Los tribunales seculares y el conflicto en la iglesia

Los tribunales seculares y el conflicto en la iglesia
Por John Currie

 Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

«¿Por qué no sufren mejor la injusticia?». La pregunta de Pablo en 1 Corintios 6:7 difícilmente pudo ser más contracultural y contraintuitiva para un corintio. Corinto estaba contagiada con la pasión por el estatus, el éxito y el honor personal. La capacidad de alcanzar estas aspiraciones mediante la ambición, el posicionamiento y la imagen se consideraba sabiduría. Los cristianos de Corinto seguían profundamente influenciados —podríamos decir que infectados— por esta sabiduría cultural, y su seducción por ella había dado lugar a divisiones en el liderazgo, la tolerancia de hechos escandalosos de inmoralidad y, ahora, al litigio de conflictos ante los tribunales de los incrédulos. Su padre espiritual estaba tan escandalizado por esta conducta (y la condición subyacente del corazón que revelaba) que, aunque antes no había querido avergonzarlos por su mal comportamiento (1 Co 4:14), ahora los avergüenza (6:5) con ocho preguntas inquisitivas en solo siete versículos (vv. 1-7). Al apóstol le resultaba chocante y vergonzosa la realidad de los cristianos que llevaban a otros cristianos ante los tribunales civiles para resolver sus diferencias personales.

Él estaba escandalizado por dos razones. Primero, la conducta de los corintios traicionaba su testimonio de lo que Cristo, al inaugurar Su reino en Su iglesia, ha hecho (vv. 2-3); y segundo, contradecía la sabiduría que Cristo da y ha dado a Su iglesia (v. 5). Su inmadurez e incompetencia, evidenciadas en el hecho de litigios civiles entre creyentes, deshonraban a Aquel a quien decían conocer como sabiduría, justicia, santificación y redención de Dios (1:30).

El remedio de Pablo para este escándalo fue aplicar la sabiduría del evangelio de la cruz de Cristo a sus conflictos. El apóstol modeló esto al venir a ellos no a la manera de los grandes hombres de la cultura, sino en debilidad cruciforme (1:17). Su aceptación de la locura de la cruz le había hecho estar dispuesto a ser despreciado y a sufrir las calumnias con espíritu de reconciliación y humildad (4:9-13), y como les dirá posteriormente, incluso renunció a sus derechos entre ellos por el evangelio (9:3-18). En toda esta «necedad», el apóstol no hacía más que imitar el patrón del Cristo que les predicaba (1:18-25). Así que su pregunta inquisitiva a los que decían creer en su mensaje de la cruz y ser salvos por ello y, sin embargo, estaban litigando por la vindicación y la victoria personal de unos con otros, era: «¿Por qué no tomar la cruz?», «¿Por qué no sufrir más bien el mal?» (6:7).

No es que Pablo tratara de impedir que los cristianos buscaran la resolución de los conflictos presentes (y muy reales) que pudieran tener unos con otros. Sin embargo, debían poder usar la sabiduría que Dios ha dado en y a la iglesia para hacerlo (v. 5). Cristo mismo dio a los creyentes un proceso de apelación unos a otros con la esperanza de «ganar» al otro cuando se ha producido una ofensa. Ese proceso implica la ayuda de otros creyentes e incluso, en casos de dureza de corazón, puede implicar la acción judicial de los tribunales de la iglesia (Mt 18:15-20). Pablo tampoco prohíbe apelar a la autoridad civil ordenada por Dios (Ro 13:1-7) en casos de actividad delictiva (de hecho, ignorar y ser negligente en tales casos causa mucho daño a las víctimas del delito y al nombre de Cristo). Pero cuando los cristianos han llegado al punto de buscar el castigo por conflictos personales ante los incrédulos, algo está profunda y terriblemente mal en nuestros corazones y en nuestra iglesia.

Los cristianos de Corinto necesitaban una corrección cruciforme de la inclinación de sus corazones en sus conflictos unos con otros en su época. Tal vez nosotros también la necesitemos. Las preguntas de Pablo en 1 Corintios 6 nos impulsan a imitar a nuestro Salvador, una imitación que no manifiesta la sabiduría autopreservadora de esta época, sino la sabiduría abnegada de Aquel que se entregó por nuestros pecados y que, por Su Espíritu, vive ahora en nosotros para formarnos a Su semejanza (Gá 2:20).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

John Currie
El Dr. John Currie es coordinador del departamento y profesor de teología pastoral en Westminster Theological Seminary en Filadelfia y ministro de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa.

En mi carne he de ver a Dios – Job 19:26

Considera el asunto de la piadosa expectación de Job: «He de ver a Dios». No dice: «He de ver a los santos» —aunque, sin duda, esa será una inefable felicidad—, sino: «He de ver a Dios». No dice tampoco: «He de ver las puertas de perlas, he de mirar los muros de jaspe, he de contemplar las coronas de oro», sino: «He de ver a Dios». Esta es la suma y la sustancia del Cielo, la gozosa esperanza de todos los creyentes para quienes constituye un placer el verle ahora por la fe. A los creyentes les gusta contemplar a Jesús en la comunión y en la oración, pero en el Cielo tendrán de él una amplia y clara visión y, así, viéndolo como él es, serán hechos en todo semejantes a él: ¡semejantes a Dios! ¿Qué más podemos desear? ¡Una visión de Dios! ¿Qué cosa superior a esta podemos ansiar? Algunos leen así el pasaje: «No obstante, he de ver a Dios en mi carne».

Y hallan aquí una alusión a Cristo como el «Verbo hecho carne», y a aquella gloriosa contemplación que constituirá el esplendor de los últimos días. Sea o no esto así, la verdad es que Cristo será el objeto de nuestra eterna visión. Tampoco deseamos nosotros un gozo que sea mayor que el gozo de contemplar a Cristo. No pienses que el contemplar a Cristo será para la mente una actividad limitada: el contemplarlo es solo una fuente de placer; pero una fuente infinita. Todos sus atributos serán objeto de contemplación y, como él es infinito en todos los aspectos, no hay temor de que se agoten. Sus obras, sus dones, su amor por nosotros y su gloria en todos sus propósitos, y en todas sus acciones, todo ello constituirá un tema siempre nuevo.

El patriarca anhelaba esta visión de Dios como un goce personal: «Mis ojos lo verán y no otro». Considera la realidad de la bienaventuranza del Cielo; piensa que esa gloria será para ti: «Tus ojos verán al Rey en su hermosura».

Todo esplendor terrenal palidece y se oscurece a medida que lo contemplamos, pero en estas palabras hay un esplendor que nunca puede empañarse, una gloria que jamás puede disminuir: «He de ver a Dios».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 18). Editorial Peregrino.

Echa mano de la vida eterna.

Martes 10 Enero
Echa mano de la vida eterna.
1 Timoteo 6:12

Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, que sean liberales en repartir… que echen mano de la vida que lo es en verdad.
1 Timoteo 6:18-19, V. M.
Echar mano de lo que es verdaderamente la vida
Este pasaje me llama la atención: ¿Cuál es esa verdadera vida, de la cual debo echar mano? ¿Puedo perder mi vida dejando pasar lo esencial? En realidad, ¿cuál es el sentido de la vida, de mi vida? ¿Vivo buscando oportunidades, evitando el sufrimiento y disfrutando de las alegrías que están a mi alcance?

Esta no es la verdadera vida, la que Dios quiere para mí. La vida que me propone es lo que la Biblia llama “la vida eterna” (Juan 17:3), es decir, una vida animada por su voluntad, por la confianza en él, y que va hasta la eternidad, en su presencia.

Esta vida consiste en conocer a Dios y al Señor Jesús, con todo lo que implica en mis decisiones y actividades diarias. Por ejemplo, en el pasaje bíblico citado, la vida eterna se manifestará mediante la bondad y la generosidad hacia los que están a nuestro alrededor.

Esta vida eterna era visible de forma perfecta en Jesucristo (ver 1 Juan 1:1-2). Él vivía en comunión con su Padre y hacía su voluntad, y esto hasta dar su vida en la cruz para salvar a los pecadores.

Jesucristo ofrece esta vida eterna a todos los que lo reciben por la fe. Los creyentes en Cristo ya la poseen: “Vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios… tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13).

Sin embargo, se nos anima a echar “mano de la vida eterna”, a apreciarla en su conjunto y como un objetivo eterno. ¿Recibió usted a Cristo como su Salvador? “Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Juan 5:20).

1 Samuel 6 – Mateo 8:1-22 – Salmo 7:1-8 – Proverbios 3:1-6

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