La Controversia fundamentalista-modernista | John R. Muether 

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine:La historia de la Iglesia | Siglo XX

Los eruditos modernos que estudian el protestantismo estadounidense contemporáneo suelen dividir el movimiento en dos grupos principales. El protestantismo mayoritario es un grupo ampliamente inclusivo de denominaciones teológicamente liberales como la Iglesia Episcopal, la Iglesia Evangélica Luterana en América, la Iglesia Unida de Cristo y la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos de América (PCUSA por sus siglas en inglés). Los protestantes «marginales» son miembros de denominaciones más pequeñas, separadas o iglesias independientes que son «creyentes de la Biblia». Esta división tiene aproximadamente un siglo de antigüedad y refleja el resultado de lo que comúnmente se denomina la Controversia fundamentalista-modernista (modernismo, en este contexto, equivale a liberalismo teológico). El conflicto comenzó en la Iglesia Presbiteriana del Norte, conocida oficialmente en aquella época como Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos de América (PCUSA) que estuvo separada de los presbiterianos del Sur desde 1861 hasta 1983. Sin embargo, la controversia acabaría perturbando a todas las denominaciones protestantes de Norteamérica. Al examinar esta controversia, veremos que una evaluación adecuada del conflicto sugiere que el nombre de esta controversia es engañoso.

LAS SEMILLAS DE LA DIVISIÓN
Las raíces de la controversia se remontan al menos a 1869, cuando los presbiterianos norteños de la Vieja y la Nueva Escuela, que se habían separado en 1837, se reunieron tras la Guerra Civil. Las voces del Seminario Teológico de Princeton, bastión del presbiterianismo de la Vieja Escuela, que no apoyaba las reuniones y métodos revivalistas, eran de dos opiniones. A.A. Hodge estaba convencido de la ortodoxia esencial de la Nueva Escuela, que apoyaba los avivamientos en los Estados Unidos, y estaba persuadido de que los presbiterianos podían ser de más testimonio para una nación que se curaba del trauma de la guerra si unían sus números. Su padre, Charles Hodge, se mostró escéptico, temiendo que la fusión diera lugar a un «eclesiasticismo amplio» que erosionara el carácter confesional de la iglesia.

Los temores del anciano Hodge se hicieron realidad poco después de su muerte en 1878. Un número creciente de miembros de la iglesia presionaba para adaptarse a los tiempos modernos. El mayor defensor del progresismo presbiteriano fue Charles A. Briggs. Como profesor del Seminario Teológico Unión de Nueva York, Briggs promovió activamente la ciencia de la alta crítica bíblica (aunque sus opiniones eran suaves en comparación con las expresiones actuales de la alta crítica). Afirmaba que el progreso de la religión estaba en el corazón de la Reforma protestante, y que este era especialmente demandado a una iglesia que diera testimonio en una era científica. Briggs estaba aprovechando un sentimiento que pretendía suavizar los duros bordes de la Confesión de Fe de Westminster. En palabras de un historiador, «parte de la rigidez consagrada de la Confesión de Westminster les parecía obsoleta a muchos presbiterianos».

B.B. Warfield, sucesor de Charles Hodge en Princeton, se negó a participar en los esfuerzos por revisar los Estándares de Westminster. «Es una pena inexpresable», se lamentaba, ver a la iglesia «gastar sus energías en un vano intento de rebajar su testimonio para adaptarlo al sentimiento siempre cambiante del mundo que la rodea». En una época progresista en la que el cambio era sinónimo de salud, su disidencia persuadió a pocos. En palabras de un oponente, sonaba como un llamado a «la armonía de quedarse quieto».

Sin embargo, el impulso a favor de una revisión importante de la Confesión de Westminster se disipó cuando Briggs fue juzgado por sus opiniones de alta crítica. La Asamblea General de 1891 votó abrumadoramente (449 a 60) a favor de vetar el nombramiento de Briggs en el Seminario Teológico Unión y la Asamblea de 1893 le declaró culpable de negar la autoridad de la Escritura y le apartó del ministerio. (El seminario se negó a destituir a Briggs, alegando libertad académica y optó en cambio por retirarse de la denominación. Briggs acabó afiliándose a la Iglesia Episcopal).

EL CONFLICTO SE INTENSIFICA
La Iglesia Presbiteriana del Norte aprobó modestas revisiones doctrinales en 1903, pero esto no disuadió la ambición de las voces liberales que instaban a la iglesia a adaptarse a los tiempos modernos. El presbiterianismo en su mejor forma, argumentaban, es maleable y capaz de ajustarse a los nuevos desarrollos culturales e intelectuales. Un cambio que empezó a producirse fue la expansión significativa de la burocracia de la iglesia en aras de una mayor eficacia organizativa, impulsado por el aumento de poder de los moderadores de la Asamblea General y el cargo de secretario permanente de la denominación.

Los conservadores trataron de reforzar la lealtad denominacional a la autoridad de la Palabra de Dios mediante pronunciamientos de la Asamblea General. La Asamblea General de 1892, reunida en Portland, Oregón, declaró: «Nuestra iglesia sostiene que la inspirada Palabra de Dios, tal como vino de Dios, no tiene errores». La asamblea de 1910 en Atlantic City, Nueva Jersey, afirmó cinco doctrinas como «esenciales y necesarias»: el nacimiento virginal de Cristo, la expiación vicaria de Cristo, la resurrección corporal de Cristo, la realidad de los milagros y la promesa del regreso corporal de Cristo.

Por aquella época, de 1910 a 1915, se publicó una serie de doce libros, cada uno de los cuales contenía artículos que defendían la enseñanza cristiana ortodoxa frente a los desafíos de la alta crítica bíblica, cada vez más escéptica respecto al carácter sobrenatural del cristianismo. Titulada Los fundamentos, esta serie reclutó a una colección diversa de sesenta y cuatro autores, entre los que se encontraban muchos premilenialistas dispensacionalistas y también otros eruditos respetados, como Warfield y el teólogo escocés James Orr. No fue sino hasta 1920 que empezó a usarse el término fundamentalista. Se le atribuye a Curtis Lee Laws, quien organizó la Fraternidad fundamentalista dentro de la Convención Bautista del Norte, denunciando que los liberales estaban abandonando los fundamentos del evangelio.

Los progresistas de la Iglesia Presbiteriana (generalmente centrados en el Presbiterio de Nueva York), aunque se llamaban a sí mismos «evangélicos», expresaban una creciente resistencia a la precisión doctrinal. Ellos argumentaban que teorías particulares, como la expiación sustitutiva de Cristo, no llegaban a abarcar los misterios de la revelación divina, los cuales no podían reducirse a un sistema teológico ordenado. Tres acciones provocadoras de los liberales llevaron rápidamente el conflicto a un punto de ebullición.

Harry Emerson Fosdick, ministro bautista que llevaba cuatro años ejerciendo de suplente en el púlpito de la Primera Iglesia Presbiteriana de Nueva York, predicó el sermón «¿Ganarán los fundamentalistas?» el 21 de mayo de 1922. Explicó que los llamados artículos fundamentales de la fe debían entenderse como teorías y que a la iglesia le convenía más la tolerancia entre quienes tenían teorías alternativas. Además, argumentó que el debate comprometía el testimonio social de la iglesia. «¡La actual situación mundial huele a gloria!», exclamó. «Y ahora, en presencia de problemas colosales, que deben resolverse en nombre de Cristo y por amor a Cristo, los fundamentalistas proponen expulsar de las iglesias cristianas a todas las almas consagradas que no estén de acuerdo con su teoría de la inspiración. ¡Qué locura inconmensurable!». Ese sermón tuvo una amplia difusión gracias al respaldo del íntimo amigo de Fosdick, John D. Rockefeller Jr.

Al año siguiente, el Presbiterio de Nueva York ordenó a dos graduados del Seminario Teológico Unión que no afirmaban la doctrina del nacimiento virginal de Cristo. Cuando otros presbiterios se quejaron a la Asamblea General por esta acción, los liberales se reunieron en el Seminario Teológico de Auburn y compusieron la Afirmación de Auburn, que estaba «diseñada para salvaguardar la unidad y la libertad» de la PCUSA. La afirmación observaba que las decisiones recientes de la Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana no tenían peso constitucional. Pero seguía afirmando que doctrinas claramente enseñadas en la constitución de la iglesia, en los Estándares de Westminster —como el nacimiento virginal, el sacrificio expiatorio y la resurrección de Cristo— eran meras teorías y no hechos enseñados en la Biblia y que, por tanto, no eran vinculantes para los ministros presbiterianos. En 1924, cuando más de mil doscientos ministros firmaron la Afirmación de Auburn, estaba claro que la controversia se dirigía a un enfrentamiento.

DOS DIRECCIONES PARA EL PROTESTANTISMO CONSERVADOR
En esta época, el campo fundamentalista empezó a divergir en dos trayectorias distintas. La conmoción provocada por la carnicería de la Primera Guerra Mundial proporcionó para muchos pruebas serias del declive rápido de la civilización occidental. En respuesta, algunos fundamentalistas llevaron sus preocupaciones más allá de los debates eclesiásticos. El predicador revivalista Billy Sunday exclamó de manera pintoresca que si el infierno se pusiera patas arriba, se vería que tiene las palabras «Hecho en Alemania». La Revolución Rusa de 1917 avivó el interés por proteger la herencia cristiana estadounidense de la invasión extranjera, al tiempo que aumentaba la especulación sobre el fin de los tiempos. La Biblia anotada de Scofield, publicada por primera vez en 1909, sacó una edición revisada en 1917 que popularizó la identificación de Rusia con Gog y Magog del libro de Ezequiel.

Estas crisis internacionales dirigieron la protesta en una dirección nativa y populista. Su principal portavoz fue William Jennings Bryan, un popular orador y tres veces candidato demócrata a la presidencia de los Estados Unidos. A juicio de Bryan, tanto el auge del liberalismo protestante como el declive de la moral contemporánea se debían a la misma fuente: el darwinismo. En 1925, cuando un profesor de una escuela pública de Dayton, Tennessee, fue acusado de enseñar la evolución humana, Bryan prestó su ayuda como parte acusadora del Juicio de Scopes. Aunque el veredicto fue técnicamente una victoria para la acusación, provocó que los medios de comunicación ridiculizaran a Bryan (que murió cinco días después) y desacreditaran el fundamentalismo en la mentalidad nacional como intolerante, inculto y culturalmente atrasado.

La otra dirección conservadora encontró su voz en J. Gresham Machen, del Seminario Teológico de Princeton, quien surgió como el defensor más elocuente de la ortodoxia tras la muerte de B.B. Warfield en 1921. El propio Machen fue testigo directo de la devastación de la Primera Guerra Mundial cuando se tomó un permiso en Princeton para servir en las labores de ayuda de la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA, por sus siglas en inglés). Pero su libro de 1923, Cristianismo y liberalismo, se limitó al tema de la división doctrinal en la Iglesia presbiteriana. Como el propio título implicaba, Machen describió el liberalismo no como una variante del cristianismo, sino como una religión totalmente distinta. Escribió:

En el conflicto actual, la gran religión redentora que siempre se ha conocido como cristianismo está luchando contra un tipo de creencia religiosa totalmente diversa, que es muy destructiva de la fe cristiana porque hace uso de la terminología cristiana tradicional.

Machen pasó a demostrar su tesis examinando sistemáticamente las doctrinas cristianas sobre Dios, la humanidad, la Escritura, Cristo y la salvación.

Machen consideró a la iglesia en el capítulo final del libro, donde argumentó que, puesto que el modernismo era una religión totalmente distinta, lo más honroso que podían hacer los modernistas era retirarse de la iglesia. Sabiendo que esto era poco probable, Machen apeló a los moderados de la iglesia: «La necesidad imperiosa del momento es una separación entre los dos partidos». Permitir ministros que se opongan al mensaje de la iglesia «no es tolerancia, sino simple deshonestidad», explicó, probablemente pensando en Fosdick. «El ser indiferente a la doctrina no hace héroes de la fe».

El manifiesto de Machen contra el modernismo se convirtió en un éxito de ventas y fue reconocido por el periodista secular H.L. Mencken como «indudablemente correcto». Pero los moderados no podían seguir a Machen en su visión, en especial cuando sus oponentes en la iglesia y el seminario se presentaban como unos evangélicos encantadores. Una comisión especial de la Asamblea General nombrada para estudiar las causas del malestar en la iglesia hizo oídos sordos al testimonio de Machen sobre la amenaza del liberalismo. En su informe de 1926, la comisión elogió con toda seguridad la «unidad evangélica» que yacía bajo la diversidad de opiniones. «La iglesia ha florecido mejor», escribió, «y ha mostrado más claramente la buena mano de Dios sobre ella, cuando ha dejado de lado sus tendencias a enfatizar esas diferencias y ha puesto el énfasis en el espíritu de unidad». Esta conclusión sorprendente sirvió para reivindicar a los firmantes de la Afirmación de Auburn. Cuando algunos firmantes de la afirmación se incorporaron al consejo reconstituido del Seminario Teológico de Princeton en 1929, Machen se marchó y fundó el Seminario Teológico de Westminster en Filadelfia.

En la década siguiente, la atención se centró en el escándalo de las misiones extranjeras de la PCUSA, con el apoyo confesional al modernismo en los campos misioneros de la iglesia. Cuando Machen cofundó la Independent Board for Presbyterian Foreign Missions (Junta Independiente de Misiones Extranjeras Presbiterianas) para apoyar a los misioneros ortodoxos en 1933, fue juzgado por su deslealtad a la junta misionera oficial de la iglesia. Fue destituido tras perder su apelación ante la Asamblea General de 1936, lo que le llevó a abandonar la PCUSA y formar lo que se convertiría en la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa. Lamentablemente, pocos le siguieron (apenas cinco mil de una iglesia de dos millones de miembros).

Machen sucumbió a una breve enfermedad y murió repentinamente el día de año nuevo de 1937, a la edad de cincuenta y cinco años. Su pequeña denominación solo tenía seis meses de vida, tiempo suficiente para que algunos fundamentalistas se sintieran descontentos con su dirección. En 1938, un grupo se separó para fundar la Iglesia Presbiteriana Bíblica, una expresión de separatismo estrechamente alineada con el fundamentalismo populista, que hacía hincapié en una interpretación premilenial de la profecía y en la abstinencia de bebidas alcohólicas.

INTERPRETACIÓN DE LA CONTROVERSIA
La alianza formada por el fundamentalismo resultó frágil y temporal. Sin duda, las voces conservadoras compartían una oposición estridente al modernismo, pero había diferencias en su retórica y en sus remedios. Mencken describió la diferencia en términos descarnados: «Machen era a Bryan lo que el monte Cervino de Suiza es a una verruga».

¿Era Machen un fundamentalista? Él siempre dejó claro que ese término no era de su preferencia. «Nunca me llamo a mí mismo “fundamentalista”», dijo, porque él no pretendía defender una lista de puntos esenciales, sino todo el consejo de Dios que encuentra su expresión confesional en los Estándares de Westminster. Aun así, añadió que si se le obligaba a adoptar un vocabulario que no fuera el suyo y a elegir entre fundamentalismo y modernismo, estaba dispuesto a llamarse a sí mismo «fundamentalista del tipo más radical».

Las consecuencias de los debates sugieren que la expresión «Controversia fundamentalista-modernista» es inadecuada para describir la lucha que tuvo lugar en la PCUSA y fuera de ella. La controversia no implicó a dos tribus rivales, sino a varias partes: confesionales, fundamentalistas, moderados y modernistas. Machen no consiguió persuadir a los moderados de las consecuencias eclesiásticas de la lucha y, al final, estos moderados determinaron que la lucha teológica era hasta menos deseable que la amenaza del liberalismo. Algunos llegaron a imaginar que la disposición de la iglesia a disciplinar a Briggs por la izquierda, y a Machen por la derecha, demostraba que la iglesia era una expresión estable de moderación. Ese juicio pareció justificado durante un tiempo, pues a mediados de siglo el presbiterianismo mayoritario alcanzó su máximo nivel de influencia cultural, animado por una paz precaria que se haría añicos con la política y las teologías revolucionarias de los años sesenta.

Por otra parte, los conservadores de mediados de siglo intentaron distanciarse de la caricatura en la que se había convertido el fundamentalismo, especialmente de su notable antiintelectualismo y su práctica legalista de la fe cristiana. Un renacimiento neoevangélico vio florecer una red impresionante de organizaciones paraeclesiásticas. Pero ese renacimiento también duró poco, ya que el evangelicalismo contemporáneo pierde el hilo en su vaga e incierta identidad teológica.

Irónicamente, lo que muchos descendientes conservadores del movimiento fundamentalista comparten con el liberalismo dominante y que fue su némesis hace un siglo es un desvío similar hacia la indiferencia doctrinal. Al hacer hincapié en una lista abreviada de doctrinas «esenciales», muchos evangélicos han desarrollado para sí mismos formas innovadoras de definir la fe cristiana, apartándose de un sistema de doctrina fundamentado en credos basados en la Escritura y sustituyéndolo por un minimalismo teológico construido sobre grandes pero delgados lazos comunitarios. Si los liberales se deshicieron abiertamente de los Estándares de Westminster en su afán por hacerse modernos, también el vocabulario confesional ha decaído lentamente en la derecha. La alergia a la precisión teológica ha dejado a muchos de los herederos tanto del liberalismo como del fundamentalismo desprovistos de límites teológicos. Puede que difieran en lo que «une» —ya sea la evangelización o la acción social— pero están de acuerdo en que «la doctrina divide».

Publicado originalmente en: Tabletalk Magazine
John R. Muether es profesor de historia de la Iglesia y decano de las bibliotecas en el Reformed Theological Seminary en Orlando, Florida. Es autor, coautor o editor de múltiples libros, incluyendo Seeking a Better Country: 300 Years of American Presbyterianism [Buscando un país mejor: trescientos años de presbiterianismo americano].

Aliento bíblico para creyentes deprimidos | Blake Boylston

Experimentar una depresión puede devastarte y desorientarte. Te sientes terrible y no sabes por qué. O tal vez sabes por qué, pero no importa lo que hagas o lo mucho que lo intentes, no puedes superar tu dolor y desesperación.

En estas situaciones es bueno comunicarse con un pastor, médico, o consejero. Y aunque la Biblia no sustituye la ayuda médica, sí habla sobre estos problemas, y las personas que sufren pueden beneficiarse de su sabiduría.

Aquí hay cinco verdades bíblicas en las que puedes enfocarte en tiempos difíciles

1) Mira
Presta atención a las personas a tu alrededor que intentan ayudarte. No subestimes la providencia del Señor a través de aquellos que Él pone en tu vida en el momento de tu depresión. Considera los siguientes proverbios:

“En todo tiempo ama el amigo, y el hermano nace para tiempo de angustia”, Proverbios 17:17.

“No abandones a tu amigo ni al amigo de tu padre, ni vayas a la casa de tu hermano el día de tu infortunio. Mejor es un vecino cerca que un hermano lejos” Proverbios 27:10.

Aquí vemos el valor de tener familiares y amigos que sean leales y cercanos. Entonces pregúntate a ti mismo:

¿Quién me vigila constantemente?
¿Quién parece estar disponible para hablar y pasar tiempo conmigo?
¿Quién sigue haciendo todo lo posible para hacerme sentir importante y amado?
Quienquiera que sea, no pases por alto ni subestimes la provisión de Dios para ti a través de ellos.

2) Limita
Descubre tus limitaciones físicas, sociales, y emocionales, y acéptelas humildemente bajo el control soberano de Dios.

No es raro que las tareas que alguna vez parecían simples se vuelvan difíciles cuando se está deprimido. Puede ser difícil comer bien, hacer ejercicio, o dormir bien. Puede ser útil, entonces, hacer algunos ajustes en tu estilo de vida para enfrentar cada día. Podrías reducir las responsabilidades adicionales en el trabajo, o decir “no por ahora” a nuevos compromisos. Incluso uno de los compañeros de viaje y ministerio de Pablo, Trófimo, enfrentó una enfermedad que le obligó a dejar de lado los viajes ministeriales durante una temporada (2 Ti. 4:20). Ir a tiempo parcial, cambiar de carrera, tomar vacaciones o un sabático pueden ser pasos razonables hacia la recuperación.

3) Lamenta
Está bien llorar, llorar, y llorar. Algunos se sienten culpables por sentirse tristes. Sin embargo, la tristeza o el dolor no son sentimientos que debamos reprimir. La tristeza es una de las expresiones más claras de nuestra humanidad. De hecho, muchos de nosotros no nos lamentamos lo suficiente por las cosas que Dios espera que nos lamentemos. Cosas como:

Nuestro propio pecado contra Dios y otros (Sal. 31:9–10; Lam. 1; Esd. 10:1; Mt. 26:75; 2 Co. 2:5–7; 7:10–11; Ef. 4:30; Stg. 4:9).
Ver personas rebelarse contra la Palabra de Dios (Sal. 119:136).
Anhelar que los pecadores se vuelvan a Cristo para salvación (Lc. 19:41–42; Ro. 9:1–3).
Separarse de amigos cercanos (Hch. 20:36–38; Fil. 2:26; 2 Tim. 1:4).
Experimentar la muerte de seres queridos (Nm. 20:29; Dt. 34:8; Jn. 11; 1 Ts. 4:13).
Anhelar que los creyentes más jóvenes sean hechos como Cristo (Gál. 4:19).
Y a veces nos sentimos deprimidos por razones que no podemos entender, lo que puede ser extremadamente frustrante. No importa cuál sea la razón, cuando experimentes una nube de depresión, trae tu dolor y gritos de ayuda a Dios en oración (Sal. 42; 88). Él ve todo lo que estás pasando (Sal. 139) y conoce tu débil ser (Sal. 103:14). Cualquiera sea la causa de tu melancolía, debes saber que el Señor es compasivo al oír tu clamor. Él está “cerca de los quebrantados de corazón” (Sal. 34:18).

4) Ríe
La depresión no es nada de qué reírse, y aquellos que ministran a los espíritus abatidos nunca deberían burlarse de ello.

Toma nota de todo lo que te brinde alegría y aligere tu estado de ánimo.

La depresión no es nada de qué reírse, y aquellos que ministran a los espíritus abatidos nunca deberían burlarse de ello. Incluso cantar cantos alegres en el momento equivocado puede empeorar un alma desanimada (Pr. 25:20). Y sin embargo, una de las formas más prácticas y beneficiosas en que Dios puede levantar un alma cansada es al comunicarte con personas con las que disfrutas estar. Como dice Proverbios 17:22: “El corazón alegre es buena medicina”. Siempre que sea posible, disfrutar de los buenos regalos de la mano de Dios en compañía de amigos queridos puede alegrar nuestros espíritus y traer gloria a Dios (Ecl. 2:24–26; Stg. 1:17; 1 Ti. 4:4–5; 6:17).

5) Ama
El amor de Dios llega a tu oscuridad y te encuentra donde estás.

Una de las frases más difíciles de aceptar y creer en una temporada de depresión es: “Dios te ama”. Tus pensamientos parecen decirte lo contrario. Pensamientos como:

“Dios me ha abandonado”.

“Dios me ama pero probablemente no le caigo bien”.

“Dios no puede usarme ahora para el avance del evangelio y el reino”.

Amado, si ese eres tú, ¡no hay otro lugar al que puedas ir para recibir verdadera y duradera alegría y esperanza fuera del evangelio de Jesucristo! El evangelio es la buena noticia de que Dios entra en nuestra oscuridad al tomar forma humana y habitar entre nosotros. Se trata de cómo el eterno Hijo de Dios vino a revelarse como la vida y la luz del mundo (Jn. 1:4–5, 9; 8:12; 9:5; 14:6). Jesús es el gran médico en el cual los pecadores pueden encontrar sanidad y descanso, principalmente para sus almas (Mt. 9:12; 11:28-30; 1 Pe. 2:24-25).

Así que estudia el evangelio. Medita en ello. Predícaselo a tu alma. Y entiende que incluso en las profundidades de tu depresión, el amor de Dios permanece.

Un apretón útil
La depresión nos hace sentir la debilidad de nuestra humanidad, pero no disminuye el poder de Dios.

Charles Spurgeon reflexionó una vez: “Cientos de veces he podido dar un apretón útil a los hermanos y hermanas que se han encontrado en esa misma condición, un apretón que nunca podría haber dado si no hubiera experimentado ese profundo desaliento”.

Spurgeon e innumerables creyentes a lo largo de la historia han visto cómo Dios usa sus luchas viciosas con la depresión para ministrar a otros que están bajo esa misma nube oscura. La depresión tiene una forma peculiar de hacer que las personas se sientan solas, temerosas, inútiles y, muchas veces, sin esperanza. Pero si miras a Cristo y escuchas las promesas de Dios, tu fe y esperanza se fortalecerán mientras esperas en Él. Y si te apoyas en el amor y el cuidado de otros que están tratando de ayudarte, el Señor hará su plan soberano para Su gloria y tu bien, incluso a través de la desconcertante prueba de la depresión.

La depresión nos hace sentir la debilidad de nuestra humanidad, pero no disminuye el poder de Dios. Y como compañero de lucha, tú puedes ser un canal de bendición único para aquellos en el mismo peregrinaje.

Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
Blake Boylston es pastor asistente en la Iglesia Bautista Capitol Hill en Washington, D.C.

¡Ser Bondadoso No es para Débiles!| Stephen Davey

¡Ser Bondadoso No es para Débiles!

Escrito por Stephen Davey

Publicado originalmente bajo el título «Kindness is not for the weak at heart»

En 1975, Raymond Dunn nació con una fractura de cráneo y falta de oxígeno que le provocó graves discapacidades intelectuales. A medida que Raymond crecía, la familia descubrió más complicaciones médicas. Su cuerpo sufría hasta 20 convulsiones por día. También era ciego, mudo y prácticamente inmóvil.

Raymond tenía alergias severas. Después de numerosos intentos de encontrar algo que pudiera digerir, su madre y los médicos encontraron un solo alimento. Era una fórmula a base de carne hecha por la empresa Gerber Foods. Pero en 1985, Gerber dejó de fabricar la fórmula con la que Raymond estaba mejorando.

Carol Dunn recorrió el país para comprar lo que les quedaba a las tiendas. Acumuló cajas y cajas del producto para su hijo. Pero en 1990, se acabó su suministro.

Cuando algunos empleados de Gerber recibieron la noticia, hicieron algo al respecto. Muchos de ellos donaron cientos de horas de trabajo para sacar equipos viejos, instalar una línea de producción, obtener una aprobación especial del departamento de agricultura y producir la fórmula, todo para un niño especial.

En enero de 1995, Raymond Dunn, conocido como el «niño Gerber», falleció. Pero durante su breve vida, inspiró un sorprendente nivel de bondad.

La bondad está arraigada en el amor de Dios.
Aunque cada año en noviembre se celebre el “Dia mundial de la Bondad», la mayor parte del mundo ignora que la bondad está arraigada en el amor de Dios. En 1 Corintios 13:4, Pablo comienza su definición del verdadero amor diciéndonos que «el amor es paciente y bondadoso…»

Lo que hace que la bondad sea única entre los otros atributos del amor es que requiere un compromiso activo. Es posible mantener la distancia y limitar el contacto si tiene problemas en una relación en particular. Es posible evitar a esa persona y así evitar el conflicto.

Pero el amor, como Dios lo define, es mucho más que la falta de conflicto. La bondad no funciona a distancia. La bondad es algo que demuestra. La bondad requiere participación, no evasión.

¡La bondad no es para débiles!
La iglesia primitiva sabía lo que significaba demostrar bondad. En el siglo segundo, los incrédulos se sorprendieron de la bondad de los cristianos hacia las personas que los rechazaban. Se sorprendieron tanto que se les ocurrió un nuevo apodo. A menudo cambiaban una letra griega, convirtiendo «Cristiani» (seguidores de Cristo) en «Crestiani» (hecho de bondad).

¿Sorprendemos a alguien hoy con nuestra amabilidad? ¿Está el mundo asombrado por la demostración de bondad en nuestras vidas?

Le animo a someterse nuevamente a Dios para que pueda demostrarle a su mundo la bondad de Dios. Cuando lo hace, se convierte en un ejemplo único e irrefutable del amor de Dios

Este artículo ha sido traducido y adaptado con el consentimiento de su autor.

Puede encontrar el artículo original en la página web del autor.
https://www.wisdomonline.org/articles/kindness-is-not-for-the-weak-at-heart

¿Hacemos o importamos teología? | Sixto Dormi

¿Hacemos o importamos teología?

Por Sixto Dormi

Carlos Spurgeon advertía a los oídos de los pastores que las invenciones humanas no pueden consolar el corazón. Y tenía razón. Lo que el hombre invente con su mente, aunque sea ilustre y llamativo, jamás podrá brindar verdadera y permanente paz. En realidad, lo contrario es cierto. Lo que el hombre no puede inventar es lo que otorga consolación, y Su nombre es Dios.

En el siglo XXI estamos observando cómo las corrientes dentro de la iglesia evangélica promueven y aplauden nuevas formas de culto. El movimiento carismático ha desatado una ola de influencia en Latinoamérica que según las estadísticas, la gran mayoría de evangélicos pertenecen a iglesias pentecostales. Pero el movimiento carismático no es la única corriente dañina en nuestra región. En un continente aparentemente ingobernable (Latinoamérica), algunos dicen, este pide a gritos una “nueva” teología. La invención de una teología que esté más cerca de los pueblos latinoamericanos es lo que se busca en algunas instituciones teológicas de nuestro continente.

Para ser más claro, se intenta re-definir el estudio de la teología como tradicionalmente lo hemos conocido. Ya no es recomendable abrir un libro de teología sistemática y estudiarlo, porque estos libros fueron escritos por hombres extranjeros y “anticuados.” Estudiar las obras de Martín Lutero, Juan Calvino, Jonathan Edwards y más, es cometer una falta contra nuestros pueblos del sur porque ellos no comprendieron nuestras realidades. Lo que realmente necesitamos, dicen ellos, es una teología del pueblo y para el pueblo. Según esta propuesta, los evangélicos del sur debemos evitar importar la teología del norte (Estados Unidos y Europa) y buscar una teología que se acople a los latinoamericanos.

Aunque esto suene patriota y algo llamativo, no es otra cosa que un eco de la teología de la liberación. Dicha teología, que comenzó desde del siglo XX en Latinoamérica, mira con sospechas el mundo occidental. Básicamente son ideas anti-colonialistas que saturan el estudio de la teología. Es la creencia de que todo lo proveniente del norte o el mundo occidental es malo, ya sea porque simplemente ignoran la realidad de nuestras costumbres o porque no las pueden entender. Es la teología de los “pobres” contra los opresores del primer mundo. Es por ello que la teología de la liberación es popular entre países del tercer mundo, los negros y el movimiento feminista.

Hay pastores que han recibido una fuerte influencia de esta nueva escuela teológica, también se sabe que algunos seminarios prominentes en latinoamérica que alguna vez defendieron la fe, ahora promueven esta misma visión. Teniendo esto en cuenta podemos formular la siguiente pregunta: ¿importamos teología o hacemos una propia? La respuesta es que sí debemos importar teología porque somos los herederos de una tradición teológica que se remonta hasta los apóstoles. Pero no debemos hacer una teología propia (latinoamericana) porque la teología no depende de la situación política o social de los pueblos. Más bien, hacemos teología interpretando fielmente lo que la Palabra de Dios enseña de forma literal.

Pero para responder con más detalle a la pregunta de si debemos importar teología, me limitaré a un solo elemento de esta: la tradición. Puesto que el tema central que aquí discutimos es el rechazo de la teología norteamericana, veremos que esto resulta en un serio problema porque rompe con una cadena de tradición teológica a la que hemos sido llamados a retener (2 Tes. 2:15). Esto no significa que debemos absorber aún la mala teología, necesitamos discernimiento y comparar todo con la Escritura, pero ir al extremo de rechazar escritos teológicos que son bíblicos es el principio del desastre.

Ahora, hay tradición mala y la Biblia la condena abiertamente. El Señor Jesús lo hizo (Mt. 15:2-9) y el apóstol Pablo también (Col. 2:8). Es la tradición de los hombres que invalidan los mandamientos de Dios y se originan en filosofías huecas. Pero hay la tradición buena. Por ejemplo, en 2 Tesalonicenses 3:6 dice:“Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra.” A la luz de la elección soberana de Dios sobre los tesalonicenses (2:13-14), Pablo los llama a “estar firmes” y a “retener” las enseñanzas que habían recibido de él y otros apóstoles de Jesús.

La palabra que usa Pablo para hacer referencia a la enseñanza que debían retener es parádosis. Esta palabra se la traduce como “doctrina;” sin embargo, podríamos traducirla también como “tradición. Literalmente significa “las cosas transmitidas.” Los primeros cristianos adoptaron esta palabra porque refleja fielmente la importancia de transmitir las verdades doctrinales a la siguiente generación. Pablo entendió cuán crítico sería para el cristianismo permanecer en las enseñanzas sobre las cuales se fundamenta nuestra fe.

De hecho, retener esta tradición es vital porque son las mismas enseñanzas que vienen de arriba. Los escritos canónicos de Pablo (así como el resto de la Escritura) para las iglesias no son el producto de su propia invención, ni recibieron la influencia de la situación política del momento o de un resentimiento social contra los poderosos, sino que él lo recibió directamente de Dios (1 Cor. 15:3). En Dios se originó el mensaje y nosotros debemos retenerlo, como el mismo apóstol encomendó a Timoteo (2 Tim. 2:2) para que este a su vez entregue a otros.

En vista del testimonio claro y contundente de Pablo en 2 Tesalonicenses 2:15, Dios nos manda a hacer justamente lo contrario a lo que oímos estos días; asirnos firmes y retener la tradición doctrinal y teológica. Debemos abrazar la buena teología que viene del norte por medio de siervos fieles, porque ellos la recibieron de hombres europeos usados por el Señor, y estos a su vez la recibieron de los primeros cristianos de Asia, quienes oyeron y aprendieron de los mismos apóstoles, quienes recibieron el mensaje directo de Dios. Nuestra herencia no son las invenciones de teólogos latinoamericanos, nuestra herencia es la herencia de los protestantes y la de los primeros cristianos. Lo que Latinoamérica realmente necesita es aferrarse a la cadena que viene de los apóstoles y pasarla a la siguiente generación.

Artículo tomado de: The Master´s Seminary

Sixto Dormi obtuvo una maestría en Divinidad en The Master´s Seminary en el 2015 y desde entonces se desempeña como pastor de la iglesia Comunidad de Berea en la ciudad de Guayaquil. En el 2016 inició La Academia de Predicación Expositiva (LAPEX) en donde se prepara predicadores para interpretar y exponer correctamente las Escrituras.

¿Qué es el relativismo cultural?

El Relativismo Cultural es la visión de que todas las creencias, costumbres y ética son relativas al individuo en su contexto social. En otras palabras, el «bien» y el «mal» son específicos de la cultura; lo que se considera moral en una sociedad puede considerarse inmoral en otra, y, puesto que no existe una norma universal de la moralidad, nadie tiene el derecho de juzgar las costumbres de otra sociedad.

El relativismo cultural es ampliamente aceptado en la antropología moderna. Los relativistas culturales creen que todas las culturas son dignas en su propio derecho y son de igual valor. La diversidad de culturas, incluso aquellas con creencias morales contradictorias, no debe ser considerada en términos de correcto o incorrecto o bueno y malo. El antropólogo de hoy considera que todas las culturas son expresiones igualmente legítimas de la existencia humana, para ser estudiadas desde una perspectiva puramente neutral.

El relativismo cultural se relaciona estrechamente con el relativismo ético, que considera la verdad como variable y no absoluta. Lo que constituye el bien y el mal está determinado únicamente por el individuo o la sociedad. Puesto que la verdad no es objetiva, no puede haber ningún estándar objetivo que se aplica a todas las culturas. No se puede decir si alguien tiene razón o no; es una cuestión de opinión personal, y ninguna sociedad puede emitir un juicio sobre otra sociedad.

El relativismo cultural no ve nada intrínsecamente malo (y nada intrínsecamente bueno) con cualquier expresión cultural. Así que las antiguas prácticas Mayas de automutilación y sacrificio humano son ni buenas ni malas; son simplemente distintivos culturales, similares a la costumbre estadounidense de tirar fuegos artificiales para el cuatro de julio. El sacrificio humano y los fuegos artificiales — ambos son simplemente diferentes productos de una socialización separada.

En enero de 2002, cuando el Presidente Bush se refirió a las naciones terroristas como un «eje del mal», los relativistas culturales fueron mortificados. Que cualquier sociedad llame a otra sociedad «mala» es un anatema para los relativistas. El movimiento actual de «entender» el islam radical — en lugar de combatirlo – es una señal de que el relativismo está ganando terreno. El relativista cultural cree que los occidentales no deben imponer sus ideas sobre el mundo islámico, incluyendo la idea de que los atentados suicidas contra civiles son malvados. La creencia islámica en la necesidad de la yihad es tan válida como cualquier creencia en la civilización occidental, afirman los relativistas, y los Estados Unidos es tan culpable por los ataques del 9/11 como los terroristas.

Los relativistas culturales generalmente se oponen a la obra misionera. Cuando el Evangelio penetra corazones y cambia vidas, sigue siempre un cambio cultural. Por ejemplo, cuando Don y Carol Richardson evangelizaron la tribu Sawi de los Países Bajos Nueva Guinea en 1962, los Sawis cambiaron: específicamente, dejaron sus costumbres antiguas del canibalismo y la inmolación a las viudas en las hogueras funerarias de sus maridos. Los relativistas culturales pueden acusar a los Richardson del imperialismo cultural, pero la mayoría del mundo estaría de acuerdo que terminar el canibalismo es algo bueno. (Para la historia completa de la conversión de los Sawis, así como una exposición de la reforma cultural en lo que se refiere a las misiones, véase el libro de Don Richardson Niño De Paz.)

Como cristianos, valoramos todas las personas, independientemente de la cultura, porque reconocemos que todas las personas son creadas a la imagen de Dios (Génesis 1:27). También reconocemos que la diversidad de la cultura es algo hermoso y que las diferencias en comida, ropa, idioma, etc., deben ser preservadas y apreciadas. Al mismo tiempo, sabemos que, por causa del pecado, no todas las creencias y prácticas dentro de una cultura son piadosas o culturalmente beneficiosas. La verdad no es subjetiva (Juan 17:17); la verdad es absoluta y existe una norma moral a la que todas las personas de todas las culturas deben rendir cuentas (Apocalipsis 20:11-12).

No es nuestro objetivo como misioneros occidentalizar el mundo. Por el contrario, es llevar la buena noticia de salvación en Cristo al mundo. El mensaje del Evangelio prenderá la reforma social en la medida en que cualquier sociedad va a cambiar cuyas prácticas son contra el estándar moral de Dios – la idolatría, la poligamia y la esclavitud, por ejemplo, llegarán a su fin al prevalecer la Palabra de Dios (ver Hechos 19). En cuestiones amorales, los misioneros tratan de preservar y honrar la cultura de las personas que ellos sirven.

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Esclavos de Cristo | Michael Riccardi 


Michael Riccardi

Cuando empecé a predicar el libro de Filipenses hace un par de años, me di cuenta que Pablo y Timoteo son identificados de inmediato como esclavos de Jesucristo (Filipenses 1:1). Aun cuando la mayoría de las versiones escriben «siervos», la palabra griega es doulos, la cual es mejor traducida como «esclavo.»

Pablo sabía que los Filipenses habían estado luchando con problemas de firmeza en medio de conflictos (Filipenses 1:27-30; 4: 1), la unidad entre creyentes (Filipenses 2:1-2; 4:2-3), la humildad (Filipenses 2:3-9) y la alegría en medio de persecución (Filipenses 2:17-18; 3:1, 4:4 al identificarse como un esclavos de Cristo al comienzo de la carta. Por esa razón Pablo les quiso recordar que el mismo también era esclavo de Cristo.

Es interesante notar que el ser «esclavo» es una auto-designación favorita de los apóstoles y otros escritores de la Biblia. Santiago afirma este título en el versículo de apertura de su epístola (Santiago 1:1), lo mismo es cierto de Pedro (2 Pedro 1:1), Judas (Judas 1) y Juan (Apocalipsis 1:1). Además, Pablo repite que él es doulos de Cristo en otras cartas: Romanos, 1 Corintios, Gálatas, Efesios, Colosenses, 2 Timoteo y Tito. El término se utiliza por lo menos cuarenta veces en el Nuevo Testamento para referirse al creyente, y el equivalente hebreo se usa más de 250 veces para referirse a los creyentes en el Antiguo Testamento. Podemos concluir con seguridad que el Señor quiere que su pueblo se vean a sí mismos de esta manera.

Cinco paralelos

¿Qué significa ser un esclavo en el sentido bíblico? John MacArthur, en su excelente libro titulado Esclavo, nos da cinco paralelos entre el cristianismo bíblico y la esclavitud del primero siglo. El primero es: propiedad exclusiva. Los esclavos eran propiedad de sus amos. Como Pablo les dice a los creyentes en 1 Corintios 6:19-20: «Ustedes no son sus propios dueños; fueron comprados por un precio.» Como puede notar, los cristianos no existen en un mundo autónomo y sin reglas; nosotros no somos los dueños de nuestro destino, ni los capitanes de nuestras almas. Fuimos comprados con un precio, por lo que pertenecemos a aquel que ha pagado ese precio.

«Por lo tanto,» dice Pablo en 1 Corintios 6:20, ya que habéis sido comprados por precio, «honren con su cuerpo a Dios.» Propiedad exclusiva implica sumisión completa. Si pertenecemos a Cristo, si él es dueño de nosotros, entonces lo que debe gobernar nuestra vida no es nuestra voluntad, sino la voluntad de nuestro Amo.

En tercer lugar, uno de los paralelos entre un esclavo y el cristiano es: singular devoción. Ningún esclavo obedece a otros amos, pues su principal preocupación es llevar a cabo la voluntad de la persona a quien pertenece. Nuestro Amo, el Señor Jesús mismo, nos recuerda en Mateo 6:24: «Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro.» El esclavo de Cristo está dedicado a su Amo.

En cuarto lugar, un esclavo demuestra una total dependencia a su amo para la provisión de sus necesidades básicas de la vida. De la misma manera, el cristiano debe depender humildemente por completo de nuestro Maestro (Mateo 5:3; 1 Pedro 4:11). Y por último, el esclavo era personalmente responsable ante su amo. Y de la misma manera, nosotros somos responsables delante de Cristo, y un día le daremos cuentas (2 Corintios 5:9-10).

Una unión increíble

Al contemplar estas cinco características, espero que no penséis en la esclavitud a Cristo como un trabajo pesado. Esta no es una relación tiránica, despótica alimentada por el miedo y la sumisión forzada. La imagen no es de alguien cuya voluntad es constantemente frustrada por los caprichos de su amo, sino de alguien cuya voluntad es, con el tiempo y la exposición repetida a su Amo, conformada amorosamente y felizmente a la voluntad de su Amo. Alexander Maclaren llamó a esto: «la fusión y absorción de mi propia voluntad a su voluntad… yo hago lo que él quiere, no lo que yo quiero… Conforme él me enseña y me muestra más de sí mismo, más quiero conformarme a lo que él quiere.»

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Mike Riccardi, graduado de The Master’s Seminary con una Maestría en Divinidad y en Teología, es el pastor de evangelismo local de la iglesia Grace Community Church en Los Ángeles, California.

Diciendo la Verdad Sobre el Hombre | Cameron Buettel

Diciendo la Verdad Sobre el Hombre
by Cameron Buettel

Durante una entrevista en 1970, el Dr. Martyn Lloyd-Jones concluyó que la doctrina de la evolución del hombre es fundamentalmente errónea en dos aspectos: “Critico la visión moderna del hombre por dos motivos: uno es que le da demasiado crédito al hombre en ciertas áreas. Y segundo, que no le da suficiente crédito al hombre en otras áreas”.

Jones se refería a las dos verdades bíblicas que los evolucionistas niegan rotundamente. Ellos identifican al hombre como “simplemente un animal” y se niegan a reconocer que fue creado a imagen de Dios. Por otro lado, la sabiduría secular de nuestros días declara al hombre moralmente neutral y se niega a reconocer lo que es tan dolorosamente obvio: que todas las personas son pecadoras por naturaleza.

Hechos a la Imagen de Dios

La Biblia deja claro que la humanidad no es simplemente una especie de animal que compite en la lucha por la supervivencia. Las Escrituras declaran que Dios hizo al hombre para que fuera la cúspide de Su creación:

“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Génesis 1:26-28).

No hay nada sin sentido o aleatorio en la existencia humana. Fuimos diseñados originalmente para dominar el mundo que Dios creó. El hombre, como portador de la imagen de Dios, tiene una misión divina que lo diferencia por completo del reino animal.

Pero, ¿qué significa exactamente que el hombre fue creado a imagen de Dios?

Aunque el tema de imago Dei es un tema teológico profundo en sí mismo, contiene una verdad inherente que es vital para el evangelismo: El hombre es una criatura moral que debe rendir cuentas a Dios. James Montgomery Boice resaltó esa implicación crítica:

“Un elemento que le pertenece a aquel que fue creado a la imagen de Dios es la moralidad. La moralidad incluye además dos elementos: la libertad y la responsabilidad. Ahora bien, la libertad que poseen los hombres y las mujeres no es absoluta. Incluso al principio, el primer hombre, Adán, y la primera mujer, Eva, no fueron autónomos. Eran criaturas y tenían la responsabilidad de reconocer su condición mediante su obediencia”[1].

Comprender que hemos sido creados a imagen de Dios conlleva un sentimiento de honor, pero también conlleva una gran responsabilidad. Nuestra moralidad inherente no respalda nuestros principios morales. Más bien, nos condena por nuestra incapacidad de comportarnos moralmente. Nuestro conocimiento del bien y del mal, y el hecho de que continuamente violamos esa moralidad, nos apunta a la realidad histórica de la caída de Adán.

Caídos

¿Somos pecadores porque pecamos, o pecamos porque somos pecadores? Tenga cuidado con la respuesta a esa pregunta porque no es un juego de palabras. Sólo hay una respuesta que es bíblicamente cierta.

Cuando Adán cayó en el Jardín, su pecado se transmitió a la naturaleza de todos sus descendientes. No son nuestros pecados los que nos hacen pecadores. Nuestros pecados revelan nuestra verdadera naturaleza pecaminosa. John MacArthur explica:

“Toda la humanidad estaba sumida en esta condición de culpabilidad debido al pecado de Adán. ‘Porque, así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores’ (Romanos 5:19). Esta es la doctrina del pecado original, una verdad que Pablo explica en Romanos 5:12-19…Demostramos nuestra complicidad voluntaria a la rebeldía de Adán cada vez que pecamos. Y como nadie con la excepción de Jesús ha vivido jamás una vida sin pecado, nadie está realmente en posición de dudar de la doctrina del pecado original, y mucho menos de considerarla injusta”[2].

El pecado original es una verdad bíblica que puede demostrarse empíricamente. Cuando la Biblia nos dice que todo el mundo es pecador (Romanos 3:23), esto ratifica lo que la suma de nuestra experiencia de vida ya ha demostrado. El pecado original es la razón por la que tenemos desde guerras mundiales hasta cerraduras en nuestras puertas. Por eso la gente se enferma y muere. ¡Es por eso que estamos muriendo! No hay ningún lugar donde huir de la realidad y del impacto del primer acto de rebeldía de Adán en el Jardín. Y no hay forma de eludir nuestros propios crímenes de complicidad posteriores.

Culpables y Sin Excusa

El fracaso del hombre en honrar y obedecer a su Creador nunca se ha debido a la ignorancia por parte de la humanidad, ni a la falta de pruebas por parte de Dios. “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Romanos 1:20).

Cuando proclamamos al Dios de las Escrituras a los pecadores, no estamos tratando de suplir su falta de educación teológica. Estamos presentando una verdad que resuena claramente con lo que ellos ya saben instintivamente. La Palabra de Dios nos dice que los pecadores no están desinformados acerca de la verdad de Dios, sino que suprimen esa verdad “con injusticia” (Romanos 1:18). En pocas palabras, el problema principal del hombre siempre ha sido el amor al pecado, no la falta de educación.

“Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido” (Romanos 1:21). Dios hace responsable al hombre pecador por no haberle adorado correctamente. Y en el Día del Juicio, le tendremos que rendir cuentas por no haberlo hecho (Hebreos 9:27).

Ese juicio se extenderá a todas nuestras acciones (Apocalipsis 20:11-12), palabras (Mateo 12:36-37) e incluso, pensamientos (Mateo 5:27-28; 1 Corintios 4:5). No habrá dónde esconderse, ni nada que ocultar en el Día del Juicio.

Amonestar vs. Agradar

Los evangelistas fieles nunca consuelan a los pecadores que no se han arrepentido. Por el contrario, debemos amonestarlos. Debemos exponer lo terrible y ofensivo del pecado confrontándolos con una norma objetiva de justicia. Puesto que el pecado se define bíblicamente como infracción de la ley (1 Juan 3:4), John MacArthur aboga por el uso de la ley de Dios al exponer el pecado, diciendo:

“Jesús y los apóstoles no dudaron en usar la ley en su gestión evangelizadora. Ellos sabían que la ley revela nuestro pecado (romanos 3:20) y es un tutor para conducirnos a Cristo (Gálatas 3:24). Es la manera en que Dios hace que los pecadores entiendan su propia incapacidad. Claramente, Pablo entendió el lugar crucial de la ley en los contextos evangelísticos. Pero muchos hoy creen que la ley, con su exigencia inflexible de la santidad y la obediencia, es contraria e incompatible con el evangelio.

“¿Por qué deberíamos hacer tales distinciones donde las Escrituras no la hace? Si las Escrituras advirtieran en contra de predicar el arrepentimiento, la obediencia, la justicia o el juicio para los incrédulos, eso sería diferente. Pero la Biblia no contiene tales advertencias. Todo lo contrario…Si queremos seguir un modelo bíblico, no podemos ignorar el pecado, la justicia y el juicio porque son los temas por los cuales el Espíritu Santo condena al incrédulo (Juan 16:18). ¿Podemos omitirlos del mensaje y todavía llamarlo el evangelio?”[3].

Algunos sostienen que es mejor predicar sobre el amor de Dios que sobre el pecado del hombre. Puede parecer una idea mucho más agradable y atractiva, pero la Escritura revela el amor de Dios por medio de la pecaminosidad humana: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). No predicar sobre el pecado deja sin sentido el amor de Dios y sin propósito la cruz de Cristo.

Si queremos proclamar fielmente el evangelio, tenemos que dejar que la gloriosa luz de la obra salvadora de Cristo brille sobre el pecado del hombre. La cruz nunca será considerada como la solución al pecado del hombre, a menos que primero el problema sea explicado. Y el problema principal se muestra gráficamente en el contraste entre la santidad de Dios y la pecaminosidad del hombre. Cuanto más polarizamos estas dos verdades, más profunda es la representación de la obra redentora de Cristo. Consideraremos esto en el siguiente blog.

Un panorama del siglo XX | S. Donald Fortson III

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine:La historia de la Iglesia | Siglo XX

En 1900, el historiador eclesiástico alemán Adolph von Harnack pronunció una serie de conferencias que posteriormente se publicaron con el título ¿Qué es el cristianismo? (1901). Argumentaba que el núcleo del evangelio es el mandamiento del amor y el establecimiento de un orden social justo basado en la paternidad universal de Dios y la hermandad universal del hombre. Harnack seguía el ejemplo del teólogo alemán Albrecht Ritschl, quien había sostenido que la ética es el centro del cristianismo y abogaba por una sociedad justa y moral que emulara el ejemplo de Cristo y así lograra el «reino de Dios». Esta concepción del cristianismo basada en el «evangelio social» fue defendida en los Estados Unidos por el ministro bautista Walter Rauschenbusch, quien criticó el laissez-faire del capitalismo como el culpable de la creciente brecha entre ricos y pobres en los Estados Unidos.

El fundamento de las redefiniciones evangélicas y sociales del cristianismo fue el método histórico-crítico moderno de estudio bíblico, que argumentaba que el nacimiento virginal, los milagros y la resurrección eran mitos utilizados por los escritores bíblicos para expresar cómo Jesús había influido en sus vidas. Los eruditos críticos del siglo XIX habían cuestionado la fiabilidad de los relatos en los evangelios, declarando que Jesús era un ser humano corriente que se convirtió en objeto de leyenda. Los liberales teológicos de Europa y Estados Unidos abrazaron estas presuposiciones críticas porque creían que el cristianismo trataba realmente de la experiencia humana y de moralidad, no de dogmas anticuados incompatibles con la ciencia moderna.

Este cuestionamiento al cristianismo histórico se abrió paso en muchas universidades y seminarios estadounidenses, lo que provocó tensiones entre liberales y conservadores en varias denominaciones protestantes. El término utilizado por los conservadores para describir este desvío de la ortodoxia tradicional fue modernismo. El movimiento fundamentalista nació como reacción a las incursiones de la teología liberal en las denominaciones protestantes estadounidenses. Una floreciente alianza de evangélicos protestantes de todas las confesiones se opuso a la creciente amenaza liberal con la publicación de una serie de ensayos conocidos como Los fundamentos (1910-15). Los ensayos defendían el protestantismo tradicional mediante una visión elevada de la Escritura y una apología de la doctrina y la práctica evangélicas.

LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL
Mientras los teólogos defendían la fe, el evangelista Billy Sunday intentaba llegar a las masas, predicando a más gente que ningún otro predicador estadounidense antes de Billy Graham. Tras su conversión, Sunday abandonó su carrera como jugador de béisbol de las Grandes Ligas en 1896 para convertirse en evangelista itinerante. Dirigió campañas de predicación en más de doscientas ciudades importantes de los Estados Unidos. Conocido por su estilo de predicación enérgico y poco convencional, Sunday proclamó el evangelio a varios millones de personas. Se involucró mucho en temas sociales, apoyando la Ley seca y los derechos de la mujer y ayudando a recaudar millones de dólares para apoyar al ejército estadounidense en la Primera Guerra Mundial.

Woodrow Wilson, hijo de un pastor presbiteriano de Georgia, llegó a ser presidente de la Universidad de Princeton, entró en la política y fue elegido como el vigésimo octavo presidente de los Estados Unidos en 1912. Sus dos mandatos se vieron consumidos por las devastaciones de la Primera Guerra Mundial (1914-18), la cual redibujó el mapa del mundo y cobró la vida de nueve millones de soldados y siete millones de civiles.

Un ataque importante al cristianismo tradicional ocurrió en el Juicio de Scopes, en 1925. La obra de Charles Darwin El origen de las especies, de 1859, rechazaba el relato del Génesis sobre la creación especial, teorizando que la vida en la tierra era producto de la selección natural a lo largo de millones de años. William Jennings Bryan, que había sido secretario de Estado en la administración Wilson, participó en la acusación durante el juicio. Bryan había atacado la evolución argumentando que la teoría socavaba la moralidad, que debía basarse en compromisos religiosos. La enseñanza de la evolución era ilegal en las escuelas públicas de Tennessee, y John Scopes, profesor de biología en Dayton, fue juzgado por violar la ley. Fue defendido por Clarence Darrow, quien subió a Bryan al estrado, haciéndole preguntas científicas que Bryan no pudo responder. Aunque la ley estatal fue confirmada, Bryan y la causa «fundamentalista» sufrieron duras burlas en la prensa y recibieron así un fuerte golpe. Bryan murió solo cinco días después de que concluyera el juicio.

Tras la Primera Guerra Mundial, surgió en Alemania un nuevo movimiento teológico conocido como neoortodoxia. Se identifica con la obra de Karl Barth (1886-1968), Emil Brunner (1889-1966), Dietrich Bonhoeffer (1904-45) y Reinhold Niebuhr (1892-1971). El comentario de Barth sobre Romanos (1919) marcó una ruptura con el liberalismo alemán que afirmaba la cultura, y acusaba a los antiguos liberales de desvirtuar el evangelio al intentar hacerlo decoroso. En la década de 1930, él formó parte de la Iglesia Confesante alemana antinazi y ayudó a redactar la Declaración de Barmen, una protesta contra la Iglesia alemana nazi. Barth hizo hincapié en la pecaminosidad humana y en la gracia de Dios en Jesucristo, pero su concepción de la elección implicaba universalismo: que Cristo es el único elegido y todos se salvarán en Él. Barth aceptó los resultados de la alta crítica —una técnica que buscaba identificar las fuentes de los textos bíblicos y que rechazaba la interpretación tradicional de la autoría bíblica— y acentuó la revelación subjetiva de Dios a los individuos a través de la Escritura, en lugar de Su revelación objetiva en la Escritura como Palabra de Dios escrita. Su ataque mordaz al liberalismo fue bien acogido, pero muchos conservadores se mostraron escépticos, al considerar la teología de Barth como una nueva versión de modernismo. El barthianismo impregnó los seminarios tradicionales a lo largo del siglo XX.

EL PENTECOSTALISMO
El compromiso cristiano de tomar en serio lo sobrenatural en la Escritura recibió un nuevo impulso con la aparición del movimiento pentecostal. En 1906 comenzó un gran avivamiento en la calle Asuza de Los Ángeles con el predicador William J. Seymour, del Movimiento de Santidad, hijo de antiguos esclavos. Aunque el avivamiento fue más asociado con la controvertida práctica de hablar en lenguas, el mensaje de perdón por medio de la cruz fue más fundamental. Bajo el liderazgo de Seymour, cientos de personas se convirtieron al tiempo que hispanos, asiáticos, negros y blancos se reunían diariamente en un antiguo almacén. Como declaró un testigo, «la “línea de color” fue lavada en la sangre». Como resultado del avivamiento de la calle Asuza, se establecieron numerosas denominaciones nuevas, como la Iglesia de Dios en Cristo (1907), las Asambleas de Dios (1914) y la Iglesia Internacional del Evangelio Cuadrangular de la famosa evangelista Aimee Semple McPherson (1927).

El pentecostalismo avanzó rápidamente, extendiéndose por Latinoamérica, África y Asia, y convirtiéndose en el segmento de la iglesia mundial de más rápido crecimiento en el siglo XX. El movimiento de renovación carismática de los años sesentas y setentas vio cómo parte de la teología y la práctica pentecostales se trasladaban a las iglesias tradicionales y católicas romanas, lo que generó una mayor conciencia de la obra del Espíritu Santo entre los creyentes.

Los movimientos pentecostales y carismáticos produjeron división dentro del protestantismo, ya que algunos defensores instaron a los creyentes a buscar el «bautismo del Espíritu», una segunda obra de gracia en la vida del creyente que va acompañada con el hablar en lenguas. Otros carismáticos no promovían la experiencia de las lenguas, sino que las consideraban un don espiritual entre muchos otros. Algunos líderes pentecostales radicales enseñaron una versión de «salud y prosperidad» de la fe, prometiendo bendiciones terrenales a aquellos con suficiente fe. Muchos cristianos han condenado este evangelio de «salud y prosperidad» como una enseñanza antibíblica.

A principios del siglo XX, un pentecostalismo herético unicitario (Solo Jesús) se separó de los trinitarios al afirmar que Dios es una persona, Jesucristo, y que el bautismo debe ser «en el nombre de Jesús». A pesar de las versiones aberrantes del pentecostalismo y de algunos extremistas de alto perfil, muchos evangélicos han reconocido las conversiones y el celo por el servicio misionero que se encuentran en el movimiento. No obstante, los protestantes de tradiciones cesacionistas siguen mostrándose escépticos sobre los fundamentos bíblicos de los movimientos pentecostales y carismáticos.

LA EVOLUCIÓN CATÓLICA ROMANA
En 1864, el papa Pío IX publicó su Syllabus de errores, que condenaba la separación de la Iglesia y el Estado, la tolerancia religiosa, la educación laica, el marxismo y el gobierno democrático. Poco después, el Concilio Vaticano I (1869-70) declaró dogmáticamente la doctrina de la infalibilidad papal. Las opiniones críticas sobre la Biblia empezaron a infectar a los eruditos católicos romanos en la Europa de finales del siglo XIX, lo que llevó al papa Pío X a condenar el modernismo por decreto papal en 1907, excomulgando a los modernistas y exigiendo a los clérigos un juramento antimodernista. Para contrarrestar los errores modernistas, se fomentó entre los católicos romanos el estudio renovado del tomismo (las doctrinas de Tomás de Aquino).

A principios del siglo XX, la Iglesia católica romana se opuso firmemente a las innovaciones doctrinales y a los no católicos romanos. Sin embargo, estas actitudes cambiaron radicalmente tras el Concilio Vaticano II, convocado en 1962 por el papa Juan XXIII y continuado por el papa Pablo VI hasta 1965. Este concilio fue un intento de abordar los problemas del mundo moderno y sacar a la iglesia de su aislamiento. Se centró en la renovación de la iglesia y la unidad de los cristianos.

A raíz del Concilio Vaticano II, los católicos romanos iniciaron un diálogo permanente con numerosos organismos protestantes y ortodoxos orientales. Después del concilio, los papas enviaron representantes al Consejo Mundial de Iglesias y dialogaron con líderes religiosos no cristianos. Hubo un mayor reconocimiento del papel de liderazgo compartido de los obispos con el papa, y se estableció un Sínodo de Obispos permanente. Los clérigos de países en vías de desarrollo también fueron elevados a puestos de obispos y cardenales. Vaticano II modernizó la liturgia en lengua vernácula, sustituyendo la tradicional misa en latín. Los católicos laicos fueron animados a leer la Biblia, pero la erudición bíblica histórico-crítica se convirtió en la norma en las instituciones educativas católicas romanas.

En 1978, el cardenal polaco Karol Wojtyla fue elegido como el papa Juan Pablo II, el primer papa no italiano desde 1523. Juan Pablo II viajó mucho durante su largo papado, destacando el catolicismo romano global y los principios ecuménicos de Vaticano II. No obstante, era un conservador que se resistía a la idea de los sacerdotes casados, y encargó a doce cardenales que prepararan un nuevo catecismo para enseñar la fe tradicional. La comisión, presidida por el cardenal Joseph Ratzinger (electo como el papa Benedicto XVI en 2005), elaboró en 1992 el Catecismo de la Iglesia católica, que articula la teología y la ética históricas del catolicismo romano. El catecismo condenaba el aborto como un «mal moral» y describía los actos homosexuales como «intrínsecamente desordenados»

En un audaz movimiento ecuménico, la Federación Luterana Mundial y la Iglesia católica romana emitieron en 1999 una declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación, en la que reivindicaban una interpretación común de la justificación por la fe. Aunque los luteranos conservadores rechazaron la declaración por considerarla inadecuada, supuso un cambio de actitud significativo respecto a los anatemas mutuos del siglo XVI. Los evangélicos han tenido actitudes diferentes hacia los católicos romanos a lo largo del siglo XX. Los que tienen raíces protestantes históricas en el siglo XVI normalmente no rebautizan a los excatólicos romanos, siguiendo el modelo de los reformadores, mientras que otros evangélicos practican el rebautismo de los excatólicos romanos que se unen a sus congregaciones protestantes. Ha existido cierta cooperación entre católicos romanos y evangélicos en preocupaciones sociales como el aborto.

EL EVANGELICALISMO Y BILLY GRAHAM
La Segunda Guerra Mundial (1939-45) fue un periodo de horrible destrucción global. Ochenta millones de soldados y civiles fueron asesinados, incluidos seis millones de judíos que perecieron en el Holocausto llevado a cabo por la Alemania nazi. Cuando cesaron las hostilidades, el mapa del mundo se volvió a dibujar y la conciencia internacional se convirtió en un elemento básico de las sociedades occidentales. El espíritu ecuménico de la posguerra condujo a la formación del Consejo Mundial de Iglesias (1948) y del Consejo Nacional de Iglesias de los Estados Unidos (1950).

Los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial fueron de cambios notables para el mundo y la iglesia, con el comienzo de la Guerra Fría y la carrera armamentista nuclear, la Guerra de Corea, la carrera espacial, la revolución sexual y la Guerra de Vietnam. Los seminarios protestantes mayoritarios propugnaban por ajustes en la fe cristiana para abordar los problemas actuales, mientras que los evangélicos se mantenían firmes en su apego al cristianismo histórico. En este punto comenzó el movimiento neoevangélico. Mientras que los fundamentalistas de principios de siglo tendían al separatismo de la sociedad y de las principales denominaciones, los neoevangélicos eran a menudo miembros de las iglesias mayoritarias, deseosos de renovarlas y de ejercer el ministerio ecuménico con creyentes de ideas afines que afirmaban la autoridad bíblica.

Los neoevangélicos estaban comprometidos con la difusión de las buenas nuevas y con la atención a las necesidades de la sociedad contemporánea. Surgieron varias organizaciones de colaboración, que atrajeron a participantes de todo el espectro evangélico: la Asociación Nacional de Evangélicos (1942), el Seminario Teológico Fuller (1947), la Sociedad Teológica Evangélica (1949) y Visión Mundial (1950). Se esperaba que estas organizaciones e instituciones fortalecieran la voz evangélica en Estados Unidos, se mantuvieran firmes a favor del cristianismo ortodoxo y marcaran una diferencia positiva en la nación. En 1956, se fundó la revista evangélica Christianity Today para apoyar las perspectivas evangélicas sobre teología, vida cristiana, evangelización y compromiso cultural.

La cruzada evangelística de Billy Graham en Los Ángeles en 1949 encendió una renovada presencia evangélica en los Estados Unidos. Las campañas de evangelización masiva de Graham tuvieron una gran repercusión en la prensa. Miles de personas se convirtieron y el número de miembros de las iglesias no dejó de aumentar, hasta alcanzar el sesenta y cinco por ciento de la población en 1960. En las décadas siguientes, Graham llevó sus cruzadas a todos los continentes excepto a la Antártida, predicando a millones de personas.

El ministerio mundial de Graham puso de relieve la importancia del cristianismo global y la urgencia de llegar a los perdidos en todo el mundo. En 1974, Graham convocó una reunión internacional de cristianos de ciento cincuenta países en Lausana (Suiza). La reunión de diez días, denominada Congreso Internacional sobre la Evangelización Mundial, reunió a dos mil setecientos participantes y puso en marcha el Movimiento de Lausana, que elaboró un documento de quince puntos conocido como el Pacto de Lausana. El Pacto de Lausana fue un importante documento evangélico; afirmaba la «inspiración, veracidad y autoridad tanto de las Escrituras del Antiguo como de las del Nuevo Testamento» y que «tanto la evangelización como la implicación sociopolítica forman parte de nuestro deber cristiano». El documento reconocía el papel clave de las iglesias no occidentales en la evangelización mundial y pedía una «creciente asociación de iglesias» en la urgente tarea de proclamar a Cristo a los millones de hombres, mujeres y niños de los grupos étnicos no alcanzados. Otro documento evangélico importante fue la Declaración de Chicago sobre la Inerrancia Bíblica (1978), que se convirtió en una norma evangélica para afirmar la inspiración divina plenaria (completa) y la inerrancia de las Escrituras.

LAS TEOLOGÍAS DE LA LIBERACIÓN
La decisión del Tribunal Supremo de los Estados Unidos en el caso Brown contra el Consejo de Educación (1954), que exigía la rápida desegregación de la educación pública estadounidense, fue un catalizador para hacer frente a la división racial en los Estados Unidos. Las protestas pacíficas lideradas por Martin Luther King Jr. en las ciudades del sur encontraron la oposición de los «moderados blancos», así como de algunas iglesias y ministros negros. Las iglesias tradicionales apoyaron el Movimiento por los derechos civiles, mientras que Billy Graham abrió el camino entre los evangélicos, eliminando la segregación en sus cruzadas y mostrando su apoyo al movimiento al compartir el estrado con King en una cruzada en Nueva York en 1957. La cruzada de Graham en 1964 en Birmingham, Alabama, fue la reunión más integradora de la historia de la ciudad. La Ley de derechos civiles de 1964, que prohibía la discriminación por motivos de raza, color, religión, sexo u origen nacional, supuso un importante paso adelante hacia la igualdad racial en la sociedad estadounidense.

James Cone, profesor de teología sistemática en el Seminario Teológico Unión, de Nueva York, reinterpretó el cristianismo histórico, argumentando en su libro A Black Theology of Liberation Una teología negra de la liberación que solo una comunidad oprimida podía expresar adecuadamente el evangelio. La Nación del Islam, liderada por Elijah Muhammad y Malcolm X, mezcló las ideas del Poder Negro y las doctrinas islámicas, atrayendo a sectores de la comunidad negra que preferían el separatismo negro. Antes de finalizar la década de 1960, Malcolm X (1965) y Martin Luther King Jr. (1968) fueron asesinados. La reconciliación racial se convirtió en una prioridad, especialmente en las iglesias tradicionales, y cada vez había más voluntad de integrar a las congregaciones locales. Sin embargo, en la mayoría de los casos, la línea de color seguía existiendo los domingos por la mañana.

El siglo XX fue una época de cambios en los roles de la mujer. En 1920, Estados Unidos ratificó la Decimonovena Enmienda, que otorgaba a las mujeres el derecho al voto. Las mujeres se incorporaron en masa al mercado laboral durante la Segunda Guerra Mundial y, a finales de siglo, eran consejeras delegadas, miembros del Congreso, secretarias de Estado, fiscales generales y magistradas del Tribunal Supremo. Todas ellas fueron fruto del primer movimiento «feminista», cuyas primeras líderes eran provida. El movimiento feminista moderno, sin embargo, tiende a tener opiniones extremas respecto a los roles de género y también apoya inequívocamente la decisión del Tribunal Supremo de los Estados Unidos en el caso Roe contra Wade (1973), que legalizó el asesinato en el vientre materno de bebés no deseados.

Los católicos romanos, los ortodoxos orientales y los evangélicos condenaron esta licencia para matar, mientras que las denominaciones protestantes mayoritarias apoyaron el derecho al aborto. Las líneas de batalla se trazaron tanto política como eclesiásticamente en torno a este asunto tan volátil. Católicos romanos y evangélicos se organizaron para luchar contra el aborto y apoyar a las agencias de adopción como alternativa. Se trataba de una cuestión que afectaba a la iglesia mundial, ya que, con el paso de las décadas, cada vez más países legalizaban el aborto. La intensidad de la cuestión no ha hecho más que aumentar, y cada nuevo puesto en el Tribunal Supremo desde la década de 1980 ha sido muy disputado, ya que los estadounidenses a favor de la vida han presionado para anular el caso Roe contra Wade y los estadounidenses a favor del aborto se han esforzado por eliminar todas las restricciones restantes al aborto.

El siglo XX fue testigo de una larga batalla sobre la ordenación de mujeres. Las denominaciones mayoritarias aceptaron la ordenación de mujeres y la teología feminista, que abogaba por la justicia social para las mujeres oprimidas. Los católicos romanos y los ortodoxos orientales, así como algunas denominaciones evangélicas, han mantenido la tradición cristiana histórica de un clero exclusivamente masculino. Otros evangélicos, como las Asambleas de Dios, afirman que todos los dones de la mujer deben utilizarse de manera plena en la iglesia, incluidos los dones de predicación y de liderazgo eclesiástico. El pentecostalismo mundial está dividido en este asunto y unas pocas denominaciones permiten la libertad de práctica, aunque la mayoría de los cristianos siguen manteniendo una postura firme.

El inicio del movimiento por los derechos de los homosexuales en Estados Unidos se asocia con los disturbios de Stonewall en 1969, en la ciudad de Nueva York. Los manifestantes que se oponían a una redada policial en el Stonewall Inn fueron detenidos, lo que suscitó simpatías, y la comunidad gay inició esfuerzos organizados para conseguir derechos legales y sociales. En 1973, la Asociación Americana de Psiquiatría retiró la homosexualidad de su lista de enfermedades psiquiátricas, lo que reforzó los esfuerzos de los activistas gays por conseguir la aprobación pública de la homosexualidad. Para lograr este objetivo, los defensores de los homosexuales empezaron a hablar de homosexualidad en todos los medios de comunicación. La estrategia consistía en hacer quedar bien a los homosexuales y denigrar a sus oponentes. En 1996, el Congreso aprobó la Ley de defensa del matrimonio, que definía el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer.

Paralelamente a los esfuerzos políticos, surgió un movimiento de «teología queer» y «cristianismo gay» con el mismo objetivo de obtener la aprobación de las iglesias estadounidenses. La estrategia consistía en infiltrarse en las denominaciones y buscar la plena inclusión de los homosexuales entre los miembros y dirigentes de las iglesias. Todas las denominaciones mayoritarias han librado continuas batallas sobre la homosexualidad, la mayoría de ellas avanzando hacia la plena aprobación de la comunidad LGBTQ en la iglesia. En 1972, la Iglesia Unida de Cristo se convirtió en la primera denominación en ordenar a un ministro abiertamente gay y cinco años más tarde ordenó a la primera ministra lesbiana.

EL FIN DEL SIGLO
Para bien y para mal, estos y otros acontecimientos marcaron irreversiblemente a la iglesia mundial del siglo XX. A finales de siglo, en los Estados Unidos, las denominaciones evangélicas, como la Convención Bautista del Sur y la Iglesia Presbiteriana en América, seguían creciendo, pero las denominaciones mayoritarias estaban en un declive pronunciado que continúa hoy. El mayor segmento del evangelicalismo estadounidense estaba representado por decenas de miles de pequeñas congregaciones independientes, así como por megaiglesias (iglesias protestantes que cuentan con una asistencia semanal regular de al menos dos mil personas). Las congregaciones evangélicas se hicieron más «sensibles al inconverso» y centraron su ministerio en llegar a los que no iban a la iglesia, predicando sobre temas candentes y utilizando la música contemporánea y los medios de comunicación de masas. A nivel mundial, el pentecostalismo continuó su avance en Latinoamérica, África y Asia, y las iglesias evangélicas de esos continentes incluso empezaron a enviar misioneros a la Europa y Norteamérica poscristianas.

Pero el pentecostalismo no fue la única tradición evangélica que experimentó crecimiento. La teología calvinista también extendió su influencia en el cristianismo estadounidense de finales del siglo XX a través del establecimiento de más congregaciones presbiterianas y reformadas, el resurgimiento del calvinismo entre los bautistas del sur, la fundación y expansión del Reformed Theological Seminary (Seminario Teológico Reformado) y los ministerios de enseñanza de James Montgomery Boice, J.I. Packer, R.C. Sproul y otros pensadores evangélicos reformados.

Publicado originalmente en: Tabletalk Magazine
S. Donald Fortson III
El Dr. S. Donald Fortson III es profesor asociado de historia de la Iglesia en el Reformed Theological Seminary de Charlotte, Carolina del Norte. Es autor de The Presbyterian Story: Origins and Progress of a Reformed Tradition [La historia presbiteriana: Orígenes y progreso de una tradición reformada].

Ahora comprendo | Augustus Nicodemus Lopes

Como ya comenté en algún momento, en esta época del año se celebra la Pascua en toda la cristiandad, ocasión que solo pierde en popularidad ante la Navidad. A pesar de esto, hay muchas concepciones erróneas y equivocadas sobre la fecha.

La Pascua es una fiesta judía. Su nombre, “pascua”, viene de la palabra hebrea “פסח” Pessach que significa “pasar por encima”, una referencia al episodio de la Décima Plaga narrado en el Antiguo Testamento, cuando el ángel de la muerte “pasó por encima” de las casas de los judíos en Egipto y no entró en ninguna de ellas para matar a los primogénitos. La razón fue que los israelitas habían sacrificado un cordero por orden de Moisés, y esparció su sangre en los umbrales de las puertas. Al ver la sangre, el ángel de la muerte pasaba de largo por aquella casa.

Para la gran mayoría de los jóvenes en Latinoamérica, la Pascua es solo una semana con feriado, excelente para ir a la playa o cualquier otro sitio. Mucho ha pasado en el mundo para que esta fecha se convierta en lo que es hoy.

Todo comenzó con el arresto y la muerte de un judío llamado Jesús de la ciudad de Nazaret durante una fiesta judía llamada Pascua hace dos mil años en Jerusalén. Antes de morir, instruyó a Sus discípulos a comer pan y beber vino en sus reuniones como símbolo de Su cuerpo y de la sangre que sería derramada.

De hecho, murió crucificado en un Viernes de Pascua y fue sepultado. Sin embargo, el domingo siguiente por la mañana, su tumba fue encontrada vacía y Sus discípulos salieron a anunciar al mundo que Él había resucitado y que se les había aparecido varias veces a muchos de ellos, incluso a un judío que anteriormente había sido enemigo de los cristianos llamado Saulo de Tarso.

El mensaje de Saulo y de otros cristianos es que Jesús murió por nuestros pecados, resucitó para nuestra salvación y resurrección.

Este mensaje dio vuelta al mundo y el cristianismo se convirtió en la religión más grande del planeta, con millones de adeptos en todos los países, profesando y declarando haber recibido a Jesús en sus corazones como su salvador personal y Señor de sus vidas.

Yo soy uno de ellos. Tenía 23 años cuando creí en este mensaje. En ese entonces era estudiante de Diseño Industrial en la Universidad Federal de Pernambuco. Mi vida consistía en estudiar, trabajar y frecuentar a los bares dentro y fuera del campus de la universidad.

Aquella noche de septiembre en Recife, cuando comprendí y creí en el mensaje de la resurrección de Jesús, mi vida tomó un rumbo diferente y mucho mejor.

Seguí en la universidad y disfrutando de los feriados de la Semana Santa, pero ahora sabía su verdadero significado. A diferencia de antes, cuando disfrutaba del feriado, pero sin saber que su origen es la muerte violenta de un hombre tan importante que dividió la historia del mundo en un antes y después de Él.

Augustus Nicodemus Lopes
Es un ministro presbiteriano, teólogo, profesor, conferenciante internacional y autor de éxito. Augustus tiene una licenciatura en teología en el Seminario Presbiteriano del Norte en Recife, Brasil, una Maestría en Teología en Nuevo Testamento de la Universidad Reformada de Potchefstroom, Sudáfrica, y un doctorado en interpretación bíblica en el Seminario Teológico de Westminster en Filadelfia. Él es también un pastor de la Primera Iglesia Presbiteriana de Recife.

La Caída del hombre | Peter Masters

¿Qué tiene que ver la Caída con el ser humano hoy en día? Sin la Caída, nunca podremos entender realmente por qué Jesucristo murió en la cruz o la pecaminosidad de las premeditadas elecciones humanas. Aquí tenemos a Adán, a Eva y la única explicación creíble de la naturaleza humana.

“Pero la serpiente […] dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?” (Génesis 3:1).

La Caída del hombre es la clave para entender la naturaleza humana y el estado del mundo. Aparte de esto no existe una explicación creíble para el estado humano, incluyendo, por ejemplo, la existencia de la conciencia humana: el conocimiento del bien y el mal que distingue a las personas de los animales y las pone muy por encima de ellos. Solo la Caída explica por qué, a pesar de que tenemos esta alarma moral inherente, no podemos obedecerla ni mantener los estándares que demanda. Aquí vemos solo uno de los misterios de la naturaleza humana, el cual ninguna literatura en el mundo, aparte de la Biblia, puede explicar.

Solo la Caída explica las crueles guerras y toda la hostilidad humana, sin mencionar la avaricia en todas partes, el egoísmo y el antagonismo hacia Dios. Enfocándonos en este último punto, ¿acaso no sería razonable que las personas acogieran la idea de que existe un Creador bueno, misericordioso y magnificente, que está dispuesto a conceder comunión con Él y darles gratuitamente una vasta gama de beneficios e incluso la vida eterna? ¿Por qué entonces tantas personas luchan por probar que Dios no existe, ni tampoco la vida después de la muerte, ni estándares, ni un bien supremo y final? No se puede explicar la naturaleza humana sin la Caída, ni tampoco el surgimiento del sufrimiento y la tragedia en el mundo.

Nada tiene sentido sin este concepto fundamental de una raza humana caída por medio del “pecado original”. Si la narración bíblica de la Caída no fuese verdadera historia revelada por Dios, aun así sería la obra de literatura más extraordinaria desde el comienzo de la escritura, porque refleja perfectamente lo que pasa en todo comportamiento humano a lo largo de los siglos. Su aparente simplicidad esconde una exactitud penetrante y profundas capas de significado, lo cual muestra tanto inspiración divina o genialidad literaria y psicológica en su más alto nivel. Resulta ser que la Biblia lo presenta como una historia literal y Cristo atestigua que es así.

El error más grande que uno puede cometer en la religión es pensar que uno es capaz de agradar a Dios con sus propios logros de justicia (o buenas obras), un error que proviene de un entendimiento inadecuado de lo que ocurrió en la Caída de la raza humana, con la consecuente corrupción del carácter humano. Solo la Biblia nos habla de la Caída del hombre y la necesidad de un Salvador. El problema de otras religiones es que no aceptan la Caída y la depravación humana, y entonces surge la idea de que las personas son capaces de satisfacer los requerimientos de Dios por sus propios actos meritorios, pero eso no puede hacerse.1

Algunos pueden pensar que la Caída del hombre es un tema negativo, deprimente y profundamente pesimista, pero es la puerta al realismo, pues demuestra la necesidad de un Salvador y de que Dios obre en nuestras vidas. A pesar de las muchas habilidades extraordinarias que Dios ha dado a la humanidad, y a pesar de los indudables logros de las personas a lo largo de los siglos, existe mucho sobre lo que se puede ser cínico en este mundo. Existe tanto antagonismo a lo que es moral y tanta vileza (o corrupción) y crueldad que no podemos más que admitir que la depravación humana es verdad.

En Génesis 3, vemos un “huerto” de dicha y de una belleza indescriptible. Adán y Eva han sido creados, la raza humana está en marcha, y el “aire” está lleno de pureza, felicidad, poder moral y sobre todo comunión con Dios. La primera pareja tiene perfecta armonía y experimenta toda sensación pura y agradable que la humanidad conoce. Su paraíso no tiene pecado, ni heridas, ni traiciones, ni tristeza, ni aflicción, ni decepciones, ni miedo, ni muerte o abandono, ni dolor o cansancio, solo energía sin límites y satisfacción intelectual ilimitada, pues este es un lugar bajo el poder protector y la misericordia inquebrantable de Dios todopoderoso. Nada se deteriora ni se descompone en este lugar de belleza imperecedera. Y aun así aquí tenemos la escena para el peor momento de traición inimaginable. ¿Qué es lo que pudo ocasionar esto?

En ese paraíso una serpiente le habló a Eva. ¿Una serpiente que habla? Sí, porque Satanás, un ángel del más alto rango que había caído del Cielo a causa del orgullo 2, entró en la misma, pero Eva no se alarmó de este fenómeno porque estaba acostumbrada a maravillas y cosas sorprendentes, y no tenía razón de sospechar de nada. Esa serpiente, en el principio, habría sido un animal hermoso y erguido, porque antes de la Caída no había nada siniestro o repugnante que pudiera verse 3 en realidad estaba poniendo incertidumbre en la mente de Eva acerca del significado exacto de las palabras de Dios y también plantando la duda acerca de si el mandato de Dios era razonable.

En el centro del Huerto, en medio de numerosos árboles frutales, habían dos que eran especialmente importantes: el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal. Satanás le dijo a Eva: “¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?”4, en realidad estaba poniendo incertidumbre en la mente de Eva acerca del significado exacto de las palabras de Dios y también plantando la duda acerca de si el mandato de Dios era razonable.

En respuesta, la mujer afirmó que podían comer de todo fruto excepto de uno de los del huerto: “Pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis”5. Pero al relatar el mandato de Dios, Eva, consciente o inconscientemente, lo diluyó, porque Dios había dicho: “Ciertamente morirás”6. Quizás Eva solo estaba siendo descuidada, pero volvió algo ciertísimo en algo meramente posible, y Satanás inmediatamente tomó ventaja de su concepto debilitado y contradijo directamente las palabras de Dios y dijo: “No moriréis”.7

¿Cuál era exactamente el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal? No era una manzana; una idea puesta de moda por la mitología griega. Era el símbolo de un mundo alternativo donde se podrían explorar los valores y experiencias contrarios a los estándares santos de Dios y uno podría dejarse llevar por ellos. Tal mundo no existía todavía, pero en el instante que Adán y Eva ejercieran la libertad de elección inherente a su naturaleza, y eligieran desobedecer a Dios, este otro mundo comenzaría a existir a su alrededor, un mundo donde lo opuesto de cada cosa valiosa y su privación estarían disponibles. En cierto sentido, un nuevo mundo de “antivalores” se produciría por la voluntad del hombre.

¿Cuán resbaladiza era la pendiente que llevó a la ruina? No era resbaladiza en absoluto, porque al haberles dado Dios una naturaleza perfecta que se deleitaba en la santidad, Dios les había fado toda facilidad a Adán y Eva para que mantuvieran su amor y lealtad a su Creador. Dios había comprimido los Diez Mandamientos con todos sus profundos requerimientos en un simple deber: No elijáis conocer lo que la vida sería sin Dios. Nuestros primeros padres tenían una libertad intelectual maravillosa, y toda felicidad, al cumplir único requerimiento de obediencia: Obedéceme y confía me mí no tomando jamás ese fruto.

Habiendo negado que Adán y Eva morirían al comer del fruto prohibido, la serpiente procedió a culpar a Dios de un motivo vil y bajo y también de envidia diciendo que Dios sabía que en el día que ellos comieren serían abiertos sus ojos y serían como Dios, sabiendo el bien y el mal.8

“Toma el fruto y seréis justo igual que Dios”, dijo Satanás, insinuando que Dios estaba impidiendo que accedieran a algo incluso más deseable que lo que tenían, donde incluso tendrían incluso una mayor libertad e igualdad con el Creador. Dios les estaba escondiendo ciertas cosas.

El pecado comenzó en el Huerto del Edén cuando Eva eligió creer la mentira, deseando algo más, otra cosa, y estando dispuesta a desconfiar de Dios y a desafiarle con el fin de tener lo que ella quería. ¿Pero no fue Eva simplemente una muchacha ingenua a quien Satanás embaucó y quien momentáneamente tropezó por la tentación? ¿No era una cándida inocente que fue subsiguientemente castigada por ser víctima de una mentira?9

Sabemos que Eva no solamente era hermosa sino que también, como Adán, era enormemente inteligente, porque Dios dijo respecto a toda su obra creativa que “era [buena] en gran manera”10. Capacidades intelectuales nunca fueron tan maravillosamente combinadas sino hasta la venida de Jesucristo. También podemos tener certeza de su gran inteligencia por otra razón: debido a que fueron los primeros en ser creados a imagen y semejanza de Dios y los antepasados de toda la raza humana, Adán y Eva poseían cualidades extremadamente elevadas. Ellos llevaban los genes originales de donde todo el mundo sería formado, y después de la Caída todas las variaciones serían imperfecciones en vez de mejoras.

Teniendo en cuenta que el origen de todos los talentos naturales se encontraban en Adán y Eva, podemos estar seguros que entendieron los aspectos de su tentación con una inmensa claridad antes de que realizaran su fatal elección.

El pecado comenzó, por tanto, unos instantes antes de que el fruto fuese realmente tomado, y no solo una ofensa, sino muchas juntas unidas en un pecado múltiple de proporciones horrorosas. “¡Qué cosa tan pequeña,”, dicen los cínicos, “que todo el futuro de la raza humana se base en un pequeño acto de desobediencia: el comer de un solo fruto!”. Pero también se puede describir la horrorosa fuerza destructiva desencadenada en Hiroshima o Nagasaki como el resultado de una mera “fisión nuclear”. No miramos solo el hecho de tomar y el comer el fruto, sino todo lo que está inmediatamente detrás. No miramos el dedo apretando el gatillo, sino la mente que decidió llevar a cabo la acción.

Vemos en nuestros primeros padres una rápida oleada de actitudes pecaminosas, todas originales y sin precedentes, y todas generadas y permitidas por su voluntad: por su libertad de elección libre y sin coerción. Vemos una amalgama de ingratitud, incredulidad, deslealtad y orgullo, y todavía no hemos agotado con los pecados detrás del crimen.

El orgullo dijo: “Esto es a lo que tengo derecho y debería tener, y Dios lo está escondiendo de mí injustificadamente”, y así la raza humana apartó su mirada de Dios, y todos los valores opuestos, los antivalores, nacieron. Nunca antes habían estado en el mundo del hombre antes de ese terrible momento; pero Eva, y después Adán, los eligieron. En efecto dijeron: “Nosotros, a partir de ahora, nos alejamos de nuestro Creador”, y lo opuesto a la vida, el amor, la pureza y la belleza entraron en este mundo.

Si Eva eligió primero, Adán lo hizo peor, pues no necesitó un encuentro directo con Satanás. Se ha dicho que ella fue tentada y el cayó, pero es imposible e irrelevante atribuir grados de culpabilidad. Parece que Adán respaldó completa e incondicionalmente la propuesta de Eva de comer el fruto.

Todo el horror de su pecado múltiple se pone de manifiesto en la narración bíblica, especialmente en lo que respecta a los motivos de Eva. Leemos: “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella”11. De la narración se hace aparente que la advertencia de Dios fue sopesada en relación a su deseo, y fue rechazada. Para Eva todo giraba en torno a lo que era bueno para probar, bueno en apariencia y bueno para un campo de conocimiento completamente nuevo. Dios había declarado ese fruto malo, tan malo que los mataría, pero Eva (y después Adán) eligió creer lo contrario, que era muy bueno y que les otorgaría un estatus nuevo y deseable.

Vemos esto en nuestra sociedad presente, donde los valores de Dios se rechazan flagrantemente y se favorece lo que la gente quiere hacer para satisfacer sus diversas lujurias y codicias y también sus aspiraciones egoístas. Si Dios declara que algo produce muerte, el hombre, en un momento dado, lo legaliza y alardea de ello.

Los deseos de Eva son expresados en el Nuevo Testamento con estas palabras: “Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo”12. Estos deseos fueron introducidos por Satanás en el Huerto del Edén para derribar la raza humana, y continúan siendo su triple estrategia de tentación central.

Eva escuchó la mentira de Satanás, la consideró y la aceptó; después tomó el fruto y comió: una serie de acciones diferentes. Del mismo modo, Adán, con acciones distintivas, recibió el fruto de Eva y comió. Estos pasos o etapas nos proveen de información pues nos señalan la naturaleza premeditada y bien considerada de sus acciones. Desde el momento en que Eva sopesó las palabras de la serpiente, contempló el fruto prohibido y quiso sus supuestos beneficios, hasta el momento en que arrancó ese fruto, pasaron unos cuantos segundos o tal vez un poco más, en los que un grupo de pecados se desarrollaron como una avalancha. El tiempo que pasó entre arrancar el fruto y comerlo también muestra la fija determinación de su desobediencia. Eva no fue ingenuamente inducida a un acto impulsivo mediante el engaño, sino que actuó deliberadamente de acuerdo con su libre elección. Fue un acto intencionado en el que decidió dejar a Dios de lado y desobedecerle.

Ya hemos señalado que la respuesta tanto de Adán como de Eva a Satanás involucraba siguientes los pecados: ingratitud hacia Dios, incredulidad, deslealtad y orgullo. Pero ahora, el hecho de tomar y comer del fruto añadió desobediencia, rebelión y rendición a la codicia, lo que puso a la raza humana en una total oposición a la voluntad y gobierno de Dios.

Nuestros padres habían sido creados perfectos y santos, y se les había dado una asociación de lo más cercana que se pueda imaginar con su Dios. El pecado no merodeaba en sus mentes o corazones ni siquiera en forma embrionaria ni tampoco eran inocentones incapaces de discernir las implicaciones de la mentira de Satanás. Sin embargo, eligieron creer la mentira, y desde ese momento el pecado nació, lo cual desembocó en comer el fruto, y entonces “fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos”13. Conocieron toda la gran fealdad de la lujuria, porque sus naturalezas se habían vuelto corruptas, y su pureza y santidad gloriosas habían sido destrozadas.

En ese momento la muerte entró en sus vidas justo como se les había advertido; una muerte doble. Por un lado, murieron espiritualmente porque su cercana comunión con Dios había sido destruida, y en el futuro estarían fuera de su reino, amabilidad y gobierno. Se habían convertido en enemigos de Dios, y en breve serían fugitivos.

Por otro lado, también habían muerto físicamente, pues aunque sus cuerpos estaban todavía vivos, el proceso de muerte física había comenzado, y sus días se verían limitados por el proceso de envejecimiento y muerte.

Muy pronto la alienada pareja oyó “la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron”. Ya no podían caminar ahí sin tener temor, porque la culpabilidad ahora había formado una barrera aprensiva entre ellos y Dios. Sin embargo, el pecado aún no había terminado su oba destructora porque a pesar de la culpabilidad y el miedo rápidamente negaron lo que habían hecho mal, embarcándose en un proceso de autojustificación. Dios se acercó, pero ellos no lo buscaron. Dios habló, pero ellos no respondieron. Entonces la voz del Creador sonó por todo el Huerto: “¿Dónde estás tú?”14.

Dios, desde luego, sabía dónde estaban porque Él sabe todo, por lo que sus palabras eran un reto más que una pregunta. Adán respondió: “Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí”.

“¿Quién te enseñó que estabas desnudo?”, preguntó la voz de Dios de forma escrutadora y para darle convicción, dándole así a Adán la oportunidad de confesarlo todo. “¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?”. Adán aún no se arrepintió sino que culpó a Eva y, después, a Dios mismo por haberle dado una esposa. Echarle la culpa Eva fue el primer acto de traición y deslealtad de una persona contra otra en la historia del ser humano. “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí”.

Este diálogo constituye la descripción más exacta jamás escrita del continuo autoengaño de la raza humana. Pecamos, pero no es culpa nuestra, sino que es culpa de cómo nos han criado, nuestro ambiente o lo que otras personas nos han hecho. En la cultura victimista de hoy en día el “juego de echar la culpa a otro” se vuelve cada vez peor porque el orgullo es soberano e impide que la gente acepte su responsabilidad por su maldad.

En el caso de Adán y Eva toda la gama del pecado humano entró en el mundo a raudales porque se prefirió la mentira de Satanás en vez de la verdad de Dios, y se prefirió la autogratificacion en vez de la obediencia. Y, sin embargo, Adán en un principio no entendió el horror de su caída, ni sus implicaciones, y lo mismo pasa con nosotros. Hasta que no nos damos cuenta del gran abismo entre nosotros y Dios, y cuánto lo ofendemos, no podemos buscarlo adecuadamente. Solo un concepto claro del alcance de la Caída y de la pecaminosidad del corazón humano prepara a la gente para un verdadero arrepentimiento ante Dios.

Es muy probable que Adán y Eva se arrepintieran posteriormente, aunque la narración bíblica no dice nada al respecto.

Pero mientras estaban en el Huerto, Adán le echó la culpa a Eva y Eva a la serpiente. A través de la Caída llegó la muerte física, toda la biología cambió, y ahora en la naturaleza existen luchas salvajes y sin compasión y eso marcó la pérdida del favor especial de Dios, y también con la Caída llegó la era del trabajo duro y los problemas. La humanidad eligió la vida lejos de la bondad de Dios, y tal ambiente entró al mundo. Pero la sentencia de Dios no se dio sin una asombrosa promesa, pues el Señor dijo a la serpiente: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”15.

Un glorioso descendiente de Adán y Eva un día vendría, el cual heriría o aplastaría la cabeza de la serpiente. Dios hablaba, por supuesto, de Cristo, la segunda Persona de la Trinidad, quien vendría encarnado a esta Tierra e iría a la cruz del Calvario para expiar los pecados de todos aquellos que confiarían en Él. El crimen de Satanás al derribar la raza humana significaría que Cristo soportaría un sufrimiento indescriptible (ilustrado en que su “talón” sería herido o aplastado), pero al tener una naturaleza divina al igual que humana, Él resucitaría de los muertos.

Si desconocemos la gravedad del pecado de la Caída, no podemos ver la barrera montañosa entre nosotros y Dios. Sin la Caída, nunca podremos entender realmente la Cruz. Solo la Caída nos capacita para ver la tragedia de la elección premeditada del ser humano y su pecaminosidad y la infinita misericordia de Cristo el Salvador al venir a asegurar perdón y nueva vida a billones de personas a lo largo de la historia del mundo.

Hemos visto que en la narrativa de la Caída existen explicaciones para las actitudes humanas en todos los tiempos, porque las estrategias del tentador nunca cambian y los seres humanos responden igual que sus primeros padres. Al igual que Satanás sembró dudas en la mente de Eva acerca de Dios y sus mandatos, Él hace lo mismo con las personas hoy en día. No quiere que nadie crea en un Dios en quien se puede confiar o quien tiene una autoridad total sobre ellos.

A Él no le importa si la gente tiene un dios menor, con tal de que no sea el verdadero Dios. Por consiguiente pregunta: “¿De verdad Dios ha establecido estándares que la gente tiene que cumplir? ¿De verdad que Dios los va a castigar cuando mueran? ¡No! —dice Satanás—, la gente debería rechazar tales ideas y creer que tienen el derecho de hacer lo que les plazca siempre y cuando no afecten a otros.

“Dios os está escondiendo cosas y os está controlando”, insinuó Satanás a Eva, y continúa con lo mismo hoy en día diciendo: “La religión es poco razonable y restrictiva; aparta la moralidad; sé como Dios; sé tu propio Dios”.

Aunque Dios le había dicho a Eva que un fruto en concreto era mortal, ella decidió que era bueno para comer. También consideró que era agradable a los ojos, y enormemente deseable para la obtención de un conocimiento ilegal. En el momento en que ella desconfió de Dios, los pensamientos rebeldes se fortalecieron, y lo mismo ocurre con nosotros. Rechace la Biblia y los Diez Mandamientos y rápidamente se desaparece toda restricción moral, lujurias y codicias se imponen y la nueva sociedad liberalizada se vuelve cada vez peor. Al igual que pasó con Eva, las apariencias importan más que el carácter, y el deseo de tener cosas materiales está por encima que cualquier búsqueda del significado y propósito en la vida.

Decimos: “No quiero a Dios porque es injusto, restrictivo y cruel. No le escucharé ni le obedeceré. No creo su amenaza de castigo o muerte, y cuando muera seguro que iré al Cielo, en el caso de que exista tal lugar”. Esta última presunción comenzó en el Huerto del Edén, lo que muestra la arrogancia que se forma rápidamente con la aparición de la desobediencia a Dios.

El pecado es abominable para Dios, completamente irrazonable y destructivo en todos los sentidos. Desde el Edén, la naturaleza humana ha continuado en depravación, y aparte de la posibilidad de perdón a través de Cristo, todo el mundo vive y muere bajo la advertencia de muerte.

La depravación humana no excluye toda bondad porque Dios ha determinado que algunos sentimientos y características positivas queden en cierta medida incluso en corazones corruptos y desobedientes, de forma que el mundo no sea totalmente insoportable, y también para dar a la gente tiempo para que se arrepienta. Sin embargo, todo lo que hacemos está profundamente contaminado por la Caída.

Hay deseos y motivos que son orgullosos y egoístas en todo lo que hacemos, y esta es la razón por la que el mundo es como es, y los conflictos y las penas nos persiguen incluso en las etapas más felices de la vida. La “montaña rusa” emocional de la vida que las telenovelas de televisión presentan es una verdadera representación de la humanidad, excepto que estas no se atreven a reproducir la realidad completa de la violencia, privación, inmoralidad y miseria que predomina por todo el mundo.

La doctrina bíblica de la “depravación total” no significa que las personas sean 100% malas, sino que están manchadas y corrompidas en cada área de la mente, corazón y voluntad. Inevitablemente el orgullo rechaza esto, pero la verdad es que no puede negarse. La Caída del hombre es la razón de cada aspecto horrible de la vida en el mundo a lo largo de la historia, y sin el amor de Cristo y la salvación que Él trae, estaríamos completamente sin esperanza y sin Dios en el mundo.

La Caída es la razón por la que existe un mundo en el que la enfermedad y la muerte acaban con las vidas a menudo con gran sufrimiento, y arrebatan, incluso a bebes y niños de la felicidad, y dejan a sus padres en gran dolor. El pecado original ocasionó la Caída y nuestra impiedad continua y premeditada respalda el paso que dieron nuestros primeros padres.

¿Dónde está Dios en la tragedia y el dolor? Las personas que buscan a Cristo y su amor perdonador definitivamente lo encuentran. A través de Cristo recibimos reconciliación con Dios, una nueva vida, un nuevo propósito, fortaleza proveniente de lo alto y seguridad eterna. Con esta nueva vida los padres pueden rodear a sus hijos gravemente enfermos con amor por Dios, sembrando en ellos la misma confianza en Cristo y certeza de la eternidad, de forma que la enfermedad y muerte sean el portal al Cielo, y exista confianza en Dios y Él sea alabado por su gran salvación.

Notas a pie de página

1 El Corán contiene una versión extremadamente tardía (600 d.C.) de la tentación de Adán y su esposa pero relaciona su falta a una mala conducta personal, pronto perdonada y sin consecuencias para la humanidad, así que no hay caída de la raza humana y la redención no es necesaria y las personas son capaces de agradar a Dios por sus propias obras justas.
2 Lucas 10:18; Isaías 14:12
3 Génesis 3:14
4 Génesis 3:1
5 Génesis 3:3
6 Génesis 2:17
7 Génesis 3:4
8 Génesis 3:5
9 Los grandes teólogos del pasado hablaban del Huerto del Edén diciendo que fue el tiempo de la “inocencia” del hombre, pero al decirlo no implicaban ingenuidad. Se referían más bien solo a que había sido creado libre de toda maldad, antes de la Caída.
10 Génesis 1:31
11 Génesis 3:6
12 1 John 2:16
13 Génesis 3:7
14 Génesis 3:9
15 Génesis 3:15