¿Por qué Discipular?

9Marcas

Serie: Discipulado

Clase 2

¿Por qué Discipular?

Introducción

¿Por qué quieres discipular a alguien? Porque tienes que, es decir, ¿sientes que es una obligación? Porque quieres, es decir, ¿por qué has encontrado alguna forma de motivación que te hace desear hacerlo?

La semana pasada mencionamos que todo cristiano está llamado al ministerio de discipulado, independientemente de que te encuentres siendo discipulado por un creyente más maduro o alguien más joven en la fe, o ambas cosas.  Antes de comenzar este ministerio de discipulado queremos entender cuáles son los fundamentos bíblicos para una motivación cristiana de hacer discípulos. Hoy vamos a considerar dos razones por las cuales discipular.

Razón #1. ¿Por qué discipular? ¡Para tu gozo!

A algunas personas puede parecerles extraño decir que un motivo principal de nuestro discipulado hacia los demás es el gozo que recibimos al hacerlo. Suena egoísta, ¿no es así? Y aunque pueden haber muchas maneras en que podríamos buscar este gozo equivocadamente, el hecho está en que la Escritura presenta nuestro gozo como un motivador legítimo para los cristianos discipuladores.

Escucha estos versículos (selecciona personas para que lo lean en voz alta):

«Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros, siempre en todas mis oraciones rogando con gozo por todos vosotros, por vuestra comunión en el evangelio, desde el primer día hasta ahora.» (Fil. 1:3-5)

«Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa.» (Fil. 2:1-2)

«Así que, hermanos míos amados y deseados, gozo y corona mía, estad así firmes en el Señor, amados.» (Fil. 4:1)

«Porque vuestra obediencia ha venido a ser notoria a todos, así que me gozo de vosotros; pero quiero que seáis sabios para el bien, e ingenuos para el mal.» (Ro. 16:19)

«Mucha franqueza tengo con vosotros; mucho me glorío con respecto de vosotros; lleno estoy de consolación; sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones. Por esto hemos sido consolados en vuestra consolación; pero mucho más nos gozamos por el gozo de Tito, que haya sido confortado su espíritu por todos vosotros. Pues si de algo me he gloriado con él respecto de vosotros, no he sido avergonzado, sino que así como en todo os hemos hablado con verdad, también nuestro gloriarnos con Tito resultó verdad. Y su cariño para con vosotros es aun más abundante, cuando se acuerda de la obediencia de todos vosotros, de cómo lo recibisteis con temor y temblor. Me gozo de que en todo tengo confianza en vosotros.» (2 Co. 7:413-16)

«Porque ¿cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo, en su venida? Vosotros sois nuestra gloria y gozo.» (1 Ts. 2:19-20)

«Mucho me regocijé porque he hallado a algunos de tus hijos andando en la verdad, conforme al mandamiento que recibimos del Padre.» (2 Jn. 1:4)

Pregunta – En todos estos versículos, ¿cuál era el fundamento del gozo de Pablo y Juan? ¿Puedes escoger algún tema en común en estos versículos que explique su motivación para el discipulado?

Respuesta – Ellos escribieron acerca de su propio gozo. Dios busca producir gozo en ti cuando eres usado para ayudar a otros a prosperar y crecer.

Explicación – A partir de estos textos vemos que Pablo y Juan reciben una motivación especial del conocimiento que ELLOS personalmente estaban utilizando para ayudar a edificar a los cristianos a quienes escribían. ¿Esto te sorprende? Esta es una razón bíblica por la que no debemos avergonzarnos de cultivarlo. Los cristianos pueden de manera natural encontrar mucho placer en ver a otros creyentes crecer y prosperar. Pablo frecuentemente se referirá a sus oidores como sus «hijos en el Señor» y él parece disfrutar verlos prosperar a través del fruto de su ministerio y la labor continua de los demás. El gozo de Pablo es que los hijos se encuentren caminando en la verdad.

Pregunta – ¿Es este tipo de gozo egoísta? ¿Es que el gozo de ayudar a alguien a madurar discípulos nos lleva a enfocarnos en el hombre o es algo bueno?

Respuesta – Si este fuera el total de lo que Pablo y Juan (y otros) disfrutaran entonces si podría llevar a una dependencia equivocada, pero esa no es la ilustración que tenemos. Ellos se estaban deleitando al verse a sí mismos como los medios utilizados en el discipulado cristiano, específicamente porque luego traía gloria al Dios que amaban mucho.

Pregunta – ¿Esto lleva al orgullo?

Respuesta – El hecho de que puedes hacer algo mal no es un argumento contra hacerlo bien.

Resumen:

  1. Los cristianos se regocijan al ver otros creyentes crecer, y se gozan en ver que ese crecimiento ocurre como resultado de su involucramiento. Este placer de trabajar para ver a otros prosperar espiritualmente a través de tu involucramiento en sus vidas, es uno de los gozos más importantes del corazón de un verdadero discípulo cristiano.
  2. Ver crecer a los creyentes como un fruto de tu ministerio es parte de tu gloria y recompensa ante Cristo. Lejos de ser algo equivocado, diría que si no disfrutas ser usado por Dios para exhortar y edificar a otros creyentes, entonces hay algo incorrecto en tu entendimiento.
  3. Nuestro placer en ver a Dios usarnos para exhortar y edificar a otros creyentes es una motivación importante y bíblica, pero no es la motivación suprema.

Razón #2: ¿Por qué discipular? ¡Para la gloria de Dios!

Aprendemos de la Palabra de Dios que el resultado de discipular es el mayor fruto de nuestras vidas que lleva a la gloria de Dios. Para considerar esta idea de forma cuidadosa, pasaremos el resto de los próximos minutos observando una sección de la Escritura que explica este concepto con muchos detalles- Juan capítulo 15, versículos del 1 al 17.

Lee Juan 15:1-8. Aquí Jesús enseña a sus seguidores diciendo:

Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.

Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho. En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.

En las próximas semanas tendremos tiempo para pensar más acerca de lo que significa permanecer en Cristo como una vía de fructificación. Pero ahora mismo quiero que prestemos más atención a la idea final de esta sección.

Pregunta – ¿Qué es lo que Cristo describe de la vida del creyente que traerá más gloria al Padre?

Respuesta – Que llevemos mucho fruto. Discutiremos lo que es ese fruto en un momento.

Pregunta – ¿Y que demostrará ese fruto al mundo que nos observa?

Respuesta – Que somos verdaderos discípulos de Jesucristo, para la gloria de Dios el Padre.

Pregunta – Entonces, ¿cuál es ese fruto del que Jesús está hablando?

Respuesta – El texto no especifica lo que significa exactamente, si solo es una cosa o muchas cosas a las que nos referimos aquí. Sin embargo, podemos obtener buenos conocimientos del significado que se busca simplemente continuando con la lectura de los versículos del 9 al 17. Aquí vemos ejemplos del tipo de fruto que Jesús tiene en mente, el fruto que debe fluir de forma natural de nuestro ser «en Cristo» y cómo ese fruto trae una gran gloria al Padre.

Lee los versículo del 9 al 17.

Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido. Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer. No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé. Esto os mando: Que os améis unos a otros.

Juan capítulo 15 está claramente enfocado en la necesidad de morar en Cristo y en el amor que Él nos ha mostrado. Pero también hay un mandato claro para nosotros en este pasaje… se nos dice que debemos amarnos unos a otros como Cristo nos amó. Por tanto, parece obvio que por lo menos parte del fruto del que se habla aquí es el amor, es decir, un amor por Dios que se manifiesta a través de amarnos unos a otros. Sin embargo, pensemos acerca de como Cristo nos ha amado y cómo eso puede darnos pistas hacia el tipo particular de «amor fructífero» que estamos llamados a reflejar.

Jesús entregó su vida por nosotros

Primero, en los versículos 12-13 leemos que Cristo nos amó al entregar su vida por nosotros. Él nos ordena a nosotros (seguidores de Cristo) hacer lo mismo—para nosotros el amor es definido al imitar a Cristo, por ejemplo, amando a nuestros hermanos al entregar nuestra vida en su nombre.

La semana pasada mencionamos que no podemos entregar nuestra vida por otro de la manera en que solo Cristo pudo hacerlo. Cristo es el unigénito Hijo de Dios y su muerte cumplió una gran obra redentora de lo cual solo podemos maravillarnos pero nunca si quiera imitar. Aun así, parece que Cristo desea que pasemos nuestra vida dedicada a los demás de la misma manera que Él lo hizo. Por tanto, piensa más específicamente acerca de lo que podría ser entregar tu vida.

Pregunta: Con relación a hacer el bien a la humanidad, ¿cuál fue el objetivo principal de Jesús al entregar su vida por nosotros? ¿Qué estaba Él cumpliendo para aquellos que había escogido al entregar su vida?

Respuestas – llevarnos al Padre.

  • Para que pudiéramos compartir el gozo que Cristo disfruta con el Padre
  • Para que podamos llevar fruto
  • Para que nuestro gozo sea completo
  • Para que nuestra enemistad hacia Dios sean reemplazada por una relación de amor

¡Así debe ser con nosotros! Debemos entregar nuestra vida por los demás con la intención deliberada de convertirnos en medios que Dios pueda utilizar para hacer estas cosas buenas en la vida de otras personas. La mayoría de nosotros nunca será llamado a morir por otros cristianos. Solo un grupo selecto es llamado a entregar su vida como libación sobre el altar del martirio. Pero el resto de nosotros está también llamado a entregar su vida, una gota a la vez. Día a día, entregando nuestro tiempo y nuestra energía al bien eterno de los creyentes que Jesús ha colocado a nuestro alrededor. Jesús entregó su vida para hacer un bien eterno por aquellos que amaba, y nosotros debemos entregar nuestra vida por los demás no simplemente para ayudarles en algún sentido terrenal sino para ayudarles eternamente. Nuestro fruto debe ser uno que permanezca para siempre.

Jesús nos dio a conocer todo lo que aprendió de su Padre

Segundo, leemos que otra marca del amor de Cristo por sus discípulos es que él les dio a conocer lo que aprendió del Padre. Él les proporcionó la verdad y los propósitos de Dios para ellos. Él compartió con ellos el conocimiento que venía del Padre.

Es trágico que en nuestra cultura arrogante e individualista muchos han perdido el entendimiento bíblico de que enseñar no es algo autocrático o rudo. Lejos de ser arrogante, enseñar amorosamente a otra persona acerca de las verdades de la Escritura es una señal fuerte de que realmente los amamos y consideramos nuestros amigos. Nosotros, que hemos aprendido algunas cosas de Dios, debemos amar a los demás al compartir la verdad de la Palabra con ellos como Cristo lo hizo con nosotros graciosamente.

Por tanto, una segunda manera de imitar a Cristo y mostrar amor a nuestros hermanos es compartir voluntariamente la verdad que hemos aprendido de la Palabra de Dios con los demás.

Esto no significa que necesitas ser un experto en la Biblia, como un profesor de seminario. A cada cristiano que está aquí se le ha otorgado la verdad de Dios, independientemente de si es a través de tu propio estudio personal de la Palabra o de la enseñanza pública que recibimos en esta iglesia, o de buenas conversaciones espirituales que has tenido con amigos, o de buenas lecturas que hacemos a través de muchos libros que son vendidos o que llegan a esta iglesia. Tienes la responsabilidad de mostrar amor a los demás al no retener esa verdad. Estás llamado a ser un canal de verdad—para comunicar los demás lo que has aprendido de Dios.

Resumen:

Si determinar relacionarte deliberadamente con otro cristiano con el fin de hacerle un bien espiritual, estás amándole al entregar tu vida por ellos y al comunicarle voluntariamente verdades de la Palabra de Dios.

CONCLUSIÓN:

  1. Para ser fructífero en el discipulado debemos enfocarnos en la motivación fundamental del mismo—nuestro gozo en la gloria de Dios.
  2. Desear ver a otros crecer es obligatorio para los cristianos.

COSAS QUE HACER:

  1. Meditar en la manera como el discipulado te trae gozo, edifica la iglesia, y trae mucha gloria a Dios.
  2. Si encuentras que aun no estás motivado a pasar tiempo exhortando a otros creyentes a crecer, entonces toma tiempo esta semana para contemplar, cambiar, «sumergirte» en las razones por las cuales discipular que hemos establecido en la lección de hoy. Mientras consideras las razones bíblicas, esperamos que encuentres que la Palabra comienza a motivar tu corazón.
  3. Determina hoy cultivar un gusto por el gozo de ser un medio que Dios utiliza para motivar a otros.

Te exhorto a comenzar a pensar en cómo puedes crecer en tu propio discipulado de Cristo, al convertirte en un contribuidor intencional y deliberado de la cultura de discipulado de Capitol Hill Baptist Church.

Por CHBC Capitol Hill Baptist Church (CHBC) es una iglesia bautista en Washington, D.C., Estados Unidos

Como el relámpago sale del oriente

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo I

Como el relámpago sale del oriente

Por Kenneth L. Gentry, Jr.

Los cristianos están muy conscientes del significado histórico-redentor sin paralelo de la encarnación, la crucifixión, la resurrección y la ascensión de Cristo. Estamos igualmente bien informados de Su victorioso derramamiento del Espíritu Santo sobre la Iglesia en Pentecostés. Sin embargo, muy pocos creyentes están apercibidos del significado del derramamiento de la santa ira de Cristo sobre Jerusalén en el año 70 d. C.

El Antiguo Testamento está repleto de signos y símbolos que prefiguran la obra de Cristo.

Aún así, los acontecimientos del año 70 d. C. ocupan un lugar importante en la profecía del Nuevo Testamento, sirviendo como una dramática consecuencia de la primera venida. El holocausto del año 70 d. C.  aparece en varias profecías en el Evangelio de Lucas (Lc 13:32-3519:41-4421:20-24 y 23:28-31). Además, no solo es el tema de muchas de las parábolas del Señor (por ejemplo, Mt 21:33-4522:1-14), sino que es incluso la causa de Su triste lamento por Jerusalén (Mt 23:37). Y ese lamento introduce uno de Sus más largos discursos registrados, uno que inicialmente se centra en ese trágico año (Mt 24–25).

Consideremos el significado del año 70 d. C. en cuatro áreas:   

Corrobora la autoridad de Cristo 

La catástrofe del año 70 d. C. es el resultado de la palabra profética de Cristo, lo que corrobora Su autoridad mesiánica de una manera dramática. El año 70 d. C. demuestra que Su profecía no es solo una palabra verdadera de Dios (Dt 18:22) sino una palabra de juicio contra el pueblo de Dios.

La petición de los discípulos de una «señal» que marcara «la consumación de este siglo» (Mt 24:3) es lo que suscita el Discurso de los Olivos en Mateo 24 y 25. Hasta el 24:34, Jesús se enfoca en la destrucción de Jerusalén: la devastación de la ciudad santa y la conflagración de su santo templo se convierten en «la señal del Hijo del Hombre en el cielo» (v. 30, RV60). De modo que, cuando el holocausto del primer siglo estalla sobre Israel, definitivamente manifiesta la autoridad divina de Aquel que está ahora en el cielo (ver Mt 26:59-64Lc 23:20-31).

Muchos cristianos no entienden el significado de la venida de Jesús sobre las nubes en Mateo 24:30 por dos razones. Primero, no están familiarizados con los pasajes apocalípticos del Antiguo Testamento en los que los juicios divinos se manifiestan con venida de nubes (Is 19:1). Segundo, pasan por alto las pistas interpretativas en Mateo 24: la mención de la destrucción del templo (v. 2), el enfoque en Judea (v. 16) y la proximidad temporal de todos los eventos entre los versículos 4 y 34 (v. 34). De hecho, Jesús advierte a los mismos hombres que lo juzgaban: «Desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder, y viniendo sobre las nubes del cielo» (Mt 26:64b).

Ciertamente, así es como la Iglesia primitiva leía Mateo 24. Refiriéndose al año 70 d. C., Eusebio destaca «el pronóstico infalible de nuestro Salvador en el cual Él expuso proféticamente estas mismas cosas» (Historia eclesiástica, 3:7:1). 

Concluye la antigua economía 

El Antiguo Testamento está repleto de signos y símbolos que prefiguran la obra de Cristo. Sin embargo, la naturaleza misma de esa era tipológica exige que esta fuera un paso temporal hacia la plena conclusión redentora e histórica que Cristo propició , una etapa pasajera que avanza hacia un gran clímax. En efecto, la vitalidad del nuevo pacto no podía estar contenida en las restricciones del antiguo pacto de un pueblo étnico, una tierra geográfica y un templo tipológico, ya que «nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque entonces los odres se revientan, el vino se derrama y los odres se pierden» (Mt 9:17a). 

El Nuevo Testamento frecuentemente señala este cambio inminente en la administración pactual. Por ejemplo, Hebreos 8:13 declara: «Cuando Él dijo: «Un nuevo pacto», hizo anticuado al primero; y lo que se hace anticuado y envejece, está próximo a desaparecer». De hecho, el libro de Hebreos advierte a los judíos conversos que no se regresen al judaísmo, especialmente «al ver que el día [año 70 d. C.] se acerca» (Heb 10:25). Tal apostasía los regresaría a una copia material y a punto de  desaparecer de la verdad, porque Cristo ha llevado al pueblo de Dios a «un mayor y más perfecto tabernáculo, no hecho con manos» (Heb 9:11; cp. 9:24). Dejando a un lado las estructuras del antiguo pacto, el año 70 d. C. asegura el esquema final del nuevo pacto. 

Confirma el ministerio a los gentiles    

La Iglesia primitiva estuvo tentada a descansar satisfecha en la misión judía (lo atestigua la experiencia de Pedro en Hechos 10-11). Con el creciente ministerio de Pablo, esto comienza a cambiar. Este importante cambio de enfoque de una misión judía palestina a una misión gentil mundial es finalmente sellada en el año 70 d. C. 

Regresando a Mateo 24, vemos que a raíz de la destrucción del templo, Cristo enviará a Sus «mensajeros» (angeloi en griego, aquí son mensajeros humanos) «con una gran trompeta y reunirán a Sus escogidos de los cuatro vientos» (Mt 24:31a). Así que, en la caída de Jerusalén, el jubileo final (ver Lv 25), la salvación eterna, será declarada para todo el mundo. Ahora que las restricciones del antiguo pacto son eliminadas para siempre, el mundo se convierte en el campo de misión para la Iglesia. 

Ciertamente, Pablo relaciona proféticamente el éxito final de la misión a los gentiles con la «caída» de Israel, es decir, su tropiezo con Cristo y la consecuente destrucción del año 70 d. C. Porque su caída es «riqueza para el mundo» y su fracaso es «riqueza para los gentiles» (Rom 11:12). En verdad, el «excluirlos a ellos es la reconciliación del mundo» (Rom 11:15a). 

Nos confronta con Su severidad 

El año 70 d. C. enfatiza la realidad, no solo de la bondad de Dios, sino también de Su severidad. Pablo advierte a los que se autodenominan el pueblo de Dios: «Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; severidad para con los que cayeron, pero para ti, bondad de Dios si permaneces en Su bondad; de lo contrario también tú serás cortado» (Rom 11:22). 

La «severidad» que cae sobre los judíos en el año 70 d. C. muestra el juicio de Dios sobre su incredulidad y rebelión. Aunque Israel tenía una herencia gloriosa (Rom 9:3-5), aunque su «raíz es santa» (Rom 11:16), esta severidad ilustra trágicamente las consecuencias de fallar en una responsabilidad santa. Todos debemos aprender la lección aquí expuesta: «A todo el que se le haya dado mucho, mucho se demandará de él» (Lc 12:48b). El juicio de Israel en el año 70 d. C. enfatiza la impresionante obligación que resulta del llamamiento divino. Pero mientras Israel se marchita bajo el calor abrasador de la severa ira de Dios, los gentiles florecen en las frescas aguas de la buena misericordia de Dios (Rom 11:12,15Hch 13:46-47). Tal es la bondad de Dios. No obstante, los gentiles también deben tomarse en serio la lección, «porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, tampoco a ti te perdonará» (Rom 11:21). 

El fantasma del año 70 d. C. persigue el registro del Nuevo Testamento (siendo profetizado frecuente y vigorosamente). Su ocurrencia impacta dramáticamente la historia del primer siglo (siendo uno de sus eventos más fechables y catastróficos) y confirma importantes verdades históricas y redentoras (la autoridad suprema de Cristo, la conclusión de la economía del antiguo pacto, la naturaleza universal del Evangelio y el juicio de Israel) e imparte importantes lecciones prácticas para nosotros (nuestro alto llamado conlleva obligaciones santas). Haríamos bien en aprender de los caminos de Dios entre los hombres.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Kenneth L. Gentry, Jr.
Kenneth L. Gentry, Jr.

El Dr. Kenneth L. Gentry, Jr. es un ministro presbiteriano jubilado, autor de numerosos libros de teología y estudios bíblicos y conferencista que ha hablado en toda América, en el Caribe y en Australia. Es un cristiano conservador, evangélico y reformado.

SOLO LOS HOMBRES PUEDEN SER PASTORES

Lumbrera

SOLO LOS HOMBRES PUEDEN SER PASTORES

TOM HICKS

Publicado originalmente en inglés, Only Men May be Pastors

A pesar del hecho de que parece cada vez más de moda en nuestros días decir que las mujeres pueden ser pastoras, la Biblia es clara de que el liderazgo pastoral está restringido a hombres bíblicamente calificados. Este post examinará 1 Timoteo 2:12-14, uno de los textos bíblicos clave sobre el liderazgo pastoral solo para hombres, y responderá a algunos de los esfuerzos feministas evangélicos más populares para socavar la enseñanza de estos versículos.

La Enseñanza Bíblica

En 1 Timoteo 2:12-14 Pablo dice:

No permito que una mujer enseñe o ejerza autoridad sobre un hombre; más bien, debe permanecer callada. Porque Adán fue formado primero, luego Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer fue engañada y se convirtió en transgresora”.

Pablo escribe estas palabras en el contexto de una epístola pastoral. Él está escribiendo a Timoteo para enseñarle acerca del ministerio pastoral en la iglesia, lo que significa que estos versículos necesitan ser leídos bajo esa luz. Se aplican al liderazgo de la iglesia, específicamente al liderazgo pastoral.

Dos prohibiciones

Pablo dice que a las mujeres se les prohíbe enseñar o ejercer autoridad sobre los hombres en la iglesia. Es importante entender que Pablo no prohíbe a las mujeres enseñar en todos los contextos (Tito 2:3; Hechos 18:25-26), solo enseñar la Biblia a los hombres en la iglesia.

Note que Pablo prohíbe a las mujeres hacer dos cosas distintas. Primero, las mujeres no pueden enseñar la Biblia a los hombres en la iglesia. Segundo, las mujeres no pueden ejercer autoridad sobre los hombres en la iglesia. Enseñar y ejercer autoridad en la iglesia son las dos responsabilidades principales de los ancianos, pastores u obispos. Por lo tanto, las mujeres no deben ocupar el cargo de pastor, pero tampoco deben desempeñar estas funciones particulares de pastor sobre los hombres en la iglesia.

Un comando positivo

Además de las dos prohibiciones de Pablo, da un mandato positivo a las mujeres en la iglesia. Él dice en el versículo 12 que las mujeres deben “permanecer calladas”. Pablo no le está diciendo a las mujeres que tal vez nunca hablen en la iglesia en absoluto. Más bien, sus palabras deben entenderse en contexto. Quiere decir que cuando se trata de enseñar y ejercer autoridad sobre los hombres en la iglesia, las mujeres deben “permanecer calladas” (1 Tim 2, 12). Esto es similar a la enseñanza de Pablo en 1 Corintios 14:34-35, donde dice:

“Las mujeres deben guardar silencio en las iglesias. Porque no se les permite hablar, sino que deben estar en sumisión, como también dice la ley. Si hay algo que deseen aprender, que pregunten a sus maridos en casa. Porque es vergonzoso que una mujer hable en la iglesia”.

Muchos han entendido mal estos versículos para decir que las mujeres no deben hablar en la iglesia en absoluto. Pero el contexto de 1 Corintios 14 se trata de hablar en lenguas proféticas y la necesidad de interpretarlas en el servicio de adoración de la iglesia. En los versículos 34-35, Pablo está diciendo que las mujeres no deben estar involucradas en la profecía o la interpretación de la profecía en el servicio de adoración de la iglesia. En estos asuntos, deben “guardar silencio”. En otras palabras, no deben ser parte del ministerio de enseñanza de la iglesia, ni deben ejercer autoridad sobre los hombres, cuando la iglesia se reúna. Pablo está diciendo lo mismo en 1 Corintios 14 que dice en 1 Timoteo 2.

Los dos terrenos lógicos del comando

Pablo proporciona dos motivos distintos para que su mandato a las mujeres permanezcan calladas cuando se trata de enseñar y ejercer autoridad sobre los hombres en la iglesia. La palabra “para” en el versículo 13 significa que si queremos saber las razones por las que Pablo está argumentando de la manera en que es, debemos continuar leyendo.

  1. El orden de creación es la primera razón que Pablo da para prohibir a las mujeres enseñar o ejercer autoridad en la iglesia. Pablo no basa su mandato en consideraciones culturales o en un problema particular con las mujeres en la iglesia de Éfeso. Más bien, basa su mandato en la creación. Él dice que la razón por la que las mujeres no deben enseñar o ejercer autoridad sobre los hombres en la iglesia es que “Adán fue formado primero, luego Eva” (1 Tim 2:13). Pablo quiere decir que Dios estableció a Adán como la cabeza y autoridad de su esposa, Eva. Dios diseñó a los hombres para guiar (1 Cor 11:3, 8-9).
  2. La naturaleza de las mujeres es la segunda razón que Pablo da para prohibirles enseñar o ejercer autoridad en la iglesia. Pablo dice: “Adán no fue engañado, sino que la mujer fue engañada y se convirtió en transgresora” (1 Tim 2, 14). Pablo está diciendo algo sobre la constitución natural de hombres y mujeres, que los hombres como clase están naturalmente más preparados para enseñar y tienen autoridad en la iglesia, pero las mujeres no lo están. Wayne Grudem dice: “Este es, con mucho, el punto de vista más común en la historia de la interpretación de este pasaje” (Feminismo Evangélico y Verdad Bíblica 70).

Pero, ¿por qué las mujeres son naturalmente más propensas a ser engañadas que los hombres? Es cierto que no todas las mujeres tienen más probabilidades de ser engañadas que todos los hombres. Y es cierto que algunos hombres tienen más probabilidades de ser engañados que algunas mujeres. Pero la mayoría de los intérpretes en la historia de la iglesia han entendido este pasaje para enseñar que, en general, las mujeres tienen más probabilidades de ser engañadas que los hombres. En “Una historia de la interpretación de 1 Timoteo 2”, Dan Doriani dice:

“Ambas partes [feministas y tradicionalistas] señalan que las mujeres tienden hacia el enredo, lo que implica una falta de voluntad para ver y condenar duras verdades sobre sus seres queridos. Conscientes de muchas excepciones individuales a la regla, [tanto feministas como tradicionalistas] a veces dicen que las mujeres generalmente tienen más interés en las personas y menos interés en el análisis racional separado de las ideas. Pero la capacidad de evaluación desprendida y crítica es absolutamente esencial para discernir y erradicar la herejía, para llevar a cabo la disciplina en la iglesia… También podemos reconocer la variedad en la naturaleza humana, sin etiquetar nada inferior o superior. En este punto de vista, debido a que las mujeres generalmente se centran en las relaciones más que en el análisis racional abstracto, el enredo en las relaciones podría comprometer la voluntad de una mujer de arrancar de raíz la herejía en la iglesia” (264-265).

Por lo tanto, Pablo explica que las mujeres no deben enseñar la Biblia ni ejercer autoridad sobre los hombres en la iglesia por razones del orden de la creación y la naturaleza humana. Dios creó a Adán primero, y luego a Eva, estableciendo a Adán como la cabeza y autoridad sobre su esposa. Además, Eva fue engañada por la serpiente, no por Adán.

Algunas objeciones feministas evangélicas

Habiendo examinado brevemente el significado del pasaje, consideremos algunas de las principales interpretaciones erróneas feministas de 1 Timoteo 2:12-14. Estos se extraen su mayoría del libro de Wayne Grudem, Countering the Claims of Evangelical Feminism, y las referencias de la página citadas a continuación son de ese libro.

Las mujeres estaban enseñando falsa doctrina (161-167). Algunas feministas afirman que las mujeres estaban enseñando falsa doctrina en Éfeso, por lo que Pablo les prohibió enseñar. Las feministas continúan argumentando que el comando de Paul era situacional y no se aplica a nosotros hoy en día. El problema con este punto de vista es que los únicos maestros falsos nombrados en 1 Timoteo son los hombres, Himeneo, Alejandro y Fileto (1 Tim 1:19-20; 2:17-18). Otro problema con este punto de vista es que hace que Pablo sea injusto. Hubiera sido un error prohibir a todas las mujeres enseñar porque unas pocas mujeres estaban enseñando falsa doctrina. Además, si Pablo prohibió a todas las mujeres enseñar porque algunas mujeres estaban enseñando herejía, entonces la coherencia exigiría que Pablo también prohibiera a todos los hombres enseñar porque algunos hombres también estaban enseñando herejía (1 Tim 1:19-20).

Las mujeres no fueron educadas (168-174). Algunas feministas argumentan que Pablo prohíbe a las mujeres enseñar a los hombres en la iglesia en 1 Timoteo 2 en Éfeso porque carecían de una educación formal. El problema más evidente con este punto de vista es que la Biblia en ninguna parte requiere educación formal como requisito previo para enseñar en la iglesia. Además, la mayoría de las personas en los días de Pablo tenían una educación básica, pero pocos hombres o mujeres tenían educación más allá de eso. Por lo tanto, si Pablo prohibiera a las mujeres enseñar en la iglesia por falta de educación, entonces tendría que prohibir a los hombres también.

Las esposas no deben enseñar o tener autoridad sobre sus propios esposos (175-178). Algunos han argumentado que Pablo solo está prohibiendo a las esposas enseñar o ejercer autoridad sobre sus propios esposos en 1 Timoteo 2:12-14. Mientras que las palabras griegas para “hombre” y “mujer” se pueden traducir como “marido” y “esposa”, eso es muy poco probable en este pasaje por dos razones. Primero, el contexto de estos versículos es una epístola pastoral en la que Pablo está explicando la conducta adecuada dentro de las iglesias, no los matrimonios. El pasaje en cuestión viene justo antes de una discusión de los oficiales en la iglesia local; por lo tanto, tiene más sentido tomar 1 Timoteo 2:12-14 como refiriéndose al liderazgo de la iglesia. En segundo lugar, cuando las palabras griegas para “hombre” y “mujer” se traducen como “marido” y “esposa”, el contexto proporciona pistas que indican tal traducción. Este pasaje no contiene tales pistas.

Un comando temporal (179-182). Algunas feministas argumentan que cuando Pablo dice: “No lo permito” en 1 Timoteo 2:12, está usando un mandamiento en tiempo presente, que debe entenderse como “Ahora no lo permito”. Pero este argumento malinterpreta cómo Pablo usa los mandamientos en tiempo presente. Hay muchos ejemplos de Pablo usando mandamientos en tiempo presente que están lejos de ser temporales. “Osto [tiempo presente] a que súplicas” (1 Tim 2, 1), “Os ruego [tiempo presente], pues, hermanos, por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo” (Rom 12, 1), “Yo, pues, preso por el Señor, os ruego [tiempo presente] que andéis de una manera digna de la vocación a la que habéis sido llamados” (Ef 4, 1). Claramente, el tiempo presente de un comando no implica que sea temporal.

Nadie prohíbe las joyas o las trenzas (199-201). Algunas feministas argumentan que la mayoría de los intérpretes toman las instrucciones de Pablo sobre joyas y trenzas en los versículos 9-10 como que ya no son aplicables hoy en día. Por lo tanto, dicen las feministas, no debemos tomar las instrucciones de Pablo en los versículos 11-14 sobre las mujeres que no enseñan o tienen autoridad sobre los hombres como corresponde hoy en día tampoco. El problema con este punto de vista es que 1 Timoteo 2:9-10 no prohíbe las joyas o el cabello trenzado. Dice que las mujeres no deben “adornarse” con ropa, como joyas o trenzas, sino con piedad. Pablo está advirtiendo contra las mujeres que hagan de cualquiera de sus ropas su adorno (literalmente kosmos o “mundo”), en lugar de piedad y buenas obras. Estos versículos se aplican tanto hoy como lo hicieron en el tiempo de Pablo.

Las mujeres no eran respetadas como líderes religiosas. Algunas feministas han argumentado que Pablo prohibió a las mujeres enseñar y ejercer autoridad en Éfeso para acomodar a la iglesia a la cultura de su época. Argumentan que las mujeres en los días de Pablo no habrían sido aceptadas como maestras religiosas; por lo tanto, para evitar ofender a los hombres, Pablo prohibió a las mujeres enseñar para llegar a los hombres de la cultura para Cristo. Un problema importante con este punto de vista es que las mujeres eran líderes religiosas aceptadas en los días de Pablo. Las sacerdotisas paganas eran comunes. Otro problema es que sugiere que la iglesia debe acomodar sus prácticas a creencias falsas y dañinas del mundo.

El problema general con todas estas interpretaciones erróneas feministas es que surgen de la especulación o las conjeturas subjetivas y carecen de cualquier apoyo real del texto o del trasfondo histórico. Además, todas estas interpretaciones erróneas ignoran los motivos reales que Pablo mismo proporciona para el mandato que da, que involucran las realidades fijas del orden de la creación y la naturaleza humana.

En conclusión, la Biblia es clara en que solo los hombres deben ser pastores en una iglesia local y solo los hombres deben realizar los deberes de enseñar la Biblia a los hombres y ejercer autoridad sobre los hombres dentro de la iglesia. Las razones de las interpretaciones feministas evangélicas de 1 Timoteo 2:12-14 no surgen del texto en sí, sino de compromisos extranjeros que no se encuentran en el pasaje.

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¿Cómo mi orgullo afecta a mis hijos?

Soldados de Jesucristo Blog

¿Cómo mi orgullo afecta a mis hijos?

Por Heber Torres

Hace algunos años, la prensa internacional se hacía eco del fallecimiento de un acaudalado joven portugués. Además de lo precoz de su partida (solamente tenía 42 años), lo que más llamó la atención de los periodistas fue la historia que este hombre escondía detrás. Una suculenta fortuna figuraba a nombre de Luis Carlos de Noronha Cabral da Camara, un enigmático individuo que nunca se casó ni tuvo hijos. Solo y sin herederos, el excéntrico millonario había escogido una fórmula verdaderamente disparatada para determinar quiénes serían los beneficiarios de su patrimonio. Ni corto ni perezoso, agarró una guía telefónica y de entre el total de los inscritos seleccionó a setenta ciudadanos “anónimos” como legítimos herederos. La sorpresa para todos y cada uno de los premiados el día en que los citaron para el reparto fue mayúscula. Pero la variedad de bienes legados no resultó menos insólita: lujosos apartamentos, coches, dinero y hasta pistolas de coleccionista.

Los que somos padres no necesitamos recurrir a la guía telefónica –¡si es que todavía existen! – para escoger a nuestros herederos. La cuestión no es tanto a quiénes, sino cuál será el legado que dejaremos a nuestros hijos. No estoy pensando en bienes materiales. Estos vienen y van, se deprecian y se devalúan, y por mucho que nos afanemos nunca podrán trasladarse más allá de la esfera de lo efímero y lo temporal. Seamos ricos o pobres, tengamos más o menos posibilidades económicas, los padres ejercemos una influencia tan poderosa como duradera en la vida de aquellos sobre los que Señor nos ha puesto. Salomón era muy consciente de que no es necesario, ni sabio, confiar y esperar al testamento para comenzar a influir en la vida de nuestros hijos (Proverbios 22:6). En ese sentido, cada día “repartimos” nuestra herencia haciéndoles receptores y consignatarios de nuestras decisiones, reacciones, instrucciones, así como de nuestras palabras. Como aprendices natos que son, ellos observan y se empapan de lo que somos, de lo que hacemos y de cómo lo hacemos. Al punto que cada interacción que tenemos con ellos impacta, moldea y configura su carácter. ¡Qué gran responsabilidad!

En 2 Timoteo 3, Pablo advierte a su pupilo Timoteo acerca del tipo de hombres que abundarán en esta era en la que nos ha tocado vivir, particularmente refiriéndose a aquellos que ocupan una posición de liderazgo e influencia. Entre otras muchas “lindezas” los describe como calumniadores, desenfrenados, salvajes, aborrecedores de lo bueno…. Pero en toda esta lista cada vez más degradante también coloca a los que manifiestan actitudes aparentemente menos “escandalosas” y que se encuentran estrechamente ligadas a lo que conocemos como “orgullo”. El apóstol comienza por los que son amadores de sí mismos, y, del mismo modo, incluye a los jactanciosos, a los soberbios o a los envanecidos. Y es que, finalmente, los que tienen tal alto concepto de sí mismos, terminan también por tener una mente depravada y ser reprobados en lo que respecta a la fe (2 Timoteo 3:7). Definitivamente no quisiéramos que esta clase de personas, ejercieran influencia alguna en la vida de nuestros hijos. Mucho menos ser nosotros los que actuaran de un modo tan orgulloso. Pero, tristemente, se trata de un comportamiento habitual en muchos hogares. Ya sea por alardear nuestros logros buscando la adulación y las lisonjas de nuestra familia, o porque somos incapaces de reconocer nuestros errores y limitaciones, los padres podemos estar actuando de manera orgullosa. Y, por ende, lanzando un mensaje a nuestros hijos que dista mucho de ser el adecuado como súbditos del Rey de reyes.

  1. El orgullo ante el éxito

La Biblia nos enseña que hemos de esforzarnos en aquello que emprendemos, como esa hormiga que es responsable aun cuando nadie la vigila ni le obliga a ello (Proverbios 6:6–8). En un mundo orientado al entretenimiento y dónde muchos viven entregados a la ley del mínimo esfuerzo, como padres debemos ser un ejemplo de dedicación y empeño en todo lo que el Señor traiga a nuestro camino. Pero lejos de jactarnos en aquello que logramos, cuando conocemos a Aquel que nos da la vida queremos vivirla según Su voluntad (Jeremías 9:23–24). El Espíritu de Dios nos recuerda que es Dios mismo el que produce en nosotros tanto el querer como el hacer (Filipenses 2:13). Por eso lo hacemos todo para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31). En palabras de Jerry Bridges:

“Desde el punto de vista humano podría parecer que hemos triunfado como resultado de nuestra gran tenacidad y trabajo arduo. Pero ¿quién nos dio ese espíritu emprendedor y buen juicio para lograrlo? Dios. A los corintios orgullosos Pablo les escribió ‘Porque ¿quién te distingue? ¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?’ (1 Corintios 4:7). Por lo tanto, ¿qué tienes que no hayas recibido? Nada. Todo lo que tienes es un regalo de Dios. Nuestro intelecto, nuestras habilidades y nuestros talentos naturales, la salud y las oportunidades para triunfar vienen del Señor.”

No importa cuán imponente llegue a ser nuestro logro. Por más atractivo que resulte a la vista, el orgullo, cual ponzoña imperceptible, lo contamina hasta convertirlo en un fruto venenoso. Aquello que podría haber despertado el respeto o la admiración de nuestros seres queridos; eso en lo que hemos invertido tiempo, esfuerzo y dedicación; lo que, en definitiva, el Señor nos permite alcanzar, queda oscurecido y mancillado en el momento en el que nos hinchamos ocupando el lugar que no nos corresponde. Nuestra altanería, en lugar de elevarnos, nos hace descender al terreno de lo mediocre, esto es, allí dónde la insolencia y la vanidad campan a sus anchas. Sin embargo, bien sea en lo extraordinario o en lo recurrente, hemos de recordar cuál es nuestra verdadera posición, sabiendo que aun el aire que respiramos es resultado de la gracia de Dios. En lo mismo que el Señor Jesucristo instruyó a sus discípulos, debemos enseñar a nuestros hijos. Una vez, eso sí, que sea una realidad para nosotros primero: “Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha ordenado, decid: Siervos inútiles somos, hemos hecho solo lo que debíamos haber hecho”. (Lucas 17:10).

Cada conquista, cada objetivo cumplido, nos proporciona una doble oportunidad de trasladar un ejemplo piadoso a nuestros hijos. Por un lado, siendo responsables ante lo que el Señor nos ha encomendado y, al mismo tiempo, dándole la gloria a Aquel que nos ha permitido llevarlo a cabo.

  1. El orgullo ante el fracaso

Pocos escritores bíblicos han expuesto el peligro del orgullo con la claridad con la que Salomón lo hace en el libro de Proverbios. Además de insistir en la importancia de mantener una actitud humilde delante de Dios (y el prójimo), repetidamente nos advierte del peligro de dejarnos seducir por el orgullo. Resulta significativo que tanto su padre como su hijo experimentaron una gran paliza como resultado de su altivez.

El rey David es, sin duda, uno de los personajes bíblicos más conocidos. A pesar de sus talentos y la admiración que despertaba en sus contemporáneos, este hombre mantuvo una conducta humilde durante gran parte de su vida. Sin embargo, ya casi al final de su trayectoria la magnitud de su dominio lo deslumbró. En 1 Crónicas 21 se nos relata como David, incitado por Satanás y desoyendo las advertencias de sus colaboradores más cercanos, quiso censar al pueblo con la idea de cuantificar su grandeza. Algunos años más tarde, su nieto Roboam, heredero de un reino todavía mayor, se creía infinitamente superior a todos sus gobernados. Al igual que lo había hecho su abuelo, desoyó el consejo de los sabios, pero fue mucho más allá, hasta oprimir al pueblo sin miramientos a fin de imponer su hegemonía (2 Crónicas 10).

Ambas decisiones fueron motivadas por un orgullo ciego y las consecuencias resultaron fatales, tanto para el pueblo como para las familias de estos hombres. Sin embargo, sus respuestas al fracaso resultaron diametralmente distintas. Roboam se afirmó en su dictamen y terminó por dividir un reino que nunca más se volvería a juntar. David, en cambio, reconoció su maldad, y concluyó aquel incidente ofreciendo holocaustos a Dios en la era de Ornán. Pero no solamente eso. Toda aquella situación lo movió a poner en marcha lo necesario para la construcción del Templo– obra que finalmente encargaría a su hijo Salomón– y a hacer esta confesión: “Él ha entregado en mi mano a los habitantes de la tierra, y la tierra está sojuzgada delante del Señor y delante de su pueblo” (1 Crónicas 22). ¡Qué actitud tan sumisa! Salomón fue testigo del fracaso de su padre, pero también de su sincera humillación. Una humillación que lo impulsó a invertir sus mejores recursos en la mayor construcción que el pueblo de Israel jamás ha conocido, haciendo a su hijo parte integral de ese proceso.

Evita la jactancia en tus triunfos y el engreimiento en tus fracasos. Y en todo lo que emprendas da a Dios la gloria debida a Su Nombre. De esa forma, además de vivir en obediencia, estarás legando a tus hijos un tesoro formidable con valor en este mundo y en el venidero.

Heber Torres

Heber Torres

Heber Torres (M.Div.) es profesor de teología en el Seminario Berea (León, España) y pastor en la Iglesia Evangélica de Marín (España). Dirige el sitio «Las cosas de Arriba», que incluye podcast y blog. Está casado con Olga y juntos tienen tres hijos: Alejandra, Lucía y Benjamín.

Principados y potestades

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo I

Principados y potestades

Por Chris Schlect

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo I

Los lectores atentos de la Biblia deberían preguntarse qué sucedió entre Malaquías y Mateo. El Antiguo Testamento cierra con el pueblo de Dios acabando de regresar a su tierra palestina. Hablan y escriben el idioma hebreo en un mundo dominado por los persas. Pasando la página hacia el Nuevo Testamento, vemos al mismo pueblo todavía en Palestina, pero ahora el idioma que ellos hablan y escriben es el griego, no el hebreo, y los romanos, no los persas, están a cargo. Entre los Testamentos, el centro de la civilización se desplazó desde el valle del Tigris-Éufrates hasta el Mediterráneo. Comprender este cambio es entender el mundo en el que fue establecida la Iglesia del primer siglo.

La lengua griega y las formas de pensamiento que vinieron con ella fueron la herencia directa de Alejandro III de Macedonia. Alejandro partió de Grecia en el 335 a. C. para arrebatarle Asia a los persas. Su campaña lo llevó por el extremo oriental del Mediterráneo, derrotando a los persas en Issos, luego sitiando a Tiro y Gaza por la costa. Josefo nos dice que fue en esta etapa de su campaña, en 332 a. C., que Alejandro vino a Jerusalén. Allí honró al sumo sacerdote y reconoció al Dios de ese sacerdote como el que le estaba concediendo la victoria sobre los persas. Cuando a Alejandro le presentaron la profecía de Daniel de que los griegos derrotarían al Imperio persa, creyó que él mismo era el cumplimiento de esa profecía y le concedió favores a los judíos. 

El mundo al cual vino Cristo, y en el que se difundió Su evangelio, fue preparado de antemano por Aquel que levanta y derriba a las naciones según Su beneplácito.

Sin embargo, el resultado permanente de la conquista de Alejandro no fue tan grato para los judíos. En solo 11 años, convirtió en griego al mundo conocido, pero no vivió para reinar sobre su imperio. En el 323 a. C., Alejandro, ya en su lecho de muerte con solo 33 años de edad, dividió su vasto reino entre sus oficiales. Por más de un siglo después, Palestina fue disputada en un tira y afloja entre dos de las dinastías que Alejandro creó: los ptolomeos de Egipto y los seléucidas de Siria y Asia. A este conflicto en Palestina se sumó la presión cultural y política para que los judíos adoptaran las costumbres griegas, un proceso llamado «helenización». El rey seléucida Antíoco III (el Grande) finalmente le arrebató Palestina a los ptolomeos en 198 a. C., y su hijo, Antíoco IV (Epífanes), intensificó la campaña de helenización. Josefo explica que este Antíoco más joven profanó el templo de Jerusalén de la manera más abominable: lo convirtió en un santuario para Zeus y sacrificó cerdos al dios griego en el Lugar Santísimo. Antíoco Epífanes también prohibió la circuncisión y otras prácticas de la ley judía y ordenó quemar las Escrituras judías. Así inició la incesante hostilidad religiosa entre los judíos monoteístas de Palestina y los griegos. Esta hostilidad continuaría en el período romano y daría forma a la Iglesia del primer siglo como veremos. 

Muchos judíos claudicaron en sus convicciones y siguieron el programa coercitivo de helenización de Antíoco Epífanes, pero algunos se negaron. Un grupo patriótico de judíos rebeldes temerosos de Dios se alzó bajo el liderazgo de Judas Macabeo. Judas y sus tropas rebeldes bien entrenadas retomaron Jerusalén y rechazaron a la oposición seléucida. Él se convirtió en el fundador de una nueva dinastía gobernante independiente, los asmoneos (nombrados en honor a uno de los antepasados ​​de Judas). El 14 de diciembre de 164 a. C., Judas limpió el templo de la profanación griega, y las lámparas del templo se encendieron una vez más en el nombre de Yahvé. Este evento se conmemoró a partir de ese entonces en la fiesta judía de la dedicación (o «Jánuca», que significa «luces»). Años después, Jesús mismo estuvo en Jerusalén durante esta celebración (Jn 10:22). Jánuca es una metáfora adecuada para el contexto cultural de la Iglesia del primer siglo, ya que el festival nos recuerda la hostilidad entre la religión de Abraham y Jesús, por un lado, y las creencias grecorromanas establecidas, por el otro. 

Alejandro Magno desvió la atención del mundo hacia el oeste, desde Susa hasta Grecia. Pronto se movería aún más al oeste, a Roma. En los días de Alejandro, Roma se distinguía a sí misma por las victorias sucesivas y la ampliación del territorio en la lejana península italiana. A diferencia de otros imperios antiguos, Roma trató a sus enemigos conquistados como aliados, en lugar de esclavos. Cuando la guerra con Cartago añadió Sicilia, Córcega y Cerdeña a sus dominios (241-238 a. C.), los romanos formularon un esquema eficiente para gobernar a los súbditos distantes: organizaron «provincias», territorios con magistrados especiales asignados a cada uno de ellos. 

Fue en el 63 a. C. que Judea quedó bajo el dominio romano como parte de la provincia de Siria. Para ese entonces, Roma había derrotado a los cartagineses en el norte de África y España, y a los macedonios en Grecia, convirtiendo así el Mediterráneo en un lago latino. Del 67 al 62 a. C., Pompeyo el Grande intensificó el control romano en Siria y Asia. El historiador romano Tácito nos dice que cuando Pompeyo llegó a Jerusalén, entró en el templo, un acto que pensó era su prerrogativa por derecho de conquista. Se presume que él quería proclamar que la pequeña deidad de los judíos había sido vencida por los dioses superiores de Roma. Al igual que los griegos, los romanos aceptaban a dioses desconocidos, siempre que se diera el debido honor a los dioses de Roma. Esto, a menudo trajo conflicto entre judíos y cristianos y sus amos. 

Los judíos no solo eran extraños, sino también fastidiosos. Roma gobernó Judea durante la dinastía de los asmoneos y luego la de los herodianos, pero una actitud rebelde se agudizaba entre los orgullosos judíos. Al reconocer su inestabilidad, Roma hizo de Judea una provincia autónoma en el año 6 d. C. y asignó su gobierno a una sucesión de prefectos. Poncio Pilato (26-36 d. C.) fue el tercero de ellos, y por lo menos fue tan incompetente como cualquiera de los que ocuparon el cargo. Los herodianos gobernaron un vasto territorio bajo Herodes el Grande (37-4 a. C.). Herodes fue sucedido por sus hijos, Felipe el Tetrarca (4 a. C.-34 d. C.) quien gobernó la parte norte del territorio de su padre, y Herodes Antipas (4 a. C.-39 d. C.), quien es a menudo mencionado en los Evangelios y que gobernó en el sur. Cuando Felipe el Tetrarca murió, su territorio fue anexado a la provincia de Siria. Pero tres años después, en 37 d. C., el emperador Calígula separó ese mismo territorio de Siria y se lo dio a un sobrino de Herodes Antipas y Felipe, Agripa I (37-44 d. C.). El emperador Claudio expandió el territorio de Agripa para que fuera tan vasto como el de Herodes el Grande, y le confirió el título de «rey». 

Estos fueron los primeros años del Imperio romano. A lo largo del primer siglo antes de Cristo, el mundo romano fue devastado por la guerra civil. Los militares de alto rango tenían más poder como individuos que el mismo Senado romano, puesto que las legiones que dirigían eran más devotas a sus generales que a Roma. Cuando Mario luchó contra Sila, las tropas romanas llegaron de hecho a marchar contra la ciudad de Roma. Más tarde, César llevó a sus legiones desde la Galia a Roma para luchar contra el poderoso Pompeyo. Finalmente, Marco Antonio y su aliada amante egipcia, Cleopatra, fueron derrotados por Octavio. El polvo se había asentado, y Octavio era el último hombre en pie. La paz finalmente había regresado a Roma, y ​​en el 27 a. C. el Senado le confirió a Octavio el título de «Augusto». Las vastas fronteras del imperio estaban protegidas. Las carreteras estaban bien construidas y eran seguras, y las rutas marítimas habían sido purgadas de piratas. La justicia era administrada con imparcialidad y eficiencia (de acuerdo a los estándares antiguos). Roma se veía hermosa, y Horacio y Virgilio proclamaban una nueva era de paz. En la remota Judea, nacía un Salvador. 

Muchos judíos despreciaban el gobierno herodiano y romano y esperaban que Yahvé los liberara de sus opresores. Algunos eran radicales —los zelotes— que estaban dispuestos a tomar las armas contra Roma al igual que los jueces de antaño habían hecho contra sus opresores, y como Judas Macabeo había hecho contra los seléucidas. Del otro lado estaban los recaudadores de impuestos, que eran vistos como traidores a Israel. 

Recuerda que los orígenes de la Iglesia fueron judíos. «La salvación es de los judíos», dijo Jesús (Jn 4:22). Jesús mismo era judío, Sus primeros seguidores eran judíos, y la Iglesia se fundó sobre el evangelio que fue predicado a nuestro padre Abraham (cf. Gal 3:7-9Ef 2:11-13). Cuando los cristianos comenzaron a llamar la atención en el siglo I, fueron identificados por los de afuera, y con razón, como una secta que había surgido desde dentro del judaísmo. 

Irónicamente, fue de los mismos judíos de donde vino la hostilidad más intensa contra los cristianos del primer siglo. Al principio, cualquier estigma que el mundo pagano le había adjudicado al judaísmo le fue etiquetado también al cristianismo. Tácito dijo que los cristianos fueron «odiados por sus abominaciones» y calificó su punto de vista como «una superstición muy maliciosa». En Roma, el emperador Nerón aprovechó el desdén popular hacia los cristianos para culparlos del incendio de Roma. Él iluminaba sus fiestas de jardín con antorchas de cristianos en llamas. 

Al igual que sus padres hebreos, los cristianos del primer siglo fueron despreciados. Sin embargo, ellos vinieron a un mundo preparado por Dios para una extensión generalizada del evangelio. El mundo estaba bajo una ley: la de Roma. El mundo hablaba una lengua cosmopolita: el griego de Alejandro Magno. Los caminos y las rutas marítimas eran seguras. El mundo al cual vino Cristo, y en el que se difundió Su evangelio, fue preparado de antemano por Aquel que levanta y derriba a las naciones según Su beneplácito.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine
Chris Schlect
Chris Schlect

El Dr. Chris Schlect es profesor de historia en New Saint Andrews College y anciano en Christ Church en Moscow, Idaho.

La Gloriosa Respuesta de Dios al Mal de Nuestros Días

Evangelio Blog

La Gloriosa Respuesta de Dios al Mal de Nuestros Días

Scott Christensen

COVID-19. Cierres injustos. Iglesias cerradas. Amenazas a la libertad religiosa. Fraude electoral. Disturbios desenfrenados. Disturbios civiles. Desfinanciación de la policía. Falsos profetas de la justicia social. Confusión de género. Degeneración sexual. Cultura de la anulación. Noticias falsas. Vivimos días oscuros y todo indica que se harán más oscuros. Además de estos males sociales, muchos están experimentando un aumento de los problemas personales. Matrimonios rotos. Hijos descarriados. Empleos perdidos. Fracasos financieros. Separaciones de la iglesia. Enfermedades mortales. El miedo y la incertidumbre aumentan. La ansiedad impregna el aire que respiramos. Si nuestra sociedad tenía alguna noción sobre la bondad inherente de la humanidad, esas nociones se están haciendo añicos. Invocar la palabra «mal» ya no se considera ingenuo o equivocado. Al igual que las numerosas cabezas de Hidra, el mal está surgiendo en múltiples direcciones y tiene a todo el mundo en vilo, incluidos los fieles seguidores de Cristo.

¿Cómo dar sentido a las nubes negras que parecen descender sobre el paisaje? En el último año nos hemos visto empujados directamente a un espinoso enigma teológico llamado el problema del mal. ¿Cómo puede un Dios supremamente bueno, sabio y poderoso permitir que todo tipo de pecado, calamidad, enfermedad, corrupción, decadencia, muerte y caos contaminen la creación que Él hizo con tan singular belleza y perfección? Lo que creó al principio era bueno, «muy bueno» (Génesis 1:31). Ahora es malo, muy malo. ¿Por qué permitió Dios la caída de nuestros padres primordiales? ¿Por qué no impidió que la siniestra serpiente se deslizara en el jardín del Edén para tentar a Adán y Eva? Seguramente Dios podría haber intervenido, para evitar que la pareja lo arruinara todo. O, una vez hecho el daño, podría haber empezado de nuevo -como hizo con Noé- y haber creado una humanidad nueva y mejorada, incapaz de desertar.

Dios no hizo nada de eso. En cambio, dejó que el sufrimiento maligno e inútil infectara cada elemento de su creación. ¿Por qué? ¿Qué buen plan podría tener?

Aportar respuestas definitivas al clásico problema del mal se conoce como «teodicea», palabra que proviene de los términos griegos para Dios (theos) y justicia (dike). Una teodicea es un intento de «justificar a Dios» y las razones que tiene para permitir, y nos atrevemos a decir, ordenar el mal para arruinar su buena creación. Examinar el problema del mal y buscar en las Escrituras una teodicea no es un ejercicio vacío de especulación. Más bien es una forma de considerar precisamente quién es Dios y por qué creó el mundo en primer lugar. Una teodicea no tiene por qué ser un enfoque morboso sobre el mal y sus innumerables expresiones de malevolencia. Irónicamente, el mal sirve para resaltar la gloria suprema del Creador y Señor del universo. La revelación que Dios ha dado de sí mismo en las páginas de su Palabra divinamente inspirada nos ayuda no sólo a dar sentido a la existencia y a la omnipresencia del mal en el mundo y en nuestras vidas, sino que coloca el plan de Dios para la creación en plena exhibición ante sus criaturas para que podamos maravillarnos de la magnificencia de Dios. Ninguna teodicea será eficaz si no representa correctamente esa naturaleza del Dios que es.

Dios es Santo

Una buena teodicea debe comenzar con una mirada atenta a los atributos de Dios, particularmente a su santidad. La santidad de Dios habla de su alteridad, de su separación. Dios es santo en cuanto a que está separado en su justicia desenfrenada, pero también es santo en cuanto a que está separado en su propio ser como Dios trascendente que mora en «luz inaccesible» (1 Tim. 6:16) muy por encima de la creación y de sus criaturas. Los serafines del cielo gritan: «Santo, Santo, Santo, es el Señor de los ejércitos, toda la tierra está llena de su gloria» (Isaías 6:3). Toda la creación está en sumisión y temor al Todopoderoso. Los límites del ser de Dios están más allá del descubrimiento (Job 11:7). Dios es conocible, pero sus profundidades están mucho más allá de nuestra capacidad de comprensión. «¡Oh, la profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! Cuán insondables son sus juicios e insondables sus caminos». (Rom. 11:33). Al encontrarnos con un Dios así, con el negro telón de fondo del mal, es inevitable que nos encontremos con tensiones y misterios inesperados.

Dios es Bueno

Por ejemplo, sabemos que Dios se caracteriza por su bondad pura. Nada puede impedir su «abundante bondad» (Sal. 145:7). Como dice la Confesión Belga, Él es la «fuente desbordante de todo bien». Dios no puede tener ningún pensamiento malo. Ni siquiera puede ser tentado por el mal, ni puede tentar a otros a lo mismo (Santiago 1:13). Además, Dios es omnisciente y la fuente misma de toda sabiduría y conocimiento (Col. 2:3). Él conoce cada detalle de cada movimiento de todo y todo lo que ocurre en el espacio y el tiempo desde el principio hasta el final sin excepción. Nada se le escapa. El siniestro plan de la serpiente no sorprendió al omnisciente. La desobediencia de Adán y Eva no cogió a Dios desprevenido. De hecho, es todo lo contrario.

Dios es Soberano

Estos atributos ayudan a sentar las bases para enfrentarse a la soberanía omnímoda de Dios. Escuche a Isaías mientras registra la revelación de Dios de su señorío sobre la creación y la historia.

9 Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, 10 que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero; 11 que llamo desde el oriente al ave, y de tierra lejana al varón de mi consejo. Yo hablé, y lo haré venir; lo he pensado, y también lo haré. (Isa. 46:9-11)

Dios comienza esta revelación de sí mismo enmarcando sus palabras en el contexto de su santidad trascendente. Sólo Él es Dios. No hay otro. Nadie puede ser comparado con Él. Por eso, sólo Él puede ordenar todas las cosas desde el principio hasta el final, y asegurar providencialmente que su plan para la historia se desarrolle precisamente como lo planeó para «cumplir todo» Su «beneplácito».

Sabemos que todo lo bueno debe atribuirse al Padre de las Luces (Santiago 1:17). Sin embargo, podríamos preguntarnos si los planes de Dios podrían incluir el mal. Isaías no nos deja en la oscuridad sobre esta cuestión. Unas páginas antes retoma la revelación de Dios sobre este mismo asunto:

6 para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo, 7 que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto.. (Isa. 45:6-7)

Dios enmarca sus declaraciones aquí de la misma manera que lo hizo en Isaías 46. Él es Yahvé, el Señor trascendente de todo. No hay otro Dios. El Soberano del universo indica su control total sobre los acontecimientos de la historia utilizando un merismo, que es un recurso literario hebreo común que expresa plenitud. Un merismo contrasta dos extremos polares como una forma de resaltar todo lo que hay en medio. En este caso, la «luz» se contrapone a la «oscuridad». Hay un segundo contraste entre «bienestar» y «calamidad». Estos indican todo lo que es bueno y malo. De hecho, la palabra traducida «calamidad» es el término hebreo estándar para «mal» (véase también Job 2:10; 42:11; Lam. 3:38). Así, los planes de Dios abarcan todo el espectro de la luz y la oscuridad, el bienestar y la calamidad, lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo, la paz y la guerra, lo verdadero y lo falso, la belleza y la fealdad.

La Biblia es clara. Dios ordena soberanamente todas las cosas que suceden, incluyendo todos los casos de maldad. Si algún mal no encaja en el plan y propósito de Dios, entonces Él no permitirá que ese mal ocurra. Dado que Dios es también supremamente bueno y sabio, sólo podemos sacar una conclusión: Dios debe tener necesariamente algún propósito supremamente bueno y sabio para cualquier mal que determine que ocurra. Dios es el autor soberano de toda la historia, pero no puede ser considerado culpable del mal cuando éste ocurre. La responsabilidad moral por el mal en las Escrituras se sitúa siempre en las intenciones del corazón (Prov. 16:2; Jer. 17:9-10). Los seres humanos siempre tienen malas intenciones para el mal que cometen. Sin embargo, en el misterio de los propósitos trascendentes, buenos y sabios de Dios, Él puede ordenar que ese mal ocurra sin tener nunca más que intenciones buenas y sabias para su ocurrencia (Sal. 5:4). Si Dios no puede lograr un bien mayor a partir de un mal particular, podemos estar seguros de que nunca lo permitirá en primer lugar. Por ejemplo, los hermanos de José lo vendieron como esclavo y, sin embargo, nos enteramos de que Dios ordenó este mismo acontecimiento (Gn. 45:5, 7-8). José les dijo con razón: “Vosotros pensasteis [pretendíais] hacerme mal contra mí, pero Dios lo tornó [pretendía] en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente para el bien.” (Gn. 50:20).

El mayor mal de la historia se cometió contra el Hijo del Dios vivo. Los judíos lo crucificaron, sabiendo perfectamente su identidad divina y su completa inocencia. Este fue un mal insondable y un error judicial sumamente grave. Sin embargo, cada detalle en el Calvario fue planeado y llevado a cabo por Dios (ver Hechos 2:22-23; 4:27-28). Además, la crucifixión de Jesucristo nos muestra la profunda intersección entre Dios y el mal, así como el propósito último de Dios para la caída de la humanidad que hizo necesaria una maldición sobre toda la creación.

Dios es Creador y Redentor

Aquí debemos preguntarnos, ¿por qué Dios creó el mundo, particularmente a nosotros, los humildes humanos? Dios no tenía ninguna obligación de hacer nada. Ciertamente no se sentía solo. Había disfrutado de un amor y una comunión perfectos entre los miembros de la Trinidad durante toda la eternidad. Históricamente, los cristianos han entendido que Dios creó el mundo para magnificar de forma suprema las riquezas de su gloria, especialmente para nosotros, sus criaturas portadoras de Su imagen. Pero, ¿cómo lo ha hecho Dios? ¿De qué manera ha engrandecido su gloria de manera que nada pueda superarla?

No necesitamos mirar más allá de la cruz o de la tumba vacía del Hijo de Dios encarnado. No hay ningún mundo que podamos imaginar en el que la gloria de Dios pueda superar la gloria de la cruz y la resurrección de Jesucristo. ¿Por qué la cruz? ¿Por qué la tumba vacía? Estos fueron los medios centrales que Dios utilizó para redimir a un mundo roto, corrompido y despreciado. La redención que Jesucristo logra a través de su encarnación, muerte, resurrección, exaltación y eventual regreso para establecer su reino eterno, trae a Dios la máxima gloria. Sin embargo, y esto es lo que debemos ver, Dios nunca podría haber recibido tal gloria por su gracia redentora si Adán y Eva no hubieran caído; si la serpiente no los hubiera tentado; si no hubieran empujado al muy buen mundo a la agonía del pecado y la corrupción. La redención es innecesaria sin esa crisis. Y la redención de los pecadores caídos sería imposible sin la persona y la obra del Hijo de Dios, que fue enviado por el Padre para llevar a cabo esta obra supremamente gloriosa. Así, el mal existe para magnificar la gracia redentora y la gloria de Dios a través de la obra expiatoria sin igual de Jesucristo.

Esto no responde a todas las preguntas sobre cada caso de maldad que vemos en el mundo, o el dolor y el sufrimiento que soportamos, pero nos ayuda a situar la oscura tormenta del mal en perspectiva. Todos los que ponen su fe en Cristo para la redención de sus almas del pecado, la muerte y el infierno pueden estar seguros de que ningún mal que les ocurra es innecesario. Tiene un propósito. Todas las cosas, tanto las buenas como las malas, funcionan para un bien mayor para aquellos que son llamados soberanamente por Dios; para aquellos que le aman y encajan en su plan de redención supremamente sabio (Rom. 8:28). Porque hemos sufrido la crisis del pecado y la maldición edénica, podemos apreciar realmente la gloria del Dios trascendente, tanto de la justicia como de la misericordia, del poder y de la gracia; del Hijo encarnado que vence al pecado, a Satanás, a la muerte y a todo vestigio de maldad que ha afligido a la magnífica creación de Dios. Todo, incluso el mal, existe para la suprema magnificación de su gloria, una gloria que nunca veríamos sin la caída y el gran Redentor Jesucristo.

Scott Christensen se graduó del Seminario del Maestro en 2001 con su Maestría en Divinidad. Fue pastor de la Iglesia Comunitaria de Summit Lake en el suroeste de Colorado durante 16 años antes de comenzar el ministerio como pastor asociado en la Iglesia Bíblica de Kerrville, Texas, en 2019. Las obras publicadas de Scott incluyen ¿Qué pasa con el libre albedrío? Reconciliando nuestras elecciones con la soberanía de Dios (P&R 2016) y ¿Qué pasa con el mal? God’s Glory Magnified in a World Ruined by Sin (P&R 2020)

El evangelio de las emociones

Esclavos de Cristo

El evangelio de las emociones

Johanna Ramírez Suavita

Hace algunos años recibí con gran emoción la noticia de que un famoso conferencista y predicador a quien yo admiraba tendría un evento en mi ciudad. Sin dudarlo adquirí las entradas para ir a verlo. Ese día, ni la larga fila para ingresar aplacó el entusiasmo que tenía porque empezara la gran noche. Sin embargo, a medida que avanzaba el evento y que este hombre exponía su mensaje, las preguntas llegaron a mí, y el deseo de salir corriendo de allí me invadía… todo lo que creía hasta entonces se derrumbó y Dios me hizo ver de frente todo lo que hasta ahora estaba mal.

¡Luces, cámaras y acción!

Pese a que era muy joven en la fe, llevaba varios años congregándome en una megaiglesia. La sentía como mi casa y me deleitaba en los mensajes que recibía cada fin de semana. Aceptaba con gran emoción las frases que me decían que todo lo que estaba experimentando pasaría, y que debía estar lista para recibir mi sanidad y las grandes cosas que Dios iba a hacer en mí si tan solo le dejaba entrar en mi vida. Ese era mi credo. Cada semana la iniciaba en el punto más alto del éxtasis, declarando que mi vida sería de éxito, que nada me derrumbaría y que superaría, si dejaba actuar a Dios, todos los obstáculos. 

Al finalizar la semana estaba tan desilusionada por ver que las cosas no eran tan fáciles, que deseaba fervientemente que llegara el domingo para “recargarme de fe”. Así anduve por mucho tiempo, viviendo una vida espiritual miserable. Nunca ningún pastor en esa iglesia me dijo que debía arrepentirme, nunca me hablaron del nuevo nacimiento, nunca fui confrontada por mi pecado y por la necesidad de rendirme a Jesús de forma plena. Hablar del infierno era acusador, exhortar a otros era juzgar, era sectario decir que el reino de Dios no es para los que le reciben en su corazón con una oración sino para los que Él llama.

La iglesia no era para mí el cuerpo de Cristo, su novia, su amada por quien había entregado su vida en la Cruz. En ese entonces era una dosis de adrenalina, mi fe debía recargarse con una jeringa cada semana, porque dependía emocionalmente de lo que se decía en el púlpito, del éxtasis de la alabanza y de la seguridad de una multitud. No dependía de Dios y su soberanía, sino de un motivador que me decía lo que quería escuchar. Me sentaba allí porque como bien decía el apóstol Pablo, tenía comezón de oídos (2 Timoteo 4:3) y quería que me animaran en mis propios deseos y que me dijeran que Dios me amaba (aun cuando no me arrepintiera de pecar contra Él).

¿Por qué no escucho a Dios?

La falta de discernimiento que tenía en ese entonces no solo se veía reflejada en la manera en que asumía el Día del Señor y la vida de iglesia. También tenía prácticas nocivas cuando me aproximaba a las Escrituras. 2 de Timoteo 3:16 dice que “Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia”, pero estas palabras no las vivía como debía ser; para mí la Palabra de Dios era muy parecida a un oráculo. Leía algún pasaje y cerraba los ojos para concentrarme y escuchar la voz audible de Dios… pero nunca pasó. Me culpaba por mi falta de fe, por no apropiarme como debía de las promesas, por no esforzarme y ser valiente como Josué. Según mis pastores, estaba limitando el poder de Dios. ¡Vaya herejía!

No obstante, cuando conocí la sana doctrina tuve que arrodillarme delante del Señor y pedirle perdón por haber tomado con tanta ligereza su Palabra. Acudía a ella como buscando amuletos o revelaciones personales. Quería verme reflejada en las proezas de los profetas o en las vidas de los mártires, dejando de lado que la gran hazaña, la más perfecta obra ya la había hecho Jesucristo por mí, si realmente creía en Él. Entendí que la Biblia no es un manual de promesas o buenos deseos hechos a mi medida, sino el pleno consejo de Dios que me instruye para toda buena obra  (2 Timoteo 3:17).  Allí encuentro mi norma de fe, que me da la directriz para tomar decisiones sabias en mi vida. Entendí que la Biblia no se trata de mí, se trata de Cristo.

¡Es tiempo de huir!

Fue entonces, mientras estaba sentada mirando a ese predicador, que mi vida se partió en dos. Veía a todos a mi alrededor riendo por los “chistes santos” y a los dos minutos llorando por haber llegado al clímax del mensaje. Usaban ciertos versículos para reforzar la intención de la conferencia: cómo ser más exitoso. Me sentía incómoda y quería salir de allí… Pero no había llegado lo peor: cuando terminó la exposición, el conferencista descendió del púlpito y fue rodeado por sus escoltas quienes intentaban protegerlo de la multitud que se agolpaba para tocarlo, como aquella mujer que quería tocar el manto de Jesús para ser sana, solo que aquel expositor era un charlatán, no era Cristo. 

Esta es parte de mi historia, y sé, querido hermano, que puede parecerle una narración ficticia, pero créame que no lo es. Es lo que se ve a diario en esas famosas iglesias. Lobos vestidos de ovejas que entregan un evangelio diluido. Yo lo viví, fui una ciega guiada por ciegos. Pero un día el Señor tuvo misericordia y me permitió salir de allí. Esa conferencia fue usada por Dios para llamarme genuinamente a sus caminos. Me arrepentí, me avergoncé por haberlo visto como un milagrero, fui a sus pies en oración y le agradecí por llevarme a Él.

Muchos hemos pasado por esto, hemos sido seducidos por el evangelio de las emociones. Dios lo ha permitido, esto no escapa a su control, pero así mismo nosotros somos responsables por no haber escudriñado las Escrituras como nos lo señala Juan 5:39. Fuimos culpables, pero Dios en su inmenso amor nos rescató. 

Así que, si usted ha sido uno de esos a los que el Señor ha redimido, damos toda la gloria a Él en agradecimiento por guardar a su pueblo. Si por el contrario, hay algún lector que se ha visto reflejado en esas prácticas dañinas que yo cometí, pero sigue congregándose en una de estas “iglesias”, yo le invitó a entregarse en oración al Dios que es grande en misericordia (Efesios 2:4) para que Él le guíe con sabiduría. No hay que esperar revelaciones individuales, hay que huir del pecado. Salga de allí, pero no corra sin rumbo, diríjase al que lo llena todo en todo, a la Roca, el Refugio seguro. Corra hacia Dios.

Artículo de: http://www.esclavosdecristo.com

El culto ordenado como testigo al mundo

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

El culto ordenado como testigo al mundo

Por David P. Barry

Entrar en una guardería infantil sin supervisión es suficiente para abrumar a la mayoría de las personas; es un caos. Los niños pueden estar gritando, peleando, tirando juguetes, poniéndose las manos en los oídos o haciendo muchas otras cosas a la vez. Los pequeños necesitan un tiempo de juego no estructurado o «juego libre» para su desarrollo, así que no es necesariamente algo malo. Aún así, un observador adulto podría razonablemente concluir del desorden que estos niños no se han puesto de acuerdo en lo que están haciendo.

Podemos tolerar una guardería ruidosa, pero en otros contextos, tal libertad es cuestionable. Una graduación o ceremonia de bodas desordenada sería inapropiada porque distraería del enfoque unificado de la reunión. El mismo principio aplica cuando adoramos.

Cada parte de nuestro culto de adoración debe reflejar la unidad por la que Jesús oró, vivió, murió y resucitó para lograrla.

La imagen de la guardería caótica es parecida a como Pablo describió la adoración en Corinto: «¿Qué hay que hacer, pues, hermanos? Cuando os reunís, cada cual aporte salmo, enseñanza, revelación, lenguas o interpretación. Que todo se haga para edificación» (1 Co 14:26). El problema no eran los himnos o las enseñanzas, sino que cada persona adoraba como le parecía. Ese clima dio como resultado que los creyentes no crecieran y que los incrédulos se vieran impedidos de entender el evangelio.

Si comparamos el primer y el último versículo de la sección, vemos qué impidió que los creyentes crecieran. El mandato de que «todo» se haga para edificación (v. 26) es seguido por un mandato paralelo de que «todo» se haga «decentemente y con orden» (v. 40). Nuestra edificación es un subproducto de adorar al Señor con nuestros hermanos y hermanas. La noción de «adoración libre», en la que cada individuo participa según se siente movido, pasa por alto la profunda realidad de que nuestra adoración está destinada a expresar nuestra unidad. Nuestra adoración tiene el propósito de demostrarnos a nosotros y al mundo espectador que Jesús tiene el poder de transformar a individuos descarriados y convertirlos en una familia. Pero cuando no actuamos de manera unificada, el que observa desde afuera podría justificadamente concluir del desorden que no estamos de acuerdo en lo que estamos haciendo.

Es significativo que Pablo nos enseñe a ser decentes y ordenados en el servicio de adoración y a hacer todas las cosas para edificar el cuerpo en el capítulo inmediatamente después que él nos enseña sobre el amor cristiano. Después de describir el verdadero amor del evangelio como «paciente, bondadoso… no es arrogante… no busca lo suyo» (13:4-5), Pablo nos exhorta a todos a «[procurar] alcanzar el amor» (14:1) y continúa describiendo la correcta adoración. En otras palabras, él nos instruye a adorar de una manera que refleje nuestro amor mutuo y por Cristo. Podemos concluir que la adoración desordenada no es un enfoque alternativo solamente, sino que carece de amor. La «decencia» de la adoración no es una idea neutral; es una idea moral. Las otras dos veces que Pablo usa esa palabra en particular son cuando habla de comportamiento moral (Rom 13:131 Tes 4:12). Nuestra adoración demostrará el poder de Dios para unirnos o lo negará. Después de todo, «Dios no es Dios de confusión, sino de paz» (1 Co 14:33).

Pero la adoración caótica en Corinto no era un problema solo para la Iglesia misma, sino que era un obstáculo para el evangelio. Impidió que los incrédulos pudieran incluso comprender la verdad. La mayoría de los padres no dejarían a sus hijos en una guardería donde reina el caos. Pablo plantea un argumento similar acerca de la llegada de los incrédulos a un culto desordenado donde todos hablan y no se sigue ningún orden. Él concluye: «¿No dirán que estáis locos?» (v. 23).

Inicialmente, podríamos inclinarnos a argumentar en contra de ese planteamiento. Podemos pensar que hasta que el Espíritu Santo no cambie el corazón de una persona, esta no puede apreciar la adoración o entender el evangelio. Pero es más que eso. No se trata simplemente de que un inconverso no sea «espiritual» sino de reconocer la falta de amor. ¿No fue eso lo que Jesús les dijo a Sus discípulos en el aposento alto? «En esto conocerán todos que sois Mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13:35). Nuestra adoración está destinada a ser el lugar principal donde demostramos el amor a Dios y a los demás. Es el lugar más claro donde se ilustra la oración de Jesús por nosotros: que seamos uno (17:11, 21-23).

Cada parte de nuestro culto de adoración debe reflejar la unidad por la que Jesús oró, vivió, murió y resucitó para lograrla. Sin embargo, la promesa de Jesús de que la forma en que nos amamos demostrará que somos Sus discípulos es una arma de doble filo. Si permitimos que nuestra forma de adorar se convierta en un reflejo de nuestra individualidad en vez de nuestra unidad, estamos ilustrando al mundo espectador que Jesús no une a la gente. Si «los incrédulos o la gente que no entiende esas cosas entran en la reunión» (para usar la terminología de Pablo de 1 Co 14:1624 en la NTV) deben poder ver a los santos reunidos confesar a Cristo como uno, cantar como uno, orar como uno y escuchar activamente con una unidad en su devoción mientras Cristo su Señor se dirige a ellos a través de la Palabra predicada. Deben poder percibir que hay una singularidad de propósito y adoración. Deben ver el poder de Dios para traer a diferentes personas y personalidades y unirlas en un propósito santo y un amor santo.

Después de haberle recordado a los corintios que «el amor nunca deja de ser» (13:8), Pablo continuó diciendo: «Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; pero cuando llegué a ser hombre, dejé las cosas de niño» (v. 11).

La próxima vez que entres a tu lugar de culto, recuerda los grandes mandamientos: ama a Dios y ama a tu prójimo.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David P. Barry
David P. Barry

Dr. David P. Barry es pastor asistente en Midway Presbyterian Church en Powder Springs, Ga., y profesor adjunto de Nuevo Testamento en Reformed Theological Seminary en Atlanta.

La ESCLAVA con un sueño MISIONERO

BITE

Serie: Biografía

BETSEY STOCKTON

La ESCLAVA con un sueño MISIONERO

Fue una de las primeras afroamericanas que logró una posición social prominente en medio de una sociedad esclavista, todo con la bandera de las misiones y de la educación cristiana.

En su papel como misionera, sería la primera mujer soltera y de color en ir al campo.

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Conductora: Pilar Prieto.
Guión: Giovanny Gómez Pérez.
Producción: Giovanny Gómez Pérez.
Edición del video: Fernando Ordoñez.
Apoyo gráfico: Nayibe Gómez.
Edición del audio: Alejandra Narváez.
Música: Envato Elements.

¿Cuál debe ser el salario de los pastores?

Coalición por el Evangelio

¿Cuál debe ser el salario de los pastores?

Una entrevista con John Piper

COLLIN HANSEN

No puedo decir que me relaciono mucho con los informes sobre los altos salarios de algunos pastores y la construcción de sus mansiones sofisticadas. Pero las conversaciones sobre el dinero y el ministerio pueden ser igual de torpes y frustrantes en el otro extremo de la escala salarial. Para los pastores que sobreviven mientras trabajan en dos empleos, y para las iglesias que luchan por cumplir con sus obligaciones, el dinero restringe las relaciones y estrecha la fe. ¿Cómo saben los pastores cuando necesitan pedir más dinero? ¿Cómo saben las iglesias cuando deberían darle?

John Piper podría haber vivido holgadamente de las regalías de sus libros y de los honorarios de sus disertaciones. ¿Por qué eligió vivir más como un pastor común a lo largo de más de 30 años en la Iglesia Bethlehem Baptist en Minneapolis? Hablé con el fundador y maestro de Desiring God sobre el trabajo duro, la “teología de la pobreza”, consejos para pastores jóvenes, y más.

¿Cuándo te diste cuenta de que se necesita un plan para manejar el dinero obtenido de las prédicas y como escritor? ¿Alguna vez te sentiste tentado a quedarte con el dinero para ti mismo?

Cuando comencé mi ministerio como pastor en Bethlehem, nunca había pasado por mi mente que iba a producir una gran cantidad de ingresos por escribir. Recibí modestos honorarios de cien o doscientos dólares por bodas y funerales. Los acepté con agradecimiento. Yo pensaba que, si era fiel, los ingresos aumentarían, y tarde o temprano iba a hacer más de lo que necesitaba. Por lo tanto, yo creía desde el principio que debía saber planificar para regular la acumulación de tesoros en la tierra. De lo contrario, poco a poco podría llegar a creer que mis deseos eran mis necesidades, y los gastos se expandirían, como siempre lo hacen, para alcanzar los ingresos. Así que Noël y yo desde el principio pusimos en marcha un “diezmo gradual”. Es decir, tratamos de dar un mayor porcentaje con cada aumento salarial, y no solo una mayor cantidad.

Con las ventas exitosas de Desiring God (Sed de Dios) en 1987, vi que podía haber un ingreso sustancial de los escritos y las conferencias. Decidí entonces que no debía reservar ese dinero para mí, sino canalizarlo hacia el ministerio. Nunca dudé que el Señor nos proporcionaría un sueldo que sería suficiente para nuestras familias. Así que no vi ninguna razón para quedarme con el dinero que entraba por libros y conferencias. Estas regalías y honorarios eran ganancias ingresadas durante mi labor como pastor de Bethlehem, por lo que me parecía que la iglesia debía beneficiarse de ellos, no yo en particular.

Al principio pensé que podía hacer esto simplemente mediante la canalización de las regalías a la iglesia, pero pronto me di cuenta que esto tenía implicaciones fiscales. Dado que estas regalías estaban técnicamente bajo mi control como propietario del copyright, darlo todo a la iglesia me hacía responsable del impuesto sobre la renta. Así que hemos creado una fundación. La Fundación Desiring God (Deseando a Dios, en español) es ahora dueña de todos los derechos de autor de mis libros y de la propiedad intelectual, y recibe y distribuye todo el ingreso. No tengo acceso al dinero en absoluto. Yo participo en el consejo de la fundación con mi esposa y otras cinco personas. Este consejo salvaguarda los objetivos de la fundación, y tomas las decisiones sobre a qué ministerios deben ser entregados los ingresos. Es un ministerio emocionante.

Además, hemos tomado la decisión de que todos los honorarios irían a los ministerios que representamos, no a nosotros mismos.  Así fue en la iglesia mientras yo fui pastor y ahora es así en Desiring God. Mientras fui pastor en Bethlehem, nunca recibí ingresos desde Desiring God. Así que durante los últimos 25 años más o menos, hemos vivido con un flujo continuo de ingresos. Sigue siendo así, ya que ahora recibo pago de Desiring God. Nunca he pasado una grave necesidad. Nada de esto se ha sentido como un sacrificio.  Me veo a mí mismo como muy rico de acuerdo a los estándares del mundo. Más allá de toda duda, es mejor dar que recibir y atesorar.

¿Por qué un pastor de una iglesia creciente y próspera no debería ganar más dinero como recompensa por su duro trabajo y como incentivo para permanecer en el lugar? Después de todo, la iglesia probablemente sufriría financieramente y numéricamente si él se marcha.

Nunca sentí que yo era un privilegio para la iglesia, sino que ella lo era para mí. Estar en Bethlehem era un don, todo un regalo. Pensar que soy tan valioso que me merezco los beneficios que provienen de mi ministerio es ajeno al Espíritu de Cristo. Él vino para servir y dar su vida en rescate por muchos. Jesús era absolutamente indispensable en el ministerio que llegó a realizar y el objetivo principal de su ministerio era dar, dar, dar, no recibir, recibir, recibir.

Mi pregunta es: ¿por qué un pastor quiere hacerse rico? Jesús dijo que es difícil para un rico entrar en el reino, y Pablo dijo que los que quieren enriquecerse “caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición” (1 Timoteo 6:9).  Estos textos, y muchos otros, me hacen pensar: mi alma, y por tanto, el bien de la iglesia, estarán mejor si yo pongo un límite a lo que atesoro.

Ese “trabajo duro” que mencionaste es un trabajo para el avance de la misión de Cristo y el bien de la iglesia. Y cada pastor sabe que aun si “he trabajado más que todos ellos, no fui yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Corintios 15:10). Y grandes olas de esta gracia rompen sobre nosotros provenientes de las oraciones y la colaboración de la gente en nuestra iglesia. No solo eso, sino que mientras yo estoy predicando fuera y escribiendo, mi equipo me está cubriendo en muchas maneras. Esa inversión de tiempo podría haberse enfocado más directamente en la iglesia. No fue así. Nunca pensé: ellos me deben. No me debían. Yo les debía a ellos. Al día de hoy, sé que la Iglesia Bethlehem Baptist fue más un regalo para mí que yo para ella.

¿Alguna vez ha sentido que su iglesia no pudo o no quiso cubrir adecuadamente las necesidades de su familia? ¿Cómo aconsejaría usted a un pastor que se esté sintiendo así en este momento?

Nunca me sentí así: 25.000 dólares al año era más de lo que yo necesitaba en 1980, y cuando mi sueldo alcanzó los 100.000 dólares por primera vez en mi último año en Belén, era más de lo que yo necesitaba. Yo no asumo que este sea el caso para todos los pastores. Por eso es que yo no digo que las estrategias que he utilizado se deban aplicar para todos. Hay todo tipo de situaciones que podrían garantizar ganancias e ingresos sostenibles a un pastor, además del de su ministerio en la iglesia. Pablo hacía tiendas. Pero seamos cuidadosos en este punto. El objetivo de Pablo era, como él decía, excepcional. El trabajador es digno de su salario. No le pongas bozal al buey que trilla.

El objetivo de Pablo no era hacerse rico con la fabricación de tiendas y renunciar a los ingresos de la iglesia, como si esa pequeña abnegación fuera una justificación para hacer millones en regalías por las tiendas. Su objetivo era evitar toda apariencia de querer hacerse rico en el ministerio. Pablo temía dar la más mínima impresión de que su vida de trabajo era un “pretexto para la avaricia” (1 Tesalonicenses 2:5). La forma de pensar de Pablo no era que tenía “derecho” a hacerse de su “ingreso ganado con tanto esfuerzo”. Su mentalidad era renunciar a cualquier derecho que pudiera hacer que la gente pensara que él amaba el dinero: “No hemos hecho uso de este derecho, sino que sufrimos todo para no poner un obstáculo en el camino del evangelio de Cristo” (1 Corintios 9:12).

¿Existe tal cosa como una antibíblica “teología de la pobreza”?

Sí. Hay mucha teología que no es bíblica. Por ejemplo, sería antibíblico ensalzar o idealizar la pobreza. La Biblia establece un camino intermedio entre la miseria y la opulencia: “No me des pobreza ni riquezas; manténme del pan necesario; no sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová? O que siendo pobre, hurte, y blasfeme el nombre de mi Dios” (Proverbios 30:8-9).

Cuando Jesús dijo: “Bienaventurados vosotros los pobres” (Lucas 6:20), quiso decir: Dios va a mostrarse especialmente valioso y de gran alcance para los pobres que confían en él, no a los pobres que no conocen al Señor (“Ciertamente éstos son pobres, han enloquecido, pues no conocen el camino de Jehová, el juicio de su Dios. “Jeremías 5:4).

Sería un error asumir que todos los pobres son humildes o generosos. Los diez leprosos eran todos pobres. Jesús los sanó a todos. Nueve resultaron ingratos (Lucas 17:17). No solo los ricos son egoístas.

Pero también sería un error pensar que la Biblia trata a la riqueza y la pobreza como igualmente peligrosas espiritualmente. Las riquezas son más peligrosas. No leemos: “Solo con dificultad podrá una persona pobre entrar en el reino de los cielos” (Mateo 19:23).

¿Cuánto es demasiado? Casi cualquiera de nosotros en los países desarrollados está mucho más cómodo que nuestros hermanos y hermanas que trabajaban para el evangelio en la mayor parte del mundo.

La imposibilidad de trazar una línea entre la noche y el día no significa que usted no puede saber que es medianoche. Si alguien se está muriendo de hambre, es pobre y necesita ayuda urgente. Si algún pastor tiene diez veces más que el promedio de las personas en su iglesia, él les está comunicando que las cosas materiales son muy importantes para él y viene a ser una piedra de tropiezo.

La Biblia elogia el ayuno y la fiesta, y no porque la comida sea mala o porque nadie esté hambriento. Es porque es malo ser esclavos de las cosas buenas y es bueno disfrutar a Dios en sus dones.

Yo le digo a mis hijos, cuando la conducta es cuestionable, no solo hay que preguntarse: “¿Qué tiene de malo?”. Pregúntate, “¿esto me ayudará a engrandecer a Cristo?” Esa fue la pasión de Pablo (Filipenses 1:20).

Acumular dinero y comprar mucho más de lo que se necesita no hace que Cristo luzca su grandeza. Hace que las cosas parezcan gran cosa. Hay una razón por la cual Pablo dijo: “Porque nada hemos traído a este mundo, y no podemos sacar nada del mundo. Así que, teniendo sustento y abrigo, con ello estaremos contentos” (1 Timoteo 6:7-8).

¿Cómo aconsejaría a pastores jóvenes con respecto a sus finanzas a medida que comienzan a ser invitados a hablar en conferencias y a escribir libros? ¿Su consejo sería diferente para un abogado o un médico que crecen en sus carreras?

Hable con los ancianos acerca de todas estas cosas. Sírvales el tiempo suficiente y sea lo suficientemente humilde de tal manera que ellos sepan que usted se preocupa por la iglesia y que no está solamente usando la iglesia para su promoción profesional. No se mueva a un tipo de ministerio que ellos desaprueben.

Establezca un grupo administrativo entre ellos (no desde el exterior) a quien rendir información sobre todos sus honorarios y otros ingresos fuera de la iglesia. Llegue a un acuerdo con ellos sobre lo que es apropiado que usted retenga y sobre qué recibirá la iglesia. Haga de la iglesia el lugar adonde se destine la mayoría de sus donaciones.

Planee vivir del salario de la iglesia tan pronto como sea posible. Una vez que cubra sus necesidades y ahorre adecuadamente, aumente el porcentaje de sus ofrendas más allá del diezmo cuando el aumento de sueldo sea mayor que el aumento del costo de la vida.

Satúrese a usted mismo con las palabras del Nuevo Testamento sobre el dinero. Usted se encontrará más a menudo convicto que confirmado en su abundancia occidental. Disfrute de los dones de Dios, disfrutando de Dios en ellos y a través de ellos. Sepa que nunca resolverá esto completamente. Por lo tanto, esté agradecido por el evangelio de la gracia que cubre todos nuestros pecados.

Este artículo fue publicado originalmente el 6 de noviembre 2013 para The Gospel Coalition. Traducido por Eddy Garcia

Collin Hansen sirve como director editorial de The Gospel Coalition. Es el co-autor de A God-Sized Vision: Revival Stories That Stretch and Stir. Puedes encontrarlo en Twitter.