Confronta a los hipócritas, pero no los canceles | Will Anderson

Confronta a los hipócritas, pero no los canceles

Will Anderson

En la era digital, las historias de pastores caídos se vuelven virales, se documentan y se distribuyen a las masas a través de las redes sociales, YouTube, podcasts y denuncias en línea. Cuanto más prominente es el líder, más fuerte es el ruido. Cuanto más graves sean los pecados, mayor será la audiencia.

Desenmascarar a los charlatanes religiosos es lo correcto. Honra a las víctimas, hace que los líderes descarriados rindan cuentas y desafía los modelos de liderazgo basados más en la celebridad que en el servicio. Pero si bien exponer la hipocresía abusiva es un paso seguro hacia la justicia, es un primer paso crucial, no es una solución completa.

La hipocresía es como una máquina demoledora que destroza las almas a su paso, dejando a los santos desorientados tambaleándose entre los escombros de la traición. Los pastores falsos crean ovejas insensibles. En respuesta, algunos deconstruyen su camino hacia la desconversión, renunciando al cristianismo. Para los que se quedan, decididos a hallar sanidad en la iglesia y no fuera de ella, la ira, la desconfianza y la duda persisten: ¿Por qué volver a confiar en un pastor?

El hastío consume a innumerables buscadores de justicia. No basta con acusar a los abusadores espirituales; también estamos llamados a dar los primeros auxilios, vendando a los hermanos y hermanas heridos, indicándoles que Cristo es digno de confianza. Por eso me encanta Mateo 23, donde Jesús reprende ferozmente la hipocresía de los fariseos.

Este capítulo nos enseña de muchas maneras, a través de tres lecciones, que Jesús —y no los titulares— es quien debe moldear nuestra respuesta a la hipocresía.

  1. La hipocresía en los líderes no niega la obediencia en nosotros.
    Jesús no se contiene en Mateo 23, pues llama a los fariseos «hijos del infierno» y «guías ciegos», pero de forma sorprendente sus primeras palabras instruyen a los oyentes a obedecer las enseñanzas de ellos:

Los escribas y los fariseos se han sentado en la cátedra de Moisés. De modo que hagan y observen todo lo que les digan; pero no hagan conforme a sus obras, porque ellos dicen y no hacen (Mt 23:2-3).

Exponer la hipocresía abusiva es un paso seguro hacia la justicia, pero no es una solución completa

El punto de Jesús es claro, aunque contracultural: Todo discípulo debe obedecer la verdad bíblica, independientemente de quién la enseñe. Es desconcertante que los pastores malos a menudo enseñen cosas buenas. Jesús no nos está diciendo que seamos indiferentes a los pastores farsantes (su crítica mordaz lo demuestra más tarde). Pero Jesús sabe que somos propensos a tirar el bebé (la verdad que fortalece la fe) con el agua sucia (la hipocresía que aplasta la fe). Incluso cuando el pecado anula el ministerio de alguien, la Palabra de Dios nunca debe ser anulada (Is. 55:9-11). Como explica el comentarista Michael J. Wilkins:

Hay que obedecer todas y cada una de las interpretaciones correctas de las Escrituras. Los fariseos decían muchas cosas buenas, y su doctrina estaba más cerca de la de Jesús en muchos aspectos cruciales que la de otros grupos… Jesús no condena la búsqueda de la justicia en sí misma; más bien, critica solo ciertas actitudes y prácticas expresadas dentro del esfuerzo por ser justos.

Cuando una autoridad espiritual engaña, es tentador descartar no solo a la persona, sino también todo lo que ha enseñado. Se siente más seguro desechar todo, incluyendo la doctrina. Pero esto crea cínicos que perciben toda autoridad espiritual como abusiva y cualquier llamado a la obediencia como legalismo. Dios quiere que seamos duros con los tiranos, pero tiernos con Su Palabra. Abandonar la verdad es renunciar a nuestra arma más fuerte contra el mal. Permanezcamos armados.

  1. Dios odia la hipocresía más que nosotros.
    Mateo 23, junto con toda la Escritura (ver Ezequiel 34), nos muestra la ira de Dios cuando los líderes espirituales engañan y maltratan a Su pueblo. Cristo tiene cero simpatía por encubrir o minimizar las prácticas que calumnian Su nombre y maltratan a Su novia. Su furia santa es intensa, no indiferente; específica, ni ambigua.

En Mateo 23:4-36, Jesús lanza algunos reproches que irritan a los fariseos: hipócritas, hijos del infierno, guías ciegos, insensatos, ciegos, codiciosos, autocomplacientes, sepulcros blanqueados, malvados, serpientes, camada de víboras. Lejos de ser insultos inmaduros, estas palabras revelan el amor de Cristo por Su pueblo. Como un padre que increpa a alguien que intenta hacer daño a su hijo, la intensidad muestra intimidad.

Abandonar la verdad es renunciar a nuestra arma más fuerte contra el mal

El amor también es evidente en lo específico de la ira de Jesús. Con argumentos afilados, persigue a los fariseos con precisión, como señala Wilkins en su comentario sobre este pasaje: ellos imponen cargas legalistas a la gente (v. 4), muestran su piedad de forma pretenciosa (v. 5), se aprovechan de su posición de modo que menosprecian la autoridad de Dios (vv. 6-12), juegan con la religión (vv. 15-22), hacen prominentes asuntos menores (vv. 23-34), valoran la tradición por encima de Dios (vv. 25-28), y ahogan a las voces justas con las suyas (vv. 29-32).

Jesús lo deja claro: los que alardean de Su nombre, a costa de Su pueblo, corren un grave peligro. La justicia llegará.

  1. Dios anhela sanar a los hipócritas.
    Con una ira justa corriendo por sus venas, las últimas palabras de Jesús en esta escena son impactantes:

¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que son enviados a ella! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus pollitos debajo de sus alas, y no quisiste! (v. 37).

Esto es notable: Dios reprende a los hipócritas, pero también quiere sanarlos. Cuando rechazan Su gracia, como a menudo lo hacen, se lamenta. ¿Lo hacemos nosotros? ¿Estamos dispuestos a imitar la ira y la compasión de Jesús? Todos los cristianos atraviesan la misma metamorfosis: enemigos de Dios convertidos en amigos de Dios por la gracia de Dios (Ro 5:10). Si la gracia de Dios está firmemente arraigada en nosotros, anhelaremos verla en los demás.

Arrogancia y falsa humildad
El enfoque de Jesús para enfrentarse a los hipócritas entra ciertamente en conflicto con el espíritu de nuestra época. Seguir Su ejemplo radical requiere evitar dos extremos.

El primer extremo es la arrogancia, una ira desligada de la humildad. De nuevo, debemos enfadarnos por la hipocresía; pero como cristianos, sabemos que la indignación «justa» se degrada rápidamente en ira injusta, alimentada más por el orgullo que por la justicia. La ira piadosa implica moderación, confiando en que Él hará justicia. Tal contención contradice la cultura de cancelación. Al igual que todas las emociones, sometemos nuestra ira a Dios, actuando de forma responsable para defender a las víctimas y destronar a los manipuladores, pero de forma justa, no insensata.

El segundo extremo es una falsa humildad, que se niega a señalar la hipocresía porque «al fin y al cabo, todos somos hipócritas». Mostrándose como no juzgadora, esta mentalidad ignora la enseñanza clara de Jesús de que la disciplina eclesiástica es necesaria (Mt 18:15-19). Pablo dice que es el «peor de los pecadores», pero también reprende a Pedro por negarse a comer con los gentiles (Gá 2:11-21). Si la ira de Jesús en Mateo 23 nos enseña algo, que algunas situaciones requieren que hablemos en voz alta contra la hipocresía. Si nos negamos a reprender cuando la ocasión lo exige (Lc 17:3), nuestro silencio es cobardía, no humildad.

Uno de mis profesores favoritos del seminario nos retó a leer Mateo 23 cada año, y he aceptado el reto. Todos tenemos la tentación de sacar provecho del liderazgo de forma egoísta. Que el temor al Señor nos guarde de la insensatez.

Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
Will Anderson (MA, Talbot School of Theology) es director de Mariners Church en Irvine, California.

Viviendo como una iglesia – Clase 11: El servicio

Viviendo como una iglesia

Clase 11: El servicio

Serie:Viviendo como una Iglesia

  1. Introducción
    El día de hoy, pasamos al tema del servicio en la iglesia. Con servicio, me refiero a invertir tu tiempo, tus dones, tus recursos, tu energía y todo lo que tienes por el bien de la iglesia. El servicio de Cristo para con nosotros es el ejemplo de esto. Marcos 10:45: «Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos».

Ahora Jesús nos llama a tomar nuestra cruz y seguirle. Nuestro servicio a otros entonces debería ser el resultado del derroche de amor de nuestros corazones por el amor que Dios nos ha demostrado en Cristo. Eso es lo que desencadena el ministerio; un derroche de gozo cuando comprendemos la increíble misericordia que Cristo nos has mostrado.

Hoy consideraremos cómo Dios nos ha llamado a servirnos unos a otros en la iglesia a través de nuestros diversos dones, y cómo ese servicio contribuye a la unidad en el cuerpo. Esta unidad es una parte importante de nuestro testimonio: ¡Una comunidad llena de personas que se sirven gozosamente debe sobresalir en nuestro mundo! Comenzaremos con una teología del servicio, y luego estudiaremos cuatro formas en las que el servicio puede contribuir a la unidad. En el camino, haré una pausa y reflexionaremos en las diferentes formas en las que el servicio puede malinterpretarse y fracasar en glorificar a Dios. Mi esperanza es que nuestra discusión esta mañana nos aliente a servirnos más y más para la gloria de Dios y por nuestro bien.

  1. Una teología del servicio
    Permíteme comenzar describiendo una teología del servicio que vemos en diferentes pasajes de la Escritura, y empezaremos viendo un pasaje en 1 Pedro 4:10, leemos: «Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios». Y luego en el versículo 11, leemos: «Si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo».

Estos dos versículos en 1 Pedro son como una especie de resumen acerca de la teología del servicio o del ministerio dentro de la iglesia, y contiene cinco simples, pero importantes puntos: (1) cada cristiano ha recibido un don (esto no es solo algo para el liderazgo y el personal de la iglesia mientras que el resto observa pasivamente); (2) el don es resultado de la gracia de Dios; (3) somos responsables de usar ese don; (4) debemos usarlo por el bien de los demás y para la gloria de Dios; y (5) debemos servir conforme al poder de Dios. Por tanto, como cristiano, hay una manifestación especial de la gracia de Dios en la que puedes edificar a otros en la fe, y glorificar a Dios.

¿Cuál es el propósito de tu servicio? En Efesios 4:12, Pablo dice que estos dones son dados «a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios». Lo que Pablo está enfatizando aquí es la meta de fortalecer todo el cuerpo, no solo las partes. Debemos ministrarnos unos a otros no solo con la idea de ayudarnos a crecer mutuamente, sino también de que todo el cuerpo crezca en unidad. Dios nos da dones a todos, de acuerdo con su gracia, para ser ejercidos en su poder, no principalmente como un medio de realización para cada uno de nosotros como individuos, sino para el crecimiento de su iglesia, para que podamos crecer en unidad. Ese será nuestro enfoque el día de hoy.

Y ese es también nuestro primer punto de cómo podemos servir erróneamente. La persona que se siente con derecho a servir únicamente de la manera en que siente que ha sido dotada, y que teme no poder «realizarse» como cristiano si no sirve de esa forma, ha malinterpretado este pasaje. El propósito del servicio es el fortalecimiento del cuerpo, no nuestra realización personal. Y, por tanto, eso significa que servimos donde el cuerpo necesita ser fortalecido. El hecho de que Dios nos dé dones para usarlos sirviendo a los demás no busca limitarnos en lo que hacemos, nos capacita para hacer lo que debe hacerse. Podemos estar equivocados acerca de qué don o dones creemos que Dios nos ha dado. Es mucho mejor ponernos manos a la obra y empezar a servir, que sentarnos y preguntarnos cuál es nuestro don. Porque la meta del servicio es la unidad. Descubrimos nuestros dones mientras servimos.

  1. ¿Cómo deberíamos servir de una manera que promueva la unidad?
    Dado el objetivo de la unidad, ¿cómo debería ser nuestro servicio en la iglesia? ¿Y qué debería ser lo que nos motive a servir en la congregación? Permíteme mencionar cuatro respuestas a esas preguntas.

Primero, debemos servir con el poder que Dios da y con gran alegría.
Nuestra meta no debe ser meras buenas obras, sino buenas obras con un espíritu que proviene de una gozosa dependencia en la ayuda de Dios, eso es lo que glorifica a Dios en particular. De vuelta a 1 Pedro 4:11, leemos: «Si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da».

Así que imagina que dos personas están considerando si deberían venir para ayudar a limpiar la iglesia. Una de ellas dice: «Oh, supongo que iré. Vale unos cuantos puntos extra con los líderes. Además, soy muy bueno en esa clase de cosas, podré impresionar a la gente allí». Él va, allí se queja de las herramientas y habla sin parar acerca de sus capacidades. Trabaja, pero no lo hace confiando en el poder de Dios, y su actitud carece de un espíritu alegre y agradecido. Su deseo de impresionar a otros es una forma del temor al hombre. No está sirviendo para glorificar a Dios.

Pero considera a la segunda persona que también espera ayudar con la limpieza. Ha estado muy enfermo últimamente. Piensa para sí: «Oh, cómo me encantaría ayudar a limpiar la iglesia. Tal vez podría animar a quienes se encuentran abatidos. O quizá podría llevarles café». Entonces se pone a orar. Y resulta que después se siente lo suficientemente bien para ir a ayudar con la limpieza. Hace lo que puede con un trapo y una escoba, y lo hace bien. Pero, sobre todo, exuda un gozo y un sentido de gratitud que promueve la unidad y glorifica a Dios.

Ahora bien, estos ejemplos son algo extremos, pero espero que resalten que lo que le importa a Dios no es simplemente que usemos nuestros dones, sino cómo los usamos, confiando alegremente en él. Esa es la actitud que deberíamos tener cuando dedicamos nuestro tiempo, dinero o energía a la iglesia. En 2 Corintios 9:7, versículo que habla acerca de dar financieramente, leemos: «Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre».

Este versículo también aplica a nuestro servicio, ya que con mucha frecuencia no servimos con alegría, sino simplemente por culpa. Servimos por obligación; algo contra lo que habla este versículo. Pero la Biblia nos exhorta a servir, no como un deber, sino porque es una oportunidad fantástica para participar en la edificación del pueblo de Dios.

Forma #2 de servir mal: Servir por culpa en lugar de servir por gratitud. Piensa en lo que el servicio motivado por la culpa dice acerca de las cosas de Dios. Dice que no son más valiosas que otras cosas en nuestra vida, pero lo haremos de todos modos porque tenemos que hacerlo. La diferencia entre dejar que la tía Helga te bese cuando eres niño (porque se supone que debes hacerlo) y soportar con alegría un largo viaje para visitar a tus seres queridos cuando eres adulto (porque la recompensa vale la pena).

Ahora bien, esto puede hacer surgir una pregunta en nuestras mentes: ¿Qué pasa si no tenemos esta actitud? ¿Qué pasa si nuestro corazón es frio en nuestro servicio o está parcialmente motivado por la culpa o el temor al hombre? ¿Debería abstenerme de dar mi tiempo y mis recursos? ¿Sería hipócrita si continuara sirviendo?

La respuesta es no. No deberíamos dejar de servir en la iglesia a pesar de que nuestra alegría no siempre sea grande o nuestros motivos perfectamente puros. La Escritura nos ordena entregarnos. Y aunque debemos esforzarnos por servir con un corazón alegre y agradecido, también debemos reconocer que somos pecadores y no podemos hacerlo perfectamente. Así que, al igual que todo lo demás en la vida cristiana, lo hacemos imperfectamente pero, Dios mediante, seguimos creciendo en esta área mientras servimos. Debemos orar a Dios para que nos ayude a servir gozosamente con su poder, y para que nuestros motivos sean cada vez más puros.

Segundo, debemos servir sabiendo que el servicio de todos es necesario y valioso.
Un obstáculo para que el cuerpo de Cristo funcione como debería es que los miembros se sientan inútiles e insignificantes, lo que podría hacer que sientan envidia de los demás o amargura hacia Dios. Pablo rechaza directamente esta idea de inutilidad en 1 Corintios12, donde nuevamente usa esta maravillosa ilustración de un cuerpo con muchos miembros.
Pablo explica que la existencia misma del cuerpo de Cristo depende de la diversidad de dones que el Espíritu Santo ha dado a la iglesia. Socavamos esa diversidad que el Espíritu da cuando nos comparamos con otras personas. Así, en el versículo 17 dice: «Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato?». Y luego dice en el versículo 19: «Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?» El cuerpo no existiría.

Más importante aún, en respuesta al reclamo de inutilidad, Pablo apunta a la soberanía de Dios en el asunto. En el versículo 18 dice: «Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso». En su soberanía, Dios diseñó todas las partes del cuerpo, y lo hizo para nuestro mayor bienestar.

¿Qué significa esto para nosotros? Debemos servir en la iglesia donde podamos; debemos agradecer a Dios por los dones que nos ha dado; y no deberíamos sentirnos inútiles o descontentos simplemente porque no estamos sirviendo de alguna manera o capacidad en particular. Existen muchas formas de servir en la iglesia que son fundamentales para la salud de la congregación.

Ahora, no solo me refiero al uso de los dones espirituales, sino también acerca de nuestro uso de los dones físicos que Dios nos dio. Algunos miembros son especialmente ricos en tiempo; otros en recursos; otros en sus relaciones. Quienes tienen mucho tiempo pueden edificar al cuerpo particularmente a través de actos de servicio. Así, los miembros solteros que tienen más tiempo pueden ayudar más fácilmente a otros miembros a mudarse, por ejemplo, a ayudarles a cuidar de sus hijos, o ir a un viaje misionero a corto plazo. Aquellos que son ricos en recursos, pueden ayudar específicamente apoyando a la iglesia financieramente. Quienes son ricos en relaciones pueden edificar a la congregación ayudando a otros a encontrar amigos, discipulando a los adolescentes, proveyendo un hogar lejos de casa para los estudiantes universitarios. Y las habilidades y oportunidades que tenemos para servir pueden cambiar en diversas temporadas de la vida.

Si eres madre con hijos pequeños, es posible que te sientas exhausta y desanimada por no tener el tiempo para discipular a mujeres o servir como voluntaria en la iglesia como solías hacerlo. ¡Quiero decirte que eso está bien! Ahora estás en una etapa en la que Dios te ha llamado a servirle amando e instruyendo a tus hijos. Sé que a menudo oramos los domingos por la noche para que los miembros tengan buenas oportunidades para evangelizar, para que compartan el evangelio con el ateo que conocen en el autobús, o con el budista que se sienta junto a ellos en el trabajo. No te desesperes si sientes que has perdido esas oportunidades ahora que trabajas mayormente en casa, ¡es posible que el Señor te haya dado 2 o 4 pequeños ateos que tengas que evangelizar todo el día! Es bueno desear seguir sirviendo en la iglesia incluso si tus circunstancias de la vida han cambiado. Ora por eso, y observa cómo Dios podría abrir una puerta para servir de nuevas maneras en cualquier temporada de la vida.

Forma #3 de servir mal: Dejar de servir por no creer que nuestra contribución sea importante. Nunca debemos creer que el servicio a Dios es valioso principalmente por el resultado temporal, sino por lo que el sacrificio dice acerca lo que vale Dios para nosotros. ¿Qué dijo Jesús que era más valioso, las dos monedas de cobre de la viuda o los miles que dieron los ricos?

Pero eso plantea otra pregunta. ¿Significa esto que no podemos desear o buscar obtener otros dones espirituales? Si Dios es el que nos da dones de acuerdo a su buena voluntad, ¿lo deshonramos al pedirle dones que no tenemos ahora?

La Escritura enseña que es algo bueno procurar sinceramente los dones espirituales que todavía no tenemos. En 1 Corintios 14:1, Pablo instruye a los corintios a que procuren los dones espirituales, especialmente el don de profecía. ¿Es posible desear dones espirituales sin tener en cuenta los que sí tenemos? ¿O codiciando aquellos que otros tienen? Creo que sí lo es. Este es el equilibrio entre el contentamiento en la provisión misericordiosa y soberana de Dios, y el anhelo de peticiones santas en oración. Por tanto, deberíamos estar contentos con los dones que Dios nos ha dado, pero también podemos aspirar más.

Tercero, debemos usar nuestros dones con humildad.
Este es realmente el otro lado de nuestro segundo punto. En 1 Corintios 12:14-20, Pablo anima a aquellos miembros que podrían sentir que no tienen nada con lo que contribuir. Pero luego en los versículos 21 al 26, les advierte a quienes han recibido dones de mayor responsabilidad, a ejercer esos dones con humildad. Por lo que en el versículo 21 leemos: «Ni el ojo puede decirle a la mano: No te necesito». Quienes ocupan puestos de mayor responsabilidad o visibilidad en la iglesia no deben enseñorear su autoridad sobre otros ni cumplir con sus deberes con aires de superioridad. La unidad en la diversidad es imposible sin la humildad de Cristo. Y el lugar en el que más se necesita, es en aquellos que parecen tener mayor responsabilidad o prominencia en la iglesia. Cuando esto no sucede, las personas pueden volverse territoriales por un ministerio, o celosos y desconfiados de cualquiera que sugiera cambios. Los resultados son devastadores para la unidad de la iglesia.

Nuestro llamado es reconocer y honrar el servicio de todos los miembros sin importar cuán visible o invisible, importante o insignificante pueda parecer ese servicio. Una excelente forma de hacer esto es reconociendo el servicio de los demás, especialmente en las áreas del ministerio que están detrás de escena. Envía una tarjeta de ánimo, o agradécele a alguien verbalmente por su trabajo, ya sea dirigiendo el sistema del sonido, publicando los sermones en la página web, o trabajando como monitor de sala.

Forma #4 de servir mal: ¿Alguna vez te quejaste de que otros en la iglesia no están haciendo lo que les corresponde hacer? ¿De dónde viene esa actitud? Tal vez de un pobre entendimiento de las limitaciones bajo las que otros trabajan. Quizá de un corazón orgulloso que confunde el valor personal con la cantidad de servicio. A lo mejor de suponer que otros están desatendiendo deliberadamente su servicio, en lugar de darles compasivamente el beneficio de la duda, de que tal vez no conozcan cuánta alegría proviene de servir. En todo esto, la solución es la humildad. Reconoce que no eres mejor que nadie por servir. Todos somos merecedores del juicio de Dios por igual y, sin embargo, él nos ha rescatado para que ahora podamos servirle.

Cuarto, debemos servir para glorificar a Dios, por nuestro bien y por el bien de los demás.
Ya hemos tocado algo de este punto, pero quiero abordarlo explícitamente. Nuestro servicio en la iglesia produce varios beneficios: para nosotros, para los demás y, más importante, para la gloria de Dios.

Cuando servimos fielmente, Dios recibe la gloria porque simplemente le estamos devolviendo lo que le pertenece. El Salmo 24:1 dice: «De Jehová es la tierra y su plenitud», incluyendo el poder y el tiempo que nos da. Esa es la razón por la que para pensar en el servicio, tienes que pensar en todo tu estilo de vida. Lo que hacemos con cada hora, no solo los domingos durante la iglesia, dice algo de nuestra perspectiva de Dios y lo que él significa para nosotros.

Servir también beneficia directamente a otros. Hacerle a alguien una comida proporciona sustento. Darle a alguien un aventón hace posible que crezca bajo la predicación de la Palabra. Servir en el stand de libros ayuda a un sinfín de personas a beneficiarse de recursos útiles. Todo esto es obvio, pero haz una pausa y piensa en ello. ¿Quieres dar alegría a otras personas en su vida cristiana? Cuando te comprometes a servir de cierta manera, y te esfuerzas por mantener ese compromiso, a pesar de que el mismo limite tu tiempo y tus fuerzas, estás trabajando directamente para que otros crezcan en su gozo y conocimiento de Cristo.

Sin embargo, eso no es todo, ¡nuestro servicio también tiene beneficios para nosotros! Nos ayuda a apreciar el supremo acto del servicio que Cristo hizo por nosotros. Nos enseña que hay más bendición en dar que en recibir: una vida de servicio es simplemente una vida más feliz que una vida de egoísmo. El servicio nos hace menos egocéntricos, pero irónicamente, al hacerlo, Dios ha determinado que esta es la forma de vivir una vida de satisfacción y contentamiento. Cuando estructuramos nuestra vida para que servir sea una prioridad, nos obliga a depender más de Dios y de su poder.

Forma #5 de servir mal: La persona que sirve solo un poco porque su corazón ha sido atrapado por el mundo, y cree la mentira de que la autoindulgencia y el enfocarse en sí mismo da más alegría. Sus prioridades mixtas lo alejan de la mayor satisfacción que hay en la abnegación.

Forma #6 de servir mal: La persona que sirve hasta el punto que es aceptable para quienes lo rodean en lugar de apostar todo en el poder de Dios.

  1. Persevera en hacer el bien
    Finalmente, permíteme culminar brindando dos puntos de aplicación para nosotros en relación con el servicio en la iglesia.

Persevera en el servicio por medio del poder de Cristo
Primero, persevera en tu servicio mediante el poder de Cristo. Pablo le dijo a sus lectores en 2 Tesalonicenses 3:13: «Y vosotros, hermanos no os canséis de hacer bien». ¿Por qué? Porque esto pasa con frecuencia. Las personas se cansan de servir. Cuando pasan los años y se asienta el cansancio, podemos sentir la tentación de retirarnos o de parar por completo. O tal vez has perdido de vista la meta más grande de servir a Dios; habiendo estado tan atrapado en los detalles y el ajetreo del ministerio, has descuidado tu relación con Dios. Quizá ahora estás confiando en tus propias fuerzas.

Si este es el caso, recuerda que nuestra fortaleza para servir viene de Cristo que está en nosotros. Él nos ha dado su Espíritu. Para llevar fruto, debemos habitar en Cristo, la vid. Así como los alimentos proveen la energía que se necesita para nuestro bienestar físico, pasar tiempo en la Palabra de Dios y en la oración proporciona la nutrición espiritual que nos motiva a servir. Cuando nos recordamos una y otra vez el carácter de Dios, su bondad, su paciencia, lo que ha hecho por nosotros en Cristo, obtenemos nuevas fuerzas para servirle. Si desatendemos nuestro amor por Jesús, entonces no es de sorprender que nuestro servicio se convierta en otra tarea, incluso una carga. Por tanto, enciende tu corazón y tu mente para servir con la verdad de la gracia y la magnificencia de Dios.

Forma #7 de servir mal: Agotarnos sirviendo en nuestras propias fuerzas en lugar de renovarnos en nuestra relación con Dios. Te animo a que estructures tu vida para que sirvas de una manera sustentablemente sacrificial. Eso podría sonar contradictorio, porque el sacrificio no debería ser fácil. Pero lo que quiero decir es que, al sacrificarte busca posicionarte de modo que puedas continuar con una actitud de completa dependencia en Cristo que no produzca cansancio, sino que te conduzca a un estilo de vida contento y lleno de entrega para la gloria de Dios mientras descansas en él.

Oportunidades de servir en CHBC.
Finalmente, mientras piensas en perseverar de esa manera, quiero tomar un minuto para hablar de las oportunidades de servicio en CHBC. Una excelente forma de conocer esas oportunidades se encuentra en la sección de miembros de la página web, hay una página completa en la que todos los diáconos han enumerado las formas en que puedes ser voluntario en sus ministerios. Obviamente otra manera es esperar las oportunidades que se anuncian en el servicio los domingos por la noche o en el boletín electrónico semanal. Aquí tienes una lista de algunos ejemplos:

Dar un aventón a los ancianos; discipular a estudiantes universitarios; ser hospitalarios; escribir tarjetas de aliento; enseñar la sana doctrina, ayudar en el grupo de jóvenes; planear bodas; cuidar de los niños y muchas, muchas otras formas que vienen todo el tiempo.

Debo señalar que algunos de los ministerios más poderosos en CHBC no están conectados a un ministerio formal, sino a uno informal y relacional. Invitar a personas a cenar; o hablar con alguien que no conoce a muchas personas después del servicio por la mañana es una gran forma de hacer que se sientan bienvenidos. Formar relaciones con quienes luchan con entablar amistades es un gran ministerio, y uno que probablemente podríamos hacer mejor en nuestra iglesia. Mi sugerencia es comenzar con el ministerio de fomentar y alentar relaciones profundas, lo que requiere de tiempo, y luego, si todavía tienes tiempo, también involúcrate en otras prácticas ministeriales.

  1. Conclusión
    Durante casi doscientos años, el pueblo de Dios ha servido fielmente a Dios en esta iglesia. Impulsados por nuestro amor a Dios y nuestro deseo de glorificarlo. ¡Alabado sea Dios por lo mucho que esto ha servido de ejemplo en nuestra iglesia! Entre nosotros tenemos ejemplos del servicio fiel por parte de los miembros durante décadas. Jim Cox ha estado aquí desde los 90, anunciando y recogiendo fielmente las ofrendas. Por supusto, Maxine Zopf es conocida por su ministerio de oración. Los Reedys han estado organizando convivios regulares para promover la comunión durante años, y lo hacen alegremente sin mucho reconocimiento. Somos una congregación que está obligada a servir porque el Señor Jesucristo nos ha servido de manera suprema.

Ninguno que esté en Él persevera en el pecado | Scott Hubbard

Ninguno que esté en Él persevera en el pecado
Por Scott Hubbard

Cuanto más luches contra tu pecado, más tentaciones enfrentarás para dejar de luchar tan duro. Una vez, tal vez, tu celo se quemó; tu sangre espiritual hirvió. Pero a medida que pasaban los meses y los años, los deseos de un cristianismo más cómodo de alguna manera encajaron debajo de su armadura.

Pablo habla de matar el pecado, matar de hambre al pecado (Ro 8:13; 13:14), pero has comenzado a preguntarte si un enfoque menos decisivo y más a largo plazo podría funcionar igual de bien. Jesús habla de arrancarse un ojo y cortarse una mano (Mt 5:29); teóricamente estás de acuerdo, pero, si eres honesto, difícilmente puedes imaginar una abnegación tan extrema.

Es posible que alguna vez hayas encontrado placer en la justa ferocidad de un hombre como John Owen, quien escribió sobre caminar “sobre el vientre de sus concupiscencias” (Works [Obras], 6:14). Pero ha pasado algún tiempo desde que tus botas pisotearon cualquier lujuria. Y como dijo otro puritano una vez, puedes sentirte tentado a hablar de tus pecados como lo hizo Lot con Zoar: “¿Acaso no es pequeña?” (Gn 19:20). El tiempo da paso a muchos pecados pequeños, y los pecados pequeños, con el tiempo, dan paso a los más grandes.

El ablandamiento ocurre lentamente, por grados, como puedo atestiguar. Y a menudo, lo que más necesitamos en tales temporadas es un toque de trompeta justo, una nota entusiasta que sacuda los huesos y nos despierte de nuevo a la realidad. Tales nos las da el apóstol Juan en su primera carta:

“Ninguno que es nacido de Dios practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él. No puede pecar, porque es nacido de Dios” (1Jn 3:9).

A la pregunta, “¿pueden los nacidos de nuevo hacer del pecado una práctica?”, Juan responde de manera simple, clara, inequívoca: imposible.

Que nadie te engañe

Los acontecimientos recientes habían ensombrecido a la comunidad que recibió la carta de Juan. Captamos un vistazo en 1 Juan 2:19: “Ellos salieron de nosotros, pero en realidad no eran de nosotros, porque si hubieran sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros. Pero salieron, a fin de que se manifestara que no todos son de nosotros”. Una vez, un grupo de aparentes hermanos y hermanas pertenecía a nosotros; ahora, Juan puede hablar de estas personas solo como ellos.

Y no se fueron en silencio. No, se fueron hablando de ideas nuevas y extrañas acerca de Jesús: Que en realidad no vino en la carne (1Jn 4:2-3), que en realidad no era el Cristo (1Jn 2:22). Y con esta nueva teología vino una espiritualidad nueva y retorcida. Muchos, al parecer, profesaron conocer a Dios mientras caminaban en la oscuridad (1Jn 1:6), como si de alguna manera uno pudiera ser justo sin hacer justicia (1Jn 3:7). Reclamaron nueva vida; guardaron viejos pecados.

Algunos eruditos los llaman “protognósticos”, precursores de la herejía que acosaría a la iglesia en el próximo siglo. El mismo Juan habla con más agudeza, al decir que son mentirosos, anticristos, hijos del diablo (1Jn 1:6; 2:18; 3:10). Duras palabras del apóstol amado. Pero la iglesia necesitaba desesperadamente escucharlos.

Nadie nacido de Dios sigue pecando

Juan sabía que la iglesia se mantenía firme por el momento. De hecho, escribió su carta en gran parte para asegurarles que la vida eterna era de ellos (1Jn 5:13). Su fe en Cristo era firme, su amor por los hermanos profundo, su justicia evidente. Aunque no eran perfectos (1Jn 1:8–9), pertenecían a Dios.

Sin embargo, Juan conocía el poder de las mentiras que agradan a la carne, especialmente cuando se les da tiempo para trabajar. También sabía lo desmoralizador que podía ser ver a un compañero de armas deponer las armas y pasarse a las filas enemigas. Tal vez la iglesia no abrazaría la herejía, pero sus manos podrían aflojarse alrededor de la empuñadura de la espada. Podrían preguntarse si la vida cristiana realmente requiere tal crueldad contra el pecado. Algunos podrían deambular por una “práctica de pecar”, menos temerosos de lo que tal práctica podría significar.

Entonces, Juan escribe: “Hijitos, nadie los engañe” (1Jn 3:7). Recuerden, hijitos, que el pecado es ilegal. Recuerde que Cristo es sin pecado. Recuerda que eres nuevo.

El pecado es ilegal

Cuando un cristiano profeso comienza a hacer del pecado una práctica (1Jn 3:9), ya se ha producido un cambio profundo pero sutil. En algún lugar a lo largo de la línea, el pecado se ha vuelto menos serio a sus ojos: ya no es negro, sino gris; ya no es condenable, sino comprensible. Un lento endurecimiento se ha apoderado de su conciencia. Donde antes se sonrojaba, se encoge de hombros.

Juan no tendrá nada de eso. Él se había parado en el Calvario. Había visto cómo la ira de Dios contra el pecado se tragaba el sol; había visto cómo la paga del pecado manchaba la tierra de rojo. Y por eso escribe: “Todo el que practica el pecado, practica también la infracción de la ley, pues el pecado es infracción de la ley” (1Jn 3:4).

Entretejido en el ADN del pecado hay un carácter anticristiano, traidor, insolente y sin ley. No puede soportar la autoridad de Dios; no puede doblegarse al gobierno de Cristo. Aunque los casos aislados de pecado no equivalen a una vida de anarquía, “la práctica de pecar” sí lo hace (1Jn 3:4), incluso los pecados más pequeños son anarquía en el útero. Cada pecado tiene alguna semejanza con los clavos y la lanza que traspasaron a nuestro Señor; cada pecado suena algo así como: “¡Crucifícalo!”. De modo que, si se nutre y cuida, si se cultiva y se complace, cualquier pecado puede llevar cautivo el corazón a una especie de rebelión que no puede permanecer con Cristo.

Continuaremos pecando de este lado del cielo; en ese punto Juan es absolutamente claro (1Jn 1:8). Sin embargo, como D. A. Carson ha indicado, el pecado nunca se convierte en algo menos que “impactante, inexcusable, prohibido, espantoso, fuera de línea con lo que somos como cristianos”. “El que practica el pecado es del diablo” (1Jn 3:8), y cada pecado, por pequeño que sea, late con su corazón inicuo.

Cristo es sin pecado

Si en el pecado vemos oscuridad absoluta, anarquía total, en Cristo vemos luz absoluta, pureza total. Los dos son enemigos mortales, polos opuestos: uno torcido, el otro recto; uno es noche, el otro día; el uno infierno, el otro cielo. Y, por esta razón, tanto por lo que Cristo es como por lo que Cristo hace, “todo el que permanece en Él, no peca” (1Jn 3:6).

Considera, primero, quién es Cristo. “En Él no hay pecado”, escribe Juan (1Jn 3:5). Entonces, ¿cómo puede alguien permanecer en Él, vivir en Él, tener comunión con Él, adorarlo y seguir pecando como antes? Antes podríamos encender un fuego bajo el mar o respirar profundamente en la luna. Cristo no guarda combustible que encienda el pecado; no da oxígeno a la anarquía. Si permanecemos en Él, entonces, el pecado no puede permanecer en nosotros, ni persistentemente, ni presuntuosamente, ni pacíficamente.

Luego, en segundo lugar, considera lo que Cristo hace. “Ustedes saben que Cristo se manifestó a fin de quitar los pecados” (1Jn 3:5). O también: “El Hijo de Dios se manifestó con este propósito: para destruir las obras del diablo” (1Jn 3:8). Él vino, el sin pecado, para hacer a muchos sin pecado, primero perdonándonos y justificándonos, y luego purificándonos gradualmente, pero sin cesar.

En una temporada de pecado invasor, entonces, hacemos bien en preguntarnos: “Jesús vino a destruir las obras del diablo, ¿y las aprobaré? Jesús murió para quitar mis pecados, ¿y los quitaré yo ahora? ¿Haré rodar la piedra sobre Su tumba? ¿Bajaré Su cruz?”.

Eres nuevo

Hasta este punto, Juan ha pedido a la iglesia que mire fuera de sí misma. Ahora, sin embargo, les dice que se miren a sí mismos. Porque el pecado es ilegal, Cristo es sin pecado, y ellos son nuevos. Tres veces en una frase, el apóstol señala su novedad en Cristo:

“Ninguno que es nacido de Dios practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él. No puede pecar, porque es nacido de Dios” (1Jn 3:9).

La conversión implica no solo un cambio de mente, sino también un cambio de corazón y alma, un cambio tan grande que con razón se puede llamar nuevo nacimiento. Y el nuevo nacimiento trae la verdad sobre el pecado y Cristo a los lugares más profundos.

Por el nuevo nacimiento, no solo vemos el pecado como algo sin ley, sino que tenemos corazones cuya anarquía ha sido reemplazada por la ley de Dios que da vida (Jer 31:33). La pluma del Espíritu ha llegado donde la nuestra nunca pudo. Y por el nuevo nacimiento, no solo vemos a Jesús sin pecado, sino que lo disfrutamos como glorioso, el Espíritu abre nuestros ojos a una belleza mucho más allá del pecado (Ez 36:27). Hemos sentido, en el fondo, la bendición de la obediencia sin carga (1Jn 5:3), el deleite de permanecer en aquel que no conoce tinieblas (1Jn 1:5).

Pulsando en estas palabras de Juan, entonces, no solo hay un no deber hacer poderoso, “no puede seguir pecando”, sino un sí poder poderoso. Por muy fuerte que parezca la tentación, y por muy débiles que nos sintamos, podemos matar el pecado y unirnos a Cristo. Podemos levantar estos pies cansados ​​y huir de nuevo; podemos levantar estos brazos cansados ​​y atacar de nuevo. Podemos poner nuestro rostro en la Biblia y nuestras rodillas en el suelo. Podemos decir no a los impulsos más fuertes de la carne y sí a los impulsos más silenciosos del Espíritu.

Nuestro “antagonismo sin tregua”

La batalla contra el pecado dura mucho: toda la vida. Pero en Cristo, tenemos un carácter diferente, una mejor inclinación, una nueva vida que nunca morirá. Y enterrado profundamente en nuestro ADN espiritual hay una oposición despiadada al pecado, un “antagonismo sin tregua”, como lo llama Robert Law.

Tal antagonismo parecerá extraño y antinatural al mundo que nos rodea; en nuestro peor momento, nosotros también podemos preguntarnos si la vida cristiana puede correr por caminos menos angostos. Pero cuando recordamos qué es realmente el pecado, quién es realmente Cristo y quiénes somos nosotros, incluso los compromisos aparentemente pequeños (pequeñas mentiras, miradas secretas, mañanas sin oración, amargura silenciosa) aparecerán por lo que son: guías sin ley que nos alejan de Cristo. Manos oscuras robando nuestros corazones. Contradicciones absolutas de nuestro nuevo nacimiento.

Y entonces nuestro celo arderá de nuevo. Y entonces nuestra sangre volverá a hervir. Y entonces nuestras botas volverán a sentir el vientre de nuestras lujurias. Porque “nadie nacido de Dios practica el pecado” (1Jn 3:9). Y en Cristo, somos nacidos de Dios, irrevocablemente, eternamente, poderosamente nuevos.

Este artículo se publicó originalmente en Desiring God.
Scott Hubbard se graduó de Bethlehem College & Seminary. Es editor de desiringGod.org. Él y su esposa, Bethany, viven en Minneapolis.

5 consejos bíblicos para abandonar el afán por las riquezas | Jim Newheiser

5 consejos bíblicos para abandonar el afán por las riquezas

Nota del editor:
Este es un fragmento adaptado del libro Dinero, deuda y finanzas: Preguntas comunes; respuestas bíblicas (Poiema Publicaciones, 2022), por Jim Newheiser.

Aunque es bueno y sabio preocuparse por ganar suficiente dinero para cumplir con las obligaciones financieras, hay muchas tentaciones al perseguir la riqueza de forma pecaminosa o imprudente. «Tesoros mal adquiridos no aprovechan» (Pr 10:2).

La búsqueda pecaminosa de la riqueza es causada por los pecados del corazón, incluyendo el orgullo, la codicia, la idolatría y la incredulidad. Las Escrituras dejan claro que la búsqueda pecaminosa de la riqueza nunca será provechosa a largo plazo.

1) No tengas prisa por hacerte rico
La manera en que Dios quiere que ganemos dinero es trabajando duro y trabajando con inteligencia o destreza (Pr 10:4; cp. 22:29), y que tal enfoque hará crecer nuestra riqueza gradualmente a lo largo del tiempo (13:11). Sin embargo, muchos son impacientes y codiciosos. No están dispuestos a esforzarse por adquirir y aplicar habilidades valiosas en el trabajo. Insisten en que deben adquirir riquezas rápidamente.

Las Escrituras dejan claro que la búsqueda pecaminosa de la riqueza nunca será provechosa a largo plazo

Las Escrituras advierten: «el que se apresura a enriquecerse no quedará sin castigo… El hombre avaro corre tras la riqueza y no sabe que la miseria vendrá sobre él» (28:20b, 22). Estas personas son vulnerables a los esquemas de enriquecimiento rápido que se aprovechan de la impaciencia y el orgullo de quienes no están dispuestos a seguir la sabiduría de Dios para el éxito vocacional.

2) No construyas tu riqueza mediante ninguna forma de robo
Cuando leemos el octavo mandamiento, que prohíbe robar (Éx 20:15), lo primero que se nos viene a la mente puede ser el hurto en tiendas, el robo de carteras, el hurto a mano armada y la malversación de fondos. Pero hay formas más sutiles de robar al prójimo.

Un pecado común en el mundo antiguo era que los mercaderes guardaban dos pares de pesas: una para comprar y otra para vender. El problema era tan grave que los arqueólogos que han desenterrado pesas no están seguros de cuál debería ser el valor exacto. «Pesas desiguales son abominación al Señor, y no está bien usar una balanza falsa» (Pr 20:23). Sería como una gasolinera en la que los surtidores dispensaran solo tres cuartos y cobraran por un galón, o como una tienda de comestibles en la que las balanzas de productos fueran inexactas.

Cuando los perezosos se convierten, el poder del evangelio los transforma en trabajadores diligentes que dan y no roban

Formas similares de robar serían aceptar el pago por ocho horas cuando solo se han trabajado seis, engañar en los impuestos sobre la renta, o facturar a un cliente más materiales y mano de obra de los que realmente se han proporcionado. Los creyentes que son culpables de haber robado deben restituir lo robado (Lc 19:8).

Otra forma de robo tiene lugar cuando los perezosos se niegan a trabajar y luego esperan que otros (la iglesia, los miembros de la familia y los amigos) los mantengan. Cuando los perezosos se convierten, el poder del evangelio los transforma en trabajadores diligentes que dan y no roban (Ef 4:28).

3) No engañes a los demás en asuntos financieros
También podemos caer en la tentación de engañar a los demás para conseguir riquezas. «Conseguir tesoros con lengua mentirosa es un vapor fugaz, es buscar la muerte» (Pr 21:6). Esto ocurre cuando un vendedor engaña a un cliente sobre su producto (o el de su competidor) o cuando un contratista toma atajos utilizando materiales inferiores a los que había prometido.

Otra forma de engañar a los demás es quitarles el valor de sus bienes y servicios. «“Malo, malo”, dice el comprador, pero cuando se marcha, entonces se jacta» (Pr 20:14). Este versículo me hace pensar en la gente que sale en un programa de televisión llamado Espectáculo de antigüedades y se jacta de haber comprado, a sabiendas, un artículo raro y valioso en una venta de garaje por solo una fracción de su valor real, aprovechándose así de la ignorancia del vendedor.

4) No maltrates a los demás para obtener ganancias
Aunque las Escrituras reconocen que es bueno obtener un beneficio proporcionando bienes y servicios valiosos, no se debe abusar del poder económico para explotar a los débiles: «El que oprime al pobre para engrandecerse, o da al rico, solo llegará a la pobreza» (Pr 22:16).

Jesús dijo que el trabajador merece su salario (Lc 10:7). La ley del Antiguo Testamento exigía que los trabajadores recibieran su salario a tiempo (Dt 24:15). Las Escrituras advierten que Dios juzgará a los empleadores que maltraten a sus trabajadores: «Miren, el jornal de los obreros que han segado sus campos y que ha sido retenido por ustedes, clama contra ustedes. El clamor de los segadores ha llegado a los oídos del Señor de los ejércitos» (Stg 5:4).

Aunque los principios generales de la oferta y la demanda son útiles para fijar salarios y precios razonables, se espera que las personas piadosas traten a los demás con equidad y resistan la tentación de aprovecharse de sus dificultades. Por ejemplo, en épocas de escasez de ciertos productos, «al que retiene el grano, el pueblo lo maldecirá, pero habrá bendición sobre la cabeza del que lo vende» (Pr 11:26).

5) No persigas la riqueza a expensas de tu relación con Dios, tu familia y la iglesia
Mientras el perezoso tiene la tentación de ignorar las seis séptimas partes del cuarto mandamiento, «seis días trabajarás y harás toda tu obra», el adicto al trabajo tiene la tentación de descuidar la adoración y el descanso porque ha hecho un ídolo de su vocación (Éx 20:8-11).

Mi primer trabajo después de la universidad fue en una empresa de consultoría. Confiaba en que mi compromiso con una ética de trabajo bíblica contribuiría a mi éxito y me haría destacar por encima de mis compañeros. Sin embargo, me sorprendió descubrir que mis compañeros de trabajo idolatraban tanto sus carreras que no podía seguirles el ritmo. Trabajaban los fines de semana y hasta altas horas de la noche entre semana, incluso cuando esas largas horas no eran necesarias. Aunque yo buscaba trabajar duro y estaba dispuesto a hacer horas extras cuando era necesario, quería pasar tiempo con mi esposa. Estaba muy involucrado en nuestra iglesia y no estaba dispuesto a faltar al servicio de adoración en el día del Señor.

Reservar el día del Señor para el servicio de adoración y el descanso requiere fe, lo cual honra a Dios

Observé que algunos de mis compañeros de trabajo parecían sufrir como resultado de su adicción al trabajo. Durante mi primer año en esta empresa, tanto mi jefe como el de ellos estaban en proceso de divorcio. Unos años más tarde, el jefe de nuestra división murió repentinamente de un ataque al corazón a una edad relativamente joven. «Había un hombre solo, sin sucesor, que no tenía hijo ni hermano, sin embargo, no había fin a todo su trabajo. En verdad, sus ojos no se saciaban de las riquezas, y nunca se preguntó: “¿Para quién trabajo yo y privo a mi vida del placer?”. También esto es vanidad y tarea penosa» (Ec 4:8).

Reservar el día del Señor para el servicio de adoración y el descanso requiere fe, lo cual honra a Dios. El regalo de Dios de un día de descanso también es beneficioso para nuestras almas y nuestros cuerpos (Mr 2:27). Así como los israelitas confiaron en que Dios les daría suficiente maná el sexto día para alimentarse el séptimo, nuestra decisión de seguir el patrón de descanso semanal de la creación de Dios expresa nuestra fe en que Él proveerá para nuestras necesidades sin que tengamos que trabajar los siete días de la semana.

Hacer de la adoración una prioridad en lugar de utilizar el domingo como un día más para buscar dinero honra a Dios y demuestra que valoramos el tesoro celestial (Mt 6:24).

Jim Newheiser es el director del programa de Consejería Bíblica y profesor de Teología Práctica en el Reformed Theological Seminary, Charlotte (Estados Unidos).

La vida con Dios | William VanDoodewaard 

La vida con Dios

William VanDoodewaard 

¿Por qué querría alguien ser cristiano? Los cristianos de la Iglesia primitiva eran marginados, despreciados y perseguidos. Lo mismo ocurre con muchos creyentes hoy en día: en la mayoría de los países, ser cristiano es, como mínimo, una pérdida social y económica. Pero a pesar de todas las aparentes desventajas, ser cristiano no solo es deseable, sino asombroso y glorioso. El apóstol Juan resume gran parte de la maravilla de ser cristiano cuando dice: «Nuestra comunión es con el Padre y con Su Hijo Jesucristo» (1 Jn 1:3). El cristiano tiene comunión con Dios.

A causa del pecado, ningún ser humano tiene comunión con Dios por sí mismo. Dios es luz; nosotros nacemos en oscuridad. ¿Qué comunión tiene la luz con las tinieblas? Dios es vida; nosotros estamos muertos. ¿Qué comunión tiene la vida con la muerte? Dios es amor; nosotros somos enemistad. ¿Qué amistad puede haber entre Dios y el hombre? En nuestra condición natural, estamos sin esperanza y sin Dios en el mundo (Ef 2:12). Estamos «excluidos de la vida de Dios» por la ignorancia que hay en nosotros (4:18). En nuestro estado caído, no solo somos incapaces de reconciliarnos con Dios, sino que además no queremos hacerlo.

Pero Dios (2:4) en Su gracia ha abierto el camino de vuelta a la vida con Él, por medio de Jesucristo. Dios actuó unilateralmente para mostrarnos gracia, misericordia y amor en Cristo. El Hijo, dado en el amor del Padre, es el restaurador y el reconciliador. Por medio de Él, los pecadores son acogidos en la santa presencia de Dios (Ef 3:12; He 10:19-20).

Cuando el Espíritu nos lleva a Dios por medio de Cristo, entramos en la comunión de amor del Dios trino. Somos cambiados para amarlo y deleitarnos en Su entrega a nosotros y deleitarnos en entregarnos a Él. Es una comunión pura, santa y buena. Es una comunión de paz entre Dios y Su pueblo a través de la sangre de Jesús. Pase lo que pase al cristiano, está bajo la voluntad del Padre; el cristiano está a salvo por toda la vida y la eternidad. Nada puede separarnos del amor de Dios (Ro 8:38-39).

Tener comunión con Dios significa que el cristiano tiene el privilegio de conocer a Dios y ser conocido por Él. Tiene el privilegio de hablar con Dios en oración y escuchar a su Creador y Redentor hablar por Su Palabra y Espíritu. El cristiano tiene el privilegio de tener la presencia de Dios con él y en él, y el gozo de saber que un día será llevado a la gloria plena y brillante de la presencia de Dios. Verá y tendrá comunión con el Dios encarnado: Cristo Jesús, el Salvador ascendido y Rey de gloria.

El cristiano tiene el privilegio de ser restaurado a su diseño original por Aquel que lo hizo a él y a todas las cosas. El cristiano tiene el privilegio de disfrutar de la creación de Dios, ahora y siempre. Tiene el privilegio de ser consolado y pastoreado en esta vida por el Padre, quien obra todas las cosas para su bien. El cristiano tiene el gran gozo de saber que incluso las cosas buenas de aquí son solo el principio de lo que está por venir. Estos son regalos de Dios para Sus hijos. ¿Puede haber algo mejor que ser cristiano?

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
William VanDoodewaard
El Dr. William VanDoodewaard es profesor de historia de la iglesia en The Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Mich. Es autor o editor de varios libros, incluyendo The Quest for the Historical Adam y Charles Hodge’s Exegetical Lectures and Sermons on Hebrews .

¿Qué es la Soteriología y Por Qué es Importante Para Todos Los Cristianos? | Josué Barrios

¿Qué es la Soteriología y Por Qué es Importante Para Todos Los Cristianos?

Josué Barrios

“Debemos entender que la obra entera por la cual los hombres son salvados de su estado natural de pecado y de ruina, y son transportados al reino de Dios y hechos herederos de la felicidad eterna, es de Dios, y únicamente de Él. ‘La salvación es de Jehová’ (Jonás 2:9)” — Charles Spurgeon[1].

Antes de hablarte sobre las doctrinas de la gracia en la serie de artículos que estoy publicando en el blog, quiero hablarte sobre la soteriología y por qué importa demasiado para todo cristiano.

Sé que la palabra “soteriología” es rara, pero con ella se llama a la rama de la teología que estudia la salvación.

Todos los cristianos tienen una soteriología.
Los cristianos en teoría estamos de acuerdo en la verdad de que somos salvados sólo por fe, sólo en cristo, sólo para la gloria de Dios y sólo por gracia. Digo en teoría, porque en la práctica la historia es distinta debido a conceptos errados que manejan muchas personas. Por ejemplo, algunos dicen creer que la salvación es solo por gracia, pero en realidad no creen ni interpretan correctamente lo que dice la Biblia sobre la gracia de Dios. Sobre eso hablaremos un poco más adelante en esta serie de las doctrinas de la gracia, pero por ahora volvamos al tema de este artículo.

Por la fe en Jesús, y por tanto en Su obra, somos librados del justo castigo que merecemos (Romanos 3:25-26). También estamos de acuerdo en que hay un cielo y un infierno, y en varios otros puntos de nuestra fe.

Sin embargo, la Biblia habla mucho más sobre cómo Dios salva a pecadores. Prácticamente toda la Palabra está llena de información al respecto. Luego de leerla, pueden surgir en tu cabeza preguntas como estas:

¿Dios elige a personas para que ellas crean el evangelio y sean salvas?
¿Jesús murió por todas las personas de la misma manera?
¿Jesús vino a hacer posible la salvación de todas las personas sin asegurar la de nadie, o vino para salvar realmente a sus ovejas?
¿Podemos perder nuestra salvación?
¿La fe es algo que Dios nos regala?
¿Cómo las personas llegan a creer realmente el evangelio?
Y muchas preguntas más.
La soteriología tiene que ver con respuestas a esa clase de interrogantes… y todo cristiano, aunque tal vez no quiera admitirlo, posee alguna postura ante preguntas como las que muestro arriba.

Lee también: No cometas estos 4 errores cuando leas la Biblia.

La soteriología importa porque Dios importa.
Un cristiano ama realmente a Dios porque el amor ha sido derramado en Su corazón (Romanos 5:5). Ama a Dios porque Él le ha amado primero (1 Juan 4:10). Cuanto más ama a Dios, más lo quiere conocer y amarlo. Dios es aquello que Su alma desea por encima de todo lo demás (Salmos 63:1).

Este Dios único y glorioso se ha revelado en la forma en que Él salva a pecadores. En la manera en que Él nos salva, nos muestra atributos de Él (Su justicia, santidad, sabiduría, omnipotencia, misericordia, etc) y rasgos de Su gloria.

Por tanto, la soteriología importa porque Dios importa.

Si no queremos conocer más sobre cómo Dios salva a pecadores (y por tanto conocer más de Él), entonces deberíamos preguntarnos: “¿Realmente Dios me importa? ¿Realmente soy cristiano?» Es una contradicción ser cristiano y no querer conocer cada día más a Dios, ya que la vida cristiana consiste en conocerlo cada día más y más (Juan 17:3).

Es por eso que la soteriología es una parte esencial del conocimiento cristiano, y cuanto más sólida y bíblica es nuestra soteriología y reconocemos la verdad, más vamos a vivir como Dios quiere que vivamos ya que todo lo que Dios nos ha revelado en Su Palabra es con este fin (2 Timoteo 3:16-17).

Lee también: Jesús y el hombre que no sabía de matemáticas.

El impacto de la soteriología en nuestras vidas.
La soteriología afecta cada área de nuestras vidas porque el verdadero evangelio afecta cada área de nuestras vidas[2].

Un conocimiento profundo, no solo en nuestras mentes, sino en nuestros corazones, de cómo obra la gracia de Dios, tiene un gran impacto en la forma en que vivimos la vida cristiana. Espero mostrarte un poco de eso a lo largo de la serie.

“Cuanto más contemplamos a Dios y cómo Él nos salva, nuestros corazones son llenos de agradecimiento”
Cuanto más contemplamos a Dios y cómo Él nos salva, nuestros corazones son llenos de agradecimiento, crecemos en humildad, estamos más aptos para toda buena obra y descansamos más en Su amor y Soberanía. Vivimos para Su gloria y con un gozo más sólido.

El apóstol Pablo, dirigido por el Espíritu Santo, nos enseña:

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado” (Efesios 1:3-6).

No ahondaré en los detalles de ese pasaje bíblico, pero quiero que notes las palabras que enfaticé: Dios nos salva para que le alabemos en agradecimiento… ¿Y cómo vamos a hacer eso si no conocemos y admitimos lo que Él ha revelado en Su Palabra sobre cómo Su gracia obra en nuestras vidas?

¿Cómo agradeceremos a Dios y confiaremos más en Él, si no sabemos todo lo que Él quiere que sepamos que hizo por nosotros y por lo cual necesitamos agradecerle?

La soteriología es más importante que lo que muchas personas piensan y espero haberlo dejado claro en este artículo introductorio.

A lo largo de la serie estaré hablando sobre las doctrinas de la gracia: Verdades inconmovibles e irrefutables de cómo Dios salva. ¡Así que te invito a seguir en sintonía!

En el próximo artículo de la serie, me gustaría aclarar algunas cosas más que nos serán de utilidad en nuestro viaje.

Josué Barrios

Sirve como Director Editorial en Coalición por el Evangelio. Ha contribuido en varios libros y es el autor de Espiritual y conectado: Cómo usar y entender las redes sociales con sabiduría bíblica. Es licenciado en comunicación y cursa una maestría de estudios teológicos en el Southern Baptist Theological Seminary. Vive con su esposa Arianny y su hijo Josías en Córdoba, Argentina, y sirve en la Iglesia Bíblica Bautista Crecer como líder de jóvenes. Puedes leerlo en josuebarrios.com, donde su blog es leído por decenas de miles de lectores todos los meses. También puedes seguirlo en Youtube, Instagram, Twitter y Facebook, y suscribirte gratis a su newsletter con contenido exclusivo

Viviendo como una iglesia – Clase 10: El estímulo

Viviendo como una iglesia

Clase 10: El estímulo

Serie:Viviendo como una Iglesia

  1. Introducción
    El estímulo es algo bueno. Como cristianos, sabemos que es algo que debemos hacer. Pero también es algo que puede ser vago. ¿Es solo otra palabra para «ser agradable»? Quiero iniciar la clase con una pregunta: ¿Cuáles son algunas de las metas del verdadero estímulo, de acuerdo con la Escritura? ¿Por qué deberíamos estimularnos unos a otros?

Escucha cuál era el objetivo de Pablo para el estímulo en Colosenses 1:28: «a quien Cristo anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre». Estamos llamados a la misma meta, presentar a otros perfectos en Cristo. Leemos en Hebreos 10:24-25: «Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca». Ese mismo sentimiento se refleja en nuestro pacto congregacional. «Caminaremos juntos en amor fraternal, como miembros de la iglesia de Cristo; nos cuidaremos y supervisaremos en amor, nos amonestaremos y oraremos fielmente los unos por los otros según la ocasión lo amerite». Por tanto, aquí tienes una definición de estímulo: Cuidar de otra persona lo que, por lo general, implica hablarle con la verdad bíblica, con el objetivo de que esa persona crezca en la piedad. Digo «por lo general» porque es posible que puedas estimular o animar a alguien sin palabras, compartiendo una comida, por ejemplo, pero, hablando bíblicamente, el estímulo generalmente tiene algo de contenido, y ese contenido debe provenir de la Palabra de Dios.

Qué responsabilidad tan grande: el estímulo en aras de la santidad. Estamos juntos en una lucha de vida o muerte contra el mundo, la carne y el diablo. Y nuestro llamado es ayudarnos mutuamente a cruzar la meta con la gracia de Dios. Dios es quien nos preserva, pero utiliza medios para hacerlo. Uno de esos medios es el cuerpo de Cristo.

Parte de cumplir con ese llamado implica confrontar el pecado explícito, como discutimos la semana pasada. Pero la vida cristiana abarca mucho más que eso. Conlleva miles de decisiones diarias que forman la trama de nuestras vidas. Necesitamos que nos den ánimo si esa historia va a ser una de gozosa confianza en Cristo hasta nuestro último día. Y, por tanto, el estímulo es trascendental para nuestra unidad como iglesia. Cuando nos alentamos unos a otros en Cristo, eso asegura que estamos unidos en torno a Cristo y no a otras cosas. Cuando nuestra unidad sufre, debemos estar bien capacitados en el arte del estímulo para que podamos recordarnos unos a otros lo que realmente importa, y ayudarnos a superar las semillas de la división.

Permíteme presentar un breve bosquejo para nuestro tiempo. Comenzaremos examinando lo que hace que el estímulo sea difícil de hacer bien. A continuación, veremos la clase de relaciones que se necesitan para hacer que esto suceda. Y, finalmente, una guía práctica acerca de cómo podemos expresar un estímulo empapado en el evangelio en las vidas de nuestros hermanos y hermanas en Cristo.

  1. El desafío del estímulo
    Así que primero, ¿qué hace que esto sea difícil? Dos cosas que debemos saber cuando intentamos estimular a los demás:

Antes que todo:

A. Nuestra lucha es una del corazón: Implica los deseos centrales que motivan nuestras decisiones y acciones diarias. Y, como dijo el profeta Jeremías: «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?» (17:9). Los deseos malignos del corazón son lo que Santiago señala como la causa de la tentación (1:14) y el conflicto (4:1). Entonces, cuando encontramos que nuestros hermanos y hermanas en la iglesia están tomando decisiones que no se alinean con su identidad en Cristo, sabemos que el problema no es principalmente externo, sino la consecuencia de los deseos pecaminosos de sus corazones.

Esto es importante porque con mucha frecuencia, cuando estamos en relaciones con otros cristianos y vemos cosas en sus vidas que deshonran a Cristo, nuestra meta a menudo es hacer que se comporten de manera diferente. «Si tan solo no pasara tanto tiempo con esas personas». «Si tan solo gastara su dinero de otro modo». «Si tan solo cambiara a un trabajo que le diera más tiempo con su familia». Pero como sabemos demasiado bien, la conducta no es la raíz del problema. Algunas implicaciones de esto son las siguientes:

Primero, solo Dios puede cambiar el corazón. Nosotros somos sus instrumentos. Así, al involucrarnos en la vida de otras personas, debemos recordar que la oración es nuestra mejor herramienta, que la culpa y la coerción no pueden corregir los profundos problemas del corazón, y que nuestra desesperación por que Dios actúe aumenta la gloria que merece. Puede haber momentos buenos y apropiados para ayudar a otros a cambiar su comportamiento; por ejemplo, responsabilizar a alguien por un pecado habitual. Pero un mejor comportamiento no es nuestra meta final. En última instancia, nos preocupamos por los problemas del corazón.
Otra implicación, cuando alentamos a los demás, debemos recordar que nuestros corazones también son propensos a divagar. No es coincidencia que inmediatamente luego de que Pablo nos exhorta a restaurar a quienes están atrapados en el pecado en Gálatas 6:1, nos advierte acerca de nuestro orgullo y nuestra autosuficiencia. Nuestros corazones son más oscuros y malvados de lo que podremos llegar a comprender.
Por último, la importancia del corazón nos recuerda que nuestra meta no es ayudar a otros a sentirse felices y realizados. Hay muchas maneras de lograr eso y, trágicamente, nunca llegar a los problemas de nuestro corazón. Nuestro objetivo al estimular a los demás es que sean transformados en sus deseos para buscar a Cristo por encima de todo lo demás, que al final, es lo que conduce al gozo verdadero y duradero.
Por tanto, el primer desafío que enfrentamos al luchar por animar a nuestros hermanos y hermanas es el engaño del corazón, de su corazón y el nuestro.

B. Filosofías huecas y engañosas
Un segundo enemigo es el pensamiento del mundo. Tengo en mente las palabras de Pablo en Colosenses 2:8: «Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo». Para emplear esta terminología, todos somos filósofos. Todos nosotros, todo el tiempo, estamos creando filosofías del significado de nuestras vidas. ¿Qué importa? ¿Por qué suceden estas cosas? ¿Para qué vale la pena vivir? Y aunque generalmente sabemos las respuestas a esas preguntas, somos fácilmente engañados por las filosofías humanas y mundanas en lugar de basarnos en la verdad.

Y las personas que tratamos de animar, por un lado, tienen al mundo gritando a través de un megáfono en su oído. Y nosotros también. Nuestra filosofía guía debería descansar en la verdad del evangelio, pero incluso como cristianos, nuestras vidas a menudo son inconsistentes con esta verdad. En su libro How People Change (Cómo cambia la gente), Timothy Lane y Paul Tripp llaman a esto la «brecha del evangelio». Una brecha entre lo que sabemos que es verdadero en el evangelio y nuestra manera de vivir.

Y ellos señalan que esa brecha no queda vacía. Nosotros, y las demás personas en nuestra iglesia, con frecuencia operamos con una mezcla de la verdad del evangelio y otras filosofías que, aunque suenan bíblicas, tienen en su núcleo los valores de este mundo. Los autores identifican siete de estas filosofías sustitutivas. Voy a examinarlas, y al hacerlo, quiero que pensemos en dónde podríamos reconocerlas como ciertas en nuestros corazones, o cómo otros que conoces podrían adoptar algunas de estas filosofías falsas.

La primera es el «formalismo». Participo en reuniones regulares y en ministerios de la iglesia, y siento que mi vida está bajo control. Puede que pasé mucho tiempo en la iglesia, pero eso tiene poco impacto en mi corazón y en mi estilo de vida. Es posible que me vuelva prejuicioso e impaciente con quienes no funcionan igual que yo. El cristianismo es estar en el lugar correcto, siguiendo las corrientes correctas.
El segundo es el «legalismo», primo cercano del formalismo. Vivo por las reglas, reglas que creo para mí, reglas que creo para otros. Me siento bien si puedo mantener mis reglas. Y me vuelvo arrogante y amargado cuando los demás no pueden cumplir con los estándares que establezco para ellos. No hay gozo en mi vida porque no hay gracia que ser celebrada.
El siguiente es el «misticismo», la incesante búsqueda de una experiencia emocional con Dios. Vivo por los momentos en los que me siento cerca de él. Pero si no tengo ningún éxtasis emocional, asumo que Dios no me ama o que él no es real.
El «activismo» es cuando me emociono con el cristianismo principalmente como una forma de arreglar este mundo roto. Baso mi relación con Dios en lo mucho que hecho para mitigar la pobreza, pero mi corazón está lejos.
Luego está el «biblicismo», que reduce el evangelio a un dominio del conocimiento bíblico y teológico. Conozco mi biblia de memoria, pero no dejo que me domine. Y me impaciento con quienes tienen menos conocimiento.
El sexto es el «evangelio terapéutico». Puedo hablar mucho acerca de cómo Dios es el único que sana y ayuda a quienes están heridos. Sin embargo, sin darme cuenta, he convertido a Cristo en un terapeuta más que en un salvador. Veo el pecado de las personas entre sí como un problema más grave que mi pecado contra Dios, y trato al cristianismo solo como una manera de solucionar mis problemas, para tener una vida feliz.
Por último, está lo que llamamos «socialismo». El compañerismo y las amistades íntimas que encuentro en la iglesia pueden convertirse en un ídolo, el cuerpo de Cristo reemplazando a Cristo. Y el evangelio queda reducido a una comunidad de relaciones cristianas.
Siete filosofías antievangélicas, todas ellas basadas en verdades a medias, las cuales somos propensos a creer, que es exactamente por lo que necesitamos ser alentados. El estimulo sirve para corregir filosofías defectuosas de lo que es el cristianismo. Recuerdo que, cuando era niño, recibí lecciones de piano, y a menudo mi profesora me detenía cuando la posición de mi mano no era la correcta. Cuando nos estimulos bíblicamente, actuamos como la profesora de piano que, con gentileza y regularidad, ayuda a su estudiante a reconocer y eliminar los malos hábitos teológicos que han entrado. Ella no solo corrige la mala postura, sino que modela la forma correcta de tocar. Como esa profesora, debemos exponer las concepciones falsas, y ayudarnos a deleitarnos en la verdad. Como dice Pablo: «Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo» (2 Corintios 10:5).

Ese es el desafío: luchar contra los deseos del corazón, reconociendo que nadamos en un mar de filosofías mundanas que desafían las verdades cristianas fundamentales de lo que somos. Si eso es a lo que nos enfrentamos, a continuación, deberíamos meditar en el contexto para el cambio, con lo que me refiero a las clases de relaciones que promueven el estimulo hacia la santidad.

  1. El contexto para el cambio
    Santiago 5:16: «Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados». Hay dos cosas que necesitamos en la iglesia para tener una cultura de estimulo sana: la disposición de revelar nuestras luchas y la disposición de escuchar y ayudar cuando otros revelan sus luchas. Nada de lo que diga en esta clase será útil si no estás dispuesto a revelar tus luchas a los demás, y si no eres lo suficientemente cercano a otros para saber cuándo y cómo necesitan ayuda.

Aquí tienes algunos comentarios acerca de lo que podemos hacer para cultivar este tipo de contexto en la iglesia: Al compartir nuestras luchas, permíteme animarnos a aprovechar la oportunidad, siempre que sea apropiado, de abrazar el «ministerio de la dependencia». No hay nada piadoso en tropezarte solo con tus luchas porque eres demasiado orgulloso para dejar que otros te ayuden. Da a los demás la oportunidad de ministrarte. Una de las cosas más amables que podemos hacer por quienes están batallando y considerando unirse a nuestra iglesia, es dejar en claro que la iglesia está llena de personas iguales a ellos porque está llena de todos nosotros.

Y, al servir a quienes comparten sus luchas contigo, cuando alguien es honesto con nosotros, estamos llamados a tomarlo en serio. Algo que ayuda es abstenernos de ofrecer soluciones trilladas que hagan parecer que solo un completo tonto tendría ese problema. «¿Luchas con la depresión? Solo lee más tu Biblia, y pasa más tiempo en el sol, entonces te sentirás bien». Lo que podría parecerte simple podría ser la batalla de toda una vida para alguien más. Cuando alguien te habla acerca de una lucha, es como si te hubieran ofrecido una joya. Puede estar dura y sin forma, pero ahora tienes la mayordomía de escuchar y ayudar a pulir esa joya para que se convierta en un reflejo de la obra santificadora de Dios.

Esos son solo algunos pensamientos acerca del contexto de las relaciones que debemos construir. Relaciones que sean honestas y relaciones que reciban a personas con dificultades.

Y eso nos lleva al siguiente punto: 4. Cómo estimular a personas con luchas.

Los cristianos que nos rodean luchan contra la carne y luchan contra las filosofías huecas y engañosas que los rodean. Se nos exhorta a animarles y enseñarles. ¿Cómo hacemos eso?

La respuesta es que depende de la persona. Pero la Escritura nos enseña sabiamente cómo abordar este asunto. Escucha 1 Tesalonicenses 5:14: «Hermanos, también les rogamos que amonesten a los holgazanes, estimulen a los desanimados, ayuden a los débiles y sean pacientes con todos» (NVI).

Cuando encontramos la lucha de un hermano o hermana en Cristo, es útil repasar esas tres categorías en tu mente. ¿Son holgazanes, u ociosos como dice la Reina Valera 1960? ¿Están desanimados y desmotivados? ¿Son débiles y necesitan que alguien les ayude a llevar su carga? ¿Y cómo podemos hacer esto pacientemente?

Sin importar la categoría en la que se encuentren, quiero sugerir tres cosas que deberíamos hacer. Primero, muéstrales lo que dice la Escritura. Eso no significa simplemente arrojarles un versículo. Por lo general, para decir la verdad a alguien de una manera que pueda escuchar, primero debemos demostrar que lo amamos y necesitamos saber quién es y a qué se enfrenta. Entonces, una vez que lo hagamos, queremos comunicar la verdad de la Palabra de Dios, quizá recordándole un patrón en la historia de la salvación, tal vez de que Dios siempre demuestra ser fiel. O simplemente estudiando un pasaje de la Escritura con él o ella. Pero muéstrales lo que la Biblia dice.

Segundo, ayúdales a meditar en las buenas noticias. Háblales de los diferentes aspectos de lo que Cristo ha hecho, y sé específico. Para la persona que batalla con la culpa y la vergüenza, Cristo ha tomado nuestra culpa para que podamos disfrutar de la reconciliación con el Padre. Para alguien que experimenta la soledad, Cristo nos ha adoptado en la familia del Padre. Para la persona que lucha contra la tentación constante y el pecado que reside en nosotros, Cristo nos ha hecho nuevas criaturas y nos has llenado con su Espíritu Santo. Sabemos estas cosas como cristianos, pero muy a menudo necesitamos conectar estas verdades con las situaciones que enfrentamos cada día.

Tercero, identifica las evidencias de la gracia de Dios en sus vidas. Reconoce cualquier fruto que el Espíritu Santo esté obrando en ellos, y háblales acerca de ello. Si alguien siente la tentación de dudar si realmente es cristiano, esto puede ayudarle a asegurarse de que Dios verdaderamente lo está transformando. Esto es lo que hizo Pablo en muchas epístolas. Cuando le escribió a los corintios, aunque tenía mucho por lo que reprenderlos, inició su carta diciendo: «Gracias doy a mi Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús; porque en todas las cosas fuisteis enriquecidos en él, en toda palabra y en toda ciencia» (1 Corintios1:4-5).

Lo que haremos ahora es examinar tres casos de estudio, ejemplos de cómo podría ser esto para cada una de las tres categorías que Pablo presenta en 1 Tesalonicenses 5:14. En cada uno, daré algunos antecedentes de la persona hipotética, y luego discutiremos juntos un par de preguntas.

A. Amonesta a los holgazanes
Empezaremos con esa primera categoría: letra A, «amonesten a los holgazanes».

Digamos que, para comenzar, estás hablando con Sue, que no se aparta del camino de la tentación. Ella ha encontrado que siente la tentación de amar las cosas de este mundo, y ver cierto programa de televisión parece dejarla siempre descontenta con la vida que Dios le ha dado. Pero realmente le gusta, y se divierte hablando con amigos en el trabajo la mañana siguiente después de que se transmite el programa. Le has advertido cómo es posible que ese programa esté desempeñando un rol más destructivo en su vida del que podría imaginar, y aunque confiesa que, por lo general, el programa la hace sentirse pecaminosamente descontenta, no ha dejado de verlo. Está ociosa y se siente indiferente para con su alma.

Dos preguntas: Primero, ¿dónde está la brecha en el entendimiento del evangelio de Sue? Está alrededor de lo que realmente significa arrepentirse verdaderamente. Como dijo Pablo: «Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?» (Romanos 6:2). ¿Comprende ella cómo es el arrepentimiento para el cristiano? Lo que significa tomar las palabras de Jesús seriamente: «Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti» (Mateo 5:30).

Segundo, ¿qué le dirías a Sue? Habla con ella acerca de la diferencia entre la tristeza del mundo y la tristeza que es según Dios en 2 Corintios 7. Es posible que lamente ver el programa de televisión, pero que no esté arrepentida. «Pero la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte» (v. 10). Adviértele acerca de las consecuencias del pecado en su vida. Positivamente, anímala en la alegría y el contentamiento que proviene de buscar las cosas del Señor (Sal. 119:1-3), y de saber que es alguien que no merece el amor de Dios, pero que lo ha recibido por su gracia (Romanos 5:8).

B. Estimula a los desanimados
Ese fue un ejemplo de advertir a los que son ociosos. Pensemos en la letra B, «estimulen a los desanimados».

Para este ejemplo, piensa en Joe. Está en sus veintitantos, y todavía intenta descifrar qué hacer con su vida. Trabaja en un trabajo sin futuro, no se siente particularmente útil en la iglesia, le gustaría estar casado (algo así), pero no está ni cerca… y ha estado luchando durante varios años con los propósitos de Dios para su vida. Siente que está a punto de rendirse, aunque no sabe en realidad lo que significaría «rendirse». Pero suena dramático. Rara vez sirve a otros, pero dice que le gustaría, simplemente no cree que tenga algo con lo que contribuir. Pero cuando mira a todos los ancianos, siente que son todos «súper cristianos» y que él es solo un don nadie. Nadie realmente lo conoce, o se preocupa por él.

Discutamos las mismas preguntas. ¿Dónde está la brecha en el entendimiento del evangelio de Joe? Podría estar en varios lugares. De una manera extraña, podría haber caído en el legalismo, habiendo comenzado con el Espíritu, ahora piensa en su objetivo en términos de esfuerzos humanos. Considera que su valor está directamente relacionado con su productividad, o su falta de la misma, y eso lo ha desanimado. Así que recuérdale que su valor ante Dios se basa en la obra culminada de Cristo, no en la suya.

¿Qué le dirías a Joe para alentarlo? Ayúdale a entender que su responsabilidad está arraigada en las oportunidades que Dios le ha dado. Su valor no proviene de la aprobación de los demás. Comparte con él la gloriosa esperanza que Dios le ha dado a todos los que somos sus hijos: «Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos» (1 Pedro 1:3). Háblale de cómo todos los cristianos en la iglesia tenemos dones para cuidarnos unos a otros (1 Corintios 12:25).

C. Ayuda a los débiles
Pasemos a la última de las tres partes de este versículo: «ayuden a los débiles». ¿Quiénes son los débiles? De cierto modo, todos los somos. Pero hay algunos entre nosotros que son débiles de formas que los hacen especialmente vulnerables espiritualmente. Esto podría venir a través de ciertas circunstancias en la vida que hacen que cada día sea difícil seguir confiando en Dios.

Para nuestro ejemplo, veamos a Max. Max ha sido diagnosticado con depresión clínica. Es incapaz de hacer la cantidad de bien que antes podía. Lucha terriblemente con su relación con Dios ahora que muchas de las emociones de la fe con las que contaba, sin darse cuenta, son pocas y distantes entre sí. Pero su mente es más susceptible a ese espiral descendente de depresión, y hay un lado físico de su condición que es difícil de escapar. En esta situación, aunque no siempre es necesario, su doctor le ayuda en el lado físico de las cosas con medicamentos, sin embargo, Max está desanimado y abatido de muchas maneras. Max está débil.

Primera pregunta: ¿Cuáles podrían ser algunas de las brechas en el entendimiento del evangelio de Max? Considera cuál es su debilidad. Podría estar débil en la fe. Parece que sus emociones presentes durarán para siempre y, por tanto, las promesas de Dios parecen tan distantes como inexistentes. Ayúdale a aprender a confiar en Dios más que en él mismo. Eso es, al fin y al cabo, una esencia del evangelio. O quizá la ayuda que necesita es el recordatorio constante de que hay cristianos en su vida que lo aman, y cuyo amor está arraigado en algo mucho más seguro, el amor de Cristo.

Segunda pregunta: ¿Cuáles son algunas de las cosas que harías o dirías para animar a Max? Comparte con él el evangelio de esperanza. Ayúdale a ver cómo sus sufrimientos están produciendo perseverancia, carácter y, finalmente, esperanza (Romanos 5:3-5). Recuérdale los motivos que tiene para confiar en la bondad de Dios aun cuando se pregunta por qué está sufriendo de esta manera (2 Corintios 12:8-10).

 Especialmente en esta categoría de los que son débiles, no podemos contentarnos con simplemente dispensar la verdad a las personas y sentir que nuestro trabajo está hecho. En ocasiones tenemos que estar tranquilos y escuchar, o simplemente estar presentes con ellos mientras sufren. Otras veces debemos orar por ellos, suplir sus necesidades físicas y brindar comunión. No solo debemos predicar la verdad, sino hacer estas cosas, y al hacerlas, crear oportunidades para predicar la verdad.

Sé paciente con todos
Por último, Pablo dice: «sean pacientes con todos». Ya sea alguien que está físicamente débil, alguien que está frustrantemente obstinado, alguien que piensa que está bien y que no necesita tu estímulo, nuestra postura es la paciencia. Tu trabajo nunca es condenar, o avergonzar a alguien por lo lento que es su crecimiento. Y la paciencia verdadera proviene de saber cuán paciente ha sido nuestro Padre celestial con nosotros. Ser paciente es deleitarte en servir a tus hermanos y hermanas porque son reflejos del carácter de Dios, y porque la gratitud por la paciencia de Dios se encuentra en lo más profundo de tu alma.

Amamos porque él nos amó primero. Nuestro amor proviene de su amor y debe reflejar su amor. Por eso, debemos trabajar para presentarnos perfectos en Cristo.

Por CHBC
Capitol Hill Baptist Church (CHBC) es una iglesia bautista en Washington, D.C., Estados Unidos

Cuando no me quieren en mi iglesia | Jairo Namnún

Cuando no me quieren en mi iglesia

Jairo Namnún

“Tengo un año en mi congregación, y al conocer las doctrinas de la gracia he ido viendo muchas, muchas cosas que no están conforme a lo que veo que enseña la Biblia. Al principio me escuchaban más en la iglesia, pero últimamente ya no me hacen parte. Me han enviado un par de escritos en contra del calvinismo. Y ahora tengo una reunión con el pastor…y no sé qué me va a decir”.

Aunque los detalles varían, esta es una conversación que he tenido docenas de veces. De hecho, difícilmente pase un mes sin que escuche de un caso como este. La “Nueva Reforma”, que no es más que la vieja Reforma llegando al Nuevo Mundo, está ocurriendo en gran parte en jóvenes que son despertados a las doctrinas de la gracia dentro de sus congregaciones, muchos de ellos conociendo verdaderamente el evangelio por primera vez. En muchos casos, esto los pone en una situación difícil: aman su iglesia, tal vez tienen años ahí, con posiciones de liderazgo, y ahora notan que hay errores (a veces graves) en la doctrina de su iglesia.

Esto trae consigo sus propia dificultades. Cuando un nuevo creyente se convierte en nuestras iglesias, o alguien nuevo recién llega, usualmente pasa por algún tipo de discipulado o adoctrinamiento. Empieza a conocer qué es lo que cree la iglesia y cómo se supone luce la vida cristiana. Pero este no es el caso con muchos de estos jóvenes. Ellos conocen lo que cree la iglesia, y ya han sido adoctrinados, pero ahora están en contra de lo que le enseñaron. Por tanto, usualmente demandan explicaciones y expresan desacuerdos, y no siempre de la mejor forma. Si ese es tu caso, o conoces a alguien que esté ahí, escribo esto para ti.

Razones pecaminosas
Lo primero que tenemos que observar es, ¿por qué no me quieren en mi iglesia? Aquí algunas razones pecaminosas de las que es necesario arrepentirse inmediatamente:

1) Orgullo. ¿Has notado por qué Pablo le dice a Timoteo que los pastores no deben ser nuevos creyentes? Porque se envanecen (1 Timoteo 3:6). Ya sea que por primera vez despiertes a la gracia, o que recién conozcas las doctrinas de la gracia, una actitud de orgullo es contrario al carácter de Dios.

2) Falta de amor. Aunque es uno de esos versículos muy mal usados, la verdad es que no podemos ignorarlo: el conocimiento envanece, pero el amor edifica (1 Cor. 8:1). El verdadero conocimiento lleva a amar a Dios y amar a los demás (cp. 1 Co. 8:2-13). Si eso no está ocurriendo, tenemos un grave problema.

3) Irrespeto pastoral. El mandato de la Palabra es a obedecer y sujetarnos a los pastores, colaborando en que lo hagan con alegría (Heb. 13:17). Si alrededor nuestro están ocurriendo cosas que no son sanas, nuestro espíritu va a estar inquieto. Pero cuando nuestra actitud es la de andar quejándonos por todo, criticando cada decisión o desmenuzando cada sermón, ya sea en nuestro corazón o aun públicamente, no solo ofendemos a los pastores que deben cuidar por nuestras almas: ofendemos al gran Pastor y Salvador (1 P. 2:25).

Si has pecado en cualquiera de estas formas (y realmente las tres son muestra de lo mismo: orgullo), más que pensar en irte a otra iglesia, necesitas ir donde el Señor en arrepentimiento e ir donde tu pastor y confesar tu pecado. Después de todo, el descanso para nuestras almas se haya en el yugo de humildad y mansedumbre de nuestro Señor (Mt. 11:29).

Cuando la fricción es mayor
Es posible que las circunstancias no sean remediables. Tal vez en el pasado pecaste contra tus líderes y ellos no quieran perdonarte. (O lo que es peor para ti, tú no les has pedido perdón ni les has perdonado). Es posible que no formes parte de una congregación cristiana y que quienes estén dirigiendo sean falsos maestros. O tal vez no sientes que tienes la fuerza o la influencia necesaria para luchar por los cambios. Si la fricción es tal que estás pensando cambiar de congregación, aquí algunas cosas a considerar antes de tomar en cuenta esta difícil decisión:

1) Ora por la situación. Es increíble cuánto más fácil se nos hace hablar de algo que orar por eso. Si no has orado por esta situación, deja de leer esto y vete a orar. No creas que con cinco minutos de oración ya basta: ora hasta que veas la nube del tamaño de una mano (1 Rey. 18:44). Es decir, hasta que veas a Dios actuando, aunque sea poco.

2) No actúes impulsivamente. ¿Recuerdas alguna buena decisión en la Escritura que haya sido tomada de manera impulsiva? Yo tampoco. Sí recuerdo la impulsividad de Pedro al cortar orejas y asegurar su fidelidad al Señor, y la de Jonás al discutirle al Señor por una matita, y la de Moisés al golpear la roca. ¿Notas el patrón? Mejor procura poner todo pensamiento cautivo a la obediencia de Cristo (2 Cor. 10:5) y hacer tuya la actitud del salmista: “Esperé pacientemente al SEÑOR, Y El se inclinó a mí y oyó mi clamor” (Salmo 40:1).

3) Lee “Cuando es momento de dejar una iglesia”. Medita en su contenido. Ora lo que lees y preséntalo una vez más al Señor.

4) Busca consejo. Lo ideal sería que pudieras hablar con tus pastores de las dudas que estás sintiendo, aunque esto no siempre pueda ser así. Recomendaría tener mucho cuidado en la forma de conversar esto con otros líderes de la congregación, para no ser causa de división o piedra de tropiezo. Tal vez tienes algún amigo pastor (preferiblemente alguien que te conozca personalmente, no a través de las redes sociales), con quien puedes hablar tus cosas. Procura buscar consejos, no culpables. Busca ser honesto con tus faltas y no exagerar (mentir) en cuanto a la situación de tu congregación. Haz lo contrario a lo que hizo Roboam: presta atención a la sabiduría de la experiencia, no a tus contemporáneos (1 Rey. 12).

5) Busca un “suplente”. Si estás sirviendo en alguna posición, y entiendes que el Señor te está llamando a salir de esa congregación, procura encontrar a alguien a quien puedas entrenar para que te sustituya. Nadie es insustituible, pero es una muestra de amor a aquellos a quienes sirves el no dejar la mesa con tres patas. Sé que pueda parecerte contraproducente ahora mismo, y que lo que desees sea “llevarte a todo el que puedas contigo”, pero eso dejaría un muy mal testimonio del Cristo que profesas creer[1].

6) Reúnete con tu pastor. Esto no siempre es posible, pero es lo ideal. Recuerda las palabras del Apostol: “Si es posible, en cuanto de ustedes dependa, estén en paz con todos los hombres” (Ro. 12:18). Así que, en cuanto dependa de ti, procura estar en paz. Además, es muy probable que tengas mucho qué agradecerle y aun que preguntarle antes de decidir salir.

7) Ora por la congregación. En medio de la dificultad y la ansiedad, usualmente nos ensimismamos tanto que olvidamos a los que están alrededor nuestro. Haz una nota mental (o anótalo en tu cuaderno de oración) de siempre orar por la congregación. Ora por los líderes, que sientan pasión por predicar al Dios verdadero. Ora por tus hermanos, que puedan conocer mejor a Cristo. Ora por las finanzas de la congregación. Ora porque el Señor pueda transformar completamente aquellas cosas que no le agraden. Si aun los corintios mostraron arrepentimiento al recibir la epístola de Pablo, lo mismo puede suceder en donde estés.

Yo sé que esta es una situación de gran dificultad y dolor. Pero es posible glorificar a Dios en medio de una iglesia donde no te sientes parte. Si has fallado ya, recuerda el evangelio, que no solo te perdona a ti, sino que te capacita para perdonar. Es mi oración que los días de escasas iglesias sanas queden en el pasado, hasta que nuestro Señor regrese pronto, y que jóvenes reformados puedan traer gloria a Dios en lo que eso ocurre.

[1] Si formabas parte de una secta o una congregación que predicaba abiertamente otro evangelio, es posible que no sea correcto preparar a un suplente, pues estarías colaborando con la propagación del reino de Satanás. Por eso la importancia de buscar consejo de alguien más maduro, puesto que un artículo pinta con un lápiz muy grueso, y la vida requiere de trazos más finos.

Jairo Namnún sirve como pastor plantador de la Iglesia Piedra Angular en República Dominicana, y tiene estudios en el Southern Baptist Theological Seminary (MATS, M.Div). Está casado con Patricia y tienen tres hijos. Puedes encontrarlo en Twitter.

¿EXISTEN LOS VALORES ABSOLUTOS?

¿EXISTEN LOS VALORES ABSOLUTOS?

El relativismo no es nada nuevo, pues Heráclito, filósofo de la antigüedad griega, ya había planteado que: «Nunca se baña uno dos veces en el mismo río, porque el agua siempre es nueva». De esa manera señalaba el cambio constante que embebe todo nuestro existir. Si todo está continuamente fluyendo (cambiando) entonces, nada permanece igual. Todo es relativo en cuanto a la manera en que las cosas son en un momento.

¿Cómo puede algún valor ser absoluto?
Varias son las teorías morales que han formulado retos a la naturaleza absoluta de los imperativos morales desde la época de Heráclito a la fecha. Algunos afirmaron que no hay leyes rígidas. Kierkegaard decía que todos los mandamientos éticos son trascendidos por los deberes religiosos, tal como Abraham tuvo que dar «un salto de fe» trascendiendo toda moral para sacrificar a Isaac. A.J. Ayer decía que todos los juicios de valor eran, literalmente, insensatos por ser inverificables mediante la experiencia. Algunos plantearon que, en realidad, la ética solo consta de principios generales que sirven para el propósito de estructurar (informar, en el sentido de dar forma o moldear) la sociedad. Jeremy Bentham y John Stuart Mill concordaron en que deben seguirse las normas sociales generales para que el hombre pueda ser feliz pero que, en última instancia, no son obligatorias. Otros, como Joseph Fletcher, piensan que todas las normas deben ser evaluadas por el individuo en cada situación.
La ética situacional de Joseph Fletcher está construida sobre la idea de que «nuestra obligación es relativa a la situación». El amor es el único absoluto para Fletcher, y todos los otros mandamientos morales son relativos respecto a ese absoluto. La única manera de juzgar lo bueno y lo malo es considerando los resultados. Lo que «sirve» o «satisface» es lo bueno. Los valores, entonces, no son hechos por Dios ni por la sociedad, sino por el individuo que debe decidir qué es lo bueno para él en una situación dada. Cuando se pregunta: «¿Es malo el adulterio?», Fletcher responde: «Uno solo puede contestar: “No sé. Quizá. Plantee un caso. Describa una situación real”». Fletcher cree que así elimina la crueldad del legalismo al enfocarse en las personas antes que en los preceptos.

Ética situacional
El libro de Joseph Fletcher, Ética situacional, no ofrecía ideas novedosas cuando fue publicado en 1966, sino que esclarecía la posición, lo cual la popularizó. Fletcher expresa sin ambages que sus presuposiciones son el pragmatismo (el fin justifica los medios), el relativismo (solo el amor es absoluto; todos los demás valores son relativos), el positivismo (los principios morales se creen, no se prueban), y el personalismo (las personas son más importantes que las cosas). Fletcher, refiriéndose a la Biblia, dice: «La melancolía barata o frustración absoluta nos seguirá si hacemos de la Biblia un libro de reglas, olvidando que es una colección de refranes, tal como el Sermón de la Montaña, que nos ofrece cuando mucho unos paradigmas o sugerencias» (p. 77). Fletcher defiende el pragmatismo al preguntar: «¿Qué justifica a los medios si el fin no los justifica?» (p. 120). Fletcher es coherente, al menos, pues procede a reconocer que los fines deben también ser justificados. El amor es el único fin que se justifica a sí mismo (p. 129), lo cual suscita la reflexión: Si el amor se justifica a sí mismo, ¿por qué no pueden ser buenos en sí mismos los otros bienes? Si lo fueran, entonces ya no serían medios sino fines en sí mismos.

LA IMPOSIBILIDAD DE NEGAR LOS ABSOLUTOS
Negar los absolutos implica una incoherencia fundamental: uno debe considerar que hay absolutos en el proceso mismo de la negación; por más razonables que parezcan esas propuestas. Para negar absolutos uno debe formular una negación absoluta. Es como decir: «Nunca digas nunca»; pues uno lo acaba de decir. O: «Siempre es malo decir siempre»; pues uno tiene que pronunciarlo para decirlo. ¿Cómo puede uno tener la certeza absoluta de que no hay absolutos?
Además, si el relativismo fuese cierto, entonces, debe haber algo respecto a lo cual todas las cosas son relativas, pero que no sea relativo en sí mismo. En otras palabras, algo tiene que ser absoluto antes que podamos ver que todo lo demás es relativo a eso. He aquí la naturaleza de las relaciones: existen entre dos o más cosas. Nada puede ser relativo en Sí mismo, y si todo lo demás es relativo, entonces tales relaciones no son reales. Tiene que haber algo inmutable con lo cual podamos medir el cambio en todo lo demás. Hasta Einstein lo admitió, y planteó un Espíritu absoluto al cual todo lo demás estaría relacionado. John Dewey, educador y filósofo norteamericano (1859–1952), avanzó al absoluto en su progresión; y Heráclito tuvo un Logos absoluto que medía el «fluir» de su río.

AFIRMAR VALORES ABSOLUTOS
Demostrar que el relativismo es erróneo no prueba que los valores cristianos sean buenos. El relativista replica: «¿Con que hay alguno valores absolutos? Nómbreme uno». C.S. Lewis nombró varios en sus obras al mostrar que muchas cosas son universalmente reconocidas como malas, por ejemplo, la crueldad con los niños, la violación, el asesinato sin causa debida, etc. Lewis también comentó (en el apéndice de su libro Abolition of Man), que los valores no cambian mucho de una cultura a otra sino que son muy similares. Nuestro desafío es, de todos modos, nombrar uno solo.
Algunos pensadores han tratado de reducir todos los principios morales a un absoluto central. Kant planteó su «imperativo categórico», que debe seguirse en toda circunstancia y que se descubre al preguntarse, en cada decisión: «¿Quiero que esta acción sea costumbre universal para todos los hombres?» Si usted contesta que no, entonces no lo haga. ¿Quiere que todos los hombres le mientan? Entonces, no mienta. ¿Quiere que todos los hombres no asesinen? Entonces, no asesine. Haga solo las cosas que quiere que todos los hombres sean capaces de hacer.

El quid del asunto
Si uno quiere llegar al quid del asunto y saber lo que realmente cree alguien respecto de los valores, indague cuáles son las expectativas de esa persona. Alguien puede decir, con toda facilidad, que la gente no vale más que las cosas, pero resistirá si uno lo trata como a un fósforo quemado y lo desecha. Espera que lo traten como persona valiosa, aunque niegue verbalmente ese valor. Hasta el que proclama que no hay valores, continúa valorando el derecho a tener esa opinión y espera que uno haga lo mismo. Este hecho nos sirve mucho para afirmar los valores absolutos, porque los hace efectivamente innegables. Cada vez que alguien niega los valores absolutos, espera que lo traten como alguien con valor absoluto.
Martin Buber dijo que el principio moral más importante es tratar a las personas como tales, no como cosas, pues podemos vivir viendo todo lo demás como «eso» o admitir que algunas cosas son similares a nosotros y debemos llamarlas «tú». Las interrelaciones «yo-tú» son, para Buber, las que confieren significado a la vida, y son el fundamento de todos los valores. La gente debe ser tratada como fines en sí misma y no como medio para un fin. Debe ser amada, no usada.
No cuesta mucho percatarse de que Kant y Buber concuerdan, en principio, con Jesús, en lo referido al valor más importante. Jesús dijo que tratemos a las personas en la forma en que queremos que ellas nos traten. Cuando se le preguntó cuál era la ley más importante del Antiguo Testamento, replicó: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas».
¿Qué es, pues, el imperativo categórico kantiano sino una reformulación de la regla de oro de Cristo? Y ¿qué es el «grande mandamiento» sino un imperativo para mantener las relaciones «yo-tú» con todas las personas, y, muy en especial, con el Tú Definitivo y Final?
Yo y tú
Martin Buber (1878–1965), el famoso filósofo existencialista judío-austríaco, exploró el ámbito de las relaciones en un libro titulado Yo y tú, en el que usa ese término familiar, «tú» para expresar intimidad. Comenta que vivimos en tres niveles de vida diciendo: «Al extender las líneas de las relaciones, se interceptan en el tú eterno» (p. 123). Buber define el amor así: «Amor es la responsabilidad de un yo por un tú: en esto consiste eso que no puede consistir de ningún sentimiento: la igualdad de todos los que aman. Desde el menor al más grande; y desde aquel dichosamente seguro, cuya vida está circunscrita por la existencia de otro amado ser humano, hasta aquel cuya vida está clavada en la cruz del mundo, capaz de lo que es inmenso y suficientemente atrevido para arriesgarse: amar al ser humano» (Martin Buber, Yo y tú, Fondo de Cultura Económica, México).
La ética del amor cristiano es el cimiento principal sobre el que se establecen todas las otras normas éticas.
El amor es un valor absoluto universalmente reconocido. Hasta Bertrand Russell, famoso por su ensayo Por qué no soy cristiano, dijo: «El mundo necesita amor o compasión cristianas». Erich Fromm, el sicólogo humanista, afirma que todos los problemas provienen de la falta de amor. Confucio tuvo la misma idea pero la expresó en forma negativa: «No hagas a los otros lo que no quieras que ellos te hagan a ti». ¿Quién alegaría contra el amor?
«¿Cómo quiero que me trate la gente?», es la pregunta que constituye la esencia del imperativo categórico kantiano pues, ciertamente, todos deseamos ser amados. Si queremos ser amados, entonces debemos amar a los demás. No amarlos equivale a negar la cualidad de persona de ellos, pues amamos a las personas como tales. Efectivamente, ¿no es por eso que esperamos ser amados: porque somos personas y las tales deben ser amadas? Si debemos ser amados, entonces todas las personas deben ser amadas. Concluir otra cosa sería incoherente y arbitrario. El amor es un valor moral absoluto universalmente aceptado y esperado por toda la gente.

Geisler, N., & Brooks, R. (1997). Apologética: Herramientas valiosas para la defensa de la fe (pp. 334-339). Editorial Unilit.

El dominio propio y tu ira pecaminosa | Aaron Halbert

El dominio propio y tu ira pecaminosa

Por Aaron Halbert

Cuando me pidieron que escribiera sobre el dominio propio y la ira, mi respuesta inmediata fue: «¡Soy la última persona que debería escribir sobre este tema!». No dije esto porque no tenga problemas en esta área, sino porque, en el momento en que me preguntaron, estaba lidiando con cosas que revelaban ira dentro de mi propio corazón. Simplemente había tantas situaciones que estaban alimentando este pecado en mí. Para comenzar, a mi familia le habían pedido que se mudara inesperadamente y lo encontré injusto. Luego, mi esposa enfermó durante más tiempo del esperado y tuve que hacerme cargo del cuidado de los niños, labor en la cual, mis frustraciones, irritabilidad e ira pasaron a primer plano y asomaron su fea cabeza. Además, la mudanza a la nueva casa significó más tiempo en el tráfico y, a menudo, me encuentro frustrado y molesto con otras personas —con mi ira hirviendo al máximo— por sus habilidades de conducción o la falta de ellas. Entonces, escribo estas cosas como un compañero pecador que constantemente está tratando de hacer morir estos pecados.

Diferenciando entre la ira justa y la ira pecaminosa
Muchas veces, cuando surge el tema de la ira, queremos pasar inmediatamente a la idea de la ira justa y al hecho de que las Escrituras nos dicen que debemos o podemos estar enojados, pero no pecar (Ef. 4:26). Debido a este pasaje, concluimos que nuestra ira es justa o tratamos de excusarnos o justificar nuestra ira. Buscamos justificarla diciendo que otros han actuado de maneras que han provocado nuestra justa ira.

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Necesitamos comprender rápidamente, que la ira justa es la que viene porque vemos que se quebranta la ley de Dios. Así que, podemos fácilmente reflexionar y darnos cuenta de que, lo más probable, es que nuestra ira generalmente no proviene de algo que podríamos llamar justo y, muchas veces, no es algo que controlamos bien.

Pero ¿qué es la ira?
Creo que podemos reconocer fácilmente que la ira no es amor porque el amor es paciente y amable. Pero ¿qué es la ira? La ira es el descontento con los demás, y con las cosas o situaciones a las que reaccionamos con palabras, emociones, actitudes o acciones pecaminosas; y mientras nos comportamos de este modo, estamos dirigiendo este diluvio de maldad hacia el que se cree que está causando nuestro problema. Pero si queremos (y debemos) ser honestos, reconoceremos que, ante todo, y sin excusa alguna, la ira es pecado.

Dominio propio ante la ira
A lo largo de las Escrituras se nos dice que debemos tener dominio propio y hemos visto, poco a poco, cómo aplicarlo a varios aspectos de la vida, todo en dependencia del Espíritu Santo. Nuestra ira es otra área, otro pecado que debe ser dominado. Como todos habrán experimentado, la ira suele tomar control. No le gusta contenerse. No quiere tener riendas que lo sujeten. Entonces, tener dominio propio nos ayudará a controlar nuestra ira, irritabilidad y frustración. Para esta titánica labor, la clave es la forma en que pensamos acerca de nuestra ira y el dominio propio. Cuando Pablo escribe acerca de los líderes de la iglesia, dice que deben se sobrios y poseer dominio propio (Tit. 2:2). Pedro también habla de tener una mente sobria y dominio propio (1 P. 5:8-10). A menudo parece haber una conexión con el dominio propio y la forma en que pensamos. Y nuestros pensamientos deben ser, principalmente, nutridos y saturados por las Escrituras.

Por lo tanto, una de las primeras cosas de las que debemos darnos cuenta sobre el dominio propio y nuestra ira es que nuestro enojo nos ha hecho pensar incorrectamente acerca de Dios. Cuando nos enojamos, principalmente afirmamos que lo que Dios ha hecho está mal. Regularmente se encuentra que la ira es olvidar la gracia de Dios en nuestras propias vidas y la bondad con la que Dios nos ha tratado. Mencioné anteriormente nuestra mudanza inesperada. En ese acontecimiento, en el centro de mi ira estaba la sensación de que me habían tratado injustamente y estaba olvidando la bondad de Dios para con nosotros en su sabia providencia. Aunque quería justificar mi ira sobre la base de lo que alguien más había hecho, en verdad, en ese momento me faltó el control de mí mismo, porque me había olvidado de que nuestro Dios realmente no me trataba como se merecen mis pecados.

¿Cómo buscar dominio propio ante la ira?
Entonces, las formas más obvias de asegurarme de que tengo dominio propio y una mente sobria son la dependencia constante de la Palabra de Dios para informar mi pensamiento. La forma en que tengo la victoria sobre mi ira y otros pecados que son hermanos de esta, es teniendo mi mente constantemente transformada por la Palabra de Dios. Pablo dice en Romanos 12:2 que debemos ser transformados «mediante la renovación de [nuestra] mente». También les dice a los Efesios que deben ser «renovados en el espíritu de su mente» (Ef. 4:23)..

Si queremos matar nuestra tendencia a gritarles a los niños, dejar que las opiniones de otras personas nos molesten, enojarnos con esos corredores de la fórmula 1 en nuestras calles, hablar mal de otros, tener resentimiento hacia los demás y toda una serie de otros pecados, entonces debemos tener constantemente nuestras mentes transformadas por la Palabra de Dios. Nunca podrás luchar contra la ira si constantemente piensas de manera incorrecta al respecto.

¿Cómo pensamos incorrectamente acerca de nuestra ira? Debemos dejar la tendencia de querer decir que la mayor parte de nuestra ira se debe a lo que otros han hecho, para eso, es útil recordar que nadie nunca causa nuestra ira, sino que proviene de nuestro interior. Debemos dejar de culpar a otros. Las personas pueden darnos la oportunidad de responder con ira, pero nuestra ira no es su culpa.

Por lo tanto, lo que eso debe producir en mí es una rápida y veloz respuesta a mi ira. Debo reconocer mi enojo y confesarlo regularmente cuando sé que estoy fallando en tener dominio propio y ser sobrio con mi enojo. Cuando tengo esa respuesta insistente de decirle a alguien lo que pienso, criticar a otros por cómo han hecho algo, o frustrarme con las personas en mi vida por no estar a la altura de mis expectativas, debo ir a Cristo y confesarlo. La forma de tener dominio propio es reconocer la existencia del pecado y sacarlo a la luz en lugar de ocultarlo o encubrirlo. Es ser rápido para ir a aquellos con los que me he enfadado, pedir perdón y confesar mis malas acciones. Esto es lo que hace una persona de mente sobria y con dominio propio. Ve la profundidad de su depravación y la confiesa abiertamente, arrepintiéndose y luego se esfuerza por una nueva obediencia en Cristo. Parece que el recaudador de impuestos en Lucas 18 se inclinó clamando a Dios por misericordia porque su pecado lo deshizo. Eso debe pasar en nuestro corazón al pensar en la maldad remanente en nuestras almas. ¡Cuando pensamos sobriamente acerca de nuestro pecado, nos ayuda a ser honestos para que podamos tener más dominio propio!

Conclusión
Finalmente, en un nivel práctico, quisiera cerrar dando algunos consejos como experto en la ira. Usa el tiempo entre tus temporadas de ira para establecer formas de luchar contra ella. Nota que tu enojo tiene consecuencias y comienza a utilizar los momentos en que no estás enojado para tratar el enojo por lo que es: un ataque moral a la ley de Dios. Busca formas de ver señales de cuándo la ira tiende a alejar lo mejor de ti. Memoriza y estudia las Escrituras que renuevan tu mente para ver las profundidades de tu pecado. Ora regularmente para que Cristo te dé ojos para ver cómo tu ira te hace perder el dominio propio. Pide a otras personas cercanas a ti que te ayuden a ver las formas en que permites que la ira se apodere de tu vida.

Sugiero estas cosas porque la ira le da al diablo un punto de apoyo, entonces, sin duda, querrás asegurarte de que tratas con la ira apropiadamente. En otras palabras, debes darle la muerte legítima que merece junto con cualquier otro pecado del que debes huir mientras corres hacia Cristo. En definitiva, querido santo, ahí es donde encontrarás descanso. Tu ira y falta de dominio propio nunca producirán paz. ¡Oh, pero correr a un Salvador que voluntariamente murió por ti, te otorgará paz y la capacidad de hacer morir este pecado de ira al otorgarte dominio propio que solo proviene de su Espíritu a través de la obra de la Palabra renovando tu mente! ¡Alabado sea Jesús por eso!


Aaron Halbert, estadounidense, sirve en Tegucigalpa, Honduras, como uno de los pastores de la Iglesia Presbiteriana Gracia Soberana. Disfruta largas conversaciones sobre la plantación de iglesias, todo lo relacionado con los Voluntarios de la Universidad de Tennessee, casi cualquier comida hondureña (excepto la sopa de mondongo) y los Tottenham Hotspur. Aaron está casado con Rachel y tienen 5 hijos, a quienes les encanta servir junto a sus padres a través de la hospitalidad y encontrar formas de establecer relaciones en la iglesia, en actividades de los niños y con los vecinos.