La justificación: ¿qué es y qué hace?

Matthew Leighton

La doctrina más distintiva de la fe evangélica es la justificación por la fe sola. No hay ninguna otra religión en el mundo que tenga semejante enseñanza. No solo es una doctrina distintiva, sino que viene a ser la única solución al problema más importante de la humanidad: su propia injusticia y la ruptura de su relación con el Creador. La justificación por la fe sola es el camino que Dios ha puesto para establecer de nuevo la paz entre Él y sus criaturas. Es el corazón del evangelio, la buena noticia de la Biblia.

A pesar de su importancia, muchos evangélicos no son capaces de articular claramente esta doctrina. En este artículo daremos una breve y sencilla explicación de la justificación según el testimonio bíblico, con el fin de ayudarnos a entender mejor esta verdad y aplicarla a nuestra vida.

La justificación según la Biblia

Empecemos con una definición de la palabra justificar. En el lenguaje cotidiano usamos esta palabra muchas veces para hablar de cómo nosotros nos defendemos ante las acusaciones. Por ejemplo, yo me justifico presentando evidencias y argumentos acerca de mi inocencia. Cuando me justifico, me declaro justo o inocente. Así usamos esta palabra en el día a día, pero en la Biblia se usa de otra manera.

En nuestras versiones aparece la palabra justificar como traducción de una palabra griega, dikaio, que muchas veces hace referencia no a una declaración del ser humano sobre sí mismo, sino a una declaración divina. Por ejemplo, Romanos 5:1 dice lo siguiente:  

“Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

En este texto, y en otros más, el verbo se usa en la forma pasiva. Cuando el texto dice “justificados”, o “habiendo sido justificados”, significa que no nos justificamos a nosotros mismos, sino que es Dios quien nos justifica. Cuando Dios justifica, Él declara que una persona es justa.

Esta declaración divina es un acto forense. Es una declaración que Dios emite como juez. No se trata de un cambio o proceso dentro de la persona que recibe el veredicto. La palabra justificar se usa precisamente de esta manera legal o forense en varios pasajes bíblicos. Un ejemplo claro de este uso se encuentra en Romanos 8:33-34:

“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”.

Cuando Dios justifica, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: justo y merecedor de los privilegios correspondientes.

Aquí se contempla a Dios como juez, y el apóstol Pablo menciona dos veredictos que puede emitir. Uno es condenar. La condena es claramente una declaración legal de culpa, sin tratarse de un proceso o cambio subjetivo en la persona condenada. Cuando Dios condena, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: culpable y merecedor del castigo correspondiente.

Paralelamente, cuando Dios justifica, emite una declaración legal sin requerir un proceso o cambio subjetivo en la persona justificada. Cuando Dios justifica, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: justo y merecedor de los privilegios correspondientes. De modo que la justificación es legal, puntual, y externa al ser humano. No se trata de un proceso de transformación interior.

El apuro del ser humano rebelde

¿A quién justifica Dios? De entrada, pensaríamos que Dios debe justificar a la gente buena. Puesto que Dios es un juez omnisciente, Él sabrá quién es bueno y quién no lo es y, siendo justo, suponemos que Dios debería justificar a las personas cuyo comportamiento es ejemplar e intachable, que son justas en sí mismas. No obstante, la Biblia pinta un cuadro muy oscuro de la humanidad y su injusticia. Pablo, en la misma carta a los Romanos, declara lo siguiente:

“Como está escrito: ‘No hay justo, ni aun uno No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se han desviado, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno’”, Romanos 3:10-12.

Según el apóstol (y el Antiguo Testamento, del cual cita), no hay gente buena. Todos somos injustos, todos nos desviamos. Nos ofendemos los unos a los otros y ofendemos a Dios cometiendo injusticias a menudo, no solamente con hechos externos, sino también con actitudes y disposiciones internas como el egoísmo, el orgullo, y el odio. Si es así, ¿a quién puede justificar Dios? Si no siguiéramos leyendo el pasaje, podríamos concluir que, ante un Dios perfectamente justo, nadie será justificado. Pero la Biblia nos sorprende. Romanos 4:5 dice así:

“Pero al que no trabaja, pero cree en Aquél que justifica al impío, su fe se le cuenta por justicia”.

Según la Biblia, Dios sí justifica a personas. No a personas buenas, sino a personas “impías”, personas que precisamente no merecen ser declaradas justas, sino condenadas. ¡Esto es una muy buena noticia! Pero, ¿cómo puede ser? ¿No está Dios quebrantando su propia justicia al justificar a impíos (Pr. 17:15)?

La solución: la imputación

Si Dios no hiciera nada más, sería injusto. ¿Qué es lo que Dios hace para que su veredicto no sea injusto? Tenemos una pista en un texto que hemos considerado ya. Romanos 5:1 dice que por la justificación tenemos paz con Dios por medio de Jesucristo. La clave de la justificación es Jesús. Pablo amplía esta idea en 2 Corintios 5:21:

“Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él”.

Es gracias a Jesús que Dios justifica al impío, y esto es así porque Jesús obedece y muere en el lugar del pecador. Jesús era perfectamente justo. Si ha habido alguien en la historia que no mereció morir, esa persona fue Jesús. Jesús no había pecado (“al que no conoció pecado”); no obstante, Dios le trató como pecador (“lo hizo pecado”). Lo hizo pecado “por nosotros”, es decir, en el lugar del ser humano. Lo hizo para que “fuéramos hechos justicia de Dios en Él”.

Así, Dios puede justificar y satisfacer su justicia al mismo tiempo. Podemos resumirlo de esta manera: Dios trata a Jesús como impío (cuando Cristo muere en la cruz), y trata al impío como Jesús lo merece (cuando le son otorgadas todas las bendiciones de la vida eterna).

Dios realiza una transferencia doble: nuestro pecado se transfiere a Cristo, y la justicia de Cristo se transfiere a nosotros.

Este intercambio entre el creyente y Cristo se conoce como imputación. Por un lado, Dios atribuye la culpa de nuestro pecado a Cristo, y Cristo sufre las consecuencias de ella en la cruz. Por otro lado, Dios confiere la justicia de Cristo a nosotros, y considera los méritos o los merecimientos de Cristo como si fuesen nuestros. Dios realiza una transferencia doble: nuestro pecado se transfiere a Cristo, y la justicia de Cristo se transfiere a nosotros.

De modo que Dios justifica a impíos no con base en la justicia inherente en ellos, sino con base en la justicia de Cristo. Les justifica no por lo que ellos hacen, sino por lo que Jesús hizo.

¿Qué merece Jesús? La justificación: una declaración de haber obedecido perfectamente y, como consecuencia, todas las bendiciones celestiales, porque es digno de ellas. Jesús comparte este estatus y estas bendiciones con muchas personas (Ro. 4:1-823-255:12-211 Co. 1:30Fil. 3:7-9).

El rol de la fe

Ahora bien, no todo el mundo goza de este privilegio. ¿Quiénes son aquellos a quienes Dios justifica? Son los que creen, los que tiene fe:

“También nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para que seamos justificados por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley. Puesto que por las obras de la ley nadie será justificado”, Gálatas 2:16.

La fe es una actitud de receptividad, dependencia, y confianza. Dios no nos justifica por lo que hacemos, por nuestros esfuerzos, o por nuestra obediencia (“obras de la ley”), sino por lo que Jesús hizo. La fe confía en Jesús y en su obra como suficiente para recibir la justificación de Dios (Ro. 3:284:23-25Ef. 2:8-10).

¿Qué papel tiene la fe exactamente en la justificación? ¿Podría ser que la fe misma nos hace dignos de la justificación? No, porque la fe, por definición, no es una obra. Es precisamente la única actitud humana que le dice a Dios: “Yo no puedo; necesito que tú me salves” (ver Lc. 18:9-14). La fe mira fuera de sí, se concentra en su objeto y le abraza, confiando su destino a Él y aferrándose a su capacidad para salvar.

La fe, en este sentido, es como la mano vacía del mendigo que recibe una limosna. Extender la mano no le hace digno de recibir el donativo, sino que éste se da puramente por la bondad del dador. Lo único que hace la mano es recibir. Y la mano está precisamente vacía, no con un billete en la palma.    

¿Qué de Santiago capítulo 2?

Una objeción contra la descripción de la justificación dada aquí es que la Biblia dice que la justificación no es por la fe sola. Santiago 2:24 dice:

“Ustedes ven que el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe”.

¿Será que los reformadores hace 500 años y los evangélicos desde entonces no se percataron de este verso? ¿Será que van en contra de la enseñanza explícita de la Biblia?

Hay que leer los textos en sus contextos. Santiago no está lidiando con el mismo problema que Pablo. Por un lado, Pablo argumenta con personas que piensan que tienen que aportar algo para efectuar su justificación. Por otro lado, Santiago está discutiendo con personas que piensan que se salvan por una profesión de fe meramente de palabras.

El verdadero creyente es una persona que dice que tiene fe y lo demuestra por lo que hace.

Santiago empieza el pasaje diciendo: “¿De qué sirve, hermanos míos, si alguien dice que tiene fe, pero no tiene obras? ¿Acaso puede esa fe salvarlo?” (Stg. 2:14). ¿Cuál era el problema al que se enfrentó Santiago? Había personas que decían que tenían fe en Jesús pero cuyas vidas no reflejaban esta fe de ninguna manera. Esta clase de fe, una fe que no transforma la vida, que no va secundada por hechos, es una fe que no vale nada.

En cambio, el verdadero creyente es una persona que dice que tiene fe y lo demuestra por lo que hace. La fe que salva no es solo de palabras. El corazón dispuesto a confiar en Cristo también está dispuesto a obedecerle.

Los protestantes siempre han dicho que las obras no son la base de la justificación. Es decir, Dios no nos justifica porque nuestras obras lo merecen. No obstante, las obras son la evidencia de una fe verdadera. Si la fe es real, habrá obras que lo comprobarán. En este sentido, la justificación es por la fe sola, pero no una fe que está sola. Pablo mismo también lo afirma en Gálatas 5:6.

La clave para la vida cristiana

¿Por qué la fe no se encuentra sola en la vida de una persona justificada? Una de las razones es que la justificación por la fe, bien entendida, capacita para obedecer. Es contraintuitiva, porque parece que la justificación sin obras debería dar lugar al libertinaje y a la desobediencia. Sin embargo, la justificación por la fe sola resulta ser la clave, la única fuente duradera de motivación, y el patrón a seguir para vivir la vida cristiana.

La justificación por la fe es la clave para la vida cristiana porque le da al creyente el derecho legal de participar en las bendiciones celestiales, incluyendo la obra santificadora del Espíritu (ver Gá. 3:6-14). La justificación por la fe es también el motor que impulsa la fidelidad a Dios porque garantiza ser aceptado por Él, lo cual libera al creyente para obedecerle radicalmente, incluso arriesgando su vida, confiando que Dios estará siempre con él y obrará todo para bien (Ro. 5:1-58:28-30).

Finalmente, la justificación por la fe provee el patrón para la vida cristiana porque en ella Dios muestra su misericordia y generosidad, lo cual motiva asimismo al creyente a mostrar misericordia y generosidad hacia los demás (Mt. 18:21-35). ¡Gloria a Dios por tan excelsa doctrina!

Matthew Leighton (MDiv, ThD) es profesor y decano de estudiantes en la Facultad de Teología Internacional IBSTE, cerca de Barcelona. También es anciano en la Església Evangèlica de Vilassar de Mar. Él y su esposa, Núria, tienen cinco hijos.

La humildad en las redes sociales

Serie: El orgullo y la humildad

Por Tim Challies

Nota del editor:Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

Cada moneda tiene una cara detrás un sello, cada dado un seis detrás de un uno, cada estampilla un adhesivo detrás. Y del mismo modo, cada tecnología tiene una virtud detrás de un vicio, un beneficio y un inconveniente, algo beneficioso detrás de algo muy perjudicial. La televisión que suministra noticias importantes también promueve el entretenimiento vil; el motor que proporciona propulsión también produce contaminación; la energía nuclear que ilumina una ciudad también corre el riesgo de destruirla. Así es la vida y la tecnología en un mundo manchado por el pecado.

Y precisamente en ese sentido, las redes sociales pueden utilizarse para bien y para mal. Pueden mostrar lo mejor y lo peor de los seres humanos, lo más amable y lo más condescendiente, lo más humilde y lo más orgulloso. La mayor parte de la culpa no es de la tecnología en sí, sino de los que la utilizan, porque las redes sociales no hacen más que mostrar quiénes somos realmente y repetir lo que realmente creemos. Son nuestros corazones y nuestras mentes volcados al exterior en pequeños textos, elaborados vídeos y fotografías cuidadosamente filtradas.

Sin embargo, debemos tener cuidado de no simplificar demasiado, ya que las redes sociales han sido diseñadas deliberadamente para aprovechar nuestras debilidades más que nuestras fortalezas, para premiar el orgullo más que la humildad. Fomentan la lectura rápida más que la lectura profunda, la impulsividad más que la reflexión, la indignación más que la sabiduría. Salomón pregunta: «¿Ves a un hombre precipitado en sus palabras? Más esperanza hay para el necio que para él» (Pr 29:20). Pero Facebook pregunta a cada usuario en cada momento: «¿Qué estás pensando?». Salomón advierte que «En las muchas palabras, la transgresión es inevitable, mas el que refrena sus labios es prudente» (10:19), pero Twitter sugiere en todo momento y en todas las ocasiones: «Tuitea tu respuesta». Salomón dice que «El sabio heredará honra» (3:35), pero en la mayoría de las plataformas de redes sociales son los fanfarrones y combativos, los descorteses y lascivos los que son vistos y escuchados, los que son honrados y seguidos. El que gobierna su espíritu puede ser mejor que el que toma una ciudad, pero el vicio se convierte tan fácilmente en virtud en las plataformas que premian la indignación más que el autocontrol, la dureza más que la amabilidad, la arrogancia más que la mansedumbre.

Twitter y Facebook, Instagram y TikTok, un sinfín de tecnologías menores y aún por inventar: cada una de ellas proporciona un mecanismo ideal para la creación de plataformas y el engrandecimiento personal, para promocionarse a sí mismo mientras se desprecia a los demás, para mostrar todo tipo de altanería y toda clase de tonterías. Pero aunque veamos tan fácilmente los inconvenientes de estas nuevas tecnologías, también tienen muchos beneficios. Ninguna está tan lejos de la redención que no pueda ser utilizada de manera que bendiga a los demás y glorifique a Dios. Detrás de todos los vicios hay muchas virtudes genuinas, ya que a través de las redes sociales podemos decir palabras que sequen los ojos llorosos, podemos compartir citas que levanten las manos caídas, podemos subir vídeos que fortalezcan las rodillas debilitadas. Podemos comprometernos amablemente con los perdidos y los que sufren, podemos desafiar suavemente a los extraviados y a los descarriados, podemos apuntalar cuidadosamente a los inseguros y a los inexpertos. Podemos estar presentes y activos en estos foros donde se enseña a la gente, donde se discuten las ideas, donde se debaten las grandes preocupaciones de nuestra época. Podemos estar donde se reúnen las personas de este mundo para que podamos decir la verdad de Dios con nuestras bocas mientras mostramos el amor de Dios en nuestras vidas.

Sin embargo, si queremos ser humildes a través de las redes sociales, tendremos que ser humildes antes de aparecer en ellas. Tendremos que ser conscientes de sus ideologías arraigadas, conscientes de las muchas maneras en que premian lo que Dios desprecia, conscientes de sus muchas tentaciones de promover la necedad por encima de la sabiduría. Tendremos que acercarnos a ellas con cautela, con oración y siempre con humildad.

No hay ninguna época en la historia de la humanidad en la que haya sido fácil mostrar humildad y ninguna época en la que haya sido difícil mostrar orgullo. El reto de las redes sociales es nuevo solo por la rapidez con la que podemos mostrar esa locura y solo por el alcance del daño que podemos hacer con ella. Las redes sociales no han creado el orgullo, sino que solo han creado nuevas vías para expresarlo. Sin embargo, el Dios que se opone a los soberbios y da gracia a los humildes, ciertamente se deleita en concedernos la humildad que nos falta para que podamos ser luz cuando estamos rodeados de oscuridad, redimir lo que se ha roto, y aprovechar cada oportunidad para profesar las grandes verdades de nuestro gran Dios.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Tim Challies (@Challies) es bloguero fundador de Challies.com y cofundador de Cruciform Press. Es autor de varios libros, entre ellos: Haz más y mejor, una guía práctica para la productividad y la próxima historia: fe, amigos, familia y el mundo digital.

El/Ella Por Favor

Por Jesse Johnson

Imagina que eres un entrenador de fútbol juvenil, y una chica a la que has entrenado durante cinco temporadas te lleva aparte en el entrenamiento y te pregunta: «Entrenador: Estoy pasando por algunos cambios en mi vida, y uno de ellos es que he decidido que quiero que me conozcan como un chico. ¿Podría dirigirse a mí por él, en lugar de ella»?

¿Qué dirías tú?

Esta situación es cada vez más frecuente. El año pasado escribí sobre un profesor de la zona que fue despedido por su centro por pedir al consejo escolar que no le obligara a utilizar los «pronombres preferidos» para los alumnos. Dijo: «Quiero demasiado a mis alumnos como para mentirles». Eso le costó el puesto.

¿Qué haría usted?

He aquí algunos principios que querría comunicar a esa persona:

1). «Te amo y me preocupo por ti«. El movimiento transgénero enseña a la gente -y en particular a los niños- que cualquiera que no afirme su género preferido está actuando por odio hacia ellos. Es importante poner entre paréntesis tu respuesta a la persona refutando eso de frente. Cualquier respuesta tiene que estar enmarcada en amor (Levítico 19:18 ; Mateo 19:19 ; Marcos 12:31 ; Romanos 13:9 ).

2). «Te amo como Dios te hizo». El corazón del movimiento transgénero es un intento de separar el género del sexo. Este no es un tema sobre el que la Biblia guarde silencio. La Biblia utiliza la expresión «varón y hembra» más de cincuenta veces, a menudo para dejar claro que Dios hace a las personas varón y hembra. Por ejemplo: «El día que Dios creó al hombre, a semejanza de Dios lo hizo. Varón y hembra los creó; y los bendijo, y los llamó Adán[a] el día en que fueron creados.» (Génesis 5:1-2 ). O: «Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y hembra» (Marcos 10:6 ). De hecho, muchas de esas cincuenta referencias a «varón y hembra» pasan a relacionar las distinciones de los sexos con la capacidad biológica de procrear (incluido Marcos 10:7 ).

La cuestión es que Dios nos hace hombres y mujeres. La biología no es un «Elige tu Propia Aventura».

Por lo tanto, para que yo pueda afirmar mi amor hacia ti, tengo que afirmar mi amor hacia ti de la manera en que Dios te hizo.

3). “Y también amo a Dios, quien no comete errores.” Parte de ser cristiano es amar a Dios, y parte de amar a Dios es afirmar sus perfecciones. Dios no comete errores (Deuteronomio 32:4 ) He escuchado a personas «transgénero» decir que porque tienen pensamientos transgénero, Dios debe haber permitido esos pensamientos, por lo tanto Dios aprueba que cambien de género. La verdad es mucho más simple: Dios permite el pecado en el mundo para poder vencerlo al morir por los pecadores, derrotarlo al levantarse de la tumba y perdonarlo a través de nuestra fe en el evangelio. El pecado está definitivamente en el mundo. Pero la existencia de pensamientos sobre el robo no significa que Dios apruebe el robo, y la existencia de pensamientos sobre el género no implica que Dios apruebe el transgenerismo.

A veces las personas quieren ser de otro sexo, o sienten que son de otro sexo, pero parte de amar a Dios es reconocer la realidad de que él nos hizo hombre y mujer, y no se equivocó. A veces tenemos dudas y pensamientos pecaminosos. Pero la existencia de pensamientos pecaminosos no significa que Dios haya hecho esos pensamientos, o que los apruebe. Más bien, la existencia del pecado nos remite al evangelio (Romanos 7:11-14 ).

Si el corazón del transgenerismo es la idea de que el género de una persona es distinto de su sexo, entonces mi amor por Dios me impide dirigirme a una persona con pronombres que expresan la opinión de que Dios se equivocó.

4). “Te amo lo suficiente como para decirte que el Dios que no comete errores te hizo, y te ama.” Parece que el movimiento transgénero está creciendo, aprovechándose de los adolescentes a los que no les gusta su cuerpo y desprecian cómo les hizo Dios. Los defensores de los transexuales hablan a menudo de lo común que es la autolesión en el movimiento transexual, y no es de extrañar. Es un movimiento que enseña a las personas que para amarse a sí mismas tienen que odiarse. Es una situación sin salida. Es como estar atrapado en un mal sueño.

Afortunadamente, la gente se despierta. Mi oración es que mi interlocutor despierte. Ninguna cantidad de pronombres preferidos cambiará realmente su sexo. A veces, la gente va a la guerra contra su cuerpo, pero lo más común es que la persona se despierte un día y abandone la lucha. Vivir como un chico no hará feliz a una chica, y vivir como una chica no hará feliz a un chico.

Mi mayor esperanza es que la persona se despierte, que aprenda a abrazarse a sí misma tal y como Dios la hizo.

Pero mi mayor temor es que en ese momento, cuando se despierten, sólo vean a su alrededor a adultos que bien lo sabían, pero que le siguieron el juego a esa ideología que alimentaba el odio a sí mismo y el ateísmo. Quiero que la persona a la que me dirijo se dé cuenta de que fueron los cristianos de su vida los que le amaron lo suficiente como para decirle que hay una verdad que no se puede definir ni alterar. Hay un hacedor de la verdad fuera de nosotros. La verdad es que fuimos hechos por Dios, y que Dios te ama, y quiere una relación contigo a través de Cristo.

Jesse Johnson es pastor de Immanuel Bible Church en Springfield, Virginia. Durante sus estudios en The Master’s Seminary, Jesse sirvió como pastor de evangelismo en Grace Community Church y coordinó la edición del libro de estudio Fundamentos de la Fe.

La humildad y la unidad de la iglesia

Serie: El orgullo y la humildad

Por Melton L. Duncan

Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

A principios de este año, mi ciudad natal comenzó a construir un parque municipal de sesenta acres. Este se encuentra en un entorno urbano, pero está enclavado a ambos lados de un pequeño valle fluvial que serpentea por el interior de Carolina del Sur y que es famoso por terminar en una cascada en Greenville. El parque unirá geográficamente los vestigios de un barrio histórico pobre casi olvidado con el nuevo y dinámico centro de la ciudad. Es un símbolo vivo de lo antiguo y lo nuevo. El alcalde ha bautizado el nuevo esfuerzo como Unity Park (parque de la unidad), y en su centro habrá un puente de cuarenta y nueve metros que conectará a personas de todas las partes de la ciudad.

Cuanto más maduro en mi convicción cristiana, más comprendo que la unidad entre los cristianos no puede darse por sentada, especialmente en la iglesia. No sucede por sí sola; el Espíritu Santo debe soplar primero a través de un cristiano, que en respuesta persigue a otras personas con una motivación semejante a la de Cristo y practica la humildad piadosa de forma constante para que la unidad florezca en la iglesia. En algunos casos, como se está haciendo en el nuevo parque de Greenville, la unidad debe construirse desde cero y prácticamente tender un puente entre personas que pueden no darse cuenta de que deben estar conectadas.

El apóstol Pablo nos dice que «viváis de una manera digna de la vocación» (Ef 4:1) y que estemos listos para «preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (4:3). Utiliza el famoso lenguaje del cuerpo humano para ilustrar el principio: «Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también vosotros fuisteis llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos» (vv. 4-6). Siete veces en dos versículos, nos llama a ser uno. Pablo nos dice que debemos tener unidad, nos dice que debemos querer la unidad, y luego, de manera notable y algo paradójica, nos dice que ya tenemos esa unidad en Cristo. En otras palabras, debemos vivir nuestras vidas actuales teniendo en cuenta la obra terminada de Jesús en nuestro favor al hacernos uno.

En los días de Pablo, había un desacuerdo muy fuerte entre los cristianos judíos y gentiles en la iglesia. Algunos judíos étnicos creían y practicaban la validez permanente de la antigua ley ceremonial, por lo que insistían no solo en la circuncisión, sino en la observancia de las leyes alimentarias del Antiguo Testamento dadas a través de Moisés. Eran de Cristo, pero su libro era todavía la Torá. Para este pueblo, la inclusión de los gentiles en las promesas de Dios era un obstáculo y una fuente de división. Pablo apela a la Trinidad como base para su unidad terrenal. En Efesios 4 se describen las tres personas de la Trinidad: Dios Espíritu Santo (v. 4); Dios Hijo, Jesucristo (v. 5); y Dios Padre (v. 6). Su unidad es un modelo para nosotros de cómo, aunque seamos muchos, debemos ser uno. Pablo también nos recuerda la gran verdad cristiana de que el evangelio es algo completamente fuera de nosotros. No aportamos absolutamente nada a él; solo nos beneficiamos de él, y es el fundamento de nuestra capacidad para amarnos unos a otros. Como dice el viejo himno, la iglesia es el lugar donde, en esta vida y por causa de Cristo, el pueblo de Dios encuentra «la mística y dulce comunión con aquellos cuyo descanso está ganado».

En mi denominación, la Iglesia Presbiteriana en América, nuestro manual The Book of Church [El libro de orden en la iglesia] hace una pregunta en forma de voto a los llamados a servir y trabajar por la unidad de la iglesia: «¿Prometes esforzarte por la pureza, la paz, la unidad y la edificación de la iglesia?» Para los que responden afirmativamente, se ofrece una descripción de ejemplos prácticos de buena unidad de la iglesia:

Espiritualmente fructífero, digno, prudente, ejemplo para el rebaño, visitando al pueblo en sus casas, especialmente a los enfermos, instruyendo a los ignorantes, consolando a los dolientes, alimentando y custodiando a los hijos de la iglesia, orando con y por el pueblo, buscando el fruto de la Palabra predicada, atendiendo a los necesitados, a los enfermos, a los desamparados y a cualquiera que esté en apuros, cuidando a los enfermos, a las viudas, a los huérfanos, a los presos y a otros.

La participación de un cristiano en su iglesia local es la relación organizacional terrenal más importante que jamás tendrá. Si un creyente ama la teología, la historia o la liturgia de la iglesia, debe hacer un esfuerzo especial para buscar la unidad dentro del cuerpo. Es su familia en este mundo, y será su familia en el mundo venidero.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Melton L. Duncan
Melton L. Duncan es anciano gobernante en la Second Presbyterian Church de Greenville, Carolina del Sur, y secretario permanente del Calvary Presbytery de la Iglesia Presbiteriana en América.

POR QUÉ NOS RESISTIMOS AL CAMBIO Y CÓMO PODEMOS AVANZAR

Por Alistair Begg

EL CAMBIO ES DIFÍCIL PARA LA MAYORÍA


En el Nuevo Testamento, un ministerio evangelístico exitoso requería realizar muchos cambios. Aunque era libre, Pablo se hizo a sí mismo un siervo a todos (1 Co 9:19-23). A los judíos, se hizo como judío. A los que estaban bajo la ley, se hizo como uno bajo la ley. A los que estaban fuera de la ley, de nuevo, cambió de manera correspondiente. A los débiles, se hizo débil. Todo esto es para decir que, por el bien del ministerio del evangelio, él cambió. Se adaptó. Hizo lo que fuera necesario con tal de ver el nombre de Cristo glorificado.

Sin embargo, como todos podemos atestiguar, el cambio es muy difícil para la mayoría. Pablo incluso concluyó la lista de sus cambios asemejando su ministerio a una rigorosa competencia atlética (1 Co 9:24-27). El cambio no es fácil, y las iglesias a menudo no son los mejores ejemplos cuando se trata de hacer cambios. Sin embargo, si queremos ver a Dios hacer grandes cosas por el evangelio a través de nosotros, debemos “proseguir a la meta” (Fil 3:14) y vencer la oposición al cambio.

Para ayudarnos a considerar el cambio, aquí hay una lista de ocho razones por las que las iglesias se resisten a cambiar y ocho maneras en que los líderes pueden vencer esa resistencia. Lo que viene a continuación es, en su mayor parte, sabiduría práctica que podría parecer bastante evidente. No obstante, a veces, como dice Pedro, debemos simplemente ser estimulados por “recordatorio” (2 P 1:13; 3:1).

OCHO RAZONES POR LAS QUE LAS PERSONAS RESISTEN EL CAMBIO
Así que, ¿por qué las personas resisten el cambio? ¿Y por qué nosotros mismos lo resistimos cuando nos encontramos en esa posición?

Nos gustan nuestras propias ideas
Una sencilla razón es que, si no iniciamos el cambio, sino no fuimos los primeros en imaginarlo, entonces no podemos abrazarlo y, por tanto, no nos gusta. El cambio está bien si nosotros mismos lo diseñamos, pero cuando se trata de confiar en el plan de otra persona… ¡olvídalo! Una manera en que podemos ayudar a las personas a superar esta barrera es buscar su aportación y llevarlos al punto donde tomen esta idea como suya. Si pueden abrazarla de alguna manera, entonces será más fácil que avancen con nosotros.

El cambio altera nuestra rutina
Tendemos a ser criaturas de hábitos. Vemos cualquier cosa que altere nuestra manera de hacer las cosas como una amenaza. Si nos gusta nuestra rutina y nos llama más que el cambio potencial, nos oponemos a ese cambio. La rutina puede volverse sagrada.

Nos da miedo lo desconocido
Conocemos los resultados que obtenemos de nuestras rutinas y tradiciones. Son predecibles. Sin embargo, cuando el liderazgo decisivo trae nuevas ideas, enfoques o conceptos, nos saca del ámbito de lo familiar. Nos vemos empujados fuera de nuestra zona de confort y forzados a tomar un paso hacia lo que no podemos ver por completo.

Nos da miedo el fracaso
A menudo, nos sentimos tan tiranizados por el prospecto de fallar que simplemente no queremos cambiar nada. Este puede ser un factor paralizante tanto para líderes como para seguidores. No obstante, en algún punto debemos creerle a Dios cuando dice: “No temas, porque Yo estoy contigo” (Is 41:10) y confiar que Él nos sacará adelante… aun cuando haya fracasos (que inevitablemente habrá en algún momento).

Creemos que la recompensa no vale la pena
Nos oponemos al cambio porque percibimos que la recompensa es inadecuada para nuestro esfuerzo. En otras palabras, que lo que obtendremos no es lo suficientemente bueno cuando lo comparamos con lo que tenemos que dar. En algunos casos, este titubeo es justificado. Sin embargo, en otras situaciones, los líderes deben hacer todo a su alcance por presentar una visión atractiva que demuestre beneficios claros.

Estamos satisfechos con el statu quo
Quizá, simplemente estamos satisfechos con la forma actual de las cosas. Por supuesto, el statu quo no es siempre deficiente; debemos ser agradecidos por un trabajo bien hecho cuando las cosas andan bien. Aun así, si somos honestos, todos sabemos que fácilmente podemos volvernos complacientes y cómodos con la forma en que son las cosas, aun cuando desesperadamente requieran mejoras.

Nos falta respeto por el liderazgo
Es cierto que los nuevos líderes a menudo llegan en un momento y cambian cosas antes de desarrollar una confianza clara. No obstante, es igualmente cierto que, en la iglesia, Dios nos manda: “Obedezcan a sus pastores y sujétense a ellos”, y también a permitir que nos pastoreen “con alegría y no quejándose” (Heb 13:17). ¿Nuestras palabras y acciones hacen más fácil que nuestros pastores practiquen un liderazgo gozoso?

Nos aferramos a nuestras tradiciones
Finalmente, tendemos a aferrarnos a las tradiciones en la iglesia, a veces con demasiada fuerza. Es cierto que vale la pena mantener algunas tradiciones. De hecho, en algunos casos sería bueno que tuviéramos más cercanía con la tradición. Sin embargo, las tradiciones no siempre trascienden los cambios culturales del tiempo. Debemos evaluar nuestros hábitos colectivos de vez en cuando.

OCHO MANERAS EN QUE LOS LÍDERES PUEDEN VENCER LA OPOSICIÓN AL CAMBIO
Si alguna vez has estado en una posición de liderazgo, sabes que no tarda mucho antes de aprender lecciones importantes… a veces a la mala. Seguramente, cada líder de iglesia encallará en algún arrecife alguna vez. Sin embargo, Dios es fiel para sacarnos adelante y se asegurará de que perseveremos en nuestros esfuerzos por influenciar a la gente para el bien del reino.

Aquí hay ocho principios que pueden ayudar a cumplir este objetivo:

Identifica con exactitud lo que tiene que cambiar
Los ministros del evangelio deben considerar con mucho cuidado qué cosas deben cambiar. Cuando el entusiasmo por implementar cambios toma las riendas, a menudo es fácil no considerar con diligencia todos los ángulos y planear de acuerdo con esto. Una falta de precisión y de esmero al planear puede terminar promoviendo un caos en lugar de una visión.

Toma tiempo para desarrollar confianza
Los líderes de ministerios, en especial los pastores, deben conocer a su pueblo y fortalecer su confianza. Los líderes son dados a asumir demasiado, demasiado pronto, y esto puede llevar a todo tipo de problemas. El capital de confianza y de relación necesario para implementar cambios solo puede crecer con el tiempo.

Mantente moviéndote hacia adelante
Si la necesidad de confianza hace que tengas que detenerte por un rato, entonces debes balancearlo con la necesidad de que los líderes de hecho sean agentes del cambio. Si todo permanece exactamente igual a pesar de grandes esfuerzos, algo está mal. Es necesario que haya cambios para mejorar. Aunque en muchos casos es lento y gradual, en general, los buenos líderes deben mantenerse moviéndose hacia adelante.

Identifica a las personas con influencia
Los líderes de la iglesia necesitan identificar a las personas en su congregación que son capaces de influenciar a otros. Una vez que se ha hecho esto, comunicarles la visión es clave para que ellos puedan ayudar a esparcir esta visión a otros. Si eres pastor, entonces los demás pastores o ancianos deben liderar y ser influencia junto contigo. Ellos también pueden apaciguar cualquier entusiasmo desenfrenado de tu parte y ayudar a aclarar cualquier aspecto confuso de tu visión.

Demuestra los beneficios
Las personas deben entender cómo dará frutos el cambio. Necesitan ver que este cambio ayudará a cumplir la visión y metas globales que han establecido. Cada iglesia local debe tener una visión y metas claras, y los pastores deben destilar los grandes principios del Nuevo Testamento para convertirlos en objetivos identificables y establecidos.

Cambia de manera gradual
El cambio debe ocurrir de manera gradual con una mentalidad de largo plazo. Toma tiempo establecer los fundamentos y aún más lograr una respuesta. A menudo, debe haber más tiempo de escuchar que de hablar. Estos pueden parecer principios elementales, pero, como hemos dicho, muchos líderes sobreestiman lo que puede lograrse en un solo año y subestiman lo que puede lograse en cinco o diez.

Comunica de manera clara y constante
Si las personas han de seguir a un líder, ellos querrán saber adónde se dirigen. Los líderes deben explicar con claridad lo que están haciendo, por qué lo están haciendo y cuándo piensan hacerlo. Es verdad que puedes decir demasiado, demasiado pronto, antes de haber desarrollado confianza, planeado con precisión, etc. Sin embargo, es mejor que comuniques con demasiada frecuencia que demasiado poco.

Crea un descontento sano
Finalmente, los pastores y los líderes deben crear un descontento sano por el statu quo. Los ancianos de la iglesia tienen la responsabilidad de revisar la operación entera. Esto no debe ser hecho como amenaza, ni de manera tiránica, sino de una forma que refine y que condicione para el bien del reino. Debe hacerse en oración de tal manera que produzca aliento tanto para los líderes como para los congregantes.

Todos sabemos que el cambio no viene sin un precio, pero la verdad es que el cambio es una parte necesaria de la vida cristiana. Los cristianos sanos cambian. No debemos esperar que mañana seamos los mismos que ayer. Queremos que Dios siga haciéndonos avanzar en santidad y en eficacia para Cristo. Lo mismo es cierto de nuestras iglesias: deseamos tener en algún punto un crecimiento en nuestra producción para el reino e, inevitablemente, eso requerirá cambios… inclusive cambios significativos en alguna ocasión.

A pesar de las dificultades, perseveramos por amor de Jesús. Su reino lo vale.


Alistair Begg es el pastor principal de la Iglesia Parkside en Cleveland, Ohio. Lleva en el ministerio pastoral más de 40 años. Él y su esposa, Susan, tienen tres hijos. Su ministerio, Truth for Life trabaja con Poiema para publicar sus artículos y libros en español.

 Este artículo fue publicado originalmente en inglés aquí.

La humildad en los pastores y líderes

Serie: El orgullo y la humildad

Por C.N. Willborn 

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

La humildad es una cualidad, una actitud o un sentimiento de ausencia de importancia personal, que no hace que uno sea mejor que otro. Conlleva la idea de modestia, mansedumbre e incluso dulzura. La palabra tiene un pedigrí en francés antiguo y en latín. En el latín eclesiástico, encontramos algunas raíces de «tierra» o «terrenal». Sin embargo, debemos tener claro que la humildad no debe identificarse con alguien que camina con una apariencia abatida, que se estremece en cada encuentro. No es andar vestido con cilicio y ceniza.

Vivir la humildad bíblica comienza con el reconocimiento de la propia deuda con Dios como autor y consumador de nuestra fe. Para los pastores y ancianos, significa vivir con una conciencia aguda de que todo lo que tienen es un regalo de Dios y que todo lo que hacen depende de la gracia de Dios.

Vivir esta humildad implica imitar los buenos ejemplos. En la Biblia tenemos varios. Después de todos los logros de José en los altos niveles políticos, concluyó que los puntos bajos, así como los más destacados de su vida, eran singularmente atribuibles a Dios y a Su plan soberano y a la disposición de todas las cosas (Gn 50:19-21). Algún tiempo después de que David fuera ungido como sucesor de Saúl como rey, escuchamos la autodescripción de David mientras Saúl lo persigue: «¿Tras quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién persigues? ¿A un perro muerto? ¿A una pulga?» (1 Sam 24:14). El rey David también se describió a sí mismo en toda su gloria real como un gusano (Sal 22).

Jesús llamó a Juan el Bautista el más grande de los profetas, y sin embargo Juan resumió su propia postura de esta manera: «Es necesario que Él crezca, y que yo disminuya» (Jn 3:30). ¿Y el apóstol Pablo? Un hebreo de hebreos. Con respecto a la ley, intachable. Sin embargo, no reclamó ninguna fama, sino que se subordinó a la fama de Cristo Jesús (Flp 3). Con todo, Pablo nos recuerda que nuestro Salvador es el modelo a seguir y que, por tanto, cada uno de nosotros debe «[considerar] al otro como más importante que a sí mismo» (2:3). Eso es humildad.

Todo esto nos dice cómo debe afectarnos la vida bajo el plan soberano de Dios. No tenemos ninguna razón para ser orgullosos. La arrogancia nunca debe aferrarse a nosotros, sino la dulzura de nuestro Salvador. Después de todo, Pedro dijo que «todo cuanto concierne a la vida y a la piedad» ha venido de Él (2 Pe 1:3). La nuestra debe ser la humildad del gran Rey Jesús, que se sometió a la humillación de este mundo lleno de pecado, incluso a una muerte injusta y cruel en la cruz. Vivir bajo la bandera del plan soberano de Dios para nuestras vidas produce la misma vida humilde.

¿Qué pasa cuando el orgullo surge en nosotros? Después de todo, todos luchamos con él. La respuesta, por supuesto, es el arrepentimiento. Así como Martín Lutero llegó a ver, el arrepentimiento no es un acto único u ocasional, sino una vida continua de contrición: el reconocimiento, el dolor y el abandono del pecado. Para los ministros y ancianos, esto seguramente incluirá la confesión a uno mismo, a los demás y a Dios de nuestros pecados de palabra, pensamiento y obra. Los ministros y ancianos se encontrarán pidiendo perdón a Dios y a aquellos a los que sirven cuando su pecado sea expuesto ante ellos. De hecho, debemos predicar con el ejemplo (1 Pe 5:3). Dios llama a nuestros feligreses a imitar nuestra fe (Heb 13:7). ¿Nos atreveremos a dejar que imiten nuestra arrogancia, orgullo y rudeza, en una palabra, nuestra pecaminosidad? Más bien, ¿qué tal si ponemos ante ellos el dulce aroma de nuestro Salvador? Cuando pecamos y el aroma se sustituye por un hedor, debemos arrepentirnos rápidamente; la humildad bíblica lo exige.

Hace muchos años, Albert N. Martin escribió un folleto de una profunda convicción titulado Las implicaciones prácticas del calvinismo. Estaba repleto de puntos de sabiduría bíblica, pero uno que ha permanecido conmigo a lo largo de los años es este: no se puede creer en la soberanía de Dios y ser un cristiano orgulloso. Un cristiano es alguien que se ha encontrado cara a cara con el Dios vivo y tres veces santo. ¿La respuesta de Isaías en ese caso? Cayó sobre su rostro en humilde dolor por su pecado y solo después se levantó con la voluntad de servir a Dios. La arrogancia no tiene cabida en la vida cristiana. Mucho menos, entonces, el orgullo y la arrogancia no tienen buen lugar entre los ministros y ancianos cuando viven y dirigen. Apoyémonos todos en el Espíritu del Dios vivo mientras perseguimos la mansedumbre que conduce a una herencia inestimable de nuestro Señor y Salvador.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

C.N. Willborn
El Dr. C.N. Willborn es pastor principal de Covenant Presbyterian Church en Oak Ridge, Tenn., Y profesor adjunto de teología histórica en Greenville Presbyterian Theological Seminary en Greenville, S.C.

Un remedio para el decaimiento de la fe cristiana

Una teología de la familia

Un remedio para el decaimiento de la fe cristiana

Oliver Heywood (1630-1702)

Por amor a ustedes, queridos amigos, me atrevo a aparecer de nuevo en público para ser su monitor9 fiel para impulsarlos hacia su deber y fomentar la obra de Dios en sus almas y la adoración de Dios en sus familias. Y no sé cómo puede emplear un ministro su nombre, sus estudios y escribir mejor (además de la convicción y la conversión de almas particula- res) que imponiendo sobre los cabezas de familia que se ocupen de las almas que estén a su cargo. Esto tiene una tendencia directa a la reforma pública. La fe cristiana empieza en los individuos y se transmite a sus parientes, y las esferas relacionales menores componen una entidad mayor: Las iglesias y las mancomunidades están formadas por familias. Existe una queja general por la decadencia del poder de la piedad y la inundación de las cosas profanas y con razón. No conozco mejor remedio que la piedad doméstica: ¿Acaso enseñaron los gobernadores a sus subalternos mediante consejos y ejemplos? ¿Desanimaron severamente y restringieron las enormidades, fomentando con celo la santidad, clamando a Dios en unidad y con fervor, pidiéndole que obrara con eficacia y realizara aquello que ellos no podían hacer, pudiendo decir qué bendita alteración vendría a continuación?
En vano se quejan de magistrados y ministros, mientras ustedes que son padres de familia son infieles a su deber. Se quejan de que el mundo está en mal estado: ¿Qué hacen ustedes para remediarlo? No se quejen tanto de los demás, sino de ustedes mismos, y no se quejen tanto antes los hombres, sino delante de Dios. Suplíquenle a Dios que haga una reforma y secun- den también sus oraciones con ferviente esfuerzo, ocúpense de su propio hogar y actúen para Dios dentro de este ámbito. Conforme vayan teniendo más oportunidad de familiaridad con los que viven dentro de su casa, más autoridad tendrán sobre ellos porque ellos dependerán de ustedes para que influyan en ellos. Y si no mejoran este talento, tendrán terribles cuentas que rendir, sobre todo cuando sus manos tengan que responder de la sangre de ellos, porque el pecado que cometieron se cargará sobre la negligencia de ustedes.
¡Oh, señores! ¿No han pecado ustedes ya bastante, sino que tienen que acarrear sobre ustedes la culpa de toda su familia? Son ustedes los que hacen que los tiempos sean malos y provocan juicios sobre la nación. ¿Prefieren ver las angustias de sus hijos y oírlos gritar en medio de tormentos infernales que hablarles una palabra para su instrucción, escucharlos llorar bajo su corrección o suplicarle a Dios por su salvación? ¡Oh crueles tigres y monstruos bárbaros! Tal vez imaginen que ustedes son cristianos; sin embargo, a mi juicio, un hombre que no mantiene la adoración de Dios como costumbre en su familia no es digno de ser un participante adecuado de la Santa Cena. Merece amonestación y censura por este pecado de omisión, así como por los escandalosos pecados de comisión; y es que traiciona su vil hipo- cresía al pretender ser un santo fuera, cuando es una bestia en su casa porque un cristiano bien nacido, es decir, de buenas maneras y refinado, [respeta] todos los mandamientos de Dios. Es de los que son justos delante de Dios y “andan irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor” (Lc. 1:6). Que los otros vayan en medio de la manada de los profanos y que les vaya como hagan finalmente, sin conciencia de familia o piedad pertinente. Los que no oren ahora, llorarán más tarde: “Señor, Señor, ábrenos” cuando la puerta se cierre (Mt. 25:11). Sí, los que ahora no quieren clamar por un mendrugo de misericordia, lo harán en el infierno por una “gota de agua que calme sus lenguas abrasadas en los tormentos eternos” (cf. Lc. 16:22-24). A estos hipócritas que se autodestruyen les recomiendo que consideren se- riamente Proverbios 1:24-31; Job 8:13-15; 27:8-10. ¡Oh cuán gran honor que el Rey del Cielo le admita a uno en la cámara de su presencia con la familia, dos veces al día para confesar los pecados; pedir perdón y provisiones de misericordia; para darle la gloria por su bondad y depositar la carga sobre Él y obtener alivio! Espero que no sean nunca reacios a esto ni se cansen de ello, ¡que Dios no lo permita! El que quiere tener buena salud no se queja a la hora de comer. Reconozcan y observen esos momentos designados para venir a Dios. Si uno promete encontrarse con una persona importante a una hora concreta, cuando el reloj da la hora se levanta, pide disculpas y le dice a quién lo acompaña que [alguien] le espera, que debe marcharse. No se tomen más libertad con Dios de la que se tomarían con los hombres y mantengan su corazón continuamente en disposición de hacer su deber.


Tomado de “The Family Altar” (El altar de la familia), The Works of Oliver Heywood (Las obras de Oliver Heywood), Vol. 4, reeditado por Soli Deo Gloria Publications, una división de Reformation Heritage Books.

Oliver Heywood (1630-1702): Erudito puritano no conformista. Expulsado de su púlpito en 1662 y excomulgado, Heywood predicó principalmente en casas privadas después de la Gran Expul- sión.
¡Bienaventurada la familia que se reúne cada mañana para orar! ¡Bienaventurados los que no permiten que la tarde acabe sin unirse en súplicas! Hermanos, desearía que fuera más habitual, que fuera universal, que todos los que profesan la fe cristiana tengan la costumbre de orar en familia. En ocasiones oímos hablar de hijos de padres cristianos que no crecen en el temor de Dios y se nos pregunta por qué han acabado tan mal. En muchos, muchísimos casos, me temo que existe un descuido tan grande de la adoración familiar que es muy poco probable que a los hijos les impresione ninguna piedad que, supuestamente, posean sus padres.
Charles Spurgeon


¿Te gustaría mantener la autoridad en tu familia? No podrías hacerlo mejor que manteniendo la adoración a Dios en el seno la misma. Si alguna vez, un cabeza de familia ha tenido un aspecto estupendo, realmente extraordinario, es cuando dirige su hogar en el servicio de Dios y preside entre los suyos en las cosas santas. Entonces se muestra digno de doble honra porque les enseña el buen conocimiento del Señor, es la boca de ellos ante Dios en la oración y los bendice en su
Nombre.
Matthew Henry

¿Cómo podemos vivir en santidad?

Generalmente se piensa que para vivir en santidad es necesario cumplir con determinadas reglas. Pero en ningún lugar de la Biblia se sugiere siquiera que podemos llegar a ser santos por medio de la obediencia a determinadas reglas.

Al contrario, el apóstol Pablo reprendió a los gálatas por pretender llegar a la santidad de esta manera. Gálatas 3:3 dice: “¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?” Lo que Pablo está diciendo, en otras palabras, es: Si no fue posible obtener la salvación por medio de guardar la ley, ¿cómo piensan que es posible obtener la santidad por medio de guardar la ley? Por la presencia de la naturaleza pecaminosa, el ser humano desea todo lo que prohíbe la ley.

El problema no es con la ley, el problema es con el pecado que mora en la persona. Así que la vida de santidad basada sobre el principio de someterse a las rígidas leyes está condenada al fracaso.

¿Qué es entonces lo que Dios propone? Pues el camino que Dios propone hacia la santidad práctica en el creyente, no es por la ley sino por la gracia. Es como si Dios dijera: Te he salvado por mi gracia, por tanto, por amor y no por temor, anda y vive de una manera que sea consistente con esto. Te he dado el Espíritu Santo que mora en ti para que te dé el poder para andar de una manera que sea digna de este llamamiento.

Te recompensaré por cada ocasión que resistas la tentación, o cada vez que digas no al pecado. Ahora se presentaría la siguiente inquietud: ¿Cómo sé qué tipo de conducta está acorde con el llamado de un creyente? Dios respondería diciendo: He llenado el Nuevo Testamento con instrucciones prácticas de justicia para ti. Algunas de estas instrucciones inclusive se llaman mandamientos, pero recuerda que no se trata de leyes que contemplan castigos si no se las cumple, sino que son ejemplos del estilo de vida que me agrada. El momento que somos salvos llegamos a tener una posición de santidad ante Dios.

Por el hecho de estar en Cristo, somos santos delante de Dios. Nuestra responsabilidad es procurar que nuestra práctica se acerque lo más posible a nuestra posición. Estando bajo la gracia, la motivación para vivir en santidad es el amor, no el temor. Los creyentes genuinos instintivamente desean ser santos cuando reflexionan sobre el precio que tuvo que pagar el Señor Jesucristo para pagar por el pecado de ellos.

El recuerdo del Calvario es la motivación más fuerte posible para vivir sobriamente, justamente y santamente. Pero alguien podría objetar esta manera de vivir en santidad diciendo: Si ponemos a los creyentes bajo la gracia, inmediatamente se dedicarán a hacer lo que quieran y a vivir como les plazca. En otras palabras, la doctrina de la gracia fomenta el pecado. Bueno, es verdad que la gracia, como cualquier otra cosa puede ser objeto de abuso. Claro que somos libres de la ley, pero eso no significa que vamos a vivir sin ley. Como bien ha dicho el apóstol Pablo en 1 Corintios 9:21: “No estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo”

Es decir que el Señor Jesucristo es la regla de vida para el creyente, no la ley. De modo que, la forma de vivir en santidad es parándonos firmes sobre la gracia, y haciendo todo lo que nos pide la palabra de Dios, no por el miedo de ser castigados o peor de perder nuestra salvación, porque la salvación no se pierde, sino por el amor que tenemos a Dios por cuando Dios primeramente nos ha amado en Cristo.

David Logacho es Ingeniero en Electrónica y Telecomunicaciones, trabajó por años para la NASA, decidió abandonar su carrera profesional para prepararse para servir al Señor en un Instituto Bíblico en Argentina. Dirigió el Ministerio La Biblia Dice… durante más de 2 décadas hasta su retiro en 2015.

Contenido publicado con autorización de La Biblia Dice para: Alimentemos El Alma

Av.Galo Plaza Lasso N63-183 y de los Cedros
Telf. 00593-2-2475563
Quito-Ecuador

¿Cómo Limpiar La Conciencia?

por John MacArthur

Una de las cosas que el milagro de la salvación manifiesta es el efecto limpiador y rejuvenecedor que el nuevo nacimiento tiene en la conciencia. En la salvación, el corazón del creyente es “purificado de una conciencia culpable” (Hebreos 10:22). El medio por el cual se limpia la conciencia es la sangre de Cristo (Hebreos 9:14). Eso no significa, por supuesto, que la sangre real de Jesús tenga alguna potencia mística o mágica como agente limpiador de la conciencia. ¿Qué significa eso?

Los conceptos teológicos involucrados aquí son sencillos, aunque bastante profundos. La ley del Antiguo Testamento requería sacrificios de sangre para expiar el pecado. Pero los sacrificios del Antiguo Testamento no podían hacer nada por la conciencia. Esos sacrificios no tenían eficacia real para expiar el pecado, “ya que es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados” (Hebreos 10:4). Simplemente mostraban la fe y la obediencia del adorador mientras presagiaban la muerte de Cristo, que derramaría su sangre como sacrificio perfecto por el pecado.

El sacrificio de Cristo en la cruz, por lo tanto, logró lo que la sangre de las cabras, la de los toros y las cenizas de las vaquillas solo podían simbolizar: “Él mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados, para que muramos al pecado y vivamos para la justicia. Por sus heridas ustedes han sido sanados” (1 Pedro 2:24). Nuestros pecados le fueron imputados y Él pagó el castigo por ellos. Además, su justicia perfecta es imputada a los que creemos (Romanos 4:22-24; Filipenses 3:9).

Dado que la culpa de todos nuestros pecados fue borrada por completo con su muerte, y puesto que su justicia intachable se acredita a nuestra cuenta, Dios nos declara inocentes y nos recibe como completamente justos. Esa es la doctrina conocida como justificación. Lo más importante siempre, además de que nuestra propia conciencia nos condene sin piedad, es que la sangre de Cristo clama por perdón. La expiación de Cristo satisfizo completamente las demandas de la justicia de Dios, por lo que el perdón y la misericordia están garantizados para aquellos que reciben a Cristo con una fe humilde y arrepentida.

¿Significa eso que los creyentes pueden persistir en pecar y aun así disfrutar de una conciencia limpia? Absolutamente no. “Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él?” (Romanos 6:2). El nuevo nacimiento implica una revisión completa del alma humana (2 Corintios 5:17). La conciencia lavada y rejuvenecida es solo una evidencia de que esta transformación es un hecho (cf.1 Pedro 3:21). El amor a la justicia y el odio al pecado es otra evidencia (1 Juan 3:3, 8).

Los creyentes cuya conducta contradice su fe hacen que sus conciencias se contaminen (1 Corintios 8:7). Y aquellos que profesan a Cristo, pero en definitiva rechazan la fe y una buena conciencia, sufren naufragio espiritual (1 Timoteo 1:19), es decir, prueban que nunca creyeron realmente (cf.1 Juan 2:19).

Por lo tanto, la conciencia sana va de la mano con la seguridad de la salvación (Hebreos 10:22). El creyente firme debe mantener el enfoque apropiado en la fe para disfrutar de una conciencia que se limpia perennemente de la culpa: “Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará [seguirá limpiándonos] de toda maldad” (1 Juan 1:9).

¡Qué gran regalo es que nos limpie de una conciencia contaminada! De la misma manera que una conciencia afligida es un reflejo del infierno, la conciencia pura es una virtud de la gloria. Irónicamente, una conciencia débil tiene más probabilidades de acusar que una conciencia fuerte. Las Escrituras la llaman conciencia débil porque es muy fácil de herir. Por eso, en nuestro próximo artículo veremos: Cómo vencer una conciencia débil.

La humildad en las esposas y madres

Serie: El orgullo y la humildad

Nota del editor:Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

En Tito 2, Pablo instruye a las mujeres mayores a que «enseñen» a las más jóvenes (v. 4), literalmente para «hacerlas tomar conciencia». Utiliza una forma de la misma palabra en el versículo 5, donde su lista de necesidades para formación incluye tener autocontrol, traducido a menudo como ser «prudentes».

«Tomar conciencia». ¿No es ahí donde empieza la humildad para las esposas y las madres? Una madre ocupada tiene veinte cosas dando vueltas en su mente a lo largo del día. Si añadimos las diversas emociones, las interrupciones y las sorpresas, es fácil sentir que nuestras mentes son todo menos «controladas». Pero parte del crecimiento en la piedad como esposas y madres es aprender a cultivar y mantener una mente sana, particularmente sobre quién es Dios y quiénes somos en relación con Él. Este «pensamiento correcto» o «sensato» es clave para caminar en humildad mientras aprendemos a amar a nuestros esposos e hijos (v. 4).

La humildad que proviene de una mente autocontrolada comienza en Génesis. Allí vemos que Dios es el Creador y nosotros somos los creados. Esta es una verdad muy básica, pero la disciplina de vivir a la luz de ella es parte de la madurez obtenida con esfuerzo y traída por el Espíritu. Con esta realidad como fundamento, que Dios es el Creador y nosotros las criaturas, consideremos tres maneras en que las esposas y madres pueden cultivar la humildad que proviene de una vida basada en pensamientos correctos.

La humildad elige someterse
La palabra «sumisión» nos hace pensar inmediatamente en la relación de la esposa con su esposo. Pero antes de someternos a nuestros esposos, debemos someternos a nuestro Creador. Él es un Dios de orden que ha creado Su mundo para que funcione de una manera determinada. Es mi deber como criatura entender lo mejor posible cómo funciona este orden en mi vida. Si Él ha dado alguna instrucción escrita —y lo ha hecho— debo leerla cuidadosamente y obedecerla. Su Palabra muestra claramente un orden creado dentro de la familia. El esposo es la cabeza de la esposa (Ef 5:23), y la esposa debe someterse voluntariamente a ese liderazgo y autoridad.

Además de someterse al diseño de Dios para la autoridad del marido, las madres deben someterse al diseño de Dios para la crianza de los hijos. Trabajamos junto a nuestros esposos para criar a nuestros hijos «en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef 6:4), lo que no es una tarea pequeña. Pero porque estamos sometidas al diseño de Dios, no nos acobardamos. Trabajamos por fe día tras día, confiando los resultados al Señor incluso cuando el entrenamiento es agotador, inconveniente o aparentemente infructuoso.

La humildad reconoce el pecado
Me casé con un pecador, al igual que mi esposo se casó con una pecadora. La humildad, tanto en el matrimonio como en la maternidad, requiere pensar correctamente sobre el pecado. Como esposa, debo reconocer mi tendencia pecaminosa a rebelarme contra el liderazgo de mi esposo, ya sea a través de la frialdad, la manipulación o los pensamientos no expresados. Debo recordar cuán persistente es el pecado que aún está en mí y estar atenta a las formas sutiles en que está dañando la relación. Debo identificar la viga en mi propio ojo antes de señalar la paja en el ojo de mi esposo. Y habrá paja. Los esposos son líderes imperfectos que cometerán errores y fallarán en servir como deben. Pensar correctamente sobre el pecado de mi esposo producirá una humildad que perdona libremente, que no guarda rencor y que se regocija en cada evidencia de la obra santificadora del Señor en él.

Para las madres, este pensamiento sano puede ser un ejemplo bello de confesión y alejamiento del pecado. Cuando peco contra mis hijos, en lugar de excusar el pecado, debo reconocerlo y pedir humildemente su perdón.

La humildad depende del Espíritu
Finalmente, una mente autocontrolada comprende tanto la importancia del crecimiento en la piedad como la imposibilidad de ese crecimiento sin el Espíritu Santo. «Tomar conciencia» sobre esta incapacidad total para ser las esposas y madres que Dios nos ha llamado a ser nos hará caer a menudo de rodillas, clamando en oración por lo que solo Él puede dar y hacer. Señor, no estoy segura de cómo aplicar el evangelio a la desobediencia de mi hijo. ¡Ayúdame! Señor, no estoy de acuerdo con mi esposo respecto a esta decisión y no estoy segura de cómo expresar respetuosamente mis preocupaciones. ¡Dame sabiduría! Reconoceremos humildemente que ocho horas de sueño no nos harán por sí solas madres pacientes, y que leer los mejores libros sobre el matrimonio en sí mismo no nos hará esposas piadosas. Necesitamos al Espíritu Santo para que nos dé sabiduría, para que exponga nuestro pecado, para que ilumine las Escrituras, para que haga que la piedad sea hermosa para nosotras. Afortunadamente, nuestro Padre se complace en darnos este Espíritu.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Tessa Thompson
Tessa Thompson es autora de Laughing at the Days to Come: Facing Present Trials and Future Uncertainties with Gospel Hope [Riéndose de los días venideros: Afrontando las pruebas presentes y las incertidumbres futuras con la esperanza del evangelio].