La amistad virtual

La amistad virtual
Por John R. Muether

Nota del editor:Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Vamos a empezar con una predicción razonablemente segura: es probable que no termines este artículo. Esto no solo por la prosa del autor (que reconozco que no ayuda), sino que se basa en estadísticas confiables que indican cómo se han acortado los períodos de atención.

Puede ser una exageración sugerir, como propuso provocativamente The Atlantic Monthly hace unos meses, que Google está volviendo estúpidos a los estadounidenses. Pero el gigante de Internet y sus cómplices nos están volviendo más inquietos y, como el título del reciente libro de Maggie Jackson, distraídos. En nuestra era digital, la atención concentrada se hace más difícil. La multitarea fragmenta nuestro pensamiento y los momentos de reflexión se ven interrumpidos por ese mensaje de texto urgente. La concentración se desvía después de unos pocos párrafos y hemos perdido el arte de la lectura profunda y reflexiva.

A estas alturas, todos estamos razonablemente familiarizados con el uso de computadores. Las redes sociales mejoradas tecnológicamente a través de los teléfonos móviles, el correo electrónico, los blogs, Twitter o lo que sea que esté por venir son características inevitables de nuestro paisaje electrónico. Hemos llegado a aceptar la realidad de los mismos sin apenas reflexionar. Más allá de nuestros hábitos atrofiados de lectura, el efecto de nuestro mundo de redes sociales es al menos doble: trivializa la noción de amistad y erosiona nuestro sentido de comunidad.

Tengo un colega que tiene 1 035 amigos en Facebook. Para los estándares de Facebook, eso es poco notable. Al mismo tiempo, por supuesto, es también una mentira, pues la amistad es humanamente imposible a una escala tan masiva. El resultado es un exceso de información exhibicionista para la mayoría: tu colonoscopia de esta mañana no es realmente de mi incumbencia. Mientras tanto, los que están genuinamente cerca de ti se preguntan por qué se enteraron de la muerte de tu madre a través de tu perfil en Twitter, que lo informó instantáneamente a masas incalculables.

Por mucho que Facebook pretenda «gestionar» nuestros amigos, sencillamente no podemos llevar la cuenta de semejante volumen. En mi caso, he acumulado más de los que puedo manejar, al menos cuatrocientos, una cuarta parte de los cuales nunca he conocido. (En al menos un par de ocasiones, confirmé una amistad con un perfecto desconocido, totalmente convencido de que era otra persona). Sobre todo, nadie puede asumir el gasto de estas asociaciones. Como observó Maggie Jackson, los amigos de Facebook no aumentan el número de personas a las que uno está dispuesto a donar un riñón.

He caído en el hábito de cerrar los correos electrónicos a amigos que no he visto en años con palabras como «espero que nuestros caminos se crucen pronto». Esto se ha convertido en un cliché que estoy tratando de eliminar. Pero ilustra el argumento de que la amistad exige un contacto real. La cultura electrónica separa a la vez que desencarna. La paradoja es que nos vincula con gente lejana mientras nos separa de los más cercanos. Estamos cada vez más aislados, aunque hagamos el falso alarde de haber superado el tiempo y la distancia y «reconectarnos».

La superficialidad de estas tecnologías queda demostrada con la proliferación de los conflictos electrónicos. Es difícil que alguien que haya utilizado el correo electrónico no haya experimentado algún malentendido grave, incluso con un viejo amigo. He hecho lo que creía que eran bromas muy inteligentes en línea, solo para ser acusado de «incendiario» porque mi humor carecía de la comunicación no verbal para enmarcarlo en el contexto adecuado. ¿Es una sorpresa, entonces, que nuestro Señor, en Mateo 18, ordene la reconciliación a través de un compromiso directo, cara a cara?

Peor aún, las redes sociales han transformado la amistad en una mercancía. Coleccionamos amigos en nuestro deseo de construir un estatus. Las personalidades en línea (incluso hasta el punto de tener identidades múltiples y cambiar de género) se construyen cuidadosamente, ya que anhelamos la atención que esperamos obtener. Christine Rosen ha observado que el imperativo socrático que dice «conócete a ti mismo» se altera en la cultura cibernética por «muéstrate a ti mismo». Aquí hay poca vergüenza. (Uno de mis conocidos utilizó su estado de Facebook para hacer una crónica de su bloqueo como escritor). Incluso la novedad de todo esto se hunde en el vasto océano de diarios públicos sin sentido. Rosen describe Facebook como «un lugar abrumadoramente aburrido de singularidad monótona, de individualidad convencional, de uniformidad distintiva».

Las horas que dedicamos a estas cosas nos dejan menos tiempo para mantener una correspondencia más profunda con amigos de verdad. ¿Por qué dedicar el tiempo y el esfuerzo de escribir y enviar una carta a mano cuando se puede «dar un toque» a docenas de amigos a la vez? Además, las flores digitales son mucho más baratas que las de verdad. Al final, la amistad se convierte en una competición: ¿cuándo voy a colarme en el «Top 5» del servicio de telefonía móvil de mi amigo?

En todos estos ejemplos, la amistad se degrada cuando se reduce a fines utilitarios. ¿Podemos siquiera reconocer la amistad genuina después de todo? A diferencia de la familia (incluida la familia de la iglesia) o del prójimo cercano (a quien se nos ordena amar y servir), la amistad se basa en fundamentos distintos. Implica una elección (no se elige a la familia o al prójimo), y exige altos niveles de confianza, respeto y privacidad. En resumen, la amistad tiene que costar algo para ser genuina.

La semana pasada, en el transcurso de un intercambio de correos electrónicos relacionados con el trabajo con una joven, descubrí que era la sobrina de un viejo amigo mío. «No puedo esperar a decirle a mi tío que hemos conectado», me escribió. Su expresión me hizo reflexionar. ¿Es eso lo que hicimos? ¿Y qué significa, después de todo, «conectar»? ¿Somos amigos ahora? Facebook alinea a los amigos de los amigos (de los amigos) basándose en una tenue afinidad, ya sea real o percibida. Es un flujo de relaciones de paso. Tal vez había una razón, después de todo, para que tu compañero de habitación de la universidad perdiera el contacto contigo en el transcurso de las últimas dos décadas. Tal vez era porque no estaban realmente conectados.

No quiero negar que hay algunos usos legítimos de las redes sociales. Esta mañana me ha alegrado saber por Facebook que mi muy paciente editor de Tabletalk, Chris Donato, es el orgulloso padre de su segundo bebé. (Hmm, quizás eso le distraiga de notar que estoy atrasado con mi entrega). Facebook puede ser un medio para ayudar a los contactos que tengo; pero ¿puede crear y mantener relaciones que de otro modo serían insostenibles? Esto parece plantear dos preguntas más: ¿son realmente necesarias estas conexiones? Y, lo que es más importante, ¿compiten con tus amigos que no son de Facebook? Internet da y quita.

Los defensores de las redes sociales promueven con entusiasmo su promesa de regenerar la comunidad perdida, de sanar las fracturas de nuestras vidas aceleradas. En ningún lugar se hace esta afirmación con más confianza que en las iglesias de hoy en día, cuyo afán por conseguir miembros es un reflejo de la lista de amigos del individuo. Es sorprendente considerar la desesperación con la que las iglesias intentan conectarse. Los «ministros tecnológicos» se proponen edificar una comunidad a través de Internet. Una de las iglesias que marcan el ritmo asegura a los escépticos que no está interesada en sustituir las conexiones cara a cara por las virtuales. Pero eso es exactamente lo que hará. Numerosos estudios indican que la conexión a través de Internet va en detrimento de las relaciones no virtuales. Hace poco, una familia abandonó mi iglesia tras quejarse de la falta de oportunidades de compañerismo. La sesión estuvo reflexionando mucho sobre esta queja, ya que parecía que la familia no aprovechaba las numerosas oportunidades sociales de la iglesia. Finalmente, la madre confesó que ansiaba una comunión «en la que pudiera chatear por Facebook todo el día, como hago con mi grupo virtual de escuela en casa».

Shane Hipps escribe en su libro Flickering Pixels [Pixeles parpadeantes]: «Las redes sociales digitales inoculan a la gente contra el deseo de estar físicamente presente con los demás en redes sociales reales, como una iglesia o una comida en casa de alguien». ¿Por qué el desorden de la interacción real cuando puedes conectarte para adorar? En una iglesia en línea, ¡no es necesario congregarse!

Robert Putnam, autor de Solo en la bolera, se cuenta entre los escépticos de la ciberiglesia. La asistencia a la iglesia diversifica genuinamente, pero la uniformidad del mundo virtual es un apartheid cibernético que se disfraza de comunidad. En palabras de Putnam, es «poco probable que Internet revierta por sí mismo el deterioro de nuestro capital social».

Frente a la incomodidad e ineficacia de la comunidad genuina, las comunidades virtuales tienen la ventaja de permitir abandonarlas con la misma facilidad con que se entra en ellas. Desaparecer puede ser tan sencillo como no responder a un correo electrónico. (¿Quién de nosotros está dispuesto a arrojar la primera piedra cibernética a alguien que quedó enterrado bajo su bandeja de entrada?). O tal vez existe un medio de «eliminar la amistad» con un clic. Con estas estrategias de salida, las redes sociales no son tanto comunidades como enclaves de estilo de vida. Un sociólogo las ha descrito acertadamente como «individualismo en red». El individualismo y el consumismo no fueron inventados por la Internet, por supuesto, pero la Internet permite que estas dinámicas florezcan y dominen nuestros acuerdos sociales.

Nuestro reto entonces consiste en hacer frente a la cultura de la multitarea, de la pantalla dividida y de los tonos de llamada de Internet. Quentin Schulze, del Calvin College, nos anima a distinguir entre los «hábitos buenos y malos del corazón altamente tecnológico». La moderación tecnológica es buena para el alma, la mente y la iglesia. Necesitamos remodelar nuestro entorno para ampliar nuestra capacidad de atención y profundizar en nuestros compromisos con los amigos y la comunidad.

Has dado un primer paso al terminar este artículo. Ahora lee el siguiente. Luego escribe una carta a un amigo. No hagas trampa enviando un mensaje de texto o escribiendo un blog.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John R. Muether
John R. Muether es profesor de historia de la Iglesia y decano de las bibliotecas en el Reformed Theological Seminary en Orlando, Florida. Es autor, coautor o editor de múltiples libros, incluyendo Seeking a Better Country: 300 Years of American Presbyterianism [Buscando un país mejor: trescientos años de presbiterianismo americano].


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