El joven rico

El joven rico

8/6/2018

¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas! (Lucas 18:24)

Cuando el joven rico le preguntó a Jesús respecto a la salvación, nuestro Señor probó de inmediato su disposición a dejarlo todo y a seguirlo: “vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme” (Lc. 18:22). Cuando el joven rico no prestó atención a las palabras de Jesús, demostró que no estaba dispuesto a someterse al señorío de Cristo.

El que quiera aceptar la salvación debe rendir el control de su vida al Salvador. Eso significa estar dispuesto a abandonarlo todo para seguirlo, o estar contento con todo lo que le ha dado, sabiendo que puede soberanamente darle más cuando le sirve.

La salvación es cambiar todo lo que usted es por todo lo que Cristo es. Por lo tanto, la fe salvadora no es simplemente un acto mental; ella calcula el costo (Lc. 14:28) y humildemente clama a Dios como hizo el publicano en Lucas 18:13: “Dios, sé propicio a mí, pecador”.

¿Tiene usted en cuenta el costo hoy y todos los días?

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Jesús pagó por nuestra perseverancia

AGOSTO, 06

Jesús pagó por nuestra perseverancia

Devocional por John Piper

Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que es derramada por vosotros. (Lucas 22:20)

Lo que este pasaje significa es que el nuevo pacto, prometido más explícitamente en Jeremías 31 y 32, fue asegurado y sellado por la sangre de Jesús. El nuevo pacto se cumple porque Jesús murió para establecerlo.

¿Qué nos asegura el nuevo pacto a todos los que pertenecemos a Cristo? Perseverancia en la fe hasta el final.

Observemos lo que dice Jeremías 32:40:

Haré con ellos un pacto eterno, por el que no me apartaré de ellos, para hacerles bien, e infundiré mi temor en sus corazones para que no se aparten de mí.

El pacto eterno —el nuevo pacto— incluye una promesa inquebrantable: «Infundiré mi temor en sus corazones para que no se aparten de mí». No podrán. No lo harán. Cristo selló este pacto con su sangre. Él compró nuestra perseverancia.

Si hoy están perseverando en la fe, se lo deben a la sangre de Jesús. El Espíritu Santo, quien está obrando en ustedes para preservar su fe, honra el pago de Jesús. Dios Espíritu obra en nosotros lo que Dios Hijo obtuvo para nosotros. El Padre lo planeó, Jesús lo compró, el Espíritu lo aplica: todos ellos obran con infalibilidad.

Dios está totalmente comprometido con la seguridad eterna de sus hijos comprados con su sangre.

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Jueces 20 | Hechos 24 | Jeremías 34 | Salmos 5–6

6 AGOSTO

Jueces 20 | Hechos 24 | Jeremías 34 | Salmos 5–6

En algunas ocasiones, un individuo o colectivo, hace voto de reformarse y dedicarse a agradar a Dios movido por la desesperación. Cuando la presión se relaja, rescinde su promesa y retorna a su pecado egoísta. Su volubilidad se pone de manifiesto. El juicio o desastre que los amenaza no les enseña realmente los caminos de la justicia ni a volverse del pecado. Simplemente quieren alivio y, si un voto delante del Señor puede lograrlo, entonces lo harán. Sin embargo, este hecho no significa que vayan a intentar cumplirlo.

Este es el tipo de drama patético que se desarrolla en Jeremías 34. Nabucodonosor se encuentra a las puertas de Jerusalén (34:1). La desesperación absoluta del rey Sedequías le empuja a llegar a un acuerdo con el pueblo para dejar libres a todos los esclavos (34:8). El pacto mosaico había mejorado en gran manera las condiciones de los esclavos limitando la servidumbre a seis años (34:14; Éxodo 21:2; Deuteronomio 15:1, 12). Una serie de profetas (Amós, Oseas, Isaías, Miqueas) criticó duramente al pueblo por su crueldad, por su desafío mercenario de la ley de Dios, especialmente en materia de esclavitud. Ahora, Sedequías dirige a los jerosolimitanos en esta importante reforma.

Otras fuentes (véase meditación del 9 de agosto) nos indican que al ejército de Babilonia le llegaron noticias de un avance de fuerzas egipcias hacia Jerusalén para liberarla. Hasta donde sabemos, esa información no era cierta. No obstante, los babilonios se retiraron para hacer frente a esta nueva amenaza procedente del sur. Los ciudadanos de Jerusalén debieron pensar que se trataba de un rescate milagroso. De forma estúpida, pecaminosa y malvada, los antiguos amos “se retractaron y volvieron a someter a esclavitud a los que habían liberado” (34:11). Así pues, su verdadero corazón queda totalmente al descubierto.

Inevitablemente, las fuerzas babilónicas descubren que no existe amenaza alguna de Egipto y el asedio se reanuda. Esta vez no hay esperanza. ¿Quién creerá ahora cualquiera de sus actos de “arrepentimiento”? Dios declara: “Pero ahora os habéis vuelto atrás y habéis profanado mi nombre. Cada uno ha obligado a sus esclavas y esclavos que había liberado a someterse de nuevo a la esclavitud” (34:16). No han proclamado liberación para sus “hermanos” (34:17). Por tanto, la única “libertad” que experimentarán es la de morir a espada, por la peste y el hambre (34:17).

¿Qué esperanza hay para las personas que montan un espectáculo de “arrepentimiento” calculado para obtener misericordia, pero que vuelven a su vómito como el perro y al fango como el cerdo (2 Pedro 2:20–22)?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, pp. 218–219). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Tiene a alguien?

Lunes 6 Agosto

Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien…

Juan 5:7

(Jesús dijo:) Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Mateo 28:20

¿Tiene a alguien?

«No tengo a nadie que venga a verme», piensa esa señora mayor, aislada. «No tengo a nadie que pueda comprender mi sufrimiento», se dice ese joven después de una decepción amorosa. «No tengo a nadie con quien hablar», se queja otra persona que debido a su trabajo tuvo que viajar lejos de su hogar.

«No tengo a nadie»… Esta queja, expresada o no en voz alta, traduce lo que muchos sienten en un mundo individualista y egoísta. ¡Qué contraste con lo que Dios promete a los que creen! La Biblia nos habla de Jesucristo que nos hizo aceptos ante Dios mediante el sacrificio de su propia vida. Nosotros «lo tenemos», y él está con nosotros.

– Puede comprendernos: no solo nos conoce porque nos creó, sino que también sufrió en la tierra. ¿Quién, pues, podría comprendernos mejor que él en nuestras dificultades?

– Es perfecto: no puede engañarnos ni decepcionarnos.

– Es poderoso: mediante su palabra detuvo la tempestad (Lucas 8:24), resucitó muertos (Juan 11:43-44).

– Está cerca de nosotros: por la fe podemos experimentar la realidad de su presencia a nuestro lado.

– Está atento: conoce nuestras necesidades mejor que nosotros mismos y desea cuidar a los suyos.

¡Así es! Si conocemos a Jesucristo como nuestro Salvador, ¡tenemos a alguien que nos acompaña en todas las circunstancias de nuestra vida! ¡Lo tenemos a él!

Y usted, ¿forma parte de los que no tienen a nadie? ¡Acuda a Jesús, quien no lo dejará solo!

Jeremías 10 – Lucas 16 – Salmo 91:1-6 – Proverbios 20:27-28

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