La Palabra de Dios como medio de gracia

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Serie: Los medios ordinarios de gracia

La Palabra de Dios como medio de gracia
Por Robert VanDoodewaard

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Los medios ordinarios de gracia

veces escuchamos de atletas, artistas o escritores talentosos que son subvalorados. A pesar de sus capacidades, su trabajo es ignorado y no han recibido el reconocimiento que merecen. La popularidad y el éxito de otras personas menos talentosas nos desconcierta, y nos preguntamos por qué nuestra cultura está tan obsesionada con la superficialidad y la fama vacía. Sin embargo, deberíamos considerar que hay un patrón mucho más irracional que se ha desarrollado en este mundo: la mismísima Palabra de Dios ha sido subvalorada. Como cristianos, debemos permanecer firmes en nuestro aprecio por la Palabra de Dios, que Él usa como el medio primario para la creación y edificación de Su Iglesia.

Debemos recordar que la Palabra de Dios es poderosa. La Palabra de Dios tuvo un papel fundamental en la creación de todo lo que existe (Sal 33:6Jn 1:3). En este preciso momento, es la Palabra del poder de Dios la que sostiene todas las cosas (Heb 1:3). Si bien las personas más grandiosas y sus mejores obras se marchitan y desaparecen de esta tierra, la Palabra del Dios nuestro permanece para siempre (Is 40:8). Mientras para nosotros es difícil impactar los corazones y las mentes, «la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón» (Heb 4:12). La Palabra de Dios es clave en la transformación de los creyentes, pues «habéis nacido de nuevo, no de una simiente corruptible, sino de una que es incorruptible, es decir, mediante la palabra de Dios que vive y permanece» (1 Pe 1:23).


También debemos recordar que la Palabra viva tiene un gran potencial para crecer y expandirse. En el libro de los Hechos, leemos una narración fascinante del crecimiento de la Palabra. Los apóstoles se enfocaron exclusivamente en la oración y el ministerio de la Palabra; ellos entendieron que ese era el centro de su ministerio (Hch 6:1-4). Por eso, en Hechos vemos escenas gloriosas del crecimiento de la Iglesia, con miles de personas siendo añadidas a ella. Sin embargo, puede decirse que a lo largo de Hechos hay un énfasis mayor en la expansión, el crecimiento, la multiplicación y la prevalencia de la Palabra del Señor (Hch 6:712:2413:4919:20). Si nos alejamos un poco para examinar el libro de los Hechos, vemos que es tanto un relato del crecimiento de la Palabra como un relato del crecimiento de la Iglesia. En vez de enfocarnos principalmente en los efectos de la Palabra cuando la Iglesia crece, debemos tener un aprecio saludable por la presencia y el crecimiento de la Palabra misma.

Al examinar la manera en que las Escrituras testifican de estas verdades, tenemos que confesar que la Palabra de Dios debería tener un lugar primario en la vida de la Iglesia. Nunca debe descuidarse. La pregunta 89 del Catecismo Menor de Westminster enseña:

El Espíritu de Dios hace que la lectura, y, más especialmente, la predicación de la Palabra, sean medios eficaces de convencer y de convertir a los pecadores, y de edificarlos en santidad y consuelo, por medio de la fe, para la salvación.

Cuando el Catecismo Menor se refiere a la lectura y predicación de la Palabra de Dios como un «medio», está hablando de ella como un instrumento o una herramienta. En un sentido, es similar a la manera en que podríamos usar un currículo escolar como un medio para cambiar las mentes de los alumnos, o usar un proceso para darle forma a un trozo de madera. La realidad es que, aunque la Biblia es impresa por imprentas humanas y predicada por predicadores humanos, el Señor es quien está usando la Palabra como una herramienta para obrar en nosotros. El apóstol Pablo les enseñó a los tesalonicenses que «cuando recibisteis la palabra de Dios, que oísteis de nosotros la aceptasteis no como la palabra de hombres, sino como lo que realmente es, la palabra de Dios, la cual también hace su obra en vosotros los que creéis» (1 Tes 2:13).

En lo que respecta al uso de la Palabra de Dios, la responsabilidad principal de la Iglesia es asegurarse de que la Palabra sea predicada de forma cuidadosa, sustancial y veraz, y confiar en que el Señor la utilizará cuando eso ocurra. El Hijo de Dios mismo vino como predicador del evangelio (Lc 4:18). Sus apóstoles fueron enviados principalmente a predicar la Palabra. Hombres como Timoteo y Tito fueron llamados a enfocarse en predicar y enseñar con autoridad (1 Tim 4:13-14Tit 2:13). Estaríamos perdidos si no tuviéramos predicadores enviados a traernos las buenas nuevas, pues «la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo» (Rom 10:14-17). En Tito 1:3 Pablo enseña que Dios «manifestó a su debido tiempo su palabra por la predicación». Eso significa que Dios «revela» o «da a conocer» Su Palabra mediante la predicación. Lo que era un misterio para el hombre natural es revelado.

Cuando unimos estos conceptos, tenemos que aceptar que no es común lograr entender la realidad del pecado, llegar a la fe en Cristo o entender la amplitud o profundidad de las Escrituras sin la predicación. Así como los padres diligentes moldean y conforman el carácter de sus hijos principalmente a través de sus palabras, el Señor normalmente reúne y moldea a Sus hijos por medio de la predicación de Su Palabra.

Una de las grandes bendiciones de encontrarnos bajo la predicación fiel es que con frecuencia nos vemos expuestos a verdades, correcciones y estímulos inesperados. Dejados a nosotros mismos y a nuestras propias ideas, solemos terminar viviendo o aprendiendo según nuestras propias preferencias. En algunos casos, eso puede ocasionar que se abuse de determinados pasajes de las Escrituras. Exponernos de manera regular a una predicación expositiva, que cubra la totalidad de la Escritura a lo largo del tiempo y nos presente cosas antiguas y cosas nuevas, brindará a los creyentes una dieta espiritual saludable. Contar con un predicador que conozca las necesidades y preocupaciones de la congregación se traducirá en una guía que puede resultar desafiante, pero que en última instancia, restaurará nuestras almas y nos guiará por «senderos de justicia» (Sal 23). El Nuevo Testamento nos dice quince veces: «El que tiene oídos para oír, que oiga».

La Biblia nos muestra asimismo la bendición de nuestro uso personal de la Palabra de Dios como medio de gracia. Que la predicación sea necesaria no significa que los creyentes no se beneficien también del estudio individual de la Palabra. El salmista se despertaba temprano para orar y leer la Palabra (Sal 119:147-48). Los bereanos «imparciales» escudriñaban diariamente las Escrituras (Hch 17:11). La lectura cuidadosa y diligente nos equipará para escuchar la predicación con discernimiento. Tener una dieta constante y consistente de lectura personal de la Escritura nos hará perfectos y nos equipará «para toda buena obra» (2 Tim 3:17). También nos reprenderá y corregirá constantemente (v. 16), lo que puede ser difícil, pero es necesario. Nos señalará con frecuencia que necesitamos a Cristo, nos dará «la sabiduría que lleva a la salvación» y nos dará un fundamento para la doctrina y la vida cristiana (vv. 15-16).

Cuando lees la Biblia o escuchas la predicación fiel, ocurre algo más que una mera transmisión de ideas. La Palabra es más que papel y tinta, y la predicación es más que un discurso. La Palabra es viva, pues el Señor obra eficazmente por Su Espíritu Santo a través de ella. Hay muchas ilustraciones de esta verdad en la Escritura: a través de Su Palabra, el Señor está sembrando una simiente incorruptible (1 Pe 1:23), produciendo arrepentimiento y fe (Rom 10), alimentando nuestras almas con el pan de vida (Mt 4:4Jn 6:35), creando una fuente de aguas vivas en nuestro corazón (Jn 7:38) y lavando a Su Iglesia (Ef 5:26). Tener la Palabra morando en nosotros es estar unidos con Cristo y ser conformados a Su voluntad para que aprendamos a desear lo que es piadoso y santo (Jn 15:7). Eso significa que la Palabra es un regalo incomparablemente precioso y poderoso de Dios para nosotros, pues Él obra a través de ella. En la Palabra, encontramos a Cristo y, encontrando a Cristo, tenemos comunión con Él.

Por último, para el cristiano hay una gran tranquilidad en el hecho de que la Palabra de Dios no cambia. Vivimos en un mundo que ve el cambio como algo virtuoso en sí mismo, incluso muchos cambios necios de moral, ética y estilo de vida. Las modas van y vienen, pero podemos estar agradecidos porque, como el pueblo del Libro, confesamos la misma Palabra que ha confesado la Iglesia de todas las edades. La Palabra de Dios no ha perdido su importancia ni su poder como medio de gracia. Sigue creciendo y expandiéndose por muchas partes de la tierra. «Sécase la hierba, marchítase la flor, mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre» (Is 40:8).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert VanDoodewaard
Robert VanDoodewaard

El reverendo Roberto VanDoodewaard es pastor de la Iglesia Reformada Esperanza en Powassan, Ontario, Canadá.

¿Por qué hay tantas denominaciones cristianas?

Got Questions

¿Por qué hay tantas denominaciones cristianas?

Para responder a esta pregunta, primeramente, debemos diferenciar entre (1) denominaciones dentro del cuerpo de Cristo, y (2) sectas y falsas religiones no-cristianas. Los Presbiterianos y Luteranos son denominaciones cristianas; los Mormones y Testigos de Jehová son sectas (grupos que aseguran ser cristianos, pero niegan uno o más de los puntos esenciales de la fe cristiana); el Islam y el Budismo son religiones enteramente separadas.

El surgimiento de las denominaciones dentro de la fe cristiana, tiene su origen en la Reforma Protestante. El movimiento de “Reforma” de la Iglesia Católica Romana durante el siglo XVI, dio surgimiento a las cuatro divisiones o tradiciones mayores del protestantismo: Luterana, Reformada, Anabaptista, y Anglicana. A través de los siglos, de estas cuatro ramas, surgieron otras denominaciones.

La denominación Luterana fue nombrada así por Martín Lutero y estaba basada en sus enseñanzas. Los Metodistas tomaron el nombre de su fundador, John Wesley, quien era famoso por elaborar “métodos” para el crecimiento espiritual. Los Presbiterianos fueron llamados así por su visión sobre el liderazgo de la iglesia – la palabra griega para anciano es presbyteros. Los Bautistas tomaron su nombre, porque ellos siempre enfatizaron la importancia del bautismo. Cada denominación tiene algunos énfasis o diferencias doctrinales una de la otra, tales como: el método del bautismo; la disponibilidad de la cena del Señor para todos o sólo para aquellos cuyos testimonios puedan ser verificados por los líderes de la iglesia; la soberanía de Dios vs. el libre albedrío en lo referente a la salvación; el futuro de Israel y la iglesia; el arrebatamiento pre-tribulacionista vs. el post-tribulacionista; la existencia de dones de “milagros” en la era moderna, y la lista puede seguir y seguir. El punto de estas divisiones nunca es Jesucristo como Señor y Salvador, sino más bien, honestas diferencias de opinión de gente piadosa, aunque imperfecta, que busca honrar a Dios y retener la pureza doctrinal de acuerdo a sus conciencias y su comprensión de la Palabra.

En la actualidad, las denominaciones son muchas y variadas. Las principales denominaciones originales arriba mencionadas, han producido numerosas ramas como las Asambleas de Dios, Alianza Cristiana y Misionera, los Nazarenos, Evangélicos Liberales, iglesias Bíblicas independientes y otras. Algunas denominaciones enfatizan ligeras diferencias doctrinales, pero con más frecuencia simplemente ofrecen estilos diferentes de adoración, adecuados a los diferentes gustos y preferencias de los cristianos. Pero no nos equivoquemos; nosotros, como creyentes, debemos ser de una mente en cuanto a las bases de la fe, pero más allá de eso, hay mucha libertad en la forma en que los cristianos deben adorar en una congregación. Esta libertad es lo que causa los muchos diferentes “sabores” de la cristiandad. La iglesia Presbiteriana en Uganda, tiene un estilo de adoración muy diferente de la Iglesia Presbiteriana de Denver, pero su base doctrinal es la misma. La diversidad es algo bueno, pero no la desunión. Si dos iglesias difieren doctrinalmente, puede convocarse a un debate y diálogo sobre la Palabra. Esta acción de “hierro con hierro se aguza…” (Proverbios 27:17) es beneficiosa para todos. Sin embargo, si hay un desacuerdo sobre estilo y forma, está bien que permanezcan separadas. Aunque esta separación, no exime la responsabilidad que tienen los cristianos de amarse unos a otros (1 Juan 4:11-12) y finalmente permanecer unidos como uno en Cristo (Juan 17:21-22).

¿Qué es un medio de gracia?

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Serie: Los medios ordinarios de gracia

¿Qué es un medio de gracia?
Por Nicholas T. Batzig

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Los medios ordinarios de gracia

n pequeño análisis de los cincuenta libros cristianos más vendidos revela cuáles son los temas de mayor y menor interés para la mayoría de quienes profesan ser cristianos. Los libros que predominan en la lista tienen que ver con propósito, las finanzas, la personalidad, la autoestima, los lenguajes del amor y los límites relacionales. Lamentablemente, los libros sobre el Dios triuno, Cristo, el pecado, el evangelio, la Escritura, la predicación, los sacramentos, la oración, la disciplina eclesiástica y la iglesia local brillan por su ausencia. Ya que Jesucristo y Su obra salvadora son el fundamento de nuestra fe (1 Co 2:23:11), lo que más debería preocuparnos es saber cómo crecer en la gracia y el conocimiento de Cristo (2 Pe 3:18). Nuestro crecimiento en la gracia de Cristo será proporcional a nuestro uso de los medios ordenados por Dios. Los teólogos se refieren a ellos como los «medios de gracia» (media gratia).

Los medios de gracia son los instrumentos ordenados por Dios que el Espíritu Santo usa a fin de capacitar a los creyentes para recibir a Cristo y los beneficios de la redención. Aunque Él pudo haber decidido revelarle a Cristo de forma inmediata a Su pueblo, Dios determinó hacerlo a través de ciertos medios. Designó la Palabra, los sacramentos y la oración como los medios principales que Él usa para comunicar a Cristo y Sus beneficios a los creyentes.

Jesús enseña que las Escrituras son el medio de salvación principal e indispensable (Lc 16:3124:2744-45). La predicación de la Palabra de Dios era central en el ministerio de los apóstoles (Hch 2:22414:45:206:712:2415:7323616:1419:2020:32). Pablo explica en Romanos 10:17: «La fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo». Los apóstoles le dieron suma importancia a la Palabra de Dios como el medio de la salvación y la santificación de los creyentes (Col 3:16Heb 5:14Stg 1:1821251 Pe 2:2).

La Escritura también enseña que Dios instituyó los sacramentos como medios de gracia. Pablo vincula el bautismo con la gracia de la salvación cuando escribe: «[Dios] nos salvó… por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo» (Tit 3:5). Habla de la «copa de bendición» (1 Co 10:16) cuando se refiere a la Cena del Señor. La gracia salvadora de Cristo es comunicada espiritualmente a los creyentes cuando ellos participan de la Cena por fe. Por el contrario, los que participan «indignamente» (es decir, en incredulidad) pueden ser objetos del juicio de Dios (11:27-32).

La oración también es un medio de gracia según la Escritura. Dios ha prometido redimir a todos los que lo invocan en verdad. El día de Pentecostés, Pedro afirmó: «Y SUCEDERÁ QUE TODO AQUEL QUE INVOQUE EL NOMBRE DEL SEÑOR SERÁ SALVO» (Hch 2:21).

Encontramos una definición histórica útil de los medios de gracia en el Catecismo Menor de Westminster, donde leemos: «Los medios externos y ordinarios por los cuales Cristo nos comunica los beneficios de la redención son, Sus ordenanzas, y especialmente la Palabra, los sacramentos y la oración; todos los cuales son hechos eficaces para aquellos que han sido elegidos para la salvación» (Catecismo Menor de Westminster, pregunta 88).

¿Cómo es que los medios de gracia son hechos eficaces? ¿Cómo operan? No operan por sí mismos (ex opere operato), como insiste la Iglesia católica romana. Más bien, operan a través del Espíritu de Dios en el corazón de los elegidos por medio de la fe. Como lo explica la pregunta 91 del Catecismo Menor de Westminster:

Los sacramentos llegan a ser medios eficaces de salvación, no porque haya alguna virtud en ellos, o en el que los administra; sino solamente por la bendición de Cristo, y la obra de Su Espíritu en los que por fe los reciben.

Sin embargo, los miembros de la asamblea de Westminster no creían que todos los medios de gracia son igualmente eficaces: «El Espíritu de Dios hace que la lectura, y, más especialmente, la predicación de la Palabra, sean medios eficaces de convencer y de convertir a los pecadores, y de edificarlos en santidad y consuelo, por medio de la fe, para la salvación» (Catecismo Menor de Westminster, pregunta 89). El teólogo reformado Geerhardus Vos dio un motivo para priorizar la Palabra por sobre los sacramentos cuando escribió:

De ser necesario, podemos pensar en la Palabra como un medio de gracia sin los sacramentos, pero es imposible pensar en los sacramentos como medios de gracia sin la Palabra. Los sacramentos dependen de la Escritura, y la verdad de la Escritura habla en ellos y a través de ellos.

De igual forma, la oración se transforma en un medio de gracia solo cuando está moldeada por la verdad de la Escritura. El Espíritu Santo toma la Palabra y permite que los creyentes oren en armonía con la voluntad de Dios.

Si vamos a crecer en la gracia, debemos reconocer que Dios ha instituido ciertos medios para ese crecimiento. Debemos acercarnos a esos medios con ávida expectación y una confianza como de niño en Aquel que les añade Su bendición. Además, debemos reposar contentos en el uso correcto de esos medios, sabiendo que Dios ha prometido bendecirlos cuando los usamos con corazones de arrepentimiento y fe.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Nicholas T. Batzig
Nicholas T. Batzig

El Rev. Nicholas T. Batzig es editor asociado de Ligonier Ministries. Escribe en su blog Feeding on Christ.

Tesis #33 – Ovejas sin pastor serán llevadas por el Señor de las ovejas a lugares de verdes pastos

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 33

Ovejas sin pastor serán llevadas por el Señor de las ovejas a lugares de verdes pastos

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Nuñez

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

¿Por qué Dios no elimina el sufrimiento? Sobre «El problema del dolor»

BITE

¿Por qué Dios no elimina el sufrimiento? Sobre «El problema del dolor»

C.S.Lewis

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Si Dios es bueno y todopoderoso, ¿por qué no hace que seamos felices? Hilos de pensamiento que cambian la vida: sobre El problema del dolor de C. S. Lewis.

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13 – LA OMNIPOTENCIA DE DIOS

Hombre Reformado

Serie: Grandes Doctrinas De La Biblia

R.C.SPROUL

2. LA NATURALEZA Y LOS ATRIBUTOS DE DIOS

13 LA OMNIPOTENCIA DE DIOS

A todos los teólogos, tarde o temprano, un estudiante les planteará una pregunta que resulta ser un rompedero de cabeza. Esta pregunta tan antigua es la siguiente: ¿puede Dios crear una roca tan grande que no la pueda mover? A primera vista esta pregunta parece crear un cerco que encierra al teólogo en un dilema sin solución. Si contestamos que sí, entonces estamos diciendo que hay algo que Dios no puede hacer; no puede mover la roca. Si contestamos que no, entonces estamos diciendo que Dios no puede construir dicha roca. Cualquiera sea la respuesta que demos estamos forzados a establecerle límites al poder de Dios.

Este problema se asemeja a otro: ¿qué sucede cuando una fuerza irresistible se enfrenta con un objeto inamovible? Es posible concebir una fuerza irresistible. También es posible concebir un objeto inamovible. Lo que nos resulta imposible de concebir es la coexistencia de ambos. Si una fuerza irresistible se enfrentara con un objeto inamovible y el objeto se moviera, entonces no podría ser con propiedad llamado inamovible. Si el objeto no se moviera, entonces nuestra fuerza «irresistible» no podría ser llamada con propiedad irresistible. Vemos, entonces, que la realidad no puede contener a ambos – una fuerza irresistible y un objeto inamovible.

Volvamos ahora al tema de la roca inamovible. El dilema que se plantea aquí (como en el caso de la fuerza irresistible) es un falso dilema. Es falso porque se funda sobre una premisa falsa. Está suponiendo que la «omnipotencia» significa que Dios puede hacer cualquier cosa. Sin embargo, considerado como un término teológico, la omnipotencia no significa que Dios pueda hacer cualquier cosa. La Biblia nos señala varias cosas que Dios no puede hacer. No puede mentir (Heb. 6: 18). No puede morir. No puede ser eterno y a la vez haber sido creado. No puede actuar en contra de su naturaleza. No puede ser Dios y no ser Dios al mismo tiempo y en el mismo sentido.

La omnipotencia significa que Dios tiene el poder sobre su creación. No hay ninguna parte de la creación fuera del alcance de su control soberano. Por lo tanto, hay una respuesta correcta al dilema de la roca. El problema tiene solución. La respuesta es no. Dios no puede construir una roca tan grande imposible de mover. ¿Por qué? Si Dios construyera dicha roca estaría creando algo sobre lo que no podría ejercer su poder. Estaría destruyendo su propia omnipotencia. Dios no puede dejar de ser Dios; no puede no ser omnipotente.

Cuando la Virgen María se vio confundida por la anunciación de Gabriel sobre la concepción de Jesús en su vientre, el ángel le dijo: «porque nada hay imposible para Dios» (Lk 1:37). El ángel le estaba recordando a María la omnipotencia de Dios. Creo que hasta los ángeles son capaces de usar hipérboles. En un sentido restringido, el ángel estaba expresando una teología incorrecta. Pero en un sentido bíblico más amplio entendemos que el poder de Dios supera al de la criatura. Lo que para nosotros es imposible para Dios es posible. Decir que nada es imposible para Dios significa que Dios puede hacer cualquier cosa que sea su voluntad. Su poder no está limitado por limitaciones finitas. Nada o «ninguna cosa» puede restringir su poder. Sin embargo, su poder todavía está limitado por lo que él es. El pecado le es imposible porque uno no puede pecar si no lo desea. Dios no puede pecar porque nunca tendrá la voluntad de pecar. Job llegó al meollo de este asunto cuando dijo: «Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti» (Job 42:2).

Para el cristiano la omnipotencia de Dios es una enorme fuente de consuelo. Sabemos que el mismo poder que Dios desplegó al crear el universo está a su disposición para asegurarnos la salvación. Demostró su poder en el Éxodo de Egipto. Demostró su poder sobre la muerte en la resurrección de Cristo. Sabemos que ninguna parte de la creación puede frustrar sus planes para el futuro. No hay moléculas perdidas al azar en el universo que puedan destruir sus planes. Aunque los poderes y las fuerzas de este mundo amenacen con destruirlos, no tenemos por qué temer. Podemos descansar confiados en el conocimiento de que nada puede superar el poder de Dios. Dios es el Todopoderoso.

Resumen

l. La omnipotencia no significa que Dios puede hacer cualquier cosa. Dios no puede actuar en contra de su naturaleza.

2. La omnipotencia se refiere al poder, la autoridad y el control soberano que Dios ejerce sobre el orden creado.

3. La omnipotencia es una amenaza para los malvados, y es una fuente de consuelo para los creyentes.

4. El mismo poder que Dios exhibió en la creación lo demostró en nuestra redención.

5. No existe nada en el universo que pueda desbaratar los planes de Dios.

Pasajes bíblicos para la reflexión

Gen. 17: l

Ps. 115:3

Rom. 11:36

Eph. 1:11

Heb. 1:3

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

ARTÍCULO TOMADO DE: http://www.hombrereformado.org/grandes-doctrinas-de-la-biblia—r-c-sproul

Los medios ordinarios de gracia

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Serie: Los medios ordinarios de gracia

Los medios ordinarios de gracia
Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Los medios ordinarios de gracia

unca he escuchado a un cristiano decir que no cree que Dios es soberano, pero sí he escuchado a muchos cristianos profesantes definir la soberanía de Dios de una manera que, a fin de cuentas, hace que el hombre sea soberano sobre Dios. Tienen una visión de la soberanía en la que el hombre es grande y Dios es pequeño. La gente dice: «Sé que Dios es soberano, pero…». A decir verdad, muchos cristianos profesantes en realidad no creen que Dios es soberano. Y si no creemos que Dios es soberano, en realidad no creemos que Dios es Dios; pero el problema es mucho más profundo.

Muchos cristianos que profesan creer que Dios es soberano sobre todo creen en un tipo de soberanía que es más similar al determinismo islámico que al teísmo bíblico, una especie de nihilismo teísta que cree que nada de lo que hacemos realmente importa: que Dios es soberano y nosotros somos simples títeres movidos por un hilo. Eso no es lo que la Biblia enseña sobre la soberanía de Dios. Él revela en la Escritura que de verdad es soberano sobre todas las cosas, que ordenó de antemano todo lo que acontece y que no es autor del pecado ni lo aprueba (Is 46:10Stg 1:13; Confesión de Fe de Westminster 3.1). Él revela que es soberano sobre todo y que nosotros somos culpables por nuestras acciones (Hch 2:23). Nos muestra que Él es la causa primaria y que usa causas secundarias ―como nosotros― para llevar a cabo Sus propósitos supremos (Pr 16:33Jn 19:11). Revela que, aunque ha ordenado los fines de todas las cosas, también ha ordenado los medios para todos los fines (Hch 4:27-28).

Cuando se trata de nuestra adoración a Dios, demasiados cristianos piensan que en verdad no importa lo que hagamos ni cómo lo hagamos porque nuestro Dios soberano puede usar cualquier medio para cumplir Sus propósitos supremos. Sin embargo, eso no justifica que usemos medios que Dios no nos ha dado. No obstante, hay muchos cristianos y muchas iglesias que creen que podemos usar cualquier medio ingenioso que inventemos para conseguir los fines que deseamos.

Si de verdad creemos que Dios es soberano, debemos confiar en los medios que Él ordenó soberanamente para producir los fines que Él desea. Los medios que Dios instituyó para nuestro sustento y crecimiento espiritual en la gracia son los que denominamos medios ordinarios de gracia, es decir, la Palabra, la oración, los sacramentos del bautismo y la Cena del Señor, además de la disciplina eclesiástica y el cuidado de las almas, que van necesariamente ligados a los anteriores. Estos medios son designados por Dios, tienen el poder del Espíritu Santo y nos apuntan a Cristo. Además, nos sostienen y alimentan en nuestra unión con Cristo mientras descansamos en los fines soberanos de nuestro Dios trino.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

El tiempo venidero

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Serie: Tiempo

El tiempo venidero
Por William Boekestein

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Tiempo

Por primera vez en mi vida, la gente a mi alrededor está dándole seguimiento diario a las tasas de mortalidad. Las pandemias mundiales nos hacen pensar acerca de la muerte y hacen que la eternidad luzca menos distante. Los antiguos indicadores de estabilidad —una economía en crecimiento, rutinas predecibles— se han visto socavados. Surgen preguntas nuevas, preguntas que antes la gente no se hacía. ¿Existe algo más allá de esta era presente? ¿En qué consiste la vida? ¿Tiene alguna relevancia para mi vida, aquí y ahora, la enseñanza bíblica sobre la eternidad?

LA REALIDAD DE LA ETERNIDAD

La suposición occidental común de que la vida termina con la muerte enfrenta al menos dos problemas. Primero, el escepticismo sobre la eternidad no puede disuadir la obstinada sensación en nuestras almas de que la vida persiste más allá de la muerte. «La creencia en la inmortalidad del alma se da en todos los pueblos… dondequiera que no haya sido minimizada por las dudas filosóficas o relegada a un segundo plano por otras causas… Es la muerte, no la inmortalidad, lo que requiere una explicación» (Herman Bavinck, Reformed Dogmatics [Dogmática reformada]). Todos sentimos lo antinatural que parece ser la mortalidad. «Gemimos agobiados, pues no queremos ser desvestidos [es decir, no gemimos simplemente por morir] sino vestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida» (2 Co 5:4; ver Rom 8:22-23). Salomón identifica la razón de ser del sentido de permanencia en todos nosotros: Dios «ha puesto la eternidad en sus corazones» (Ec 3:11).

Suponer que la muerte cancela la vida también contradice las promesas de Dios acerca de la vida eterna (1 Jn 2:25). La frase vida eterna ocurre unas cincuenta veces en el Nuevo Testamento, invitándonos a considerar esta vida presente y temporal como una preparación para una vida futura y sin fin. Para comprender la eternidad, reflexionemos en los beneficios que reciben los creyentes en la muerte y en la resurrección.

Beneficios de los creyentes al morir. Cuando los creyentes mueren, sus almas pasan inmediatamente a la gloria (Lc 23:43). La muerte del creyente es «solo una abolición del pecado y un paso a la vida eterna» (Catecismo de Heidelberg 42). Ciertamente, para el creyente, es mucho mejor partir de esta vida y estar con Cristo (Flp 1:23). Los cuerpos de los creyentes, estando todavía unidos a Cristo, descansan en sus tumbas esperando la resurrección (Dn 12:2Hch 24:151 Tes 4:14). Pero Jesús enseñó que un día «todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y saldrán» (Jn 5:28–29).

Beneficios de los creyentes en la resurrección. Cuando cantamos «Gracias, Señor, por salvar mi alma», podemos olvidar que no es un alma nueva lo que nos hace completos. Dios hizo a los humanos para que tuvieran comunión con Él en alma y en cuerpo. La salvación debe incluir ambos. Cuando Cristo regrese, Él «transformará el cuerpo de nuestro estado de humillación en conformidad al cuerpo de su gloria» (Flp 3:21). Permitamos que la reacción de Juan ante el Cristo transformado dé energía al símil de Pablo: «cuando le vi, caí como muerto a sus pies» (Ap 1:17). «Se siembra un cuerpo corruptible, se resucita un cuerpo incorruptible; se siembra en deshonra, se resucita en gloria; se siembra en debilidad, se resucita en poder» (1 Co 15:42-43).

A pesar de los prejuicios de la cultura occidental contra la eternidad, Jesús regresará en el momento preciso para dar inicio a la era venidera. Eliminará a Sus enemigos para siempre y recibirá a Sus amigos redimidos. La muerte no deshace la existencia. La vida eterna no se contrasta con la aniquilación en la muerte, sino con un morir sin fin (Jn 3:16; ver Mr 9:42-48Lc 16:19-31). La eternidad hace que la incredulidad sea realmente trágica. Pero la eternidad es «muy deseable y consolador[a] para los justos y los elegidos porque entonces su plena liberación será perfeccionada» (Confesión Belga, Art. 37). En la era venidera, para los elegidos «el tiempo está cargado con la eternidad de Dios. El espacio está lleno de Su presencia. El devenir eterno está unido al ser inmutable» (Bavinck, Reformed Dogmatics [Dogmática reformada]). La intención de Dios es: «confortaos unos a otros con estas palabras» (1 Ts 4:18). 

EL CONSUELO DE LA ETERNIDAD

Sin la eternidad, el cristianismo es una cosmovisión miserable que ofrece poco consuelo (1 Co 15:19). Pablo sabía por experiencia que la fe puede contribuir a la aflicción, la perplejidad y la persecución (2 Co 4:8-92 Tim 3:12). «Muchas son las aflicciones del justo» (Sal 34:19). No te sorprendas si te sientes desilusionado por el camino de Cristo en esta era presente. Nuestras aflicciones son reales; muchas no serán resueltas en esta era. Pero, como dijo Tomás Moro, «No hay dolor en la tierra que el cielo no pueda sanar». «Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación» (2 Co 4:17).

La eternidad promete la absolución de la culpa. El evangelio declara la promesa de perdón de Dios. Pero olvidamos fácilmente. Estamos plagados de dudas. ¿Seré demasiado pecador como para ser perdonado?

Los creyentes —al igual que los no creyentes— se presentarán ante el tribunal de Dios. Todos nuestros pensamientos, palabras y actos serán publicados. Ninguno de nosotros habrá sido tan santo como lo es Dios. Sin embargo, el mundo entero escuchará a Dios decirle a Su amado: «Bien, siervo bueno y fiel… entra en el gozo de tu señor» (Mt 25:23). Al principio de la eternidad, Cristo reconocerá y absolverá públicamente a Sus hijos, silenciando definitivamente toda acusación en contra de ellos (ver Catecismo Menor de Westminster 38).

La eternidad promete la liberación del pecado. Oramos por ser rescatados del mal (Mt 6:13) y Dios responde. Aun así, repetimos nuestra necedad «como perro que vuelve a su vómito» (Pr 26:11). ¿Cuántas veces te has prometido genuinamente que la próxima vez lo harás mejor, confiando verdaderamente en la justicia de Jesús, agradecido por Su liberación, solo para caer una vez más? El pecado es así de frustrante. 

En la eternidad, las almas redimidas serán hechas perfectamente santas. Alrededor del trono de Dios, ahora mismo, se encuentran «los espíritus de los justos hechos ya perfectos» (Heb 12:23). En la eternidad nuestra familiaridad con el pecado terminará. Ya no nos marchitaremos ante la vergüenza del pecado pasado. Ya no pecaremos más. Ni siquiera seremos tentados a pecar. El cielo es un lugar de justicia (2 Pe 3:13); su clima es totalmente inhóspito para el pecado. 

La eternidad promete cuerpos restaurados. A medida que envejecemos entendemos mejor la afirmación de Pablo: «nuestro hombre exterior va decayendo» (2 Co 4:16). Pero hasta los niños quedan ciegos, se rompen huesos, les da cáncer y lloran. Los niños mueren. Nuestros cuerpos son problemáticos. Nos esforzamos mucho para cuidarnos —higiene, entrenamiento y vestimenta— solo para vernos presentables. Pero nuestros cuerpos no cooperan. Nos avergüenzan. Se cansan. Se lastiman. Se vuelven en contra nuestra.

Nuestros cuerpos celestiales serán inmunes al dolor y a la muerte (Ap 21:4), no en deshonra sino gloriosos. Entonces seremos como Dios (1 Jn 3:2), perfectamente adecuados para una amistad con Él que no tendrá fin.

La eternidad promete comunión gozosa con Dios. Fuimos creados para glorificar a Dios y disfrutarlo. Y los creyentes hoy hacemos esto, pero todavía no disfrutamos completamente a Dios. Apenas lo entendemos. No siempre estamos de acuerdo con Él. Nuestros deseos más bajos resisten Su voluntad inmaculada. Ni siquiera deseamos intimidad total con Dios. Pero ya estamos empezando. El Catecismo de Heidelberg resume así el consuelo de la eternidad: «ahora siento en mi corazón el comienzo del gozo eterno, luego de esta vida heredaré la salvación perfecta, la cual “ojo no vio, ni oído oyó, ni ha entrado al corazón del hombre”. Esto será así para que allí alabe yo a Dios por siempre» (Pregunta 58).

«Dios nos ha dado vida eterna» (1 Jn 5:11). Esta promesa es un tremendo consuelo para los hijos de Dios. Pero la eternidad también involucra responsabilidades.

DISCIPLINAS DE LA ETERNIDAD

El gran capítulo de Pablo sobre la resurrección termina con un llamado a la acción: «Por tanto, mis amados hermanos, estad firmes, constantes, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano» (1 Co 15:58). ¿Qué disciplinas requiere la eternidad?

Anticipación. Anticipar es darse cuenta de algo antes de que ocurra. La fe es una anticipación confiada. Por fe, nos esforzamos por ver, escuchar e imaginar la eternidad que Dios ha preparado para nosotros. Y el Espíritu nos ayuda a ver estas cosas profundas (1 Co 2:9-19). Por medio de la anticipación, la fe y la vista se acercan.

Y la mentalidad celestial no es contraria a la productividad terrenal. Soñar no es lo opuesto a hacer. ¿Acaso no inician con un sueño la mayoría de las grandes producciones? El mejor combustible para la piedad disciplinada es una visión clara de la recompensa celestial del creyente. Fueron los sueños acerca de la plenitud de gozo que disfrutaría en la presencia de Dios (Sal 16:1117;15) lo que fortaleció a David para perseverar en piedad mientras contemplaba la muerte (16:18; 17:5). Asimismo, el Apocalipsis de Juan confirma la utilidad de anticipar la eternidad. Dios adjunta esta promesa a Su anticipación de la eternidad: «Bienaventurados los que lavan sus vestiduras para tener derecho al árbol de la vida y para entrar por las puertas a la ciudad» (Ap 22:14). La anticipación certera de la eternidad, energizada por el Espíritu, agudizará nuestra visión de la esperanza de justicia que tanto esperamos (Gal 5:5).

Preparación. Después de enseñar a Sus discípulos a imaginar el reino venidero de Dios (Mt 6:10), Jesús exhortó acerca de la importancia de invertir en el cielo (vv. 19-20). Jesús no estaba denunciando la riqueza material; los ricos tienen un lugar honroso en Su reino (Is 53:9Jn 19:38-42). Pero advirtió sobre no aprovechar la riqueza de este mundo en beneficio del tesoro eterno (Lc 16:9). En uno de sus últimos discursos públicos antes de ir a la cruz, Jesús enfatizó este punto en tres parábolas consecutivas: la mayordomía y la generosidad terrenales obtienen una recompensa eterna (Mt 25). Cuando confiamos en Jesús, la muerte se convierte en el portal a través del cual cosechamos lo que plantamos en esta era (Gal 6:7). Si no hubiera más que esta vida presente, podríamos vivir sin pensar en el futuro (1 Co 15:32). Pero si nuestra lucha actual nos está preparando para «un eterno peso de gloria», tenemos razones suficientes para invertir con diligencia (2 Co 4:17).

Sumisión. La eternidad nos enseña la dura pero gratificante tarea de la espera. Esperar en el Señor es una forma de someternos a Él. Esperamos con paciencia por aquello que no vemos (Rom 8:25) al no desanimarnos cuando las cosas parecen ir en contra de nosotros. Eso es difícil. Pero la eternidad nos ayuda a esperar con la perspectiva correcta. Jesús le dijo a Sus discípulos: «Un poco más, y ya no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis» (Jn 16:16). No parece que el curso natural de la vida sea «un poco», especialmente cuando enfrentamos dificultades. Pero Matthew Henry está en lo cierto: «¿Qué son los días del tiempo comparados con los días de la eternidad?».

La eternidad también nos ayuda a someternos al juicio de Dios. El mandamiento de Pablo es duro: «nunca os venguéis vosotros mismos, sino dad lugar a la ira de Dios» (Rom 12:19). Pero la eternidad es la forma en que Dios logra la justicia perfecta. Ya que Jesús pondrá a todos Sus enemigos bajo Sus pies, es errado y mezquino buscar venganza personal; el Dios de gloria no necesita nuestra ayuda.

UN VISTAZO A LA ETERNIDAD

La adoración congregacional nos lleva a un contacto especial con el Dios eterno y nos afina para descansar verdaderamente en Él.

El propósito de la adoración congregacional. La adoración congregacional es la piedra angular de un día diseñado para ayudarnos a «comenzar en esta vida el reposo eterno». La eternidad es un reposo. Los creyentes ascendidos «descansan de sus trabajos, porque sus obras van con ellos» (Ap 14:13). La eternidad no se caracterizará por la inactividad (Ap 21:24-25). Pero en ella no estaremos luchando con el sudor de nuestros rostros (Gn 3:19) ni contra la carne (Rom 7:23). Cuando adoramos al Señor en verdad, descansamos de nuestras maquinaciones pecaminosas. Encontramos más satisfacción en adorar a Dios que en perseguir las ambiciones personales. Estamos más convencidos que nunca de que nuestras vidas están bellamente ligadas con la de Dios (Hch 17:28).

No podemos mantener ese descanso holístico en esta época. Si modificamos la analogía del matrimonio que usa Pablo, seguimos atados a esta vida; preocupados «por las cosas del mundo» porque nuestros corazones no están enfocados al máximo en glorificar y disfrutar a Dios (1 Co 7:33). Pero como dice Calvino, el día del Señor, y la adoración de manera particular, nos ayuda a «meditar en un eterno reposo de nuestras obras para que el Señor obre en nosotros por medio de Su Espíritu». El día de reposo cristiano prepara a los creyentes para la eternidad. En la eternidad, la diferencia «entre el día de reposo y los días de trabajo ha sido suspendida» (Bavinck, Reformed Dogmatics [Dogmática Reformada]). La adoración congregacional, que se vuelve más importante a medida que se acerca el día del Señor (Heb 10:25), comienza a suspender la diferencia entre esta era y la venidera. 

La práctica de la adoración congregacional. ¿Qué podemos hacer para maximizar el potencial de la adoración congregacional para prepararnos para la gloria?

  1. Participa. La voluntad de Dios para ti en el cuarto mandamiento —«Acuérdate del día de reposo para santificarlo» (Ex 20:8)— es que «en especial en el día de reposo, asista[s] diligentemente a la Iglesia de Dios». Los rituales requieren diligencia. Participar esporádicamente en la adoración congregacional sugiere una anticipación pobre de la eternidad.
  2. Ofrece una adoración aceptable (Heb 12:28). La estructura y el contenido de los cultos de adoración bíblicos ayudan a enfocar los ojos de nuestros corazones en Jesús. En la adoración, la lumbrera de la eternidad (Ap 21:23) ilumina nuestras mentes y alumbra nuestros corazones. Pero la adoración aceptable es más que calentar un asiento en una iglesia fiel. La adoración espiritual verdadera requiere una ofrenda completa de nosotros mismos como sacrificios vivos, consagrando nuestros corazones, mentes y cuerpos en la presencia de Dios (Rom 12:1). 
  3. Sé festivo y reverente. El Catecismo de Heidelberg está en lo correcto al decir que el día del Señor es «un día festivo de descanso» (Preguntas y respuestas 103, versión en inglés). La Confesión de Westminster también está en lo correcto al decir que debemos adorar con reverencia humildad (21.3). Festivo y reverente no son opuestos. Las primeras mujeres en enterarse de la resurrección de Jesús experimentaron ambas emociones: «temor y gran gozo» (Mt 28:8). La adoración marca el ritmo para la eternidad cuando nos acercamos a Dios tanto como «fuego consumidor» (Heb 12:29) como también el sol que calienta nuestro rostro e ilumina nuestro camino (Ap 21:23-24).
  4. Descansa de verdad. La adoración gira en torno a dos verdades: «la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rom 6:23). El encuentro con Dios en la adoración destroza cualquier pretensión de justicia propia. Él es santo. Nosotros somos pecadores. Pero por medio de la fe, los pecadores encuentran un hogar en el refugio de un Dios santo. El Salmo 84 se usa a menudo en los funerales por una buena razón. Es un bello resumen del mensaje de la Escritura que dice que el alma que «desea con ansias los atrios del SEÑOR» (v. 2) puede también encontrar fortaleza en el Señor ahora (v. 5). El sol que alumbrará los cielos nuevos y la tierra nueva ya está alumbrando sobre nosotros (v. 11).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
William Boekestein
William Boekestein

El Reverendo William Boekestein es pastor de Immanuel Fellowship Church en Kalamazoo, Michigan. Es autor de varios libros, incluso The Future of Everything [El futuro de todo].

La oración de fe sanará al enfermo

Coalición por el Evangelio

La oración de fe sanará al enfermo

MIGUEL NÚÑEZ • JOSÉ «PEPE» MENDOZA • FABIO ROSSI

La Biblia dice que la oración de fe sanará al enfermo, y que todo lo que pidamos al Padre en el nombre de Jesús, nos será dado. Pero, ¿cómo debemos orar por los enfermos? ¿Cómo debemos entender estos pasajes y cómo se aplican a la vida cristiana hoy? De eso es lo que hablaremos en este episodio, con nuestro invitado especial, el pastor Miguel Núñez.

Miguel Núñez es vicepresidente de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puedes encontrarlo en Twitter.

​José «Pepe» Mendoza es el Director Editorial en Coalición por el Evangelio. Sirvió como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú. Es profesor en el Instituto Integridad & Sabiduría, colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary, y también trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y tienen una hija, Adriana. Puedes seguirlo en twitter.

Fabio Rossi sirve como Director Ejecutivo en Coalición por el Evangelio, estando a cargo de la administración general del equipo de trabajo, liderando todas nuestras iniciativas y supervisando el funcionamiento de nuestras diferentes plataformas. También sirve como Anciano Pastor en la Iglesia Centro Bíblico El Camino, en la Ciudad de Guatemala, donde vive junto a su esposa Carol, y sus dos hijos.

¿Debo salir de mi iglesia?

Coalición por el Evangelio

¿Debo salir de mi iglesia?

SUGEL MICHELÉN • SAM MASTERS

Sugel Michelén: Es indudable que hay momentos en que un creyente tiene que salir de su Iglesia local, sin embargo, la membresía de la Iglesia no es algo ligero. Por lo tanto, para que una persona salga de una Iglesia local tiene que tener muy buenas razones para hacerlo. Eso no tiene que ver con el hecho de que tal vez hay algunos programas en la Iglesia que a mí no me agradan, ni con el hecho de que tal vez hay otros lugares donde hay otros pastores que predican de una manera que es más afín a mí. Si estás en una iglesia donde se predica el evangelio (sabiendo de antemano que no es una iglesia perfecta porque iglesia perfecta no existe en la tierra), estás en una Iglesia donde el pastor o los pastores son hombres de carácter probado, y estás en una iglesia que no está predicando herejías, yo te animaría a que te quedaras en tu iglesia. Te animaría a que ores al Señor para que tú mismo puedas ser un agente de cambio en la vida de tu iglesia local, porque la iglesia somos todos. La iglesia no son los pastores, la iglesia no son sus líderes únicamente. Por lo tanto, nosotros somos parte del problema que pueda haber en una iglesia, y en todas las iglesias los hay, pero también somos parte de la solución. Nosotros vemos en el Nuevo Testamento una iglesia como los Corintios, y el apóstol Pablo no anima a los hermanos de esta iglesia a que se vayan de ahí, a pesar de que era una iglesia que tenía muchos problemas.

Sam Masters: Exactamente. A veces sí tenemos que salir, pero es muy complicado y es un tema muy sensible que requiere de mucha sabiduría. Los reformadores hacían la misma pregunta, porque ellos salen de la iglesia católica, pero hay que entender que esa distinción es muy grande; entre la iglesia católica y una iglesia protestante o evangélica. Y ellos decían que hay que definir qué es una iglesia sana, una idea básica, y decían que es donde se predica la Palabra de Dios (se predica la salvación); es donde se usan los sacramentos de forma correcta, (o sea, no la misa que entendemos; la idea de que me salva hacerlo); y en algunos casos se practicaba la idea de la disciplina bíblica. Entonces eso nos da un marco. Si no estamos en una iglesia que sea así, quizás haya que salir. Por ejemplo, en Argentina, de donde vengo yo, hay iglesias que enseñan nada más que el evangelio de la prosperidad, y el verdadero evangelio nunca se predica. También hay otras iglesias donde todo es pura psicología y sinceramente nunca se predica la Palabra. Bueno, quizás en ese momento si debas salir. Pero como tú decías, muchas veces hay muchas variables. A lo mejor nosotros vamos a ser de influencia para bien en la iglesia, y si nos vamos se pierde esa oportunidad.

Sugel Michelén: También deberías tomar en cuenta si los que están dirigiendo la iglesia o el pastor de la iglesia es un hombre enseñable; un hombre que tiene un carácter probado normalmente es un hombre enseñable. Un miembro de la Iglesia debe orar por sus pastores y aún regalarle buenos libros que puedan ser de influencia. Pero sobre todas las cosas, debe orar por su iglesia y amarla, porque creo que nosotros como pastores (solo voy hablar como un pastor), cuando tenemos un miembro que evidentemente es parte de la congregación, está involucrado en la iglesia, ama su iglesia, y viene a nosotros con alguna duda o aún con un comentario de algo que piensa que debería cambiar en la iglesia, nosotros vamos a tener un mejor oído para este hermano. Vamos a tener un mejor oído para él que para una persona que está continuamente criticando, chismeando o hablando a espaldas de los líderes, y eso es un mal espíritu que Dios no bendice.

Sam Masters: Hay que encontrar un equilibrio que a veces es difícil encontrar. Como miembros de la iglesia tenemos una responsabilidad de cuidar la sana doctrina, pero tenemos que hacerlo de una forma muy respetuosa y llena de amor.

Sugel Michelén: Y Dios está obrando a través de iglesias pequeñas, a través de iglesias que no son conocidas. Hay un mal en esta época, y es que todo el mundo quiere dejar las iglesias pequeñas para irse a las iglesias grandes. Creo que de esa manera no estamos edificando el Reino de Dios. No estamos edificando el Reino. Así que yo te animaría a que pensaras muy bien antes de dar ese paso de irte de la iglesia. Aunque como decía Sam, hay ciertas marcas que una iglesia de Dios tiene: se predica la Palabra, se practican las ordenanzas del Señor (el bautismo y la Santa Cena), se practica la disciplina eclesiástica, hay una membresía definida; si estás en una iglesia así, apoya a tu Iglesia.

​Sugel Michelén

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Ha sido por más 35 años uno de los pastores de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, en República Dominicana, donde tiene la responsabilidad de predicar regularmente la Palabra de Dios. Es autor de varios libros, incluyendo De parte de Dios y delante de Dios El cuerpo de Cristo. El pastor Michelén y su esposa Gloria tienen 3 hijos y 5 nietos. Puedes seguirlo en Twitter.

Samuel E. Masters

 Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Está casado con Carita y tienen tres hijos. Vive desde hace 32 años en Argentina. Es el pastor fundador de la Iglesia Bíblica Bautista Crecer (En Córdoba, Argentina), presidente de The Crecer Foundation (EE. UU.), y rector del Seminario Bíblico William Carey. Obtuvo su Masters of Arts In Religion en Reformed Theological Seminary y tiene un doctorado en Biblical Spirituality del Southern Baptist Theological Seminary.