¿Demasiado bueno para ser verdad?

¿Demasiado bueno para ser verdad?

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

Por Robert B Strimple

Nota del editor:Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Fui bautizado en 1935 y luego me criaron en una de las mayores denominaciones protestantes «principales». Pero a los doce años estaba tan decepcionado con los pastores que nos habían asignado, todos predicando el antiguo liberalismo tan popular en aquellos años, que les pregunté a mis padres si podía transferirme a la Iglesia presbiteriana ortodoxa local. Fui con su bendición, y el Señor me bendijo pronto con una fe bíblica cada vez más profunda.

A medida que examinamos la escena estadounidense actual, las iglesias principales, en lugar de volver definitivamente a la fe bíblica y abrazar el evangelio, simplemente han probado una sugerencia tras otra de «cómo atraer nuevos miembros» y posteriormente han visto cómo su membresía se reduce cada año. Y lo que es aun más triste para mí, el término «evangelicalismo» parece haber perdido todo significado. Las nuevas iglesias «emergentes» continúan llamándose evangélicas, pero para mi asombro han adoptado una teología de «relevancia cultural» que comparte mucho en común con el antiguo liberalismo de hace un siglo.

La mayoría de las iglesias evangélicas, por supuesto, todavía pretenden aferrarse al evangelio bíblico. Pero en lugar de predicar ese evangelio con gozo en toda su riqueza y en el poder del Espíritu Santo, demasiados asumen que sus oyentes ya aceptan ese evangelio y predican sermones sobre asuntos más «prácticos», como ser mejores cónyuges, padres, administradores del dinero, etc. La triste ironía es que sin una base firme en los fundamentos de nuestra fe cristiana, los oyentes de tales sermones no están logrando ni siquiera esos objetivos prácticos.

Hermanos y hermanas en Cristo, si nuestras iglesias han de ser verdaderamente gozosas y glorificar a Dios, creciendo tanto en fe como en número, el evangelio no debe ser asumido, debe ser predicado y creído (ver Ro 10:13-15). Ustedes, las ovejas por las cuales murió el Pastor, deben insistir a través de sus oficiales electos que el evangelio no sea asumido sino predicado en sus iglesias

Todos hemos visto las encuestas aterradoras. La más reciente que vi decía que los que profesaron ser cristianos eran el setenta y cinco por ciento de los llegaron a la edad adulta en la década de 1950 (esta es mi generación), el treinta y cinco por ciento de la siguiente generación (la de mis hijos) y, según proyecta este estudio en curso, será solo el quince por ciento de la generación que ahora está llegando a la edad adulta (la de mis nietos). Este estudio concluyó: «Los jóvenes de dieciocho años criados en la iglesia están rechazando su fe a un ritmo alarmante». ¿Cómo van a ser alcanzados y retenidos? Se les debe predicar el evangelio en el poder del Espíritu.

¿Por qué los llamados sermones de temas «prácticos» han reemplazado al evangelio? Permítanme sugerir lo siguiente: Marshall McLuhan, gurú canadiense de las comunicaciones de la década de 1960, el de la famosa frase de «el medio es el mensaje», declaró que «el problema de la iglesia es que el evangelio es una buena noticia en un mundo en el que las malas noticias son noticias». Pero el mensaje de la Biblia no solo es una buena noticia, ¡es una buena noticia milagrosa, que va más allá de nuestra imaginación! Y seamos realistas, esas noticias son más difíciles de creer que las noticias ordinarias y cotidianas sobre cómo mejorar las relaciones con el prójimo. Sí, el evangelio puede parecer demasiado bueno para creerlo. Pero debemos creer, porque la Palabra de Dios es verdadera y muchas evidencias lo atestiguan (He 2:3-4).

Los invito a leer de nuevo la maravillosa narración de Juan 11:17-45. La pregunta que nuestro Señor le dirigió a Marta, nos la dirige ahora a nosotros por medio de Su Espíritu: «¿Crees esto?» (v. 26). Que el Espíritu nos capacite a cada uno de nosotros para responder como lo hizo Marta: «Sí, Señor; yo he creído».

¿Qué tan perspicaz es la respuesta de Marta? Jesús ha hecho una afirmación impensable, impensable en labios de cualquiera, a menos que sea Dios mismo: «Yo soy la resurrección y la vida» (v. 25). Luego le pregunta: «¿Crees esto?». Y Marta responde: «Sí, Señor; yo he creído que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, o sea, el que viene…». Marta vio correctamente la resurrección como el gran acto venidero de salvación de Dios. Ella sabía que la resurrección tendría lugar «en el día final» (v. 24). Pero ahora cae sobre ella la verdad adicional de que aquí ante ella está quien es Él mismo el gran acto final de salvación de Dios, ¡y Él ya ha venido! Aquí está el que prometió venir al mundo y marcar el comienzo de un nuevo mundo, de una nueva era. La resurrección, el don de la vida: esta es la obra del Mesías. «Sí, Señor, creo que la vida está disponible ahora mismo, en ti», es lo que dice Marta en realidad, porque «tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, o sea, el que viene al mundo».

Pero tenemos más que el testimonio autoritativo de Jesús con respecto a Su poder de dar vida. También tenemos la señal autoritativa que Él obró. Jesús gritó: «¡Lázaro, sal fuera!», y el que había muerto en verdad salió (vv. 43-44). Jesús ejerció el poder de la resurrección. Y así Él se manifestó, tanto en obras como en palabras, como el Salvador verdadero y final, el Cristo, el Hijo de Dios.

Albert Camus, el novelista francés, ateo y existencialista, tan popular entre los estudiantes universitarios en mi época, hace que su héroe en La peste diga en un momento: «Salvación es una palabra demasiado grande para mí. No apunto tan alto». ¡Pero no es demasiado alto o maravilloso para Jesús! Las buenas noticias de la vida de la resurrección eterna en Jesús no son demasiado buenas para ser verdad. Nuestro Señor mismo dice: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en Mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert B Strimple
El Dr. Robert B. Strimple es presidente emérito y profesor emérito de Teología sistemática en el Westminster California. Es autor de The Modern Search for the Real Jesus [La búsqueda moderna del verdadero Jesús].

Engaño

Martes 20 Septiembre
Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana.
Santiago 1:26
Nadie os engañe en ninguna manera.
2 Tesalonicenses 2:3
Engaño
En la Biblia, las palabras “engañar” y “engaño” tienen el sentido de “seducir o desviar a alguien de su objetivo”. Dios nos invita a no dejarnos seducir por la ilusión y la mentira que nos prometen una felicidad sin Dios. Podemos ser engañados por:

 – Las cosas materiales. Uno de los objetivos de la publicidad es producir el deseo de poseer lo que no tenemos, y lo cual no necesitamos realmente. El Señor nos pone en guardia contra el engaño de las riquezas que “ahogan la palabra” (Marcos 4:19), que impiden escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica.

 – Las personas. No se trata de desconfiar sistemáticamente, pues debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (mandamiento de la ley de Moisés, recordado siete veces en el Nuevo Testamento). Sin embargo, debemos velar para no dejarnos arrastrar al mal por algún compañero, para no escuchar la adulación de un colega, para no ceder a la insistencia de un cristiano que quisiera hacernos participar de opiniones que no son conforme a la Biblia.

 – El diablo. El apóstol Pablo dice a los creyentes: “Temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados” (2 Corintios 11:3).

 – Nosotros mismos. Es el engaño más sutil. Pablo dice: “El que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña” (Gálatas 6:3).

¿Cómo mantenerse alerta y no dejarse seducir? Buscando la verdad en la Palabra de Dios, que nunca nos engaña, y dejándonos guiar por el Espíritu Santo.

Jeremías 50:21-46 – 2 Corintios 9 – Salmo 106:24-27 – Proverbios 23:23

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¿Es bíblica la enseñanza “declárelo – reclámelo”?

«El declárelo y reclámelo» o el «evangelio de la prosperidad» no es bíblico y, es en cierto modo la antítesis del verdadero mensaje del evangelio y a la clara enseñanza de las escrituras. Aunque hay muchas versiones diferentes de la filosofía que se predica hoy en día del declárelo y reclámelo, todas tienen características similares. En el mejor de los casos, esta enseñanza proviene de la tergiversación y la mala interpretación de algunas escrituras y, en el peor de los casos, es una enseñanza completamente herética que tiene características de una secta.

Las raíces del movimiento de la palabra de fe y el mensaje de declárelo y reclámelo tienen más en común con la metafísica de la nueva era que con el cristianismo bíblico. Sin embargo, en lugar de crear nuestra realidad con nuestros pensamientos, como orientan los proponentes de la nueva era, los maestros del declárelo y reclámelo nos dicen que podemos utilizar el «poder de la fe» para crear nuestra propia realidad o conseguir lo que queremos. En el fondo, la fe se ha redefinido desde «una confianza en un Dios santo y soberano a pesar de nuestras circunstancias» hasta «una manera de controlar a Dios para darnos lo que queremos». La fe se convierte en una fuerza que nos permita conseguir lo que queremos, en lugar de una inquebrantable confianza en Dios, incluso en tiempos de tribulaciones y sufrimientos.

Hay muchas áreas donde el declárelo y reclámelo se desvía del cristianismo bíblico. La enseñanza realmente exalta al hombre y su «fe» por encima de Dios. De hecho, muchos de los más extremos maestros de la palabra de fe enseñan que el hombre fue creado en términos de igualdad con Dios y que el hombre es de la misma categoría a la de Dios mismo. Esta peligrosa y herética enseñanza niega los principios básicos del cristianismo bíblico, razón por la cual los extremos promotores de la enseñanza del declárelo y reclámelo deben ser considerados como de una secta y no verdaderamente cristianos.

Tanto las sectas de la metafísicas y la enseñanza de declárelo y reclámelo distorsionan la verdad y abrazan la falsa enseñanza de que nuestros pensamientos controlan la realidad. Ya se trate del poder del pensamiento positivo, o el evangelio de la prosperidad, la premisa es la misma: lo que usted piense o crea que sucederá, en definitiva es lo que controla lo que va a suceder. Si usted tiene pensamientos negativos o carece de fe, va a sufrir o no va a obtener lo que desea. Pero por otro lado, si usted tiene pensamientos positivos, o simplemente tiene «suficiente fe», entonces usted puede tener salud, riqueza y felicidad ahora. Esta falsa enseñanza resulta atractiva a uno de los instintos más básicos del hombre, que es una de las razones por las cuales es muy popular.

Mientras que el evangelio de la prosperidad y la idea de controlar el futuro de alguien con sus pensamientos o su fe es atractiva para el hombre pecador, es insultante para un Dios soberano que se ha revelado a si mismo en las escrituras. En lugar de reconocer el poder soberano absoluto de Dios como se revela en la biblia, los seguidores del declárelo y reclámelo, abrazan a un dios falso que no puede operar independientemente de su fe. Presentan un punto de vista falso de Dios al enseñar que Él quiere bendecirlo con salud, riqueza y felicidad, pero que no puede hacerlo a menos que USTED tenga suficiente fe. Por lo tanto, Dios ya no está en el control, sino el hombre. Por supuesto, esto es totalmente la antítesis de lo que enseñan las escrituras. Dios no depende de la «fe» del hombre para actuar. En las escrituras vemos a Dios bendiciendo a quien Él elige para bendecir y sanando a quien Él elige para sanar.

Otro problema con la enseñanza de declárelo y reclámelo, es que fracasa al no reconocer que Jesús mismo es el mejor tesoro por el que vale la pena sacrificarlo todo (Mateo 13:44), y en su lugar ve a Jesús como poco más que una forma de conseguir lo que ahora queremos. El mensaje de Jesús para un cristiano es «niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?» (Mateo 16:24-26). Contraste eso con el mensaje del evangelio de la prosperidad. En lugar de ser un mensaje de abnegación, el evangelio de la prosperidad es un mensaje de auto-satisfacción. Su objetivo no es parecerse cada vez más a Cristo a través del sacrificio, sino en tener que lo que queremos aquí y ahora, contradiciendo claramente las palabras de nuestro Salvador.

La biblia enseña que «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución» (2 Timoteo 3:12), pero la enseñanza de declárelo y reclámelo es que cualquier sufrimiento por el que atravesemos es simplemente el resultado de una falta de fe. El evangelio de la prosperidad está completamente centrado en conseguir las cosas que el mundo nos ofrece, pero 1 Juan 2:15 nos dice que no debemos «amar al mundo, ni las cosas que están en el mundo» y, de hecho, las personas con una debilidad por las cosas del mundo, se convierten en enemigos de Dios (Santiago 4:4). El mensaje del evangelio de la prosperidad simplemente no puede ser más opuesto a lo que la biblia realmente enseña.

En su libro Su Mejor Vida Ahora, el maestro de la prosperidad Joel Osteen dice que la clave para una vida más gratificante, una mejor casa, un matrimonio más fuerte y un mejor trabajo, se encuentra en un «simple pero profundo proceso para cambiar la forma de pensar acerca de su vida y le ayuda a lograr lo que es verdaderamente importante». Qué tan diferente es eso de la verdad bíblica, de que esta vida ahora no se compara con la vida por venir. El mensaje del evangelio de la prosperidad se centra alrededor de los «tesoros» o cosas buenas que queremos y podemos tener ahora, mientras que Jesús dijo, «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Mateo 6:19-21).

Jesús no vino a darnos la salud, riqueza y felicidad ahora. Él vino a salvarnos de nuestros pecados, para que podamos tener una eternidad feliz con Él. Seguir a Cristo no es un medio para obtener todas las cosas materiales que el hombre desea en esta vida, sino la única forma de experimentar lo que es verdaderamente la vida, y hacerlo por toda la eternidad. Nuestro deseo no debe ser el tener nuestra mejor vida ahora, sino el tener la actitud del apóstol Pablo, que había aprendido a estar contento «cualquiera que fuera su situación» (Filipenses 4:11).

El factor miedo

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

El factor miedo
Por Keith A. Mathison

Nota del editor:Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Cuando me mudé al centro de Florida en 1992, me dijeron que esta parte del estado no había sido golpeada directamente por un huracán desde los años cincuenta. En ocasiones nos golpearon los bordes exteriores de algunos huracanes y tormentas tropicales, pero nada importante. Todo eso cambió en 2004, cuando esta pequeña parte del estado fue golpeada, no por uno, sino por tres fuertes huracanes en el corto espacio de seis semanas. El huracán Charley nos golpeó la noche del 13 de agosto. Tres semanas después nos golpeó el huracán Frances. Tres semanas después nos golpeó el huracán Jeanne. No fue un tiempo agradable para vivir en esta parte de Florida.

Hubo un efecto secundario en esa temporada de huracanes de 2004 que quizás debí anticipar, pero no lo hice. Tiene que ver con el efecto que tendría en nuestros meteorólogos locales. Al acercarse la temporada de huracanes de 2005, algunos de ellos enloquecieron. Si se me permite un poco de hipérbole, el informe meteorológico típico de ese año podría parafrasearse así: «Se ha formado una depresión tropical frente a la costa de África. Es probable que se convierta en un gran huracán. Probablemente va a golpearnos y probablemente todos vamos a morir». Ellos parecían tener un objetivo: crear un estado perpetuo de miedo y ansiedad. Dejé de verlos después de unas semanas y le pedí a mi esposa que solo me dijera si era necesario tapar las ventanas o evacuar.

Quienes hayan visto o leído las noticias en los últimos años probablemente hayan notado esta tendencia, independientemente del lugar donde se viva. Al ver las noticias lo suficiente comienza a desarrollarse un monólogo en tu mente: «La economía se derrumbará pronto, obstaculizando nuestra guerra contra los terroristas que están a punto de atacarnos de nuevo. Lo único que puede detenerlos es una pandemia de gripe aviar, gripe porcina o la peste negra, pero esta pandemia solo afectará a aquellos de nosotros que no hayan sucumbido ya a los efectos nefastos del cambio climático. Quédate en sintonía para un informe sobre qué producto alimenticio popular ha demostrado producir cáncer en ratas de laboratorio y chimpancés».

¿Cómo podemos lidiar con toda esta paranoia, miedo y ansiedad inducidos por los medios de comunicación? Un ejemplo en la historia de la iglesia resulta instructivo. San Agustín (354-430) vivió en una época de gran temor y ansiedad. Su mundo cambió dramáticamente en el año 410 d. C. cuando el bárbaro Alarico I entró en Roma. Fue el principio del fin de la mitad occidental del Imperio romano. Mientras los refugiados huían al norte de África, trayendo todo tipo de informes nefastos, Agustín se vio obligado a lidiar con varios problemas, ya que muchos llegaron a culpar al cristianismo de la caída de Roma. Su obra clásica La ciudad de Dios fue escrita para responder a esa crisis. Una de mis citas favoritas de este libro se refiere al temor de sus lectores. Anima a los cristianos que están rodeados de peligros por todas partes, diciendo: «Entre los peligros diarios de esta vida, cada hombre en la tierra está amenazado de la misma manera por innumerables muertes, y no se sabe cuál de ellas le llegará. Y por eso la cuestión es si es mejor sufrir una al morir o temerlas todas al vivir» (libro 1, cap. 11). Estas son las palabras de alguien que confía en la soberanía de Dios. Agustín sabía que no tenía sentido vivir temiendo a todos los peligros que le rodeaban. Sabía que Dios tenía el control y que ni un solo cabello podía caer de su cabeza si no era por la voluntad de Dios.

El mundo tiene miedo y está ansioso, pero ese miedo y ansiedad es por las cosas equivocadas. El mundo tiene miedo por la economía. El mundo tiene miedo por las finanzas de las pensiones. El mundo teme las catástrofes naturales y las provocadas por el hombre. El mundo tiene miedo del terrorismo y de las enfermedades. Sin embargo, el mundo no teme a Dios. Jesús nos dijo que no debemos temer a los que pueden matar el cuerpo, pero que no pueden matar el alma. En cambio, debemos temer a Dios, que puede destruir ambas cosas (Mt 10:28). La ira de Dios hace que todos los demás objetos de los temores del mundo parezcan nada en comparación. Lo verdaderamente aterrador es caer en las manos del Dios vivo (He 10:31).

Sin embargo, quienes han puesto su fe en Jesucristo no tienen nada que temer del hombre ni de cualquier otra cosa. Los que confían en Cristo no tienen nada que temer de los huracanes, las enfermedades, el colapso económico, la guerra, el hambre o incluso la muerte. Todas estas cosas están bajo el control de nuestro Padre soberano en el cielo. Por supuesto, decir esto es muy fácil, pero con demasiada facilidad quitamos nuestros ojos de Dios y solo vemos los peligros que nos rodean.

¿Hay algo que podamos hacer para combatir esta ansiedad y miedo mundanos? Creo que Pablo nos da una pista importante al contrastar el miedo con la oración. Él escribe: «Por nada estén afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús» (Fil 4:6-7). Descuidar la oración casi siempre se traduce en el aumento de nuestro miedo y ansiedad. Esto no es coincidencia. La oración es un acto de fe en Dios, y la fe en Dios conduce a la paz de Dios.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Keith A. Mathison
El Dr. Keith A. Mathison es profesor de teología sistemática en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de varios libros, entre ellos The Lord’s Supper: Answers to Common Questions [La Cena del Señor: respuestas a preguntas comunes].

El orgullo me había impedido arrepentirme

Lunes 19 Septiembre
¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?
Romanos 2:4
El orgullo me había impedido arrepentirme
Testimonio
“En mi infancia tuve una instrucción cristiana. Aparentaba ser un cristiano, incluso a los ojos de los creyentes. No me daba pena decir a mis amigos que yo era un cristiano evangélico; sin embargo, estaba perdido, lejos de Dios. A menudo, en la noche, tenía pesadillas que me aterrorizaban. La eternidad sin Dios me asustaba, porque yo sabía que era un pecador ante él y que él no llevaría pecadores al cielo. Con frecuencia reflexionaba sobre el sentido de la vida y llegaba a la conclusión de que yo llevaba una vida inútil. Y me decía: “¿De qué sirve esta vida? No tiene sentido porque todo pasa”. Nunca había tomado una decisión firme en mi corazón, pero la necesidad de creer en Cristo crecía en mí.

Y fue así como una tarde, después de haber escuchado una vez más la invitación a aceptar a Jesucristo como mi Salvador personal, convencido de ser un pecador, me arrepentí de mis pecados y creí en Cristo. Reconocí mis pecados y pedí perdón a Dios, rogándole que hiciera de mí su hijo. El orgullo que durante años me había impedido arrepentirme de mis pecados y humillarme delante de Dios fue vencido con su ayuda. Al instante sentí que un peso era quitado de mis espaldas; el gozo y la paz llenaron mi corazón; gustaba la bondad de Dios. A partir de ese momento estuve seguro de ser salvo.

Así comenzó mi vida en Cristo. El Señor estaba conmigo, fortaleciéndome en la fe”.

Giacinto B
Jeremías 50:1-20 – 2 Corintios 8 – Salmo 106:19-23 – Proverbios 23:22

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Palabras del evangelio: Ora a tu Padre (4)

Domingo 18 Septiembre
Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará.
Mateo 6:6
Palabras del evangelio: Ora a tu Padre (4)
Antes de subir al cielo, Jesús reveló a sus discípulos la relación nueva y maravillosa que ellos tenían ahora con Dios, basada en Su obra cumplida en la cruz. “Subo a mi Padre y a vuestro Padre” (Juan 20:17). Hechos hijos de Dios, podemos dirigirnos a él sin temor, con la certeza de ser escuchados.

“Ora a tu Padre”. Dejémonos tocar por esta palabra de Jesús. Él no nos dice: “Oren a Dios”, ni siquiera: “Ora a tu Dios”, sino: “Ora a tu Padre”. Para esto es necesario apartarnos, cerrar la puerta por un momento sobre nuestras vidas agitadas. Para uno será poner un poco a un lado su actividad profesional; para otro, apagar su teléfono móvil o su computador; y para cada uno, cerrar la puerta a los pensamientos que lo agitan.

Cerrar mi puerta para encontrar a mi Padre que está en lo privado. Él ve lo más profundo de mi corazón, mis heridas ocultas, mis penas, mis gritos silenciosos, y su mirada es una mirada de amor. La confianza en el amor de mi Padre es la base de toda oración.

Orar en lo secreto es orar con verdad, sin querer interpretar un personaje, pero pidiendo a Dios que nos dé la gracia de la humildad, del temor y de la confianza en su compañía.

“Y tu Padre… te recompensará”. Las recompensas de Dios a nuestras oraciones son innumerables. Cuando oramos, el Espíritu Santo nos comunica una paz profunda. En su presencia, nuestros miedos y nuestras lágrimas desaparecen para dar lugar al gozo de ser amados por nuestro Padre que está en los cielos.

Jeremías 49:23-39 – 2 Corintios 7 – Salmo 106:13-18 – Proverbios 23:19-21

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IDEOLOGÍA DE GENERÓ

Agustín Laje
Nació en la ciudad de Córdoba (Argentina) el 16 de enero de 1989. Desde muy joven comenzó a interesarse por las ideas políticas, convirtiéndose en columnista de importantes medios nacionales con solo 18 años. Es autor de los libros Losmitos setentistas (2011), Cuando el relato es una Farsa (2013) y su último trabajo se llama El libro negro de la Nueva Izquierda (2016), en coautoría con Nicolás Márquez. Es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Católica de Córdoba. Además, estudió contraterrorismo y combate contra el crimen organizado en el Center of Hemispheric Defense Studies, de la National Defense University en Washington DC. En 2020, se tituló como Máster en filosofía por la Universidad de Navarra. Ha sido premiado tanto en Argentina como en el extranjero numerosas veces.

Actualmente dirige el think tank «Fundación LIBRE». Sus columnas han sido publicadas en medios locales, nacionales e internacionales. Actualmente es columnista de La Gaceta de la Iberósfera, El American, PanamPost, AltMedia y El Liberal de España. Sus ensayos de filosofía política han sido premiados cinco años consecutivos en México por Caminos de la Libertad. Ha brindado conferencias en distintos países, tales como Uruguay, Argentina, Chile, Perú, Paraguay, Ecuador, Bolivia, México, El Salvador, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Guatemala, Puerto Rico, Estados Unidos y España.

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¿Quién fundó la iglesia de Cristo? ¿Jesucristo o los apóstoles?

Por: David Logacho

La palabra “iglesia” es la traducción de la palabra griega “ekklesía”, la cual significa “llamado afuera”. El significado de este término, tal como se utiliza en el Nuevo Testamento es doble. Se refiere a aquellos que son llamados afuera de entre las naciones como un pueblo para su nombre, los cuales constituyen “la iglesia” el cuerpo de Cristo.

En este sentido, es un organismo. También se refiere a aquellos que son llamados afuera de alguna determinada comunidad. Para poner en práctica los principios y preceptos de Cristo que aparecen en el Nuevo Testamento. Como un cuerpo de cristianos, en este sentido es una organización.

En cuanto a la iglesia como organismo, se le conoce como el cuerpo místico de Cristo. Del cual Él es la cabeza viviente y los creyentes regenerados son los miembros. El Nuevo Testamento describe a este cuerpo místico de Cristo a través de siete figuras, una de las cuales tiene que ver con lo que fue motivo de su consulta.

La figura del templo de Dios. Hablando de todos los creyentes, note lo que dice Efesios 2:20-22. “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas. siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.”

Según este pasaje bíblico, la iglesia de Cristo se describe como un templo para Dios. Este templo fué edificado sobre el fundamento de los apóstoles y profetas. Esto se refiere a los apóstoles y profetas del Nuevo Testamento, no se puede referir a los profetas del Antiguo Testamento. Porque a ellos no se les reveló absolutamente nada sobre la iglesia de Cristo. El texto no está diciendo que el fundamento de ese templo para Dios son los apóstoles y profetas. Lo que los apóstoles y profetas hicieron fue solamente poner el fundamento del templo para Dios.

El fundamento del templo para Dios es Jesucristo. Note lo que dice Pablo en 1 Corintios 3:11 hablando de los creyentes como templo o edificio para Dios. “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo”. Los apóstoles y profetas del Nuevo Testamento pusieron el fundamento que es Jesucristo por medio de enseñar sobre la persona y obra de Jesucristo.

Cuando Pedro confesó que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Jesús anunció que su iglesia se edificaría sobre esa roca, es decir sobre la solemne verdad que Jesús es el ungido de Dios y el único Hijo de Dios. El fundamento de todo edificio se pone una sola vez. Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto por los apóstoles y profetas, el cual es Jesucristo. Pero Jesucristo no sólo es el fundamento de este templo para Dios que es la iglesia de Cristo, Sino que también él es la principal piedra del ángulo.

Esto significa que Jesucristo ocupa el lugar de preeminencia en todo lo que es la iglesia de Cristo. Por el hecho que toda la estructura del edificio usa esta piedra como referencia, esta piedra reviste capital importancia para el edificio. Viene a ser así una figura apropiada de lo que es Jesucristo para su iglesia.

De modo que, el fundador y el fundamento de la iglesia de Cristo es Cristo mismo. Los apóstoles y profetas del Nuevo Testamento fueron los encargados de colocar este fundamento y una vez colocado nadie puede cambiarlo.

¡Tú no eres mi jefe!

Sábado 17 Septiembre
No sois vuestros… Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo.
1 Corintios 6:19-20
(El siervo hebreo dice:) Yo amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos, no saldré libre.
Éxodo 21:5
¡Tú no eres mi jefe!
¿Ha oído a un adolescente decir: Tú no eres mi jefe? ¡No solo los adolescentes detestan que les den órdenes! En algunas ocasiones esta reacción es sana porque siempre existe el riesgo de inclinarse servilmente delante de los que quieren dominar. Pero a menudo ella traduce el rechazo a la autoridad, y este es uno de los defectos del corazón orgulloso del hombre, desde la transgresión del mandato de Dios en el huerto del Edén.

“Tú no eres mi jefe”. Sin formularlo explícitamente, ¿no es, en el fondo, lo que decimos al Señor Jesús cuando lo excluimos de ciertas esferas de nuestra vida? Sin embargo, él es nuestro Señor, el Señor de toda nuestra vida.

La actitud del siervo en el libro del Éxodo (versículo citado en el encabezamiento) nos muestra cómo la sumisión y la libertad pueden ir a la par en la vida del creyente: “Yo amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos, no saldré libre”. ¿Qué hace libre al esclavo? El amor por su señor y por los suyos. Esta es exactamente la situación del creyente en sus relaciones con Dios y con Jesús, su Señor.

Cuanto más confiemos en Jesús, en su amor, en su perdón, más desearemos abrirle la puerta de nuestra vida. “Habéis obedecido de corazón”, escribió el apóstol Pablo a los romanos (Romanos 6:17). Su obediencia no era solo exterior, como cuando nos sometemos al Código civil, sino la respuesta de su corazón a Jesucristo, la respuesta de la fe. La verdadera obediencia cristiana es la libertad, ella trae reposo al alma.

Jeremías 49:1-22 – 2 Corintios 6 – Salmo 106:6-12 – Proverbios 23:17-18

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