Después sintió una gran sed, y clamando al SEÑOR, dijo: Tú has dado esta gran liberación por mano de tu siervo, y ahora, ¿moriré yo de sed y caeré en manos de los incircuncisos? – Jueces 15:18

Sansón estaba sediento y a punto de morir. La dificultad era diferente de todas las que el héroe había afrontado antes. Procurar meramente mitigar la sed no es nada en comparación con la enorme empresa de librarse de mil filisteos; pero, cuando la sed lo acometió, Sansón sintió que aquella leve dificultad era más gravosa que las grandes dificultades anteriores, de las cuales había sido tan singularmente librado.

Cuando el pueblo de Dios ha logrado una gran victoria, es muy común que encuentre después muy penosa cualquier insignificante aflicción. Sansón mató a mil filisteos y los apiló en montones, y después desfallecía por un poco de agua. Jacob luchó con Dios en Peniel y venció a la Omnipotencia misma, y después «cojeaba de su cadera». Es extraño que deba haber una contracción del tendón cuando ganamos la batalla, como si el Señor tuviera que enseñarnos nuestra pequeñez y nuestra nulidad para guardarnos dentro de los límites. Sansón se jactaba muy ruidosamente cuando dijo: «He matado a mil hombres». Su jactanciosa garganta pronto se enronqueció por la sed, y entonces recurrió a la oración. Dios tiene muchos medios para humillar a su pueblo.

Querido hijo de Dios, si después de gozar de gran bendición te sientes muy abatido, no creas que tu caso sea inusitado. Cuando David subió al trono de Israel, dijo: «Y yo el día de hoy soy débil, aunque ungido rey». Debes esperar sentirte muy débil cuando estés disfrutando de tus mayores triunfos. Si el Señor ha obrado por medio de ti grandes portentos en el pasado, tu presente dificultad no será otra cosa que la sed de Sansón, y Dios no te dejará desmayar ni permitirá que la hija del incircunciso triunfe sobre ti. El camino del dolor es el camino del Cielo, pero hay fuentes de refrescantes aguas a lo largo del camino.

Así, tú creyente que has sido probado, alienta tu corazón con las palabras de Sansón, y descansa en la seguridad de que Dios te librará en breve.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 29). Editorial Peregrino.


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