Un llamado a criar hijas conscientes del abuso doméstico

Un llamado a criar hijas conscientes del abuso doméstico
JEREMY PIERRE

«Si tu futuro esposo te pone un dedo encima, será mejor que me lo digas y lo mataré».

Hasta ahí llegaban muchos padres al abordar el tema del abuso con sus hijas. Se siente eficaz porque es simple, protector y duro. Además, se siente bastante genial decirlo.

Pero es una manera perezosa de hacerlo, el tipo de bravuconería que se jacta de mucho pero hace poco. Asume que el abuso es fácil de identificar y que la fuerza debe responderse con una contrafuerza. Peor aún, está basado en una fantasía. Se trata de idealizar el mandato de «no hay amor más grande» como un acto heroico —como lanzarse a una calle inundada o recibir una bala en un tiroteo para salvar a alguien que amas— mientras se ignoran las innumerables formas reales en las que estamos llamados a entregar nuestras vidas por las personas reales que amamos (Jn 15:12-13). Preparar a nuestras hijas para que detecten las señales de advertencia en un potencial abusador no viene con el lujo del heroísmo.

Por eso, cuando hablamos de abuso con nuestras hijas —y, en realidad, con todas las mujeres que estamos llamados a cuidar en nuestras iglesias— no debemos hacerlo con bravuconería, sino con entendimiento. ¿Por qué con entendimiento? Porque lo que nuestras hijas necesitan no es que los hombres se pongan bravucones contra otros hombres, sino que los hombres les proporcionen un entendimiento que les ayude a discernir activamente a un buen hombre de un mal hombre.

Lo que nuestras hijas necesitan es un entendimiento que les ayude a discernir activamente a un buen hombre de un mal hombre

Lo sé, técnicamente todos los hombres son malos. Mi doctrina del pecado es clara. Pero aquí no estoy usando «malo» para describir la pecaminosidad universal, sino la propensión a un tipo particular de pecado que es relacionalmente peligroso. El tipo de hombre con el que no quieres que tu hija salga. Un hombre caracterizado por una mentalidad manipuladora o abusiva.

El abuso es fácil de discernir cuando tiene la apariencia de algo que todo el mundo sabe que es malo: un puñetazo, un empujón por las escaleras, un armario cerrado con llave. El abuso es mucho más difícil de discernir cuando se parece a algo bueno, como un liderazgo asertivo, un afecto exclusivo o una instrucción clara.

No se puede predecir el abuso futuro, pero estar informado sobre las dinámicas del abuso puede ayudarte a discernir si un hombre se caracteriza por tendencias preocupantes. El corazón de un abusador lo inclina a ver su vida a través de unos lentes de tener derecho. Esto le lleva a ver a los demás como activos u obstáculos para el deseo al que supuestamente tiene derecho. Lo peligroso es cuando utiliza su influencia y fuerza para disminuir la influencia y la fuerza de los que están bajo su cargo para conseguir lo que quiere.

Enseñando discernimiento exigente sobre los hombres
El discernimiento significa distinguir entre lo que agrada y lo que desagrada al Señor en tu situación actual, basándote en lo que sabes de Él por las Escrituras. No es algo automático ni evidente, sino que requiere un esfuerzo: «Examinen qué es lo que agrada al Señor» (Ef 5:10). Y los derechos artificiales son más difíciles de discernir que los errores obvios. Es mucho más fácil distinguir la hiedra venenosa de los girasoles que de una enredadera trepadora.

Nuestras hijas deben conocer los valores de la Escritura. La mejor manera de aprenderlos es viéndolos en la vida de sus padres y de los demás hombres de la iglesia. Pablo expuso este punto con frecuencia en su énfasis en la imitación de los que también imitan al Señor (1 Co 11:1; 1 Ts 1:6; 2 Ts 3:9). Al final, nuestras hijas tomarán su propia decisión sobre con quién se casarán. Con toda razón. Lo que queremos como padres es que estén equipadas para tomar la mejor decisión posible. Esto es lo que quiero decir con discernimiento.

Aquí hay cinco distinciones que podemos señalar a nuestras hijas para ayudarlas a discernir qué hombres son dignos de su atención, particularmente para una relación que lleve al matrimonio. Con la ayuda de Dios, podemos modelar estas cualidades en nuestro propio liderazgo.

  1. «Un buen hombre es humilde, no inseguro».
    La inseguridad puede parecerse mucho a la humildad. Un hombre que necesita que le aseguren constantemente su lugar en el mundo o lo que los demás piensan de él puede parecerle algo dulce a una joven. Su vulnerabilidad es comprensible. A medida que el hombre busca esta seguridad en ella, hace que la joven se sienta necesitada. Puede sentirse como una intimidad privilegiada: Este pobre chico tiene una autoestima tan baja que necesita a alguien que constantemente lo refuerce y me busca a mí para que sea esa persona.

Pero esa no es la idea que la Escritura tiene de la humildad. La necesidad de una reafirmación constante es, por el contrario, un fracaso en reconocer la base sobre la que debe descansar nuestra confianza personal. Pablo modeló una confianza que no provenía de la afirmación de su propio valor por parte de otras personas, sino del reconocimiento humilde de que solo es un siervo y administrador. Solo el reconocimiento de Dios es importante (1 Co 4:1-5).

Toda persona lucha contra la inseguridad en cierta medida. Pero un patrón profundo de inseguridad es una luz de alerta. Si un hombre no recibe la afirmación que espera, puede buscar extraerla de otros, particularmente de aquellos con los que puede ser más agresivo. Los hombres abusivos casi siempre son profundamente inseguros. La humildad, por el contrario, significa no demandar nuestros deseos personales a los demás (Stg 4:1-10).

  1. «Un buen hombre es fuerte, no defensivo».
    La actitud defensiva puede parecer fuerza porque es asertiva frente a la oposición. Un hombre a la defensiva parecerá decidido y centrado cuando perciba resistencia. En un mundo lleno de hombres genuinamente débiles de voluntad y pasivos, esta característica puede parecer atractiva para nuestras hijas. Pueden confundirla fácilmente con la verdadera fuerza.

Pero no es así como Pablo habla de la fuerza:

Así que, nosotros los que somos fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno para su edificación. Pues ni aun Cristo se agradó a Él mismo; antes bien, como está escrito: «Los insultos de los que te injuriaban cayeron sobre Mí» (Ro 15:1-3).

La verdadera fuerza es ejercer un esfuerzo personal —podríamos decir poder— para lograr el bien de los demás, no el propio. En este sentido, Jesús, en su punto aparentemente más débil, estaba ejerciendo el mayor poder que un hombre haya mostrado jamás.

La verdadera fuerza de un hombre puede verse en su voluntad de sobrellevar las cargas a favor de otros. La actitud defensiva de un hombre muestra lo pequeño que es, ejerciendo toda su fuerza para su propio y pequeño círculo de preocupación.

La verdadera fuerza de un hombre puede verse en su voluntad de sobrellevar las cargas a favor de otros

  1. «Un buen hombre se arrepiente, no se disculpa».
    Las disculpas son fáciles, comparadas con el arrepentimiento. Pedir disculpas es reconocer el error y ofrecer una explicación del porqué: «No debí ser tan duro; tuve un día difícil». Hay un elemento de reconocimiento del mal cometido, pero es más explicativo que contrito. Las disculpas tienen mil accesorios diferentes que una persona puede añadir: trasladar la culpa, hacer sentir culpable a la otra persona, restar importancia. El punto es que las disculpas parecen arrepentimiento, pero los abusadores se disculpan mucho como una forma de evitar que las mujeres se alejen o salgan corriendo.

El arrepentimiento es algo diferente. Es reconocer la falta y asumir la causa de la misma: «No debí ser tan duro. He pecado contra ti y te he hecho daño». No se identifica solo con palabras; debe apartarse del pecado y rendir cuentas de verdad. El tipo de rendición de cuentas que un hombre no controla por sí mismo, sino que tiene que someterse a ella: el tipo de rendición de cuentas que duele (Heb 12:11). Un buen hombre sabe que la incomodidad de tener que rendir cuentas es la gracia de Dios para evitar que se entregue a su propio egoísmo y orgullo.

  1. «Un buen hombre liderará, no exigirá».
    Los hombres pueden fracasar en el liderazgo tanto por no tener ambiciones como por exigirlas. En una cultura que suele mimar a los hombres sin ambiciones, nuestras hijas pueden sentirse atraídas por lo contrario. Pueden ver a un hombre que es exigente consigo mismo y con los demás; creen que han encontrado a un hombre poco común con suficiente temple para liderar de verdad.

Pero liderar no es exigir. Pablo, quien ostentaba la autoridad única de un apóstol y testigo ocular de Jesús, fue criticado por no ser más duro en su liderazgo personal. En cambio, demostró «la mansedumbre y la benignidad de Cristo» al ser «humilde cuando estaba delante» los corintios (2 Co 10:1). Se negó a alabarse a sí mismo como hacían otros exigiendo lealtad hacia él por encima de sus rivales (v. 12). Por el contrario, quería que su propia influencia se limitara a edificar la fe de los creyentes en el evangelio para que pudieran llevar ese evangelio a otros (v. 15).

¿Lo comprendiste? Pablo quería que su influencia sobre su gente fuera limitada. Solo quería que le siguieran en la medida en que les impulsara a hacer lo que agradaba al Señor. Este es el verdadero liderazgo: no obligar a las personas a ajustarse a preferencias personales, sino ejercer influencia para que se cumpla la voluntad de Dios en sus vidas. Este tipo de liderazgo requiere una profunda seguridad en Dios y una valiente resolución para trabajar por el bien de los demás, aun con pocos aplausos.

El liderazgo de un esposo en el matrimonio nunca es a la fuerza. La esposa no debe seguir por imposición, sino por libertad. La instrucción de Pablo para que las esposas se sometan a sus maridos (Ef 5:22-24) es igual que todos los mandatos para todos los cristianos en Efesios. La obediencia de un creyente siempre fluye de la confianza en el evangelio del amor de Dios, resultando en una expresión libre de amor como respuesta.

El liderazgo de un esposo en el matrimonio nunca es a la fuerza. La esposa no debe seguir por imposición, sino por libertad

  1. «Un buen hombre puede estar en desacuerdo contigo, pero no te menospreciará».
    Esta es quizás la distinción más importante que debo recalcar: Un hombre puede estar en desacuerdo contigo —incluso fuertemente— sin menospreciarte. Un hombre insistente no es necesariamente un hombre abusivo. Un hombre puede ser muy obstinado, estar encerrado en sus planes o estar totalmente convencido de que su opinión sobre un tema es la correcta. Esto puede incluso caracterizarse a veces por pecados como el orgullo y la arrogancia. Pero el desacuerdo no es abusivo en sí mismo.

Esa oscura línea se cruza cuando la insistencia de un hombre pasa a menospreciar a las personas bajo su influencia para que se sometan. Cuando una discusión pasa del tema mismo hacia la persona, se ha producido un giro peligroso. Los insultos y las amenazas no son meras ofensas personales; son un intento de eliminar la oposición (Stg 3:1-4:10). Si un hombre que sale con mi hija se molesta por un asunto en el que no están de acuerdo, no tendría problemas en ayudarlos a resolverlo. Si comienza a insultarla y a menospreciarla como persona, utilizaría un cálculo diferente. Si él ya está usando palabras para empujarla hacia sus preferencias, no es un hombre al que ella deba confiar una mayor influencia en su vida.

Los buenos hombres no controlan a las mujeres. Las equipan para detectar el tipo de hombre que lo haría. Esa es la verdadera hombría: el poder dado por Dios para el bien de quienes están bajo su cuidado. El tipo de hombre que se enfrentará a la versión cobarde y controladora de la hombría, equipando a sus hijas para que sean fuertes y capaces de discernir.

Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
Jeremy Pierre es el decano de Estudiantes y profesor asociado de la consejería bíblica en The Southern Baptist Theological Seminary y sirve como anciano en la Iglesia Bautista Clifton. Es co-autor de “The Pastor and Counseling” (“El Pastor y la Consejería”, Crossway, 2015) y autor del próximo “The Dynamic Heart in Daily Life: Counseling from a Theology of Human Experience” (“El Corazón Dinámico en la Vida Diaria: Aconsejando desde una Teología de la Experiencia Humana”, New Growth, 2016). Él y su esposa, Sarah, tienen cinco hijos y vive en Louisville, Kentucky.


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