Nos acordaremos de tus amores más que del vino – Cantares 1:4

23 de enero
Nos acordaremos de tus amores más que del vino
Cantares 1:4

Jesús no permitirá que su pueblo se olvide de su amor. Si llegara a olvidarse de todo el amor que ha disfrutado, él lo visitaría con nuevo amor. «¿Olvidas mi cruz? —dice—; yo te la haré recordar. Pues en mi mesa me manifestaré a ti otra vez. ¿Olvidas lo que hice por ti en el consejo secreto de la eternidad? Yo te lo recordaré, porque tú necesitarás un consejero y me hallarás pronto cuando me llames».

Las madres no dejan que sus hijos las olviden. Si el hijo se ha ido a Australia y no escribe a casa, su madre le pregunta en una carta: «¿Se ha olvidado Juan de su madre?». Entonces le llega una amable misiva que demuestra que aquella suave advertencia no resultó en vano. Así pasa con Jesús. Él nos dice: «Recuérdame». Y nuestra respuesta es: «Nos acordaremos de tus amores». Nosotros recordaremos tu amor y su incomparable historia: tu amor es tan antiguo como la gloria que tuviste con el Padre antes que el mundo fuese. Recordamos, oh Jesús, tu eterno amor cuando te convertiste en nuestro Fiador y nos desposaste contigo. Recordamos el amor que inspiró tu sacrificio de ti mismo: amor que, hasta el cumplimiento del tiempo, pensó en ese sacrificio y ansió la hora acerca de la cual, en el rollo del libro, está escrito de ti: «He aquí, vengo». Recordamos tu amor, oh Jesús, como se manifestó a nosotros en tu vida santa, desde el pesebre de Belén hasta el huerto de Getsemaní.

Nosotros seguimos tus pisadas de la cuna al sepulcro, porque todas tus palabras y todas tus obras fueron de amor, y nos regocijamos en tu amor que la muerte no agotó; tu amor, que brilló con esplendor en tu resurrección.

Recordamos aquel ardiente fuego de amor que nunca te hará guardar silencio hasta que tus escogidos estén todos recogidos con seguridad, hasta que Sion sea glorificada y Jerusalén se establezca sobre sus eternos fundamentos de luz y de amor en el Cielo.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 31). Editorial Peregrino.

¿Acaso teme Job a Dios de balde? – Job 1:9

«¿Acaso teme Job a Dios de balde?».
Job 1:9
Esta fue la perversa pregunta de Satanás tocante a aquel hombre recto de la antigüedad, pero hay muchos actualmente acerca de quienes se puede con justicia formular esta pregunta, pues aman a Dios por costumbre, porque él los prospera; pero si las cosas les fueran mal, abandonarían toda la fe en Dios de que hacen alarde.

Si pueden ver claramente que, desde el momento de su supuesta conversión, el mundo los ha prosperado, entonces seguirán amando a Dios en una pobre forma carnal; pero si tienen que hacer frente a la adversidad, entonces se rebelarán contra el Señor. El amor de los tales es el amor por la comida, no por quien les da alojamiento: un amor a la despensa, no al dueño de la casa. El verdadero cristiano espera recibir su galardón en la vida venidera y, en este mundo, espera sufrir aflicciones. La promesa del antiguo pacto era la prosperidad, pero la promesa del nuevo pacto es la adversidad. Recuerda las palabras de Cristo: «Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo quita; y todo el que da fruto [¿qué pasa con él?] lo poda para que dé más fruto» (Jn. 15:2, LBLA).

Si das fruto, tendrás que sufrir aflicción. «¡Ay! —dirás tú—, qué terrible perspectiva». No obstante, esta aflicción produce tan valiosos resultados que el cristiano que se ve sometido a ella tiene que aprender a regocijarse en las tribulaciones, porque en la medida que abundan sus tribulaciones así abundan también sus consuelos en Cristo Jesús. Si eres un hijo de Dios puedes estar seguro de que no dejarás de conocer la vara de la aflicción. Tarde o temprano todo lingote de oro tiene que pasar por el fuego. No temas, sino regocíjate, de que te sean reservados tiempos tan fructíferos, pues en ellos serás separado del afecto a la tierra y hecho idóneo para el Cielo; serás librado de la adhesión a lo presente y se te harán anhelar las cosas eternas que pronto te han de ser reveladas.

Cuando sientas que, en cuanto al presente, no sirves a Dios por interés, entonces te regocijarás en la infinita recompensa del futuro.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 30). Editorial Peregrino.

Jesús – su humildad (3)

Domingo 22 Enero

Jesús… siendo en forma de Dios… se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Filipenses 2:6-8

Jesús – su humildad (3)

Adán, el primer hombre, quiso elevarse y volverse como Dios. Jesús, el Hijo de Dios, se humilló a sí mismo para hacerse hombre.

Vivió como hombre en la tierra que él mismo había creado. Sabía todo, podía todo y tenía el control sobre todo. Entonces, ¿trató de impresionarnos con su grandeza? ¡Jamás! Él no vino para ser servido, sino para servir (Marcos 10:45). Escogió como discípulos a personas en su mayoría poco instruidas y se hizo su siervo, hasta el punto de lavarles los pies (Juan 13:1-15). Se acercó a los pobres, los débiles y los desdichados para consolarlos, y nunca trató de hacer que lo admirasen por sus milagros (Juan 7:3-4). Cuando quisieron hacerlo rey, se fue a otro lugar (Juan 6:15). Lo trataron de bebedor y de loco, pero no se defendió (Lucas 7:34Juan 10:20). A la gente cansada de la vida, le decía: “Venid a mí… soy… humilde de corazón” (Mateo 11:28-29). ¡Era el hombre más accesible de todos!

Después de vivir en humildad, Jesús, al final de su ministerio, “se humilló a sí mismo” hasta la muerte, por obediencia a Dios. Lo escupieron, lo trataron indignamente, y por último lo condenaron y lo crucificaron entre dos malhechores. Para el santo Hijo de Dios, la crucifixión fue la humillación extrema.

Pero Dios halló su complacencia en el humilde Jesús, y lo demostró: “Le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre” (Filipenses 2:9).

“Dios… le resucitó de los muertos y le ha dado gloria” (1 Pedro 1:21).

(continuará el próximo domingo)

1 Samuel 17:31-58 – Mateo 14:13-36 – Salmo 15 – Proverbios 4:10-13

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La humildad que Dios odia

La humildad que Dios odia
Corey Williams

Hay un tipo de humildad que Dios odia. Conozcamos a un hombre que encarna esta odiosa humildad. Veamos cómo vive el día a día.

En primer lugar, fijémonos en lo mucho que habla de la humildad. Es su adverbio preferido. En la conversación, este hombre dice a menudo «me someto humildemente» o «pienso humildemente» o «me pregunto humildemente». Nótese el uso farisaico del lenguaje. Sutilmente, este hombre se ha apoderado de la moral. Ha puesto en evidencia a su compañero de trabajo, a su amigo, a su familiar: «Debido a que hablo desde un sitio de humildad, entonces hablo con autoridad superior, excelencia y sabiduría». Fíjate también en cómo prefiere la autopromoción con frases como «No pretendo presumir» o «Me sorprendí igual que todos cuando yo» o «Soy un tipo humilde, así que no se lo tome a mal». En casi todas las frases de este hombre que pregona la humildad, utiliza el pronombre personal «yo». Además, confía humildemente en que tiene mucho que aportar a la conversación, así que ¿por qué iba a contenerse? Sería un perjuicio para la audiencia a la que siempre quiere hacer crecer, ya sea en línea o en persona. En las conversaciones con él, las preguntas son escasas. Si hay preguntas, las hace al principio, como preparación—es una introducción y oportunidad—para que los demás participantes se sientan incluidos una vez que ambos están inmersos en el tema que elija este humilde hombre.

Ahora pasemos a los ojos del hombre cuando entra en una habitación llena de gente. Busca al rico, al bien relacionado, al atractivo, al inteligente, al gracioso. Pasan por alto al solitario, al inadaptado, al socialmente torpe (ver Stg. 2:1–9). Debido a que este hombre quiere la proximidad al poder, no el poder en sí, no se considera orgulloso. Con toda humildad, cree que puede beneficiarse de los que están por encima de él en el estrato social y que no tiene nada que sacar de la multitud que está por debajo de él. Para este hombre, los títulos son importantes. Otorgan propósito, dignidad y autoridad. Mientras se hable de su título, y no de sus talentos, entonces es humilde. Si se elogia o promociona el cargo, y no al individuo que lo ocupa, entonces el individuo conserva su humildad. Esta división entre el título y el individuo exime, al que ocupa un puesto tan prestigioso, del mandato de Jesús: «el mayor de vosotros será vuestro servidor» (Mt. 23:11).

Ningún retrato de este hombre estaría completo sin una descripción de su ética de trabajo. Es implacable. Las jornadas de diez horas son días de descanso. Quince horas en el trabajo es la norma, aunque el empleador no exija jornadas tan largas. Este hombre humilde trabaja duro porque no cree que esté dotado por naturaleza. Piensa humildemente que debe compensar sus debilidades. Lo hace a través de la fuerza de voluntad. Por supuesto, lo que subyace es la desesperación por hacerse notar. El deseo de ser grande. Así que una humilde desconfianza en su propia capacidad le lleva a trabajar duro porque quiere esa grandeza. Anhela que su vida cuente, por lo que piensa que únicamente contará si cada momento se contabiliza. Le falta confianza en su agenda. Se niega a delegar, temiendo que un subordinado no cumpla su voluntad a su manera. Le aterra el fracaso. El pasaje favorito de este humilde adicto al trabajo es Proverbios 6:10–11: «Un poco de dormir, un poco de dormitar, un poco de cruzar las manos para descansar, y vendrá como vagabundo tu pobreza, y tu necesidad como un hombre armado». Pero aún no se ha empapado del Salmo 127:2 «Es en vano que os levantéis de madrugada, que os acostéis tarde, que comáis el pan de afanosa labora, pues Él da a su amado aun mientras duerme». Esta es la humildad del tipo «arréglatelas por ti mismo», no la versión que dice «Dios gobierna soberanamente todos los aspectos de la creación, incluido mi trabajo, y Él decidirá la cantidad de mi éxito». Hay una humildad que glorifica a Dios y que duerme ocho horas por noche, y no trabaja los fines de semana, especialmente durante el día del Señor. Pero hay otra forma de humildad—un tipo insidioso—que dice «No tengo suficiente talento para tomarme tiempo libre». Nadie es tan importante. Nadie es tan necesario. Este hombre humilde ha olvidado ese hecho glorioso.

Por último, esta humildad se manifiesta en la perspectiva que este hombre tiene de sí mismo. Es salvajemente autocrítico. Si se enfada, lo hace consigo mismo. Se castiga a sí mismo después de cometer errores y se critica por sus defectos. Es un tipo de humildad que se deleita en su insuficiencia. Es la humildad contra la que advirtió C.S. Lewis: la de un hombre «que la mayoría de la gente llama ‘humilde’ hoy en día… una especie de meloso grasiento que siempre te dice eso».

Ahora que hemos conocido a nuestro «hombre de humildad», consideremos su futuro. No es prometedor. Sus constantes referencias a sí mismo—a su humildad—lo alejarán de relaciones profundas e íntimas en las que conozca a otra persona. No habrá «amigo más unido que un hermano» (Prov. 18:24) porque nadie puede acercarse a alguien con este tipo de humildad. Más adelante en la vida, se encontrará cada vez más solo, hasta que los que estén junto a su lecho de muerte serán pocos, y los que estén en su funeral apenas conocerán al hombre que están recordando. Encontrará decepción en su carrera, aunque tenga éxito a los ojos del mundo. Uno que no desea el poder—sino solo estar lo suficientemente cerca—nunca tendrá suficiente proximidad. El que quiere influencia, quiere llenar un pozo sin fondo y si nuestro humilde hombre—tan inseguro de sus talentos, y tan obsesivo con su ética de trabajo—es capaz de mantener una familia sin verla, lo más probable es que no viva para disfrutarla. La falta de sueño, la comida a deshoras, el estrés del trabajo, el descuido de los buenos dones de Dios en esas áreas, quebrarán su cuerpo prematuramente. Su corazón fallará antes de lo que debería, y no vivirá para ver que «en los ancianos está la sabiduría, y en largura de días el entendimiento» (Job 12:12). Es como si Dios se resistiera a este hombre (ver 1 Ped. 5:5).

Afortunadamente, aún hay tiempo. Nuestro hombre es joven (como muchos con este tipo de humildad). Hay abundante sabiduría en la Palabra de Dios. Dios puede aborrecer a este hombre ahora, pero su gracia está disponible. La verdadera humildad todavía es posible. Y Dios no quiere más que un pecador contrito y humillado. «Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito; al corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás» (Salmo 51:17). La verdadera humildad procede del verdadero arrepentimiento. Se aparta de sí misma para dirigirse al Salvador. Uno con verdadera humildad ve el orgullo como lo hizo John Bunyan cuando dijo: «¡La mejor oración que he orado tiene suficiente pecado para condenar al mundo entero!» El tipo de humildad que Dios ama no ve ninguna diferencia entre él mismo y lo más bajo de lo bajo. Tampoco ve la necesidad de trabajar constantemente. Se deleita en el descanso, en el juego, en las maravillas de la creación de Dios, en la familia y los amigos que Dios, en su gracia, le ha proporcionado. Comprende la sabiduría de Salomón: «He aquí lo que yo he visto que es bueno y conveniente: comer, beber y gozarse uno de todo el trabajo en que se afana bajo el sol en los contados días de la vida que Dios le ha dado; porque esta es su recompensa» (Ecl. 5.18). Esa es la verdadera humildad. La que Dios ama.

Corey Williams
Corey Williams is the Chief Communication Officer at The Master’s Seminary.

Después sintió una gran sed, y clamando al SEÑOR, dijo: Tú has dado esta gran liberación por mano de tu siervo, y ahora, ¿moriré yo de sed y caeré en manos de los incircuncisos? – Jueces 15:18

Sansón estaba sediento y a punto de morir. La dificultad era diferente de todas las que el héroe había afrontado antes. Procurar meramente mitigar la sed no es nada en comparación con la enorme empresa de librarse de mil filisteos; pero, cuando la sed lo acometió, Sansón sintió que aquella leve dificultad era más gravosa que las grandes dificultades anteriores, de las cuales había sido tan singularmente librado.

Cuando el pueblo de Dios ha logrado una gran victoria, es muy común que encuentre después muy penosa cualquier insignificante aflicción. Sansón mató a mil filisteos y los apiló en montones, y después desfallecía por un poco de agua. Jacob luchó con Dios en Peniel y venció a la Omnipotencia misma, y después «cojeaba de su cadera». Es extraño que deba haber una contracción del tendón cuando ganamos la batalla, como si el Señor tuviera que enseñarnos nuestra pequeñez y nuestra nulidad para guardarnos dentro de los límites. Sansón se jactaba muy ruidosamente cuando dijo: «He matado a mil hombres». Su jactanciosa garganta pronto se enronqueció por la sed, y entonces recurrió a la oración. Dios tiene muchos medios para humillar a su pueblo.

Querido hijo de Dios, si después de gozar de gran bendición te sientes muy abatido, no creas que tu caso sea inusitado. Cuando David subió al trono de Israel, dijo: «Y yo el día de hoy soy débil, aunque ungido rey». Debes esperar sentirte muy débil cuando estés disfrutando de tus mayores triunfos. Si el Señor ha obrado por medio de ti grandes portentos en el pasado, tu presente dificultad no será otra cosa que la sed de Sansón, y Dios no te dejará desmayar ni permitirá que la hija del incircunciso triunfe sobre ti. El camino del dolor es el camino del Cielo, pero hay fuentes de refrescantes aguas a lo largo del camino.

Así, tú creyente que has sido probado, alienta tu corazón con las palabras de Sansón, y descansa en la seguridad de que Dios te librará en breve.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 29). Editorial Peregrino.

¡Oh, Dios! ¡Perdóname! (2)

Sábado 21 Enero

Dice el necio en su corazón: No hay Dios.

Salmo 14:1

He aquí que el temor del Señor es la sabiduría.

Job 28:28

¡Oh, Dios! ¡Perdóname! (2)

Todo el pueblo conocía nuestro plan. El domingo la iglesia estaba totalmente llena. El predicador comentó el pasaje: “Dice el necio en su corazón: No hay Dios” (Salmo 14:1). Luego habló sobre la crucifixión de Jesús:

– El Hijo de Dios fue clavado en una cruz como un criminal. La gente se burló de él… Luego vino un soldado romano y le abrió el costado con una lanza. De la herida salió sangre y agua. Para los creyentes de todos los tiempos, esta escena suscita adoración: el amor infinito de Dios dando a su Hijo respondía al colmo de la maldad del hombre. La sangre que salió de la herida de Jesús muestra que Cristo murió por mis pecados. ¡Todo pecador puede ser lavado por esta sangre!

La predicación terminó; todo el mundo miraba a Ralph Newman. Pero este no se movía. De repente Ralph se levantó y gritó:

– ¡Oh, Dios, perdóname! Yo soy ese soldado, ese pecador. Yo crucifiqué a Jesús porque lo detestaba.

Hubo un silencio total. Unos minutos después Ralph hablaba con el que había dado el mensaje.

A partir de ese domingo, Ralph fue otro hombre. Se trasladó a Londres. Cuando se iba, le pregunté: ¿por qué ese cambio tan radical?

– ¡La crucifixión de Jesús! Cuando se habló del soldado que abrió el costado del Señor Jesús con una lanza, y de la sangre que purifica nuestros pecados, ¡tomé conciencia de mis propios pecados!

Ralph no los minimizaba. La escena de la crucifixión le hizo comprender el precio que fue pagado para perdonar sus pecados.

1 Samuel 17:1-30 – Mateo 13:44-14:12 – Salmo 14 – Proverbios 4:7-9

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

¿QUÉ DICE REALMENTE LA BIBLIA ACERCA DE “ATAR A SATANÁS”?

¿QUÉ DICE REALMENTE LA BIBLIA ACERCA DE “ATAR A SATANÁS”?
POR NATHAN DÍAZ

Uno de los principales debates que existen en escatología tiene que ver con la naturaleza de la atadura de Satanás en Apocalipsis 20:2. Pero, ¿cómo define el resto del Nuevo Testamento la idea de atar a Satanás?

SATANÁS FUE DERROTADO POR CRISTO EN SU PRIMERA VENIDA
La idea de que Satanás está atado en el presente queda bien desarrollada desde los Evangelios. Ellos afirman que esta atadura es la derrota real y tangible de Satanás a manos de Cristo en Su muerte y resurrección. La atadura de Satanás es el cumplimiento de Génesis 3:15, en donde se presenta la promesa de que la simiente de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente.

Estoy convencido, no por Apocalipsis 20:2, sino por el resto del Nuevo Testamento, de que Satanás está atado hoy. Sé que algunos podrán cuestionar esta afirmación. ¿No dice 1 Pedro 5:8 que Satanás anda como león rugiente buscando a quien devorar? ¿No es él considerado el dios de este mundo (2Co 4:4)?

En primer lugar, consideremos los siguientes versículos que explican lo que Jesús logró en Su primera venida respecto a Satanás:

Si Yo expulso los demonios por el Espíritu de Dios, el reino de Dios ha llegado a ustedes. ¿O cómo puede alguien entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no lo ata? Y entonces saqueará su casa (Mt 12:28-29).

Los setenta regresaron con gozo, diciendo: “Señor, hasta los demonios se nos sujetan en Tu nombre”. Y Él les dijo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Miren, les he dado autoridad para pisotear sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo el poder del enemigo, y nada les hará daño. Sin embargo, no se regocijen en esto, de que los espíritus se les sometan, sino regocíjense de que sus nombres están escritos en los cielos” (Lc 10:17-20).

Ya está aquí el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Pero Yo, si soy levantado de la tierra, atraeré a todos a Mí mismo (Jn 12:31-32).

Y habiendo despojado a [habiéndose desecho de] los poderes y autoridades, hizo de ellos un espectáculo público, triunfando sobre ellos por medio de Él [de Jesús] (Col 2:15).

El que practica el pecado es del diablo, porque el diablo ha pecado desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó con este propósito: para destruir las obras del diablo (1Jn 3:8).

Yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré Mi iglesia; y las Puertas del Hades [es decir, los poderes de la muerte] no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra, será atado en los cielos; y lo que desates en la tierra, será desatado en los cielos (Mt 16:18-19).

Acercándose Jesús, les dijo: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado; y ¡recuerden [he aquí]! Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28:18-20).

En resumen: Jesús mismo dijo que Satanás estaba siendo derrotado en la inauguración de Su ministerio (Lc 10:17-18; Jn 12:31-32) y usó el lenguaje de “atar” como la descripción de lo que vino a hacer con Satanás (Mr 3:27). Asumir que Satanás no está atado en un sentido muy real al ser derrotado por Cristo en Su primera venida es minimizar tanto el valor como el impacto que la muerte de Jesús tuvo en el historial de la batalla contra el enemigo (Col 2:15).

La escatología estudia y resume los eventos proféticos de la Biblia. Pero la escatología práctica tiene que ver con una teología de las últimas cosas que va más allá de solo examinar eventos futuros. Este libro analiza los temas escatológicos que la Biblia presenta y explica cómo estos temas afectan no solo nuestra teología, sino también nuestra conducta como cristianos hoy.

Todas estas victorias reales sobre Satanás fueron obtenidas por Cristo en Su primera venida. Cualquiera que sea tu interpretación de Apocalipsis 20:1-3 —Vi entonces a un ángel que descendía del cielo, con la llave del abismo y una gran cadena en su mano. El ángel prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el Diablo y Satanás, y lo ató por mil años. Lo arrojó al abismo, y lo encerró y puso un sello sobre él para que no engañara más a las naciones, hasta que se cumplieran los mil años. Después de esto debe ser desatado por un poco de tiempo— tienes que reconocer que hay un sentido real en el cual Satanás está atado, ha sido ya derrotado y no puede detener el plan de Dios de avanzar Su reino por medio de la predicación del evangelio, que es la misión de la iglesia. Pero, considerando la naturaleza cíclica de Apocalipsis, ahora veamos lo que el capítulo 12 dice sobre la serpiente “Satanás”:

Entonces apareció otra señal en el cielo: Un gran dragón rojo que tenía siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas había siete diademas [o coronas]. Su cola arrastró la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se paró delante de la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo cuando ella diera a luz. Y ella dio a luz un Hijo varón, que ha de regir [o pastorear] a todas las naciones con vara de hierro. Su Hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta Su trono. La mujer huyó al desierto, donde tenía un lugar preparado por Dios, para ser sustentada allí por 1260 días. Entonces hubo guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. Y el dragón y sus ángeles lucharon, pero no pudieron vencer, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue arrojado el gran dragón, la serpiente antigua que se llama Diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero. Fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él. Entonces oí una gran voz en el cielo, que decía:

Ahora ha venido la salvación, el poder y el reino de nuestro Dios y la autoridad de Su Cristo [del Mesías], porque el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa delante de nuestro Dios día y noche, ha sido arrojado. Ellos lo vencieron por medio de la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio de ellos, y no amaron sus vidas, llegando hasta sufrir la muerte. Por lo cual regocíjense, cielos y los que moran en ellos. ¡Ay de la tierra y del mar!, porque el diablo ha descendido a ustedes con gran furor, sabiendo que tiene poco tiempo. Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al Hijo varón. Y se le dieron a la mujer las dos alas de la gran águila a fin de que volara de la presencia de la serpiente al desierto, a su lugar, donde fue sustentada por un tiempo, tiempos y medio tiempo. La serpiente arrojó de su boca, tras la mujer, agua como un río, para que ella fuera arrastrada por la corriente. Pero la tierra ayudó a la mujer, y la tierra abrió su boca y tragó el río que el dragón había arrojado de su boca. Entonces el dragón se enfureció contra la mujer, y salió para hacer guerra contra el resto de la descendencia de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesús (Ap 12:3-17).

Aquí claramente hay una batalla en el cielo (Ap 12:7) conectada con la ascensión de Cristo (Ap 12:5). Esta batalla es para expulsar a Satanás del cielo (Ap 12:9) y esta expulsión está relacionada con el engaño de Satanás a las naciones (Ap 12:9). Es difícil ignorar este pasaje como un paralelo del capítulo 20. Usa el mismo lenguaje, pero tiene un énfasis diferente. En el capítulo 12, la destrucción del engaño de las naciones tiene que ver con que “… ahora ha venido la salvación, el poder y el reino de nuestro Dios y la autoridad de Su Cristo [del Mesías], porque el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa delante de nuestro Dios día y noche, ha sido arrojado. Ellos lo vencieron por medio de la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio de ellos, y no amaron sus vidas, llegando hasta sufrir la muerte” (Ap 12:10-11).

En Apocalipsis 12, Satanás no puede acusar a los redimidos delante de Dios. En Apocalipsis 20, Satanás no puede engañar a las naciones para atacar a los redimidos de Dios. Estas dos restricciones se complementan para mostrarnos todo lo que Cristo ha logrado en Su primera venida (Mt 28:18-20). El juicio sobre Satanás se desarrolla en tres etapas.

ASÍ QUE ¿TIENE SATANÁS PODER HOY?
“Atado” es la idea de restricción, no de erradicación completa. Satanás solo ha sido atado “para no engañar más a las naciones” (Ap 20:3), lo cual significa que ya no puede hacer pensar al mundo que la salvación es de los judíos solamente, que no puede hacer guerra a una escala mundial contra la iglesia hasta el final en que sea soltado (Ap 11:7; 13:7; 16:12-16; 19:17-21; 20:7-9) y, respecto a los escogidos, que no puede acusarlos más delante del trono de Dios (Ap 12:10-11). Esta es una victoria real sobre Satanás que no debemos minimizar. Las puertas del Hades no prevalecerán contra la iglesia de Dios porque es protegida por Dios (Mt 16:18-19; 28:18-19; Ef 1:15-23; Ap 7:3; 11:5). El enemigo puede atacar y lastimar, pero ningún ataque será triunfante a largo plazo sobre los escogidos de Dios. Eso debe ser un consuelo real y constante para nosotros hoy.


Este artículo ¿Qué dice realmente la Biblia acerca de “atar a Satanás”? fue adaptado de una porción del libro Escatología práctica, publicado por Poiema Publicaciones.


Páginas 54 a la 60

Aparta mis ojos, que no vean la vanidad; avívame en tu camino – Salmo 119:37

Hay diversas clases de vanidad: el bonete y los cascabeles del payaso, la alegría del mundo, el baile, la lira y la copa del libertino. Los hombres saben que todas estas cosas son vanidades. Ellas ostentan en sus frontispicios sus propios nombres y sus títulos. Mucho más traicioneras son estas otras, igualmente vanas: las preocupaciones del mundo y el engaño de las riquezas. El hombre puede ir en pos de la vanidad tanto en la oficina como en el teatro. Si emplea su vida en acumular riquezas, entonces la está pasando en una vana función. A menos que sigamos a Cristo y hagamos de nuestro Dios el gran objeto de nuestra vida, solo en apariencia nos distinguiremos de los más frívolos.

Esto nos muestra que tenemos mucha necesidad de la primera oración de nuestro texto: «Aparta mis ojos, que no vean la vanidad». «Avívame en tu camino». El Salmista se confiesa torpe, tedioso, inactivo, enteramente muerto. Quizá, querido lector, tú te sientas igual. Somos tan flojos que, aparte del Señor, ni aun los mejores incentivos nos pueden avivar. ¡Qué! ¿No me avivará el Infierno? ¿Puedo pensar en los pecadores que perecen, sin ser, no obstante, avivado? ¿No me avivará el Cielo? ¿Puedo pensar en el galardón que aguarda a los justos y permanecer indiferente? ¿No me avivará la muerte? ¿Puedo pensar en la muerte, y estar ante mi Dios y, sin embargo, ser indolente en el servicio de mi Maestro? ¿No me constreñirá el amor de Cristo? ¿Puedo yo pensar en sus amadas heridas y sentarme al pie de su cruz sin enardecerme con fervor y celo? ¡Parece que sí! Una mera reflexión no puede avivar nuestro celo; Dios mismo tiene que hacerlo, de ahí el clamor: «Avívame».

El Salmista exhala toda su alma en vehemente intercesión; su cuerpo y su alma se unen en la oración. «Aparta mis ojos», dice el cuerpo; «avívame», clama el alma. Es esta una oración apropiada para todos los días. ¡Oh Señor oye, en mi favor, esta plegaria en esta noche!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 28). Editorial Peregrino.

¡Oh, Dios! ¡Perdóname! (1)

Viernes 20 Enero

¿Queréis también vosotros haceros sus discípulos?

Juan 9:27

¡Oh, Dios! ¡Perdóname! (1)

Hace muchos años conocí a Ralph Newman en Inglaterra. Disfrutábamos mucho de nuestro tiempo libre. Pasábamos noches en las discotecas con muchos amigos. Vivíamos exclusivamente para nuestro placer, sin preocuparnos por Dios, por su amor, ni por lo que le agrada. Una noche hablamos del joven predicador de la congregación.

–Es un buen tipo, dijo Rendall, el mecánico del garaje.

–¿Cómo? ¿Un buen tipo?, exclamó Ralph. ¿Te vas a volver religioso?

–¡Cuidado, Newman! ¡También podría persuadirte!, respondió Rendall.

–¿Cómo?, vociferó Ralph… ¡Yo, Ralph Newman en la iglesia! ¡Ni pensarlo! E hizo todo tipo de comentarios desagradables sobre el predicador, enojándose cada vez más. Pero el mecánico dijo tranquilamente:

–Es fácil insultar a alguien a sus espaldas. Si realmente eres un tipo honesto, ve a la iglesia y, después de la reunión, dile lo que piensas de él.

Ralph dudó. ¿Se arriesgaría a atacar públicamente a un hombre que era respetado en todo el pueblo?

–Ralph, ¡no eres tan valiente como pretendes!, bromeó su amigo. Pero Ralph no quería admitirlo, y exclamó:

–Si nos vamos todos a la iglesia el domingo, le diré en la cara a ese joven payaso que él no hace más que decir palabras piadosas, pero que él mismo no cree lo que predica…

¡Al final todos aceptaron ir!

(mañana continuará)

1 Samuel 16 – Mateo 13:24-43 – Salmo 13 – Proverbios 4:1-6

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No eres Dios: Ciencia cognitiva para abrazar tus límites

No eres Dios: Ciencia cognitiva para abrazar tus límites
Ana Ávila

¿Por qué me resulta tan difícil enfocarme? ¿Por qué me toma tanto tiempo aprender y memorizar los conceptos que estudio? ¿Por qué olvido la mayor parte de lo que leo? ¿Por qué estoy tan cansada y tengo mis pensamientos borrosos, incluso cuando dormí bien durante la noche? ¿Qué me pasa?

Mis compromisos teológicos me obligan a examinar mi corazón inmediatamente: busca el pecado, arrepiéntete del pecado, huye del pecado. ¿Soy el perezoso del que habla el libro de Proverbios? ¿Me estoy rebelando en contra de lo que he sido llamada a hacer? ¿Estoy amargada con mi trabajo?

Seguramente algunas veces soy alguna de esas cosas… quizá incluso la mayoría de las veces. Pero no siempre. ¿Qué es lo que siempre soy? Una criatura limitada.

Una ciencia de ciencias
La ciencia cognitiva en realidad no es una ciencia, sino un grupo de ciencias trabajando juntas. ¿La meta? Entender la mente humana; estudiar no solo lo que pensamos, sino cómo pensamos.

Como podrías imaginar (ya que eres un ser humano y posees una mente), entender el funcionamiento cognitivo —nuestro razonamiento, percepción, memoria, la manera en que nos comunicamos y todo lo que sucede dentro de nuestra mente, estemos conscientes de ello o no— no es una tarea sencilla. Diferentes disciplinas —desde la antropología hasta las ciencias informáticas, incluyendo la filosofía, la neurociencia, la psicología y lingüística— contribuyen estudiando desde neuronas individuales hasta datos conductuales.

La ciencia cognitiva tiene el objetivo de proveer una descripción de nuestros procesos mentales desde lo general a lo específico: qué es lo que logra un sistema cognitivo (como el sistema visual, que nos ayuda a reconocer y localizar objetos), cuál es el proceso a través del cual ese sistema cognitivo consigue su objetivo y cuáles son las estructuras cerebrales que permiten que el sistema logre dicha tarea.

No necesito ser fuerte. Necesito admitir que soy débil

La ciencia cognitiva es una empresa bastante reciente (se cristalizó en la década de los setenta) pero ya ha producido ideas en las que vale la pena reflexionar. Una de ellas es la dura realidad de los límites de nuestra mente.

¿Todo es posible?
Durante gran parte del siglo XX, el conductismo —la idea de que solo se debe estudiar la conducta observable y medible— fue la perspectiva dominante en el campo de la psicología. Los conductistas, quienes fueron capaces de enseñar trucos a las palomas y hacer que niños pequeños temieran a los conejos (usando recompensas de comida y acompañando la presentación del animal con un fuertísimo sonido), se animaron por sus descubrimientos acerca del aprendizaje asociativo. Estaban convencidos de que cualquiera podía ser transformado en cualquier cosa:

Entrégame una docena de infantes saludables, bien desarrollados, y mi propio mundo en el que pueda criarlos, y garantizaré tomar cualquiera de ellos al azar y lo entrenaré para convertirse en cualquier clase de especialista que pudiera seleccionar: doctor, abogado, artista, jefe mercante y sí, incluso un mendigo y un ladrón, independientemente de sus talentos, inclinaciones, tendencias, habilidades, vocaciones y la raza de sus ancestros.1

Los conductistas desarrollaron una perspectiva muy optimista de las habilidades humanas. No existía límite para lo que la mente de una persona pudiera lograr. Su credo era que «todas las cosas son posibles para el que tiene el entrenamiento conductual correcto»… un credo que neciamente intento seguir todavía, a pesar de que la evidencia muestra que es engañoso.

Aunque el análisis conductual fue y sigue siendo valioso (¡nunca refuerces con recompensas los berrinches de tus hijos!), la ciencia cognitiva retó los sueños de la mente humana ilimitada con mucha fuerza. Los experimentos de George A. Miller mostraron que las personas solo podían manejar más o menos siete elementos de información al mismo tiempo. Los estudios de Donald Broadbent revelaron cómo debemos enfocarnos en un canal de información a la vez si vamos a encontrarle sentido a los estímulos que estos canales nos hacen llegar. Lento pero seguro, comenzó a acumularse la evidencia de que nuestras capacidades mentales, así como las físicas, son limitadas.

Tu mente es limitada
Siempre he tenido el delirio de que, si paso el tiempo suficiente entre libros y hago suficientes tarjetas de estudio, seré capaz de saberlo todo. Quizá no completamente todo, pero casi.

Como cristiana, tomo el mandamiento de amar a Dios con toda mi mente muy seriamente, en respuesta al amor de Dios mostrado en la cruz. Esa es la razón por la que me siento decepcionada cuando los versículos que pasé horas memorizando hace quince años desaparecen de mi mente. Me reprocho a mí misma por no captar el nombre de la nueva mujer que se presentó en la iglesia mientras sonaba una canción de fondo muy pegadiza. Me avergüenza que me tome diez horas escribir un artículo en lugar de cinco.

La ciencia cognitiva nos invita a mantener los pies en la tierra, conscientes de nuestros límites naturales como seres humanos

Mi instinto para la santidad (¿o la autojusticia?) me obliga a señalarme a mí misma y a otros que puedan cometer estos mismos errores como pecadores perezosos y centrados en uno mismo. Pero la ciencia cognitiva me invita a detenerme y considerar: ¿No es esto simplemente parte de lo que significa ser un ser humano limitado?

Los recuerdos que no se repasan constantemente se pierden de la memoria a largo plazo. Esa es la razón por la que no puedo recordar los 176 versículos del Salmo 119. Si un canal auditivo está ocupado recibiendo una canción a todo volumen, no va a registrar un nombre. Esa es la razón por la que no sé el nombre de mi nueva conocida. Mi memoria de trabajo solo puede sostener una limitada cantidad de información al mismo tiempo, sin importar lo mucho que me esfuerce. Esa es la razón por la que repasar mis libros y crear algo nuevo me toma el tiempo que me toma.

No me gusta enfrentarme a la realidad de mi debilidad; admitir mis limitaciones cognitivas es humillante. Pero las palabras del apóstol Pablo me hacen recordar que, aunque no lo parece, esto glorifica a Dios: «[Él] me ha dicho: “Te basta Mi gracia, pues Mi poder se perfecciona en la debilidad”. Por tanto, con muchísimo gusto me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí» (2 Co 12:9). No necesito ser fuerte. Necesito admitir que soy débil.

La ciencia cognitiva nos invita a mantener los pies en la tierra, conscientes de nuestros límites naturales como seres humanos. Curiosamente, también nos permite examinar nuestros corazones, los cuales —de acuerdo con la Biblia— no solo representan nuestros afectos posiblemente pecaminosos, sino también los pensamientos y procesos dentro de nuestras mentes.

1 John B. Watson, Behaviorism, 2nd ed. (London: Kegan Paul & Co., 1931), 82. Vía Barrett, Justin L.. Cognitive Science, Religion, and Theology (Templeton Science and Religion Series) p. 174.


Ana Ávila es escritora senior en Coalición por el Evangelio, Química Bióloga Clínica, y parte de Iglesia El Redil. Es autora de «Aprovecha bien el tiempo: Una guía práctica para honrar a Dios con tu día». Vive en Guatemala junto con su esposo Uriel y sus dos hijos. Puedes encontrarla en YouTube, Instagram y Twitter.