condicionado a obedecer a los adultos en todo. En el caso de una clase o encuentro de niños, en donde el maestro es una persona simpática que le ha brindado una atención especial, es muy natural que el niño responda positivamente a lo que esta persona le pida. Para él es inconcebible no levantar su mano, porque quiere agradar al maestro.

También puede haber otras motivaciones. Una mujer me comentó cómo de niña ella siempre respondía a la invitación para recibir a Cristo. Me contó que en la escuela dominical a la que asistía siempre servían una merienda a los niños, y ella “no quería perderse el refresco”. Hay niños que lo han hecho para no perder el regalito que se ha prometido a quienes levantan la mano. Es importante reconocer que puede haber diversas motivaciones que impulsan a los niños en esta decisión.

Las conductas aprendidas

Algunos niños, hijos de padres evangélicos, han participado desde pequeños en los cultos de su iglesia. Han visto que la invitación de aceptar a Cristo, generalmente hecha al final del mensaje del pastor, es una entre muchas otras. Es decir, la costumbre en su iglesia es pedir que la gente responda a diversos llamados. Puede haber visto cómo la gente responde a llamados para ser sanados de dolencias físicas, para ser llenos del Espíritu Santo o para entregar la vida para servir al Señor en las misiones. Él reconoce que responder a una invitación es una conducta aprobada por los mayores y, por esa razón, también lo hace. Es posible que no tiene en claro por qué está respondiendo, pero igualmente levanta la mano o pasa adelante.

En estos casos, uno observa que los niños han levantado la mano o han pasado adelante pero en realidad no están prestando atención a lo que eso significa. Están mirando por todas partes, haciendo señas a otro niño, susurrando al compañero que tienen al lado, o riéndose quietamente con otro. Ellos han copiado las conductas de los adultos, pero no han entendido ni hecho suyo el significado de sus acciones. Tristemente, muchas veces los mayores interpretan estas conductas como expresiones sinceras de fe sin analizar el porqué de ellas. Entonces el niño va creciendo, recibiendo la aprobación de la gente de la iglesia, pero sin haber experimentado un verdadero encuentro con Cristo o haber efectuado cambios en su vida.

Una vida espiritual en desarrollo

Al considerar este tema, también es importante reconocer que el niño es un ser en desarrollo. Esto implica que él está viviendo procesos de crecimiento y maduración en todas las áreas de su vida. Su crecimiento físico es evidente casi mes por mes. Pero es más difícil medir el desarrollo de sus capacidades cognoscitivas y emocionales, especialmente cuando se trata de su formación espiritual. Por no entender adecuadamente estos procesos, a veces tratamos de acortar o impedir las características de curiosidad, exploración y descubrimiento, cualidades que son innatas y naturales en los niños. Muchas veces ignoramos su respuesta emocional frente a lo que está aprendiendo. Nos toma por sorpresa su entusiasmo y su alegría cuando ha descubierto cierta verdad y cómo ésta pueda cambiar sus relaciones con padres, hermanos o amigos. También nos sorprende su desagrado, su temor o su tristeza ante algo que está pasando en el aula o en relación con sus compañeros. Estos cambios abruptos en sus emociones nos desconciertan y a veces reaccionamos con retos, condenas o simplemente ignorándolos, dejando al niño con la sensación de abandono y rechazo. Al no darle importancia a sus cambios emocionales, estamos cancelando la posibilidad de que entienda cómo Dios puede y quiere obrar en esta parte de su vida.

El desarrollo continuo en sus habilidades produce a la vez transformaciones constantes en su comprensión de las cosas. Estas transformaciones se evidencian por su respuesta emocional a lo que está entendiendo. Por ejemplo, quizá en la época de Pascua un niño escucha una presentación muy conmovedora sobre la muerte de Cristo. Él llega a entender que la muerte de Cristo fue por él. Cuando se le hace la invitación, él responde de todo corazón impulsado por la gratitud que siente frente al sacrificio de Jesús en la cruz. En ese momento, es probable que no tenga una percepción clara del alcance del pecado ni en qué consiste el arrepentimiento. Él está respondiendo emocionalmente, pero en forma absolutamente genuina y espontánea, a lo que ha entendido sobre lo que Jesús hizo por él. Yo creo que esa decisión genuina, por más que sea hecha sobre una dimensión superficial, es mirada con agrado por el Señor y forma parte de la singular tarea de “echar las bases” para una vida en formación espiritual. Con toda probabilidad, unos meses o años después, el niño habrá de recibir una enseñanza más cabal sobre la realidad del pecado en su vida y la necesidad del arrepentimiento como parte del proceso de su desarrollo espiritual. Entonces ha de responder a una invitación con otra perspectiva, sintiendo la convicción de pecado que produce el Espíritu Santo. Podemos imaginar el daño a la vida espiritual del niño si el maestro lo reta o menosprecia por su nueva decisión, diciéndole: “Ya hiciste tu decisión y no hace falta hacerla de nuevo.” Una reacción así hace que el maestro pierda una maravillosa oportunidad para profundizar las bases espirituales del niño y lograr que afirme su vida en Dios. Cualquier actitud de desmedro que pudiera expresar el maestro ante una nueva decisión que tomara el niño corre el riesgo de “hacer tropezar a uno de estos pequeños”, una actitud que el Señor condenó severamente.

Además, la convicción de pecado puede influir mucho en la vida del niño sobre su seguridad en cuanto a la salvación. Cuando el niño fracasa haciendo algo deliberado en contra de lo que sabe es lo correcto, le invade una profunda sensación de culpa y vergüenza. Para el niño, esa sensación parece indicar que ha dejado de ser una persona adecuada, y que Dios lo rechaza por sus debilidades. En muchas ocasiones, el reproche de un adulto ante lo que hizo sólo intensifica esta sensación. En tanto, el niño no puede menos que creer que Dios también lo condena y lo repudia. Entonces, cuando se le presenta otra invitación para aceptar a Cristo, esto representa para él la esperanza de sentirse diferente. Esto ocurre aun cuando se le haya enseñado sobre la importancia de la confesión de los pecados y el perdón que hay en el Señor. La forma de pensar de niño le hace ver las cosas siempre en “blanco y negro”. Desde su punto de vista, un pecado tiende a cancelar todo lo anterior y hay que comenzar de nuevo. Por eso el maestro debe ser sumamente sensible a estas formas de pensar en los niños.

¿Qué puede hacer el maestro para impulsar la seguridad de la salvación en el niño?

Al responder a esta pregunta, debo decir que creo firmemente que la cosa más importante que puede hacer el maestro es conocer a fondo a cada uno de los niños que tiene a su cargo. Esto incluye el hecho de conocer a los miembros de su núcleo familiar, las experiencias previas que haya tenido en otras iglesias y, especialmente, la historia de la familia en cuanto a sus crisis y tragedias. No es fácil descubrir todo esto, pero son los elementos que forman parte de la historia del niño. El niño ha estado en un desarrollo espiritual desde que nació, no importa si asistía o no a una iglesia. Todas sus vivencias contribuyen al bagaje de vida que trae a su encuentro con Cristo y su comprensión del plan de salvación.

Cuando en repetidas ocasiones un niño se demuestra ansioso por aceptar a Cristo, esto demuestra que está teniendo problemas con entender lo que llamamos “la seguridad de la salvación”. Aquí puede haber varios factores en juego. Puede ser que no haya entendido que la decisión de aceptar a Cristo como Salvador se hace una sola vez. También es posible que sea un niño muy sensible o demasiado cargado con culpa. Esto puede pasar cuando en su casa le culpan por todo. También puede ser que el niño no se siente perdonado, quizá porque él cree que ha cometido un pecado tan grave que no tiene perdón. Esto puede darse en casos donde es un niño abusado sexualmente. Puede ser que haya cometido algún pecado recientemente y está sintiendo las consecuencias de lo que ha hecho sin entender que puede volver a pedir perdón a Dios por eso. Es posible que sea un niño de un hogar inconverso donde ha recibido reacciones muy negativas o de burla cuando ha compartido con sus familiares su decisión de aceptar a Cristo, haciendo que él entre en dudas sobre lo que hizo. También es posible que el niño sienta que fue obligado a tomar una decisión sin haberlo sentido de veras y después se siente avergonzado por su hipocresía. Puede ser que la invitación fue hecha por un maestro diferente y el niño cree que debe responder para complacerlo. Éstas, y otras motivaciones más, pueden llevar al niño a no sentirse seguro en cuanto a su salvación.

El maestro debe entender que la singularidad de cada vida hace que no haya un molde único en el obrar de Dios. Esto debe impulsar al maestro a estar orando constantemente por los niños a su cargo, pidiendo también que el Señor le dé la iluminación y discernimiento para poder responder a sus preguntas y dudas. Además de orar, es importante que el maestro mantenga un diálogo abierto con cada uno de sus alumnos para que, cuando surge un interrogante de índole espiritual, el maestro pueda responder con total naturalidad.

El aspecto práctico que contribuye a esto tiene que ver más que nada con las oportunidades que se le dan al niño para hacer preguntas y expresar sus dudas. Por ejemplo, en el momento de conversar con el niño después de haber respondido a una invitación para aceptar a Cristo, el maestro puede preguntar con mucho tacto:

—¿Es ésta la primera vez que tomas esta decisión?

Si el niño responde que “sí”, el maestro puede preguntarle si hay algo que no ha entendido bien y luego seguir la conversación respondiendo las preguntas que pueda tener. Si responde que “no”, el maestro puede decir:

—Para ayudarte mejor, me gustaría que me cuentes de las otras veces que hiciste esto.

O puede preguntar:

—”¿Qué le dijiste al Señor las otras veces?” o “¿Qué te gustaría decirle al Señor hoy?”

Creo que es importante no insistir en que el niño haga un análisis detallado de sus decisiones previas. Más bien, se le debe asegurar que Dios está sumamente gozoso de que haya querido acercarse a él respondiendo a la invitación. Antes de concluir la conversación, el maestro puede preguntar si el niño ha entendido algo nuevo esta vez, esperar su respuesta y luego orar con él pidiéndole al Señor que lo ayude a entender que su salvación es para siempre.

Lo más importante de todo esto es que el maestro mantenga abiertas las vías de comunicación con el niño, para que siempre sienta la libertad de preguntarle al maestro sobre sus inquietudes espirituales.

La obra del Espíritu Santo

Al final de cuentas, es el Espíritu Santo el que hace la obra de regeneración en una vida y el que da la seguridad de la salvación. Romanos 8:16 dice: “El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios” (NVI). Esta verdad nos trae gran esperanza mientras hacemos la obra de evangelización de la niñez. La obra de regeneración también depende de nuestra propia sensibilidad en cuanto a la obra del Espíritu Santo en la vida del niño. Esto hace que hagamos un esfuerzo constante de aclarar las enseñanzas de la Palabra de Dios y permitir así que el Espíritu pueda sellar la obra redentora en esa pequeña vida con una seguridad absoluta y eterna. Recordemos, sin embargo, que esta obra se ha de realizar de manera diferente en cada niño.

Todos tenemos la experiencia de ver a un niño que tuvimos en nuestra clase que, al llegar a ser adolescente, se aparta del camino del Señor. Esto se observa porque deja de asistir a la iglesia, porque empieza a expresar su disconformidad con el pastor o los hermanos, o porque empieza a demostrar conductas mundanas, casi en un espíritu de desafío a las normas que ha aprendido en la iglesia. Esto nos causa mucha tristeza y frecuentemente nos deja con dudas sobre la eficacia de nuestro trabajo. Empezamos a hacernos las preguntas: ¿Dónde me equivoqué? ¿Qué pudiera haber hecho distinto? ¿Realmente se convirtió? etcétera. De nada nos sirve tratar de entender las razones de este abandono de fe de parte de un ex-alumno. Hay muchas razones para esta lamentable realidad pero una de ellas sin duda es que no le dimos a ese niño la atención personal que él necesitaba. Era uno más entre el grupo. Suponíamos que estaba entendiendo y haciendo suyas las enseñanzas que recibía. Esa suposición es común, hecha porque nos conviene creer que con una tarea liviana y ligera hemos hecho lo necesario para encaminar una vida hacia Dios. No siempre es así. Pero en el caso de la persona que abandona la iglesia, por cualquiera razón que fuera, hay dos cosas que no debemos dejar de hacer: primero, orar constantemente por él pidiendo a Dios que tome conciencia del error de su actual alejamiento; y segundo, cuando se presenta la oportunidad, asegurarle nuestro apoyo y amistad. Muchas veces, pasada la crítica etapa de rebeldía en la adolescencia, el joven ha de volver a aquellas bases que aprendió de niño. Y por allí uno ha de recibir el premio del joven que le diga: “Nunca me pude olvidar de las cosas que usted me enseñó cuando era niño.” Y de repente el maestro siente que todo valió la pena.

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 85–93). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

Descendientes de Adán

1 Crónicas 1-3

Descendientes de Adán

(Gn. 5.1-32)

a11:1 Adán, Set, Enós,

Cainán, Mahalaleel, Jared,

Enoc, Matusalén, Lamec,

Noé, Sem, Cam y Jafet.

Descendientes de los hijos de Noé

(Gn. 10.1-32)

Los hijos de Jafet: Gomer, Magog, Madai, Javán, Tubal, Mesec y Tiras.

Los hijos de Gomer: Askenaz, Rifat y Togarma.

Los hijos de Javán: Elisa, Tarsis, Quitim y Dodanim.

Los hijos de Cam: Cus, Mizraim, Fut y Canaán.

Los hijos de Cus: Seba, Havila, Sabta, Raama y Sabteca. Y los hijos de Raama: Seba y Dedán.

10 Cus engendró a Nimrod; éste llegó a ser poderoso en la tierra.

11 Mizraim engendró a Ludim, Anamim, Lehabim, Naftuhim,

12 Patrusim y Casluhim; de éstos salieron los filisteos y los caftoreos.

13 Canaán engendró a Sidón su primogénito, y a Het,

14 al jebuseo, al amorreo, al gergeseo,

15 al heveo, al araceo, al sineo,

16 al arvadeo, al zemareo y al hamateo.

17 Los hijos de Sem: Elam, Asur, Arfaxad, Lud, Aram, Uz, Hul, Geter y Mesec.

18 Arfaxad engendró a Sela, y Sela engendró a Heber.

19 Y a Heber nacieron dos hijos; el nombre del uno fue Peleg, por cuanto en sus días fue dividida la tierra; y el nombre de su hermano fue Joctán.

20 Joctán engendró a Almodad, Selef, Hazar-mavet y Jera.

21 A Adoram también, a Uzal, Dicla,

22 Ebal, Abimael, Seba,

23 Ofir, Havila y Jobab; todos hijos de Joctán.

Descendientes de Sem

(Gn. 11.10-26)

24 Sem, Arfaxad, Sela,

25 Heber, Peleg, Reu,

26 Serug, Nacor, Taré,

27 y Abram, el cual es Abraham.

Descendientes de Ismael y de Cetura

(Gn. 25.1-6,12-18)

28 Los hijos de Abraham: Isaac e Ismael.

29 Y estas son sus descendencias: el primogénito de Ismael, Nebaiot; después Cedar, Adbeel, Mibsam,

30 Misma, Duma, Massa, Hadad, Tema,

31 Jetur, Nafis y Cedema; éstos son los hijos de Ismael.

32 Y Cetura, concubina de Abraham, dio a luz a Zimram, Jocsán, Medán, Madián, Isbac y Súa. Los hijos de Jocsán: Seba y Dedán.

33 Los hijos de Madián: Efa, Efer, Hanoc, Abida y Elda; todos éstos fueron hijos de Cetura.

Descendientes de Esaú

(Gn. 36.1-43)

34 Abraham engendró a Isaac, y los hijos de Isaac fueron Esaú e Israel.

35 Los hijos de Esaú: Elifaz, Reuel, Jeús, Jaalam y Coré.

36 Los hijos de Elifaz: Temán, Omar, Zefo, Gatam, Cenaz, Timna y Amalec.

37 Los hijos de Reuel: Nahat, Zera, Sama y Miza.

38 Los hijos de Seir: Lotán, Sobal, Zibeón, Aná, Disón, Ezer y Disán.

39 Los hijos de Lotán: Hori y Homam; y Timna fue hermana de Lotán.

40 Los hijos de Sobal: Alván, Manahat, Ebal, Sefo y Onam. Los hijos de Zibeón: Aja y Aná.

41 Disón fue hijo de Aná; y los hijos de Disón: Amram, Esbán, Itrán y Querán.

42 Los hijos de Ezer: Bilhán, Zaaván y Jaacán. Los hijos de Disán: Uz y Arán.

43 Y estos son los reyes que reinaron en la tierra de Edom, antes que reinase rey sobre los hijos de Israel: Bela hijo de Beor; y el nombre de su ciudad fue Dinaba.

44 Muerto Bela, reinó en su lugar Jobab hijo de Zera, de Bosra.

45 Y muerto Jobab, reinó en su lugar Husam, de la tierra de los temanitas.

46 Muerto Husam, reinó en su lugar Hadad hijo de Bedad, el que derrotó a Madián en el campo de Moab; y el nombre de su ciudad fue Avit.

47 Muerto Hadad, reinó en su lugar Samla de Masreca.

48 Muerto también Samla, reinó en su lugar Saúl de Rehobot, que está junto al Eufrates.

49 Y muerto Saúl, reinó en su lugar Baal-hanán hijo de Acbor.

50 Muerto Baal-hanán, reinó en su lugar Hadad, el nombre de cuya ciudad fue Pai; y el nombre de su mujer, Mehetabel hija de Matred, hija de Mezaab.

51 Muerto Hadad, sucedieron en Edom los jefes Timna, Alva, Jetet,

52 Aholibama, Ela, Pinón,

53 Cenaz, Temán, Mibzar,

54 Magdiel e Iram. Estos fueron los jefes de Edom.

Los hijos de Israel

(Gn. 35.22-26)

2:1  Estos son los hijos de Israel: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar, Zabulón,

Dan, José, Benjamín, Neftalí, Gad y Aser.

Descendientes de Judá

Los hijos de Judá: Er, Onán y Sela. Estos tres le nacieron de la hija de Súa, cananea. Y Er, primogénito de Judá, fue malo delante de Jehová, quien lo mató.

Y Tamar su nuera dio a luz a Fares y a Zera. Todos los hijos de Judá fueron cinco.

Los hijos de Fares: Hezrón y Hamul.

Y los hijos de Zera: Zimri, Etán, Hemán, Calcol y Dara; por todos cinco.

Hijo de Carmi fue Acán, el que perturbó a Israel, porque prevaricó en el anatema.

Azarías fue hijo de Etán.

Los hijos que nacieron a Hezrón: Jerameel, Ram y Quelubai.

10 Ram engendró a Aminadab, y Aminadab engendró a Naasón, príncipe de los hijos de Judá.

11 Naasón engendró a Salmón, y Salmón engendró a Booz.

12 Booz engendró a Obed, y Obed engendró a Isaí,

13 e Isaí engendró a Eliab su primogénito, el segundo Abinadab, Simea el tercero,

14 el cuarto Natanael, el quinto Radai,

15 el sexto Ozem, el séptimo David,

16 de los cuales Sarvia y Abigail fueron hermanas. Los hijos de Sarvia fueron tres: Abisai, Joab y Asael.

17 Abigail dio a luz a Amasa, cuyo padre fue Jeter ismaelita,

18 Caleb hijo de Hezrón engendró a Jeriot de su mujer Azuba. Y los hijos de ella fueron Jeser, Sobab y Ardón.

19 Muerta Azuba, tomó Caleb por mujer a Efrata, la cual dio a luz a Hur.

20 Y Hur engendró a Uri, y Uri engendró a Bezaleel.

21 Después entró Hezrón a la hija de Maquir padre de Galaad, la cual tomó siendo él de sesenta años, y ella dio a luz a Segub.

22 Y Segub engendró a Jair, el cual tuvo veintitrés ciudades en la tierra de Galaad.

23 Pero Gesur y Aram tomaron de ellos las ciudades de Jair, con Kenat y sus aldeas, sesenta lugares. Todos éstos fueron de los hijos de Maquir padre de Galaad.

24 Muerto Hezrón en Caleb de Efrata, Abías mujer de Hezrón dio a luz a Asur padre de Tecoa.

25 Los hijos de Jerameel primogénito de Hezrón fueron Ram su primogénito, Buna, Orén, Ozem y Ahías.

26 Y tuvo Jerameel otra mujer llamada Atara, que fue madre de Onam.

27 Los hijos de Ram primogénito de Jerameel fueron Maaz, Jamín y Equer.

28 Y los hijos de Onam fueron Samai y Jada. Los hijos de Samai: Nadab y Abisur.

29 Y el nombre de la mujer de Abisur fue Abihail, la cual dio a luz a Ahbán y a Molid.

30 Los hijos de Nadab: Seled y Apaim. Y Seled murió sin hijos.

31 Isi fue hijo de Apaim, y Sesán hijo de Isi, e hijo de Sesán, Ahlai.

32 Los hijos de Jada hermano de Samai: Jeter y Jonatán. Y murió Jeter sin hijos.

33 Los hijos de Jonatán: Pelet y Zaza. Estos fueron los hijos de Jerameel.

34 Y Sesán no tuvo hijos, sino hijas; pero tenía Sesán un siervo egipcio llamado Jarha.

35 A éste Sesán dio su hija por mujer, y ella dio a luz a Atai.

36 Atai engendró a Natán, y Natán engendró a Zabad;

37 Zabad engendró a Eflal, Eflal engendró a Obed;

38 Obed engendró a Jehú, Jehú engendró a Azarías;

39 Azarías engendró a Heles, Heles engendró a Elasa;

40 Elasa engendró a Sismai, Sismai engendró a Salum;

41 Salum engendró a Jecamías, y Jecamías engendró a Elisama.

42 Los hijos de Caleb hermano de Jerameel fueron: Mesa su primogénito, que fue el padre de Zif; y los hijos de Maresa padre de Hebrón.

43 Y los hijos de Hebrón: Coré, Tapúa, Requem y Sema.

44 Sema engendró a Raham padre de Jorcoam, y Requem engendró a Samai.

45 Maón fue hijo de Samai, y Maón padre de Bet-sur.

46 Y Efa concubina de Caleb dio a luz a Harán, a Mosa y a Gazez. Y Harán engendró a Gazez.

47 Los hijos de Jahdai: Regem, Jotam, Gesam, Pelet, Efa y Saaf.

48 Maaca concubina de Caleb dio a luz a Seber y a Tirhana.

49 También dio a luz a Saaf padre de Madmana, y a Seva padre de Macbena y padre de Gibea. Y Acsa fue hija de Caleb.

50 Estos fueron los hijos de Caleb. Los hijos de Hur primogénito de Efrata: Sobal padre de Quiriat-jearim,

51 Salma padre de Belén, y Haref padre de Bet-gader.

52 Y los hijos de Sobal padre de Quiriat-jearim fueron Haroe, la mitad de los manahetitas.

53 Y las familias de Quiriat-jearim fueron los itritas, los futitas, los sumatitas y los misraítas, de los cuales salieron los zoratitas y los estaolitas.

54 Los hijos de Salma: Belén, y los netofatitas, Atrot-bet-joab, y la mitad de los manahetitas, los zoraítas.

55 Y las familias de los escribas que moraban en Jabes fueron los tirateos, los simeateos y los sucateos, los cuales son los ceneos que vinieron de Hamat padre de la casa de Recab.

Los hijos de David

(2 S. 3.2-5; 5.13-16; 1 Cr. 14.3-7)

3:1  Estos son los hijos de David que le nacieron en Hebrón: Amnón el primogénito, de Ahinoam jezreelita; el segundo, Daniel, de Abigail la de Carmel;

el tercero, Absalón hijo de Maaca, hija de Talmai rey de Gesur; el cuarto, Adonías hijo de Haguit;

el quinto, Sefatías, de Abital; el sexto, Itream, de Egla su mujer.

Estos seis le nacieron en Hebrón, donde reinó siete años y seis meses; y en Jerusalén reinó treinta y tres años.

Estos cuatro le nacieron en Jerusalén: Simea, Sobab, Natán, y Salomón hijo de Bet-súa hija de Amiel.

Y otros nueve: Ibhar, Elisama, Elifelet,

Noga, Nefeg, Jafía,

Elisama, Eliada y Elifelet.

Todos éstos fueron los hijos de David, sin los hijos de las concubinas. Y Tamar fue hermana de ellos.

Descendientes de Salomón

10 Hijo de Salomón fue Roboam, cuyo hijo fue Abías, del cual fue hijo Asa, cuyo hijo fue Josafat,

11 de quien fue hijo Joram, cuyo hijo fue Ocozías, hijo del cual fue Joás,

12 del cual fue hijo Amasías, cuyo hijo fue Azarías, e hijo de éste, Jotam.

13 Hijo de éste fue Acaz, del que fue hijo Ezequías, cuyo hijo fue Manasés,

14 del cual fue hijo Amón, cuyo hijo fue Josías.

15 Y los hijos de Josías: Johanán su primogénito, el segundo Joacim, el tercero Sedequías, el cuarto Salum.

16 Los hijos de Joacim: Jeconías su hijo, hijo del cual fue Sedequías.

17 Y los hijos de Jeconías: Asir, Salatiel,

18 Malquiram, Pedaías, Senazar, Jecamías, Hosama y Nedabías.

19 Los hijos de Pedaías: Zorobabel y Simei. Y los hijos de Zorobabel: Mesulam, Hananías, y Selomit su hermana;

20 y Hasuba, Ohel, Berequías, Hasadías y Jusab-hesed; cinco por todos.

21 Los hijos de Hananías: Pelatías y Jesaías; su hijo, Refaías; su hijo, Arnán; su hijo, Abdías; su hijo, Secanías.

22 Hijo de Secanías fue Semaías; y los hijos de Semaías: Hatús, Igal, Barías, Nearías y Safat, seis.

23 Los hijos de Nearías fueron estos tres: Elioenai, Ezequías y Azricam.

24 Los hijos de Elioenai fueron estos siete: Hodavías, Eliasib, Pelaías, Acub, Johanán, Dalaías y Anani.

Reina-Valera 1960 (RVR1960)Versión Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988.

«EN UNA DISCUSIÓN, LE ENTERRÉ UN CUCHILLO»

14 abr 2016

«EN UNA DISCUSIÓN, LE ENTERRÉ UN CUCHILLO»

cr

por Carlos Rey

a1En este mensaje tratamos el siguiente caso de una mujer que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio http://www.conciencia.net, autorizándonos a que la citáramos:

«Tengo alrededor de siete años con mi esposo, y [tenemos] dos niños…. En una discusión, le enterré un cuchillo pequeño en el pecho. Gracias a Dios, no [fue nada grave]; pero ahora estamos separados por medidas [legales] y estamos en espera de un juicio para dictaminar la custodia de los niños. Necesito un consejo, por favor.»

Este es el consejo que le dio mi esposa:

«Estimada amiga:

»Usted cuenta lo ocurrido como si fuera algo sin mayor importancia que no debiera tener serias repercusiones. No menciona si está o no arrepentida por lo que hizo, ni cómo se siente al respecto. De hecho, al contarnos su caso usted no expresa ninguna emoción sobre lo que pasó ni acerca de la posibilidad de que pierda la custodia de los niños.

»Casi todas las mujeres y la mayoría de los hombres expresan sus sentimientos cuando cuentan sus problemas. Sienten tristeza, vergüenza, temor, ansiedad o una de las tantas emociones posibles. El hecho de que relate sus problemas con indiferencia y sin sentimientos pudiera ser indicio de un trastorno emocional. Combinado con el acto violento que usted cometió, hay suficiente razón para que sea evaluada cuanto antes por un psiquiatra….

»La violencia en el matrimonio perjudica a todos los miembros de la familia. Los hijos sufrirán a causa de la ruptura del matrimonio, sin que importe con quién vivan….

»Aunque no nos cuenta con lujo de detalles la discusión que tuvo con su esposo, es obvio que usted debió de haberse enojado mucho. Sin duda usted se sintió impotente en cuanto a alguna situación, y su enojo la impulsó a valerse de un cuchillo para demostrar que sí tenía poder. Lamentablemente, la violencia no es prueba de poder sino señal de debilidad. Además, su falta de dominio propio y su patente desacato de las consecuencias son indicios de que usted necesita ayuda profesional.

»Mientras tanto, si de veras está arrepentida, Dios la perdonará si tan sólo se lo pide en oración en el nombre de su Hijo Jesucristo. Pero usted debe mostrar su arrepentimiento con la determinación de que va a vivir conforme a las leyes divinas y a comunicarse con Él todos los días mediante la oración y la lectura de la Biblia. También necesita una comunidad de seguidores de Cristo que le ayuden a superar las dificultades que tiene por delante. Así que busque una iglesia en la que la vida de los miembros demuestra que aman a Dios, y asista cada vez que tenga la oportunidad.

»Sin embargo, si bien Dios la perdonará, Él no eliminará las consecuencias que ahora tiene que afrontar por lo que hizo. Así que pídale que le ayude a tener una actitud positiva y a depender de Él, pase lo que pase.»

Con eso termina lo que Linda, mi esposa, recomienda en este caso. El caso completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, puede leerse con sólo pulsar la pestaña en http://www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego buscar el Caso 384.

http://www.conciencia.net/

Conocer íntimamente a “La Fuerza”

Abril 14

Conocer íntimamente a “La Fuerza”

Lectura bíblica: Proverbios 8:17–21

Yo amo a los que me aman, y me hallan los que con diligencia me buscan. Proverbios 8:17

Tema para comentar: ¿En qué ocasión has oído a alguien describir a Dios de un modo que no concuerda con lo que la Biblia dice?

a1Este es un ejemplo que quizá hayas oído: ¿Recuerdas las tres primeras películas de La Guerra de las Galaxias? Lucas Skywalker era el gran héroe. En la primera película, Skywalker se encuentra con Obi–Wan Kenobi y se entera de que es un caballero jedi que ha luchado en unas guerras con el padre de Lucas. Obi–Wan le da a Lucas un sable de luz que había pertenecido al padre de Lucas y, en el curso de la conversación, menciona a “La Fuerza”.

—¿La Fuerza? —pregunta Lucas.

Obi–Wan responde:
—La Fuerza es lo que da al jedi su poder. Es un campo de energía creado por todos los seres vivos. Nos rodea y nos penetra. Une a la galaxia.

La idea de La Fuerza nos suena pavorosamente conocida, y no porque la escuchemos repetidamente en todas las películas de La Guerra de las Galaxias. La Fuerza es lo que muchos imaginan que Dios es. Se imaginan a Dios como una energía desconocida y sin forma.

Esa es una idea descabellada de Dios. Es un mito. Piensa seriamente en estas verdades:

• Dios creó, rodea y dirige el universo.
• Dios está presente en todas partes.
• Dios es espíritu.
• Dios no es una misteriosa e intangible fuerza energética que anda por allí.
• De más importancia, Dios no es una cosa ni un algo: es una persona.

Lee una vez más Proverbios 8:17 al comienzo de esta página. Nota los pronombres personales que se refieren a él: “Yo… me… me… me ”. ¿Suena eso como algo que una energía cósmica diría?

Dios, el verdadero Dios, está interesado personalmente en ti. Sabe tu nombre. Le dice a su pueblo: “He aquí que en las palmas de mis manos te tengo grabada” (Isaías 49:16). “Él tiene cuidado de vosotros”, dijo el apóstol Pedro (1 Pedro 5:7). Jesús dijo que “aun vuestros cabellos están todos contados” (Mateo 10:30). Y Dios prometió que “oraréis a mí, y yo os escucharé. Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis con todo vuestro corazón” (Jeremías 29:12, 13). Esas son promesas personales que sólo pueden proceder de un Dios personal y lleno de amor.

PARA DIALOGAR
La Biblia es clara en decir que Dios es mucho más que una fuerza. ¿Cómo le explicarías a un amigo que el hecho de que Dios es personal es importante?

PARA ORAR
Señor, gracias por ser un Dios personal que está interesado en nosotros.

PARA HACER
Escribe una lista de las ideas erróneas que la gente tiene de quién es Dios. Conversa con tus padres sobre cómo podrías responder a tales ideas equivocadas.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

6. EL CHISME

SERIE GIGANTES AL ACECHO

6. EL CHISME

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David Logacho
2016-04-13

a1Saludos cordiales mi amiga, mi amigo. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Este estudio bíblico es parte de la serie titulada: Gigantes al Acecho. Todos nosotros tenemos que enfrentar gigantes en nuestra propia vida. Cuando hablo de gigantes me estoy refiriendo a acciones o actitudes en nosotros mismos que amenazan con hacernos daño si no nos sometemos a ellas. En nuestros últimos estudios bíblicos dentro de esta misma serie hemos hablado ya de algunos de estos gigantes, el gigante del desánimo, el gigante de la crítica y el gigante del temor. En el estudio bíblico de hoy hablaremos sobre otro gigante. Este gigante se llama el chisme.

Muchos gigantes acechan nuestra vida y no nos permiten disfrutar a plenitud de lo que Dios nos ha prometido en su Palabra. Ya hemos hablado acerca de los gigantes del desaliento, la crítica y el temor. Otro de los gigantes más comunes con los cuales debemos tratar se llama chisme. Todos nosotros somos acosados insistentemente por este poderoso gigante. Es tan fácil caer en los chismes. Cuántas veces no nos habremos arrepentido de haber soltado algo que no debió haber salido de nuestra boca. Con razón que Carlos Spurgeon solía decir: No me gusta en absoluto que la gente me cuente sus secretos, simplemente porque me es muy difícil guardarlos. Creo que cada uno de nosotros podríamos pronunciar un sonoro Amén a este dicho de Spurgeon. No me gustan los chismes, pero como me entretienen, decía un amigo mío. Otro amigo mío decía: Las únicas veces que no me atrae un chisme es cuando ese chisme es sobre mí. El gigante del chisme se parece mucho al gigante de la crítica, porque ambos se basan en conjeturas carentes de veracidad. Con el gigante del chisme sucede algo interesante, es esto: Puede ser que sepamos cuál es la realidad de los hechos, pero cuando lo contamos a otros lo hacemos de tal forma que exageramos esos hechos para hacer daño a la persona de quien estamos chismeando. En realidad, amable oyente, si permitimos que este gigante nos tome por el cuello, no tardaremos en convertirnos en incurables chismosos. Ahora bien, ¿Por qué es tan nocivo esto del chisme? Bueno, porque Dios nos ha ordenado no chismear. Levítico 19:16 dice: No andarás chismeando entre tu pueblo. No atentarás contra la vida de tu prójimo. Yo Jehová.
Interesante que el andar chismeando es un atentado contra la vida del prójimo. Por andar en chismes, ponemos en peligro la vida misma de otra persona. ¿Se puede imaginar? A veces, la lengua causa más daño que un puñal. Por esto el sabio Salomón habló bastante sobre el mal uso de la lengua, dentro de ello, el chisme. Note lo que dice Proverbios 11:13 El que anda en chismes descubre el secreto;
Mas el de espíritu fiel lo guarda todo.

Note que aquí se contrasta al chismoso con el de espíritu fiel. Andar chismeando es un atentado a la fidelidad que nos debemos el uno al otro. Actuando con necedad, el chismoso descubre algo que debía ser guardado en secreto, en cambio, el de espíritu fiel protege lo que está en secreto. Esto no tiene nada que ver con ocultar pecados, sino con personas que hablan de cosas que no saben y dicen cosas que no son verdad para lastimar a otros. Proverbios 20:19 dice: El que anda en chismes descubre el secreto;
No te entremetas, pues, con el suelto de lengua.

Esta es una descripción precisa de cómo actúa el chismoso. El chisme ha sido causa de peleas y distanciamiento de los mejores amigos. Sobre esto, Proverbios 16:28 dice: El hombre perverso levanta contienda,
Y el chismoso aparta a los mejores amigos.

Muchas veces encontramos que nuestro mejor amigo nos pone una cara larga. No logramos descubrir la razón. Una probable razón es que nuestro mejor amigo tal vez escuchó algún chisme sobre nosotros y ese chisme está separando a dos grandes amigos. Es muy fácil caer en el chisme. Ponga atención a lo que dice Proverbios 18:8 Las palabras del chismoso son como bocados suaves,
Y penetran hasta las entrañas.

¡Cómo nos divierten los chismes! Salomón los compara como bocados de delicioso manjar, pero ¡Qué consecuencias más desastrosas! Dice el texto que son peor que un puñal que penetra hasta las entrañas. Cuidado con los chismes amable oyente. No sea que estemos apuñalando a alguien sin saberlo. Es fácil descubrir como hiere un chisme. Todo lo que tenemos que hacer es recordad cómo nos dolió la última vez que oímos un chisme acerca de nosotros mismos. Cómo se incrustó ese aguijón donde más nos duele. Cómo nos lanzó a ese estado de desesperanza. Quizá nos preguntamos: ¿Cómo es posible que alguien sea capaz de hacer algo semejante? Así es exactamente como sienten otros cuando escuchan un chisme que nosotros hemos repetido. Bueno, con todo lo que hemos dicho, seguramente usted tendrá un cuadro bastante completo de lo bajo y ruin que es este gigante llamado chisme. Ahora viene la mejor parte. ¿Cómo podemos evitar que este maléfico gigante nos siga dominando? ¿Cómo lograr conquistarlo? Primero, debemos tratarlo como lo que es, es decir, como un pecado. Muchas personas no miran al chisme como algo bajo y sucio, sino que lo cubren con un manto de falsa piedad. Lo consideran como una pequeña debilidad o un hábito malo pero nada serio o toman la actitud de si todos lo hacen entonces por qué no yo. Con ideas como estas sobre el chisme, nunca lograremos conquistarlo. Lo que necesitamos es encararlo honestamente y considerarlo como un pecado. Segundo, ya que estamos de acuerdo en que el chisme es pecado es necesario confesarlo como tal delante de Dios. Deberíamos decir a Dios algo como esto: Señor, reconozco que he sido un chismoso. Reconozco que el chisme es un pecado y por tanto ha ofendido tu santidad. Cuando tratamos al chisme de esta manera, podremos descansar en promesas como la que encontramos en 1 Juan 1:9 donde dice: Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

Tercero, debemos inmediatamente abandonar el chisme. Proverbios 28:13 dice: El que encubre sus pecados no prosperará;
Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.

Si queremos en verdad conquistar al gigante llamado chisme, no es suficiente con reconocer al chisme como pecado y confesarlo como tal delante de Dios. Además se necesita de un acto voluntario por el cual decidimos dejar a un lado totalmente el chisme. Federico el Grande, rey de Rusia, ha dejado una lección sobre esto. En alguna ocasión recibió en su despacho a una distinguida dama de su imperio. Vengo a contarle que mi esposo me trata muy mal, dijo la dama. El rey sin inmutarse replicó. Ese no es asunto mío, madam. La dama entonces añadió: Pero… también habla muy mal de usted. Nuevamente el rey sin inmutarse respondió: Si es así, no es asunto suyo madam. Qué bueno sería que nosotros mostráramos la misma decisión para no andar en chismes. Cuando rendimos nuestra voluntad a Cristo, Él puede cumplir su voluntad en nosotros. Filipenses 2:13 dice: porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.

Cuando entregamos a Dios nuestra voluntad, él cambiará nuestra conducta. Debemos decir al Señor: Por la gracia de Dios no voy a ser más la clase de gente que hiere a las personas recibiendo o propagando chismes. Cuarto, cuando alguien venga a usted con un chisme, córtelo con cortesía, recuerde que el mal no radica solamente en ir a otros con el chisme, sino también el recibir chismes de otros. Una buena manera de hacerlo es diciendo a la persona que trae el chisme algo como esto: Antes que continúes, quiero que sepas que yo voy a verificar lo que me digas con la persona aludida. ¿Tendrías algún problema si le digo que has sido tú quien me lo ha contado? El chismoso normalmente no querrá que se revele su nombre y así usted logrará no recibir más chismes de él. Quinto, antes de hablar algo sobre otro, para evitar caer en el chisme, hágase esta pregunta: ¿Podría decir esto aún si la persona de quien se trata estuviera presente? Si la respuesta es sí, entonces, adelante, lo que diga no será un chisme, pero si la respuesta es no, y aun así, usted lo dice, habrá caído en el chisme. Sexto, ore constantemente al Señor, pidiendo poder para no caer en el chisme. David oraba de esa manera según Salmo 141:3 Pon guarda a mi boca, oh Jehová;
Guarda la puerta de mis labios.

Es preferible morderse los labios antes que soltar un chisme. Si somos diligentes en poner en práctica estos principios habremos conquistado al gigante del chisme.

¿Hay alguna manera de evitar el uso de símbolos en la evangelización de los niños

La formación espiritual del niño

Betty S. de Constance

Parte 2

Reflexiones sobre la evangelización de los niños

Capítulo 9

¿Hay alguna manera de evitar el uso de símbolos en la evangelización de los niños

a1Constantemente en la conversación usamos simbolismos. Un símbolo es una palabra o frase que se utiliza para representar otra cosa, generalmente algún objeto material para explicar algo inmaterial, especialmente conceptos morales o espirituales. El elemento simbólico más usado para explicar el plan de salvación es el “corazón”. Dentro del contexto bíblico, el corazón se refiere a la sede de las emociones y el entendimiento (“…si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo” Romanos 10:9,NVI). Debemos tomar en cuenta que el uso de esta palabra también es cultural en su aplicación. Por ejemplo, hay tribus en el África que consideran que el hígado es el lugar donde reposan los pensamientos y las emociones. Para las personas de la cultura occidental, nos resultaría sumamente extraño decir que “aceptamos a Jesús con el hígado”. Pero los niños sólo manejan los conceptos en forma literal y este término “aceptar a Jesús con el corazón” o “pedir que Jesús venga a vivir en el corazón” puede ser para ellos igualmente difícil de comprender.

Hubo un niño de cinco años de edad que respondió a la invitación que le hizo la maestra de recibir a Cristo, y el niño oró pidiendo que Jesús viniera a vivir en su corazón. Tiempo después le hizo esta pregunta a la madre.

—Mamá —exclamó el niño—, si yo corro muy rápido y me paro de golpe, ¿Jesús se cae?

Sorprendida, la madre se rió por encontrar sumamente graciosa la pregunta, aunque luego se sintió molesta al darse cuenta que no encontraba ninguna respuesta para el interrogante de su hijo.

Este incidente ilustra uno de los aspectos más complejos y preocupantes con relación a la evangelización de los niños. Al decir que éste es un tema complejo, me estoy refiriendo al hábito que tenemos nosotros, los adultos, de utilizar un lenguaje simbólico cuando deseamos explicar elementos espirituales, especialmente cuando queremos explicar el plan de salvación a los niños. Al indicar que es un tema preocupante, me refiero al hecho de que la mayoría de nosotros estamos tan acostumbrados a utilizar este vocabulario simbólico que no sabemos qué otro usar. El niño, hasta cumplir diez u once años de edad, piensa en forma literal y concreta. Durante esos años el niño escucha las explicaciones simbólicas y figurativas que utilizan los adultos y hace un esfuerzo para entenderlas. Pero él todavía tiene limitaciones en cuanto a su desarrollo cognoscitivo. Es decir, durante este período de su desarrollo intelectual, su comprensión de las palabras está limitada a las experiencias que ha tenido en cuanto al uso de esas palabras. Aún no puede hacer en su mente la transferencia de un significado por otro.

Un símbolo es el uso de algo conocido para representar otra cosa desconocida. Por más esfuerzo que hagamos para ilustrar en formas concretas algunos conceptos espirituales, el niño NO lo va a entender. El problema se presenta porque los conceptos espirituales que queremos transmitir son mayormente abstractos y figurativos y es difícil saber cómo explicarlos. Por ejemplo, si utilizamos la palabra “corazón”, el niño va a pensar en el órgano que late en su pecho. Los padres o alguna otra persona ya le han explicado que ese latido que él siente es la acción de su corazón circulando la sangre en sus venas. Quizá los padres hayan utilizado algún dibujo o fotografía de un corazón para ayudarle a entender ese órgano tan vital en el cuerpo. Entonces, cuando decimos que Jesús viene a vivir allí, el niño piensa que Jesús debe hacerse chiquito para poder habitar allí, y debe estar parado físicamente dentro de ese órgano. Es lógico que él entienda que Jesús es algo así como un muñeco que ha venido a vivir como por magia dentro de ese órgano que bombea sangre en su cuerpo. Lo que NO entiende es que utilizamos la palabra “corazón” para referirnos a la naturaleza espiritual de la persona, en donde radican sus pensamientos y sus emociones. Como adultos, sabemos que los pensamientos y las emociones son en realidad ejercicios de la mente y no del corazón. Pero el niño aún no tiene la capacidad de entenderlo. Este hecho debe ser motivo de examinar y corregir el lenguaje que utilizamos para transmitir los conceptos espirituales.

En una ocasión estuve dando un taller sobre este tema en una conferencia de maestros en los Estados Unidos. Una mujer compartió con el grupo una experiencia muy reciente que había ocurrido con su hijo de nueve años de edad. El padre había sufrido unos intensos dolores de corazón y, como resultado, el cardiólogo le había recetado una serie de radiografías para tratar de identificar el problema. El hombre las había traído a casa porque tenía que llevarlas a una consulta con otro especialista. El niño, curioso, se puso a examinarlas cuidadosamente una por una. Un rato después, la madre lo encontró llorando en su habitación. Cuando le preguntó al niño porqué lloraba, se sorprendió al escuchar su respuesta:

—Mamá, yo miré con cuidado a todas las radiografías de papá y él no tiene a Jesús en su corazón.

La mujer confesó al grupo que se sintió totalmente desconcertada al no saber cómo responderle a su hijo y no tener palabras adecuadas para explicar lo que significaba “tener a Jesús en el corazón”.

Algunos símbolos problemáticos

Dentro de los muchos conceptos complicados que transmitimos por lenguaje simbólico, quiero referirme a las tres frases más utilizadas: (1) “la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado”; (2) “pedir que Cristo venga a vivir en tu corazón”; y (3) “recibir el regalo de la salvación”. Cada una de estas expresiones es simbólica y, por lo tanto, difícil para que el niño las comprenda. ¿Qué se debe decir, entonces? ¿O será que los niños no están capacitados aún para entender el plan de salvación? De ninguna manera. A través de los siglos, los niños han llegado a Cristo de muchísimos modos. Ellos se han aferrado de lo poco que pudieron entender y el Espíritu Santo ha hecho su obra en sus vidas. Por su gracia los niños han llegado a entender que son hijos de Dios. Sabemos que el Señor llegará a los niños por cualquiera de las formas que pueda utilizar. Sin embargo, si tomamos en serio el llamado que el Señor nos hace de guiar a los niños a tomar una decisión clara para recibir la salvación, nos corresponde a nosotros, los maestros, esforzarnos por encontrar las mejores maneras de hacerlo. Según la Palabra de Dios es algo muy serio “hacer tropezar a uno de estos pequeños” en su camino hacia Dios (Marcos 9:42).

Primero: “la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado”.

El símbolo fundamental que se encuentra en la Biblia para explicar la obra de Cristo en la cruz es la palabra sangre. “Dios lo ofreció como un sacrificio de expiación que se recibe por la fe en su sangre, para así demostrar su justicia” (Romanos 3:25, NVI). El niño entiende lo que es la sangre porque en diferentes ocasiones la ha visto cuando, por ejemplo, ha sufrido alguna cortadura u otra herida, y ha visto que la sangre corre y crea manchas en la ropa. Él sabe que la sangre no sirve para limpiar algo. Quizá ha visto a la madre tratar de sacar sin éxito la mancha que produce la sangre. Entonces se le produce una confusión cuando escucha la frase que dice que la sangre de Cristo nos limpia de pecado. Por ejemplo: “y la sangre de su Hijo Jesucristo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). Parte del problema en esto es que suponemos que las palabras bíblicas deben ser las más adecuadas para explicar el plan de salvación. Pero si estas palabras confunden a los niños, debemos buscar otros términos que sean más claros y más acordes con sus capacidades cognoscitivas. Después de todo, nuestra meta es ayudarles a entender la verdad de Dios, y no causarles confusión en cuanto a esa verdad tan trascendental.

Sugiero que si sustituimos la palabra “muerte” por la palabra “sangre”, tenemos la posibilidad de aclarar el concepto. Podemos decir: “Jesús murió para que Dios pudiera perdonar nuestros pecados.” Por cierto, esto no cubre todos los aspectos teológicos del proceso de la regeneración, pero sí expresa un concepto más sencillo que el niño puede comprender. Me gusta cómo la Traducción en Lenguaje Actualizado (Sociedades Bíblicas Unidas, 2000) expresa Colosenses 1:14: “quién por su muerte nos salvó y perdonó nuestros pecados”. La palabra “muerte” evita el uso del símbolo problemático “la sangre”, pero deja en claro para los niños la importancia de la muerte de Cristo como único camino para acercarnos a Dios.

Dentro del contexto de esta expresión “la muerte de Cristo”, se puede aclarar el significado de la palabra “perdón” con relación a nuestros pecados. Podemos explicarles a los niños que Dios es perfecto y que, por lo tanto, no puede tener ningún pecado. Para que nosotros seamos sus hijos fue necesario que su hijo Jesús muriera. Jesús murió para pagar el castigo del pecado que todos merecíamos. Lo pudo hacer porque él vivió en la tierra como un hombre, pero nunca hizo nada que no fuera lo que Dios quería. Él nunca pecó. Así es que, cuando murió sobre la cruz, murió como nuestro substituto y así hizo posible que Dios nos perdonara todos nuestros pecados.

También conviene evitar el uso de la frase “Dios mandó a su hijo Jesús para morir por nosotros” (o por ti). A veces están presentes niños que han sufrido maltrato y abuso por parte de personas adultas. Para ellos esta frase suena diferente y hasta cruel. Para ellos, suena a “Dios quiso matar a Jesús”. Entonces, es mejor decir: “Jesús, el Hijo de Dios, vino al mundo para morir por nuestros pecados”. Esta frase aclara los puntos esenciales, sin dejar lugar para que el niño tenga interrogantes sobre la bondad de Dios.

Segundo: “pedir que Cristo venga a vivir en tu corazón.”

¿Cómo podemos explicar al niño esta decisión tan fundamental para su vida espiritual, sin utilizar este simbolismo? Nunca es fácil transformar un concepto abstracto en algo concreto y sencillo. Sin embargo, creo que es de suma importancia encontrar una explicación que sea más adecuada que esta frase tan utilizada en la evangelización de niños.

En primer lugar, como he señalado antes, algo que ayuda mucho al niño es hacer la distinción entre “la vida interior” y “la vida exterior”. Es fácil programar pequeñas actividades de aprendizaje para aclarar este concepto. Algunas pueden estructurarse con el uso de pequeñas láminas de caritas que representan las emociones. Cuando el maestro utiliza esta ayuda gráfica, los niños adquieren rápidamente la habilidad de identificar sus propias emociones según las circunstancias que están viviendo. Se le explica al niño que esas emociones son parte de su vida interior. Para subrayar la misma idea, pero utilizando otro medio, se podría realizar un diálogo con un títere, por medio del cual el títere describe lo que está pensando y sintiendo en su vida interior.

O se puede inventar un cuento en el cual el personaje se comporta de diferentes maneras: come, habla, estudia, hace deportes u otras actividades físicas fáciles de observar. Se explica al niño que estas actividades representan su vida exterior. Por supuesto, se cuenta lo que el personaje está pensando, sus reacciones emocionales en diferentes momentos y las actitudes que se van formando en él, todos elementos que no se pueden observar y que se pueden conocer únicamente si él los expresa. Al terminar el cuento, los niños deben analizar las dos partes de la vida del personaje ficticio. Se puede repetir el cuento, pero esta vez se pide que los niños palmeen cuando hay evidencia de la vida exterior, y que levanten la mano cuando el personaje hace algo que representa su vida interior.

Con estas actividades y otras similares, los niños van adquiriendo una comprensión más adecuada de que la palabra “corazón” representa la vida interior de la persona. Cuando se haya establecido esta distinción, se le puede decir al niño que cuando acepta a Cristo está permitiendo que él tome control de la parte interior de su vida. Cristo viene a estar con el niño en esa parte de su vida donde piensa y siente todo. También se le debe explicar que es en la vida interior donde comienza todo lo que se hace en contra de la voluntad de Dios, lo que llamamos “el pecado”. Cuando le pide perdón a Jesús por su pecado y le entrega el control de su vida, está cambiando su manera de pensar. Está permitiendo que Jesús tenga control de sus pensamientos. El significado literal de la palabra “arrepentimiento” es “cambiar de mente”. Así es que, cuando me arrepiento de mi pecado, estoy deseando un cambio en mi manera de pensar, y como dice Pablo: “…cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir” (Romanos 12:2, VP).

Se le explica al niño que él no lo puede ver a Dios porque Dios es invisible, pero su presencia en nosotros se hace evidente por los cambios que se producen en nuestra manera de pensar, de sentir y de actuar.

Tercero: “recibir el regalo de la salvación”.

Otra de las frases simbólicas que quiero mencionar tiene que ver con un concepto que, a mi juicio, debilita para niños, como también para los adultos, la comprensión de la obra de Cristo en ofrecernos la salvación. Frecuentemente usamos la frase “recibir el regalo de la salvación”. Nos basamos en Romanos 6:23: “Porque la paga del pecado es muerte, mientras que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor.” Ver también Romanos 8:32; Efesios 2:8. Enfatizamos el hecho de que este regalo precioso es absolutamente gratis y lo único que tenemos que hacer es aceptarlo. Desde un punto de vista, esto es correcto porque Efesios 2:8, 9 declara: “Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte.” Pero este énfasis pasa por alto otro aspecto fundamental de nuestra regeneración, que es el hecho de entregar el control de la vida a Dios. San Pablo lo expresó en estas palabras: “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí” (Gálatas 2:20,NVI). Cuando usamos la expresión “aceptar el regalo de la salvación”, estamos dando a entender que le hacemos un favor a Dios al aceptar su regalo. Es verdad que nuestra salvación no depende de nada que nosotros podamos hacer porque todo es por gracia. Pero un regalo es algo que uno recibe sin ningún compromiso. En cambio, cuando explicamos la salvación como una decisión responsable de entregar la vida a Dios para que él la controle, estamos incluyendo como parte de esa entrega el hecho de ceder el control. El apóstol Pablo habla de esto cuando dice: “Sin embargo, ustedes no viven según la naturaleza pecaminosa, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios vive en ustedes. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo” (Romanos 8:9,NVI). Trivializamos la muerte de Cristo si hablamos únicamente de “aceptar el regalo de la salvación”. La parte esencial que corresponde a toda persona es sentir remordimiento y pena por los pecados que haya cometido y arrepentirse por haber vivido haciendo lo que uno quería sin importarle lo que Dios quiere. La salvación es esencialmente el traspaso del dominio de mi vida a Dios, porque hasta ceder ese control he vivido de acuerdo con la “naturaleza pecaminosa” (la tendencia de hacer lo que uno quiere sin importarle lo que Dios quiere), y sin reconocer la necesidad de vivir bajo el dominio de Dios. El niño tiene la capacidad de entender que para que Jesús pueda ser su Salvador, él debe arrepentirse de sus pecados y pedir que Jesús sea quien controle toda su vida.

Nuestra finalidad en la evangelización de los niños debe trascender el deseo de sumar números, como si la cantidad de niños ganados diera evidencia de nuestro éxito en este trabajo. Nunca debemos pensar en los niños como cifras. Nuestra misión, además de ofrecerle la oportunidad de aceptar a Cristo, debe ser que el niño comprenda, dentro de sus posibilidades, las dimensiones profundas de la entrega de su vida al Señor. Si lo ayudamos a entender esto, estará comenzando su vida como cristiano con la capacidad de llegar a una verdadera madurez en Cristo. Desde el comienzo de su peregrinación de fe tendrá una comprensión más adecuada de lo que significa ser un seguidor de Jesús. Este compromiso demandará lo mejor de él y no será fácil. Pero no depende de sus fuerzas, sino de Cristo que vive en él.

Es imposible saber el potencial que un niño pueda tener para lograr una vida de gran utilidad y bendición a otros. Trabajamos con los niños convencidos de que tenemos un pequeño tesoro en las manos y que Dios nos ha concedido el singular privilegio de influenciar su vida. Por más breve que sea el tiempo que lo tengamos como alumno, o más pequeños e inadecuados que sean nuestros esfuerzos, sabemos que Dios ha de tomar esa semilla y la hará crecer. Algún día hemos de mirar esa vida, ya de persona adulta, y sentir un profundo orgullo por lo que Dios nos permitió lograr en la formación de su vida espiritual. En ese momento sólo nos corresponde inclinar el rostro en reverente humildad y decir en silencio: “Gracias, Señor, por el gran privilegio de contribuir a la formación de esta vida.”

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 77–84). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

Reinado de Josías

2 Reyes 22-25

Reinado de Josías

(2 Cr. 34.1-2)

a122:1  Cuando Josías comenzó a reinar era de ocho años, y reinó en Jerusalén treinta y un años. El nombre de su madre fue Jedida hija de Adaía, de Boscat.

E hizo lo recto ante los ojos de Jehová, y anduvo en todo el camino de David su padre, sin apartarse a derecha ni a izquierda.

Hallazgo del libro de la ley

(2 Cr. 34.8-33)

A los dieciocho años del rey Josías, envió el rey a Safán hijo de Azalía, hijo de Mesulam, escriba, a la casa de Jehová, diciendo:

Ve al sumo sacerdote Hilcías, y dile que recoja el dinero que han traído a la casa de Jehová, que han recogido del pueblo los guardianes de la puerta,

y que lo pongan en manos de los que hacen la obra, que tienen a su cargo el arreglo de la casa de Jehová, y que lo entreguen a los que hacen la obra de la casa de Jehová, para reparar las grietas de la casa;

a los carpinteros, maestros y albañiles, para comprar madera y piedra de cantería para reparar la casa;

y que no se les tome cuenta del dinero cuyo manejo se les confiare, porque ellos proceden con honradez.

Entonces dijo el sumo sacerdote Hilcías al escriba Safán: He hallado el libro de la ley en la casa de Jehová. E Hilcías dio el libro a Safán, y lo leyó.

Viniendo luego el escriba Safán al rey, dio cuenta al rey y dijo: Tus siervos han recogido el dinero que se halló en el templo, y lo han entregado en poder de los que hacen la obra, que tienen a su cargo el arreglo de la casa de Jehová.

10 Asimismo el escriba Safán declaró al rey, diciendo: El sacerdote Hilcías me ha dado un libro. Y lo leyó Safán delante del rey.

11 Y cuando el rey hubo oído las palabras del libro de la ley, rasgó sus vestidos.

12 Luego el rey dio orden al sacerdote Hilcías, a Ahicam hijo de Safán, a Acbor hijo de Micaías, al escriba Safán y a Asaías siervo del rey, diciendo:

13 Id y preguntad a Jehová por mí, y por el pueblo, y por todo Judá, acerca de las palabras de este libro que se ha hallado; porque grande es la ira de Jehová que se ha encendido contra nosotros, por cuanto nuestros padres no escucharon las palabras de este libro, para hacer conforme a todo lo que nos fue escrito.

14 Entonces fueron el sacerdote Hilcías, y Ahicam, Acbor, Safán y Asaías, a la profetisa Hulda, mujer de Salum hijo de Ticva, hijo de Harhas, guarda de las vestiduras, la cual moraba en Jerusalén en la segunda parte de la ciudad, y hablaron con ella.

15 Y ella les dijo: Así ha dicho Jehová el Dios de Israel: Decid al varón que os envió a mí:

16 Así dijo Jehová: He aquí yo traigo sobre este lugar, y sobre los que en él moran, todo el mal de que habla este libro que ha leído el rey de Judá;

17 por cuanto me dejaron a mí, y quemaron incienso a dioses ajenos, provocándome a ira con toda la obra de sus manos; mi ira se ha encendido contra este lugar, y no se apagará.

18 Mas al rey de Judá que os ha enviado para que preguntaseis a Jehová, diréis así: Así ha dicho Jehová el Dios de Israel: Por cuanto oíste las palabras del libro,

19 y tu corazón se enterneció, y te humillaste delante de Jehová, cuando oíste lo que yo he pronunciado contra este lugar y contra sus moradores, que vendrán a ser asolados y malditos, y rasgaste tus vestidos, y lloraste en mi presencia, también yo te he oído, dice Jehová.

20 Por tanto, he aquí yo te recogeré con tus padres, y serás llevado a tu sepulcro en paz, y no verán tus ojos todo el mal que yo traigo sobre este lugar. Y ellos dieron al rey la respuesta.

23:1  Entonces el rey mandó reunir con él a todos los ancianos de Judá y de Jerusalén.

Y subió el rey a la casa de Jehová con todos los varones de Judá, y con todos los moradores de Jerusalén, con los sacerdotes y profetas y con todo el pueblo, desde el más chico hasta el más grande; y leyó, oyéndolo ellos, todas las palabras del libro del pacto que había sido hallado en la casa de Jehová.

Y poniéndose el rey en pie junto a la columna, hizo pacto delante de Jehová, de que irían en pos de Jehová, y guardarían sus mandamientos, sus testimonios y sus estatutos, con todo el corazón y con toda el alma, y que cumplirían las palabras del pacto que estaban escritas en aquel libro. Y todo el pueblo confirmó el pacto.

Reformas de Josías

(2 Cr. 34.3-7)

Entonces mandó el rey al sumo sacerdote Hilcías, a los sacerdotes de segundo orden, y a los guardianes de la puerta, que sacasen del templo de Jehová todos los utensilios que habían sido hechos para Baal, para Asera y para todo el ejército de los cielos; y los quemó fuera de Jerusalén en el campo del Cedrón, e hizo llevar las cenizas de ellos a Bet-el.

Y quitó a los sacerdotes idólatras que habían puesto los reyes de Judá para que quemasen incienso en los lugares altos en las ciudades de Judá, y en los alrededores de Jerusalén; y asimismo a los que quemaban incienso a Baal, al sol y a la luna, y a los signos del zodíaco, y a todo el ejército de los cielos.

Hizo también sacar la imagen de Asera fuera de la casa de Jehová, fuera de Jerusalén, al valle del Cedrón, y la quemó en el valle del Cedrón, y la convirtió en polvo, y echó el polvo sobre los sepulcros de los hijos del pueblo.

Además derribó los lugares de prostitución idolátrica que estaban en la casa de Jehová, en los cuales tejían las mujeres tiendas para Asera.

E hizo venir todos los sacerdotes de las ciudades de Judá, y profanó los lugares altos donde los sacerdotes quemaban incienso, desde Geba hasta Beerseba; y derribó los altares de las puertas que estaban a la entrada de la puerta de Josué, gobernador de la ciudad, que estaban a la mano izquierda, a la puerta de la ciudad.

Pero los sacerdotes de los lugares altos no subían al altar de Jehová en Jerusalén, sino que comían panes sin levadura entre sus hermanos.

10 Asimismo profanó a Tofet, que está en el valle del hijo de Hinom, para que ninguno pasase su hijo o su hija por fuego a Moloc.

11 Quitó también los caballos que los reyes de Judá habían dedicado al sol a la entrada del templo de Jehová, junto a la cámara de Natán-melec eunuco, el cual tenía a su cargo los ejidos; y quemó al fuego los carros del sol.

12 Derribó además el rey los altares que estaban sobre la azotea de la sala de Acaz, que los reyes de Judá habían hecho, y los altares que había hecho Manasés en los dos atrios de la casa de Jehová; y de allí corrió y arrojó el polvo al arroyo del Cedrón.

13 Asimismo profanó el rey los lugares altos que estaban delante de Jerusalén, a la mano derecha del monte de la destrucción, los cuales Salomón rey de Israel había edificado a Astoret ídolo abominable de los sidonios, a Quemos ídolo abominable de Moab, y a Milcom ídolo abominable de los hijos de Amón.

14 Y quebró las estatuas, y derribó las imágenes de Asera, y llenó el lugar de ellos de huesos de hombres.

15 Igualmente el altar que estaba en Bet-el, y el lugar alto que había hecho Jeroboam hijo de Nabat, el que hizo pecar a Israel; aquel altar y el lugar alto destruyó, y lo quemó, y lo hizo polvo, y puso fuego a la imagen de Asera.

16 Y se volvió Josías, y viendo los sepulcros que estaban allí en el monte, envió y sacó los huesos de los sepulcros, y los quemó sobre el altar para contaminarlo, conforme a la palabra de Jehová que había profetizado el varón de Dios, el cual había anunciado esto.

17 Después dijo: ¿Qué monumento es este que veo? Y los de la ciudad le respondieron: Este es el sepulcro del varón de Dios que vino de Judá, y profetizó estas cosas que tú has hecho sobre el altar de Bet-el.

18 Y él dijo: Dejadlo; ninguno mueva sus huesos; y así fueron preservados sus huesos, y los huesos del profeta que había venido de Samaria.

19 Y todas las casas de los lugares altos que estaban en las ciudades de Samaria, las cuales habían hecho los reyes de Israel para provocar a ira, las quitó también Josías, e hizo de ellas como había hecho en Bet-el.

20 Mató además sobre los altares a todos los sacerdotes de los lugares altos que allí estaban, y quemó sobre ellos huesos de hombres, y volvió a Jerusalén.

Josías celebra la pascua

(2 Cr. 35.1-19)

21 Entonces mandó el rey a todo el pueblo, diciendo: Haced la pascua a Jehová vuestro Dios, conforme a lo que está escrito en el libro de este pacto.

22 No había sido hecha tal pascua desde los tiempos en que los jueces gobernaban a Israel, ni en todos los tiempos de los reyes de Israel y de los reyes de Judá.

23 A los dieciocho años del rey Josías fue hecha aquella pascua a Jehová en Jerusalén.

Persiste la ira de Jehová contra Judá

24 Asimismo barrió Josías a los encantadores, adivinos y terafines, y todas las abominaciones que se veían en la tierra de Judá y en Jerusalén, para cumplir las palabras de la ley que estaban escritas en el libro que el sacerdote Hilcías había hallado en la casa de Jehová.

25 No hubo otro rey antes de él, que se convirtiese a Jehová de todo su corazón, de toda su alma y de todas sus fuerzas, conforme a toda la ley de Moisés; ni después de él nació otro igual.

26 Con todo eso, Jehová no desistió del ardor con que su gran ira se había encendido contra Judá, por todas las provocaciones con que Manasés le había irritado.

27 Y dijo Jehová: También quitaré de mi presencia a Judá, como quité a Israel, y desecharé a esta ciudad que había escogido, a Jerusalén, y a la casa de la cual había yo dicho: Mi nombre estará allí.

Muerte de Josías

(2 Cr. 35.20-27)

28 Los demás hechos de Josías, y todo lo que hizo, ¿no está todo escrito en el libro de las crónicas de los reyes de Judá?

29 En aquellos días Faraón Necao rey de Egipto subió contra el rey de Asiria al río Eufrates, y salió contra él el rey Josías; pero aquél, así que le vio, lo mató en Meguido.

30 Y sus siervos lo pusieron en un carro, y lo trajeron muerto de Meguido a Jerusalén, y lo sepultaron en su sepulcro. Entonces el pueblo de la tierra tomó a Joacaz hijo de Josías, y lo ungieron y lo pusieron por rey en lugar de su padre.

Reinado y destronamiento de Joacaz

(2 Cr. 36.1-4)

31 De veintitrés años era Joacaz cuando comenzó a reinar, y reinó tres meses en Jerusalén. El nombre de su madre fue Hamutal hija de Jeremías, de Libna.

32 Y él hizo lo malo ante los ojos de Jehová, conforme a todas las cosas que sus padres habían hecho.

33 Y lo puso preso Faraón Necao en Ribla en la provincia de Hamat, para que no reinase en Jerusalén; e impuso sobre la tierra una multa de cien talentos de plata, y uno de oro.

34 Entonces Faraón Necao puso por rey a Eliaquim hijo de Josías, en lugar de Josías su padre, y le cambió el nombre por el de Joacim; y tomó a Joacaz y lo llevó a Egipto, y murió allí.

35 Y Joacim pagó a Faraón la plata y el oro; mas hizo avaluar la tierra para dar el dinero conforme al mandamiento de Faraón, sacando la plata y el oro del pueblo de la tierra, de cada uno según la estimación de su hacienda, para darlo a Faraón Necao.

Reinado de Joacim

(2 Cr. 36.5-8)

36 De veinticinco años era Joacim cuando comenzó a reinar, y once años reinó en Jerusalén. El nombre de su madre fue Zebuda hija de Pedaías, de Ruma.

37 E hizo lo malo ante los ojos de Jehová, conforme a todas las cosas que sus padres habían hecho.

24:1  En su tiempo subió en campaña Nabucodonosor rey de Babilonia. Joacim vino a ser su siervo por tres años, pero luego volvió y se rebeló contra él.

Pero Jehová envió contra Joacim tropas de caldeos, tropas de sirios, tropas de moabitas y tropas de amonitas, los cuales envió contra Judá para que la destruyesen, conforme a la palabra de Jehová que había hablado por sus siervos los profetas.

Ciertamente vino esto contra Judá por mandato de Jehová, para quitarla de su presencia, por los pecados de Manasés, y por todo lo que él hizo;

asimismo por la sangre inocente que derramó, pues llenó a Jerusalén de sangre inocente; Jehová, por tanto, no quiso perdonar.

Los demás hechos de Joacim, y todo lo que hizo, ¿no está escrito en el libro de las crónicas de los reyes de Judá?

Y durmió Joacim con sus padres, y reinó en su lugar Joaquín su hijo.

Y nunca más el rey de Egipto salió de su tierra; porque el rey de Babilonia le tomó todo lo que era suyo desde el río de Egipto hasta el río Eufrates.

Joaquín y los nobles son llevados cautivos a Babilonia

(2 Cr. 36.9-10)

De dieciocho años era Joaquín cuando comenzó a reinar, y reinó en Jerusalén tres meses. El nombre de su madre fue Nehusta hija de Elnatán, de Jerusalén.

E hizo lo malo ante los ojos de Jehová, conforme a todas las cosas que había hecho su padre.

10 En aquel tiempo subieron contra Jerusalén los siervos de Nabucodonosor rey de Babilonia, y la ciudad fue sitiada.

11 Vino también Nabucodonosor rey de Babilonia contra la ciudad, cuando sus siervos la tenían sitiada.

12 Entonces salió Joaquín rey de Judá al rey de Babilonia, él y su madre, sus siervos, sus príncipes y sus oficiales; y lo prendió el rey de Babilonia en el octavo año de su reinado.

13 Y sacó de allí todos los tesoros de la casa de Jehová, y los tesoros de la casa real, y rompió en pedazos todos los utensilios de oro que había hecho Salomón rey de Israel en la casa de Jehová, como Jehová había dicho.

14 Y llevó en cautiverio a toda Jerusalén, a todos los príncipes, y a todos los hombres valientes, hasta diez mil cautivos, y a todos los artesanos y herreros; no quedó nadie, excepto los pobres del pueblo de la tierra.

15 Asimismo llevó cautivos a Babilonia a Joaquín, a la madre del rey, a las mujeres del rey, a sus oficiales y a los poderosos de la tierra; cautivos los llevó de Jerusalén a Babilonia.

16 A todos los hombres de guerra, que fueron siete mil, y a los artesanos y herreros, que fueron mil, y a todos los valientes para hacer la guerra, llevó cautivos el rey de Babilonia.

17 Y el rey de Babilonia puso por rey en lugar de Joaquín a Matanías su tío, y le cambió el nombre por el de Sedequías.

Reinado de Sedequías

(2 Cr. 36.11-16; Jer. 52.1-3)

18 De veintiún años era Sedequías cuando comenzó a reinar, y reinó en Jerusalén once años. El nombre de su madre fue Hamutal hija de Jeremías, de Libna.

19 E hizo lo malo ante los ojos de Jehová, conforme a todo lo que había hecho Joacim.

20 Vino, pues, la ira de Jehová contra Jerusalén y Judá, hasta que los echó de su presencia. Y Sedequías se rebeló contra el rey de Babilonia.

Caída de Jerusalén

(Jer. 39.1-7; 52.3-11)

25  Aconteció a los nueve años de su reinado, en el mes décimo, a los diez días del mes, que Nabucodonosor rey de Babilonia vino con todo su ejército contra Jerusalén, y la sitió, y levantó torres contra ella alrededor.

Y estuvo la ciudad sitiada hasta el año undécimo del rey Sedequías.

A los nueve días del cuarto mes prevaleció el hambre en la ciudad, hasta que no hubo pan para el pueblo de la tierra.

Abierta ya una brecha en el muro de la ciudad, huyeron de noche todos los hombres de guerra por el camino de la puerta que estaba entre los dos muros, junto a los huertos del rey, estando los caldeos alrededor de la ciudad; y el rey se fue por el camino del Arabá.

Y el ejército de los caldeos siguió al rey, y lo apresó en las llanuras de Jericó, habiendo sido dispersado todo su ejército.

Preso, pues, el rey, le trajeron al rey de Babilonia en Ribla, y pronunciaron contra él sentencia.

Degollaron a los hijos de Sedequías en presencia suya, y a Sedequías le sacaron los ojos, y atado con cadenas lo llevaron a Babilonia.

Cautividad de Judá

(2 Cr. 36.17-21; Jer. 39.8-10; 52.12-30)

En el mes quinto, a los siete días del mes, siendo el año diecinueve de Nabucodonosor rey de Babilonia, vino a Jerusalén Nabuzaradán, capitán de la guardia, siervo del rey de Babilonia.

Y quemó la casa de Jehová, y la casa del rey, y todas las casas de Jerusalén; y todas las casas de los príncipes quemó a fuego.

10 Y todo el ejército de los caldeos que estaba con el capitán de la guardia, derribó los muros alrededor de Jerusalén.

11 Y a los del pueblo que habían quedado en la ciudad, a los que se habían pasado al rey de Babilonia, y a los que habían quedado de la gente común, los llevó cautivos Nabuzaradán, capitán de la guardia.

12 Mas de los pobres de la tierra dejó Nabuzaradán, capitán de la guardia, para que labrasen las viñas y la tierra.

13 Y quebraron los caldeos las columnas de bronce que estaban en la casa de Jehová, y las basas, y el mar de bronce que estaba en la casa de Jehová, y llevaron el bronce a Babilonia.

14 Llevaron también los calderos, las paletas, las despabiladeras, los cucharones, y todos los utensilios de bronce con que ministraban;

15 incensarios, cuencos, los que de oro, en oro, y los que de plata, en plata; todo lo llevó el capitán de la guardia.

16 Las dos columnas, un mar, y las basas que Salomón había hecho para la casa de Jehová; no fue posible pesar todo esto.

17 La altura de una columna era de dieciocho codos, y tenía encima un capitel de bronce; la altura del capitel era de tres codos, y sobre el capitel había una red y granadas alrededor, todo de bronce; e igual labor había en la otra columna con su red.

18 Tomó entonces el capitán de la guardia al primer sacerdote Seraías, al segundo sacerdote Sofonías, y tres guardas de la vajilla;

19 y de la ciudad tomó un oficial que tenía a su cargo los hombres de guerra, y cinco varones de los consejeros del rey, que estaban en la ciudad, el principal escriba del ejército, que llevaba el registro de la gente del país, y sesenta varones del pueblo de la tierra, que estaban en la ciudad.

20 Estos tomó Nabuzaradán, capitán de la guardia, y los llevó a Ribla al rey de Babilonia.

21 Y el rey de Babilonia los hirió y mató en Ribla, en tierra de Hamat. Así fue llevado cautivo Judá de sobre su tierra.

El remanente huye a Egipto

22 Y al pueblo que Nabucodonosor rey de Babilonia dejó en tierra de Judá, puso por gobernador a Gedalías hijo de Ahicam, hijo de Safán.

23 Y oyendo todos los príncipes del ejército, ellos y su gente, que el rey de Babilonia había puesto por gobernador a Gedalías, vinieron a él en Mizpa; Ismael hijo de Netanías, Johanán hijo de Carea, Seraías hijo de Tanhumet netofatita, y Jaazanías hijo de un maacateo, ellos con los suyos.

24 Entonces Gedalías les hizo juramento a ellos y a los suyos, y les dijo: No temáis de ser siervos de los caldeos; habitad en la tierra, y servid al rey de Babilonia, y os irá bien.

25 Mas en el mes séptimo vino Ismael hijo de Netanías, hijo de Elisama, de la estirpe real, y con él diez varones, e hirieron a Gedalías, y murió; y también a los de Judá y a los caldeos que estaban con él en Mizpa.

26 Y levantándose todo el pueblo, desde el menor hasta el mayor, con los capitanes del ejército, se fueron a Egipto, por temor de los caldeos.

Joaquín es libertado y recibe honores en Babilonia

(Jer. 52.31-34)

27 Aconteció a los treinta y siete años del cautiverio de Joaquín rey de Judá, en el mes duodécimo, a los veintisiete días del mes, que Evil-merodac rey de Babilonia, en el primer año de su reinado, libertó a Joaquín rey de Judá, sacándolo de la cárcel;

28 y le habló con benevolencia, y puso su trono más alto que los tronos de los reyes que estaban con él en Babilonia.

29 Y le cambió los vestidos de prisionero, y comió siempre delante de él todos los días de su vida.

30 Y diariamente le fue dada su comida de parte del rey, de continuo, todos los días de su vida.

Reina-Valera 1960 (RVR1960)Versión Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988.