Un Antídoto Contra las Artimañas de Satanás

SERMÓN PREDICADO UN JUEVES POR LA NOCHE DURANTE EL INVIERNO DE 1858

POR CHARLES HADDON SPURGEON,

EN LA CAPILLA DE NEW PARK STREET, SOUTHWARK, LONDRES,

Y SELECCIONADO PARA LECTURA EL DOMINGO 30 DE DICIEMBRE DE 1900.

“Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho”. Génesis 3: 1.

Por supuesto que entendemos que este versículo se refiere a “la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás”. En vez de la palabra “serpiente”, la Versión Samaritana usa: “engañador” o “mentiroso”. Aunque esta no fuera la lectura auténtica, con todo, declara ciertamente una verdad. Ese viejo engañador, de quien nuestro Señor Jesús les había dicho a los judíos: “Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira”, era “astuto, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho”. Agradó a Dios dar astucia a muchas bestias, -a algunas, astucia y artería combinadas con fuerza- con el objeto de que pudieran ser más destructivas para ciertas clases de animales cuyos números requieren ser controlados. A otras, que están desprovistas de mucha fuerza, le ha agradado darles instintos de la más maravillosa sabiduría para la autopreservación y la destrucción de su presa y para la procuración de su alimento; pero todos los sabios instintos y toda la astucia de las bestias del campo son sobrepasados grandemente por la astucia de Satanás. De hecho, yendo más lejos, el hombre tiene, tal vez, mucha más astucia que cualquier otra simple criatura, aunque pareciera algunas veces que el instinto animal en efecto aventajara a la razón humana; pero Satanás tiene una mayor astucia en su interior que cualquier otra criatura que el Señor haya creado, el hombre incluido.

Satanás posee abundantes artimañas y es capaz de vencernos por varias razones. Me parece que una suficiente razón para que Satanás sea artero es porque es malicioso; pues de todas las cosas, la malicia es lo más productivo de la artería. Cuando un hombre está resuelto a la venganza, es extraño cuán artero es para encontrar oportunidades para desfogar su malevolencia. Si un hombre siente enemistad contra otro y esa enemistad se posesiona enteramente de su alma y derrama veneno, por decirlo así, en su propia sangre, se volverá sumamente artero con los medios que usa para vejar y hacer daño a su adversario. Ahora, nadie puede estar más lleno de malicia contra el hombre que Satanás, tal como lo demuestra cada día; y esa malicia aguza su inherente sabiduría de manera que se vuelve sumamente astuto.

Además, Satanás es un ángel, aunque es un ángel caído. No dudamos, por ciertos indicios en la Escritura, que ocupara un lugar muy excelso en la jerarquía de ángeles antes de caer; y sabemos que esos poderosos seres están dotados de vastos poderes intelectuales que sobrepasan en mucho cualesquiera que hayan sido dados jamás a seres de molde humano. Por tanto, no hemos de esperar que un hombre, sin ayuda de lo alto, sea alguna vez un contrincante para un ángel, especialmente un ángel cuyo intelecto innato ha sido aguzado por una malicia sumamente malévola en contra nuestra.

Además, Satanás muy bien puede ser astuto ahora –puedo decir confiablemente que más astuto de lo que era en los días de Adán- pues él ha tenido largos tratos con la raza humana. Cuando tentó a Eva esa era su primera ocasión de tratar con la humanidad; pero aun entonces la serpiente era “astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho”. Desde entonces él ha ejercitado todo su diabólico pensamiento y grandes poderes para acosar y arruinar a los hombres. No hay ningún santo a quien no haya perseguido y ningún pecador al que no haya conducido a engaño. Juntamente con sus tropas de espíritus malignos él ha estado ejerciendo un terrible control sobre los hijos de los hombres; él es por tanto muy habilidoso en todas las artes de la tentación. Nunca un anatomista entendió tan bien el cuerpo humano como Satanás entiende el alma humana. Él no ha sido “tentado en todo”, pero él ha tentado a otros en todos los puntos. Él ha procurado atacar nuestra condición humana desde la corona de nuestra cabeza hasta la planta de nuestro pie; ha explorado cada obra exterior de nuestra naturaleza e incluso las cavernas más secretas de nuestras almas. Ha escalado la ciudadela de nuestro corazón, y ha vivido allí; ha explorado sus más íntimos recovecos y se ha sumergido en los más bajos abismos. Yo supongo que no hay nada de la naturaleza humana que Satanás no pueda desenmarañar; y aunque, sin duda, es el más grande tonto que haya existido jamás, como continuamente el tiempo lo demuestra, con todo, más allá de toda duda, él es el más astuto de los tontos, y puedo agregar que esa no es una gran paradoja, pues la argucia es siempre una insensatez y la astucia no es sino otra forma de apartarse de la sabiduría.

Y ahora, hermanos, durante unos cuantos minutos voy a ocupar su tiempo, primero, notando las argucias y la astucia de Satanás, y los modos en que ataca nuestras almas; y, en segundo lugar, voy a darles unas cuantas palabras de admonición con respecto a la sabiduría que debemos ejercitar contra él, y el único medio que podemos usar eficazmente para impedir que su astucia sea el instrumento de nuestra destrucción.

I. Notemos, en primer lugar, LAS ARGUCIAS Y LA ASTUCIA DE SATANÁS, como las hemos descubierto en nuestra propia experiencia.

Y puedo comenzar observando que Satanás descubre su artería y su astucia por los modos de su ataque. Hay un hombre que es calmado y tranquilo, y está en paz; Satanás no ataca a ese hombre con incredulidad o desconfianza; le ataca en un punto más vulnerable que eso; el amor propio, la confianza en uno mismo, la mundanalidad, estas cosas serán las armas que Satanás usará contra él. Hay otra persona que es notable por su abatimiento y por su falta de vigor mental; no es probable que Satanás se esfuerce por inflarlo con el orgullo, pero examinándolo, y descubriendo dónde está su punto débil, le tentará a dudar de su llamado, y se esforzará por conducirlo a la desesperación. Hay otro hombre de salud corporal fuerte y robusta, que tiene todos sus poderes mentales en pleno y vigoroso ejercicio, disfrutando de las promesas y deleitándose en los caminos de Dios; posiblemente Satanás no le atacará con la incredulidad, porque siente que tiene una armadura para ese punto en particular, pero le atacará con orgullo o con alguna tentación a la lujuria. Él nos examinará muy íntegra y cuidadosamente, y si nos encuentra que somos como Aquiles, únicamente vulnerables en nuestro talón, entonces disparará sus flechas a nuestro talón.

Yo creo que Satanás no ha atacado a menudo a un hombre en un lugar donde le vio que era fuerte; pero generalmente busca bien el punto débil, el pecado que asedia. “Allí”, -dice él- “allí voy a dar el golpe”; ¡y que Dios nos ayude en la hora de la batalla y en el tiempo del conflicto! Tenemos necesidad de decir: “¡Que Dios nos ayude!”, pues, ciertamente, a menos que el Señor nos ayude, este astuto enemigo puede encontrar fácilmente suficientes junturas en nuestra armadura, y pronto podría enviar la flecha mortal a nuestras almas, de manera que caeríamos heridos delante de él. Y sin embargo, he notado, y es muy extraño, que Satanás tienta algunas veces a los hombres con la propia cosa que supondrías que nunca les tentaría. ¿Cuál imaginan ustedes que fue la última tentación de John Knox en su lecho de muerte? Tal vez nunca hubo un hombre que entendiera más plenamente la gran doctrina de que “por gracia sois salvos”, que John Knox. La tronaba desde el púlpito; y si lo hubieras cuestionado sobre el tema él te la habría declarado osada y valientemente, negando con todo su poder la doctrina papal de la salvación por medio del mérito humano. Pero, ¿podrán creerlo, ese viejo enemigo de las almas atacó a John Knox con la justicia propia cuando yacía en su lecho de muerte? Vino a él y le dijo: “¡Cuán valientemente has servido a tu Señor, Juan! Nunca te has acobardado delante de la faz del hombre; te has enfrentado a reyes y a príncipes, y sin embargo, no has temblado nunca; un hombre como tú puede caminar para entrar al reino del cielo con sus propios pies, y vestir sus propios vestidos en la boda del Altísimo”; y aguda y terrible fue la lucha que John Knox tuvo con el enemigo de las almas por esa tentación.

Yo puedo darles un ejemplo similar de mi propia experiencia. Yo pensé para mí que, de todos los seres en el mundo, yo era el que más libre estaba de cuidados. Nunca había ejercitado mis pensamientos ni por un instante, así lo pienso, preocupándome por las cosas temporales; yo siempre tuve todo lo que había necesitado, y parecía que yo había sido trasladado más allá del alcance de la ansiedad acerca de tales asuntos; y sin embargo, es extraño decirlo, no hace mucho tiempo, una tentación sumamente terrible me sobrecogió, arrojándome en la mundanalidad del cuidado y del pensamiento; y aunque yacía y gemía en agonía y luchaba con todo mi poder contra la tentación, pasó mucho tiempo antes de que pudiera vencer esos pensamientos desconfiados con relación a la providencia de Dios, cuando, debo confesarlo, no había la menor razón, hasta donde podía verlo, del por qué tales pensamientos irrumpieran en mí. Por esa razón, y por muchas más, odio más y más al diablo cada día, y he hecho votos, de ser posible, mediante la predicación de la Palabra de Dios, de buscar sacudir los propios pilares de su reino; y yo pienso que todos los siervos de Dios sentirán que su enemistad contra el archienemigo de las almas aumenta cada día debido a los malevolentes y extraños ataques que continuamente está haciendo contra nosotros.

Los modos de ataque de Satanás, entonces, como aprenderán rápidamente si es que no lo han hecho ya, delatan su astucia. ¡Ah!, hijos de los hombres, mientras ustedes se están poniendo sus cascos, él está buscando enterrar su espada de fuego dentro de su corazón; o mientras ustedes están inspeccionando bien su coraza, él está levantando su hacha de combate para partir su cráneo; y mientras ustedes están inspeccionando tanto su casco como su coraza, él está buscando hacer tropezar su pie. Él está vigilando siempre para ver dónde no están viendo ustedes; él está alerta siempre cuando ustedes están dormitando. Mirad por vosotros mismos, por tanto; “Vestíos de toda la armadura de Dios”; “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe”; ¡y que Dios les ayude a prevalecer contra él!

Una segunda cosa en la que Satanás delata su astucia es, las armas que usará a menudo contra nosotros. Algunas veces atacará al hijo de Dios con el recuerdo de una canción obscena, o con un discurso licencioso que pudo haber oído en los días de su estado carnal; pero con mucha mayor frecuencia le atacará con textos de la Escritura. Es extraño que tenga que ser así, pero a menudo es el caso de que, cuando dispara su flecha contra un cristiano, la propulsa con la propia Palabra de Dios. Eso parecía ser, de acuerdo con el poeta, la intensa conmoción del dolor que el águila, cuando la flecha estaba sorbiendo la sangre de su corazón, vio que la pluma que le dio alas para volar hacia su pecho había sido arrancada de su propio pecho; y el cristiano tendrá con frecuencia una experiencia más o menos similar. “¡Ah!”, –dirá- “aquí hay un texto que yo amo, tomado del Libro que valoro, sin embargo, está vuelto contra mí. Un arma salida de la propia armería de Dios es constituida como el instrumento de muerte contra mi alma”. ¿No han encontrado que así sucede, queridos amigos cristianos? ¿No han probado que así como Satanás atacó a Cristo con un “Escrito está”, así también los ha atacado a ustedes? ¿Y no han aprendido a estar en guardia contra las perversiones en contra de la Sagrada Escritura, y los retorcimientos de la Palabra de Dios, para que no los conduzcan a la destrucción?

En otros momentos, Satanás usará el arma de nuestra propia experiencia. “¡Ah!”, -dirá el diablo- “en tal y tal día, tú pecaste de tal y tal manera; ¿cómo puedes ser un hijo de Dios?” En otro momento él dirá: “tú eres justo con justicia propia, por tanto no puedes ser un heredero del cielo”. Luego, otra vez, comenzará a desenterrar todas las viejas historias que hemos olvidado desde hace mucho tiempo de todas nuestras incredulidades pasadas, de nuestros pasados descarríos, y así sucesivamente, y nos reprocha eso. Él dirá: “¡Cómo! ¿Tú, TÚ un cristiano? ¡Un buen cristiano has de ser!” O, posiblemente comenzará a tentarte de alguna manera parecida a esta: “El otro día no querías hacer tal y tal cosa en el negocio; ¡cuánto perdiste por eso! Fulano de Tal es un cristiano; él lo hizo. Tu vecino, al otro lado de la calle, ¿no es él un diácono de una iglesia, y acaso no lo hizo? ¿Por qué no puedes hacer lo mismo? Te iría muchísimo mejor si lo hicieras. Fulano de Tal lo hace, y le va bien, y es precisamente tan respetado como lo eres tú; entonces, ¿por qué no habrías de actuar de la misma manera?” Así, el diablo te atacará con armas tomadas de tu propia experiencia, o de la iglesia de la cual eres un miembro. ¡Ah!, ten cuidado, pues Satanás sabe cómo escoger sus armas. Él no está saliendo contra ustedes, si fueran grandes gigantes, con una honda y una piedra; sino que viene armado hasta los dientes para derribarte. Si él sabe que estás tan protegido por una cota de malla que el filo de su espada será doblegado por tu armadura, entonces te atacará con un veneno letal; y si sabe que no puedes ser destruido por esos medios, viendo que tienes un antídoto a la mano, entonces buscará tenderte una trampa; y si eres precavido de manera que no puedes ser sorprendido así, entonces enviará problemas de fuego contra ti, o una aplastante avalancha de dolor, de manera que pueda someterte. Las armas de su guerra, siempre malas, y a menudo espirituales e invisibles, son poderosas contra tales débiles criaturas como somos nosotros.

Además, la argucia del diablo es descubierta en otra cosa, en los agentes que emplea. El diablo no realiza él mismo todo su sucio trabajo; a menudo emplea a otros para que lo hagan por él. Cuando Sansón tenía que ser vencido, y sus nazareas guedejas tenían que ser cortadas, Satanás tenía a Dalila lista para tentarlo y conducirlo al descarrío; él sabía qué había en el corazón de Sansón, y dónde estaba su lugar más débil, y por tanto, le tentó por medio de la mujer que amaba. Un viejo teólogo dice: “Hay muchos hombres cuya cabeza ha sido quebrada por su propia costilla”, y ciertamente eso es cierto. Satanás algunas veces ha puesto a la propia esposa de un hombre para que lo derribe hasta la destrucción, o ha usado a algún querido amigo como el instrumento para obrar su ruina. Ustedes recuerdan cómo David se lamentaba por este mal: “Porque no me afrentó un enemigo, lo cual habría soportado; ni se alzó contra mí el que me aborrecía, porque me hubiera ocultado de él; sino tú, hombre, al parecer íntimo mío, mi guía, y mi familiar; que juntos comunicábamos dulcemente los secretos, y andábamos en amistad en la casa de Dios”. “¡Ah!”, -dice el diablo- “tú no pensaste que yo iba a poner a un enemigo a hablar mal de ti, ¿no es cierto? Vamos, eso no te habría lastimado. Yo sé cómo elegir a mis agentes de mejor manera; voy a elegir a un hombre que es un amigo o un conocido; él se te acercará, y luego te meterá el puñal debajo de los pliegues de tus vestidos”. Si un ministro ha de ser fastidiado, Satanás elegirá a un diácono que lo fastidie. Él sabe que no le importará tanto un ataque de cualquier otro miembro de la iglesia; así que algún diácono se levantará y dominará sobre él, de manera que tendrá noches sin dormir y días ansiosos. Si es un diácono el que Satanás quiere fastidiar, buscará poner a algún miembro o hermano diácono contra él; y si no hay ninguna otra persona que le importe, será su amigo más cercano y más querido el que desempeñe el acto villano.

El diablo siempre está listo a tomar en su mano la red en la que el pez es más probable que caiga, y a extender la trampa que es más probable que atrape al ave. Yo no sospecho, si tú eres un profesante de larga experiencia, que serás tentado por un sujeto borracho; no, el diablo te tentará por medio de un hipócrita mojigato. Yo no imagino que tu enemigo venga y te ataque y te calumnie; será tu amigo. Satanás sabe cómo usar y disfrazar a todos sus agentes. “¡Ah!”, -dice- “un lobo con piel de oveja será mejor para mí que un lobo que se mira como un lobo; y uno de la iglesia jugará mejor el juego y lo logrará más fácilmente, que uno fuera de ella”. La elección de los agentes de Satanás demuestra su artería y su ingenio. Fue algo astuto que eligiera a la serpiente para el propósito de tentar a Eva. Muy probablemente Eva estaba fascinada por la apariencia de la serpiente; probablemente admiraba su tonalidad brillante, y somos conducidos a creer que era entonces una criatura mucho más noble de lo que es ahora. Tal vez, entonces, se podía erguir sobre sus anillos, y muy probablemente a ella le complacía y le deleitaba; pudo haber sido la criatura familiar con la que jugaba –no dudo de que lo fuera- antes de que el diablo entrara en ella. Ustedes saben cómo, a menudo, el diablo entra dentro de cada uno de nosotros. Yo sé que él ha entrado en mí muchas veces, cuando ha necesitado que se diga una palabra hiriente contra alguien. “Nadie puede herir a ese hombre, o afligir a ese hombre” –dice el diablo- “tan bien como puede hacerlo el señor Spurgeon; vamos, lo ama como a su propia alma. Ese es el hombre”, dice el diablo, “que hará la herida más despiadada de todas, y él la hará”. Entonces, tal vez soy conducido a creer algo erróneo en contra de un algún precioso hijo de Dios, y posteriormente a hablar de ello; y luego me aflijo al pensar que pude ser tan necio como para prestar mi corazón y mi lengua al diablo. Por tanto puedo advertir a cada uno de ustedes, y especialmente a mí mismo, y a todos aquellos que tienen mucho amor derramado en ellos, a que pongan atención no sea que se conviertan en instrumentos de Satanás afligiendo los corazones del pueblo de Dios, y derribando a quienes tienen ya suficientes problemas que los pueden derribar, sin que necesiten ninguna ayuda de parte nuestra.

Y, una vez más, Satanás muestra su astucia por los tiempos en los que nos ataca. Yo pensaba, cuando estuve enfermo, que si podía levantarme de la cama otra vez y ser fortalecido, yo le iba a dar al diablo una paliza sumamente terrible por la manera en que me atacó cuando estaba enfermo. ¡Cobarde! ¿Por qué no esperó hasta que estuviera bien? Pero siempre encuentro que, si mi ánimo se abate, y me encuentro en una baja condición de corazón, Satanás elige especialmente ese tiempo para atacarme con la incredulidad. Que venga contra nosotros cuando la promesa de Dios está fresca en nuestra memoria, y cuando estamos disfrutando de un tiempo de dulce derramamiento de corazón en oración delante de Dios, y él verá cómo lucharemos contra él entonces. Pero, no; él sabe que entonces tendríamos la fuerza para resistirle; y, prevaleciendo con Dios, seríamos capaces de prevalecer contra el diablo también. Por tanto vendrá contra nosotros cuando haya una nube entre nosotros mismos y nuestro Dios; cuando el cuerpo está deprimido y el ánimo está débil, entonces nos tentará, y procurará conducirnos a la desconfianza de Dios. En otro momento, nos tentará al orgullo. ¿Por qué no nos tienta al orgullo cuando estamos enfermos y cuando tenemos el espíritu deprimido? “No” –dice- “no puedo lograrlo entonces”. Él escoge el tiempo cuando un hombre está bien, cuando está en el pleno disfrute de las promesas, y capacitado para servir a su Dios con deleite, y entonces lo tentará al orgullo. Es la oportunidad de sus ataques, el correcto ordenamiento de sus asaltos lo que hace que Satanás sea un enemigo diez veces más terrible de lo que sería de otra manera, y eso demuestra la profundidad de su artería. Verdaderamente, la antigua serpiente es más astuta que cualquier otra bestia del campo que el Señor ha creado.

Hay algo acerca de los poderes del infierno que siempre me ha dejado asombrado. La Iglesia de Cristo siempre está disputando; pero, ¿oyeron alguna vez que el diablo y sus confederados alterquen? ¡Hay un vasto ejército de esos espíritus caídos, pero cuán maravillosamente unánime es! Son tan unidos que, si en algún momento en especial el gran príncipe negro del infierno desea concentrar todas las masas de su ejército en un punto particular, lo hace al tictac del reloj, y la tentación viene con su más plena fuerza justo cuando es más probable que prevalecerá. Ah, si tuviéramos una unanimidad como esa en la Iglesia de Dios, si todos nos moviéramos con la guía del dedo de Cristo, si toda la Iglesia pudiera, en este momento por ejemplo, moverse en una gran masa al ataque de un cierto mal, ahora que el tiempo ha llegado para el ataque sobre eso, ¡cuánto más fácilmente podríamos prevalecer! ¡Pero, ay! Satanás nos sobrepasa en artificio, y los poderes del infierno nos sobrepasan en mucho en unanimidad. Esto, sin embargo, es un gran punto en la astucia de Satanás, que él elige siempre los tiempos de sus ataques muy sabiamente.

Y todavía hay algo más, y habré concluido con este punto. La astucia de Satanás es muy grande en otra cosa, esto es, en sus retiradas. Cuando me uní a la Iglesia Cristiana por primera vez, no pude entender nunca un dicho que oí de un anciano, que no había ninguna tentación tan mala como la de no ser tentado, ni tampoco entendía entonces qué quiso decir Rutherford cuando dijo que le gustaba un diablo rugiente mucho más que un diablo durmiente. Ahora lo entiendo; y ustedes, que son hijos de Dios, y que han andado por algunos años en sus caminos, lo entienden también.

“Más temo la calma traicionera,

Que la tempestad que rueda sobre mi cabeza”.

Hay un estado tal de corazón como este: tú quieres sentir, pero no sientes. Si sólo pudieras dudar, lo considerarías un logro muy grande; sí, y aun si pudieras conocer la negrura de la desesperación, preferirías sentir eso que ser como eres. “¡Vaya!”, -dices- “no tengo ninguna duda acerca de mi condición eterna; de alguna manera pienso que puedo decir, aunque no podría hablar exactamente con certeza, pues me temo que sería presunción, sin embargo, en verdad confío que puedo decir que soy un heredero del cielo. Sin embargo eso no me produce ningún goce. Puedo involucrarme en la obra de Dios; en verdad siento que la amo, sin embargo, no puedo sentir que sea la obra de Dios; siento que me he metido en una ronda de deber, y sigo adelante, y adelante y adelante, como un caballo ciego que va porque tiene que ir. Leo la promesa, pero no veo ninguna especial dulzura en ella; de hecho, no parece como si necesitara alguna promesa. E incluso las amenazas no me aterrorizan; no hay ningún terror en ellas para mí. Oigo la Palabra de Dios; tal vez soy sacudido por lo que el ministro dice, pero no me siento impresionado por su denuedo como debería estarlo. Siento que no podría vivir sin oración, y sin embargo, no hay ninguna unción en mi alma. No me atrevo a pecar; confío que mi vida es externamente sin mancha; lo que tengo que lamentar todavía es un corazón de plomo, una falta de susceptibilidad al deleite espiritual o al cántico espiritual, una calma completa en el alma, como esa terrible calma de la cual el ‘Viejo Marinero’ de Coleridge decía:

“El fondo mismo se pudría,

¡Ay, quién lo hubiera pensado!

Sí, viscosas criaturas con patas

Se arrastraban por el viscoso mar”.

Ahora, querido amigo, ¿sabes algo acerca del estado de tu propio corazón justo ahora? Si es así, esa es la respuesta al enigma: que no ser tentado es peor que ser tentado. Realmente, ha habido tiempos, en la experiencia pasada de mi propia alma, cuando hubiera estado agradecido al diablo si hubiera venido y me hubiera sacudido; yo habría sentido que Dios le había empleado, contra su deseo, para hacerme un bien permanente, para despertarme al conflicto. Si el diablo simplemente hubiera entrado en la Tierra Encantada, y hubiera atacado a los peregrinos allí, ¡qué buena cosa habría sido para ellos! Pero, ustedes notarán que John Bunyan no lo puso allí, pues no tenía nada que hacer allí. Era en el Valle de la Humillación que había mucho trabajo hecho a la medida para Satanás; pero en la Tierra Encantada todos los peregrinos dormitaban, como hombres dormidos sobre la punta de un mastelero. Estaban ebrios por el vino, de manera que no podían hacer nada, y por tanto el diablo sabía que no le necesitaban allí; simplemente los dejó para que siguieran durmiendo. Madame Bubble y ‘modorra’ harían todo su trabajo. Pero fue en el Valle de la Humillación donde entró, y allí tuvo su severo combate con el pobre de cristiano. Hermanos, si van pasando a través de la tierra que es encantada con modorra, indiferencia y sueño, entenderán la astucia del diablo en mantenerse fuera del camino.

II. Y ahora, en segundo lugar, preguntémonos muy brevemente, ¿QUÉ HAREMOS CON ESE ENEMIGO? Ustedes y yo sentimos que tenemos que entrar en el reino del cielo, y no podemos entrar allí mientras nos quedamos inmóviles. La Ciudad de la Destrucción está detrás de nosotros, y Muerte nos está persiguiendo; debemos apretar el paso hacia el cielo; pero, en el camino, está este “león rugiente, buscando a quien devorar”. ¿Qué haremos? Él tiene gran astucia; ¿cómo le venceremos? ¿Buscaremos ser tan astutos como él? ¡Ah!, esa sería una tarea ociosa; en verdad sería pecaminosa. Buscar ser astuto, como el demonio, sería tan perverso como sería fútil. ¿Qué haremos, entonces? ¿Le atacaremos con sabiduría? ¡Ay!, nuestra sabiduría no es sino insensatez. “El hombre vano se hará entendido”; pero en su óptimo estado no es sino “un pollino de asno montés”. Entonces, ¿qué haremos?

La única manera de repeler la astucia de Satanás es adquiriendo verdadera sabiduría. Lo repito de nuevo, el hombre no tiene nada de eso en sí mismo. ¿Qué pues? En esto hay verdadera sabiduría. Si quieres luchar exitosamente contra Satanás, haz de las Santas Escrituras tu recurso diario. De esta sagrada revista extrae continuamente tu armadura y tu munición. Aférrate a las gloriosas doctrinas de la Palabra de Dios; haz de ellas tu comida y tu bebida diarias. Así serás fuerte para resistir al demonio, y estarás feliz al descubrir que huirá de ti. “¿Con qué limpiará el joven su camino?” ¿Y cómo se protegerá un cristiano contra el enemigo? “Con guardar tu palabra”. Combatamos siempre a Satanás con un “Escrito está”; pues ninguna arma afectará jamás al archienemigo tan bien como lo hará la Santa Escritura. Intenta luchar con Satanás con la espada de madera de la razón, y él te vencerá fácilmente; pero usa esta hoja de Jerusalén de la Palabra de Dios, con la cual ha sido herido muchas veces y le vencerás con prontitud.

Pero, sobre todo, si quisiéramos resistir exitosamente a Satanás, debemos mirar no meramente a la sabiduría revelada, sino a la Sabiduría Encarnada. ¡Oh, amados, aquí tiene que estar el principal punto de reunión para cada alma tentada! Debemos huir a Él “el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención”. Él tiene que enseñarnos, Él tiene que guiarnos, Él tiene que ser nuestro Todo en todo. Nosotros tenemos que mantenernos cerca de Él en comunión. Las ovejas nunca están tan protegidas del lobo como cuando están cerca del pastor. Nunca estaremos tan a salvo de las flechas de Satanás como cuando tenemos nuestra cabeza descansando en el pecho del Salvador. Creyente, camina de acuerdo a Su ejemplo; vive diariamente en Su comunión; confía siempre en Su sangre; y de esta manera serás más que vencedor aun sobre la sutileza y la astucia del propio Satanás. Tiene que ser un gozo para el cristiano saber que, a la larga, toda la astucia de Satanás estará decepcionada, y todos sus designios malignos contra los santos demostrarán que no tienen ningún efecto. ¿No esperan con ansia, mis muy queridos hermanos, el día cuando todas sus tentaciones acaben, y cuando lleguen al cielo? ¿Y no mirarán entonces hacia abajo a este archidemonio, con santa risa y escarnio? Yo creo en verdad que los santos, cuando piensan en los ataques de Satanás, “se alegran con gozo inefable”, y además de eso, sentirán un desprecio en sus propias almas por toda la astucia del infierno cuando vean cómo ha sido frustrada. ¿Qué ha estado haciendo el diablo estos miles de años? ¿Acaso no ha sido el siervo indispuesto de Dios y de Su Iglesia? Él ha estado buscando siempre destruir el árbol viviente; pero cuando ha estado intentando desenterrarlo, sólo ha sido como un jardinero cavando con su azada y aflojando la tierra para ayudar a las raíces a desparramarse más; y cuando ha estado con su hacha buscando podar los árboles del Señor y desfigurar su belleza, ¿qué ha sido, después de todo, sino una podadera en la mano de Dios, para quitar las ramas que no dan fruto, y para limpiar esas que sí producen algo, para que puedan dar más fruto? Hubo una vez, ustedes saben, cuando la Iglesia de Cristo era como un pequeño torrente, -justo un riachuelo pequeñito- y fluía a lo largo de un estrecho vallecito. Justo unos cuantos santos estaban reunidos juntos en Jerusalén, y el diablo pensó para sí: “Ahora voy a conseguir una gran piedra, y voy a detener este riachuelo para que no corra”. Entonces va y consigue esta gran piedra, y la arroja en el centro del riachuelo, pensando, por supuesto, que debía detenerlo para que no corriera más; pero, en vez de hacer eso, esparció las gotas sobre todo el mundo, y cada gota se convirtió en la madre de una fuente fresca. Ustedes saben qué era esa piedra; era persecución, y los santos fueron esparcidos por ella; pero entonces “los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio”, y así la Iglesia fue multiplicada, y el demonio fue derrotado. Satanás, te lo digo en tu cara, tú eres el mayor necio que haya respirado jamás, y te lo voy a demostrar en el día cuando tú y yo estaremos como enemigos, enemigos jurados, como lo somos en este día, en el grandioso tribunal de Dios; y que eso, cristiano, se lo puedas decir siempre que te ataque. No le tengas miedo, sino resístele firme en la fe, y tú prevalecerás.

Traductor: Allan Román

18/Septiembre/2014

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¿Por qué grita de ese modo?

Domingo 7 Agosto
Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.
Juan 7:37
Vino el Señor y se paró, y llamó como las otras veces: ¡Samuel, Samuel! Entonces Samuel dijo: Habla, porque tu siervo oye.
1 Samuel 3:10
¿Por qué grita de ese modo?
Nuestra manera de hablar con los demás depende de su disposición a escuchar. En un rincón del salón hablaba en voz baja a Víctor, quien sentado frente a mí, me miraba y me escuchaba. Gustavo estaba al otro lado del salón, inmerso en su lectura. No esperaba que yo le hablase. Si lo hiciese en voz baja, no oiría, por eso le hablé en voz alta. En la habitación contigua, Beatriz estaba escuchando música con un casco en las orejas. Para que me escuchase tendría que gritar.

Ayer, cuando iba a entrar en mi casa, vi a mi vecino que estaba a punto de cruzar la calle. De repente, un automóvil apareció. Como él es un poco sordo, grité con todas mis fuerzas, pues su vida estaba en peligro. Pero mi vecino me miró un tanto contrariado: “¿Por qué grita de ese modo?”.

Dios habla a cada uno de nosotros, y el tono que emplea depende de nuestra actitud hacia él. ¿Se parece mi actitud ante Dios a la de Víctor, Gustavo o Beatriz? ¿Qué tono debe usar para comunicarse conmigo? Como mi vecino, ¿vamos a reprocharle que nos habla demasiado fuerte, para luego tener que sufrir las consecuencias?

Dios también se dirige a todo el mundo. Si a veces tiene que hablar fuerte, ¿no será debido a la actitud hostil del mundo hacia él?

Escuchémosle, pues nuestra vida depende de ello; Dios nos advierte para nuestro bien.

Jeremías 11 – Lucas 17 – Salmo 91:7-10 – Proverbios 20:29-30

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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Un remedio para el decaimiento de la fe cristiana

Una teología de la familia

Un remedio para el decaimiento de la fe cristiana

Oliver Heywood (1630-1702)

Por amor a ustedes, queridos amigos, me atrevo a aparecer de nuevo en público para ser su monitor9 fiel para impulsarlos hacia su deber y fomentar la obra de Dios en sus almas y la adoración de Dios en sus familias. Y no sé cómo puede emplear un ministro su nombre, sus estudios y escribir mejor (además de la convicción y la conversión de almas particula- res) que imponiendo sobre los cabezas de familia que se ocupen de las almas que estén a su cargo. Esto tiene una tendencia directa a la reforma pública. La fe cristiana empieza en los individuos y se transmite a sus parientes, y las esferas relacionales menores componen una entidad mayor: Las iglesias y las mancomunidades están formadas por familias. Existe una queja general por la decadencia del poder de la piedad y la inundación de las cosas profanas y con razón. No conozco mejor remedio que la piedad doméstica: ¿Acaso enseñaron los gobernadores a sus subalternos mediante consejos y ejemplos? ¿Desanimaron severamente y restringieron las enormidades, fomentando con celo la santidad, clamando a Dios en unidad y con fervor, pidiéndole que obrara con eficacia y realizara aquello que ellos no podían hacer, pudiendo decir qué bendita alteración vendría a continuación?
En vano se quejan de magistrados y ministros, mientras ustedes que son padres de familia son infieles a su deber. Se quejan de que el mundo está en mal estado: ¿Qué hacen ustedes para remediarlo? No se quejen tanto de los demás, sino de ustedes mismos, y no se quejen tanto antes los hombres, sino delante de Dios. Suplíquenle a Dios que haga una reforma y secun- den también sus oraciones con ferviente esfuerzo, ocúpense de su propio hogar y actúen para Dios dentro de este ámbito. Conforme vayan teniendo más oportunidad de familiaridad con los que viven dentro de su casa, más autoridad tendrán sobre ellos porque ellos dependerán de ustedes para que influyan en ellos. Y si no mejoran este talento, tendrán terribles cuentas que rendir, sobre todo cuando sus manos tengan que responder de la sangre de ellos, porque el pecado que cometieron se cargará sobre la negligencia de ustedes.
¡Oh, señores! ¿No han pecado ustedes ya bastante, sino que tienen que acarrear sobre ustedes la culpa de toda su familia? Son ustedes los que hacen que los tiempos sean malos y provocan juicios sobre la nación. ¿Prefieren ver las angustias de sus hijos y oírlos gritar en medio de tormentos infernales que hablarles una palabra para su instrucción, escucharlos llorar bajo su corrección o suplicarle a Dios por su salvación? ¡Oh crueles tigres y monstruos bárbaros! Tal vez imaginen que ustedes son cristianos; sin embargo, a mi juicio, un hombre que no mantiene la adoración de Dios como costumbre en su familia no es digno de ser un participante adecuado de la Santa Cena. Merece amonestación y censura por este pecado de omisión, así como por los escandalosos pecados de comisión; y es que traiciona su vil hipo- cresía al pretender ser un santo fuera, cuando es una bestia en su casa porque un cristiano bien nacido, es decir, de buenas maneras y refinado, [respeta] todos los mandamientos de Dios. Es de los que son justos delante de Dios y “andan irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor” (Lc. 1:6). Que los otros vayan en medio de la manada de los profanos y que les vaya como hagan finalmente, sin conciencia de familia o piedad pertinente. Los que no oren ahora, llorarán más tarde: “Señor, Señor, ábrenos” cuando la puerta se cierre (Mt. 25:11). Sí, los que ahora no quieren clamar por un mendrugo de misericordia, lo harán en el infierno por una “gota de agua que calme sus lenguas abrasadas en los tormentos eternos” (cf. Lc. 16:22-24). A estos hipócritas que se autodestruyen les recomiendo que consideren se- riamente Proverbios 1:24-31; Job 8:13-15; 27:8-10. ¡Oh cuán gran honor que el Rey del Cielo le admita a uno en la cámara de su presencia con la familia, dos veces al día para confesar los pecados; pedir perdón y provisiones de misericordia; para darle la gloria por su bondad y depositar la carga sobre Él y obtener alivio! Espero que no sean nunca reacios a esto ni se cansen de ello, ¡que Dios no lo permita! El que quiere tener buena salud no se queja a la hora de comer. Reconozcan y observen esos momentos designados para venir a Dios. Si uno promete encontrarse con una persona importante a una hora concreta, cuando el reloj da la hora se levanta, pide disculpas y le dice a quién lo acompaña que [alguien] le espera, que debe marcharse. No se tomen más libertad con Dios de la que se tomarían con los hombres y mantengan su corazón continuamente en disposición de hacer su deber.


Tomado de “The Family Altar” (El altar de la familia), The Works of Oliver Heywood (Las obras de Oliver Heywood), Vol. 4, reeditado por Soli Deo Gloria Publications, una división de Reformation Heritage Books.

Oliver Heywood (1630-1702): Erudito puritano no conformista. Expulsado de su púlpito en 1662 y excomulgado, Heywood predicó principalmente en casas privadas después de la Gran Expul- sión.
¡Bienaventurada la familia que se reúne cada mañana para orar! ¡Bienaventurados los que no permiten que la tarde acabe sin unirse en súplicas! Hermanos, desearía que fuera más habitual, que fuera universal, que todos los que profesan la fe cristiana tengan la costumbre de orar en familia. En ocasiones oímos hablar de hijos de padres cristianos que no crecen en el temor de Dios y se nos pregunta por qué han acabado tan mal. En muchos, muchísimos casos, me temo que existe un descuido tan grande de la adoración familiar que es muy poco probable que a los hijos les impresione ninguna piedad que, supuestamente, posean sus padres.
Charles Spurgeon


¿Te gustaría mantener la autoridad en tu familia? No podrías hacerlo mejor que manteniendo la adoración a Dios en el seno la misma. Si alguna vez, un cabeza de familia ha tenido un aspecto estupendo, realmente extraordinario, es cuando dirige su hogar en el servicio de Dios y preside entre los suyos en las cosas santas. Entonces se muestra digno de doble honra porque les enseña el buen conocimiento del Señor, es la boca de ellos ante Dios en la oración y los bendice en su
Nombre.
Matthew Henry

¿Cómo podemos vivir en santidad?

Generalmente se piensa que para vivir en santidad es necesario cumplir con determinadas reglas. Pero en ningún lugar de la Biblia se sugiere siquiera que podemos llegar a ser santos por medio de la obediencia a determinadas reglas.

Al contrario, el apóstol Pablo reprendió a los gálatas por pretender llegar a la santidad de esta manera. Gálatas 3:3 dice: “¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?” Lo que Pablo está diciendo, en otras palabras, es: Si no fue posible obtener la salvación por medio de guardar la ley, ¿cómo piensan que es posible obtener la santidad por medio de guardar la ley? Por la presencia de la naturaleza pecaminosa, el ser humano desea todo lo que prohíbe la ley.

El problema no es con la ley, el problema es con el pecado que mora en la persona. Así que la vida de santidad basada sobre el principio de someterse a las rígidas leyes está condenada al fracaso.

¿Qué es entonces lo que Dios propone? Pues el camino que Dios propone hacia la santidad práctica en el creyente, no es por la ley sino por la gracia. Es como si Dios dijera: Te he salvado por mi gracia, por tanto, por amor y no por temor, anda y vive de una manera que sea consistente con esto. Te he dado el Espíritu Santo que mora en ti para que te dé el poder para andar de una manera que sea digna de este llamamiento.

Te recompensaré por cada ocasión que resistas la tentación, o cada vez que digas no al pecado. Ahora se presentaría la siguiente inquietud: ¿Cómo sé qué tipo de conducta está acorde con el llamado de un creyente? Dios respondería diciendo: He llenado el Nuevo Testamento con instrucciones prácticas de justicia para ti. Algunas de estas instrucciones inclusive se llaman mandamientos, pero recuerda que no se trata de leyes que contemplan castigos si no se las cumple, sino que son ejemplos del estilo de vida que me agrada. El momento que somos salvos llegamos a tener una posición de santidad ante Dios.

Por el hecho de estar en Cristo, somos santos delante de Dios. Nuestra responsabilidad es procurar que nuestra práctica se acerque lo más posible a nuestra posición. Estando bajo la gracia, la motivación para vivir en santidad es el amor, no el temor. Los creyentes genuinos instintivamente desean ser santos cuando reflexionan sobre el precio que tuvo que pagar el Señor Jesucristo para pagar por el pecado de ellos.

El recuerdo del Calvario es la motivación más fuerte posible para vivir sobriamente, justamente y santamente. Pero alguien podría objetar esta manera de vivir en santidad diciendo: Si ponemos a los creyentes bajo la gracia, inmediatamente se dedicarán a hacer lo que quieran y a vivir como les plazca. En otras palabras, la doctrina de la gracia fomenta el pecado. Bueno, es verdad que la gracia, como cualquier otra cosa puede ser objeto de abuso. Claro que somos libres de la ley, pero eso no significa que vamos a vivir sin ley. Como bien ha dicho el apóstol Pablo en 1 Corintios 9:21: “No estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo”

Es decir que el Señor Jesucristo es la regla de vida para el creyente, no la ley. De modo que, la forma de vivir en santidad es parándonos firmes sobre la gracia, y haciendo todo lo que nos pide la palabra de Dios, no por el miedo de ser castigados o peor de perder nuestra salvación, porque la salvación no se pierde, sino por el amor que tenemos a Dios por cuando Dios primeramente nos ha amado en Cristo.

David Logacho es Ingeniero en Electrónica y Telecomunicaciones, trabajó por años para la NASA, decidió abandonar su carrera profesional para prepararse para servir al Señor en un Instituto Bíblico en Argentina. Dirigió el Ministerio La Biblia Dice… durante más de 2 décadas hasta su retiro en 2015.

Contenido publicado con autorización de La Biblia Dice para: Alimentemos El Alma

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Prisionero de guerra

Sábado 6 Agosto

Nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados… viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó.

Tito 3:3-5

Prisionero de guerra

“Había perdido todo: mi familia, mi país, y hasta mi nombre. Solo era un número: 46466. Lo llevaba en una placa de madera colgada en mi cuello. Cierto día un capataz consideró que mi trabajo no era lo suficientemente bueno. Anotó en su cuaderno el número 46446, profiriendo mil amenazas. En la noche desfilamos en el campo para recibir un cucharón de sopa, mientras un cabo tenía un cartón en la mano con el número 46446, el hombre que debía ser castigado. Los 800 prisioneros pasamos, nadie tenía ese número. Errar es humano…”.

En el cielo, en el día del juicio descrito en la Biblia, no habrá error. El Juez supremo se sentará en un trono. Todos los que hayan rechazado la salvación que Dios ofrece hoy se presentarán ante ese trono. Los libros serán abiertos, el libro de la vida y los libros en los cuales estarán escritas todas sus obras: esos actos los condenarán. Solo los nombres de los creyentes estarán escritos en el primero. “El que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego” (Apocalipsis 20:15).

Es preciso saber hoy dónde está escrito nuestro nombre. ¿Quién tiene el libro de la vida? El Cordero de Dios que fue inmolado (Apocalipsis 13:8): Cristo, víctima expiatoria, muerto en la cruz, y resucitado. ¿Quiénes están inscritos en este libro? Aquellos a quienes el Cordero redimió con su sangre “para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Apocalipsis 5:9), los que creen que “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7).

Jeremías 10 – Lucas 16 – Salmo 91:1-6 – Proverbios 20:27-28

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Porque el SEÑOR cuida el camino de los justos.. Salmo 1:6

Serie: Nada me faltará

«Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en la senda de los pecadores ni cultiva la amistad de los blasfemos, sino que en la ley del SEÑOR se deleita, y de día y noche medita en ella». No existe mejor palabra para iniciar el Li- bro de los Salmos y este primer capítulo que la palabra «dichoso». Extremadamente feliz y afortunado, aquel cuya confianza y deleite no estuvo en el camino de los impíos, sino que encuentra su mayor placer y confianza en la ley del Señor. Son tiempos complicados y difíciles, tiempos donde el mundo corre de un lado para otro. No han encontrado refugio en el ejército, no han encontrado esperanza en la economía y no están encontrando soluciones en la medicina. El mundo corre y grita desesperado y el miedo y el pavor se van apoderando poco a poco del corazón de muchas personas alrede- dor del planeta. Vídeos con soluciones inefectivas, noticias que no auguran que en breve las cosas se solucionen, supermercados sin abastecimiento para suplir las necesidades de todos y los políticos y gobernadores de las naciones sin nada que decir porque no existen soluciones a la vista.
Sin embargo, en medio de todo eso, en medio de toda esa oscu- ridad, existe un brillo especial, un pueblo que refleja paz, un pueblo que refleja confianza, un pueblo que consigue tener un corazón gozoso y lleno de fe en un Dios soberano y todopoderoso, el pueblo del Señor, la Iglesia de Cristo.
Nuestros ojos no están en los sucesos, nuestros oídos no están en los consejos del hombre y nuestro corazón no se apoya en el cami- no del mundo, nuestros ojos están en la Palabra de Dios, nuestros oídos atentos a sus promesas y nuestros corazones practicando y poniendo por obra con cánticos y oraciones todo lo que hemos aprendido de las Sagradas Escrituras.
No tenemos miedo, no estamos asustados, no corremos desespe- rados, sino que hemos encontrado, en la Palabra de Dios, en la cual nos deleitamos, en la cual meditamos de día de noche, una fuente de gozo y confianza, hemos obtenido una paz que sobrepasa todo en- tendimiento y la seguridad de que en todo Dios tiene un propósito.
«Es como el árbol plantado a la orilla de un río que, cuando llega su tiempo, da fruto y sus hojas jamás se marchitan. ¡Todo cuanto hace prospera! En cambio, los malvados son como paja arrastrada por el viento» (vv. 3-4).
Apoyados en la Palabra de Dios, poniéndola por obra, creyéndola de todo corazón, tenemos la seguridad de que el Señor conoce nuestro camino, traza la senda por la que debemos andar y va delante de nosotros.
Tenemos la seguridad de que Dios va como poderoso gigante delante de Su pueblo, que lo guarda, que lo cuida, y por ello, por esa fe, sabemos que nuestro futuro está asegurado, está garantizado, porque el Dios de la historia ya se encuentra allí, trascendiendo el tiempo y el espacio, y en eso nosotros descansamos.
Cobra ánimo, sigue poniendo tus ojos en las noticias que muestra la Escritura y no tanto en las que muestra la televisión; y recuerda, si pones tu corazón en ellas serás, aun en medio de la tormenta, una persona dichosa.

Nada me faltará: 30 meditaciones sobre Salmos de esperanza

2020 por B&H Español

Prueba decisiva para el hombre

Viernes 5 Agosto

Pilato les decía: ¿Pues qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban aun más: ¡Crucifícale! Y Pilato, queriendo satisfacer al pueblo, les soltó a Barrabás, y entregó a Jesús, después de azotarle, para que fuese crucificado.

Marcos 15:14-15

Prueba decisiva para el hombre

En las escenas del juicio contra Jesús y de su crucifixión, asistimos a la prueba decisiva del hombre, comprometiendo la responsabilidad de cada uno. – Pilato ocupaba la sede de la autoridad civil, pero en lugar de hacer reinar la justicia, cedió a la presión popular y condenó a aquel a quien, no obstante, había reconocido como justo. – Los soldados que servían bajo sus órdenes fueron crueles y cínicos. – Los escribas y los sacerdotes que constituían el clero de entonces buscaron falsos testigos para condenar a Jesús, y la multitud siguió su ejemplo, mostrando la peor ingratitud hacia aquel que incansablemente había sanado, alimentado y hecho bien de tantas maneras. – Los que pasaban por allí, simples curiosos, lo injuriaban, dando libre curso a su odio sin ningún motivo. – Los discípulos también abandonaron a su Señor; fueron incapaces de enfrentar la situación; uno de ellos lo negó públicamente.

En esta escena la humanidad fue puesta a prueba de manera absoluta. En medio de semejante despliegue de crueldad, de desprecio e indiferencia, escuchamos a Jesús crucificado rogar por sus verdugos: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Con una calma perfecta terminó la obra que el Padre le había encomendado para nuestra salvación (Juan 17:4), e hizo posible el perdón divino para cada uno de los que creen en él.

En la cruz, el ser humano mostró definitivamente la maldad de su corazón. Al mismo tiempo, Dios manifestó su amor y su justicia al mundo.

Jeremías 9 – Lucas 15 – Salmo 90:13-17 – Proverbios 20:25-26

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¿Cómo Limpiar La Conciencia?

por John MacArthur

Una de las cosas que el milagro de la salvación manifiesta es el efecto limpiador y rejuvenecedor que el nuevo nacimiento tiene en la conciencia. En la salvación, el corazón del creyente es “purificado de una conciencia culpable” (Hebreos 10:22). El medio por el cual se limpia la conciencia es la sangre de Cristo (Hebreos 9:14). Eso no significa, por supuesto, que la sangre real de Jesús tenga alguna potencia mística o mágica como agente limpiador de la conciencia. ¿Qué significa eso?

Los conceptos teológicos involucrados aquí son sencillos, aunque bastante profundos. La ley del Antiguo Testamento requería sacrificios de sangre para expiar el pecado. Pero los sacrificios del Antiguo Testamento no podían hacer nada por la conciencia. Esos sacrificios no tenían eficacia real para expiar el pecado, “ya que es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados” (Hebreos 10:4). Simplemente mostraban la fe y la obediencia del adorador mientras presagiaban la muerte de Cristo, que derramaría su sangre como sacrificio perfecto por el pecado.

El sacrificio de Cristo en la cruz, por lo tanto, logró lo que la sangre de las cabras, la de los toros y las cenizas de las vaquillas solo podían simbolizar: “Él mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados, para que muramos al pecado y vivamos para la justicia. Por sus heridas ustedes han sido sanados” (1 Pedro 2:24). Nuestros pecados le fueron imputados y Él pagó el castigo por ellos. Además, su justicia perfecta es imputada a los que creemos (Romanos 4:22-24; Filipenses 3:9).

Dado que la culpa de todos nuestros pecados fue borrada por completo con su muerte, y puesto que su justicia intachable se acredita a nuestra cuenta, Dios nos declara inocentes y nos recibe como completamente justos. Esa es la doctrina conocida como justificación. Lo más importante siempre, además de que nuestra propia conciencia nos condene sin piedad, es que la sangre de Cristo clama por perdón. La expiación de Cristo satisfizo completamente las demandas de la justicia de Dios, por lo que el perdón y la misericordia están garantizados para aquellos que reciben a Cristo con una fe humilde y arrepentida.

¿Significa eso que los creyentes pueden persistir en pecar y aun así disfrutar de una conciencia limpia? Absolutamente no. “Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él?” (Romanos 6:2). El nuevo nacimiento implica una revisión completa del alma humana (2 Corintios 5:17). La conciencia lavada y rejuvenecida es solo una evidencia de que esta transformación es un hecho (cf.1 Pedro 3:21). El amor a la justicia y el odio al pecado es otra evidencia (1 Juan 3:3, 8).

Los creyentes cuya conducta contradice su fe hacen que sus conciencias se contaminen (1 Corintios 8:7). Y aquellos que profesan a Cristo, pero en definitiva rechazan la fe y una buena conciencia, sufren naufragio espiritual (1 Timoteo 1:19), es decir, prueban que nunca creyeron realmente (cf.1 Juan 2:19).

Por lo tanto, la conciencia sana va de la mano con la seguridad de la salvación (Hebreos 10:22). El creyente firme debe mantener el enfoque apropiado en la fe para disfrutar de una conciencia que se limpia perennemente de la culpa: “Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará [seguirá limpiándonos] de toda maldad” (1 Juan 1:9).

¡Qué gran regalo es que nos limpie de una conciencia contaminada! De la misma manera que una conciencia afligida es un reflejo del infierno, la conciencia pura es una virtud de la gloria. Irónicamente, una conciencia débil tiene más probabilidades de acusar que una conciencia fuerte. Las Escrituras la llaman conciencia débil porque es muy fácil de herir. Por eso, en nuestro próximo artículo veremos: Cómo vencer una conciencia débil.

La humildad en las esposas y madres

Serie: El orgullo y la humildad

Nota del editor:Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

En Tito 2, Pablo instruye a las mujeres mayores a que «enseñen» a las más jóvenes (v. 4), literalmente para «hacerlas tomar conciencia». Utiliza una forma de la misma palabra en el versículo 5, donde su lista de necesidades para formación incluye tener autocontrol, traducido a menudo como ser «prudentes».

«Tomar conciencia». ¿No es ahí donde empieza la humildad para las esposas y las madres? Una madre ocupada tiene veinte cosas dando vueltas en su mente a lo largo del día. Si añadimos las diversas emociones, las interrupciones y las sorpresas, es fácil sentir que nuestras mentes son todo menos «controladas». Pero parte del crecimiento en la piedad como esposas y madres es aprender a cultivar y mantener una mente sana, particularmente sobre quién es Dios y quiénes somos en relación con Él. Este «pensamiento correcto» o «sensato» es clave para caminar en humildad mientras aprendemos a amar a nuestros esposos e hijos (v. 4).

La humildad que proviene de una mente autocontrolada comienza en Génesis. Allí vemos que Dios es el Creador y nosotros somos los creados. Esta es una verdad muy básica, pero la disciplina de vivir a la luz de ella es parte de la madurez obtenida con esfuerzo y traída por el Espíritu. Con esta realidad como fundamento, que Dios es el Creador y nosotros las criaturas, consideremos tres maneras en que las esposas y madres pueden cultivar la humildad que proviene de una vida basada en pensamientos correctos.

La humildad elige someterse
La palabra «sumisión» nos hace pensar inmediatamente en la relación de la esposa con su esposo. Pero antes de someternos a nuestros esposos, debemos someternos a nuestro Creador. Él es un Dios de orden que ha creado Su mundo para que funcione de una manera determinada. Es mi deber como criatura entender lo mejor posible cómo funciona este orden en mi vida. Si Él ha dado alguna instrucción escrita —y lo ha hecho— debo leerla cuidadosamente y obedecerla. Su Palabra muestra claramente un orden creado dentro de la familia. El esposo es la cabeza de la esposa (Ef 5:23), y la esposa debe someterse voluntariamente a ese liderazgo y autoridad.

Además de someterse al diseño de Dios para la autoridad del marido, las madres deben someterse al diseño de Dios para la crianza de los hijos. Trabajamos junto a nuestros esposos para criar a nuestros hijos «en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef 6:4), lo que no es una tarea pequeña. Pero porque estamos sometidas al diseño de Dios, no nos acobardamos. Trabajamos por fe día tras día, confiando los resultados al Señor incluso cuando el entrenamiento es agotador, inconveniente o aparentemente infructuoso.

La humildad reconoce el pecado
Me casé con un pecador, al igual que mi esposo se casó con una pecadora. La humildad, tanto en el matrimonio como en la maternidad, requiere pensar correctamente sobre el pecado. Como esposa, debo reconocer mi tendencia pecaminosa a rebelarme contra el liderazgo de mi esposo, ya sea a través de la frialdad, la manipulación o los pensamientos no expresados. Debo recordar cuán persistente es el pecado que aún está en mí y estar atenta a las formas sutiles en que está dañando la relación. Debo identificar la viga en mi propio ojo antes de señalar la paja en el ojo de mi esposo. Y habrá paja. Los esposos son líderes imperfectos que cometerán errores y fallarán en servir como deben. Pensar correctamente sobre el pecado de mi esposo producirá una humildad que perdona libremente, que no guarda rencor y que se regocija en cada evidencia de la obra santificadora del Señor en él.

Para las madres, este pensamiento sano puede ser un ejemplo bello de confesión y alejamiento del pecado. Cuando peco contra mis hijos, en lugar de excusar el pecado, debo reconocerlo y pedir humildemente su perdón.

La humildad depende del Espíritu
Finalmente, una mente autocontrolada comprende tanto la importancia del crecimiento en la piedad como la imposibilidad de ese crecimiento sin el Espíritu Santo. «Tomar conciencia» sobre esta incapacidad total para ser las esposas y madres que Dios nos ha llamado a ser nos hará caer a menudo de rodillas, clamando en oración por lo que solo Él puede dar y hacer. Señor, no estoy segura de cómo aplicar el evangelio a la desobediencia de mi hijo. ¡Ayúdame! Señor, no estoy de acuerdo con mi esposo respecto a esta decisión y no estoy segura de cómo expresar respetuosamente mis preocupaciones. ¡Dame sabiduría! Reconoceremos humildemente que ocho horas de sueño no nos harán por sí solas madres pacientes, y que leer los mejores libros sobre el matrimonio en sí mismo no nos hará esposas piadosas. Necesitamos al Espíritu Santo para que nos dé sabiduría, para que exponga nuestro pecado, para que ilumine las Escrituras, para que haga que la piedad sea hermosa para nosotras. Afortunadamente, nuestro Padre se complace en darnos este Espíritu.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Tessa Thompson
Tessa Thompson es autora de Laughing at the Days to Come: Facing Present Trials and Future Uncertainties with Gospel Hope [Riéndose de los días venideros: Afrontando las pruebas presentes y las incertidumbres futuras con la esperanza del evangelio].

¿Cansado de vivir y con miedo de morir?

Jueves 4 Agosto

… Terrores de sombra de muerte los toman.

Job 24:17

El Señor es mi pastor… Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo.

Salmo 23:14

¿Cansado de vivir y con miedo de morir?

Un famoso actor declaró a un periodista: “Estoy cansado de vivir y tengo miedo de morir”. A menudo la vida no es fácil. La riqueza, como los honores y la gloria, no pueden dar la paz y el gozo al corazón. La muerte sigue siendo aterradora para el que no se ha reconciliado con Dios.

¡Qué contraste con el apóstol Pablo, siervo e imitador de Jesucristo, su Salvador y Señor! No escatimó esfuerzos para proclamar el Evangelio, su vida no fue nada fácil. A menudo fue perseguido y rechazado. Terminó su vida prisionero en Roma debido a su fe. A pesar de todas esas dificultades, no temía ni a la vida ni a la muerte, porque confiaba plenamente en Dios. “Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio… no sé entonces qué escoger… teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros” (Filipenses 1:21-24). Tenía la convicción de estar en las manos de Dios, a quien conocía personalmente. Dios le bastaba en todo, para vivir o para morir.

El ser humano es frágil física y sicológicamente. Dios lo sabe bien. “Como el padre se compadece de los hijos, se compadece el Señor de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo” (Salmo 103:13-14). Nuestro recurso es conocerlo como nuestro Padre, y Jesucristo dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).

Jeremías 8 – Lucas 14 – Salmo 90:7-12 – Proverbios 20:23-24

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