El don más importante

El don más importante

7/7/2018

 

Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor. (1 Corintios 13:13)

Si usted es cristiano, el amor es más importante que cualquier don espiritual que tenga. Por lo tanto, no es nada sorprendente que la Biblia diga que el primer “fruto del Espíritu es amor” (Gá. 5:22). Y tiene sentido que por nuestro amor a los demás cristianos “conocerán todos que sois mis discípulos” (Jn. 13:35).

El amor genuino es tan importante para la vida cristiana que, si usted dice que sigue a Jesucristo, debe mostrar tal amor para que sea válida su profesión de fe (1 Jn. 3:14).

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Cuando otro cristiano nos ofende

JULIO, 07

Cuando otro cristiano nos ofende

Devocional por John Piper

No hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús. (Romanos 8:1)

¿Cuál es la razón por la que no le guardamos rencor a un hermano o hermana que se arrepiente?

Nuestra indignación moral ante una ofensa terrible no se evapora solo porque el ofensor sea cristiano. Es más, podemos sentirnos aún más traicionados. Y muchas veces un simple «lo siento» puede parecer desproporcionado al dolor y a la fealdad de la ofensa.

Pero en este caso estamos lidiando con compañeros cristianos y la promesa de la ira de Dios no aplica porque «no hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1). «Porque no nos ha destinado Dios [a los cristianos] para ira, sino para obtener salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tesalonicenses 5:9).

¿Adónde iremos para asegurarnos que se haga justicia y que el cristianismo no es una burla hacia la seriedad del pecado?

La respuesta está en mirar a la cruz de Cristo. Todas las faltas que otros creyentes hayan cometido contra nosotros fueron vindicadas en la muerte de Jesús. Esa es una implicancia de la simple y asombrosa verdad de que todos los pecados de todos los hijos de Dios fueron puestos sobre Jesús (Isaías 53:61 Corintios 15:3, etc.).

El sufrimiento de Cristo fue la recompensa que Dios recibió por cada daño que me haya hecho un hermano cristiano. Por lo tanto, el cristianismo no trata al pecado con liviandad. No añade insulto a nuestro daño.

Por el contrario, toma el pecado contra nosotros tan seriamente que, para hacer justicia, Dios dio a su propio Hijo para que sufriera mucho más de lo que podríamos hacer sufrir a otra persona por lo que nos haya hecho a nosotros.


Devocional tomado del libro “Future Grace” (Gracia Venidera), página 268

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Josué 9 | Salmos 140–141 | Jeremías 3 | Mateo 17

7 JULIO

Josué 9 | Salmos 140–141 | Jeremías 3 | Mateo 17

Cuando los autores humanos de la Biblia escribieron las Escrituras, lo más habitual era que hubiesen leído lo que ya se había escrito de las mismas y meditado en ello. Así pues, los primeros escritores del Nuevo Testamento leían constantemente lo que llamamos Antiguo Testamento, citándolo también y haciendo alusiones al mismo, mientras que los más tardíos recurrían al menos a algunos de los primeros libros de aquel (considérese 2 Pedro 3:15–16), algo que se daba de forma parecida en el Antiguo Testamento.

Es muy probable que Jeremías, un profeta del siglo VI a. C., hubiese leído la obra de Oseas, que vivió en el VIII a. C., y reflexionado en ella. El libro de Oseas desarrolla ampliamente la analogía entre Israel y una prostituta: la apostasía es una forma de prostitución espiritual. Esta historia terrible, pero reveladora, se puede entender de muchas maneras, principalmente a través del amor excepcionalmente fiel de Dios por su novia prostituida. Jeremías toma algunos elementos de este tema y los desarrolla (sobre todo en Jeremías 3).

El primer versículo alude a Deuteronomio 24:1–4, donde se establece que, si una mujer se divorcia y se casa con otro, no puede divorciarse del segundo para volver con el primero. Tristemente, el pueblo de Judá se había “prostituido con muchos amantes” (3:1) y ahora pretenden volver al Señor como si no hubiese problema. Creen que pueden entrar tranquilamente en la presencia del Señor y orar con nostalgia: “Padre mío, amigo de mi juventud, ¿vas a estar siempre enojado? ¿Guardarás rencor eternamente?”. Lo dicen como si acercarse a este Dios tremendamente ofendido se tratara de un asunto fácil, como si las consecuencias fuesen inevitables, como si las dificultades que se presentasen recayesen en Dios y su ira inflexible. Sin embargo, la perspectiva del Señor es bastante diferente. Él comenta tranquilamente: “Mientras hablabas, hacías todo el mal posible” (3:5). Pretender estar arrepentidos, las promesas de lealtad y las bonitas alusiones a una relación pasada no significan nada para Dios en comparación con la actitud presente. La palabrería religiosa esconde, con frecuencia, no solo una conducta impía, sino también en deseo secreto de hacer el mal (3:5), aunque la persona que actúa así está normalmente tan ciega que no puede catalogarlo como tal.

El reino norteño de Israel cayó en el adulterio espiritual y Dios le dio “carta de divorcio” (3:6–8), lo envió al exilio en 722 a. C., bajo el rey asirio Sargón II. Su hermano Judá no aprendió nada de este ejemplo: un siglo más tarde hizo lo mismo, pero incluso con menos excusa esta vez, después de ver lo que le había acontecido a Israel (3:9ss.).

¿Hasta qué punto el mundo evangélico contemporáneo está vendiendo el Evangelio, y no ha aprendido nada de la zozobra parecida por el confesionalismo protestante cien años atrás?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 188). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡Vale la pena creer!

Sábado 7 Julio

(Jesús les dijo:) Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores.

Marcos 2:17

¡Vale la pena creer!

–Buenos días, Andrés, ¿cómo estás?

–Ah, todo va bien desde que abandoné la amable fe de la casa paterna…

Así respondió este joven, con ironía, a un amigo mayor que él.

–Vivo sin obligaciones, soy independiente. No quiero perderme nada de la vida, disfruto de todo. Por fin puedo ser libre…

A este discurso lleno de euforia, el viejo amigo le respondió:

–Tengo que darte saludos de tu amigo médico.

–¿De quién hablas?

–De Isaías, el profeta de la Biblia. Este es su diagnóstico: “Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente” (Isaías 1:5).

En el ámbito espiritual, estás a punto de sufrir un infarto. A los ojos de Dios, tu nueva forma de pensar, tus objetivos, tu vida, muestran que, para él, estás tan enfermo que vas a morir. ¡Pero nunca olvides, Andrés, que Dios te ama!

Algunas semanas más tarde los dos amigos se volvieron a encontrar.

–Juan, tengo que decirte algo de parte del médico Isaías, dijo Andrés.

–Dime…

–Isaías dice: “El castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). Esto fue lo que me sucedió. Creía que era libre… Luego tuve una gran lucha dentro de mí: ¿por qué camino andaba, por el de la vida o el de la muerte?… El Salvador de los pecadores, Jesucristo, es ahora mi Salvador. ¡Vale la pena creer!

Números 17 – Lucas 1:1-25 – Salmo 79:8-13 – Proverbios 18:23-24

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