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El Blog de Ligonier
Una pasión por la verdad
Por George Grant
El prĆncipe de los predicadores, Charles Haddon Spurgeon, escribió una vez en su maravilloso libro John Plowmanās Talks [Las conversaciones de John Plowman]: Ā«Quisiera que todo el mundo supiera leer y escribir y cifrar; de hecho, no creo que un hombre pueda saber demasiado; pero fĆjate, el conocimiento de estas cosas no es educación; y hay millones de tus lectores y escritores que son tan ignorantes como el becerro del vecino NortonĀ».
Esas masas ignorantes de las que escribió Spurgeon no son los que no terminaron sus lecciones. Son mĆ”s bien aquellos que sĆ terminaron, o mĆ”s bien aquellos que ingenuamente pensaron que las lecciones eran el tipo de cosas que podĆan ser terminadas.
La excelencia educativa desde una perspectiva bĆblica no tiene tanto que ver con la cantidad de datos acumulados en la cabeza de un estudiante, sino con la forma de pensar y actuar entretejida en la vida de un estudiante.
La educación no tiene un tĆ©rmino, un extremo polar, una lĆnea final, un resultado. En cambio, es un depósito, una donación, una promesa e incluso una pequeƱa muestra del futuro. Para muchos, es triste decirlo, esta perspectiva exclusivamente cristiana es una cosmovisión totalmente forĆ”nea: una noción extraƱa, una paradoja arcaica, un misterio insondable. Las mentes embotadas por la asfixiante conformidad de la cultura popular no pueden sondear las profundidades o explorar la amplitud de la virtud distintivamente cristiana del contentamiento esperanzador ante las tareas perpetuas. AsĆ se apresuran hacia lo que piensan que serĆ” el final de esto, aquello u otro capĆtulo de sus vidas. EstĆ”n desesperados por terminar la escuela. AsĆ, por ejemplo, la graduación no es para ellos el hito que marca un nuevo comienzo, sino que marca una conclusión. Luego, van a toda prisa por sus vidas y carreras: se arrastran con impaciencia durante la semana de trabajo, ansiosos para que llegue el fin de semana; trabajan solo para que les lleguen las vacaciones y continĆŗan asĆ su camino hacia la jubilación, siempre llegando al final de las cosas hasta que por fin las cosas llegan a su final.
Pero en el marco de la cosmovisión cristiana, el contentamiento esperanzador frente a las responsabilidades interminables es una virtud que continuamente genera en nosotros la expectación por nuevos comienzos, no viejas resoluciones. Es una virtud que produce en nosotros una nueva confianza tanto en el presente como en los dĆas venideros. Eso es asĆ simplemente porque es una virtud enraizada en un entendimiento de la buena providencia de Dios y en las riquezas del pacto de Su gracia.
Nosotros mĆ”s que nadie, que fuimos traĆdos de muerte a vida, que fuimos traĆdos desde el fin de nosotros mismos al umbral de la eternidad, nosotros mĆ”s que nadie entendemos esto. Esto es, de hecho, la esencia misma del evangelio. La crucifixión no es la terminación de la obra mediadora de Cristo, sino la conjunción de dos comienzos: la encarnación y la resurrección. Es el eje de la civilización que delimita una nueva creación: Ā«Las cosas viejas pasaron; he aquĆ, son hechas nuevasĀ» (2 Co 5:17).
AsĆ que ahora somos un pueblo innatamente optimista, siempre comenzando de nuevo, afirmando nuestra fe en pleno acuerdo con los patriarcas y la patrĆstica: Ā«Ahora bien, la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se veĀ» (Heb 11:1).
De modo que, por ejemplo, toda conversación respecto a la educación es para nosotros un recordatorio de que apenas hemos comenzado a aprender a cómo aprender. Es una afirmación de que aunque nuestra magnĆfica herencia nos ha dado a conocer las esplĆ©ndidas maravillas de la literatura y el arte y la mĆŗsica y la historia y la ciencia y las ideas en el pasado, apenas comenzamos a conocerlas y que una aventura de toda una vida en estos vastos y portentosos escenarios aĆŗn nos espera. De hecho, las lecciones mĆ”s valiosas que la educación puede transmitir son siempre las lecciones que nunca terminan. Eso es, en realidad, el corazón de la filosofĆa cristiana en cuanto a la educación.
Por lo tanto, la excelencia educativa desde una perspectiva bĆblica no tiene tanto que ver con la cantidad de datos acumulados en la cabeza de un estudiante, sino con la forma de pensar y actuar entretejida en la vida de un estudiante. Ese es el gran legado de la cristiandad.
Lamentablemente, esta no es una perspectiva particularmente popular en estos dĆas. El trabajo duro y la disciplina sustancial necesaria para el aprendizaje de por vida no estĆ”n en boga. Representan arcaĆsmos, que hace mucho tiempo fueron dejados en el polvo del tiempo por los nuevos artilugios de la contemporaneidad industrial y la modernidad progresiva.
Considera la lectura, por ejemplo. Mucho antes de que la pesadilla de la televisión invadiera cada una de nuestras vigilias, C.S. Lewis comentó que aunque la mayorĆa de la gente en las culturas industriales modernas son al menos marginalmente capaces de leer, simplemente no lo hacen. En su sabio y maravilloso libro An Experiment in Criticism [Un experimento en criticismo] escribió: Ā«La mayorĆa, aunque a veces son lectores frecuentes, no le dan mucha importancia a la lectura. Ellos recurren a ella como el Ćŗltimo recurso. La abandonan con diligencia tan pronto como aparece cualquier pasatiempo alternativo. EstĆ” reservada para viajes en tren, enfermedades, momentos extraƱos de soledad forzada o para el proceso llamado āleer hasta quedarnos dormidoā. A veces la combinan con conversaciones aleatorias; a menudo, mientras escuchan la radio. Pero la gente que ama la literatura estĆ” siempre buscando tiempo libre y quietud para leer, y lo hace con toda atención. Cuando se les niega un tiempo de lectura dedicado y sin interrupciones, incluso por unos dĆas, se sienten empobrecidosĀ».
AdemĆ”s, Lewis admitió que hay un profundo desconcierto por parte de la masa de la ciudadanĆa sobre los gustos y hĆ”bitos de los letrados: Ā«Es bastante claro que la mayorĆa, si hablaran sin pasión y fueran totalmente elocuentes, no nos acusarĆan de que nos gustan los libros equivocados, sino de hacer tanto alboroto por cualquier libro en absoluto. Consideramos como ingrediente principal de nuestro bienestar algo que para ellos es marginal. Por lo tanto, decir simplemente que a ellos les gusta una cosa y a nosotros otra es dejar fuera casi todos los hechosĀ».
Todo esto no implica ningún indicio de vileza moral por parte de la bohemia moderna; mÔs bien, es reconocer la simple realidad del enorme abismo que existe entre los que leen y los que no, entre los muchos populares y los pocos peculiares. Es para reconocer que la educación exige lo segundo, manteniendo al mismo tiempo una firme incompatibilidad con lo primero.
Y ahà estÔ el problema. Queremos tener nuestro pastel y comerlo también; una perspectiva tan improbable como un avistamiento de Elvis, una reunión de los Beatles o que una buena legislación salga de Washington.
El problema de la lectura seria es parte integral de virtualmente todos los otros problemas de la modernidad: la lectura seria es a menudo un trabajo laborioso que requiere una disciplina inquebrantable, y si hay algo a lo que los modernos tenemos aversión, es al trabajo disciplinado. En esta extraƱa Ć©poca de Ā«a quiĆ©n le pueda interesarĀ» y de Ā«todo al instanteĀ», llena de comidas en el microondas, edificios prefabricados, ventanas de autoservicio, aprobaciones de crĆ©dito sin esperas y fórmulas de entretenimiento predigeridas, tendemos a querer reducirlo todo al nivel del menor comĆŗn denominador y al mĆ”s rĆ”pido plazo de entrega, que parece ser cada vez mĆ”s bajo y cada vez mĆ”s rĆ”pido con cada dĆa que pasa.
Incluso la Iglesia ha sido presa de este Ā«espĆritu de los tiemposĀ». Si realmente dependiera de nosotros, no querrĆamos que la adoración fuera tan terriblemente exigente. No quisiĆ©ramos una doctrina que desafĆe nuestros conceptos favoritos. Solo quisiĆ©ramos la mĆŗsica con la que nos sentimos cómodos. Solo nos interesa una predicación que nos tranquilice, que refuerce nuestras preferencias particulares, que nos dĆ© una sensación de serenidad⦠y todo en un tiempo rĆ©cord. Queremos un cambio rĆ”pido; una gracia barata; banalidades inspiradoras; una teologĆa de calcomanĆas para autos; una fe fĆ”cil. Queremos un cristianismo ligero. Queremos las lindas noticias, no necesariamente las buenas nuevas.
Por las mismas razones, cuando leemos preferimos la literatura chatarra. Los hechos predigeridos del USA Today son mucho mĆ”s fĆ”ciles de tragar que el Magnalia Christi Americana de Cotton Mather. AcĆ©ptalo, Dan Brown, Danielle Steele y Tom Clancy son mĆ”s fĆ”ciles de digerir que Abraham Kuyper, Thomas Chalmers y Merle dāAubigne. La lectura es una disciplina, y toda disciplina es difĆcil. Sin embargo, asĆ es como es con cualquier cosa que valga la pena en realidad.
En su destacado libro The Moral Sense [El Sentido Moral] James Q. Wilson seƱala ese punto con gran claridad. Ćl argumenta que Ā«las mejores cosas de la vidaĀ» siempre Ā«nos cuestan algoĀ». Debemos sacrificarnos para alcanzarlas, para lograrlas, para mantenerlas e incluso para disfrutarlas.
Esa es una de las lecciones mÔs importantes que podemos aprender en la vida. Es el mensaje que sabemos debemos inculcar en nuestros hijos: la paciencia, el compromiso, la diligencia, la constancia y la disciplina al final darÔ sus frutos si estamos dispuestos a aplazar la gratificación lo suficiente como para que las semillas que hemos sembrado germinen y produzcan fruto.
Un enfoque frĆvolo, superficial e impreciso a cualquier cosa āya sea los deportes, los estudios, los negocios o el matrimonioā es en Ćŗltima instancia contraproducente. Es poco probable que satisfaga cualquier apetito, al menos, no por mucho.
Fue el abandono moderno de este tipo de excelencia educativa, este patrón de aprendizaje de por vida que provocó que G.K. Chesterton comentara: Ā«La gran tradición intelectual que nos llega del pasado nunca se interrumpió o perdió a causa de nimiedades como el saqueo de Roma, el triunfo de Atila o todas las invasiones bĆ”rbaras de la Edad Media. Se perdió despuĆ©s de la introducción de la imprenta, el descubrimiento de AmĆ©rica, la llegada de las maravillas de la tecnologĆa, el establecimiento de la educación universal y toda la iluminación del mundo moderno. Fue allĆ, si acaso, donde se perdió o quebró con impaciencia el largo, delgado y delicado hilo que habĆa descendido desde la lejana antigüedad; el hilo de ese inusual pasatiempo humano: el hĆ”bito de pensarĀ».
Si queremos evitar la tendencia de la modernidad maligna, si queremos recuperar nuestra herencia cristiana en la educación, si queremos transmitir esa herencia a nuestros hijos y nietos, si queremos emprender el inicio de comienzos interminables, entonces debemos volver a las tontas certezas de la experiencia de la cristiandad: la excelencia educativa es trabajo duro, y exige una visión para el aprendizaje a lo largo de toda la vida.
Este artĆculo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
George Grant es el pastor de Parish Presbyterian Church (PCA), el fundador de Franklin Classical School, Chalmers Fund, y King’s Meadow Study Center, y el autor de mĆ”s de 70 libros.