Principados y potestades

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo I

Principados y potestades

Por Chris Schlect

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo I

Los lectores atentos de la Biblia deberían preguntarse qué sucedió entre Malaquías y Mateo. El Antiguo Testamento cierra con el pueblo de Dios acabando de regresar a su tierra palestina. Hablan y escriben el idioma hebreo en un mundo dominado por los persas. Pasando la página hacia el Nuevo Testamento, vemos al mismo pueblo todavía en Palestina, pero ahora el idioma que ellos hablan y escriben es el griego, no el hebreo, y los romanos, no los persas, están a cargo. Entre los Testamentos, el centro de la civilización se desplazó desde el valle del Tigris-Éufrates hasta el Mediterráneo. Comprender este cambio es entender el mundo en el que fue establecida la Iglesia del primer siglo.

La lengua griega y las formas de pensamiento que vinieron con ella fueron la herencia directa de Alejandro III de Macedonia. Alejandro partió de Grecia en el 335 a. C. para arrebatarle Asia a los persas. Su campaña lo llevó por el extremo oriental del Mediterráneo, derrotando a los persas en Issos, luego sitiando a Tiro y Gaza por la costa. Josefo nos dice que fue en esta etapa de su campaña, en 332 a. C., que Alejandro vino a Jerusalén. Allí honró al sumo sacerdote y reconoció al Dios de ese sacerdote como el que le estaba concediendo la victoria sobre los persas. Cuando a Alejandro le presentaron la profecía de Daniel de que los griegos derrotarían al Imperio persa, creyó que él mismo era el cumplimiento de esa profecía y le concedió favores a los judíos. 

El mundo al cual vino Cristo, y en el que se difundió Su evangelio, fue preparado de antemano por Aquel que levanta y derriba a las naciones según Su beneplácito.

Sin embargo, el resultado permanente de la conquista de Alejandro no fue tan grato para los judíos. En solo 11 años, convirtió en griego al mundo conocido, pero no vivió para reinar sobre su imperio. En el 323 a. C., Alejandro, ya en su lecho de muerte con solo 33 años de edad, dividió su vasto reino entre sus oficiales. Por más de un siglo después, Palestina fue disputada en un tira y afloja entre dos de las dinastías que Alejandro creó: los ptolomeos de Egipto y los seléucidas de Siria y Asia. A este conflicto en Palestina se sumó la presión cultural y política para que los judíos adoptaran las costumbres griegas, un proceso llamado «helenización». El rey seléucida Antíoco III (el Grande) finalmente le arrebató Palestina a los ptolomeos en 198 a. C., y su hijo, Antíoco IV (Epífanes), intensificó la campaña de helenización. Josefo explica que este Antíoco más joven profanó el templo de Jerusalén de la manera más abominable: lo convirtió en un santuario para Zeus y sacrificó cerdos al dios griego en el Lugar Santísimo. Antíoco Epífanes también prohibió la circuncisión y otras prácticas de la ley judía y ordenó quemar las Escrituras judías. Así inició la incesante hostilidad religiosa entre los judíos monoteístas de Palestina y los griegos. Esta hostilidad continuaría en el período romano y daría forma a la Iglesia del primer siglo como veremos. 

Muchos judíos claudicaron en sus convicciones y siguieron el programa coercitivo de helenización de Antíoco Epífanes, pero algunos se negaron. Un grupo patriótico de judíos rebeldes temerosos de Dios se alzó bajo el liderazgo de Judas Macabeo. Judas y sus tropas rebeldes bien entrenadas retomaron Jerusalén y rechazaron a la oposición seléucida. Él se convirtió en el fundador de una nueva dinastía gobernante independiente, los asmoneos (nombrados en honor a uno de los antepasados ​​de Judas). El 14 de diciembre de 164 a. C., Judas limpió el templo de la profanación griega, y las lámparas del templo se encendieron una vez más en el nombre de Yahvé. Este evento se conmemoró a partir de ese entonces en la fiesta judía de la dedicación (o «Jánuca», que significa «luces»). Años después, Jesús mismo estuvo en Jerusalén durante esta celebración (Jn 10:22). Jánuca es una metáfora adecuada para el contexto cultural de la Iglesia del primer siglo, ya que el festival nos recuerda la hostilidad entre la religión de Abraham y Jesús, por un lado, y las creencias grecorromanas establecidas, por el otro. 

Alejandro Magno desvió la atención del mundo hacia el oeste, desde Susa hasta Grecia. Pronto se movería aún más al oeste, a Roma. En los días de Alejandro, Roma se distinguía a sí misma por las victorias sucesivas y la ampliación del territorio en la lejana península italiana. A diferencia de otros imperios antiguos, Roma trató a sus enemigos conquistados como aliados, en lugar de esclavos. Cuando la guerra con Cartago añadió Sicilia, Córcega y Cerdeña a sus dominios (241-238 a. C.), los romanos formularon un esquema eficiente para gobernar a los súbditos distantes: organizaron «provincias», territorios con magistrados especiales asignados a cada uno de ellos. 

Fue en el 63 a. C. que Judea quedó bajo el dominio romano como parte de la provincia de Siria. Para ese entonces, Roma había derrotado a los cartagineses en el norte de África y España, y a los macedonios en Grecia, convirtiendo así el Mediterráneo en un lago latino. Del 67 al 62 a. C., Pompeyo el Grande intensificó el control romano en Siria y Asia. El historiador romano Tácito nos dice que cuando Pompeyo llegó a Jerusalén, entró en el templo, un acto que pensó era su prerrogativa por derecho de conquista. Se presume que él quería proclamar que la pequeña deidad de los judíos había sido vencida por los dioses superiores de Roma. Al igual que los griegos, los romanos aceptaban a dioses desconocidos, siempre que se diera el debido honor a los dioses de Roma. Esto, a menudo trajo conflicto entre judíos y cristianos y sus amos. 

Los judíos no solo eran extraños, sino también fastidiosos. Roma gobernó Judea durante la dinastía de los asmoneos y luego la de los herodianos, pero una actitud rebelde se agudizaba entre los orgullosos judíos. Al reconocer su inestabilidad, Roma hizo de Judea una provincia autónoma en el año 6 d. C. y asignó su gobierno a una sucesión de prefectos. Poncio Pilato (26-36 d. C.) fue el tercero de ellos, y por lo menos fue tan incompetente como cualquiera de los que ocuparon el cargo. Los herodianos gobernaron un vasto territorio bajo Herodes el Grande (37-4 a. C.). Herodes fue sucedido por sus hijos, Felipe el Tetrarca (4 a. C.-34 d. C.) quien gobernó la parte norte del territorio de su padre, y Herodes Antipas (4 a. C.-39 d. C.), quien es a menudo mencionado en los Evangelios y que gobernó en el sur. Cuando Felipe el Tetrarca murió, su territorio fue anexado a la provincia de Siria. Pero tres años después, en 37 d. C., el emperador Calígula separó ese mismo territorio de Siria y se lo dio a un sobrino de Herodes Antipas y Felipe, Agripa I (37-44 d. C.). El emperador Claudio expandió el territorio de Agripa para que fuera tan vasto como el de Herodes el Grande, y le confirió el título de «rey». 

Estos fueron los primeros años del Imperio romano. A lo largo del primer siglo antes de Cristo, el mundo romano fue devastado por la guerra civil. Los militares de alto rango tenían más poder como individuos que el mismo Senado romano, puesto que las legiones que dirigían eran más devotas a sus generales que a Roma. Cuando Mario luchó contra Sila, las tropas romanas llegaron de hecho a marchar contra la ciudad de Roma. Más tarde, César llevó a sus legiones desde la Galia a Roma para luchar contra el poderoso Pompeyo. Finalmente, Marco Antonio y su aliada amante egipcia, Cleopatra, fueron derrotados por Octavio. El polvo se había asentado, y Octavio era el último hombre en pie. La paz finalmente había regresado a Roma, y ​​en el 27 a. C. el Senado le confirió a Octavio el título de «Augusto». Las vastas fronteras del imperio estaban protegidas. Las carreteras estaban bien construidas y eran seguras, y las rutas marítimas habían sido purgadas de piratas. La justicia era administrada con imparcialidad y eficiencia (de acuerdo a los estándares antiguos). Roma se veía hermosa, y Horacio y Virgilio proclamaban una nueva era de paz. En la remota Judea, nacía un Salvador. 

Muchos judíos despreciaban el gobierno herodiano y romano y esperaban que Yahvé los liberara de sus opresores. Algunos eran radicales —los zelotes— que estaban dispuestos a tomar las armas contra Roma al igual que los jueces de antaño habían hecho contra sus opresores, y como Judas Macabeo había hecho contra los seléucidas. Del otro lado estaban los recaudadores de impuestos, que eran vistos como traidores a Israel. 

Recuerda que los orígenes de la Iglesia fueron judíos. «La salvación es de los judíos», dijo Jesús (Jn 4:22). Jesús mismo era judío, Sus primeros seguidores eran judíos, y la Iglesia se fundó sobre el evangelio que fue predicado a nuestro padre Abraham (cf. Gal 3:7-9Ef 2:11-13). Cuando los cristianos comenzaron a llamar la atención en el siglo I, fueron identificados por los de afuera, y con razón, como una secta que había surgido desde dentro del judaísmo. 

Irónicamente, fue de los mismos judíos de donde vino la hostilidad más intensa contra los cristianos del primer siglo. Al principio, cualquier estigma que el mundo pagano le había adjudicado al judaísmo le fue etiquetado también al cristianismo. Tácito dijo que los cristianos fueron «odiados por sus abominaciones» y calificó su punto de vista como «una superstición muy maliciosa». En Roma, el emperador Nerón aprovechó el desdén popular hacia los cristianos para culparlos del incendio de Roma. Él iluminaba sus fiestas de jardín con antorchas de cristianos en llamas. 

Al igual que sus padres hebreos, los cristianos del primer siglo fueron despreciados. Sin embargo, ellos vinieron a un mundo preparado por Dios para una extensión generalizada del evangelio. El mundo estaba bajo una ley: la de Roma. El mundo hablaba una lengua cosmopolita: el griego de Alejandro Magno. Los caminos y las rutas marítimas eran seguras. El mundo al cual vino Cristo, y en el que se difundió Su evangelio, fue preparado de antemano por Aquel que levanta y derriba a las naciones según Su beneplácito.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine
Chris Schlect
Chris Schlect

El Dr. Chris Schlect es profesor de historia en New Saint Andrews College y anciano en Christ Church en Moscow, Idaho.

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