El mundo más nuevo y desafiante

El mundo más nuevo y desafiante
Por Andrew M. Davis

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

Nota del editor:Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Cuando la imaginación humana concibe el futuro, tiende a concebir sueños o pesadillas. Los sueños viven en el corazón de los idealistas, que suponen que el ingenio humano es suficiente para construir un mundo perfecto. Las pesadillas atormentan la mente de los realistas, que expresan sus temores en escenarios catastróficos que consideran ineludibles. Los cristianos, sin embargo, han sido llamados por Dios a una realidad futura infinitamente superior, a una esperanza mejor que cualquier sueño —los cielos nuevos y la tierra nueva— unida a una valentía que reconoce que el camino hacia ese mundo perfecto será sangriento y aterrador.

Desde que la humanidad fue expulsada del jardín del Edén, hemos anhelado volver, o al menos crear, un mundo perfecto de nuestra propia autoría. El orgullo humano impulsó la construcción de la torre de Babel, gracias a un avance tecnológico en los materiales de ingeniería: el descubrimiento de que la cerámica bien cocida era superior a la piedra tallada para construir estructuras elevadas. La evaluación que hace Dios del potencial humano es sorprendente: «Nada de lo que se propongan hacer les será ahora imposible» (Gn 11:6). Pero Dios interfirió confundiendo el lenguaje y frenando el proceso de ingeniería social.

Desde entonces, la historia ha sido un largo viaje del orgullo humano, el poder y la tecnología en busca de un mundo perfecto lejos de Dios. A principios del siglo XX, los sueños utópicos alcanzaron niveles de optimismo asombrosos. H.G. Wells, impávido ante la carnicería de la Primera Guerra Mundial, escribió Men Like Gods [Hombres como dioses] en 1923. Describe un universo utópico paralelo en el que el socialismo, la ciencia y la educación han erradicado todos los males. En 1932, Aldous Huxley respondió con una parodia pesimista titulada Brave New World [Un mundo feliz]. En ella, ofrecía una visión aterradora de un mundo en el que la tecnología y el nihilismo hedonista creaban una existencia de placer sin sentido. Su mundo feliz era una pesadilla.

Hoy en día, los cristianos se enfrentan a un mundo que cambia a un ritmo vertiginoso. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 provocaron la implosión instantánea de dos de los edificios más altos del mundo. El último trimestre de 2008 vio la erradicación casi instantánea de años de inversiones en pensiones en un desplome de la bolsa. Mientras tanto, los laboratorios del mundo siguen produciendo tanto maravillas tecnológicas como pesadillas éticas: dispositivos inalámbricos de Internet y extraños experimentos genéticos de laboratorio. Los cristianos contemplan un futuro muy incierto, impulsado por fuerzas difíciles de entender y más difíciles de predecir. ¿Cómo deben los cristianos contemplar el futuro?

El punto de partida para nosotros es la revelación en la Escritura del poder soberano de Dios en la orquestación de un plan para un mundo futuro de gloria indescriptible. Aunque la humanidad puede hacer maravillas tecnológicas que se elevan desde las llanuras de Babel, Dios tuvo que descender una gran distancia desde Su trono celestial para inspeccionar su obra. Dios gobierna, Su poder es infinito y sigue empeñado en interferir en la historia de la humanidad, frenar el mal y llevar a cabo Su plan.

¿Y cuán glorioso es ese plan? Los corazones humanos nunca lo habrían elaborado y ni siquiera pueden concebirlo adecuadamente, pero Dios nos lo ha revelado por Su Espíritu (1 Co 2:9-10). Ese plan es para el mundo más nuevo y desafiante posible. Será el mundo más desafiante posible porque se basará en la valentía incomparable de Jesucristo al beber la copa de la ira de Dios por sus habitantes. Y en ese nuevo mundo no entrarán más que los valientes, porque los cobardes serán eliminados (Ap 21:8), y solo se concederá el derecho a entrar a los que venzan al mundo por la fe. No se requerirá valentía para vivir allí, pero será un mundo que se alcanzará mediante los mayores actos de valentía de la historia. El libro del Apocalipsis deja claro que es un camino de tribulación, incluso de martirio sangriento, el que conduce al mundo perfecto, y la disposición de los santos a considerar que sus sufrimientos no son dignos de comparación con la gloria que se revelará en ellos trae la mayor gloria a Dios.

También será el mundo más nuevo posible, porque Dios dice: «Yo hago nuevas todas las cosas» (Ap 21:5), por eso se les llama cielos nuevos y tierra nueva. Será un mundo nuevo para explorar, un mundo en el que no habrá más muerte, luto, llanto y dolor, porque el viejo orden de cosas habrá pasado. La adoración será nueva, ya que los habitantes del lugar cantarán un cántico nuevo que no se puede enseñar en la tierra (14:3). Su morada será nueva —la nueva Jerusalén— y brillará con vistas y tecnologías actualmente inimaginables. Su visión de las glorias de Dios se renovará constantemente, pues los redimidos nunca se cansarán de contemplar Su rostro.

Los cristianos deben saturar sus corazones con estas promesas mientras se ciñen de valentía para el camino que tienen por delante. Es un camino lleno de cambios, pero esos cambios son ordenados y gestionados por la sabiduría soberana de Dios. La imaginación incrédula mira hacia adentro para estudiar la ingenuidad o la maldad del ser humano, y luego mira hacia adelante a los sueños utópicos o a las pesadillas distópicas. El corazón cristiano mira hacia arriba, hacia el Dios de la Biblia, y luego mira hacia adelante con valentía frente al viaje terrenal que aún queda y con esperanza en el mundo nuevo que viene.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Andrew M. Davis
El Dr. Andrew M. Davis es pastor de la First Baptist Church en Durham, Carolina del Norte, y profesor adjunto de teología histórica en Southeastern Baptist Theological Seminary.

¿Demasiado bueno para ser verdad?

¿Demasiado bueno para ser verdad?

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

Por Robert B Strimple

Nota del editor:Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Fui bautizado en 1935 y luego me criaron en una de las mayores denominaciones protestantes «principales». Pero a los doce años estaba tan decepcionado con los pastores que nos habían asignado, todos predicando el antiguo liberalismo tan popular en aquellos años, que les pregunté a mis padres si podía transferirme a la Iglesia presbiteriana ortodoxa local. Fui con su bendición, y el Señor me bendijo pronto con una fe bíblica cada vez más profunda.

A medida que examinamos la escena estadounidense actual, las iglesias principales, en lugar de volver definitivamente a la fe bíblica y abrazar el evangelio, simplemente han probado una sugerencia tras otra de «cómo atraer nuevos miembros» y posteriormente han visto cómo su membresía se reduce cada año. Y lo que es aun más triste para mí, el término «evangelicalismo» parece haber perdido todo significado. Las nuevas iglesias «emergentes» continúan llamándose evangélicas, pero para mi asombro han adoptado una teología de «relevancia cultural» que comparte mucho en común con el antiguo liberalismo de hace un siglo.

La mayoría de las iglesias evangélicas, por supuesto, todavía pretenden aferrarse al evangelio bíblico. Pero en lugar de predicar ese evangelio con gozo en toda su riqueza y en el poder del Espíritu Santo, demasiados asumen que sus oyentes ya aceptan ese evangelio y predican sermones sobre asuntos más «prácticos», como ser mejores cónyuges, padres, administradores del dinero, etc. La triste ironía es que sin una base firme en los fundamentos de nuestra fe cristiana, los oyentes de tales sermones no están logrando ni siquiera esos objetivos prácticos.

Hermanos y hermanas en Cristo, si nuestras iglesias han de ser verdaderamente gozosas y glorificar a Dios, creciendo tanto en fe como en número, el evangelio no debe ser asumido, debe ser predicado y creído (ver Ro 10:13-15). Ustedes, las ovejas por las cuales murió el Pastor, deben insistir a través de sus oficiales electos que el evangelio no sea asumido sino predicado en sus iglesias

Todos hemos visto las encuestas aterradoras. La más reciente que vi decía que los que profesaron ser cristianos eran el setenta y cinco por ciento de los llegaron a la edad adulta en la década de 1950 (esta es mi generación), el treinta y cinco por ciento de la siguiente generación (la de mis hijos) y, según proyecta este estudio en curso, será solo el quince por ciento de la generación que ahora está llegando a la edad adulta (la de mis nietos). Este estudio concluyó: «Los jóvenes de dieciocho años criados en la iglesia están rechazando su fe a un ritmo alarmante». ¿Cómo van a ser alcanzados y retenidos? Se les debe predicar el evangelio en el poder del Espíritu.

¿Por qué los llamados sermones de temas «prácticos» han reemplazado al evangelio? Permítanme sugerir lo siguiente: Marshall McLuhan, gurú canadiense de las comunicaciones de la década de 1960, el de la famosa frase de «el medio es el mensaje», declaró que «el problema de la iglesia es que el evangelio es una buena noticia en un mundo en el que las malas noticias son noticias». Pero el mensaje de la Biblia no solo es una buena noticia, ¡es una buena noticia milagrosa, que va más allá de nuestra imaginación! Y seamos realistas, esas noticias son más difíciles de creer que las noticias ordinarias y cotidianas sobre cómo mejorar las relaciones con el prójimo. Sí, el evangelio puede parecer demasiado bueno para creerlo. Pero debemos creer, porque la Palabra de Dios es verdadera y muchas evidencias lo atestiguan (He 2:3-4).

Los invito a leer de nuevo la maravillosa narración de Juan 11:17-45. La pregunta que nuestro Señor le dirigió a Marta, nos la dirige ahora a nosotros por medio de Su Espíritu: «¿Crees esto?» (v. 26). Que el Espíritu nos capacite a cada uno de nosotros para responder como lo hizo Marta: «Sí, Señor; yo he creído».

¿Qué tan perspicaz es la respuesta de Marta? Jesús ha hecho una afirmación impensable, impensable en labios de cualquiera, a menos que sea Dios mismo: «Yo soy la resurrección y la vida» (v. 25). Luego le pregunta: «¿Crees esto?». Y Marta responde: «Sí, Señor; yo he creído que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, o sea, el que viene…». Marta vio correctamente la resurrección como el gran acto venidero de salvación de Dios. Ella sabía que la resurrección tendría lugar «en el día final» (v. 24). Pero ahora cae sobre ella la verdad adicional de que aquí ante ella está quien es Él mismo el gran acto final de salvación de Dios, ¡y Él ya ha venido! Aquí está el que prometió venir al mundo y marcar el comienzo de un nuevo mundo, de una nueva era. La resurrección, el don de la vida: esta es la obra del Mesías. «Sí, Señor, creo que la vida está disponible ahora mismo, en ti», es lo que dice Marta en realidad, porque «tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, o sea, el que viene al mundo».

Pero tenemos más que el testimonio autoritativo de Jesús con respecto a Su poder de dar vida. También tenemos la señal autoritativa que Él obró. Jesús gritó: «¡Lázaro, sal fuera!», y el que había muerto en verdad salió (vv. 43-44). Jesús ejerció el poder de la resurrección. Y así Él se manifestó, tanto en obras como en palabras, como el Salvador verdadero y final, el Cristo, el Hijo de Dios.

Albert Camus, el novelista francés, ateo y existencialista, tan popular entre los estudiantes universitarios en mi época, hace que su héroe en La peste diga en un momento: «Salvación es una palabra demasiado grande para mí. No apunto tan alto». ¡Pero no es demasiado alto o maravilloso para Jesús! Las buenas noticias de la vida de la resurrección eterna en Jesús no son demasiado buenas para ser verdad. Nuestro Señor mismo dice: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en Mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert B Strimple
El Dr. Robert B. Strimple es presidente emérito y profesor emérito de Teología sistemática en el Westminster California. Es autor de The Modern Search for the Real Jesus [La búsqueda moderna del verdadero Jesús].

El factor miedo

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

El factor miedo
Por Keith A. Mathison

Nota del editor:Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Cuando me mudé al centro de Florida en 1992, me dijeron que esta parte del estado no había sido golpeada directamente por un huracán desde los años cincuenta. En ocasiones nos golpearon los bordes exteriores de algunos huracanes y tormentas tropicales, pero nada importante. Todo eso cambió en 2004, cuando esta pequeña parte del estado fue golpeada, no por uno, sino por tres fuertes huracanes en el corto espacio de seis semanas. El huracán Charley nos golpeó la noche del 13 de agosto. Tres semanas después nos golpeó el huracán Frances. Tres semanas después nos golpeó el huracán Jeanne. No fue un tiempo agradable para vivir en esta parte de Florida.

Hubo un efecto secundario en esa temporada de huracanes de 2004 que quizás debí anticipar, pero no lo hice. Tiene que ver con el efecto que tendría en nuestros meteorólogos locales. Al acercarse la temporada de huracanes de 2005, algunos de ellos enloquecieron. Si se me permite un poco de hipérbole, el informe meteorológico típico de ese año podría parafrasearse así: «Se ha formado una depresión tropical frente a la costa de África. Es probable que se convierta en un gran huracán. Probablemente va a golpearnos y probablemente todos vamos a morir». Ellos parecían tener un objetivo: crear un estado perpetuo de miedo y ansiedad. Dejé de verlos después de unas semanas y le pedí a mi esposa que solo me dijera si era necesario tapar las ventanas o evacuar.

Quienes hayan visto o leído las noticias en los últimos años probablemente hayan notado esta tendencia, independientemente del lugar donde se viva. Al ver las noticias lo suficiente comienza a desarrollarse un monólogo en tu mente: «La economía se derrumbará pronto, obstaculizando nuestra guerra contra los terroristas que están a punto de atacarnos de nuevo. Lo único que puede detenerlos es una pandemia de gripe aviar, gripe porcina o la peste negra, pero esta pandemia solo afectará a aquellos de nosotros que no hayan sucumbido ya a los efectos nefastos del cambio climático. Quédate en sintonía para un informe sobre qué producto alimenticio popular ha demostrado producir cáncer en ratas de laboratorio y chimpancés».

¿Cómo podemos lidiar con toda esta paranoia, miedo y ansiedad inducidos por los medios de comunicación? Un ejemplo en la historia de la iglesia resulta instructivo. San Agustín (354-430) vivió en una época de gran temor y ansiedad. Su mundo cambió dramáticamente en el año 410 d. C. cuando el bárbaro Alarico I entró en Roma. Fue el principio del fin de la mitad occidental del Imperio romano. Mientras los refugiados huían al norte de África, trayendo todo tipo de informes nefastos, Agustín se vio obligado a lidiar con varios problemas, ya que muchos llegaron a culpar al cristianismo de la caída de Roma. Su obra clásica La ciudad de Dios fue escrita para responder a esa crisis. Una de mis citas favoritas de este libro se refiere al temor de sus lectores. Anima a los cristianos que están rodeados de peligros por todas partes, diciendo: «Entre los peligros diarios de esta vida, cada hombre en la tierra está amenazado de la misma manera por innumerables muertes, y no se sabe cuál de ellas le llegará. Y por eso la cuestión es si es mejor sufrir una al morir o temerlas todas al vivir» (libro 1, cap. 11). Estas son las palabras de alguien que confía en la soberanía de Dios. Agustín sabía que no tenía sentido vivir temiendo a todos los peligros que le rodeaban. Sabía que Dios tenía el control y que ni un solo cabello podía caer de su cabeza si no era por la voluntad de Dios.

El mundo tiene miedo y está ansioso, pero ese miedo y ansiedad es por las cosas equivocadas. El mundo tiene miedo por la economía. El mundo tiene miedo por las finanzas de las pensiones. El mundo teme las catástrofes naturales y las provocadas por el hombre. El mundo tiene miedo del terrorismo y de las enfermedades. Sin embargo, el mundo no teme a Dios. Jesús nos dijo que no debemos temer a los que pueden matar el cuerpo, pero que no pueden matar el alma. En cambio, debemos temer a Dios, que puede destruir ambas cosas (Mt 10:28). La ira de Dios hace que todos los demás objetos de los temores del mundo parezcan nada en comparación. Lo verdaderamente aterrador es caer en las manos del Dios vivo (He 10:31).

Sin embargo, quienes han puesto su fe en Jesucristo no tienen nada que temer del hombre ni de cualquier otra cosa. Los que confían en Cristo no tienen nada que temer de los huracanes, las enfermedades, el colapso económico, la guerra, el hambre o incluso la muerte. Todas estas cosas están bajo el control de nuestro Padre soberano en el cielo. Por supuesto, decir esto es muy fácil, pero con demasiada facilidad quitamos nuestros ojos de Dios y solo vemos los peligros que nos rodean.

¿Hay algo que podamos hacer para combatir esta ansiedad y miedo mundanos? Creo que Pablo nos da una pista importante al contrastar el miedo con la oración. Él escribe: «Por nada estén afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús» (Fil 4:6-7). Descuidar la oración casi siempre se traduce en el aumento de nuestro miedo y ansiedad. Esto no es coincidencia. La oración es un acto de fe en Dios, y la fe en Dios conduce a la paz de Dios.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Keith A. Mathison
El Dr. Keith A. Mathison es profesor de teología sistemática en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de varios libros, entre ellos The Lord’s Supper: Answers to Common Questions [La Cena del Señor: respuestas a preguntas comunes].

Comprometer la verdad y la práctica

Comprometer la verdad y la práctica
Por Walter J Chantry

Nota del editor:Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Justo antes de que Jesús fuera llevado al cielo, dijo a Sus discípulos: «recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán Mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1:8). Dar testimonio de quién es Jesús y de lo que enseñó debía ser transcultural. A medida que Sus discípulos se enfrentaban a nuevos cambios sociales y culturales, se esperaba que se aferraran a la verdad y a la justicia para ser luces brillantes de Su reino en todo el mundo.

Hoy en día se están produciendo cambios rápidos en el mundo en el que debemos llevar a cabo la gran comisión. El mundo sigue marcado por hombres «amadores de sí mismos», «avaros» o «amadores de los placeres en vez de amadores de Dios» (2 Ti 3). Estas tendencias de la naturaleza humana caída descubren constantemente nuevas formas de manifestarse en cada sociedad de la tierra. Sigue habiendo una necesidad crítica de que los testigos de Jesús sean contraculturales allí donde abunda el pecado.

Los cambios sociales en los Estados Unidos son tan rápidos que pocos son conscientes de las presiones radicales que sufren los cristianos y sus iglesias. En los últimos cincuenta años, incluso el sentido de pertenencia a una comunidad ha desaparecido en gran medida. El atractivo de las zonas rurales atrae a los cristianos a querer criar a sus familias en lugares donde se pueden construir casas bonitas cerca de campos y arroyos. Pero sus trabajos se encuentran en lugares que a veces están a horas de distancia de esos hogares. Al mismo tiempo, puede haber una «buena» iglesia a una hora o más de viaje en una dirección diferente a la del lugar de trabajo.

Dado que a menudo no se planifican de antemano las consecuencias, hay muchos menos creyentes que pueden asistir a los servicios de culto de la iglesia de forma regular. Hacerlo simplemente exigiría más horas de viaje que de reunión con los santos. Las iglesias cancelan las reuniones de oración porque hoy en día es poco práctico para la mayoría asistir. Así, en lugar de dos o tres sesiones en las que se enseña la Palabra de Dios, el número se reduce a una por semana. Esto ocurre en un momento en que necesitamos más predicación, no menos. Al mismo tiempo, los niños están siendo entrenados por la experiencia y el ejemplo de los padres de que ir a la iglesia durante más o menos una hora a la semana es normal.

Algunos complementan su dieta espiritual escuchando a su(s) predicador(es) favorito(s) en CD, iPod o en línea. Su intercambio de ideas con otros creyentes es frecuentemente en blogs o a través de otros contactos informáticos sin rostro. Estos hábitos están sustituyendo a veces el «congregarnos» (He 10:25) como manda la Escritura. Pero las transmisiones electrónicas no pueden duplicar la presencia del Espíritu Santo en una congregación de santos. Además, hay un descuido de aspectos importantes del cuidado pastoral y de las exhortaciones.

Este aislamiento y la falta de presencia en la propia comunidad no era habitual hace cincuenta años. Es más difícil ser testigos con una vida que transcurre en un hogar que es poco más que un dormitorio y una sala de ordenadores con, quizás, una sala de escuela unifamiliar, al tiempo que se pasan incontables horas en la autopista yendo de aquí para allá.

Otro cambio, del que muchos no son conscientes pero que nos presiona, es la variedad inmensa de enseñanzas dentro de los círculos evangélicos. Debido a que los cristianos enseñan varias doctrinas, a menudo se piensa que es de poca importancia el conjunto de doctrinas que creemos. Deseando la unidad entre el número cada vez menor de cristianos en nuestra nación, no deseamos discutir las enseñanzas conflictivas entre «nosotros». Es bastante satisfactorio engrosar nuestros números siendo muy inclusivos. Con esta actitud de tolerancia, las mismas doctrinas preciosas que hemos afirmado mantener han sido a menudo abandonadas.

El catolicismo romano ha afirmado durante mucho tiempo que sigue otras autoridades además de las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento. Por el contrario, el protestantismo en los días de la Reforma plantó una bandera inscrita con «la Escritura sola». Es esencial para la naturaleza misma de nuestra herencia protestante que cada artículo de fe y conducta cristiana debe establecerse sobre la base de la enseñanza de la Escritura. 2 Timoteo 3:17 enseña que la Escritura hace al hombre de Dios «perfecto, equipado para toda buena obra». Esta piedra fundamental del pensamiento protestante fue proclamada valientemente por Martín Lutero en las famosas palabras: «Mi conciencia está cautiva de la Palabra de Dios». Sin embargo, hoy en día, aunque numerosos cristianos carismáticos sostienen fuentes de revelación distintas de la Biblia, y sin embargo se declaran protestantes o incluso protestantes reformados, muchos los aceptan como si «la Escritura sola» fuera un elemento no esencial de nuestra teología.

Otra teología, desarrollada siglos después de la Reforma, es el «dispensacionalismo». Durante sus enfrentamientos con Roma en el siglo XVI, los reformadores insistieron en que la salvación llega a los pecadores caídos solo por la fe en Cristo. Con el advenimiento del dispensacionalismo, algunos evangélicos empezaron a enseñar que en otras épocas de la historia se ofrecía una forma diferente de salvación, basada en las obras y no centrada en Cristo. Muchos hoy en día incluso enseñan que los judíos pueden ser salvos sin la fe en Cristo o sin el bautismo en Su iglesia, y que el camino de la salvación solo por la fe en Cristo es solo para los gentiles. Sin embargo, una vez más, hay acuerdo con aquellos que sostienen tales enseñanzas y se llaman a sí mismos reformados o protestantes a pesar de que estas enseñanzas son ajenas a la Reforma. ¿Es esta una cuestión menor que hay que dejar de lado para que podamos tener una mayor comunión y cooperación cristiana?

Empezamos a preguntarnos cuáles son los principios que definen la tradición reformada. ¿Cuáles son las cuestiones vitales de las que damos testimonio?

Las iglesias no solo están perdiendo su testimonio al adaptarse a las nuevas tendencias entre los «evangélicos». También se están transformando en conformidad con el mundo. Nada menos que el orden de la iglesia está siendo reestructurado para complacer la voz cada vez más insistente del feminismo. Pero el apóstol dijo: «Yo no permito que la mujer enseñe ni ejerza autoridad sobre el hombre» (1 Ti 2:12). Las grandes denominaciones «reformadas» están haciendo ahora a las mujeres «diáconos», como hicieron los liberales hace años. Cuando estos cambios han ocurrido dentro de las iglesias en el pasado, lo siguiente siempre ha sido la aceptación de las mujeres como ancianas.

Cuando las actitudes seculares tienen tanta importancia para la Iglesia reformada en Europa y Norteamérica, aquellos con actitudes positivas hacia la homosexualidad comienzan a presionar a la iglesia también. El patrón es primero callar sobre Génesis 19, Romanos 1 y 1 Corintios 6. Después de todo, todavía hay mucho de la Biblia para enseñar, así que ¿por qué no dejar de lado las notas que suenan allí? ¿Habrá quien dé un testimonio a los homosexuales para su verdadero bien? ¿O también habrá un acobardamiento ante la demanda de nuestra sociedad sobre este tema?

Hay un cambio constante dentro y alrededor de las iglesias. Se produjeron grandes cambios entre los años 1875-1930, cuando el liberalismo devoró grandes sectores de las iglesias que antes eran reformadas. Desde 1950 hasta el presente hubo un reavivamiento en la enseñanza de la Escritura sola, Cristo solo, la fe sola, la gracia sola y a Dios solo la gloria. ¿Seguirá siendo esta nuestra postura? Ya se han hecho concesiones.

¿Qué nos deparará el futuro? ¿Seremos testigos? ¿Cuánto de la persona, la obra y las enseñanzas de Jesús es vital para nosotros? ¿Y para nuestra iglesia?

«Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a Mí antes que a ustedes. Si ustedes fueran del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no son del mundo, sino que Yo los escogí de entre el mundo, por eso el mundo los odia» (Jn 15:18-19). Y a veces también las iglesias desprecian nuestra postura.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Walter J Chantry
El reverendo Walter J. Chantry fue pastor de Grace Baptist Church en Carlisle, Pensilvania, durante treinta y nueve años. Más adelante fue editor de la revista The Banner of Truth [Estandarte de la verdad] durante casi siete años.

La amistad virtual

La amistad virtual
Por John R. Muether

Nota del editor:Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Vamos a empezar con una predicción razonablemente segura: es probable que no termines este artículo. Esto no solo por la prosa del autor (que reconozco que no ayuda), sino que se basa en estadísticas confiables que indican cómo se han acortado los períodos de atención.

Puede ser una exageración sugerir, como propuso provocativamente The Atlantic Monthly hace unos meses, que Google está volviendo estúpidos a los estadounidenses. Pero el gigante de Internet y sus cómplices nos están volviendo más inquietos y, como el título del reciente libro de Maggie Jackson, distraídos. En nuestra era digital, la atención concentrada se hace más difícil. La multitarea fragmenta nuestro pensamiento y los momentos de reflexión se ven interrumpidos por ese mensaje de texto urgente. La concentración se desvía después de unos pocos párrafos y hemos perdido el arte de la lectura profunda y reflexiva.

A estas alturas, todos estamos razonablemente familiarizados con el uso de computadores. Las redes sociales mejoradas tecnológicamente a través de los teléfonos móviles, el correo electrónico, los blogs, Twitter o lo que sea que esté por venir son características inevitables de nuestro paisaje electrónico. Hemos llegado a aceptar la realidad de los mismos sin apenas reflexionar. Más allá de nuestros hábitos atrofiados de lectura, el efecto de nuestro mundo de redes sociales es al menos doble: trivializa la noción de amistad y erosiona nuestro sentido de comunidad.

Tengo un colega que tiene 1 035 amigos en Facebook. Para los estándares de Facebook, eso es poco notable. Al mismo tiempo, por supuesto, es también una mentira, pues la amistad es humanamente imposible a una escala tan masiva. El resultado es un exceso de información exhibicionista para la mayoría: tu colonoscopia de esta mañana no es realmente de mi incumbencia. Mientras tanto, los que están genuinamente cerca de ti se preguntan por qué se enteraron de la muerte de tu madre a través de tu perfil en Twitter, que lo informó instantáneamente a masas incalculables.

Por mucho que Facebook pretenda «gestionar» nuestros amigos, sencillamente no podemos llevar la cuenta de semejante volumen. En mi caso, he acumulado más de los que puedo manejar, al menos cuatrocientos, una cuarta parte de los cuales nunca he conocido. (En al menos un par de ocasiones, confirmé una amistad con un perfecto desconocido, totalmente convencido de que era otra persona). Sobre todo, nadie puede asumir el gasto de estas asociaciones. Como observó Maggie Jackson, los amigos de Facebook no aumentan el número de personas a las que uno está dispuesto a donar un riñón.

He caído en el hábito de cerrar los correos electrónicos a amigos que no he visto en años con palabras como «espero que nuestros caminos se crucen pronto». Esto se ha convertido en un cliché que estoy tratando de eliminar. Pero ilustra el argumento de que la amistad exige un contacto real. La cultura electrónica separa a la vez que desencarna. La paradoja es que nos vincula con gente lejana mientras nos separa de los más cercanos. Estamos cada vez más aislados, aunque hagamos el falso alarde de haber superado el tiempo y la distancia y «reconectarnos».

La superficialidad de estas tecnologías queda demostrada con la proliferación de los conflictos electrónicos. Es difícil que alguien que haya utilizado el correo electrónico no haya experimentado algún malentendido grave, incluso con un viejo amigo. He hecho lo que creía que eran bromas muy inteligentes en línea, solo para ser acusado de «incendiario» porque mi humor carecía de la comunicación no verbal para enmarcarlo en el contexto adecuado. ¿Es una sorpresa, entonces, que nuestro Señor, en Mateo 18, ordene la reconciliación a través de un compromiso directo, cara a cara?

Peor aún, las redes sociales han transformado la amistad en una mercancía. Coleccionamos amigos en nuestro deseo de construir un estatus. Las personalidades en línea (incluso hasta el punto de tener identidades múltiples y cambiar de género) se construyen cuidadosamente, ya que anhelamos la atención que esperamos obtener. Christine Rosen ha observado que el imperativo socrático que dice «conócete a ti mismo» se altera en la cultura cibernética por «muéstrate a ti mismo». Aquí hay poca vergüenza. (Uno de mis conocidos utilizó su estado de Facebook para hacer una crónica de su bloqueo como escritor). Incluso la novedad de todo esto se hunde en el vasto océano de diarios públicos sin sentido. Rosen describe Facebook como «un lugar abrumadoramente aburrido de singularidad monótona, de individualidad convencional, de uniformidad distintiva».

Las horas que dedicamos a estas cosas nos dejan menos tiempo para mantener una correspondencia más profunda con amigos de verdad. ¿Por qué dedicar el tiempo y el esfuerzo de escribir y enviar una carta a mano cuando se puede «dar un toque» a docenas de amigos a la vez? Además, las flores digitales son mucho más baratas que las de verdad. Al final, la amistad se convierte en una competición: ¿cuándo voy a colarme en el «Top 5» del servicio de telefonía móvil de mi amigo?

En todos estos ejemplos, la amistad se degrada cuando se reduce a fines utilitarios. ¿Podemos siquiera reconocer la amistad genuina después de todo? A diferencia de la familia (incluida la familia de la iglesia) o del prójimo cercano (a quien se nos ordena amar y servir), la amistad se basa en fundamentos distintos. Implica una elección (no se elige a la familia o al prójimo), y exige altos niveles de confianza, respeto y privacidad. En resumen, la amistad tiene que costar algo para ser genuina.

La semana pasada, en el transcurso de un intercambio de correos electrónicos relacionados con el trabajo con una joven, descubrí que era la sobrina de un viejo amigo mío. «No puedo esperar a decirle a mi tío que hemos conectado», me escribió. Su expresión me hizo reflexionar. ¿Es eso lo que hicimos? ¿Y qué significa, después de todo, «conectar»? ¿Somos amigos ahora? Facebook alinea a los amigos de los amigos (de los amigos) basándose en una tenue afinidad, ya sea real o percibida. Es un flujo de relaciones de paso. Tal vez había una razón, después de todo, para que tu compañero de habitación de la universidad perdiera el contacto contigo en el transcurso de las últimas dos décadas. Tal vez era porque no estaban realmente conectados.

No quiero negar que hay algunos usos legítimos de las redes sociales. Esta mañana me ha alegrado saber por Facebook que mi muy paciente editor de Tabletalk, Chris Donato, es el orgulloso padre de su segundo bebé. (Hmm, quizás eso le distraiga de notar que estoy atrasado con mi entrega). Facebook puede ser un medio para ayudar a los contactos que tengo; pero ¿puede crear y mantener relaciones que de otro modo serían insostenibles? Esto parece plantear dos preguntas más: ¿son realmente necesarias estas conexiones? Y, lo que es más importante, ¿compiten con tus amigos que no son de Facebook? Internet da y quita.

Los defensores de las redes sociales promueven con entusiasmo su promesa de regenerar la comunidad perdida, de sanar las fracturas de nuestras vidas aceleradas. En ningún lugar se hace esta afirmación con más confianza que en las iglesias de hoy en día, cuyo afán por conseguir miembros es un reflejo de la lista de amigos del individuo. Es sorprendente considerar la desesperación con la que las iglesias intentan conectarse. Los «ministros tecnológicos» se proponen edificar una comunidad a través de Internet. Una de las iglesias que marcan el ritmo asegura a los escépticos que no está interesada en sustituir las conexiones cara a cara por las virtuales. Pero eso es exactamente lo que hará. Numerosos estudios indican que la conexión a través de Internet va en detrimento de las relaciones no virtuales. Hace poco, una familia abandonó mi iglesia tras quejarse de la falta de oportunidades de compañerismo. La sesión estuvo reflexionando mucho sobre esta queja, ya que parecía que la familia no aprovechaba las numerosas oportunidades sociales de la iglesia. Finalmente, la madre confesó que ansiaba una comunión «en la que pudiera chatear por Facebook todo el día, como hago con mi grupo virtual de escuela en casa».

Shane Hipps escribe en su libro Flickering Pixels [Pixeles parpadeantes]: «Las redes sociales digitales inoculan a la gente contra el deseo de estar físicamente presente con los demás en redes sociales reales, como una iglesia o una comida en casa de alguien». ¿Por qué el desorden de la interacción real cuando puedes conectarte para adorar? En una iglesia en línea, ¡no es necesario congregarse!

Robert Putnam, autor de Solo en la bolera, se cuenta entre los escépticos de la ciberiglesia. La asistencia a la iglesia diversifica genuinamente, pero la uniformidad del mundo virtual es un apartheid cibernético que se disfraza de comunidad. En palabras de Putnam, es «poco probable que Internet revierta por sí mismo el deterioro de nuestro capital social».

Frente a la incomodidad e ineficacia de la comunidad genuina, las comunidades virtuales tienen la ventaja de permitir abandonarlas con la misma facilidad con que se entra en ellas. Desaparecer puede ser tan sencillo como no responder a un correo electrónico. (¿Quién de nosotros está dispuesto a arrojar la primera piedra cibernética a alguien que quedó enterrado bajo su bandeja de entrada?). O tal vez existe un medio de «eliminar la amistad» con un clic. Con estas estrategias de salida, las redes sociales no son tanto comunidades como enclaves de estilo de vida. Un sociólogo las ha descrito acertadamente como «individualismo en red». El individualismo y el consumismo no fueron inventados por la Internet, por supuesto, pero la Internet permite que estas dinámicas florezcan y dominen nuestros acuerdos sociales.

Nuestro reto entonces consiste en hacer frente a la cultura de la multitarea, de la pantalla dividida y de los tonos de llamada de Internet. Quentin Schulze, del Calvin College, nos anima a distinguir entre los «hábitos buenos y malos del corazón altamente tecnológico». La moderación tecnológica es buena para el alma, la mente y la iglesia. Necesitamos remodelar nuestro entorno para ampliar nuestra capacidad de atención y profundizar en nuestros compromisos con los amigos y la comunidad.

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Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John R. Muether
John R. Muether es profesor de historia de la Iglesia y decano de las bibliotecas en el Reformed Theological Seminary en Orlando, Florida. Es autor, coautor o editor de múltiples libros, incluyendo Seeking a Better Country: 300 Years of American Presbyterianism [Buscando un país mejor: trescientos años de presbiterianismo americano].

Cómo la cultura del consumismo impulsa el cambio

Cómo la cultura del consumismo impulsa el cambio
Por Carl R. Trueman

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

Nota del editor:Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

l debate sobre la cultura se ha convertido prácticamente en un shibolet [Jue 12:6] en el evangelismo contemporáneo, tanto en el de izquierda como en el de derecha. Si esto se trata de un imperativo bíblico o de una mera reacción cultural a una época en la que el fundamentalismo dominaba el terreno, eso es un tema de debate. De hecho, una de las cosas desconcertantes de los buitres de la cultura cristiana de moda es que, en general, cuando hablan de «cultura» suelen referirse a lo que podríamos llamar cultura popular, en particular las películas, la Internet y la música, la mayoría de las veces con una orientación juvenil. La «cultura» como las tradiciones, las instituciones y los mecanismos por los que una sociedad transmite una forma de vida a través de las generaciones no suele ser lo que se tiene en cuenta. No, hoy en día «cultura» significa cultura pop y, paradójicamente, eso reduce el concepto a una función del mercado. La música, las películas y otros elementos similares no son tanto un reflejo de la cultura en general según la segunda definición anterior, sino que representan lo que es y lo que no es comercializable en términos de gusto contemporáneo y, de hecho, no solo reflejan el gusto sino que también lo influyen.

Me gustaría sugerir que, si tenemos esto en cuenta al reflexionar sobre la cuestión de la cultura y la rapidez del cambio, tendremos que rechazar uno de los tópicos modernos más comunes: la idea de que la cultura moderna siempre está cambiando. Voy a sugerir que esto no es así. De hecho, la cultura no está siempre cambiando, ni rápido ni lento; más bien, el cambio rápido es la cultura moderna. Los fenómenos de la cultura moderna —las modas, la música, las celebridades— cambian constantemente, pero esto es una función de la base cultural subyacente: el consumismo. Para las sociedades que se basan en el consumo, el cambio es un componente esencial. La obsolescencia intencionada, la necesidad de los mercados de reinventar constantemente los productos, el apetito voraz de todos nosotros por lo nuevo y lo novedoso, son los elementos que impulsan la cultura del cambio rápido. Si no fuera así, todos tendríamos que comprar solo un televisor, un lavaplatos, un automóvil, tener un traje a la moda, etc. Sin embargo, nuestros lavaplatos se estropean cada cinco o diez años —para eso están diseñados— y aunque eso es un poco molesto, también nos permite sustituirlos por modelos que, francamente, no hacen el trabajo mejor que el modelo antiguo, pero que parecen mucho más apropiados para el mundo actual. Incluso los aspectos transnacionales de la cultura popular —la cultura juvenil y el deporte— están sujetos a la misma rapidez de cambio. Después de todo, ¿qué joven quiere llevar la moda del año pasado? Y muchos equipos deportivos parecen cambiar el diseño de sus camisetas con tanta frecuencia hoy en día que uno se siente afortunado si la camiseta que compró en la tienda de recuerdos al comienzo del partido sigue siendo el mismo diseño del equipo cuando suena el silbato final.

Todo este cambio es, como he insinuado anteriormente, una ilusión óptica. Puede parecer que el mundo está en un estado de flujo permanente mientras un interminable desfile de imágenes vertiginosas y caleidoscópicas pasa ante nuestros ojos, pero esto no es más que una ilusión óptica que alimenta el mito que a cada generación le gusta creer sobre sí misma: que este tiempo, aquí y ahora, es único y especial, y que las reglas de antaño ya no pueden aplicarse con credibilidad. En absoluto. Puede parecer que vivimos en un mundo de cambios y flujos, pero bajo todo ello hay una cultura constante que cambia poco, o nada, de año en año: la cultura del consumismo que crea el culto al cambio constante. Es con ese cimiento subyacente que la iglesia se debe enfrentar.

¿Cómo puede la iglesia hacer esto? Solo hay una manera de hacerlo: siendo contracultural. La iglesia, tanto a nivel local como a nivel de sus denominaciones, debe ser el agente de la contracultura. Las «guerras culturales», tan a menudo consideradas por la iglesia en términos de fenómenos culturales como la legislación política, los programas de televisión, etc., deben entenderse a un nivel mucho más profundo. La iglesia tiene que oponerse a la cultura en sus propios fundamentos. De hecho, en esto la iglesia no tiene opción, pues entre las consecuencias más desafortunadas de esta mentalidad consumista están las siguientes, ambas antitéticas a la ortodoxia: En primer lugar, en un mundo en el que nada parece ser sólido o seguro, cuando todo está en constante movimiento, o se disuelve, o se rompe, o se transforma en otra cosa, o incluso se transforma en lo opuesto, la propia noción de estabilidad deja de tener sentido o significado y, podríamos añadir, el propio concepto de significado deja de tener sentido. La conexión entre la forma en que el mundo es en términos de consumo material y la forma en que el mundo piensa en la verdad es compleja, pero hay una conexión muy definida. Cuando se considera que la estética del cambio constante forma parte de cómo es el mundo, inevitablemente llega a afectar a algo más que a la forma en que elegimos qué par de pantalones vamos a comprar; llega a conformar nuestra propia visión del mundo en su conjunto.

En segundo lugar, en un mundo impulsado por el consumismo, todo es un producto o una mercancía, y el juego se convierte en el de averiguar lo que el mercado tolerará y dar forma y orientar el producto según sea necesario. Aunque no se pueda asegurar que la ortodoxia no «venda» en tales circunstancias, sí se puede asegurar que no venderá durante mucho tiempo antes de que sea necesario cambiarla, empaquetarla de nuevo, hacerla más atractiva y ayudarla a competir con los nuevos productos que siempre llegan a las tiendas.

En resumen, el cristianismo, con su afirmación de que la verdad no cambia, de que el Jesús de Pablo es el Jesús de hoy, y de que Dios es el gran sujeto ante el que todos somos objetos… este cristianismo, por su propia existencia, protesta contra la cultura tanto a nivel fenoménico, donde el cambio, y no la estabilidad, es la verdad, como a nivel fundacional, donde la negociación entre el proveedor y el consumidor es la fuerza motriz constante, tanto si hablamos de ideas como de marcas de cafeteras.

Aquí es donde debemos tener cuidado. En su fascinante libro Nation of Rebels: Why Counterculture Became Consumer Culture [Nación de rebeldes: Por qué la contracultura se convirtió en cultura de consumo], Joseph Heath y Andrew Potter demuestran en términos aleccionadores cómo la contracultura de los años sesenta acabó no solo siendo absorbida por el consumismo, sino que incluso llegó a acaparar una parte importante de la cuota de mercado, con eslóganes como «No logo» convertidos en logotipos de diseño. La lección de ese libro es que el consumismo es una de las fuerzas culturales más poderosas jamás desatadas y su capacidad para convertir cualquier cosa en una mercancía, incluso lo que se le opone, es asombrosa. Lo que se convirtió en realidad para los hippies de los años sesenta es seguramente un peligro aun mayor para un evangelicalismo estadounidense que siempre ha estado más cerca del estilo de vida americano que las multitudes que se reunieron en Woodstock.

Por lo tanto, no es suficiente que la iglesia se limite a desafiar el cambio como cambio; tiene que pensar muy cuidadosamente en cómo se relaciona con los motores que impulsan esta cultura: la mercadotecnia comercial, la codicia, las concepciones mundanas del poder y el éxito, la necesidad de encontrar satisfacción en cosas distintas al evangelio. No es fácil ver cómo se puede hacer esto pero, tomando prestada una frase de la política contemporánea, tal vez tengamos que actuar localmente y planificar globalmente. La iglesia local es ciertamente la unidad más básica de la resistencia contracultural. Recitar el Credo de los Apóstoles cada domingo, por ejemplo, es una declaración clara a la iglesia y al mundo de que el cristianismo no se reinventa durante el servicio. La permanencia de los ministros en sus cargos durante más de dos años envía una señal de que el pastorado no es una carrera que hay que escalar a toda velocidad, al igual que (¿me atrevo a decirlo?) dar prioridad a la predicación del evangelio frente a la oferta de ideas vacías sobre las últimas superproducciones de Hollywood o las letras de Bono o las plataformas políticas de tal o cual político. Estos últimos son, en el mejor de los casos, síntomas superficiales de una cultura de consumo a la que hay que resistir, no copiar.

El rápido cambio de la cultura que nos rodea es una muestra del poder de los mercados de consumo para fabricar la verdad, rehacerla, volver a empaquetarla, cambiarla de nuevo y seguir vendiéndola a los clientes cuyo apetito parece indefinidamente maleable e insaciable. Sin embargo, como iglesia no debemos preocuparnos tanto por el hecho del cambio como por las fuerzas oscuras que subyacen a ese cambio. Como la punta de un iceberg, el cambio no es la verdadera amenaza, que en realidad se encuentra bajo la superficie. La iglesia debe comprender que no está llamada simplemente a resistir a una cultura del cambio que hace que todo sea negociable; debe resistir a la fuerza que impulsa estos cambios, y esa es el consumismo que, de forma preocupante, impulsa toda nuestra perspectiva económica y, por tanto, moldea nuestras vidas de una forma que muchos de nosotros desconocemos por completo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Carl R. Trueman
El Dr. Carl R. Trueman es profesor de estudios bíblicos y religiosos en Grove City College en Grove City, Pa. Es autor de varios libros, incluyendo The Creedal Imperative [El Credo Imperativo].

Los propósitos inconmovibles de Dios

Los propósitos inconmovibles de Dios
Por Douglas F. Kelly

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

Nota del editor:Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

En Hebreos 12 se abordan los vastos cambios que se avecinan en la iglesia y en la cultura como orquestados por Dios para el avance de Su reino de gracia: «“AÚN UNA VEZ MÁS, YO HARÉ TEMBLAR NO SOLO LA TIERRA, SINO TAMBIÉN EL CIELO”. Y esta expresión: Aún, una vez más, indica la remoción de las cosas movibles, como las cosas creadas, a fin de que permanezcan las cosas que son inconmovibles» (vv. 26-27).

Los períodos de cambio, a veces vertiginosos y violentos, son ordenados providencialmente por Dios para el avance de Su reino inmutable e inconmovible. Los cambios en la cultura mundial, a menudo acompañados de una «sacudida» literal de las instituciones establecidas, dan paso a algo mejor, algo que nunca podrá ser sacudido. Se trata del reino glorioso del Cristo crucificado y resucitado, de quien Isaías dice: «El aumento de su soberanía y de la paz no tendrán fin» (Is 9:7).

Mientras intentamos mantener el equilibrio en medio del oleaje de cambios tan rápidos que irrumpen constantemente sobre nosotros, nuestra actitud debe estar informada por la perspectiva de Hebreos 12 e Isaías 9. Con el plan sereno de Dios en mente, no tenemos excusa para el pánico o el desaliento, ni siquiera ante los cambios aterradores y las alteraciones en los sistemas económicos y políticos en los que tenemos que vivir. Este siglo XXI no es, por ejemplo, una ocasión para que los cristianos se desalienten ante la certeza de la islamización de Europa. Philip Jenkins, en su libro God’s Continent [El continente de Dios], sostiene que este escenario sombrío está muy lejos de ser cierto. Tampoco es el momento de apretar las manos ante la «inevitable» secularización de Estados Unidos, prevista desde hace tiempo. Se podría argumentar fácilmente que las estadísticas actuales en realidad apuntan en otra dirección. Un destacado sociólogo de la religión del sur de Estados Unidos, el profesor Samuel Hill, predijo a principios de la década de 1960 (cuando era mi muy respetado profesor) que el evangelismo en el sur sería en gran medida eliminado por el secularismo estadounidense en los próximos treinta o cuarenta años. Pero recientemente, en la década de los 2000, ha llegado a la conclusión de que ha ocurrido precisamente lo contrario: el cristianismo evangélico es incluso más fuerte en los estados del sur que hace cuarenta años.

Es probable, aunque no seguro, que los últimos ciento cincuenta años nos hayan situado entre las cuatro o cinco grandes «sacudidas» de la historia occidental desde la encarnación de Cristo hace unos dos mil años. En el año 70 d. C., Jerusalén fue sacudida por el ejército romano y el antiguo sistema judío de iglesia-estado, que había obstaculizado de muchas maneras la expansión del evangelio, perdió su mayor poder. Su pueblo se dispersó y muchas partes del mundo se abrieron de una manera nueva a la misión victoriosa de la iglesia cristiana.

En un plazo de cuatrocientos o quinientos años de expansión cristiana, el mismo y poderoso Imperio romano, que en su día persiguió a la iglesia y luego estableció nominalmente el cristianismo, también se vio sacudido por su propia corrupción que lo hizo impotente para hacer frente a las invasiones bárbaras. La caída de un poderoso imperio centralizado dio paso al eventual surgimiento de reinos cristianos descentralizados en gran parte de Europa oriental y especialmente occidental. El estado central romano dejó de ser la institución clave de Europa; durante más de mil años fue sustituido por la iglesia cristiana. Después de la caída de Jerusalén, millones de personas fueron llevadas a la fe en Cristo. Después de la caída de Roma, muchos más millones fueron ganados para Cristo en toda Europa.

Alasdair MacIntyre, en su libro After Virtue [Tras la virtud], identifica lo que ocurrió. Un imperio mundial fue sustituido funcionalmente por comunidades morales y cívicas más locales: «Un punto de inflexión crucial… se produjo cuando los hombres y mujeres de buena voluntad se apartaron de la tarea de apuntalar el Imperio romano y dejaron de identificar la continuación de la civilidad y la comunidad moral con el mantenimiento de ese imperio. Lo que se propusieron lograr en su lugar —a menudo sin reconocer plenamente lo que estaban haciendo— fue la construcción de nuevas formas de comunidad dentro de las cuales se pudiera sostener la vida moral, de modo que tanto la moralidad como la civilidad pudieran sobrevivir a las edades venideras de barbarie y oscuridad» (p. 244).

Otra sacudida masiva de las instituciones establecidas limitó gravemente el control de Europa occidental por parte del sistema católico romano tras mil años de aparente hegemonía. La Reforma protestante irrumpió como un maremoto en Alemania alrededor del año 1520 y se extendió en casi todas direcciones. Esta sacudida llegó en las alas de un renacimiento religioso, a menudo acompañado de un resurgimiento del nacionalismo y acelerado por la invención reciente de la imprenta. El evangelio de la salvación por la gracia de Dios a través de la fe en Jesucristo ascendió, causando el colapso en muchas tierras de la síntesis medieval entre el sacramentalismo y la justicia por las obras. La ruptura de la unidad católica romana provocada por las estructuras políticas terrenales dentro de la cristiandad europea dio paso a algo más fiel al evangelio de Cristo: un retorno reformador a las verdades de la Sagrada Escritura y la gozosa liberación de millones de almas de la falta de seguridad de salvación, que formaba parte del sistema penitencial medieval.

Sospecho que nuestra cultura occidental se encuentra ahora, una vez más, en una época de sacudidas masivas «de las cosas movibles» para que permanezcan las cosas que son inconmovibles. Las secuelas de la anterior Revolución industrial, seguidas por la más reciente Revolución de la información, y la incredulidad radical de las diversas fases de la Ilustración europea se han unido y han constituido el desafío más severo para el cristianismo en toda su peregrinación de dos mil años. Además de estos emisores de profundas ondas de choque, a principios del siglo XXI se está produciendo el inicio del desmoronamiento del otrora poderoso estado-nación.

Irónicamente, fueron los rápidos cambios tecnológicos los que hicieron posible el estado-nación y es también la tecnología la que está erosionando su viabilidad y relevancia en la actualidad. En Comunidades imaginadas, Benedict Anderson sostiene que la invención de la imprenta y la precisión en el control del tiempo fue lo que permitió el desarrollo del estado-nación moderno en el siglo XVI. Pero las nuevas tecnologías están conduciendo a la irrelevancia del estado-nación. El Dr. Jonathan Sacks, rabino jefe de las Congregaciones Hebreas Unidas de Gran Bretaña y su Mancomunidad de Naciones, nos muestra lo que está ocurriendo actualmente: «Las nuevas formas de tecnología, especialmente la tecnología de la información, fragmentan la cultura… [y] amenazan la existencia misma del estado-nación… Las nuevas tecnologías de comunicación global e instantánea no son marginales a la forma en que vivimos nuestras vidas. Afectan las formas más fundamentales en las que pensamos, actuamos y nos asociamos… La tecnología de la información cambia la vida sistemáticamente. Reestructura la conciencia; transforma la sociedad… El crecimiento de la informática, el módem, el teléfono móvil, la Internet, el correo electrónico y la televisión por satélite cambiarán la vida… La nuestra es una época de transición» (The Home We Build Together [El hogar que construimos juntos] [Londres: Continuum, 2007], 67-68).

Tal vez lo más característico de lo que Alvin Tofler denominó hace varios años como «el shock del futuro» es la enorme rapidez de los cambios que nos hace dar vueltas y vueltas. Tom Hayes y Michael S. Malone lo describen en un reciente artículo del Wall Street Journal como «El siglo de los diez años»: «Los cambios que antes llevaban generaciones —ciclos económicos, ciclos culturales, migraciones masivas, cambios en las estructuras de las familias e instituciones— ahora se desarrollan en cuestión de años». Señalan que «cuando el disco duro de un ordenador se ve abrumado con demasiada información se dice que está fragmentado o “fraccionado”. Hoy en día, el rápido e inquietante ritmo de cambio nos ha dejado a todos un poco, bueno, “fraccionados”» (11 de agosto de 2009, A17).

Sin embargo, el gran punto de vista de Hebreos 12 sobre todo cambio nos da esperanza. En toda la historia, en lugar de volver a sentirnos «fraccionados» y desconcertados, podemos enfrentarnos al futuro desconocido con una confianza gozosa y unas manos fuertes para aprovechar las nuevas oportunidades para la difusión del evangelio y la renovación de la cultura sobre una base más bíblica. En todos los grandes cambios que hemos estudiado —desde Jerusalén hasta Roma, pasando por el fin de la dominación católica medieval—, después de cada colapso de las estructuras de autoridad, se ha producido el avance de algo que generalmente honra más a Cristo y edifica más a la humanidad. Las viejas estructuras fueron derribadas para dar paso al crecimiento del reino de Dios en Cristo. ¿Por qué habría de ser diferente con el derribo de nuestros estados nacionales secularizados hoy en día? El dominio de ellos será reemplazado por algo más susceptible a la difusión de las buenas noticias de Jesucristo y a la liberación de millones de hombres y mujeres por el poder del Espíritu Santo. Todavía no sabemos cómo será, ¡pero sí sabemos quién está al mando!

Los cambios, por lo demás agotadores, que constituyen «el siglo de los diez años», ofrecen a la iglesia notables oportunidades de ofrecer algo mejor a una sociedad «fragmentada». Hablemos solo de una. La iglesia debería emplear una respuesta clásica al cambio tecnológico de «palabras a imagen», que ha acortado la capacidad de atención de la gente a tan solo tres minutos. ¿Por qué no volver a exigir a nuestros hijos que memoricen partes de la Sagrada Escritura y de los catecismos de la iglesia? Eso hará maravillas para aumentar su capacidad de comprensión y concentración en cada área de la verdad. Al volver a eso y a los otros elementos bíblicos de la adoración y el servicio, la iglesia estará siempre por delante de la curva: un refugio para los fragmentados y un instrumento poderoso de redención y renovación a medida que se mueve para habitar el terreno que está siendo desocupado por la sacudida de las cosas que pueden ser cambiadas por Aquel que no puede ser conmovido ni cambiado.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Douglas F. Kelly
El Dr. Douglas F. Kelly es profesor emérito de teología en el Reformed Theological Seminary. Es autor de varios libros, entre ellos If God Already Knows, Why Pray? [Si Dios ya sabe ¿por qué orar?]

Llevar cautivas todas las cosas

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

Nota del editor:Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

No hace mucho, mi familia y yo estábamos comiendo en un restaurante local conocido por su cocina sureña de estilo casero y su pintoresco ambiente familiar. Cuando nos íbamos, no pude evitar fijarme en una familia que estaba sentada junta, y cada uno de ellos —papá, mamá, hermano mayor y hermana pequeña— estaba envuelto en una conversación con otra persona, en otro lugar en una galaxia muy, muy lejana. Con los hombros encorvados y los ojos mirando inertes a sus teléfonos móviles, sus dedos frenéticos tecleaban mientras colocaban cuidadosamente sus emoticones (imágenes emocionales electrónicas, como caritas sonrientes, caras tristes, etc.) que hacían la función que les correspondía como sustitutos emocionales de sus caras desapasionadas y electrónicamente brillantes.

Como observador constante de mi entorno sociocultural, tenía que captar de algún modo este triste fenómeno familiar del siglo XXI. Inmediatamente saqué mi útil iPhone y tomé una foto digital. Sí, es cierto que vivimos en un mundo nuevo y desafiante: mira hasta dónde hemos llegado.

Para bien o para mal, soy un poco anticuado y tengo tendencia a resistirme a lo nuevo, a lo mejorado, a lo que está de moda y a todo lo que se considera producto del supuesto progreso. Sin embargo, desde que me convertí en cristiano he tenido la convicción abrumadora de que debo aprovechar al máximo mi tiempo y aprovechar cada minuto de cada día para realizar lo que sea digno para la gloria de Dios, utilizando cualquier medio o nueva tecnología que sean apropiados con sabiduría y cuidado, tal como nos instruye el apóstol Pablo: Aprovecha bien el tiempo porque los días son malos (Ef 5:16). Del mismo modo, Jonathan Edwards resolvió «no perder nunca un momento de mi tiempo, sino mejorarlo de la manera más provechosa que pueda» (quinta resolución). Por esta razón, no debemos rehuir de lo que nos llegue en este nuevo mundo, por muy rápido que llegue. Por el contrario, debemos vivir cada día a la luz de la eternidad, delante del rostro de Dios, que no solo aprueba, sino que ordena el uso correcto de todas las cosas correctas, siempre que se utilicen para la edificación de Su pueblo, para la misión mundial de la iglesia de Cristo y para la proclamación de la inmutable Palabra de Dios, que fue supervisada por el Espíritu Santo y escrita con pluma y pergamino, y que ahora está a disposición del mundo entero, por el plan soberano de Dios, todo para Su gloria.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.