Cuidado con los falsos profetas

Cuidado con los falsos profetas

8/15/2017

Se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y harán señales y prodigios, para engañar. (Marcos 13:22)

Ha habido falsos profetas desde principios de la historia redentora (vea Dt. 13:1-5), y siempre encuentran quienes los oigan. En su sermón del Olivar, Jesús advirtió: “Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre… y a muchos engañarán” (Mt. 24:4-5). Años después el apóstol Juan les dijo a sus lectores que “muchos engañadores han salido por el mundo” (2 Jn. 7).

Los falsos profetas siempre han disfrutado de algún grado de popularidad porque muchas personas no quieren oír la verdad. Así que Juan exhortó a todos los creyentes: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Jn. 4:1).

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Para lo que fuimos creados

AGOSTO, 15

Para lo que fuimos creados

Devocional por John Piper

Porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios. (1 Pedro 3:18)

El evangelio es disfrutar de la comunión con Dios mismo. Esto está explícito en 1 Pedro 3:18 en la frase «para llevarnos a Dios».

Todos los demás regalos del evangelio existen para que éste sea posible.

• Recibimos el perdón para que nuestra culpa no nos mantenga alejados de Dios.

• Recibimos la justificación para que nuestra condenación no nos mantenga alejados de Dios.

• Recibimos vida eterna ahora, con cuerpos nuevos en la resurrección, para que tengamos la capacidad de disfrutar a Dios al máximo.

Prueben su corazón. ¿Para qué quieren el perdón? ¿Por qué quieren ser justificados? ¿Para qué quieren la vida eterna? ¿Es la respuesta decisiva «porque quiero disfrutar a Dios»?

El amor que Dios nos ofrece en el evangelio es básicamente el regalo de sí mismo. Para esto fuimos creados. Esto es lo que perdimos por nuestro pecado, y esto es lo que Cristo vino a restaurar.

«En tu presencia hay plenitud de gozo; en tu diestra, deleites para siempre» (Salmos 16:11).


Devocional tomado del sermón “Dios en Cristo: El Precio y Premio del Evangelio”

«Y os daré un corazón de carne».

15 de agosto

«Y os daré un corazón de carne».

Ezequiel 36:26

Un corazón de carne se conoce por su sensibilidad con respecto al pecado. El haber tolerado un pensamiento impuro, el haber permitido (siquiera por un momento) un mal deseo, es más que suficiente para hacer que el corazón de carne se apesadumbre delante del Señor. Para el corazón de piedra, una gran iniquidad es como una nonada; pero no acontece así con el corazón de carne.

Si me descarrío a diestra o a siniestra,

repréndeme, Señor;

quiero deplorar mi vida extraviada

que agravió tu amor.

El corazón de carne es sensible a la voluntad de Dios. Mi señor Voluntad Propia es un gran fanfarrón: resulta difícil sujetarlo a la voluntad de Dios, pero cuando se nos da un corazón de carne, la voluntad se mueve como un álamo cimbreante con cada soplo del Cielo, y se inclina como un sauce ante cualquier brisa del Espíritu de Dios. La voluntad natural es fría, dura como el hierro que no se puede forjar; pero la voluntad renovada, como el metal fundido, está pronta a dejarse moldear por la mano de la gracia. El corazón de carne se caracteriza por la sensibilidad de los sentimientos. El corazón duro no ama al Redentor, pero el renovado arde en amor por él. El corazón duro es egoísta y dice fríamente: «¿Por qué tengo que llorar por el pecado? ¿Por qué debo amar al Señor?». Pero el corazón de carne dice: «Señor, tú sabes que yo te amo; ayúdame a amarte más». Muchos son los privilegios de este corazón renovado: «Es en él donde el Espíritu habita; es en él donde Jesús descansa». Ese corazón está en condiciones de recibir toda bendición espiritual y toda bendición llega hasta él. Está preparado para producir toda clase de frutos celestiales para honra y alabanza de Dios; por eso el Señor se complace en él. Un corazón sensible es la mejor defensa contra el pecado y la mejor preparación para el Cielo. Un corazón renovado está en su atalaya aguardando la venida del Señor Jesús. ¿Tienes tú ese corazón de carne?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 238). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

El precio amargo de un pecado escondido

15 Agosto 2017

El precio amargo de un pecado escondido
por Charles R. Swindoll

Salmos 32

La celebración de David del perdón de Dios da un giro macabro cuando él recuerda su angustiado pasado. Quizás acompañado por una nota musical sombría, David recuerda los días de miseria que él pasó en el aislamiento de su pecado escondido.

Reflexión de los pecados pasados

Mientras callé se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día.
Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano;
mi vigor se convirtió en sequedades de verano.

ei pecado te declaré
y no encubrí mi iniquidad.
Dije: “Confesaré mis rebeliones al Señor”.
Y tú perdonaste la maldad de mi pecado (vv. 3-5).

David nos lleva a aquellos días trágicos cuando rehusaba reconocer su maldad (vv. 3-4). Estas asombrosas estrofas describen lo que ocurría dentro del compositor durante sus días de tormento al no confesar su pecado. David admite que «callar» su pecado le costó caro. Él tuvo que pagar un precio amargo por preservar su secreto. El conflicto interno le causó una enfermedad psicosomática. Su mente atormentada, llena de conflictos emocionales y mentales eran consecuencia de rehusar enfrentarse de manera completa y honesta al pecado y esto terminó causándole varias enfermedades físicas.

Su cuerpo «envejeció».
Gemía «todo el día».
Tenía que sufrir «de día y de noche».
Su vigor «se secó».
Tenía fiebre como las «sequedades del verano».

Abruptamente, David añade «Selah «. Haga una pausa y considere lo leído.

Obviamente, durante este periodo miserable, la mano de Dios había caído sobre él. Proverbios 13:15 dice: «El camino de los traicioneros es duro». Al igual que un árbol que está intentando sobrevivir sin el agua de la lluvia, David se sentía sumamente miserable y espiritualmente estéril en este estado pecaminoso.

Finalmente, David encuentra alivio mediante la confesión (Salmo 32: 5).

Abiertamente habla de su condición pecaminosa. Note el ascenso:
Y tú perdonaste la maldad de mi pecado. Selah
Confesaré mis rebeliones al Señor.
No encubrí mi iniquidad.
Reconocí mi pecado.

Así como una ducha fría en un día caluroso, el perdón de Dios lavó los pecados de David y también silenció su culpabilidad tormentosa. El Señor penetró en las profundidades del interior del poeta para proveerle el alivio maravilloso que solo Él puede dar: PAZ.  Dios le perdonó completamente porque David confesó su pecado completamente.

Si usted está ocultando algún pecado, si sigue manteniendo áreas secretas de maldad, no espere vivir libre de la culpabilidad. Existe un principio que aparece en las páginas de Escritura como si fuera un hilo invisible: un pecado escondido no puede coexistir con la paz interna. Pocos afanes son más mortificantes que una conciencia atormentada. Es algo terrible. En contraste, pocas alegrías son más emocionantes que recibir el perdón de pecados.

Afirmando el alma
La confesión comienza cuando admitimos completamente la verdad con nosotros mismos. Si usted ha estado luchando con un pecado oculto, escríbase una carta asimismo mencionando tal actividad pecaminosa, describa su efecto en su vida y anticipe las consecuencias potenciales del futuro si sigue haciéndolo. Luego, en oración, presénteselo a Dios.

Adaptado del libro, Viviendo los Salmos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2013). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright
© 2017 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

¡A Dios nunca le hace gracia que se le trate con desdén!

15 AGOSTO

1 Samuel 5–6 | Romanos 5 | Jeremías 43 | Salmo 19

A Dios nunca le hace gracia que se le trate con desdén, ni que ignoren o desafíen sus instrucciones explícitas. Porque, en esos casos, él no sería Dios.

Dios es muy capaz de defenderse. En 1 Samuel 5–6, el relato que se va desarrollando logra ser tan comedido precisamente porque para el lector es tan evidente como para los filisteos, que Dios mismo está detrás de las enfermedades trágicas y las muertes que estaban sufriendo. Las sorpresas comenzaron con la caída de su dios pez, Dagón. Pronto propagó una plaga de ratas, una epidemia de tumores, el aumento en muertes—y no sólo en la ciudad de Asdod, a donde se llevó originalmente el arca del pacto, sino a otras ciudades a las cuales se transportaba—Gat y Ecrón. Se desató el pánico.

Si bien, todos los fenómenos que experimentaron los filisteos pudieron haber sido naturales, ellos no lo pensaron así, por supuesto; pero aún así, era difícil estar seguros Así que los sacerdotes filisteos inventaron una prueba tan en contra de la naturaleza, que si funcionaba, el pueblo quedaría convencido de que lo que estaban sufriendo provenía de la mano del “Dios de Israel” (6:5, 7–9). Separaron a las vacas de sus becerros y siguieron al lado del carro hasta Bet-Semes, en el lado de Israel: Dios mismo le sigue el juego a sus supersticiones y temores.

Mientras los israelitas se regocijaban por el regreso del arca del pacto, Dios atacó a algunos de los hombres de Bet-Semes e hizo morir a setenta de ellos por haber mirado dentro del arca del Señor (6:19). No hay razón para pensar que esto sucedió instantáneamente. Si uno hubiera echado un vistazo dentro del arca y hubiera caído muerto al instante, los demás no hubieran tenido tantas ganas de hacerlo. No se nos insinúa que una luz consumidora y cegadora surgió de la caja abierta y derritió la piel de la gente, como si fuera una película de Indiana Jones. Más bien, setenta hombres de Bet-semes miraron dentro del arca (lo cual, desde luego, estaba prohibido so pena de muerte) y seguramente vieron lo que había allí: las tablas de piedra (aparentemente, habían desaparecido la vasija de maná viejo y la vara de Aarón que había florecido, tal vez sacados por los filisteos). Luego comenzaron las muertes, todas prematuras, por el medio que fuera, y el único elemento común era que ocurrieron entre los hombres que habían mirado dentro del arca. “El Señor es un Dios santo. ¿Quién podrá presentarse ante él?” preguntó el pueblo (6:20). Esto lo dijeron sin intención de aprender el camino de la santidad, sino para deshacerse del arca, justamente el mismo patrón que se siguió en las ciudades paganas.

Dios no aceptará que se le trate con desprecio, ni permitirá que su pueblo del pacto ignore sus palabras para siempre.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 227). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Le dije no a Dios

He visto todas las obras de Dios, que el hombre no puede alcanzar la obra que debajo del sol se hace; por mucho que trabaje el hombre buscándola, no la hallará; aunque diga el sabio que la conoce, no por eso podrá alcanzarla.

Eclesiastés 8:17

Le dije no a Dios

Jean Rostand declara en su libro «Inquietudes de un biólogo»: «Cuanto menos creemos en Dios, mejor comprendemos que otros crean». Y en cuanto al tema de la fe, en el mismo artículo declara: «Me hago la pregunta cada día, sin cesar… Dije no a Dios afirmando las cosas un poco brutalmente, pero a cada paso la pregunta resurge. Me pregunto: ¿Es posible? Con respecto al azar, por ejemplo, me repito: no puede ser el azar el que combine los átomos. Pero entonces ¿cómo es posible?…

Biológicamente me parece difícil explicar incluso una flor mediante el azar. Me falta algo… siempre aparece la misma cadena de preguntas. Les doy vueltas… Estoy obsesionado, sí, obsesionado, si no es por Dios, por lo menos lo es por el no-Dios».

Apreciamos la sinceridad del científico y deploramos su rechazo a introducir a Dios en su pensamiento. Trata de buscar por sí mismo el gran misterio de la vida, ¡y es en vano! Se queda con las preguntas que no le dan ninguna paz. Pero, incluso si hubiese aceptado que Dios llamó todas las cosas a la existencia, sacando los mundos de la nada, todavía no conocería al Dios Salvador. Y la obra de la salvación a favor de cada una de sus criaturas es tan incomprensible como la obra de la creación: Dios dio a su Hijo para salvar a seres moralmente miserables como nosotros. ¿Puede haber algo más grande?

Dios “hace cosas grandes e incomprensibles, Y maravillosas, sin número” (Job 9:10).

1 Crónicas 28 – Lucas 21:25-38 – Salmo 94:16-23 – Proverbios 21:15-16

Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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