Al leer la «vida de los santos» es difícil y hasta imposible descubrir la verdad sin subterfugios. Este es ciertamente el caso cuando hablamos de Columba, o Columcille, el misionero irlandés a los escoceses y los pictos en la segunda mitad del siglo VI. La biografía de Columba, escrita por Adomnán cien años después de su muerte, contiene todos los elementos característicos de la hagiografía medieval: visiones y revelaciones, profecías, visitaciones angélicas, sanidades, resurrección de muertos y batallas contra las fuerzas de las tinieblas (incluyendo, en el caso de Columba, el desterrar mediante la señal de la cruz a un antepasado del monstruo del lago Ness del siglo VI).
Una vez que hemos hecho el trabajo de detective para separar la paja del trigo, hay ciertos detalles que aún permanecen.
Columba nació en una familia noble alrededor del año 521 en Donegal, Irlanda, y murió en la isla de Iona, en la costa oeste de Escocia en el año 597. Destinado tempranamente al sacerdocio, él hizo votos monásticos y los mantuvo con ferviente celo (se le atribuye la fundación de veinticinco monasterios y cuarenta iglesias ¡a la edad de veinticinco años!). Su temperamento apresurado y obstinado parece haber sido el catalizador de guerras entre clanes y de múltiples muertes. Según la tradición, su consejero espiritual, Molaise de Devenish, le ordenó procurar la conversión de un número de almas igual al de aquellos cuyas muertes había causado.
De cualquier modo, alrededor de los cuarenta y dos años de edad, Columba parece haber sufrido un cambio radical y se comprometió con la obra misionera. Junto con doce acompañantes zarpó a través del Mar de Irlanda y arribó en Iona, que posteriormente se convirtió en su base de operaciones para la conversión de dos de las principales tribus del territorio escocés, los pictos y los escotos, así como de los ingleses del norte.
Lo que Columba realmente creyó y enseñó sigue siendo un misterio para nosotros (el cristianismo celta en Escocia mantuvo importantes diferencias con el cristianismo romano hasta el siglo XI con la influencia de la reina Margarita). Pero su historia ilustra varios principios importantes que se repiten en las crónicas de la expansión de la Iglesia cristiana.
El primer principio es que las meras estrategias para la evangelización nunca son la causa real de su impacto duradero; se necesita un compromiso personal. Las tan citadas palabras de E. M. Bounds han sido ciertas a lo largo de los siglos: «Los hombres están buscando mejores métodos; Dios está buscando mejores hombres. Los hombres son los métodos de Dios». Por imposible que sea hoy en día descifrar la fe personal de Columba a través de las acumulaciones hagiográficas, la profundidad, la determinación y la persistencia de su compromiso con su causa están fuera de toda duda. El reino de Cristo prospera por medio de una pasión debidamente dirigida a su extensión. Esa pasión puede que no sea inmaculada; la prosperidad puede que no sea inmediata. Pero ambas pertenecen a la receta divina para el avance del reino. Después de todo, ¿acaso Sus discípulos no notaron de manera particular el celo del Señor (Jn 2:17)?
En segundo lugar, donde vivimos y servimos, no es el factor determinante de nuestra influencia espiritual. Para algunos sería herético decirlo, pero la realidad es que Iona está de camino a ningún lado. Aquí hay una lección, reflejada también en la vida de los cristianos contemporáneos: una visión mundial no requiere residir en una gran ciudad para prosperar. ¿Existe una desviación creciente en algunos círculos evangélicos hoy en día de que solo en las grandes ciudades, y en las grandes iglesias con sus pastores, se encuentra la acción del reino? Pero la Hipona de Agustín no era Roma, Atenas o Constantinopla. ¿Puedes ubicar a Northamptonshire en un mapa? (¿Por qué harías eso? Bueno, fue allí que nació la pasión de William Carey por la misión mundial); y así pudiéramos seguir. Todo lugar es equidistante al poder y la presencia de Dios. Nunca debemos olvidar esto si nos encontramos en una esfera juzgada como pequeña por el mundo o, tristemente, por la en ocasiones muy mundana iglesia.
El tercer principio es que la manera de Dios, tradicionalmente, es avanzar Su causa a través de fraternidades espirituales. Aquí yace parte del poder del movimiento monástico, y ciertamente de la misión de Columba: él y sus compañeros, unidos por su visión común, estaban dispuestos a arriesgar todo por la causa y por los demás. Este modelo se remonta, a lo largo de la Escritura, a las escuelas de los profetas, al Señor y a los apóstoles, a las misiones apostólicas, a Agustín y sus amigos, a los grandes reformadores y, quizás más notablemente en nuestra propia historia, a los puritanos y el Gran Avivamiento. El hierro con hierro se afila.
La historia de Columba nos anima a orar para que Dios levante obreros para Su mies, y los una para vivir, servir y —si es necesario— darlo todo por Cristo y Su causa. Este, con mucha frecuencia, ha sido el instrumento que Dios usa para hacer avanzar Su reino a las generaciones futuras.
Ahora que lo pienso, en cierto sentido es probablemente cierto que yo, mi familia y muchos de nuestros amigos más cercanos, seamos cristianos hoy en día debido a Columba.
Pero, ¿quién será cristiano mañana por causa de nosotros?
El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.
Cuando Jesús fue tentado por Satanás en el desierto, reprendió al demonio con estas palabras: «No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mat. 4:4). Históricamente, la iglesia se ha hecho eco de la enseñanza de Jesús al afirmar que la Biblia es la vox Dei, la «voz de Dios» o el verbuni Dei, la «Palabra de Dios». Llamar a la Biblia la Palabra de Dios no significa sugerir que fue escrita por la propia mano divina de Dios o que nos cayó del cielo en un paracaídas. La Biblia misma dirige nuestra atención hacia muchos de sus escritores humanos. Si estudiamos la Escritura diligentemente, notaremos que cada uno de sus escritores humanos tiene su estilo literario propio, su vocabulario, su énfasis especial, su perspectiva, y otras características. Si la producción de la Biblia implicó el esfuerzo humano, ¿cómo es posible considerarla la Palabra de Dios?
A la Biblia se la llama la Palabra de Dios porque ella misma declara, y la iglesia lo cree, que los escritores humanos no escribieron simplemente sus propias opiniones, sino que sus palabras fueron inspiradas por Dios.
El apóstol Pablo escribe:»Toda la Escritura es inspirada por Dios» (2 Tim. 3: 16). La palabra inspiración es una traducción de la palabra griega que significa «exhalado por Dios». Dios exhaló la Biblia. De la misma manera que exhalamos el aire a través de nuestras bocas cuando hablamos, así la Escritura es Dios hablando.
Aunque la Escritura llegó a nuestras manos de las plumas de los autores humanos, la fuente originaria de la Escritura es Dios. Por eso es que los profetas podían anteponer a sus palabras este prefacio: «Así dijo el Señor». Por eso es que Jesús pudo decir: «Tu palabra es verdad» (Jn. 17:17), y «la Escritura no puede ser quebrantada» (Jn. 10:35).
La palabra inspiración también dirige nuestra atención al proceso utilizado por el Espíritu Santo para supervisar la producción de la Escritura. El Espíritu Santo guió a los autores humanos para que sus palabras no fueran otra cosa que la palabra de Dios. No sabemos cómo supervisó Dios los escritos originales de la Biblia. Pero la inspiración no implica que Dios dictó sus mensajes a quienes escribieron la Biblia. El Espíritu Santo comunicó las propias palabras de Dios por medio de los escritores humanos.
Los cristianos afirman la infalibilidad y la inerrabilidad de la Biblia porque en última instancia Dios es el autor de la Biblia. Y como es imposible que Dios inspire falsedades, su palabra debe ser completamente cierta y confiable. Cualquier producto literario preparado normalmente por los humanos es factible de contener errores. Pero la Biblia no es un proyecto humano normal. Si la Biblia ha sido inspirada y supervisada por Dios, entonces no puede equivocarse.
Esto no significa que las traducciones de la Biblia con las que contamos hoy en día no contengan errores, sino que los manuscritos originales eran absolutamente correctos. Tampoco significa que todas las afirmaciones contenidas en la Biblia sean verdaderas.
El escritor del libro de Eclesiastés, por ejemplo, declara que «en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría» (Eclesiastés 9: 10). El escritor estaba escribiendo desde una perspectiva de desesperación humana, y sabemos que su afirmación no es verdadera a la luz de otras partes de la Escritura. Pero hasta cuando nos revela los falsos razonamientos de un hombre desesperado, la Biblia nos dice la verdad.
Resumen
INSIRACION: DIOS = Autor Supremo > Los seres humanos > La Biblia
l. La inspiración es el proceso por el cual Dios ha exhalado su palabra.
Dios es la fuente originaria de la Biblia.
Dios es el supervisor final de la Biblia.
Solamente los manuscritos originales de la Biblia no contenían ningún error.
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.
Sí, la Biblia enseña que todos nacemos pecadores con una naturaleza pecaminosa y egoísta. A menos que nazcamos de nuevo por el Espíritu de Dios, nunca veremos el reino de Dios (Juan 3:3).
La humanidad es totalmente depravada; es decir, todos tenemos una naturaleza pecaminosa que afecta cada parte de nosotros (Isaías 53:6; Romanos 7:14). La pregunta es, ¿de dónde viene esa naturaleza pecaminosa? ¿Nacimos pecadores, o simplemente elegimos convertirnos en pecadores en algún momento después de nacer?
Nacemos con una naturaleza pecaminosa, y la heredamos de Adán. «Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres» (Romanos 5:12). Cada uno de nosotros fue afectado por el pecado de Adán; no hay excepciones. «La transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres» (versículo 18). Todos somos pecadores, y todos compartimos la misma condenación, porque todos somos hijos de Adán.La Escritura indica que incluso los niños tienen una naturaleza pecaminosa, lo cual argumenta el hecho de que nacemos pecadores. «La necedad está ligada en el corazón del muchacho» (Proverbios 22:15). David dice: «He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre» (Salmo 51:5). «Se apartaron los impíos desde la matriz; se descarriaron hablando mentira desde que nacieron» (Salmo 58:3).
Antes de ser salvos, «éramos por naturaleza hijos de ira» (Efesios 2:3). Observa que merecíamos la ira de Dios no sólo por nuestras acciones, sino por nuestra naturaleza. Esa naturaleza es la que heredamos de Adán.
Nacemos pecadores, y por esa razón somos incapaces de hacer el bien para agradar a Dios en nuestro estado natural, o la carne: «Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios» (Romanos 8:8). Estábamos muertos en nuestros pecados antes de que Cristo nos resucitara a la vida espiritual (Efesios 2:1). Carecemos de cualquier bien espiritual inherente.
Nadie tiene que enseñar a un niño a mentir, más bien hay que esforzarse por inculcar a los niños el valor de decir la verdad. Los niños pequeños son naturalmente egoístas, con su comprensión innata, aunque defectuosa, de que todo es «mío». El comportamiento pecaminoso es natural para los pequeños porque nacen pecadores.
Debido a que nacemos pecadores, debemos experimentar un segundo nacimiento espiritual. Nacemos una vez en la familia de Adán y somos pecadores por naturaleza. Cuando nacemos de nuevo, nacemos en la familia de Dios y recibimos la naturaleza de Cristo. Alabamos al Señor porque «todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios» (Juan 1:12-13).
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La primera parte del siglo V fue testigo de una seria controversia en la Iglesia conocida como la controversia pelagiana. Este debate se dio principalmente entre el monje británico Pelagio y el gran teólogo del primer milenio, Agustín de Hipona. En la controversia, Pelagio se opuso enérgicamente al entendimiento de Agustín sobre la caída, la gracia y la predestinación. Pelagio sostenía que la caída afectó solo a Adán y que no había imputación de culpa o del «pecado original» a la progenie de Adán. Pelagio insistía en que las personas nacidas después de la caída de Adán y Eva conservaron la capacidad de vivir vidas de justicia perfecta sin la ayuda de la gracia de Dios. Él argumentaba que la gracia «facilita» la justicia pero que no era necesaria para ella. Categóricamente rechazó el entendimiento de Agustín de que la caída fue tan severa que dejó a los descendientes de Adán en tal estado de corrupción moral que fueron moralmente incapaces de buscar a Dios. Las doctrinas de Pelagio fueron condenadas por la Iglesia en el 418 en un sínodo en Cártago.
Las contribuciones de Boecio a la civilización occidental en general y a la teología en particular son amplias y significativas. Ciertamente, él adaptó un número de obras del griego al latín, que probablemente incluían los Elementos de Euclides. Estas obras allanaron el camino para el llamado cuadrivio, o grupo de cuatro disciplinas académicas (música, aritmética, geometría y astronomía). El cuadrivio se combinó con el trivio (gramática, retórica y dialéctica), para formar las siete artes liberales (aunque debemos recordar que cada una de las disciplinas cubría en aquel entonces mucho más terreno que aquel con el que las asociaríamos típicamente hoy en día). Gracias a la influencia de Alcuino de York (c. 740-804) y al círculo intelectual que rodeaba a Carlomagno, las siete artes liberales se convirtieron en el fundamento de la educación superior occidental; por lo que, el trabajo de Boecio fue, a largo plazo, instrumental para moldear profundamente todo el concepto de la educación universitaria.
En adición a esta contribución pedagógica más general, Boecio también tradujo al latín numerosas obras de lógica del filósofo griego Aristóteles. Debido a la carencia general de conocimiento del idioma griego en la Europa occidental medieval, la obra de Boecio en esta área fue sumamente influyente, tanto en términos de proveer una de las únicas maneras para tener acceso al pensamiento de Aristóteles hasta el siglo XII, como también en los límites que impuso sobre tal acceso, trayendo como resultado que Aristóteles fuera primordialmente conocido como un logista y no como un metafísico. Asimismo, Boecio inadvertidamente contribuyó a preparar el camino para la gran crisis que ocurrió dentro del pensamiento cristiano en los siglos XII y XIII cuando de repente se descubrió que Aristóteles, el logista autoritativo, alegadamente se aferró a numerosas posiciones metafísicas (tales como la eternidad del mundo) que no fueron fáciles de acomodar dentro de un marco cristiano. Fue este problema el que dio origen a la gran obra de Tomás de Aquino.
Teológicamente, las grandes contribuciones de Boecio se encuentran en sus Cinco opúsculos teológicos (Opuscula sacra) y su mágnum opus, La consolación de la filosofía. El primer grupo de cinco pequeños tratados, la Opuscula sacra, cubre temas relacionados con las doctrinas de la Trinidad, la naturaleza de la fe católica y la encarnación. Los más importantes de estos son indudablemente los números 1-3, que tratan de la Trinidad. Dado que la obra de Boecio sobre la Trinidad sería un libro de texto estándar en la Edad Media, y que escribir un comentario sobre ella se convertiría en parte básica de la educación teológica, la importancia de su trabajo en esta área no puede ser sobrestimada.
Su contribución a este tema puede considerarse en dos aspectos. Primero, él opera dentro de un marco básico agustiniano, que asume la unidad sustancial de Dios desde el principio y luego trabaja desde esta base para explicar la triunidad en términos de relación. Como tal, su obra se sitúa dentro de una tradición occidental establecida que luego ayuda a reforzar. Segundo, él demuestra cómo el análisis lógico del lenguaje puede ser usado para explorar y explicar la doctrina cristiana, un punto que tuvo grandes implicaciones para el desarrollo del entrenamiento teológico en el Occidente. Lo que Boecio hace en sus tratados es ofrecer una defensa de la doctrina de la Trinidad donde asume la verdad de la posición nicena, y luego aplica la lógica a fin de demostrar cómo la teología trinitaria requiere de un análisis cuidadoso de cómo es usado el lenguaje y cómo las categorías lógicas aristotélicas pueden ayudar con esta tarea. Solo de esta manera, argumenta Boecio, podemos entender cómo el lenguaje de unidad y la multiplicidad puede ser aplicado a la Divinidad.
La obra magna de Boecio, La consolación de la filosofía, fue tanto el libro más popular después de la Biblia misma en la Europa Occidental en la Edad Media (se rumora que Alfredo el Grande hizo una traducción de este), como también uno de los más perturbadores. Escrito mientras Boecio esperaba su ejecución, hace la más básica de las preguntas: ¿por qué Dios permite que lo malo le suceda a la gente buena? Mientras languidecía en su celda, la Dama Filosofía aparece y le explica por qué un Dios omnisciente puede permitir el sufrimiento del inocente: aunque Dios sabe y ve todas las cosas en todo tiempo, pasado, presente y futuro, en un momento o acto puntual de Su ser, la posibilidad del mal es algo que Él debe permitir si los seres humanos han de tener alguna libertad significativa. El mal y el sufrimiento son, por así decirlo, el precio que vale la pena pagar por la libertad.
El hecho que sea la Dama Filosofía quien ofrezca esta explicación, y que el libro no contenga nada explícitamente cristiano, ha dejado perplejos a los lectores por generaciones: ¿cómo pudo el escritor cristiano de la Opuscula sacra haber escrito una obra sobre esta pregunta y no haber dado una solución explícitamente cristiana? Aunque es imposible responder a esto con certeza, ciertamente las generaciones posteriores pudieron construir sobre el argumento subyacente de Boecio en La consolación, que la filosofía era extremadamente útil como medio para adquirir conocimiento y alcanzar la visión de Dios. Aún más, el verdadero dilema que plantea la obra de Boecio es este: si Dios ya conoce el futuro, ¿cómo puede tener sentido el lenguaje sobre la libertad? Su respuesta puede que no haya sido explícitamente cristiana, pero la pregunta fue planteada de una manera dramática que sirvió para moldear las discusiones futuras sobre la relación entre el previo conocimiento y la libertad.
Boecio, entonces, es hoy un laico poco conocido. Aún así, en su breve carrera literaria, tradujo y fue autor de obras que tuvieron un impacto casi incalculable sobre la manera en que la gente pensó, estudió y argumentó por mil años.
El Dr. Carl R. Trueman es profesor de estudios bíblicos y religiosos en Grove City College en Grove City, Pa. Es autor de varios libros, incluyendo The Creedal Imperative [El Credo Imperativo].
A través de una de las historias más extrañas que encontramos en la Biblia, podemos ver un ejemplo tangible de una realidad que solemos olvidar. Sin importar quien lleva la banda presidencial… El Cielo Gobierna. Sabiduría para el Corazón es el ministerio internacional de enseñanza bíblica del Pastor Stephen Davey, traducido y adaptado al español por Daniel Kukin.
Este ministerio se sostiene gracias a las oraciones y ofrendas de sus oyentes.
a primera parte del siglo V fue testigo de una seria controversia en la Iglesia conocida como la controversia pelagiana. Este debate se dio principalmente entre el monje británico Pelagio y el gran teólogo del primer milenio, Agustín de Hipona. En la controversia, Pelagio se opuso enérgicamente al entendimiento de Agustín sobre la caída, la gracia y la predestinación. Pelagio sostenía que la caída afectó solo a Adán y que no había imputación de culpa o del «pecado original» a la progenie de Adán. Pelagio insistía en que las personas nacidas después de la caída de Adán y Eva conservaron la capacidad de vivir vidas de justicia perfecta sin la ayuda de la gracia de Dios. Él argumentaba que la gracia «facilita» la justicia pero que no era necesaria para ella. Categóricamente rechazó el entendimiento de Agustín de que la caída fue tan severa que dejó a los descendientes de Adán en tal estado de corrupción moral que fueron moralmente incapaces de buscar a Dios. Las doctrinas de Pelagio fueron condenadas por la Iglesia en el 418 en un sínodo en Cártago.
Aunque el pelagianismo fue rechazado por la Iglesia, pronto surgieron esfuerzos para suavizar las doctrinas de Agustín. En el siglo V el máximo exponente de tal suavización fue un abad de un monasterio en la Galia, llamado Juan Casiano. Casiano y sus compañeros monjes estuvieron completamente de acuerdo con la condenación de Pelagio por parte del sínodo en el 418, pero a la vez objetaron la fuerte postura de la predestinación expuesta por Agustín. Casiano creyó que Agustín había ido demasiado lejos en su reacción contra la herejía de Pelagio y que había abandonado las enseñanzas de algunos de los padres de la Iglesia, especialmente de Tertuliano, Ambrosio y Jerónimo. Casiano dijo que la enseñanza de Agustín sobre la predestinación «debilita la fuerza de la predicación, de la reprensión y de la energía moral… sumerge a los hombres en la desesperación e introduce una cierta necesidad fatídica». Esta reacción contra el fatalismo implícito de la predestinación llevó a Casiano a articular una posición que desde entonces ha llegado a conocerse popularmente como el «semipelagianismo». El semipelagianismo, como indica su nombre, sugiere un punto intermedio entre Pelagio y Agustín. Aunque la gracia facilita una vida de rectitud, Pelagio pensaba que esta no era necesaria. Casiano argumenta que la gracia no solo facilita una vida de rectitud, sino que es una necesidad esencial para que uno logre alcanzar la rectitud. Sin embargo, la gracia que Dios pone a disposición de las personas puede y es a menudo rechazada por ellas. La caída del hombre es real y seria, pero no tan seria como Agustín suponía, porque cierto nivel de habilidad moral permanece en la criatura caída al punto de que la persona caída tiene el poder moral de cooperar con la gracia de Dios o de rechazarla. Agustín argumentó que esa misma cooperación con la gracia era el efecto de la capacitación de Dios al pecador para dicha cooperación. De nuevo, Agustín insistió en que a todos los que estaban contados entre los elegidos se les dio el don de la gracia regeneradora que les infundió la fe. Para Casiano, aunque la gracia de Dios es necesaria para la salvación y ayuda a la voluntad humana a hacer el bien, en última instancia es el hombre, no Dios, quien debe querer lo bueno. Dios no le da al creyente el poder del querer porque ese poder para querer ya está presente a pesar de la condición caída del creyente. Además, Casiano enseñó que Dios desea salvar a todas las personas y que la obra de la expiación de Cristo es eficaz para todo el mundo.
Casiano entendió que la predestinación era un concepto bíblico, pero priorizó la presciencia divina sobre la elección de Dios. Eso significa que enseñaba que aunque la predestinación es un acto de Dios, la decisión de Dios de predestinar está basada en Su previo conocimiento de cómo las criaturas humanas responderán a la oferta de la gracia. Para Casiano, no hay un número definido de personas que son elegidas o rechazadas desde la eternidad, ya que Dios desea que todos los hombres sean salvos, y sin embargo no todos los hombres son salvos. El hombre mantiene su responsabilidad moral y con esa responsabilidad el poder de elegir cooperar o no con la gracia. Al final, lo que Casiano estaba negando en la enseñanza de Agustín era la idea de la gracia irresistible. Para Agustín, la gracia de la regeneración es siempre eficaz y no será rechazada por el elegido. Es una obra monergista de Dios que logra lo que Dios quiere que logre. La gracia divina cambia el corazón humano, resucitando al pecador de la muerte espiritual a la vida espiritual. En este acto divino, Dios lleva al pecador a creer en Cristo y a elegirlo. El estado previo de incapacidad moral es vencido por el poder de la gracia regeneradora. La palabra clave en la posición de Agustín es que la gracia regeneradora es monergista. Es la obra exclusiva de Dios.
Pelagio rechaza la doctrina de la gracia monergista y la reemplaza con una perspectiva sinergista, que involucra una obra de cooperación entre Dios y el hombre.
La posición de Casiano fue condenada en el Concilio de Orange en el 529, que más adelante estableció la posición de Agustín como una expresión de la ortodoxia cristiana y bíblica. Sin embargo, con la conclusión del Concilio de Orange en el siglo VI (529), las doctrinas del semipelagianismo no desaparecieron sino que estuvieron en pleno funcionamiento a lo largo de la Edad Media y fueron concretadas en el Concilio de Trento en el siglo XVI. Estas doctrinas siguen siendo la postura mayoritaria de la Iglesia católica romana, aun en el siglo XXI.
La opinión mayoritaria en cuanto a la predestinación, incluso en el mundo evangélico, es que la predestinación no está basada en el decreto eterno de Dios de traer a la gente a la fe, sino que está basada en Su conocimiento previo de cuáles personas ejercerán su voluntad para venir a la fe. En el centro de la controversia de los siglos V y VI, el siglo XVI y aún hoy, permanece la pregunta respecto al grado de corrupción que sobrevino sobre los seres humanos caídos en el pecado original; y la controversia continúa. La diferencia entre la controversia pelagiana y la problemática del semipelagianismo es que el pelagianismo fue visto por la Iglesia en ese entonces y ahora como un enfoque subcristiano, y de hecho anticristiano, de la humanidad caída. La controversia semipelagiana, aunque seria, no se considera una disputa entre creyentes e incrédulos, sino un debate intramuros entre creyentes.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.
The south London tabernacle, mr. C.H. Spurgeon preaching on Sunday, 1876, UK, britain, british, europe, united kingdom, great britain, european
Por John Macarthur
Predicando a Cristo y a Él Crucificado
Cuando miras al apóstol Pablo, difícilmente ves a un pragmático. El dice a los Corintios: “pues nada me propuse saber entre vosotros, excepto a Jesucristo, y este crucificado.” (1 Cor. 2:2) Vaya, ese es un mensaje bastante estrecho. Así que cada vez que se presentaba en una situación, todo era sobre Cristo, sobre Cristo crucificado, y por consiguiente, Cristo resucitado de entre los muertos.
Pablo dice, no vine a ustedes con la sabiduría de un hombre, no vine a ustedes con ninguna inteligencia o ingenio humano. Vine y prediqué a Cristo crucificado y a Cristo resucitado, así que el enfoque está en Cristo. (1 Cor. 2)
Hasta que Cristo Sea Formado en Ustedes
También dice en el libro de Gálatas, “Hijos míos, por quienes de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros.” ¿Por qué habla de dolores de parto? Porque es el tipo de experiencia humana más agonizante. Todos entendemos que los dolores de parto en los que una mujer da a luz a un niño son dolores de parto agonizantes.
Pablo está diciendo, literalmente agonizo en una especie de dolor de parto para dar a luz a un creyente santificado que es como Cristo. Por lo tanto, se podría decir que la pasión de su ministerio era la santificación de su pueblo. Nunca se contentó con que alguien creyera. Eso no era suficiente. Nunca se contentó con que alguien se reuniera con los santos. Nunca se contentó hasta que Cristo se formó completamente en ese creyente. Ese fue siempre el objetivo: ver a ese creyente conformado a la imagen de Jesucristo. Esa es la vocación principal del pastor: la santificación de su pueblo.
Continuamente Volviéndose del Pecado…
Es algo muy simple para ir por el camino de la santificación. A través de la oración, clama al Señor, confiesa tus pecados, arrepiéntete de tus pecados, y vuélvete de tus pecados para que limpies constantemente tu corazón de una manera honesta. Esto se remonta a lo que Pablo le dijo a Timoteo: “Por tanto, si alguno se limpia de estas cosas, será un vaso para honra, santificado, útil para el Señor, preparado para toda buena obra.” (2 Timoteo 2)
Eso lo dice todo. Si no te limpias de las cosas que corrompen tu vida, no eres un recipiente apto para el uso del Maestro. Puedes ser capaz de conseguir una multitud, puedes ser capaz de entretener a algunas personas y mantener su atención, pero lo que Dios bendice no es un gran talento; lo que bendice es una gran santidad.
Sed Llenos De La Palabra
Una espada limpia es un arma impresionante en la mano de Dios. Así que, en primer lugar, es cuestión de presentarse constantemente ante el Señor para que tu corazón se limpie en el arrepentimiento. Y luego necesitas estar en la palabra de Dios. Necesitas estar en la palabra de Dios constantemente porque como dijo David, Tu palabra la he guardado en mi corazón para no pecar contra ti. (Salmo 119:11)
O, como dijo Jesús, santifícalos con tu verdad, tu palabra es verdad. (Juan 17:17) Si pasas tiempo en la palabra de Dios, hará su obra de purificación. Un corazón abierto, un arrepentimiento constante del pecado y un corazón lleno de las profundas riquezas de la palabra de Dios son medios de gracia. Estas son las herramientas que el Espíritu de Dios usa para santificarte. Si crees que tienes un efecto ahora sin esas cosas, es superficial. Entra en esa zona y observa lo que el Señor hará con tu vida eternamente.
Los historiadores humanistas y los sociólogos seculares se empeñan en asignar sus abarcadoras y cuidadosamente elaboradas etiquetas a casi cualquier cosa. Siglos de historia y generaciones enteras de personas han sido adornadas con títulos sin sentido y definiciones simplistas. Desde la llamada «generación del baby-boom» hasta la «generación del yo» y la «generación x», nuestra sociedad ha determinado que asignarle una categoría general a toda una población basada en su edad es algo apropiado. Del mismo modo, períodos enteros de la historia son conocidos por el tipo de metal más utilizado durante ese período en particular, por ejemplo, la «Era de Bronce». Tenemos edades de «Oro» y de la «Ilustración», la «Edad de la Razón» y el infame periodo conocido como la «Era de las Tinieblas»
Aunque los historiadores modernos por lo general han dejado de usar el término «Era de las Tinieblas» (476-1000 d. C.), todavía sigue siendo una etiqueta grabada en la mente de la mayoría de nosotros cuando pensamos en los inicios de la Edad Media. Sin embargo, con demasiada frecuencia también olvidamos que el período de la era de las tinieblas no comenzó en el siglo V en Europa, ni tampoco terminó a finales del primer milenio después de Cristo. Este período comenzó hace mucho tiempo en el jardín del Edén cuando Adán y Eva se rebelaron contra el Señor y cayeron en un estado de corrupción. Y aunque ningún historiador respetable asignaría el título de «Era de las Tinieblas» a la mayor parte de la historia de la civilización, desde la caída, el hombre ha sido testigo de una era oscura.
No obstante, desde el momento de la caída, el Señor ha derramado la luz de Su evangelio sobre el mundo. En Génesis 3:15 escuchamos las palabras del primer evangelio habladas a nuestros primeros padres, y a través de la historia vemos cómo Dios ha traído Su luz a Su pueblo en sus horas más oscuras. En el Antiguo Testamento leemos la profecía cristológica de Isaías en la que anuncia la venida de la Luz del Mundo: «El pueblo que andaba en tinieblas ha visto gran luz; a los que habitaban en tierra de sombra de muerte, la luz ha resplandecido sobre ellos» (9:2). En el Nuevo Testamento, somos testigos del cumplimiento de esa proclamación: «En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron» (Jn 1:4–5). Aunque la historia de la civilización del siglo VI es mucho más oscura de lo que los secularistas puedan comprender, hay una luz gloriosa que brilla en las tinieblas. Tanto en el siglo VI como en el XXI, el Señor hace brillar Su luz a través de nosotros para que podamos vivir coram Deo en un mundo en tinieblas.
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano?de Juan Calvino.
Martyn Lloyd-Jones: La blasfemia contra el Espíritu Santo
Will Graham
¿Cuál es esta blasfemia o pecado contra el Espíritu Santo? Los cristianos suelen estar preocupados por esta cuestión y se sienten culpables por ello. La respuesta es esta: si esto nos preocupa, podemos estar completamente seguros de que no somos culpables de ello.
Podemos ver este pecado en Hebreos 6:4-6; 10:26 y en 1 Juan 5:16 donde el apóstol dice, «Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida».
Estos pasajes significan que un hombre (o una mujer) puede rechazar a Cristo y su gloria deliberadamente, quizá hasta atribuyendo al diablo los poderes de Cristo, tal cual como hicieron los fariseos cuando dijeron, «Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios» (Mateo 12:24).
Así pues, las personas que son culpables de pecar contra el Espíritu Santo no solo no creen en Cristo, no quieren creer en Él, lo ridiculizan, se mofan de Él, le dan la espalda y le desprecian.
Si nos preocupa haber pecado contra el Espíritu Santo y queremos estar reconciliados con Dios y con Cristo y sentimos que hemos pecado rompiendo así la relación, si gemimos por estar fuera de la relación en lugar de dentro de ella, entonces no solamente no somos culpables de haber pecado contra el Espíritu Santo, sino que estamos lo más lejos de ello que una persona pueda estar.
Estas otras personas están contentas, se regocijan en ello; se glorían en ello, están orgullosas de sí mismas y de su rechazo.
Somos exactamente lo opuesto. Nos provoca angustia y nos preocupa y daríamos cualquier cosa por conocerle y estar reconciliados con Él.
No escuchemos la mentira del diablo que está intentando deprimirnos y robarnos nuestro gozo. Plantémosle cara y digamos: Mi máximo deseo es conocerle, y estar reconciliado con Él es la prueba de que no he cometido una blasfemia contra el Espíritu Santo.
Y si lo hacemos, puedo asegurar que encontraremos la liberación definitiva. Encontraremos la paz, y el gozo del Señor y de la salvación se nos restaurará. Y luego nos podremos dirigir a Dios, dándole las gracias por la misericordiosa obra del Espíritu Santo
Pastor Will Graham
Casado con Ágota y padre de dos hijas, Will Graham (1985) sirve como pastor evangélico, profesor y blogger en la cuidad española de Almería (ubicada en el extremo sureste de la península).
“Oigan, cielos, y escucha, tierra, Porque el Señor habla: ‘Hijos crié y los hice crecer, Pero ellos se han rebelado contra Mí. El buey conoce a su dueño Y el asno el pesebre de su amo; Pero Israel no conoce, Mi pueblo no tiene entendimiento’” (Isaías 1:2-3).
Los escándalos de corrupción están a la orden del día. La corrupción se manifiesta de diferentes formas tanto en el ambiente privado como en el público, defraudando millones o en detalles ínfimos. Sin embargo, de los actos de corrupción que más me llaman la atención son de aquellos en donde los funcionarios esquilman una empresa, usando sus recursos para sus propios beneficios, tomando de forma ilegal lo que no les pertenece. Algunos funcionarios han alegado que todo lo hicieron de forma transparente y bajo contrato, pero las evidencias dejan mucho que pensar.
Nosotros podríamos pensar que se trata de meros sinvergüenzas y sin escrúpulos. Sin embargo, después de leer algunos currículos de esos corruptos, me doy cuenta de que se trata de profesionales sumamente capaces, líderes que durante años ocuparon cargos de absoluta responsabilidad en empresas y organismos de primera línea. Lo que parece que fue un elemento común en todos ellos fue que perdieron los estribos al no tener que rendirle cuenta a nadie de lo que estaban haciendo. Aunque sus gastos debían ser revisados por auditores y organismos de contabilidad internos, muchos se las ingeniaron para esquivar esos controles y terminar perdiendo el control ellos mismos.
Esta terrible decadencia se observa en todos los terrenos del quehacer humano. En todas aquellas áreas en las que las personas pueden obtener algo sin tener que rendir cuentas a nadie, o no querer rendir cuentas a nadie, siempre existirá la posibilidad de que el ser humano pueda entrar en decadencia llevándose consigo todo y a todos los que le rodean.
La historia universal está plagada de momentos decadentes producto de hombres y mujeres que perdieron la capacidad de contención, que evitaron oír las voces de sus conciencias y también las voces autorizadas de aquellos que con razón les llamaban la atención. Esas fueron las circunstancias que están detrás del pueblo y las autoridades a las que están dirigidas las profecías de Isaías. El profeta escribió durante la decadencia del pueblo de Judá. Sus advertencias y observaciones nos pueden dar luces acerca del terrible proceso de deterioro espiritual que acontece cuando dejamos de lado las advertencias de Dios y de nuestros semejantes.
Judá se sabía pueblo de Dios, pero había olvidado quién era el Dios a quien decían seguir con fidelidad, y cuáles eran las características de las demandas del Señor a quien decían obedecer. Sería bueno considerar las señales que Isaías presentó hace 2,700 años como advertencias en el camino, para evitar caer también en la descomposición espiritual:
Mientras más profunda es la rebeldía del pueblo, más es la abundancia de ritos, ofrendas, y sacrificios con el fin de tratar de conquistar a un Dios a quien no quieren someterse.
1. El aumento exponencial de la religiosidad. Puede parecer extraño, pero mientras más profunda es la rebeldía del pueblo, más es la abundancia de ritos, ofrendas, y sacrificios con el fin de tratar de conquistar a un Dios a quien no quieren someterse. El Señor les decía a través del profeta: “¿Qué es para Mí la abundancia de sus sacrificios?… No traigan más sus vanas ofrendas… ¡No tolero iniquidad y asamblea solemne!” (Is. 1:11-13).
Yo escucho mucho como los cristianos de hoy juzgan la validez de su fe por lo prolongado y multitudinario de sus ritos religiosos. Si ellos ven que sus servicios son numerosos, si los cantos y las homilías son aceptables y grandilocuentes, entonces pareciera que todo anda muy bien. Sin embargo, ya Isaías demostró que el aumento de la religiosidad nunca estará en directa proporción con el apogeo espiritual.
Una religiosidad que se convierte en un fin en sí misma, es como la sal que no sirve para nada cuando pierde su capacidad preservadora. Por eso es que el Señor pregunta asombrado: “Cuando vienen a presentarse delante de Mí, ¿Quién demanda esto de ustedes, de que pisoteen Mis atrios?” (Is. 1:12). Si no sabemos qué es lo que realmente demanda el Señor aparte de los rituales, entonces debemos volver a empezar con el ABC del evangelio antes de caer por la pendiente de la decadencia espiritual.
2. El olvido de la rectitud. La abundante religiosidad judía no producía el cambio de corazón que se suponía debía traer consigo. Isaías tiene que proclamar con mucho dolor el absoluto cambio de valores del pueblo más religioso de la tierra: “¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, Que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, Que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!” (Is. 5:20). Como podemos observar, una vez más, una saludable religiosidad no es la clave para una saludable moralidad.
El profeta proclama que Judá estaba perdiendo de vista su identidad de pueblo de Dios para convertirse en un grupo humano lleno de seres egoístas e incapaces de percibir las demandas comunitarias del Señor y del amor al prójimo: “¡Ay de los que juntan casa con casa, Y añaden campo a campo Hasta que no queda sitio alguno, Para así habitar ustedes solos en medio de la tierra!” (Is. 5:8). Por lo que podemos observar, ellos habían perdido de vista los ingredientes de una vida recta que se resumen en la compasión y la justicia. Por lo tanto, el Señor les demandaba a volver a aprender lo que se supone eran los principios fundamentales del pueblo de Dios: “Aprendan a hacer el bien, Busquen la justicia, Reprendan al opresor, Defiendan al huérfano, Aboguen por la viuda” (Is. 1:17). La justicia y la compasión, más que la religiosidad y el ritualismo, son señales claras de apogeo espiritual.
La justicia y la compasión, más que la religiosidad y el ritualismo, son señales claras de apogeo espiritual.
3. El pasar por alto sus verdaderos problemas. Aunque el pueblo estaba contento con sus rituales y su religiosidad, a su alrededor todo era destrucción a la que simplemente le daban las espaldas. Isaías entonces no duda en levantar la voz, por mandato de Dios, para que ellos puedan visualizar una realidad que se negaban a ver: “La tierra de ustedes está desolada, Sus ciudades quemadas por el fuego, Su suelo lo devoran los extraños delante de ustedes, Y es una desolación, como destruida por extraños” (Is.1:7). Mientras ellos no se tomen el tiempo y trabajo para reconocer y no pasar por alto su propia realidad, entonces el Señor tampoco considerará todo esa religiosidad como una expresión real, sino como una señal más del desvarío del corazón humano. Por eso les dice, “Cuando extiendan sus manos, Esconderé Mis ojos de ustedes. Sí, aunque multipliquen las oraciones, No escucharé. Sus manos están llenas de sangre” (Is. 1:15).
5. La intromisión de costumbres ajenas aborrecidas por Dios. Siempre habrá algo o alguien que quiera sustituir a Dios y sus mandamientos. Por ejemplo, Judá se vio invadida por costumbres foráneas que la desviaba de su comunión con el Dios de Israel: “Ciertamente has abandonado a Tu pueblo, la casa de Jacob, Porque están llenos de costumbres del oriente, Son adivinos como los Filisteos, Y hacen tratos con hijos de extranjeros” (Is. 2:6). Me pregunto, ¿de dónde vienen las costumbres que desvían a la iglesia de los propósitos de Dios? Cuando la iglesia pierde de vista el evangelio y su identidad bíblica, entonces, desde el mundo de los negocios hasta las escuelas psicológicas, pasando por filosofías y supercherías, muchos serán los modos de pensamiento que están esperando ganarse el espacio esencial que la falta de evangelio e identidad bíblica han dejado en la iglesia.
He usado la palabra esencial para evitar suspicacias. Creo que debemos aprender de todo lo que hay en nuestro alrededor, pero siempre guardando la esencia de nuestra fe, sus propias bases bíblicas y evangélicas que son inamovibles e inmodificables. Como decía el apóstol Pablo: “Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, yo, como sabio arquitecto, puse el fundamento, y otro edifica sobre él. Pero cada uno tenga cuidado cómo edifica encima. Pues nadie puede poner otro fundamento que el que ya está puesto, el cual es Jesucristo” (1 Cor. 3:10-11).
6. La falta de liderazgo capacitado y sensible. Así como el ejecutivo que cayó producto de su codicia y no de su ignorancia, así también Judá empezó a perder su liderazgo más experimentado. Al perder sus raíces en Dios y la Escritura, Judá perdió su capacidad de continuidad. Al renunciar a sus valores, imperó la novedad y, por lo tanto, los novedosos. Así lo dijo el Señor: “Porque el Señor, Dios de los ejércitos, quitará de Jerusalén y de Judá El sustento y el apoyo: todo sustento de pan Y todo sustento de agua; Al poderoso y al guerrero, Al juez y al profeta, Al adivino y al anciano… Les daré muchachos por príncipes, Y niños caprichosos gobernarán sobre ellos” (Is. 3:1-2,4).
El hablar de “muchachos” en el liderazgo no es un menosprecio a la juventud. No se trata de un tema de edad, sino de la inexperiencia y la falta de conocimiento y práctica que solo la edad y el tiempo traen consigo. La historia de Judá no nos dice que fue gobernada por “niños”, sino que sus autoridades empezaron a actuar como adolescentes ignorantes, sujetos a sus propias ideas y pasiones. Isaías lo ejemplifica muy claramente cuando dice, “¡Ay de los sabios a sus propios ojos e inteligentes ante sí mismos!” (Is. 5:21).
¿Cómo vemos nuestra relación con Dios? ¿Hay cierto cumplimiento ritual, pero también alguna visita “inocente” a la Tarotista de moda? ¿Hay golpes de pecho que nunca producen un cambio sustancial en la vida? ¿Somos fieles en los ritos pero ligeros con nuestra moralidad? ¿Hemos olvidado las más sencillas normas de vida cristiana? ¿Seguimos lo novedoso y creemos que lo viejo es caduco solo por ser antiguo? ¿Quién es Dios? ¿Qué espera Él de ti? Tómate un tiempo para tratar de responder estas preguntas en lo profundo de tu corazón.
Desechemos la presunción espiritual y vayamos en arrepentimiento a Dios, quién está dispuesto a perdonarnos, pero no a negociar su santidad y la verdad eterna de su Palabra.
No creas que Dios pasará por alto tus respuestas a estas preguntas. Desechemos la presunción espiritual y vayamos en arrepentimiento a Dios, quién está dispuesto a perdonarnos, pero no a negociar su santidad y la verdad eterna de su Palabra. Las palabras de Isaías todavía resuenan con plena autoridad: “Lávense, límpiense, Quiten la maldad de sus obras de delante de Mis ojos. Cesen de hacer el mal… ‘Vengan ahora, y razonemos’, Dice el Señor, ‘Aunque sus pecados sean como la grana, Como la nieve serán emblanquecidos. Aunque sean rojos como el carmesí, Como blanca lana quedarán. Si ustedes quieren y obedecen, Comerán lo mejor de la tierra. Pero si rehúsan y se rebelan, Por la espada serán devorados’. Ciertamente, la boca del Señor ha hablado” (Is. 1:16,18-20
Si evitamos la decadencia complaciente, el Señor podrá hacernos entender una de sus más bellas promesas: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, Ni han entrado al corazón del hombre, son las cosas que Dios ha preparado para los que Lo aman” (1 Cor. 2:9). Este es uno de los pasajes que más he repetido públicamente porque considero que es la declaración más maravillosa de Dios con respecto a su deseo de que trascendamos más allá de lo que somos o podemos lograr con nuestro propio esfuerzo.
Todo lo que Él tiene preparado para el que le ama está por encima de su propia comprensión y expectativa. Abraham había perdido la esperanza de ser padre, David nunca imaginó ser rey, Moisés había dado por terminada su carrera como líder después de su fracaso en Egipto, Pedro soñaba con ser pescador como sus antecesores, Pablo nunca hubiera imaginado que sería cristiano, y podríamos añadir un largo etcétera con miles de personajes de la historia de la fe. ¿Podemos limitar a Dios? Imposible. Él no descansa en tus experiencias personales, no se encuadra en tus conocimientos. Todos tus sueños juntos (aun los más descabellados) no determinan las posibilidades de Dios para contigo.
Escuchemos la voz de Dios, busquemos su voluntad, y tengamos la valentía para salir de lo convencional y lo acostumbrado, para dejarle a Dios el camino expedito para que nos demuestre todo lo mucho que Él puede hacer con lo poco que somos nosotros.
José“Pepe” Mendoza es el Director Editorial en Coalición por el Evangelio. Sirvió como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú. Es profesor en el Instituto Integridad & Sabiduría, colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary, y también trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y tienen una hija, Adriana. Puedes seguirlo en twitter