El culto ordenado como testigo al mundo

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El culto ordenado como testigo al mundo

Por David P. Barry

Entrar en una guardería infantil sin supervisión es suficiente para abrumar a la mayoría de las personas; es un caos. Los niños pueden estar gritando, peleando, tirando juguetes, poniéndose las manos en los oídos o haciendo muchas otras cosas a la vez. Los pequeños necesitan un tiempo de juego no estructurado o «juego libre» para su desarrollo, así que no es necesariamente algo malo. Aún así, un observador adulto podría razonablemente concluir del desorden que estos niños no se han puesto de acuerdo en lo que están haciendo.

Podemos tolerar una guardería ruidosa, pero en otros contextos, tal libertad es cuestionable. Una graduación o ceremonia de bodas desordenada sería inapropiada porque distraería del enfoque unificado de la reunión. El mismo principio aplica cuando adoramos.

Cada parte de nuestro culto de adoración debe reflejar la unidad por la que Jesús oró, vivió, murió y resucitó para lograrla.

La imagen de la guardería caótica es parecida a como Pablo describió la adoración en Corinto: «¿Qué hay que hacer, pues, hermanos? Cuando os reunís, cada cual aporte salmo, enseñanza, revelación, lenguas o interpretación. Que todo se haga para edificación» (1 Co 14:26). El problema no eran los himnos o las enseñanzas, sino que cada persona adoraba como le parecía. Ese clima dio como resultado que los creyentes no crecieran y que los incrédulos se vieran impedidos de entender el evangelio.

Si comparamos el primer y el último versículo de la sección, vemos qué impidió que los creyentes crecieran. El mandato de que «todo» se haga para edificación (v. 26) es seguido por un mandato paralelo de que «todo» se haga «decentemente y con orden» (v. 40). Nuestra edificación es un subproducto de adorar al Señor con nuestros hermanos y hermanas. La noción de «adoración libre», en la que cada individuo participa según se siente movido, pasa por alto la profunda realidad de que nuestra adoración está destinada a expresar nuestra unidad. Nuestra adoración tiene el propósito de demostrarnos a nosotros y al mundo espectador que Jesús tiene el poder de transformar a individuos descarriados y convertirlos en una familia. Pero cuando no actuamos de manera unificada, el que observa desde afuera podría justificadamente concluir del desorden que no estamos de acuerdo en lo que estamos haciendo.

Es significativo que Pablo nos enseñe a ser decentes y ordenados en el servicio de adoración y a hacer todas las cosas para edificar el cuerpo en el capítulo inmediatamente después que él nos enseña sobre el amor cristiano. Después de describir el verdadero amor del evangelio como «paciente, bondadoso… no es arrogante… no busca lo suyo» (13:4-5), Pablo nos exhorta a todos a «[procurar] alcanzar el amor» (14:1) y continúa describiendo la correcta adoración. En otras palabras, él nos instruye a adorar de una manera que refleje nuestro amor mutuo y por Cristo. Podemos concluir que la adoración desordenada no es un enfoque alternativo solamente, sino que carece de amor. La «decencia» de la adoración no es una idea neutral; es una idea moral. Las otras dos veces que Pablo usa esa palabra en particular son cuando habla de comportamiento moral (Rom 13:131 Tes 4:12). Nuestra adoración demostrará el poder de Dios para unirnos o lo negará. Después de todo, «Dios no es Dios de confusión, sino de paz» (1 Co 14:33).

Pero la adoración caótica en Corinto no era un problema solo para la Iglesia misma, sino que era un obstáculo para el evangelio. Impidió que los incrédulos pudieran incluso comprender la verdad. La mayoría de los padres no dejarían a sus hijos en una guardería donde reina el caos. Pablo plantea un argumento similar acerca de la llegada de los incrédulos a un culto desordenado donde todos hablan y no se sigue ningún orden. Él concluye: «¿No dirán que estáis locos?» (v. 23).

Inicialmente, podríamos inclinarnos a argumentar en contra de ese planteamiento. Podemos pensar que hasta que el Espíritu Santo no cambie el corazón de una persona, esta no puede apreciar la adoración o entender el evangelio. Pero es más que eso. No se trata simplemente de que un inconverso no sea «espiritual» sino de reconocer la falta de amor. ¿No fue eso lo que Jesús les dijo a Sus discípulos en el aposento alto? «En esto conocerán todos que sois Mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13:35). Nuestra adoración está destinada a ser el lugar principal donde demostramos el amor a Dios y a los demás. Es el lugar más claro donde se ilustra la oración de Jesús por nosotros: que seamos uno (17:11, 21-23).

Cada parte de nuestro culto de adoración debe reflejar la unidad por la que Jesús oró, vivió, murió y resucitó para lograrla. Sin embargo, la promesa de Jesús de que la forma en que nos amamos demostrará que somos Sus discípulos es una arma de doble filo. Si permitimos que nuestra forma de adorar se convierta en un reflejo de nuestra individualidad en vez de nuestra unidad, estamos ilustrando al mundo espectador que Jesús no une a la gente. Si «los incrédulos o la gente que no entiende esas cosas entran en la reunión» (para usar la terminología de Pablo de 1 Co 14:1624 en la NTV) deben poder ver a los santos reunidos confesar a Cristo como uno, cantar como uno, orar como uno y escuchar activamente con una unidad en su devoción mientras Cristo su Señor se dirige a ellos a través de la Palabra predicada. Deben poder percibir que hay una singularidad de propósito y adoración. Deben ver el poder de Dios para traer a diferentes personas y personalidades y unirlas en un propósito santo y un amor santo.

Después de haberle recordado a los corintios que «el amor nunca deja de ser» (13:8), Pablo continuó diciendo: «Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; pero cuando llegué a ser hombre, dejé las cosas de niño» (v. 11).

La próxima vez que entres a tu lugar de culto, recuerda los grandes mandamientos: ama a Dios y ama a tu prójimo.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David P. Barry
David P. Barry

Dr. David P. Barry es pastor asistente en Midway Presbyterian Church en Powder Springs, Ga., y profesor adjunto de Nuevo Testamento en Reformed Theological Seminary en Atlanta.

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