No perdamos de vista al que sufre | ​Otto Sánchez

Una o dos personas que asistían a nuestra iglesia dejaron de hacerlo hace un tiempo. Ellos decían que yo había dejado de predicar el evangelio de Cristo por predicar un «evangelio de justicia social». Como pastor con unos treinta años en el ministerio, he podido comprobar la cantidad de alegatos que una persona puede elaborar como mecanismo de defensa para que su conciencia no la mortifique. La tendencia es que, si hay algo que no le gusta o con lo que no está de acuerdo, simplemente lo descarta con malos argumentos que no resisten el análisis.

Todo comenzó cuando empecé a enseñar a la iglesia sobre algunos problemas éticos de actualidad que estaban relacionados con el hambre, la corrupción política, la compasión, la sexualidad, la educación, entre otros. Sé que algunos pueden sentirse incómodos con estos temas. Sin embargo, por encima de la opinión de unos pocos, no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.

Debo reconocer que hay predicadores, sermones, libros e incluso iglesias que son más activistas sociales que embajadores de Cristo. Entienden que la mayor necesidad que tiene el ser humano se circunscribe a sus problemas materiales y al impacto que estos generan en la sociedad. Piensan como los pensadores de la Ilustración del siglo XVIII, que un ser humano educado y socialmente realizado es la esperanza de la humanidad. Sin embargo, todas esas expectativas quedaron pulverizadas con dos grandes guerras en la primera mitad del siglo XX, generadas por esos personajes ilustrados, lo que dejó un saldo de aproximadamente 60 millones de muertos.

Puedo entender que la falta de compasión caracterice el mundo de hoy, pero no a la iglesia de Cristo

En la antípoda de esta posición están los que ven el mundo actual desde una perspectiva que llamo «escatología fatalista». Han divorciado el evangelio de la compasión, el trabajo, el servicio al prójimo y la esperanza, porque Cristo viene y no hay nada que podamos hacer para arreglar este mundo. Padecen del «síndrome tesalónico» fundamentado en una mala concepción de los roles de la iglesia en estos últimos tiempos, lo que los ha llevado a ser indiferentes, espectadores sin alma ni sentimientos de los males que aquejan a nuestro mundo contemporáneo.

No puedes separar el evangelio de la compasión
Puedo entender que la falta de compasión caracterice el mundo de hoy, pero no a la iglesia de Cristo. No hay forma de que podamos separar la piedad y todas las virtudes que tienen que ver con restaurar el imago Dei en los seres humanos. Es urgente que vivamos el evangelio como Cristo nos lo modela, porque este apremio no solo lo encontramos en las Escrituras, sino también en el mundo caído y sin Dios que lo pide a gritos. Una sociedad que clama por justicia y por misericordia; pide pan y tiene sed; tiene dolor y está de luto; está llorosa y perturbada y no hay que la consuele entre todos sus amantes porque necesita de Cristo y, por ende, recobrar su dignidad.

El periodista y escritor español Pedro Cuartango, en una publicación del diario ABC del 2018, hace una dramática descripción del sufrimiento, la maldad y el dolor instalados en nuestros días: «Lo vemos en la calle, en un hospital, en una pantalla, en la casa de un vecino. Está en todos los sitios y en ninguno. A veces, miramos para otro lado para no verlo, pero acaba por mostrarse cuando menos lo esperamos. Desgraciadamente, el mal no se puede erradicar con las armas ni los ejércitos… es algo esencialmente individual, es un proceso de corrupción del espíritu, una enfermedad del alma cuando se pierden los valores». El tormento y la angustia están en todas partes. No hacen acepción de personas. Viven en los palacetes y en los arrabales; se visten de frac y de harapos. Sufre el millonario y sufre el indigente por igual, con la diferencia de que el rico puede disimularlo, el pobre no.

La compasión nace en el corazón de Dios
La Biblia está repleta de acciones compasivas: desde una princesa egipcia que tuvo compasión de un niño hebreo dentro una canastilla a la deriva (Éx 2:6), hasta el clamor de un hombre devoto a sus amigos para que tuvieran compasión de él (Job 19:21). Dios dice por medio de uno de sus profetas que Él se inclina al perdón y le dice a Israel: «Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión» (Os 11:8). En el Nuevo Testamento, la palabra «compasión» aparece 25 veces; la mitad de estas se encuentran en los evangelios y siempre relacionadas con el ministerio de nuestro Señor Jesucristo. Con algunas variantes, la distribución es básicamente la siguiente: En Mateo, cinco veces (9:36; 14:14; 15:32; 18:37 y 20:34); en Marcos, tres veces (6:34; 8:2 y 9:22); y en Lucas, cuatro veces (1:78; 7:13; 10:33 y 15:20).

El tormento y la angustia están en todas partes. No hacen acepción de personas. Viven en los palacetes y en los arrabales; se visten de frac y de harapos

El vocablo empleado, por ejemplo, por Mateo («viendo las multitudes, tuvo compasión de ellas») es especialmente fuerte. Deriva de la palabra «entrañas» y se refiere a aquellos sentimientos que se sienten vivamente y hasta nos conmueven físicamente. Se trata, pues, de una compasión entrañable que conmovía a Jesús hasta lo más profundo de su ser.[1]

Examinaremos de forma concisa tres pasajes que, de alguna manera u otra, representan el alcance de nuestro Señor y las grandes áreas de atención de la compasión cristiana hacia los seres humanos:

Compasión por la condición espiritual (Mt 9:35-38).
Compasión por la condición emocional (Lc 7:11-14).
Compasión por la condición material (Mt 15:32).
Estos tres pasajes nos muestran que Cristo combatía la maldad y las consecuencias del pecado con la predicación del evangelio, sin descuidar las condiciones puramente humanas del individuo. Su propósito no era erradicar la pobreza y las injusticias de su época (Mt 26:11), sino mostrar a sus discípulos y a nosotros la compasión y el servicio a los demás para que sea imitado (Mt 13:15).

No podemos pensar que, porque hay algunos que han hecho del evangelio una causa puramente social, debemos concluir que ayudar al menesteroso no es una opción que le haga justicia a las Escrituras. Mostrar compasión y ayudar al necesitado es algo que debemos procurar como resultado de nuestra fe y amor por Dios, que se muestra en amor por nuestro prójimo (Mt 22:36-40).

Compasión por la necesidad espiritual
«Y viendo las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor» (Mateo 9:36).

El problema fundamental del ser humano es su necesidad de Dios. El vacío, la agonía, la amargura, el orgullo, la envidia, el rencor, el egoísmo y el estado de perdición del ser humano tienen su origen en la ausencia de Dios en los corazones. Por eso es que Cristo vino a este mundo. La Biblia enseña claramente:

«Jesús les respondió: “Vamos a otro lugar, a los pueblos vecinos, para que Yo predique también allí, porque para eso he venido”» (Marcos 1:38).

«Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10).

Mostrar compasión y ayudar al necesitado es algo que debemos procurar como resultado de nuestra fe y amor por Dios, que se muestra en amor por nuestro prójimo

La predicación del evangelio fue y es la prioridad operativa de Cristo —y, por lo tanto, de su iglesia— para alcanzar a personas para que vivan y cumplan con el propósito para el cual fueron creados: la adoración sublime y reverente de nuestro Dios.

Compasión por la necesidad emocional
«Al verla, el Señor tuvo compasión de ella, y le dijo: No llores. Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y Jesús dijo: Joven, a ti te digo: ¡Levántate!» (Lucas 7:13-14).

Entre los momentos más conmovedores en la vida de nuestro Señor está su reacción ante el dominio tenebroso de la muerte. Él se cruza con una mujer que llora desconsolada por la muerte de su hijo. Solo un padre o una madre comprende lo que se quiere un hijo. El pasaje no menciona si tenía más hijos, pero independientemente de eso, ella llora por la pérdida. Una vez más, vemos a Jesús teniendo compasión. Sabiendo que va a resucitar al joven, tiene compasión. El dolor de esta madre por el cuerpo sin vida de su hijo es intenso. Cristo, que no es ajeno al dolor humano, se conmueve teniendo compasión de ella. Lo mismo frente a la tumba de Lázaro. Allí llora (aunque no con sollozos) sabiendo que iba a resucitar a su amigo (Jn 11:35).

Compasión por la necesidad material
«Entonces Jesús, llamando junto a sí a sus discípulos, les dijo: “Tengo compasión de la multitud, porque hace ya tres días que están conmigo y no tienen qué comer; y no quiero despedirlos sin comer, no sea que desfallezcan en el camino”» (Mateo 15:32).

Aquí vemos a Jesús siendo compasivo por los hambrientos. «Tengo compasión porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer…». ¡Qué drama! No es que las personas tengan tres días sin comer, sino más bien que se les acabó el alimento. Se han quedado sin provisiones. La compasión de Cristo no tiene en cuenta las distintas clases de personas que hay en ese lugar. No todas se convirtieron en seguidores de Cristo, pero aún así, Él proveyó para todos como hizo con los diez leprosos (Lc 17:11-19).

La importancia que Jesús le da al tema de la compasión en sus acciones es evidente. Además, también resalta este asunto a través de sus enseñanzas, con parábolas muy memorables como la de los dos deudores (Mt 18:2), el buen samaritano (Lc 10:33) y el hijo pródigo (Lc 15:20). La congruencia entre sus enseñanzas y su carácter refleja por completo quién es Él. Él mostró mediante ejemplos al Dios del Antiguo Testamento que es presentado como un padre piadoso (Sal 103:13) y con gran compasión por otros. Jesús no pidió nada para Él mismo, ni en la agonía del huerto, ni tampoco ante los sufrimientos de la cruz. Él no manifestó autocompasión, sino que se entregó por completo a los demás.

Como Jesús
«Por tanto, si hay algún estímulo en Cristo, si hay algún consuelo de amor, si hay alguna comunión del Espíritu, si algún afecto y compasión, hagan completo mi gozo, siendo del mismo sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo propósito» (Filipenses 2:1-2).

Estas palabras del apóstol Pablo nos hablan de nuestro llamado a imitar a nuestro Señor. De igual forma, Pedro concluye en su epístola de manera magistral, diciendo: «En conclusión, sean todos de un mismo sentir, compasivos, fraternales, misericordiosos, y de espíritu humilde» (1 P 3:8). Al igual que Cristo, debemos predicar el evangelio, recordando que el evangelio sin compasión no es evangelio. Ser más como Cristo es ser más compasivos para gloria de Él y para bendición de todos los que vivimos en este lado de la eternidad.

Como escribió John Stott: «Si tuviéramos que resumir en una oración breve y sencilla en qué consiste la vida, el porqué Jesucristo vino a este mundo a vivir, morir y resucitar, y lo que Dios busca en este largo proceso histórico, sería difícil hallar una explicación más sucinta que ésta: Dios está haciendo a los seres humanos más humanos por medio de hacerles más como Cristo».[2]

[1] Barclay, W. The Gospel of Matthew, p. 116.
[2] Citado por Salvador Gómez Dickson en Citas Edificantes, p. 162.


​Otto Sánchez es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es pastor de la Iglesia Bautista Ozama (IBO) en Santo Domingo, República Dominicana. Es además director del Seminario Teológico Bautista Dominicano. Está casado con Susana Almánzar, y tienen dos hijas. Puedes encontrarlo en Twitter.

¿Dios odia el pecado, pero ama al pecador?

¿Dios odia el pecado, pero ama al pecador?
Por Karl Heitman

Una declaración cliché que a menudo escuchamos decir, «Dios odia el pecado, pero ama al pecador.» ¿Está esto basado en las Escrituras? Me temo que no. La Biblia simplemente no lo dice. De hecho, se dice lo contrario: » Los que se ensalzan no estarán delante de tus ojos; aborreces a todos los que hacen iniquidad.” (Salmo 5: 5). Hasta cierto punto, incluso se nos manda aborrecer a los demás: “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo.” (Lucas 14:26). También se nos manda odiarnos a nosotros mismos: » El que ama su vida la pierde; y el que aborrece su vida en este mundo, la conservará para vida eterna.» (Juan 12:25). También se nos manda aborrecer el mal (Romanos 12: 9). El aborrecimiento justo es una píldora difícil de tragar tal debido a la cultura auto-centrada, autosuficiente, egoísta , ególatra, y de auto-exaltación en la que vivimos. Lo que todos tenemos que entender es que en la cruz divina el amor y el odio santo chocaron. Dios es amor (1 Juan 4: 8). pero El también odia (Salmo 7:11). En otras palabras, tener una visión bíblica del odio es tan importante como tener una visión bíblica del amor.

Aquí están algunas otras Escrituras que hablan del odio santo de Dios:

“Aborrezco la reunión de los malhechores, y no me sentaré con los impíos.” Salmo 26: 5
“Aborrezco a los que confían en ídolos vanos; mas yo confío en el Señor.” Salmo 31: 6
“Aborrezco a los hipócritas, empero amo tu ley.” Salmo 119: 113
“Porque hablan contra[a] ti perversamente, y tus enemigos toman tu nombre en vano. ¿No odio a los que te aborrecen, Señor? ¿Y no me repugnan los que se levantan contra ti? Los aborrezco con el más profundo odio; se han convertido en mis enemigos.” Salmo 139:20-22.
“El temor del Señor es aborrecer el mal. El orgullo, la arrogancia, el mal camino y la boca perversa, yo aborrezco.”-Prov 8:13

“Toda su maldad está en Gilgal; allí, pues, los aborrecí. Por la maldad de sus hechos los expulsaré de mi casa, no los amaré más; todos sus príncipes son rebeldes.” Oseas 9:15
Nos gusta hablar sobre el amor, la misericordia, la bondad, el perdón y la gracia de Dios. Debemos predicar y hablar de esas cosas a menudo y con fervor, pero si descuidamos todo el consejo de Dios, comenzamos a forjar un dios a nuestra imagen. Eso se llama idolatría. Seamos sinceros; muchos cristianos profesantes adoran a un Jesús incompleto. Por otra parte, si no entendemos el odio de Dios, el amor de Dios no significa mucho para nosotros. Tenemos que llegar a un acuerdo con el odio de Dios. El versículo más conocido pero desconcertante en el Nuevo Testamento que nos confronta con el odio de Dios por los pecadores es Romanos 9:13- “a Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.” Es comprensiblemente difícil envolver nuestras mentes alrededor de esto, pero si tomamos el Biblia en serio tenemos que aceptarlo y poner nuestras emociones volubles, opiniones y tradiciones de lado. Charles H. Spurgeon, el «Príncipe de los Predicadores», dijo, «Yo puedo decirles la razón por la que Dios amó a Jacob: es por la gracia soberana. No había nada en Jacob que hiciera que Dios lo amara; todo en él podría haber hecho que Dios lo odiara, tanto como odió a Esaú, y mucho más. Pero fue porque Dios fue infinitamente misericordioso que él amó a Jacob, y por ser soberano en su dispensación de esta gracia, él escogió a Jacob como el objeto de ese amor. Si no fuera por la gracia soberana, todos seríamos objeto del odio de Dios, en lugar de Su amor. “

¿Cómo conciliar el amor y el odio de Dios en nuestras mentes humanas, finitas y caídas? No podemos del todo. La creación finita (nosotros) no puede comprender completamente el Creador infinito. Lo natural no puede entender completamente lo sobrenatural. Tenemos que aceptar el hecho de que Dios tanto amor y odio, esforzamos por llegar a un acuerdo con el carácter de Dios, y ser conformados a Su imagen (Romanos 12: 2). En el gran esquema de las cosas, el odio de Dios será derramado sobre los no elegidos por la eternidad en el infierno. Tenemos que entender que Dios es perfectamente justo y bueno para sólo salvar a algunos porque todos merecemos su ira aborrecedora. Romanos 9:14-15 arroja más luz: “¿Qué diremos entonces? ¿Que hay injusticia en Dios? ¡De ningún modo! 15 Porque El dice a Moisés: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y tendré compasión del que yo tenga compasión.” Cuando comprendemos y continuamente recordamos que Dios nos ha salvado a los pecadores de experimentar su odio, nos hace ser personas humildes agradecidas.

En cuanto a los redimidos, sí, aún pecamos, pero el odio y la ira de Dios se vertieron de una vez y para siempre sobre Jesús en vez de nosotros y ahora nos ve vestido con la justicia de su Hijo. La justicia de Cristo fue trasladada a nuestro cuenta (2 Corintios 5:21). Por lo tanto, Él ama a aquellos por los que Cristo murió, con un amor salvífico especial como un amor único de un esposo por su novia. Debido al amor de Dios, ya no somos el objeto del odio de Dios. Para los no elegidos, el amor de Dios se muestra a toda la creación por lo que les permite vivir la ‘gracia común’ (Mateo 5:45). En otras palabras, Dios está conteniendo Su ira hacia los no elegidos y darles lluvia, comida, y placer en esta vida.

Por lo general, la pregunta de seguimiento es la siguiente: «¿Cómo debemos tratar a los pecadores?» Los amamos con amor incondicional, como Jesús lo ordenó (Lucas 6:27). Esto implica no sólo estar en la presencia de los no creyentes y ser amable con los pecadores (como lo fue Jesús), sino amarlos lo suficiente para predicar la verdad del evangelio a ellos sin temor a ofenderlos (Romanos 1:16). Lo más amoroso es cuidar el alma de alguien y así compartir el mensaje de cómo Dios está dispuesto a salvar a un pecador, a través de Jesús, de experimentar eternamente su santo odio. Por tanto, podríamos querer considerar abandonar el eslogan “Dios odia el pecado pero ama el pecador” porque no hay evidencia bíblica clara para apoyar tal afirmación. El efecto de esto pretende un evangelio de la gracia barata. En cambio, debemos repetir lo que dice la Escritura: Dios envió a su Hijo al mundo para salvar a los pecadores (Romanos 5:8), manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan o perecerán (Hechos 17:30 ; Lucas 13: 3), y Dios nos manda a hacer el bien a todos los hombre s (Gal 6:10) y hacer discípulos (Mateo 28: 19-20).

¿Por qué predicar? | Brad Wheeler

La semana pasada invertí cerca de 25 horas preparando el mensaje del domingo por la mañana de nuestra iglesia. El pasaje que prediqué fue 1 Samuel 9-11. Este sermón cubrió una porción extensa. Durante él, leí todo el pasaje y luego hablé por 40 minutos explicando el significado y aplicándolo a los corazones de los presentes. Este tipo de sermón puede ser llamado expositivo. Yo no vivo en la Inglaterra anterior a la época de la Ilustración, ni ofrecí el sermón en homenaje a la “Predicación Puritana” en nuestro calendario anual de la iglesia. Honestamente, nuestro pastor principal detesta esos calendarios anuales, pero ese es otro tema.

¿Por qué gastar todo este tiempo estudiando detenidamente la Palabra de Dios? ¿Y por qué como congregación nos dedicamos una hora a mi monólogo (que a veces debe ser soportado dolorosamente)? Me han hecho este tipo de preguntas antes. También he sido reprendido por amigos bien intencionados. Preguntan cosas como: “¿Por qué destacar la predicación sobre otras partes del servicio de adoración? ¿Acaso esto no refleja su prejuicio occidental hacia el discurso racional y ordenado? Nadie va a recordar el 95% de lo que dices de todos modos”. En otras palabras, ellos dicen, “¡Deja de perder tu tiempo y no nos hagas perder el nuestro!”.

Sin embargo, antes de renunciar a la Escritura en pro de las bellas artes en su reunión dominical, permítanme ofrecerles algunas razones por las que la predicación no sólo debe estar presente, sino ser primordial en la vida de su iglesia local.

El pueblo de Dios se reúne para escuchar la Palabra de Dios
Tal vez no me creas, pero por naturaleza no disfruto sentarme para escuchar a alguien hablar conmigo. Prefiero el cine, escuchar un solo de batería o ver una pieza de arte. Pero el patrón consistente en la Escritura es que el pueblo de Dios se reúne alrededor de la Palabra de Dios. Tenemos que permanecer en silencio, mientras Él habla.

Cuando Dios estableció su pacto con su pueblo en el Éxodo, utilizó palabras y ordenó a su pueblo que se reuniese y oyera esas palabras (Éx. 24:7). Si bien Israel tenía sus enemigos en la carrera rumbo a la Tierra Prometida, Dios les mandó detenerse y marchar 20 millas hacia el norte hasta el lugar donde están dos acantilados opuestos. Allí, con las montañas escarpadas proporcionando un anfiteatro natural, “Josué leyó todas las palabras de la ley, la bendición y la maldición, conforme a todo lo que está escrito en el Libro de la Ley. No hubo ni una palabra de todo lo que había ordenado Moisés que Josué no leyera delante de toda la asamblea de Israel, incluyendo las mujeres, los niños y los extranjeros que vivían entre ellos” (Jos. 8:34-35).

¿No te parece curioso que con el plan de conquistar un territorio se presente esta situación donde se lee un libro? Ahora bien, la guerra que se avecinaba no era una guerra común ni la gente de este pueblo era gente común. La palabra que los creó como nación continuaba siendo la palabra que los definía como pueblo de Dios. Años más tarde, cuando Josías condujo a su pueblo de regreso al Señor, lo hizo mediante la lectura: “Y subió el rey a la casa del Señor con todos los hombres de Judá, los habitantes de Jerusalén, los sacerdotes, los Levitas y todo el pueblo, desde el mayor hasta el menor, y leyó en su presencia todas las palabras del Libro del Pacto que había sido hallado en la casa del Señor” (2 Cr. 34:30). Cuando el pueblo de Dios se reunió como un todo después del exilio, Nehemías no les enseñó una rutina de ejercicios, tampoco les enseñó a pintar con los dedos ni les pidió hacer una obra dramatizada. En cambio, colocó a Esdras sobre una plataforma de madera (Neh. 8:4) y mientras el pueblo permanecía en sus lugares (8:7), Esdras y los escribas “leyeron en el Libro de la Ley de Dios, interpretándolo y dándole el sentido para que entendieran la lectura” (8:8).

El ministerio público de Jesús en Lucas comenzó entrando en la sinagoga, recogiendo el rollo de Isaías, leyéndolo, y enseñando de él (Lc. 4:14-22). En Hechos 2 el pueblo no se salvó al ver un gran dirigible con palabras “cristianas” o algún otro truco, sino a través de la exposición pública que hizo Pedro de Joel 2. En Hechos 6 se establecieron diáconos no para que los apóstoles pudieran tener más tiempo para estudiar lo último en técnicas de teatro o de vestidos de moda, sino para que pudieran tener la libertad de predicar la Palabra de Dios (Hch. 6: 2). Pablo exhorta a Timoteo a predicar la palabra (2 Ti. 4:2).

Podría seguir mencionando ejemplo tras ejemplo. Lo que miras te emociona, pero lo que escuchas te capacita. No necesitamos obras teatrales con las puertas del cielo y las llamas del infierno. El pueblo de Dios necesita reunirse para escuchar la predicación de la Palabra de Dios.

Predicar la Palabra de Dios enseña a tu gente cómo leer la Palabra de Dios
No hace mucho tiempo, David Wells lamentó que los evangélicos ya no tienen valor de ser protestantes. Hoy en día, luchamos por el valor de ser, en un sentido, históricamente cristianos. A medida que la ola cultural de género y sexualidad cae sobre nosotros los cristianos, algunos no tenemos nada que decir porque no creemos que la Biblia tiene algo que decir al respecto, o no sabemos lo que dice, o se ha convertido en poco más que una colección de cuentos morales, una versión religiosa de las fábulas de Esopo que tenemos que reinterpretar para que encaje con nuestras costumbres culturales.

Pero mantener la Palabra de Dios en el centro de la vida de su iglesia local, especialmente mediante la predicación de textos consecutivos de la Escritura, le enseña a tu gente a leer la Biblia. No necesitan una clase de hermenéutica en un seminario para conseguir esto. Lo que necesitan es una predicación fiel. Lo que necesitan es escuchar una predicación que conecte la historia redentora que nos presenta la Biblia. Desde la creación del universo por la palabra de Dios hasta el sacrificio y el regreso del Segundo Adán. Una predicación que explique tanto el rechazo que sufrió Jesús de parte de la nación de Israel como la sumisión a Jesús del nuevo Israel de Dios.

Al inicio de mi vida cristiana formé parte de iglesias que amaban la Palabra de Dios, sin embargo, no la trataban como una montaña de la que se extrae oro, sino más bien como una colina con un par de rocas que se puede recoger y observar con cierto interés. Fue sólo cuando aterricé en una iglesia que extrae oro de la palabra, que conecta con cuidado ricos temas bíblicos y muestra cómo todo apunta a Cristo, que comencé a abordar el Antiguo Testamento con confianza y aliento. Mantener la Palabra de Dios como el centro de tu predicación y enseñanza, no sólo ayudará a las personas a saber leer, sino que les dará el estímulo para sumergirse en ella por sí mismas.

Predicar la Palabra de Dios cambia la vida de los oyentes una semana a la vez

¿De qué sirven todos esos sermones, si olvidamos la mayor parte de lo que hemos escuchado poco después? Bueno, no nos olvidamos de todo lo que oímos. Confío en que la mayoría de nosotros podemos recordar sermones que han desafiado nuestra vida, han cambiado la manera en que pensamos acerca de Dios, el matrimonio, el dinero, etc., y nos cambiaron para siempre. Así que no debemos menospreciar todo el esfuerzo de predicar un sermón.

Pero más importante aún es saber que la palabra semanal en nuestros mensajes del Día del Señor tienen como intención ¡darnos fuerza para llegar al próximo domingo! En el ritmo semanal de Dios, parece que Él entiende que viene el próximo domingo, que estamos hambrientos y tenemos que ser alimentados una vez más.

Mis sermones y tus sermones no tienen que permanecer en la mente de nuestros oyentes por toda la eternidad. No predicamos con la intención cambiar sus vidas en ese sentido. Más bien, esos sermones tienen el propósito de sostenerlos hasta la próxima semana. Una semana a la vez. Hasta llegar el cielo. Allá la Palabra hecha carne morará con nosotros para siempre y no habrá más necesidad de sermones.

Brad Wheeler es Pastor Asociado de Capitol Hill Baptist Church en Washington, D. C.

«Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras» (Santiago 5: 17.)

Manantiales en el Desierto | Lettie B. Cowman

Abril 29
«Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras» (Santiago 5: 17.)

Gracias a Dios por eso. Elías se sentó debajo da un árbol como tú y yo hemos hecho con frecuencia; se quejó y murmuró, como a menudo nosotros hemos hecho; fué incrédulo como tú y yo también lo hemos sido. Pero no fué esta su condición cuando verdaderamente se puso en contacto con Dios. Aunque «era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras» «él rogó orando.» El texto original es verdaderamente sublime, no dice «ardientemente» sinó «él rogó en oración.» Él se mantuvo orando. ¿Qué lección aprendemos aquí? Que tú y yo debemos orar continuamente.
Sube a lo alto del Carmelo y contempla la parábola tan extraordinaria de Fé y Vista. Lo que ahora se necesitaba no era el descendimiento del fuego, sino el descendimiento del agua; y el hombre que tiene poder para mandar al fuego, también tiene poder para mandar al agua por los mismos medios y métodos.
Se nos dice, que él se inclinó a tierra con su rostro entre sus rodillas; es decir, evitando toda clase de vista y ruído. El se estaba colocando en una posición en que no podía ver ni oír debajo de su capa, lo que estaba sucediendo más allá.
El dijo a su siervo, «Ve y observa si sucede algo.» El fué y cuando volvió, dijo una sóla palabra, «¡Nada!»
Al rato volvió y dijo: «Hay una nube pequeña semejante a la mano de un hombre.» La mano de un hombre se había levantado suplicando, e inmediatamente vino la lluvia. Ahab no tuvo tiempo de volver a las puertas de Samaria con sus veloces caballos. Esta es una parábola de Fé y Vista. La fé misma encerrándose con Dios; la vista, observando y no viendo nada.
La fé marchando hacia adelante, y «suplicando en oración» a pesar de la información tan desalentadora que le daba la vista.
¿Sabes cómo orar y prevalecer en tales ocasiones? Deja que la vista te informe de un modo desalentador, pero no prestes a ello atención alguna. El Dios vivo, aún está en los cielos, y el
tardar podemos considerarlo como parte de Su bondad.
-Arthur T. Pierson.

Tres muchachos dieron una definición de la fé, la cual es una ilustración de la tenacidad de la misma.

El primero de los muchachos dijo, «Es el tomar posesión de Cristo»

el segundo, «El guardar la posesión:»

y el tercero, «No dejarle marchar.»

¿Deberían las mujeres servir como pastoras / predicadoras?

Posiblemente no hay un tema más discutido en la iglesia de hoy que el tema de las mujeres que sirven como pastoras / predicadoras. Por consiguiente, es muy importante no mirar este tema como hombres contra mujeres. Hay mujeres que creen que las mujeres no deberían servir como pastoras y que la Biblia coloca restricciones en el ministerio de las mujeres, y hay hombres que creen que las mujeres pueden servir como predicadoras y que no hay restricciones sobre las mujeres en el ministerio. Este no es un asunto de machismo o discriminación. Es un asunto de interpretación bíblica.

1ª Timoteo 2:11-12 proclama, «La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio». En la iglesia, Dios asigna diferentes roles a los hombres y a las mujeres. Este es el resultado de la manera en que la humanidad fue creada (1ª Timoteo 2:13) y la manera en la que el pecado entró en el mundo (2ª Timoteo 2:14). Dios, a través de los escritos del apóstol Pablo, restringe a las mujeres de servir en roles de enseñanza y/o tener autoridad sobre los hombres. Esto impide a las mujeres servir como pastoras sobre los hombres, lo cual definitivamente incluye predicarles, enseñarles públicamente y ejercer autoridad espiritual sobre ellos.

Hay muchas «objeciones» a este punto de vista sobre las mujeres en el ministerio pastoral. Una objeción común es que Pablo restringe a las mujeres de enseñar porque en el siglo primero, las mujeres por regla general eran incultas. Sin embargo, en ninguna parte de 1ª Timoteo 2:11-14 menciona el nivel educativo. Si la educación hubiese sido un requisito para el ministerio, la mayoría de los discípulos de Jesús probablemente no habrían calificado. Una segunda objeción común era que Pablo solamente restringió a las mujeres de Éfeso de enseñar a los hombres (1ª Timoteo fue escrita a Timoteo, un pastor en la iglesia de Éfeso). La ciudad de Éfeso fue conocida por su templo de Artemisa, y las mujeres eran la autoridad en esa rama del paganismo; por lo tanto, la teoría dice que Pablo sólo reaccionaba contra las costumbres de los idólatras de Éfeso dirigidas por mujeres, y la iglesia necesitaba ser diferente. Sin embargo, en ningún lugar del libro de 1ª Timoteo se menciona a Artemisa, ni Pablo menciona la práctica estándar de los adoradores de Artemisa como una razón para las restricciones en 1ª Timoteo 2:11-12.

Una tercera objeción común es que Pablo solamente se está refiriendo a los esposos y las esposas, no a los hombres y a las mujeres en general. Las palabras en griego para «mujer» y «hombre» en 1ª Timoteo 2:11-14 podrían referirse a esposos y esposas. Sin embargo, el significado básico de las palabras es más amplio que eso. Adicionalmente, las mismas palabras en griego son utilizadas en los versículos 8-10. ¿Solo los esposos deben orar en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda (versículo 8)? ¿Solo las esposas deben vestirse con ropa decorosa, con pudor y modestia; tener buenas obras y adorar a Dios (versículos 9-10)? Por supuesto que no. Los versículos 8 al 10 claramente se refieren a los hombres y mujeres en general, no solamente a los esposos y a las esposas. No hay nada en el contexto que debiera indicar una limitación para esposas y esposos en los versículos 11 al 14.

Sin embargo, otra objeción a esta interpretación de mujeres en el ministerio pastoral es en relación con Miriam, Débora, Hulda, mujeres que mantuvieron posiciones de liderazgo en el antiguo testamento. Es verdad que estas mujeres fueron escogidas por Dios para un servicio especial para Él y que ellas son modelos de fe, coraje y, sí, liderazgo. Sin embargo, la autoridad de las mujeres en el antiguo testamento no es relevante para el tema de los pastores en la iglesia. Las epístolas del nuevo testamento presentan un nuevo paradigma para el pueblo de Dios, la iglesia, el cuerpo de Cristo y, ese paradigma involucra una estructura de autoridad única para la iglesia, no para la nación de Israel o cualquier otra entidad del antiguo testamento.

Argumentos similares se hacen usando a Priscila y Febe en el nuevo testamento. En el libro de los Hechos, el capítulo 18, Priscila y Aquila son presentados como ministros fieles de Cristo. El nombre de Priscila es mencionado primero, indicando probablemente que ella era más «prominente» en el ministerio que su esposo. ¿Enseñaron Priscila y su esposo el evangelio de Jesucristo a Apolos? Sí, en su casa «le expusieron más exactamente el camino de Dios» (Hechos 18:26). ¿Dice la Biblia alguna vez que Priscila pastoreó una iglesia, o enseñó públicamente o se convirtió en la líder espiritual de una congregación de santos? Sin embargo, en ninguna parte se describe a Priscila participando en una actividad de ministerio que esté en contradicción con 1ª Timoteo 2:11 al 14.

En Romanos 16:1, a Febe se le considera una «diaconisa» (o «sierva») en la iglesia y es altamente elogiada por Pablo. Pero, como con Priscila, no hay nada en las Escrituras que indique que Febe fuera una pastora o maestra de hombres en la iglesia. «Apto para enseñar» es un calificativo dado para los ancianos, pero no para los diáconos (1ª Timoteo 3:1-13; Tito 1:6-9).

La estructura de 1ª Timoteo 2:11 al 14 deja la razón perfectamente establecida. El versículo 13 comienza con «Porque» y da la «causa» de lo que Pablo declara en los versículos 11 y 12. ¿Por qué las mujeres no deberían enseñar o tener autoridad sobre los hombres? Porque «Adán fue formado primero, luego Eva. Y Adán no fue engañado; sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión». Esa es la razón. Dios creó a Adán primero y luego creó a Eva a fin de que fuera «ayuda idónea» para Adán. Este orden de la creación tiene una aplicación universal para la humanidad en la familia (Efesios 5:22-23) y en la iglesia.

El hecho de que Eva fuera engañada también se da en 1 Timoteo 2:14 como una razón para que las mujeres no sirvan como pastoras o tengan autoridad espiritual sobre los hombres. Esto no significa que las mujeres sean ingenuas o que sean engañadas más fácilmente. Si todas las mujeres son engañadas más fácilmente, ¿por qué se les permitiría enseñar a los niños (quienes son fácilmente engañados) y a otras mujeres (quienes supuestamente son engañadas más fácilmente)? El texto simplemente dice que las mujeres no deben enseñar o tener autoridad espiritual sobre los hombres porque Eva fue engañada. Dios ha dado a los hombres la autoridad de enseñanza principal en la iglesia.

Muchas mujeres sobresalen en dones de hospitalidad, misericordia, enseñanza, evangelismo y ayuda. Gran parte del ministerio de la iglesia local depende de las mujeres. Las mujeres en la iglesia no están restringidas de orar o profetizar en público (1ª Corintios 11:5), solamente de tener autoridad en las enseñanzas espirituales sobre los hombres. La Biblia en ninguna parte restringe a las mujeres de ejercitar los dones del Espíritu Santo (1ª Corintios capítulo 12). Así como los hombres, las mujeres, están llamadas a ministrar a otros, a demostrar el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22-23), y a proclamar el evangelio a los perdidos (Mateo 28:18-20; Hechos 1:8; 1ª Pedro 3:15).

Dios ha ordenado que solamente los hombres sirvan en posiciones de autoridad de enseñanza espiritual en la iglesia. Esto no es necesariamente porque son mejores maestros, o porque las mujeres son inferiores o menos inteligentes (tal no es el caso). Es simplemente la manera en que Dios designó la iglesia para que funcione. Los hombres deben ser ejemplo en el liderazgo espiritual, en sus vidas y a través de sus palabras. Las mujeres deben asumir un papel menos autoritario. Se las anima a enseñar a otras mujeres (Tito 2:3-5). La Biblia tampoco restringe a las mujeres de enseñar a los niños. La única actividad de la que están restringidas es de enseñar o tener autoridad espiritual sobre los hombres. Esto impide que las mujeres sirvan como pastoras de hombres. De ninguna manera esto las hace menos importantes, más bien les da un ministerio enfocado más de acuerdo con el talento dado por Dios.

Todo Comienza con Dios – Incluyendo el Evangelismo | Cameron Buettel

Todo Comienza con Dios – Incluyendo el Evangelismo
by Cameron Buettel

“En el principio creó Dios…” (Génesis 1:1)

La historia de redención de Dios comienza con Él mismo. Y es ahí donde debemos empezar cuando predicamos el Evangelio.

Eso no quiere decir que se requiera un discurso exhaustivo sobre el carácter y la naturaleza de Dios, o una investigación completa de sus atributos infinitos, para comprender y creer en el Evangelio. Ni siquiera nuestras mentes iluminadas por el Espíritu pueden comprender a Dios en toda Su plenitud; cuánto más una mente que aún está oscurecida por el pecado.

Sin embargo, no podemos presentar con precisión el Evangelio sin antes derribar las ideas falsas e idólatras sobre Dios que dominan el mundo. Hoy en día, la gente fabrica descuidadamente un dios basándose únicamente en su sentimentalismo y sus preferencias espirituales. Pero esta práctica popular es tan inútil como tratar de reescribir la ley de la gravedad o desear que desaparezca por completo. Dios es eterno (Isaías 57:15) e inmutable (Malaquías 3:6), y exige nuestra reverencia en Sus términos, no en los nuestros.

Dios se presenta a sí mismo en las Escrituras como el Dios vivo y verdadero. Él dice: «Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay Dios» (Isaías 45:5). Además, la Palabra de Dios revela que el único Dios verdadero existe eternamente en tres Personas distintas.

La Trinidad

La doctrina de la Trinidad es imposible de comprender, pero como John MacArthur indica, es una doctrina incuestionablemente enseñada en la Biblia:

“No obstante, aunque la plenitud de la Trinidad está mucho más allá de la comprensión humana, se trata indiscutiblemente del modo en que Dios se ha revelado en la Biblia: como un Dios que existe en la eternidad en tres personas…

“Las Escrituras son claras en que estas tres personas juntas son un Dios y solo uno (Dt. 6:4). Juan 10:30 y 33, explican que el Padre y el Hijo son uno. Primera Corintios 3:16 muestra que el Padre y Espíritu son uno. Romanos 8:9 deja en claro que el Hijo y el Espíritu son uno. Además, Juan 14:16, 18 y 23, demuestran que el Padre, el Hijo, y el Espíritu son uno… Es decir, la Biblia deja en claro que Dios es un solo Dios (no tres), pero que el único Dios es una Trinidad de personas”[1].

Dios debe ser presentado como Trino para que pueda ser proclamado fielmente. Además, la Trinidad adquiere gran importancia en el ámbito de la evangelización porque las tres Personas desempeñan papeles distintos en la salvación de los pecadores. El Padre elige (Efesios 1:3-6); el Hijo redime (Efesios 1:7-12); y el Espíritu Santo convence (Juan 16:8), regenera (Tito 3:5) y habita en los creyentes (Efesios 1:13-14).

Creador y Juez

La Biblia presenta al Dios Trino como el Creador de todas las cosas, incluyendo la humanidad (Génesis 1). Como tal, Él es dueño legítimo de Su creación (Salmo 50:10-12) y exige adoración de nosotros, Sus criaturas (Éxodo 20:2-5; Mateo 4:10).

Pero la humanidad caída se niega en rebeldía a adorar al Creador. La comunión abierta que debería existir entre Dios y el hombre está ahora bloqueada por un muro de hostilidad divina (Salmo 5:5). La justa ira de Dios hacia los pecadores puede ser un tema desagradable para la sensibilidad moderna, pero es una verdad necesaria para despertar la indiferencia espiritual de nuestra época.

Aunque el carácter y la naturaleza de Dios es un tema inagotable, el evangelista debe esforzarse por inculcar algún sentido de la supremacía y soberanía de Dios en los corazones de los pecadores. Debe explicarles por qué deben temblar al pensar en el día en que estarán ante el tribunal del Dios santo (Hebreos 9:27). John MacArthur lamenta las tendencias evangelísticas modernas, las cuales como él comenta, hacen justamente lo contrario:

“’El principio de la sabiduría es el temor de Jehová’ (Salmo 111:10). Mucho de la evangelización contemporánea intenta despertar cualquier cosa menos el temor de Dios en la mente de los pecadores. Por ejemplo: ‘Dios te ama y tiene un plan maravilloso para tu vida’, es la línea para abrir la típica apelación evangelística. Esta clase de evangelismo está muy lejos de la imagen de un Dios al que debe temerse. El remedio para tal manera de pensar es la verdad bíblica de la santidad de Dios” [2].

Santo

Las Escrituras atribuyen el superlativo más fuerte para referirse a Dios como «santo, santo, santo» (Isaías 6:3; Apocalipsis 4:8). Paul Washer señala que la santidad de Dios: “No es solamente un atributo entre muchos, sino que es el mismo contexto en el cual todos los otros atributos divinos se definen y se entienden”[3]. Nuestro énfasis evangelístico en la santidad de Dios no pretende ignorar sus otros atributos, como el amor, la misericordia y la gracia. Más bien, Sus otros atributos encuentran su significado dentro del contexto de la santidad de Dios.

La palabra «santo» se traduce de la palabra hebrea qadosh, y se refiere a la trascendencia de Dios. Como Creador, Él trasciende Su creación y es totalmente distinto de todo lo que ha hecho. Independientemente de su tamaño o esplendor, nada en la creación se acerca ni remotamente a las perfecciones de Dios.

Entonces, ¿por qué es tan importante explicar que el Creador del universo es santo? Porque nosotros, en nuestro estado pecaminoso, somos la antítesis de todo lo que Él es. No hay mayor dicotomía que demuestre nuestra enorme necesidad que la yuxtaposición entre un Dios santo y hombres pecadores. John MacArthur señala las terribles implicaciones de ese abismo infinito:

“El Eterno es completamente Santo y Su ley por consiguiente exige santidad perfecta: ‘Porque yo soy Jehová vuestro Dios; vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo (Levítico 11:44) … Aun el evangelio requiere esta santidad: ‘Sed santos, porque yo soy santo’ (1 Pedro 1:16). ‘Seguid…la santidad, sin la cual nadie verá al Señor’ (Hebreos 12:14). Porque Él es santo, Dios aborrece el pecado”[4].

El Lugar Principal de Dios

Cuando los creyentes pensamos en Dios en términos del Evangelio, solemos hacer hincapié en Su amor y Su misericordia. Y aunque esos son atributos vitales, los cuales están entretejidos en todo el evangelio, no debemos cometer el error de descuidar Su naturaleza Trina, Su soberanía sobre la creación y Su santidad. Si lo hacemos, el resultado suele ser la proclamación de un evangelio centrado en el hombre, que presenta a Dios simplemente como un héroe que se aparece en última instancia para salvar el día.

La verdad es que los pecadores están en la mira de Dios. Son creación de Dios y han violado Su ley. Dios es el Salvador sólo porque Él es Aquel de quien los pecadores deben ser salvados, porque “Él no dejará impune al culpable” (Éxodo 34:7).

Cuando ponemos a Dios en el centro del Evangelio, adquirimos una perspectiva clara de la ofensa del pecado del hombre y la magnitud de su culpa.

La respuesta del evangelio frente al humanismo | Juan Carlos de la Cruz

La respuesta del evangelio frente al humanismo

Juan Carlos de la Cruz

¿Por qué el humanismo, con su énfasis en colocar al hombre como centro del universo, no ha dado con la solución a los problemas del corazón humano?

Para responder a esto, y a riesgo de simplificar demasiado, necesitamos ver que hay dos errores básicos que el humanismo comete en sus diversas corrientes.

El primer error es creer que el hombre es altruista y bueno por naturaleza. Más bien, en realidad, tenemos un corazón malo. “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer. 17:9). Esto no debe sorprendernos si somos honestos ante la historia de la existencia humana, llena de maldades y horrores.

Luego de eso, el segundo error de los humanistas es no dar crédito a la Palabra de Dios, que es viva y eficaz (He. 4:12). Ella no nos provee solo de un comentario cabal sobre la miserable y depravada condición humana, sino que principalmente nos ofrece la única solución definitiva para la desgracia de nuestra maldad: el evangelio.

Cómo podemos cambiar en verdad

La única manera en el universo en que podemos cambiar en realidad es por medio de aceptar y creer la verdad de Dios y su plan de redención en Jesucristo. Así lo enseña Juan 1:10-13.

“El estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de El, y el mundo no Lo conoció. A lo Suyo vino, y los Suyos no Lo recibieron. Pero a todos los que Lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en Su nombre, que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios”.

Solo así, por la gracia de Dios, podremos ver el mundo y la vida de otra manera, y esto como resultado de haber renacido espiritualmente. El amor a Dios, el mismo que se requiere para amar al prójimo, no es algo que tenemos por naturaleza. El Señor tiene que realizar una obra en nuestro interior para que seamos investidos con tal amor, que es fruto del Espíritu Santo cuando viene a morar en nosotros (Ro. 5.5; Gá. 5.22; Ef. 5.1-2).

Entonces, para que podamos amar, necesitamos que Dios transforme nuestros corazones. Moisés escribió de esto cuando dijo: “Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas” (Dt. 30:6; ver también Jer. 9.26, Hch. 7:51; Jer. 44:7,9; y Lv. 26.41).

Esta promesa fue comprada por Jesús en la cruz para nosotros. Esto es lo que necesita la humanidad para cambiar en lo más profundo. Solo Dios puede transformarnos realmente.

El humanismo no es suficiente

Recibiremos oposición por ser creyentes. Aun así, no dejemos la verdad de Dios para abrazar ideas opuestas a nuestra fe, o tratar de reconciliar lo que dice la Biblia con ellas. En el fondo, las propuestas humanistas son irreconciliables con la verdad.

Ni la Ilustración, ni las propuestas políticas, ni las propuestas sociales humanistas han funcionado jamás para cambiar el corazón de los hombres. El humanismo no es suficiente; la gracia de Dios revelada en Cristo sí lo es.

Esto debe conducirnos a no desmayar en nuestra comisión de predicar el evangelio de Jesús en un entorno actual lleno de humanismo. Cada vez que se arrepiente un pecador, hay regocijo en el cielo y una nueva vida transformada en la tierra. Todo por gracia, para la gloria de Dios.

Juan Carlos de la Cruz es pastor en la Iglesia Bautista Nueva Jerusalén, en Bonao, República Dominicana, y director de Southern Baptist School for Biblical Studies.

¿Qué es la sabiduría? | Josías Grauman

¿Qué es la sabiduría? Si somos honestos, la sabiduría es un término difícil de definir. Casi siempre se trata de definir en términos lógicos, según nuestra opinión u experiencia personal. ¿Acaso la sabiduría consiste en poseer conocimiento o, quizás, implica ser inteligente? ¿Tal vez tiene que ver con ser astuto? Aunque el mundo probablemente responda que sí a las preguntas anteriores, nosotros, los hijos de Dios, no debemos contentarnos con definiciones que no toman en cuenta a nuestro Creador y Redentor. Por esa razón, debemos replantear la pregunta, a fin de enfocarla de manera correcta: ¿cómo define Dios la sabiduría? Esa es la perspectiva correcta no solo de esta pregunta, sino de todo en la vida. Para responder a nuestra pregunta reformulada, veremos la sabiduría desde cinco características que la Biblia le asigna.

La sabiduría es un regalo de Dios, la fuente de toda la sabiduría

Antes de definir lo que es la sabiduría, es importante recalcar que la verdadera sabiduría no se encuentra entre los hombres, pues aún «la necedad de Dios es más sabia que los hombres» (1 Co. 1:25). El contraste es claro y evidente. Por más esfuerzo que el hombre haga, por más que intente, no podrá ser sabio en sí mismo. La sabiduría divina solo viene de Dios, del único y sabio Dios (1 Ti. 1:17). Santiago 3:17 afirma lo mismo, que la sabiduría viene «de lo alto»; por eso es descrita como «primeramente pura, después pacífica, amable, condescendiente, llena de misericordia y de buenos frutos, sin vacilación, sin hipocresía».

Así que, si queremos encontrar la sabiduría, no podemos buscarla entre los hombres. Tenemos que ir a Dios, directo a la fuente. Y, si queremos ser más específicos aún, debemos acudir a la revelación visible de la sabiduría de Dios: su Hijo Jesucristo, «en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (Col. 2:3). Y a Él lo podemos ver en las páginas de las Escrituras (2 Co. 3:15-18).

Cristo es, entonces, nuestro motivo para buscar la sabiduría. Si queremos ser como Él, necesitamos ser sabios. Necesitamos reflejar su perfecta sabiduría.

La sabiduría solo se obtiene por los que temen a Dios

Probablemente el versículo más famoso acerca de la sabiduría se encuentra en Proverbios 1:7a: «El temor del Señor es el principio de la sabiduría». Temer al Señor o, alguien que teme al Señor, es otra manera de referirse a un creyente—aquel que teme la ira del Señor en contra del pecado y corre a Él para recibir perdón—. Allí comienza todo: cuando uno cree en Dios y abraza su evangelio. Al contrario, el incrédulo no tiene sabiduría, es un necio, pues «ha dicho en su corazón: “No hay Dios”» (Sal. 14:1). En palabras de Salomón: «los necios desprecian la sabiduría y la instrucción» (Pr. 1:7b).

Santiago 1:5-7 afirma que solo los que tienen fe reciben el regalo divino de la sabiduría:

«Y si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que se la pida a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero que pida con fe, sin dudar. Porque el que duda es semejante a la ola del mar, impulsada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, ese hombre, que recibirá cosa alguna del Señor» [énfasis añadido].

Por lo tanto, si eres hijo de Dios y crees en Él, puedes obtener sabiduría. Así que solamente debes acudir a Él y pedirla.

La sabiduría es saber cómo vivir correctamente

En las palabras más sencillas posibles, la sabiduría es saber hacer las cosas de la forma como se deben hacer. En el Antiguo Testamento, la palabra normalmente traducida como sabiduría es « חָכמְהָ (ḥāḵ・mā[h])», que tiene que ver con «la capacidad de comprender y, por lo tanto, tener habilidad para vivir, lo que implica la adhesión a un estándar establecido».[1] Esta destreza de vivir bien puede aplicarse a las cosas más cotidianas de la vida, como cocer una vestidura («a quienes yo he llenado de espíritu de sabiduría, para que hagan las vestiduras de Aarón», Éx. 28:3), o la habilidad de mediar correctamente en el pleito entre dos mamás (1 R. 3:16–28).

La sabiduría, entonces, no es mera inteligencia. No es un conocimiento teórico solamente. De hecho, la palabra griega que se emplea en el Nuevo Testamento y que se traduce como sabiduría, también enfatiza lo práctico que es la sabiduría. El diccionario griego define «σοφία (sophia)» como «la capacidad de entender y funcionar debidamente».[2] El sabio no solo entiende una situación, sino que entiende cómo aplicar el conocimiento para actuar correctamente en dicha situación.

Una ilustración de lo práctico que es la sabiduría se encuentra en la matemática. Es común que el alumno de matemática sepa cómo resolver ecuaciones en el aula. Sin embargo, luego cuando se le presenta un problema matemático en la vida real, no entiende cómo aplicar la ecuación correcta a la situación. Tiene conocimiento, pero no sabe cómo aplicarlo a la vida. Al sabio no le pasa esto. El sabio entiende cómo aplicar el conocimiento para actuar de la mejor manera en cada circunstancia. Pero ¿cómo definimos lo que es mejor en cada circunstancia?

La sabiduría se aprende solo por medio de la Palabra de Dios

La única manera de aprender cómo vivir correctamente es vivir como Dios dicta. Andar en sabiduría es hacer las cosas que le agradan a Él. Dios es nuestro Creador, por lo tanto, Él determina cómo debemos vivir. Nunca al revés. De hecho, cuando Pablo enseña que debemos andar como sabios, lo resume diciendo que la sabiduría es hacer la voluntad de Dios: «Por tanto, tengan cuidado cómo andan; no como insensatos sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos. Así pues, no sean necios, sinoentiendan cuál es la voluntad del Señor» (Ef. 5:15-17).

Entonces, la manera de andar sabiamente es buscar agradar a Dios en todo. Es decir, yo no determino lo que es mejor en cada circunstancia. Yo no defino lo que es bueno. Solamente el Creador establece las leyes de su creación. Y Él nos dice que el motivo detrás de cada acción nuestra debe ser agradar a Dios. Pablo explica esto varias veces en sus cartas con palabras sinónimas. Si no hacemos todo de esta manera estamos haciéndolo todo mal. Todo lo que hacemos debe glorificar a Dios (1 Co. 10:31). Todo lo que pensamos y hacemos debemos hacerlo en el nombre de Cristo (Col. 3:17).

Entonces, ya establecimos que la sabiduría se trata de vivir como Dios manda, pero ¿cómo es que Él comunica sus mandatos a nosotros? A través de la Palabra de Dios. Moisés explica: «Miren, yo les he enseñado estatutos y decretos tal como el Señor mi Dios me ordenó, para que así los cumplan en medio de la tierra en que van a entrar para poseerla. Así que guárdenlos y pónganlos por obra, porque esta será su sabiduría y su inteligencia […]» (Dt. 4:5-6). Es decir, llegamos a ser sabios cuando recibimos y obedecemos la enseñanza de los estatutos y decretos que nuestro Dios nos ha mandado en su Palabra.

De hecho, existe una porción de la Escritura que se llama «los libros de sabiduría». Son los libros de Job a Cantares. Cuando pensamos un poco acerca de esta sección de la Biblia nos damos cuenta de que lo que nos enseñan es a cómo vivir de una manera que agrada a Dios, por ejemplo:

  • Job tiene un capítulo completo sobre el tema de la sabiduría (Job 28), que nos exhorta a temer al Señor aún en medio del sufrimiento. Job enseña al creyente que la manera de lidiar con la aflicción es someterse a Dios y confiar en su plan, sin cuestionarle.
  • Los Salmos nos enseñan que la reacción más sabia en cualquier circunstancia es adorar a Dios. Cada Salmo comienza en un lugar diferente. Pero todos nos enseñan a adorar.
  • Los Proverbios nos enseñan muchos principios acerca de la sabiduría. Por ejemplo, uno llega a ser sabio cuando acepta la corrección (Pr. 12:15; 19:20) y cuando es más pronto para escuchar que para hablar (Pr. 17:27-28).
  • Eclesiastés nos enseña la vanidad de este mundo y que el sabio vive para su eternidad con Dios.
  • Cantares nos enseña a aplicar la sabiduría a nuestro hogar, amando a la esposa de nuestra juventud. En resumen, la Biblia está llena de sabiduría, porque toda la Biblia nos revela quién es Dios y cómo vivir para Él.

Un sabio debe vivir a la luz de su sabiduría

Lamentablemente, lo cierto es que uno puede ganar sabiduría, pero rehusar obedecerla. El mejor ejemplo de un sabio que vivió como un necio es el mismo Salomón, el hombre más sabio de la historia (1 R. 4:31). Él supo lo que debía hacer, pues Dios le había llenado de mucha sabiduría. Sin embargo, decidió pecar contra Dios y buscar deleitarse en los placeres del mundo. Al final, se dio cuenta de su error y se arrepintió, escribiendo el libro de Eclesiastés para instruirnos a no seguir su camino.

Pero esa realidad —que un sabio puede desobedecer la sabiduría— confirma nuevamente nuestra definición: que la sabiduría es entender cómo vivir correctamente. Pero también afirma que la sabiduría en sí misma no es suficiente. No sirve de nada si no la llevamos a la práctica. Necesitamos obedecer lo que la sabiduría dicta.

Por lo tanto, dos aplicaciones surgen de lo que hemos estudiado. Primero, debemos buscar la sabiduría. Es un tesoro de infinito valor. Debemos estudiar las Escrituras y aprender cómo vivir para la gloria de Dios. Debemos correr hacia la Escritura, meditando y memorizando cómo es Dios y qué es lo que pide de nosotros. Solo así vamos a saber cómo vivir sabiamente. Solo así vamos a entender cómo agradar a nuestro Creador. Solo así, vamos a comprender cómo andar como Cristo anduvo (1 Jn. 2:6).

Pero surge una segunda aplicación también. Debemos aplicar la sabiduría. Debemos obedecer la sabiduría que aprendemos en la Palabra. De nada nos aprovecha saber cómo vivir bien, si no vivimos bien. ¿De qué te sirve saber cómo agradar a Dios, si lo que haces le contrista? Solo aumentará tu disciplina, ya que el que sabe la voluntad de su Señor y no lo hace, «recibirá muchos azotes», porque «a todo el que se le haya dado mucho, mucho se demandará de él» (Lc. 12:47-48). El que más fuertemente será juzgado es el que escucha la voz de la sabiduría clamando, pero luego va y hace lo opuesto. De esta persona, la sabiduría dice lo siguiente:

«También yo me reiré de la calamidad de ustedes, me burlaré cuando sobrevenga lo que temen, cuando venga como tormenta lo que temen y su calamidad sobrevenga como torbellino, cuando vengan sobre ustedes tribulación y angustia. Entonces me invocarán, pero no responderé; me buscarán con diligencia, pero no me hallarán, porque odiaron el conocimiento, y no escogieron el temor del SEÑOR» (Pr. 1:26-29).

Conclusión

Debemos buscar sabiduría y después de encontrarla, obedecerla. No hay atajos ni secretos. No vale saber cómo agradar a Dios si no lo hacemos. Y ¿sabes, querido lector, lo que más agrada a Dios? Lo que agrada a Dios sobre todas las cosas es creer en Cristo y buscar imitarlo. La obra sobresaliente que Dios nos pide, el acto primario que agrada a Dios, es creer en Cristo. De hecho, cuando los judíos preguntaron a Cristo qué debían hacer para obedecer a Dios, «Jesús les respondió: “Esta es la obra de Dios: que crean en el que Él ha enviado”» (Jn. 6:29).

Entonces, terminamos donde empezamos. El inicio, el principio de la sabiduría es creer en Dios y obedecer su evangelio. En contraste, lo más necio que uno puede hacer es ir al infierno por rehusar creer en Cristo. El necio es el que muere sin Cristo, confiando en su propio mérito. El que piensa que estará bien en el juicio por sus propias obras es el más necio posible. Piénsalo de esta manera: La sabiduría es saber cómo vivir bien; la necedad, entonces, es lo opuesto. Es no saber cómo vivir bien. Y esto aplica a cada circunstancia de la vida. Pero, sobre todo, aplica a la eternidad. La sabiduría nos enseña a vivir a la luz de la eternidad. La sabiduría nos enseña cómo llegar al cielo. La necedad siempre dirige al infierno.

Y es por eso que la sabiduría siempre nos dirige a Jesucristo. Porque la única manera de estar seguro en el juicio es ser vestido de las obras perfectas de Cristo. Debemos confiar en Jesucristo, quien murió en la cruz y resucitó al tercer día para justificar al creyente delante de Dios. Solo el que cree en Cristo es sabio. Pero el sabio no solo cree en Cristo para su salvación eterna, también busca agradar a Dios hoy. Entonces, aunque es cierto que el cristiano será transformado a la imagen de Cristo cuando muera (1 Jn. 3:2), también es cierto que debemos buscar ser transformados a la imagen de Cristo todos los días. Si Dios se complace en Cristo (Mt. 3:17), entonces, se complacerá en nosotros mientras más nos parecemos a Él (2 Co. 3:18). Por eso debemos no solo creer en Cristo, sino también buscar vivir como Él.

La sabiduría imita a Cristo (Fil. 2:5), que se hizo hombre, para obedecer la ley por nosotros, y así morir la muerte que merecíamos por nuestro pecado. Debemos imitar su amor, su justicia, su santidad, su misericordia, y por supuesto, su sabiduría. Él es quien siempre supo cómo vivir para agradar a su Padre. Y no solo lo supo, sino que también lo hizo siempre. Cristo dijo: «[…] yo siempre hago lo que le agrada» (Jn. 8:29). Por eso, es mi oración que, al leer este libro, crezcas en sabiduría —en particular, que crezcas en tu conocimiento de Cristo para saber cómo vivir como Él—:

«Bienaventurado el hombre que halla sabiduría y el hombre que adquiere entendimiento. Porque su ganancia es mejor que la ganancia de la plata, y sus utilidades mejor que el oro fino. Es más preciosa que las joyas, y nada de lo que deseas se compara con ella» (Pr. 3:13-15).

Sin embargo, recuerda que crecer en sabiduría es solo la mitad de la ecuación. También, oro que pongas en práctica lo que la sabiduría te informe. Que vivas como Cristo. Que agrades a Dios, no siendo oidor de la Palabra solamente, sino hacedor (Stg. 1:22).

[1] James Swanson, Dictionary of Biblical Languages with Semantic Domains: Hebrew (Old Testament) (Oak Harbor, WA: Logos Research Systems, Inc., 1997), « חָכמְהָ ». Veáse también Ludwig Koehler et al., The Hebrew and Aramaic Lexicon of the Old Testament (Leiden, Países Bajos: E.J. Brill, 1994–2000), p. 314.

[2] William Arndt et al., A Greek-English lexicon of the New Testament and other early Christian literature (Chicago, IL: University of Chicago Press, 2000), p. 934. Es la «prudencia, discreción […] la capacidad de comprender y, por lo tanto, de actuar sabiamente». James Swanson, Dictionary of Biblical Languages with Semantic Domains: Greek (New Testament) (Oak Harbor: Logos Research Systems, Inc., 1997), «σοφία».

Josias Grauman

Es licenciado en idiomas bíblicos por The Master’s University y con Maestría en Divinidad por The Master’s Seminary. Sirvió durante cinco años como capellán del Hospital General de Los Angeles (California), y sirvió como misionero por dos años en la Ciudad de México. En la actualidad, está encomendado como anciano de la iglesia Grace Community Church donde sirve en el ministerio hispano. Josías y su esposa Cristal tienen tres hijos.

«Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.» Filipenses 3 :8

Manantiales en el Desierto | Lettie B. Cowman

Abril 26
«Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.» Filipenses 3 :8

La luz es siempre costosa. la luz se produce solamente al costo de lo que la produce. Una vela sin quemar, no produce luz. El fuego viene ante que la luz. Sin que nos cueste algo no podemos ser útiles a otros. El quemar sugiere sufrimiento. Nosotros huimos del dolor. Somos formados en tal manera que sentimos que hacemos el mayor bien por el mundo cuando somos fuertes y aptos para el deber activo, y cuando nuestros corazones y nuestras manos están ocupadas con un buen servicio.

Cuando por el contrario se nos llama aparte y lo único que podemos hacer es sufrir; cuando estamos enfermos o consumidos por el dolor; cuando nos hemos visto obligados a abandonar todas nuestras actividades, sentimos que ya no servimos para nada, y que no hacemos nada.
Pero si tenemos paciencia y somos sumisos, podemos estar casi seguros que somos una bendición mucho mayor para el mundo en nuestros tiempos de sufrimiento y de dolor que lo fuimos en aquellos días en que creíamos que estábamos haciendo el mejor uso de nuestro trabajo. Ahora estamos ardiendo, y brillamos porque ardemos.-Evening Thoughts.

«La gloria de mañana está arraigada en los sufrimientos de hoy.»
Hay muchos que desean la gloria sin la cruz, el brillar sin el fuego, pero la crucifixión precede a la coronación.

«Eleva el pensamiento, Al cielo sube,
Por nada te acongojes,
Nada te turbe.
A Jesucristo sigue,
Ven, no desmayes;
y venga lo que venga, Nada te espante.»

Cómo fortalecer tu fe: Medios de gracia y crecimiento espiritual | R.C.Sproul

¿CÓMO PUEDE UN CRISTIANO FORTALECER SU FE?
Luego de afirmar que «la gracia de la fe… es ordinariamente efectuada por el ministerio de la Palabra», la declaración de la Confesión de Westminster sobre la fe salvadora añade: «Por la cual también y por la administración de los sacramentos y la oración, la gracia de la fe es incrementada y fortalecida».

La teología reformada nunca habla de un aumento de la justificación, porque la justificación se sustenta en la justicia de Cristo y no hay nada que podamos hacer para aumentar esa justicia o mérito. Ya es perfecta. No podemos añadirle ni quitarle nada. Sin embargo, la Biblia sí habla del crecimiento de la fe. De hecho, esta crece y disminuye (aunque jamás podrá ser destruida). Nuestra fe en Dios pasa por momentos áridos, cuando gritamos: «¡Creo! ¡Ayúdame en mi incredulidad!» (Mr 9:24). En diversos periodos, la fe con la que nos aferramos a Cristo puede ser más fuerte o más débil. Los escritores de la confesión estaban preocupados por presentar formas en las que puede ser fortalecida. La fe por la cual somos salvos podría ser tan pequeña como una semilla de mostaza, pero esa fe, a pesar de lo minúscula que pueda ser al comienzo, puede crecer y volverse cada vez más fuerte para que nos volvamos cada vez más productivos como cristianos.

No solo el comienzo de la fe depende de la gracia sobrenatural de Dios; el fortalecimiento de la fe se sustenta en la gracia santificadora de Dios. Lo que llamamos los «medios de gracia», los «instrumentos» por los cuales se nos administra la gracia, son muy importantes.

¿CUÁLES SON LOS MEDIOS DE GRACIA PARA AUMENTAR LA FE?
El ministerio de la Palabra. Mientras más me expongo a la Palabra de Dios, tanto más grande será mi fe. De la misma manera, si soy negligente en la lectura de las Escrituras, me expongo a que las ideas fluyan desde el mundo secular hacia mi cabeza, lo cual puede atenuar el ardor de mi fe. Entonces necesito regresar a la Palabra. Mientras leo las Escrituras y digo: «Sí, eso es verdad», mi alma es avivada. Es por eso que necesitamos estar en la iglesia cada domingo en la mañana y no descuidar tales reuniones (Heb 10:24-25). Necesitamos con urgencia esos momentos para concentrarnos en escuchar la Palabra de Dios.

Si yo pensara que el fruto de mi predicación depende de un solo sermón predicado, abandonaría el ministerio con una tremenda desesperación. Hubo una vez en la que yo impartía una clase de una hora a la semana en una iglesia. Cada semana planteaba una pregunta acerca de lo que había enseñado la semana anterior, y la mayoría de las personas no recordaba lo que yo había dicho. Es lamentable, pero en ese escenario yo no tenía el beneficio que tengo en el contexto del seminario de dar tareas para que los alumnos tengan que leer, repasen sus notas y asimilen el material. En consecuencia, los asistentes a la clase de la iglesia no retenían la mayor parte de lo que aprendían cada semana. Si eso ocurre en una clase de una hora, ¿qué decir de un sermón de treinta minutos? ¿Cuánto impacto causa en las personas? A veces puedo predicar un sermón que ya había dado dos años antes, y nadie se da cuenta. Me preocupa la repetición, pero la gente dice: «¡Ah! ¿Ya había predicado eso antes? Por alguna razón nos lo perdimos». Eso es algo difícil para los predicadores.

Lo que me sostiene es saber que Dios ha escogido la predicación como Su medio para despertar a las personas a la fe y para fortalecerlas en su fe. Él ha prometido que Su Palabra no volverá a Él vacía (Is 55:11). Aunque muchos cristianos no pueden recordar tres sermones que hayan escuchado en sus vidas, sin embargo, cada vez que escuchan la Palabra de Dios —aun si están divagando— ella causa un impacto en ellos. Es un medio de gracia.

La Confesión de Fe de Westminster también señala que la administración de los sacramentos es útil, porque los sacramentos del bautismo y de la Cena del Señor son comunicaciones tangibles y demostrativas (no verbales) de la Palabra de Dios. Son demostraciones de la verdad del evangelio que impacta nuestros sentidos, no solo nuestras mentes. Los sacramentos refuerzan y fortalecen nuestra fe porque refuerzan y fortalecen la Palabra de Dios.

Lo último que se menciona en la cita de la confesión sobre la fe salvadora es la oración. La oración es uno de los medios de gracia más importantes que tenemos para fortalecer nuestra fe. La oración no es para el beneficio de Dios. No oramos para darle información que de otra forma no tendría. No oramos para darle consejo a Dios para que mejore Su administración del universo. Por el contrario, la oración es para nuestro beneficio. Es un medio dado por Dios para pasar tiempo con Él, para adorarlo y agradecerle, y para darle a conocer nuestras peticiones. Posteriormente, cuando nos levantamos de nuestras rodillas, observamos la providencia de Dios obrar en nuestras vidas. En suma, vemos a Dios respondiendo nuestras oraciones. ¿Qué le produce eso a nuestra fe? La fortalece. Esa es la razón por la que la oración es un medio de gracia muy importante.

El ministerio de la Palabra de Dios es de una importancia vital para nuestra fe. Esa es la razón por la que muchos opositores de la confiabilidad de las sagradas Escrituras en nuestro tiempo son un gran peligro para el rebaño. Incluso personas que supuestamente son líderes en la iglesia están cortando el acceso del pueblo de Dios a los medios de gracia más importantes que ellos tienen para fortalecer su fe.

Tienes que decidir: puedes escuchar a los críticos de la Biblia, o bien puedes ir a la Escritura misma. El Espíritu Santo nunca promete ministrar a través de las palabras de los críticos. Pero sí ministra tu alma a través de la lectura y el estudio de Su santa Palabra.

Cuando tengas luchas con tu fe, cuando enfrentes la noche oscura del alma, cuando no estés seguro de en cual situación estás con las cosas de Dios, huye a las Escrituras. Es desde esas páginas que Dios el Espíritu Santo te hablará, ministrará tu alma y fortalecerá la fe que Él te dio en un comienzo.

Este artículo Cómo fortalecer tu fe: Medios de gracia y crecimiento espiritual fue adaptado de una porción del libro ¿Qué es la fe?, publicado por Poiema Publicaciones.