5 – La resurrección de Cristo

Iglesia Evangélica de la Gracia

Serie: Apologética

5 – La resurrección de Cristo

Jordi Romeu

Continuamos con el curso: “Apologética”

En esta quinta sesión explicaremos La Resurrección.

Suscríbete: http://www.youtube.com/c/IglesiaEvang…
IEG Barcelona

http://porGracia.es/https://facebook.com/IEGBarcelonahttp://sermonaudio.com/iegracia

¡Tú puedes cambiar! (¿o no?)

Pasión por el Evangelio

¡Tú puedes cambiar! (¿o no?)

Tim Chester

Quería que mi libro sobre la santificación, Tú puedes cambiar, fuera un libro opuesto a la idea de autoayuda, ¡pero escrito con el estilo de un libro de autoayuda! Así, cada capítulo está construido a partir de una pregunta que hacerse a uno mismo, y termina con preguntas que ayudan a los lectores a trabajar en un área de sus vidas que les gustaría cambiar.

Pero el mensaje principal es que no podemos cambiarnos a nosotros mismos mediante nuestro propio esfuerzo. En vez de eso, somos cambiados por Dios a través de la fe. La clave es entender cómo se produce la dinámica del cambio por la fe y cómo otras disciplinas (por ejemplo, las que tratan acerca de cómo evitar la tentación y de los medios de gracia) encajan con un enfoque basado en la fe.

Así es como se desarrolla el libro:

1. ¿Cómo te gustaría cambiar?

Fuimos hechos a imagen de Dios para reflejar su gloria en el mundo. Jesús es la verdadera imagen de Dios que refleja la gloria de Dios, por tanto, a través de Jesús podemos volver a reflejar la gloria de Dios cuando somos imagen de su Hijo. Así que el cambio que importa es el que consiste en ser cada vez más como Jesús para que reflejemos la gloria de Dios.

2. ¿Por qué te gustaría cambiar?

A menudo queremos cambiar para demostrar nuestra valía ante Dios, otras personas o nosotros mismos. Pero esto pone nuestra gloria en el centro del cambio, lo cual es prácticamente una definición de pecado. Además, Jesús es el que nos ha hecho justos o que nos ha justificado mediante su muerte. En vez de eso, la razón por la que debemos cambiar es para disfrutar de la liberación del pecado y el deleite en Dios que Dios mismo nos da a través de Jesús.

3. ¿Cómo vas a cambiar?

No podemos cambiarnos a nosotros mismos mediante reglas y castigos porque el comportamiento sale del corazón. En vez de eso, Dios nos cambia a través de la obra de Cristo por nosotros y la obra del Espíritu en nosotros.

4. ¿Qué está pasando en tu corazón?

Nuestras circunstancias y luchas pueden desencadenar el pecado, pero el pecado es causado por los pensamientos y deseos de nuestros corazones.

5. ¿A qué verdades necesitas dirigirte?

Pecamos cuando pensamos o creemos una mentira en lugar de confiar en Dios. El cambio se produce cuando, en respuesta a la bondad y la gracia de Dios, nos volvemos a él en fe. El legalismo dice: «no deberías…». La fe dice: «no tienes porqué… porque Dios es más grande y mejor que cualquier cosa que el pecado ofrezca».

6. ¿De qué deseos necesitas apartarte?

Pecamos cuando deseamos, o adoramos, o atesoramos un ídolo en lugar de adorar a Dios. El cambio se produce cuando, en respuesta a la bondad y la gracia de Dios, nos apartamos de los deseos idólatras en arrepentimiento. Este arrepentimiento es un acto continuo de apartarse del pecado y negarse a uno mismo. A menudo se le llama «mortificación»; es decir, dar muerte a todo aquello que pertenece a la naturaleza pecaminosa. El arrepentimiento es la otra cara de la moneda de la fe: nos apartamos del pecado en arrepentimiento pues por fe reconocemos que Dios es más grande y mejor que cualquier cosa que el pecado ofrezca.

7. ¿Qué te impide cambiar?

Lo que nos impide cambiar es nuestro orgullo. Nuestro orgullo nos hace minimizar, excusar o esconder nuestro pecado. O nos hace pensar que podemos cambiar por nuestra cuenta.

8. ¿Qué estrategias necesitas poner en marcha para fortalecer la fe y el arrepentimiento?

No debemos sembrar para la naturaleza pecaminosa. Esto significa decir «no» a todo lo que pueda incitar a nuestras naturalezas pecaminosas (lo cual hacemos huyendo de la tentación) y también decir «no» a todo lo que pueda fortalecer nuestros deseos pecaminosos (lo cual hacemos evitando la influencia del mundo). En cambio, debemos sembrar para el Espíritu. Esto significa decir «sí» a todo lo que pueda fortalecer el nuevo deseo de sanidad que el Espíritu nos da (lo cual hacemos a través de la palabra, la oración, la comunión, la adoración, el servicio, etc.).

9. ¿Cómo podemos apoyarnos mutuamente en el cambio?

Dios nos ha dado la comunidad cristiana para que podamos cambiar juntos, mediante hablarnos la verdad en amor los unos a los otros para fortalecer la fe y el arrepentimiento.

10. ¿Estás preparado para una vida entera de cambios diarios?

El cambio es una lucha diaria que dura toda la vida, y que terminará con una cosecha eterna de santidad.

Los elementos claves en el libro, pero también los elementos claves para cualquiera que quiera ayudar a otros a cambiar, son:

Asegurarnos de que el qué, el por qué y el cómo del cambio apunten a Dios y no a uno mismo (de lo contrario, solo produciremos legalistas más eficaces); trasladar el debate de la mera observación del comportamiento a la observación de los afectos del corazón; mostrar cómo el cambio se produce a través de la fe y el arrepentimiento diarios, y presentar también esta conexión de forma concreta a las personas; introducir las ideas de huir de la tentación y de una vida de discipulado solo cuando ya se hayan construido unos cimientos basados en que todo esto es un medio para fortalecer la fe y el arrepentimiento, y no como mecanismos para el cambio autoinducido; mostrar cómo la comunidad cristiana es el contexto normativo para el cambio y cómo podemos ayudarnos mutuamente a cambiar.

En futuras publicaciones desarrollaré algunas de estas ideas.

Tim Chester

Tim Chester es el pastor de la Iglesia de la Gracia de Boroughbridge en Inglaterra y un miembro de la facultad de Crosslands Training.

¿Por qué debemos leer / estudiar la Biblia?

Got Questions

¿Por qué debemos leer / estudiar la Biblia?

Debemos leer y estudiar la Biblia simplemente porque es la Palabra de Dios para nosotros. 2 Timoteo 3:16 dice que la Biblia es “inspirada por Dios”. En otras palabras, son las mismísimas palabras de Dios para nosotros. Hay muchas preguntas que los filósofos se han hecho y que Dios nos las responde en las Escrituras: ¿Cuál es el propósito de la vida? ¿De dónde vengo? ¿Existe vida después de la muerte? ¿Cómo puedo ir al cielo? ¿Por qué está el mundo tan lleno de maldad? ¿Por qué me cuesta tanto trabajo hacer lo bueno? Adicionalmente a estas “grandes” preguntas, la Biblia nos proporciona un sin número de consejos prácticos en áreas tales como: ¿Qué debo buscar en mi pareja? ¿Cómo puedo tener un matrimonio exitoso? ¿Cómo puedo ser un buen amigo? ¿Cómo puedo ser un buen padre / madre? ¿Qué es el éxito y cómo puedo alcanzarlo? ¿Cómo puedo cambiar? ¿Qué es lo más importante en la vida? ¿Cómo puedo vivir para que no tenga que arrepentirme en un futuro?¿Cómo puedo manejar las circunstancias adversas y eventos injustos de la vida para salir victorioso?

Debemos leer y estudiar la Biblia porque es totalmente confiable y sin error. La Biblia es única entre muchos auto-nombrados libros “sagrados”, porque no sólo ofrece enseñanzas morales y dice “confía en mí”, más bien, nos ofrece la oportunidad de probarla, corroborando cientos de detalladas profecías que contiene, verificando los eventos históricos que relata, y comprobando los hechos científicos que describe. Aquellos que dicen que la Biblia tiene errores, deben tener sus oídos cerrados a la verdad. Jesús preguntó una vez, “¿Qué es más fácil, decir: tus pecados te son perdonados o decir: levántate y anda?” (Lucas 5:23). Luego, Él probó que tenía el poder para perdonar los pecados (algo que no podemos ver físicamente) sanando al paralítico (algo que los que lo rodeaban pudieron atestiguar con sus ojos). De manera similar, tenemos la seguridad de que la Palabra de Dios es verdad cuando se discuten aspectos espirituales que no podemos atestiguar con nuestros sentidos físicos, pero mostrando su veracidad en todas aquellas áreas que podemos verificar, tales como la exactitud histórica, científica y profética.

Debemos leer y estudiar la Biblia porque Dios no cambia y porque la naturaleza humana tampoco cambia; es tan actual para nosotros como lo fue cuando fue escrita. Mientras que diariamente se generan grandes cambios tecnológicos a nuestro alrededor, los deseos y naturaleza de la raza humana no cambian. Tú encontrarás, mientras lees las páginas de la historia bíblica, que ya sea que se trate de relaciones interpersonales o entre sociedades, “no hay nada nuevo bajo el sol” (Eclesiastés 1:9). Y mientras la raza humana en su totalidad continúa buscando amor y satisfacción en todos los lugares equivocados, Dios, nuestro buen y misericordioso Creador, nos dice qué es lo que nos traerá un gozo ETERNO. Su Palabra revelada, las Escrituras, son tan importantes que Jesús dijo respecto a ellas, “…No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). En otras palabras, si quieres vivir una vida plena como fue la voluntad de Dios, escucha y presta atención a la Palabra de Dios escrita.

Debemos leer y estudiar la Biblia porque existe mucha enseñanza falsa. La Biblia nos da la medida mediante la cual podemos distinguir la verdad del error. Nos dice cómo es Dios. Tener una impresión equivocada de Dios es adorar un “ídolo” o “dios falso”. Estamos adorando algo que ¡no es Él! La Biblia también nos dice cómo podemos verdaderamente ir al cielo…y no es por ser buenos, o ser bautizados o ninguna otra cosa que podamos HACER (Juan 14:6; Efesios 2:1-10; Isaías 53:6; Romanos 3:10b, 5:8; 6:23; 10:9-13). A través de estos textos, la Palabra de Dios nos enseña cuánto Él nos ama (Romanos 5:6-8; Juan 3:16). Y así es como sabiendo esto, somos atraídos a amarle a Él en respuesta (1 Juan 4:19).

La Biblia nos equipa para servirle a Dios (2 Timoteo 3:17; Efesios 6:17; Hebreos 4:12). Nos ayuda a saber cómo podemos ser salvos de nuestros pecados y sus últimas consecuencias (2 Timoteo 3:15). Al meditar en ella y obedecer sus enseñanzas, nos llevará a una vida victoriosa (Josué 1:8; Santiago 1:25). La Palabra de Dios nos ayuda a ver el pecado en nuestra vida y nos ayuda a deshacernos de él (Salmos 119:9,11). Será una guía en la vida, haciéndonos más sabios que nuestros maestros (Salmo 32:8; 119:9,11; Proverbios 1:6). La Biblia nos libra de perder años de nuestra vida en aquello que no dura ni tampoco importa (Mateo 7:24-27).

Leer y estudiar la Biblia nos ayuda a ver más allá del atractivo “anzuelo” y doloroso “gancho” de las tentaciones pecaminosas, para que podamos aprender de los errores de otros, en vez de experimentarlos nosotros mismos. La experiencia es un gran maestro, pero cuando se trata de aprender del pecado, es un duro y terrible maestro. Es mucho mejor aprender de los errores ajenos. Hay tantos personajes bíblicos de quiénes aprender, tanto modelos positivos como negativos, que con frecuencia proceden de la misma persona en diferentes etapas de su vida. Por ejemplo, David, en su victoria al gigante Goliat, nos enseña que Dios es más grande que cualquier cosa a la que quiera que nos enfrentemos (1 Samuel 17). David, al ceder a la tentación y cometer adulterio con Betsabé, nos revela el largo alcance y las terribles consecuencias que puede acarrearnos un “momento de placer” (2 Samuel 11).

La Biblia es un libro que no es sólo para leerse. Es un libro para estudiarse, a fin de poder ser aplicado. De otra manera, es como tragarse el bocado de comida sin masticarlo y después escupirlo de nuevo… sin ningún valor nutricional aprovechado. La Biblia es la Palabra de Dios. Como tal, es tan necesaria como las leyes de la naturaleza. No podemos ignorarla, pero lo hacemos para nuestro propio mal, así como lo sería si ignoramos la ley de la gravedad. No puede ser lo suficientemente enfatizada, la importancia que tiene la Biblia en nuestras vidas. El estudiar la Biblia puede compararse al extraer oro de una mina. Si hacemos un pequeño esfuerzo y sólo “cernimos los guijarros en el arroyo”, sólo encontraremos un poco de polvo de oro. Pero si nos esforzamos en realmente “excavar en ella”, la recompensa será de acuerdo a nuestro gran esfuerzo.

Permisos de publicación autorizados por el Ministerio Got Questions para Alimentemos El Alma

Tomado de GotQuestions.org. Todos los Derechos Reservados

Disponible sobre el Internet en:  https://www.gotquestions.org/Espanol/

Una pasión por la verdad

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Una pasión por la verdad

Por George Grant

El príncipe de los predicadores, Charles Haddon Spurgeon, escribió una vez en su maravilloso libro John Plowman’s Talks [Las conversaciones de John Plowman]: «Quisiera que todo el mundo supiera leer y escribir y cifrar; de hecho, no creo que un hombre pueda saber demasiado; pero fíjate, el conocimiento de estas cosas no es educación; y hay millones de tus lectores y escritores que son tan ignorantes como el becerro del vecino Norton».

Esas masas ignorantes de las que escribió Spurgeon no son los que no terminaron sus lecciones. Son más bien aquellos que sí terminaron, o más bien aquellos que ingenuamente pensaron que las lecciones eran el tipo de cosas que podían ser terminadas.

La excelencia educativa desde una perspectiva bíblica no tiene tanto que ver con la cantidad de datos acumulados en la cabeza de un estudiante, sino con la forma de pensar y actuar entretejida en la vida de un estudiante.

La educación no tiene un término, un extremo polar, una línea final, un resultado. En cambio, es un depósito, una donación, una promesa e incluso una pequeña muestra del futuro. Para muchos, es triste decirlo, esta perspectiva exclusivamente cristiana es una cosmovisión totalmente foránea: una noción extraña, una paradoja arcaica, un misterio insondable. Las mentes embotadas por la asfixiante conformidad de la cultura popular no pueden sondear las profundidades o explorar la amplitud de la virtud distintivamente cristiana del contentamiento esperanzador ante las tareas perpetuas. Así se apresuran hacia lo que piensan que será el final de esto, aquello u otro capítulo de sus vidas. Están desesperados por terminar la escuela. Así, por ejemplo, la graduación no es para ellos el hito que marca un nuevo comienzo, sino que marca una conclusión. Luego, van a toda prisa por sus vidas y carreras: se arrastran con impaciencia durante la semana de trabajo, ansiosos para que llegue el fin de semana; trabajan solo para que les lleguen las vacaciones y continúan así su camino hacia la jubilación, siempre llegando al final de las cosas hasta que por fin las cosas llegan a su final.

Pero en el marco de la cosmovisión cristiana, el contentamiento esperanzador frente a las responsabilidades interminables es una virtud que continuamente genera en nosotros la expectación por nuevos comienzos, no viejas resoluciones. Es una virtud que produce en nosotros una nueva confianza tanto en el presente como en los días venideros. Eso es así simplemente porque es una virtud enraizada en un entendimiento de la buena providencia de Dios y en las riquezas del pacto de Su gracia.

Nosotros más que nadie, que fuimos traídos de muerte a vida, que fuimos traídos desde el fin de nosotros mismos al umbral de la eternidad, nosotros más que nadie entendemos esto. Esto es, de hecho, la esencia misma del evangelio. La crucifixión no es la terminación de la obra mediadora de Cristo, sino la conjunción de dos comienzos: la encarnación y la resurrección. Es el eje de la civilización que delimita una nueva creación: «Las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas» (2 Co 5:17).

Así que ahora somos un pueblo innatamente optimista, siempre comenzando de nuevo, afirmando nuestra fe en pleno acuerdo con los patriarcas y la patrística: «Ahora bien, la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (Heb 11:1).

De modo que, por ejemplo, toda conversación respecto a la educación es para nosotros un recordatorio de que apenas hemos comenzado a aprender a cómo aprender. Es una afirmación de que aunque nuestra magnífica herencia nos ha dado a conocer las espléndidas maravillas de la literatura y el arte y la música y la historia y la ciencia y las ideas en el pasado, apenas comenzamos a conocerlas y que una aventura de toda una vida en estos vastos y portentosos escenarios aún nos espera. De hecho, las lecciones más valiosas que la educación puede transmitir son siempre las lecciones que nunca terminan. Eso es, en realidad, el corazón de la filosofía cristiana en cuanto a la educación.

Por lo tanto, la excelencia educativa desde una perspectiva bíblica no tiene tanto que ver con la cantidad de datos acumulados en la cabeza de un estudiante, sino con la forma de pensar y actuar entretejida en la vida de un estudiante. Ese es el gran legado de la cristiandad.

Lamentablemente, esta no es una perspectiva particularmente popular en estos días. El trabajo duro y la disciplina sustancial necesaria para el aprendizaje de por vida no están en boga. Representan arcaísmos, que hace mucho tiempo fueron dejados en el polvo del tiempo por los nuevos artilugios de la contemporaneidad industrial y la modernidad progresiva.

Considera la lectura, por ejemplo. Mucho antes de que la pesadilla de la televisión invadiera cada una de nuestras vigilias, C.S. Lewis comentó que aunque la mayoría de la gente en las culturas industriales modernas son al menos marginalmente capaces de leer, simplemente no lo hacen. En su sabio y maravilloso libro An Experiment in Criticism [Un experimento en criticismo] escribió: «La mayoría, aunque a veces son lectores frecuentes, no le dan mucha importancia a la lectura. Ellos recurren a ella como el último recurso. La abandonan con diligencia tan pronto como aparece cualquier pasatiempo alternativo. Está reservada para viajes en tren, enfermedades, momentos extraños de soledad forzada o para el proceso llamado “leer hasta quedarnos dormido”. A veces la combinan con conversaciones aleatorias; a menudo, mientras escuchan la radio. Pero la gente que ama la literatura está siempre buscando tiempo libre y quietud para leer, y lo hace con toda atención. Cuando se les niega un tiempo de lectura dedicado y sin interrupciones, incluso por unos días, se sienten empobrecidos».

Además, Lewis admitió que hay un profundo desconcierto por parte de la masa de la ciudadanía sobre los gustos y hábitos de los letrados: «Es bastante claro que la mayoría, si hablaran sin pasión y fueran totalmente elocuentes, no nos acusarían de que nos gustan los libros equivocados, sino de hacer tanto alboroto por cualquier libro en absoluto. Consideramos como ingrediente principal de nuestro bienestar algo que para ellos es marginal. Por lo tanto, decir simplemente que a ellos les gusta una cosa y a nosotros otra es dejar fuera casi todos los hechos».

Todo esto no implica ningún indicio de vileza moral por parte de la bohemia moderna; más bien, es reconocer la simple realidad del enorme abismo que existe entre los que leen y los que no, entre los muchos populares y los pocos peculiares. Es para reconocer que la educación exige lo segundo, manteniendo al mismo tiempo una firme incompatibilidad con lo primero.

Y ahí está el problema. Queremos tener nuestro pastel y comerlo también; una perspectiva tan improbable como un avistamiento de Elvis, una reunión de los Beatles o que una buena legislación salga de Washington.

El problema de la lectura seria es parte integral de virtualmente todos los otros problemas de la modernidad: la lectura seria es a menudo un trabajo laborioso que requiere una disciplina inquebrantable, y si hay algo a lo que los modernos tenemos aversión, es al trabajo disciplinado. En esta extraña época de «a quién le pueda interesar» y de «todo al instante», llena de comidas en el microondas, edificios prefabricados, ventanas de autoservicio, aprobaciones de crédito sin esperas y fórmulas de entretenimiento predigeridas, tendemos a querer reducirlo todo al nivel del menor común denominador y al más rápido plazo de entrega, que parece ser cada vez más bajo y cada vez más rápido con cada día que pasa.

Incluso la Iglesia ha sido presa de este «espíritu de los tiempos». Si realmente dependiera de nosotros, no querríamos que la adoración fuera tan terriblemente exigente. No quisiéramos una doctrina que desafíe nuestros conceptos favoritos. Solo quisiéramos la música con la que nos sentimos cómodos. Solo nos interesa una predicación que nos tranquilice, que refuerce nuestras preferencias particulares, que nos dé una sensación de serenidad… y todo en un tiempo récord. Queremos un cambio rápido; una gracia barata; banalidades inspiradoras; una teología de calcomanías para autos; una fe fácil. Queremos un cristianismo ligero. Queremos las lindas noticias, no necesariamente las buenas nuevas.

Por las mismas razones, cuando leemos preferimos la literatura chatarra. Los hechos predigeridos del USA Today son mucho más fáciles de tragar que el Magnalia Christi Americana de Cotton Mather. Acéptalo, Dan Brown, Danielle Steele y Tom Clancy son más fáciles de digerir que Abraham Kuyper, Thomas Chalmers y Merle d’Aubigne. La lectura es una disciplina, y toda disciplina es difícil. Sin embargo, así es como es con cualquier cosa que valga la pena en realidad.

En su destacado libro The Moral Sense [El Sentido Moral] James Q. Wilson señala ese punto con gran claridad. Él argumenta que «las mejores cosas de la vida» siempre «nos cuestan algo». Debemos sacrificarnos para alcanzarlas, para lograrlas, para mantenerlas e incluso para disfrutarlas.

Esa es una de las lecciones más importantes que podemos aprender en la vida. Es el mensaje que sabemos debemos inculcar en nuestros hijos: la paciencia, el compromiso, la diligencia, la constancia y la disciplina al final dará sus frutos si estamos dispuestos a aplazar la gratificación lo suficiente como para que las semillas que hemos sembrado germinen y produzcan fruto.

Un enfoque frívolo, superficial e impreciso a cualquier cosa —ya sea los deportes, los estudios, los negocios o el matrimonio— es en última instancia contraproducente. Es poco probable que satisfaga cualquier apetito, al menos, no por mucho.

Fue el abandono moderno de este tipo de excelencia educativa, este patrón de aprendizaje de por vida que provocó que G.K. Chesterton comentara: «La gran tradición intelectual que nos llega del pasado nunca se interrumpió o perdió a causa de nimiedades como el saqueo de Roma, el triunfo de Atila o todas las invasiones bárbaras de la Edad Media. Se perdió después de la introducción de la imprenta, el descubrimiento de América, la llegada de las maravillas de la tecnología, el establecimiento de la educación universal y toda la iluminación del mundo moderno. Fue allí, si acaso, donde se perdió o quebró con impaciencia el largo, delgado y delicado hilo que había descendido desde la lejana antigüedad; el hilo de ese inusual pasatiempo humano: el hábito de pensar».

Si queremos evitar la tendencia de la modernidad maligna, si queremos recuperar nuestra herencia cristiana en la educación, si queremos transmitir esa herencia a nuestros hijos y nietos, si queremos emprender el inicio de comienzos interminables, entonces debemos volver a las tontas certezas de la experiencia de la cristiandad: la excelencia educativa es trabajo duro, y exige una visión para el aprendizaje a lo largo de toda la vida.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
George Grant
George Grant

George Grant es el pastor de Parish Presbyterian Church (PCA), el fundador de Franklin Classical School, Chalmers Fund, y King’s Meadow Study Center, y el autor de más de 70 libros.

Nuestra vida es como un barco

Jueves 1 Julio

Claman al Señor en su angustia… cambia la tempestad… Luego se alegran, porque se apaciguaron; y así los guía al puerto que deseaban. Salmo 107:28-30

¿Quién es este, que aun el viento y el mar le obedecen? Marcos 4:41

Nuestra vida es como un barco

Nuestra vida se parece a una travesía por el mar, a veces es tranquila y a veces peligrosa. La navegación empieza cerca de las costas, en un canal más o menos demarcado. Así el barco dispone de puntos de referencia seguros, salvo cuando hay niebla.

No todos los niños tienen el privilegio de vivir sus primeros años en un ambiente tierno, rodeados de amor. Pero todos deben enfrentar las olas de la adolescencia y el mar abierto, desconcertante, inquietante, cuando el horizonte se confunde con el mar. Entonces la naciente libertad da una sensación de vértigo. Los vientos y las corrientes traicioneras pueden hacer naufragar, sin que los percibamos inmediatamente. ¡Cuántas voces y religiones diversas hay en este mundo! ¿Cómo encontrar el camino en este universo peligroso?

Los navegantes siempre han tenido un sistema de referencia fijo, basado en las estrellas. Con los instrumentos adecuados pueden hacer un control y mantener el rumbo guiados por la brújula. Para dirigir nuestra vida en la tierra, ¿cuál es la única referencia segura? La Biblia, la Palabra de Dios: ella es “lámpara” a mis pies “y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105).

Incluso en la tormenta, lejos de todo punto de referencia, la Biblia es como una radio que mediante un satélite conecta al navegante en dificultad con el mundo de los vivos. Nos dice que Dios “es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Salmo 46:1). Él siempre está listo para dialogar con cada persona desorientada que lo busca.

Daniel 4:1-18 – 1 Juan 2:18-29 – Salmo 78:21-31 – Proverbios 18:13

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch