Hermosas relaciones entre creyentes

Vestíos, pues… de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros.

Colosenses 3:12-13

Hermosas relaciones entre creyentes

Toda la vida del Señor Jesús ilustra el versículo de hoy. Estas cualidades también deberían caracterizar las relaciones de los cristianos entre sí.

La misericordia: es responder con compasión a las necesidades de los demás. “Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio”, dijo Jesús (Mateo 9:13).

La benignidad o bondad: es una actitud fraternal que busca el bien del prójimo. Si hemos “gustado la benignidad del Señor” (1 Pedro 2:3), esta caracterizará nuestras relaciones.

La humildad: solo Jesús fue “manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29). Siempre tomó el último lugar. Y nosotros, ¿logramos olvidarnos de nosotros mismos?

La mansedumbre: es el carácter del que no insiste sobre sus derechos, incluso cuando es acusado injustamente. ¡Es el mejor antídoto contra las contiendas!

La paciencia: Dios es paciente para con todos los hombres, “no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9). El que es paciente deposita su confianza en el Señor y sabe esperar.

Soportarse: somos muy diferentes los unos de los otros. Cada uno tiene su propio carácter, sus puntos fuertes y sus puntos débiles. ¡Aceptemos con humildad nuestras diferencias!

Perdonar: estemos dispuestos a perdonar de todo corazón, en todo tiempo y a todos, “como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:32).

1 Crónicas 8 – Lucas 10:21-42 – Salmo 89:1-6 – Proverbios 20:8-9

Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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No paguéis a nadie mal por mal.

Nada de venganza

7/26/2017

No paguéis a nadie mal por mal. (Romanos 12:17)

Algunos creen que la ley del Antiguo Testamento de “ojo por ojo, diente por diente” (Éx. 21:24) permite la venganza personal. Pero no se refiere a eso. En realidad quería decir que la severidad del castigo jurídico no debe exceder a la severidad de un delito. En otras palabras, si alguien le saca un ojo a otra persona, no se le puede castigar más allá de la pérdida de su propio ojo.

La autoridad para vengar injusticias civiles y criminales corresponde por mandato divino solamente a los gobiernos. Dios prohíbe que exijamos venganza personal. El apóstol Pedro resumió el principio de esta manera: “Finalmente, sed todos de un mismo sentir… no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición” (1 P. 3:8-9).

Disponible sobre el Internet en: www.gracia.org
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La estrategia de Satanás y nuestra defensa

JULIO, 26

La estrategia de Satanás y nuestra defensa

Devocional por John Piper

Resistidle firmes en la fe… (1 Pedro 5:9)

Los dos grandes enemigos del alma son el pecado y Satanás; y el pecado es el peor enemigo, porque la única manera de que Satanás nos pueda destruir es haciéndonos pecar.

Dios le puede dar permiso para molestarnos, como lo hizo con Job, o hasta matarnos, como lo hizo con los santos de Esmirna (Apocalipsis 2:10); pero Satanás no puede condenarnos ni robarnos la vida eterna. La única manera de que nos pueda hacer un daño definitivo es incitarnos a pecar —y eso es exactamente lo que intenta a hacer—.

Por lo tanto, el trabajo principal de Satanás es defender, promover, asistir, excitar y confirmar nuestra inclinación al pecado.

Lo vemos en Efesios 2:1-2: «Vosotros… estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo… conforme al príncipe de la potestad del aire». Pecar es «conformarse» al poder de Satanás en el mundo. Cuando él trae maldad moral, lo hace por medio del pecado. Cuando pecamos, nos movemos en su esfera y estamos en conformidad con él. Cuando pecamos, damos «lugar al diablo» (Efesios 4:27).

Lo único que nos condenará en el día del juicio será el pecado no perdonado —no las enfermedades, ni las aflicciones, ni las persecuciones, ni las intimidaciones, ni las apariciones, ni las pesadillas—. Satanás lo sabe. Por eso, centra su atención principalmente no en cómo asustar a cristianos con fenómenos extraños (aunque hay mucho de eso), sino más bien en cómo corromper cristianos con modas pasajeras inútiles y pensamientos de maldad.

Satanás quiere agarrarnos en los momentos en que nuestra fe no esté firme, cuando esté vulnerable. Tiene sentido entonces que lo que Satanás apunte a destruir sean nuestros medios para resistir sus iniciativas. Por eso Pedro dice: «resistidle firmes en la fe». Por esto también es que Pablo dice que «el escudo de la fe» puede «apagar todos los dardos encendidos del maligno» (Efesios 6:16).

La forma de frustrar al diablo es fortaleciendo eso mismo que él más busca destruir: nuestra fe.


Devocional tomado del libro “Future Grace” (Gracia Venidera), página 321-323

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Para hacerlos sentar con los príncipes

26 de julio

«Para hacerlos sentar con los príncipes».

Salmo 113:8

Nuestros privilegios espirituales son de la mejor clase. «Con los príncipes» es el lugar de la compañía selecta. «Nuestra comunión verdaderamente es con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Jn. 1:3): si hablamos de compañía selecta, no hay otra como esta. «Nosotros somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa» (1 P. 2:9). Nos hemos «acercado […] a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos» (He. 12:22, 23). Los santos gozan de audiencia en la Corte. Los príncipes acceden a la majestad real cuando el grueso del pueblo tiene que quedarse fuera. El hijo de Dios disfruta de libre acceso a los consejos secretos del Cielo: «Por medio de él, los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre» (Ef. 2:18); «Acerquémonos, pues, confiadamente (dice el Apóstol) al trono de la gracia» (He. 4:16). Los príncipes poseen abundantes riquezas, ¿pero qué es su abundancia comparada con las riquezas de los creyentes? Pues «todo es vuestro; y vosotros de Cristo y Cristo de Dios» (1 Co. 3:23); «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?» (Ro. 8:32). Los príncipes tienen un poder especial: un príncipe del imperio del Cielo cuenta con mucha influencia; empuña un cetro en sus propios dominios; se sienta en el trono de Jesús, pues él nos ha hecho «reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra» (Ap. 5:10). Reinamos sobre el Reino unido del tiempo y de la eternidad. Además, los príncipes gozan de especial honor: desde la altura en la cual la gracia nos ha colocado, podemos menospreciar toda dignidad terrenal. Porque ¿qué es la grandeza humana comparada con lo que dice este versículo: «Y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús»? (Ef. 2:6). Nosotros compartiremos el honor de Cristo; comparado con esto, los esplendores terrenales no valen nada. La comunión con Jesús es la joya más valiosa que jamás haya brillado en una diadema imperial. La unión con el Señor constituye una hermosa corona capaz de eclipsar el brillo de la pompa de un imperio.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 217). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Escuchando con nuevos oídos

26 Julio 2017

Escuchando con nuevos oídos
por Charles R. Swindoll

Salmos 19

David resume sus sentimientos en el salmo 19 con una breve oración. De hecho, esos tres renglones son unos de los más conocidos en todo el libro de los salmos.

Sean gratos los dichos de mi boca
y la meditación de mi corazón
delante de ti, oh Señor,
Roca mía y Redentor mío.  (v. 14)

Aunque Dios parezca estar callado en algunos momentos, el problema no es que Él no se está comunicando; es que nosotros no estamos escuchando. El dolor de la vida puede habernos alejado de las muchas formas en que Dios expresa su amor: a través de la transformación interna del Espíritu Santo, a través de la naturaleza, a través de amigos y familiares que nos quieren, a través de las oportunidades para servir, etc.

O tal vez nuestros oídos están bloqueados por nuestra autocompasión.

O quizás debido a nuestra falta de fe rehusamos creer que Dios se preocupa por nosotros y continúa demostrándonos su amor.

El hecho es que Dios se ha revelado asimismo a través de su creación y a través de las Escrituras. Él no necesita hablar de nuevo. Sin embargo, él sigue involucrado con su creación y con el pueblo que él creó. Cuando aceptamos esa realidad y elegimos creer que él no está callado, nuestros oídos escuchan su comunicación constante. Se lo puedo decir por experiencia personal. Cuando me doy cuenta que estoy siendo víctima de la mentira de que Dios está callado, inmediatamente vuelvo al lugar donde sé que Dios habla, su Palabra. Mi reacción a la mentira del mundo es enfocarme la verdad. Luego, una vez que mis oídos se sintonizan para escuchar la voz de Dios, me doy cuenta que se está comunicando y en más formas de las que conocía.

Manténgase esta semana en la Palabra de Dios. Aprópiese de sus bendiciones. Pídale que cumpla sus promesas. Entonces, «los dichos de su boca» y la «meditación de su corazón» se convertirán en un nuevo patrón de piedad y poder. Además, Dios ya no parecerá estar silencioso o lejos de usted.

Afirmando el alma
Durante esta semana, busque ejemplos de la comunicación no verbal de Dios. El Espíritu Santo trae claridad consigo, siempre en conformidad con la Escritura. La naturaleza lleva las huellas de su hacedor. Los seguidores leales de Cristo tienen: «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio» (Gálatas 5: 22-23), los atributos personales de Dios. Mantenga una actitud de apertura y esté alerta a lo que Dios quiere mostrarle.

Adaptado del libro, Viviendo los Salmos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2013). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright
© 2017 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

Hijo de consolación

26 JULIO

Jueces 9 | Hechos 13 | Jeremías 22 | Marcos 8

Hoy quiero señalar varios aspectos que surgen de elementos opuestos de Hechos 13.

(1) El liderazgo de la iglesia en Antioquía debió ser extraordinariamente diverso (13:1). El verdadero nombre de Bernabé era José. Era un levita de Chipre (4:36–37). En una época en la que la iglesia en Jerusalén crecía tan rápidamente que seguramente los apóstoles no serían capaces de recordar los nombres de todo el mundo, este José destacó por su increíble don de animar; como resultado, fue recompensado con un apodo que reflejara su carácter: Bernabé – Hijo de consolación. También estaba Simeón “el que se llamaba Níger” – una expresión que probablemente significa “Simeón el Negro.” En el mundo antiguo, contrario a la experiencia británica o estadounidense, la esclavitud estaba vinculada con el sistema económico (alguien que se fuera a la quiebra podría venderse a sí mismo como esclavo—ver meditación del 11 de marzo) y con la fuerza militar; no estaba restringida a una raza en particular. (O sea, podría haber esclavos africanos, europeos, judíos o de alguna otra raza.) No era en absoluto anormal tener como líder a “Simeón el Negro”. De Lucio de Cirene no sabemos casi nada. Por lo visto, al igual que Bernabé, era de una isla del Mediterráneo y su nombre demuestra que pertenecía al mundo helenístico. Manaén tenía suficientes conexiones con la nobleza menor como para haberse criado con Herodes el tetrarca. Y tenían también a Saulo mismo, quien ya para aquel entonces era un evangelista veterano, fundador de iglesias y maestro de la Biblia, con quince años de experiencia y muchas cicatrices para demostrarlo. Tras su llamado, él fue moviéndose cada vez más en círculos gentiles y usó el nombre conectado con su ciudadanía romana: Pablo (13:9). (Los ciudadanos romanos tenían tres nombres. Desconocemos los otros dos —porque Pablo en realidad era el apellido; Saulo era un nombre adicional conservado por su trasfondo judío.) Él tampoco era originario de la ciudad—nació en Tarso. ¡Qué diversidad tan gloriosa y cosmopolita en esta iglesia de Antioquía!

(2) Tras el relato detallado del sermón de Pablo en Antioquía de Pisidia, se nos dice que muchos gentiles “al oír esto, se alegraron y celebraron la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban destinados a la vida eterna” (13:48). Un ejercicio excelente es buscar todas las maneras en que el libro de los Hechos, o incluso todo el Nuevo Testamento, se refiere a la conversión y a los conversos—y luego usar todas estas expresiones en nuestro propio discurso, pues nuestra manera de hablar de estos temas tanto refleja como moldea nuestra forma de pensar al respecto. No hay pasaje bíblico que hable de “aceptar a Jesús como tu Salvador personal” (aunque la noción, en sí misma, no es totalmente incorrecta). Entonces, ¿por qué tantas personas adoptan esta frase y nunca hablan según los términos del versículo 48?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 207). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡Vivamos para Jesús!

miércoles 26 julio

 

Cristo… por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.

2 Corintios 5:15

Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.

Colosenses 3:23

¡Vivamos para Jesús!

Cuando el Señor Jesús sufrió en la cruz (y padeció más allá de todo lo que podemos imaginar), no pensaba en sí mismo, sino en los que creerían en él y así serían librados de su culpabilidad. Sufrió el juicio en nuestro lugar y murió por nosotros.

Su amor inimitable, que lo llevó a darse de tal manera por nosotros, ¿halla eco en nuestro corazón, en nuestra vida diaria?

En el trabajo, ¿solo deseamos llegar a un puesto más alto, o más bien nos esforzamos en trabajar diligentemente para agradar al Señor y ser sus testigos? Solo así tendremos una actitud justa en el ejercicio de nuestra profesión.

En nuestro tiempo libre, ¿acomodamos esos momentos de mayor disponibilidad, dedicándolos a nuestras actividades favoritas, o sirviendo al Señor Jesús? El descanso es necesario, pero que nuestro deseo sea poner más tiempo a disposición del Señor.

En la familia, vivir para él es pensar en los demás. En vez de tener una actitud egoísta, podemos ayudarnos mutuamente, compartir las tareas de la vida cotidiana, como también las preocupaciones y las alegrías, pequeñas o grandes.

¿Queremos responder a nuestras aspiraciones personales, o consagrar nuestra vida al Señor? Jesús murió por nosotros, pero también resucitó, está vivo y desea llenar nuestra vida con su presencia.

Pablo escribió: “Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Filipenses 1:21)

1 Crónicas 7 – Lucas 10:1-20 – Salmo 88:13-18 – Proverbios 20:6-7

Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

¿QUÉ VAMOS A HACER EN EL CIELO? | Jairo Namnún

 

¿QUÉ VAMOS A HACER EN EL CIELO?

Jairo Namnún

Recuerdo hace muchos años preguntarle a mi hermano que si no nos íbamos a aburrir en el cielo de adorar a Dios. Le pregunté con algo de miedo, porque no quería ser irrespetuoso con Dios. Pero me sonaba como que con el tiempo iba a ser aburrido pasarme el día entero “adorando a Dios”. En aquel momento, lo que yo conocía como adoración musical era más bien seco y frío, solo con himnos y sin instrumentos. Y una eternidad cantando himnos con pistas no me sonaba tan hermoso.

Con el tiempo, he notado que esta forma de pensar del cielo como el lugar donde pasaremos la eternidad solo cantando es lo que piensa la mayoría de los cristianos a nuestro alrededor. Pero eso no es lo que revela todo el consejo de Dios. Permíteme hacer esta analogía para introducir:

Cuando cumplí 18 años, por mi tercer año en la universidad, me regalaron mi primer vehículo: un Volkswagen Polo 2001. En su momento, yo amaba ese carro. Ya no tenía que andar en transporte público y en taxis. Por los primeros meses estuve extasiado con mi vehículo, y –a pesar de que no me gusta eso de estar lavando y decorando carros– lo mantenía bien limpio y cuidado. Pero al poco tiempo me dio el primera problema: una falla en el motor que me costó un par de miles de pesos (menos de 100 dólares). Al poco tiempo, difícilmente pasaba un mes sin pasar por el taller. El día que cumplí 19 años, recuerdo que aquel Volkswagen estaba en el taller por un trabajo de más de 400 dólares. Hubo un tiempo que el carro tenía una falla que hacía que cuando llovía afuera, se entrara el agua. En una ocasión tuve que manejar unas 8 millas sosteniendo la puerta, porque no quería cerrar. Y así, poco a poco yo dejé de disfrutar mi carro. Aunque estaba agradecido de él, los problemas que me daba lograron que ya yo no lo quisiera más.

Unos años después tuve la oportunidad de cambiarlo, y mi esposa y yo adquirimos un Toyota Camry del 2004 (por ahí por el 2010). Este carro fue bien fiel y nunca me dio ningún problema grave, por lo que lo aprecié más que aquel Volkswagen Polo. Al ser un poco más nuevo y de mejor calidad, la experiencia fue mucho mejor. Y hace poco tuve la oportunidad de probar un Tesla del año totalmente nuevo, un vehículo que es una maravilla de la ingeniería y la electrónica, con un confort increíble, que hacía mi Camry lucir como una motocicleta. Habrá que ver cómo serán los carros nuevos en unos 20 años.

¿Qué tiene que ver eso con el cielo? Mira lo que nos enseña el Libro de Apocalipsis:

“Entonces vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, preparada como una novia ataviada para su esposo. Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: “El tabernáculo de Dios está entre los hombres, y El habitará entre ellos y ellos serán Su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos. El enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado…Y me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, y tenía la gloria de Dios. Su fulgor era semejante al de una piedra muy preciosa, como una piedra de jaspe cristalino”, Apocalipsis 21:1-410-11.

Cuando los cristianos hablan del cielo, usualmente se refieren al cielo nuevo y tierra. Apocalipsis nos habla de este hermoso lugar donde moraremos por la eternidad en la presencia misma del Dios santo. Un lugar sin dolor y sin llanto, donde Jesús mismo morará entre nosotros, sin necesidad de sol porque Él será nuestra luz, ni de templo porque el Señor y el cordero están ahí. Tampoco habrá allí nada inmundo, sino solo aquellos con su nombre escrito en el Libro de la Vida. Este es el cielo: el cielo nuevo y tierra nueva.

Volviendo al ejemplo de los vehículos: El Tesla último modelo que probé era bastante diferente a mi Camry: era un carro nuevo, por el que no había que preocuparse por alguna falla, con piloto automático, cámaras en todos lados, y un increíble sistema de sonido… pero seguía siendo un carro. Con un motor, gomas (o llantas), con las habilidades de llevarnos del punto A al punto B. La tierra nueva es un lugar increíble, pero es una tierra. Y allá haremos lo mismo que hacemos aquí en la tierra (que no sea pecaminoso o producto del pecado), pero un millón de veces mejor.

¿Qué encontramos ahí en la tierra nueva? Una ciudad que tiene la gloria de Dios. No sabemos exactamente cómo luce esa gloria de Dios. Sí he visto cosas que me han dejado con la boca abierta, que uno puede decir “eso es glorioso”. Pero todo eso se queda corto de la gloria de Dios. ¿Qué es un rayo de luz comparado con el sol? Y al apóstol Juan nos dice que esta ciudad tiene la gloria de Dios, y que su brillo es tal como el de una piedra preciosa. Lo que nos depara por la eternidad es una ciudad tan hermosa como una piedra preciosa.

Pero volvemos otra vez al punto: es una ciudad. ¿Qué hay en una ciudad? Hay trabajo. Tal vez te sorprenda que va a haber trabajo en el cielo, pero no hay ninguna razón para pensar que no. Cuando Dios creó el Jardín del Edén, era un lugar perfecto donde todas las cosas funcionaban para el bien de Adán y Eva, y los animales se sometían a ellos, y las frutas eran increíblemente buenas, y no había pecado. Y allí Dios ordenó al hombre trabajar al ejercer domino sobre la tierra y nombrar los animales. Lo que sucedió en Génesis 3 es que el pecado corrompió e hizo más difícil el trabajo, pero el trabajo no es una consecuencia de la caída. El trabajo que haremos en el cielo no será como el de ahora, donde la tierra nos da problemas. Más bien será un trabajo que disfrutemos, que seremos perfectamente capaces de hacerlo bien, sin pesar ni dolor ni quejas. Un trabajo que entenderemos y que resultará excelente.

¿Qué más hay en una ciudad? Relaciones. En el cielo tendremos relaciones unos con otros. Así como era posible reconocer a Jesús en su cuerpo glorificado (Jn. 20:16), nosotros tendremos un cuerpo como el de Él (1 Co. 15:49-53), nos reconoceremos unos a otros, y no solo eso, también reconoceremos a los santos que ya han muerto. Para mí es increíble pensar que en la eternidad yo voy poder ver a mi esposa de frente y la voy a amar más de lo que la amo hoy, pero yo voy a amar a cualquier otro cristiano igual como amo a Patricia (cp. Mt. 22:30). Y también me voy a sentar a hablar con Charles Spurgeon, y con Jonathan Edwards, y con Agustín, y con muchos de mis hermanos (como tú) de quienes podré aprender por la eternidad.

¿Qué más hay en una ciudad? Comida y bebida y risas y compartir y música. Los mejores chistes que nunca se hayan dicho se dirán allá; chistes sanos sin ningún tipo de pecado. La mejor comida que jamás haya existido (cp. Mr. 14:25Ap. 22:1-3. Sí debo admitir que no estoy seguro cómo funcionará eso, ya que no hay muerte). Al tener cuerpos glorificados, las mejores competencias de deporte se harán allá, sin importar quién “gane”, y nadie va a perder.

¿Qué más habra en el cielo nuevo y tierra nueva? Una naturaleza sin pecado. Podremos ver y tocar los leones y las ballenas y los canguros y las avestruces, todas al servicio del Hijo del Hombre y sus hermanos.

En el cielo va a estar todo lo que toda la vida hemos deseado pero nunca podemos alcanzar. Como esos caramelos engañosos que uno prueba y prueba y te dan un toque del saber que uno quiere, pero nunca la totalidad Y uno busca más y más con tal de encontrar ese saborcito. En el cielo estará el sabor real de aquello que nosotros apenas probamos hoy.

Un último detalle, el más importante de todos. Lo que hace al cielo el cielo es que Dios va a estar ahí.

Él será la luz que ilumine.

Él será quien nos diga qué trabajos haremos.

Él estará en nuestras reuniones, y será el centro de nuestras conversaciones. Y será la razón de nuestra alabanza y nuestro gozo.

Nosotros tendremos toda la eternidad para aprender de Él, y después de mil años de aprendizaje, apenas estaremos en el principio de la uña del meñique. Y seguiremos con todas las ganas del universo de seguir aprendiendo. Pero no para tener más conocimiento, sino para poder apreciar cada vez más y mejor lo increíble de su sacrificio en la cruz (Ap. 5:9-14).

Entonces, ¿qué vamos a hacer en el cielo? Lo mismo que le pregunté a mi hermano: adorar a Dios. Pero recuerda que adorar no es solo levantar las manos: al hablar, al reír, al leer, al vivir, se supone que yo estoy adorando a Dios. Y eso es lo que haremos por la eternidad: adorar a Dios con todo lo que somos y con todo lo que hagamos.

JAIRO NAMNÚN

​Jairo sirve como director ejecutivo de Coalición por el Evangelio. Sirve en la Iglesia Bautista Internacional en República Dominicana y es graduado del Southern Baptist Theological Seminary con una maestría en estudios teológicos. Está casado con Patricia. Puedes encontrarlo en Twitter.

https://blogs-es.thegospelcoalition.org/jairo-namnun/que-vamos-a-hacer-en-el-cielo/

CONQUISTADORES CONQUISTADOS

25 jul 2017

CONQUISTADORES CONQUISTADOS

por Carlos Rey

Su vida entre los indios comenzó cuando naufragó en las costas de Yucatán. Hacía sólo una década que había despedido el siglo quince y le había dado la bienvenida al dieciséis. Pero Gonzalo Guerrero, marinero del puerto de Palos, decidió sacarle todo el provecho posible a la oportunidad que le había deparado el destino, y se adaptó de manera extraordinaria a un nuevo ambiente y a una extraña cultura. Con decir que llegó a ser cacique en tiempos de paz, y capitán en tiempos de guerra. Para completar, tuvo tres hijos de una mujer maya.

Su nuevo mundo comenzó a resquebrajarse en 1519 cuando Hernán Cortés mandó buscarlo. Ya llevaba un cuarto de siglo trasplantado en tierra extranjera, y se sentía a gusto, así que se negó a unirse a los hombres de Cortés. Envió más bien a decirle que allí tenía hijos bonitos, y que si Cortés los favorecía con una parte de su mercancía, él se la daría a sus hijos y les diría: «Estos juguetes los envían mis hermanos, desde mi tierra.»

Ante la inesperada respuesta de Guerrero, Cortés ordenó que Alonso de Ávila y sus jinetes arremetieran contra aquellos indígenas de Yucatán. No les importó que su antiguo amigo formara parte de su nuevo enemigo, ni que ese enemigo estuviera en tremenda desventaja militar. Al contrario, aprovecharon la superioridad de sus armas para barrer con los guerreros que les ofrecieron resistencia. Y se retiraron, victoriosos, dejando a su medio hermano entre los vencidos en el campo de batalla. Un tiro de arcabuz le había partido la frente a aquel extraño indio con barba. Su cuerpo, desnudo, estaba labrado de arabescos de tinta y sangre, y símbolos de oro le colgaban de la nariz, los labios y las orejas.

Gonzalo Guerrero cayó en el nuevo mundo defendiendo su nueva tierra. Peleó junto a sus hermanos y contra sus hermanos. Pero los hermanos que él escogió no fueron los antiguos con los que nació sino los nuevos con los que murió. Por eso lo califica el escritor Eduardo Galeano como «el primer conquistador conquistado por los indios».1 Así como el conquistador Guerrero, también nosotros navegamos en busca de un mundo mejor. El nuevo mundo nuestro es el cielo, donde no hay guerra ni muerte ni dolor.2 Si lo deseamos, cuando naufragamos en sus costas, podemos nacer de nuevo al igual que Gonzalo.3 En el caso nuestro, descubrimos una nueva familia a la que podemos pertenecer, y decidimos formar parte de ella. Adoptamos nuevos valores y una nueva cultura, y cambiamos a tal grado que ya no somos los mismos de antes.4 Esa familia espiritual es la familia de Dios. Al unirnos a ella, adoptamos a Dios como nuestro Padre, y a sus hijos como nuestros hermanos, los únicos en la vida que nosotros mismos podemos escoger.5 Permitamos que Dios nos conquiste como hijos suyos, y de nosotros se dirá que somos conquistadores conquistados por el Padre celestial.

Eduardo Galeano, Memoria del fuego I: Los nacimientos, 18a ed. (Madrid: Siglo XXI Editores, 1991), p. 112-13.
2 Ap 21:4
3 Jn 3:3‑13
4 Ro 12:2
5 Jn 1:12 

http://www.conciencia.net/

Qué significa amar el dinero

JULIO, 25

Qué significa amar el dinero

Devocional por John Piper

Porque la raíz de todos los males es el amor al dinero. (1 Timoteo 6:10)

¿Qué quiso decir Pablo cuando escribió esto? No pudo haberse referido a que el dinero siempre está en nuestra mente cuando pecamos. Cometemos muchos pecados sin estar pensando en el dinero.

Mi interpretación es la siguiente: él se refería a que todos los males del mundo vienen de un cierto tipo de corazón, específicamente, el tipo de corazón que ama el dinero.

Ahora bien, ¿qué significa amar el dinero? No es admirar el papel color verde o las monedas de cobre o los siclos de plata. Para entender qué significa amar el dinero, debemos preguntarnos: ¿qué es el dinero? Yo respondería esa pregunta así: el dinero es simplemente un símbolo que representa recursos humanos. El dinero representa lo que podemos conseguir de los hombres y no de Dios.

Dios trabaja con la moneda de la gracia, no con el dinero: «Todos los sedientos, venid a las aguas; y los que no tenéis dinero, venid, comprad y comed» (Isaías 55:1). El dinero es la moneda de recursos humanos. Por lo tanto, el corazón que ama el dinero es el que pone sus esperanzas y pone su confianza en lo que los recursos humanos pueden ofrecer, y persigue sus placeres.

Así que el amor al dinero es prácticamente lo mismo que poner la fe en el dinero, es decir, tener la convicción (confianza, esperanza, seguridad) de que el dinero suplirá nuestras necesidades y nos hará felices.

El amor al dinero es la alternativa a la fe en la gracia venidera de Dios. El amor al dinero es la fe en los recursos humanos venideros. Por lo tanto, el amor al dinero, o la confianza en el dinero, es la otra cara de la incredulidad en las promesas de Dios. Jesús dijo en Mateo 6:24: «Nadie puede servir a dos señores… No podéis servir a Dios y a las riquezas».

No podemos confiar en Dios y en el dinero al mismo tiempo. Creer en uno es desconfiar del otro. El corazón que ama el dinero —que apuesta su felicidad al dinero— no está apostando a la gracia venidera de Dios para su satisfacción.


Devocional tomado del libro “Future Grace” (Gracia Venidera), página 323-324   

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