8 – Felices los Pacificadores

Iglesia Evangélica de la Gracia

Serie: Verdadera Felicidad

8 – Felices los Pacificadores

David Barceló

David Barceló

Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin)

David es licenciado en Psicología y graduado de los seminarios Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la NANC y graduado en Consejería Bíblica por IBCD. David ha estado sirviendo en la Iglesia Evangélica de la Gracia, desde sus inicios en mayo de 2005, siendo ordenado al ministerio pastoral en la IEG en junio de 2008.

Te engañas a ti mismo

Pasión por el Evangelio

Paul Tripp

Te engañas a ti mismo

Hay un montón de conocimiento que podemos adquirir, pero la sabiduría es un bien escaso. ¿Por qué? Porque la sabiduría es una de las primeras víctimas del pecado. Es difícil de admitir, pero es cierto: el pecado nos hace necios. Y el hecho es que nadie es más víctima de tu necedad que tú mismo.

Puedes observar la evidencia empírica de la locura del pecado en casi todas las páginas de la Escritura. Por ejemplo, ves la locura en plena operación en la trágica historia de David y Betsabé. Por eso David dice: «He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría» (Sal. 51:6).

Lees la historia del pecado de David y te preguntas: «¿En qué estaba pensando? ¿Realmente creía que se saldría con la suya? ¿Olvidó por completo quién era? ¿Creía que Dios iba a quedarse de brazos cruzados y permitir que esto sucediera?». Pero David no es un caso extremo de locura; podemos ver evidencia de la misma locura en cada una de nuestras vidas diariamente. La gente podría decir de nosotros una y otra vez: «¿En qué estaba pensando?».

¿Cómo es esta locura? Aquí están cuatro de sus aspectos más significativos.

1) La locura del egocentrismo

Fuimos creados para vivir por algo, alguien más grande que nosotros. Fuimos diseñados para vivir con, para y a través del Señor. Dios está destinado a ser la motivación y la esperanza de todo lo que hacemos. Su placer, su honor y su voluntad son las cosas para las que estamos destinados a vivir. Pero la locura del pecado realmente nos hace reducir nuestras vidas al tamaño y la forma de nuestras vidas.

A menudo, nuestra vida no tiene mayor propósito que la satisfacción y la realización personal. ¿Suena duro? Bueno, pregúntate: «¿Por qué me impaciento con los demás? ¿Por qué digo cosas que no debería decir? ¿Por qué me desanimo con mis circunstancias? ¿Por qué cedo a la ira o me dejo llevar por la autocompasión?». La respuesta es que, como yo, quieres tu propio camino, y cuando las cosas no salen como quieres o la gente se interpone en tu camino, te enfadas o te desanimas.

2) La necedad del autoengaño

Todos somos muy buenos para hacernos sentir bien con lo que Dios dice que es malo. Todos somos muy hábiles para reformular lo que hemos hecho para que lo que es malo no nos parezca tan malo. No me enfadé, no, estaba hablando como uno de los profetas de Dios. Esa segunda mirada no fue lujuria; soy simplemente un hombre que disfruta de la belleza. No anhelo el poder; solo estoy ejerciendo los dones de liderazgo que Dios me dio.

La locura es capaz de hacer algo peligroso. Es capaz de mirar el mal y ver el bien. Si David hubiera sido capaz de verse a sí mismo con exactitud y si hubiera sido capaz de ver su pecado como lo que realmente era, es difícil imaginar que hubiera seguido ese camino.

3) La locura de la autosuficiencia

A todos nos gusta pensar que somos más capaces de lo que realmente somos. No fuimos creados para ser independientes, autónomos o autosuficientes. Fuimos creados para vivir en una humilde, adorable y amorosa dependencia de Dios y en una amorosa y humilde interdependencia con los demás.

Nuestras vidas fueron diseñadas para ser proyectos comunitarios. Sin embargo, la locura del pecado nos dice que tenemos todo lo que necesitamos dentro de nosotros mismos. Así que nos conformamos con relaciones que nunca pasan por debajo de lo casual. Nos defendemos cuando la gente que nos rodea señala una debilidad o un error. Mantenemos nuestras luchas dentro, sin aprovechar los recursos que Dios nos ha dado.

La mentira del jardín era que Adán y Eva podían ser como Dios, independientes y autosuficientes. Todavía tendemos a creer en esa mentira.

4) La locura de la justicia propia

¿Por qué no celebramos más la gracia? ¿Por qué no nos sorprendemos más por los maravillosos dones que son nuestros como hijos de Dios? ¿Por qué no vivimos con un profundo sentido de necesidad, junto con un profundo sentido de gratitud por cómo cada necesidad ha sido satisfecha por la gracia de Dios? Bueno, la respuesta es clara. Nunca celebrarás la gracia tanto como deberías cuando crees que eres más justo de lo que realmente eres.

La gracia es la súplica de los pecadores. La misericordia es la esperanza de los malvados. La aceptación es la oración de aquellos que saben que nunca podrían hacer nada para ganársela. Pero la locura del pecado me hace justo a mis propios ojos.

Cuando cuento mis historias, me convierto en el héroe que nunca he sido. Parezco más sabio en mis narraciones de lo que podría haber sido. En mi visión de mi historia, mis elecciones fueron mejores de lo que realmente fueron. A menudo no es mi pecado lo que me impide llegar a Dios. Tristemente, no me acerco a él porque no creo que necesite la gracia que solo se puede encontrar en él.

Esto es lo que todos debemos enfrentar, el pecado realmente nos reduce a todos a ser necios, pero felizmente la historia no termina ahí. Aquel que es la fuente suprema de todo lo que es bueno, verdadero, confiable, correcto y sabio es también un Dios de gracia asombrosa.

No te liberas de la necedad mediante la educación o la experiencia. No se obtiene sabiduría mediante la investigación y el análisis. Obtienes la sabiduría por medio de una relación con Aquel que es la Sabiduría.

La afirmación radical de la Biblia es que la sabiduría no es primero un libro, o un sistema, o un conjunto de mandamientos o principios. No, la sabiduría es una persona, y su nombre es Jesucristo. Cuando tú y yo tenemos la gracia de ser aceptados por él, nos vemos arrastrados a una relación personal con la Sabiduría, y la Sabiduría comienza un proceso de toda la vida para liberarnos de la fortaleza que la locura del pecado tiene sobre nosotros. Todavía no somos completamente libres, pero habrá un día en que cada uno de nuestros pensamientos, deseos, elecciones, acciones y palabras serán fundamentalmente sabios.

Tiene tanto sentido que un hombre arrepentido (David) reflexione sobre su necesidad de sabiduría. El pecado, al reducirnos a necios, nos hace hacer cosas necias, aunque nos creamos sabios. Y para esto necesitamos más que información, educación y experiencia. Necesitamos exactamente lo que encontramos en la gracia de Cristo.

La sabiduría es el producto de la gracia; simplemente no hay ningún otro lugar donde se pueda encontrar.

Paul Tripp

Paul Tripp es un pastor y autor de más de 20 libros, incluyendo My Heart Cries Out: Gospel Meditations for Everyday Life.

¿Qué dice la Biblia sobre el papel del pastor principal?

Got Questions

¿Qué dice la Biblia sobre el papel del pastor principal?

En cuanto al papel del pastor, la Biblia dice bastante. Las palabras principales que describen el papel del pastor son “anciano”, “obispo” y “maestro” (1 Timoteo 3:1-13). “Anciano” o episkopos (de donde obtenemos nuestra palabra episcopal) se refiere a la supervisión de los creyentes, e implica enseñar, predicar, cuidar y ejercer autoridad cuando sea necesario. El anciano también sirve en la iglesia como líder y maestro. En Tito 1:5-9, Pablo insta a Tito a “establecer ancianos en cada ciudad”. Ellos enseñarán y guiarán a la congregación en su desarrollo espiritual. Además, en 1 Pedro 5:1-4, Pedro se dirige a sus “compañeros ancianos” y les dice: “Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto” (1 Pedro 5:2).

Así que en lo que respecta al papel de pastor principal, la Biblia no aborda ese título específicamente. Ha surgido a medida que la iglesia ha crecido y ha requerido más personal. El título de pastor principal se refiere a la persona que dirige principalmente la iglesia, generalmente haciendo la mayor parte de la predicación y la enseñanza en el púlpito durante los servicios y supervisando la administración de la iglesia. Algunas iglesias más grandes pueden incluso tener un pastor general que supervisa el funcionamiento cotidiano de la iglesia, mientras que el pastor principal se ocupa de trabajar con el consejo de la iglesia, junto con los ministerios de predicación, enseñanza y consejería que acompañan a la función de pastor.

Toda iglesia, ya sea grande o pequeña, necesita un pastor que pastoree, dirija, alimente y guíe a la gente en su crecimiento espiritual y en su servicio al Señor Jesús. En las iglesias más grandes, un pastor principal a menudo pastorea el equipo pastoral además de pastorear la congregación. Por lo tanto, un pastor principal debe ajustarse a una norma de acuerdo con 1 Timoteo 3:1-13 y Tito 1:6-9 aún más alta que otros roles pastorales.

Permisos de publicación autorizados por el Ministerio Got Questions para Alimentemos El Alma

Tomado de GotQuestions.org. Todos los Derechos Reservados

Disponible sobre el Internet en:  https://www.gotquestions.org/Espanol/

03 – Dios busca una relación de amor

Iglesia Evangélica Unida

Serie: Mi experiencia con Dios

03 – Dios busca una relación de amor 

Juan Marcos Vázquez

JUAN MARCOS VÁZQUEZ

Ha sido profesor de teología en los Centros de Educación Teológica de Catalunya y Galicia, presidente de la Unión Evangélica Bautista de España, presidente de la Unión Bautista do Noroeste y presidente del Consello Evanxélico de Galicia. En el año 2014 realizó un viaje misionero a Guinea Ecuatorial, donde estuvo durante 5 meses colaborando en la dirección del Colegio Buen Pastor y la iglesia Bautista de Malabo. En la actualidad es miembro de la Junta Directiva de la U.E.B.E.

¡Vayan!

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo I

¡Vayan!

Por Dennis E. Johnson

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo I

Con sus esperanzas frustradas por la muerte de su Maestro, dos de los amigos de Jesús caminan apesadumbrados hacia Emaús. Al encontrarse con un «extraño» en el camino, le explican cómo la crucifixión de Jesús ha hecho añicos sus sueños: «Nosotros esperábamos que Él era el que iba a redimir a Israel» (Lc 24:21). Escucha su desilusión: «Habíamos esperado, pero luego Él murió». 

Pero ahora, semanas después, sus esperanzas están vivas nuevamente, emergiendo con Él de Su tumba. Ellos han visto a Jesús, misteriosa pero tangiblemente vivo de nuevo, una y otra vez. El sueño en sus corazones alcanza la punta de sus lenguas: «Señor, ¿restaurarás en este tiempo el Reino a Israel?» (Hch 1:6). Ciertamente un Dios que ha rescatado de la tumba a Su Mesías puede desterrar a los infieles opresores de Su tierra, quebrando el yugo que tenían en el cuello de Su pueblo.

Sin embargo, a los ojos de Jesús, los sueños más descabellados de Sus discípulos en cuanto al resurgimiento de Israel no son lo suficientemente grandes. Dios tiene una agenda de Reino más grande de lo que ellos han imaginado, una que minimiza su insignificante preocupación por el rango de Israel en el orden jerárquico político. Jesús les recuerda que el tiempo de Dios no es asunto de ellos (como les había dicho antes en Mr 13:32); luego Él expande sus horizontes con respecto al Reino de Dios: «Pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1:8). De esta promesa fluye el resto del relato de Lucas de «los Hechos», pero no los de los apóstoles. Al caracterizar su evangelio como un relato de «todo lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar» (Hch 1:1), Lucas da a entender que Hechos relata todo lo que Jesús siguió haciendo y enseñando después de ascender al cielo. La diferencia es que ahora Él reina como Señor y Cristo en el cielo, extendiendo Su gobierno sobre la tierra a través del poder del Espíritu en la palabra de Sus testigos. 

La agenda del Reino de Dios todavía sigue avanzando.

La luz se mueve en forma de ondas, como las ondas en un estanque que se propagan desde el punto donde la piedra atravesó la superficie. Obediente al mandato del Señor, la Iglesia espera al Espíritu en Jerusalén y, cuando este llega en poder, ella da su primer testimonio valiente allí. Aunque el lugar es la capital de Israel, sus oyentes constituyen los primeros frutos de una cosecha mundial (de manera apropiada, ya que la Ley estableció a Pentecostés como una fiesta de los primeros frutos, Nm 28:26). Lucas inserta una lista de nacionalidades (Hch 2:9–11) que evoca la lista de naciones que precedió a Babel (Gn 10) con el objeto de subrayar el movimiento centrífugo geográfico y demográfico del Reino. A medida que el evangelio es proclamado, una gran cantidad de gente de todas partes se precipita a este. La Iglesia crece de ciento veinte a más de tres mil en un solo día, y los números pronto superan los cinco mil (Hch 4: 4). 

El aumento trae oposición y sobrecarga administrativa. Los apóstoles pasan las noches tras las rejas y los días presentándose ante los celosos agentes de poder del sistema judío, quienes amenazan con serias consecuencias a menos que los testigos de Jesús dejen de proclamarlo crucificado y resucitado. Sin embargo, los testigos no son libres para desistir; la autoridad de su Señor resucitado triunfa sobre la de los líderes del judaísmo. Obligados a obedecer a Dios por encima del hombre, ellos explican con calma: «No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído» (4:20; cf. 5:29). 

La fructuosidad del evangelio en gran número, así como las diferencias de idioma, interfieren en el cuidado de la Iglesia para con las viudas de habla griega, amenazando su unidad (6:1). La solución es una distribución de la autoridad de liderazgo, con siete hombres sabios y de confianza (todos con nombres griegos, ¡y uno que era un prosélito gentil!) designados para supervisar los ministerios de misericordia, liberando a los apóstoles para servir a la gente con la Palabra de Dios y la oración (Hch 6). La Palabra sigue creciendo (6:7), porque la Iglesia crece por la Palabra (ver 12:24; 19:20; Col 1:6). 

A través de Esteban y sus colegas, el Reino irrumpe como una ola sobre los muros de Jerusalén, esparciéndose por toda Judea y Samaria, llevado por cristianos dispersos ​​por la persecución como si fueran semillas que dan vida (Hch 8:1). Esteban abre las compuertas al declarar que Dios (quien no está encerrado en templos hechos por el hombre) puede estar con Sus siervos en cualquier lugar: con Abraham en Mesopotamia, con José en Egipto y con Moisés en el Sinaí (7:2, 9, 30). Esteban sella su testimonio con su sangre, y su paz frente a la muerte enciende el celo de Saulo, quien no descansará hasta que haya borrado esta amenaza a sus preciadas tradiciones (8:3). 

Felipe, consiervo de Esteban, es dispersado hacia el norte hasta Samaria (8:4-25) y luego hacia la costa (8:26-40). Por medio de él, el Reino de Dios rompe dos barreras demográficas más. Los samaritanos son mestizos étnicos y sincretistas religiosos, que se adhieren a los libros de Moisés pero añadiéndoles elementos paganos (2 Re 17:24-41 nos da una pista sobre sus antecedentes). Sin embargo, el Jesús que Felipe predica irrumpe como la luz del día en corazones nublados con superstición y magia. Al poco tiempo Pedro y Juan siguen los pasos de Felipe e incorporan a los creyentes samaritanos en la Iglesia bautizada en el Espíritu (Hch 8:14-25). 

La segunda barrera es aún más alta: la pared aparentemente inviolable que separa a los judíos de los gentiles incircuncisos (Ef 2:14-15). El tesorero de Etiopía ha hecho una peregrinación al templo de Dios en Jerusalén, y de regreso está desconcertado por un precioso pergamino que contiene la profecía de Isaías sobre el Siervo Sufriente (Hch 8:26-39). Este dignatario no puede ser un prosélito del judaísmo. Él es un eunuco, y su discapacidad, así como su linaje gentil, lo excluyen doblemente de la asamblea del Señor (Dt 23:1). Pero ahora un nuevo día ha llegado. Dios ahora da la bienvenida tanto a los eunucos como a los extranjeros a Su nuevo templo, abrazando a los «extranjeros» en Su gracia (Is 56:3-8). 

Pedro sigue a Felipe hacia el oeste hasta la costa, llegando a Jope a tiempo para su cita divina con los emisarios de un centurión romano, Cornelio (Hch 10-11). A los ojos de los judíos, Cornelio es un gentil piadoso, pero todavía incircunciso y, por lo tanto, fuera del pueblo de Dios (10:1-2; 11:3). Pero aún más grave, Cornelio necesita el perdón que se encuentra solo en el nombre de Jesús (10:43). Este perdón él y sus amigos lo reciben por fe mientras Pedro predica y el Espíritu inunda sus corazones y llena sus bocas de alabanza (10:44-46). El tsunami de la gracia ha reventado el muro entre judíos y gentiles de una vez por todas. En poco tiempo, una vibrante Iglesia multiétnica está creciendo en la cosmopolita Antioquía de Siria (11:19-30). 

Mientras tanto, el objetivo de Saulo ha sido destruir la Iglesia (Hch 9:1-2). Pero Jesús tiene otros planes. Aunque lleva consigo órdenes de arresto para los cristianos, Saulo se encuentra a sí mismo arrestado mientras al acercarse a Damasco, derribado por la deslumbrante gloria del Señor a quien él persigue capturado por la gracia soberana para llevar el nombre de Jesús «en presencia de los gentiles, de los reyes y de los hijos de Israel» (9:15). En Hch 13-28 escuchamos a Saulo (Pablo) dirigirse a cada una de estas audiencias, llevando el evangelio desde la costa de Israel hasta la capital del César.

Desde Antioquía, el Espíritu Santo envía a Bernabé y Saulo a las costas al otro lado del mar (ver Is 42:449:1), comenzando con Chipre y el sur central de Asia Menor (Hch 13-14). Después del concilio apostólico que confirma de manera decisiva que Dios reúne a los gentiles por la fe en Jesús, no por la circuncisión en la carne (Hch 15), Pablo parte con un nuevo compañero, el profeta Silas. Como si fuera un pastor alemán celestial, el Espíritu de Jesús le impide la entrada a las provincias de Asia y Bitinia, guiándolos hacia el oeste hasta la costa del mar Egeo (16:6-8). En respuesta a una visión, cruzan el mar y entran en Macedonia, llevando el evangelio a Europa. 

A través de Pablo, que una vez fue el perseguidor violento  pero ahora es el defensor apasionado, la Palabra impacta a los judíos y a los gentiles piadosos, conocedores de las Escrituras y de la tradición de la sinagoga (Hch 13:13-49). La Palabra también brilla en la oscuridad de los politeístas supersticiosos (14:8-18) y de los intelectuales sofisticados (17:16-34). Jesús el Señor comparte Su papel de siervo con Sus siervos: «Te he puesto como luz para los gentiles, a fin de que lleves la salvación hasta los confines de la tierra» (13:47). 

Pablo finalmente llega a Roma en los confines de la tierra (desde la perspectiva  de Israel), aunque el evangelio ya ha echado raíces allí para cuando él llega (Hch 28:15; ver Rom 1:8) y ha impactado incluso la casa de César (Flp 4:22). Lucas cierra apropiadamente su relato con una afirmación paradójica de que Pablo, aunque encadenado «24/7» a guardias romanos, predica a Jesús y Su Reino sin estorbo (Hch 28:31). Aunque Pablo está encadenado, la Palabra de Dios no lo está (2 Tim 2:9). 

El heróico despliegue del evangelio a través del imperio más poderoso del mundo antiguo nos deja sin aliento. Nuestra predecible y ordinaria vida hace que esos emocionantes días de antaño parezcan casi míticos en su grandeza: la agonía de los azotes soportados con gozo «por Su nombre» (Hch 5:41) y el éxtasis de los corazones esclavizados puestos en libertad. Pero el Espíritu de Dios que movió a Lucas a escribir esta historia santa (¡no un mito!) no nos dio a Hechos para despertar la nostalgia por los «buenos viejos tiempos». La agenda del Reino de Dios todavía sigue avanzando. El Espíritu que empodera a los testigos de Jesús no es dado solo a los apóstoles que presenciaron Su resurrección, sino también a todos los que obedecen el llamado del evangelio de Dios (Hch 5:32). La Palabra que hizo crecer a los hombres sigue creciendo y con su luz los ojos cegados ven la gloria del Señor y los confines de la tierra son testigos de la salvación de nuestro Dios.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine
Dennis E. Johnson
Dennis E. Johnson

El Dr. Dennis E. Johnson es profesor emérito de teología práctica en el Westminster Seminary California. Es autor de varios libros, incluyendo Walking with Jesus through His Word [Caminando con Jesús a través de Su Palabra]..

Un Sacrificio Vivo

Momento de Gracia

John MacArthur

Un Sacrificio Vivo

En la voz de Henry Tolopilo

Lo que más necesita la gente es la verdad –una relación dinámica e informada con la Palabra de Dios. En un mundo caótico cegado por la incredulidad, tradición, el misticismo y error doctrinal, la Palabra de Dios penetra todo esto y proveé respuestas. Sintonize “Gracia a Vosotros” para escuchar una enseñanza clara, práctica, versículo a versículo, impartida por el Pastor John MacArthur.

https://www.oneplace.com/ministries/momento-de-gracia/

Carta a un amigo… otra vez confundido (2)

Jueves 8 Julio

Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Efesios 2:8

El hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe. Santiago 2:24

Carta a un amigo… otra vez confundido (2)

Usted estaba muy contento al saber que Dios lo perdonó por haber creído que Jesús “pagó” por usted… Eso fue lo que leyó en la carta de Pablo a los Efesios. ¡Pero ahora otra vez está confundido, después de haber leído la de Santiago, que parece decir lo contrario! En esta epístola, sin buenas obras, usted no es visto como un hombre justificado.

¡Y si le dijese que los dos apóstoles tienen razón! Para comprenderlo, basta con leer atentamente el contexto en el cual ellos hicieron estas afirmaciones. Pablo dice lo que Dios hizo para justificarlo: ¡sacrificó a su Hijo! Si usted acepta esto por la fe, es justificado ante Dios.

Santiago, en cambio, le pide que muestre su fe a los que le rodean… Pero, ¿cómo hacerlo, sino mediante su comportamiento? Claro que Dios conoce el corazón de cada uno y justifica al que cree en Jesucristo. Él sabe que usted ha creído, ¡entonces es salvo! Pero los que lo rodean se basan en lo que ven en su vida práctica para apreciar si usted es un hijo de Dios. Por ejemplo, si afirma que Dios le habla en la Biblia, pero nunca la lee, será difícil que los demás le crean. Sucede lo mismo si afirma que Jesús es su Señor, pero no le obedece; o si dice que él es su modelo, pero se comporta mal con los demás…

Por lo tanto, amigo mío, usted no debe preocuparse: Dios lo perdonó definitivamente gracias al sacrificio de Jesús. ¡Pero demuéstreselo a los demás viviendo verdaderamente para él!

Daniel 9:20-27 – Lucas 1:26-56 – Salmo 80:1-7 – Proverbios 19:1-2

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch