2 Timoteo 4
Reina-Valera 1960
Predica la palabra
1 Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, 2 que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. 3 Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, 4 y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas. 5 Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio.
SALMO 27 «El SEÑOR es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?…» (Sal. 27:). Esperar es una virtud que muchas veces no es cultivada en el tiempo que vivimos. Vivimos en el tiempo de la comida rápida, de acceder a información en segundos, y de poder ir a otros continentes en pocas horas. En este momento que estamos enfrentado, la humani- dad ha sido llamada a esperar. Providencialmente el mundo se ha detenido y todos nuestros planes, metas y sueños se han detenido instantáneamente. En estos momentos somos llamados a poner en práctica nuestras creencias, a verdaderamente tener una absoluta confianza en Dios y aprender a esperar en Él, porque sabemos que Él es bueno.
Hay diferentes opiniones de cuándo escribió este salmo David. Lo que es claro en el mismo es que David muestra la respuesta piadosa de una persona que conf ía en Dios en momentos de dificultad. Este salmo nos debe ayudar tanto a prepararnos para el tiempo difícil, como para sostenernos en el tiempo difícil, ya que comparte ver- dades sobre quién es Dios y que su cercanía es nuestro sostén en tiempos devastadores. David comienza alabando a Dios por su obra redentora: El SEÑOR es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré? El SEÑOR es el baluarte de mi vida: ¿quién podrá amedrentarme? (v. 1). En estos momentos es importante que recordemos que Dios nos ha salvado. Nos ha salvado del pecado, de sus consecuencias y he- mos sido librados de la mayor demostración de Su ira. Básicamente sí, Dios nos ha salvado, y no tememos porque al que debemos de temer está de nuestra parte. Esta verdad debe ser suficiente para nosotros, calmar nuestras almas para dar paz y traer consuelo; Aquel que debemos temer es Aquel que nos salva. Y eso lleva al creyente a desear la cercanía de Dios. Ya no tenemos que temer al que debemos temer, pero algo más increíble es que podemos acercarnos a Él. No es que solamente me libre de Él, sino
que con un corazón lleno de fe podemos pedirle Su cercanía: Una sola cosa le pido al Señor, y es lo único que persigo: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y recrearme en su templo. Porque en el día de la aflicción él me resguardará en su morada; al amparo de su tabernáculo me protegerá, y me pondrá en alto, sobre una roca (vv. 4-5). El comienzo del versículo 4 siempre me sorprende, David pudo pedir muchas cosas y pidió una sola: estar en la casa del Señor. Él sabe que el lugar de protección es estando en la cercanía de Dios. En medio de este tiempo de espera, los animo a cultivar intimidad con Dios, sin olvidar que el templo del Señor se manifiesta en su expresión máxima en la tierra cuando todos juntos nos reunimos presencialmente como Iglesia. En este tiempo de angustia clamamos y pedimos a Dios que nos permita prontamente estar como Iglesia juntos, porque donde está Su pueblo ahí Dios habita. Al final, el salmista termina reconociendo que sin la cercanía de Dios no hubiera podido continuar:
Pero de una cosa estoy seguro: he de ver la bondad del SEÑOR en esta tierra de los vivientes. Pon tu esperanza en el SEÑOR; ten valor, cobra ánimo; ¡pon tu esperanza en el SEÑOR! (vv. 13-14). Por eso esperamos, en este tiempo donde estamos aislados, donde parece que el enemigo se está adelantando, esperamos en el momento que estemos junto al pueblo de Dios con Aquel que nos salvó. Solo esperamos por medio de Jesús, porque sin Cristo en lugar de salvación y esperanza, tendríamos juicio y desanimo.
Comprometer la verdad y la práctica Por Walter J Chantry
Nota del editor:Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante
Justo antes de que Jesús fuera llevado al cielo, dijo a Sus discípulos: «recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán Mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1:8). Dar testimonio de quién es Jesús y de lo que enseñó debía ser transcultural. A medida que Sus discípulos se enfrentaban a nuevos cambios sociales y culturales, se esperaba que se aferraran a la verdad y a la justicia para ser luces brillantes de Su reino en todo el mundo.
Hoy en día se están produciendo cambios rápidos en el mundo en el que debemos llevar a cabo la gran comisión. El mundo sigue marcado por hombres «amadores de sí mismos», «avaros» o «amadores de los placeres en vez de amadores de Dios» (2 Ti 3). Estas tendencias de la naturaleza humana caída descubren constantemente nuevas formas de manifestarse en cada sociedad de la tierra. Sigue habiendo una necesidad crítica de que los testigos de Jesús sean contraculturales allí donde abunda el pecado.
Los cambios sociales en los Estados Unidos son tan rápidos que pocos son conscientes de las presiones radicales que sufren los cristianos y sus iglesias. En los últimos cincuenta años, incluso el sentido de pertenencia a una comunidad ha desaparecido en gran medida. El atractivo de las zonas rurales atrae a los cristianos a querer criar a sus familias en lugares donde se pueden construir casas bonitas cerca de campos y arroyos. Pero sus trabajos se encuentran en lugares que a veces están a horas de distancia de esos hogares. Al mismo tiempo, puede haber una «buena» iglesia a una hora o más de viaje en una dirección diferente a la del lugar de trabajo.
Dado que a menudo no se planifican de antemano las consecuencias, hay muchos menos creyentes que pueden asistir a los servicios de culto de la iglesia de forma regular. Hacerlo simplemente exigiría más horas de viaje que de reunión con los santos. Las iglesias cancelan las reuniones de oración porque hoy en día es poco práctico para la mayoría asistir. Así, en lugar de dos o tres sesiones en las que se enseña la Palabra de Dios, el número se reduce a una por semana. Esto ocurre en un momento en que necesitamos más predicación, no menos. Al mismo tiempo, los niños están siendo entrenados por la experiencia y el ejemplo de los padres de que ir a la iglesia durante más o menos una hora a la semana es normal.
Algunos complementan su dieta espiritual escuchando a su(s) predicador(es) favorito(s) en CD, iPod o en línea. Su intercambio de ideas con otros creyentes es frecuentemente en blogs o a través de otros contactos informáticos sin rostro. Estos hábitos están sustituyendo a veces el «congregarnos» (He 10:25) como manda la Escritura. Pero las transmisiones electrónicas no pueden duplicar la presencia del Espíritu Santo en una congregación de santos. Además, hay un descuido de aspectos importantes del cuidado pastoral y de las exhortaciones.
Este aislamiento y la falta de presencia en la propia comunidad no era habitual hace cincuenta años. Es más difícil ser testigos con una vida que transcurre en un hogar que es poco más que un dormitorio y una sala de ordenadores con, quizás, una sala de escuela unifamiliar, al tiempo que se pasan incontables horas en la autopista yendo de aquí para allá.
Otro cambio, del que muchos no son conscientes pero que nos presiona, es la variedad inmensa de enseñanzas dentro de los círculos evangélicos. Debido a que los cristianos enseñan varias doctrinas, a menudo se piensa que es de poca importancia el conjunto de doctrinas que creemos. Deseando la unidad entre el número cada vez menor de cristianos en nuestra nación, no deseamos discutir las enseñanzas conflictivas entre «nosotros». Es bastante satisfactorio engrosar nuestros números siendo muy inclusivos. Con esta actitud de tolerancia, las mismas doctrinas preciosas que hemos afirmado mantener han sido a menudo abandonadas.
El catolicismo romano ha afirmado durante mucho tiempo que sigue otras autoridades además de las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento. Por el contrario, el protestantismo en los días de la Reforma plantó una bandera inscrita con «la Escritura sola». Es esencial para la naturaleza misma de nuestra herencia protestante que cada artículo de fe y conducta cristiana debe establecerse sobre la base de la enseñanza de la Escritura. 2 Timoteo 3:17 enseña que la Escritura hace al hombre de Dios «perfecto, equipado para toda buena obra». Esta piedra fundamental del pensamiento protestante fue proclamada valientemente por Martín Lutero en las famosas palabras: «Mi conciencia está cautiva de la Palabra de Dios». Sin embargo, hoy en día, aunque numerosos cristianos carismáticos sostienen fuentes de revelación distintas de la Biblia, y sin embargo se declaran protestantes o incluso protestantes reformados, muchos los aceptan como si «la Escritura sola» fuera un elemento no esencial de nuestra teología.
Otra teología, desarrollada siglos después de la Reforma, es el «dispensacionalismo». Durante sus enfrentamientos con Roma en el siglo XVI, los reformadores insistieron en que la salvación llega a los pecadores caídos solo por la fe en Cristo. Con el advenimiento del dispensacionalismo, algunos evangélicos empezaron a enseñar que en otras épocas de la historia se ofrecía una forma diferente de salvación, basada en las obras y no centrada en Cristo. Muchos hoy en día incluso enseñan que los judíos pueden ser salvos sin la fe en Cristo o sin el bautismo en Su iglesia, y que el camino de la salvación solo por la fe en Cristo es solo para los gentiles. Sin embargo, una vez más, hay acuerdo con aquellos que sostienen tales enseñanzas y se llaman a sí mismos reformados o protestantes a pesar de que estas enseñanzas son ajenas a la Reforma. ¿Es esta una cuestión menor que hay que dejar de lado para que podamos tener una mayor comunión y cooperación cristiana?
Empezamos a preguntarnos cuáles son los principios que definen la tradición reformada. ¿Cuáles son las cuestiones vitales de las que damos testimonio?
Las iglesias no solo están perdiendo su testimonio al adaptarse a las nuevas tendencias entre los «evangélicos». También se están transformando en conformidad con el mundo. Nada menos que el orden de la iglesia está siendo reestructurado para complacer la voz cada vez más insistente del feminismo. Pero el apóstol dijo: «Yo no permito que la mujer enseñe ni ejerza autoridad sobre el hombre» (1 Ti 2:12). Las grandes denominaciones «reformadas» están haciendo ahora a las mujeres «diáconos», como hicieron los liberales hace años. Cuando estos cambios han ocurrido dentro de las iglesias en el pasado, lo siguiente siempre ha sido la aceptación de las mujeres como ancianas.
Cuando las actitudes seculares tienen tanta importancia para la Iglesia reformada en Europa y Norteamérica, aquellos con actitudes positivas hacia la homosexualidad comienzan a presionar a la iglesia también. El patrón es primero callar sobre Génesis 19, Romanos 1 y 1 Corintios 6. Después de todo, todavía hay mucho de la Biblia para enseñar, así que ¿por qué no dejar de lado las notas que suenan allí? ¿Habrá quien dé un testimonio a los homosexuales para su verdadero bien? ¿O también habrá un acobardamiento ante la demanda de nuestra sociedad sobre este tema?
Hay un cambio constante dentro y alrededor de las iglesias. Se produjeron grandes cambios entre los años 1875-1930, cuando el liberalismo devoró grandes sectores de las iglesias que antes eran reformadas. Desde 1950 hasta el presente hubo un reavivamiento en la enseñanza de la Escritura sola, Cristo solo, la fe sola, la gracia sola y a Dios solo la gloria. ¿Seguirá siendo esta nuestra postura? Ya se han hecho concesiones.
¿Qué nos deparará el futuro? ¿Seremos testigos? ¿Cuánto de la persona, la obra y las enseñanzas de Jesús es vital para nosotros? ¿Y para nuestra iglesia?
«Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a Mí antes que a ustedes. Si ustedes fueran del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no son del mundo, sino que Yo los escogí de entre el mundo, por eso el mundo los odia» (Jn 15:18-19). Y a veces también las iglesias desprecian nuestra postura.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Walter J Chantry El reverendo Walter J. Chantry fue pastor de Grace Baptist Church en Carlisle, Pensilvania, durante treinta y nueve años. Más adelante fue editor de la revista The Banner of Truth [Estandarte de la verdad] durante casi siete años.
“Dios es sexista porque les da más privilegios a los hombres”.
“Los cristianos oprimen y menosprecian a las mujeres y su Biblia les enseña a hacerlo”.
No dudo que hayas escuchado las acusaciones, y que hayas tenido dudas sobre este tema en tu propio corazón. Es un tema difícil, hecho más complicado por la retórica y terminología ambigua que a veces se usa.
¿Qué es la igualdad de género? Si buscas una definición, encontrarás algo parecido a esta de Wikipedia: La igualdad de género implica que hombres y mujeres deben recibir los mismos beneficios, las mismas sentencias y ser tratados con el mismo respeto. Aunque hay muchas diferentes maneras de entender este término, vamos a tomar esta definición como base. Entonces…
¿La Biblia enseña y apoya el trato equitativo y justo de las mujeres?
Quizá nos ayude contestar esta pregunta si vemos en qué áreas la Biblia no indica una diferencia entre los géneros.
Igualdad en origen y patrón. Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó (Gen. 1:27 NVI). Tanto el hombre como la mujer fueron creados igualmente a la imagen de Dios. No hay ninguna indicación en ningún pasaje de la Biblia que diga que uno lleve más o menos imagen de Dios que el otro.
Igualdad en naturaleza pecaminosa. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno (Rom. 3:10). Aunque Eva fue la que pecó primero, Dios le pidió cuentas a Adán. Ambos fueron considerados igualmente pecadores y separados de su comunión con Dios por su pecado. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino (Is. 53:6). Esto significa que igualmente daremos cuenta por nuestro pecado e igualmente somos incapaces de salvarnos a nosotros mismos.
Igualdad en valor y posición. Porque de tal manera amó Dios al mundo… (Jn. 3:16). El amor de Dios para con sus seres creados a su imagen es parejo para hombres y mujeres. No queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento (2 Pe. 3:9). Él desea salvar a todos por igual. Nos ofrece esa posición de “escogidos” tanto a mujeres como a hombres: Vosotros no me escogisteis a mí, sino que yo os escogí a vosotros (Juan 15:16). El mundo dice que Dios no valora a las mujeres porque no les permite cierta posición, pero nuestra posición delante de Él no se basa en nuestro género.
Hay muchos puntos más de igualdad en la Biblia que podríamos destacar, pero estos tres son los más esenciales para nuestra identidad en Cristo. Podemos concluir que, en los aspectos más profundos de nuestra identidad como hijas de Dios, Dios nos trata completamente igual que a los hombres. No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús (Gal. 3:28).
Entonces, ¿por qué las personas dicen que la Biblia está en contra de la igualdad de género? Lo dicen porque Dios sí hace diferencia entre mujeres y hombres. Son diferencias que muchas mujeres resisten al estudiar su Biblia. Son diferencias de roles. Probablemente conoces estas enseñanzas bíblicas así que solo las voy a explicar brevemente.
El rol de ayuda idónea en el hogar. No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda idónea (Gen. 2:18). Dios diseñó a la mujer como la contraparte perfecta del hombre que creó primero. Dios también instruye a la mujer en el Nuevo Testamento que se someta a su esposo como la iglesia se somete a Cristo (Ef 5). En el diseño de Dios para la familia, el hombre es la cabeza del hogar, y la mujer se somete gozosamente a su liderazgo. El mundo iguala “ayuda” y “sumisión” a “inferioridad”. ¿Tú crees esto?
El rol de aprendiz sumisa en la iglesia. Yo no permito que la mujer enseñe ni que ejerza autoridad sobre el hombre (1 Tim. 2:12). Dios ha dejado muy claro en este, y otros, pasajes del Nuevo Testamento, que la autoridad y enseñanza principal en la iglesia se lleve a cabo por hombres. La mujer puede y debe enseñar a otras mujeres y niños (Tito 2), pero tener autoridad (en posición o enseñanza) sobre los hombres no le es permitido en el plan de Dios para su iglesia. Las mujeres deben modelar un espíritu afable y sumiso en todos los escenarios de su vida, pero la Biblia no prohibe que la mujer tenga autoridad sobre hombres en alguna empresa o en la política.
Es importante notar que Dios nunca indica inferioridad del género femenino como razón para esta diferencia de roles. Dios es un Dios de orden y creatividad. Lo demostró cuando creó a los animales, las plantas, incluso el sol, la luna y las estrellas. Vemos orden en muchas áreas de la vida. ¿El vicepresidente de una compañía es una persona de valor personal inferior al presidente? Función o posición de autoridad no indica grado de valor personal.
En las historias de la Biblia, y la historia del mundo, hay un sinfín de historias trágicas y tristes sobre el abuso y maltrato de hombres hacia mujeres. El pecado ha roto este mundo, y las mujeres hemos sufrido como objetos de ese pecado. Pero el pecado no cambia el diseño original de la creación de Dios.
Como joven y ahora como mujer de carácter fuerte e independiente, he tenido que luchar con este tema. He llegado a la conclusión que mi perspectiva depende de una sola gran pregunta:
¿Confías en tu Diseñador? ¿Realmente crees que Dios es sabio, bueno, y soberano? Si Él te creó y diseñó, ¿no sería Él mismo que mejor sabe cómo funcionas? ¿Has considerado que Dios estableció el orden de esposo-> esposa-> hijos en el hogar porque ama profundamente a las mujeres y quiere que desarrollen su identidad y diseño en el hogar sin obstáculos? Él no quiso cargar sobre nuestros hombros una responsabilidad que no nos diseñó para cargar. ¿Has pensado que, por amor a su iglesia, Él equipó y diseñó a los hombres para llevar a cabo la dirección y enseñanza de su rebaño?
Chicas sabias, quitémonos los lentes del mundo y pongámonos los lentes de Dios. ¡No escuchemos los gritos de mujeres que no entienden ni aceptan el dominio de Dios sobre sus vidas! Estudiemos los roles que Dios ha diseñado para su creación, y gocémonos en sus dones perfectos. Lee capítulo nueve de Chicas sabias en un mundo salvaje, y ¡deléitate en el privilegio que tienes de vivir el diseño perfecto de tu Creador!
Reto Lee: Chicas Sabias en un Mundo Salvaje: Capítulo 9: Roles; y Capítulo 10: Conducta Sexual (p. 129-162) Génesis 2:18-25; Efesios 5 Memoriza: Génesis 2:24 Por tanto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.
Reflexiona: ¿Tienes un genuino deseo de entender los roles de género que la Biblia establece? ¿O te has dejado llevar por el mundo a tal grado que ya no quieres saber nada más? ¿Te deleitas en el hecho de que tu Diseñador te hizo mujer para un propósito especial? Comprométete hoy a dedicarte a glorificarle a Él con cada aspecto de tu feminidad. ¿Qué perspectiva tienes del sexo? ¿Te satisfaces con demasiada facilidad, aceptando la versión pervertida y deficiente del placer sexual que el mundo ofrece? Ora: Diseñador Perfecto, reconozco que las voces a mi alrededor han encontrado lugar en mi corazón y mente. Someto mi concepto de la feminidad y el sexo a tu Palabra, y te pido que me des una comprensión mayor de tu plan perfecto. ¡Te alabo como el Creador todo sabio!
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Sobre el autor Susi Bixby Tiene 21 años de casada con Mateo, y ama a sus tres regalos de Dios: Aaron, Ana y David. Deseando vivir el diseño de Dios para su vida, dedica la mayor parte de su energía a su familia. Es esposa … leer más …
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A veces oímos decir: “Muéstreme a Dios y creeré en él”. ¿Acaso nuestros pensamientos pueden limitarse a lo que vemos? Dios es espíritu; el ojo humano no puede verlo y su razón no puede comprenderlo. “Mayor es Dios que el hombre” (Job 33:12).
Pero Dios se dio a conocer. Él se reveló en sus obras, en la naturaleza que creó. Yo no necesito ver al relojero para estar seguro de que alguien fabricó mi reloj. Lo mismo sucede con todas las maravillas de la naturaleza, con el cuerpo humano: ellos son la manifestación de su Creador.
Pero Dios hizo más todavía: vino a la tierra en la persona de Jesús. La existencia de Jesucristo es tan cierta como la de Alejandro el Grande o la de Napoleón. Dios se dio a conocer por medio de su Hijo Jesús. Algunos solo quieren ver mitos en los evangelios, pero la autenticidad de los milagros y de los hechos narrados en los evangelios no puede ser puesta en duda: los hechos son relatados por cuatro testigos diferentes. Los evangelios hablan de las obras de poder y de amor que Jesús cumplió por su palabra… Nos presentan su vida pura y santa. Nos exponen sus enseñanzas, las cuales están caracterizadas por el amor, la paz, el perdón, y al mismo tiempo por la verdad y la justicia. Nos muestran que él juzgaba el mal, pero que recibía a todos los desdichados y perdonaba los pecados de los que creían y confiaban en él. Jesucristo fue la revelación del Dios justo y santo. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados” (2 Corintios 5:19).
Hay necesidades humanas que son inevitablemente universales. Amar y sentirnos amados; el perdón, el alimento, la gracia. A la vez, ciertas civilizaciones sufren de necesidades específicas con mayor intensidad debido a sus circunstancias particulares. Ese es el caso del mundo cristiano hispanoamericano. No es que nuestras necesidades sean únicas. Pero en nuestra herencia cultural, hay ciertos aspectos que han sido descuidados históricamente, y por lo tanto necesitamos suplirlos con fundamentos bíblicos para poder crecer y madurar. Esta lista puede ser larga, pero permíteme presentarte dos áreas que necesitamos suplir urgentemente.
NECESITAMOS URGENTEMENTE: PREDICACIÓN EXPOSITIVA
Esta situación es crítica al considerar que “no solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4:4). El creyente madurará por medio de la Palabra de Dios que pueda comprender y asimilar. Desde luego que creemos que cada creyente tiene al Espíritu Santo que le enseña todas las cosas (Jn. 14:26). Sin embargo, de igual manera creemos en la necesidad elemental que tiene el pastor a predicar la Palabra (2 Ti. 4:2), y de hombres y mujeres maduros capaces de instruir a otros en la verdad, al interpretar la Biblia correctamente.
El Dr. John MacArthur ha dicho que “el significado de la Escritura es la Escritura”. En otras palabras, no escucharemos correctamente la Palabra de Dios a menos que un texto sea interpretado con exactitud. De lo contrario será más bien una opinión personal, que en el mejor de los casos dará una enseñanza moral o cívica, y en el peor de los casos, simple herejía.
Por un lado, cada padre y madre tiene la responsabilidad de explicar y enseñar la Biblia en su familia. Pero en el ámbito eclesiástico, esta responsabilidad recae propiamente en el pastor-maestro (Ef. 4:1), y la predicación expositiva es el medio por el cual la Biblia puede ser enseñada con más exactitud.
Los evangélicos necesitamos que nuestras iglesias sean centros de doctrina bíblica explicada y luego aplicada en humildad. La predicación expositiva desempaca las verdades bíblicas de un texto al tomar en cuenta el contexto histórico, al hacer énfasis en la intención original del autor, y al interpretar el texto gramáticamente. Es decir, la predicación expositiva valora el orden de las palabras, así como su uso y propósito, preferentemente en el idioma original. Así el oyente entiende el significado de la Palabra, y con la ayuda del Espíritu Santo lo aplica a su vida. Todos los creyentes necesitamos la inalterada Palabra de Dios para vivir (1 Pe. 2:2).
La verdadera predicación de la Palabra no solo es necesaria para el crecimiento, sino fundamental para vivir. En el mundo hispano es vital que busquemos que nuestros pastores prediquen la Palabra “a tiempo y fuera de tiempo” (2 Tim. 4:2). No estoy hablando de revolución religiosa. Estoy hablando de orar fervientemente, con un deseo sincero de escuchar solo la Palabra de Dios. Necesitamos discernimiento y sabiduría para conocer cuándo alguien está verdaderamente predicando la Palabra y cuándo no. No hacerlo como jueces o creyentes arrogantes, sino como mendigos buscando dónde encontrar alimento.
NECESITAMOS URGENTEMENTE: LA GLORIA DE DIOS En su reciente libro, A peculiar Glory (Una gloria peculiar), el Dr. John Piper dice que la Palabra de Dios tiene una gloria que el creyente necesita percibir si es que quiere leer la Biblia de una manera efectiva. Es decir, la Biblia no se debe leer como si fuera un amuleto que solo hay que mirar casualmente para tener un buen día. Es más, no se trata de “pensar” en lo que leímos como si fuera algo mágico, individual, o místico.
Por supuesto, debemos meditar en las palabras de Dios (Sal. 119:11). Pero entendamos que la Biblia no es un libro de meditación. En 2 Corintios 4:4, Pablo explica que nuestro enemigo, Satanás, “ha cegado el entendimiento de los incrédulos, para que no vean el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios”. La luz del evangelio es la gloria de Cristo. Es la misma gloria, por cierto, que Moisés vio en Éxodo 33. Sin embargo, a diferencia de Moisés, nosotros no tenemos que ponernos un velo, sino que “todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu” (2 Co. 3:18). ¡Esto es fascinante!
Leer la Biblia no se trata principalmente de cómo ser mejores padres, hijos, o creyentes. Se trata, principalmente, de la gloria de Dios. Encontramos en ella la naturaleza y esencia de Dios. Es en nuestra lectura de la Biblia que podemos conocer cómo es Dios. No solo cierta parte de Él, sino toda la gloria que ha sido revelada en las Escrituras. Lo que nos lleva de “gloria en gloria” es mirar a cara descubierta la gloria del Señor. Observar sus atributos y escuchar su voz a través de las páginas de la Biblia es lo que nos transforma. La Biblia no es un libro que leemos para aprender qué hacer externamente. La Biblia es la gloria revelada al creyente, para que al ser expuesto a ella continuamente, sea transformado internamente.
La gloria de Dios nos transforma. No tenemos que subir a un monte, ni tenemos que experimentar un evento metafísico. Simplemente tenemos que abrir nuestras Biblias y entender las riquezas de su gloria con nuestros ojos espirituales abiertos. Es exactamente lo que Pablo dice en Efesios 1:17, “El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, les dé espíritu de sabiduría y de revelación en un mejor conocimiento de Él”. Si esa era la oración de Pablo para los creyentes de Éfeso, esa debe ser nuestra oración también, ver “las riquezas de la gloria de su herencia” (Ef. 1:18).
Así que busquemos que la predicación de la Palabra sea fiel. Pidamos ayuda a Dios para servir a una iglesia donde se busque una predicación sana y bíblica. Y leamos nuestras Biblias con un profundo deseo de encontrar la gloria de Dios, para que todo lo terrenal pase a segundo plano. Los tesoros que esta tierra te puede ofrecer no se comparan con la permanente, transformadora, e impactante gloria de Dios. El Dios de toda gloria ha puesto su gloria en la Escritura para que te transforme en una manera personal, única, y exclusiva, de acuerdo a lo que Dios tiene planeado para ti.
Nota del editor:Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante
Vamos a empezar con una predicción razonablemente segura: es probable que no termines este artículo. Esto no solo por la prosa del autor (que reconozco que no ayuda), sino que se basa en estadísticas confiables que indican cómo se han acortado los períodos de atención.
Puede ser una exageración sugerir, como propuso provocativamente The Atlantic Monthly hace unos meses, que Google está volviendo estúpidos a los estadounidenses. Pero el gigante de Internet y sus cómplices nos están volviendo más inquietos y, como el título del reciente libro de Maggie Jackson, distraídos. En nuestra era digital, la atención concentrada se hace más difícil. La multitarea fragmenta nuestro pensamiento y los momentos de reflexión se ven interrumpidos por ese mensaje de texto urgente. La concentración se desvía después de unos pocos párrafos y hemos perdido el arte de la lectura profunda y reflexiva.
A estas alturas, todos estamos razonablemente familiarizados con el uso de computadores. Las redes sociales mejoradas tecnológicamente a través de los teléfonos móviles, el correo electrónico, los blogs, Twitter o lo que sea que esté por venir son características inevitables de nuestro paisaje electrónico. Hemos llegado a aceptar la realidad de los mismos sin apenas reflexionar. Más allá de nuestros hábitos atrofiados de lectura, el efecto de nuestro mundo de redes sociales es al menos doble: trivializa la noción de amistad y erosiona nuestro sentido de comunidad.
Tengo un colega que tiene 1 035 amigos en Facebook. Para los estándares de Facebook, eso es poco notable. Al mismo tiempo, por supuesto, es también una mentira, pues la amistad es humanamente imposible a una escala tan masiva. El resultado es un exceso de información exhibicionista para la mayoría: tu colonoscopia de esta mañana no es realmente de mi incumbencia. Mientras tanto, los que están genuinamente cerca de ti se preguntan por qué se enteraron de la muerte de tu madre a través de tu perfil en Twitter, que lo informó instantáneamente a masas incalculables.
Por mucho que Facebook pretenda «gestionar» nuestros amigos, sencillamente no podemos llevar la cuenta de semejante volumen. En mi caso, he acumulado más de los que puedo manejar, al menos cuatrocientos, una cuarta parte de los cuales nunca he conocido. (En al menos un par de ocasiones, confirmé una amistad con un perfecto desconocido, totalmente convencido de que era otra persona). Sobre todo, nadie puede asumir el gasto de estas asociaciones. Como observó Maggie Jackson, los amigos de Facebook no aumentan el número de personas a las que uno está dispuesto a donar un riñón.
He caído en el hábito de cerrar los correos electrónicos a amigos que no he visto en años con palabras como «espero que nuestros caminos se crucen pronto». Esto se ha convertido en un cliché que estoy tratando de eliminar. Pero ilustra el argumento de que la amistad exige un contacto real. La cultura electrónica separa a la vez que desencarna. La paradoja es que nos vincula con gente lejana mientras nos separa de los más cercanos. Estamos cada vez más aislados, aunque hagamos el falso alarde de haber superado el tiempo y la distancia y «reconectarnos».
La superficialidad de estas tecnologías queda demostrada con la proliferación de los conflictos electrónicos. Es difícil que alguien que haya utilizado el correo electrónico no haya experimentado algún malentendido grave, incluso con un viejo amigo. He hecho lo que creía que eran bromas muy inteligentes en línea, solo para ser acusado de «incendiario» porque mi humor carecía de la comunicación no verbal para enmarcarlo en el contexto adecuado. ¿Es una sorpresa, entonces, que nuestro Señor, en Mateo 18, ordene la reconciliación a través de un compromiso directo, cara a cara?
Peor aún, las redes sociales han transformado la amistad en una mercancía. Coleccionamos amigos en nuestro deseo de construir un estatus. Las personalidades en línea (incluso hasta el punto de tener identidades múltiples y cambiar de género) se construyen cuidadosamente, ya que anhelamos la atención que esperamos obtener. Christine Rosen ha observado que el imperativo socrático que dice «conócete a ti mismo» se altera en la cultura cibernética por «muéstrate a ti mismo». Aquí hay poca vergüenza. (Uno de mis conocidos utilizó su estado de Facebook para hacer una crónica de su bloqueo como escritor). Incluso la novedad de todo esto se hunde en el vasto océano de diarios públicos sin sentido. Rosen describe Facebook como «un lugar abrumadoramente aburrido de singularidad monótona, de individualidad convencional, de uniformidad distintiva».
Las horas que dedicamos a estas cosas nos dejan menos tiempo para mantener una correspondencia más profunda con amigos de verdad. ¿Por qué dedicar el tiempo y el esfuerzo de escribir y enviar una carta a mano cuando se puede «dar un toque» a docenas de amigos a la vez? Además, las flores digitales son mucho más baratas que las de verdad. Al final, la amistad se convierte en una competición: ¿cuándo voy a colarme en el «Top 5» del servicio de telefonía móvil de mi amigo?
En todos estos ejemplos, la amistad se degrada cuando se reduce a fines utilitarios. ¿Podemos siquiera reconocer la amistad genuina después de todo? A diferencia de la familia (incluida la familia de la iglesia) o del prójimo cercano (a quien se nos ordena amar y servir), la amistad se basa en fundamentos distintos. Implica una elección (no se elige a la familia o al prójimo), y exige altos niveles de confianza, respeto y privacidad. En resumen, la amistad tiene que costar algo para ser genuina.
La semana pasada, en el transcurso de un intercambio de correos electrónicos relacionados con el trabajo con una joven, descubrí que era la sobrina de un viejo amigo mío. «No puedo esperar a decirle a mi tío que hemos conectado», me escribió. Su expresión me hizo reflexionar. ¿Es eso lo que hicimos? ¿Y qué significa, después de todo, «conectar»? ¿Somos amigos ahora? Facebook alinea a los amigos de los amigos (de los amigos) basándose en una tenue afinidad, ya sea real o percibida. Es un flujo de relaciones de paso. Tal vez había una razón, después de todo, para que tu compañero de habitación de la universidad perdiera el contacto contigo en el transcurso de las últimas dos décadas. Tal vez era porque no estaban realmente conectados.
No quiero negar que hay algunos usos legítimos de las redes sociales. Esta mañana me ha alegrado saber por Facebook que mi muy paciente editor de Tabletalk, Chris Donato, es el orgulloso padre de su segundo bebé. (Hmm, quizás eso le distraiga de notar que estoy atrasado con mi entrega). Facebook puede ser un medio para ayudar a los contactos que tengo; pero ¿puede crear y mantener relaciones que de otro modo serían insostenibles? Esto parece plantear dos preguntas más: ¿son realmente necesarias estas conexiones? Y, lo que es más importante, ¿compiten con tus amigos que no son de Facebook? Internet da y quita.
Los defensores de las redes sociales promueven con entusiasmo su promesa de regenerar la comunidad perdida, de sanar las fracturas de nuestras vidas aceleradas. En ningún lugar se hace esta afirmación con más confianza que en las iglesias de hoy en día, cuyo afán por conseguir miembros es un reflejo de la lista de amigos del individuo. Es sorprendente considerar la desesperación con la que las iglesias intentan conectarse. Los «ministros tecnológicos» se proponen edificar una comunidad a través de Internet. Una de las iglesias que marcan el ritmo asegura a los escépticos que no está interesada en sustituir las conexiones cara a cara por las virtuales. Pero eso es exactamente lo que hará. Numerosos estudios indican que la conexión a través de Internet va en detrimento de las relaciones no virtuales. Hace poco, una familia abandonó mi iglesia tras quejarse de la falta de oportunidades de compañerismo. La sesión estuvo reflexionando mucho sobre esta queja, ya que parecía que la familia no aprovechaba las numerosas oportunidades sociales de la iglesia. Finalmente, la madre confesó que ansiaba una comunión «en la que pudiera chatear por Facebook todo el día, como hago con mi grupo virtual de escuela en casa».
Shane Hipps escribe en su libro Flickering Pixels [Pixeles parpadeantes]: «Las redes sociales digitales inoculan a la gente contra el deseo de estar físicamente presente con los demás en redes sociales reales, como una iglesia o una comida en casa de alguien». ¿Por qué el desorden de la interacción real cuando puedes conectarte para adorar? En una iglesia en línea, ¡no es necesario congregarse!
Robert Putnam, autor de Solo en la bolera, se cuenta entre los escépticos de la ciberiglesia. La asistencia a la iglesia diversifica genuinamente, pero la uniformidad del mundo virtual es un apartheid cibernético que se disfraza de comunidad. En palabras de Putnam, es «poco probable que Internet revierta por sí mismo el deterioro de nuestro capital social».
Frente a la incomodidad e ineficacia de la comunidad genuina, las comunidades virtuales tienen la ventaja de permitir abandonarlas con la misma facilidad con que se entra en ellas. Desaparecer puede ser tan sencillo como no responder a un correo electrónico. (¿Quién de nosotros está dispuesto a arrojar la primera piedra cibernética a alguien que quedó enterrado bajo su bandeja de entrada?). O tal vez existe un medio de «eliminar la amistad» con un clic. Con estas estrategias de salida, las redes sociales no son tanto comunidades como enclaves de estilo de vida. Un sociólogo las ha descrito acertadamente como «individualismo en red». El individualismo y el consumismo no fueron inventados por la Internet, por supuesto, pero la Internet permite que estas dinámicas florezcan y dominen nuestros acuerdos sociales.
Nuestro reto entonces consiste en hacer frente a la cultura de la multitarea, de la pantalla dividida y de los tonos de llamada de Internet. Quentin Schulze, del Calvin College, nos anima a distinguir entre los «hábitos buenos y malos del corazón altamente tecnológico». La moderación tecnológica es buena para el alma, la mente y la iglesia. Necesitamos remodelar nuestro entorno para ampliar nuestra capacidad de atención y profundizar en nuestros compromisos con los amigos y la comunidad.
Has dado un primer paso al terminar este artículo. Ahora lee el siguiente. Luego escribe una carta a un amigo. No hagas trampa enviando un mensaje de texto o escribiendo un blog.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. John R. Muether John R. Muether es profesor de historia de la Iglesia y decano de las bibliotecas en el Reformed Theological Seminary en Orlando, Florida. Es autor, coautor o editor de múltiples libros, incluyendo Seeking a Better Country: 300 Years of American Presbyterianism [Buscando un país mejor: trescientos años de presbiterianismo americano].
Jueves 15 Septiembre Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma. Isaías 55:3 Venid, que ya todo está preparado. Lucas 14:17 Palabras del evangelio: Venid (3) En el evangelio de Mateo encontramos cuatro veces esta palabra en boca de Jesús: “Venid”. La primera invitación: “Venid en pos de mí”, es decir, “sígueme”, fue dirigida a dos hermanos, Simón Pedro y Andrés (Mateo 4:19). ¡Qué poder en este llamado de Jesús! ¡Ellos dejaron todo y le siguieron!
Y a mí, Señor, ¿qué me impide ir a ti? ¡Concédeme la felicidad de vivir por la fe contigo!
La segunda invitación de Jesús: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados” (Mateo 11:28) ¡es tan hermosa! Se dirige a todos los que están cargados con los problemas, las inquietudes, la culpa, las tristezas, cansados de empezar cada vez de nuevo… Jesús agrega: “Y yo os haré descansar”. Un descanso experimentado por una fe simple y total en su amor y su poder.
La tercera invitación se halla en la parábola del rey que convidó a sus amigos a la boda de su hijo (Mateo 22:4). Aquí es Dios quien nos invita a entrar en el gozo de su reino, creyendo en el Señor Jesús. Él ha preparado todo; nosotros solo tenemos que aceptar.
Por último, la cuarta invitación: “Venid”, se refiere a un tiempo futuro, cuando Jesús vuelva en su reino (Mateo 25:34). Será el tiempo cuando él dirá a los que hayan creído en él: “Venid”. Pero a los que hayan rechazado su invitación, la cual aún hoy dirige a cada uno de nosotros, les dirá: “Apartaos de mí”.
“El que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 22:17).
Un llamado a criar hijas conscientes del abuso doméstico JEREMY PIERRE
«Si tu futuro esposo te pone un dedo encima, será mejor que me lo digas y lo mataré».
Hasta ahí llegaban muchos padres al abordar el tema del abuso con sus hijas. Se siente eficaz porque es simple, protector y duro. Además, se siente bastante genial decirlo.
Pero es una manera perezosa de hacerlo, el tipo de bravuconería que se jacta de mucho pero hace poco. Asume que el abuso es fácil de identificar y que la fuerza debe responderse con una contrafuerza. Peor aún, está basado en una fantasía. Se trata de idealizar el mandato de «no hay amor más grande» como un acto heroico —como lanzarse a una calle inundada o recibir una bala en un tiroteo para salvar a alguien que amas— mientras se ignoran las innumerables formas reales en las que estamos llamados a entregar nuestras vidas por las personas reales que amamos (Jn 15:12-13). Preparar a nuestras hijas para que detecten las señales de advertencia en un potencial abusador no viene con el lujo del heroísmo.
Por eso, cuando hablamos de abuso con nuestras hijas —y, en realidad, con todas las mujeres que estamos llamados a cuidar en nuestras iglesias— no debemos hacerlo con bravuconería, sino con entendimiento. ¿Por qué con entendimiento? Porque lo que nuestras hijas necesitan no es que los hombres se pongan bravucones contra otros hombres, sino que los hombres les proporcionen un entendimiento que les ayude a discernir activamente a un buen hombre de un mal hombre.
Lo que nuestras hijas necesitan es un entendimiento que les ayude a discernir activamente a un buen hombre de un mal hombre
Lo sé, técnicamente todos los hombres son malos. Mi doctrina del pecado es clara. Pero aquí no estoy usando «malo» para describir la pecaminosidad universal, sino la propensión a un tipo particular de pecado que es relacionalmente peligroso. El tipo de hombre con el que no quieres que tu hija salga. Un hombre caracterizado por una mentalidad manipuladora o abusiva.
El abuso es fácil de discernir cuando tiene la apariencia de algo que todo el mundo sabe que es malo: un puñetazo, un empujón por las escaleras, un armario cerrado con llave. El abuso es mucho más difícil de discernir cuando se parece a algo bueno, como un liderazgo asertivo, un afecto exclusivo o una instrucción clara.
No se puede predecir el abuso futuro, pero estar informado sobre las dinámicas del abuso puede ayudarte a discernir si un hombre se caracteriza por tendencias preocupantes. El corazón de un abusador lo inclina a ver su vida a través de unos lentes de tener derecho. Esto le lleva a ver a los demás como activos u obstáculos para el deseo al que supuestamente tiene derecho. Lo peligroso es cuando utiliza su influencia y fuerza para disminuir la influencia y la fuerza de los que están bajo su cargo para conseguir lo que quiere.
Enseñando discernimiento exigente sobre los hombres El discernimiento significa distinguir entre lo que agrada y lo que desagrada al Señor en tu situación actual, basándote en lo que sabes de Él por las Escrituras. No es algo automático ni evidente, sino que requiere un esfuerzo: «Examinen qué es lo que agrada al Señor» (Ef 5:10). Y los derechos artificiales son más difíciles de discernir que los errores obvios. Es mucho más fácil distinguir la hiedra venenosa de los girasoles que de una enredadera trepadora.
Nuestras hijas deben conocer los valores de la Escritura. La mejor manera de aprenderlos es viéndolos en la vida de sus padres y de los demás hombres de la iglesia. Pablo expuso este punto con frecuencia en su énfasis en la imitación de los que también imitan al Señor (1 Co 11:1; 1 Ts 1:6; 2 Ts 3:9). Al final, nuestras hijas tomarán su propia decisión sobre con quién se casarán. Con toda razón. Lo que queremos como padres es que estén equipadas para tomar la mejor decisión posible. Esto es lo que quiero decir con discernimiento.
Aquí hay cinco distinciones que podemos señalar a nuestras hijas para ayudarlas a discernir qué hombres son dignos de su atención, particularmente para una relación que lleve al matrimonio. Con la ayuda de Dios, podemos modelar estas cualidades en nuestro propio liderazgo.
«Un buen hombre es humilde, no inseguro». La inseguridad puede parecerse mucho a la humildad. Un hombre que necesita que le aseguren constantemente su lugar en el mundo o lo que los demás piensan de él puede parecerle algo dulce a una joven. Su vulnerabilidad es comprensible. A medida que el hombre busca esta seguridad en ella, hace que la joven se sienta necesitada. Puede sentirse como una intimidad privilegiada: Este pobre chico tiene una autoestima tan baja que necesita a alguien que constantemente lo refuerce y me busca a mí para que sea esa persona.
Pero esa no es la idea que la Escritura tiene de la humildad. La necesidad de una reafirmación constante es, por el contrario, un fracaso en reconocer la base sobre la que debe descansar nuestra confianza personal. Pablo modeló una confianza que no provenía de la afirmación de su propio valor por parte de otras personas, sino del reconocimiento humilde de que solo es un siervo y administrador. Solo el reconocimiento de Dios es importante (1 Co 4:1-5).
Toda persona lucha contra la inseguridad en cierta medida. Pero un patrón profundo de inseguridad es una luz de alerta. Si un hombre no recibe la afirmación que espera, puede buscar extraerla de otros, particularmente de aquellos con los que puede ser más agresivo. Los hombres abusivos casi siempre son profundamente inseguros. La humildad, por el contrario, significa no demandar nuestros deseos personales a los demás (Stg 4:1-10).
«Un buen hombre es fuerte, no defensivo». La actitud defensiva puede parecer fuerza porque es asertiva frente a la oposición. Un hombre a la defensiva parecerá decidido y centrado cuando perciba resistencia. En un mundo lleno de hombres genuinamente débiles de voluntad y pasivos, esta característica puede parecer atractiva para nuestras hijas. Pueden confundirla fácilmente con la verdadera fuerza.
Pero no es así como Pablo habla de la fuerza:
Así que, nosotros los que somos fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno para su edificación. Pues ni aun Cristo se agradó a Él mismo; antes bien, como está escrito: «Los insultos de los que te injuriaban cayeron sobre Mí» (Ro 15:1-3).
La verdadera fuerza es ejercer un esfuerzo personal —podríamos decir poder— para lograr el bien de los demás, no el propio. En este sentido, Jesús, en su punto aparentemente más débil, estaba ejerciendo el mayor poder que un hombre haya mostrado jamás.
La verdadera fuerza de un hombre puede verse en su voluntad de sobrellevar las cargas a favor de otros. La actitud defensiva de un hombre muestra lo pequeño que es, ejerciendo toda su fuerza para su propio y pequeño círculo de preocupación.
La verdadera fuerza de un hombre puede verse en su voluntad de sobrellevar las cargas a favor de otros
«Un buen hombre se arrepiente, no se disculpa». Las disculpas son fáciles, comparadas con el arrepentimiento. Pedir disculpas es reconocer el error y ofrecer una explicación del porqué: «No debí ser tan duro; tuve un día difícil». Hay un elemento de reconocimiento del mal cometido, pero es más explicativo que contrito. Las disculpas tienen mil accesorios diferentes que una persona puede añadir: trasladar la culpa, hacer sentir culpable a la otra persona, restar importancia. El punto es que las disculpas parecen arrepentimiento, pero los abusadores se disculpan mucho como una forma de evitar que las mujeres se alejen o salgan corriendo.
El arrepentimiento es algo diferente. Es reconocer la falta y asumir la causa de la misma: «No debí ser tan duro. He pecado contra ti y te he hecho daño». No se identifica solo con palabras; debe apartarse del pecado y rendir cuentas de verdad. El tipo de rendición de cuentas que un hombre no controla por sí mismo, sino que tiene que someterse a ella: el tipo de rendición de cuentas que duele (Heb 12:11). Un buen hombre sabe que la incomodidad de tener que rendir cuentas es la gracia de Dios para evitar que se entregue a su propio egoísmo y orgullo.
«Un buen hombre liderará, no exigirá». Los hombres pueden fracasar en el liderazgo tanto por no tener ambiciones como por exigirlas. En una cultura que suele mimar a los hombres sin ambiciones, nuestras hijas pueden sentirse atraídas por lo contrario. Pueden ver a un hombre que es exigente consigo mismo y con los demás; creen que han encontrado a un hombre poco común con suficiente temple para liderar de verdad.
Pero liderar no es exigir. Pablo, quien ostentaba la autoridad única de un apóstol y testigo ocular de Jesús, fue criticado por no ser más duro en su liderazgo personal. En cambio, demostró «la mansedumbre y la benignidad de Cristo» al ser «humilde cuando estaba delante» los corintios (2 Co 10:1). Se negó a alabarse a sí mismo como hacían otros exigiendo lealtad hacia él por encima de sus rivales (v. 12). Por el contrario, quería que su propia influencia se limitara a edificar la fe de los creyentes en el evangelio para que pudieran llevar ese evangelio a otros (v. 15).
¿Lo comprendiste? Pablo quería que su influencia sobre su gente fuera limitada. Solo quería que le siguieran en la medida en que les impulsara a hacer lo que agradaba al Señor. Este es el verdadero liderazgo: no obligar a las personas a ajustarse a preferencias personales, sino ejercer influencia para que se cumpla la voluntad de Dios en sus vidas. Este tipo de liderazgo requiere una profunda seguridad en Dios y una valiente resolución para trabajar por el bien de los demás, aun con pocos aplausos.
El liderazgo de un esposo en el matrimonio nunca es a la fuerza. La esposa no debe seguir por imposición, sino por libertad. La instrucción de Pablo para que las esposas se sometan a sus maridos (Ef 5:22-24) es igual que todos los mandatos para todos los cristianos en Efesios. La obediencia de un creyente siempre fluye de la confianza en el evangelio del amor de Dios, resultando en una expresión libre de amor como respuesta.
El liderazgo de un esposo en el matrimonio nunca es a la fuerza. La esposa no debe seguir por imposición, sino por libertad
«Un buen hombre puede estar en desacuerdo contigo, pero no te menospreciará». Esta es quizás la distinción más importante que debo recalcar: Un hombre puede estar en desacuerdo contigo —incluso fuertemente— sin menospreciarte. Un hombre insistente no es necesariamente un hombre abusivo. Un hombre puede ser muy obstinado, estar encerrado en sus planes o estar totalmente convencido de que su opinión sobre un tema es la correcta. Esto puede incluso caracterizarse a veces por pecados como el orgullo y la arrogancia. Pero el desacuerdo no es abusivo en sí mismo.
Esa oscura línea se cruza cuando la insistencia de un hombre pasa a menospreciar a las personas bajo su influencia para que se sometan. Cuando una discusión pasa del tema mismo hacia la persona, se ha producido un giro peligroso. Los insultos y las amenazas no son meras ofensas personales; son un intento de eliminar la oposición (Stg 3:1-4:10). Si un hombre que sale con mi hija se molesta por un asunto en el que no están de acuerdo, no tendría problemas en ayudarlos a resolverlo. Si comienza a insultarla y a menospreciarla como persona, utilizaría un cálculo diferente. Si él ya está usando palabras para empujarla hacia sus preferencias, no es un hombre al que ella deba confiar una mayor influencia en su vida.
Los buenos hombres no controlan a las mujeres. Las equipan para detectar el tipo de hombre que lo haría. Esa es la verdadera hombría: el poder dado por Dios para el bien de quienes están bajo su cuidado. El tipo de hombre que se enfrentará a la versión cobarde y controladora de la hombría, equipando a sus hijas para que sean fuertes y capaces de discernir.
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición. Jeremy Pierre es el decano de Estudiantes y profesor asociado de la consejería bíblica en The Southern Baptist Theological Seminary y sirve como anciano en la Iglesia Bautista Clifton. Es co-autor de “The Pastor and Counseling” (“El Pastor y la Consejería”, Crossway, 2015) y autor del próximo “The Dynamic Heart in Daily Life: Counseling from a Theology of Human Experience” (“El Corazón Dinámico en la Vida Diaria: Aconsejando desde una Teología de la Experiencia Humana”, New Growth, 2016). Él y su esposa, Sarah, tienen cinco hijos y vive en Louisville, Kentucky.
Nota del editor:Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante
l debate sobre la cultura se ha convertido prácticamente en un shibolet [Jue 12:6] en el evangelismo contemporáneo, tanto en el de izquierda como en el de derecha. Si esto se trata de un imperativo bíblico o de una mera reacción cultural a una época en la que el fundamentalismo dominaba el terreno, eso es un tema de debate. De hecho, una de las cosas desconcertantes de los buitres de la cultura cristiana de moda es que, en general, cuando hablan de «cultura» suelen referirse a lo que podríamos llamar cultura popular, en particular las películas, la Internet y la música, la mayoría de las veces con una orientación juvenil. La «cultura» como las tradiciones, las instituciones y los mecanismos por los que una sociedad transmite una forma de vida a través de las generaciones no suele ser lo que se tiene en cuenta. No, hoy en día «cultura» significa cultura pop y, paradójicamente, eso reduce el concepto a una función del mercado. La música, las películas y otros elementos similares no son tanto un reflejo de la cultura en general según la segunda definición anterior, sino que representan lo que es y lo que no es comercializable en términos de gusto contemporáneo y, de hecho, no solo reflejan el gusto sino que también lo influyen.
Me gustaría sugerir que, si tenemos esto en cuenta al reflexionar sobre la cuestión de la cultura y la rapidez del cambio, tendremos que rechazar uno de los tópicos modernos más comunes: la idea de que la cultura moderna siempre está cambiando. Voy a sugerir que esto no es así. De hecho, la cultura no está siempre cambiando, ni rápido ni lento; más bien, el cambio rápido es la cultura moderna. Los fenómenos de la cultura moderna —las modas, la música, las celebridades— cambian constantemente, pero esto es una función de la base cultural subyacente: el consumismo. Para las sociedades que se basan en el consumo, el cambio es un componente esencial. La obsolescencia intencionada, la necesidad de los mercados de reinventar constantemente los productos, el apetito voraz de todos nosotros por lo nuevo y lo novedoso, son los elementos que impulsan la cultura del cambio rápido. Si no fuera así, todos tendríamos que comprar solo un televisor, un lavaplatos, un automóvil, tener un traje a la moda, etc. Sin embargo, nuestros lavaplatos se estropean cada cinco o diez años —para eso están diseñados— y aunque eso es un poco molesto, también nos permite sustituirlos por modelos que, francamente, no hacen el trabajo mejor que el modelo antiguo, pero que parecen mucho más apropiados para el mundo actual. Incluso los aspectos transnacionales de la cultura popular —la cultura juvenil y el deporte— están sujetos a la misma rapidez de cambio. Después de todo, ¿qué joven quiere llevar la moda del año pasado? Y muchos equipos deportivos parecen cambiar el diseño de sus camisetas con tanta frecuencia hoy en día que uno se siente afortunado si la camiseta que compró en la tienda de recuerdos al comienzo del partido sigue siendo el mismo diseño del equipo cuando suena el silbato final.
Todo este cambio es, como he insinuado anteriormente, una ilusión óptica. Puede parecer que el mundo está en un estado de flujo permanente mientras un interminable desfile de imágenes vertiginosas y caleidoscópicas pasa ante nuestros ojos, pero esto no es más que una ilusión óptica que alimenta el mito que a cada generación le gusta creer sobre sí misma: que este tiempo, aquí y ahora, es único y especial, y que las reglas de antaño ya no pueden aplicarse con credibilidad. En absoluto. Puede parecer que vivimos en un mundo de cambios y flujos, pero bajo todo ello hay una cultura constante que cambia poco, o nada, de año en año: la cultura del consumismo que crea el culto al cambio constante. Es con ese cimiento subyacente que la iglesia se debe enfrentar.
¿Cómo puede la iglesia hacer esto? Solo hay una manera de hacerlo: siendo contracultural. La iglesia, tanto a nivel local como a nivel de sus denominaciones, debe ser el agente de la contracultura. Las «guerras culturales», tan a menudo consideradas por la iglesia en términos de fenómenos culturales como la legislación política, los programas de televisión, etc., deben entenderse a un nivel mucho más profundo. La iglesia tiene que oponerse a la cultura en sus propios fundamentos. De hecho, en esto la iglesia no tiene opción, pues entre las consecuencias más desafortunadas de esta mentalidad consumista están las siguientes, ambas antitéticas a la ortodoxia: En primer lugar, en un mundo en el que nada parece ser sólido o seguro, cuando todo está en constante movimiento, o se disuelve, o se rompe, o se transforma en otra cosa, o incluso se transforma en lo opuesto, la propia noción de estabilidad deja de tener sentido o significado y, podríamos añadir, el propio concepto de significado deja de tener sentido. La conexión entre la forma en que el mundo es en términos de consumo material y la forma en que el mundo piensa en la verdad es compleja, pero hay una conexión muy definida. Cuando se considera que la estética del cambio constante forma parte de cómo es el mundo, inevitablemente llega a afectar a algo más que a la forma en que elegimos qué par de pantalones vamos a comprar; llega a conformar nuestra propia visión del mundo en su conjunto.
En segundo lugar, en un mundo impulsado por el consumismo, todo es un producto o una mercancía, y el juego se convierte en el de averiguar lo que el mercado tolerará y dar forma y orientar el producto según sea necesario. Aunque no se pueda asegurar que la ortodoxia no «venda» en tales circunstancias, sí se puede asegurar que no venderá durante mucho tiempo antes de que sea necesario cambiarla, empaquetarla de nuevo, hacerla más atractiva y ayudarla a competir con los nuevos productos que siempre llegan a las tiendas.
En resumen, el cristianismo, con su afirmación de que la verdad no cambia, de que el Jesús de Pablo es el Jesús de hoy, y de que Dios es el gran sujeto ante el que todos somos objetos… este cristianismo, por su propia existencia, protesta contra la cultura tanto a nivel fenoménico, donde el cambio, y no la estabilidad, es la verdad, como a nivel fundacional, donde la negociación entre el proveedor y el consumidor es la fuerza motriz constante, tanto si hablamos de ideas como de marcas de cafeteras.
Aquí es donde debemos tener cuidado. En su fascinante libro Nation of Rebels: Why Counterculture Became Consumer Culture [Nación de rebeldes: Por qué la contracultura se convirtió en cultura de consumo], Joseph Heath y Andrew Potter demuestran en términos aleccionadores cómo la contracultura de los años sesenta acabó no solo siendo absorbida por el consumismo, sino que incluso llegó a acaparar una parte importante de la cuota de mercado, con eslóganes como «No logo» convertidos en logotipos de diseño. La lección de ese libro es que el consumismo es una de las fuerzas culturales más poderosas jamás desatadas y su capacidad para convertir cualquier cosa en una mercancía, incluso lo que se le opone, es asombrosa. Lo que se convirtió en realidad para los hippies de los años sesenta es seguramente un peligro aun mayor para un evangelicalismo estadounidense que siempre ha estado más cerca del estilo de vida americano que las multitudes que se reunieron en Woodstock.
Por lo tanto, no es suficiente que la iglesia se limite a desafiar el cambio como cambio; tiene que pensar muy cuidadosamente en cómo se relaciona con los motores que impulsan esta cultura: la mercadotecnia comercial, la codicia, las concepciones mundanas del poder y el éxito, la necesidad de encontrar satisfacción en cosas distintas al evangelio. No es fácil ver cómo se puede hacer esto pero, tomando prestada una frase de la política contemporánea, tal vez tengamos que actuar localmente y planificar globalmente. La iglesia local es ciertamente la unidad más básica de la resistencia contracultural. Recitar el Credo de los Apóstoles cada domingo, por ejemplo, es una declaración clara a la iglesia y al mundo de que el cristianismo no se reinventa durante el servicio. La permanencia de los ministros en sus cargos durante más de dos años envía una señal de que el pastorado no es una carrera que hay que escalar a toda velocidad, al igual que (¿me atrevo a decirlo?) dar prioridad a la predicación del evangelio frente a la oferta de ideas vacías sobre las últimas superproducciones de Hollywood o las letras de Bono o las plataformas políticas de tal o cual político. Estos últimos son, en el mejor de los casos, síntomas superficiales de una cultura de consumo a la que hay que resistir, no copiar.
El rápido cambio de la cultura que nos rodea es una muestra del poder de los mercados de consumo para fabricar la verdad, rehacerla, volver a empaquetarla, cambiarla de nuevo y seguir vendiéndola a los clientes cuyo apetito parece indefinidamente maleable e insaciable. Sin embargo, como iglesia no debemos preocuparnos tanto por el hecho del cambio como por las fuerzas oscuras que subyacen a ese cambio. Como la punta de un iceberg, el cambio no es la verdadera amenaza, que en realidad se encuentra bajo la superficie. La iglesia debe comprender que no está llamada simplemente a resistir a una cultura del cambio que hace que todo sea negociable; debe resistir a la fuerza que impulsa estos cambios, y esa es el consumismo que, de forma preocupante, impulsa toda nuestra perspectiva económica y, por tanto, moldea nuestras vidas de una forma que muchos de nosotros desconocemos por completo.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Carl R. Trueman El Dr. Carl R. Trueman es profesor de estudios bíblicos y religiosos en Grove City College en Grove City, Pa. Es autor de varios libros, incluyendo The Creedal Imperative [El Credo Imperativo].
Miércoles 14 Septiembre Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados. Hebreos 12:11 Pequeños test de paciencia Nuestra vida diaria abunda en pequeñas contrariedades e inconvenientes de toda clase. Una palabra hiriente, una descortesía, una ingratitud, un contratiempo… son tantos de los obstáculos para nuestra fe. Tal vez solo sean pinchazos de alfileres, pero es precisamente debido a su insignificancia y porque son repetitivos, que nos toman por sorpresa y acaban con nuestras buenas decisiones.
Como Cristo libera perfectamente, estos pequeños problemas también están bajo su competencia. Debemos hallar en él la fuente eficaz y suficiente para que esos pinchazos de alfiler no sean un motivo de desánimo o de derrota, sino que este sufrimiento sea cambiado en bendición para nosotros.
Dios afirma que él “es poderoso para guardaros sin caída” (Judas 1:24). Que Dios nos ayude a considerar cada prueba, pequeña o grande, como permitida por él. Hablemos de ella a nuestro Dios y Padre por medio de la oración, sabiendo que él nos ama y quiere consolarnos. Cuando logremos aceptar así todo lo que nos hace sufrir, sea que venga de los demás, de nosotros mismos o directamente de arriba, como una marca del amor divino, estaremos en la actitud correcta para soportar el sufrimiento. Incluso será para nosotros una bendición.
“Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno” (Colosenses 4:6).
“El Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Hebreos 12:6).