La realidad del ministerio del Espíritu Santo | Macleod Donald

Macleod Donald

La realidad del ministerio del Espíritu
Parece natural (puede ser hasta gratificante) que las opiniones expresadas en los capítulos precedentes debieran provocar preguntas de parte de los lectores preocupados.

¿Una relación viva con Dios?
La pregunta más grande que surge es si el Espíritu Santo está o no realmente presente en las vidas personales de los creyentes. ¿Tiene el creyente una relación viva con Dios? ¿Trata directamente con nosotros el Espíritu Santo?

Las respuestas a estas interrogantes deben ser enfáticas: «Sí, el ministerio del Espíritu Santo es la realidad más importante en nuestras vidas, y el Nuevo Testamento lo proclama con una sorprendente amplitud de vocabulario».

El Espíritu Santo mora en el creyente. Este hecho escasamente necesita ser argumentado. Lo más importante es notar que esta morada no es ocasional sino intermitente. Es permanente y continua. Él permanece en nosotros. El cristiano es irreversiblemente un ser humano espiritual, aún cuando no se comporte como tal. No deviene en espiritual cuando tiene ciertos sentimientos o certezas de victorias y revelaciones. El cristiano es espiritual todo el tiempo.

Frente a los hechos, la imagen del creyente cuya vida, en ciertos momentos, es interrumpida por el Espíritu Santo, es una vida muy elevada, por lo tanto, la perspectiva defendida en los primeros capítulos de este libro parece muy fría y racionalista por contraste.

Pero lo que estamos reclamando es una perspectiva de la vida cristiana que sea consistentemente sobrenatural. Como miembro del cuerpo de Cristo, la vida y el poder del Salvador corren por las venas de los creyentes. Como una rama de la vid, el creyente nunca es independiente del tronco principal. Está enraizado en Cristo y está fundado en Cristo y es nutrido por Él. Todo esto es cierto todo el tiempo, cuando enfrentamos la tentación, la responsabilidad y el dolor. No son menos ciertos cuando buscamos saber la voluntad de Dios, o cuando estamos tratando de hilvanar todos los detalles de nuestra situación, y cuando estamos enseñando la Palabra de Dios.

El Espíritu nos convence de pecado. Esto es, obviamente, de gran importancia en las primeras etapas de nuestra recuperación espiritual. Pero no termina allí. Cuando Dios quebrantó el corazón de David él ya no era un creyente nuevo (Salmo 51:8). David era un creyente maduro. Lo mismo fue cierto de Pedro cuando negó a su Señor, él salió afuera y lloró amargamente. El caso particular de David nos demuestra cuán ciego puede ser un cristiano frente a sus propios pecados, hasta que el Espíritu viene y nos conduce a nuestra verdadera realidad. Para muchos, la más profunda convicción de pecado no ocurre al comienzo de su vida espiritual, sino muchos años después, cuando el Espíritu los levanta de su caída, un camino que siempre pasa por las profundidades.

Que el Espíritu nos guía, es algo claramente establecido en Rom. 8:14, donde dice que «todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios». Este pasaje no se refiere a lo que comúnmente llamamos guía, ni al hecho de que Dios nos protege de las duras realidades de la vida. «La finalidad de la dirección espiritual de la que Pablo habla aquí no es para capacitarnos para escapar de las dificultades, peligros, pruebas o sufrimientos de esta vida, sino específicamente para capacitarnos a fin de vencer al pecado» nos dice B.B. Warfield. Pablo relaciona la dirección del Espíritu directamente con «la mortificación de las obras del cuerpo». La acción del Espíritu subyace detrás de nuestro odio contra el pecado, de nuestra hambre y sed de justicia, y de nuestra lucha contra los efectos de nuestras propias personalidades.

El Espíritu nos ayuda. Esto se refiere específicamente a «nuestras enfermedades». Somos por nosotros mismos incapaces e incompetentes, pero el Espíritu nos ayuda. Lo crucial aquí es que la obra del Espíritu no es vicaria. De la misma manera que no asegura inmunidad frente a la presión, tampoco lleva nuestras cargas en nuestro lugar. El lleva la carga con nosotros, no por nosotros. ¿Con qué finalidad? Con la finalidad de que los que empiezan clamando «¡no podemos llevarla!» terminen siendo «más que vencedores». No sólo sobreviven, sino que triunfan en la misma situación donde, alguna vez, creían imposible vivir una vida cristiana efectiva.

El Espíritu testifica que somos hijos de Dios. Todos concuerdan que, en alguna manera, este testimonio implica «las marcas de la gracia». Pero algunos argumentan que, además, existe un testimonio inmediato del Espíritu Santo. Esto constituye una equivocación. Una vez que hemos aceptado que el testimonio es mediante la Biblia y que, de alguna manera, se relaciona con las marcas de la gracia, dicho testimonio nunca puede ser inmediato. El testimonio del Espíritu no es un paso adicional, independiente de los otros dos. Es testigo, usando la evidencia, y la evidencia que el Espíritu usa es la obra de Dios en nuestras vidas.

Hay una similitud interesante entre la actividad del Espíritu de ser testigo de nuestra filiación y su actividad de dar testimonio que la Biblia es la palabra de Dios. Según la Confesión de Fe de Westminster, la Biblia «abundantemente evidencia por sí misma ser la Palabra de Dios» (ver, Capítulo I., sec. V). Tiene todas las características que uno puede esperar de un libro inspirado por Dios: altura, unidad, majestad, integridad y «muchas otras incomparables excelencias». Sin embargo, a pesar de esta evidencia (no sólo adecuada y abundante), muchos hombres siguen sin convencerse, otros nunca llegan más allá de tener un mero alto concepto por la Biblia, y hasta creyentes experimentan flujos y reflujos en cuanto a la seguridad de la salvación. La sola evidencia no es suficiente. El Espíritu Santo tiene que dar coherencia a dicha evidencia y lo hace influenciando nuestras mentes y corazones, haciéndolos sensibles y dispuestos a responder ante la evidencia.
Sucede lo mismo con la seguridad de nuestra filiación. La Biblia no contiene una declaración específica en cuanto a que cualquiera de nosotros sea un hijo de Dios. Solamente dice «a todos cuantos recibieron a Cristo, a ellos les dio autoridad para llegar a ser hijos de Dios». La pregunta en la que necesitamos certeza del Espíritu Santo es esta ¿pertenecemos a este grupo? Jonathan Edwards decía «Las promesas y los juramentos de Dios son seguros, pero no pueden dar segura esperanza y consuelo a ninguna persona en particular, más allá de lo que podemos saber, que dichas promesas son hechas para esa persona».

¿Soy yo uno de aquellos a quienes se le han hecho estas promesas? Si lo somos, entonces nuestras vidas contendrán evidencia de ello. La enseñanza de George Gillespie es interesante aquí (en su libro «preguntas misceláneas», capítulo XXI). En determinado momento él escribe así: «Dios no hace ninguna prueba mediante calificación y confianza en un testimonio interior bajo la noción del testimonio del Espíritu Santo; cuando no hay la menor evidencia de alguna verdadera marca de la gracia, esta manera es engañosa y entrampadora para la conciencia». Pero en otro momento él lo manifiesta de este modo: «Todas tus marcas te dejarán en las tinieblas si el Espíritu de gracia no abre tus ojos para que tú puedas conocer las cosas que te son dadas por Dios gratuitamente». Y luego concluye, «En el asunto de la seguridad y plena persuasión (de la salvación), las evidencias de la gracia, y el testimonio del Espíritu, son dos causas o ayudas concurrentes; ambas son necesarias. Sin las evidencias de la gracia, cualquier ‘seguridad’ no es una seguridad certera ni bien fundada. Sin el testimonio del Espíritu no es una seguridad pletórica o plena».

Hay «excelencias incomparables» mediante las cuales evidenciamos, abundantemente, ser hijos de Dios, tales como «Creemos, tenemos hambre y sed de la justicia, amamos a nuestros hermanos, nos acercamos en oración a Dios con franqueza». Pero así como las evidencias de la autoría de Dios en la Biblia no siempre persuaden ni convencen, igual lo es en el asunto de la seguridad de la salvación del creyente. La evidencia siempre está allí. Sin embargo, el verdadero creyente «puede esperar mucho y luchar con muchas dificultades antes de participar de ella». (Confesión de Fe de Westminster, Cap. XVIII., sec., III). Además, «la seguridad de la salvación de los verdaderos creyentes puede ser sacudida de diferentes maneras, disminuida e interrumpida». (Confesión de fe de Westminster, Cap. XVIII., sec., IV)

La dificultad es que necesitamos más evidencia. Para citar otra vez a George Gillespie, «Las marcas de la gracia son inútiles, indiscernibles, e insatisfactorias para el alma que ha desertado y que está nublada». Necesitamos el testimonio del Espíritu Santo por medio de y con las marcas de la gracia. Esto no significa que Él nos guía a través de un extenso y laberintoso argumento, que revisa todos los eslabones de la cadena de evidencias que nos guían a la seguridad. La seguridad puede obtenerse en un instante, tal como una mente entrenada puede resumir en un instante una situación militar, médica o política. Las cosas importantes son: Primero, que el Espíritu nunca da testimonio sin la evidencia y, segundo, la evidencia por sí sola nunca es suficiente para darnos «plena seguridad e infalible persuasión».

El Espíritu está también relacionado con el testimonio en otro sentido (y más importante), el sentido de nuestro testimonio de Cristo. En realidad, para esto fue dado: «Recibiréis poder y me seréis testigos» (Hechos 1:8). El derramamiento del Espíritu convierte a todo el pueblo del Señor en profetas (Hechos 2:17). Solamente Él puede darnos el mensaje, las palabras, el estímulo y la sabiduría para dar testimonio efectivo. Esto lo vemos claramente en el sermón de Pedro en el Pentecostés, notable por su nuevo y profundo entendimiento, su tremendo manejo del lenguaje, su valentía y su tacto. En el poder del Espíritu, este completo novicio, habló en público dando un mensaje que llegó directamente a las conciencias de sus oyentes sin antagonizarlos. Este es el poder que necesitamos si es que vamos a restablecer la causa cristiana en la Gran Bretaña de hoy.

El Espíritu ayuda en tiempos de crisis. Nuestro Señor hace esta promesa en forma explícita, y la relaciona, en primera instancia, a situaciones donde la fe de los cristianos está siendo probada, «No os preocupéis acerca de lo que diréis. El Espíritu Santo le enseñará en ese mismo momento lo que debéis decir». (Lucas 12:12). Esto se cumplió cuando Pedro y Juan fueron arrestados y llevados delante del Sanedrín. Cuando fueron desafiados en cuanto a la autoridad de su predicación y sanidad, Pedro fue lleno del Espíritu Santo (Hechos 4:8). Pablo tuvo una experiencia similar en Pafos. Cuando Elimas el mago intentó prejuiciar al Procónsul en contra del cristianismo, Pablo fue lleno del Espíritu y anuló eficazmente el poder del hechicero.

Hay muchas situaciones de la vida que no podemos planificar y que nunca podemos esperar manejarlas en base a nuestras propias fuerzas de la habilidad y la experiencia. No tiene sentido preocuparse por ellas. En vez de ello, debemos capacitarnos para confiar implícitamente en las promesas de Dios que Él nos dará lo que necesitemos para manejar dichas emergencias.

Finalmente, el Espíritu es la fuente de los dones que necesitamos para el servicio cristiano. Ya hemos discutido este aspecto de la enseñanza del Nuevo Testamento. El punto que necesita ser enfatizado una y otra vez es nuestra dependencia en todo lo que buscamos hacer por Cristo. Nunca podemos tener las cosas bajo control. Ninguna tecnología religiosa o eclesiástica puede garantizar el éxito. Ni siquiera podemos confiar en la posesión general de dones. Tiene que haber una obra específica de Dios en el mismo punto en el cual trabajamos. Además, a diferencia de la gracia (charis) los dones espirituales (charísmata), no son necesariamente permanentes. El Espíritu del Señor se apartó de Saúl y lo dejó destituido del don político que una vez tenía tan abundantemente. Lo mismo le sucedió a Sansón, aunque su don le fue restaurado, fue un supremo trágico esfuerzo al final. Un pastor no debe presumir de que sus dones le son permanentes. Si contristamos al Espíritu Santo, o si fallamos en «avivar el fuego del don» (2 Tim. 1:6) nuestros poderes serán revocados y nos veremos sin nada más que con el cascarón vacío del oficio.

El rol del Espíritu en la orientación (Guía)
Pero ¿qué rol tiene el Espíritu en la orientación, asumiendo que ya no hay lugar para la revelación especial?

En primer lugar, sin el Espíritu no podemos entender lo que enseña la Biblia. En todas las decisiones que tomamos debemos obedecer las reglas generales de la Palabra (Confesión de Fe de Westminster, Cap. I., sec., VI). Pero la Confesión también nos dice que la iluminación interna del Espíritu es esencial para el entendimiento mismo de la Palabra. Sin este entendimiento espiritual, torceremos la Biblia según nuestros propios prejuicios y terminaremos destruyéndonos a nosotros mismos.

En segundo lugar, necesitamos la ayuda el Espíritu para evaluar las situaciones correctamente, especialmente en tiempos de crisis. Aquí es donde entra el don de la sabiduría. Sin este don llegaremos a conclusiones «según la carne», viendo las cosas no desde el punto de vista de Dios sino del hombre. No es un asunto fácil trascender el interés personal, las normas mundanas y los fuertes grupos de presión, y que arribemos a una evaluación que haga justicia a los criterios espirituales, a las perspectivas del Reino de Dios, y la predominante importancia de la gloria del Salvador.

En tercer lugar, necesitamos el Espíritu para que nos haga estar dispuestos a hacer la voluntad de Dios. Es simplista asumir que el problema involucrado en la orientación es algo puramente intelectual de determinar lo que tenemos que hacer. A veces, la lucha real comienza solamente cuando hemos llegado a conocer la voluntad de Dios, porque eso traerá conflicto con nuestros acariciados prejuicios y ambiciones. Dios no dejó a Jonás con ninguna duda si debía ir a Nínive o no.

Pero de todos modos huyó. Por eso, la oración pidiendo orientación no solamente debe implicar oración por tener luz, sino también oración para estar dispuestos a seguir dicha luz.
Pero todo esto está muy lejos de que el Espíritu nos da revelación directa y especial, y muchos cristianos lo encuentran desconcertante. Hasta donde a ellos les concierne, el negar la guía personal e inmediata es negar la realidad de la religión experimental misma.

Implicaciones históricas
Tratemos de sacar nuestras implicaciones históricas. Esta idea mística de la orientación puede, virtualmente, ser universal entre los cristianos de hoy. Pero no siempre lo fue así. La Confesión de Fe de Westminster, por ejemplo, declara categóricamente que «aquellas maneras anteriores de Dios para revelar su voluntad a su pueblo han cesado ahora». (Confesión de Fe de Westminster Cap., I., sec. I). Más adelante afirma la perfección de la Biblia, «Todo el consejo de Dios concerniente a todas las cosas necesarias para la salvación del hombre, la fe y la vida está expresamente establecida en la Biblia, o pueden deducirse de ella por buena y necesaria consecuencia». (Cap. I., sec. VI). Luego sobre la base de esta perfección añade que nada debe añadirse a la Biblia «ya sea por nuevas revelaciones del Espíritu o las tradiciones de los hombres». Ya sea que la Confesión esté en lo correcto o no, estas palabras muestran claramente que la teología clásica del siglo XVII consideraba cualquier pretensión de revelación adicional como inconsistente con la suficiencia y finalidad de la Biblia.

En los últimos 150 años la posición de la Confesión ha sido descartada. Swedenborg y José Smith, los fundadores de las grandes sectas modernas han pretendido haber tenido revelaciones especiales. Los «profetas» pentecostales declaran que las reciben constantemente. Hasta el libro «Los días de los padres en Ross-shire» del Dr. John Kennedy, describe (y recomienda) un experimentalismo místico que es difícil de compatibilizar con la enseñanza de la Confesión.

Pero también ha habido otras voces. Por ejemplo, el profesor John Murray escribe, «la Palabra de Dios es la norma perfecta y suficiente de práctica. El corolario de esto es que no debemos buscar, depender o demandar nuevas revelaciones del Espíritu». Murray también habla «del error de pensar que aún cuando el Espíritu no nos provee de revelación especial en forma de palabras, visiones o sueños, sin embargo, El nos provee de algún sentimiento, impresión o convicción directa que debemos considerarlas como que el Espíritu nos informa acerca de su mente y voluntad en una situación particular».

El profesor Paul Wooley compartía el punto de vista del profesor Murray. El dice que hay una consecuencia muy importante con respecto a la suficiencia de la Biblia, «Dios, en la actualidad, no guía a su pueblo sin usar la Biblia. No hay ‘corazonadas’ divinamente dadas. Dios no da a su pueblo impresiones mentales directas para hacer esto o aquello. La gente no escucha la voz de Dios que les habla dentro de ellos. No hay comunicación no escrita inmediata y directa entre Dios y los seres humanos individuales. Si en realidad la Biblia no es suficiente, ni siquiera es necesaria. Por otro lado, si tales comunicaciones realmente tuvieran lugar, cada cristiano sería potencialmente un autor de la Biblia».

Es importante notar lo que los evangélicos piensan en cuanto a las revelaciones. Cuando la Confesión dice que «aquellas maneras anteriores en que Dios se reveló a sí mismo han cesado ahora» se está refiriendo a las teofanías, sueños, visiones, declaraciones proféticas y a la tradición apostólica. Cuando, hoy en día, los evangélicos reclaman tener revelación directa ellos no están pensando en alguna de las mencionadas. Están hablando de un estado de la conciencia, de sentimientos complejos que, según dicen, indican la voluntad de Dios. La misma impresión mental es la revelación de lo que Dios quiere que hagan. Una propuesta de sermón, una propuesta de movilización, una propuesta de renuncia se siente bien. No hay nada malo en tener tales sentimientos, ni tampoco con el actuar con base en ellos. Como lo señala el profesor Murray, no debemos caer en la trampa de que «un fuerte y arrollador sentimiento o impresión o convicción es necesariamente irracional o místico». Puesto que nuestra mente es limitada, puede ser que la manera en que todas las consideraciones relevantes se centran en nuestro consciente. Pero de todas maneras, sigue siendo sólo un sentimiento o una impresión. Incluso cuando ello es absolutamente correcto, no por eso es una revelación. Un hombre que diga que uno más uno es igual a dos, podrá tener una arrolladora impresión de que está diciendo exactamente la verdad. Pero, entonces, lo mismo sentirán algunos que digan que la tierra es plana. La veracidad de sus respectivas convicciones no pueden decidirse mediante lo que ellos sientan respecto a ellas.

La orientación (Guía) en la Iglesia primitiva
Parece que detrás de la idea de que los creyentes siguen siendo guiados mediante revelación directa, subyace la suposición que fuese lo que fuere, lo que la gente gozó durante la era apostólica eso debemos gozar hoy también. Pero si miramos muy de cerca, descubrimos que en aquellos primeros tiempos, las cosas no fueron exactamente como lo suponemos.

Por ejemplo, la verdadera razón por la cual, la iglesia primitiva tuvo apóstoles y profetas era precisamente porque todos los creyentes no tenían revelación especial. Hombres como Agabo, necesitaban de ambas porque el canon aún no había sido completado y porque el ministerio de Espíritu, íntimo y decisivo como era, dejaba grandes áreas de incertidumbre.

Es interesante también que, en momentos críticos en el desarrollo de la iglesia no se dio orientación divina especial. En Hechos 1:21–26, por ejemplo, cuando los discípulos decidieron elegir al sucesor de Judas, no hubo ninguna revelación. Tenían que recurrir a echar suertes, y está muy lejos de ser claro que mediante la suerte la voluntad de Dios fuera expresada (excepto en el sentido general de que la caída del dado siempre estará dentro del decreto divino). En realidad no se escucha más acerca de Matías.

Lo mismo encontramos en relación a la elección de los siete en Hechos 6:1–6. La decisión marcó un gran paso hacia adelante en la organización de la iglesia. Pero fue movido por una simple emergencia que resultó del reclamo de los helenistas que sus viudas estaban siendo olvidadas. En todos los instantes, los líderes de la iglesia son guiados por nada más que «la luz de la naturaleza y la prudencia cristiana». Argumentaron simplemente que no es correcto perder su tiempo en la administración, que dichas tareas deben ser realizadas por otros y que quienes deben ser elegidos sean hombres llenos del Espíritu Santo y de sabiduría. La decisión final es tomada sobre la base de que la propuesta «agradó a toda la multitud».

Cuando Pablo prepara la elección de presbíteros en Galacia (Hechos 14:23) estos son nombrados por elección popular. Y cuando Tito los seleccionaba en Creta, a él se le encomienda fijarse en ciertas cualidades y basar su decisión sobre esto (Tito 1:5–9).

Es ciertamente significativo que la toma de decisiones, en una comunidad tan obviamente carismática como la iglesia primitiva, haya sido tan frecuentemente un asunto de mero sentido común. Es mucho más fascinante aún el notar que incluso cuando se dio orientación divina, los detalles quedaron para ser trabajados según lo juzgaran las personas involucradas. El envío de Pablo y Bernabé es un asunto de revelación directa, la cual no es muy sorprendente si consideramos que ello marca el efectivo inicio de la misión a los gentiles. Pero una vez que los misioneros son ordenados, toda la evidencia sugiere que ellos tenían que arreglar los detalles por sí mismos, qué lugares visitar, con quiénes ir, cómo viajar, cuánto tiempo estar. Al tomar estas decisiones ellos son, por su puesto, hombres llenos del Espíritu, pero hay muy poca evidencia de revelación directa y de ninguna manera existe la inclinación de considerar sus propios sentimientos como sinónimos de la voluntad de Dios. Todos los problemas ordinarios de los misioneros están presentes, incluso el amargo sabor del abandono sufrido por Juan Marcos en Panfilia.

La misma situación se repite en Hechos 16. Fueron prohibidos por el Espíritu Santo de predicar en Asia. Luego, ellos muy humanamente intentaron dirigirse a Bitinia, pero nuevamente fueron impedidos. Entonces tomaron su propia decisión de dirigirse a Troas. En Troas, Pablo recibe la visión (no una impresión mental) de un varón macedonio, «¡ven y ayúdanos!» ¡Tremendo drama! Pero de allí en adelante la historia es una historia humana de viajar a Samotracia, luego a Neápolis y finalmente a Filipos. Una vez llegados a Filipos, decidieron (sin ninguna revelación) descender a la ribera del río en el día sábado. Como resultado de aquella decisión se convirtió Lidia. Pero, claro está, sin ninguna guía directa, Pablo reprende a la niña poseída por un demonio, luego siguió un aparente desastre. Son tomados presos y eventualmente expulsados.

La visita de Pablo a Atenas establece los mismos principios. No es una revelación la que lo trae a Pablo aquí, sino el mero hecho de que hasta allí es donde los llevaron escoltados los hermanos de Berea (Hechos 17:15). En Atenas Pablo predica su gran sermón delante del Areópago, sin embargo, no porque se le dio un mensaje sino porque su alma es provocada por la idolatría y la superstición que ve a su alrededor. El sermón en sí es un modelo de la juiciosa aplicación de la verdad bíblica a una audiencia particular y hasta peculiar.

Historias notables
El argumento que hemos planteado en este capítulo casi siempre es contrarrestado con anécdotas. Todos saben notables historias de hombres y mujeres que han tenido un arrollador sentimiento, que debían seguir una acción en cierta dirección. Obedecieron aquel sentimiento y el resultado los reivindicó en forma gloriosa.

Es peligroso permitir que la teología sea guiada por las historias extra-bíblicas. Pero permitiendo la relevancia de tales incidentes por un momento, es muy seguro que podemos encontrarles muchos paralelos en fuentes no cristianas. Cada directivo tiene corazonadas. También Winston Churchill tenía un arrollador sentimiento que estaba en la dirección correcta cuando, en 1939 escribía, «me sentía como si estuviese caminando con el destino, y que toda mi vida pasada había sido una preparación para esta hora y para esta prueba». Además, por cada corazonada que resulta ser correcta hay muchas que no lo son. «Que la gente tiene corazonadas es obvio» escribe Paul Wooley, «que muchas de esas corazonadas resultan muy bien y otras muy mal, es también obvio». Pero solamente la que resultó exitosa es la que se cuenta.

Luego tenemos el consejo de M’Cheyne, «tu texto, tus pensamientos, tus palabras – tómalos de Dios». Esto puede no ser tan ofensivo como parece. ¿Cuándo la palabra del predicador es de Dios? Hasta donde a nosotros concierne, la palabra del predicador es de Dios cuando se basa, por sus cuatro lados, en la Biblia. Cómo nos sentimos en relación a ella es algo inmaterial. Ciertamente necesitamos sabiduría para saber qué parte de la Biblia debemos exponer en una situación dada. En efecto, el poseer tal sabiduría es un aspecto indispensable de quien es llamado a predicar. Pero incluso si nuestro juicio titubea, la Palabra de Dios sigue siendo Palabra de Dios, que desea exposición reverente y una atención responsiva. La autoridad radica en la Biblia misma y no en nuestras impresiones mentales.

Pero ¿es qué no hemos experimentado situaciones cuando estábamos seguros de que Dios nos había dado la Palabra? No, porque antes que comenzáramos a predicar habíamos llegado a sostener las mismas opiniones sobre este tema que las que sostenemos hoy en día. Pero lo que sabíamos era una adecuada medida de confianza que habíamos preparado algo que podríamos predicar con libertad. Podemos dormir bien la noche anterior. Pero las muchas veces que no hemos podido (en efecto, con bastante frecuencia) el sermón no salió bien y fue una agonía el predicarlo. En otras ocasiones, hemos tenido la experiencia contraria, un sermón en el que no teníamos confianza y una noche sin dormir. Pero cuando llegó el día, salió bien, al menos en la medida en que la predicación misma fue una experiencia gozosa y hasta tonificante.

Los sentimientos que tenemos antes de predicar y los que tenemos durante el sermón no son importantes, excepto para nosotros mismos. Lo que importa es la verdad que predicamos y por lo que debemos orar no es por seguridad antes de predicar o por libertad cuando estamos predicando sino por sabiduría y valentía para declarar todo el consejo de Dios.

El lugar de la mente
No olvidemos que la iglesia aún goza de la revelación. La Biblia es la Palabra viva de Dios que continúa dándonos guía clara y abundante. Pero cuando tenemos que decidir cómo llegar a Edimburgo, o a Bombay, estamos en la misma situación de Pablo cuando estaba tratando ir desde Troas a Samotracia. Tenemos que pensar. De hecho, es bastante sorprendente cuánto énfasis pone la Biblia en el rol de la mente en la vida cristiana. Tenemos que transformarnos mediante la renovación de nuestras mentes (Rom. 12:2). Tenemos que ceñirnos los lomos de nuestra mente (1 Pedro 1:13). Servimos a la ley de Dios con nuestras mentes (Rom. 7:25). Obviamente, no se nos llama a servir a Dios abandonando nuestro intelecto sino consagrándolo y aplicándolo. Volviendo al modelo con el que iniciamos, tenemos que pensar lo que Cristo pensó.

El intelecto no es, como lo hemos enfatizado repetidamente, ordinario en sí mismo, pues está habitado por el Espíritu Santo, y no piensa o juzga, de la misma manera que el intelecto del hombre natural. Pero lo nuevo del intelecto regenerado no es el único elemento carismático en la toma de decisiones por parte del cristiano. Tenemos que vérnoslas con el don de la sabiduría, «si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios» (Stgo. 1:5). Esto es más que sentido común y mucho más que la visión diaria del hombre nacido de nuevo. Es un charisma especial, que capacita a hombres como Salomón y Esteban para dirigir la iglesia y para resolver los problemas que se suscitan en la consejería y la administración. No implica que Dios nos revela las conclusiones, pero probablemente implica un conocimiento instintivo de lo que es correcto hacer. El don está disponible a todos nosotros y al mirar los inimaginables problemas que enfrentan la iglesia y la sociedad, debemos estar más y más conscientes de que nada menos que una sagacidad sobrenatural, podrá resolver nuestras necesidades.

Mucha gente dirá que la línea que hemos tomado en este tema no es estimulante porque pone en duda la experiencia de muchos creyentes. Frente a esto podemos decir una sola cosa, que piensen cuán desanimador es para cada creyente ordinario cuando escucha a otros hablar de estas maravillosas experiencias que ellos nunca han tenido. Nuestras propias reflexiones se originaron muchos años atrás, precisamente de tales desánimos. Por lo tanto, fue una poderosa ayuda saber que no estábamos solos en esta carencia. Si lo que hemos dicho ayuda en algo a alguien a aceptarse a sí mismo delante de Dios, a pesar de no escuchar voces, ver visiones o tener arrolladoras certezas, entonces estaremos felices.

Macleod, D. (2005). El bautismo con El Espíritu Santo: Una perspectiva bíblica y Reformada (A. R. Alvarado, Trad.; 1a ed., pp. 100-117). CLIR; Sola Scriptura.

La iglesia antigua

La iglesia antigua

Desde los inicios del cristianismo hasta que Constantino les puso fin a las persecuciones (Edicto de Milán, año 313). Fue un período formativo que marcó pauta para toda la historia de la iglesia, pues hasta el día de hoy seguimos viviendo bajo el influjo de algunas de las decisiones que se tomaron entonces.
El cristianismo surgió en un mundo que tenía ya sus propias religiones, sus culturas y sus estructuras políticas y sociales.
Para entender la historia del cristianismo, hay que saber algo acerca de ese trasfondo en el que la nueva fe se abrió camino y fue estructurando su vida y sus doctrinas.
El trasfondo más inmediato de la naciente iglesia fue el judaísmo —primero el judaísmo de Palestina, y luego el que existía fuera de la Tierra Santa.
El judaísmo de Palestina no era ya el que conocemos a través de los libros del Antiguo Testamento. Más de trescientos años antes de Cristo, Alejandro Magno (o Alejandro el Grande) había creado un vasto imperio que se extendía desde Grecia hasta Egipto y hasta las fronteras de la India, y que por tanto incluía toda la Palestina. Una de las consecuencias de esas conquistas fue el «helenismo», nombre que se le da a la tendencia de combinar la cultura griega que Alejandro había traído con las antiguas culturas de cada una de las tierras conquistadas.
A la muerte de Alejandro, algunos de su sucesores quedaron como dueños de Siria y Palestina. Contra ellos se rebelaron los judíos bajo la dirección de los Macabeos, y lograron un breve período de independencia, hasta que los romanos conquistaron el país en el año 63 a.C. Por tanto, cuando Jesús nació Palestina era parte del Imperio Romano.
Este judaísmo de Palestina no era todo igual, sino que había en él diferentes partidos y posturas religiosas. Entre ellos se destacan los zelotes, los fariseos, los saduceos y los esenios. Estos grupos diferían en cuanto al modo en que se debía servir a Dios, y también en sus posturas frente al Imperio Romano. Pero todos concordaban en que hay un solo Dios, que ese Dios requiere cierta conducta de su pueblo, y que algún día ese Dios cumplirá sus promesas a ese pueblo.
Fuera de Palestina, el judaísmo contaba con fuertes contingentes en Egipto, Asia Menor, Roma y hasta los territorios de la antigua Babilonia. Esto es la llamada «Dispersión» o «Diáspora». El judaísmo de la Diáspora daba señales del impacto de las culturas circundantes. En el Imperio Romano, esto se manifestaba en el uso de la lengua griega —la lengua más generalizada en el mundo helenista— por encima del hebreo o del arameo —la lengua más usada en la parte de la Diáspora que se extendía hacia Babilonia. Fue por eso que en la Diáspora —en Egipto— el Antiguo Testamento se tradujo al griego. Esa traducción se llama la «Septuaginta», y fue la Biblia que los cristianos de habla griega usaron por mucho tiempo. También en Egipto vivió el judío helenista Filón de Alejandría, que trató de combinar la filosofía griega con el judaísmo, y fue por tanto precursor de los muchos teólogos cristianos que trataron de hacer lo mismo con el cristianismo.
Empero desde bien temprano la iglesia comenzó a abrirse camino más allá de los límites del judaísmo, hasta tal punto que pronto se volvió una iglesia mayormente de gentiles. Para entender ese proceso, hay que saber algo del ambiente político y cultural de la época.
En lo político, toda la cuenca del Mediterráneo era parte del Imperio Romano, que le había dado unidad a la región. En cierto modo, esa unidad política facilitó la expansión del cristianismo. Pero esa unidad se basaba también en el sincretismo, en que florecía toda clase de religión y de mezcla de religiones, y que fue una de las peores amenazas al cristianismo. Y esa unidad política se basaba también en el culto al emperador, que fue una de las causas de la persecución contra los cristianos.
En el campo de la filosofía, predominaban las ideas de Platón y de su maestro Sócrates, que hablaban de la inmortalidad del alma y de un mundo invisible y puramente racional, más perfecto y permanente que este mundo de «apariencias».
Además, el estoicismo, doctrina filosófica que proponía altos valores morales, había alcanzado gran auge.
Dentro de ese marco, la nueva fe se fue abriendo camino, pero al mismo tiempo se fue definiendo a sí misma.
Aparte los libros del Nuevo Testamento, los escritos cristianos más antiguos que se conservan son los de los llamados «Padres apostólicos». Es a través de estas cartas, sermones y tratados que sabemos algo acerca de la vida y enseñanzas de los cristianos de la época.
La primera y más importante tarea del cristianismo fue definir su propia naturaleza ante el judaísmo del cual surgió. Como se ve en el Nuevo Testamento, buena parte del contexto en que tuvo lugar esa definición fue la misión a los gentiles.
Esta es una historia que conocemos principalmente por el Nuevo Testamento. Allí vemos, especialmente en las cartas de Pablo y en el libro de Hechos, el reflejo de las difíciles decisiones que la iglesia tuvo que hacer en sus primeras décadas. ¿Sería el cristianismo una nueva secta dentro del judaísmo? ¿Se abriría a los gentiles? ¿Cuánto del judaísmo tendrían que aceptar los gentiles conversos? Tales fueron las preguntas que dominaron la vida de la iglesia en sus primeras décadas.
Pronto el cristianismo tuvo sus primeros conflictos con el estado…. Esos conflictos con el estado produjeron mártires y «apologistas». Los primeros sellaron su testimonio con su sangre.
En el libro de Hechos, cuando se persigue a los cristianos, quienes lo hacen son generalmente los jefes religiosos entre los judíos. Lo que es más, en varias ocasiones las autoridades del Imperio intervienen para detener un motín, y salvan así de dificultades a los cristianos.
Pronto, sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar, y fue el Imperio el que empezó a perseguir a los cristianos. En el siglo primero, las peores persecuciones tuvieron lugar bajo Nerón (emperador del 54 al 68) y Domiciano (81–96). Aunque cruentas, parece que estas persecuciones fueron relativamente locales.
En el siglo II la persecución se fue haciendo más general, aunque en términos generales se siguió la política de Trajano (98–117), de castigar a los cristianos si alguien los delataba, pero no emplear los recursos del estado para buscarlos. Por ello, la persecución fue esporádica, y dependía en mucho de circunstancias locales. Entre los mártires del siglo II se cuentan Ignacio de Antioquía, de quien tenemos siete cartas, Policarpo de Esmirna, de cuyo martirio se conserva un relato bastante fidedigno, y los mártires de Lión y Viena, en la Galia.
En el siglo III, aunque con largos intervalos de relativa tranquilidad, la persecución fue arreciando. El emperador Septimio Severo (193–211) siguió una política sincretista, y decretó la pena de muerte a quien se convirtiera a religiones exclusivistas como el judaísmo o el cristianismo. Bajo él sufrieron el martirio Perpetua y Felicidad. Decio (249–251) ordenó que todos sacrificaran ante los dioses, y que se expidieran certificados al respecto. Los cristianos que se negaran a ello debían ser tratados como criminales. Valeriano (253–260) siguió una política semejante.
Empero la peor persecución vino bajo Diocleciano (284–305) y sus sucesores inmediatos. Primero se expulsó a los cristianos de las legiones romanas. Luego se ordenó la destrucción de sus edificios y libros sagrados. Por último la persecución se hizo general, y se comenzó a practicar contra los cristianos toda clase de torturas y suplicios.
A la muerte de Diocleciano, algunos de sus sucesores continuaron la misma política, hasta que dos de ellos, Constantino (306–337) y Licinio (307–323) le pusieron fin a la persecución mediante el llamado «Edicto de Milán» (año 313).
Fue dentro de ese contexto que la nueva fe tuvo que determinar su relación con la cultura que le rodeaba, así como con las instituciones políticas y sociales que eran expresión y apoyo de esa cultura. Los apologistas trataron de defender la fe cristiana frente a las acusaciones de que era objeto. (Y algunos, como Justino, fueron primero apologistas y a la postre mártires.) Fue en ese intento de defender la fe que se produjeron algunas de las primeras obras teológicas del cristianismo.
En cierta medida, las persecuciones se basaban en una serie de rumores y opiniones que circulaban en torno a los cristianos. De ellos se decía, por ejemplo, que practicaban varias formas de inmoralidad. Y se decía también que su doctrina carecía de sentido, y que era propia de gente que no pensaba.
En respuesta a esto, los apologistas escribieron una serie de obras con el doble propósito de desmentir los falsos rumores en cuanto a las prácticas cristianas, y de mostrar que el cristianismo no era una sinrazón. Luego, la tarea principal que los apologistas se impusieron fue aclarar la relación entre la fe cristiana y la antigua cultura grecorromana.
Algunos de los apologistas adoptaron hacia esa cultura una actitud francamente hostil. Su defensa del cristianismo consistía principalmente en mostrar que la cultura supuestamente superior del mundo grecorromano no lo era en realidad. El principal apologista que tomó esta postura fue Taciano.
Otros adoptaron la postura contraria. En lugar de atacar la cultura pagana, sostuvieron que esa cultura tenía ciertos valores, pero que esos valores le venían del cristianismo, o al menos del judaísmo. Así, un argumento común fue que, puesto que Moisés fue antes de Platón, todo lo bueno que Platón dijo lo aprendió de Moisés.
Pero el argumento más poderoso, y el que a la postre hizo fuerte impacto en la teología cristiana, fue el de Justino con respecto al «Logos» o Verbo de Dios. Justino fue el más grande de los apologistas del siglo II, y a la postre selló su propia fe con su sangre —por lo que se le conoce como «Justino Mártir». Según él, como dice el Evangelio de Juan, el Verbo o Logos de Dios alumbra a todos lo que vienen al mundo —inclusive los que vinieron antes de la encarnación del Verbo en Jesús. Por tanto, toda luz que cualquier persona tenga o haya tenido la recibe del mismo Verbo que los cristianos conocen en Jesucristo. De ese modo, Justino podía aceptar cualquier cosa de valor que encontrara en la cultura y filosofía paganas, y añadirla a su entendimiento de la fe. A través de los siglos, esta doctrina del Logos como fuente de toda verdad, doquiera ésta se encuentre, ha hecho fuerte impacto en la teología cristiana, y en el modo en que algunos cristianos se han relacionado con la cultura circundante.
Pero había además otros retos a la fe: lo que la mayoría de los cristianos llamó «herejías» —es decir, doctrinas que hacían peligrar el centro mismo del mensaje cristiano.
El crecimiento de la iglesia trajo a su seno personas con toda clase de trasfondo religioso, y esto a su vez dio lugar a diversas interpretaciones del cristianismo. Aunque en la iglesia había existido siempre cierta diversidad teológica, pronto se vio que algunas de esas interpretaciones tergiversaban la fe de tal modo que parecían amenazar el centro mismo del mensaje cristiano. A esas doctrinas se les dio el nombre de «herejías».
La principal de esas herejías fue el gnosticismo. Este era todo un conglomerado de ideas y escuelas que diferían en muchos puntos, pero que tenían otros elementos comunes. Entre esos elementos comunes se contaban: Primero, una actitud negativa hacia el mundo material, de modo que la «salvación» consistía en escapar de la materia. Segundo, la idea de que esa salvación se lograba mediante un conocimiento o «gaosis» especial, mediante el cual el creyente podía escapar de este mundo y ascender al espiritual. Es por razón de esa «gnosis» que se le llama «gnosticismo».
No todos los gnósticos eran cristianos. Pero entre los cristianos el gnosticismo amenazaba la fe en varios puntos fundamentales: negaba la creación, que dice que este mundo es la buena obra de Dios; negaba la encarnación, que dice que Dios mismo se hizo carne física (esta doctrina, que Jesús no tenía cuerpo verdadero como el nuestro, es lo que se llama «docetismo»); y negaba la resurrección final, que dice que en la vida eterna tendremos cuerpos.
La otra «herejía» que le presentó un grave reto al cristianismo fue la doctrina de Marción. Al igual que los gnósticos, Marción negaba que un Dios bueno pudiera haber hecho este mundo material. Por ello decía que el Dios del Antiguo Testamento no era el Padre de Jesús, sino un ser inferior. Decía además que mientras Jehová es vengativo y cruel, el verdadero y supremo Dios es amante y perdonador. A diferencia de los gnósticos, que no fundaron iglesias, Marción fundó una iglesia marcionita. Además, puesto que rechazaba el Antiguo Testamento, hizo una lista de libros que él consideraba inspirados. Aunque difería mucho de nuestro Nuevo Testamento actual, ésta fue la primera lista de libros del Nuevo Testamento.
Fue principalmente en respuesta a esas herejías que surgieron el canon (o lista de libros) del Nuevo Testamento, el credo llamado «de los apóstoles», y la doctrina de la sucesión apostólica.
Aunque desde antes la iglesia había utilizado los evangelios y las cartas de Pablo, lo que le llevó definitivamente a insistir en que ciertos libros cristianos eran Escritura y otros no, fue el reto de las herejías. Frente a los herejes que proponían sus propias escrituras, o sus propias listas de libros, la iglesia empezó a determinar cuáles libros eran parte de las Escrituras cristianas, y cuáles no.
Al mismo tiempo y por las mismas causas, apareció en Roma el llamado «símbolo romano». Este era una confesión de fe que después evolucionó hasta formar lo que hoy llamamos «Credo de los Apóstoles». Está claro que el propósito de ese credo es rechazar las doctrinas de los gnósticos y de Marción.
Por último, la iglesia respondió señalando a las líneas ininterrumpidas de líderes en las principales iglesias —líneas que se remontaban hasta los apóstoles mismos. Este es el origen de la «sucesión apostólica», cuyo sentido original no era exactamente el mismo que se le dio después.
Todos estos elementos produjeron una iglesia más organizada, y con doctrinas y prácticas más definidas. Esto es lo que algunos historiadores llaman «la iglesia católica antigua».
Tras los apologistas vinieron los primeros grandes maestros de la fe —personas tales como Ireneo, Tertuliano, Clemente de Alejandría, Orígenes y Cipriano. Estos escribieron obras cuyo impacto se deja ver todavía.
Ireneo, Tertuliano y Clemente vivieron hacia fines del siglo II y principios del III.
Ireneo era oriundo de Esmirna, en Asia Menor, pero la mayor parte de su vida la pasó en Lión, en lo que hoy es Francia. Era pastor, y consideraba que su tarea como teólogo consistía en fortalecer a su grey, sobre todo contra las herejías. Su teología no pretende ser original, sino que trata de afírmar lo que él aprendió de sus maestros. Precisamente por eso hay hoy un nuevo interés en él, pues sus escritos nos ayudan a conocer la más antigua teología cristiana.
Tertuliano vivió en Cartago, en el norte de Africa. Sus inclinaciones eran principalmente legales. Escribió en defensa de la fe contra los paganos, y también contra varias herejías. Fue quien primero empleó la fórmula «una substancia, tres personas» para referirse a la Trinidad, y también quien primero habló de la encarnación en términos de «una persona, dos substancias».
Clemente de Alejandría siguió las líneas trazadas por Justino, buscando conexiones entre la fe y la filosofía griega. En esto le siguió Orígenes, a principios del siglo III. Orígenes fue un escritor prolífico, dado a las especulaciones filosóficas. Aunque después de su muerte muchas de sus doctrinas más extremas fueron rechazadas y condenadas por la iglesia, por largo tiempo la inmensa mayoría de los teólogos de habla griega fueron de un modo u otro sus seguidores.
Cipriano era obispo de Cartago (donde antes había vivido Tertuliano) cuando estalló la persecución de Decio (año 249). Cipriano huyó y se escondió, con el propósito de poder continuar dirigiendo la vida de la iglesia desde su escondite. Cuando pasó la persecución algunos le echaron en cara el haber huido. Después murió como mártir en otra persecución (258). Por todo esto, la principal cuestión que Cipriano discutió fue la de los «caídos», es decir, quienes habían abandonado la fe en tiempos de persecución y después deseaban volver al seno de la iglesia. Además, en parte por otras razones, tuvo conflictos con el obispo de Roma. En la discusión que surgió de todo esto, Cipriano expuso sus ideas sobre la naturaleza y el gobierno de la iglesia.
Por la misma época también se discutía en Roma la cuestión de la restauración de los caídos. La figura más importante en esa discusión fue Novaciano, quien también escribió sobre la Trinidad.
Por último, es importante señalar que, a pesar de la escasez de documentos, es posible saber algo acerca de la vida y el culto cristiano durante estos primeros años.
Durante todo este período el acto central del culto cristiano era la comunión. Esta era gozosa, pues era una celebración de la resurrección y un anticipo del retorno de Jesús. Por eso, para celebrar la resurrección, era que el culto se celebraba el domingo, día de la resurrección del Señor. Además, como anticipo del gran banquete celestial, la comunión era originalmente toda una cena. Después, por diversas razones, se limitó al pan y al vino. Además, pronto surgió la costumbre de celebrar el culto junto a las tumbas de los mártires y otros cristianos fallecidos, en lugares tales como las catacumbas de Roma.
Parece que al principio diversas iglesias tuvieron distintas formas de gobierno, y que los títulos de «presbítero» y «obispo» eran semejantes. Pero ya a fines del siglo II se había establecido el sistema de tres niveles de ministros: diáconos, presbíteros y obispos. Además, había ministerios específicos para las mujeres, especialmente dentro del monaquismo.

González, J. L. (1995). Bosquejo de historia de la iglesia: González, Justo L. (pp. 24-37). Asociación para la Educación Teológica Hispana.

El Esposo que se Parece a Cristo

El Esposo que se Parece a Cristo
by John MacArthur

Pídale al hombre común de la calle que dé una palabra que encarne la esencia del liderazgo, y él probablemente le sugerirá palabras como autoridad, control o poder.

La visión de la Escritura acerca del liderazgo es caracterizada por una palabra diferente: amor.

El liderazgo piadoso está siempre impulsado por el amor, y es singularmente y claramente reflejado en el diseño de Dios para el matrimonio. Dios divinamente ordenó la relación entre esposos y esposas para ser un reflejo de la relación de Cristo con la iglesia. La sumisión de la esposa al esposo, está diseñada como una ilustración viviente de la sumisión de la iglesia a su Señor. El esposo, por el contrario, está supuesto a ser una ilustración viviente de Cristo, quien “amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25, énfasis agregado). Note que el acento es completamente en el sacrificio, y servicio de Cristo por el bien de la iglesia.

“Para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama.” Efesios 5:26-28)

El punto completo de Pablo es que, el marido muestra mejor el liderazgo que es de acuerdo a Cristo, a través del sacrificio voluntario y amoroso para el bienestar de su esposa.

La tendencia pecaminosa del hombre caído es dominar a sus esposas con fuerza bruta. Aun algunos hombres cristianos son culpables de ser muy agresivos con su autoridad en el hogar. Pero los déspotas dictatoriales y maridos con mano dura son antitéticos al patrón del liderazgo que Cristo nos dio.

El amor que se parece a Cristo.

El amor auténtico es incompatible con un aproche despótico y dominante del liderazgo. Si el modelo de este amor es Cristo, quien “no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:28), entonces el esposo que piensa que él existe para ser servido por su esposa y sus hijos, no podría estar más lejos de la marca.

Considere las consecuencias del mandato de amar. Esto sugiere que el amor genuino no es simplemente un sentimiento o una atracción involuntaria. Implica una elección voluntaria. Lejos de ser algo en lo que “caemos” por circunstancia fortuita, el amor auténtico y que se parece a Cristo involucra un compromiso deliberado y voluntario, de sacrificar lo que sea que podamos, por el bien de la persona que amamos.

Cuando Pablo les mandó a los esposos a amar a sus esposas, él estaba exigiendo todas las virtudes trazadas en 1 Corintios 13, incluyendo la paciencia, amabilidad, generosidad, humildad, mansedumbre, consideración, liberalidad, dulzura, confianza, bondad, sinceridad, y sufrimiento. Es significativo que todas las propiedades del amor resaltan el altruismo y el sacrificio. El esposo y padre piadoso debe hacerse a sí mismo siervo de todos (cf. Marcos 9:35)

Un modelo conformado a Cristo

¿Cómo, en términos prácticos, debería un marido demostrar su amor por su esposa? El amor de Cristo por Su iglesia es el patrón y prototipo perfecto para la relación de cada marido con su esposa. Eso eleva el amor del esposo por su esposa a un nivel altísimo y santo. El esposo que abusa su rol como cabeza de familia, deshonra a Cristo, corrompe el simbolismo sagrado de la unión matrimonial, y peca directamente en contra de su Cabeza, Cristo (1 Corintios 11:3).

Entonces, el deber del marido de amar a su esposa con un amor que se parezca a Cristo, es de suprema importancia. A nadie en la familia se le es dada una responsabilidad mayor (la exhortación de Pablo es la más larga y más detallada sección de Efesios 5:22-6:9).

El amor de Cristo fue un amor auto sacrificado. Él “amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella” (Efesios 5:25). Jesús mismo indicó que de todas las cualidades del amor, un deseo de sacrificarse a sí mismo es la más mayor cualidad: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13). El amor auténtico es siempre auto sacrificado.

La persona que ama en forma sacrificada es humilde, mansa, y más preocupada por los demás que por sí misma. De nuevo, Cristo es el modelo. A pesar de que Él existió eternamente como Dios, y por lo tanto era merecedor de toda la adoración y honor, Él dejó todo eso a un lado, para venir a la tierra y morir por los pecadores. La Escritura dice:

“Sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en la cruz” (Filipenses 2:7-8).

Las demandas a los esposos ni se acercan en severidad. Aun así, necesitamos el mismo deseo de hacer cualquier sacrificio, por amor a nuestras esposas e hijos. Cualquier otra cosa no es un liderazgo piadoso.

Amor verdadero

Amor verdadero
Por Catherine Scheraldi de Núñez

Génesis 3 ha cambiado toda nuestra manera de pensar. Antes de la caída nuestra cosmovisión se alineaba con la cosmovisión de Dios, esto producía que nuestras interpretaciones de las verdades fueron correctas. Con la caída, la naturaleza pecaminosa trastornó tanto nuestra forma de pensar que, sin la iluminación del Espíritu Santo es imposible ver la verdad. Esto explica por qué personas tan inteligentes llegan a conclusiones erradas a pesar de tener la información correcta.

La evolución es un ejemplo típico. Carlos Darwin fue en un viaje a diferentes países para estudiar la flora y fauna local, él vio una variación de diferentes especies que en su opinión fueron perfectamente adaptados a su ambiente. Al llegar a las islas de las Galápagos notó diferentes tipos de pinzones con picos de diferentes tamaños, con la ayuda de un especialista de aves (ornitólogo), a pesar de que él clarificó que no todos eran pinzones, como naturalistas, llegaron a la conclusión que 12 de las 14 especies eran indígenas a las islas y se habían adaptado para sobrevivir en su ambiente. El resto es historia. Vimos cómo esta teoría cambió el mundo a pesar de que la ciencia aun hoy no la aprueba. Darwin sabía que la conclusión era opuesta a lo que la Biblia relataba y, como científico, puso más peso en sus pensamientos que en los de Dios.

Esto es una advertencia para nosotras que cada vez que encontramos nueva información tenemos que cuidarnos en la interpretación a no desviarnos de lo que Dios nos ha enseñado.

¿Qué es el amor?
El diccionario de la lengua española lo define en varias formas:

«Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia necesita y busca el encuentro y unión con otro ser». «Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear». «Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo».

En la rama de neurobiología/endocrinología sabemos que hay lugares cerebrales específicos envueltos en la creación de los sentimientos producidos por neurotransmisores también específicos. Al interpretarlo como naturalista, el amor es algo necesario para el seguimiento de la raza humana y para llenar nuestra insuficiencia. Es algo totalmente egoísta para llenarnos de satisfacción y es pasajero.

La definición bíblica es totalmente diferente. Dios es amor (1 Juan 4:8). Pablo define el amor cristiano en 1 Cor. 13:4-8: «El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante; no se porta indecorosamente; no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido; no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad; todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser».

Al examinar esta lista nos damos cuenta de que el amor verdadero es sufrido y totalmente centrado en el otro. Y como Dios es eterno es permanente. A lo largo de su ministerio terrenal, Jesús mostró su amor por los demás al bendecir y servir a los pobres, los enfermos, los afligidos y a todos nosotros que nunca pudiéramos retribuirle. Él les dijo a sus discípulos que debíamos amar a los otros como Él los había amado (Juan 15:12).

Según Cristo mismo, el amor más grande es cuando damos nuestra vida por nuestros amigos (Juan 15:13). La diferencia en las dos interpretaciones es como el día y la noche. Al estudiar la neurobiología/endocrinología vemos a un Dios tan sabio que puede crear seres tan complicadas que responden a químicas microscópicas no solamente para nuestra bien, sino también para llenarnos con satisfacción y gozo mientras nos da la oportunidad de reproducir física y espiritualmente cuando pasemos el legado a la próxima generación.

Como las emociones —incluyendo la del amor— están creadas en el sistema límbico cerebral, el área lo cual nos da el sentir de recompensa, cuando somos obedientes amando a nuestras familias, esposos, amigos y hasta nuestros enemigos, Cristo se nos manifiesta en una forma tal que nuestros corazones se rebosan con Su presencia y Su amor (Juan 14:21) aumentando la recompensa y habilidad de amar.

Oremos que nuestras vidas representen a nuestro Salvador mientras respondemos en amor a aquellos a nuestro alrededor, llenando sus vidas con el amor de nuestro Dios.

Bendiciones


Catherine Scheraldi de Núñez

Es la esposa del pastor Miguel Núñez, y es doctora en medicina, con especialidad en endocrinología. Está encargada del ministerio de mujeres Ezer, de la Iglesia Bautista Internacional y es conductora del programa radial «Mujer para la gloria de Dios». Ezer, de la Iglesia Bautista Internacional y . Puedes seguirla en twitter.

El Fundamento de la Paternidad Piadosa

El Fundamento de la Paternidad Piadosa
by John MacArthur

Nuestro mundo tiene un punto de vista cada vez más cínico acerca de los niños. Cada vez más, la descripción cultural de la paternidad es negativa, con particular énfasis en la capacidad del niño de frustrar a sus padres. Si bien es verdad que algunas veces los niños traen desafíos a nuestras vidas, ningún padre amoroso quiere ver a su hijo como un impedimento para la felicidad.

Además, los cristianos que adoptan la opinión del mundo acerca de sus niños, no pueden esperar ser padres piadosos. El diseño de Dios para su familia no lo incluye a usted quejándose acerca de los defectos de sus hijos, o viéndolos a través de lentes egoístas y mundanos. El fundamento de la paternidad piadosa está contenido en la perspectiva de la Escritura acerca de los niños. Usted no puede ser el padre que Dios quiere que sea, si usted no ve a los niños que Él le ha dado, en la manera en que Él los ve.

Los niños deben ser vistos como una bendición, no como una adversidad.

Primeramente, la Escritura claramente enseña que los niños son un regalo de parte del Señor. Dios los diseñó para ser una alegría. Ellos son una bendición del Señor para agraciar nuestras vidas con realización, significado, felicidad, y satisfacción. La paternidad es un regalo de Dios para nosotros.

Esto es verdad, aun en un mundo caído, infectado con la maldición del pecado. En medio de todo lo malo, los niños son ejemplo de la bondad amorosa de Dios. Ellos son una muestra viviente de que la misericordia de Dios se extiende aun a criaturas caídas y pecaminosas.

Recuerde que Adán y Eva comieron la fruta prohibida antes de que hubieran concebido algún hijo. Aun así, Dios no simplemente los destruyó y comenzó con una nueva raza. Él les permitió a Adán y Eva cumplir el mandato dado antes de la caída: “Fructificad y multiplicaos” (Génesis 1:28). Y Él puso en movimiento un plan de redención que finalmente abrazaría a un sinnúmero de la descendencia de Adam (Apocalipsis 7:9-10). Los niños que Eva tuvo entonces, personificaron la esperanza de que los pecadores caídos podrían ser redimidos.

Y cuando Dios maldijo la tierra debido al pecado de Adán, Él multiplicó el dolor del proceso del parto (Génesis 3:16), pero no anuló las bendiciones inherentes de tener niños.

Eva reconoció esto. En Génesis 4:1 dice, “Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín, y dijo: Por voluntad de Jehová he adquirido varón.”

Ella consideró al niño como un regalo de la mano de Aquel, contra quien ella había pecado, y estaba llena de alegría por eso. A pesar de los dolores de parto, e independientemente de la naturaleza caída del niño mismo, ella sabía que el niño era un emblema de la gracia de Dios hacia ella.

¿Qué acerca de los niños de los inconversos? Ellos también representan bendiciones divinas. En Génesis 17:20 Dios prometió bendecir a Ismael. ¿Cómo le bendeciría? Al multiplicar sus hijos y su descendencia. Él le dijo a Abraham, “Y en cuanto a Ismael, también te he oído; he aquí que le bendeciré, y le haré fructificar y multiplicar mucho en gran manera.”

A través de la Escritura encontramos un tema común que resalta a los niños como a bendiciones de la mano de un amoroso y misericordioso Dios. En Su diseño de gracia, los niños son dados para traerles a los padres, alegría, felicidad, contentamiento, satisfacción, y amor. Salmo 127:3-5 lo dice expresamente:

«He aquí, herencia de Jehová son los hijos;

Cosa de estima el fruto del vientre.

Como saetas en mano del valiente,

Así son los hijos habidos en la juventud.

Bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos;

No será avergonzado

Cuando hablare con los enemigos en la puerta.»

Claramente, en el plan de Dios, los niños están llamados a ser una bendición, no un problema. Y normalmente son una bendición cuando llegan, pero dejarlos expuestos a este mundo, y sin sombra de protección, ellos sin duda romperán el corazón de los padres.

Se supone que la crianza es una alegría, no una carga.

La tarea de los padres no es un yugo pesado de llevar; es un privilegio para ser disfrutado. Si el diseño de Dios al darnos niños, es bendecirnos, la tarea a la que Él nos llama como padres no es nada más que una extensión y magnificación—amplitud, de esa bendición.

La crianza de los niños es difícil, al grado en que los padres la hacen difícil, al fallar en seguir los principios simples que Dios estableció. Negar las responsabilidades de uno, como padre, delante de Dios, es perder las bendiciones inherentes en la tarea, y aquellos que lo hacen, toman una carga que Dios nunca quiso que los padres llevaran.

Una manera segura de llenar su vida con miseria, es abdicar la responsabilidad que Dios le ha dado como padre, y mayordomo del niño que Él afectuosamente ha colocado en sus manos. Por el contrario, nada en su vida engendrará más alegría y gozo que criar a su hijo en la disciplina y amonestación del Señor.

¿Existen en la crianza, aspectos inherentemente desagradables? Por supuesto, ninguno de nosotros disfruta el tener que disciplinar a nuestros niños. Como padre, aprendí rápidamente que lo que mis padres siempre me dijeron acerca de la disciplina, era verdad: Usualmente le duele más al padre que lo que le duele al hijo. Pero aun el proceso de disciplina finalmente produce alegría, cuando somos fieles a las instrucciones de Dios. Proverbios 29:17 dice, “Corrige a tu hijo, y te dará descanso, y dará alegría a tu alma.”

La vida del padre no necesita ser una decepción o un trabajo monótono. Hay una refrescante, riqueza estimulante de rica alegría en la crianza piadosa, que no puede ser conseguida de ninguna otra manera. Dios ha diseñado amorosamente dentro del proceso de crianza, una fuente de gozo, si adoptamos Su perspectiva y acatamos Sus principios.

¿Garantiza la Escritura que nuestra crianza tendrá éxito si seguimos el plan de Dios?

Fariseos y saduceos | J.C. Ryle

Fariseos y saduceos
“Y Jesús les dijo: Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos”
(Mateo 16:6).

Cada palabra pronunciada por el Señor Jesús está repleta de profunda enseñanza para los cristianos. Es la voz del Pastor supremo. Es el Cabeza de la Iglesia dirigiéndose a todos sus miembros, el Rey de reyes hablando a sus súbditos, el Señor de la casa hablando a sus siervos, el Capitán de nuestra salvación hablando a sus soldados. Por encima de todo, es la voz de Aquel que dijo: “Yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar” (Juan 12:49). El corazón de todo creyente debiera arder en su interior cuando oye las palabras de su Señor, debiera decir: “¡La voz de mi amado!” (Cantares 2:8).

Y cualquier palabra pronunciada por el Señor Jesús es de gran valor. Preciosas como el oro son todas sus palabras de doctrina y preceptos; preciosas son todas sus palabras de consuelo y ánimo; no menos preciosas son todas sus palabras de advertencia y aviso. No debemos escucharle solamente cuando dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados”; también debemos escucharle cuando dice: “Mirad, guardaos”.

Voy a centrar mi atención en una de las más solemnes y enérgicas advertencias que profirió el Señor Jesús: “Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos”. Sobre este texto quiero erigir un faro para todos aquellos que deseen ser salvos y para proteger a algunas almas, si es posible, del naufragio. Los tiempos exigen grandemente faros como este: los naufragios espirituales de los últimos veinticinco años han sido lamentablemente numerosos. Los guardianes de la Iglesia deben hablar claramente ahora o callar para siempre.

I. Antes que nada pediría a mis lectores que observen a quién se dirige la advertencia del texto.
Nuestro Señor Jesucristo no estaba hablando a hombres mundanos, impíos y sin santificar, sino a sus propios discípulos, compañeros y amigos. Se dirigía a hombres que, a excepción del apóstata Judas Iscariote, eran limpios de corazón a los ojos de Dios. Hablaba a los Doce Apóstoles, a los primeros fundadores de la Iglesia de Cristo y los primeros ministros de la Palabra de salvación. Y, sin embargo, aun a ellos les dirigió la solemne advertencia de nuestro texto: “Mirad, guardaos”.
Hay algo extraordinario con respecto a este hecho. Podríamos pensar que los Apóstoles no tenían gran necesidad de este tipo de advertencias. ¿No habían renunciado a todo por amor a Cristo? Lo habían hecho. ¿No habían soportado la aflicción por amor a Cristo? Lo habían hecho. ¿No habían creído en Jesús, seguido a Jesús y amado a Jesús cuando casi todo el mundo era incrédulo? Todas estas cosas son ciertas; y, sin embargo, era a ellos a quienes iba dirigida la advertencia: “Mirad, guardaos”. Podríamos pensar que, en cualquier caso, los discípulos no tenían mucho que temer de “la levadura de los fariseos y de los saduceos”. Eran hombres pobres y sin educación, la mayoría de ellos pescadores o publicanos; no tenían inclinaciones a favor de los fariseos y los saduceos; eran más propensos a sentir prejuicios contra ellos que a sentir algún tipo de atracción hacia ellos. Todo esto es perfectamente cierto; y, sin embargo, es a ellos a quienes va dirigida esta solemne advertencia: “Mirad, guardaos”.
Hay un útil consejo aquí para todos aquellos que profesamos amar al Señor Jesucristo con sinceridad. Nos dice alto y claro que los más eminentes siervos de Cristo no escapan a la necesidad de avisos y deben estar siempre en guardia. Nos muestra claramente que los creyentes más santos deben andar humildemente con este Dios y velar y orar para no caer en tentación y ser hallados en falta. Nadie es tan santo como para no caer; no definitivamente, no desesperadamente, sino para su propio malestar y para escándalo de la Iglesia y triunfo del mundo; nadie es tan fuerte como para no ser vencido durante un tiempo. Aun siendo elegidos por Dios el Padre, aun siendo justificados por la sangre y la justicia de Jesucristo, aun siendo santificados por el Espíritu Santo, los creyentes siguen siendo solo hombres: siguen estando en el cuerpo y en el mundo. Siempre están cerca de la tentación: siempre son susceptibles de errar, tanto en su doctrina como en su práctica. Sus corazones, aunque renovados, son muy débiles; su entendimiento, aunque iluminado, sigue embotado. Deben vivir como aquellos que viven en territorio enemigo y ponerse cada día la armadura de Dios. El diablo es muy activo: nunca duerme ni descansa. Recordemos las caídas de Noé, Abraham y Lot, Moisés, David y Pedro; y, al recordarlos, seamos humildes y tengamos cuidado de no caer.
Permítaseme decir que nadie necesita más las advertencias que los ministros del Evangelio de Cristo. Nuestro ministerio y nuestra ordenación no son garantía contra los errores y las equivocaciones. Tristemente, es muy cierto que las mayores herejías se han infiltrado en la Iglesia de Cristo por medio de hombres ordenados. Ni la ordenación episcopal, ni la ordenación presbiteriana ni cualquier otra ordenación confieren inmunidad alguna contra el error y la falsa doctrina. Nuestra misma familiaridad con el Evangelio engendra a menudo en nosotros un endurecimiento de nuestras mentes. Tendemos a leer las Escrituras, a predicar la Palabra y a dirigir la adoración pública y llevar el culto a Dios con un espíritu aburrido, endurecido, formal e insensible. Es muy probable que, a menos que vigilemos nuestros corazones, nuestra misma familiaridad con las cosas sagradas nos extravíe. “No hay otro lugar —dice un antiguo escritor— donde el alma de un hombre corra más peligro que en la labor sacerdotal”. La historia de la Iglesia de Cristo contiene muchas tristes demostraciones de que los más distinguidos ministros pueden desviarse durante un tiempo. ¿Quién no ha oído hablar del arzobispo Cranmer retractándose y echándose atrás con respecto a esas opiniones que tan resueltamente había defendido aunque, por la gracia de Dios, volviera finalmente a dar testimonio en una gloriosa confesión? ¿Quién no ha oído hablar del obispo Jewell firmando documentos que desaprobaba profundamente y cuya firma lamentó amargamente después? ¿Quién no sabe que se podría citar a muchos otros que, en alguna ocasión u otra, han incurrido en errores y se han desviado? ¿Y quién no conoce el triste hecho de que muchos de ellos jamás volvieron a la Verdad, sino que murieron con sus corazones endurecidos y permanecieron en sus errores hasta el fin?
Estas cosas debieran volvernos humildes y cautos. Nos dicen que desconfiemos de nuestros propios corazones y oremos para que se nos guarde de caer. En estos días, cuando se nos llama especialmente a aferrarnos firmemente a las doctrinas de la Reforma protestante, tengamos cuidado de que nuestro celo por el protestantismo no nos infle y nos vuelva orgullosos. Jamás digamos envanecidos: “Nunca caeré en el papismo o el modernismo”; esas ideas jamás tendrán nada que ver conmigo”. Recordemos que muchos comenzaron bien y siguieron bien durante un tiempo y, sin embargo, después se desviaron del camino verdadero. Tengamos cuidado de ser hombres espirituales además de protestantes, y verdaderos amigos de Cristo además de enemigos del Anticristo. Oremos para que se nos guarde del error y no olvidemos que los Doce Apóstoles mismos fueron los hombres a los que Aquel que es Cabeza de la Iglesia dirigió estas palabras: “Mirad, guardaos”.

II. En segundo lugar me propongo explicar cuáles eran esos errores de los que nuestro Señor advirtió a los Apóstoles. “Mirad —dice—, guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos”.
El peligro del que les previene es la falsa doctrina. No dice nada acerca de la espada de la persecución, de un quebrantamiento abierto de los Diez Mandamientos o del amor al dinero o al placer. Todas estas cosas eran sin duda peligros y trampas a los que las almas de los Apóstoles estaban expuestas; pero aquí nuestro Señor no pronuncia advertencia alguna contra ellas. Su advertencia se restringe a una sola cosa: “La levadura de los fariseos y de los saduceos”. No se nos deja a nuestra merced para que conjeturemos con respecto a lo que quería decir nuestro Señor con la palabra “levadura”. El Espíritu Santo, unos pocos versículos después del texto al que estoy haciendo referencia, nos dice claramente que la levadura se refiere a la “doctrina” de los fariseos y saduceos.
Intentemos comprender lo que queremos decir cuando hablamos de la “doctrina de los fariseos y de los saduceos”.
a) La doctrina de los fariseos se puede resumir en tres palabras: eran formalistas, adoraban según la tradición y se justificaban a sí mismos. Atribuían tal peso a las tradiciones de los hombres que prácticamente las consideraban de mayor importancia que los escritos inspirados del Antiguo Testamento. Se valoraban a sí mismos según una excesiva rigurosidad en su atención a todas las exigencias ceremoniales de la Ley mosaica. Tenían en gran estima el ser descendientes de Abraham y en sus corazones se decían: “Tenemos a Abraham por padre”. Pensaban que, debido a que tenían a Abraham por padre, no corrían el riesgo de ir al Infierno como otros hombres y que descender de él era una especie de acreditación para entrar en el Cielo. Atribuían gran valor a las abluciones y purificaciones ceremoniales del cuerpo y creían que el hecho mismo de tocar el cuerpo muerto de una mosca o un mosquito les contaminaría. Cumplían con gran pompa lo externo de la religión y las cosas que podían ser vistas por los hombres. Ensanchaban sus filacterias y extendían los flecos de sus mantos. Se enorgullecían de honrar a los santos muertos y de adornar las sepulturas de los justos. Eran celosos de ganar prosélitos. Tenían un gran concepto del poder, el rango y la preeminencia y de que los hombres les llamaran: “Rabí, rabí”. Los fariseos hacían estas cosas y muchas otras semejantes. Cualquier cristiano instruido encontrará estas cosas en los Evangelios según S. Mateo y S. Marcos (cf. Mateo 15 y 23; Marcos 7).
Al mismo tiempo, recordémoslo, no rechazaban formalmente ninguna parte del Antiguo Testamento. Pero introducían y añadían tanta inventiva humana que llegaban a dejar la Escritura a un lado y a enterrarla bajo sus propias tradiciones. Esta es la clase de religión de la que nuestro Señor dice a los Apóstoles: “Mirad, guardaos”.
b) La doctrina de los saduceos, por otro lado, se puede resumir en tres palabras: libertad ideológica, escepticismo y racionalismo. Su credo era mucho menos popular que el de los fariseos y, por tanto, hallamos que se les menciona menos en las Escrituras del Nuevo Testamento. Por lo que podemos deducir a partir del Nuevo Testamento, parece que sostenían la doctrina de los diversos grados de inspiración; en cualquier caso, atribuían un gran valor al Pentateuco por encima de otras partes del Antiguo Testamento, por no decir que desechaban por completo este. Creían que no había resurrección y que no existían los ángeles ni el espíritu, y ridiculizaban a las personas para que abandonaran estas creencias presentándoles casos complicados y preguntas difíciles. Tenemos un ejemplo de su forma de argumentar en el caso que presentaron a nuestro Señor acerca de la mujer que había tenido siete maridos, cuando preguntaron: “En la resurrección, pues, ¿de cuál de los siete será ella mujer, ya que todos la tuvieron?”. Y de esta forma probablemente esperaban, llevando la religión hasta el absurdo y dejando en ridículo sus principales doctrinas, hacer que los hombres renunciaran a la fe que habían recibido de las Escrituras.
Al mismo tiempo, recordémoslo, no podemos decir que los saduceos fueran manifiestamente infieles: no lo eran. No podemos decir que rechazaran la Revelación en su conjunto: no lo hacían. Respetaban la Ley de Moisés. Muchos de ellos se encontraban entre los sacerdotes en los tiempos que se describen en Hechos de los Apóstoles. Caifás, que condenó a nuestro Señor, era saduceo. Pero el efecto práctico de su enseñanza era debilitar la fe de los hombres en cualquier revelación, arrojando una nube de duda sobre las mentes de los hombres, lo que solo está un grado por encima de la incredulidad. Y de toda esa clase de doctrina —libertad ideológica, escepticismo y racionalismo— dice nuestro Señor: “Mirad, guardaos”.
Ahora bien, se nos plantea la siguiente pregunta: ¿Por qué hizo nuestro Señor esta advertencia? Sabía, sin lugar a dudas, que en cuestión de cuarenta años las escuelas de los fariseos y de los saduceos habrían desaparecido. Sabía todas las cosas desde el principio, sabía perfectamente que en cuarenta años Jerusalén, con su magnífico Templo, quedaría destruida y los judíos serían dispersados por toda la Tierra. ¿Por qué, pues, le hallamos advirtiendo contra “la levadura de los fariseos y de los saduceos”?
Creo que nuestro Señor hizo esta solemne advertencia para beneficio perpetuo para la Iglesia que vino a fundar en la Tierra. Habló con un conocimiento profético. Conocía bien las enfermedades de que es susceptible la naturaleza humana. Vio con anticipación que las dos grandes plagas de su Iglesia sobre la Tierra serían siempre la doctrina de los fariseos y la doctrina de los saduceos. Sabía que estas serían las piedras de molino superior e inferior entre las cuales su Verdad sería perpetuamente molida y aplastada hasta que viniera por segunda vez. Sabía que siempre habría fariseos de espíritu y saduceos de espíritu entre los que profesaran el cristianismo. Sabía que su sucesión jamás se interrumpiría y que su generación jamás se extinguiría, y que a pesar de que los fariseos y los saduceos no existieran ya, sus principios proseguirían siempre. Sabía que, durante el tiempo que existiera la Iglesia hasta su regreso, habría siempre algunos que añadirían a la Palabra y otros que sustraerían de ella; unos la ahogarían añadiéndole otras cosas y otros la desangrarían sustrayéndole sus verdades esenciales. Y esta es la razón de que le oigamos haciendo esta solemne advertencia: “Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos”.
Y ahora llega otra pregunta: ¿No tenía nuestro Señor buenos motivos para hacer esta advertencia? Me dirijo a todos los que conocen algo de la historia de la Iglesia: ¿No había ciertamente razones? Me dirijo a todos aquellos que recuerdan lo que sucedió poco después de la muerte de los Apóstoles. ¿No leemos que en la Iglesia primitiva de Cristo surgieron dos facciones distintas: una siempre inclinada a errar —como los arrianos— sosteniendo una sola parte de la Verdad y la otra inclinada siempre a errar —como los adoradores de reliquias y de santos— sosteniendo algo más que la Verdad que hay en Jesús? ¿No vemos cómo aflora lo mismo posteriormente en forma de romanismo por un lado y de socinianismo por el otro? ¿No leemos en la historia de nuestra propia Iglesia que hubo dos grandes facciones: los non-jurors (los que no juraron) por un lado y los latitudinarios por el otro. Estas son cosas antiguas. En un texto breve como este me es imposible tratarlas de forma más detallada. Son cosas muy conocidas para todos los que estén familiarizados con la historia de los tiempos pasados. Siempre ha habido dos grandes facciones: la facción que representa los principios de los fariseos y la facción que representa los principios de los saduceos. Nuestro Señor tenía, pues, buenos motivos para decir de estos dos grandes principios: “Mirad, guardaos”.
Pero deseo acercar la cuestión más aún al presente. Pido a mis lectores que consideren si advertencias como esta no son especialmente necesarias en nuestra época. Sin duda en Inglaterra tenemos muchas cosas por que estar agradecidos. Hemos hecho grandes avances en las artes y las ciencias en los últimos tres siglos y hacemos un amplio despliegue moralista y religioso. Pero pregunto a cualquiera que sea capaz de ver más allá de su puerta o de su propio hogar, ¿no vivimos en medio de los peligros de la falsa doctrina?
Por un lado, tenemos entre nosotros una escuela de hombres que, a sabiendas de ello o no, están allanando el camino hacia la Iglesia de Roma, una escuela que declara extraer sus principios de la tradición primitiva, de los escritos de los Padres y de la voz de la Iglesia; una escuela que habla y escribe tanto acerca de la Iglesia, el ministerio y los sacramentos que, como la vara de Aarón, les hace devorar todo lo demás en el cristianismo; una escuela que atribuye gran importancia a las formas externas y al ceremonial religioso, a los gestos, las posturas, las reverencias, las cruces, las pilas bautismales, los asientos especiales, las credenciales, los crucifijos, las albas, las túnicas, las capas pluviales, las casullas, los manteles de los altares, el incienso, las imágenes, los estandartes, las procesiones, las ornamentaciones florales y muchas otras cosas semejantes acerca de las cuales no hallamos una sola palabra en la Escritura con respecto a su lugar en el culto cristiano. Me refiero, por supuesto, a la escuela de eclesiásticos llamados ritualistas. Cuando examinamos los procedimientos de dicha escuela, solo podemos llegar a una conclusión acerca de ellos. Creo que, independientemente de la intención de sus maestros y lo devotos, celosos y abnegados que sean muchos de ellos, ha caído sobre ellos el manto de los fariseos.
Tenemos, por otro lado, una escuela de hombres que, a sabiendas de ello o no, parecen allanar el camino hacia el socinianismo; una escuela que sostiene ideas extrañas con respecto a la inspiración plenaria de la Santa Escritura, ideas más extrañas aún con respecto a la doctrina del sacrificio y de la expiación de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, ideas extrañas con respecto a la eternidad del castigo y al amor de Dios hacia el hombre; una escuela fuerte en cuanto a lo que se niega pero muy débil en cuanto a lo que se afirma, hábil en suscitar dudas pero impotente a la hora de resolverlas, inteligente para desestabilizar y debilitar la fe del hombre pero incapaz de ofrecer una base sólida donde apoyar nuestros pies. Y, ya sea la intención de los dirigentes de esta escuela o no, creo que ha caído sobre ellos el manto de los saduceos.
Estas cosas suenan duras. Nos ahorra muchos problemas cerrar los ojos y decir: “No veo peligro alguno”; y debido a que no se ve, no creer que lo hay. Es fácil taparnos los oídos y decir: “No oigo nada”; y debido a que no oímos nada, no sentir alarma alguna. Pero sabemos bien quiénes son los que se regocijan en ciertos sectores de nuestra propia Iglesia por el estado de las cosas que deberíamos lamentar. Sabemos lo que piensa el católico romano y lo que piensa el sociniano. El católico romano se regocija ante el auge del Movimiento de Oxford: el sociniano se regocija cuando surgen hombres que enseñan ideas como las que se proponen en los tiempos modernos con respecto a la expiación y la inspiración. No se regocijarían como lo hacen si no vieran que se está haciendo su obra y que se está alentando su causa. El peligro, en mi opinión, es mucho mayor de lo que solemos pensar. Los libros que se leen en muchos sectores son sumamente perniciosos y el tono del pensamiento con respecto a las cuestiones religiosas entre muchas clases, especialmente entre las más altas jerarquías, es profundamente insatisfactorio. La plaga está extendida. Si amamos la vida, deberíamos examinar nuestros corazones, probar nuestra propia fe y asegurarnos de que estamos sobre el fundamento correcto. Por encima de todo, deberíamos tener cuidado de no empaparnos nosotros mismos del veneno de la falsa doctrina y no apartarnos de nuestro primer amor.
Soy profundamente consciente de lo doloroso que es hablar acerca de estas cuestiones. Sé bien que hablar claramente con respecto a la falsa doctrina es muy impopular y que el orador debe aceptar que se le considere drástico, complicado y de mente estrecha. Hay miles de personas que no son capaces de distinguir las diferencias religiosas. Para la mayoría, un clérigo es un clérigo y un sermón es un sermón, y son completamente incapaces de entender las diferencias entre un ministro y otro, entre una doctrina y otra. No puedo esperar de tales personas que aprueben las advertencias contra la falsa doctrina. Debo hacerme a la idea de que voy a afrontar su desaprobación y a soportarla lo mejor que pueda.
Pero pediré a cualquier persona sincera y que lea la Biblia sin prejuicios que se dirija al Nuevo Testamento y vea qué es lo que encuentra allí. Descubrirá muchas advertencias claras contra la falsa doctrina: “Guardaos de los falsos profetas”. “Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas”. “No os dejéis llevar de doctrinas diversas y extrañas”. “No creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios” (Mateo 7:15; Colosenses 2:8; Hebreos 13:9; 1 Juan 4:1). Hallará que gran parte de las Epístolas inspiradas están llenas de amplias explicaciones de la verdadera doctrina y de advertencias contra la falsa enseñanza. ¿Es posible para un ministro que tome la Biblia como su regla de fe evitar hacer advertencias contra los errores doctrinales?
Por último, pido a cualquiera que examine lo que está sucediendo en Inglaterra en este mismo momento. ¿No es cierto que ha habido cientos que han abandonado la Iglesia oficial y se han unido a la Iglesia de Roma en los últimos treinta años? ¿No es cierto que hay cientos entre nuestras propias filas que en realidad no son mucho mejores que los romanistas y que, de ser coherentes, deberían seguir los pasos de Newman y Manning e ir al lugar que les corresponde? Pregunto de nuevo, ¿no es cierto que hay veintenas de jóvenes en Oxford y Cambridge que están siendo destruidos y arruinados por la perniciosa influencia del escepticismo y que han perdido todos los verdaderos principios religiosos? Burlas en cuanto a los periódicos religiosos, estentóreas declaraciones de desagrado ante las “facciones”, altisonantes y vagas frases respecto al “pensamiento profundo, la amplitud de miras, la nueva luz, el manejo libre de la Escritura y la decadencia de ciertas escuelas de teología” constituyen todo el cristianismo de las nuevas generaciones. Y, sin embargo, cara a cara ante estos hechos notorios, los hombres claman: “Deja de hablar de la falsa doctrina. ¡Deja la falsa doctrina en paz!”. No puedo callarme. La fe en la Palabra de Dios, el amor por las almas de los hombres y los votos que hice en mi ordenamiento me empujan a dar testimonio de los errores del presente. Y creo que lo que dijo nuestro Señor es eminentemente verdad para esta época: “Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos”.

III. Lo tercero que quiero pedirte que consideres es el particular nombre que da nuestro Señor Jesucristo a las doctrinas de los fariseos y saduceos.
Las palabras que utilizaba nuestro Señor eran siempre las más sabias y las mejores que se podían emplear. Podría haber dicho: “Mirad, guardaos de la doctrina, la enseñanza o las opiniones de los fariseos y de los saduceos”. Pero no dice eso: utiliza una palabra de una naturaleza especial. Dice: “Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos”.
Ahora bien, todos sabemos cuál es el verdadero significado de la palabra “levadura”: la levadura que se añade a la masa que se utiliza para hacer una barra de pan. La proporción de esta levadura es muy pequeña respecto a la masa a la que se añade; igualmente —quiere decir nuestro Señor—, los comienzos de la falsa doctrina son pequeños en comparación con el cuerpo del cristianismo. Obra callada y silenciosamente; igualmente —quiere decir nuestro Señor—, la falsa doctrina obra secretamente en el corazón donde se introduce. Cambia desapercibidamente el carácter de toda la masa con que se mezcla; igualmente —quiere decir nuestro Señor—, las doctrinas de los fariseos y de los saduceos lo trastocan todo una vez que se las acepta en una iglesia o en el corazón de un hombre. Advirtamos estos puntos: arrojan luz sobre muchas cosas que vemos en la actualidad. Es de gran importancia aprender las lecciones de sabiduría que contiene la palabra “levadura”.
La falsa doctrina no se enfrenta a los hombres cara a cara y proclama que es falsa. No hace sonar una trompeta ante ella ni intenta alejarnos abiertamente de la Verdad que tenemos en Jesús. No viene a los hombres a la luz del día y les llama a rendirse. Se acerca a nosotros en secreto, calladamente, clandestinamente y de forma convincente, sin levantar así las sospechas de la persona y ponerla en guardia. Es el lobo vestido de oveja y Satanás con ropajes de ángel de luz lo que ha demostrado ser siempre el mayor enemigo de la Iglesia de Cristo.
Creo que el campeón más extraordinario de los fariseos no es aquel que te pide abierta y sinceramente que te unas a la Iglesia de Roma: es aquel que dice que está de acuerdo contigo en todos los puntos doctrinales. No quiere quitar nada de las ideas evangélicas que sostienes; no quiere que hagas cambio alguno en absoluto; lo único que te pide es que añadas algo más a tu creencia a fin de que tu cristianismo sea perfecto. “Créeme —dice—, no queremos que renuncies a nada. Solo queremos que tengas unas cuantas ideas más claras con respecto a la Iglesia y a los sacramentos. Queremos que añadas a tus opiniones actuales algo más con respecto a la función del ministro, un poco más con respecto a la autoridad episcopal, un poco más con respecto al Libro de Oración y un poco más con respecto a la necesidad de orden y disciplina. Solo queremos que añadas algo más de estas cosas a tu sistema religioso y con eso ya estarás en lo cierto”. Pero cuando los hombres te hablan de esta forma, entonces es el momento de recordar lo que dijo nuestro Señor y de mirar y guardarse. Esta es la levadura de los fariseos contra la que debemos estar en guardia.
¿Por qué digo esto? Porque no hay garantías contra la doctrina de los fariseos a menos que nos resistamos a sus principios en los comienzos. Comenzando con “algo más con respecto a la Iglesia”, puede que un día te encuentres poniendo a la Iglesia en el lugar de Cristo. Comenzando con “algo más con respecto al ministerio”, quizá un día consideres al ministro como “el mediador entre Dios y el hombre”. Comenzando con “algo más con respecto a los sacramentos”, puede que un día renuncies por completo a la doctrina de la justificación por la fe sin las obras de la Ley. Comenzando con “algo más de reverencia al Libro de Oración”, quizá un día lo antepongas a la Palabra de Dios misma. Comenzando con “algo más de honor para los obispos”, quizá niegues finalmente la salvación de todo aquel que no pertenezca a la Iglesia episcopal. Me estoy limitando a contar una antigua historia; solamente estoy señalando caminos pisados por cientos de miembros de la Iglesia de Inglaterra en los últimos años. Comenzaron criticando a los reformadores y acabaron tragándose los decretos del Concilio de Trento. Comenzaron por ensalzar a Laud y a los non-jurors y terminaron llegando mucho más lejos que ellos y uniéndose formalmente a la Iglesia de Roma. Creo que, cuando oigamos a hombres que nos piden que “añadamos algo más” a nuestras buenas y viejas ideas evangélicas, deberíamos ponernos en guardia. Deberíamos recordar la amonestación de nuestro Señor: “Guardaos de la levadura de los fariseos”.
Creo que el más peligroso campeón de la escuela saducea no es aquel que te dice abiertamente que quiere que dejes a un lado una parte de la Verdad y te conviertas en un librepensador y un escéptico. Es aquel que comienza a insinuar silenciosamente dudas con respecto a la postura religiosa que debiéramos adoptar, dudas con respecto a si debiéramos ser tan categóricos cuando decimos “esto es cierto y eso es falso”, dudas con respecto a si es correcto pensar que están equivocadas las personas que difieren de nuestras opiniones religiosas, puesto que, después de todo, puede que tengan tanta razón como nosotros. Es el hombre que nos dice que no debemos condenar las ideas de nadie, no sea que nos equivoquemos mostrando falta de caridad. Es el hombre que siempre comienza hablando de una forma vaga acerca de Dios como un Dios de amor e insinúa que quizá deberíamos creer que todos los hombres, sin importar la doctrina que profesen, se salvarán. Es el hombre que nos recuerda constantemente que deberíamos tener cuidado de pensar a la ligera de hombres con grandes mentes y grandes intelectos (aunque sean deístas y escépticos), que no piensan como nosotros; y que, al fin y al cabo, “¡todas las grandes mentes son, en mayor o menor medida, enseñadas de Dios!”. Es el hombre que siempre está hablando de las dificultades de la inspiración y que siempre está poniendo en duda que todos los hombres no se salvarán al final y que no todos estarán en lo cierto a los ojos de Dios. Es el hombre que corona esta clase de discurso despachando algunas burlas contra lo que él denomina “ideas chapadas a la antigua”, “teología estrecha de miras”, “fanatismo” y “falta de liberalidad y comprensión” en la actualidad. Pero cuando los hombres empiezan a hablarnos de esta forma, es el momento de ponernos en guardia. Es el momento de recordar las palabras de nuestro Señor Jesucristo, de mirar y guardarnos de la levadura.
Una vez más, ¿por qué digo esto? Lo digo porque no hay más garantía contra el saduceísmo que contra el fariseísmo a menos que nos resistamos a sus principios en sus primeros brotes. Tras comenzar con cierto discurso vago con respecto a la “caridad” puedes acabar en la doctrina de la salvación universal, llenando el Cielo con una variopinta y heterogénea multitud de malvados y de buenos, y negando la existencia del Infierno. Tras comenzar con unas cuantas frases altisonantes con respecto al intelecto y a la luz interior del hombre, puedes acabar negando la obra del Espíritu Santo y sosteniendo que Homero y Shakespeare estaban tan inspirados como S. Pablo, y prácticamente dejando así a un lado la Biblia. Tras comenzar con alguna idea nebulosa y fantasiosa con respecto a que “todas las religiones contienen verdad en mayor o menor medida”, quizá acabes negando completamente la necesidad de las misiones y sosteniendo que lo mejor es dejar a todo el mundo en paz. Tras comenzar con cierto descontento con la “religión evangélica” por considerarla chapada a la antigua, estrecha y exclusivista, quizá acabes rechazando todas las doctrinas esenciales del cristianismo: la expiación, la necesidad de la gracia y la divinidad de Cristo. Nuevamente repito que solo estoy contando una vieja historia: solamente dibujo un camino que muchos han pisado en los últimos años. En otro tiempo les satisfacían eruditos como Newton, Scott, Cecil y Romaine; ¡ahora pretenden haber encontrado un camino mejor en los principios propuestos por teólogos de la escuela liberal! Creo que no hay seguridad para el alma de un hombre a menos que recuerde la lección que implican estas solemnes palabras: “Guardaos de la levadura de los saduceos”.
Cuidémonos de la clandestinidad de esta falsa doctrina. Como el fruto del que comieron Adán y Eva, a primera vista parece agradable, bueno y codiciable. No hay una señal de veneno escrita en él, y por eso las personas no lo temen. Como una moneda falsa, no lleva una marca que diga “mala”; su misma semejanza con la Verdad hace que resulte aceptable.
Cuidémonos de los diminutos comienzos de la falsa doctrina. Toda herejía comenzó en un tiempo como una pequeña desviación de la Verdad. Solo hace falta una pequeña semilla de error para crear un gran árbol. Son las pequeñas piedras las que constituyen un gran edificio. El gran arca de Noé, donde él y su familia se salvaron del diluvio, fue construida con árboles pequeños. Un poco de levadura leuda toda la masa. Un pequeño error en un eslabón de la cadena hace naufragar al imponente navío, ahogándose con él toda su tripulación. La omisión o la adición de un pequeño elemento en la receta del médico estropea toda la medicina y la convierte en veneno. No toleremos tranquilamente algo de deshonestidad, un poco de fraude o unas cuantas mentiras; igualmente, no permitamos jamás que una pequeña falsa doctrina nos destruya al pensar que es “poca cosa” y que no puede perjudicarnos. Los gálatas no parecían estar haciendo nada muy peligroso cuando “[guardaban] los días, los meses, los tiempos y los años”; y, sin embargo, S. Pablo dice: “Me temo de vosotros”.
Por último, cuidémonos de suponer que no estamos de modo alguno en peligro: “Nuestras tesis son sanas; descansamos sobre terreno firme; puede que otros caigan, ¡pero nosotros estamos a salvo!”. Cientos han pensado lo mismo y han acabado mal. En su confianza en sí mismos se han visto mezclados en pequeñas tentaciones y sutiles formas de falsa doctrina; en su orgullo, se acercaron al borde del peligro; y ahora parecen perdidos para siempre. Parece como si se hubieran entregado a un gran engaño hasta creer una mentira. Algunos han cambiado su Libro de Oración por el breviario y están orando a la virgen María y postrándose ante imágenes. Otros están tirando por la borda una doctrina tras otra y prometen despojarse de cualquier tipo de religión salvo algunos retazos de deísmo. Es impresionante cómo lo refleja El progreso del Peregrino, que describe la colina del Error como “muy escarpada al otro lado”, y “cuando Cristiano y Esperanzado miraron hacia abajo vieron en el fondo los cuerpos de varios hombres despedazados por la caída desde la cima”. Jamás, jamás olvidemos la amonestación a guardarnos de la “levadura” y, si creemos que nos mantenemos firmes, miremos que no caigamos.

IV. Propongo, en cuarto y último lugar, indicar algunas salvaguardas y algunos antídotos contra los peligros de la actualidad: la levadura de los fariseos y la levadura de los saduceos.
Creo que todos necesitamos más y más la presencia del Espíritu Santo en nuestros corazones para guiarnos, enseñarnos y conservarnos sanos en la fe. Todos necesitamos velar más y orar para ser guardados y protegidos de desviarnos. Pero, aun así, hay ciertas importantes verdades que debemos asegurarnos de tener en mente de forma especial en una época como esta. Hay tiempos cuando alguna epidemia invade un país y las medicinas, siempre valiosas, adquieren un valor especial. Hay lugares donde prevalece un tipo concreto de malaria en el que los medicamentos, valiosos en cualquier lugar, lo son más que nunca a consecuencia de ello. De la misma forma, creo que hay épocas y tiempos en la Iglesia de Cristo cuando tenemos que afianzar nuestra sujeción a determinadas importantes verdades esenciales, tomarlas en nuestras manos con mayor firmeza de la habitual, abrazarlas estrechamente y no soltarlas. Esas doctrinas son las que quiero presentar por orden como los grandes antídotos contra la levadura de los fariseos y de los saduceos. Cuando Saúl y Jonatán fueron alcanzados por flechas, David ordenó a los hijos de Israel que aprendieran a utilizar el arco.
a) Por un lado, si queremos conservarnos sanos en nuestra fe debemos prestar atención a nuestra doctrina con respecto a la corrupción absoluta de la naturaleza humana. La corrupción de la naturaleza humana no se puede tomar a la ligera. No es una enfermedad parcial y superficial, sino una corrupción radical y universal de la voluntad del hombre, sus inclinaciones y su conciencia. No somos meramente pobres y lastimeros pecadores a los ojos de Dios: somos pecadores culpables; somos pecadores censurables: merecemos en justicia la ira de Dios y su condena. Creo que son contados los errores y las falsas doctrinas en cuyos orígenes no encontramos ideas equivocadas con respecto a la corrupción de la naturaleza humana. Las ideas equivocadas con respecto a una enfermedad suelen conllevar ideas equivocadas con respecto al medicamento. Las ideas equivocadas con respecto a la corrupción de la naturaleza humana siempre conllevarán ideas equivocadas con respecto al gran antídoto y la cura para esa corrupción.
b) Por otro lado, debemos prestar atención a nuestra doctrina con respecto a la inspiración y la autoridad de las Santas Escrituras. Sostengamos con valentía, ante todos los que digan lo contrario, que toda la Biblia ha sido dada por inspiración del Espíritu Santo, que toda ella es completamente inspirada, no una parte más que otra, y que hay un abismo entre la Palabra de Dios y cualquier otro libro del mundo. No debemos temer las dificultades que puedan salirnos al paso en cuanto a la doctrina de la inspiración plenaria. Hay muchas cosas en ella que son demasiado elevadas para nuestra comprensión: es un milagro, y todos los milagros son forzosamente misteriosos. Pero, si no creemos en nada hasta poder explicarlo en su totalidad, ciertamente creeremos en muy pocas cosas. No debemos temer los ataques a la Biblia por parte de la crítica. Desde los tiempos de los Apóstoles, la Palabra del Señor ha sido “probada” incesantemente y jamás ha dejado de salir como el oro, indemne e inmaculada. No debemos temer los descubrimientos de la ciencia. Puede que los astrónomos sondeen los cielos con sus telescopios y que los geólogos lleguen al corazón de la Tierra, pero jamás debilitarán la autoridad de la Biblia. “Jamás se descubrirá contradicción entre la voz de Dios y la obra de las manos de Dios”. No debemos temer las investigaciones de los exploradores. Jamás descubrirán nada que contradiga la Biblia de Dios. Creo que, si Layard recorriera toda la Tierra y excavara cien Nínives enterradas, no encontraría una sola inscripción que contradijera un solo hecho de la Palabra de Dios.
Más aún, debemos afirmar valientemente que esta Palabra de Dios es la única regla de fe y conducta, que ningún hombre puede exigir nada que no esté escrito en ella como necesario para la salvación y que, por muy convincentemente que se defiendan nuevas doctrinas, si no están en la Palabra de Dios no son dignas de nuestra atención. No importa en absoluto quién diga algo, ya sea un obispo, un archidiácono, un deán o un presbítero. No importa en absoluto que esté bien dicho, de forma elocuente, atractiva y convincente, y de tal forma que te ponga en ridículo. No debemos creerlo a menos que se nos pruebe por medio de la Santa Escritura.
En último lugar, pero no por ello de menor importancia, debemos utilizar la Biblia demostrando que creemos que nos fue dada por inspiración. Debemos utilizarla con reverencia y leerla con toda la ternura con que leeríamos las palabras de un padre ausente. No debemos esperar ausencia de misterios en un libro inspirado por el Espíritu de Dios. Debemos recordar que en la naturaleza existen muchas cosas que no podemos entender y que lo mismo que sucede con el libro de la naturaleza sucederá siempre con el libro de la Revelación. Deberíamos acercarnos a la Palabra de Dios con ese espíritu piadoso que recomendaba Lord Bacon hace muchos años: “Recuerda —dice hablando acerca del libro de la naturaleza— que el hombre no es el dueño de ese libro, sino un intérprete del mismo”. Y, tal como tratamos el libro de la naturaleza, así debemos tratar el Libro de Dios. No debemos acercarnos a él para enseñar, sino para aprender; no como sus maestros, sino como humildes alumnos que intentan comprenderlo.
c) Por otro lado, debemos prestar atención a nuestra doctrina con respecto a la expiación y al oficio sacerdotal de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Debemos sostener valientemente que la muerte de nuestro Señor en la Cruz no fue una muerte común. No fue la muerte de alguien que, como Cranmer, Ridley y Latimer, fueron mártires. No fue la muerte de alguien que murió solamente para dejarnos un ejemplo de abnegación y entrega. La muerte de Cristo fue un sacrificio a Dios del propio cuerpo de Cristo y de su sangre para satisfacer el castigo merecido por el pecado y la transgresión del hombre. Fue un sacrificio y una propiciación; un sacrificio tipificado en cada ofrenda de la Ley mosaica, un sacrificio de la más poderosa influencia sobre el género humano. Sin el derramamiento de esa sangre no podría haber —no habría habido— remisión alguna de pecado.
Más aún, debemos afirmar valientemente que ese Salvador crucificado está sentado para siempre a la diestra de Dios para interceder por todos los que acuden a Dios por medio de Él, qué Él les representa allí y ruega por los que han depositado su confianza en Él y que no ha delegado su oficio de Sacerdote y Mediador a ningún hombre o conjunto de hombres sobre la Tierra. No necesitamos a nadie más. No necesitamos a la virgen María ni a los ángeles, ni a ningún santo, sacerdote o persona —ordenada o sin ordenar— para que medie entre Dios y nosotros; solo necesitamos al único Mediador: Cristo Jesús.
Más aún, debemos afirmar valientemente que la tranquilidad de conciencia no se compra por medio de la confesión a un sacerdote y recibiendo la absolución de un hombre por el pecado. Solo se obtiene acudiendo al gran Sumo Sacerdote, Cristo Jesús; por medio de la confesión ante Él, no ante el hombre; y porque nos absuelve Él únicamente, el único que puede decir: “Tus pecados te son perdonados: ve en paz”.
En último lugar, pero no por ello de menor importancia, debemos afirmar valientemente que esa paz con Dios, una vez obtenida por medio de la fe en Cristo, no debe guardarse por medio de meros actos externos de adoración ceremonial ni recibiendo el sacramento de la Santa Cena cada día, sino por medio de la costumbre diaria de mirar al Señor Jesucristo por fe, comiendo por fe su cuerpo y bebiendo por fe su sangre; esa comida y esa bebida de la que nuestro Señor dice que quien coma y beba hallará que su “carne es verdadera comida y [su] sangre es verdadera bebida”. El santo John Owen declaró hace mucho tiempo que, si había algo que Satanás deseaba echar abajo más que ninguna otra cosa, era el oficio sacerdotal de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Satanás sabía bien —decía Owen— que era el “principal fundamento de la fe y el consuelo de la Iglesia”. Las ideas correctas con respecto a ese oficio son de esencial importancia en la actualidad para que los hombres no caigan en el error.
d) Debo mencionar otro antídoto más. Debemos prestar atención a nuestra doctrina con respecto a la obra del Espíritu Santo. Tengamos presente que su obra no es una actuación invisible e incierta en el corazón y que donde está no se oculta, no pasa desapercibido. No creemos que el rocío al caer pueda pasar desapercibido o que, habiendo vida en un hombre, no se pueda ver y observar en su aliento. Lo mismo sucede con la influencia del Espíritu Santo. Ningún hombre tiene derecho a decir que la tiene a menos que puedan verse sus frutos —los efectos de su experiencia— en su vida. Donde Él esté habrá una nueva creación y un nuevo hombre. Donde Él esté habrá siempre un nuevo conocimiento, una nueva fe, una nueva santidad, nuevos frutos en la vida, en la familia, en el mundo, en la Iglesia. Y donde no se vean estas cosas, podemos decir con toda confianza que la obra del Espíritu Santo está ausente. Estos son tiempos en que todos necesitamos estar en guardia con respecto a la doctrina de la obra del Espíritu. Madame Guyon dijo hace mucho tiempo que quizá llegaría la época en que los hombres tuvieran que ser mártires por la obra del Espíritu Santo. Ese momento no parece lejano. En cualquier caso, si hay una verdad religiosa que parece ser más despreciada que otras, es la obra del Espíritu Santo.
Deseo recalcar la inmensa importancia de estos cuatro puntos a todos los que lean este capítulo: a) ideas claras con respecto a que la naturaleza humana es pecaminosa; b) ideas claras con respecto a la inspiración de la Escritura; c) ideas claras con respecto a la expiación y el oficio sacerdotal de nuestro Señor y Salvador Jesucristo; d) e ideas claras con respecto a la obra del Espíritu Santo. Creo que en el corazón que está firme en cuanto a estos cuatro puntos no hallarán asidero doctrinas extrañas con respecto a la Iglesia, el ministerio y los sacramentos ni con respecto al amor de Dios, la muerte de Cristo y la eternidad del castigo. Creo que son cuatro grandes salvaguardas contra la levadura de los fariseos y de los saduceos.
Concluiré ahora este capítulo con algunas indicaciones a modo de aplicación práctica. Deseo que toda esta cuestión resulte útil a todos aquellos en cuyas manos caigan estas páginas y ofrecer una respuesta a las preguntas que puedan surgir en algunos corazones: ¿Qué debemos hacer? ¿Qué consejos puedes ofrecernos para estos tiempos?
1) En primer lugar, quiero pedir a todo lector de este capítulo que averigüe si tiene una religión salvadora personal para su propia alma. Esto es lo principal, a fin de cuentas. No servirá de provecho alguno a ningún hombre el pertenecer a una firme Iglesia visible si él mismo no pertenece a Cristo. De nada le servirá tener salubridad intelectual en la fe y conformarse a la sana doctrina si su propio corazón no está sano. ¿Es este tu caso? ¿Puedes decir que tu corazón está sano a los ojos de Dios? ¿Lo ha renovado el Espíritu Santo? ¿Permanece Cristo en ti por la fe? ¡No descanses, no descanses hasta que puedas dar una respuesta afirmativa a estas preguntas! El hombre que muere inconverso, por muy sanas que sean sus ideas, estará tan ciertamente perdido para siempre como el peor fariseo o saduceo que haya vivido.
2) En siguiente lugar, permítaseme rogar a cada lector de este capítulo que desee tener una fe sana que estudie diligentemente la Biblia. Ese bendito libro se nos ha dado para que sea lámpara a nuestros pies y lumbrera en nuestro camino. Ningún hombre que lo lea con reverencia, oración, humildad y regularidad se desviará del camino al Cielo. Todo sermón, todo libro religioso y todo ministerio deben ser probados y evaluados por él. ¿Quieres saber cuál es la Verdad? ¿Te sientes confundido y desorientado por la guerra de palabras que oyes por todas partes con respecto a la religión? ¿Quieres saber lo que debes creer y lo que debes ser y hacer a fin de ser salvo? Toma tu Biblia y aléjate del hombre. Lee tu Biblia orando fervorosamente por la enseñanza del Espíritu Santo; léela con la determinación sincera de guiarte por sus lecciones. Hazlo con firmeza y perseverancia y verás la luz: serás protegido de la levadura de los fariseos y de los saduceos y guiado a la vida eterna. La mejor forma de hacer una cosa es hacerla. Actúa según este consejo sin demora.
3) En siguiente lugar, permítaseme aconsejar a cada lector de este capítulo que tiene razones para creer que su fe y su corazón están sanos que preste atención a la proporción de las verdades. Con eso pretendo recalcar la importancia de otorgar a cada una de las diversas verdades del cristianismo idéntico lugar y posición en nuestro corazón al recibido en la Palabra de Dios. Las cosas primordiales no se deben poner en segundo lugar y las cosas secundarias no deben tener prioridad en nuestra religión. No se debe poner la Iglesia por encima de Cristo; no se deben poner los sacramentos por encima de la fe y de la obra del Espíritu Santo. No se debe exaltar a los ministros por encima del lugar que les ha asignado Cristo; los medios de gracia no deben considerarse como fines en lugar de medios. Tener en cuenta este punto es de gran importancia: los errores que surgen por desatenderlo no son pocos ni pequeños. De ahí la inmensa importancia de estudiar toda la Palabra de Dios, sin omitir nada y evitando la parcialidad al leer una parte más que otra. De ahí también el valor de tener un sistema cristiano claro en nuestras mentes. Le iría muy bien a la Iglesia de Inglaterra leer sus Treinta y Nueve Artículos y advertir el bello orden en que declaran las principales verdades que deben creer los hombres.
4) En siguiente lugar, permítaseme suplicar a todo siervo de Cristo con un corazón sincero que no se deje engañar por el especioso disfraz bajo el que suelen acercarse las falsas doctrinas a nuestras almas en la actualidad. Cuídate de suponer que se puede confiar en un maestro religioso porque, aun a pesar de sostener algunas ideas erróneas, “enseña muchas verdades”. Tal maestro es precisamente el que puede hacerte más daño: el veneno es siempre más peligroso cuando se da en pequeñas dosis y mezclado con comida saludable. Ten cuidado de no dejarte llevar por el aparente fervor de muchos de los maestros y defensores de la falsa doctrina. Recuerda que el celo, la sinceridad y el fervor no son prueba alguna de que un hombre está trabajando para Cristo y de que hay que creerle. Sin duda fue el fervor lo que movió a Pedro a ofrecer al Señor librarse y no ir a la Cruz; sin embargo, nuestro Señor le dijo: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!”. No cabe duda de que Saulo era movido por un gran fervor cuando fue de un lugar a otro persiguiendo a los cristianos; sin embargo, lo hizo por ignorancia y su celo no era con conocimiento. No cabe duda de que los fundadores de la Inquisición española estaban llenos de fervor y, al quemar vivos a los santos de Dios, pensaban que estaban prestando un servicio a Dios; sin embargo, en realidad estaban persiguiendo a los miembros de Cristo y siguiendo los pasos de Caín. Es un hecho terrible que “el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz” (2 Corintios 11:14). ¡De todos los engaños que se dan en estos últimos tiempos no hay otro más extendido que la idea de que “si un hombre es fervoroso en su religión tiene que ser un hombre bueno”! Ten cuidado de no dejarte llevar por este engaño; ¡ten cuidado de que no te extravíen “hombres fervorosos”! El fervor es en sí mismo algo excelente; pero debe ser un fervor en nombre de Cristo y de toda su Verdad o, si no, carece de valor alguno en absoluto.
5) En siguiente lugar, permítaseme aconsejar a todo verdadero siervo de Cristo que examine su propio corazón frecuente y detenidamente en relación con su estado ante Dios. Esta es una práctica que resulta útil en todas las épocas; pero es especialmente deseable en el presente. Cuando la gran peste de Londres estaba en su máximo apogeo, la gente observaba de una forma que nunca había observado antes el más mínimo síntoma que aparecía en su cuerpo. Una mancha aquí o allá, que en tiempo de salud los hombres considerarían sin importancia, recibía una gran atención cuando la peste estaba diezmando familias y matando a uno tras otro. Así debería ser con nosotros mismos en los tiempos en que vivimos. Debemos observar nuestros corazones con doble vigilancia. Debemos dedicar más tiempo a la meditación, a examinarnos a nosotros mismos y a la reflexión. Es una época de prisas y apresuramientos; si queremos ser guardados de caer, debemos dedicar tiempo a estar con frecuencia a solas con Dios.
(6) Por último, permítaseme animar a todos los verdaderos creyentes a contender ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos. No tenemos motivos para avergonzarnos de esa fe. Estoy firmemente convencido de que no hay sistema que proporcione más vida, que esté calculado de tal forma para despertar a los que duermen, guiar a los que buscan y edificar a los santos que el llamado sistema cristiano evangélico. Dondequiera que se predica fielmente, se pone en acción eficazmente y se adorna coherentemente con las vidas de sus maestros, está el poder de Dios. Quizá se hable en su contra y algunos se burlen; pero lo mismo sucedió en los tiempos de los Apóstoles. Quizá muchos de sus defensores lo presenten y lo defiendan débilmente; pero, al final, sus frutos y resultados son su principal elogio. Ningún otro sistema religioso puede ofrecer tantos frutos. En ningún otro lugar se convierten tantas almas a Dios como en las congregaciones donde se predica el Evangelio de Jesucristo en su plenitud, sin mezclarlo con la doctrina farisea o saducea. Sin lugar a dudas, no se nos llama a ser meros polemistas, pero jamás debiéramos avergonzarnos de dar testimonio de la Verdad tal como es en Jesús y de defender con denuedo la religión evangélica. Tenemos la Verdad y no debemos tener miedo a decirlo. El día del Juicio demostrará quién está en lo cierto, y a ese día debemos mirar con valenlía.

Ryle, J. C. (2003). Advertencias a las iglesias (D. C. Williams, Trad.; Primera edición, pp. 42-67). Editorial Peregrino.

Por Qué Vale la Pena Pelear por la Verdad

Por Qué Vale la Pena Pelear por la Verdad

by John MacArthur 

¿Quién hubiera pensado que las personas que dicen ser cristianas, aun los pastores, atacarían la misma noción de la verdad? Pero así lo hacen.

Un reciente ejemplar de la revista Christianity Today resaltó un artículo acerca de «La iglesia emergente». Ese es el nombre popular para una afiliación informal de comunidades cristianas de todo el mundo que quieren renovar la iglesia, cambiar la forma en que los cristianos interactúan con la cultura y cambiar nuestro modo de pensar acerca de la verdad misma. El artículo incluía un perfil de Rob y Kristen Bell, el matrimonio fundador de Mars Hill, una comunidad emergente en continuo y gran crecimiento en Grand Rapids, Michigan.

Según el artículo, los Bell se encontraron cada vez más incómodos con la iglesia. Kristen dice: «La vida en la iglesia se había empequeñecido. Había funcionado por un largo tiempo, pero luego dejó de hacerlo». Los Bell se comenzaron a cuestionar sobre sus conceptos acerca de la Biblia misma, «descubriendo la Biblia como una creación humana», como dice Rob, en vez de una creación divina. Rob dice: «La Biblia está aún en el centro para nosotros, pero es un centro distinto. Queremos abrazar el misterio, en vez de conquistarlo». Kristen dice: «Crecí pensando que ya habíamos descifrado la Biblia, que sabíamos lo que significa. Ahora no tengo idea del significado de la mayor parte de ella. Y sin embargo, pienso otra vez que la vida es grande; como si la vida hubiera sido en blanco y negro y ahora fuera de color»[1].

Un tema dominante impregna todo el artículo: En el movimiento de la iglesia emergente, la verdad (en cualquier grado que este concepto sea reconocido) es inherentemente difusa, indistinta e incierta, y quizá hasta desconocida.

Cada uno de los líderes de la iglesia emergente descrito en el artículo, expresó un alto nivel de disconformidad con cualquier insinuación de certeza en cuanto al significado de la Biblia, hasta con respecto al evangelio. Aun el evangelio es una nebulosa para ellos. Por ejemplo, Brian McLaren, ex pastor y autor popular, es la figura más conocida y una de las voces más influyentes en el movimiento de la iglesia emergente. McLaren es mencionado en el artículo de Christianity Today, donde dice: «Yo no creo que tengamos el evangelio correcto todavía… No creo que los liberales lo tengan, pero tampoco nosotros lo tenemos. Ninguno de nosotros ha alcanzado la ortodoxia»[2].

En otros escritos, McLaren compara la noción convencional de ortodoxia con una afirmación: «Nosotros tenemos la verdad capturada, embalsamada y puesta en la pared»[3]. Así mismo, caricaturiza a la teología sistemática como un intento inconsciente de «tener a la ortodoxia definitiva forzada, congelada y envuelta para siempre»[4].

Esto es muy popular hoy día. McLaren escribió y fue coautor de cerca de doce libros, y su completo rechazo hacia la certeza es un tema que abarca una y otra vez. En el año 2003 Zondervan y Especialidades Juveniles se juntaron para lanzar una línea de materiales llamados «Emergent/YS». Publicaron libros, DVD y material de audio en grandes cantidades con títulos que iban desde Velvet ElvisRepainting the Christian Faith (Velvet Elvis: Repintando la fe cristiana) de Rob Bell hasta Adventures in Missing the Point (Aventuras al perder el punto principal), un título acertado con la colaboración de Brian McLaren y Tony Campolo.

La idea de que el mensaje cristiano debería mantenerse flexible y ambiguo parece sumamente atractiva para los jóvenes que están sintonizados con la cultura y enamorados del espíritu de la edad, y que no soportan la idea de tener la verdad bíblica autoritaria aplicada con precisión para corregir el estilo de vida mundano, las mentes profanas y los comportamientos impíos. Y el veneno de esta perspectiva está siendo inyectado más y más dentro del cuerpo de la iglesia evangélica.

Eso no es cristianismo auténtico. No saber lo que uno cree (sobre todo cuando se habla de un tema tan esencial como el evangelio para el cristianismo) es por definición un tipo de incredulidad. Negarse a reconocer y defender la verdad revelada por Dios es una forma testaruda y perniciosa de incredulidad. Defender la ambigüedad, exaltar la incertidumbre o de lo contrario ocultar la verdad es una manera pecaminosa de fomentar la incredulidad.

Cada cristiano verdadero debería conocer y amar la verdad. La Escritura dice que una de las características clave de «los que se pierden» (aquellas personas que están condenadas por su incredulidad) es que «no recibieron el amor de la verdad para ser salvos» (2 Tesalonicenses 2:10). Es claro que el amor genuino por la verdad se edifica en la fe salvadora. Es por lo tanto, una de las cualidades distintivas de cada creyente verdadero. Según las palabras de Jesús, ellos conocieron la verdad, y la verdad los ha hecho libres (Juan 8:32).

En una época en que la sola idea de verdad está siendo atacada con desdén (aun en la iglesia donde las personas deberían reverenciar la verdad), el consejo sabio de Salomón nunca fue tan oportuno: «Compra la verdad, y no la vendas» (Proverbios 23:23).

(Adaptado de Verdad en Guerra)


[1] Andy Crouch, “The Emergent Mystique”, Christianity Today, noviembre 2004, pp. 37-38, énfasis agregado

[2] Ibid.

[3] Brian McLaren, A Generous Orthodoxy, (Grand Rapids: Zondervan, 2004), p. 293.

[4] Ibid., p. 286.

Sublime gracia del Señor | Charles Spurgeon

12 de febrero

«Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre». Juan 14:16

El magnífico Padre se reveló a los creyentes de la antigüedad, antes de la venida de su Hijo, y Abraham, Isaac y Jacob lo conocieron como el Dios Todopoderoso. Después vino Jesús, y el siempre bendito Hijo, en su persona misma, fue el deleite de los ojos de su pueblo. Y, desde la ascensión del Redentor, el Espíritu Santo ha sido la cabeza de la presente dispensación y su poder se manifestó gloriosamente en Pentecostés y lo ha hecho después de entonces.

Él permanece en esta hora presente como Emmanuel (Dios con nosotros) morando en y con su pueblo: vivificando, guiando y reinando en medio del mismo.

¿Reconocemos su presencia como debiéramos?

No podemos restringir la acción del Espíritu: él es enteramente soberano en todas sus obras.

Sin embargo, ¿estamos suficientemente ansiosos por obtener su auxilio, o suficientemente despiertos como para no provocarle a que nos retire su ayuda?

Sin él, nada podemos hacer; pero, con su poderosa energía, pueden producirse los más extraordinarios resultados.

Cada cosa depende de la manifestación o de la ocultación de su poder. ¿Le aguardamos siempre, tanto para nuestra vida interior como para nuestro servicio externo, con la respetuosa dependencia que conviene?

¿No acudimos, con frecuencia, presurosos a su llamado y obramos, después, independientemente de su ayuda?

Humillémonos esta noche por los errores pasados, e imploremos ahora que el celestial rocío repose sobre nosotros, que el óleo sagrado nos unja y que la llama celestial arda en nosotros.

El Espíritu Santo no es un don temporal, sino que él permanece con los santos.

No tenemos más que buscarlo acertadamente y lo hallaremos.

Él es celoso, pero también compasivo: si se va con ira, vuelve con misericordia.

Condescendiente y tierno no se cansa de nosotros, sino que aguarda para ser siempre benigno.

Sublime gracia del Señor

que a un infeliz salvó;

fui ciego mas hoy veo yo,

perdido y él me halló.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 51). Editorial Peregrino.

Teoría y práctica

Sábado 11 Febrero
Respondiendo Jesús, les dijo: Tened fe en Dios.
Marcos 11:22
Si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte… y nada os será imposible.
Mateo 17:20
George Müller (2)
Teoría y práctica

El capitán de un barco cristiano en el cual viajaba George Müller cuenta lo siguiente: «Nuestro barco estaba frenado desde hacía varios días, en medio de una niebla impenetrable, sin nada de viento. El señor Müller vino a mi cabina y me dijo:

–Capitán, el sábado por la noche tengo que estar en Quebec (Canadá).

–Es imposible, respondí.

–¡Muy bien! Si su barco no puede llevarme, el Dios a quien conozco desde hace 57 años se encargará de encontrarme otro medio de transporte. Él nunca ha permitido que falte o llegue tarde a mis compromisos.

–¿Sabe cuál es la densidad de la niebla?

–No, mis ojos no ven la niebla; ellos ven al Dios vivo que dirige toda mi vida.

George Müller se puso de rodillas y oró:

–Señor, si esa es tu voluntad, haz desaparecer esta niebla en cinco minutos. Sabes que prometí estar el sábado en Quebec. Creo que es tu voluntad.

Cuando él terminó de orar, yo también quise orar, pero él puso su mano en mi espalda y me dijo que no lo hiciera, y precisó:

–Primero, usted no cree que Dios lo hará, y segundo, sé que Dios ya respondió. Entonces no es necesario que ore por lo mismo… Capitán, desde que conozco a mi Señor, no ha pasado un solo día sin que haya tenido una audiencia ante el Rey. Levántese, capitán, suba a la cubierta y compruebe que la niebla ya desapareció.

Fui… el viento se había levantado y ya no había niebla. ¡El sábado en la noche George Müller estaba en Quebec!».

2 Samuel 4 – Mateo 26:14-46 – Salmo 22:1-5 – Proverbios 8:28-31

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

La generosidad | Tim Challies

El carácter del cristiano: la generosidad
Por: Tim Challies

Estamos explorando los diferentes rasgos de carácter de los ancianos, que son en realidad una demanda de Dios para todos los cristianos. Si bien se supone que los ancianos deben ejemplificar estos rasgos, todos los cristianos deberían exhibirlos. Quisiera que consideremos juntos si estamos mostrando estos rasgos, y de esta manera aprender cómo podemos orar para tenerlos en una mayor medida. Hoy vamos a ver lo que significa para un anciano —y para cada cristiano— no ser amante del dinero y las riquezas, sino ser reconocido por la generosidad.

Pablo escribe a Timoteo: “Un obispo debe ser, pues, irreprochable, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, de conducta decorosa, hospitalario, apto para enseñar, no dado a la bebida, no pendenciero, sino amable, no contencioso, no avaricioso” (1 Tim. 3:2-3). De manera similar, le dice a Tito que el obispo debe ser irreprensible como administrador de Dios, no obstinado, no iracundo, no dado a la bebida, no pendenciero, no amante de ganancias deshonestas (Ti.1:7). Por último, Pedro escribe a los ancianos exiliados: “Pastoread el rebaño de Dios entre vosotros, velando por él, no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios; no por la avaricia del dinero, sino con sincero deseo” (1Pe. 5:2). Claramente, los autores bíblicos entienden que la forma en que usamos nuestro dinero revela algo muy importante acerca de nuestra relación con Dios. También entienden que siempre habrá personas que persiguen el ministerio con el propósito de enriquecimiento personal.

En su comentario sobre 1 Timoteo, Philip Ryken señala que hay dos errores graves que pueden ocurrir al considerar a los líderes cristianos a la luz del dinero: “Es un grave error considerar la riqueza como una credencial para el liderazgo espiritual. Ser rico no descalifica a un hombre para el pastorado, pero tampoco lo recomienda para este. Lo que importa es cómo usa su dinero, y especialmente cuánto afecto tiene por este. Un anciano no debe ser amante del dinero”.

De esta manera, John Piper escribe que “el estilo de vida de un anciano no debe reflejar el amor por las cosas lujosas. Debe ser un dador generoso. No debería estar ansioso por su futuro financiero. No debe estar tan orientado al dinero que las decisiones del ministerio giran en torno a este tema”.

El hombre debe estar libre tanto del amor al dinero, como del amor por un estilo de vida lujoso que el dinero puede comprar. Él muestra estar libre del amor al dinero a través de su generosidad.

Alexander Strauch explica:

“Este requisito prohíbe un interés mercenario que utiliza el ministerio cristiano y a la gente para el beneficio personal. … Como una droga poderosa, el amor al dinero puede engañar el juicio incluso de los mejores hombres. … Los ancianos, entonces, no pueden ser el tipo de hombres que siempre están interesados en el dinero. No pueden ser hombres que necesitan controlar los fondos de la iglesia y que rechazan dar cuentas de su responsabilidad financiera. Tales hombres han distorsionado los valores espirituales y están dando el ejemplo equivocado para la iglesia. Inevitablemente caerán en aspectos financieros poco éticos que deshonrarán públicamente el nombre del Señor”.

De hecho, vemos regularmente a hombres cayendo en escándalos por esa misma razón. Jesús lo advirtió: “Nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas (Mat. 6:24). Es crucial para el bienestar de la iglesia que sus líderes sean controlados gozosamente por la Palabra de Dios más que por el deseo de tener riquezas.

¿Y qué de los cristianos que no son ancianos? No es sorprendente que Dios requiera el mismo estándar. Jesús les advirtió: “No os acumuléis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre destruyen, y donde ladrones penetran y roban; sino acumulaos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre destruyen, y donde ladrones no penetran ni roban; porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mat. 6:19-21).

Más adelante en su carta a Timoteo, Pablo advierte sobre el poder del dinero: “Porque nada hemos traído al mundo, así que nada podemos sacar de él. Y si tenemos qué comer y con qué cubrirnos, con eso estaremos contentos. Pero los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo y en muchos deseos necios y dañosos que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque la raíz de todos los males es el amor al dinero, por el cual, codiciándolo algunos, se extraviaron de la fe y se torturaron con muchos dolores.” (1Tim.6: 7-10). Uno de los temas principales de la literatura de sabiduría en la Biblia es el peligro de idolatrar el dinero y la riqueza.

Sería un gran error, sin embargo, pensar que Dios sólo tiene cosas negativas que decir sobre el dinero. Más bien, nos dice que el dinero es un gran regalo que podemos administrar fielmente para los propósitos más significativos. “Honra al Señor con tus bienes y con las primicias de todos tus frutos”, dice Salomón (Prov. 3:9). “Entonces el pueblo se alegró porque habían contribuido voluntariamente, porque de todo corazón hicieron su ofrenda al Señor; y también el rey David se alegró en gran manera” (1 Cró. 29:9).

Pablo enseñó el valor perdurable de la generosidad cuando escribió la iglesia en Corinto: “Que cada uno dé como propuso en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al dador alegre” (2 Cor.9:7).

Es el deber y placer del cristiano mantenerse libre de la riqueza y poder dar generosamente a la obra del Señor. Cualquier problema con el dinero no es culpa del dinero en sí, sino del corazón humano engañoso y pecaminoso.

Como señala Thabiti Anyabwile, tenemos algo mucho más grande que el dinero. Algo que puede cautivar nuestros afectos de una manera mucho más profunda: “El Señor nos da mayores amores que el dinero, que se hace alas y vuela (Pr. 23: 5). Él nos da mayores delicias en Cristo, que en realidad es el mayor deleite de todos. Qué privilegio es, por la rica gracia de Dios, predicar a Cristo el Cordero, a un mundo lleno de amor por el dinero”.

Autoevaluación
¿Qué en cuanto a ti? ¿Cómo es tu relación con el dinero? Les animo a reflexionar, mientras oran, sobre preguntas como estas:

¿Los demás dirían que eres tacaño o que eres generoso? ¿Dirían que amas el dinero o que amas a la gente?
¿Cuándo fue la última vez que te negaste a tí mismo un placer material para poder utilizar ese dinero con el fin de bendecir a alguien más?
¿Tienes un plan para dar a la iglesia y a otras causas dignas?
¿Estás dispuesto a dar en secreto para que nadie lo sepa, excepto tú y el Señor? (Mat. 6:1-4)
Puntos de oración
Dios ama al dador alegre porque Él mismo es un dador alegre. Por lo tanto, les animo a orar de estas maneras:

Ruego a ti, Padre, que hagas que Cristo sea más precioso para mí que todo lo demás, incluido el dinero.
Ruego que me des un corazón generoso que sea rápido para identificar y satisfacer las necesidades de los demás. Ayúdame a depositar con alegría tesoros en el cielo con mucho más entusiasmo que en la tierra (Mat. 6:19-24).
Ruego que me ayudes a confiar en ti en todo momento, incluso -y especialmente- cuando las finanzas son apretadas. Ayúdame a creer que si cuidas de las aves y si vistes así la hierba del campo, entonces por supuesto proveerás también para mí (Mat.6:25-34).
Ruego que te pueda adorar mientras doy a tu obra el próximo domingo.

Este artículo pertenece a una serie titulada El Carácter Cristiano, publicada originalmente en Timchallies.com

Publicado originalmente en Challies.com